Dark Chat

miércoles, 12 de mayo de 2010

Mi Corazon En Tus Manos

CAPITULO 9


Emmett caminó lentamente hacia la cocina mientras masajeaba su dolorido hombro. Cuando Peter, que estaba sentado a la mesa, lo vio entrar no pudo contener el sonreír con mofa. Le hizo una seña para que se sentara a su lado mientras Charlotte, una de las doncellas, les servía el desayuno.


-Gracias a Dios que el Rey Carlisle te revisó las heridas -le dijo Peter -Si la reina no hubiera insistido para que te trataran esos golpes hoy no te podrías mover -se rió. Emmett lo miró haciendo una mueca.


-Aún no me explico que fuerza imperiosa te obligó a actuar así -se maravilló el capitán.


-Yo tampoco me lo explico -susurró Emmett para el cuello de su camisa.


-Pero disfruté cuando le pateaste el trasero a ese sangre azul -le palmeó en la espalda haciendo que Emmett emitiera un gruñido de dolor.


-Oh, lo siento, Emmett -se disculpó Peter. -Creo que hoy no deberías acudir a la instrucción -le sugirió. -Los muchachos soportarán que por un día no sigas adentrándolos en el oscuro mundo de la intriga y el espionaje.


-¿Desapruebas mis métodos? -le cuestionó Emmett mientras llenaba su jarra de vino dulce.


-Sabes que no y menos después de lo que me has contado -le aseguró.


-Entonces ¿has hecho lo que te pedí? -le preguntó el guardia.


-Sí, Benjamin partió de madrugada -le confirmó Peter.


Emmett asintió antes de vaciar el contenido de su jarra.


-Aunque como te dije ayer, creo que deberías poner al rey al corriente -le advirtió el capitán.


-No es necesario alarmar a nadie por una ligera sospecha -le contradijo.


-Sí pero...


-Y te rogaría que no lo comentases con nadie -le interrumpió. -En caso de que fuera cierto sería una complicación si llegase a oídos inadecuados.


Peter concordó con un movimiento de cabeza.


-Por ahora con estar prevenidos será más que suficiente -concluyó Emmett mientras se levantaba y se dirigía a la puerta. -Te espero en el Patio de Armas.


-Muy bien. Creo que les pediré a los chicos que lleven una vasija con linimento de laurel para el entrenamiento -se rió Peter al ver su gesto dolorido al caminar. Emmett le dedicó un mohín mientras salía de la cocina.


-Me consideráis demasiado ingenio si pretendéis hacerme creer que ese es el único motivo por el que queréis quedaros -la voz de Jacob resonó en la antesala.


-¿Queréis hacer el favor de bajar la voz? -le reprendió Bella.


-¿Tenéis miedo de que me escuche vuestro Príncipe Edward? -le inquirió lleno de sarcasmo.


-Ya os he dicho que no hay tal cosa -le aseguró Bella -Y sí, no quiero que nadie escuche nuestra absurda discusión, Alteza. Os recuerdo que somos invitados en este castillo.


-Sí, comportémonos. O sus padres pensaran que una princesa tan poco recatada no es digna de su hijito adorado -añadió él con tono hiriente.


-¡Jacob!, ya es suficiente -le instó Bella. -Estáis sobrestimando el concepto que tengo de nuestra amistad, además de sobrepasar el límite aprovechando que os tengo estima y que no quiero ser descortés con vos -le reprochó.


-¿Descortés en qué sentido? -quiso saber él. -¡Decídmelo! -insistió en vista de su silencio.


-Le he dado las explicaciones pertinentes a mi padre, como es mi deber -dijo Bella al fin. -Y os las estoy dando a vos sin necesidad de hacerlo pues no hay ningún tipo de vínculo entre nosotros que me obligue a ello, excepto el de nuestra amistad. Si vos pensáis que si lo hay, me veré en la obligación de aclararos que no es así y de pediros encarecidamente que os abstengáis de hacerme reproches que no os corresponden.


-Sí, tenéis razón al afirmar que no tengo derecho alguno para reprocharos nada -dijo entre dientes -pero, tan cierto como que por mis venas corre la sangre de los Antiguos Reyes de Dagmar, que haré todo lo que esté en mi mano para que eso cambie.


