Dark Chat

miércoles, 25 de noviembre de 2009

GHOTIKA

Ella es el único árbitro de mi existencia; ella solo dirige mi destino;

ella es mi gloria en la Tierra, mi esperaza en un mundo mejor...
Ella, es mi vida... Ella es mi alma, ella es todo, señor, todo para el desventurado que os habla.
Los Crímenes del Amor - Marqués de Sade

Capítulo 29: Infierno al Despertar…

– ¿Violeta? – preguntó Darío, a pesar de saber bien que no se trataba de ella.


Su nueva visita emitió una delicada risa cantarina como respuesta, mientras seguía acercándose, hasta llegar frente a él. Darío tragó saliva ruidosamente al reflejarse en aquel par de pupilas color carmesí y centrar toda su preocupación en Violeta. ¿Y si ella había sido atacada por aquella niña que se le presentaba en ese momento?


– Darío – se sorprendió al escuchar su nombre – no temas, no pienso hacerte daño.


– ¿Quién eres? – preguntó, con voz débil, pues aún el efecto que el tacto de Eleazar le había provocado no le abandonaba


– Soy Mâred – contestó, llevando sus manos para retirarle algunos mechones que caían sobre su frente – Y, desde hoy, serás mi compañero.


– ¿Tú compañero? – repitió él, incrédulo – ¿A qué te refieres?


Mâred soltó una delicada risita


– Darío, pensé que eras más inteligente.


– ¿Dónde está Violeta?


La furia de la rubia destelló en su mirada al escuchar aquel nombre


– ¡No te atrevas a nombrarla nunca más! – exclamó, sorprendiendo, con tal arrebato, a su compañero – Está muerta, ¿lo entiendes?


A pesar de que el corazón de Darío tenía décadas de no latir, en ese momento lo que sintió fue algo diferente. Fue como una comprensión que lo exterminó por completo. Como si esa parte hubiera sido arrancada despiadadamente con garras filosas. Un jadeo se escapó de su garganta, de manera inconciente, haciendo sonoro su propio dolor. Mâred sonrió de manera maliciosa al ver el efecto que su mentira había ocasionado y, tomando entre sus pequeñas manos el rostro de Darío, susurró:


– Pero, eso ya no debe importarte. Ya no... No pienses más en ella y olvidala. Sólo centra toda tu atención en mí y ámame…


Darío desvió su mirada de aquel par de enfermizos ojos que intentaban penetrar en los suyos, sin éxito alguno. Y es que lo que Mâred le pedía era imposiblemente ridículo. Olvidar a Violeta, ¡Qué descabellada idea! ¿Cómo podía si quiera plantearse esa posibilidad cuando era ella quien había llegado a iluminar sus eternas noches de oscuridad?...


– Es momento de irnos – oyó murmurar a la rubia niña – Los Vulturi al fin han caído.


Los ojos de Darío se dilataron ante su propio terror acrecentándose, conforme aquel juego de seis palabras canturreaba, una y otra vez, en su mente.


Los Vulturi han caído…


¿Estarían todos bien? Edward, Bella, Jasper, Alice… sus maestros… Violeta… ¿Qué había pasado con ellos?


– Vamos, mi amor. Es momento de regresar a casa – prosiguió, mientras le ayudaba a ponerse de pie. Y tan sumergido se encontraba Darío en su mar de terror, que no opuso resistencia.


Salieron de aquel lugar justo dos segundos antes de que Violeta llegara, en compañía de Rose y Emmett.


– Darío… - musitó, embriagada de aflicción al no encontrarlo – No está…


Rose y Emmett intercambiaron sendas miradas, cuando vieron cómo la pequeña caía de rodillas y comenzaba a sollozar secamente, lamentándose interiormente por haberlo abandonado. Sus uñas se enterraron en el cemento húmedo, al momento en que su mente traía imágenes de un futuro sin él… Sin Darío…


¿Podría ella soportarlo?


La pregunta que más le carcomía, y que se negaba a formular, no pudo seguir siendo oprimida por su subconsciente y salió de sus labios sin más remedio


– ¿Y si ha muerto? ¿Y si los Rumanos le descubrieron y lo mataron?...


Casi pudo jurar que sintió – a pesar de lo imposible que se presentaba semejante hecho – el cómo las lagrimas se acumulaban en sus ojos. Su cabello cayó, cubriendo lo compungido de su tierno rostro que reflejaba su lacerante tormento. Sintió una mano posarse sobre su espalda.


– Darío no está muerto – consoló Emmett – Puedes saberlo por su olor que aún está presente en el lugar y se extiende hacia allá – señaló el camino por el cual lo había llevado Mâred


– Entonces, lo han capturado y lo mataran en con el resto que quedó en el castillo – resolvió Violeta, sin mostrar ni el más mínimo consuelo


– No lo creo. De haberlo querido matar, lo hubieran hecho en este lugar. Seguramente lo quieren para ellos, después de todo, Darío es demasiado fuerte y su poder resulta demasiado útil.


