Dark Chat

lunes, 7 de marzo de 2011

Guerrero del Desierto

CAPITULO IX

Bella pestañeó sobresaltada. Cuando fue a levantarse se dio cuenta del tiempo que llevaba en la misma posición. Se estiró como un gato perezoso, sus movimientos llenos de sensualidad.

-Me voy a dar una ducha. Nos vemos después para cenar -murmuró Bella.

Edward levantó la vista y sus ojos verdes evidenciaron el deseo que ardía en él. Edward sofocó el intento tan pronto como había despertado pero no lo suficientemente rápido como para que Bella no reaccionara inmediatamente a la mirada ardiente. Seguía existiendo pasión dentro de él sólo que había decidido ocultársela. Se sintió aliviada al comprobar que no le era indiferente.

-¿Por qué habría de excitarlo la idea de una ducha? -murmuró Bella mientras se alejaba-. No seas tonta -y se rió de su ingenuidad.

Se detuvo de pronto cuando se estaba dando colorete al pensar en algo que ya había rechazado con anterioridad por haberle parecido imposible.

-Tal vez piense que la pasión no me afecta del mismo modo que a él -dijo en voz alta.

Si había algo que ella siempre había sabido, era que su marido la deseaba con ardor, se podía palpar incluso, o al menos, así había sido antes de su alejamiento. Incluso cuando estaba muy enfadado, Edward le había hecho el amor con locura.

-Dios mío -continuó hablando en voz alta-. Tengo que convencerlo de que lo quiero o continuará alejándose hasta que no quede, ni siquiera, la pasión entre nosotros.

Sin embargo, la idea de seducir a su marido era desalentadora. Normalmente era él quien llevaba la voz cantante en la cama, y su control era asombroso. También era desquician te. No soportaba que él nunca lo perdiera y ella sí.

-¿Tienes alguna idea? -le preguntó al reflejo en el espejo.

-¿Siempre hablas sola? -el tono divertido la hizo girar en redondo en su silla. Edward estaba apoyado en el marco de la puerta que separaba las habitaciones de ambos. Por un momento pensó que habría oído demasiado, pero su expresión era cálida.

-Es bueno para la mente -dijo ella. Se apresuró a cerrarse la bata pero entonces se dio cuenta de la forma en que la estaba mirando. Si no hubiera estado atenta, no lo habría notado. Tomó la brocha y continuó con lo que estaba haciendo.

Cuando se inclinó hacia delante frente al espejo, era consciente de que la bata se le abría en el centro exhibiendo una atractiva vista de las redondeadas curvas de sus pechos, o, al menos, esperaba que le resultara atractiva. La mataría saber que la razón para el alejamiento de Edward fuera que ya no le resultaba atractiva.

-Eso es ridículo -murmuró; El fuego que ardía dentro de Edward era del que siempre duraría, y eso era lo que lo hacía tan preciado para ella.

-¿Qué es ridículo? -dijo él acercándose a ella, con las manos en los bolsillos de los pantalones. Aunque normalmente se vestía con ropas tradicionales de su país, a veces prefería las prendas occidentales. Ese día llevaba una camisa azul de seda y unos pantalones de pinzas negros, colores que hacían resaltar la belleza de sus rasgos árabes.

Bella sintió que se le erizaba el vello en la nuca ante su proximidad. El deseo de apoyar la cabeza en el firme abdomen de Edward era tan fuerte que tuvo que recurrir a todo su autocontrol para no hacerlo. Si cedía, su hermoso, arrogante y sexy esposo volvería a llevarla al éxtasis sin perder su propio autocontrol.

Pensando en ello, se inclinó hacia delante un poco más. Parecía que los ejercicios de seducción de su vida tenían que ocurrir delante de un espejo, pensaba Bella en un intento por controlar la ansiedad que le provocaba la decisión que había tomado de seducir a un hombre que había demostrado con creces que era capaz de controlar perfectamente sus sentimientos. Cruzó las piernas en un gesto aparentemente casual. Tal como esperaba, la bata se abrió a la altura de sus muslos y resbaló dejándola prácticamente desnuda.