Dicho esto, giró sobre sus talones y comenzó a bajar la escalinata hacia el patio exterior. Bella permaneció estática mientras lo observaba salir, sin terminar de explicarse a que se debía ese cambio tan brusco en el joven. Jacob siempre se había mostrado afable y respetuoso y no entendía el porqué de su comportamiento tan tosco de esos últimos días. Bella escuchó pasos acercándose a ella y volvió su rostro para comprobar que era su padre.


-¿Has visto a Jacob? -le preguntó desde lejos.


-Te espera fuera, padre -le indicó.


-Muy bien. -Charles se detuvo ante ella.


-Gracias por permitirme permanecer un tiempo más aquí -sonrió Bella.


-No creas, no estoy del todo convencido -dudó Charles.


-Padre -quiso replicar Bella.


-De acuerdo, dejaré que te encargues de esa escuela tuya -concordó reticente -He de reconocer que ha estado funcionando bastante bien en Breslau.


-Y en Asbath -añadió con aire triunfal. Charles resopló.


-Aún así, en cuanto lo organices todo quiero que vuelvas a Breslau -le ordenó.


-¿Por qué la urgencia, padre? -preguntó ante tal seriedad.


-Hay otro asunto del que debes hacerte cargo -le informó.


-¿A qué te refieres? -se extrañó Bella.


-A tu matrimonio.


Bella sintió que todo el aire de sus pulmones la había abandonado de súbito. No podía creer que eso estuviera pasando.


-Pero creí -titubeó. -¿Me has concertado un matrimonio? -Bella hizo un gran esfuerzo por contener las lágrimas que inundaban sus ojos.


-No, hija -la contradijo rápidamente. -En su día te otorgué cierta libertad para ello y no pienso retirar mi palabra ahora -le aclaró -aunque bien sabes cual es mi preferencia.


-El Príncipe Jacob -susurró Bella bajando el rostro.


-Como te dije en su día, estoy dispuesto a escuchar tu propuesta pues sé que te guiará tu buen juicio pero, no puedo esperar eternamente, Bella -objetó Charles.


-¿Me estás dando un ultimátum? -le reprochó.


-No es eso y lo sabes. Pero tienes que aceptar que tienes edad más que suficiente para casarte -añadió. -Sólo quiero que empieces a tomarte ese asunto con la debida responsabilidad. Al fin y al cabo, en un futuro, mi reino pasará a manos del que sea tu esposo.


Bella no pudo discutir tal alegato, por mucho que le doliera, su padre tenía razón. Era su deber como princesa heredera el unirse en matrimonio con alguien apropiado. Y visto así parecía un simple negocio, una simple transacción.


Era ese el motivo por el que se mostraba siempre tan estricta con Alice y sus sueños de princesita romántica enamorada del príncipe azul. Eso estaba prohibido, no les estaba permitido. Eran ilusiones efímeras y tan frágiles como una burbuja de jabón y era insensato dejarse llevar por ellas, resultaba mucho más doloroso al tener que enfrentar la verdadera realidad.


-Está bien. En cuanto organice la escuela regresaré a Breslau, completamente predispuesta a complacerte -aceptó al fin con resignación. -Pero tienes que prometerme que no aceptarás ningún compromiso en mi nombre -le pidió.


Charles afirmó con la cabeza y se aproximó para abrazar a su hija.


-Te voy a extrañar -le dijo.


-Cuidate mucho, padre. Hasta pronto.


Charles besó a su hija en la frente y se separó de ella para marcharse. Bella lo vio dirigirse hacia Jacob, que lo esperaba al pié del carruaje. Bella se preguntó si habría sido preferible enfrentar de una vez su destino, en vez de dilatarlo al querer permanecer por más tiempo en aquel castillo.


Alice respiró profundamente antes de llamar a la puerta. Hubiera preferido no encontrarse en semejante situación, pero no podía negarle nada a Bella. Además, sabía que esa idea repentina de formar la escuela había sido la primera excusa plausible que le había venido a la mente al tratar de justificar frente a su padre sus deseos alargar su estadía en Los Lagos.


