Dark Chat

jueves, 29 de abril de 2010

Inmortal

Hello mis Ángeles hermosos !!! aquí de nuevo con ustedes y adivinen que ????
Les traigo un nuevo fic. este fic le pertenece a mi querida Anju DarK ya muchas conocemos su trabajo y así como les han encantado y sorprendido sus historias sin duda esta lo hará también
Esta es una historia de amor entre seres míticos, donde hombres lobo y hechiceras forman parte de la trama
Así dicho esto aquí les dejo los primeros cap. y por favor dejen sus comentarios al final.
Mil besitos
Angel of the dark.
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INMORTAL


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"Los edificios arden, las personas mueren, pero el amor verdadero… es para siempre"

El cuervo.

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Epílogo.

Hay amores que nunca mueren. Historias que nunca terminan. Rostros que jamás se olvidan.

Los años no duran precisamente trescientos sesenta y cinco días. Tampoco las horas duran sesenta minutos, ni mucho menos éstos están formados por sesenta segundos. El tiempo es diferente para cada uno. En un suspiro podrías encontrar décadas enteras… Un siglo puede parecerte tan corto como un eclipse, si luchas, si amas, si sufres…




Capítulo 1: Introducción


El viento sopla y las ramas de los árboles se agitan con su suave caricia. El agua azul y cristalina moja las rocas, como beso del hombre la boca de su amada. La tierra se desplaza, poderosa e inmune bajo los pies vírgenes y descalzos de los humanos…


El inmenso bosque de Forks: Mi reino, mi hogar, la cuna de mi nacimiento, la casa de mi eternidad. El lugar donde he de pasar años, décadas, siglos, milenios… sin conocer nunca la muerte. Soy inmortal. Y el solo pensarlo me aterra. No quiero una vida infinita, llena de soledad y tristezas…


–Alteza, tiene que arreglarse. El baile comenzará en pocas horas.


Horas… ¿Qué son las horas para mí? Nada más que pequeños fragmentos de una inexistencia ilimitada.


Aún así, tengo que dar media vuelta y asentir. Y, aunque no recuerdo cuál es el motivo que hay para celebrar, dejó que mis doncellas me vistan con las mejores galas. Un vestido blanco, con magas holgadas y de un color perla muy singular.


Tomo asiento, siendo guiada por las gentiles manos que se atreven a tocarme. Siento el peine deslizarse por mis largos cabellos y me atrevo a levantar la mirada para posarla frente al espejo con marcos de oro.


Entonces aparece, ante mis pupilas, una chica de apariencia nada ordinaria, puesto que su belleza resulta impactante y anormal. Su piel pálida, y visiblemente delicada y suave, se adorna con dos pómulos tenuemente rosados. Su frente lisa, que nunca jamás se vera cubierta de arrugas, a la espera de algo más


Es ahí cuando recuerdo el motivo de la celebración.


–Ya esta lista, Mi Princesa – anuncia la doncella y hace una reverencia ante mí – Si usted me lo permite, déjeme decirle que se ve hermosa


Camino hacia la entrada del lujoso salón y veo a mis padres esperándome, sentados en sus tronos. La gente se inclina al verme. El gesto me molesta. No soy una deidad… no me gusta tanta atención puesta en mí. Pero, desgraciadamente, no puedo extraer de mis venas la sangre inmortal que corre en ellas y me condena.


Mi hermano, James, llega a mi encuentro y me toma la mano y la besa, con sus labios delicados y deseados.


–Te ves preciosa, hermana mía – susurra y me lleva hacia donde nuestros progenitores están


Mi padre, el Rey Charlie, y mi madre, la Reyna Renne, se ponen de pie y me reciben con amorosos abrazos. Hace mucho tiempo, ellos también dejaron de cambiar. Sólo en sus ojos se percibe la sabiduría adquirida con el paso de los años.


– Toma asiento, mi querida hija – ofrece mi padre.


Acepto. Y la ceremonia comienza con un armonioso baile


–¡Míralos! Mira cómo danzan sus frágiles piernas y como se mueven sus delicadas manos – señala mi madre – Nuestros fieles mortales. Son felices en nuestro reinado


Si, ellos son felices… ¿Cómo no, si tienen sus suspiros contados? La vida se valora más cuando se sabe lo corta que es. El que agoniza desea levantarse de su lecho de muerte para correr, brincar, bailar… hacer todo aquello que nunca hizo. Cuando sabes que no vivirás más que unos cuantas décadas, no te queda opción alguna más que aprovechar ese escaso tiempo para convertirlo en algo mágico. Definitivamente, ha de ser hermoso ser humano.


La ocasión arriba. Mi padre indica que la música cese y las luces se enfoquen en mi figura. Se coloca frente a mí y veo lo que en sus manos yace: Un hilo delgado y trenzado, de brillo dorado, con un pendiente azul zafiro, en forma de ovalo, colgando sobre él.


Parece una fina cadena, pero, no lo es…


–Hoy cumples tu primer siglo, hija mía – comienza a decir y todos callan – Isabella Marie Swan, el momento de portar la corona, que te distingue como inmortal princesa de Forks, ha llegado. Toma éste tesoro y llévalo, con dignidad y responsabilidad, pues es el símbolo del amor que tu familia, y tu reino, te profesa


La delicada cadena cae sobre mi cabeza y el cristal reposa sobre mi frente. Sé que tengo que decir algo, una palabra si quiera. Abro mis labios, nadie se imagina el esfuerzo que esto me toma.


–Gracias – susurro y los brazos de mi madre me vuelven a cubrir.


–Felicidades


Me veo salvada por los brazos de mi hermano


–Te has de sentir muy orgullosa – me dice, con una resplandeciente sonrisa. Miro fijamente el cristal de color vino que también reposa sobre su frente.


La diferencia de los colores denota los siglos que hemos vivido. Me pregunto: ¿Cómo ha logrado vivir por más de doscientos años? Y, como extraña respuesta, una bella mujer con cabellera roja se aproxima, le abraza por la espalda y deposita un beso sobre su mejilla. Y me vuelvo a preguntar otra cosa más: ¿Podré yo algún día encontrar un motivo para tan larga e infinita historia?


Miro a mis padres y me aterrorizo al poner mis ojos sobre sus cristales, color verde esmeralda. Diez siglos… ¿Se extenderá tanto tiempo mi existencia? Tiemblo nada más de pensar en una afirmación. Decido desviar mi mirada hacia el horizonte, que comienza a bañarse con la llegada del oscuro manto de la noche.


Las puertas del palacio se abren y unos guerreros entran. Mi hermano se encamina a su encuentro, al lado de mi padre.


–Vampiros, señor – informa uno de los hombres con armadura – Han atacado una aldea del lado oeste… Llegamos tarde, pocos han sobrevivido


Mi hermano saca su espada de la funda y gruñe, encolerizado. Mi padre pone una mano sobre su hombro, para poder sosegarlo.


– Vayan y denles cacería – ordena – No duerman si es necesario


La guardia asiente y se retira. Mi madre y Victoria se acercan a sus maridos. Yo, mientras tanto, me limitó a seguir observando el inmenso bosque. Cierro los ojos. Una extraña e indescifrable canción comienza a cantar en mis recuerdos…


Vampiros…


Nuestros eternos enemigos. Tan diferentes e iguales, al mismo tiempo. Compartimos la inmortalidad... más no el buen corazón. Ellos matan, asesinan y masacran por su sed de sangre. Especies en destierro por nuestra orden y poder. Tienen el mismo deseo de exterminarnos, como nosotros a ellos y, a ninguno de los dos se les ha hecho realidad tal ambición


No hay guerra perdida, ni ganada, entre nosotros. Ellos poseen aquella venenosa ponzoña que, a diferencia de los humanos, si se introduce en nuestro cuerpo, nos envenena y mata. Nosotros, tenemos armas, únicas que pueden aniquilarlos… Estamos en un perfecto empate.


Aunque, tengo la vana y secreta esperanza de que, algún día, uno de ellos me regale la dicha de morir. Es una locura, pero, ciertamente, apaleo un ligero presentimiento de que, mi felicidad, depende de esa especie a la cual, tanto debo odiar...


¿Dónde estás?


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Capítulo 2: Enemigo

La alborada traía siempre consigo un extraño sabor amargo que se matizaba día tras día. En cuanto abrí mis ojos, recorrí, con éstos, cada rincón de mi habitación, siempre con la esperanza de encontrar algún detalle – aunque fuese muy mínimo – que indicara algún cambio… Solamente yo sé cuanta era mi desilusión de ver que todo seguía tan exactamente igual que ayer… que nada cambiaba… que todo era tan periódico.