-Oh, sólo estaba pensando en los modelos que he visto últimamente en las pasarelas -contestó ella sin darle importancia mientras dejaba la brocha y tomaba el lápiz de labios. Y comenzó a extender el brillo de labios irisado con deliberada lentitud. El resultado fueron unos labios húmedos y llenos. Así era como le gustaban a Edward y esa noche estaba dedicada a él.

Edward tosió y cambió de posición, pero no se alejó. Bella lo tomó como una buena señal, pero se preguntaba hasta dónde podría llegar. No quería que él adivinara sus intenciones antes de conseguir tenerlo a su merced en la cama. Sonrió.

-¿Qué es lo que te parece tan divertido? -preguntó con voz áspera. Bella reconocía ese tono. La expectación se convirtió en calor que le subió desde la boca del estómago y el corazón se le aceleró.

-Esos diseñadores homosexuales y su idea del cuerpo femenino -dijo con decisión, orgullosa de poder mantener la cabeza en su sitio a pesar del alboroto de sus hormonas-. Quiero decir, mira -Bella se pasó las manos por la curva que formaba su pecho hasta la cadera, deteniéndose una décima de segundo de más-, como ya hemos hablado antes, las mujeres tienen curvas, ¿no?

-Sí -dijo él sofocado.

-Entonces ¿por qué las últimas tendencias abogan por mujeres planas y diseños geométricos? -dijo ella pasando la mano por el muslo descubierto llamando así la atención de Edward hacia los rizos púbicos que apenas si estaban cubiertos por un pequeño triángulo de raso azul.

Al ver que Edward no respondía, Bella alzó la mirada al espejo. Antes de mirarla a los ojos Bella pudo ver, para su gran alegría, el color que le cubría las mejillas mientras le miraba el muslo desnudo. Se alegró al pensar que Edward había olvidado de lo que estaban hablando.

-Estoy seguro de que tienes razón -dijo al fin.

Asintiendo vigorosamente Bella volvió al espejo y a su maquillaje, consciente de que él la estaba mirando. Se tomó su tiempo para terminar y finalmente se levantó y atravesó la habitación hacia el armario. Para su sorpresa, Edward se había tumbado en la cama y esperaba con los brazos cruzados bajo la cabeza. Ya dentro del vestidor Bella se permitió fruncir el ceño. ¿Cómo iba a seducirlo si no podía verla? Con el ceño fruncido tomó una falda azul transparente y la sacó de la percha. El corpiño a juego tenía unas pequeñas mangas ribeteadas de hilo de plata y el corte realzaba el busto de una manera especial dejando el abdomen desnudo. En ese momento descubrió lo taimado que era Edward.

Lejos de no poder verla, su marido tenía una visión perfecta de ella a través del espejo. Bella se desabrochó entonces la bata. Oyó que Edward se movía en la cama, y de pronto, se puso tremendamente nerviosa. Antes de perder el valor, se quitó la bata. Cuando se inclinó para lanzarla sobre la silla, le pareció oír la respiración entrecortada de Edward. La suya tampoco estaba tranquila, pero continuó poniéndose entonces las braguitas.

-¿Dónde vamos a cenar? -preguntó Bella al tiempo que se ponía la delicada prenda de raso y encaje con dedos temblorosos que rápidamente retiró para que Edward no se percatara de su nerviosismo. A continuación tomó la falda.

En vez de ponérsela por la cabeza, se inclinó y se la puso por los pies. Era consciente de la imagen que estaba dando y aquello la hizo ruborizarse. Sólo esperaba que la tenue luz ocultara su rubor.

-Había pensado en cenar en el comedor principal con Jasper y Alice pero he cambiado de idea. Cenaremos solos en nuestro comedor privado -dijo Edward.

-Mmm -dijo ella abrochándose la falda y tomando el corpiño se giró un poco para que sus pechos quedaran al descubierto aunque su cara seguía en sombras.

