Dark Chat

domingo, 27 de febrero de 2011

Guerrero del Desierto

CAPITULO VIII

-¿Qué quieres decir con que está en el patio? -preguntó Bella llevándose las manos al pelo enredado.

-He convencido a Jasper para que lo retuviera un poco y así yo pudiera avisarte -contestó Alice encogiendo los delgados hombros.

-Pero es viernes por la noche. ¡Se suponía que no regresaba hasta el próximo lunes!

Unos pasos fuertes se oyeron en el pasillo. Alice abrió mucho los ojos.

-Debo irme. Que tengas suerte -dijo saliendo por la puerta. Bella la oyó decirle algo a Edward.

Exhalando un grito de frustración, Bella se cerró la bata de seda. Era demasiado tarde para cambiarse de ropa. No quería recibir a Edward llevando una bata que sólo le llegaba hasta el muslo y el pelo suelto sobre los hombros, pero el pomo de la puerta ya estaba girando. Rápidamente, se sentó en el taburete que había delante de la mesa de su vestidor y tomó el cepillo. De esa forma, si sus piernas cedían, no se notaría.

Oyó que Edward entraba en la habitación y cerraba la puerta. Sus dedos se cerraron desesperadamente alrededor del mango tallado del cepillo, pero continuó cepillándose el cabello con ligeras pasadas como si no lo hubiera oído. Sintió su presencia tras ella. Entonces se inclinó y apoyó las dos manos sobre la mesa a ambos lados de ella, de forma que quedaba encerrada entre la mesa y Edward. Siguió cepillándose el pelo aunque ya no sentía los dedos de lo fuerte que le temblaban. No quería mirar al espejo para evitar la trampa de color verde que la aguardaba.

-¿Te negarás también a hablar conmigo ahora que estoy en casa? -dijo él sin dejar de acariciarla.

-Ya estamos hablando -dijo ella contenta de que no se le rompiera la voz al contestar.

-No. Te estás limitando a responder a mis preguntas y a esconder te de mí. ¿Estás muy enfadada conmigo, mi Bella? -continuó con voz ronca, cerca de su oído, la presión de su cuerpo contra el de ella encerrándola más y más-. ¿No te has tranquilizado todavía?

-No estoy enfadada -contestó ella, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.

-Ah, Mina, no me puedes engañar. Vamos, mírame. Dale la bienvenida a tu marido.

Sus palabras le recordaban las órdenes que le había dado antes de marcharse.

-¿Quieres sexo? Si me dejas moverme, iré hasta la cama -dijo ella. Inquietantes y virulentas emociones se alzaron en su interior, desafiándola a que las liberara. Se puso rígida. No quería que Edward viera el profundo dolor que sus palabras le habían hecho al sacar a la superficie su mayor miedo y darle forma.

Edward quedó petrificado tras ella. Bella podía sentir cómo se le tensaban los músculos como si fuera a atacar. Retrocedió tan rápidamente que casi la hizo caer.

-Mina, no hagas eso. Sabes que te derretirás en mis brazos -dijo él poniéndole una mano en la cadera y la otra en la mejilla, pero sin obligarla a que lo mirara.

-Sí, sé que puedes hacer me jadear siempre que quieras -contestó Bella tragando con dificultad después de recordar otra de las burlas que le había hecho antes de marchar. Lo peor de todo era que era cierto. Si seguía tocándola con esos dedos tan sensibles, se derretiría. Algo salvaje dentro de ella reconoció la caricia y no la dejaría ir.

-Vete a la cama, Bella -dijo él. Sonó como si se hubiera dado por vencido. La dejó de pie en medio de la habitación y se dirigió a la puerta que conectaba con su propia habitación.

De pronto, Bella se sintió exhausta. Por el temor a la confrontación con él, apenas si había dormido en las últimas cinco noches. Con la bata de seda puesta, se metió en la cama. Sin embargo, una sensación de pérdida seguía manteniéndola despierta. Sabía que era mentira. Nunca había tenido nada que perder, y sin embargo, quería acercarse a su marido y abrazarlo... tranquilizarlo.

Unas manos familiares le acariciaron la desnuda espina dorsal. Bella frunció el ceño, segura de que estaba vestida cuando se metió en la cama, pero en ese sueño estaba desnuda. Sentía unos besos en la nuca, en cada vértebra, y unas manos posesivas sujetándole las caderas.

Gimió y se puso boca arriba para darle la bienvenida a su amante.

Cuando este posó los labios en sus pechos, ella se arqueó para recibirlo. Todavía un poco dormida, sus pensamientos se mezclaban con los sueños pero sus dedos se encontraron acariciando unos cabellos sedosos. La mandíbula cubierta de barba de dos días le rozó el pecho. Sintió un escalofrío y al momento un beso sobre la piel.

-Edward -susurró, ya despierta y consciente.

Demasiado tarde para detener su reacción. Todo su cuerpo estaba abierto a él. Bella suspiró y cedió a lo inevitable. Cuando la besó, ella le devolvió el beso, jubilosa, incapaz de ocultar cuánto lo había echado de menos. El cuerpo de Edward palpitó junto al suyo y al momento estaba depositando un reguero de besos sobre sus pechos. Bella sintió que una explosión de escalofríos recorría su cuerpo en un momento dado.

Bella abrió las piernas sin que este le dijera nada, pero él no se apresuró a poseerla. Le levantó la pierna izquierda y la colocó sobre su hombro y a continuación se inclinó y rozó la sensible cara interna de sus muslos con su barbilla áspera por la barba.

-Edward... -dijo Bella ahogando un grito de placer.

Edward repitió la misma operación con la otra pierna. Cuando Bella ya pensaba que no era posible sentir más placer, notó el beso íntimo de Edward. Bella sabía, en el diminuto rincón del cerebro que aún le funcionaba, que aquella era la forma de Edward de pedir disculpas. Edward mantuvo las caricias hasta que los espasmos cedieron y entonces la penetró, un tanto inseguro de si sería bien recibido. Las lágrimas inundaron los ojos de Bella al ver la vacilación de Edward. No se estaba comportando como un dictador. Bella tensó a propósito los músculos de su pelvis encerrándolo. Fue su manera de decirle sin palabras que era bienvenido, que lo necesitaba y lo amaba. Al mismo tiempo, cerró los brazos sobre él y llenó de besos sus hombros. Con un gemido, Edward comenzó a moverse.

-Bienvenido a casa -susurró ella un segundo antes de llegar al clímax por segunda vez esa noche.

Mucho tiempo más tarde, reunió por fin el valor para preguntarle por qué había regresado antes.

Edward la estrechó con más fuerza y le dio .un beso en el hueco entre el hombro y el cuello.

-Cerramos el acuerdo antes de lo previsto.

-¿Hiciste...? -iba a preguntarle qué tipo de acuerdo era ese, pero se detuvo, porque no quería ser rechazada de nuevo. La había amado con pasión, pero tenía miedo de que después de la pasión, volviera a estar junto al extraño frío y reservado en que se había convertido Edward desde el regreso de Zeina.

-¿Qué, Mina?

-Nada.

-Zulheil ha firmado una serie de acuerdos con varios estados occidentales -explicó él después de un rato en silencio-, con el fin de que nuestros productos artesanales crucen las fronteras sin aranceles.

-¿Por qué productos de artesanía? -se animó a preguntar Bella.

-La joyería y otros productos artesanales de Zulheil gozan de gran prestigio. Es el sector que ocupa el tercer puesto de nuestras exportaciones. Los acuerdos firmados son mutuos -dijo él riendo y haciendo así que Bella se alegrara-. Creen que sus productos inundarán nuestro mercado, pero se equivocan.

-¿Cómo lo sabes?

-Porque, Mina -y la estrujó contra sí juguetón-, hace muchos años que mantenemos un acuerdo de ese tipo con los Estados Unidos.

-¿De verdad? Pero no veo en los mercados sus productos -dijo ella acurrucándose contra su brazo.

-Mi pueblo está acostumbrado a los productos artesanales. Las riquezas de la tierra son compartidas por todos. Las baratijas que nos envían no las quiere nadie.

-Sois unos esnobs.

-Pero somos lo suficientemente ricos para permitírnoslo -contestó este encogiéndose de hombros.

Su falta de modestia la hizo reír. No podría mantenerse dura con él si se mostraba tan afable.

Cuando por fin dejó de reír, Edward la mordió ligeramente en el hombro para llamar su atención. Ella se giró entre sus brazos, consciente de que había capitulado con demasiada facilidad, sin esperar unas palabras de disculpa que calmaran su corazón deshecho. Pero siempre había sabido que Edward no era un hombre humilde. Era un guerrero del desierto que no podía mostrarse humilde. De momento, esa demostración de amor lleno de ternura era suficiente.

Era un comienzo.

-Creo que estamos logrando algo -le dijo Bella a Alice dos semanas más tarde, mientras paseaban por un almacén de objetos de arte en Zulheina-. Me habla.

-¿De qué?

-De sus negocios, principalmente -dijo ella dirigiéndose hacia un caballete que había en una esquina.

-Eso es bueno, pero ¿y qué pasa con vuestra relación?

Bella pasó los dedos por la madera pulida del caballete. Perfecto. Se inclinó y tomó varios de los muchos lienzos que había allí y los fue probando sobre el caballete. A Edward siempre le había gustado preparar él mismo el lienzo, pero aquellos estarían bien para empezar.

-No quiero presionar y estropearlo todo -dijo Bella caminando entre los óleos y seleccionando tubos de pintura.

-¿Estás esperando que ocurra algo? -dijo Alice contribuyendo ella también en la elección de los colores.

-Espero una señal de que... no puedo explicarlo -respondió Bella.

Desde su regreso de París, Edward la había tratado con mucho mimo, aunque manteniendo una barrera emocional entre ellos. Ya no le hacía daño con su furia, pero al contrario, no conseguía derrumbar la barrera protectora para demostrarle que podía confiar en ella de nuevo.

Y esa relación incompleta simplemente no era la adecuada.

-No trates de explicarlo. Simplemente haz lo que debas -dijo Alice apretándole la mano.

-Creo que es un buen consejo -dijo Bella, pero ella no dejaba de pensar qué podría hacer para destruir la barrera que su enigmático esposo había levantado para protegerse.

-¿Estás ocupado? -preguntó mientras asomaba la cabeza en el despacho de Edward. Este levantó la vista al oír su voz.

