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miércoles, 14 de julio de 2010

Inmortal

EPILOGO: Inmortal.

Miró, por una vez más, hacia aquel castillo y luego suspiró. Este es el adiós definitivo, pensó, sin poder evitar que una pequeña lágrima se derramara por su mejilla derecha. Entonces, lentamente, abrió la tapa del elegante cofre de madera y, con los ojos cerrados, dejó que el viento se llevara las cenizas del hombre al que amó y amaría por siempre.

Volvió a suspirar, comprobando que el aire dolía al llegar a su pecho. No debe de sorprendente, se dijo, desde ahora, este sentimiento será una constante eterna en tu vida...

Una ligera caricia sobre su pecho le hizo bajar la mirada. Entonces, sonrió.

Sí. Él se había ido, pero, tal y como prometió, no la había dejado sola. La punta de su dedo acarició a la sonrojada mejilla del pálido bebé de negro y ondulado cabello que le correspondió con un enérgico apretón.

La sonrisa de Rosalie se ensanchó y presionó a su hijo fuertemente contra su pecho, sintiendo su calor reconfortarle.

—No es necesario que te vayas

Giró al reconocer la voz de Edward.

—Sí lo es – discutió – este bosque me trae recuerdos...

—¿Lo quieres olvidar?

—No – contestó rápidamente – pero hay heridas que necesitan sanar.

El vampiro comprendió, así que no dijo nada más sobre el tema. Se limitó a acercarse y extender su mano hacia el pequeño bulto envuelto por suave y cálida franela oscura.

—Alexander.

—Estoy segura que ese nombre le hubiera encantado a él. ¿Lo ves? Son idénticos

—Tiene tus ojos... y tú marca.

—Tendrá su fuerza y valentía. Además de su gran corazón.

Ambos se miraron fijamente a los ojos, hasta que el bebé hechicero se quedó dormido.

—Cuídate mucho – pidió Edward.

—Tú también – asintió ella – no dejes que la princesa esa te diga siempre lo que hay que hacer.

Él soltó una risita

—Ya no la odias tanto

La rubia hizo una mueca. Permanecieron otro momento en silencio, hasta que ella se acercó para abrazarlo

—Te voy a extrañar – confesó – Discúlpame. Sé que te hice mucho daño, pero... en realidad te quiero.

—Lo sé. Espero verlos pronto...

—Quizás algún día regrese. No sé... en una eternidad pueden pasar muchas cosas.

Él besó una de sus manos.

—Mucha suerte.

La hechicera se quitó un pendiente de sol y media luna que colgaba sobre su pecho y se lo dio

—Para tu hija.

—Gracias...

La rubia le silencio con un delicado movimiento de su mano

—Adiós, Edward – fue lo último que dijo, antes de adentrarse en el bosque y perderse en él...

.

"Alguien una vez dijo que, no importan las circunstancias, cada quien obtiene lo que se merece. Ahora sé que no hay palabras dichas en vano, promesas que, al final de cuentas, no se cumplan, ni quejas que se hagan sin tener, por detrás o por delante, un lamento. ¿Cuánto tiempo no permanecí llena de rencor, rabia y cólera? ¿Cuántas décadas no estuve cegada por una absurda venganza que, al final, sólo terminó lastimándome más? Si tan sólo hubiera sido más inteligente y hubiera descubierto que su amor bastaba para borrar todo el pasado, quizás ahora estuviera a su lado, con nuestro hijo arrullado entre nuestros brazos. Si tan sólo le hubiera permitido deshacer, cuando él me lo pidió, esa falsa capa de soledad que yo misma creé, quizás ahora sería plenamente feliz... Si tan sólo... Si tan sólo...

Muchas cosas pudieron haber evitado su muerte, lo sé. Y es eso precisamente lo que me martiriza: el saber los errores y no tener el poder de corregirlos. Pero, supongo, que las cosas tienen que ser así; de otra forma, la magia no sería sorprendente, el dolor no sería lacerante, ni la felicidad sería dichosa... Si algo tenemos en común todas las especies, mortales e inmortales, es que aprendemos en base al sufrimiento. Lo único que nos hace a todos iguales es que, en esta vida, por muy corta o larga que sea, debes aprender a luchar y ser capaz de ver todo lo valioso que tienes. De otra manera, siempre te sentirás perdido..."

.

Rosalie partió después de tener a su hijo, ocho meses más tarde de la muerte de Emmett. Poco se supo de ella y de Alexander, a través de las escasas cartas enviadas a Edward, en donde le narraba sobre sus viajes y los maravillosos paisajes que ella y el pequeño veían. Casi nunca contó sobre sus sentimientos, de su tristeza; se limitaba a detallar los colores de las montañas, la vegetación, los olores y el cómo Alexander iba creciendo día tras día, al igual que sus poderes. Al niño hechicero le gustaba y tenía una gran habilidad con la espada y amaba la filosofía. Entrenaban juntos por las mañanas y leían por las noches. Cierta vez que Edward le preguntó sobre si algún día Alexander tomaría el trono de su padre, Rose no contestó. Después de ello, no hubo ni una sola respuesta...

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Suspiró una vez más antes de salir. Miró el reflejo de su rostro en el espejo y comprobó que un virginal rubor cubría sus mejillas. Los pies y las manos le temblaban. Saber que Jasper le esperaba afuera, en la cama, le provocaba un hueco en el estomago que se sentía delicioso y, al mismo tiempo, atormentador.

Vamos, Alice, no tienes porqué estar nerviosa, trató de alentarse; pero su mano tardó más de tres segundos en recorrer la cortina que la separaba de la habitación. Su mirada no tardó en encontrarse con la de Jasper, azul y tibia como un cristalino lago de verano. Él le sonrió, se puso de pie y extendió su mano para recibirla.

—Eres preciosa – susurró, cuando estuvieron frente a frente; Ella inclinó su rostro hacia abajo, tímida, no sabiendo que el ligero camisón blanco que llevaba puesto remarcaba cada una de sus sencillas curvas, haciéndole temblar a él de la misma manera que ella lo hacía – Alice...

Alzó la mirada. Jasper había tomado sus manos entre las suyas.

—No quiero que tengas miedo – prosiguió – Quiero que confíes en mí

—Confío en ti – le aseguró ella – pero... estoy asustada.

Jasper acarició una de sus mejillas.

—No tienes porqué estarlo – susurró, inclinándose para hablarle al oído. Su aliento provocó cosquillas en su estomago – Te amo y seré cuidadoso, lo prometo.

—No dudo de ti, si no de mí – confesó - Yo... no sé si seré buena...

—Alice – rió quedamente. Después tomó su rostro entre sus manos, para que sus miradas se unieran – ¿Es que acaso no te has dado cuenta de cuánto te deseo? He esperado, impaciente, a que los meses pasen para hacerte mi esposa. Para hacerte mi mujer...

—Jasper... – musitó ella, cuando los brazos masculinos la rodearon por completo

—Déjame hacerte el amor, Alice – pidió él, paseando lentamente sus labios por su cuello – Déjame hacerte mía.

Y ella respondió sin más dudas, hilando sus dedos en las hebras doradas de sus cabellos, mientras se dejaba guiar hacia la cama, en donde su cuerpo cayó bajo de él.

Sus pequeñas manos inexpertas comenzaron a moverse conforme su cuerpo era cubierto de caricias y besos cada vez más profundos, despojándola del pudor y revistiéndola por una inocente mujer llena de sensualidad. Sentía el roce de Jasper en cada centímetro de su piel, avivándola, humedeciéndola. Se descubrió respirando entrecortadamente cuando uno de sus delicados senos era aprisionado por su boca, endureciendo sus pezones con la frescura de su lengua.

Jamás había experimentando una necesidad tan poderosa. La piel le ardía, una presión en el vientre exigía que Jasper la tomara, sin esperar más. Y, cuando así fue, cuando la dureza de él comenzó a invadirla, lenta, cuidadosamente, esperando a que ella se adaptara, se sintió dichosa; llena.

Era como si ambos cuerpos hubieran estado diseñados para encajar perfectamente uno en otro. Sus bocas no se separaban por más de tres segundos; ahogaban, con la danza de sus labios, los jadeos llenos de placer que aumentaban conforme el movimiento de sus caderas subía de ritmo... Hasta que juntos llegaron al final.

.

Alice y Jasper se casaron esa misma noche en la que se entregaron por primera vez. La boda fue sencilla pues, tras dos años de la muerte de James, Victoria y Emmett, aún se podía apreciar en el castillo cierto aroma nostálgico. Los inmortales y los vampiros habían realizado un afectuoso tratado de paz. Aunque, claro, no hicieron falta los pocos rebeldes que se negaron a vivir a base de sangre de animales o donaciones voluntarias y siguieron rondando por los bosques.

Xandria, su hija, una pequeña y traviesa criaturita inmortal de negros cabellos y grisácea mirada, nació media década después de su matrimonio. Su instinto aventurero era imposible de frenar. Su curiosidad era tan grande como su inteligencia y carisma. Le encantaba bailar en las noches de fogata y adoraba convivir con los humanos.

Una tarde de otoño, ella acababa de cumplir cinco años, el tío Edward recibió la carta de una vieja amiga, junto con un paquete. Era la pintura de un muchacho y todos se habían reunido alrededor para contemplarlo. Inclinó su rostro hacia la derecha, examinando detenidamente las facciones del joven de perturbadora mirada azul, que portaba una oscura gabardina.

—Y él... ¿Quién es? – preguntó a su madre, quien, con una sonrisa, respondió:

—Tu primo, Alexander.

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Dirigió una divertida mirada hacia su esposo, luego hacia su padre, y apretó los labios para reprimir una risita, la cual fue expulsada al escuchar otro ininteligible rezongueo por parte de Edward. Éste volteó para mirarla.

—¿Qué? – preguntó, sin disimular su mal humor. El Rey Charlie también giró para verla, ambas expresiones eran casi las mismas.

—Me parece demasiado cómico ver a un vampiro y a un Rey morirse de la rabia – confesó. ¿Quién lo imaginaría que Suegro y yerno congeniarían tanto en el asunto de los celos?

Ambos hombres volvieron la mirada hacia el centro del salón, en donde una hermosa muchachita, de ondulado y largo cabello cobrizo, bailaba, felizmente, con un joven moreno, de negra cabellera. Los dos resoplaron y pusieron los ojos en blanco.

Esta vez no fue sólo Bella la que rió, si no también Renne y Alice.

—Vamos – dijo la castaña – sabíamos que esto iba a ocurrir tarde o temprano

—Para mí es demasiado temprano – alegó Edward – ¡Mi hija sólo tiene dieciocho años!

—Edward – habló cariñosamente – Reneesme ya es toda una señorita y Jacob la ama.

El vampiro no contestó. Se limitó a encogerse en la silla en la que estaba sentado y seguir refunfuñando.

La castaña volvió a reír y luego se inclinó para depositar un beso sobre su mejilla.

—¿Sabes cuánto adoro verlo así, mi señor? Tan serio e infantil.

—¿Infantil? – Replicó él – ¿Ahora resulta que cuidar a mi hija de un perro es infantil?

—Detesto la imprimación – terció el Rey Charlie.

—Yo detesto a Jacob Black.

El humor de ninguno de los dos mejoró al contemplar que Jacob tomaba a Reneesme de las manos y la guiaba hacia uno de los jardines del castillo.

—Edward – reprendió Bella, al ver que éste se había puesto de pie – ¿A dónde vas?

—A cuidar que a mi hija no se le peguen las pulgas...

A la princesa no le quedó de otra más que alcanzar a su esposo. Era invierno y una gruesa capa de nieve cubría a todo tipo de vegetación. Comprendía la actitud de su esposo, los celos; Ella también los llegó a sentir en determinado momento.

Encontró a Edward, escondido en uno de los muros, quieto como una pálida estatua. Se acercó y le tomó la mano. Él giró el rostro para verla, ella sonrió. Después, ambos volvieron la vista hacia el frente, en donde, sobre la blanca nieve y bajo un enorme y frondoso pino, Reneesme descansaba su cabeza, adormecida y con los ojos serenamente cerrados, sobre el cálido pelaje rojizo del enorme hombre lobo. Ambos se veían completamente en paz, como si de esa manera nada los pudiera dañar.

—Él sabe que a ella le gusta la nieve – suspiró el vampiro.