El corpiño se abrochaba bajo el pecho con cinco botones de cristal. La sorprendió lo ceñido que le quedaba. Finalmente, se puso unas sandalias árabes que se podían quitar fácilmente para sentarse con comodidad en los cojines de comedor.

-Casi he terminado -dijo Bella agradeciendo que la voz no traicionara los nervios que sentía.

-No hay prisa -dijo él con calma.

Bella se preguntaba si estaría equivocada y efectivamente él no la había estado mirando. Se dirigió hacia la cama y se giró para que viera el modelo.

-¿Qué te parece?

Edward dobló la pierna pero no fue lo suficientemente rápido para ocultar la erección que le abultaba los pantalones. Bella suspiró aliviada.

-Perfecta -dijo él con suavidad aunque no pudo engañarla.

-Vamos, perezoso, me muero de hambre -dijo haciéndole señas al tiempo que atravesaba la puerta que unía las dos habitaciones.

-Yo también -murmuró él levantándose de la cama.

Lo dijo con tono malhumorado. Bella sonrió. Prefería un puma hambriento que un gatito juguetón.

Puso la mano en el pomo de la puerta del comedor privado cuando Edward la tomó por la muñeca. Una llama ardiente la recorrió por dentro al notar su mano sobre la piel desnuda. El generoso cuerpo de Edward la aprisionó contra la puerta.

-Esperarás aquí mientras los sirvientes terminan de prepararlo todo.

-No pasa nada. No me importa ayudar.

-Esperarás aquí -repitió él apretándola con más fuerza.

Y haciéndola girar hacia él selló la incipiente protesta con un beso intenso. A continuación abrió la puerta, no sin antes lanzarle una mirada de aviso. Entró y cerró tras él.

Bella levantó las manos y se las llevó a los labios. No la había besado de esa manera durante semanas. Se apoyó contra la pared porque sus rodillas amenazaban con ceder en cualquier momento. La huella de las manos de Edward en su cintura todavía ardía en su piel.

-Supongo que podré soportar su actitud arrogante esta vez -dijo en voz alta sonriendo. Pero no podía imaginarse por qué no la había dejado entrar con él en la habitación. Entonces se le ocurrió mirarse en un espejo y se quedó con la boca abierta.

La falda no era un poco transparente. Era absoluta y escandalosamente transparente. La silueta de sus piernas era totalmente visible y lo que era peor, el encaje de sus braguitas tampoco ocultaba nada. El color azul de la falda de gasa permitiría a todos adivinar con claridad los oscuros rizos donde se juntaban sus muslos.

El corpiño, que ella había considerado sexy pero no muy llamativo, era una verdadera provocación. El tejido aprisionaba sus pechos con una caricia, pero también ponía de manifiesto su forma: hasta los pezones eran visibles.

-¡Oh, Dios mío! -exclamó al tiempo que se sujetaba en la pared. No era de extrañar que Edward le hubiera prohibido entrar en la habitación. Parecía una bailarina de harén. Se sintió como una mujer vestida para proporcionar a su dueño todo el placer que le pidiera. Una oleada de aprensión la golpeó.

-No me dijo que me cambiara -murmuró-. De hecho, me dijo que estaba perfecta.

Si no se hubiera quedado prendado con su ropa, no habría insistido en que se quedara en la habitación antes de pasar al comedor, no le habría gustado su elección y desde luego no la habría besado.

Edward abrió la puerta y se detuvo. Por una vez, supo lo que estaba pensando exactamente. Quería tumbarla en la cama y enseñarle que con él no se jugaba, sólo que no estaba muy seguro de si ella estaba jugando. Y Bella decidió que era un hombre con un control de sí mismo extraordinario si podía resistir aquel deseo primitivo.

-¿Ya? -dijo ella levantándose de la cama de golpe. Una vez dentro, no se sentó sobre el cojín que había frente a ella, sino a su lado, y apoyó su cuerpo sobre la palma de la mano que colocó detrás de Bella y, cuando esta se movió, se encontró con el duro muro a su espalda.