– ¿Y eso debería de tranquilizarme?


– Debería – acordó el enorme vampiro – por que nosotros regresaremos por ellos…


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– Edward… Edward…


Los parpados del vampiro se fueron abriendo, poco a poco, conforme la voz de Carlisle insistía en hacerle recobrar la razón. Todos alrededor se encontraban realmente preocupados, pues el desvanecimiento en un inmortal resultaba, según ellos, imposible… hasta ese momento que lo veían con sus propios ojos.


Ni bien había llegado la conciencia, Edward se incorporó con un movimiento borroso y las pupilas desorbitadas.


– Bella – llamó, primero con un susurró, que fue subiendo de volumen, conforme aquel nombre se repetía una y otra vez, hasta que terminó siendo un fuerte alarido de desgarrante dolor - ¡Bella! ¡Bella!


– Edward, tranquilo – intentó calmar Emmett, quien fue arremetido contra una de las paredes de aquel lugar, el cual sería su escondite, logrando que en el cemento se abriera una estrecha grieta ante el impacto


– ¡Te dije que me dejaras con ella! – bramó, con los ojos ennegrecidos de rabia, mientras le propinaba a su hermano, que no hacía nada por defenderse, otra estampida contra la plana roca – ¡Te dije que no quería venir con ustedes! ¡Te lo dije!


– Edward... – la mano que sobre su hombro se posó, fue emanando pequeñas oleadas de tranquilidad, hasta que cesó de azotar a Emmett, para dar pasó al más abrumante desasosiego paralizador


– Lo siento… - musitó, bajando la mirada, avergonzado por su actitud – Perdóname, Emmett…


El aludido le sonrió, con gesto conciliador


– No hay problema…


Se dio media vuelta entonces, para encontrarse con la melancólica mirada de Jasper, que aún le sujetaba por el hombro, y, al sumergirse en la lúgubre oscuridad de sus pupilas, recordó que no era el único que estaba sufriendo…


– No ganarás nada con ese comportamiento, Edward – habló Jasper, con voz serena, pero ahogada por un pesar imposible de encubrir – Ellas no regresaran, aún golpees a todos los de aquí


El vampiro fue golpeado por cada una de las palabras que su hermano dijo y, con movimientos completamente humanos, se recargó sobre la pared y fue resbalando su espalda hasta que quedó sentado en el frío y duro piso. Su mirada se volvió a perder en la nada y sintió el pecho vacío, hueco…


Parecía que hubiera pasado tanto tiempo desde que no se sentía… Muerto…


Jasper se acercó a él, no queriendo dejarle sólo


– Sé cómo te sientes…


– Tuviste la oportunidad de huir con Alice, de salvarla… ¿Por qué…?


– ¿Acaso insinúas que hubiera sido mejor el dejarte?


– Al menos estuvieras con ella


– No podría conocer la paz si sé que abandoné a mi hermano


– Tampoco lo harás si no logramos recuperarlas, y mucho menos conocerás la felicidad…


Jasper se encogió de hombros e intentó sonreír; más el gestó quedó sólo en el intento.


– No sabía que fueras tan pesimista


– Ni yo que tu fueras tan optimista – dijo de vuelta Edward


– Todos perdimos en aquella batalla y no podemos permanecer en llanto toda la eternidad – Jasper suspiró – Nuestros maestros, han perdido a Marco, su hermano y uno de nuestros líderes. Jane, perdió a Alec. Nosotros, a Alice y a Bella, y, Violeta… a Darío…


– ¡¿Darío?! – se alarmó Edward - ¿Qué pasó con él?


Lo más seguro es que también lo tengan capturado


El vampiro bajó la mirada al preguntarse, ¿Qué más iban a perder sólo por una absurda venganza y un excesivo deseo de poder?


– Debemos prepararnos bien para atacar – terció Cayo, con voz fría, para ocultar lo que la perdida de Marco aún causaba en él – No le daremos a los Rumanos tan fácilmente la victoria


– Hemos quedado muy pocos – informó Felix – No somos ni la tercera parte de lo que son todos ellos


–Buscaremos aliados, entonces – arregló el anciano de cabellos plateados – aprovecharemos estos días para hacerles creer que, realmente, nos hemos dado por vencidos, mientras tanto, buscaremos por hermanos que estén dispuestos a apoyarnos…


Días…


La palabra resonó en la mente de Edward, Jasper y Violeta con un tamborileo que enviaba punzada a sus sienes. Días… ¿Quién se imaginaría que este término, que engloba un tiempo inexistente en comparación a la prolongada eternidad, pudiera llegar a tener un significado tan deprimente? Días… ¿Cuántos serían? ¿En cuántas horas se transformarían? ¿Y las horas? ¿De cuántos minutos sería madre? Para estos tres desafortunados, jamás el tiempo pasó tan parsimonioso, ni el hecho de no tener la fortuna de dormir, les resultó ser un calvario, hasta esa primera noche que, después de haber conocido a sus Ángeles oscuros, los volvieron a perder…


