Dark Chat

lunes, 9 de noviembre de 2009

GHOTIKA

Buen dia mis angels hermosos aqui les dejo su dosis de vicio , y  por fiss no sean tan malas y dejen sus comentarios al final
mil besitos
Angel of the dark.

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Ella, es frágil y delicada

Él, oscuro y misterioso
Ella, tan sutil como un hada
Él, tan melancólico como un lobo
Amor gótico – El poeta maldito

Capítulo 14: Una Cita en la Noche



Apretó sus labios fuertemente para no estallar en una carcajada.


Su rostro se mantuvo sereno durante unos cuantos segundos y, después, no pudo contenerse más. El ver cómo el par de vampiros adolescentes iban y venían por toda la estancia con el gesto notablemente distorsionado por la inquietud y los nervios, era una escena que jamás antes imaginó presenciar.


Simplemente, sus hermanos, a los que siempre les había conferido ser portadores de una personalidad formal, sosegada e impasible, en ese momento se veían tan… humanos.


Si, humanos. No encontró palabra más exacta para describir aquella actitud que sus ojos miraban de manera tan divertida.


Jasper tenía ambas manos cruzadas, detrás de su espalda, y caminaba con la cabeza inclinada hacia abajo, viendo fijamente el movimiento de sus pies. Edward, por su parte, casi parecía torpe al dar las grandes zancadas al momento en que sus manos habitaban y abandonaban, simultáneamente, los bolsillos de sus pantalones.


Ambos muchachos tenían sus labios contraídos en una curiosa mueca que se completaba, a la perfección, con el brillo desorientado de sus doradas pupilas y los repentinos suspiros de frustración que ambos emitían una y otra vez.


Se preguntó, ¿Dónde habían quedado aquel par de vampiros de actitud siempre seria y fúnebre?


Su vibrante repiqueteo se elevó por toda la penumbra de la noche e inundó, con un sonido ligeramente audible, los cinco metros a la redonda que le rodeaban, logrando que Edward y Jasper detuvieran sus andares, solamente para verle de manera reprobatoria.


“No le encuentro lo gracioso a todo esto, Darío” – murmuró Jasper – “Lo que has hecho puede tener graves consecuencias…”


“¿Cómo se te pudo ocurrir semejante idea?” – inquirió Edward, interrumpiendo la contestación que el pequeño estaba dispuesto a dar – “¿Acaso no te dijimos que, por el momento, queríamos mantener en secreto nuestra identidad?”


“El que vengan no significa que sabrán la verdad.” –


“¡No solamente es eso!” – Jasper volvió a tomar la palabra, recordando el dibujo en el cual Alice mostraba exactamente la misma casa en la que ahora se encontraban – “El estar solos con ellas puede ser un error demasiado grande. Podríamos no lograr controlar nuestra sed y dejarnos llevar por nuestros instintos a la menor provocación…”


“No lo harán” – aseguró Darío, quien ya no mostraba ningún atisbo de humor – “No les harán ni el más mínimo daño. Estoy tan seguro, como ustedes lo están al respecto. Solamente que a ustedes les encanta sufrir por cada flor caída en invierno. Les hechiza el sabor del sufrimiento, de la soledad, sin embargo, no se han dado la oportunidad de catar otro tipo de emociones, que pueden resultar aún mas cautivadoras”


“Claro, seguramente su sangre nos provocará un terrible frenesí muy cautivador” – repuso Edward, empleando un poco de ironía en su aterciopelada voz.


Jasper empuñó automáticamente las manos, nada más al imaginar la escena que Edward había mencionado.


Darío volvió a reír, al mismo tiempo que negaba repetidamente con la cabeza, en señal de desaprobación por la actitud de sus hermanos.


“Entonces, si la idea no les agrada en absoluto, mañana a primera hora iré y les diré que la invitación ha sido cancelada y asunto arreglado” –


Sus ojos grises centellaron al ver la vacilación de sus hermanos ante la nueva propuesta.


“¿Por qué se auto castigan de esa manera?” – continuó rápidamente – “Dejen que ellas vengan y disfruten de su compañía, que tanto anhelan. Después de todo, como el mismo Shakespeare escribió para las líneas de Julieta: lo que ha de ser, será”. No hay verdad y consuelo más absoluto que esas seis palabras…” – sus hermanos no contestaron, por lo que prosiguió – “Se trata de una inocente cena…”


“En la cual ellas pueden ser nuestra comida” – recordó Edward


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El reloj marcaba ya cerca de las cinco de la tarde y la llegada del crepúsculo estaba próxima. Alice revoloteaba por toda la habitación de su amiga, buscando el atuendo apropiado para ésta mientras el reproductor de música resonaba con la música de Haggard.


“Aún no puedo creer que sea verdad” – comentó Bella mientras, sentada en una orilla de su cama, veía fijamente el suelo.


Si no quería engañarse, debía admitir que estaba entusiasmada y nerviosa. (Al igual que Alice)


Aunque, claro, su entusiasmo no estaba nada asociado a esa actitud perceptiblemente frenética que suelen tener la mayoría.