-Siempre eres bienvenida, Bella.

Bella se agachó y tomó el montón de bolsas con las compras y las puso sobre el escritorio. Dejó el caballete fuera para no estropear la sorpresa.

-¿Qué es esto? -dijo él tirando del cordón que ataba un paquete marrón.

-Un regalo. ¡Abrelo! -dijo ella echándose a un lado y apoyándose en el brazo del sillón de despacho.

Edward frunció el ceño y rápidamente le puso el brazo alrededor de la cintura.

-Te vas a caer en esa postura.

-Toma -dijo al tiempo que se dejaba caer en su regazo-. Y ahora abre esto.

Edward pareció sorprendido por la inesperada demostración de cariño pero su cuerpo se apaciguó cuando abrió el paquete y vio los lienzos, los tubos de pintura y los pinceles.

-Sé que estás muy ocupado -comenzó Bella antes de que él pudiera decir nada-, pero estoy segura de que encontrarás una hora al día, ¿a que sí? Piensa que es un deber más como jeque.

Edward alzó una ceja en un gesto muy expresivo al oír esto y ella sonrió.

-Un jeque adicto al trabajo completamente estresado no beneficiará a su pueblo -continuó Bella sin hacer caso al gruñido irónico de Edward-. Solías pintar para relajarte. ¿Por qué no lo intentas de nuevo?

-Mis responsabilidades...

Bella lo hizo callar poniéndole un dedo en los labios.

-Una hora. Eso no es mucho pedir. Y yo te ayudaré.

-¿Cómo?

-Estoy segura de que puedo hacer algo para aliviarte la carga. Archivar, escribirte los informes... ya sabes que soy lista.

Edward se rió al oírla hablar tan en serio y súbitamente sus hombros se relajaron.

-Ya sé que eres lista, Mina. Siempre lo he sabido. Está bien. Podrás ayudarme y también posar para mí.

-¿Vas a pintarme? -preguntó ella levantándose excitada-. ¿Desnuda?

-Una pintura así no la vería la gente y la quemarían a mi muerte -contestó él frunciendo el ceño ante el comentario impúdico.

Bella le dio un beso en la mejilla, feliz de que Edward hubiera aceptado, y se levantó antes de que él pudiera detenerla.

-También hay un caballete -dijo recogiendo todo el material de pintura-. Dejaré esto en un rincón de mi habitación de trabajo y volveré para ayudarte.

Terminó el día con él, revisando informes. Edward le dijo que podía irse cuando quisiera, pero cuando Bella vio todo el trabajo que aún le quedaba a él, se mostró más que complacida a quedarse con él ayudándolo. Uno de los informes le llamó la atención.

-¿Edward? -este levantó la vista al oír el tono agudo de Bella-. Aquí dice que el jeque puede tener más de una esposa -dijo frunciendo el ceño.

-Se trata de una ley antigua -contestó él con los labios un tanto temblorosos.

-¿Cuándo se aprobó? -preguntó ella. No estaba dispuesta a compartir a su esposo. Jamás.

-Hace mucho. Es una rareza histórica. Tanto mi abuelo como mi padre sólo tuvieron una esposa.

-¿Y tu bisabuelo?

-Cuatro -contestó Edward y a Bella le pareció que los ojos le brillaban divertidos-. No te preocupes. Creo que sólo tengo fuerzas para una mujer.

-Voy a hacer que anulen esta ley -declaró Bella.

-Las mujeres de Zulheil te rendirán tributo. Es una ley aplicable exclusivamente al jeque, pero dicen que parece una amenaza para la imagen moderna de Zulheil.

Bella asintió y sus miedos parecieron calmarse después de oír las palabras lógicas de Edward. Volvió al trabajo. Sentía una especie de agradable satisfacción en ayudar a su marido a sobrellevar las cargas que su posición le exigía.

-Es suficiente, Mina -dijo levantándose y estirándose y llamando así la atención de Bella.

Esta había estado sentada en el sofá que había en un rincón del despacho, con las piernas encogidas. Dejando a un lado el informe que estaba revisando se puso en pie y estiró también sus doloridos músculos.

-Puede que ahora lamentes haberte ofrecido a ayudar -le dijo Edward poniéndose a su lado-. Creo que haces unos resúmenes excelentes. Te llamaré más a menudo.

Sonrió, halagada por el cumplido, y le tomó la mano.

-Bien. Ahora vamos antes de que alguien reclame tu atención.

-¿Me protegerías, Bella? -su sonrisa parecía decir que le parecía una idea absurda, dado que su cuerpo era dos veces el de ella.

-Creo que necesitas a alguien que te sirva de filtro. Alice y Jasper no pueden hacerlo porque nadie los ve como parte de la realeza -contestó ella muy seria-, pero yo sí lo soy. Yo podría ocuparme de atenderlos y así te dejaría libre para ocuparte de asuntos más importantes.

Edward guardó un silencio inquietante. Bella alzó la vista y se lo encontró mirándola fijamente, con expresión seria.

-Quiero decir, si te parece bien que lo haga -dijo ella sintiéndose de pronto insegura. Después de una vida entera subestimándose, tenía tendencia a anular sus intentos de ganar confianza en sí misma-. Sé que soy una extranjera...

-Eres mi mujer. Te he dicho que mi pueblo te ha aceptado como tal. ¿Qué pasará con tus diseños?

-Quería hablar contigo de eso -dijo ella-. ¿Crees que el hecho de que me interese el negocio de la moda dañará la imagen del jeque y su esposa?

-A mí me interesan muchas otras cosas. ¿Quieres seguir adelante con el negocio de la moda?

-Estaba pensando en un pequeño taller de moda que suministre a las tiendas del sector, pero que no tenga boutiques propias.

-Lo harás bien -dijo él.

Su respuesta no fue más que una simple afirmación de la confianza que tenía en sus habilidades, pero la llenó de inmensa alegría. Nadie había creído antes en ella.

-Pero, por mucho que quiera dedicar todo mi tiempo al diseño -aventuró-, tendrá que quedar en segundo lugar.

-¿Segundo lugar?

-Como esposa tuya, mi lugar está aquí, contigo -dijo ella.

No quiso demostrar que era el amor lo que la había llevado a tomar esa decisión. Hasta que estuviera segura de los sentimientos de Edward hacia ella, lo guardaría para sí. Un nuevo rechazo, aunque fuera leve, la destrozaría.

-Mi labor como diseñadora tendrá que ser como la pintura para ti. Algo que hago porque me gusta, después de servir a nuestro pueblo -añadió.

Esta vez los ojos de Edward brillaron de aprobación ante el comportamiento de Bella y esta cobró fuerzas. Era el momento de crecer y aceptar las responsabilidades que tenía como esposa del jeque. El no la había presionado, sino que la había dejado hacer lo que quisiera, pero su lugar estaba con él.

-Si es lo que quieres, entonces acepto.

Bella sonrió y se acercó más a él. Una leve tensión del cuerpo de Edward fue toda la respuesta. Cuando llegaron a la habitación de trabajo de Bella, estaba de nuevo relajado. Bella frunció el ceño, pensativa.

-Yo trabajaré aquí -anunció Edward.

Ella alzó la vista, sus pensamientos interrumpidos momentáneamente, pero asintió y lo ayudó a instalarse.

-Ahora, te tumbarás ahí.

Bella obedeció y se tumbó en una chaise longue de color rojo que él había colocado frente al caballete. Bella pensaba con orgullo que su marido tenía mucho talento. Adoraba el pequeño cuadro que le había regalado un mes antes de que se separaran. Se trataba de un paisaje marítimo de Zulheil que había pintado de memoria para mostrarle el aspecto de su tierra.

-Estás frunciendo el ceño.

-¿Mejor? -dijo ella sonriendo.

-Mina -dijo Edward mirándola con desaprobación al verla con el ceño fruncido. Al darse cuenta de que lo estaba haciendo, Bella le dedicó una resplandeciente sonrisa y esperó a que continuara con el retrato. Entonces se relajó.

Desde su llegada a Zulheil, la había acariciado muy a menudo. Durante las primeras, y turbulentas, semanas, habían sido caricias sexuales. Bella había comprendido entonces que Edward no estaba dispuesto a confiarle su cariño, pero, en Zeina, había sido como si estuviera en el cielo. Después de haber pasado juntos tanto tiempo a lomos de un camello, las caricias se habían vuelto un gesto habitual en sus vidas.

Sin embargo, desde el viaje de Edward a París, aquellos gestos tan íntimos habían desaparecido. Desde entonces, parecía como si Edward se controlara al hacer el amor. Ella no tenía queja respecto a sus relaciones, Edward siempre se preocupaba de que ella llegara al orgasmo, pero faltaba algo. La carga erótica que había presidido sus primeros encuentros se había enfriado.

Bella se preguntaba por qué había ocurrido, por qué se afanaba Edward en limitar la sensualidad en la cama, el único lugar en el que siempre habían sido sinceros. Bella seguía preguntándose si Edward estaría reaccionando así porque ella no le había dado la bienvenida a su regreso de París.

-Basta por ahora, Bella.

sábado, 26 de febrero de 2011

Vida : Dulce Inmortalidad

Capítulo Segundo: Reencuentros

Carlisle hizo una pausa y se contuvo

- Perdón ¿Cuál es su nombre? – pregunto como sí nada, sus ojos color ocre se clavaron en los míos, podía sentir sus preguntas en mi mente como si le estuviera leyendo la suya.

- Susan Howard. respondió

Unas risitas se escucharon por lo bajo, seguro creían que Carlisle se había quedado mirándola a ella, hubiera dado todo lo que tenía en ese momento porque hubiera sido así.

- Profesor, ¿quería consultar si su estadía aquí será para el resto del semestre o volverá el profesor Hemingway?

Al escuchar su pregunta, esta cautivo mi atención, eso era exactamente lo que yo quería saber, ¿cuánto tiempo estaría él ahí en mi hogar?, era difícil encontrar un hogar y no quería irme, me agradaba ahí.

- Bueno - Comenzó a responder Carlisle, tosió para que su voz fuera más firme, y luego continúo, - estaré aquí hasta que el profesor Hemingway se reponga de su enfermedad, y eso Srta. Howard no lo tengo claro aún.