—Él sólo quiere hacerla feliz – acordó la princesa – ¿Los ves? Me recuerdan tanto a nosotros cuando nos acostábamos debajo de nuestro pino.

Edward miró otro instante más la escena de su hija con el licántropo. Sí, lo que decía Bella era cierto...

—Dejémoslo solos – dijo la castaña, jalándolo hacia el pie de las escaleras y juntando sus labios con los suyos – Podemos ir a la recamara...

—¿Y la fiesta? – preguntó Edward, sonriendo

—La fiesta... puede esperar.

Y el vampiro no escuchó más. Con un rápido movimiento, la cargó entre sus brazos y, al segundo siguiente, ambos se encontraban ya en la cama, desvistiéndose lentamente, con pasión y ternura; con el mismo nervio, como si se tratara de la primera vez.

Los labios de él abandonaron su boca y se deslizaron hacia abajo, en donde su lengua mojaba ligeramente la piel de su vientre y sus dedos invadían su intimidad, haciéndola jadear, vibrar con cada caricia, con cada penetración, con cada beso, mientras ella se retorcía entre sus brazos, balanceándose hacia atrás y hacia delante, con los ojos cerrados, sintiéndolo completamente dentro.

Y es que no importaba cuántas veces sucediera, cada final era distinto, mágico...

.

Reneesme jugaba distraídamente el pendiente en forma de sol y media luna que, desde pequeña, le había dado su padre, diciéndole que era un regalo de una gran amiga al cual él adoraba. Luego, suspiró. El lobo que estaba a su lado giró la cabeza y sus ojos le miraron fijamente, con preocupación. Ella esbozó una pequeña sonrisa y estiró su mano para hundirla en el suave pelaje.

El licántropo aceptó su caricia, pero después salió corriendo hacia el bosque, regresando al segundo siguiente ya en forma de hombre. Volvieron a sentarse debajo del pino. El moreno tomó sus manos.

—¿Qué sucede? – Preguntó, con voz suave – Es tu cumpleaños. No deberías de estar triste

Ella bajó la mirada para contestar.

—No estoy triste. Estaba pensando... – susurró

—¿En qué? – la instó él

—En que ya anocheció. Eso significa que la mañana se acerca y tú... tú te irás otra vez. ¿Cuánto tiempo pasará para que te vuelva a ver, Jacob? Sé que tienes deberes por hacer en tu reino, pero yo... yo no puedo evitar extrañar a mi mejor amigo.

Él tomó su rostro entre sus manos, con delicadeza.

—¿Segura que solamente extrañas a un amigo?– preguntó. El corazón de ella tembló. Abrió los labios para contestar, pero los volvió a cerrar al no tener una respuesta.

La profundidad de los negros ojos de Jacob parecía traspasar su alma, ver más allá de lo que ella quería demostrar. Se sintió frágil y cerró los ojos cuando él comenzó a acercarse. Entonces, sus labios se vieron acariciados por un suave, breve y cálido contacto que duró apenas un latido, pero que electrizó cada centímetro de su piel, haciéndola temblar.

—Reneesme – musitó el moreno, sin dejar de sostener su rostro – Te amo.

.

Su caballo cabalgaba a toda velocidad por el bosque. Le encantaba sentir la adrenalina y el viento golpear su rostro y agitar sus cabellos. Jaló las riendas de su blanco caballo, haciéndole frenar. Se bajó de un salto y contempló el cobrizo atardecer. Las luces del castillo comenzaban a ser encendidas.

Lo mejor es darse prisa, pensó. No quería llegar tarde al baile de apertura, pero la larga silueta de un joven, parado en una cercana colina, llamó su atención. No lograba verle el rostro ya que la capucha de su oscura capa lo cubría; pero, por la posición en la que se encontraba, era claro que estaba contemplando el castillo. ¿Será un forastero?, pensaba mientras se acercaba con cautela. ¿O será un vampiro rebelde? La segunda idea le asustó y emocionó al mismo tiempo. De hecho, no sabía porqué se estaba arriesgando tanto en lugar de haber dado aviso a su padre o alguno de los guardias.

Sus pies se resbalaron un poco, pero recuperó rápidamente el equilibrio. No fue nada, se tranquilizó, pero el desconocido joven giró el rostro y vio justamente su dirección. Permaneció quieta, inmóvil, hasta que él se acercó y borró sus miedos al ayudarla, gentilmente, a ponerse de pie. No parece peligroso, alzó la mirada y se encontró con un par de azules ojos que le resultaron familiares, cautivantes. Hizo memoria y entonces recordó el cuadro que se encontraba colgado en la biblioteca; el mismo que, desde pequeña, contemplaba día tras día, como si fuera presa de un hechizo.

—¿Alexander?

.

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—Más de un siglo – susurró la castaña, con la cabeza de Edward reclinada sobre su pecho. A él siempre le gustaba escuchar cómo su corazón volvía, poco a poco, a su normal palpitar.

—Me parece tan poco y, a la vez, me parece demasiado – dijo él, sabiendo a lo que se refería, deslizando la punta de sus dedos por la desnuda curva de su cintura, haciéndola estremecer – Demasiado si lo comparamos con los mortales, pues, de ser uno de ellos, muy seguramente ya habríamos muerto... Eso es cruel, ¿no crees? No poder amar a alguien más que unas siete u ocho décadas, a veces incluso hasta menos.

Se estiró para besar dulcemente sus labios.

—Y me parece tan poco cuando pienso en toda la eternidad que tenemos por delante... Y me siento muy agradecido de no ser humano; Pues ni diez millones de noches me serían suficientes para hacerte el amor, ni diez millones de soles me bastarían para decirte cuánto te adoro. Veinte mil vidas enteras me son nada para hacerte feliz y darte gracias por todo lo que me has dado y enseñado. Bella, – tomó su rostro entre sus manos y le miró fijamente a los ojos – La Luna y sus estrellas podrían llegar a envejecer y, ni aún hasta entonces, yo habría vivido lo suficiente para hacerte saber todo lo que significas para mí.

Su mano se alojó en el pecho de la princesa. Ambos permanecieron en silencio, con sus miradas unidas, extraviados uno en el otro.

—Tú corazón es mi corazón – susurró él – No soy yo quien es inmortal, Bella. Aún si muriera, es mi amor por ti lo que viviría por siempre, a través de las décadas, a través de lo siglos, a través del tiempo...

—A través de todo – sonrió ella

—A través de todo – acordó él, acercándose para juntar sus labios con los suyos, para así volver a amarla como antes, como ahora, como siempre.

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"Hay historias que no tienen fin, historias que están destinadas a permanecer eternamente en nuestras almas. Lugares, canciones, colores, olores, nombres... rostros que imperan en nuestros recuerdos por siempre. Amores, amores tan grandes que ni en la más grande agonía se olvidan. Hay historias, historias que nacen para nunca morir. En cada corazón hay, al menos, una. Hay historias, historias que nos hacen reír, llorar... vivir, que nos hacen humanos. Hay historias que vencen a la muerte y que quedan viajando en el viento. Hay historias, historias inmortales, que jamás logran ser enterradas..."

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FIN
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Mis niñas hermosas aqui les dejé el epilogo, gracias por haberlo leido, esperoo que les haya gustado y porfaa no nos abandonen y dejen sus comentarios porfiiss son muy importantes para nosotras.
las kieeroo, besitooos
anitaa cullen:)

viernes, 9 de julio de 2010

Inmortal

Capítulo 27: Batalla Final

Correr, correr lo más rápido posible. Eso era lo único que les quedaba a Jasper y a Edward. El miedo les invadía, desconocían qué tan tarde era ya. Laurent había penetrado las puertas del Castillo y lo que había hecho después era incierto.

Carlisle y el resto de los vampiros habían llegado a ayudarles. A sus espaldas, habían dejado un feroz campo de batalla entre quienes buscaban el poder y los que sólo querían la paz.

Edward gruñó ante la impotencia. ¿Quién lo diría? Tantas décadas para terminar esto: en guerra. El destino había jugado con él de modo cruel, pero tampoco estaba dispuesto a darse por vencido. Por nada del mundo iba a permitir que Bella se fuera de su lado.

La situación con Jasper era muy similar. La sensación de Deja'vu le asaltaba a cada minuto. Pareciera que habían pasado siglos después de la batalla en la que había dejado de ser humano. Ahora era inmortal. Ahora era más fuerte... Ahora protegería a Alice hasta que la ultima de sus extremidades fuera arrancada de su cuerpo.

Ambos vampiros treparon la muralla trasera e irrumpieron en el Castillo. El suelo estaba bañado en sangre y adornado por mutilados cadáveres.

El miedo aumento, pero no dejaron escapar la esperanza. Ellas tenían que estar a salvo. De otra manera... Todo había acabado ya.

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Su mirada color chocolate se encontraba pérdida, al igual que sus pensamientos. Imágenes difusas y sin sentido bailaban en su mente, mientras su mano acariciaba, inconscientemente, su vientre plano.

Se sentía extraña. Últimamente había estado demasiado distraída, absorta en un mundo blanco en el que sólo existía, entre sus brazos, un cálido y reconfortante peso. Como si estuviera acunando a un bebé...

Un débil jadeó la trajo a la realidad, haciéndole volver la mirada hacia la muchacha que, había olvidado, estaba sentada a su lado.

—Alice, ¿Qué sucede?

—Ellos... ellos vienen – susurró la aludida, un segundo antes de su borrosa mirada se aclarara – Bella, el castillo está rodeado por el enemigo.

—¿Qué?

—Las imágenes fueron muy imprecisas. No sé nada más que eso...

Desgarradores gemidos llamaron su atención. Ambas princesas se asomaron a la ventana y sus miradas se dilataron al contemplar el sangriento espectáculo que se estaba desarrollando en el jardín frontal.

—Debemos prepararnos – jaló Bella a Alice

—¿Prepararnos? Bella, ¿A dónde me llevas?

—Con estos vestidos no podremos hacer nada – explicó la castaña, mientras abría las puertas de la habitación de James – tampoco tenemos armas. Debemos conseguirlas antes de que entren al castillo.

La pequeña comprendió al instante y, al igual que su hermana, comenzó a cambiar sus prendas por los pantalones y camisas de su hermano. La ropa les quedaba holgada, pero, al menos, estorbarían menos y les brindaría más libertad de movimiento.

—¿Dónde está Victoria? – inquirió Alice al notar que la habitación estaba vacía

—Seguramente en el jardín – temió Bella, cogiendo el arco y las flechas que tenía su hermano en un armario – hay que darnos prisa. Debemos reunirnos con el resto de la familia.

—¿Tú crees...? ¿Tú crees que ellos vengan?

—Vendrán – aseguró Bella – pero, para mientras, debemos mantenernos a salvo y cuidar a nuestra gente, ¿entendido? – La pequeña asintió – no tengas miedo. Esa bestia no podrá contra nosotras.

Ambas princesas salieron de la habitación, con pies descalzos y movimientos precavidos. Bella iba al frente, con el arco y la flecha listos para cualquier ataque. Los pasillos estaban perturbadoramente silenciosos, lo cual presagiaba el peligro que danzaba alrededor. Apenas y se atrevían a respirar, cualquier paso en falso podía llamar la atención de esas bestias.

—¡Bella, Alice! – la voz de Emmett las sobresaltó por un momento.

Alice se llevó una mano hacia el pecho, agradeciendo el no poder morir de un ataque al corazón, mientras su hermana la hacía correr, para alcanzar a su primo que las buscaba con desesperación

—¡Cielo santo! – Exclamó el moreno, al verlas aparecer – ¿Dónde estaban? Este nos momento para jugar a los disfraces

—Ni para bromas – señaló Bella.

El rey sonrió traviesamente. De verdad que no había manera de hacerle perder su mal humor.

—Vamos, vengan conmigo – dijo después

—¿Dónde está el resto?

—En el salón del Trono. ¡Dense prisa! Esas bestias no tardan en llegar hasta acá

La castaña corría lo mejor que sus pies le permitían. No había otro momento en el que odiara tanto su falta de equilibrio, normal en un humano, pero ridícula para un inmortal.

Los tres llegaron al Salón del Trono poco después. Renne corrió a abrazarlos, dando gracias al Cielo por mantenerlos a salvo, al menos por el momento. Emmett, junto con el Rey Charlie y la guardia, formaron una barrera para proteger a la reina y a las princesas. Bien sabían todos que nada podían hacer, más que pelear...