Bella no estaba tentada a levantarse de su asiento y gritar como histérica al momento en que saltaba por toda la estancia en compañía de su amiga; tampoco se la habían pasado todo el día con una constante risita mientras hablaban imparablemente del asunto (para ser más explícitos, apenas y acaban de tocar el tema desde que Darío se había ido de la casa). Es más, de no haberse conocido tan bien, ninguna sería capaz de darse cuenta que su voz tenía un ligerísimo cambió de inflexión y que sus ojos tenían un brillo mucho más deslumbrante… (Únicas señales delatoras de su humor)


“A ti te agrada Edward” –


“Y a ti Jasper” – contestó Bella.


Alice sonrió abiertamente, a modo de respuesta.


“No es tan perfecto como un Vampiro Lestat, pero supongo que es muchísimo más interesante que toda esa bola de inmaduros andando allá fuera”


“Definitivamente” – asintió Bella, sonriendo también al comparar mentalmente a Louis con Edward… solamente que para ella, el segundo era, por mucho, mejor – “Los Cullen no son vampiros pero si son enigmáticos” – agregó, al recordar la dichosa enfermedad con la que Edward había justificado su extraño comportamiento aquella noche en el cementerio.


“Son mucho más que eso” – murmuró Alice, de manera inconciente – “Hasta el niño, Darío, tiene algo realmente extraño…”


Bella inclinó la cabeza al momento en que reflexionaba. Indisputablemente, las palabras de su pequeña amiga eran muy ciertas. Resultaba un poco desconcertante el ver como, pese a tener el cabello de diferentes gamas de colores, los tres tenían el mismo tono de piel tan pálido.


Era como si fueran tan idénticos y, a la vez, tan heterogéneos… principalmente Edward y Jasper quienes, aún no siendo hermanos consanguíneos, mantenían pintado el interior de sus ojos con el mismo y singular color dorado…


“¿Qué te parece esto?” – inquirió Alice, rompiendo sus cavilaciones, mientras le mostraba a Bella un conjunto completamente negro.


Bella asintió, no muy interesada en la ropa. Al fin de cuentas, toda le gustaba.


No había transcurrido ni medio minuto tras estar completamente listas, cuando llamaron a la puerta. El señor a quien Darío había contratado se quedó pasmado al ver a las dos muchachas completamente vestidas y maquillado de negro. Le tomó dos segundos más de lo necesario el desviar su vista de aquellos rostros (que, si bien eran lindos y se mostraban gentiles, tenían cierto aire lúgubre y perturbador)


“¿Señoritas Alice Brandon e Isabella Swan?” – las dos muchachas asintieron y el señor, con un movimiento de mano, les indicó que subieran al pequeño Volvo plateado (el cual pertenecía a Edward)


El camino hacia la desconocida casa no hubiera sido tan tardado si el señor no se hubiera perdido.


A pesar que Darío, quien le había contratado vía telefónica y había imitado a la perfección la voz de Edward, le había dado cada detalle de cómo llegar, la irregular carretera que llevaba a la dirección le desorientó de sobremanera.


Alice veía el camino con singularidad extrañeza y un estremecimiento recorrió su cuerpo al percatarse que era el mismo paisaje que, durante las noches pasadas, había soñado constantemente…


Edward, Jasper y Darío sintieron su olor mucho antes de su llegada. Ambas fragancias tan diferentes y tan deliciosas. Los dos primeros vampiros gimieron por el ardor que sintieron en sus gargantas.


Vieron, desde el segundo piso, ocultos tras las cortinas de terciopelo vino, como el carro se estacionaba frente a la casa y como las muchachas descendían de éste, mostrándose completamente maravilladas por lo que sus ojos contemplaban.


Aunque Alice lo había visto varias veces en sus extrañas visiones y, hasta lo había dibujado, la casa no perdió el encanto. Era grande, demasiado para tres personas habitando en ella, y hermosamente rustica. Ciertamente, parecía un pequeño castillo sin tantas torres. Bella también reconoció la figura con el dibujo que su amiga tenía semanas le había mostrado, más decidió no comentar al respecto. No quería incomodarla.


Edward y Jasper intercambiaron miradas, se encontraban realmente ansiosos. Darío se concentró para no dejarse invadir por la oleada de inquietud que Jasper soltaba. En esos momentos, el don de su hermano era realmente algo incomodo. El pequeño puso los ojos en blanco, no sabía que sus hermanos fueran tan inseguros. Él fue el primero en caminar


“¿A dónde vas?” – le preguntó Edward, bloqueándole el paso


“Ellas ya están aquí” – recordó el niño – “Hay que prender las luces, ellas no podrán ver en medio de esta penumbra”


Fue entonces que los otros dos muchachos se percataron de que la casa estaba completamente a oscuras. Darío prendió un fósforo y lo hizo caminar sobre el aire, encendiendo uno de los candelabros que colgaban de la pared. Caminó hacia el aparato de música y reemplazó el CD de música violenta que giraban dentro de él por uno de melodías más tranquilas.


“Ahora, ya todo esta listo” – anunció, en cuanto llegaron al comedor, que estaba a pocos pasos de la entrada principal – “Anden, vayan y denles la bienvenida”


“¿Acaso tu no iras?” – preguntó Jasper. Darío negó con la cabeza


“Iré a dar un paseo”


“No nos puedes dejar solos” – dijo el rubio vampiro – “Puedes hacer falta si algo se complica”


“Nada saldrá mal” – aseguró – “Vamos, no las hagan esperar, es descortés de su parte”


Y, con esas palabras, el pequeño vampiro desapareció, dejando a los otros dos jóvenes estáticos a mitad de estancia, mirándose mutuamente a los ojos.