Nadie más dijo nada, Nuestros ojos se encontraron por segunda vez, nos quedamos mirando fijo por una fracción de segundo y luego su rostro cambio esbozó una pequeña sonrisa.

- Bueno eso es todo por hoy, nos vemos la próxima semana.

Concluyó mientras todos se paraban de sus asientos, quería correr, sí eso era justo lo que iba a hacer cuando sentí que Susan me sujetaba por el chaleco impidiendo mi huida.

- Demonios - mascullé por lo bajo.

- Bella ¿estudiaremos juntas hoy? - Me preguntó, di una mirada de reojo a Carlisle quien me devolvió la mirada mientras tomaba sus libros.

- No lo sé Susan, tengo que hacer un par de cosas, y en realidad no creo que sea buena idea - argüí pero lo cierto era que no tenia una excusa convincente en ese momento, apenas podía articular palabra alguna.

Susan suspiro y me miro de mala gana, pero luego me dejo ir, baje las escaleras con la vista enterrada en mis pies, pude sentir sus ojos fulminando mi cuerpo con su mirada, pero hice caso omiso estaba a punto de poner un pie afuera de la habitación cuando sentí su voz

- ¿Srta. Swan, puedo hablar con usted un momento? me dijo Carlisle.

Estaba ahí parada en el marco de la puerta, sin darme vuelta, sin articular palabra alguna

– es realmente necesario y sólo será un momento – insistió ante la expectativa de todos, este sonrío diplomáticamente al resto de los alumnos espectadores de nuestra conversación, me di vuelta dando una sonrisa forzada, estaba visiblemente nerviosa, levante los hombros y asentí.

Carlisle espero a que todos los demás alumnos salieran del aula, cerro la puerta detrás del último, quería escapar y mis pensamiento usualmente eran difícil de controlar para no hacerlos realidad, sin darme cuenta me encontraba al final del salón justo a punto de abrir la puerta trasera del aula cuando frente a mi estaba el cuerpo de Carlisle impidiéndome el paso como una gran muralla.

- Eres… una de… nosotros. exclamó atónito y acerco su mano hacia mi rostro, sin dudarlo me aleje de él nuevamente – Bella… no voy a lastimarte – me dijo suavemente.

- ¿Qué haces aquí? pregunte arrogante, firme y decidida, acaso él no veía que por primera vez estaba realmente superando lo de Edwards, justo cuando creí que ya no iba a debatirme entre salir a buscarlo o seguir con mi vida, ellos aparecían nuevamente en ella, acaso no tenían otro lugar donde ir, lo miré enfurecida. En respuesta él me devolvió la mirada más tierna que jamás hubiera podido alguien darme.

- Alice quería venir a esta Universidad - comenzó a explicar pero yo lo interrumpí.

- Espera… Alice esta aquí. pregunte incrédula, entonces ella lo sabía pensé mire al vacío, no podía haber otra explicación para la presencia de Carlisle ahí.

- No, no lo sabía. interrumpió una voz cantarina, levante mi vista y ahí estaba en vivo y en directo, Alice Hale, parada frente a mí con una sonrisa exquisitamente tierna, me abrazo tal y como lo había hecho cuando Edward me presento a su familia, quede con los brazos colgados, no pude apretarla como lo hubiera hecho en otra circunstancia, era la misma reacción que había tenido en su primer abrazo.

- OH Bella... tu siempre tan expresiva. me dijo riéndose y guiñándome el ojo.

Ahí estaba descubierta al fin, nos miramos unos momentos, fue Alice la que interrumpió aquel incomodo silencio.

- Así que después de todo lo conseguiste, al menos no tuve que ver yo con esto.

Carlisle miraba absorto.

- Edward - susurré pero no pude terminar mi pregunta pues me interrumpieron.

- No él no sabe nada, mantuve mis pensamientos muy apartados de él, y aunque debo confesar que trate de decírselo él no quiso escuchar, en cuanto pronuncie tu nombre él simple

Dijo con un hilo de voz, se mordió el labio, cuando se percató de mi expresión, está era sombría, triste, por primera vez en cinco años corroboré de primera fuente que él no quería saber nada de mi, las imágenes del aquel día en el bosque se comenzaron a suceder en cámara lenta, los recuerdos que parecían borrosos, cobraron mayor fuerza… "¿tu… no… me quieres?" le había preguntado, "No" había sido la respuesta que había escuchado de sus perfectos labios.

Cerré mis ojos cayendo de rodillas al suelo, de pronto volví a sentir aquel interminable dolor en mi pecho, puse mi mano en mi corazón, si no supiera que no podía derramar lagrimas, habría jurado que estas estaban rodando incesantemente por mis frías mejillas. Fue entonces cuando sentí las tibias manos de Carlisle entre mis brazos como dándome consuelo, lo cual me sorprendió.

- Yo no quise. murmuro Alice avergonzada mirando a Carlisle.

- No importa Alice… dije mirando al vacio.

La condición para dejarme ir fue que permanecería en la ciudad, y que no huiría, mi condición fue que no le comentarían nada a Edward. Alice me mostró sus dedos como un niño explorador y declaró solemne

- Ni un pensamiento, Nos reuniremos al anochecer, en la biblioteca. -

Se hacia tarde - en realidad jamás dijimos una hora en especifico - me repetía una y otra vez mientras miraba el reloj, eran las dos y media de la madrugada, seguía caminando en círculos por mi habitación, de pronto mi celular sonó, lo mire de reojo y no tenia que leer el futuro o el pensamiento para saber de quien se trataba, lo tome entre mis manos

- Voy en camino - fue todo lo que dije cortando apresuradamente, tome mi chaqueta, como si ella pudiera protegerme de lo que sucedería a continuación.

Vacilé un momento al ver la luz de la puerta de entrada de la biblioteca, no había nadie, malditas bibliotecas, porque justamente hoy no tenían que estar cerradas. Camine ridículamente despacio para mi habilidad, fue entonces cuando algo me detuvo justo cuando iba a entrar, era una mano sorprendentemente calida

- ¿Bella? Inquirió mientras me miraba, por un segundo pensé que se trataba de él y de pronto fue como si toda la sangre se hubiera detenido en mi cuerpo, pero no, no era él, era Carlisle, miré sobre su hombro y ahí estaba Alice un paso más atrás, suspire y supe que había llegado la hora de decir mi verdad.



viernes, 25 de febrero de 2011

Corazon de Hierro

Cap. 3 Edward Cullen




—¿Lista para comenzar? —me preguntó el mayordomo al pie de la escalera, mis piernas temblaron un poco, pero tenía la sensación de que éste sería un trabajo genial.

—Sí —le dije, y comenzamos a subir.

La mansión Cullen era extremadamente elegante, su decoración era hermosa, además, tenía un estilo clásico y único. Avanzamos por las enormes escaleras que daban al segundo piso, la mansión tenía en total tres pisos y un ático por lo que William me había dicho, era enorme. Llegamos al segundo piso y fuimos recibidos por un enorme corredor lleno de puertas, él me condujo a través de él, pero cuando llegamos al final descubrí que había otra escalera que teníamos que subir, llegamos al tercer piso y una amplia sala de estar nos recibía, tenía hermosos sillones y cuadros hermosos.

—Llegamos —dijo, deteniéndose ante dos puertas enormes—. Ésta es la habitación del señor Cullen. Espéreme aquí afuera por favor —me pidió gentilmente.

—Claro —respondí con la misma cortesía.

El señor Lickwood entró en la habitación del señor Cullen, retrocedí unos cuantos pasos y admire mi entorno, estaba en un lugar que parecía sacado de un cuento de hadas. La exquisita decoración me hacia transportarme a un mundo de magia y sueños, me sentía como una princesa en un castillo. El mayordomo tardo más de lo que pensaba, debía de estar preparando al señor Cullen, unos minutos más tarde tres mucamas subieron rápidamente las escaleras y se adentraron en la habitación. Me quedé pasmada viéndolas tan atentas y sumisas, cada una subió con la mirada pegada en el suelo y se metió rápidamente a la recamara. Cuando el reloj marcaba las ocho y media la puerta de la habitación se abrió y el señor Lickwood salió, acompañado de las tres mucamas, ellas bajaron con la misma rapidez y gracilidad las escaleras.

—Señorita Swan —me llamó.

—¿Sí?

—El Señor Cullen está listo para recibirla, pase por favor.

—Gracias.

Avancé con nerviosismo los pasos que me distanciaban de la habitación, cuando llegué al umbral de la puerta lo primero que pude ver es que era un cuarto algo sombrío, la decoración que había en él era bastante minimalista y poco acogedora por así decirlo. Lo primero que nos recibió fue nuevamente una pequeña salita de estar, al fondo había un hermoso arco de madera, caminamos por la salita y cuando llegamos a los pilares del arco mis ojos se abrieron de una manera que jamás había ocurrido.

En el medio de la habitación había una enorme cama, en ella, un señor. Fijé mis ojos en su rostro y casi sonreí al darme cuenta de que era más hermoso de lo que se veía en las revistas. Mis piernas me comenzaron a traicionar, puse mi mano en una de las maderas de los arcos, no sabía si el piso se movía o yo no podía mantener el equilibrio.

Edward Cullen estaba recostado en su cama, su brillante y cobrizo cabello estaba despeinado, traía puesta una polera de color blanco muy pegada a su cuerpo. Nuestros ojos se encontraron y sentí la potencia de su mirada, sus ojos de un color verde intenso me penetraron a penas se fijaron en mi. La mirada del señor Cullen me examinó de pies a cabeza. A pensar de que estábamos en presencia de su mayordomo no disimulo en potente escrutinio de su mirada, sus ojos recorrieron cada parte de mi cara y vestimenta, sin duda estaba revisando a una mas de su personal. Sus ojos eran tan poderosos que un ardor se dispersó por mis mejillas, sentía sus ojos en mí, sabía que me estaba examinando y eso me causaba diferente sensaciones. Cuando volvió a mi cara su rostro no mostraba ninguna expresión, sus facciones eran duras y parecía no conocer alguna otra postura, sus ojos denotaban la fuerte personalidad que tenía y el carácter que lo hacia tan famoso.

—Señor Cullen —interrumpió el mayordomo, pero él seguía con sus ojos puestos en mi—, le presento a la señorita Isabella Marie Swan, ella es la nueva enfermera que se hará cargo de su cuidado.