Suspiré resignadamente. Llevaba años buscando algo que no encontraba. Ya no debería de doler tanto el sentir ese sentimiento de vacío oprimiendo mi pecho…


"Princesa, ¿Me permite pasar?"


"Adelante" – indiqué


"Hace una linda mañana" – comentó mi doncella, mientras abría las cortinas de par en par.


No contesté, ¿Para qué contagiarle mi apatía? Me limité a ver cómo preparaba mi vestido en completo silencio y, cuando era ya el momento, le permití que me ayudara a vestirme.


Bajé hacia el comedor, en donde ya me esperaban mis padres y mi hermano, junto con su esposa.


"Buenos días" – saludé, dando una pequeña reverencia ante los presentes. Mi hermano se levantó de su asiento y me ayudó a tomar lugar en la mesa.


"Realmente la tiara te hace lucir más hermosa" – comentó mi padre, con orgullo, mientras se llevaba una copa de vino a los labios.


Intenté sonreír, pero, dudo mucho que el gesto haya parecido sincero.


"Los guerreros lograron capturar, ayer, a tres vampiros" – comentó mi hermano, dirigiéndose principalmente a mi padre – "Su ejecución será dada dentro de poco"


"¿Puedo estar presente?" – pregunté, atrayendo la atención de todos en la mesa


"Cariño, puede ser una escena muy fuerte para el alma de una dama"


"Tomaré el riesgo"


Mi padre intercambió una pequeña mirada con mi hermano y, después, asintió. El desayuno transcurrió en completo silencio, después de lo dicho y, al terminar, me incorporé rápidamente de mi asiento y seguí los pasos que me llevarían a presenciar un nuevo espectáculo.


Casi me siento emocionada de poder ver, al fin, algo nuevo… casi.


Llegamos al patio que se encontraba en uno de los rincones del castillo y, en cuanto vi las secas manchas rojas que pintaban el suelo, di un paso hacia atrás de manera involuntaria –sabía perfectamente que no era sangre de vampiro, ya que estos no sangraban, al menos, que se les hiriera pocas horas después de haberse alimentado –. James me tomó de la mano y acercó sus labios a mi oído


"Aún estas a tiempo de dar media vuelta e irte" – recordó, con voz cariñosa.


Inhalé profundamente y, levantando levemente mi barbilla en un gesto de valentía, me negué. Jamás antes había entrado en ese lugar y me pareció como si estuviera en un pequeño coliseo romano. Mi padre me tomó de la mano y me ayudó para que pudiese tomar asiento en una de las gradas de piedra. Mis ojos buscaron ansiosos a los vampiros, y no tardaron mucho en encontrar su objetivo ya que, éstos, se encontraban justamente en el centro del círculo que yacía debajo de mí, de rodillas y amarrados por los fuertes cadenas, que estaba especialmente hechas para ellos y su fortaleza.


Tal y como había dicho James, eran tres: dos machos y una hembra. Todos iguales de hermosos y jóvenes, con sus ojos resplandecientes en un perturbador color carmesí, contrastando con la palidez gélida de sus facciones. Uno de ellos, un hombre de cabello largo que caía por sus hombros y topaba con el suelo, levantó la mirada y la dirigió en mi dirección. Sentí como sus venenosos y rabiosos ojos se clavaban fijamente en mi figura, provocando un terrible estremecimiento que me erizó la piel y, aunque intenté mantenerle la mirada con gesto valiente, fracasé al cabo de unos cuantos segundos.


"Comiencen" – indicó mi hermano con voz alta y volví mi vista otra vez hacia el escenario.


Tres guerreros se situaron frente a los inmortales, con filosas espadas adornando sus palmas. Por segunda ocasión, aquel par de feroces ojos rojos se empeñaron en pegarse a mi rostro y, para mala suerte mía, esa vez no pude desviar mi mirada a tiempo.


Sus pupilas siguieron fieramente clavadas en mí y no desistieron en desviarse ni un solo momento – ni aún a sabiendo que una espada comenzaba a levantarse sobre él – La cabeza del vampiro cayó a los pocos segundos y aún, estando completamente separada del resto de su cuerpo, podía sentir que sus ojos me mutilaban.


Me volví a estremecer y James pasó sus brazos alrededor de mi cuerpo.


"Te lo advertí" – susurró, con voz un poco divertida


No contesté. Mi atención había sido captada, otra vez, por el fuego incandescente que hacía arder a los cuerpos destazados y expulsaba una ligera capa de humo que expulsó un olor demasiado empalagoso y un tanto molesto.


Salimos de aquel patio al poco tiempo y, al ver que mi diversión había tomado solo cincuenta parpadeos, me sentí desilusionada otra vez.


"¿Saldrás?" – preguntó mi padre, al ver que desviaba mis pasos a otra dirección


"Iré a dar un paseo por el bosque" – anuncié


"No deberías de salir" – interrumpió mi hermano – "Esas bestias seguramente andan furiosas por que hemos matado a tres de su especie. No dudo que han de estar rodeando el castillo"


"No pasará nada" – tranquilicé, mientras me acercaba hacia él y extraía, de su faja, una de las filosas estacas que en ella se apretaban.


"Llévate un guardia, por lo menos" – recomendó


"Me sé cuidar yo sola" – dije, con voz ligeramente más firme y salí del lugar antes de que pudieran insistir más.


Caminé hacia el bosque y me hundí en las espesuras de éste, hasta llegar al pequeño río que cruzaba sus tierras. Me levanté el vestido, para poder sentarme en una enorme roca que se encontraba a la orilla, me descalcé y hundí mis pies el agua helada. Me gustaba sentir el entumecimiento causado por el frío chocar con mi piel.


Estuve ahí, viendo la corriente y los peces que nadaban en ella, hasta que el sol comenzó a ocultarse. Caminé de regreso, a paso lento y desganado. No es necesario el mencionar que, el volver al castillo, no representaba ningún tipo de emoción para mí. Recorrí el sendero de regreso, acariciando a cada tronco de árbol que me era posible, sintiendo su textura rasposa sobre la yema de mis dedos. Y, de pronto, una borrosa figura se paso frente a mí.


Detuve mi marcha y dejé de respirar. Esperé por algún sonido, un movimiento, una acción… Nada. Cuando volví a dar el primer paso, convenciéndome mentalmente que se había tratado de mi imaginación, la mancha blanquecina volvió a reflejarse a un costado. Viajé mis pupilas de un lado a otro, sin moverme, tratando de ver de qué se trataba – aunque estaba segura, en un noventa y nueve por ciento, de saberlo – Me percaté que la materia, casi invisible, se movía de un lado a otro, como si estuviera acechándome en círculos.


Solo dejaba como evidencia una ligare y fresca ventisca. Llevé mis manos hacia la estaca, que yacía amarrada a mi cintura, y me concentré para agudizar mis sentidos. Era inútil, lo sabía, ellos eran demasiado ágiles – mucho más que nosotros – difícilmente iba a poder rastrear sus movimientos.


Decidí que, si iba a morir de todas maneras, quería ver, al menos, el rostro de mi asesino.


"¿Qué esperas para atacar?" – pregunté, sin levantar la voz, pues sabía que tenían un perfecto sentido de la audición. No recibí respuesta vocal alguna.


Lo único de lo que me percaté fue que, en lo que duró uno de mis parpadeos, lo tuve frente a mí: Un joven con el cabello cobre y despeinado y aspecto desaliñado. Vestía ropa completamente negra y de manta, la cual ya se veía desgastada por el paso del tiempo. Me tensé nada más de verlo, a menos de tres metros de mí, agazapado y con la mirada color sangre, evaluándome detenidamente y centrándose, principalmente, en la tiara que colgaba sobre mi frente. Cobardemente, di dos pasos hacia atrás y levanté la mano, enseñándole la daga en señal de amenaza.


Levantó una de sus cejas, de modo escéptico, y una ligera sonrisa de lado se dibujó en sus labios.


"Para ser de la realeza, sus modales no son nada cordiales" – habló y respingué al escuchar el sonido tan suave y varonil que sus labios proferían.


"Aléjate, si no quieres verte en problemas" – ordené.


El vampiro volvió a sonreír y, con el pálido semblante completamente envuelto en una mascara de burla, se fue incorporando lentamente, hasta hallarse con la espalda completamente erguida.


Mis ojos no dejaron de seguir cada uno de sus movimientos – gráciles y elegantes – y, por un breve instante, se perdieron en la belleza de aquellas facciones anguladas.


"¿Por qué me seguías?" – exigí saber


"¿Por qué cree usted, Alteza?" – respondió, haciendo un pequeño asentimiento con la cabeza, en señal de mofo respeto.


