Dark Chat

miércoles, 19 de mayo de 2010

Mi Corazon En Tus Manos

CAPITULO 12


Antes de dirigirse a desayunar, Rosalie acudió a la cocina en busca de una de esas tonificantes tisanas. Otra noche más en vela por culpa de aquel hombre que invadía a hurtadillas su mente para atormentarla con sus besos y sus brazos poderosos. Si no fuera porque no creía en hechiceros y brujerías, pensaría que alguien había lanzado un conjuro sobre ella porque el hecho de que durante varias noches seguidas fuera víctima de aquel mismo sueño, una y otra vez, rozaba ya la maldición.


Recordó aquella noche, cuando era una niña, en que tuvo una horrible pesadilla. Tantos años habían pasado que ya no recordaba que o quien había protagonizado aquel mal sueño, lo que si recordaba era que había corrido llorosa a la recámara de sus padres en busca de protección y consuelo. En cuanto la vieron tan agitada, le hicieron un hueco entre ellos y la recibieron en su cama, abrazándola y reconfortándola. Cuando estuvo más calmada, y en su inocencia de niña, le preguntó a su padre a qué se debían los sueños ¿acaso había sido una niña mala y por eso debía soñar cosas feas? Aún recordaba las risas de sus padres.


-No, pequeña -le dijo su padre. -No es porque seamos buenos o malos por lo que soñamos -le explicó. -Se dice que uno sueña por lo que más teme o por lo que más desea.


En aquel entonces, no entendió muy bien a que se refería su padre, pero ese día aquellas palabras volvían a ella como un karma y, verdaderamente temía buscar una respuesta en ellas al porqué de ese sueño que se repetía una y otra vez como un presagio. ¿Temía a ese hombre o lo deseaba?


Por supuesto que era absurdo pensar que lo temía, de ningún modo, aquellos arranques suyos insolentes y descarados podían herirla lo mismo que el roce de una pluma sobre su piel, nada en absoluto, la llenaba de rabia su engreimiento y su osadía, pero nada más. A lo sumo, podía herir su vanidad femenina, mas, aunque nunca lo reconociera frente a nadie, sabia muy bien que siempre era ella quien lo provocaba.


Sin embargo... ¿era igual de absurdo pensar que lo deseaba? Se detuvo sobre sus pasos apretando los puños contra su vestido. No, no podía admitirlo. Si lo hacía estaría admitiendo lo imposible, lo inaceptable, lo prohibido...


Conocía muy bien su naturaleza, su esencia y, por muy independiente y orgullosa que quisiera mostrarse ante el mundo entero, se sabía muy capaz de luchar con todas sus fuerzas por amor. Era consciente de que para muchas mujeres era "inmoral" el simple hecho de mostrar por un hombre más interés del meramente necesario, por lo que era totalmente humillante el luchar por él. Para alboroto de muchas, ella no era de esa opinión. Para Rosalie, eso no era "perseguir" a un hombre, sino la felicidad y, ¡ay de aquel que creyese ser merecedor de tal regalo para que viniese caído del cielo! Ese don divino había que alcanzarlo, ganarlo y bien valía cualquier esfuerzo.


Pero, ¿haría lo mismo por Emmett? Negó con la cabeza mientras retomaba su trayecto hacia la cocina.


Bien sabía que no era por cuestión de orgullo. Lo supo muerto aquel día en las caballerizas cuando pensó que iba a besarla... deseó aquel beso más que nada en el mundo... y aunque trató de cubrirlo con un lienzo de humillación y desaprobación, no podía engañarse a sí misma. No sentía rabia por su osadía, por haber intentado besarla, sino por su propia osadía al desearlo tanto. Y en esos momentos, su bien preciado orgullo no le sirvió de nada...


No, había algo mucho más importante que la haría ocultarlo, evitarlo, negarlo hasta para sí misma... su propio origen la marcaba... ¡Era una princesa y él un simple guardia, por Dios Santo! ¡El mero hecho de pensarlo estaba fuera de los límites de lo permitido! Nadie en el mundo aceptaría una unión tan deshonrosa, la vergüenza caería sobre su familia, sobre todo el reino y ella sí que no era capaz de llevar ese peso sobre su conciencia.


Cuando estaba llegando a la cocina, escuchó voces muy animadas, entre ellas la de Emmett. Respiró hondo ante el escalofrío que recorrió su cuerpo al saber que iba a encontrarlo.


-¡Vamos, Charlotte! No seas malvada -exclamó Emmett provocando una risita en la doncella. Sin embargo, a Rosalie no le pasó inadvertida la mirada iracunda de Peter, que se sentaba frente a él.


-Aún me duele mucho el hombro -aseguró con una mueca. -Seguro que un masaje providente de tus lindas manos me calmarían el dolor.


-Ya te dije que no, Emmett -le respondió Charlotte con falsa indignación en su voz.


Rosalie quedó casi petrificada en el umbral de la puerta al escuchar tal conversación. Fue únicamente el saludo de Peter lo que la hizo reaccionar.


-¡Buenas días, Alteza! -respondió Charlotte azorada. -¿Deseabais algo?


-Una de tus tisanas -balbuceó Rosalie, pálida.


-Un segundo, Alteza. El agua está a punto de hervir -dijo dirigiéndose al fuego.


Rosalie asintió.


-En verdad tenéis mal semblante, Alteza -se preocupó Peter.


-Seguro que la tisana que Charlotte me está preparando me alivia -contestó Rosalie amablemente como agradecimiento a su interés.


-¿Lo ves Charlotte? Tus manos son prodigiosas -añadió Emmett estirando su brazo y agarrando a la doncella por la cintura, acercándola a él. -¿Vienes conmigo al lago esta tarde? -le insinuó.


Charlotte se removió de su abrazo mirando a Rosalie.


-No te preocupes por Su Alteza -le dijo Emmett con tono desenfadado -No tiene porqué escandalizarse, sabe perfectamente lo que ocurre entre un hombre y una mujer -concluyó con ironía.


Todos quedaron perplejos ante tal afirmación y Rosalie tuvo que hacer acopio de toda su voluntad para no salir de allí huyendo, abochornada, humillada. Esta vez no había sido ella la de la afrenta, la de la provocación, esa ofensa había sido del todo gratuita y no se iba a quedar así.


-Estás en lo cierto, muchacho, lo sé perfectamente -le espetó alzando su barbilla y cruzando los brazos sobre el pecho. -Al igual que sé que no se os paga a ninguno por hacerlo en horas de trabajo. Su Majestad quedaría muy decepcionado al saber en que ocupas tu tiempo -le advirtió levantando la voz. -Estás equivocado si piensas que el tener el favor de la reina te da más privilegios que obligaciones.


Dicho esto salió por la puerta hacia el patio. Ni siquiera aceptó la jarra que Charlotte le ofrecía cabizbaja.


Peter le lanzó a Emmett una mirada llena de ira mientras Charlotte continuaba abatida, con la congoja reflejada en su rostro. Inevitablemente, la culpabilidad invadió a Emmett. Su batalla "personal" con la princesa no justificaba que pudiera afectar a otros y, con su actuación, la propia Charlotte había quedado en entredicho frente a Rosalie. Si bien le hería en su amor propio tener que pedirle excusas, si era necesario, lo haría en favor de la doncella. Sin decir una palabra salió en su busca.


Rosalie no había ido muy lejos, había salido hacia el corredor exterior para salir al patio, pero se había detenido en la última de las arcadas de piedra, en aquella pilastra en la que se había ocultado justo el día anterior para ver a Emmett entrenando.


Se rió con tristeza para sus adentros de su propia estupidez. Hacía sólo unos minutos se había estado planteando el gran dilema de su vida en la que aquel hombre la había sumido sin tener en cuenta lo esencial, el hecho de que él realmente la despreciaba. La había convertido en el blanco de su desdén y sus exabruptos y ella se lo tenía bien merecido por haberlo incitado.


El sabor amargo de las ilusiones rotas acudió a su boca y se preguntó en que momento su subconsciente la había conducido a aquella situación tan irracional en la que había perdido el control de la realidad y de la lógica. ¿De que forma loca y absurda había llegado a confundirse su raciocinio como para pensar que aquel comportamiento impertinente podía deberse a algo más que a una simple muestra de orgullo masculino? Y ella que se jactaba de su personalidad resuelta y segura, había resultado ser la más ingenua de todas las mujeres. Tan a salvo que se sentía en su "noble" urna de cristal y había ido a romperla dejándola desprotegida el único hombre que hasta ese momento la había hecho sentir como una mujer pero que nunca la consideraría como tal.