—Buenos días señor Cullen —saludé, con mis nervios a flor de piel, el hombre que seguía mirándome no tuvo ninguna reacción. Sus ojos aún estaban clavados en los míos, bajé mi vista a mis zapatos ya que me sentía cohibida, los siguientes tres segundos se me hicieron eternos. ¡Dios! ¿Cómo podría trabajar si él me miraba de esa manera? Parecía estar buscando algo en mis ojos, pero no podía saber que era.

—William —dijo, y de inmediato levanté la vista para fijarla en su rostro, la voz que salió de sus labios me llamó la atención, era suave y melodiosa.

—¿Sí, señor Cullen?

—¿Le has explicado a la señorita Swan las normas de ésta casa? —preguntó.

—Sí mi señor, ella ya esta al tanto de todo.

—Entonces llama a Emmett para que se entreviste con ella.

—Sí señor —respondió, haciendo una pequeña referencia ante él.

—Ahora déjanos solos —pidió amablemente al mayordomo, éste nuevamente hizo una reverencia y se retiró.

El silencio se hizo incomodo, el señor Cullen estaba recostado en su cama, sus manos descansaban sobre el hermoso edredón de color amarillo, sus ojos se notaban mas verdes ante el contraste de los colores. Su mirada no se suavizó ni un poco, seguía mirándome inquisitoriamente.

—¿Piensa quedarse ahí todo el día o comenzara a trabajar? —me preguntó, con su fría mirada y un tono altivo.

—Claro que no… disculpe.

Me sentí un tanto estúpida, con una torpeza que salía sólo cuando me ponía nerviosa. Mire de reojo hacia donde estaba él, Edward Cullen por primera vez mostró un atisbo de lo que podía ser una sonrisa, su boca se inclinó hacia un lado y me mostró que su cara no estaba congelada como había pensado. Cuando me di cuenta no sabía a donde ir, me paré en seco antes de salir, me giré lentamente y me enfrenté con su rostro nuevamente, el golpe fue durísimo, la intensidad de su cara me dejo perpleja, pero sabía que no podía demostrar que era débil, apreté mis puños y contuve mis nervios.

—¿A dónde debo ir señor Cullen? —pregunté, segura de mi misma.

—¿Dónde? Bueno, si lo dice por sus cosas señorita Swan, podría dejarlas por aquí, en la sala de estar estaría bien.

—Gracias —le dije sin ninguna expresión, si ese hombre quería ser rudo yo también podría serlo.

Dejé mis cosas sobre los cómodos sillones de la pequeña salita, sentía sus ojos fijos en mi espalda, me saqué el abrigo y lo dejé junto a mi bolso, tomé el otro en el que traía los implementos necesarios para trabajar y volví a la habitación. Edward Cullen me esperaba aún en el mismo lugar, pero su rostro había cambiado un poco, una mirada de superioridad fue la que me recibió.

—¿Dónde estudio usted? —preguntó, mientras acomodaba mis implementos en una mesa en donde habían cosas de hospital.

—Northwestern —dije con voz seria.

—Buena universidad, ¿la envió Kerry?

—¿La doctora Webber? Sí, ella me envió.

—Entonces usted debe ser una excelente enfermera, sólo me enviaría a la mejor de sus filas.

—Creo que soy buena trabajadora señor Cullen, nada más.

—Modesta también, ¿acaso tiene un ramillete de cualidades escondidas? —preguntó, en un tono que no me agrado mucho.

—Sólo trato de hacer mi trabajo señor Cullen —respondí, dejando escapar un suspiro, éste hombre tenía ínfulas de rey por donde se le mirase.

—Y dígame… ¿qué calificación sacó en la universidad? —dejé caer unas cuantas cosas que sujetaba en mis brazos, no podía creer que mi nuevo jefe se preocupara además por mis calificaciones en la universidad.

—Señor Cullen —le dije, controlando mis ganas de decirle unas cuantas cosas— La doctora Webber me envió porque pensaba que le sería de gran ayuda, lo que yo…

—No le permito que me levante la voz, ésta es mi casa y usted es mi enfermera, ocupe el lugar que le corresponde. Mucho cuidado con que sus insolencias sean diarias porque no lo permitiré —dijo en un tono que me hizo estremecer, Edward Cullen era un hombre muy duro e intransigente, sin duda él no soportaba las personas que lo trataban por igual.

—Disculpe mi atrevimiento, pero usted no…

—Le vuelvo a repetir y espero sea la ultima vez, no permitiré jamás que vuelva a ocupar ese tono en frente mío, mis enfermeras son lo que son, enfermeras y nada mas, ahora le pido de favor que vaya por mis medicamentos, deseo tomármelos —apreté mis puños con fuerza y en lo único que pude pensar fue en los rostros de papá y Kate, «vamos Bella… aguanta», dije para mí. Asentí débilmente y salí de la habitación.

Cuando estuve sola en el corredor parecía que me hubieran echado sal en una herida, la voz de ese hombre retumbaba en mi mente, una rabia incontenible amenazó con salir, la figura de William apareció subiendo las escaleras y evitó que explotara en gritos.

—Señorita Swan ¿algún problema? —me preguntó con un tono preocupado.

—No —le respondí— el señor Cullen quiere tomarse sus medicamentos, pero necesito hablar con su doctor antes de administrárselos.

—Claro, ahora la venía a llamar, el Doctor McCarty está aquí.

—Muchas gracias —le dije, y mordí mi labio inferior, mi estomago se revolvió sólo con el hecho de pesar que tendría que volver a entrar en su habitación.

Me armé de valor y entré nuevamente. Cuando llegué a su habitación Edward me esperaba en la misma posición que antes, pero una sonrisa despectiva y triunfal me esperaba en su rostro, apreté nuevamente los puños al sentir que una avalancha de rabia se venía sobre mí.

—¿Los trajo? —preguntó con soberbia.

—No señor, lo lamento, pero yo no puedo administrarle nada aún —su ceño se frunció.

—¿A caso no es enfermera?

—Sí señor, pero como usted sabe no podemos administrar nada sin la orden de un medico, usted debe saberlo ¿no? —casi solté una risa triunfal.

—Vaya —bufó—, entonces hubiera preferido a un doctor, ellos me habrían servido más —mis puños nuevamente se apretaron y la herida que causaron sus comentarios se llenó nuevamente de sal, apreté mis labios y sólo pude modular un «permiso» antes de salir de su habitación.

Bajé las escaleras rápidamente y fui en busca del doctor de cabecera de Cullen. Iba con mi estomago comprimido por la rabia que sentía, ¿quién demonios se creía ese sujeto para tratar a la gente así? Él no podía ser tan despectivo y soberbio con la gente. ¡Demonios!. Llegué al primer piso y en el recibidor había un hombre que sostenía un maletín, era alto y de cabello rubio, se giró y quedé sorprendida al ver su rostro. Era corpulento y además tenía dos ojos azules que destellaban en la oscuridad, cuando me vio bajar una pequeña sonrisa apareció en su rostro, mis labios se curvaron sin que lo pensara, el solo ver su rostro te hacía sonreír inmediatamente, era un hombre extremadamente apuesto.

—Buenos días —le salude, al tenerlo a sólo unos cuantos pasos.

—Buenos días —me respondió con una voz profunda y varonil—. ¿Es usted la enfermera Swan?

—Sí, lo soy, usted debe ser el doctor MCCarty —él asintió.

—Llámame Emmett por favor.

—Está bien, yo soy Bella entonces —ambos sonreímos.

—Doctor, si gusta puede hablar con la señorita Swan en la biblioteca.

—Claro, sígueme Bella.

—Gracias —le dije a Rachel, la mucama.

Emmett caminó con una gracia poco propia para alguien de su tamaño, llegamos a la biblioteca y el cerró la puerta a sus espaldas.

—Bueno, necesito que me explique la patología del señor Cullen —dije, sentándome en uno de los cómodos sillones.

—Bella, Edward Cullen antes de su enfermedad era el hombre más sano que he conocido, de sangre y cuerpo muy fuertes. Edward jamás se había enfermado antes.

—¿Cómo ocurrió?

—Hace algunos meses viajó a Londres a ver a su familia, su hermana había dado a luz a su primer hijo y Edward era el padrino del niño. Todo marchaba muy bien, cuando regresó fue el problema, en el avión se comenzó a sentir muy mal, tanto fue que cuando desembarco aquí en Chicago tuvo que ser trasladado de inmediato a un hospital. Yo lo recibí en la urgencia y venía bastante mal, en el auto que lo traslado perdió el conocimiento y su presión venía extremadamente alta.

—¿Tuvo un derrame? —pregunté casi en un susurro.

—No, es más que eso, lo que tiene es algo bastante extraño y muy poco común.

—¿En qué consiste?

—Edward puede realizar todo tipo de actividades como caminar, saltar, pensar, pero él tiene como unas crisis de conciencia, en el momento en que menos lo esperamos Edward pierde el conocimiento cayendo en un estado casi de coma.

—¡Dios! —susurré—. ¿Pero cómo puede ser eso?

—No lo sabemos, venimos recién llegando de Houston, se le practicaron exámenes de todos los tipos y ésta semana me llegaran los resultados.

—Es como si su cerebro se desconectara por un tiempo.

—Sí, así es —no podía creer que un hombre que al parecer tenía el control en todo lo que podía, fallaba en lo mas importante, en tener control sobre su propio cuerpo—. Entonces Bella, Edward podría hacer cualquier cosa, pero cuando pasan algunas horas su cerebro parece desconectarse de todo su entorno.

—¿Es por eso que no se levanta?.

—Sí, más o menos. Yo le recomendé hacer reposo ya que nos ha pasado que muchas veces ronda por la casa y pierde el conocimiento, lo que mas nos asusta es que le pase al lado de una escalera o tal vez en el jardín, es muy peligroso que ande por ahí solo.

—¡Dios!, si que es un problema —susurré, Emmett me dio la razón y asintió.

—Entonces Bella, el tratamiento es el siguiente: Edward sólo está tomando en éste momento unos calmantes y relajantes. Lamentablemente no podemos administrarle nada más hasta que sepamos si esto se genera por alguna enfermedad.

—Entiendo.

—Tu deber en esta casa será acompañar a Edward y observar su condición, quise una enfermera ya que no sé si pueda tener algún tipo de crisis o algo por el estilo, además, necesito alguien experimentado en el caso de que se presente una emergencia.