Y así comenzó la tortuosa cuenta del pesado calendario… Y Violeta se lamentó en el primer día; Jasper tembló al segundo y Edward sollozó en el tercero…


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Mientras Bella cuadraba la mandíbula para no gritar, sus manos casi desgarraban las sabanas de su cama. Faltaba poco, sólo un poco, y todo acabaría. Podía sentir el ardor disipándose en las puntas de sus dedos y abandonar el resto de su piel para centrarse en el lado izquierdo de su pecho, con más fuerza que antes. Sólo un poco más y estaría con él que, bajo ningún momento, había abandonado sus pensamientos, motivándola a soportar, a ser fuerte. Por que, ¿Qué era el dolor y el sufrimiento si estaba Edward a su lado?...


Con esa pregunta en mente, su corazón se aceleró violentamente, con un tormentoso palpitar que se detuvo de repente, convulsionando su cuerpo ante lo burdo de la situación.


Había terminado todo. Ella ya era una vampiro. Lo único que tenía que hacer era abrir sus ojos para encontrarse con Edward a su lado y deleitarse, como anteriormente había leído en sus libros, con la nueva visión que sus ojos tendrían. Podría ser capaz de captar la belleza oculta para sus ojos humanos, sentiría su aroma exquisito sin censura que le opacara… Cuando sus manos se extendieran para acariciarle, se regocijaría por la delicadeza del gesto sobre su nueva y extra sensible piel…


Pero, y sin embargo, pese a todas esas motivaciones, tardó en mover sus parpados para despejar su mirada. Había algo, algo que su olfato le prevenía de que, todo aquel sueño era una fantasía, pues aunque inspiró profundamente, sólo sintió el lacerante fuego desgarrar su garganta. No logró inhalar aquel aroma fresco que había prometido estar ahí, disipando el ardor de su sufrimiento… Por el contrario, sintió una esencia nueva, desconocida, que, si bien tenía un aroma agradable, no era lo que ella buscaba.


– Despierta ya, querida mía – y así lo hizo; pues el sonido vibrante de aquella masculina voz le sorprendió.


Sueños… de nada servían, más que para lastimarte, ella lo sabía y lo comprobó, una vez más, al encontrarse, frente a sí, con una imagen completamente ajena a la de Edward. ¿Dónde estaba él? ¿Por qué le había abandonado? ¿Quién ere este joven de cabellos negros y endemoniada mirada roja?


– No te asustes. No te haré daño – prometió, acercando la punta de sus dedos a la pálida y fría mejilla – Estás hermosa. Mucho más que antes…


En una reacción completamente inconciente, Bella repelió a la caricia que se aproximaba, echando su rostro hacia atrás con movimientos borrosos para un humano; pero claros y concisos para Azael, que, tratando de disimular su furia por el orgullo herido, sonrió


– Pero qué mal educado soy - se disculpó - No me he presentado. Mi nombre es Azael – el joven esperó por algún comentario que diera pie a seguir con su insulsa conversación; pero, como era de esperarse, sólo hubo silenció – ¿Acaso no piensas decir algo? – añadió, dando a relucir un poco más su furia


– ¿Dónde…? ¿Dónde está Edward? – susurró, haciendo eco a la incesante pregunta que repiqueteaba en su cabeza.


El rostro del malvado vampiro se endureció, en un lapso menor a un segundo, para después soltar una carcajada tremenda, que ocultaría, a la perfección, lo insultado que se sentía ante la poca atención e interés por parte de la chica.


– ¿Edward? ¿Quién es Edward? – preguntó, de forma despectiva – Bella no contestó, así que prosiguió – ¿Quién es él, si no un vago recuerdo que tendrás en la memoria?


– ¿De qué hablas? – se confundió Bella


– Edward, al igual que el resto de los Vulturi, están muertos.


Cada palabra, cada letra que había conformado aquella oración, fue como una bomba que retumbó y destrozado, hasta hacer trizas, cada una de sus células, cada uno de sus sentidos… Y, a pesar de creerse imposible, puesto que ella ya era un vampiro, sintió como la mirada se le nublaba y las paredes daban vuelta a los alrededores…


Edward muerto… ¿Sería acaso eso posible? ¿Acaso el destino no se cansaría de descargar sus peores cartas con ella?


– No – susurró, con apenas y voz audible (ignorando el hermoso sonido que se había creado por ella) – No es cierto. No te creo…


– No lo hagas entonces; pero… ¿Acaso no te preguntas el por qué no está a tu lado? Y, sobre todo, ¿Qué hago yo en su lugar? Mientras tú te transformabas, mi familia y yo atacamos el castillo y, como era de esperarse, hemos ganado…


– Tú… lo mataste – aventuró la muchacha, con la mirada perdida. Azael le sonrió de manera despiadada y sínica


– Exacto – admitió, sembrando con ello, la envenenada semilla de rencor en el pecho de la gótica – Yo lo maté. Debo admitir que esperaba más de él. Parecía ser un hombre fuerte; pero me llevé una terrible decepción – suspiró, como si en realidad lo sintiera – Pero eso ya es pasado, y debe quedar enterrado en olvido – prosiguió, intentado acariciar, por segunda vez, el rostro de la muchacha, siendo rechazado de igual manera – Debes olvidarlo – ordenó, con la mirada endiablaba clavándose en los atormentados ojos escarlatas – Él ya no está aquí y, a partir de este momento, serás mi compañera.