La voz de Jasper sonó desde el interior del escritorio instándole a entrar.


-¿A qué debo tan grata visita? -preguntó levantándose con una sonrisa dibujada en sus labios.


-Quisiera discutir algo con vos -respondió.


-Decidme, mi señora -Jasper le indicó que se sentará.


-En realidad, vengo a solicitar vuestro permiso, mi señor -rectificó dudando.


-¿Permiso? -preguntó extrañado -¿Para qué?


-Para formar una escuela -dijo quedamente. -Os aseguro mi señor que Bella sabe lo que hace -se apresuró a aclarar. -De hecho, sería la tercera escuela que formaría. En Asbath, los aldeanos están muy contentos pues es una forma de que sus hijos más pequeños que aún no están en edad de trabajar estén atendidos y sean educados. Bella está muy entusiasmada, como siga así va a escolarizar cada reino sobre la faz de la tierra. Le tengo dicho que...


Jasper alzó su mano pidiéndole que detuviese tan atropellado discurso. Alice guardó silencio bajando su rostro, al darse cuenta de que, de nuevo, se había excedido en su proceder.


-No lo creo necesario -le informó.


-¿Entonces no lo aprobáis? -le preguntó Alice con una clara nota de decepción en su voz.


-Quiero decir que no es necesario que pidáis mi consentimiento para tomar ese tipo de decisiones. Sois soberana de estas tierras y tenéis el justo derecho de decidir -le aclaró.


-Pero soy inexperta, mi señor y me aterra el errar en mi decisión y llegar así a perjudicar el futuro de nuestro pueblo -admitió resignada.


-No creo que una escuela sea algo que pueda perjudicar a nuestro pueblo, más bien todo lo contrario -la contradijo sonriendo.


-Sabéis a lo que me refiero -quiso reprocharle. -No podéis negar que conlleva una gran responsabilidad.


-Disculpadme -le dijo -y sí, claro que os entiendo. Muchas veces me he encontrado en ese tipo de situaciones, el hallarte en una encrucijada de esa índole sin una mano amiga que se tienda ante ti indicándote el camino a seguir.


Alice asintió y fijó sus ojos en sus manos que descansaban sobre su regazo, pensativa.


-¿Sucede algo, mi señora? -se preocupó Jasper al ver su expresión. Alice vaciló antes de continuar.


-Pensaba que, además de soberanos, somos esposos y como tales deberíamos apoyarnos -dijo sin levantar su mirada. Jasper no pudo ocultar su asombro ante tal afirmación.


-Ya sé que yo necesito vuestro consejo más que vos el mío -reconoció Alice. -Sólo puedo ofreceros una visión diferente a la vuestra que tal vez os diera algo de claridad en momentos de indecisión -concluyó tímidamente.


-¿Compartiríais conmigo vuestras inquietudes e ideas? -preguntó Jasper con cierta expectación en su voz.


-Si vos quisierais escucharlas -titubeó.


-Estaría encantado, mi señora -sonrió Jasper. Alice le devolvió la sonrisa. -No dudaré en llamaros cuando algún asunto de estado me aflija.


-Espero no induciros a enemistaros con todos los Reinos colindantes y provocar una guerra entre ellos -alegó con preocupación. Jasper no pudo evitar reír con su ocurrencia.


-Aunque dudo que se diera el caso, tengamos un poco de confianza en nuestro juicio -dijo aún riendo. Alice rió también en respuesta.


-¿Entonces aprobáis la idea de la escuela?


Jasper la miró disconforme.


-Creo que es un buen momento para poner en práctica el pequeño acuerdo que acabamos de establecer.


Alice sonrió tímidamente mientras asentía.


-¿Apoyáis mi decisión, mi señor? -reformuló la pregunta.


-Por supuesto, mi señora -afirmó Jasper con satisfacción. -Es más, os aconsejo que ocupéis la sala cercana al dispensario. Tiene muy buena luz y está en desuso actualmente.