Bella trató de controlar su respiración y tomó una fuente llena de pequeños pasteles que le ofreció a Edward. Este alzó una ceja invitándola a que se lo diera ella misma. Sonrojándose sin control, tomó un pastel y se lo metió en la boca. Casi le mordió los dedos en el segundo bocado. Riéndose, los retiró justo a tiempo.

Su marido tenía un brillo en los ojos pero ella estaba decidida a no perder el control esa noche. Si lo perdían, lo harían los dos. Sin embargo, tratar de ignorar la manera en que la pantera que tenía a su lado hacía todo lo posible por desestabilizarla estaba resultando muy difícil.

Con una sonrisa forzada, tomó un pastel y le dio un mordisco.

-Nunca había comido algo así -dijo Bella, saboreando el pastel especiado. Para su sorpresa, Edward se alargó y se comió de un bocado el resto.

-¡Hey! -dijo ella. El temblor interior había dado paso a una gran sorpresa.

-Te dije que estaba hambriento. Aliméntame rápidamente.

-No creo que pueda comer postre -dijo ella llevándose la mano al estómago. No estaba lleno por completo pero algo le decía que en poco tiempo estaría haciendo mucho ejercicio.

Edward paseó la mirada por los labios de Bella lentamente y descendió hacia los pechos, y la curva de su estómago. Esta vez Bella no pudo ocultar el rubor que le cubría las mejillas. Tan pronto como Edward se dio cuenta de la reacción de ella, se apresuró a acariciar con un dedo el borde de su pecho. La sutil caricia la hizo sentir débil y temblorosa.

-Dejaremos todo esto aquí -dijo Edward levantándose y ofreciéndole su mano-. Por si tienes hambre después.

Bella casi se cayó al comprender lo que esas palabras implicaban. Sin embargo, cuando alzó la vista, vio que Edward continuaba ejerciendo un control absoluto de sus gestos. Sintió que había fracasado en su intento. Edward no debía estar completamente excitado si no la había desnudado ya. Estaba harta de que le quitara la ropa con dulzura cada noche. Quería que volviera su amante apasionado e insaciable. Edward la condujo hasta el dormitorio, se detuvo junto a la cama y comenzó a desabrocharle los botones.

Bella inspiró hondo y retiró las manos de Edward, que al momento cayeron, pero este ya le había desabrochado la mitad de los botones del corpiño, lo que dejaba sus pechos prácticamente al aire.

-¿No quieres que siga? -dijo él. Y así era.

-Edward, ¿me concederías un favor?

-No tienes que pedirlo, Bella. Acepto tu deseo de no... -comenzó a alejarse de ella. Sólo la forma en que mantuvo los puños cerrados a los costados revelaba sus verdaderos sentimientos.

-Te quiero -dijo ella agarrándole la camisa desesperada.

Edward volvió a los botones y ella sacudió la cabeza.

-¿Qué pasa, Mina? -preguntó él impaciente, como el amante que ella había conocido antes de su alejamiento. Y la había llamado Mina otra vez.

-Quiero... -se mordió el labio-. ¿Te importaría que esta noche te tocara yo? -y al decirlo comenzó a desabrocharle los botones.

-Te he dicho que puedes tocarme siempre que quieras -gimió él.

-Pero no quiero que tú me toques.

-No comprendo -preguntó él mostrándose de nuevo impaciente.

-Me haces perder la cabeza con tus caricias y por una vez quiero ser yo la que explore tu cuerpo. Por favor...

Sabía que se arriesgaba al pedirle que le cediera el control de la situación, pero si decía que no, seguiría intentándolo, decidió. Le desabrochó el botón con el que había estado jugando y siguió con otro.

-¿Y qué haré yo mientras tú me... exploras? A Bella no le pasó desapercibida ni la vacilación ni el tono ronco de su voz.

1 comentarios:

Angie P.S dijo...

como es posible que tenga tanto auto-control este hombre y pobre Bella ella que se deshace por lograr des controlarlo.
Buen capitulo.