¿Su compañera?


– Si, Bella – afirmó Azael, al leer la confusión pintada en las hermosas facciones de la castaña – El por qué tú, al igual que tu amiga, Alice, no fueron aniquiladas con el resto de su familia, es por que mi hermano y yo le hemos querido dar la oportunidad de ser nuestras parejas…


Bella dejó a un lado la sarta de incoherencias que aquel vampiro le decía, al escuchar que su amiga también se encontraba en el castillo. Aquello suponía un consuelo, aunque fuera muy pequeño. Pues no lograba concebir ni una sola noticia, que no fuera el saber que Edward estaba bien, que lograra tranquilizarla…


– Seguramente has de estar sedienta. Iré a conseguirte una deliciosa presa para que te alimentes.


Cuando Bella quedó sola en aquella habitación que, a diferencia de antes, se le presentaba desalentadora. Cerró los ojos, sintiendo como una tortuosa herida se iba abriendo paso en su pecho silencioso. Si. La garganta le había comenzado a arder desde el principio; pero ese malestar era nada en comparación al sufrimiento que parecía demoler cada uno de sus nuevos huesos…


Aún se negaba a creer en las palabras de Azael. Simplemente, no podía imaginar un mundo sin Edward existiendo en él; Era como imaginar una noche sin luna, o un día sin sol…


Y, en medio de aquel mar de desgarrante desconsuelo, sólo estuvo segura de una cosa: Si tenía algún pecado que pagar, lo haría viviendo en el peor de los infiernos al que pudieron condenarla y se encontraba en ese castillo, sin tener la protección de aquellos brazos que ya comenzaba a extrañar con locura.


La puerta de la habitación se abrió con violencia, entrando por ella una masa de temperatura cálida que cayó justo frente a ella. Bella dilató sus ojos al comprender de qué se trataba y se apresuró a aferrar sus dedos en las sábanas de la cama, al mismo tiempo que tensaba todos sus músculos


– Como te prometí, aquí está – señaló Azael, con descarada crueldad, al pobre hombre que temblaba ante sus pies – ¿Me dirás que su olor no es exquisito? Perfecto para comenzar con tu vida como inmortal.


Bella bajó la negra mirada hacia el humano que clavó sus tormentosos y suplicantes ojos sobre ella


– Por favor, déjeme vivir...


La gótica se impuso el volver su rostro a una dirección contraria, para no verle, y dejó de respirar. Sintió como el amargo sabor de la ponzoña se acumulaba en su boca y trató de luchar por el agujero que el hambre formaba en su estomago y le incitaba a lanzarse sobre el hombre que prometía, con su sangre, acabar con esa maldita necesidad.


– ¿Qué pasa? – preguntó Azael, al ver su vacilación


– Aléjalo de mí – pidió, con el cuerpo completamente erguido y las puntas de sus pies posicionadas verticalmente sobre el suelo, ante la exagerada presión que estaba ejerciendo sobre su autodominio – llévatelo... no lo quiero...


La indignación de Azael casi topó su límite ante otro rechazo y, llegando al desventurado mortal que yacía, en medio de lamentables sacudidas, provocadas por su temor, le tomó por detrás de su cabeza y, sin ningún esfuerzo, lo elevó por los aires, para mostrarle a Bella una imagen, plenamente límpida, de cómo sus uñas desgarraban la piel delantera de aquel cuello, dejando que la sangre brotara por la herida con una tentadora libertad.


– ¿Te seguirás negando a tu nueva naturaleza, cuando éste líquido carmín se derrama, virginalmente, frente a tus ojos? – retó, para lo que Bella respondió, llevándose las manos a su rostro, para cubrirse nariz y boca, y así, luchar para no ceder a la barbaridad que sus instintos le demandaban, urgentemente, hacer...


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Necesito saber de ti cada día y cada hora;

Por que en un minuto hay muchos días.
Romeo y Julieta – W. Shakespeare.

Capítulo 30: Vacío.

– Por favor, aléjalo –


No importaba las veces que se lo pidiera, él no accedía a retirar aquella masa que se convulsionaba frente a sus ojos, con la sangre brotando como una cascada carmín desde el cuello, cayendo al suelo, y llamándole con aquel apetitoso y dulce olor.


Sus manos se encontraban tan apretadas a su rostro que amenazaban con hacerlo explotar de un momento a otro. Tratando, inútilmente, cubrirse la boca y nariz para no seguir recibiendo aquella descarga de esencia exquisita que prometía, fervientemente, calmar el ardor de su garganta y el dolor de su estomago.