.

.

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Los ojos de Bella y Alice se dilataron, por un breve momento, al ver entrar a "Edward" y "Jasper", acompañados de dos hermosas y rubias mujeres que traían, en un costado del cuello, la plateada marca que las identificaba como hechiceras y un numeroso grupo de rebeldes vampiros, con ojos inyectados de sangre.

Emmett, quien permanecía hasta el frente de la guardia, quedó petrificado al reconocer a Rose entre las líneas enemigas. ¿Qué significaba todo esto?

—¿En realidad crees que esas armas podrán detenernos? – preguntó Laurent, viendo con desdén como los guardias tensaban sus arcos y espadas, con valor – ¿Por qué pelear y morir, sólo por defender a estas criaturas tan insignificantes que no valoran su sacrificio?

—No son Edward ni Jasper – musitó Bella. Alice asintió. Por supuesto que no eran ellos; pero, ¿Qué había tras esa usurpación?

Victoria gruñó fuertemente y, con un solo movimiento, empuñó su espada y salió disparada hacia Laurent. Fue rápida, pero la furia hacía predecible sus movimientos y Laurent no tardó en esquivarla y propinarle un puñetazo que la estrelló contra una de las paredes.

—¡Victoria! – corrió Bella a auxiliarla.

El Rey Charlie gruñó y se plantó frente a Laurent. Sus ojos, jóvenes, pero sabios por los siglos vividos, miraban en el pálido hombre, de ojos rojos, al peor de los enemigos.

—Te he estado esperando – dijo, desempuñando su espada.

—¡Pero, su Majestad! – Exclamó Laurent, con fingido terror – ¡Espere un momento! ¿Por qué irnos a la violencia tan rápidamente?

—Has entrado en mi castillo y esparcido, tanto en él, como en el bosque, sangre de inocentes humanos. Mataste a mi hijo. Has tentado contra la vida del resto de mi familia en numerosas ocasiones. Has violado la paz de mi reino. ¡¿Qué pretendes que haga?

—Matarme, claro está – acordó, dando dos pasos hacia atrás y comenzando a caminar alrededor del rey – Merezco que me arranquen la cabeza lentamente, que me torturen. Lo que he hecho es digno de un Diablo. Estoy seguro que hasta el Demonio me teme. No saben cuán deliciosa me supo la sangre del príncipe James – agregó, lamiéndose los labios. Victoria se encogió de dolor – había escuchado que la sangre de la Realeza era milagrosa para nosotros, que nos volvía más fuertes; pero jamás imaginé qué tanto. Aún puedo sentir su calor corriendo por mis venas. Aún puedo recordar qué tan dulce sabor tenía – Volvió el rostro hacia Bella y la sed oscureció su mirada. Estaba claro quien de todos los ahí presentes era su presa predilecta – Estoy ansioso por probar otro poco más.

—No volverás a tocar a nadie de mi familia – advirtió Charlie.

Laurent soltó una sonora carcajada y, con un movimiento borroso, le alzó por el cuello. Los guardias intentaron defenderle, pero los hombres de Laurent lo impidieron de inmediato, rugiendo y mostrando los dientes de manera amenazante.

Renne se llevó ambas manos a la boca, para no gritar. Ver a su marido en peligro era el espectáculo más escalofriante que había presenciado hasta ahora.

Emmett desenvainó su espada, provocando que el corazón de Rose se hinchara de terror, y retrocedió para cubrir a Renne, Victoria, Alice y Bella con su cuerpo. El desate de la batalla estaba cerca, se hiciera lo que se hiciera, y, aunque deseaba ayudar a su tío, bien sabía él que la vida de éste no estaba en sus manos.

—¿Y qué pretendes hacer para detenerme, criatura insignificante? – bramó Laurent – ¡Ustedes no merecen la inmortalidad! Son una aberración de la naturaleza, simples humanos que jamás envejecerán.

Bella alcanzó una de sus flechas

—¿Qué intentas hacer? – frenó Emmett

—Matará a mi padre si no hacemos algo para evitarlo

—Yo me encargo de él – siseó Victoria, quien, sin que nadie pudiera detenerla, volvió a correr hacia Laurent, con espada en mano, logrando atinarle una cortada en su espalda.

La batalla se desató en ese instante. Los guardias y los vampiros comenzaron a luchar, unos contra los otros, atacando y mutilando, sin dar oportunidad a la muerte de entrar en sus vidas.

—Maldición – murmuró Emmett, yendo tras ella – Bella, Alice, Tía, salgan de aquí.

Bella jaló a Alice del brazo, al igual que a Renne, y las encaminó hacia una de las salidas que se encontraba ocultas entre las paredes.

—Corran – indicó – corran y escóndanse. Salgan al bosque si es necesario.

—No pienso dejarte...

—Alice, estaré bien – aseguró, empujando a la pequeña con fuerza, sin darle oportunidad de protestar más, y trancando la puerta para que no pudieran entrar.

Ya había perdido a un hermano. No estaba dispuesta a perderla a ella también. Bella contuvo un jadeo al dar media vuelta y encontrarse, frente a frente, con un par de ojos rojos, llenos de rabia.

—Isabella – susurró Laurent, alzando una de sus manos – mi hermosa y valiente Isabella. Siempre sacrificándote por los demás...

—No me toques – advirtió la castaña, retrocediendo lo más que podía; protegiendo, con su espalda, la salida por donde su hermana y madre habían escapado.

—¿Por qué tan reticente ahora, cariño? Pensé que estabas ansiosa de mirarme.

La princesa soltó una risa, llena de amargo humor.

—Qué patético eres, Laurent –su castaña mirada era desafiante – Ni tomando millones de brebajes podrás compararte con Edward. Simplemente él es demasiado para ti.

Y sus palabras eran ciertas, al menos para ella. El rostro que tenía al frente podía poseer el mismo color de piel y los mismos ángulos que del hombre al que amaba; pero estaba ese brillo en las pupilas que marcaba la gran diferencia.

Aún si Laurent no hubiera penetrado las puertas del castillo de manera violenta y hubiera actuado como Edward, estaba segura de que ella no habría caído en su juego, pues nadie, absolutamente nadie, sería capaz de imitar ese cálido fulgor que le aturdía los sentidos.

Había sido engañada una vez, hacía dos décadas, y había aprendido bien de ese error que la había mantenido lejos del hombre al que amaba. Ya no volvería a caer en el mismo juego.

Esperando ser rápida y ágil, encogió una de sus piernas y luego la estiró para golpear el rostro de Laurent. El impacto fue certero e, ignorando el dolor que a ella le había causado (pues había sido como pegar un puntapié a una enorme piedra) aprovechó la distracción del vampiro para escabullirse.

El primer paso que dio fue lacerante. Al parecer, se había ganado una ligera fractura. Aún así, no se detuvo y corrió hacia la salida principal. Sabía que no tardaría en ser alcanzada; pero al menos quería intentarlo: ganar un poco de ventaja para disparar una de las flechas que tenía. El veneno en ellas debía de ayudar en algo.

Laurent profirió un ensordecedor gruñido y se lanzó en su búsqueda.

—¡Bella! – exclamó Emmett, al percatarse del peligro que corría la castaña. Y, sin perder más tiempo, agitó su espada y cortó en dos a la bestia que tenía por oponente.

Sin embargo, cuando dio media vuelta para ir ayudar a su prima, una silueta femenina se interpuso en su camino

—¿A dónde cree va, Majestad? – Preguntó Leila – Quédese por favor, lo mejor está por venir.

Emmett ni si quiera le miró. Su atención estaba fija en la muchacha que estaba detrás.

—Es hermosa, ¿no cree? – Preguntó Leila, al darse cuenta de ello; y, aprovechando el aturdimiento de Emmett, lo desarmó y postró contra el suelo – Bueno, al menos tendrá el privilegio de morir entre sus manos.

Rose respingó y su mirada, por primera vez, se encontró con la de Emmett. Su miedo se duplicó al ver al hombre que amaba, indefenso, rendido ante los pies de su tía. Todo este tiempo había temido que este momento llegara. Había tenido la ligera esperanza de que él fuera fuerte y lograra escapar, pero ahora se daba cuenta de qué tan equivocada estaba.

Leila se hizo a un lado, dejándole el camino libre, y le ofreció su filoso puñal.

—Es el momento de cobrar tu venganza, mi niña querida. Derrama la sangre de este inmortal como ellos lo hicieron con nuestra familia.

La rubia se hallaba confundida... la plateada arma temblaba entre sus manos.

Por un lado estaba todos esos años en los que estuvo sola y deseó, con el alma, vengarse de la Realeza, su deseo hecho realidad de encontrar a alguien más de su misma especie y la integra fidelidad que le prometió a ésta. Y por otro lado también estaba los momentos vividos con ese hombre al que tenía que matar; el mismo que, con solo estar a su lado, le borraba todo tipo de dolor, le hacía feliz...

¡Qué estúpida era! Su decisión ya estaba tomada desde el principio. No podía seguir engañándose. Su deseo de venganza habían sido suprimido desde el día en que lo había conocido, había sido solo su orgullo lo que le había hecho creer todo lo contrario. Amaba a Emmett, lo amaba profundamente, y ese sentimiento era tan inmenso, que no le dejaba en el alma espacio para nada más.

—No lo voy a hacer – su mano soltó el puñal

—¿Qué dices? – inquirió la otra hechicera

—No voy a matarlo – repitió, confirmando, con sus ojos, lo firme de su decisión – No voy a matar al hombre que amo

Las pupilas de Leila brillaron de ira, mientras observaba como su sobrina ayudaba al joven inmortal a ponerse de pie, para después abrazarlo fuertemente.

—Di que es una mentira, Rose – siseó, temblando de rabia– dilo y olvidaré todo. No quiero matarte, aléjate de ese hombre.

—No – replicó la rubia – Ni por que mandaras mi alma al infierno, no lo haría...

Los feroces aullidos de los hombres lobos ahogaron sus palabras. Una sonrisa despiadada curvó los labios de Leila, al mismo tiempo en que Emmett cubría a Rose con su cuerpo y tensaba su espada.

—¿Qué pasa?

—Nuestros nuevos aliados han llegado – anunció la malvada hechicera – Es una lástima, Rose. Pudiste tener todo el poder que quisieras y has elegido morir, sólo por un insignificante hombre. No puedo matarte; pero los licántropos sí. Espero que tu amado príncipe sea lo suficientemente fuerte para defenderte, de lo contrario, yo no lo haré y habré perdido, entonces, a la única persona que queda de mi raza.

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Los pies de Bella se deslizaban lo más rápido por cada uno de los pasillos. Sabía que Laurent venía tras ella, que, por más que procurara confundirlo, tomando diferentes direcciones, no tardaría en alcanzarla en cualquier momento y, ahí, sería su fin.

Los intentos de herirlo habían sido inútiles, sus flechas habían sido esquivadas con suma facilidad. Él era demasiado rápido. Tanto, que el hecho de no estar ya entre sus manos lo consideraba un milagro.

Su respiración comenzaba a volverse pesada para cuando divisó, a pocos metros, un lobo de pelaje rojizo. Sus ojos se dilataron y, por un breve momento, la felicidad suplantó al miedo por completo.

—¡Jacob! – exclamó, con una sonrisa que se borró en cuanto el colosal animal gruñó, ferozmente, en su dirección.

Frenó sus pasos, sin poder entenderlo. ¿Qué era lo que sucedía?

—Jacob... ¿Qué sucede? – Inquirió, tratando de no dejarse intimidar por los atroces dientes que se le presentaban, amenazantes, dispuestos a atacarla.

¿Sería posible que estuviera bajo algún hechizo? Tenía que ser así. No encontraba otra explicación para justificar el comportamiento de su amigo.

El lobo volvió a bramar rabiosamente, obligándola a retroceder hasta acorralarla contra una de las paredes. Cerró los ojos. Ya no había escapatoria y lo sabía. Si no era él, sería Laurent. Incluso podían ser los dos. Lo único que quedaba ahora era... resignarse.

Sus pensamientos se centraron en Edward, en los momentos vividos con él. De esa manera, con su rostro y voz presentes, quizás el dolor al ser descuartizada no fuera tanto...

Una ligera punzada interna, dada directamente en su matriz, le hizo abrir los ojos. Su mano se acomodó, instintivamente, sobre esa baja zona de su estomago, que ahora sentía tan delicada y cálida.