"Vete fuera de estas tierras, si no quieres terminar como tus hermanos" – aconsejé y, ni bien había terminado de hablar, me encontré aprisionada entre un grueso árbol y unas manos que aprisionaban mis muñecas


"Pero que incrédula resultó ser su Majestad "- dijo, la última palabra, con desdén - "¿En realidad cree que usted y una insignificante daga, pueden derrotar a alguien de mi especie?"


No, definitivamente sabía que yo no tenía oportunidad alguna. Si bien, nuestra rara clase era considerada como seres inmortales y, comparados con los humanos, teníamos la piel un poco más resistente y nuestros movimientos podían ser más ágiles, había que admitir que, nada eramos, sin nuestras armas, frente a un vampiro. Ellos eran duros como la piedra y veloces como el rayo, su corazón no palpitaba... Al final de cuentas, ellos eran completamente inhumanos... Y, esa, era su ventaja.


Sabía que el momento de mi muerte había llegado y, tal como anteriormente había mencionado, no había ninguna clase de miedo al saber que mi ilimitada existencia tendría un fin. Pero, también, sentí rabia y humillación al verme derrotada por mi único enemigo… así que, tampoco estaba dispuesta a mostrarme agradecida con él


"Si vas a matarme, hazlo ya" – ordené, clavando mi mirada en la suya de forma fría y déspota.


Su rostro pareció alterarse un breve lapso de tiempo – tan breve, que casi pareció extinto.


"No está asustada"


"No" – aseguré, a pesar de que no había sido una pregunta.


"Lástima. El sabor de la venganza no se disfruta tanto de esa manera" – siseó y, cuando vi que su boca comenzaba a abrirse y a acercarse a mi cuello, cerré mis ojos.


Un fuerte gemido me obligó a abrirlos y me encontré con el rostro del vampiro bañado en un claro gesto de dolor. Se alejó de mí, varios pasos, y fue cuando me percaté de la flecha que se había incrustado en su pierna derecha.


"Maldición" – exclamó y se arrancó el objeto punzo cortante de su dura piel.


Gruñó ligeramente y, después, volvió a clavar la encolerizada mirada sobre mí y me enseñó los dientes en viva señal de amenaza.


"¡Ahí esta!" – escuché la voz de mi hermano, y el trote los caballos, acercarse.


El vampiro dudó por menos de un segundo y, tras darme un último gruñido, salió corriendo, lejos de mí, dejándome estática y de pie, con la espalda aún pegada al árbol que yacía detrás.


"¡Bella! ¡Bella!" – exclamó mi hermano hasta llegar a mi lado. Bajó de su caballo con un solo movimiento y, con otro, estuvo frente a mí, tomándome los hombros – "¿Te encuentras bien? ¿Te ha hecho daño esa bestia?"


Tardé más de lo necesario en contestar


"No…" – me aclaré la garganta un poco y lo volví a intentar – "Estoy bien"


"¡Te dije que no deberías de salir sola!" – recordó – "¡Te lo dije!"


"Lo siento" – susurré, aún demasiada perdida por todo lo rápido que vi pasar mi muerte y regresar mi vida.


"No, Bella, no lo sientes. ¿Sabes el dolor que nos daría el saber que te hemos perdido por culpa de esos demonios?" – no contesté.


Mi hermano ya no insistió más. Me tomó entre brazos y me colocó sobre su caballo


"Vayan en su búsqueda. Está herido, su velocidad disminuirá un poco" – dio la orden, los guardias asintieron y, después, echó a trotar hasta que llegamos al castillo.


Mi padre y mi madre corrieron en mi encuentro.


"¿Có…? ¿Cómo supieron que estaba en problemas?" – inquirí, en cuanto los vi.


Y, como respuesta, una menuda figurilla apareció detrás de mis progenitores.


"Hermana, no sabes lo mucho que nos has preocupado" – acusó con su hermosa voz de soprano



miércoles, 28 de abril de 2010

Mi Corazon En Tus Manos

Hello  mis angeles hermosos , aqui estoy de nuevo con ustedes dejandoles mas vicio
asi q por fiss sean buenas y comenten no les cuesta nada
les mando mil besitos
Angel of the dark
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CAPITULO 3


Apenas estaba amaneciendo, los tenues rayos de sol se reflejaban débilmente en la superficie del lago y el silencio sólo se veía interrumpido por el movimiento de su cuerpo contra el agua. Cuando el día anterior durante su viaje se aproximaban al castillo y Emmett divisó ese magnífico lago, decidió que, en cuanto le fuera posible, le haría una visita. Supuso que su princesita aún tardaría en despertar un tiempo más después de lo agotado del viaje, por lo que probablemente no necesitaría de él hasta unas horas más tarde y, por otro lado, creyó que era demasiado temprano para presentarse ante el rey y poder concretar sus funciones en el castillo. Así que era el momento idóneo para relajar sus músculos después del poco descanso obtenido la noche pasada en su habitación del cuarto de guardias.


Era consciente de que un motivo importante de su desvelo era saber como estaría Alice. Casi no había articulado palabra durante todo el viaje, pero la seriedad de su rostro no daba lugar a dudas de que no había terminado de aceptar el nuevo rumbo de su vida. Además, al haber llegado al castillo ya entrada la noche, la habían llevado directamente a su recámara, apartándola de su vista y de su protección, viéndose él arrastrado a su cuarto por aquella princesa tan altanera y petulante.


No podía llevarse a equívoco, aunque Alice nunca lo había tratado así, él era consecuente con su posición, el hecho de que ella se comportara con él con cariño y confianza no le hacían olvidar jamás cual era su lugar, así que el hecho de que alguien pudiera tratarlo con desdén nunca le había afectado en lo más mínimo, nunca, hasta esa noche. No supo si fue su manera tan altiva de llamarle "muchacho" como si aún fuera un imberbe, el engreimiento de su voz al saberse poderosa, o la vanidad que emanaba de su mirada al saberse hermosa e inalcanzable por cualquiera en centenares de millas a la redonda.


Aún recordaba como se había parado frente a la puerta, alzada su barbilla y con sus brazos en jarra entallando su fina cintura y como, sin apenas mirarlo, la oyó decir "este es el cuarto de guardias, muchacho" e inmediatamente, giró sobre sus talones y se marchó con aquel vaivén de caderas que lo hipnotizaron durante un segundo. Era hermosa, más que hermosa, era una deidad, y de las más peligrosas. Su mirada azul hielo ardía de orgullo y arrogancia formando la más infranqueable de las barreras, mientras su cuerpo voluptuoso incitaban a dejarse llevar y cometer el mayor de los pecados, como una tentación de la que era mejor alejarse cuanto fuera posible.


Sin embargo, es bien sabido que nuestros propósitos no sólo dependen de nuestras acciones. Poco podía imaginarse Emmett que el objeto de sus reflexiones no andaba lejos. Por supuesto que no era premeditado, ella hacía ese mismo recorrido en su paseo a caballo matutino cada día y, cada día ataba las riendas de su yegua a ese árbol, sobre el que ahora había depositada una camisa, para sentarse al borde de ese lago que esa mañana no estaba tan deshabitado como de costumbre.


Había pensado en, simplemente, pasar de largo, cuando se dio cuenta de que el muchacho que se encontraba nadando era el guardia de la Princesa Alice. Sin ni siquiera bajar del caballo se agazapó tras el árbol para observarle.


No es que nunca hubiera visto el torso de un hombre, muchas veces, al ir a las cuadras, había sorprendido a algún muchacho sin camisa tratando de combatir el calor estival, cubriéndose en cuanto se percataban de su presencia. Algo que para los mozos siempre era una lamentable y embarazosa situación, para ella siempre resultaba divertido e incluso entretenido. No sabia si tal apuro era debido a su poder, o a su hermosura o por ambos motivos pero, debía reconocer que ser la causante de ello la llenaban de, digamos, orgullo femenino.


Rosalie vio que el muchacho dejaba de nadar en ese momento, situándose de espaldas a ella, sumergido hasta la cintura. Alzó los brazos para pasar las manos por sus cabellos y dejarlos libres de agua. Con ese movimiento toda la musculatura de su bien definida espalda, de sus moldeados brazos, de sus anchos hombros quedaron perfectamente visibles.


Sin apenas proponérselo recorrió, estudió con su mirada, cada una de las curvas que formaban su cuerpo, desde su cuello a su cintura. Los débiles rayos del sol se reflejaban en las pequeñas gotitas que habían quedado adheridas a su piel y que la recorrían para volverse a perder en la superficie del lago. Durante un instante, imaginó que sus propios dedos eran los que recorrían los surcos con los que aquellas gotas marcaban su espalda y un repentino ardor nació en su interior. Le fue imposible evitar que un pequeño suspiro escapase de su garganta, lo que provocó que Emmett se girara a comprobar de donde venía aquel sonido. Azorada como estaba debido a, por un lado, su pequeña debilidad de hacía un segundo, por aquella sensación que aún hervía en su pecho y por saberse descubierta mientras espiaba al muchacho, apenas acertó a tomar de nuevo las riendas de su caballo. A pesar de ser una experta amazona no fue capaz de dominar a su yegua que se encabritó, lanzándola al suelo y corriendo desbocada hacia el castillo.