Escuchó pasos que se aproximaban y, mirando de reojo, comprobó que se trataba de Emmett. Luchó con todas sus fuerzas para reprimir aquellas lágrimas que amenazaban con escapar de sus ojos, por disipar aquella angustia que le oprimía el pecho. Nunca, jamás le daría la satisfacción de verla llorar, no llegaría el día en el que su debilidad pudiera convertirse en objeto de sus burlas.


-Alteza -lo escuchó titubear tras de sí.


Rosalie se giró para mirarlo.


-¿Vienes a pedirme que no le diga nada a la reina sobre lo que acabo de presenciar? -preguntó con su ya recuperada soberbia.


-¡Me importa muy poco lo que le podáis decir a Su Majestad sobre mí! -exclamó ofendido.


-¡Ah! Vienes a abogar por tu amada ¡qué romántico! -dijo con gran ironía.


-Sí, vengo a interceder por ella -admitió -Charlotte no debe pagar por algo que sólo he propiciado yo -añadió con voz más calmada. -Y para vuestra información no es mi amada.


-Así que su reticencia no era fingida -se rió. -Ya que, según tú, soy tan versada en asuntos amorosos, quizás pueda darte algún consejo sobre como debes tratar a una mujer.


-¿Dudáis de mis habilidades con la mujeres ? -sugirió acercándose a ella.


-No deben ser muy buenas cuando ella ha rechazado tan abiertamente tus más que directas proposiciones -se defendió alejándose de él, manteniéndose altiva, sin que pareciera en ningún momento que estaba huyendo de él, de su cercanía turbadora.


-No hay nada que se pueda hacer si el corazón de la doncella ya pertenece a otro -respondió encogiéndose de hombros.


-No te entiendo -espetó sorprendida.


-Charlotte está enamorada de Peter -le aclaró.


-¡Pensé que Peter era tu amigo! -le inquirió ante tal desvergüenza. ¿Qué tipo de hombre era, robándole las atenciones y el cariño que ella no tenía intención de otorgarle?


-Por que es mi amigo lo hago -dijo cruzándose de brazos.


En ese instante, al otro lado del corredor vieron como Charlotte salía de la cocina apresuradamente, con su expresión llena de indignación y a Peter, tras ella, siguiendo sus pasos.


-¿A qué te refieres? -cuestionó el capitán dando una zancada, tomándola por la muñeca, deteniéndola.


-¡No seré yo quien te lo explique! -le reclamó sin mirarlo.


-¡Habla, mujer! -le exigió con ira mientras la tomaba por los hombros, casi vapuleándola, obligándola a mirarlo.


-Eres un necio, Peter, un ciego que no es capaz de ver lo que tiene frente a sus ojos -respondió con la voz casi quebrada y la desesperanza y la desilusión contenidas en su mirada, tratando de controlar el llanto que ya surcaba sus mejillas.


A Peter no le hizo falta más, la atrajo hacia sí y atrapó sus labios con fervor, con pasión, como si toda su vida dependiera de ello. Sólo se sosegó cuando notó las manos de Charlotte alrededor de su cintura, soltando entonces sus hombros, para, sin dejar de acariciar su boca, encerrarla contra su cuerpo, en un abrazo lleno de promesas.


Cuando por fin, casi sin aliento, se separaron sus labios, él le susurró algo al oído, a lo que ella asintió sonriendo tímidamente. Peter la tomó de la mano y ambos se alejaron de allí corriendo entre risas.


Rosalie palideció ante tal escena. Avergonzada retiró su vista de ellos y de Emmett. Sabía que había emitido un juicio erróneo respecto a él y, por lo poco que conocía de su carácter, estaba segura de que no iba a dejar pasar esa ocasión para reprochárselo.


-De lo único que me puede acusar Peter es de haberle forzado a que reaccione -le escuchó decir. -Si bien es cierto que no ha sido un método muy prolijo, creo que en este caso es posible aplicar aquello de "el fin justifica los medios" -le aclaró. -Sin embargo, ¿de qué me podéis acusar vos?


-De haberme hablado de forma tan insolente -le reprochó.


Emmett lanzó una fuerte carcajada.


-Por Dios, Alteza. Jamás hemos cruzado palabra alguna que no haya ido aderezada con una buena dosis de veneno. ¿Hay alguna ocasión que haya escapado a mi memoria en que nos hayamos tratado con algún tipo de cordialidad?


-No debiste dirigirte a mí en esos términos con otras personas presentes -protestó.


-Ah! Ya entiendo, eso sólo os corresponde a vos -puntualizó con ironía. -Vos sois la única que puede pisotearme en público.


Rosalie no pudo menos que morderse la lengua ante tal alegato. Era cierto que lo había dejado muchas veces en ridículo delante de todos, incluso de Alice, aún sabiendo que eso podría humillarlo más.


-Además, tampoco recuerdo que, en ningún momento me hayáis reprendido por haberos hablado de forma impropia o grosera hace un momento en la cocina -continuó. -Sólo me habéis reprochado el estar cortejando a una mujer en, según vos, horas de trabajo. No sabía que el tiempo de las comidas eran parte de nuestras tareas -dijo con fingida preocupación.


Rosalie apretó su mandíbula mientras su mente viajaba a la velocidad del rayo en busca de algún argumento con el que rebatir su discurso sin que hallara algo lo suficientemente válido.


-¿Queréis saber cual el problema de trasfondo de todo esto? -preguntó Emmett con sorna. -Que creéis que vuestra posición os da derecho a, no sólo emitir juicios, sino dar el veredicto y la condena al resto del mundo. Y los que cometimos el horrible pecado de nacer como plebe debemos aceptarlo sin objeción.


-¡Eso no es cierto! -se defendió ella.


-Por favor, Alteza ¿a quién pretendéis engañar? -prosiguió con el sarcasmo empañando cada una de sus palabras -Creo que hablo con propiedad al afirmar que vuestra soberbia y vanidad no tienen límites. Y no digamos vuestro orgullo femenino, eso es lo único que alimenta vuestros sentidos. Os sabéis hermosa y creéis que el mundo gira alrededor vuestro...


-¡Ahora también soy culpable por mi belleza! -espetó ella sintiendo que la ira iba invadiéndola más y más con cada una de sus ofensas.


-Sois culpable de coquetería y frivolidad y de pensar que vuestra hermosura os servirá para conseguir vuestros fines. ¡Qué ilusa sois! -añadió en tono burlón. -¿De qué sirve una flor de vistosos colores si no tiene fragancia que nadie pueda oler? ¿De qué sirve la más exquisita rosa pero tan llena de espinas que nadie se atrevería a acercarse a tocarla -dijo aproximándose a ella con su mirada acusadora fundida en la de ella. -Que hombre en su sano juicio querría estar con una mujer vacía y sin corazón como vos -sentenció.


Rosalie sintió que aquello atravesaba su pecho como un puñal y fue presa de la impotencia, la frustración y, lo peor de todo, de una tristeza infinita. Hubiera querido abofetearle, como un último resquicio de dignidad herida, pero no tuvo fuerzas para ello. Simplemente se dio media vuelta y se marchó antes de que él viera sus lágrimas correr como ríos desbocados, con un gran pesar en su alma y el corazón hecho pedazos.


Emmett la observó alejarse mientras rogaba al cielo perdón por aquella infamia que acababa de cometer, bien se merecía el infierno por haberla herido así, en lo más profundo. De hecho, él mismo terminaba de hundirse en el más mísero abismo al provocar que aquella mujer que se alejaba de él, lo hiciera para siempre.


Bien tarde se había dado cuenta de que Rosalie se había metido en él como una enfermedad que acabaría por consumirle sin remisión. Él había sido el iluso al imaginar que en todo momento podría controlar la situación y jugar aquel juego con la seguridad de proclamarse victorioso, creyendo dominar las reglas que él mismo quería imponer. Y resultó que había obviado lo que supuso que no intervendría jamás, su tramposo corazón, al que sintió palpitar con loco frenesí esa mañana en las caballerizas cuando a punto estuvo de robarle aquella miel que se ocultaba en sus labios.


¿Cómo había osado siquiera a imaginarlo? Era como querer tocar una estrella, inalcanzable o como querer atrapar el viento con las manos, imposible.


La cólera lo cegó por un segundo y sintió deseos de golpear con fuerza aquel sillar de piedra hasta que sangraran sus puños, pero sabía que el posible daño que pudiera infligirse era mínimo en comparación con el que le había causado a ella. Es lo mejor -quiso autoconvencerse. Debía distanciarse de ella cuanto antes, evitando así que lo dominase la falta de cordura llevándolo a la perdición y, si para ello tenía que conseguir que lo aborreciese, así sería.


Tomó la dirección contraria a la que había tomado ella para dirigirse al Patio de Armas. Era de esperarse que Peter acudiese tarde a la instrucción aquella mañana, así que él mismo tomaría su lugar mientras tanto. Al menos alguien podría ser feliz.