Bella y Alice también habían quedado solas. El señor que las había llevado hacia el lugar se había marchado casi al instante, llevándose consigo el volvo, el cual Edward iría a recoger al día siguiente.


La puerta se abrió lentamente y ambas muchachas sintieron, al ver a las dos figuras masculinas que aparecían frente a ellas, un fuego quemando su estomago.


“Hola” – dijeron al unísono los vampiros mientras se acercaban – “Gracias por aceptar la invitación” – agregó Jasper, mirando fijamente a Alice, quien bajó la cabeza para deshacerse del embrujo de aquel par de pupilas


“Gracias a ustedes por invitarnos” – contestó Bella.


Edward le sonrió de lado. Se veía adorable con aquel tentador rubor corriendo a sus mejillas.


“Adelante” – indicó, con un gesto en la mano y, segundos después, los cuatro entraron a la casa que era aun más maravillosa por dentro.


La música de Stoa, que Darío había seleccionado, resultó miel para los oídos de las muchachas. Sus pasos fueron dirigidos hacia donde se encontraba el comedor y sus ojos se dilataron al ver la inmensidad de comida que en él había. Era demasiada para los cuatro, ¿Acaso habrían invitados?


“Imaginamos que han de estar hambrientas” – aventuró Jasper mientras caminaba al lado de Alice – “¿Les parece bien si cenamos ahora mismo?”


Las dos chicas asintieron y, al instante, sus sillas fueron recorridas por las manos amables de sus compañeros para que pudieran tomar asiento.


“Gracias” – musitaron, tímidamente.


La comida y las bebidas fueron servidas, pero solamente ellas comieron. Los dos vampiros se limitaron a tomar el rojo líquido que, en una alargada botella de plata, reposaba. Debían darle las gracias a su pequeño hermano que no hubiera olvidado el detalle de brindarles, de alguna manera, algo qué cenar a ellos también.


“¿Acaso no tienen hambre?” – preguntó Bella la ver el plato casi intacto de ambos jóvenes quienes, en los últimos minutos, habían estado tan concentrados viendo cada movimiento humano de ellas que se les había olvidado deshacer la comida entre sus dedos


“Lo sentimos” – se disculpó Edward, mientras se llevaba la copa de sangre a sus labios – “Siempre solemos tener más sed que hambre”


Bella miró fijamente la copa, había algo extraño en ella. El líquido parecía demasiado espeso


“¿Qué es lo que toman?” – inquirió, sin poder contenerse.


“Bloody Mary” – contestó rápidamente Jasper – “lo mismo que ustedes. Solamente que a nosotros nos gusta ponerle un poco de vodka, sabemos que a ustedes no les gusta ninguna clase de licor, por esa razón decidimos separar las bebidas …”


La explicación fue demasiado convincente como para que a las muchachas les quedara algún atisbo de duda. Sin mencionar más sobre el asunto, continuaron con la merienda.


“Nos gustaría mostrarles el resto de la casa, si el detalle se les hace atractivo” - dijo Edward cuando ambas humanas terminaron la comida que habían en sus platos.


Alice y Bella asintieron con una ligera sonrisa en sus rostros. Jasper y Edward se levantaron de sus asientos y, de la misma manera en que anteriormente las habían ayudado a tomar asiento, las ayudaron para ponerse de pie.


“La noche ha caído” – anunció el vampiro de cabello cobrizo, dirigiéndose a Bella – “Me gustaría mostrarte el cómo las estrellas se muestran sobre la terraza”


La muchacha asintió, sin poder decir palabra alguna. La voz de su anfitrión era demasiado hipnótica y le revolvía todo tipo de pensamientos coherentes.


“Alice y yo recorreremos primero el interior de la casa. En un momento los alcanzamos” – Dijo Jasper y, girándose para encarar a la pequeña humana, preguntó – “¿Vamos?”


“S-si” – contestó la aludida y, a los pocos segundos, la pareja había desaparecido por los oscuros pasillos.


Edward miró fijamente a Bella, quien presionaba ligeramente sus negros labios con sus dientes. ¿Estaba nerviosa por que sentía el peligro que corría al estar a solas con un monstruo?... en un intento de brindarle confianza, su nívea mano se alargo hacia ella, en una sutil invitación a que la tomara, la cual fue aceptada de manera tímida, pero feliz.


Bella se percató de que aquella piel seguía siendo tan fría como las veces anteriores, al igual que seguían transmitiendo aquella sensación de paz y cosquilleo con su contacto. Levantó la mirada y se encontró con la del muchacho… la cual había cambiado del dorado al negro.

GHOTIKA

Los juegos infantiles no son tales juegos,

si no sus más serias actividades
Michel Eyquem de Montaigne


Capítulo 13: La Invitación


El sonido del timbre llegó hasta al cuarto de Bella, en donde ella se encontraba en compañía de Alice. Ambas muchachas bajaron las escaleras, preguntándose quién podría ser a esa hora…


Era viernes, alrededor de la media noche, y la pequeña de cabello negro había decidido desobedecer las exageradas órdenes de su madre y quedarse con su amiga para acompañarla…


Alice se había alegrado al notar que, con el paso de los días, Bella superaba cada vez más (y de manera muy asombrosa) la muerte de sus padres. Lo notaba con las pequeñas cosas que volvían a su curso, como el que su amiga volviera a escuchar música después de semanas tras no hacerlo, el que de vez en cuando sonriera y el que, aquella noche, había decidido a comenzar a diseñar una nueva prenda mientras una película de terror se reproducía en la máquina de DVD


“Darío” – murmuró Bella al abrir la puerta y encontrarse con la infantil figura vestida de negro.