¿Qué era lo que estaba pasando?

Jacob había abandonado su postura amenazante y permanecía frente a ella, con su oscura mirada fija en su vientre, como si pudiera ver algo más allá de su piel, como si él también compartiera ese tórrido sentimiento que le envolvía.

—Jacob...

El lobo volvió a gruñir, con muchísima más fuerza, y pegó un enorme saltó, pero no contra ella, si no contra los vampiros que acababa de aparecer.

La castaña tembló. Estaba claro que su amigo no podría contra ellos. ¿Qué era lo que había hecho cambiar tan drásticamente a Jacob de opinión? Alejó esa duda de su mente, mientras acomodaba la flecha en su arco y la lanzaba hacia uno de las bestias que acababan de aparecer.

Parecía estar siendo de ayuda, hasta que Laurent apareció entre ellos, ignorando todo y concentrando su atención solamente en ella. Era perturbador contemplar el rostro de Edward opacado con esos ojos rojos, diabólicos, que destilaban el más puro de los odios.

Comenzó a correr otra vez, mientras una demoniaca carcajada le advertía qué tan cerca estaba de ser alcanzada. Los nervios le hicieron perderse en un pasillo sin salida. Escapar era imposible. Ya había burlado la muerte incontables veces, ahora no habría otra oportunidad. Cerró los ojos y apretó los labios, dispuesta a dos cosas: La primera, no quería que lo último que contemplara fuera esa falsa imagen de Edward como un terrible demonio. Y la segunda, no estaba dispuesta a demostrar ni un solo ápice de dolor que pudiera llegar a complacer al enemigo.

Su mano se dirigió de nueva cuenta hacia su vientre. Había algo dentro de él, lo sabía. Algo que le reconfortaba y, a la vez, le llenaba de melancolía, como si estuviera a punto de perder mucho más que su vida.

Silencio. Un fresco aliento bailó frente a ella. La muerte estaba cerca... Laurent lo estaba. El momento había llegado, se lo anticipó el frío tacto que le tomó por los hombros.

—¡Bella, Bella!

Abrió los ojos, de par en par, al escuchar su aterciopelada voz, y una lágrima recorrió su mejilla al verse reflejada en el único piélago dorado que era capaz de borrar todo tipo de temores.

—Edward... – musitó, casi sin creerlo.

El vampiro la atrajo hacia su pecho, abrazándola con fuerza y alivio.

—Bella, oh, Dios, pensé que no llegaría a tiempo – susurró, antes de que sus labios buscaran a los suyos para saborear su dulzura y, así, convencerse de que era real, de que estaban juntos – Tenemos que irnos – anunció, poco después – Necesito sacarte de aquí

—¿Dónde está Laurent?

—No lo sé – admitió, mientras la tomaba de la mano y la hacía caminar – no puedo leer sus pensamientos. Al parecer, Leila le dio una pócima que evita que yo pueda entrar en su mente. Por eso necesito llevarte a un lugar en el que estés a salvo...

La princesa frenó los pasos y, con ello, sus palabras

—¿Qué sucede?

—¿Insinúas que yo estaré escondida mientras tú arriesgas la vida?

—Bella... – intentó razonar, pero la castaña le silenció con la mirada

—No pienso alejarme de ti, Edward.

—No puedo pelear si sé que corres peligro – explicó – Bella, necesito que tú estés bien para que yo pueda estar tranquilo...

—Y yo necesito estar contigo para respirar – confesó la castaña, mirándole a los ojos – El lugar más seguro que existe para mí está junto a ti, ¿no lo entiendes?

—Eres tan necia – suspiró el vampiro, capturando su rostro con las manos y pegando su frente a la suya – Sigues siendo la misma niña caprichosa de siempre. No has cambiado en nada.

—No – acordó la princesa, sonriendo levemente y alzando los dedos para acariciar sus anguladas y pálidas mejillas – Sigo siendo la misma. Lo único que probablemente ha cambiado, ha crecido, si eso es posible, es la necesidad que tengo de ti.

Edward se inclinó para rozar sus labios. No era el momento, ambos lo sabían, pero simplemente no podían controlar la urgencia que aclamaba unir sus bocas, sus alientos, sus almas.

Los labios de Bella se vieron abandonados y sustituidos por un lastimero gemido. Abrió los ojos y lo que vio, le heló la sangre... Le trituró el alma. E

—¡Bella, corre! - exclamó Victoria, traspasando con su espada el estomago de Edward. Pensando que la cercanía de éste implicaba peligro – ¡Huye! Yo me encargaré de esta bestia.

Y entonces, la castaña comprendió a la perfección el plan de Laurent. Y debía admitir que éste no había tenido error alguno. La pelirroja había atacado al que, creía ella, había asesinado a su esposo; sin imaginar que el verdadero homicida se encontraba en algún lugar del castillo, disfrutando de su victoria.

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El corazón de Renne amenazaba con dejar de palpitar, mientras veía a su pequeña hija correr frente a ella, abriéndose camino y esquivando a los vampiros con su espada, arriesgando su vida con cada movimiento ágil de su cuerpo.

Había sido de un momento a otro cuando las bestias se habían desplazado por todo el castillo, rompiendo todo tipo de seguridad posible. Ahora, cada paso que daban era un juego de azar para sus vidas. Y la reina sólo temía por la vida de su hija. Si algo no podría soportar sería ver morir a su propia sangre frente a sus ojos.

—¡Alice! – exclamó Renne, al divisar que se aproximaban un par de feroces fieras,

La pequeña acomodó rápidamente su menudo cuerpo para atacar. Un par de gotas de sudor se resbalaban por sus sienes y su delicada expresión lucía feroz mientras blandía la espada y atizaba, con ésta, letales cortadas en las duras pieles como piedras.

Toda su concentración se reducía a eso: a descuartizar vampiros para poder llegar a un lugar seguro, si es que lo había. No estaba dispuesta a morir, no cuando sabía que él llegaría en cualquier momento.

—¡Cuidado, Alice! – le previno su madre.

Se giró inmediatamente para encarar al enemigo y, sin perder tiempo alguno, atacó.

Un jadeó se escapó de su pecho al contemplar que la filosa hoja era bloqueada, hábilmente, por un par de níveas manos. Luego, alzó la mirada y todo tipo de miedo se esfumó.

—Jamás pensé que algo tan frágil podría resultar ser tan mortal – sonrió el vampiro.

La espada cayó al suelo instantáneamente y, olvidando que su madre se encontraba a pocos metros de ahí, la princesa se lanzó a sus brazos

—Jasper – musitó – No sabes cuánto me alegra verte, tenía tanto miedo.

—Lo siento – sus labios besaron su frente – Yo también tenía miedo, no sabes cuánto, de no encontrarte. Pero ya esto aquí y no dejaré que nada malo te pase...

—Alice... – la voz de Renne llamó la atención de ambos.

La princesa y el vampiro se alejaron inmediatamente.

—Madre, sé que te encuentras confundida – dijo la muchacha, mordiéndose nerviosamente el labio inferior – pero no es momento para dar explicaciones. Por favor, confía en mí y en Jasper. Él ha venido a ayudarnos. Te prometo que después, mi padre y tú sabrán lo que realmente ha sucedido.

Renne abrió la boca, intentado decir algo, pero no halló la forma de mover la lengua. Estaba petrifica, aterrada... conmovida. Jamás había visto los ojos de su hija refulgir de tal manera.

Retrocedió automáticamente para cuando el vampiro se acercó.

—Alteza, debemos irnos – anunció Jasper y, repentinamente, la reina experimentó una calma infinita. Alice sonrió y le dedicó una mirada significativa al rubio.

—De acuerdo – accedió Renne, notoriamente relajada. Aunque cierto escalofrío se hizo presente en su espinazo para cuando las gélidas manos del vampiro la tomaron por los brazos.

—Disculpe la osadía, pero será más fácil de esta manera. ¿Alice...?

—Puedo correr lo suficientemente fuerte, cariño – calmó la muchacha, guiñándole un ojo – ¿A dónde vamos?

—Al bosq...

—¡No, Victoria, detente por favor!

—Bella... – reconoció la princesa, fría de miedo, observando cómo el rostro de Jasper se ensombrecía, mientras bajaba a su madre de la espalda

—Alice, el bosque está despejado. Corran hasta llegar al fondo y escóndanse lo mejor posible. No salgan hasta que yo las encuentre...

—Jasper – interrumpió la pequeña – ¿Qué ha pasado?

—Parece ser que la princesa Victoria ha herido a Edward – contestó el rubio, dirigiendo su temerosa mirada hacia una de las torres del castillo.

No lo diría en voz alta, pero, un perturbador olor llegó a su nariz... presagiando la muerte.

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Capítulo 28: Batalla Final, parte II.

—No – volvió a repetir Alice, con firmeza.

Jasper suspiró y le miró reprobatoriamente. Ella no iba a desistir. Aún así, lo intentó una vez más.

—Al, el castillo está rodeado de vampiros, hechiceras, hombres lobos...

—Lo sé. También sé que mi hermana está ahí. Al igual que mi padre y Emmett. Necesitan de mi ayuda. Además, no pienso dejarte solo.

El rubio le dedicó una mirada a Eleazar, quien acaba de llegar hacía poco, anunciando que los vampiros que Laurent había mandado al bosque habían sido completamente aniquilados.

—Ni si quiera pienses en usar tu poder conmigo, así como lo hiciste con mi madre – advirtió la pequeña, señalando a una desvanecida Renne – me arrastraré si es necesario para seguirte.

Jasper suspiró, con amarga resignación.

—Eleazar, llévate a la Reina a un lugar a salvo – pidió, mientras tomaba a una complacida Alice entre brazos y la acomodaba sobre su espalda

—Mandaré a más hombres en ayuda – asintió el vampiro – Nuestro señor ya ha de estar dentro del castillo, con alguno de nosotros, pero me imagino que no ha de ser suficiente.

—Esperemos que Carlisle esté con Edward – musitó el rubio, un segundo antes de comenzar a correr y escalar los muros que le llevarían de regreso hacia el castillo.

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—¡No, Victoria! – Gritó la castaña, cubriendo con su cuerpo a Edward – ¡Detente, por favor! ¡No le hagas más daño!

La pelirroja detuvo su ataque al instante. Sus ojos dilatados expresaban su enorme desconcierto, mientras la rabia comenzaba a arderle en la piel.

—Hazte a un lado, Bella – siseó, más la muchacha no se movió ni un solo centímetro – ¡No sabes lo que haces! ¡Recuerda quién es él! – Exclamó, pensando que su cuñada se encontraba bajo un embrujo, cuando la situación era todo lo contrario – ¡Esa bestia mató a tu hermano!

—No – contradijo la princesa – no fue él quien mató a James.

—¡Yo lo vi!

—¡No! Lo que viste fue una mentira. Una trampa que Laurent creó para todos nosotros

—¿Laurent? – Repitió Victoria, altamente confundida – ¿Quién es Laurent?

—El que mató a tu marido, ni más ni menos – contestó una gruesa voz detrás de su espalda.

La pelirroja giró el cuerpo y tuvo, al frente, a un feroz vampiro, de cabellos negros y piel aceitunada.

—Gracias, su "Majestad" – agregó la bestia, con su carmesí mirada inyectada de placentera burla – No sabe de cuánta ayuda me ha sido. Es un lastima que el príncipe James esté muerto y no haya podido ver los grandes dotes de guerrera que posee. Estoy seguro, hubiera estado muy orgulloso

—James... – musitó la viuda. El que su nombre fuera mencionado por los labios de ese demonio le desquebraja el corazón de pena y furia – ¿Cómo pudiste...?

—¿Cómo? Ah, Fue muy divertido y fácil. Sólo bastó hundir mis dientes en su piel y disfrutar cada pequeño sorbo de su sangre, mientras sentía cómo la vida huía de su cuerpo.

El rostro de Victoria se crispó de dolor, sus dedos se apretaron alrededor de la empuñadura de la espada.

—Te voy a matar...

Laurent soltó una carcajada.

—¿En serio? No lo creo. Tú única presa ha sido, y será, ese pobre bastardo– echó una rápida mirada hacia Edward, quien yacía en brazos de una angustiada Bella – De verdad, te estoy muy agradecido. Y, para demostrártelo, te haré un favor enviándote al mismo lugar en el que se encuentra tu esposo. Seré rápido, ya verás – prometió, acercándose lentamente – no sentirás absolutamente nada.