Pero no. Bella no quería hacerlo. Llevaba varios minutos luchando contra sus feroces instintos – los mismos minutos que la furia de Azael iba en ascenso, siendo manifestada en el fuerte agarre de sus uñas con la piel mortal –. No quería convertirse en un monstruo. No quería ser el reflejo vivo de aquellos miserables que les habían arrancado a sus padres. Cuánto hubiera deseado haber estado sorda en ese momento, para no escuchar los últimos lamentos de aquel hombre que se revolvía, de manera ineficaz, entre los extremos de Azael. Cuánto hubiera anhelado estar ciega, para no ver aquella escena que le resultaba cruel y magnifica al mismo tiempo. Su cuerpo no podía encontrarse más rígido de lo que ya estaba. Sus dedos se habían enterrado hasta el fondo del colchón, como si el relleno suave le fuera a impedir lo que su bestial naturaleza le exigía.


Pero, a pesar de todo su esfuerzo, su voluntad comenzaba a flaquear. Los ojos ennegrecidos habían comenzado a recorrer la habitación, en busca del dulce objetivo. Y, cuando se centraron en la masa cálida y chorreante, destellaron con la sed de sangre más vivaz que alguien pudiera tener. Aquel joven ya no representaba un humano, si no la presa que le esperaba, inofensiva y dispuesta. El recuerdo de sus padres se había extinto, siendo suplantado por el deseo voraz de saciar su hambre. Sólo la borrosa imagen de Edward se quedó apenas instalada, cuando su cuerpo se abalanzó sobre Azael, que, con una sonrisa de suficiencia, dejó caer la masa humana para que Bella la cogiera.


Éxtasis tan más sublime. Calidez abrumadora y destellante. Bella no recordaba haber experimentando tal sensación de delicioso frenesí jamás antes en su vida. La sangre ingresando a su cuerpo, a través de su garganta, que se había abierto paso como puertas de un rojo castillo para que sus soldados penetraran a él e entibiaran cada una de sus torres.


– ¿Me quieres matar?


– Si...


Aquel recuerdo fue lo que la trajo a la terrible realidad, haciendo que sus labios se fueran separando, lentamente, de aquel cuerpo inerte y seco.


Tembló al presenciar el dibujo de sus sentidos no humanos y cerró los ojos, girando el rostro hacia otro lado, con repulsión, como si con semejante gesto fuera a calmar su culpa. Escuchó la voz de Azael detrás de ella y se puso de pie, de manera inmediata. Sus miradas se encontraron y, aunque ella estuviera completamente despedazada, mantuvo sus pupilas fijamente clavadas en las de él.


–¿Verdad que no es tan difícil como parece? – preguntó, intentado, una vez más, acariciar al pálido rostro que tenía al frente, y volviendo a ser rechazado, de manera mucho más burda que antes.


–¡Te dije que no lo quería! – siseó Bella, con agresividad nata que le hizo destellar los ojos con un aire endemoniado que Azael, fuera de encontrar ofensivo, le resultó completamente excitante.


–Ay, mi Bella – murmuró éste, tomándola entre sus brazos sin que ella lo pudiera evitar – No tienes idea de cuánto me enajena esta rebeldía tuya. Pero no abuses, querida mía – agregó, con sus labios acariciando el aire que ingresaba a sus oídos – Mi paciencia no es tan grande. Y, aunque te quiera, no estoy dispuesto a soportar todo el tiempo tus desplantes.


La soltó entonces, con movimientos delicados, pero ligeramente bañados de brusquedad, para después tomar los cabellos del cadáver, que aún yacía sobre el suelo, y arrastrarlo fuera de la habitación. Antes de que la masa inmóvil desapareciera de su vista, Bella pudo contemplar como la carne muerta ya comenzaba, de manera casi imperceptible, adquirir cierta característica putrefacta en las orillas de la piel. Se acomodó en la cama, abrazando sus rodillas con los brazos y hundiendo el rostro en ellas, cuando quedó sola. Hasta ese momento fue cuando se sintió libre de lamentarse. De recordar. De preguntarse...


¿Sería cierto que Edward, junto al resto de su familia y amigos, estaba muerto? ¿Quién le aseguraba que no era una cruel farsa creada por el mismo Azael? Bella no era tonta y se negaba a creer lo que no había sido probado frente a sus sentidos. Pues, si aquel endemoniado ser era capaz de ver morir a un humano, sin el menor atisbo de piedad cubriendo a sus ojos, ¿Quién le quitaba la cualidad de ser un maravilloso mentiroso?


Quería pensar, más bien deseaba, que su escepticismo fuera certero. Que Edward si estuviera vivo. Eso bastaba para que ella estuviera bien también. Aún en la distancia, aún en su ausencia, ella podía soportar todo si sabía que él existía en algún lugar. Pues, estaba consiente de que, si Edward vivía, él la seguiría amando y, tarde o temprano, vendría para que pudieran estar juntos. Sólo era cuestión de esperar... Y ella tenía toda la eternidad para hacerlo.