“Hola” – saludó el niño inmortal, sonriendo ligeramente, mientras levantaba su mirada gris para posicionarla a la altura de ambas humanas – “Espero no molestar con mi visita”


“Claro que no” – contestó, mientras se hacía a un lado para que la criatura pasara.


Cuando Darío les dio la espalda, y se encaminó hacia el centro de la sala, ella y Alice intercambiaron sendas miradas inquisitivas. Aquella visita se les hacía más que extraña.


Durante las pocas semanas transcurridas después del entierro de los señores Swan, el hermano menor de los Cullen, solamente se había aparecido frente a ellas en un par de ocasiones, en las cuales, él no había cruzado ni la más mínima palabra con ellas. Así que, el repentino hecho de que el pequeño apareciera en la puerta de la casa, a casi media noche y con una llovizna ligera bañando el suelo, Definitivamente, no tenía nada de ordinario.


“¿Vienes solo?” – preguntó Alice, viendo fijamente como el niño tomaba asiento con movimientos elegantes y fluidos, muy similares a los desplazamientos de sus hermanos.


“Si. Jasper y Edward se encuentran en casa”


“No deberían dejarte salir solo a esta hora, ya es muy tarde” – comentó Bella, con cierto grado de molestia en su voz. Si a ella algo le irritaba, era la irresponsabilidad.


El pequeño inmortal sonrió, realmente divertido, por el comentario. Entre los tres, si alguien corría peligro en ese (y en todos) los momentos, eran ellas. Tan frágiles y tan volátiles para sus ojos eternos que, por el simple hecho de ser mortales, le parecían grandiosamente hermosas.


Un viento helado se filtró por la ventana, trayendo consigo la fragancia de ambas muchachas a su pequeña y recta nariz. Para la vista de cualquier humano, el tenue cambio de color que sus ojos conferían a la sed, era imperceptible, sin embargo, de haber estado presentes ahí Edward o Jasper (o cualquier otro vampiro), se hubieran percatado fácilmente que el tono grisáceo de su mirada adquiría un leve toque carmesí en las orillas de sus pupilas.


El niño vampiro miró fijamente dicha ventana y, sin mucho esfuerzo, la cerró rápidamente. Le encantaba tener cualquier pretexto para usar su tan practico don… era su juguete preferido.


Bella y Alice escucharon el sordo golpe que provocó el choque de la ventana con el metal y no encontraron nada de extraño en ello ya que ambas pensaron que había sido el viento, y no Darío, el causante de semejante acción.


“¿Gustas algo para tomar?” – ofreció Bella, olvidándose del asunto de la irresponsabilidad por parte de los Cullen – “La temperatura ha bajado demasiado, seguramente se te apetece algo calido”


“Si” – contestó el vampiro – “Se me antoja un poco de sangre tibia”


El silencio se levantó en la estancia, el cual fue rotó, segundos después, por las jovencitas adolescentes, quienes comenzaron a reír, tomando el comentario pasado como una broma.


“Veo que el estar con tus hermanos te ha pegado mucho de sus tendencias” – dijo Alice, aún en medio de risitas.


El pequeño asintió, estirando sus labios y sintiéndose mucho más tranquilo de que su travieso desliz no hubiera sido tomado en serio. Debía controlar más su instinto juguetón si no quería dar a conocer aquel oscuro secreto que solamente a sus hermanos mayores les correspondía revelar.


“Dejándonos de bromas, ¿Qué te ofrezco?” – inquirió otra vez Bella, poniéndose de pie, dispuesta a preparar lo que a su visita se le ofreciera.


Darío levantó la mirada hacia la muchacha y no pudo evitar fruncir levemente sus cejas al recordar una ocasión en la cual se vio obligado a ingerir comida humana… el recuerdo era repugnante. Así que, aunque se estaba divirtiendo mucho, debía apresurarse a llevar a cabo el motivo de su visita


“Gracias, pero no tengo apetito. Además, tengo que darme prisa para llegar a casa” – agregó de manera amable, mientras se incorporaba del asiento y caminaba, para acercarse más, hacia las dos chicas – “Solamente quería hacerles entrega de esto” – su mano se extendió para facilitar el alcance de un diminuto papel, en forma de pergamino.


Alice fue la que lo cogió y, al desenrollarlo, leyó con voz bajita lo que las elegantes y formales letras cursivas decían.


Esperamos no sea mucho nuestro atrevimiento


al pedir, de la manera más humilde, que asistan


a nuestra casa, en la cual serán bienvenidas, si tienen el deseo


de acompañarnos para cenar mañana por la tarde.


Su presencia es gran motivo de nuestra impaciencia e ilusión.


Atte


Edward y Jasper Cullen.


Al terminar de leer el pequeño mensaje, la sala quedó en completo silencio.