-Muchas gracias -le sonrió Alice mientras se levantaba. -Si no necesitáis de mi "visión" me retiro -añadió con gracia.


Jasper sonrió ampliamente. Sin duda aquel ángel de ojos grises había llegado a su vida para alegrar sus días y llenar de calor su corazón.


-Por desgracia la tarea que me ocupa es bastante tediosa, pero cuando me halle ante un asunto más interesante os lo haré saber -le dijo mientras se acercaba para tomar su mano y acompañarla a la puerta.


-Os veré en la comida -dijo mientras besaba su mano.


-Hasta entonces -se despidió ella antes de cerrar la puerta.


Jasper volvió a su mesa con el corazón palpitante ante esa nueva esperanza que se abría paso ante él. Puede que no fuera más que un pequeño acercamiento en su relación, un pequeño lazo que unía un poco más sus almas, pero era más que suficiente para alimentar su anhelo por conseguir el amor de Alice, que era lo que más deseaba en el mundo.


-No puedo creer que no lo hayáis escuchado -dijo Tanya mientras ojeaba con gesto aburrido uno de los tomos que había sobre la mesa. -Siento curiosidad por saber a que se han debido tales reproches.


Edward guardó silencio mientras continuaba con su lectura, mostrando así su indiferencia ante el monólogo de Tanya. Sin embargo, ella no tenía intención alguna de darse por aludida.


-Y os aconsejo que no esperéis que la princesa acuda a vuestra "cita" -insinuó continuando con su malintencionado discurso. -Ha de estar francamente afligida después de conocer la noticia.


Para su satisfacción, su malicia tuvo efecto, haciendo que Edward, al fin, apartase la vista de su libro.


-¿Y que noticia podría ser para que, según vos, esté tan afligida? -la inquirió.


-En cuanto vuelva a Breslau deberá contraer matrimonio -dijo de modo premeditado y sin ninguna dilación, observándolo detenidamente, estudiando sus reacciones. Le complació ver como se tensaba su mandíbula y como emblanquecían sus nudillos mientras apretaba sus dedos contra el libro. Su intención era provocarlo y lo había conseguido.


-Imagino que el Príncipe Jacob será el afortunado, pero no podría asegurarlo -añadió la princesa con suspicacia.


-¡Pero Alteza! -exclamó Edward con fingido asombro -Realmente no puedo creer que hayáis fallado en vuestra autoimpuesta misión como alcahueta. -le recriminó con sorna haciendo que Tanya palideciera ante una acusación tan certera.


-Deberíais agradecerme que os ponga sobre aviso -trató de defenderse -Como amiga vuestra me afecta veros perder el tiempo con la princesa o peor aún, veros hacer el ridículo.


-Alteza, en cuanto a lo que al ridículo se refiere, no miréis la paja en el ojo ajeno, sino mirad primero la viga en vuestro propio ojo -sentenció Edward.


-¿Qué queréis decir? -preguntó haciéndose la ofendida.


-Perdonadme, Alteza, si vos no veis reprochable vuestro comportamiento, yo no soy quien para hacerlo -se disculpó. Por mucho que la actitud de la princesa fuese reprobable no tenía derecho a desquitarse con ella, a pesar de que ella misma lo provocase con sus insinuaciones con respecto a Bella.


-Podríais serlo si quisierais -dijo de modo insinuante mientras se acercaba a él. -Creo que os he dado clara muestra de mi interés por vos y me atrevería a decir que yo no os soy del todo indiferente -sugirió Tanya mientras se aproximaba más y más a él.


-Por favor, no continuéis -le pidió apartándose bruscamente de ella. -No puedo permitir que prosigáis en vista de que, definitivamente, habéis malinterpretado mis atenciones para con vos.


Tanya lo miró confusa.


-El único interés que tengo en vos es el de vuestra agradable compañía, nada más -sentenció Edward.


-No os entiendo -balbuceó.


-Creo que habéis confundido mi caballerosidad con otro tipo de muestra de afecto o galantería -le aclaró.


Tanya palideció al sentirse ciertamente rechazada. No era tan ingenua como trataba de aparentar. Por estar cerca de él había hecho caso omiso a su indiferencia, indiferencia que casi se había tornado en frialdad y desdén en esos últimos días. Y estaba completamente segura de cual era el motivo.