—Sí, está bien.

—Ahora adminístrale sus medicamentos, en la planilla que está a los pies de su cama está todo su historial medico, ahí sabrás cuanto son los medicamentos y los procedimientos que se le debe hacer. Cada mañana deberás examinarlo completamente y registrar los cambios que tenga.

—Está bien —un escalofrió recorrió mi espalda, ¿tendría que tocarlo? ¡Dios! Tendría que aguantarme a ese hombre… como fuera.

—Entonces Bella, eso sería todo por ahora, cualquier cosa estoy a tu disposición, ahora vamos porque debo examinarlo.

—Vamos.

Salimos de la biblioteca, seguí al doctor por los largos corredores y escaleras de la casa Cullen. Cuando llegamos a su habitación, él, al igual que todos los demás, tocó la puerta y esperó a que se le permitiera pasar desde adentro.

—Adelante —contestó la aterciopelada pero decidida voz de Edward Cullen.

Entramos y él nos esperaba casi en la misma posición pero en su rostro había una sonrisa triunfadora, sin duda pensaba que me había humillado y en parte estaba en lo cierto.

—Buenos días Edward —lo llamó el doctor por su nombre.

—Buenos días Emmett, veo que has conocido a la enfermera Swan —dijo, mostrando esa maquiavélica sonrisa nuevamente—. ¿Qué tal?- preguntó con soltura.

—Es una excelente profesional Edward —respondió, mirándome con una dulce sonrisa la cual yo correspondí.

—Veo hace amigos muy rápido señorita Swan —lo quedé mirando y su semblante había cambiado, su ceño se había fruncido.

—Somos colegas —respondí, me giré y fui a ver el expediente, leí cuidadosamente todos los datos que podrían servirme para mi trabajo.

—Qué fácil es relacionarse —dijo con sarcasmo, lo mire y sus ojos estaban posados en los míos, después de unos segundos quitó su vista y la dirigió al doctor. Apreté el expediente en mis manos casi hasta el punto de estrujarlo, sin querer rechine los dientes—. ¿No has recibido mis exámenes?

—No Edward, estará la próxima semana —respondió muy cortés—. Bueno Bella, ahora examinare a Edward, asísteme por favor.

—Claro —respondí.

La mirada de Edward Cullen no me perdía de su vista, sus ojos los sentía clavados en mis movimientos.

—Acércate —me pidió el doctor, caminé lentamente y sintiendo cosas en todo mi cuerpo. Llegué hasta el borde de la cama, Emmett se subió a ella y se acercó a Edward, yo por el otro lado me quedé parada en la orilla y por primera vez en mi carrera no sabía qué hacer—. Vamos Bella ayúdame a palpar su vientre.

Asentí levemente, Edward tenía su vista fija en un punto, no miraba para ninguno de los dos lados. Se bajo un poco ya que estaba sentado y quedó en posición horizontal, Emmett descubrió su cuerpo y quedó expuesto ante nosotros. Levanté suavemente mis manos y las deposite en vientre.

—Súbele la camiseta, necesito que palpes directamente a la piel —me ordenó el doctor, mis manos se estremecieron.

—¿Te ayudo? —me preguntó esa voz aterciopelada, lo miré y sus ojos estaban un poco mas oscuros que antes. Asentí, él, con sus propias manos se sacó la polera y dejo al descubierto su torso, ¡Dios! Suspiré para mis adentros, ¡que abdomen!. Él se recostó nuevamente en la cama y tenía una extraña sonrisa, miré su delicada piel blanquecina y tuve las mas extrañas alucinaciones, mis dedos nuevamente se posaron en su piel y sentí una corriente de energía recorrer cada parte de mi cuerpo.

La mirada de Edward nuevamente estaba en la nada, mis manos comenzaron a palpar su estomago subiendo por la parte de su esófago hacia su pecho. Cuando llegué allí pude comprobar la dureza de sus pectorales, se sentía sus músculos duros y muy bien torneados. Miré de reojo hacia donde él estaba y sus ojos se habían cerrado, su respiración era acompasada y muy tranquila, parecía estar durmiendo.

—Bella —me dijo con voz alta Emmett, di un pequeño respingo.

—¿Sí?

—¿Cómo está el abdomen?

—Blando —dije apresuradamente.

—Bien, sigue entonces, auscúltalo por favor.

—Sí —respondí en un susurro.

Me giré y fui por el estetoscopio, Emmett hizo a Edward levantarse, se sentó nuevamente en la cama.

—Deje unas cosas en mi maletín, iré por ellas —dijo Emmett, y sentí un vacio en mi estomago, mi torpeza se hizo presente y sin querer deje caer el estetoscopio.

—Cuidado —me recrimino Edward—, ese fue un regalo para Emmett y sale caro.

—Lo siento —le dije levantándolo del suelo, Emmett salió de la habitación dejándonos solos. Sentía un millar de cosas y solamente había tocado su piel, no cabía duda de que mi nuevo jefe hacia perder la razón sólo con el contacto de su piel.

—¿Sabes ocupar eso? —me preguntó cuando me senté en la cama a su lado, por mi imprudencia no me di cuenta que quedamos a sólo centímetros de distancia, levanté mi cara y su rostro quedó a escasa distancia.

—Claro… que sí —respondí entrecortadamente.

—Entonces ocúpalo —me retó, mi ceño se frunció automáticamente y comencé mi labor. Me coloqué el estetoscopio y comencé a escuchar su corazón, por los sonidos que hacia parecía estar normal, me corrí hacia el lado para escuchar sus respiraciones, estuve un minuto haciéndolo cuando su calida mano se posó sobre la mía, levanté rápidamente la vista y sus hermosos y brillantes ojos verdes me miraban atentos.

—Mi corazón está aquí —me dijo en un susurro, su mano llevó la mía hacia el otro lado de su pecho y la presionó suavemente. Mi propio corazón comenzó a bombear muy rápidamente y mi cuerpo reacciono al contacto de su piel. El momento pareció ser eterno, su piel y la mía se sentían suaves, mi mente se puso en blanco y lo único que podía hacer era mirar sus ojos y su mano junto a la mía.

—¿Qué… que…? —intenté preguntar, la puerta se abrió y Edward me soltó de inmediato la mano.

—Lávate mejor tu cara, tienes una basura en tus ojos —me dijo con la misma voz fría que había tenido desde un principio, se separó de inmediato de mi. Emmett entró a la habitación ajeno a lo que había pasado, yo aun seguía ahí con el estetoscopio en mis manos y sin poder reaccionar, el cambio de su humor había sido impresionante.

—Vas a tener que recordarle a ésta señorita como se ocupa esto Emmett —dijo con sarcasmo en sus palabras.

—Edward, dale un respiro, es su primer día —dijo el médico tratando de ayudarme, reaccioné ante sus palabras, me paré rápidamente de la cama y lo miré.

—Su corazón parece estar muy bien al igual que su respiración, doctor —apreté con más fuerza de la necesaria el implemento que tenía entre mis manos. Me giré hacia una ventana y respiré como diez veces antes de volverme a girar, ambos hombres estaban enfrascados en una conversación de la cual yo no era parte.

La revisión siguió sin interrupciones, el doctor McCarty continuo examinando al señor Cullen y yo sólo fui participe en pequeñas cosas, cada vez que me ponía cerca de él recordaba lo que había sucedido, demonios, como odiaba cuando la gente me hacia algo así. Su comportamiento me dejo totalmente desconcertada. El examen físico terminó y el doctor se acerco a mí.

—Bella, adminístrale ahora los medicamentos, cuida muy bien las dosis ya que son bastante potentes.

—Claro que sí, no te preocupes.

—Vaya Emmett —dijo desde su cama—. ¡Que familiaridad!

El doctor se tomó su comentario mejor de lo que esperaba, por mi parte sentí una punzada en mi estomago, el sarcasmo y la altivez con la que decía las cosas me molestaba y bastante. Emmett se despidió del señor Cullen y me hizo acompañarlo hasta la puerta, cuando estuvimos fuera su rostro demostraba la compasión que sentía por mi.

—Siento que se porte así, pero te aseguro que Edward es una buena persona, sólo tienes que conocerlo un poco. Está así de frustrado y de mal genio porque todavía no se puede mejorar.

—¿No le gusta estar en casa? —pregunté, con un leve sarcasmo.

—A decir verdad no, Edward es una persona muy activa, en éste momento tiene a uno de sus hombres de confianza dirigiendo su patrimonio, pero aun así esta intranquilo, además de que él es un hombre de mundo.

—Entiendo —dije rodando los ojos.

—Sé que te parecerá un plomo, pero te aseguro que si llegas a conocerlo tu opinión cambiara.

—Eso espero ya que si no será un infierno estar con él —Emmett rió.

—Tranquila Bella, se paciente y veras como cambiara, mi único consejo es que jamás lo desafíes o desacates una de sus ordenes a menos que sea algo medico, ya que tu sabes mucho mas, pero en lo demás sigue al pie de la letra lo que dice y te aseguro que te evitaras disgustos y malos ratos.

—Está bien, lo intentare.

—Buena chica —sonrió—, ahora debo irme, aquí esta mi teléfono por si necesitas cualquier cosa, me llamas y vendré enseguida —me entregó una tarjeta que tenía su número de celular y el de su consulta.

—Muchas gracias —se la recibí y la puse en mi bolsillo.

Emmett se fue dejándome nuevamente sola con Edward, entré en la habitación y mis ojos se abrieron como platos al ver que no estaba en su cama.

—Señor Cullen —dije, y nadie respondió—, Señor Cullen —volví a llamar, pero nada sucedía, caminé hacia la alcoba y estaba completamente vacía, ahora que lo podía apreciar bien el ambiente estaba lleno de su aroma, era tan particular y tenía algo que me hacia querer olerlo siempre—,. Señor Cullen —llamé cuando estaba cerca de las puertas de lo que me imaginaba era su armario—, Señor Cullen —golpee.

—¡¿Acaso no puedo venir solo al baño?, ¡¿O hasta eso me van a controlar? —me gritó con una voz cargada de molestia y enojo. Di un salto y corrí hacia el final de la habitación. Miré a mi lado y estaba la mesa con las medicinas, comencé a preparar el cóctel de pastillas que tomaba a diario. Llené un vaso de agua y lo deje en su buró—. ¡Dios mío! Te convertirás en mi sombra —salió del baño y su ceño estaba completamente arqueado.