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Jasper caminaba a grandes zancadas alrededor de su escritorio. Con cada minuto que pasaba más se convencía de que había sido un acto infantil el haberle pedido aquello. No era que pusiera en tela de juicio sus cualidades, jamás, ni siquiera se lo había planteado, aunque era cierto que el asunto en cuestión a él mismo le había ocasionado más de un quebradero de cabeza. Sin embargo eso no era lo que le preocupaba, le preocupaba el hecho de que no había sido capaz de encontrar otra excusa aparte de aquella con tal de pasar más tiempo con ella. Debería haberla invitado a dar un paseo a caballo, o a caminar por los jardines... no a asesorarlo en asuntos de estado... ¡era ridículo! ¿Necesitaba una razón, un motivo para querer compartir más tiempo con su esposa?


Abrió el gran ventanal situado tras su escritorio y se asomó, captando una brizna de aire fresco en aquella mañana de verano. En cierto modo le ayudó a serenarse y a convencerse de que poco remedio podía ponerle a aquello ya. Lo importante era que gozaría de su compañía y debía disfrutar de ello.


Un leve toque de nudillos sonó en la puerta.


-¡Adelante! -exclamó volviendo hacia su escritorio. -No cerréis -le pidió -hay una brisa muy agradable.


Alice asintió caminando hacia la mesa.


-Os agradezco que hayáis venido -le dijo.


-Aunque no estoy familiarizada con cierto tipo de asuntos, espero seros de utilidad, de una forma u otra -le advirtió.


-Estoy seguro de ello -aseveró mientras le ofrecía asiento en una silla próxima a la suya. -Aunque he de reconocer que se trata de un tema bastante tedioso.


-¿Hay algo que resulte más tedioso que los libros de filosofía de Bella? -bromeó.


-¿Tal vez la recaudación de impuestos? -respondió Jasper con una pequeña mueca.


-Vos ganáis -suspiró Alice con fingida resignación, provocando la risa en ambos, mientras Jasper le alcanzaba un libro con estados de cuentas.


Alice lo estudió durante unos momentos, viajando por sus páginas como si buscara algo que no lograba hallar en aquellas líneas.


-¿Usáis el mismo sistema que en Asbath? -preguntó extrañada.


-Me temo que sí -admitió él. -Y como podéis imaginar, estoy empezando a detectar ciertos problemas de fraude.


-Sabéis que las finanzas de Asbath están bastante resentidas ¿verdad?


-Sí y me preocupa que esto desemboque en lo mismo -asintió pensativo. -Le pedí consejo a Edward pero, desgraciadamente, ellos también siguen las mismas disposiciones, aunque con más suerte hasta el momento.


Alice guardó silencio por un momento, pensativa.


-Mi tío Charles impuso hace un par de años un nuevo sistema de recaudación de impuestos en Breaslau y parece estar funcionando. De hecho yo lo considero mucho más justo y equitativo. No creo equiparable las posesiones de un feudo comparados con los de un campesino para que se les deba aplicar el mismo porcentaje en lo que a impuestos se refiere. Para un señorío poco es un cofre de oro si nueve más ocupan sus arcas, pero para un pobre campesino, una vaca, aunque tenga nueve más, puede suponer el sustento de su familia.


-Creí que no estabais familiarizada con este tipo de asuntos -bromeó sorprendido citando sus mismas palabras de hacía un momento.


-Justo esta reforma coincidió con una época en la que estuve hospedada por varios meses en su castillo -le informó -Y, podría decirse, que soy un poco curiosa -añadió soltando una risita. Jasper rió con ella.


-Bien, escuchemos pues -dijo mientras se reclinaba contra la silla mostrando todo su interés.


-A grandes rasgos se trata de un sistema de baremos -comenzó. -Cada habitante se sitúa en un intervalo dependiendo de sus posesiones y a cada uno de estos tramos se le aplica su porcentaje correspondiente. No se pretende que el feudo pague mucho más, pero sí que el campesino pague menos. Puede que afecte las Arcas Reales pero opino que no es un gran perjuicio si así se gana en bienestar para el pueblo.


-Sí, por supuesto -se apresuró a afirmar Jasper, completamente anodadado ante el discurso de Alice.


-Ya sé que me vais a preguntar -exclamó sin dejarle apenas reaccionar. -Cómo controlar esas posesiones para que nadie intente defraudar y así situarse en un intervalo más bajo... Con alguaciles.


-¿Alguaciles? -preguntó dubitativo.


-Se encargarían de ir haciendo catálogo de viviendas, tierras, cosechas, ganados y si alguno de ellos no fuera reclamado por nadie pasarían a la corona. De ese modo, si alguien decidiera no declarar alguno de sus bienes buscando pagar menos impuestos, lo conseguiría pero dejaría de disfrutar de los beneficios que ese bien pudiera procurarle.


Jasper asentía una y otra vez con la cabeza, analizando cada uno de los argumentos que Alice lanzaba.


-¿Y qué pasa con bienes que resultan fáciles de eludir, como las joyas o el dinero? -quiso saber. Alice sonrió al tener una clara respuesta para eso.


-Si queréis obtener beneficios de las joyas, tendríais que venderlas, pagando en ese caso el ya implantado impuesto por compraventa. Y si tenéis mucho dinero, deberíais "canjearlo" por bienes para poder disfrutarlo, no sirve de mucho tenerlo guardado en un cofre. El alguacil será el que certifique ese cambio de nombre en el título de propiedad por lo que volvemos a tener catalogado ese bien.


-Lo tenéis todo bien pensado -decidió Jasper viendo como Alice sonreía satisfecha al ver su aprobación.


-Por supuesto -afirmó Alice animada. -Es más, la imagen del alguacil nos servirá también para otorgar al pueblo la tranquilidad, la protección y el amparo que estamos obligados a procurarles.


-Si os referís al pillaje....


-No sólo a eso, mi señor -lo interrumpió provocando la risa en Jasper. Lo que más le maravillaba era ver con que fervor defendía su razonamiento. Si un tema tan monótono podía enfocarlo con tal entusiasmo como sería con las cosas que verdaderamente la apasionaran. De nuevo sintió deseos de conocer hasta el último rincón de su mente, todas sus inquietudes y todos sus anhelos, para poder comprenderla, cuidarla, incluso consentirla. De nuevo daba gracias a la providencia por haber unido su destino al de ella.


-Podrían reportar informes sobre todas las demarcaciones del reino ¿Sabíais que las aldeas situadas más al sur han sufrido graves inundaciones?


Jasper la miró sorprendido.


-Me he enterado por Emmett. Se lo escuchó decir a uno de los guardias cuya familia vive en aquella zona -le explicó al fin Alice.


-¿Y por qué no he sido informado sobre eso? -inquirió molesto.


-Yo me he enterado casualmente esta mañana -dijo con prudencia. -Me he tomado la libertad de pedirle a Emmett que mandase una partida de hombres para que ayuden a reconstruir las casas -le aclaró tras lo que se mordió tímidamente el labio.


-Habéis procedido correctamente -concordó para disipar su recelo.


-Por eso mantengo que los alguaciles no ayudarían a que el pueblo cumpla sus obligaciones y a que nosotros cumplamos las nuestras -concluyó Alice.


Jasper se levantó y caminó hacia el ventanal. La palabra nosotros resonó en su mente mientras observaba el horizonte. Deseaba tanto que Alice considerara esa palabra en todos los sentidos posibles, con todos sus significados, sobre todo, el de su completa unión...


-¿Qué pensáis, mi señor? - preguntó Alice ante su silencio acercándose a él. -¿No os parece buena idea?


-Me parece magnifica -la contradijo. -Habría que estudiar de que forma implantar este sistema ocasionando el menor disturbio en el pueblo, pero estoy seguro de que con vuestra ayuda pronto quedará resuelto.


-Me alegra haberos sido útil -afirmó ella sonriendo.


-Más que útil -puntualizó. -Le habéis ahorrado a vuestro esposo un terrible dolor de cabeza -dijo devolviéndole la sonrisa. -¿Cómo podría compensaros?


-Eso es absolutamente innecesario, mi señor -lo disuadió. -Me siento muy honrada de poder ayudaros en vuestra labor.


-Entonces digamos que es un pequeño obsequio que vuestro pueblo quiere haceros por haberle prestado un buen servicio hoy -añadió con tono divertido. -¿No necesitáis nada? No sé... ¿Otro jardín quizás? -bromeó.


Alice rompió a reír.


-No, mi señor.


-No me privéis de la satisfacción de hacer algo por vos -insistió ante su negativa. -Os lo ruego -murmuró tomando una de sus manos.


-Quizás... -susurró pensativa mordiéndose el labio.


-Decidme -le pidió. Le resultaba fascinante aquel pequeño gesto suyo.