Las dos góticas estaban completamente paralizadas. La emoción y el desconcierto eran demasiados como para poder disimularlo. Realmente, ninguna de las dos, ni en sus más vagos y delirantes sueños, había imaginado semejante invitación por parte de aquel par de misteriosos chicos.


Por su parte, el pequeño Darío estaba luchando arduamente consigo mismo por no romper en una carcajada…


Solo esperaba que sus hermanos le perdonaran la pequeña ayuda (y broma) que les había tendido a todos. De todas formas, pronto lo sabría, en cuanto llegara a casa. Ya casi podía imaginarse los rostros de Edward y Jasper al enterarse que, sin planearlo, mañana en la tarde tenían una romántica velada.


“Entonces, ¿Qué mensaje les hago llegar a mis hermanos?” – inquirió, de la manera más inocente que le fue posible.


Alice y Bella volvieron a intercambiar miradas y, haciendo un mutuo acuerdo mental, volvieron sus rostros para encarar al infante que esperaba por una respuesta.


“No sabemos la dirección de tu casa” – recordó Bella – “¿Cómo vamos a llegar?”


“¿Eso es un si?” – quiso saber Darío, mientras su lucha interna por mantener la compostura serena y desinteresada se volvía, cada vez, un poco más difícil


“S-si” – confirmó Alice, bajando la mirada. ¿Por qué se le habían encendido de esa manera sus mejillas?


“Bien” – musitó el pequeño, sin poder reprimir más la sonrisa traviesa que dibujaba sus labios, aunque debía admitir que un ligero ardor quemaba su garganta – “Por la dirección no se preocupen” – agregó – “Mis hermanos han contratado a alguien para que venga por ustedes”


“OH…” – fue lo único que las mortales pudieron pronunciar…


“Me tengo que ir”


“¿No quieres que te vayamos a dejar?” – ofreció Alice, viendo que el reloj.


El pequeño vampiro negó lentamente con su cabeza, alborotando los cabellos negros con el movimiento y dirigiéndose hacia la salida


“Espero que descansen”


“Tu también” – dijeron ambas jovencitas – “Que tengas buena noche”


“Seguro” – contestó para si, mientras comenzaba a caminar hacia el centro del bosque.


A diferencia de todos (o, al menos, de la mayoría) de los vampiros, a Darío no le causaba gran emoción el correr a velocidades extremas. Él prefería caminar a paso humano. Era una actividad que había aprendido de Edward. Le gustaba mucho contemplar, con cada paso que daba, el cómo cada tronco del árbol era diferente al otro, cómo la tierra húmeda se hundía bajo sus pies o los sonidos que la madre noche le solía dedicar a sus oídos.


Durante todo el camino, fue sonriendo abiertamente.


Edward, quien se encontraba en la terraza con Jasper, escuchando la melodía que éste hacía sonar con su violín, le vio llegar primero. Darío subió trepando los muros hasta donde ambos vampiros se encontraban y, no queriendo interrumpir aquella hermosa composición, se sentó al lado de Edward, en completo silencio.


Jasper siguió tocando. Su cuerpo se agitaba ligeramente, arqueándose hacia atrás o hacia delante, con cada movimiento que sus manos daban al instrumento. Su cabello rubio se mecía con el viento que soplaba y su expresión denotaba los sentimientos que, cada una de las notas dadas, quería transmitir. La pequeña llovizna no había dejado de caer ni un solo instante y, fuera de ser un impedimento para disfrutar del privado concierto, solamente ayudaba a que la escena les pareciera más esplendida.


“Es una melodía muy hermosa” – murmuró Darío, mientras cerraba los ojos e inhalaba profundamente.


Solamente la música creada por su hermano era tan delicada y apasionada, que hacía hasta al viento cambiar de fragancia… entonces, recordó que, aparte de aquel sonido nacido por el arco al contacto de las cuerdas, había otro más que le gustaba.


“Edward, me gustaría escucharte tocar el piano” – manifestó el pequeño, provocando que el aludido riera entre dientes.


“Tendrás que esperar para ello” – contestó – “aquí, carecemos de uno”


Darío asintió. Sabía cómo arreglar ese problema.


Jasper dejó de tocar, pudiendo percatarse al instante como sus espectadores se desilusionan por sentirse privados de tan relajantes sinfonías. Sonrió. Prometiendo, con ello, una pronta presentación. Sintió, también, la casi imperceptible inquietud que comenzaba a embargar a Darío, pero prefirió no comentar al respecto… sabía que él no tenía secretos con ellos.


Al cabo de unos minutos, también Edward se percató del extraño comportamiento de su pequeño hermano, quien se encontraba jugando, silenciosamente, con una pequeña piedra, en forma de triangulo, la cual había levantado (psíquicamente) desde el suelo del primer piso, hasta tenerla frente a él. El inanimado objeto subía y bajaba, se deslizaba de derecha a izquierda, y viceversa, movida solamente por la mente del niño, que parecía completamente absorto…


“No querrás que te lea la mente sin tu consentimiento” – advirtió Edward, mientras clavaba fijamente su mirada en el infantil rostro – “Yo tampoco quiero hacerlo. Sabes que me disgusta usar mi don con las personas a quienes quiero así que, ahórrame el disgusto y, di lo que tengas que decir”


Darío bajó la mirada y rompió toda la concentración que tenía puesta sobre la piedra, logrando que ésta cayera.