-Seguro que la Princesa Bella tiene algo que ver con este cambio en vuestra actitud -la culpó mientras apretaba los puños contra su cuerpo que temblaba de forma incontrolada por la ira y la rabia que la invadían.


-Alteza, como sería eso posible si vos misma me habéis informado de que va a casarse en cuanto se vaya -la contradijo.


-Ya pero...


-Os lo ruego, Alteza, no quiero parecer grosero con vos -le pidió. -No tengo intención alguna de censurar vuestro comportamiento, al contrario, disculpadme por no haberos comprendido antes y así sacaros de vuestro error.


Tanya aflojó sus puños al sentirse derrotada. Era absurdo seguir negando lo evidente, Edward no la amaba, no lo había hecho nunca y era estúpido querer forzar la situación intentando provocar algo que nunca ocurriría. Al contrario, si continuaba por ese camino lo más probable sería que finalmente perdería su amistad que sí parecía ser sincera. A pesar de su propósito claro de querer molestarlo hablándole de Bella de ese modo, él se mostraba cortés y respetuoso y, aunque la estaba rechazando, trataba de hacerlo del modo más suave posible.


-Sabéis, de repente estoy empezando a sentir una gran nostalgia de mi hogar -sonrió ella con tristeza. -Creo que trataré de convencer a mi familia para que nos vayamos hoy mismo.


-Alteza...


-De hecho este es un buen momento para despedirnos ¿no creéis? -le cortó mientras alargaba su mano. -Confío en que volveremos a encontrarnos -le dijo sin ninguna sombra de rencor en su voz.


-Por supuesto -respondió tras besar su mano.


Y sin más abandonó la biblioteca. Edward sintió que un sabor agridulce acudía a su garganta y una mezcla de sentimientos difíciles de ignorar. No podía evitar sentir pena por Tanya al haber roto sus ilusiones y casi se sentía culpable al haber pensado en ella como un estorbo en su relación con Bella. Fue ahí cuando ese sabor en su garganta se tornó amargo, recordando lo que Tanya le había revelado. ¿Sería cierto que Bella debía casarse? y nada menos que con Jacob. Si tal y como había dicho la princesa, ella estaba tan afligida sería porque estaba en desacuerdo con esa unión pues, de lo contrario, se habría marchado con su padre, ya que su matrimonio sería un asunto más importante que su idea de formar la escuela. ¿Le daba eso alguna posibilidad?


Miles de ideas acudían a su mente y ninguna de ellas le ayudaban a explicar su incertidumbre. Deseaba que Bella llegara cuanto antes y poder disipar sus dudas. Verdaderamente se estaba retrasando, quizás Tanya tenía razón después de todo al afirmar que no acudiría a su cita.


Edward había empezado a perder las esperanzas cuando escuchó que se habría la puerta. Su corazón comenzó a palpitar con fuerza en su pecho al verla por fin.


-Temí que ya no vinierais -respiró con alivio.


-Disculpadme, Alteza. Me he entretenido dándole indicaciones a las muchachas para que acondicionen correctamente la sala que vamos a utilizar para la escuela -le explicó.


-Ya veo -sonrió Edward -Dejadme que os felicite por tan brillante idea.


-Gracias -sonrió Bella. Pero era una sonrisa tan apagada. Edward contempló esa mirada carente ahora de su usual brillo y su semblante mucho más pálido de lo habitual. Por un momento pensó que no estaba afligida, si no, enferma.


-Alteza, ¿os encontráis bien? -quiso saber Edward -Estáis pálida. Si queréis puedo hablar con mi padre.


-No os preocupéis, os lo ruego. Quizás me ha afectado un poco la despedida con mi padre -mintió Bella y, a pesar de su esfuerzo, no pudo impedir que Edward se diera cuenta de ello. Sin embargo, él no quiso contradecirla.


-En cualquier caso podemos dejar la lectura para otro día si os sentís indispuesta -insistió Edward.