—¿Y quién ha dicho que yo dejaré que me toques? – Siseó Victoria, mostrando el filo de su espada de modo amenazante – Bella, sal de aquí

La castaña respingó.

—¡Sal de aquí! – repitió, sin dejar de mirar al enemigo – Es lo menos que puedo hacer por ustedes. Lleva a Edward a un lugar en el que pueda descansar... Espero que no sea muy tarde

La perplejidad de Bella se esfumó al contemplar la determinación de su cuñada y sentir que Edward se tensaba cada vez más entre sus brazos. Se puso de pie y, empleando toda su fuerza, apoyó al vampiro sobre sus hombros.

—¡Pero qué... "conmovedor"! – replicó Laurent, al notar cómo Victoria estaba decidida a proteger a aquella pareja – Pero le recuerdo que, haga lo que haga, sus sueños ya están perdidos, calcinados, como el cadáver de su esposo.

La pelirroja sonrió, mientras sus pies se movían al compás defensivo. Estaba consciente de la alta probabilidad que había de morir, pero no sentía miedo.

Morir. Si, definitivamente, esa sería su mejor opción. Vivir toda una eternidad sin él era como permanecer en el más frío de los avernos... Más sin embargo, tampoco estaba dispuesta a irse sin dejar a esa bestia hecha pedazos.

La hoja de su espada crujió al bloquear la primera embestida y sus brazos y piernas sintieron la sobrenatural fuerza de Laurent. Sonrió. La adrenalina corría por sus venas con cada nuevo ataque dado y recibido. La voz de James cantaba dulcemente en su mente, dándole valor y fuerza; prometiéndole que todo iba a estar bien, que él estaba con ella como antes, como ahora y como siempre...

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Uno, dos, tres espadazos. Emmett se movía con astucia, protegiéndola vivazmente, mientras se abría paso entre los enormes lobos que bramaban con infinita rabia.

—¿Por qué no los podemos matar? – quiso saber Rose, lanzando una de sus flechas

—Por que son mis amigos, cariño – contestó el rey, con una traviesa sonrisa.

La rubia puso los ojos en blanco. Si no fuera por que amaba tanto a ese hombre... ¿Cómo podía alguien disfrutar tanto el estar en peligro?

—¡Cuidado! – exclamó Emmett, apartándola de una feroz mandíbula

—¿Tus amigos? Pues, créeme que no lo parecen – replicó, mal humorada al comprobar que su vestido había sido desgarrado – ¿Desde cuando tus amigos intentan matarte?

—Vamos, amor. Sólo hay que dejarlos inconscientes para que tú puedas deshacer el hechizo que les ha vuelto así de violentos

—Genial – resopló ella – ¿Ahora hasta tendré que curar a los perros?

—No, querida – interrumpió Leila – Por supuesto que ese no es el futuro que tú mereces, en absoluto.

—¿Qué haces aquí? – exigió saber la rubia

—Lo he pensado bien, querida, y creo que, por mucho que me duela perderte, será peor saber que tu vida se reducirá a la mediocridad. Definitivamente, sólo puedo ofrecerte dos opciones. No le haré daño a tu preciado hombre – anticipó – pero aléjate de él y ven conmigo. O tendré que matarte y matarlo a él, por supuesto...

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Dejó caer el cuerpo del vampiro al suelo, con el mayor cuidado posible.

—Edward – musitó en medio de la oscuridad, con la zozobra ahogando sus palabras.

No habían avanzado mucho, sólo lo que sus pies, descalzos y heridos, habían soportado. El peligro todavía andaba alrededor, podía sentirlo, sabía que Victoria no podría sola contra Lauren. Necesitaba hacer algo para ayudarla. Necesitaba regresar por ella... pero, egoístamente primero, estaba el hombre que se hallaba entre sus brazos

—Edward... – volvió a llamar y la poca calma que retenía se le esfumó al palpar sus anguladas mejillas, tan exageradamente pálidas y frías como la nieve, sin el menor atisbo de color, sin el menor indicio de vida...

Un colosal hueco comenzó a abrirse paso violentamente en su interior; desgarrando su corazón con tortuosa lentitud. ¡Cuánto daría por estar en ella en su lugar, sufrir lo que él estaba sufriendo! ¡Cuánto dejaría con tal de retroceder el tiempo y evitar que esto sucediera!

El vampiro tenía los ojos casi cerrados y parecía no respirar. Estaba mal, de eso no cabía duda, la herida que Victoria le había hecho era grande, lo suficiente para inyectar una alta dosis de veneno, y éste mismo se expandía, cada vez un poco más, por su cuerpo.

—Edward, por favor – capturó su rostro entre sus manos, obligándole a mirarle a los ojos.

El muchacho esbozó una ligera sonrisa, para intentar, inútilmente, tranquilizarla, mientras que sus temblorosos dedos se alzaban para acariciar su mejilla.

—Bella... ¿Por qué lloras? – la pregunta era tonta.

—Tengo miedo – admitió, con voz ahogada.

—No lo tengas – cuchicheó él – Siempre estaré contigo...

Un silencioso gemido de dolor le impidió seguir hablando. Quemaba, el veneno introducido en su cuerpo ardía como las mismas llamas del infierno, pero esto era nada en comparación al punzante aguijonazo que le laceraba el pecho al contemplar el rostro de Bella, bañado de dolor por su culpa.

—No es nada – calmó, en cuanto pudo hablar, con el poco aliento que le restaba – Por favor, no llores. Estoy bien. Pasará pronto...

La castaña asintió e hizo todo lo posible por reprimir sus lágrimas.

Sabía que Edward estaba mintiendo. Sabía que él haría todo, hasta soportar el dolor en silencio, con tal de no hacerla sufrir. ¡Qué absurdo era tan sólo el imaginarlo! Si ellos dos eran como una sola alma, imposibles de separar, imposibles de romper. La unión que los ataba era tan briosa que, no importaba lo que se hiciese, cada paroxismo, cada sentimiento que experimentaba uno, lo percibía el otro con la misma fuerza, con el mismo ímpetu y la misma naturalidad.

Eran la unión perfecta, desde pequeños había sido así: un acoplamiento sin errores. Ninguno era complemento del otro, lo suyo era mucho más especial. Lo suyo no era cuestiones de pedacitos faltantes, si no de una entera e integra necesidad. Edward para Bella era como el oxígeno. Bella para Edward era como la sangre; cada uno indispensable para la vida del otro.

Sangre... La palabra retumbó en la mente de la castaña y sus ojos destellaron con esperanza. ¿Cómo es que no se le había ocurrido antes? La sangre de la Realeza fortalecía a los vampiros, mucho más que la de los humanos. Quizás... si Edward bebía un poco de ella, el veneno perdería efecto.

Había que intentarlo. Atropelladamente, se arremangó la manga de su camisa y alcanzó una de las flechas.

—No – frenó Edward, adivinando sus intenciones

—Necesitas alimentarte – le ignoró – y mi sangre te hará más fuerte.

—Bella, ¡No! – Repitió el pálido muchacho, con la mirada aterrorizada – ¿Estás loca? ¿Acaso no sabes lo que eso podría significar?

—Si. Tu recuperación

—¡No, Bella! – Bramó, ignorando la fuerte punzada que nacía con ello. La castaña le miró a los ojos y tomó su afligido rostro entre sus manos

—No harás nada que me haga daño – confió, con voz dulce

—Puedo no controlarme y morderte. Sólo eso bastaría para... para...

Demasiado tarde. Bella había insertado ya la punta de la flecha en una de las venas de su muñeca y una pequeña fuente de sangre brotó de inmediato.

Edward dejó de respirar automáticamente, pero no pudo gobernar el oscurecimiento de sus ojos, delatando su sed. La castaña aproximó su mano hacia su rostro, tenso y compungido.

—Edward, es la única solución que hay – murmuró – Podrás controlarte, yo sé que lo harás – y, sin pedir más consentimientos, pegó la herida sangrante a la reticente boca que tembló al sentir su espeso calor acariciarla.

Con un exiguo jadeo, Edward se rindió y abrió los labios, sintiendo, con la punta de su lengua, como el tórrido flujo penetraba en su garganta y enardecía su piel.

Su mente se nubló ante el esplendido y ardiente sabor degustado. Sus manos apretaron el brazo de Bella con fuerza, para que la sangre se expulsara con mayor intensidad.

Parecía no tener suficiente de ella mientras su lengua relamía, una y otra vez, sin extasiarse. Si tan sólo pudiera tener un poco más... sólo un poco más. Saborear ese cáliz divino directamente de sus venas...

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—¡Jasper, mira! – señaló Alice al moreno chico tendido sobre el piso.

El rubio frenó su marcha, depositó a Alice al suelo y, dejándola varios metros atrás, comenzó a acercarse.

—Estuvo con tu hermana – dijo, al percibir olor.

—¿Está muerto?

—No. Sólo inconsciente. Parece ser que también tuvo un enfrentamiento con Laurent – frunció el ceño, desconcertado, pues se suponía que los licántropos ahora estaban a favor de esa bestia.

—¿Por qué él no mata a mata a los hombre lobos?

—Por que los quiere como sus mascotas. Y, al parecer, éste es el más fuerte de todos... Sería un desperdicio para él aniquilarlo.

Estiró una mano para tocarlo y, cuando las puntas de sus dedos apenas alcanzaban su hombro, el chico despertó, con un fiero y violento gruñido.

—Jacob – reconoció entonces Alice.

El moreno fijó su mirada en ella, tranquilizándose con ayuda de Jasper.

—Princesa Alice

—¿Qué ha sucedido? – preguntó la pequeña, acercándose

—No lo sé – admitió el licántropo, con sincera preocupación – lo último que recuerdo fue que su hermano... el príncipe James...

—Está muerto – asintió ella, sin poder evitar infligirle a su voz una triste nota

Jacob empuñó las manos y tensó la mandíbula.

—¡Fueron esas bestias! – bramó en dirección de Jasper. Alice se apresuró a ponerse en medio

—¡No, espera! Déjame explicarte – pidió – Él no está en nuestra contra. Hay muchos vampiros que están aquí para ayudarnos. Por favor, trata de recordar, tus hombres están bajo las órdenes del enemigo. Nos están atacando y es por culpa de una hechicera.

—Leila – recordó entonces y una serie infinita de imágenes llenaron su mente – Bella – jadeó poco después – Tu hermana, ¿dónde está?

—No lo sabemos. Venimos en su búsqueda, pero...

—Laurent, ese maldito la venía siguiendo.

—¿Laurent?

—No debe atraparla. Él no debe saber lo que ella... No puede herirlas

—Jacob, ¿De qué hablas? – Exigió saber Alice, obligando al licántropo a mirarle a los ojos – ¿A quién no puede herir? ¿Quiénes son ellas?

El moreno hizo una pausa antes de hablar.

—Tú hermana, Isabella... está embarazada.

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La castaña ahogó un gemido ante la fuerte presión que oprimía sus brazos. Estaba bien, suponía. Edward se recuperaría, así que esa pequeña punzada que amenazaba con romperle los huesos era nada en comparación.

El ligero sonido reprimido en su garganta llegó a los oídos del vampiro, aclarándole la mente justo cuando sus dientes comenzaban a abrirse para enterrarse en su frágil piel. Edward se alejó frenéticamente, con los ojos levemente enrojecidos y jadeando de terror nada más de pensar en lo que estuvo a punto de hacer.

Bella sonrió, aunque ahora era ella quien lucía más pálida de lo habitual.

—Lo siento – se acercó, tomando su rostro entre sus manos, con la garganta ardiéndole como nunca antes. No lograba recordar momento en el que ansiara tanto la sangre de alguien. No lograba recordar momento en el que su amor por Bella fuera puesto más a prueba que ese instante – Cariño, cuánto lo siento.

—No pasa nada – tranquilizó la castaña, feliz de ver que la abertura que ahoyaba su estomago había cerrado – ¿Ves? Te dije que confiaba en ti.

—Eres tan imprudente – la jaló él hacia su pecho y depositó pequeños besos sobre su rostro – ¿Por qué siempre te arriesgas tanto por mí? ¿Acaso no sabes que tú eres mi vida entera?