-Quisiera conocer los lagos que dan nombre a este reino -dijo tímidamente. -Me han asegurado que son espléndidos.


Jasper entonces cayó en la cuenta de que Alice apenas conocía los territorios que gobernaba, sólo los había contemplado en su viaje hacia el castillo aquel maravilloso día en que llegó a su vida. Desde entonces, ni siquiera había salido fuera de las murallas.


-Que mejor guía que su soberano para mostrároslos ¿cierto? -le propuso entonces Jasper.


Alice no pudo ocultar la emoción que sintió en ese momento. Jasper sonrió complacido. Sus ojos, su rostro, toda ella parecían brillar de ilusión.


-¿Cuándo? -preguntó tratando de contener su entusiasmo.


-Ahora mismo si queréis -respondió. -Y os informó que no tengo intención de regresar hasta que oscurezca. Tengo mucho que enseñaros -le insinuó.


-¿Todo el día? -se sorprendió.


-¿No os agrada la idea? -una pequeña sombra de decepción nubló su voz. -¿No queréis que yo...?


-Al contrario, mi señor -se apresuró a aclararle. -Nada me gustaría más -admitió. Rápidamente bajó la cabeza avergonzada ante las palabras que se habían precipitado de su boca.


Jasper suspiró con alivio mientras su corazón comenzaba a golpear su pecho con fuerza alimentado por aquella esperanza que nuevamente asomaba a su alma. Lentamente tomó su barbilla alzando su rostro mientras llevó la pequeña mano que aún sostenía entre la suya hacia su pecho, con la esperanza de que Alice sintiese aquel palpitar y con él, todo lo que ella era capaz de provocar en todo su ser. Con la punta de sus dedos comenzó a acariciar su mejilla. Era tan suave, tan dulce, tan tierna, tan hermosa... Alice cerró los ojos, disfrutando de aquel contacto. Había deseado tantas veces una caricia suya, así. Su corazón repicaba en sus oídos, al unísono, en conjunción con aquel pálpito que resonaba en la palma de su mano, como si fueran uno solo. La mano de Jasper abandonó la tibia mejilla, recorriéndola hasta su nuca, enredándola entre su largo cabello negro mientras afianzaba la mano de Alice contra su pecho antes de soltarla y descender hasta su cintura. Esta vez no hizo su aparición ningún tipo de duda o vacilación, sólo existían Alice y su amor por ella. Poco a poco fue acercándose a su rostro y, durante un segundo, temió que ella lo rechazase. Buscó en sus ojos algún atisbo que lo incitara a detenerse pero se encontró con aquellos ojos violáceos que tanto adoraba llenos de anhelo... nunca los había visto brillar así. Bajó durante un momento la vista hacia sus labios, sonrosados, trémulos, casi expectantes que parecían llamarlo cual canto de sirena. Se inclinó un poco más sobre ellos, ya podía sentir su perfume embriagador aturdiéndole y su cálido aliento sobre su piel. El sabor de aquellos labios vino a su memoria, al igual que esa necesidad por sentirlos de nuevo, era incluso más poderosa que aquella vez cuando la besó en el altar. Finalmente el deseo le venció y no pudo dilatar más aquel momento, posando sus labios sobre los suyos, lo más delicadamente que le permitió ese fervor que turbaba sus sentidos. Los acarició con dulzura, sintiendo como los de Alice se unían a aquella sinuosa danza. Sin embargo, aquello no fue suficiente para Jasper, para sus deseos, para aplacar esa necesidad que tenía de ella. Aferró su cintura y la apretó contra su cuerpo, haciendo que un pequeño gemido escapara de los labios de Alice y aquello fue su perdición. Deslizó la mano desde su nuca hasta su espalda para abrazarla con fuerza a la vez que sus labios se separaron durante un segundo de los de ella para después volver a atraparlos con afán, casi con desesperación. Jasper profundizó el beso mientras Alice entreabría los labios para recibirlo y tuvo que ahogar un gemido al sentir como la dulce boca femenina se entregaba a su caricia sin reservas y como su cuerpo se estremecía entre sus brazos, fundiéndose con el suyo.


Reticente se separó de ella, ambos sin aliento. Jasper apoyó su frente sobre la de ella, disfrutando de aquel pequeño cuerpo que temblaba bajo sus manos, aún turbado por como se había abandonado ella a ese beso, como si también le hubiera impulsado el mismo deseo, el mismo anhelo que lo impulsaban a él. ¿Sería posible? ¿Sería posible que lo que tanto había esperado por fin le fuera concedido? ¿Sería ese el día en que por fin podría decirle, expresar todo lo que en su interior guardaba para ella?


Un carraspeo desde la puerta le obligó a despertar de su ensoñación y tuvo que reprimir aquellas palabras que luchaban por escapar de sus labios.


Tanto Alice como él se giraron tras separarse para comprobar que era Peter. El capitán se inclinó, apabullado por su intromisión.


-¿Sí, Peter? -le saludó Jasper.


-Los muchachos ya están preparados, Majestad -le informó. Jasper asintió.


-Os espero en media hora al pie de la escalinata -le susurró a su esposa.


-Iré a preparar la comida -concordó ella.


-Y yo me encargaré de los caballos.


Alice lo miró con un deje travieso y, poniéndose de puntillas se acercó a su oído.


-Con una montura será suficiente para los dos -susurró. Jasper rió para sí mientras veía a su esposa alejarse de él con su delicado caminar.


-Adiós, Peter -se despidió alegremente antes de retirarse. El capitán, sorprendido, apenas tuvo tiempo de inclinarse. Luego miró de nuevo a Jasper haciendo un esfuerzo casi sobrehumano para no reír.


-Ni se te ocurra -le advirtió apuntándole con el dedo de modo intimidatorio.


-Jamás osaría, Majestad -alcanzó a decir antes de ahogar otra carcajada.


-¿Quieres ser sometido a un consejo de guerra? -insistió Jasper.


Ambos mantuvieron la mirada fija durante un momento y, súbitamente, lanzaron sendas risotadas.


-Siento mucho la interrupción, Majestad -se disculpó.


-¿No tenías nada mejor que hacer? -suspiró resignado Jasper cerrando el ventanal.


-En realidad sí -confirmó -lo mismo que vos -añadió con cierta presunción.


-¿Charlotte? -preguntó -¡Ya era tiempo!


-¿Acaso era yo el único estúpido que no lo sabía? -se molestó.


-Amigo mío -le dijo con una palmada en la espalda -no hay más ciego que el que no quiere ver -concluyó dirigiéndose a la salida.


-¿También vos? -se le oyó decir antes de cerrar la puerta tras de sí.


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Inmortal

Capítulo 7: Verdad


EDWARD POV


"Así que… tendrá visitas" – dije, para conseguir más información, mientras esquivaba otro espadazo


"Tu imprudencia al atreverte entrar al castillo alteró a mi hermano. Han mandado a llamar a mi primo, Emmett"


"Se habla mucho de él" – señalé – "Dicen que es un rey muy sabio y poderoso"


"Es un hombre extraordinario"


"Entonces, supongo, que debo ir preparando a mi raza ante la aproximación de una guerra"


"Esa guerra tendría solución" – dijo, mientras desistía en cortarme en dos y yo controlaba, lo mejor posible, la ironía que me producían sus palabras – "Si tan solo dejaran de alimentarse de los humanos y accedieran a un tratado de paz, estoy segura que no habrían más enfrentamientos entre nosotros"


"Sus peticiones son demasiado excesivas, Alteza"


"Me imagino que lo han de ser, ya que ustedes no están dispuestos a sacrificarse un poco para que halla paz"


"Con todo respeto, creo que usted no tiene derecho de hablar, cuando sabe del mundo exterior lo mismo que un niño sabe de la vida"


"¿Me estas llamando ignorante?" – retó, logrando que, con su rostro indignado, se disipara mi incontrolable furia.


"Si" – admití, mientras reprimía una sonrisa – "Y usted no lo va a negar"


"Claro que si. ¿Quién eres tú para hablar de sabiduría?"


"¡Mi señor!" – exclamó uno mis hombres, quien apareció frente a mí, como una sombra sigilosa y rápida.


Jamás me había gustado que me trataran como el príncipe que debía de ser, pero, esa vez, un pequeño levantamiento de orgullo prometía llegar a mí, si no protestaba ante la inclinación que hacía el joven muchacho.


"¿Qué es lo que quieres, Arturo?"


El vampiro, antes de contestar, dirigió una mirada furtiva a la silueta femenina que se encontraba detrás de mí. Bajó el rostro y centró su atención en mis pies, seguramente al recordar lo prohibido que les tenía el atacarle o hacerme preguntas del por qué, tan repentinamente, había decidido mantener cierto contacto con ella. Lo que si se me había olvidado (pues no había llegado a imaginar que una situación similar a esta pasaría) era decirles que mantuvieran la boca cerrada conforme a mi posición en la jerarquía vampirica.