—Lo lamento mu…

—No quiero tus disculpas, remítete a hacer lo que te corresponde. Dame mis medicamentos —asentí sin ganas de volver a discutir algo con él, le pase sus medicamentos y rápidamente se los tomó, el vaso de agua se vació y me pidió un poco mas.

La luz de la ventana pegaba en su perfil, su perfecta nariz parecía destellar ante la luz del sol, sus largas pestañas y cobrizo cabello me alteraban a tal punto que mi corazón parecía salir por mi boca, sin duda las revistas tenían razón, él era todo un dios…. Un Dios Griego.

—Toma —me dijo, sacándome de mis pensamientos, recibí el vaso y lo dejé nuevamente en la mesa—. Guarda silencio, cada vez que tomo esto debo dormir ya que si no estas pastillas me marean.

—Está bien, le cerrare las cortinas.

Espere un «gracias» que nunca llegó. Junté las hermosas cortinas y me senté en uno de los sillones que había al frente de su cama, tomé su expediente y comencé a estudiarlo. A los pocos minutos lo miré y estaba profundamente dormido, sin poder evitarlo me acerqué hacia él y lo observe, su reparación era acompasada, su pecho subía y bajaba mientras de su boca salían pequeños suspiros. Miré sus carnosos labios, relamí los míos ante el impulso que tenía de tocarlos. Estaba completamente confundida, el tipo era un plomo, hace muchos años que no conocía a alguien tan desagradable como él, pero cuando lo mirabas así como yo lo hacía ahora parecías olvidarte de todo lo demás, su rostro angelical, sus carnosos labios o ese cuerpo que te hacia perder la cabeza a cualquiera producía que todos los enojos que él mismo te había provocado desaparecieran.

El señor Cullen paso la mayor parte del día durmiendo, si pudiera decirlo así, disfrute viéndolo dormir, era algo supremo, realmente si estaba tranquilo se veía como un hombre demasiado atractivo, lo malo es que al despertar ya sabía con lo que me iba a encontrar. A las seis de la tarde el mayordomo hizo su entrada.

—Señorita Swan —me llamó, levanté la vista del expediente y le respondí.

—Dígame.

—Su horario ya ha terminado, puede retirarse.

—Está bien —me paré y me fijé nuevamente en el hombre que dormía profundamente, si su belleza equivaliera a su carácter, sin duda sería el hombre mas atractivo en el mundo, por lo menos para mi.

Me levanté y accidentalmente dejé caer la carpeta, Edward se removió en su cama y comenzó a despertar lentamente. Una de sus manos talló uno de sus ojos, cuando su vista se acostumbró a la luz me miro extrañado

—¿Qué hora es? —preguntó con voz ronca y pastosa.

—Las seis en punto.

—¿Ya te vas? —preguntó.

—Sí señor, mi horario terminó —le respondí, él se sentó en la cama y miro el reloj que había encima de su buró.

—Desperté justo a tiempo —murmuró para él, pero alcance a oírlo. Se sentó en la orilla de la cama, me acerqué a él, pero no parecía necesitar ayuda, cuando se fue a parar todo su cuerpo se tambaleó, una de sus manos se fue involuntariamente a su cabeza, apretó su frente con mucha fuerza—. ¡Maldición! —dijo molesto, lo tomé por la cintura e intenté que se apoyara en mi, levanté mi vista y comprobé que era muchísimo mas alto que yo.

—Tómeselo con calma, debe ponerse de pie lentamente.

—No me dé órdenes —me dijo, y se soltó de mi agarre—. Que tenga buenas noches señorita Swan —dijo.

—Nos vemos mañana señor Cullen, que pase buenas noches —me despedí tomado mis cosas. Colgué mi delantal y comencé a caminar.

—Un momento —me detuvo, me giré y con mucho esfuerzo se agachó y recogió algo del suelo para mí.

—¡Vaya! —dijo mofándose—. Emmett no pierde el tiempo y veo que usted tampoco —mi cara no sé que expresión tomó que él parecía estar mas divertido, una sonrisa burlesca se posó en sus labios. Me extendió la tarjeta y la tomé, cuando vi que era entendí el porque se su comentario, de mis bolsillos se había caído la tarjeta en donde Emmett me dio su teléfono.

—Buenas noches —terminé, y salí de la habitación.

Cerré la puerta a mis espaldas y no pude evitar descansar en ella, se había terminado, mi primer día de trabajo ¡Al fin había acabado!. Casi sentí ganas de saltar porque el día había pasado, Edward Cullen podía ser el hombre más guapo del mundo, pero su temperamento definitivamente jugaba en su contra. Solté la manilla de la puerta y levanté mi vista, mis ojos se abrieron al encontrarme con tamaña sorpresa.

En la orilla de la escalera estaba parada una mujer, debo decir una impresionante mujer, tenía dos largas y enormes piernas que se coronaban con unas torneadas caderas, su cuerpo se veía perfecto a simple vista y que podría decir de su cara, tenía su cabello negro y dos resplandecientes ojos azules. Nuestras miradas se cruzaron, sentí una punzada de envidia al pasar por su lado, me sobrepasaba en muchos centímetros, miré hacia atrás y lo que mas me llamó la atención fue que entró directamente al cuarto de Edward Cullen, cuando la puerta estuvo cerrada el pestillo resonó en la inmensidad de la sala, mi rápida mente comenzó a maquinar diferentes teorías y la única palabra que saque en común fue «amante».

Me despedí del personal y salí de la mansión, afuera hacia un frió de los mil demonios, en las habitaciones tenían calefacción y no había sentido el frió real de las calles. Metí la mano en mi bolso y saqué mi celular.

—¿Cómo te fue? —preguntó la ansiosa voz de Rosalie.

—Necesito un café —le dije, desesperada por poder desahogar las angustias del día.

—Nos vemos donde siempre en treinta minutos.

—Está bien —respondí con la voz que me quedaba aun en mi cuerpo.

Me giré hacia la casa, se veía tan impresionante como siempre, en ella estaba el hombre mas duro del mundo. Edward Cullen tenía un alma de hielo, al parecer no había cosa que lo conmoviera, ni siquiera porque estaba enfermo suavizaba su comportamiento. Me toqué la frente y solté un suspiro, él estaba ahí y necesitaba de mis servicios al igual que yo necesitaba de mi pago, sabía que si aguantaba podría sacar a mi familia de esa mierda y lo iba a hacer.

Respiré profundamente y me encaminé a mi cita con Rose. Hoy podría ahogar todas mis penas y mañana sería un nuevo día, Edward Cullen no me vencería, no me dejaría amedrentar por él, soportaría todo por sacar a mi familia del infierno en el que vivíamos.

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jueves, 24 de febrero de 2011

Pecados Carnales

Capítulo 23

Conociéndonos de nuevo

Tanya V/s Bella

Tanya

Entrar a la casa de los Cullen fue lo más doloroso que podría haber hecho en toda mi vida, si ni siquiera cuando mis padre murieron me sentí así, puede ser, que en aquel instante yo era demasiado pequeña para saber lo que significaba la palabra muerte, pero hoy, al ver el charco de sangre apenas camine para dar con la sala de estar mi cuerpo no resistió y caí al suelo en un grito desgarrador, por suerte venía detrás de mí Alice y por suerte ni Edward ni Bella venían tras nosotros.

— Ya, Tanya, él está descansando —me consoló con su dulce voz cantarina Alice, me abrazó entre sus diminutas manos, en la mitad del pasillo de su hogar, el charco de sangre aún estaba allí, presente, mi pequeño Anthony aún estaba allí presente, su risa angelical, sus hermosos ojos marrones, esas pestañas tan parecidas a Edward, esa sonrisa ladina idéntica a su padre me desgarró en el alma y por primera vez sentí rabia con la vida, con todo, incluso con Bella.

Deslice mi mano hasta el borde del charco de sangre, uno de mis dedos toco la sangre y en ese minuto Alice me quito de entre las manos el pañal que no había soltado de mis manos durante toda la mañana y con ese mismo genero limpio la sangre.

— ¡Basta! ¡Esto es demasiado para soportarlo! —espetó entre dientes mientras yo daba el grito desgarrador, me había arrebatado lo único que yo podría haber conservado de mi hijo… de mi ahijado.

— ¡Noooo! —luche fieramente por quitarle el paño ensangrentado y fue allí cuando alguien me sujeto por la cintura.

— ¡Basta Tanya! —conminó para que entrará en razón y al principio no reconocí la voz.

— ¡No, era lo único que tenía de él! —protesté tratando de separarme de mi opresor, entonces su cuerpo fuerte me giró para dejar de mirar lo que Alice hacía, me giró justo en el momento en que esta corrió hasta la cocina con el paño y en el suelo ya no había nada, nada que pudiera recordarme a mi pequeño risueño.

Era Jasper, el novio de Alice que me sostenía con fuerza tratando de que no impidiera lo que a todas luces era lo lógico, la sangre no podía quedarse allí eternamente. Cuando sentí unos pasos me giré y allí, recargada en el umbral del pasillo que daba a la cocina estaba Alice, que extendió sus brazos, sus ojos estaban humedecidos.

— Tenemos que ser fuertes por Edward, él no puede verte así —me dijo y me abrazó entre sus brazos, Jasper aflojó cuando notó que yo estaba más calmada y que no trataría de luchar por ir a sacar de la basura el "tuto" de Anthony.

— No quiero ser fuerte, no puedo, que no te das cuenta que esto fue mi culpa —le dije y recordé como yo había dejado a Anthony en el suelo luego de darle el desayuno, yo había cedido al llanto profuso de mi ahijado de cuatro años y medio, y lo había dejado andar por allí, por la casa, y me había ido ayudarle a la madre de Edward a preparar el desayuno de navidad para el resto.

— No Tanya… entonces también sería la mía, yo estaba en la sala de estar, incluso sería la culpa de Jasper que venía llegando… sería la culpa de todos… —me dijo acariciando mis mejillas

— ¿Cómo se lo diré a Edward? —le pregunté aterrada porque él me odiará, porque me recriminará el sufrimiento que estaba pasando y descargará contra mí toda su ira, y si lo hacía sería con justa razón, pero no podía perderlo, no como amigo, yo lo necesitaba como había necesitado de ese pequeño, ambos se habían transformado en mi familia, no podía perderlos a los dos — Me odiará —concluí cerrando mis ojos, sentí como Alice me apretó más fuerte contra su diminuto pecho.