Bella negó rápidamente con la cabeza y se dirigió hacia un estante para tomar un libro, tratando de evitar por todos los medios la mirada de Edward. Pero en cuanto empezó a leer, su mente se abstrajo y comenzó a recordar la conversación que había tenido con su padre.


-Podría asegurar que no sois capaz de recordar ni una sola palabra de lo que acabáis de leer -la interrumpió al cabo de un momento Edward sonriendo.


-Lo siento, Alteza -se disculpó Bella. -Creo que hoy no soy una buena compañía para nadie -suspiró dejando el libro sobre la mesa.


-Tengo una idea -dijo tendiendo su mano -Acompañadme.


Bella, sin saber que se proponía, tomó su mano y le siguió. Edward abrió lentamente la puerta de la biblioteca y se asomó.


-No hay nadie -susurró -seguidme.


-¿Adónde vamos? -quiso saber. Edward hizo un gesto para que guardase silencio y la instó a seguirle. Recorrieron con sigilo los corredores del castillo, siempre deteniéndose en cada esquina para cerciorarse de que no había nadie. Cuando Bella se quiso dar cuenta, estaban frente a la recámara de Edward. Quiso protestar pero Edward la hizo entrar.


-Alteza, me habéis traído a vuestra habitación -exclamó.


-¿Acaso teméis...?


-Claro que no -le espetó Bella -pero no es correcto.


-Alteza, llevamos varios días reuniéndonos a solas en la biblioteca y no os ha parecido mal -puntualizó Edward.


-Sí pero no es lo mismo -titubeó ella.


-Puedo llenar toda la estancia de libros si así os sentís más cómoda -bromeó él. Bella sonrió tímidamente.


-¿Entonces por qué habéis procurado que nadie nos vea? -le insinuó.


-Porque hay algo que quiero enseñaros... sólo a vos -sonrió.


-¿Qué es? -preguntó con curiosidad.


Edward se acercó hacia un pequeño mueble de madera, que se hallaba bajo uno de los ventanales y que tenía una pequeña banqueta a sus pies. Le indicó a Bella que se acercará y levantó la tapa superior que lo cubría.


-¡Es un clavicordio! -exclamó Bella alargando inconscientemente su mano para tocar las teclas de aquel extraordinario instrumento.


-¿Lo conocéis?


-Bueno, he leído sobre ellos pero nunca había visto ninguno -le dijo.


-Mi padre me lo trajo cuando viajó a Salerno -le explicó.


-¿Y lo tenéis aquí y no en vuestro castillo? -preguntó extrañada.


-Bueno, en realidad me trajo dos -admitió haciendo una pequeña mueca.


-Muy inteligente por parte de vuestro padre -concordó Bella sonriendo.


-Eso parece -afirmó Edward.


-¿Y sabéis tocar?


Edward asintió con la cabeza.


-¿Tocaríais para mí? -le pidió emocionada.


-En realidad no me gusta hacerlo en público -respondió viendo como la decepción apagaba más su ya sombría mirada -pero haré una excepción por vos, ojalá consiga animaros un poco y vuelva el brillo a vuestros ojos -susurró. Edward tomó una silla y la colocó cerca de la banqueta.


-Sentaos a mi lado, por favor -le señaló Edward. Bella asintió obedeciéndole.


Edward posicionó sus manos sobre el teclado y comenzó a presionar las teclas con destreza, arrancando de ellas la más dulce de las melodías, la música que escapaba de aquel instrumento llenaban la habitación de magia de una forma casi irreal. Pero lo que más sobrecogió a Bella no fueron aquellas notas que inundaban sus oídos sino aquella voz aterciopelada que ahora sonaba embargando por completo todos sus sentidos. Bella quedó instantáneamente cautivada, hechizada por aquella voz que acariciaba con su timbre la más bella canción que jamás hubiera escuchado.


Me muero por suplicarte que no te vayas mi vida


me muero por escucharte decir las cosas que nunca dirás


mas me callo y te marchas


aún tengo la esperanza de ser capaz algún día


de no esconder la heridas que me duelen al pensar que te voy queriendo cada día un poco más


cuánto tiempo vamos a esperar.