"Su padre, el Rey Carlisle le busca"


"Dile que en seguida iré con él" – ordené


"Si, mi señor" – dijo y, tras dedicarle otra senda mirada a Isabella, se marchó.


Un pequeño momento de silencio se levantó entre nosotros, el cual fue rotó por ella


"¿Señor? ¿Tu padre, el Rey?" – repitió, con intención. No contesté, por lo cual ella prosiguió – "Eres el príncipe de tu raza, ¿Por qué no me lo habías dicho?"


"Por que no lo considero como algo trivial"


"¿Desde cuándo el pertenecer a una cuna noble no es algo importante?"


"Su cuna y la mía no son las mismas" – recordé, con voz amarga – "Para usted, el ser de la Realeza significa lujos, adoración y privilegios. Para mí, no significa nada, más que un extra a la condena en la que vivimos"


"Una condena que tu mismo has impuesto al no querer buscar una solución"


"¡¿Una solución?" – exclamé, sin poder contenerme – "Para usted, Princesa, ¿Cuál sería una solución a todo esto? ¿Dejar de alimentarnos con sangre humana? ¡Acaso no entienden que la necesitamos, como ustedes a la comida, para vivir!"


"¡Podrían cazar animales!"


"¡¿Y para qué? ¡¿Por qué habríamos de sacrificarnos si el resultado va a ser el mismo? Su especie ha envenenado a los humanos en contra nuestra. Ustedes se han elevado por el cielo, al mismo tiempo en que nos hunden a nosotros en el infierno"


"Eso no es cierto" – discutió, dando dos pasos hacia atrás, pues, de manera inconciente, yo había caminado hacia ella para intentar intimidarla con mi colérica presencia – "Nosotros los exiliamos de las tierras por que son crueles a la hora de matar"


"Es fácil para ustedes el juzgarnos, por que no están en nuestra situación" – repliqué, mientras le acorralaba contra un árbol y mi cuerpo, recargando mis manos a cada uno de los costados de su cabeza – "Dicen que podemos alimentarnos solo de animales, ¿Por qué no deja de comer carne y pan, e intenta sobrevivir a base de agua salada? Solamente así podrá tener una idea de lo mucho que nos piden"


Contemplé como ella bajaba la mirada y, me sentí frustrado al no saber qué era lo que pensaba ¿Era esa su única manera de huir? ¿Estaba a caso analizando mis palabras? ¿Se sentía culpable, ofendida? ¿O, quizás, se trataba solo de una burla disfrazada? Apreté mis dientes fuertemente ante la impotencia que sentí. ¡Maldita princesa! ¿Por qué tenía que ser, justo ella, a quien no pudiera leerle la mente?


"Lo siento" – susurró, al cabo de un momento, tomándome completamente desprevenido – "Tus palabras son ciertas. Nosotros somos, prácticamente, como humanos. Supongo que nuestra alimentación es más fácil y menos señalada; pero… ¡Tú eres el príncipe! ¿Acaso no has pensando en alguna manera posible de ir con mi padre para llegar a un mutuo acuerdo?


"No" – contesté, mientras me alejaba de ella – "Sería inútil, en cuanto me vieran pisar las entradas de su castillo me arrancarían la cabeza"


"Yo podría interferir. Mi hermano es un hombre noble y de buena voluntad…"


"No" – interrumpí, rápidamente, poniendo en grave peligro mi plan. Pensé rápidamente en una mentira lo bastante convincente, antes de seguir hablando – "Alteza, tengo un honor, el cual quiero sostener todos los siglos que pueda llegar a vivir y es por eso que, por el momento, rehúso de su ayuda. Quiero demostrarle, claramente a usted, que ni mi gente, ni yo, somos las bestias por las que nos toman. Quiero ganarme su confianza. Cuando eso pase, cuando usted pueda caminar de espaldas frente a mí y sin temblar, ni un solo poco, ante el temor que mi presencia la causa, será ese día en el que, con su compañía a mi costado, iré a hablar con su padre para ofrecerle mi más absoluta disposición de hacer las paces.


Debo admitir que me quedé tan asombrado como ella ante la fluidez de mi calumnia. No sabía que pudiera llegar a ser tan bueno a la hora de mentir y, realmente, que lo agradecía.


"Edward…" – no pude evitar mi sobresalto al escuchar esa voz mental.


Debía marcharme ya. No me convenía en nada que él apareciera frente a nosotros. Así que, sin dejar de lado mi "caballerosidad", estreché sus manos y deposité un beso sobre ellas.


"Es preciso que me retire" – murmuré, con mis labios aún pegados a su piel – "Mi padre me llama, no puedo hacerle esperar; Aunque… si usted me lo pidiera, me quedaría"


"Vete" – contestó, y ella nunca tendrá una bendita idea de cuánto me dolió el ego en ese momento – "Yo también tengo que irme, la noche está cayendo"


"Si" – fue lo único que pude decir. No lo quería admitir pero mis intentos de seducción parecían fallar por completo con ella – "Princesa" – llamé, cuando echó a trotar el caballo – "¿Cuándo la veré de nuevo?" – no es que me importara realmente, ni mucho menos que lo quisiera, pero no podía desistir de mi plan.


"No lo sé" – fue su respuesta y desapareció.


"Hijo" – murmuró Carlisle, en cuanto me vio frente a él


"Padre" – dije de vuelta, mientras le besaba el anillo de oro que reposaba sobre uno de sus dedos – "¿En qué te puedo ayudar?"


"Me doy cuenta que los rumores son ciertos. Estas frecuentando a la princesa Isabella" – suspiró profundamente, antes de continuar – "Hace poco me dijiste que odiabas a la Realeza, ¿A qué viene esta cordialidad tan repentina?"


"Dudo que lo aceptes si te lo cuento" – contesté – "Así que mejor me ahorro las palabras y tu te ahorras un disgusto"


"El disgusto ya lo tengo desde el momento en que escuché lo que le decías. La estas pretendiendo…"


"Padre" – interrumpí – "En realidad, no quiero seguir con esta platica, la cual hemos tenido millones de veces"


"Antes no eras así. ¿Qué te paso, hijo? Has cambiado tanto"


"¿Por qué no hacerlo? No podemos ser constantes, nada en la naturaleza lo es; la luna cambia, al igual que la tierra y las flores. Tenemos siglos por delante y cada uno puede representar una etapa muy diferente de la otra"


"Estoy de acuerdo contigo, podemos cambiar, pero para bien"


"Lo mío es para bien" – sentencié – "Me lo agradecerás cuando nos veas siendo idolatrados por todos"


"Lo único que te importa es el poder"


"Tu mismo lo has dicho" – confirmé, clavando mi mirada en la suya.


ALICE POV


Caminaba de un lado a otro, por aquel pasillo, sin poder ocultar mi desesperación. Bella había salido desde el atardecer y aún no regresaba. Cerré fuertemente mis ojos e intenté encontrarla en medio de mis visiones: Nada. Todo lo que podía ver era solo sombras…


Intenté una vez más, centrando toda mi concentración en ella. Aquello era imposible, ¿por qué no podía verla? El esfuerzo exagerado que realicé provocó un terrible mareo, el cual me hizo poner las rodillas sobre el suelo. Me llevé una de mis manos a mi cabeza y la otra a mi pecho, intentando controlar lo irregular de mi respiración.


No era necesario el ser vidente para saber que algo estaba mal con mi hermana. Esta era la segunda vez consecutiva que se iba, sin dar previo aviso, al bosque…


"¡Alteza!" – exclamó una suave voz, mientras se acercaba corriendo y se hincaba para ponerse a mi nivel – "¿Se encuentra usted bien?"


"Si" – respondí, mientras levantaba la mirada, para encontrarme con otra de color gris aperlado. Tal vez era la preocupación, que me tenía aturdida, por lo cual, por un breve instante, me pareció nunca antes haber visto un par de pupilas tan hermosas – "Estoy bien"


El joven guerrero me ayudó cuando quise ponerme de pie.


"Gracias" – le dije, regalándole una pequeña sonrisa, al mismo tiempo en que miraba mis pies, pues no quería que se percatara de la pequeña lagrima que aún no se había secado.