—Lo sé – dijo ella – Y tú sabes que lo mismo siento yo por ti. Así que deberías de comprender que te hubiera dado hasta la última gota de mi sangre con tal de salvarte, por que tú habrías hecho lo mismo si estuvieras en mi posición.

El vampiro ya no dijo más, pues las palabras de Bella eran más que ciertas, sólo se limitó a abrazarla con más fuerza, preguntándose qué era lo que había hecho para merecer tener a su lado al más hermoso de los ángeles.

Inhaló la fragancia de su pelo y comprobó que era fácil ignorar el ardor de su garganta si se centraba en lo cálida que era. Pero había algo más, pudo sentir. Otra reconfortante tibieza ¿De dónde provenía? Se alejó un momento, tratando de descubrirlo...

—Victoria – recordó Bella en ese momento, distrayéndolo – Está con Laurent

—Vamos por ella – asintió rápidamente

—¿Cómo te sientes?

El vampiro sonrió, enternecido por ese castaño brillo protector

—Estoy bien – afirmó, paseando suavemente la punta de sus dedos por su pálida mejilla – Dispuesto, más que nunca, a protegerte...

El estridente sonido de una carcajada interrumpió. Edward rápidamente cubrió a Bella con su cuerpo, estirando los labios hacia atrás y mostrando los dientes en clara señal de amenaza.

La morena tembló. No sólo por lo que estaba a punto de suceder, si no por la cruel imagen de Victoria, quien era arrastrada, como el peor de los animales, por Laurent, dejando un camino de espesa sangre a su paso.

—Suéltala – siseó Edward.

—De acuerdo – accedió el malvado, despidiéndola inmediatamente contra ellos.

Bella se inclinó para ayudarla, más era inútil; la pelirroja tenía varias mordeduras alrededor de su cuello y brazos y el veneno ya le estaba empezando a dificultar la respiración.

—Victoria – susurró. La mujer abrió débilmente los ojos.

—Bella. Discúlpame. No sabía... Yo sólo quería... Pero no pude...

—Shhh. No hables – tranquilizó ella, enjuagando las lagrimas su rostro cenizo – Todo está bien...

La moribunda sonrió.

—Dentro de poco estaré con él... con tu hermano.

La castaña asintió, contemplando que, a pesar de su agonía, lucía, en cierto modo, feliz. Y lo entendía, entendía que para Victoria no había nada mejor que ir a donde James estaba. Cuando dos personas se aman son como las alas de un ángel, tienen que estar ambas, de otra manera, no se puede volar.

Un bestial gruñido le erizó la piel. Volvió el rostro y el corazón se le encogió. Edward y Laurent estaban en posición de ataque. Inconscientemente, su mano apretó la de Victoria.

—La vida es imparcial – musitó la pelirroja – todo pasa por algo... – y después, sus ojos se cerraron. Su respiración cesó.

Bella parpadeó para reprimir las lágrimas. No era tiempo para llorar y lo sabía. Dejó caer el femenino cuerpo al suelo y alcanzó su flecha y arco, llamando la atención de Laurent.

La diabólica mirada de éste se centró en su persona.

—Mis respetos, "señor", Ha probado la sangre de la princesa y no la ha matado. Yo no habría podido hacerlo.

Edward tensó la mandíbula ante el enfermizo deseo que se destilaba en sus ojos. La castaña dio, indeliberadamente, dos pasos hacia atrás, llevándose las manos a su vientre. Respingó al percatarse que lo volvía a hacer y frunció el ceño, confundida. ¿Qué sucedía? Laurent lo descubrió más rápido y la más pura de las iras se reflejó en sus pupilas

—¡Un hibrido! – bramó, lanzándose hacia ella, tan cegado por la rabia, que Edward no tardó en bloquearle el camino.

El enemigo expulsó un fuerte y endemoniado gruñido, el cual fue correspondido de la misma manera.

La sangre huyó del rostro de la castaña, en el momento justo en el que ambos inmortales efectuaban los primeros movimientos que los llevaría a iniciar, realmente, una batalla.

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—Rose – la detuvo Emmett por el brazo – ¿Qué haces?

Ella se giró para encararlo. Sus azules ojos le miraron con amor. Sonrió y alzó una de sus manos para acariciar sus mejillas

—Me voy, Emmett...

—No – espetó el moreno, acorralando su rostro entre sus manos

—No puedo desafiarla – susurró, mirando a Leila, quien permanecía a pocos metros de ellos, con una postura desinteresada, pero al mismo tiempo, tensa – Ella es mucho más fuerte que yo. Te mataría y yo no podría hacer nada para evitarlo... Emmett, mi amor, creo que puedo vivir aún si no estás a mi lado; pero, si tú murieras, a mí no me queda nada. Aún si yo tampoco viviese, el pensar que no existirás me es una idea cruel, insoportable.

—Lucharemos – dijo él, incapaz de decir más – lucharemos, Rose. Juntos podemos derrotarla...

Leila soltó una carcajada

—¡Pero qué ingenuo eres, muchacho! ¡Vencerme! ¡Qué reverenda tontería!

Emmett la ignoró. Sus ojos sólo miraban a los de Rose, suplicantes y llenos de anhelo y miedo.

—Dices que no puedes soportar la idea de verme morir – susurró – Yo no puedo soportar la idea de no luchar por tu amor – apretó sus manos alrededor de la empuñadura de su espada – no dejaré que esa bruja nos separé así tan fácilmente.

La rubia intentó discutir, pero la profunda mirada de él la silenció y la llenó de valor.

—¿Qué es la vida sin ti? – preguntó Emmett, mientras acariciaba su mejilla

Ella sonrió. No había necesidad de contestar

—¡Qué ridiculez! – Escupió Leila, mirando con sumo desagrado la unión de sus manos – ¿En verdad es eso lo que quieres? –Retó por última vez a su sobrina – ¿Desafiarme, morir, sólo por este insignificante hombre?

—Si – la voz de Rose fue segura, firme.

La otra hechicera dibujó una extraña sonrisa. Después, efectuó un movimiento de manos casi imperceptible, pero que ella advirtió de inmediato.

—Prepárate – anticipó, acomodando una de las flechas en el arco – Tus "amigos", los perros, vienen de regreso. Y no precisamente a ayudar.

—Todos ellos están a mis órdenes. Harán lo que yo les diga.

Los lobos aullaron, dándole valor a sus palabras. Parecían bestias salvajes, endemoniadas, dispuestos a arrasar con todo lo que se les pusiera al frente. Rose volvió a temer por la vida del hombre al que amaba, pero éste apretó con fuerza su mano y le sonrió, un momento antes de correr al encuentro con los licántropos.

La ayuda no tardó en llegar, afortunadamente. Alice, Jasper y Jacob aparecieron poco después, haciendo de ese escenario una batalla más equilibrada. La rubia sabía lo que tenía que hacer. Sus ojos buscaron a Leila, hallándola detrás de la pelea recién surgida; esperándola. Caminó hacia ella, abriéndose paso entre las bestias, desafiándola con la mirada, con el arco y la flecha dispuestos a atacar.

Ella también le esperaba, con espada en mano. Aunque ambas sabían que las armas estaban ahí de más. Todo esto dependía ahora de sus poderes. Leila fue la primera en atacar, embistiéndola ferozmente contra la pared.

Rosalie también gruñó y, con un movimiento de manos y pies, la empujó hacia atrás, ganando al mismo tiempo una cortada en el brazo que ella correspondió con una patada ágil y directa que marcó el rostro de la otra hechicera.

Todo pasó rápido después. Rose se concentró en atizar su espada en el pecho de la otra hechicera, dejándola inmovilizada contra una de las paredes; pero no había acabado aún. Lo difícil venía ahora, cuando sus poderes, finalmente, se iban a enfrentar a los de ella.

Tomó ligeramente un poco de aire, obteniendo fe en sí misma, y después se inclinó frente a la mujer que le sonrió con actitud arrogante.

—No podrás hacerlo – dijo, pero le ignoró.

Con un movimiento decidido, posicionó su mano sobre el plateado tatuaje que se dibujaba en el cuello de su tía. La marca de sus razas, el centro de sus poderes, el símbolo de su inmortalidad. La única manera que tenía una hechicera de acabar con otra era deshaciendo ese tatuaje, para absorber sus poderes.

Leila también lo sabía, su mano atrapó el cuello de Rosalie, sin que ésta pudiera evitarlo. Y ambas mujeres empezaron una silenciosa lucha, en donde sus poderes se arremolinaban en ondas color violeta a su alrededor, mientras que, detrás de ellas, Emmett y el resto trataban de doblegar a los feroces licántropos.

La batalla era equilibrada. Para asombro y desgracia de Leila, su sobrina era mucho más poderosa de lo que pensaba, casi tanto como ella. Pequeñas gotas de sudor caían por ambas frentes, mientras los ánimos decían poco a poco.

Quizás todo esto ha sido un error, pensó Rosalie, sintiendo cómo sus poderes le abandonaban, Sólo espero que él se salve...

Un ahogado gemido le hizo respingar.

—¡Emmett! – escuchó exclamar a Alice. La sangre se le congeló en las venas. Leila emitió una sonora carcajada, atrayendo su atención

—Tu Rey va a morir...

—No – musitó ella, temblando – ¡No! – y, con una desconocida fuerza, apretó su mano sobre el tatuaje plateado que desapareció poco después.

No se detuvo a contemplar el cuerpo, ahora tieso y envejecido, de su tía. Sus cansados pies corrieron hacia el moreno que se encontraba tendido en brazos de la pequeña princesa de cabellos negros, haciéndola a un lado para ocupar su lugar.

—Emmett... – su voz rompió el silencio, dándole a conocer que la batalla, aparentemente, había terminado. – Emmett...

—Un... un vampiro lo mordió – tartamudeó Alice – pensábamos que ya habíamos acabado con todos...

—¡¿Dónde está? – exigió saber Rose, apretando con odio su arco y flechas

—Jacob y Jasper le han cazado... Lo siento...

Ya no siguió escuchando. Ya no importaba. Bajó la mirada hacia Emmett y los ojos se le llenaron de lágrimas al comprobar que éste le sonreía.

—Me prometiste que estaríamos juntos...

Él alzó una temblorosa mano para enjuagarle una diminuta gota cristalina que caía por sus pómulos

—Lo estaremos – susurró.

Ella negó con la cabeza

—No quiero promesas que se cumplirán en otra vida... ¡Quiero tenerte aquí, conmigo!

El moreno sonrió y su mano se deslizó hacia abajo, hasta llegar a la parte de su vientre.

—Estaré contigo a través de él. Cuídalo mucho.

La mano de Rose también se acomodó en esa cálida parte.

—No nos dejes... – suplicó. La sonrisa del moreno desapareció.

—Lo siento tanto...

No había nada qué hacer, ella lo sabía. Sus poderes no le permitían manejar ese tipo de destinos. No había magia alguna para ahuyentar a la muerte. Se limitó a apretar sus brazos alrededor de él, con fuerza, para atraerlo hacia su pecho, sintiendo cómo su mano de se enredaba en sus cabellos y su débil voz susurraba secretos "Te amos" en su oído, hasta que su corazón dejó de latir...

.

.

.

—¡Un hibrido! – Bramaba Laurent sin cesar, mientras Edward frenaba, una y otra vez, sus ataques, entorpecidos por la rabia – ¡Un maldito engendro!

Bella se obligó a salir del pasmo que aquellas palabras le habían causado y cogió una de sus flechas, acomodándolas en el arco, entrecerrando los ojos para buscar la dirección certera. Si bien Edward no ya no estaba en desventaja, los poderes de Laurent seguían siendo grandes y letales. El más pequeño error y las cosas podían cambiar de lugar.

—¡Ella no puede vivir! ¡No puede dar a luz a ese ser que vendrá a romper nuestra naturaleza!

Edward tampoco prestaba demasiada atención a lo escuchado. Lo importante en ese momento era buscar el mejor ángulo para atacar. Un movimiento hacia la derecha, otro hacia la izquierda. Ambos hombres se movían con cautela, engañando y previniendo. Los dos peleando por la misma mujer. Uno para matarla, el otro para protegerla.

Fue de un momento a otro que Laurent logró acorralar a Edward contra una de las paredes y, sin dar tiempo a más, enterró sus manos en su estomago, reabriendo la herida que había cicatrizado tenía poco.