En ese momento no supo que le dolía más si su orgullo al verse derribada por su propio caballo ante aquel muchacho o sus posaderas que ahora yacían en el suelo. Al intentar levantarse quedo de manifiesto que, en realidad, su tobillo había sido el peor parado, apenas pudo soportar la punzada de dolor que le recorrió el pie, así que volvió a derrumbarse en el suelo. Para ese entonces, Emmett ya había salido del agua y corría en su dirección para ayudarla.


-No os mováis Alteza, dejadme que os ayude -le pidió -¿Dónde os duele?


-El tobillo -le indicó. Emmett se inclinó y, apartando un poco el borde del vestido se dispuso a palparle.


-¿Qué crees que haces? -inquirió ofendida, alejando su tacto de un manotazo.


-¿Comprobar que tan dañado está el tobillo? -le explicó él sorprendido.


-¿Y tienes que tocarme para eso? -preguntó ella irritada, a la vez que se daba cuenta de su disparatada pregunta.


-¿Conocéis una forma mejor, Alteza? -cuestionó divertido.


-Está bien -accedió a regañadientes. Emmett empezó a palpar su tobillo mientras ella emitía, entre muecas, leves muestras de dolor.


-Sólo es una torcedura -concluyó él -pero no deberíais caminar. Permitidme que os ayude a levantaros -se ofreció alzándose mientras tomaba su mano.


Rosalie se levantó también pero, debido al dolor, perdió un momento el equilibrio yendo a parar directamente sobre el pecho de Emmett. En un intento de no caer de nuevo se apoyó en él, su mano sobre su musculoso brazo, haciendo que aquel ardor que hacía un sólo instante había logrado apaciguar renaciese con más fuerza, alimentado seguramente por el tacto de sus manos varoniles en su cintura al tratar de sostenerla impidiendo su caída. "No, otra vez esa debilidad no", se alentó a sí misma, así que se esforzó por mantener su aplomo.


-¿Podrías cubrirte? -le ordenó ella con su acostumbrada altanería, intentando aparentar una total seguridad, aunque, para Emmett no pasase desapercibido el fulgor en sus ojos.


-¿Acaso os molesta ver el cuerpo de un hombre? -le provocó él aumentando sensiblemente la presión de sus dedos sobre su talle.


-No -negó ella revolviéndose y soltándose de sus manos -simplemente estáis mojando mi vestido -respondió levantando su barbilla de aquella forma en que a Emmett le estaba resultando ya más que familiar.


-Está bien -rió él mientras tomaba la camisa de la rama en la que él la había dejado y se la ponía rápidamente. Tras eso tomó las riendas de su caballo y lo acercó a donde estaba la muchacha. Sin pedirle permiso alguno la tomo de nuevo por la cintura y la alzó sin ningún tipo de esfuerzo, sentándola en la grupa. Luego con un ágil movimiento se montó en el caballo, posicionándose detrás de ella, pasando sus manos cerca de su cintura para tomar las riendas.


-¿Qué estás haciendo? -preguntó Rosalie ante tal atrevimiento.


-¿Os llevo al castillo? -respondió con tono aburrido ante lo absurdo de la cuestión.


-No veo la necesidad de compartir montura -afirmó ella con desdén.


-¿Acaso pretendéis que yo vaya caminando? -rió él. Su soberbia no tenía límites pero él sabía como aplacarla.


-Es lo correcto -aseveró ella casi con furia.


-¿Y es por hacer lo correcto por lo que habéis perdido vuestro caballo? -le sugirió él apenas en un susurro, sintiendo ella su aliento en su mejilla. Supo en ese momento que esa era una batalla perdida, pero sólo una batalla, no la guerra. Y si él quería guerra, la tendría.


Edward se dirigía a la habitación de su primo. Normalmente solían encontrarse en el comedor para desayunar juntos pero ese día se apresuró para encontrarlo en su recámara. Sentía una gran curiosidad sobre que le había parecido su prometida y no creyó prudente el mantener esa conversación al alcance de oídos indiscretos.


-¿Puedo pasar? -preguntó llamando a la puerta.


-Sí claro, pasa -se escuchó la voz de Jasper dentro de la habitación. -Estás muy madrugador hoy -le dijo sorprendido mientras lo veía entrar y cerrar la puerta tras de sí.


-No creo que sea correcto hablar de tu prometida en el comedor donde todos puedan oírnos -contestó mientras le guiñaba un ojo.


-Así que ese es el motivo de tu visita -sonrió tomando la túnica de encima de la silla para ponérsela.


-No pensarás que después de la tortura a la que me has sometido todos estos días con ese asunto no voy a estar interesado en saber tu opinión tras haberla conocido -bromeó Edward sentándose en el diván.


-Y por lo que veo ya te has puesto cómodo -señaló mientras acomodaba su cinturón, terminando así de vestirse.


-Soy todo oídos -le indicó cruzando sus manos sobre su regazo y estirando las piernas sobre el diván. Su primo soltó una carcajada ante su gesto.


-No veo que tanto pueda decirte, apenas estuve con ella. La traje a su recámara y me retiré enseguida, supuse que estaría cansada del viaje -le dijo encogiéndose de hombros tratando de restarle importancia al tema.


-Primo, no utilices tu diplomacia conmigo que no va a funcionar -le avisó con sonrisa pícara -¿acaso no la devorabas con la mirada en cuanto la tuviste ante tus ojos?.


-¿De qué hablas? -cuestionó intentando mostrarse sorprendido. Hubiera funcionado si no hubiera sido por el temblor de su voz. Edward no pudo reprimir una risotada.


-Si no quieres hablar sobre ello me parece bien, pero no intentes tapar el sol con un dedo -le dijo adoptando ahora una postura más seria, retirando los pies del diván -Creo que te conozco lo suficiente como para asegurar que la princesa derrumbó con la primera de sus miradas todo ese halo de calma y seguridad que siempre te rodean -prosiguió.


Jasper se mantuvo en silencio, estudiando una posible respuesta con la que rebatir su afirmación, que tan cerca había estado de la verdad.


-¿Vas a intentar negarlo? -inquirió Edward viendo sus intenciones.


-Está bien, está bien -se rindió. Dio media vuelta y se sentó en la cama mirando a su primo. -Digamos que la princesa me impresionó un poco.


Edward lo miró inquisitivo. Jasper suspiró disconforme.


-De acuerdo -admitió al fin derrotado.-¿Te basta si te digo que no había visto ojos tan bellos en mi vida y que me parece la muchacha más dulce y hermosa que jamás he conocido? -aceptó bajando la mirada, sintiendo cierta vergüenza ante la confesión que le acababa de hacer a su primo. Edward se percató de su turbación y se acercó a él, sentándose a su lado.


-No tiene nada de malo que te guste tu prometida, Jasper, al contrario, seréis mucho más felices si surge el amor entre vosotros -aseguró Edward.


El sonido de esa palabra hizo que Jasper se sobresaltara, volviéndolo a mirar.


-Creo que es muy pronto todavía como para hablar de eso. No pienso forzar la situación en lo más mínimo -negó con un movimiento de cabeza. -Si algo surge entre los dos no voy a evitarlo ni rehuirlo, por supuesto, pero tampoco voy a hostigarla o presionarla en un intento de acelerar las cosas. Para mí, lo primordial ahora es que se sienta cómoda, quiero que sea feliz aquí -declaró Jasper.


Edward le dio un leve golpe en la espalda, asintiendo, haciéndole ver que compartía su opinión. De repente, el eco de la risa de un par de voces femeninas proveniente de la recámara contigua se hizo sentir en la habitación de Jasper. Ambos giraron su rostro dirigiendo su mirada a la pared de donde venía ese sonido.


-Pues no sé si será feliz, pero, de momento, se ha levantado de buen humor -afirmó Edward, sonriendo.


Jasper asintió con una sonrisa en los labios y cierto alivio invadió su corazón al saberla contenta. No había mentido al afirmar que para él lo más importante era su bienestar, pero no sólo eso. Desde la primera vez que posó su mirada en aquellos ojos tuvo la certeza de que, a partir de entonces, haría todo lo que estuviera en su mano por hacerla feliz, incluso si, muy a su pesar, eso suponía mantenerse alejado de ella.