— Edward jamás podría odiarte… Tanya esto no es tu culpa… fue una sucesión de eventos… fue el destino —dijo y yo cerré mis ojos rehuyendo su mirada, me sentía demasiado culpable — Las cosas pasan por algo y ahora debemos ser fuertes por él, por Bella, ambos… —y yo me separé — todos nos necesitamos como una familia, deja de pensar que es tu culpa, Edward te necesita entera no a medias… por favor… —me pidió haciendo que la mirara a los ojos, aquellos ojos pardos tan hermosos que había heredado de Esme, su expresión era dulce, entera ¿Cómo podía ella estar así?, me pregunté, me gustaría tener la mitad de su coraje — por él —insistió y suspiré… yo por él si podía estar entera… ya lo había hecho antes… y lo haría ahora.

Con Edward nos habíamos dejado de ver desde el día de su cumpleaños, no lo había vuelto a ver y había agradecido ese hecho, no sabía si mi corazón iba a ser suficientemente fuerte para verlo en brazos de otra, en brazos de ella. Recordar aquel día de su cumpleaños cuando me había utilizado para sacar celos, había despertado un amor oculto por años, con él habíamos sido compañeros de Instituto y siempre, muy en el fondo, a pesar de que yo lo había acallado mi corazón había gritado por ese chico de misteriosos ojos verdes.

Claro que él jamás me había visto distinto a una amiga, una buena amiga.

Pero el destino se había encargado de darme al menos un pequeño muestreo de cómo era él, como hombre y no como amigo, sin duda sentir sus labios tersos y tibios contra los míos de manera real era una sensación impagable y suficiente para calmar ese corazón roto, ese beso furtivo y poco duradero aquella noche había sido el bálsamo suficiente para poder continuar con mi vida y dar pie atrás a mi amor de niñez.

Claro que no contaba con que el destino otra vez, me lo pondría frente a mis narices… a él y a una pequeñita persona….

— ¿Edward?

— ¿Tanya? — habíamos dicho al unisonó al vernos, él lleno de bolsas listo para bajarse del ascensor y yo, sin nada, lista para subir a el. Me quede observando también que no todo eran bolsas, él traía a un ¿Bebe?

— Vaya… tanto tiempo…

— Así es… desde mi cumpleaños ¿No? —dijo nervioso y yo asentí, mi vista se concentro en unos pequeños orbes marrones chispeantes, y en una sonrisa que me había cautivado años atrás.

— Es hermoso, ¿Cómo estas pequeño? —le dije sin sentido e hipnotizada por el pequeño bebe que él estaba cargando, yo le calculaba unos cuatro meses y medio, tal vez cinco, la pequeña criatura se rió cuando me sintió tomar sus manitas gorditas e hizo un gesto idéntico a Edward, me reí — Veo que hoy te toco ser el tío que consentidor ¿De quién es hijo, de Alice tal vez? —le pregunté aún sin quitar la vista de encima. Rosalie tenía los mismos ojos que Edward pero podría parecerse al padre, aunque algo me dijo que no.

— No —respondió un tanto incomodo — Es mío —concluyó y alce mi vista aún sosteniendo entre mis dedos, los del pequeño.

Edward tenía ¿un hijo?

Nos quedamos mirándonos sin decirnos nada, yo aún estaba procesando esas dos palabras… — ES MÍO —y en que minuto su vida había cambiado tanto ¿Ahora estaba casado?, me pregunté y mi corazón traicionero latió a mil por hora, de pronto sentí un puñal clavarse en la mitad. Trague aire y saliva para poder hablar.

— Felicitaciones — dije un tanto contrariada — No sabía que… ¿Cuándo?

— Mañana cumple seis meses —contestó orgulloso y desvió su mirada varonil hacia su regazo donde traía a su pequeño.

— Wow — fue lo que pude articular, quería preguntar pero no sabía cómo.

— Supongo que se parece a la madre —dije tímidamente y Edward me miró sombrío, un tanto melancólico

— Sí tiene sus mismos ojos —contestó un tanto seco, demasiado para estar felizmente casado, entonces mi corazón dio un brinco pero de ¿Alegría?

— ¿Cómo se llama?

— Bella —contestó sin sentido y entonces recordé ese nombre, era la chica a la cual el trato de sacarle celos aquella noche que me había besado, por la cual mi pequeño príncipe de ensueños se había trastornado de amor.

— Me refería a… el niño — corregí mi pregunta y Edward se sonrojo

— Anthony

— Es un bonito nombre, para un niño tan bonito —dije sin mirarlo, acaricie las mejillas rosadas del pequeño bebe, entonces sentimos que alguien tosio detrás de mí.

— Creo que estamos haciendo embrollo —dijo Edward caminando hacía mí, nuestros cuerpos se juntaron, claro que estamos separados por el diminuto cuerpo de su hijo, me reí, y le di espacio suficiente para que las personas que esperaran entraran al ascensor.

— Ella era la chica con la cual….

— Sí… es una larga historia

— Siempre he sido buena para escuchar largas historias —le dije sin sentido y fueron ahora mis mejillas las que se tiñeron de un rojo profuso producto de la vergüenza. ¡Maldición como tan obvia!, me grité a mi misma, Edward se rió, su sonrisa era tímida pero era igual a las que profería cuando estaba en el instituto, la misma que me había cautivado mi corazón.

— ¿Sí no te molesta que vaya con alguien? —me preguntó acariciando el pelo de su pequeño retoño

— Claro que no, nada que sea tuyo me molesta —le respondí mordiéndome el labio inferior.

Aquel día Edward y yo nos habíamos reencontrado, no sabía si había sido fuerza del destino que yo viviera dos pisos más abajo que su departamento, de hecho, jamás había reparado en aquel detalle, estaba tan concentrada en buscar mi vida, en olvidar recuerdos que, no me había percatado que ese edificio era el mismo donde él vivía.

— Esta un poco desordenado —le dije y corrí unas cajas, tomé entre mis manos las bolsas que él traía para que pudiera sacar a Anthony del cargador que traía puesto, el pequeño parecía demasiado contento, demasiado feliz, Edward lo alzo en el aire y luego junto su nariz con él.

— ¿Te mudaste hace poco? —me preguntó cuando se sentó frente a mi.

— Un par de meses —le respondí un tanto avergonzada, eran bastantes pero mi trabajo me consumía a veces.

— ¿Café?

— Por favor, estoy que muero de sueño —exclamó acomodándose en su regazo al pequeño bebe, lo sentó entre sus piernas y él parecía tan vivo, tan grande, se llevo unos deditos a la boca

— ¿Y para el pequeño gran gigante?

— Aún falta para su mamadera —me dijo y verlo así me sorprendió.

Edward se manejaba muy bien para ser hombre, parecía que conocía cada detalle de su hijo, como lo haría una madre, estaba como mimetizado con él de una manera maravillosa, me quede mirando su interacción como una verdadera tonta, revolviendo el café que me había servido hasta que fue el propio Edward que me trajo de regreso a la tierra.

— ¿Vives con tu novio? —me pregunto tomando un sorbo de su café

— No, vivo sola —le contesté

— ¿Tu y la madre… están divorciados? — le pregunté derechamente y la duda me consumía, de hecho incluso había barajado la posibilidad que la madre estuviera muerta, y me había preparado para el…. Cuanto lo siento… pero su respuesta me descoloco

— Sí —exclamó y corrió su vista, me quede examinando sus facciones ¿Sí la madre estaba viva cómo era que Edward lo tenía con él?

— ¿Entonces este fin de semana te toca tenerlo a ti?

— No exactamente —respondió mirando a su pequeño Anthony, guardo silencio por varios minutos, un silencio incomodo nos embargó.

— Si no quieres contarme está bien, yo estoy siendo la entrometida —le dije tomando la taza vacía de café de enfrente de él para llevarla al lavadero, fue allí cuando él me sujeto la mano.

— Yo se lo quité —confesó en un murmullo ahogado — soy el que tiene la custodia completa —concluyó y en su mirada se reflejo algo que jamás creí posible, me había confesado algo con la misma mirada que daba un asesino cuando confiesa el crimen de alguien. Lo miré contrariada — Lo sé… soy un monstruo —agregó levantándose de la mesa, alzo a Anthony en sus brazos.

— ¿Monstruo? —le pregunté sin entenderlo — ¿Crees que eres un monstruo porque tienes la custodia completa de tu hijo? —le contesté y Edward me miró, su mirada era triste, demasiado sombría, demasiado culpable ¿qué le había pasado al niño de la mirada penetrante y dulce? ¿Dónde estaba el Edward del que me había enamorado?, este no era mi Edward, el hombre frente a mí no era él, este hombre tenía una culpa demasiado grande sobre sus hombros, como si hubiera asesinado a alguien y apostaba que no importara lo que él me confesará para haber hecho lo que él había hecho había una buena razón de fondo y así fue… cuando me lo contó había entendido… algo que al parecer nadie había entendido… Edward solo había querido protegerlo… proteger ese maravilloso regalo que la vida le había dado… ese fruto de su amor por aquella mujer… una que no era yo….

— Gracias —me susurró apenas entre a la casa de la hermana de Bella, casi toda la familia de Edward estaba allí, salvo por Carlisle y Rosalie que había ido a hacer los arreglos pertinentes para el entierro. Le entregué ropa limpia a Edward, estábamos abrazados, yo puse mi mano en su barbilla, como lo había hecho por la mañana cuando había entrado demasiado devastado, casi como ahora — No es tu culpa —respeti como si se tratara de un monologo hecho para la ocasión y traté de guardar mis lágrimas — él está en un mejor lugar —agregué y sentí como Edward se apoyó en mi hombro, enterró su rostro en mi cuello y me apretó con fuerza, con la misma fuerza que lo había hecho aquel día que yo había recordado en su casa, aquel día en que él había expiado su culpa conmigo.