"Disculpe si soy insistente y me meto en lo que no debería de importarme; pero, me parece que usted no se encuentra bien"


"No lo estoy" – admití, sin saber muy bien por qué aquella confianza – "Mi hermana salió hoy, por la tarde. El cielo se ha oscurecido y aún no llega"


"Puedo ir a buscarla, si eso ayuda a tranquilizarse"


"No" – contesté – "Es noche y los vampiros andan sueltos por los alrededores, podría ocurrirte algo"


"Majestad, usted no tiene por qué someter a su mente en preocupaciones innecesarias"


"Lo mismo digo. No es necesario el que quieras arriesgar tu vida solamente para que me sienta un poco despreocupada"


"En su caso es diferente. Yo estoy aquí, para servirle"


"No eres un esclavo, ni yo soy tu Dios" – dije – "No tienes ninguna obligación. Al menos, no en mi caso" – callé cuando noté que mi voz se iba alzando. Suspiré profundamente, para calmarme. El chico solamente quería ser amable, lo sabía, pero no podía evitar el sentirme molesta ante tanta idolatría – "Lo siento" – susurré – "Seguramente has de pensar que soy una muchacha caprichosa y mal educada"


"Para nada, su Alteza" – dijo, rápidamente – "Ni un solo segundo he tenido aquel pensamiento tan absurdo rodando por mi cabeza. Que vengan y me dentasen, ahora mismo, si le estoy mintiendo"


No pude evitar emitir una pequeña sonrisa, la cual fue devuelta del mismo modo. Me perdí un momento en la perfección de aquella blanca dentadura.


"Siento mucho lo que pasó aquella tarde" – comenté, para desviar mis pensamientos hacia otro rumbo – "Te alcé la voz, sin motivo alguno, y me marché sin dar previo aviso. Creo que más descortés no pude haber sido"


"No tenga reparo en ello Alteza. Al contrario, soy yo quien le ofrece mis disculpas, si la ofendí"


"No, no me ofendiste" – aclaré, mientras daba media vuelta y volvía a situar mi mirada en el horizonte que me ofrecía la extensa ventana – "Solamente que… no me gusta que me traten como si fuera alguien diferente…"


"No puede pedir eso" – discutió, con voz suave – "Es como pedirle al río que cambie el rumbo de sus corrientes…" – me quedé en silencio ante el extraño y repentino estremecimiento que sus palabras me produjeron.


Agradecí doblemente cuando vi a Bella arribar al castillo… Aunque… creo que debo admitir que, por ese breve momento, había logrado olvidar mi preocupación por ella.


"Su hermana ha llegado"


"Si" – dije, claramente consolada, mientras me daba media vuelta, para ir en su encuentro – "Muchas gracias por acompañarme estos minutos" – agregué – "Me han sido de mucha ayuda para no enloquecer"


"No tiene nada que agradecer"


"Aún así, gracias" – volví a repetir, mirándole fijamente a los ojos y despidiéndome de ellos rápidamente, pues no lograba entender aún por qué se me hacían peligrosamente atractivos…


ROSE POV


Había fuego, demasiado fuego, provocado por las cientos de antorchas, aquella noche….


Demasiado calor… Gritos… Llanto…


"¡Rose, Corre!" – el grito de mi madre se levantó por los aires…


Y yo, que en ese entonces era una pequeña niña de solamente diez años, obedecí y moví mis pies, mientras apretaba, fuertemente, la muñeca de trapo contra mi pecho.


Era la más joven de toda mi familia de hechiceros, la cual fue despiadadamente masacrada frente a mis ojos. Lo vi todo, detrás del espeso arbusto que me ocultó durante toda la noche. Los cuerpos decapitados de mis hermanos, de mis padres, de mis amigos; su sangre esparciéndose por toda la tierra, pagando una injusta condena implantada solamente por prejuicios. No logro evocar otra ocasión en la cual hubiera llegado a sentir tanto frío y miedo. Los cincuenta años que han pasado no han ayudado a borrar aquel doloroso recuerdo…A veces me gustaría llegar a ser mortal, par así poder darle un poco de descanso a mi eterno odio y rencor.


Las razas inmortales hemos existido desde tiempos inmemorables. Hace más de cincuenta años, se nos clasificaba en cuatro clases diferentes: Los vampiros, los licántropos, los hechiceros y la realeza… ésta última, es la única que goza de todos los privilegios que se nos arrebatan. El resto de nosotros somos vistos como demonios y herejes, perseguidos hasta el exterminio y exiliados de todas las tierras… Y, aunque todos piensan que los Hechiceros desaparecimos hace décadas, están equivocados.


No sé si soy la única de mi especie. Desde esa noche de infierno, jamás he sabido de alguien más que pertenezca a mi familia… Pero eso no me ha supuesto un impedimento para aprender. Desde pequeña empleé todos mis dones para crear pócimas jamás antes habidas. Ahora, puedo decir, con seguridad, que no hay ser humano o inmortal que pueda ser inmune a ellas. La prueba más grande la tuve aquella noche, cuando, después de treinta años de caminar sola por los bosques, encontré lo que nunca antes pude llegar a imaginar.


"No quiero que te vayas, no me dejes"


"Ven conmigo. Estoy seguro que mi familia entenderá todo, si les digo la verdad, y te recibirá con los brazos abiertos. Bella, yo te amo. No me importa la diferencia que haya entre mi especie y la tuya. No me importa si eres de la Realeza. No me importa si yo soy un vampiro. Lo único que quiero es pasar mi eternidad a tu lado"


"Edward…"


"Piénsalo bien y mañana te veo aquí, como siempre, en la caída del atardecer, para que me digas tu respuesta. Ten por seguro que, sea la que sea, será respetada y aceptada por mi persona"


Por varios minutos pensé que me encontraba soñando y traté de convencerme, mentalmente, que lo que mis ojos veían era, seguramente, una falsa ilusión. Pero no, no lo era. Aquellos labios que se arrullaban con fervor, así como todas las palabras antes dichas y las caricias dadas, eran ciertas, reales.


¡Quién lo imaginaría! Dos especies en perfecta y prohibida aleación. Y no se trataban de inmortales insignificantes, por supuesto que no: se trataba de una princesa y un vampiro, hijo del rey. No podía haber romance más condenado que ese y, sin embargo, a ellos parecía importarles poco.


La ira y el rencor recorrieron mis venas cuando vi como él la miraba con tanto amor y devoción. Ella no podía merecer tanta felicidad. No cuando su familia era quien tantas tragedias causaba en las nuestras.


Corrí hacia mi guarida y pasé toda la noche preparando un brebaje, capaz de borrar de la memoria de ambos, hasta el más mínimo recuerdo que pudiera llegar a existir. Así como ideé otra, la cual iría destinada para él.


"Bella, no pensé que llegaras antes" – se disculpó el muchacho de cabello color cobre, mientras se me acercaba. Di media vuelta para sonreírle y, sin decir palabra alguna, le ofrecí la botellita que contenía la pócima – "¿Y esto?"


"Quiero que lo bebas" – susurré, imitando, a la perfección, la voz de aquella muchachita. Él no dudó en acceder y mi mirada destelló en la oscuridad ante lo fácil que la situación se me había tornado.


No transcurrió mucho tiempo para que él cayera desvanecido, bajo mis pies. Escuché unos pasos aproximarse, por lo cual arrastré su cuerpo hacia el monte. Di otro pequeño sorbo a la bebida que me había ayudado a crear una ilusión en la mente del vampiro, para hacer lo mismo con la princesa.


"¡Edward!" – exclamó, al verme, rodeándome con sus brazos. Tuve que contenerme para no aventarla lejos de mí – "¿Es necesario decirte mi respuesta? Siento mucho haberte hecho esperar hasta hoy. Tu sabes, mejor que yo, que mi vida esta a tu lado. Tu sabes, mejor que nadie, que te seguiría hasta el infierno, si así me lo pidieras"


Reprimí las ganas de escupir ante el empalago de sus palabras. Solamente el plan trazado con exactitud en mi mente me impidió el matarla, ahí mismo, con mis propias manos. Tomé sus hombros y la hice retroceder


"Dame una prueba más de tu amor" – pedí, mientras le tendía el mismo frasco que le había ofrecido al vampiro – "Toma esto"


La chica no preguntó si quiera el por qué. Definitivamente, el amor vuelve ciego a las personas… No cabe duda que ese sentimiento tan poco conocido, suele ser un arma de dos filos y puede volverse traicionero. Si tan solo uno de los dos hubiera sido capaz de desconfiar, un poco, de la otra persona, posiblemente hubieran logrado salvar sus memorias; pero no fue así.


El efecto de la pócima fue más rápido en la princesa, de la cual no me molesté si quiera en moverla. Caminé hacia el vampiro que se encontraba aún desvanecido, me las ingenié para llevarlo hacia mi guarida y, estando ahí, le di a beber de la poción que le haría nacer, en su alma, un odio infinito hacia la Realeza.