Pero, si por el contrario, las palabras de Azael eran ciertas... ¿Qué era lo que pasaba? ¿Qué era lo que había después de ello? Nada, más que soledad, tristeza, amargura, desamor, odio, rencor, desconsuelo, lágrimas, dolor, angustia, desesperación... Oscuridad... Una oscuridad aterradora, una oscuridad que no ofrecía paz, si no pesadillas que se irían convirtiendo en realidad.


Sintió cómo el pecho se comprimía nada más el imaginárselo, nada más el pensarlo por un segundo. Y, para tal cuestionamiento, no era necesario el especular mucho en una respuesta, pues sólo había una palabra que resolvía toda su congoja y la ecuación de un mundo sin él...


... La Muerte.


Oh, maravillosa salida de los cobardes. ¡Pero qué le importaba a Bella si era una de ellos! ¿Quién podría juzgar a aquel que ha decido ir al lado del ser amado, del ser que le ha salvado de una y mil maneras; que le ha iluminado sus noches y ha plasmado la negra esencia de su amor en cada poro de su piel? ¿Quién podría juzgarle, cuando era Edward lo más valioso que le restaba en la existencia, cuando era él su vida?


Sintió como los ojos le ardían ante el llanto que ya no podría derramar. Hundió aún más su rostro en las rodillas y su cuerpo se agitó ante el impulso que emitió el pesado sollozo que salió de su garganta. ¿En qué momento había empezado su vida a atormentarse con giros tan drásticos? No había pasado ni un año desde que había tenido la dicha de conocer a Edward, desde que sus padres habían muerto, desde que se había enterado que los vampiros si existían – y su novio era uno de ellos... –, que había dejado de ser humana y... ahora, esto... Apretó fuertemente los labios para reprimir un jadeo. No recordaba época más difícil, pero aún así, no se permitiría el mostrar su debilidad y ansiedad a través del seco llanto.


La puerta se abrió, tras pasar varios minutos más y, al ver la figura masculina que tan bien conocía ya, envaró su cuerpo a la defensiva. Eleazar le sonrió desde su lugar, mirándole de arriba hacia abajo, con lasciva mirada penetrante.


–¿Estas menos molesta? – Preguntó, obteniendo como respuesta la colérica mirada de la gótica – Lo suponía – suspiró, pesadamente – Supongo que es normal el que sientas algo de remordimiento, pues se trató de tu primera caza; pero no te angusties, con el tiempo, verás a los humanos como lo que realmente son para nosotros: simple alimento.


–Dices eso por que eres una bestia


–Lo sé. Y estoy orgulloso de ello.


–¿Orgulloso de ser un asesino?


–Matamos por necesidad, por alimento


–Podrías alimentarte de animales...


–Eso es propio de tus queridos difuntos – interrumpió, con aire despectivo, golpeando fuerte e invisiblemente el pecho de la muchacha – No nos compares. Ellos son débiles, seres auto-reprimidos, que poco saben de los placeres que la inmortalidad te brinda


Bajó la mirada y no pudo evitar el llenar toda su mente de aquel ser que demostraba que todo lo que Azael decía era mentira. Edward... ¿Era acaso él un ser débil? Para nada... ¿Sabía poco de la belleza relacionada con la inmortalidad? No lo creía posible. ¿Cómo podía un ser de alma tan bella no conocer las sublimidades que los ojos del vampiro era capaz de presenciar?


–Pronto compartirás mi visión – prosiguió Azael, acercándose y sentándose frente a ella – Pues eres mía y estarás a mi lado durante toda la eternidad. Tal vez me comporté demasiado exigente contigo, hace unos momentos – agregó, volviéndose a poner de pie – Pero debes acostumbrarte a que tendrás que matar para sobrevivir. Aún así, supongo que no fue la manera más ortodoxa que te pude haber brindado. Lo siento. Y, para compensarte, te tengo una sorpresa.


El rostro de Bella no representó ni una sola emoción hasta que Azael le mostró una pequeña bola de pelaje negro que saltó hacia ella.


–Niebla – musitó, sin poder ocultar la emoción y felicidad que le daba tener a ese animalito entre sus manos.


–La dejaste abandonada cuando mis hombres las iban cazando en el bosque.


–Gracias... – susurró, casi de manera inaudible. Sin comprender el por qué de aquella actitud tan gentil; sin imaginar que aquel gesto tendría un precio, que Azael estaba dispuesto a cobrar en ese instante.


Bella no pudo esquivar a tiempo las manos que capturaron su rostro, dejándole inmóvil y a merced del obsesionado vampiro que tenía sus labios a escasos centímetros de los suyos.


–Me encantas – confesó, con su aliento fresco rozando los parpados de la chica – Desde la primera vez que te vi con él, me hechizó todo de ti. Tu actitud tan callada y enigmática. Tus movimientos tan pausados y concientizados. Desde la noche en que te encontré, te quise para mí. Quise ser tu dueño. Y ahora lo soy. Ahora te tengo a mi lado y eso no cambiará jamás.