“Fui a casa de las humanas” – comenzó a decir.


Repentinamente, ya no se sentía tan seguro de que sus hermanos le iban a perdonar el atrevimiento. Decidió no levantar la vista, para no acobardarse y, suspirando profundamente para recobrar el tono firme de su voz, agregó


“Les di una invitación, la cual llevaba como remitente sus nombres y decía que las esperan mañana, aquí en la casa,… a una cena”


"¡¿Qué?!"

GHOTIKA

Su tacto trajo consigo un extraño alivio,

como si hubiera estado adolorida y el daño
hubiera cesado de repente.
Eclipse – Stephenie Meyer

Capítulo 12: Unión

Hermano” – llamó Darío a Edward, quien se encontraba, como tantas noches, contemplando las estrellas que se alzaban en el horizonte – “Han pasado siete días después de ese incidente” – recordó – “y he observado como Jasper y tu cuidan de ellas en completo silencio…”



“Son los futuros tesoros de nuestros maestros, es nuestro…”


“No” – interrumpió el pequeño – “No me mientas por favor” – suplicó – “dentro de las cosas que más detestó en este mundo es la mentira y lo sabes, así que no lo hagas”


Edward bajó la mirada, sintiéndose avergonzado por sentir haberle fallado a su hermano. Giró su cuerpo para encarar al pequeño vampiro que hablaba con él.


“Ustedes están realmente fascinados con ellas” – afirmó Darío, justamente en el instante en que Jasper entraba a la sala, el rubio vampiro no necesitó pedir una explicación para comprender qué tema se estaba tratando – “Tanta es su fascinación, que casi roza el término del amor…” –


Ambos vampiros callaron, ante la imposibilidad de negar semejante razón.


Tal vez Darío estaba exagerando y precipitando a decir que ellos se estaban enamorando de aquellas frágiles humanas… tal vez no.


Lo único que Edward y Jasper sabían era que algo nuevo había surgido dentro de ellos desde el día en que las conocieron… fuera lo que fuese aquel embriagador sentimiento que les arribaba al estar cerca de ellas, debían admitir que les gustaba de la misma forma en que les aterraba…


No era normal para ellos el sentir que su muerto corazón (en el sentido completamente literal de la palabra) estaba a punto de palpitar ante aquellas humanas presencias… ni mucho menos anormal eran aquellos deseos fervientes de protegerlas hasta del más mínimo piquete de un insignificante mosquito… tampoco era normal el que su especie se viera involucrado sentimentalmente con la raza humana… pero, pese a todo, qué bien se sentía tener el pecho esas descargas de sensaciones.


“Su silencio me ha dado la respuesta” – prosiguió Darío - “Lo que no me puedo explicar es ¿Por qué tanto miedo a que nuestros maestros las transformen?”


“No es tan fácil como parece” – discutió Jasper – “¿Olvidas acaso que fue un vampiro el que mató a los padres de Bella, que eran también amados por Alice?... Si supieran la verdad, si supieran que fue un vampiro el que cometió semejante crimen, ¿No crees que ellas odiarían convertirse en algo similar?”


“Independientemente de todo eso” – intervino Edward – “Darío, ¿Acaso no te gustaría volver a ser humano? Tú, mejor que todos, tienes noción de la oscuridad en que esta vida nos hunde…”


“Yo no puedo salir a la luz del sol, es cierto” – afirmó el pequeño, acercándose hacia la ventana y clavando sus grises ojos en la lobreguez que en el horizonte se extendía – “pero si tuviera un compañera con quien compartir mis noches, no habría ni una sola palabra de queja expulsada de mis labios”


“Si encontraras a alguien a quien querer, ¿la convertirías?” – indagó Jasper, con verdadera curiosidad – “¿Serías capaz de condenarla a vivir siempre oculta en tinieblas?... sabes que ese es nuestro destino, sabes que por mucho que intentemos engañarnos, jamás lograremos ser libres: nosotros vivimos encadenados a nuestra sed… aquí los únicos libres son ellos, los humanos, los mortales.


“¿En realidad crees eso?” – aludió Darío, con voz suave y pausada, aún sin dejar de ver hacia el sombrío bosque, bañado quedamente por la luna plateada – “Yo no pienso lo mismo. Creo que la única reprensión que tenemos es la soledad a través de las décadas vividas… esa es nuestra única cadena. Y, respondiendo a tu pregunta, claro que lo haría: la convertiría, si ella así lo desea”


“Tu mismo lo has dicho: Pedirías su aprobación” – dijo Edward – “La darías a elegir. Éste caso es completamente distinto… ellas ya no tienen opción”


“Y si ya lo sabes, ¿Por qué te lamentas día y noche por lo inevitable”


“Por que es nuestra culpa, por que nosotros somos sus cazadores, por que si nosotros no existiéramos, ellas podrían seguir viviendo sin tener que estar destinadas a tener que pasar días infinitos, escondidas como monstruos”


Darío rió suavemente. El sonido que su garganta emitió fue como un pequeño susurro quebrantado en el viento


– “Pero, desgraciadamente, nosotros si existimos” – recordó y, al instante, Edward empuñó sus manos a causa de la furia contenida. Él se percató del estado de humor y caminó hacia el vampiro, indicándome con un silencioso gesto que se inclinara para quedar a su altura. El muchacho obedeció y tuvo, frente a si, a un par de grandes y cultos ojos grises, mirando fijamente – “No te atormentes más, hermano” – aconsejó el pequeño – “por alguna razón el destino las ha puesto en sus caminos… No se encandilen, podrían desperdiciar la oportunidad que, por décadas han esperado”


Jasper también se acercó, posicionando su cuerpo en una forma similar a la de Edward. Darío los vio a ambos y, después, sonrió. Su ligeramente redondeado rostro se vio realmente enternecido con aquel gesto. Y, sin decir más, se retiró del lugar. Dejando en un estado completamente meditabundo a los dos adolescentes vampiros.