Edward despertó al día siguiente y pude comprobar, por su mirada perdida, que todo había salido tal y como yo lo había planeado. Desde ese entonces él y yo estamos juntos, haciéndonos compañía, aunque sintiéndonos solos siempre. Varias veces he sospesado la posibilidad de embrujarlo para que se enamore de mí, pero bien sé que no ganaría nada con ello. Después de todo, yo no lo amo. Sería extraño decirlo pero, sin que ninguno de los dos lo hayamos expuesto antes, compartimos más un sentimiento de hermandad que de pareja, y lo sabemos.


Los placeres carnales empiezan y terminen en eso: simple placer. Eso es bueno, al menos en mi caso, quien no tengo como prioridad el caer en los juegos macabros del amor. Ahora, solo me encuentro esperando el día que Edward tanto me ha prometido: El momento en el que la Realeza caiga postrada ante nuestros pies…


Ese es mi motivo para existir… y dudo mucho encontrar otro más.

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Capítulo 7: Aliados, parte II



BELLA POV


Desde hace mucho tiempo me he sentido incompleta… vacía. No recuerdo justamente el momento en que comencé a albergar sentimientos tan deprimentes en mi corazón; pero si sé que, con cada día que pasa, me hundo más en aquel poso oscuro y sin fin. Aunque… en los últimos días, ha sido diferente. Como si, de un momento a otro, hubiera encontrado una rama de la cual sostenerme para no seguir cayendo, pero, al mismo tiempo, tampoco me puede ayudar a salir de ahí, simplemente, me mantiene sujetada a una pequeña esperanza. Innumerables veces me he preguntado el por qué de aquel extraño sentimiento que me impide ser feliz y nunca encuentro una respuesta. Es como si alguien hubiera muerto y yo siguiera con un luto interior...


El sonido de varias trompetas me despertó con un pequeño sobresalto. Miré hacia la ventana, cubierta por las espesas cortinas, por las cuales ni un solo rayo de luz traspasaba sus fibras. Me fue arrastrando hacia la orilla de mi cama, hasta que me encontré sentada, con mis pies descalzos pisando el frío piso.


"Princesa, Isabella" – llamó la muchacha, para después entrar y dirigirse, directamente, hacia uno de mis vestidos – "Buenos días, señorita. Es preciso que se vista inmediatamente. Su primo, el Rey Emmett, ha llegado"


"¿Mi primo ya está aquí?" – inquirí, realmente asombrada. He ahí la explicación del sonido de las trompetas a tan temprana hora


"¡Bella!" – exclamó Alice, apareciendo sin previo aviso – "¡Date prisa, hermana! ¡Nuestro primo está siendo recibido por James y nuestros padres!"


"Ángela, date prisa por favor" – dije, impaciente y mi doncella movió sus dedos por los listones de mi vestido con una ágil velocidad.


Alice y yo bajamos las escaleras, alzando las largas faldas con nuestras manos para no tropezar y, cuando llegamos a la recepción, nuestras miradas se iluminaron al ver al joven alto, de piel blanca y negro cabello, ligeramente largo y ondulado, que nos dedicaba una extensa y cálida sonrisa.


"¡Emmett!" – exclamé, mientras corría hacia sus brazos


"Primas queridas" – saludó él, de vuelta


"No sabes cuánto nos alegra el verte" – dijo Alice


"Lo mismo digo. Hacía tanto tiempo que no me deleitaba con una belleza de tal magnitud como la de ustedes"


"¡Oh! Puedo ver que no has dejado de lado los exagerados elogios que te distinguen" – bromeé


"¿Exagerado yo?" – repitió, con fingida dolencia – "¡Prima! Tus palabras me hieren. Yo nunca miento. La belleza de las mujeres son mi mayor embrujo y nunca lo he negado"


Alice y yo soltamos una pequeña risita, coreada por el resto de nuestros familiares. Definitivamente, Emmett sabía como levantar el ánimo a todas las personas que le rodearan


"Me imagino que te has de encontrar agotado" – agregó mi padre – "El viaje ha sido demasiado largo. Vamos, te llevaré a tu habitación"


"Pensé que hablaríamos sobre los vampiros que vamos a exterminar" – recordó, claramente entusiasmado ante la idea


"Podemos esperar para la comida" – dijo mi padre, mientras le tomaba por el hombro


"De acuerdo" – aceptó Emmett, mientras se dejaba guiar hacia su recamara – "Nos vemos en la comida"


"Descansa" – deseamos Alice y yo, al unísono


"La situación es demasiado delicada" – dijo mi hermano, mientras dejaba caer la copa de vino sobre la mesa – "En las últimas semanas hemos perdido a más de cincuenta hombres. Temo que los vampiros se han estado multiplicando"


"Ellos tienen la ventaja que nosotros no poseemos" – asintió mi primo – "Tanto pueden procrear su misma raza, como también pueden transformarla, si muerden a un humano. He ahí el por qué siempre nos superarán en número"


"Son la única especie inmortal capaz de hacer eso" – agregó mi padre – "Claramente, estamos en desventaja"


"Permítame decirle, tío, que se equivoca. El acabar con esas bestias es muy fácil, si se saben jugar las cartas apropiadas"


"¿Tienes algún plan en mente?" – quiso saber Alice que, al igual que mi madre, Victoria y yo, se encontraba completamente absorta en aquella conversación


"Si" – contestó Emmett – "Un plan que, les aseguro, será eficiente y definitivo"


"¿Qué esperas entonces para contárnoslo?" – inquirió mi hermano, con emoción contenida


"Se los diré" – prometió el aludido – "Pero, para ello, tendrán que esperar hasta mañana"


Inútiles fueron las insistencias que todos presentamos ante nuestro primo. Éste se mantuvo renuente a no decirnos, ni la más mínima pista, sobre su propósito. La tarde cayó prontamente, casi de manera imperceptible, ante su compañía. No recordaba una tarde en la cual me riera tanto; sin embargo… Cuando la hora del crepúsculo nos abrazó, la misma eterna melancolía, que se había vuelto amiga mía, llegó a mi pecho


"Bella, ¿Pasa algo?" – preguntó James, con voz preocupada


"No" – mentí – "Disculpen, tengo un poco de sueño. Ayer no pude descansar bien. Con su permiso, me retiro a mi recamara"


"¿Quieres que te acompañe?" – ofreció Alice. Negué con la cabeza


"Gracias, iré sola"


Ya recostada en mi cama, giré mi cuerpo hacia la derecha y posé mi cabeza sobre mis manos. Suspiré profundamente, mientras veía como los rayos plateados de la luna se filtraban por la cortina que se agitaba, con el viento fresco de la noche, y formaba elegantes sombras sobre el suelo. Cerré mis ojos, en un intento de descansar, pero fue en vano… La imagen de aquel vampiro acudió a mi mente, interrumpiendo el poco sosiego que me restaba. Me sentí frustrada al recordar, a la perfección, el extraño brillo de su mirada y lo gallardo de sus movimientos….


"Mi señor. Su padre, el Rey Carlisle, le busca"


¿Quién lo imaginaría? Él, un príncipe. No lograba encontrar algo más irónico en toda mi vida. Si me preguntaban, realmente le faltaba mucho para ser merecedor de tal rango (que si bien no era tan idolatrado como el mío, me imaginaba que, para los vampiros, él representaba alguien importante).


Insisto: Tanta rebeldía y mofes no eran dignos de alguien perteneciente a una cuna noble (fuera de la raza que fuera). Aunque… ¿A mi qué tenía que importarme?...


ALICE POV


Enrollé mi cuerpo con mis brazos, para cubrirme el imperioso viento helado que soplaba y agitaba los pliegues de mi vestido. Ya era muy noche, lo sabía por la posición de la luna y el silencio que, a mí alrededor, reinaba. Lo único que era capaz de escuchar era la música creada por los grillos que se escondían entre el pasto del jardín, la cual, al prestar mas atención, era coreada por otro sonido ligero, muy parecido a la fricción de dos metales.


Continué caminando, dejándome guiar por la sonora interrupción que había logrado despertar mi curiosidad. Detuve mis pasos al descubrir de qué se trataba y, sin estar conciente de ello, me quedé contemplando como su dorada y lisa cabellera le caía por las mejillas anguladas, cubriendo parte de su perfil, al mismo tiempo en que sus manos se movían para afilar una plateada daga que sus piernas apretaban.


"Princesa" – dijo el rubio guerrero, cuando se percató de mi presencia, poniéndose de pie, con un movimiento rápido – "¿Le puedo servir en algo?"


"No" – contesté, mientras caminaba hacia él – "Es muy noche, ¿Acaso no piensas dormir?"