-Será mejor que bajemos a desayunar -dijo Edward al fin sacándolo de sus pensamientos -mis padres no tardarán en llegar -concluyó poniéndose en pie. Jasper asintió y se levantó también, siguiéndolo hacia la puerta, fijando por un momento la mirada en aquella pared que separaba su habitación de la de su prometida.


-Bella, deja ya de reírte y de brincar por la habitación -le pidió Alice que, a su vez, también reía. En ese instante, el golpe de una puerta cerrándose las sobresaltó haciendo que ambas quedasen en silencio. Al momento, Bella rompió a reír de nuevo y corrió para subirse a la cama, sentándose al lado de su prima, ambas con las piernas cruzadas sobre el colchón.


-¿No te resulta un poco extraño dormir al lado de tu prometido? -preguntó Bella.


-Reconozco que me sorprendió al principio, pero luego me explicó los motivos por los que habían decidido que ocupara desde ahora esta habitación y no me pareció tan descabellado -le aclaró Alice.


-Creo que nada de lo que él te proponga te va a parecer descabellado -afirmó su prima con tono travieso.


-¡Bella! -exclamó Alice.


-¿Qué? -se sorprendió Bella -pero si me acabas de decir que Jasper te había parecido muy agradable -se quejó ella.


-No te dirijas a él así -la reprendió en voz baja.


-Nadie nos escucha, Alice, jamás se me ocurriría llamarlo por su nombre en presencia de nadie -la tranquilizó.


Alice asintió. -De todas formas creo que deberíamos bajar la voz -le pidió.


-Está bien -protestó Bella bajando el tono. -Pero no me cambies de tema -le advirtió. Me lo acabas de describir como un perfecto caballero, ¿acaso no te agradó?


-Bueno, si -titubeó ella.


-¿Bueno, si? ¿a quién pretendes engañar, Alice?, ¡hacía semanas que no te escuchaba reír! -alegó Bella. -Su "Majestad" -dijo con retintín -pudo mostrarse como todo un gentilhombre ante ti pero, no creo que ese sea un motivo suficiente para que te hayas despertado tan animada esta mañana -le aseguró.


-Alice -insistió Bella ante el silencio de su prima.


-De acuerdo -suspiró Alice -me parece un hombre muy apuesto -aceptó al fin sintiendo como se ruborizaba.


-Entonces ¿te gusta? -preguntó con un tono de complicidad, animando a su prima a proseguir.


Alice afirmó tímidamente con un movimiento de cabeza.


-Me alegro tanto -exclamó Bella abrazándola.


-Pero ¿y si yo no le agrado? -se mostró preocupada Alice.


-¿Cómo puede ser eso posible? -la persuadió agitando las manos.


Justo en ese instante alguien llamó a la puerta.


-¿Puedo pasar, Alteza? -dijo una de las doncellas desde el pasillo.


-Sí, adelante -dijo Alice mientras ambas bajaban de la cama.


La muchacha hizo una leve reverencia al entrar en la habitación.


-Su Majestad quiere haceros saber que os espera junto con el Príncipe Edward para desayunar, tanto a vos como a la Princesa Bella, pero que si gustáis os pueden servir el desayuno aquí en vuestra recámara.


Bella miró sonriente a su prima, que también la miraba sonriendo.


-Dile a su Majestad que bajamos en un momento -confirmó Alice.


-Enseguida, Alteza -dijo la muchacha antes de hacer otra reverencia y salir de la habitación.


-¡Deprisa, Bella, ayúdame a vestirme! -exclamó Alice en cuanto la doncella cerró la puerta.


Rápidamente, Bella abrió el baúl de su prima sacando el primer vestido que encontró mientras Alice se deshacía de su camisón.


-Con que no le agradas ¡eh! -bromeó Bella mientras le abotonaba la parte trasera del vestido.


-Ya te avisé de que era todo un caballero, puede que esperarnos a desayunar sea únicamente como consecuencia de ello, así que no saquemos conclusiones repentinas -le pidió Alice echando un vistazo rápido al espejo de pie que había cerca de la cómoda. Quizás si hubiera tenido más tiempo se habría recogido un poco el cabello pero no quería hacer esperar a Jasper, así que se apresuró a pasarse el cepillo para alisarlo un poco.


Cuando abrieron la puerta para salir al corredor vieron a un par de doncellas que parecían muy inquietas, corriendo por el pasillo. Bella y Alice se miraron preguntándose cual sería el motivo de tal alteración. Justo una tercera pasó por su lado, corriendo al igual que sus dos compañeras.


-¡Muchacha! -la detuvo Alice -¿podrías decirnos que sucede? -pregunto de forma cortés.


-Alteza -dijo inclinándose rápidamente -vuestro guardia acaba de traer en volandas a su Alteza la Princesa Rosalie, parece que ha sufrido un accidente -explicó la joven alarmada que volvió a inclinarse antes de seguir con su carrera.


Ambas volvieron a mirarse de nuevo, estaba vez con el rostro lleno de preocupación para iniciar una marcha apresurada tras las doncellas y comprobar que había sucedido.


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CAPITULO 4

-Bájame ya -exigió en cuanto llegaron a la escalinata de entrada al castillo.


Lejos de acatar la orden, Emmett se bajó del caballo y la tomó en brazos, emprendiendo el camino que recorría la escalera.


-Viendo lo hinchado que está vuestro tobillo tenéis dos opciones: que yo os lleve hasta vuestra recámara o intentar hacerlo vos misma a saltitos como un conejillo del campo ¿Cuál es menos la humillante para vos? -preguntó con ironía.


Rosalie se limitó a apretar su mandíbula, ese guardia insolente estaba consiguiendo acabar con su paciencia.


-Ya me parecía a mí -concluyó por lo bajo en vista de su silencio y esforzándose para no reír. Estaba disfrutando sobremanera la situación, ¿dónde quedaban ahora su orgullo y su soberbia? Sin embargo, sabía que tanto atrevimiento por su parte podría acarrearle serias consecuencias aunque, volver a sentir esas curvas tentadoras cerca de su cuerpo bien lo valían.


-¿Dónde está vuestra habitación? -preguntó en cuanto llegó a la antesala. Rosalie no contestó, ignorándole, intentando mostrarse ofendida.


-Muy bien -dijo Emmett decidido -os llevaré a mi habitación ya que es lo único que conozco de este castillo -afirmó dirigiendo sus pasos hacia el cuartel de guardias.


-Por el corredor de la derecha -le cortó Rosalie secamente. Emmett rió para sus adentros. Era tan fácil provocarla...


No le hizo falta preguntar cual era su recámara. Las doncellas ya estaban esperándolos dentro de la habitación. La depositó lentamente sobre la cama, apartándose de ella y pronto sus manos echaron en falta el contacto de su cuerpo, las apretó contra sí en un intento de calmar ese anhelo repentino. Sus ojos se encontraron por un momento con los de ella que ardían de rabia e impotencia y maldijo por un segundo la eficiencia de las muchachas; le habría encantado prolongar su diversión un minuto más. Viéndola así, con ese aspecto enfurecido y vulnerable a la vez, le pareció aún más hermosa que la noche anterior. Aquella sensación de peligro irresistible volvió a su mente siendo sustituido rápidamente por la cautela y la prudencia; ante un riesgo de tal calibre lo mejor era alejarse.


No había dado aún un paso para marcharse cuando irrumpieron Jasper y Edward en la habitación, ambos con la preocupación reflejada en su rostro. Tanto Emmett como las camareras se inclinaron ante ellos.


-¿Estás bien? -preguntó Jasper a su hermana, tomando su mano. Ella asintió en silencio.


-¿Qué ha sucedido? -interrogó ahora dirigiéndose a Emmett.


-Su Alteza se cayó del caballo -alcanzó a decir él. Debía pensar rápido. No se le había ocurrido una posible excusa a las circunstancias de la caída de la princesa. En aquel lapso que había durado el trayecto de vuelta al castillo su mente había estado ocupada en otros menesteres.


-Un conejillo espantado se cruzó en mi camino y dama se encabritó, lanzándome al suelo. -explicó Rosalie, lo más convincente que pudo.


Emmett la miró disimuladamente, y se encontró con su mirada azul durante un segundo, en la que ahora centelleaba cierto brillo de satisfacción; así que ahora él era el conejillo...


-¿Tú estabas cerca? -preguntó Jasper a Emmett sin ocultar su desconfianza ante tal argumento, la destreza de Rosalie era notable, lo suficiente como para dominar a su yegua en tal situación.


-Sí, Majestad -afirmó Emmett. -Me dirigía...


-¡¡Emmett!! -La voz angustiada de Alice no le permitió proseguir. Alice entró apresuradamente en la habitación con Bella tras ella, y caminó hacia él, tomando una de sus manos entre las suyas.