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Mientras tanto, los días habían pasado, para Bella, de manera muy lenta. La casa, habitada solamente por ella, le parecía inmensa… de no ser por la única herencia dada de sus padres (aparte del seguro de Charlie y unos ahorros de Renne), la hubiera vendido para comprarse algo mucho más pequeño.



La muchacha suspiró profundamente mientras se sentaba en la mesa de madera, con un improvisado plato de cereal frente a ella. Sus ojos se llenaron otra vez de lágrimas, las cuales contuvo lo más que pudo. Podía ver claramente la imagen de Renne sonreírle mientras le servía el desayuno… apretó fuertemente sus labios para reprimir un gemido de dolor y, tomando mucha fuerza de voluntad para cesar el llanto, se llevó la primera cucharada de alimento a su boca.


Realmente, no comió mucho. El estomago se le revolvía a causa de la pena. Sospesó la posibilidad de quedarse ese día en casa pero se repitió mentalmente que debía de ser fuerte… no podía dejarse caer… aquella actitud de rendimiento no iba con ella, quien siempre había estado conciente de que, tarde o temprano, todos morían…


Caminó hacia la escuela con andares pesados. No recordaba si se había maquillado. Al fin de cuentas, le importaba poco. Sonrió al pasar por una pequeña tienda y ver su oscuro reflejo…


Ahora, mejor que nunca, tengo una buena razón para vestir de negro. Pensó…


Alice ya le esperaba en la entrada de la escuela. A su tristeza y desolación, que la muerte de los señores Swan le habían dejado, se sumaba también la creciente preocupación por su amiga. No es que no confiara en la fortaleza de Bella. No. Ella sabía, estaba segura, sin saber muy bien por qué, que su amiga se repondría de esa pérdida. Simplemente, no le gustaba el saber que ahora se encontraba viviendo sola… suspiró tristemente al recordar la charla que había sostenido con su madre, tenía pocos días, en la cual le había pedido la autorización para admitir a Bella en su casa… y, como era de esperarse, la señora Brandon se negó rotundamente, argumentando que ya con su hija bastaba y que no estaba dispuesta a tener a otra loca más, debajo de su techo.


– “Bella” – murmuró en cuanto apresuraba el paso para recibir a su amiga – “¿Cómo amaneciste?” – preguntó, arrepintiéndose al instante, al saber que el cuestionamiento resultaba absurdo.


Aún así, Bella sonrió a modo de respuesta, tratando de calmar a su pequeña amiga con el gesto y, por supuesto, la intención falló desde el inicio del intento. Alice prefirió ya no decir nada al respecto. Se limitó a unir su mano con la suya y caminar hacia el salón. No se necesitaba ser gran observador para percatarse de que Bella estaba completamente ajena a lo que le rodeaba, ni que, en realidad, sus pasos seguían el camino correcto por que era Alice quien la guiaba.


Llegaron al salón, sin que Bella estuviera del todo cociente de ello. Se dirigieron hacia sus asientos, en donde tomaron rápidamente posesión de ellos y se dispusieron a esperar a que el profesor llegara. Alice comenzó a juguetear con un pequeño trozo de papel, lo cual distrajo por un momento a su compañera


“¿No trajiste hoy tu cuaderno de dibujos?” – preguntó


Alice se sintió contenta que, después de varios días, Bella hablara, incitada por su propia cuenta. Así que, a la hora de responder, lo hizo con una sonrisa.


“No. Se me olvidó” – decidió mentir. No quería decirle la verdad para no agregarle otro peso más a su decaído estado de ánimo.


La verdad era que había dejado aquel inseparable cuaderno en su casa, de manera intencional…


Los Cullen hicieron acto de presencia, atrayendo al instante de su llegada, la mirada de todos quienes estaban lo suficientemente cerca como para apreciarlos…


Alice se preguntó mentalmente si acaso era ella la única que, a pesar del tiempo que llevaban en el instituto, los seguía viendo con la misma extraña belleza de siempre… principalmente al rubio muchacho. Edward se sintió decepcionado de que, durante todo el día, todas las miradas femeninas estuvieran posadas sobre él, menos la de Bella. Se descubrió así mismo buscando, durante toda la clase, diferentes excusas para poder acercársele y hablarle. Al final, se decidió por lo simple…


“Bella” – susurró, a manera de saludó en cuanto el timbre de salida sonó. Agradeció, en silencio, el hecho de que Alice fuera lo suficientemente persuasiva como para darse cuenta que, lo mejor que ella podía hacer, era dejarlos solos.


La aludida levantó la mirada de la madera, de donde por varios minutos la había tenido fijamente puesta, para encontrarse con un pequeño capullo color rojo, del cual, unas cristalinas, y casi extintas, gotas de lluvia fría, bañaban sus delicados pétalos cerrados. .