"No podía conciliar el sueño" – contestó, con una pequeña sonrisa – "Parece que usted tiene el mismo problema"


"Si" – admití – "Además, ¿Ya viste el cielo? Se muestra hoy demasiado galante. Creo que no quiere que durmamos. Seguramente, lo que desea es que le contemplemos, pues se siente orgulloso de su belleza"


"O tal vez es por que siente envidia" – agregó él – "Tal vez teme a que alguien más divino llegue y le opaque"


"Eso sería imposible. Nada puede luchar contra el esplendor de la naturaleza – discutí y, alejando mi atención del manto negro, pregunté – ¿Te importa si que quedo un momento a tu lado?"


"No, por supuesto que no" – contestó, trabándose un poco en sus palabras, mientras me ofrecía asiento en la plana piedra


"Siéntate" – indiqué, al ver que él se quedaba de pie, frente a mí


"Muchas gracias, Majestad, pero no puedo aceptar. No sería apropiado"


"¿Por qué no?" – discutí – "Yo te estoy invitando a que lo hagas. Lo inapropiado es me rechaces. Creo que a eso se le llama descortesía" – puntualicé, regalándole una sonrisa alentadora – "Vamos, no me gustan las estatuas vivientes"


"Con su permiso" – aceptó, de manera resignada. Reprimí una carcajada al ver el temblor con el que sus piernas se doblaban para situarse a mi lado.


"Tu nombre es Jasper, ¿No es así?" – pregunté, cuando, al fin, estuvo a mi lado.


"Jasper Withlock" – asintió


"¿Tienes familia?"


"No. Soy huérfano. Me he criado en este castillo desde que tenía seis años"


"¿Seis años? ¿Por qué entonces no te había visto?"


"Bueno… supongo que, durante mi crecimiento, usted se encontraba viajando por tierras lejanas"


"Tienes razón. Lo siento. Suelo olvidar, con facilidad, que soy inmortal" – dije, avergonzada – "Creo que tengo los años que tu abuela debería de tener"


"Posiblemente si" – acordó, sonriéndome – "Sin embargo, usted no tiene ni la más pequeña arruga de las miles que, muy seguramente, ella tendría adornando su rostro. Para nosotros, los humanos, una de nuestras vidas representa un segundo para ustedes. ¿Sabe? Con todo respeto, y si usted me lo permite, le confieso que me resulta demasiado intrigante la inmortalidad.


Estaba a punto de contestar, cuando una silueta femenina interrumpió.


"¿Alice? ¿Estas aquí?


"Si, Bella. Aquí estoy" – contesté, mientras me mostraba ante los ojos de mi hermana, los cuales se dilataron al ver mi compañía


"Buenos noches, Alteza" – saludó Jasper, haciendo una inclinación


"Buenas noches"


"¿Le puedo servir en algo?"


"No, gracias" – contestó, de manera amable, para después dirigir su atención sobre mí – "Te fui a buscar a tu recamara y no te encontré, imaginé que podrías estar aquí"


"Tal parece que ya somos tres con problemas de sueño" – dije


"Si ustedes me lo permiten, me retiro" – pidió el guardia


"Puedes irte" – alentó mi hermana y, cuando quedamos solas, tomamos asiento, una junto a la otra…


Edward POV


Edward…


"De nuevo esa voz"


"¿Qué voz?"


"No lo sé. Es un sonido que siempre está en mi mente, pero no logro reconocer"


Rose se acomodó sobre la cama y acarició mi pecho


"Entonces, no fuerces tu mente" – aconsejó – "¿Sabías que no es nada caballeroso que estés pensando en algo más, cuando estas en la cama con una mujer?"


"Lo siento" – dije


"¿Qué piensas hacer? El príncipe aquel, del que me hablaste, llegó hoy por la mañana a estas tierras"


"No creo que represente un problema" – contesté, mientras me encogía de hombros y acariciaba su espalda – "Aunque dicen que es muy hábil con la espada y el arco. Se rumora que es mejor que el príncipe James"


"Opino que deberías de matarle cuánto antes"


"Aún no" – dije – "Eso arruinaría mi teatro con ella"


"Es tonta, podrías inventarle una excusa para justificarte. He pensando en un plan perfecto, el cual, estoy segura, daría resultado"


"Cuéntame ese plan"


Suspiró, antes de comenzarse a explicar.


"Estoy segura que, dentro de poco, saldrán para dar la primera cacería y, conociendo lo estúpida que es la princesa Isabella y los riesgos que le encanta tomar para llamar la atención, ella estará presente. Así que, puedes ordenar a tus hombres que simulen un ataque hacia ellos, en el cual, tu te lavarás las manos ante toda culpa. Para hacerlo más creíble, entrarás con una supuesta ayuda hacia la Realeza y, dentro de esa guerra, saldrás mal herido y nada podrás hacer contra los ataques que hacia el rey y el príncipe se dirijan…"


"Debo admitir que me gusta esa idea. Aunque… eso no cambia mi resolución para esperar un poco más"


"La espera se vuelve cada vez más prolongada"


"Paciencia. Tenemos todos los siglos del mundo, ¿Por qué la prisa?"


"Edward…" – llamó Rose, tras haberse quedado un largo momento en silencio, mientras me vestía. Giré mi cuerpo, para verla – "¿Me amas?" – dilaté mis ojos ante la pregunta, la cual, para ser sincero, no me la esperaba.


"Sabes que no" – contesté, caminando hacia ella y sentándome a su lado – "¿Por qué lo preguntas?"


"No lo sé" – admitió, cerrando sus ojos ante las caricias de mis dedos sobre su rostro


"Muchacha vanidosa" – le dije, con voz afectiva – "no ganarías nada si yo me llegará a enamorar de ti, por que tu, al igual que yo, solo me miras como un amigo, un hermano. ¿Para qué ser dueño de un amor que no podrás, nunca, corresponder?"


"Tienes razón" – acordó – "Nosotros no nacimos para amar"


"Así parece" – asentí, tratando de ocultar una repentina y extraña melancolía que comenzaba a inundar mi pecho, al mismo tiempo que aquella voz, sin sonido distintivo, volvía a repetir mi nombre.


Edward…


BELLA POV


El pequeño destello de unos rayos de sol me hizo abrir los ojos. Fruncí el ceño y suspiré pesadamente mientras me ponía de pie y caminaba hacia mi tocador, en donde mi espejo se levantaba y reflejaba la figura del aguamanil que, seguramente, alguna de mis doncellas había dejado ayer por la noche. Me pasé el paño húmedo por el rostro y me cepillé mis cabellos, con la mirada siempre fija en el diamente que, desde hacía ya semanas, no se había separado de mi frente. Ángela entró a los pocos minutos y me ayudó a vestirme.


"Su familia ya se encuentra, esperándola, en el comedor" - informó, mientras ataba las cintas de mi corsette - "El Rey Emmett ha pedido la presencia de todos en el lugar"


Permanecí en silencio, mientras me preguntaba si esa petición de mi primo se debía a la revelación de su plan. Caminé, escaleras abajo, hasta llegar a la estancia predestinada. Todos me dedicaron una sonrisa al verme y Emmett se adelantó a James para ayudarme a tomar asiento, junto a él,


"Y bien, hijo, ¿Cuál es la razón por la cual, con tanta impaciencia, has solicitado la presencia de todos?" - pidió saber mi padre, mientras el desayuno era servido.


El aludido extendió sus labios, mostrándonos una sonrisa pícara, y con cierto aire de presunción, antes de hablar.


"Ayer les dije que, evidentemente, hay una manera de acabar con los vampiros, si se sabía jugar con las cartas apropiadas" - recordó - "Hoy, mi querida familia, les presentaré las cartas a las cuales me refería"


Llamó a uno de sus hombres y le susurró algo al oído. El guardia asintió y, cuadrando sus hombros, salió de ahí. Todos en la mesa quedamos en silencio, sin comer siquiera, pues la curiosidad había inhibido a nuestros paladares. De lo único que éramos capaces era de observar como Emmett se regodeaba con una dicha secreta. El sonido de las trompetas nos alarmó a todos.


"¿Esperamos visitas?" - preguntó James


"Las esperamos" - se adelantó a contestar mi primo, mientras se ponía de pie y, sin decir palabra alguna, nos pedía que le acompañáramos hacia donde él se dirigía. Así lo hicimos y, en cuanto llegamos, las puertas que cubrían al castillo se abrieron, de par en par, hasta mostrar a un extenso grupo de hombres, poseedores de extensas cabelleras negras y piel morena. Uno de ellos, el joven que venía hasta el frente, bajó de su blanco caballo y caminó hacia nosotros, siendo recibido por mi primo, con un afectuoso abrazo.


"Familia" - llamó nuestra atención, cuando el saludó terminó - "tengo el gusto de presentarles a Jacob Black, hijo del lider de los licántropos y gran amigo mío"


Licántropos... la tercera especie inmortal que existía... Los segundos enemigos de los vampiros... Y, ahora, aliados nuestros...