–No puedo pertenecerte – dijo Bella, hablando en murmullos ante el temor que sentía por la enfermiza declaración


–Claro que puedes – discutió Azael – Lo harás. Yo me encargaré de que me adores y me mires como tu único señor.


–¿Cómo piensas lograrlo? ¿Cómo lo crees posible, cuando dices haber matado a...?


–¡No digas su nombre! – Interrumpió, con rabia – Ni si quiera te atreves a pensar en él, por que está muerto, hecho cenizas. Destrozado por estas manos que ahora te acarician el rostro y las cuales, dentro de poco, suplicaras recorran cada centímetro de tu piel.


Acabado de decir esto, Azael acercó sus labios a los de Bella y comenzó a besarla con una furia pasional que sólo él fue capaz de sentir; pues Bella, solo se dedicó a revolverse entre sus brazos, para intentar liberarse de aquella boca que amenazaba con borrar la dulce esencia que los besos de Edward habían dibujado sobre ésta.


¡Cuánta diferencia había entre esta experiencia y las otras pasadas! Cuánta complacencia le podía llegar a provocar una y cuánta estigma la otra.


–Dentro de poco, seré yo tu único dueño – prometió Azael, al liberarla de sus labios – Dentro de poco, no podrás imaginarte una vida sin mi; pues yo seré tu mundo entero.


Bella se quedó inmóvil y permaneció de esta forma hasta minutos después de que aquel despiadado ser saliera de la habitación y la dejara hundida en aquella oscuridad visible. Su mano se paseó por el pelaje negro de la gatita que maullaba tristemente, haciendo eco de la fúnebre música que en su mente resonaba una y otra vez.


“Mira cómo sangro y cómo lloro por ti...”


... Qué equivocado se encontraba aquel Rumano tan detestable, pues, ella, ya tenía a sin quien no poder vivir. Ella, ya le pertenecía a él... y él, era más que su mundo. Era su universo, su día, su noche, su luz y su oscuridad. Jamás podría llegar a querer a otro, pues todo su amor había sido absorbido por la dulce presión de sus labios... que tanta falta le hacían ya.


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–¡Ey, para, para! – exclamó Emmett, aprisionado por el suelo y los puños de Edward que, hasta ese momento, había cesado de golpearlo – ¡Pensé que ya me habías disculpado!


–Lo siento – se excusó el vampiro, poniéndose de pie y caminando hacia el extremo opuesto del improvisado lugar de entrenamiento, para después dejarse caer, sentado sobre el suelo, y hundir el rostro entre sus manos que se aferraban fieramente a sus desordenados cabellos para jalarlos con fiereza, como si quisiera decapitase por si mismo. Era tanta la frustración y la angustia que le bañaba el alma, que amenazaban con hacerle perder el juicio.


¿Habría existido, alguna vez, en algún extraño lugar, por alguna cruel situación, un vampiro enloquecido de dolor, o serían él y Jasper los primeros?


La cascada de desolación se instaló en el centro de su pecho como un martillo atormentador y punzocortante al ser consiente del tiempo que había transcurrido: Cerca de una semana. Cerca de siete días desde que los Rumanos habían atacado al castillo. Desde que Darío, Bella y Alice, al igual que varios más, ya no se encontraban junto a ellos. Desde que sus sentidos no se deleitaban al contemplarla.


Cerró los ojos y se imaginó la forma de sus facciones formadas sobre su nueva piel pálida. El vibrante sonido de su voz, la frescura de su nuevo olor. El destellante carmín de sus ojos... Se golpeó con fuerza y rencor las rodillas, al mismo tiempo que gruñía ferozmente y se maldecía por no haber sido capaz de defenderla.


–Comprendo cómo te sientes – sintió la mano de Emmett posarse sobre su hombro, mientras tomaba asiento a su lado.


Él negó con la cabeza


–No, no lo haces – discutió – Tú tienes a Rose a tu lado. Ella es lo más importante para ti, y sabes que, de una manera u otra, está bien. En cambio yo... No sé cómo se encuentra, ni por lo que está pasando... Ni si quiera soy capaz de asegurar que sigue con vida...


–No ganas nada con lamentarte en los rincones


–Lo sé – admitió – Pero dile a la angustia que se vaya, para que me libere los pies. Estoy atado, Emmett. Cadenas invisibles me ciñen y desangran interiormente, lastimando las heridas frescas y carcomiendo mi carne hasta taladrar mis huesos. Es una máquina aniquiladora que no tiene fin, y que tampoco pretende matarme. Sólo quiere mortificarme, hacerme gritar del dolor. Está jugando de manera cruel... Me ha hecho su presa y sólo ella puede redimirme de este calvario en el que estoy cayendo...


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–¿Cuánto tiempo piensas seguir así, sin hablar ni hacer nada? – le preguntó Damián y ella no contestó.