Edward esperó calladamente a que lo cogiera, preguntándose si el detalle había sido el correcto… después de todo, en sus casi cien años, era la primera vez que buscaba ser amable con una dama por razones diferentes a una hermandad…


Había arrancado a aquel botón, tenía menos de tres minutos, en el jardín trasero de la escuela (ningún humano le había visto salir y entrar del salón). Se había dificultado terriblemente su existencia entre la innumerabilidad de flora que había en el lugar, debatiéndose principalmente entre una exuberante rosa completamente extendida o el pequeño capullo que se hallaba escondido detrás de ella y, tras pensarlo detenidamente y recordar a la futura dueña del regalo, se convenció por la segunda opción. Después de todo, Bella era como un pequeño botón de invierno: tímida, misteriosa, completamente envuelta por una fina (pero poderosa) membrana, que no permitía a nadie (ni siquiera a él) penetrar en su mundo, al menos que ella así lo quisiera y, sobre todo, sencillamente hermosa y frágil…


Se sintió aliviado cuando Bella alargó la mano y, tomando la pequeña flor entre sus manos, le sonrió


“Gracias” – musitó, tras contemplar por un largo segundo el pequeño presente.


El vampiro no encontró qué más decir. Se había desconcentrado ante el hecho de ver como los pétalos de aquel capullo rozaban levemente sus labios. Se sintió celoso de la flor pero, sobre todo, se sintió deseoso de ser él quien tuviera el privilegio de posar su boca sobre la suya, para sentir el calor prometedor de su aliento.



No supo cómo describir, ni justificar, lo que sus manos hicieron de manera inconciente.


Cuando pudo darse cuenta, sus dedos ya se hallaban deslizándose, suavemente, por la delicada mejilla de la muchacha mortal. Sabía que aquel gesto no era lo mejor y, sin embargo, no se atrevió a romper aquel contacto. Se sentía tan… bien.


Podía apreciar el palpitar y el calor de la sangre acumulada bajo sus yemas y también pudo atender un sonido hermoso y encantador que era producido por el golpeteo de un desenfrenado corazón. Su corazón…


Pero no solamente era él quien estaba disfrutado de aquel roce. Bella estaba completamente sedada ante la repentina oleada de sentimientos transmutados que afloraban por todo su ser. Se le había olvidado todo… Para ella, solamente existía el exquisito contacto de aquella glacial piel contra la suya. Apenas y era conciente de que existía algo más que aquel par de pupilas color ámbar que le miraban fijamente…


“Disculpa” – murmuró Edward, tras un par de segundos, en los cuales había logrado poner en orden sus ideas y, dolorosamente, se preparaba para romper aquella unión.


Se preguntó mentalmente qué tan fría le habría parecido su piel a Bella y, como respuesta, la muchacha no permitió el alejamiento de sus dedos.


“No lo hagas” – contestó, mientras cerraba sus ojos en el momento en que una de sus manos se posaba sobre la pálida extremidad, que apenas y yacía sobre su mejilla, y la apretaba aún más contra ésta.


Ella no quería que la privaran de aquella cura tan dulce que esa unión le propiciaba a su dolor… ¿Dolor? ¿Qué era eso en aquellos momentos?


Edward reprimió un gemido de placer al sentir aquella textura tan suave y candente a todo su esplendor…


Aléjate, le ordenó una parte de su conciencia, a la cual desobedeció. Por el contrario, su cuerpo se inclinó, acortando la distancia que le separaba de ella, y su rostro quedó a pocos centímetros del suyo… de nuevo, el deseo de besarla afloró con el roce de aquel aliento acariciando sus pómulos. Cerró los ojos en un intento de controlar aquel descabellado deseo y Bella se deslumbró por la inhumana e imposible belleza de aquel empalidecido rostro.


Era una visión tan esplendida que resultaba hasta dolorosa. Sus pupilas se deleitaron mientras se paseaban, memorizando detenidamente, cada parte de aquel semblante: sus espesas y negras pestañas, sus imponente cejas, su nariz recta, su quijada cuadrada y varonil, su boca ligeramente entreabierta, con aquellos labios de medida perfecta, sus pómulos angulados, su frente lisa y adornada por unos cuantos mechones rebeldes de cabello cobrizo…


No pudo soportar más aquella tortura y decidió calmarla…


Edward volvió a abrir sus ojos al sentir la temblorosa, tímida y calida piel que recorría la suya y, al hacerlo, se encontró con el par de estrellas más hermosas y brillantes que en toda una eternidad pudiera llegar a ver jamás: los ojos castaños de Bella.


“Tanta es su fascinación, que casi roza el término del amor…”


Darío se había equivocado en una cosa la noche pasada: en su caso, la fascinación no rozaba el término del amor… en su caso, la fascinación sobrepasaba a ese sentimiento.


No tenía más caso el que se siguiera resistiendo a aceptar aquella realidad, debía admitirlo de una vez por todas. Amaba a Bella con cada una de sus inmortales entrañas… la amaba y, el estar completamente conciente de ello, le provocaba un sufrimiento mucho más grande al pensar que, pese a todo lo sentido por ella, no podía hacer nada por cambiar el terrible y sombrío destino que le esperaba…