Me muero por abrazarte y que me abraces tan fuerte


me muero por divertirte y que me beses cuando despierte


acomodado en tu pecho hasta que el sol aparezca


me voy perdiendo en tu aroma


me voy perdiendo en tus labios que se acercan susurrando palabras que llegan


a este pobre corazón


voy sintiendo el fuego en mi interior.


Me muero por conocerte saber qué es lo que piensas


abrir todas tus puertas y vencer esas tormentas


que nos quieran abatir, centrar en tus ojos mi mirada


cantar contigo al alba


besarnos hasta desgastarnos nuestros labios


y ver en tu rostro cada día crecer esa semilla


crear, soñar, dejar todo surgir aparcando el miedo a sufrir.


Me muero por explicarte lo que pasa por mi mente


me muero por intrigarte


y seguir siendo capaz de sorprenderte


sentir cada día ese flechazo al verte, que más dará lo que digan


que más dará lo que piensen si estoy loco es cosa mía


y ahora vuelvo a mirar el mundo a mi favor


vuelvo a ver brillar la luz del sol.


Me muero por conocerte saber qué es lo que piensas


abrir todas tus puertas y vencer esas tormentas


que nos quieran abatir, centrar en tus ojos mi mirada


cantar contigo al alba


besarnos hasta desgastarnos nuestros labios


y ver en tu rostro cada día crecer esa semilla


crear, soñar, dejar todo surgir aparcando el miedo a sufrir.


Con la última nota que aún resonaba en el aire, una pequeña lágrima escapó de los ojos de Bella surcando su mejilla. Supo entonces la respuesta a la pregunta que la había estado persiguiendo durante todo el día. Fue cuando se arrepintió de no haberse marchado aquella mañana con su padre y así abandonar de una vez por todas ese castillo, aquel reino y a aquella tortura a la que ella misma se estaba sometiendo al quedarse allí por más tiempo. Estaba completamente segura de que su amor por Edward era mucho más profundo, más fuerte de que lo ella jamás hubiera imaginado, nunca pensó que su corazón fuera capaz de sentir con tanta intensidad. Y al quedarse, lo único que iba a conseguir era que ese amor creciera con más y más vigor ¿cómo iba a enfrentarse después a una vida sin él, casada con alguien a quien no amase? ¿cómo iba a arrancarse ese amor que cada vez se aferraba más a su esencia y a su ser?


Edward se giró para mirarla tratando de averiguar por su expresión si había sido de su agrado, para ver con sorpresa como la humedad de sus lágrimas recorrían su rostro.


-Alteza ¿qué os sucede? -le preguntó alarmado.


-Nada -negó ella apartando su rostro de él.


Edward tomó su barbilla y la obligó a mirarle.


-Os lo ruego, decidme que os hace sufrir de esa manera -le pidió en un susurro.


Bella se levantó con la intención de alejarse de él, pero Edward la siguió y se lo impidió sujetando su brazo con suavidad.


-Os lo suplico -insistió.


Bella se soltó lentamente del tacto de esos dedos que amenazaban con incendiar su piel pero se mantuvo de espaldas a él. Cerró los ojos en un suspiro tratando de sosegarse.


-¿Nunca habéis querido escapar de esta jaula de oro con la que está disfrazada nuestra vida? -le dijo por fin -Huir de ese destino que quedó escrito, impuesto desde nuestra cuna.


Edward se mantuvo en silencio, dejándola continuar y rezaba por que lo hiciera. Deseaba con todas sus fuerzas saber el porqué de aquella tristeza infinita que le hacían a su corazón encogerse, que le hacían anhelar el tomarla entre sus brazos y dejarla llorar sobre su pecho hasta que no le quedasen lágrimas por derramar.


-Sabéis, quizás lo desaprobéis pero envidio la vida sencilla y libre de los campesinos, en verdad los admiro -continuó, con las lágrimas brotando de sus ojos sin cesar. -A pesar de tener que trabajar duro de sol a sol o de deberse a su señor feudal son libres de vivir como prefieran, de amar a quien quieran, de unir sus vidas con quien elijan.