Automáticamente, Bella disparó la flecha en su dirección. La filosa punta del objeto se insertó en la pierna derecha del vampiro, quien, tras impactar ferozmente a Edward contra una de las paredes, se volvió hacia ella.

Su mirada color sangre le hizo retroceder dos pasos. Las manos le temblaban mientras intentaba alcanzar otra flecha. Laurent corrió en su dirección, tan rápidamente, que se volvió borroso para sus ojos. Ahogó un grito para cuando se vio acorralada por un par de frías manos que le estrujaban el cuello. Intentó liberarse, pero era inútil. Sus pies descalzos tampoco eran de ayuda, éstos pegaban contra el pecho del inmortal una y otra vez, sin provocar el más mínimo daño.

El miedo corrió por cada una de sus venas, mientras su mirada se centraba en el desfigurado semblante del hombre que estaba a punto de matarle, no sólo a ella, si no también al pequeño ser que llevaba dentro.

No lo iba a permitir. Ninguno de los dos lo iba a permitir.

Ignorando las punzadas de dolor experimentado, Edward se incorporó lo más rápida y silenciosamente posible y, justo cuando Laurent acercaba su boca hacia el cuello de Bella, lo jaló hacia atrás y tiró hacia el suelo.

—¡Aléjate de ella! – gruñó, para después azotarle la cabeza contra la dura superficie, provocando grietas en ellas.

Laurent ya era incapaz de defenderse. Inútilmente, sus manos intentaban separarlo y, por un casi extinto momento, cuando Edward frenó el movimiento que le arrancaría, de una vez por todas, su cabeza, pensó que lo había logrado.

La imagen de Bella acercándose le borró todo tipo de esperanza.

La castaña se inclinó a su lado y sus ojos le miraron fijamente, con odio y rencor. Luego, alzó una flecha por encima de su pecho. El malvado vampiro tembló, al anticipar lo que estaba a punto de suceder.

—Por favor... – suplicó cobardemente. La princesa dibujó una sonrisa despiadada y, sin esperar a más, ensartó la filosa y envenenada punta del arma directamente en el centro de su estomago

—¡¿Por favor? – Exclamó, mientras hundía la flecha hasta el fondo de la dura carne – ¡Para mi hermano no hubo favores! ¡Para Victoria no hubo favores! ¡Para todos esos hombres que murieron por tu culpa no hubo favores!

Sacó otra de sus flechas y la acomodó en el lado izquierdo de su corazón. Dejó que Laurent sufriera otro poco más, antes de traspasar su corazón y arrancarle la vida por completo.

Dejó caer su cuerpo hacia atrás, recargando su espalda en una de las paredes. Sus ojos buscaron desesperadamente a Edward, a quien encontró casi frente suyo; sonriéndole. Gateó hacia él y, sin poderse contener, se arrojó hacia sus brazos, separándose inmediatamente, al recordar que éste se encontraba herido.

—Lo siento, lo siento... – comenzó a decir, pero un par de gentiles manos capturando su rostro y el sabor de unos tibios besos cubriendo sus labios la silenciaron

—Todo ha acabado – susurró Edward, sin dejar de besarla – estás a salvo. Están a salvo.

La castaña respingó al oír la corrección hecha y, ante la mirada preocupada de Edward, se llevó ambas manos hacia su vientre.

—¿Sucede algo? ¿Te sientes mal...?

—No – tranquilizó, después le miró fijamente – Es sólo que... no lo puedo creer. Esto es tan sorprendente que me resulta casi imposible. Estamos, prácticamente, creando una raza nueva.

Él sonrió y sus brazos la rodearon fuertemente.

—Única. Nuestra hija será única.

—¿También tú tienes esa sensación de que será una niña?

—Una niña hermosa.

Entonces, Bella recordó: —¿Dónde está el resto?

Edward asió su mano y la ayudó a ponerse de pie

—¿No te duele? – preguntó ella, al ver la herida de su estomago

Él dudó un poco antes de contestar

—Tu sangre me ha vuelto fuerte, ¿ves? Ya está cicatrizando – señaló, para después incendiar el cuerpo de Laurent – Vamos a buscar a los demás.

—¿Crees que estén bien?

—Esperemos que sí. Mi padre está cerca – añadió, al detectar los pensamientos de Carlisle – al parecer también el Rey Charlie y...

—¿Qué pasa? – Preguntó la castaña, ante su repentino silencio – ¿Edward?

—Vamos – la jaló dulcemente para que caminara

—Espera – frenó ella —¿Qué pasa si mi padre nos ve entrar juntos?

—No creo que eso sea un problema. Al parecer, tu familia se ha logrado dar cuenta que varios de nosotros hemos venido en su ayuda.

—Algo anda mal y no me lo quieres decir...

Él se inclinó para besar su frente, lo cual tampoco ayudó a relajarse. Siguieron caminando en completo silencio, hasta llegar al salón del Trono. Edward se hizo a un lado para permitirle el paso, ella le miró antes de traspasar la puerta y, cuando así lo hizo, un viento helado le recorrió la espalda...

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Bueno mis niñas estos fueron el penultimo y el ultimo capitulo de este fic solo nos queda el epilogo pero ese se los subo el proximo martes. Dejen su comentario para saber que tal les parececió porfaa

las kiero muchoo

besitooos

anitaa cullen:)

jueves, 1 de julio de 2010

Inmortal

Capítulo 24: El engaño

Comenzaba a acabarse el día y él seguía sin poder sosegarse. El cielo había estado todo el tiempo pintado con lúgubres sombras, el sol se había negado en filtrar hasta el más mínimo rayo de luz. Miró hacia el horizonte que le mostraba el espeso bosque. Sus tierras. Parecían tan sombrías sin ellas, sin sus adoradas hermanas.

Un par de cálidos y conocidos brazos enrollaron su cintura.

–¿Qué ocurre? – Le preguntó Victoria. Él se giró para encararla

–Estoy un poco triste –confesó

–Tus hermanas regresarán pronto – alentó la mujer. Él se inclinó y besó sus labios, agradeciendo su apoyo.

–También estoy un poco preocupado – agregó, viendo de nuevo hacia la ventana

–¿Por qué?

–Ya casi anochece...

–No han de tardar en llegar – tranquilizó Victoria, regalándole una sonrisa que él correspondió con otro beso, mucho más pasional

Ella no tardó en pasear sus manos por su pecho – Es más, creo que podemos hacer algo para que el tiempo se pase más rápido

Con un pequeño gruñido, James rodeó su cintura y comenzó a guiarla hacia la cama. Ahí se amaron, con la misma, o quizás más, pasión que la primera vez. Y es que no importaba cuántos años, décadas o siglos transcurrieran, sus caricias, sus besos, su entrega, sería siempre tórrida, vibratoria, dulce...

No por nada James había visto en Victoria la compañera perfecta para pasar todos los siglos de vida que se le presentaban ante la inmortalidad. Recordaba ese día como si no hubieran pasado ya ochenta años. El cómo se había sumergido en el fuego de su mirada, mientras ella le sonreía, invitándolo a acercarse... La amó desde el primer instante en que su mano asió la suya. Y la seguía adorando de la misma manera, dando gracias por haberla encontrado, con cada nuevo amanecer.

–La lechuza está cantando – murmuró James, distraído, mientras acariciaba la espalda de la pelirroja, quien descansaba su cabeza sobre su pecho – dicen que su canto augura muertes.

Victoria alzó el rostro y un escalofrío le recorrió el cuerpo al divisar la pérdida mirada de su esposo. Tomó su rostro entre sus manos y le obligó a fijar sus ojos en los suyos, para que su atención se posara en ella y no en esos pensamientos que tanto horror le causaban.

Él sonrió, consciente de los sentimientos de su esposa, y besó la punta de su nariz para tranquilizarla.

–Lo siento – dijo – Era solo un comentario. Bien sabes que yo no podría abandonar este mundo, estando tú en él.

Victoria comenzaba a relajar los hombros, para cuando violentos golpes llamaron a la puerta.

–Adelante – indicó James, cubriendo a su mujer con las sábanas y calzándose las ropas. Un agitado guardia penetró la habitación, efectuando una rápida reverencia – ¿Qué es lo que pasa?

–Uno de los hombres que escoltaba a las princesas ha regresado, muy mal herido, y ha dicho que los vampiros han atacado el carruaje.

El rostro de James palideció al instante

–Mis hermanas – musitó, levantándose de la cama, previendo lo peor – ¡¿Dónde están mis hermanas?

–Las princesas han sido secuestradas por esas bestias

–¡Maldición! – exclamó, con notoria angustia – ¡Trae a ese hombre! Necesito hablar con él

–Lo que me pide es imposible, señor – se disculpó el guardia – él murió en cuanto terminó de hablar

–¿Y el resto?

–Hasta donde sabemos, los vampiros sólo lo dejaron a él con vida, para que viniera y diera a conocer la noticia. Hemos enviado a hombres al bosque, para buscar algún sobreviviente, pero... las probabilidades son pocas

El príncipe suspiró y se apretó el puente de la nariz, intentando encontrar un poco de sosiego. Nada ganaba con alterarse, pero sentía la sangre hervirle y bombearle cada milímetro de sus venas.

–¿Mi padre ya lo sabe?

–Pensé que lo mejor era avisarle a usted primero

–Ve entonces a buscarle – ordenó – también informa de esto al joven Jacob.

El guardia asintió y se marchó al segundo siguiente. En cuanto la habitación quedó a solas, James se dejó caer sobre la cama y hundió el rostro entre sus manos.

–James, todo estará bien…

–Si esas bestias llegan a dañarlas…

–Las encontrarás a salvo – insistió Victoria.

–Tengo que hablar con mi padre – se despidió, girándose para besar su frente

.

.

.

–¡Malditos monstruos! – el puño de Jacob golpeó el grueso roble de la mesa. Los tendones de sus brazos resaltaban y su cuerpo había comenzado a temblar, de manera violenta, previniendo una transformación que, sabía él, no llevaría a nada.

Cerró ferozmente los ojos y tomó tres profundas bocanadas de aire para controlar el fuego que comenzaba a expandirse por sus venas.

–Lo siento – masculló. El Rey Charlie se atrevió a posar una mano sobre su hombro

–Agradezco mucho la preocupación que tienes por mis hijas.

La puerta de la sala se abrió en ese instante, mostrando un extenso número de guerreros.

–¿Qué noticias son las que traen? – exigió saber James. Uno de ellos, el líder, dio un paso hacia el frente, cuadrándose antes de hablar.

–No encontramos a ni uno más con vida. A todos se les extrajo la sangre o fueron mutilados de manera cruel. El carruaje fue quemado y no hay rastro alguno de las princesas.

El rey Charlie dejó escapar un angustiado suspiro. Estaba haciendo acopio de todo control para no mostrar el terror que le causaba el saber que sus hijas podían estar en grave peligro, incluso muertas.

–¿Sólo eso? – James, por el contrario, no hacía nada por disimular su aflicción.

El guardia vaciló un poco antes de contestar.

–Hemos encontrado esto – tendió un pequeño trozo de papiro que James comenzó a leer al instante

"Príncipe James:

Siento mucho todo esta angustia que ha de estar pasando

al saber que sus hermanas han sido secuestradas por mí raza.

No se preocupe, le puedo asegurar que ellas se encuentran bien, al menos por ahora.

Me imagino que quiere volver a verlas, así que le ofrezco un trato.

Venga esta misma noche al lugar en donde ha sido incendiado el carruaje para

que podamos platicar más a gusto.

Espero ansioso nuestro encuentro y, si valora la vida de las princesas, procure

no traer a demasiados testigos."

–Prepara a los hombres – ordenó James, ni bien había acabado de leer, oprimiendo la nota entre sus manos.

–Hijo – interrumpió Charlie – Espera un momento y piensa las cosas. Estás actuando de manera demasiado precipitada

–¡Esas bestias tienen a mis hermanas! – Siseó el príncipe – No puedo quedarme tranquilo sabiendo eso. No tengo tu misma capacidad de control, padre. Iré por Alice e Isabella y las traeré aquí, adornando su camino con cada una de las cabezas de esos monstruos.

–Yo iré con usted, Alteza – apoyó Jacob – Además de las princesas, tengo la deuda de mis hombres.

James asintió, con la mandíbula rígida y el odio destilando en sus pupilas, ignorando que su esposa, oculta detrás de la puerta, había escuchado todo.