— No puedo… simplemente no puedo ser el fuerte de los dos —confesó en un murmullo apenas audible, fue allí cuando mi vista se desvió a los ojos de Alice que nos observaba, sus ojos marrones estaban humedecidos y tenía puesta una mano en su boca, como mordiendo sus nudillos, Jasper se acercó pero aún así pude leer de sus labios su esperanza en mí — Por favor… por él… —gesticuló Alice y me comí mi propia pena, enterré mis manos en su pelo filo y suave, lo acaricie, ladeando mi rostro sobre el suyo….

— Sí puedes… y lo harás —le dije ahora separando mi cuerpo del suyo, lo obligue a mirarme — Bella te necesita… más que nunca te necesita… entero… para ti… para ella —le dije y sus ojos verdes se clavaron en los míos, seque con mis dedos las lágrimas que salían sin control — Ella es tu familia feliz, por la cual tanto luchaste… no la destruyas ahora —le dije y me empiné para besarle la frente mientras mis manos descansaban en sus mejillas, frías lo besé, pose mis labios sobre su frente aún humedecida y lo besé… lo besé tratando de que todo ese amor contenido en mi corazón se transmitiera al suyo para darle paz… la paz necesaria para que pudiera darla a ella….

— Pero yo… —comenzó a decir y puse mis dedos en sus labios para acallarlo.

— Ella necesita al hombre… no al padre de su hijo… necesita al hombre que ella ama, al hombre que la ama a ella —le dije y entonces las facciones de Edward se hicieron duras, como tantas otras veces, cuando él ocultaba su propio dolor, alzo su mirada y me enterró contra su pecho.

— Gracias —murmuró otra vez besándome ahora él a mí en la frente, descanse mis manos contra su pecho fuerte y tibio, sentí como se separó de mí cuando se sintieron unos pasos en la escalera. Ambos desviamos la mirada hacía ella, era Ángela que venía bajando con una bandeja de comida, estaba sin tocar, miró apesadumbrada a Edward.

— No quiere comer… ni siquiera quiere escucharme —le dijo está y él se separó de mí, tomó entre sus manos la bandeja y subió, se perdió en el pasillo, como tantas veces se había perdido de mí.

— Edward ¿Qué haces aquí? —le pregunté al verlo apoyado en el umbral de mi departamento, estaba evidentemente ebrio y apenas podía mantenerse en pie, de pronto, miré bien, y por ¡Madre santísima! ¿Tenía a Anthony entre sus brazos?.

Lo miré alarmada pero antes que yo pudiera hacer o decir algo, fue él quien hablo.

— Ten quédatelo, ya no puedo más, no puedo, no puedo ocupar el lugar de ella, no puedo criarlo solo, me rindo —exclamó entregándome el pequeño, Anthony estaba envuelto en un chal de color marfil, su piel blanca contracto con la luz tenue del pasillo de mi piso y aquellos cabellos miel desordenados se dejaron ver, lo examiné y estaba profundamente dormido, lo que era increíble a pesar de venir con Edward aún dormía como si su padre lo hubiera estado arrullando en vez de zarandeando por el pasillo.

— ¿Qué estás diciendo? —Le pregunté tomándolo del brazo para evitar que se fuera — ¡Espera! —le grité y cuando alce la voz miré al pequeño angelito entre mis brazos quien se movió pero no despertó, aferré mis dedos en la muñeca de Edward que me miró — No puedes irte —susurré en pánico de que estuviera diciendo la verdad.

— Te lo estoy regalando, yo no lo quiero, es un recuerdo tortuoso de ella… de Bella, ya no soportó el dolor… yo quería una familia feliz y mira lo que tengo… nada… un hijo sin su madre… esto no debería ser así… ella debería estar conmigo… no yo solo con él… —balbuceo de manera ininteligible, se notaba que su lengua estaba adormecida producto del alcohol que había ingerido.

— ¿Hace cuanto estas bebiendo? —le pregunté y el rió pero su risa era triste

— ¿Por qué Tanya? ¿Dime porque duele tanto? —preguntó y se cayó al suelo, se enterró en mis piernas y se me contrajo el corazón y aunque yo feliz me lo hubiera quedado porque era algo de él, debía ser la cuerda de los dos, Edward jamás se perdonaría perder a su hijo también.

— Levántate… Edward, mírame —le pedí y sus ojos verdes se centraron en los míos — Estas borracho, por eso tienes pena pero mañana será distinto — le dije y Edward me interrumpió.

— ¿Lo prometes? —me preguntó con esa mirada de niño dolido.

— Claro… ahora no sabes lo que dices… míralo… Anthony es tu vida… ¿De verdad quieres perderlo?... —le dije sonriendo mientras le mostraba ese dulce rostro angelical que dormía profundamente, miró al pequeño entre mis brazos y luego a mí un tanto confundido — Ven entra, tenemos que acostar a tu hijo, hace frio —le dije y él asintió.

En minutos como hoy, agradecía mi fascinación por los almohadones, tenía muchísimos y aunque a veces los odiaba porque no sabía dónde ponerlos, hoy, me habían venido de perilla para poder hacer una especie de barricada alrededor del pequeño bebe, lo acosté en la cama del cuarto de invitados. Anthony parecía ajeno a todo lo que pudiera estar pasándole, dormía profundamente y no se despertó en ningún minuto, ni cuando lo puse en las frías sabanas ni cuando lo forje con almohadones alrededor — Tendrás que comprar un monitor de bebe —me dije poniéndolo en mi lista mental de prioridades por si a Edward le bajaba otra vez las ganas de regalármelo a la mitad de la madrugada. Me reí.

— Duerme mi pequeño Eddy —le susurré mientras cantaba una pequeña canción que me cantaba mi madre de pequeña. Estaba en eso semi acostada a su lado, acariciando sus dorados cabellos cuando sentí el halito tibio de Edward contra mi oído.

. — Su madre no lo quiso, ¿Por qué tú tampoco lo quieres? —me preguntó con tristeza pero obviamente influenciado por el alcohol, lo aleje y me aleje con él, a pesar que Anthony era un infante no merecía escuchar a su padre hablar así.

— No es que no lo quiera pero a un hijo no se regala, no es un objeto Edward —le contesté juntando la puerta de la habitación de invitados.

En ese minuto quedamos frente a frente, nariz con nariz, su cuerpo se adelanto acorralándome contra la pared a un lado de la puerta del cuarto de invitados, me estremecí al notar el brillo que profirieron sus ojos verdes en los míos. Sus labios se curvaron ahora en una sonrisa ladina.

— Eres tan dulce y hermosa —balbuceó acariciando mis cabellos y entonces un frio recorrió mi cuerpo desde la punta de mis cabellos hasta la punta de mis pies. El frio que sentía se acabo en segundos, ahora sentía un extraño calor ahondar en mi pecho, era como si toda la sangre bombera deliberadamente a cada extremidad de mi cuerpo, lo contemple sin quitarle la vista de encima. Siguió acariciando mis cabellos, enterrando sus manos fuertes y masculinas entre mis largos y ondulados cabellos, hasta que desvió sus mano a la base de mi cuello, apretó firmemente su mano contra mi quijada y se me escapo un quejido involuntario, me estaba traicionando el deseo. ¡Reacciona Tanya, él esta borracho!, me dijo mi yo interior cuando advertí como su rostro se ladeaba y se acercaba aún más al mío, mis ojos se desviaron hacía sus labios que humedeció y entreabrió.

— Edward —balbucee.

Mis manos las tenía prisioneras en sus pecho, pero tenía el espacio suficiente para haberlo alejado sin embargo, me estaba traicionando mi corazón, la ilusión de que tal vez, por algo yo estaba viviendo dos pisos debajo de su departamento, por algo, Anthony parecía congeniar tan bien conmigo ¡Basta estás viendo algo donde no lo hay!, me gritó la conciencia pero por primera vez desde que lo había reencontrado fui egoísta, había consolado tantas veces a Edward hablando bien de alguien que ni siquiera conocía, le había puesto un bálsamo al dolor, había cambiado actitudes egoístas por confusión y tristeza, había modelado a Bella para que él pudiera perdonar a la madre de su hijo cuando en verdad, yo y todo mundo sabía que ella no era una maldita egoísta y manipuladora que hoy, al tener frente a mí al niño, al hombre del cual yo me había enamorado tiempo atrás y del cual me había vuelto a enamorar, por primera vez lo miré y me dije ¡Se egoísta! Y lo hice, lo besé, aun sabiendo que Edward estaba vulnerable, que otra vez, había estado recordando al fantasma de Bella y que dada la cantidad de alcohol ingerido sabía que su corazón estaba débil, falto de amor y que yo era una solución a mano.

— Tanya —balbuceo.

Cuando sus labios se separaron de los míos, y cuando pensé que vendría el arrepentimiento sentí sus labios otra vez hambrientos contra los míos, fue allí cuando correspondí con la misma intensidad el beso, su lengua tibia y húmeda con cierto toque de alcohol se introdujo en mi boca y acarició la mía de manera majestuosa.

Estuvo así por largos minutos, tantos que cuando sentí como se separó de mis labios, estos se sintieron un tanto hinchados pero no me importó, me perdí en las sensación de sentir su lengua recorrer la piel de mi cuello, sentí sus manos como acariciaban mi cuerpo por sobre la ropa y me deje llevar.

Lo acaricie yo de vuelta con la ternura que tantas veces había soñado lo hacía, y entonces, al sentir sus quejidos escapar de sus labios me di cuenta que esa ternura probablemente no la había sentido desde que había estado con Bella.

— Te amo Edward —musité contra sus labios entre abiertos, él se separó de mi rostro, sus ojos verdes se notaban profundos, llenos de deseos y lujuria, pero aún así había un atisbo de arrepentimiento.

— No merezco ese amor Tanya —contestó

— Déjame decidir eso a mí — le contesté volviendo a adueñarme de sus labios, Edward correspondió el beso con tanto o más ahincó que antes. Esa noche habíamos traspasado la barrera de amigos, esa noche por primera vez yo había cumplido mi fantasía, Edward era mío. ¿En verdad lo era?.

Volví a pestañar cuando sentí el golpe de la puerta, Edward había entrado a la habitación de Bella, yo lo había mando allí, lágrimas bajaron por mis mejillas hasta mi boca, las seque con mis labios, al lamerlas sentí la sal en ella y me maldije por ser tan estúpida, yo había creído acallado este sentimiento por él y justo ahora, el día de la muerte de su hijo, lo recordaba con mayor fuerza que nunca, yo lo amaba desgarradoramente, incluso más que antes.