En ese momento Edward tuvo la absoluta certeza de que todo lo que le había Tanya era verdad; Bella tenía que casarse. Sintió que aún sin tenerla, se le estaba escapando de las manos, como humo que se diluía entre sus dedos.


-¿Qué haríais, Alteza? -le preguntó Bella de repente, girándose para mirarlo, con su llanto surcando sus mejillas. Edward no alcanzaba a comprender. -Imaginaos que por algún misterioso hechizo, os aseguran que, hicierais lo que hicierais, no dañaríais a vuestros seres queridos, no tendría consecuencia alguna en vuestro mundo, la vida continuaría como si nunca hubiera pasado ¿qué es lo más desearíais hacer en el mundo? ¿qué haríais? -le retó.


A Edward no le hizo falta alguna el pensarlo, sólo dejó que su cuerpo se dejara guiar por ese deseo, como si fuera un impulso nervioso al que todas las células de su ser obedecieran de forma inconsciente. La tomó entre sus brazos y la besó. Sabía que en cualquier momento ella se apartaría de él, que lo rechazaría, por lo que trató de memorizar la forma y el sabor de esos labios que, aún mezclándose con la sal de sus lágrimas, eran deliciosos y embriagadores, como ambrosía de los dioses, y la apretó más contra su pecho como si así pudiera dejar grabado en su piel el calor de su cuerpo. Quizás sólo pasarían un par de segundos antes de que ella lo abofeteara por su osadía pero, aún siendo fugaz, esculpiría ese momento en su mente para conservarlo como el más preciado tesoro.


Sin embargo, esa bofetada no llegó nunca, ni tampoco esa lucha por apartarlo que él esperaba con tanto temor. Cuanto más insistentes eran los labios de Edward más se aferraba ella a su abrazo, sintiéndola temblar entre sus manos, sintiendo el latido de su corazón casi dentro de su propio pecho. Edward trató de alargar ese beso lo más que pudo, por el miedo a que todo fuera un sueño o sólo ese misterioso embrujo del que ella había hablado, por miedo a que esa felicidad se la llevara el viento como a las hojas el otoño.


Cuando al fin su aliento entrecortado les hizo separar sus labios, miró en sus ojos oscuros tratando de encontrar cualquier atisbo de arrepentimiento, culpabilidad o desaprobación. Pero, por el contrario, los encontró más bellos y más brillantes que nunca. Pudo leer claramente la esperanza, la ilusión, el anhelo en ellos, lo que hizo que Edward no dudara ni un segundo más.


-Os amo, Bella, ardientemente -le confesó. -Decidme que también me amáis, decidme que no es tarde para nosotros.


Bella no pudo contestar, simplemente se lanzó a sus brazos, hundiendo su rostro en su pecho, temiendo morir de tanta felicidad.


-Bella. -Edward contuvo el aliento.


-Sí, Edward, os amo, con todo mi corazón.


Edward suspiró con alivio y la abrazó con fuerza, dando gracias por ser tan afortunado.


-¿Es cierto que debéis casaros con el Príncipe Jacob? -le preguntó con temor.


-¿Cómo ...?


-¿Es cierto? ¿Estáis comprometida? -insistió tomando su rostro, obligándola a mirarle.


-Es cierto que mi padre desea de que me case con Jacob pero, ya os dije que me escucharía antes de decidirlo -le respondió.


-Entonces -Edward se arrodilló ante ella y tomó sus manos -¿me otorgaríais la dicha de aceptarme como vuestro esposo?


Bella se arrodilló frente a él y lo besó con pasión mientras lo abrazaba, hundiendo sus dedos en su cabello cobrizo.


-Lo tomaré como un sí -bromeó él sobre sus labios.


-¡Edward! -se quejó Bella levantándose para alejarse de él.


-No, Alteza -rió yendo tras ella. Tomó su mano deteniéndola y la rodeó con sus brazos. -Estáis loca si pensáis que vais a escapar de mí tan fácilmente.


-¿Y qué haréis para evitarlo? -dijo con sonrisa traviesa.


Edward no contestó, cubrió su boca con la suya como respuesta, la mejor que podía darle.