-¿Estás bien? -Se preocupó ella.


-Tranquila, princesita, estoy bien -afirmó mientras daba golpecitos cariñosos con su mano libre sobre las de Alice.


Tanto Jasper como Rosalie y Edward se miraron durante un momento, sorprendidos, casi incomodados ante aquella muestra de afecto que estaban presenciando y que ninguno de ellos alcanzaba a entender.


-¿Qué os ha sucedido? -se interesó Bella, haciendo que desviasen su atención de ellos por un momento.


-Me he caído del caballo -le informó ella.


-¿Os habéis lastimado? -preguntó Alice que había soltado a Emmett y se acercaba a su cama.


-Me duele mucho el tobillo pero creo que es sólo una torcedura -señaló Rosalie.


-El linimento de laurel podría aliviaros, puedo ir a buscar un pequeño bote que he traído -se ofreció Bella.


-Creo que deberíamos esperar a que llegara mi padre para que te revise y descarte algo más grave antes de aplicarte nada -sugirió él. -Ya deberían haber llegado, pero mejor voy a su encuentro -decidió saliendo de la habitación sin esperar una posible respuesta.


Bella y Alice se miraron confundidas.


-Majestad, ¿vuestro tío entiende de medicina? -preguntó Bella al fin.


-Quizás desconozcáis que mi tío es el Rey Carlisle -les aclaró Jasper.


En ese momento, la expresión confusa del rostro de ambas princesas se tornó en una completa admiración. Era sabido por todos que el Rey de Meissen era un amante de la medicina y que, incluso, tras años de estudio e investigación, había acudido a la Escuela de Salerno a examinarse, como cualquier alumno, para convertirse en el primer médico de la realeza.


Aún no se habían repuesto de la sorpresa de tal información cuando vieron a Edward de nuevo, entrando en la recámara, acompañado esta vez por los que ellas supusieron que eran sus padres.


El Rey Carlisle era un hombre muy atractivo, de la misma estatura que su hijo, aunque un poco más robusto y con el pelo rubio. Su madre por su parte era una mujer muy hermosa, la viva imagen de la elegancia y la distinción, con su bello rostro enmarcado por una larga y brillante melena color miel.


-La Princesa Alice y la Princesa Bella -las señaló Edward, deteniéndose ante ellas. -Él es Emmett, el guardia personal de la Princesa Alice -añadió.


-Y ellos son mis padres, el Rey Carlisle y la Reina Esme -les indicó. Ambas los saludaron con una reverencia.


-Siento que nuestro primer encuentro sea en estas circunstancias -se disculpó el rey con una sonrisa.


-No os preocupéis, Majestad -le pidió Alice -nos hacemos cargo de la situación.


-Oh, queridas, sois preciosas -exclamó Esme con entusiasmo, a lo que ambas respondieron con una sonrisa y un toque de rubor en sus mejillas.


En ese instante, Bella reconoció los hermosos ojos verdes con que las miraba la reina, eran idénticos a los de Edward, igual de penetrantes y enigmáticos. Y también comprendió de quien había heredado su encanto y su sonrisa cautivadora, de su padre.


Carlisle se giró entonces hacia Jasper y Rosalie.


-Hijos, ¿como estáis? -les saludó rápidamente. -Edward nos ha informado por el camino de tu accidente ¿dónde te duele? -le preguntó a Rosalie sin demora.


-En el tobillo -le indicó ella.


Su tío empezó a palparle, tal y como había hecho Emmett hacía sólo un rato, añorando ahora los escalofríos que habían recorrido su piel con el tacto de sus manos. En esta ocasión, sólo el dolor se hizo presente.


-Es sólo una torcedura -pronosticó Carlisle. A Rosalie le molestó, en cierto modo, el hecho de que Emmett hubiera tenido razón, aunque no entendía muy bien el porqué.


-El linimento de laurel es lo más indicado para estos casos -aseguró el rey.


De repente, todas las miradas se centraron en Bella, excepto las de los padres de Edward que no entendían tal reacción.


-La Princesa Bella acaba de ofrecerle ese ungüento a Rosalie -les aclaró Edward, que no ocultaba su asombro. Bella notó como enrojecían sus mejillas al sentir como, ahora todos los presentes la miraban sorprendidos.


-¿Acaso sabéis de medicina, jovencita? -le preguntó el Rey.


-No, Majestad -respondió ella tímidamente -es sólo que suelo necesitarlo a menudo, por eso siempre llevo una botellita en mi equipaje -admitió ella ardiéndole ahora el rostro. El rey la miró confuso.


-Majestad, mi prima es muy dada a los accidentes -le aclaró Alice con una sonrisita. Bella agradeció para sus adentros que se hubiera referido a su declarada torpeza como "accidentes".


-¿Verdad que son encantadoras? -le sugirió la reina a su esposo, a lo que él respondió con una sonrisa.


-Pues en esta ocasión nos va a ser de mucha ayuda que seáis tan precavida -declaró él.


-¿Puedes ir a buscarlo a la recámara de la Princesa? -le pidió Jasper a una de las doncellas.


-Está en el pequeño cofre de encima de la cómoda -le indicó Bella a la muchacha.


-Y trae también unas vendas -añadió Carlisle antes de que la doncella se retirara. -Mucho me temo que hoy vas a necesitar reposo -le informó a su sobrina. -No debes apoyar el pie en absoluto. Con el linimento y un vendaje espero que estés mejor mañana.


-Pero tío -se quejó Rosalie -¡tengo muchas cosas que hacer! ¡No puedo estar en cama con todos los preparativos de la boda pendientes! Sin ir más lejos, esta tarde vienen las costureras ha empezar el vestido de la Princesa -exclamó agitada.


Alice volvió a sentir ese pálpito en su pecho aunque no sabía muy bien si era por la declaración de Rosalie, el volver a pensar en el hecho inminente de su boda o por el par de ojos azules que la observaban en ese momento. Jasper la miraba intensamente, como si intentara leer su pensamiento, su alma. Alice no pudo sostener su mirada por más tiempo, sentía que sus piernas flaqueaban.


Por suerte para Alice, la voz de su tía hizo que Jasper desviara su atención hacia ella.


-Hija, no te preocupes que para eso estoy yo aquí, yo puedo encargarme de todo -le tranquilizó su tía.


De repente, una idea acudió a la mente de Alice.


-Y tal vez las costureras podrían hacerme las pruebas del vestido aquí en vuestra recámara -le sugirió Alice.


-Y yo podría haceros compañía, incluso leeros algo si es de vuestro agrado -se ofreció Bella.


El rostro de Rosalie que se había ensombrecido por un momento al imaginarse en esa cama, postrada durante todo el día, se iluminó ante tales ofrecimientos.


-¿De verdad no os importaría acompañarme? - preguntó mucho más animada. En ese momento, la doncella regresó, entregándole la botellita y las vendas a Carlisle que, con ayuda de su esposa, se dispuso a atender el tobillo de su sobrina.


-Claro que no -le aseguró Alice. -Sólo espero -dijo ahora dirigiéndose a su prometido –que no os moleste si aplazamos nuestro paseo hasta mañana -le pidió tímidamente con miedo de molestarlo.


Jasper sonrió sintiendo como el alivio llenaba su pecho. Por un instante, había creído que Alice buscaba una excusa para anular su paseo con él pero, no sólo le estaba dando a entender lo contrario al querer únicamente posponerlo si no que se mostraba preocupada por que él pudiera sentirse molesto.


-Por supuesto que no me importa -afirmó Jasper -al contrario, os agradezco, a ambas la consideración que estáis teniendo para con mi hermana -concluyó él.


-Imagino que vuestra sorpresa también deberá esperar hasta mañana -supuso Edward dirigiéndose a Bella.


-¿No os importa? -le preguntó ella esperando que él tampoco se ofendiese.


-No os preocupéis -negó él.


-Quisiera pediros algo más -añadió Bella dubitativa.


-Lo que deseéis -accedió él sonriendo.


-Se trata del libro del que me hablasteis anoche -continuó Bella tratando de dominar su voz ante aquella sonrisa arrebatadora. -Me preguntaba si éste sería un buen momento para que me lo prestaseis. Será una lectura mucho más amena que Platón -supuso.


-Por supuesto -respondió Edward, inclinando su cabeza servil.


En ese momento, Jasper tiró disimuladamente de su túnica. Así que le había sometido a todo un interrogatorio hacía menos de una hora cuando él se había reservado el contarle sobre su conversación con Bella de la noche anterior y que parecía que había dado frutos. Viendo que Edward tenía toda la intención de evitar su curiosidad le dio un pequeño pisotón, lo que hizo que finalmente su primo acabara mirándolo.