Su mirada seguía perdida en la ofuscación, en la frecuencia de imágenes que se negaban a arribar, que le cegaban y no le permitían comprobar que la noticia sobre la muerte de Jasper, y el resto, era cierta. Sintió la mano de Damián asir la suya; pero no hizo movimiento alguno de rechazo. Al final de cuentas, de nada servía. De poco ayudaba.


–¿Cómo es posible que la angustia tenga una representación tan gloriosamente perfecta? – Se preguntó Damián, susurrando, mientras veía la mordida que Coátl dejaba, a cada poco, en el delicado antebrazo de la vidente, para inhibirla de sus poderes - ¿Cómo es posible que me puedas llegar a confundir tanto? Quiero darte todo para verte feliz, pero a la vez, sé qué es lo que me pedirías y, entonces, es cuando no quiero darte nada... Lo que quieres es lo que no puedo darte. Tu felicidad implica mi infelicidad y, afortunadamente, aún no te amo tanto como para poner a la primera por encima de la segunda. Perdóname por eso...


Dicho esto, Damián acercó a sus labios a la mano de Alice y depositó un libero beso sobre ella.


–Me gustaría que al menos, me vieras por un segundo, para poder reflejarme en tu mirada.


La melancolía de esa voz fue lo que la impulsó a levantar el rostro y así, de algún modo, acceder a aquella suplica. Damián sonrió al tener su mirada fijamente puesta en la de Alice y, alcanzando su mejilla con la punta de sus dedos.


–Si hubiera algo que yo pudiera hacer para verte sonreír. Algo que no implicara el nombre de aquel al que aún amas, lo haría gustoso...


–¿En realidad? – Interrumpió ella, de manera inesperada para el vampiro, que dilató sus ojos al sentir que su mano era tomada por las de ella - ¿En realidad accederías a lo que te pidiera... si... si no tiene nada que ver con... con...?


–No es necesario que digas su nombre – calmó Damián, tratando de ocultar la felicidad que le daba que, tras varios días, pudiera entablar, aunque fuera muy breve y conveniente, una conversación con Alice – Y si, si lo que tú me pides no guarda relación alguna con él, te complacería lo más pronto posible.


–Bella, mi amiga, ¿Está aquí, no es así? Quiero verla...


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–¿Es eso seguro? – preguntó Azael, cuando Damián le expuso lo que Alice le había pedido


–La ponzoña de Coátl le impide ver el futuro. No sabe que le hemos mentido y, al igual que Bella, piensa que el resto de los Vulturis están muertos. Así que no hay riesgo de que estén juntas por un momento


–De acuerdo – accedió Azael, para después ver como su hermano regresaba por la vidente.


Cuando la puerta se abrió, los ojos de ambas muchachas brillaron al verse mutuamente y esperaron a que Damián y Azael las dejaran solas, para acercarse.


–¡Bella!


–¡Alice!


Exclamaron al unísono, tomándose de las manos, sin poder evitar deleitarse con la extrema belleza de la otra, pues era la primera vez, después de tantos días, que se veían, y, el encontrarse de nuevo, era como volverse a conocer de una manera especial. Como una reencarnación que las había vuelto a unir.


Sin hablar, pues para su amistad no hacía falta las palabras, se atrajeron para fundirse en un abrazo que, sabían bien, ambas necesitaban para calmar un poco aquella apesadumbres que les invadía.


– Alice – susurró Bella, al paso de varios minutos juntas – ¿sabes qué pasó con ellos?


–No – negó la pequeña, con tristeza. Quedando callada ante el recuerdo de Jasper gritando su nombre, mientras era alejado de ella. El contacto de la mano de su amiga sobre la suya la trajo a la realidad


–Alice, dime la verdad. ¿Están... ellos... muertos?


La vidente bajó el rostro, sin poder contestarle. Más fue ese gesto mucho más sincero que cualquier otra palabra. Bella lo entendió. Podía leer, claramente, el sentimiento de perdida en la mirada de su amiga... El estremecimiento desolador, calcinador, estrujador, que ambas sentían, al no saber la verdad...


–Están vivos... tienen que estarlo... no pudieron habernos dejado de esta manera.


–Yo también quiero pensar eso, pero...


– ¿Pero qué, Alice? ¿Por qué callas de repente?


–¡Bella! – Exclamó ésta, volviendo a abrazar fuertemente a su amiga – No sabes el miedo que tengo de no volverlo a ver...


La castaña se limitó a dejar caer su rostro en el hueco del hombro de Alice y a abrazarla fuertemente. ¿Qué podía decirle? No encontraba palabras para consolarla, pues, ella también se encontraba destrozada. Más que destrozada, se encontraba vacía... completamente sin vida...


–Alice, tranquila, verás que todo saldrá... bien


–Al menos, estamos juntas, ¿no es así?


–Si – asintió Bella, paseando las manos por el negro cabello – Estamos juntas...




mis angeles ya solo nos quedan 4 cap de esta hermosa historia asi que no sean malas y dejen sus comentarios por fiss
Angel of the dark

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