-Luego te explico -le susurró entre labios de modo que resultase imperceptible para todos menos para él.


-Todo resuelto, entonces -exclamó Edward librándose así del acoso al que tenía pensado someterlo su primo.


-Eso parece -le dijo Jasper mirándolo divertido. Si creía que iba a escapar, es que no lo conocía lo suficiente.


-Majestad- le llamó Emmett. Jasper se giró para mirarlo. Le hubiera encantado decir que casi se había olvidado de su presencia pero aún estaban presentes en su oído y en su retina la forma en que él y Alice se habían tratado hacía unos instantes.


-Quisiera presentarme ante vos para discutir cierto asunto -solicitó Emmett mientras se inclinaba como muestra de respeto.


-De acuerdo, pero supongo que querrás hacerlo de un modo algo más presentable -le espetó Jasper recorriéndolo con la mirada de pies a cabeza.


Sintió como se le tensaba la nuca. Podía palpar, saborear su irritación, pero el canalizarlo hacia las ropas húmedas y desaliñadas del guardia estaba siendo infantil y de poca utilidad. A Emmett, por su parte, no le pasó inadvertida la dureza de las facciones del rey, así que se limitó a afirmar con un movimiento de cabeza.


-Estaré en mi escritorio, en el torreón sur -le informó. Emmett se inclinó a modo de despedida, no sin antes girarse para mirar a Alice, en cuyo rostro se reflejaba la incomodidad ante la situación que estaba presenciando.


-Después conversaré contigo, Emmett -le dijo mientras él le dedicaba media sonrisa, antes de que se encaminase a la salida.


Alice no terminaba de entender el tono de hostilidad en la voz de su prometido, hasta ese momento se había mostrado muy amable y cortés. Quería saber en que términos se había llevado a cabo la plática entre ellos, pero, sobre todo, quería asegurarse de que Emmett fuera considerado tal y como ella esperaba, y, si era necesario, trataría ese asunto personalmente con su futuro esposo.


-Esto ya está -informó Carlisle revisando el vendaje. -Y ya sabes, reposo absoluto -le ordenó a su sobrina que lo miraba con una mueca de disconformidad.


-Quizás deberíamos pedir que nos trajeran el desayuno aquí -le sugirió Bella a su prima. Si se proponían acompañar a la princesa en su reclusión podrían empezar ya.


Alice estuvo de acuerdo con ella y decidió dejar de lado, por el momento, su preocupación por Emmett; ya se encargaría de eso después.


-Me parece una gran idea -respondió alegremente. Rosalie les agradeció el gesto con una gran sonrisa.


-En vista de que te dejamos en la mejor de las compañías, nosotros vamos a nuestra recámara a asearnos después del viaje y a comer algo. Luego vendré a ver como sigues -le informó su tío.


-Y no te angusties, yo me encargaré de todo -añadió su tía. Rosalie asintió.


-Confío en que luego tendremos ocasión de conversar, jovencitas -concluyó Carlisle mientras Esme sonreía ampliamente uniéndose a su petición.


-Claro que sí, Majestad -afirmó Alice en nombre de las dos. Tras eso, Carlisle tomó la mano de su esposa y abandonaron la habitación.


-Nosotros también nos retiramos. Espero que paséis un día entretenido -anunció Jasper dirigiéndose a las tres jóvenes. -¿Me acompañas, Edward? -le preguntó.


-Sí -le respondió -Enseguida os haré llegar el libro, Alteza -dijo mientras se inclinaba, despidiéndose. Jasper hizo lo mismo y salió tras él.


-No tan rápido -le advirtió ya en el pasillo, acelerando el paso para alcanzarlo. -¿Qué fue eso de Platón y de una sorpresa? -quiso saber Jasper, yendo directo al tema.


-Su Alteza llevaba anoche consigo "Los Diálogos" de Platón.


Jasper se mostró sorprendido ante tal afirmación.


-Imagino que esa fue la misma expresión de mi cara cuando me confirmó que el tomo era suyo -admitió Edward.


Jasper continuó en silencio, esperando que continuara.


-Me ofrecí a prestarle "La Eliada", eso es todo -le aclaró.


-¿Y la sorpresa? -preguntó maliciosamente.


-Quería mostrarle la biblioteca -le explicó. Jasper paró repentinamente.


-¿La biblioteca? -preguntó lleno de asombro. -Debido a mi falta de experiencia en lo que al cortejo se refiere, quizás, mi concepto del romanticismo pueda estar distorsionado pero... ¿la biblioteca? -se extrañó.


-Es que mis intenciones son del todo inocentes, primo -le informó, instándolo con un movimiento de manos a continuar con su marcha.


-Me duele que tengáis en tan baja estima mi inteligencia, primo -bromeó con sarcasmo, mientras Edward resoplaba sabiendo que estaba lejos de zanjar el tema. -La Princesa Bella es hermosa, a la vista está, e inteligente, tiene que serlo ante tales gustos literarios. No dudo que sea poseedora de muchas más cualidades pero, conociéndote, esa simple combinación es más que suficiente para despertar tu interés -le aseguró con cierta mofa en su voz.


-Por eso nunca te has decidido seriamente por ninguna de las jóvenes que conoces -continuó Jasper en vista de su silencio. -Como la Princesa Tanya -dijo con sonrisa pícara.


-La Princesa Tanya es una frívola, Jasper. Yo busco algo...


-Menos superficial, que no sea una muñeca de porcelana, bonita y frágil por fuera pero hueca por dentro -le interrumpió, transmitiendo el mismo pensamiento que abordaba la mente de Edward.


-Estoy convencido, al igual que tú, de que la Princesa Bella, es mucho más que eso -le aseguró Jasper. -Y creo que, al menos vale el esfuerzo de querer averiguarlo -le animó.


-Es posible -declaró, deteniéndose ante la puerta del escritorio. -Imagino que querrás hablar con él a solas -supuso, cambiando bruscamente de tema, dando por terminado el asunto, al menos de momento. Al instante, el rictus de Jasper se endureció, mientras asentía.


-Te veré luego, entonces -se despidió. -Seguro que hay una buena explicación -le alentó Edward con una pequeña palmada sobre su hombro justo antes de marcharse.


Jasper entró a la dependencia, cerrando la puerta tras de sí. En el corto recorrido hasta el buró repetía en su mente una y otra vez lo que le acababa de decir su primo; seguro que hay una buena explicación. Lejos de sentir alivio, una punzada de dolor enfrió su pecho, dando paso a un resquemor y una angustia desconocidos para él. Respiró hondo, haciendo acopio de toda su entereza para serenarse. Nunca fue dado a dejarse dominar por impulsos y no iba, no debía ser ésta la primera vez. Volvió a inhalar lentamente y por fin, poco a poco, el alivio llenó su interior. Sólo un momento después unos nudillos llamaban a la puerta.


-Adelante -dijo desde su mesa. Emmett, vestido ahora con su pulcro uniforme, se presentó ante él, haciendo una reverencia.


-¿Qué quieres discutir conmigo? -le preguntó.


-Majestad, antes que nada, quisiera pediros disculpas de antemano si en algún momento consideráis mi discurso demasiado directo -le pidió Emmett. Jasper se sorprendió ante tal petición pero, valoró su sinceridad.


-Al contrario, te agradecería que así fuera -le aseguró Jasper.


-Entonces, Majestad, permitidme que os hablé sobre Su Alteza, la Princesa Alice -solicitó Emmett. A pesar de haber sido prevenido por el guardia, Jasper no pudo evitar que de nuevo, esa punzada de dolor invadiera su pecho al escuchar el nombre de su prometida de labios de aquel muchacho.


-¿Hay algo que debería saber? -le interrogó.


-Majestad, entiendo que aún no habéis tratado a Su Alteza lo suficiente como para saberlo pero, en cuanto la conozcáis os daréis cuenta inmediatamente de que es la persona con el alma más pura, limpia y cándida que hay sobre la faz de la tierra -declaró.


Jasper se asombró ante tan apasionada manifestación. Sin embargo, aún sin saber a donde quería llegar con tal afirmación, le dejó continuar.


-Majestad, me siento en la obligación de disipar cualquier duda que haya podido acudir a vuestra mente por lo sucedido hace un momento -dijo en tono firme.


Jasper siguió mudo y más impactado si era posible. Emmett no bromeaba cuando dijo que iba a ser directo.


-Dicha situación sólo es comparable al comportamiento de una muchacha hacia su hermano mayor -le aseguró Emmett.


-¿Podrías explicarte un poco mejor? -habló al fin Jasper, que no lograba entender de que hablaba.


-Dejadme que os ponga en antecedentes de mi relación con Su Alteza -le pidió.


-Por favor -asintió Jasper.


-Como sabéis, el Rey Laurent siempre se ha mostrado hostil, con claras intenciones de invadir el Reino de Asbath, que siempre se ha mantenido firme gracias a su valeroso ejército -le informó.


-Sí, estoy al tanto de las hazañas de sus valientes soldados -afirmó Jasper.


-De lo que quizás no estáis al tanto es de que ese no ha sido el único flanco de ataque del Rey Laurent -le dijo Emmett.


-¿A qué te refieres? -quiso saber.


-Hace un par de años, cuando yo todavía formaba parte de ese ejército y, tras ciertos ataques sorpresa e infructuosos, por supuesto, decidimos infiltrar a uno de nosotros entre sus filas. Fue todo un acierto pues nos fue revelado el malvado plan que estaban urdiendo para asestar un golpe casi mortal al Reino. No es necesario entrar en detalles, sólo os diré que planeaban secuestrar a Su Alteza, no sólo eso, estaban dispuestos a asesinarla si así conseguían doblegar al difunto Rey.


A Jasper se le heló la sangre. En todos sus años al frente de sus tropas, siempre había trazado sus planes y estrategias bajo el noble arte de la guerra pero con aquello, la máxima de "someter al enemigo sin luchar es una muestra de sabiduría" se había convertido en un vil, cruento y desalmado


ultraje.


-Informamos rápidamente a Su Majestad -prosiguió Emmett -y a mí mismo se me asignó la tarea de poner a Su Alteza a buen recaudo. Por supuesto, ella nunca supo que sucedió en realidad. Disfrazamos aquella evasión tras una simple vacación, una visita a su prima, la Princesa Bella, eso sí, intentando que fuera lo más encubierto posible para poder interceptar a sus raptores.


-¿Y eres su guardia personal desde entonces? -le preguntó Jasper.


-Sí, Majestad -afirmó Emmett. -Se me ordenó explícitamente vigilar a Su Alteza en todo momento. Como era de esperar, ella no comprendía a que se debía tal salvaguardia, pero Su Majestad le aseguró que eso otorgaría algo de tranquilidad a su cansada y envejecida mente. Para Su Alteza, ese fue un motivo más que suficiente, su corazón no entienden de maldad, malicia o malas intenciones y nunca sospechó la verdadera naturaleza de mi presencia cerca de ella.


-Entiendo cual ha sido tu cometido hasta ahora, pero eso no explica tu relación con la Princesa -le instigó Jasper.


-Sé que no es una justificación para mi conducta pero, es prácticamente imposible no rendirse ante el espíritu impetuoso, jovial y candoroso de Su Alteza. Todos en el castillo la adoran -admitió con una sonrisa que denotaba devoción. Jasper se maravilló al ver como aquel muchacho de aspecto fuerte y recio, todo un guerrero, se refería a la Princesa con tanta ternura.


-Siempre se ha mostrado amable, cercana con su servidumbre -continuó. -Nunca se ha dirigido a nosotros con prepotencia o soberbia, creo que jamás sería capaz de hacerlo, no está en su esencia.


Jasper sintió por un segundo envidia, rabia tal vez. Se preguntaba cuanto tiempo tendría que pasar para que él pudiera conocer el alma de su prometida tal y como la conocía él.


-Pronto se acostumbró a mi compañía y cada vez mostraba más signos de confianza y cordialidad hacia mí. Por supuesto, yo siempre me mantuve en mi posición, jamás me extralimité y nunca le falté el respeto, aunque ella seguía mostrándose cada vez más afectuosa. Llegó un momento en que era como si estuviera, y perdonad el símil, echando de mi regazo a un gatito que ronroneaba reclamando atención y muchas veces la tristeza asomaba a sus ojos cuando yo me mantenía firme y frío ante sus bromas y sus risas. Hasta que un día, casi al borde de las lágrimas me hizo conocedor de su desilusión ante mi indiferencia, pues, según ella, veía en mí al hermano mayor que siempre quiso tener.


Jasper estudió con atención el rostro de Emmett, ensombrecido ante aquel recuerdo y, pudo adivinar, de que forma le afectó aquella declaración.


-Os juro por mi honor que jamás pensé en ella de otra forma, Su Alteza sólo me inspiraba un gran cariño y afecto fraternal -le aseguró con fervor, intentando ser convincente con palabras. Y no sólo le convenció, Jasper sintió como ese nudo en su pecho se desvanecía y el aire volvía a llenar sus pulmones.


-Decidí comportarme más afable, con ella, sin romper nunca los límites del respeto y ella parecía cada vez más feliz -recordó con una sonrisa de satisfacción.


-Además, debo reconocer que lo inusual de nuestra relación me ayudó en mi cometido -añadió Emmett.


-¿En qué sentido? -preguntó Jasper confuso.


-En estos dos años he alcanzado a comprender el carácter ingenuo y espontáneo de Su Alteza y, aunque no puedo adivinar sus reacciones, puedo intuirlas -le aclaró. -Además, el hecho de que confíe en mí hace que no cuestione mis recomendaciones o indicaciones. Es consciente de que cada una de ellas es por su bien y las sigue sin dudarlo -concluyó.


Jasper asintió, comprendiendo ahora a que se refería.


-Por eso, Majestad, tengo dos peticiones que haceros -anunció Emmett.


-¿Y cuáles serían? -instó Jasper.


-Ante todo, os ruego que no dudéis jamás de su inocencia, Majestad. Su Alteza es una joven dulce, bondadosa que no merece ningún tipo de desconfianza o recelo por vuestra parte -Emmett se tensó por la incertidumbre. No le importaba si reprobaba su actitud o no, pero no podía permitir que la princesa resultase dañada por su causa.


Jasper se sorprendió de nuevo ante tal muestra de lealtad para con su prometida y con que vehemencia defendía la honorabilidad de la joven.


-Te prometo que no la juzgaré -le aseguró, haciendo que Emmett liberara parte de su tensión. -¿Y cuál sería la segunda? -quiso saber.


-Que me permitáis seguir siendo su guardia personal -solicitó Emmett de modo firme. -Estoy seguro de que vuestra guardia desempeña sus funciones de forma infalible pero creo que, tomando como ventajas lo que os acabo de explicar, mi desempeño sería mucho más efectivo -le aclaró.


-¿Acaso crees que Su Alteza va a necesitar protección? -preguntó Jasper con cierta preocupación.


-Majestad, entiendo que sois consciente de que vuestra alianza matrimonial acarrea el lastre de ganar un enemigo -puntualizó Emmett.


Jasper asintió.


-¿Piensas que podrían tratar de atentar contra ella de nuevo? -supuso.


-No puedo asegurarlo, Majestad pero, como buen estratega que sois sabéis que el mejor ataque es una buena defensa -le recordó.


-Tienes razón -admitió Jasper, agradeciendo su cautela. Un escalofrío recorrió su espalda con la sola posibilidad del peligro cerca de Alice.


-Está bien -aceptó finalmente. -No puedo negar que me he sentido molesto hace unos momentos por el comportamiento de ambos, dadas las circunstancias, pero, después de escucharte puedo tratar de entenderlo -reconoció Jasper.


-Si creéis necesario que abandone vuestro Reino y vuelva a Asbath si así os convencéis de su honestidad me marcharé inmediatamente -insinuó Emmett


-Y eso te honra, pero no será necesario -le aseguró. -Puedes seguir a cargo de su protección y siéntete libre de darles nuevas pautas y directrices a mi guardia si con ello podemos prevenir cualquier tentativa por parte del Rey Laurent.


-Os lo agradezco enormemente, Majestad -declaró Emmett.


-No me cabe duda de que cumplirás con tu cometido de forma eficiente -le confirmó. -Además, imagino que mi decisión complacerá a la Princesa -admitió.


Esa afirmación tranquilizó a Emmett, ya no sólo por el hecho de que el rey se preocupara por la seguridad de su prometida si no porque también se preocupaba por su bienestar, casi se atrevía a decir que por su felicidad. Sí, pensó, Alice podría ser feliz allí.


-Estoy convencido de que se alegrará al saberlo -le confirmó. Una pequeña sonrisa asomó a los labios de Jasper, la primera desde que se había presentado ante él.


-Majestad, estoy a vuestras órdenes -se cuadró Emmett.


-Puedes retirarte -le indicó Jasper. Acto seguido Emmett se inclinó y se dispuso a abandonar la dependencia.


Jasper se quedó allí sentado, tratando de asimilar su conversación con el guardia de Alice. Ahora sabía que su malestar había sido innecesario, incluso cierta culpabilidad se hizo presente. Recordó la descripción que Emmett había hecho de su prometida. Sin que hubiera sido consciente al hacerlo, le había dado otro motivo para agradecer su decisión de querer convertirla en su esposa.