Victoria subió a la habitación, en donde el lúgubre canto de la lechuza seguía. Se asomó por la ventana, con la intención de divisar al ave, a la cual halló justamente al lado, acomodada sobre uno de los muros, con sus plumas claras resaltando entre las sombras. Comprobó entonces que el cielo estaba tan oscuro que parecía había un eclipse de luna. Se llevó las manos hacia el pecho al sentir un vacío angustiante bailando en su corazón, mientras que los penetrantes ojos del sombrío pájaro se clavaban en los de ella, negándose a liberarla.

–Victoria – la voz de James fue la que cortó esas terribles e invisibles cadenas. La pelirroja dio media vuelta y se lanzó, en medio de incontrolables sollozos, a sus brazos – Cariño, ¿Qué sucede?

–James, no vayas al bosque – suplicó, temblando – quédate en el castillo. Quédate conmigo

Él tomó su rostro entre sus manos y la hizo mirarle a los ojos

–Bajaste a escuchar, ¿no es así? – preguntó, con suavidad, aún sabiendo la respuesta. Victoria bajó la mirada y él soltó una risita, mientras besaba su frente – Siempre te preocupas más de lo que debes.

–Eres mi esposo, mi compañero. Tengo todo el derecho de temer perderte

–No me perderás – prometió él – Jamás.

–No vayas – volvió a suplicar

–Tengo que ir. Mis hermanas me necesitan

–¡Yo te necesito! – susurró, con desesperación.

Los ojos de James miraron a los suyos, con fuerza abrazadora.

–Lo sé – admitió – sé que me necesitas tanto como yo a ti. Y por eso regresaré a tu lado. Me crees, ¿verdad? Confías en mi, ¿no?

Las lágrimas de Victoria bañaban sus mejillas, mientras asentía con la cabeza. Él se inclinó entonces y besó sus labios salados. Ella alzó sus brazos, aferrándolos en su cuello para que ni la más mínima distancia separase sus cuerpos.

El anochecer estaba engalanado con un frío violento. James terminó de acomodar la montadura de su caballo y se giró para despedirse. Besó la mejilla de su madre y dio un abrazo a su padre. Por último encaró a la mujer pelirroja que, con cristalinos ojos, seguía rogándole, en silencio, que se quedará. Volvió a capturar esos labios, temblorosos y trémulos, con los suyos. Suspiró, mientras su garganta se inundaba de ese dulce y cálido sabor al que se vio obligado a abandonar poco después.

–Espérame – pidió, mientras unía su frente a la suya. Victoria asintió, temblando.

Esas eran las palabras que siempre James le decía antes de ir a alguna caza; más esa noche no lograron tranquilizarla en absoluto.

.

.

.

James iba al inicio del grupo, con sus sentidos altamente alertas en medio de aquella infinita oscuridad. Las pisadas de su caballo eran cautelosas y casi inaudibles sobre la tierra húmeda. Detrás, un pequeño grupo de hombres le seguían, junto con algunos licántropos.

El ambiente comenzó a llenarse con el fétido olor a sangre muerta. Estaban cerca. El rumbo de sus pupilas iba y venía por todos lados, intentando hallar, en medio de las sombras, alguna silueta desconocida.

El frío era torturante y hacía que las bocas exhalaran finas capas de humo. La espesa niebla tampoco solía ser de mucha ayuda. El bosque se encontraba en total silencio, previendo el peligro. Ni la más mínima pisada de algún pequeño animal, ni un sólo canto de algún pájaro nocturno. James recordó a la lechuza que había pasado volando sobre su cabeza en cuanto se comenzaban a abrir las puertas del castillo y, justo en ese instante, la figura masculina de una persona se materializó en frente.

Los ojos rojos del vampiro destellaban en la oscuridad, fijos en su dirección. James hizo frenar su caballo y el resto que venía atrás de él hizo lo mismo. No pasó mucho tiempo para que un numeroso grupo de inmortales bebedores de sangre los rodearan. Jamás pensaron que quedaran tantos después del último encuentro; pero era claro que se habían ocupado este tiempo para crear a muchos más. La mayoría ahí presente eran neófitos, era fácil reconocerlos por el extraño y opaco color escarlata de sus ojos.

Los guardias tensaron el cuerpo y sus manos asieron sus armas, listas para atacar. Las gargantas de los licántropos profirieron fieros gruñidos, mientras dejaban al descubierto sus filosos dientes.

–Alteza – saludó el vampiro, con gran burla y poco respeto – me alegra que haya venido

–¿En dónde tienes a mis hermanas, bestia? – exigió saber James.

–¡Pero qué malos modales tiene su Majestad! – Señaló el despiadado inmoral, con teatral dramatismo – ¿no cree que lo mejor sería presentarnos primero?

–Para mí todos los de tu raza tienen el mismo nombre – replicó, con el rostro y la mirada endurecida – ¿Dónde está tu líder? Tú no eres un sangre pura ¿Dónde está ese maldito que se ha atrevido a ponerle, por segunda ocasión, sus asquerosas manos sobre mi hermana?

–Oh, si. Ya sé de quién me está hablando. Pero lamento informarle que ese bueno para nada no se encuentra por aquí. Anda jugando por ahí, al príncipe enamorado.

–¿De qué hablas? – preguntó James.

–Ha sido demasiado ingenuo, "Majestad" –se mofó el aludido – Todo este tiempo ha vivido engañado, traicionado por su misma familia, por su misma sangre. ¿Ve a sus hermanas por aquí? No, claro que no. Ellas no fueron secuestradas, no. Más bien, se podría decir, se han fugado.

–¿Insinúas que no están contigo? – ignoró el resto. Sólo quería asegurarse de que Alice y Bella estuvieran a salvo.

El vampiro soltó una violenta carcajada

–Yo no perdería mi tiempo manteniendo y cuidando de dos absurdas chiquillas. Digamos que tengo una mente brillante y una suerte excepcional. He usado la situación a mi favor. El nombre de sus hermanas ha sido mi carnada para atraerle. ¡Qué triste es la vida hasta para un inmortal! ¿No cree? – Inquirió, mientras se agazapaba, alistándose para atacar – Usted va a morir en las manos del mismo tipo de monstruo con el que sus hermanas están pasando la noche.

Y esta directa confesión distrajo a James, quien cayó al suelo, acorralado por el cuerpo de Laurent.

–¿Decepcionado, Alteza?

–Jamás – repuso él, recobrando la concentración, desenvainando su espada, con un ágil movimiento.

Laurent lo liberó y alejó, al sentir el filo venenoso rozar parte de su torso. Gruñó, mientras contemplaba como el príncipe adquiría una excelente posición de batalla. Una sangrienta cruzada había comenzado detrás de ellos. Los aullidos de los lobos cantaron a la sombría luna, mientras sus dientes desgarraban la pálida y dura piel de sus enemigos y los arcos y las flechas de los guardias se disparaban por el viento.

–Mis hermanas son libres de amar a quienes quieran – aclaró – y si lo que me dices es cierto, de lo único que me puedo lamentar es no haber tenido su suficiente confianza.

–¡Pero qué noble corazón! – Se mofó el vampiro, atento a los movimientos de James y su espada – Lástima que ellas ya no podrán escuchar palabras tan hermosas de sus labios.

James sonrió.

–No pienso darme por vencido tan fácilmente – sentenció. No cuando ella me espera

Sin embargo, aunque la batalla fue ardua y Laurent también había resultado herido por el filo de su espada, el príncipe cayó al final, cuando la noche comenzaba a dar paso a la negra madrugada, en cuanto el veneno de las varias mordeduras recibidas comenzó a espesar su sangre. Sus rodillas se hundieron en la tierra y sus ojos se alzaron hacia el cielo.

Jacob gruñó, al percatarse de lo ocurrido, e ignoró a sus oponentes e intentó correr a auxiliarlo, pero una extraña ensoñación le derrumbó, al igual que al resto de sus hombres y la guardia.

Laurent se inclinó, para quedar a la altura de James, que apenas y alcanzaba a respirar y sólo era capaz de musitar, una y otra vez, el nombre de Victoria.

–¡Victoria, Victoria! – remedó el vampiro, mientras lo alzaba del cuello – No se preocupe, "Majestad", dentro de poco su adorada esposa y usted volverán a reunirse, en el mundo que halla después de la muerte.

Y dicho esto, sus dientes se clavaron en la garganta del príncipe, que profirió un escalofriante gemido. Su sangre inmortal entró a borbotones al cuerpo de Laurent y su cuerpo, seco y tieso, cayó al suelo poco después.

–Deliciosa – se lamió los labios el asesino, mientras que el resto de sus hombres se alimentaba, avariciosamente, de los guardias – dejen a los licántropos vivos – ordenó – nos serán de mucha ayuda después.

–No olvides que tendrás que obsequiarme uno – le recordó una femenina voz, que provenía detrás de un grueso árbol.

Laurent se giró para ver a la mujer de rubios cabellos y sensuales movimientos que se acercaba. Tomó una de sus manos y la llevó a sus labios

–Has hecho un trabajo excelente, mi querida Leila.

–Como siempre – repuso la mujer – te dije que no te ibas a arrepentir al aceptarme.

–Tus poderes no tienen comparación – miró hacia los licántropos y guardias desvanecidos – mira que fusionar tus pócimas con el aire, para que nosotros no saliéramos afectados, pues no necesitamos respirar, es una idea magnifica. Eres mucho mejor bruja que Rosalie.

–Prometiste que vería a mi sobrina, después de esto – sentenció Leila – la he buscado por tanto tiempo. Llegué a pensar que la habían matado... ¿Dónde está?

–Me imagino que en su cabaña – contestó Laurent, esperando que la bruja no descubriera que hacía poco había querido matar a su ansiada sobrina – no la he visto desde que atacamos el castillo.

–Vamos a buscarla – apremió. El vampiro negó con la cabeza

–Paciencia, mi estimada señora. Aún faltan un par de cosas por finalizar. No te olvides que hacemos todo esto por un principal motivo.

–A la Realeza le queda poco tiempo

–Ya cayó el primero – miró hacia James – sin su príncipe todo será más fácil. Además, aún viene lo mejor. ¿Escuchas el galopar de ese desbocado caballo?

–Si – ronroneó Leila – la princesa Victoria viene en camino

–Dame la poción.

Leila le tendió el exigido líquido, que Laurent engulló de un solo sorbo.

.

.

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Victoria jalaba las riendas del caballo con angustiante desesperación. El corazón le palpitaba con mucha más violencia que la velocidad a la que corría. La agonía de la espera se le había tornado insoportable y había bajado, corriendo, hacia las caballerizas.

El silencio del bosque era una anticipación de la desgracia que ella se negaba a creer. No había gritos, ni aclamados de piedad, tampoco se lograba detectar ningún silbido de las espadas cortando el viento. El silencio era sepulcral y se volvió en averno cuando llegó a ese escenario escarlata.

Lo primero que sus pupilas buscaron fue el cuerpo de su esposo, al cual encontró tendido, boca arriba. Desmontó al animal y caminó hacia él, sintiendo los pasos dados en el aire.

–James – musitó, con la garganta completamente cerrada.

Su mano se paseó por la pálida, dura y fría mejilla sin vida. Tomó una extensa bocanada de aire y, después, expulsó un desgarrador grito de desconsuelo. Sus lágrimas espesaron a sus ojos y humedecieron la ensangrentada camisa de su amado. El dolor de su pecho era insoportable. La realidad era cruelmente dolorosa. Su cuerpo temblaba, convulsionado por la pena. ¿Qué iba a ser su vida sin él? ¿Qué iba a ser ella sin él?

El llanto se ahogaba en su garganta y su mano comenzó a masajear el inmóvil corazón, intentando, inútilmente, revivirlo.

–Bien dicen que la desesperación vuelve absurdas a las personas

Giró el rostro para descubrir quién le hablaba y sus ojos se encontraron con el mismo vampiro Pura Sangre que había escapado de ser quemado aquella noche.

–Mátame – suplicó – por favor, mátame

Laurent, que se encontraba ahora disfrazado con la apariencia ficticia de Edward, sonrió despiadadamente y negó con la cabeza

–He quedado bastante satisfecho por esta noche – dijo – He de admitir que la sangre de su esposo ha sido la más deliciosa que he probado en mi extensa vida. Definitivamente, la sangre de la Realeza posee una gran calidad. No dude que procuraré obtener otro poco de la misma, pero eso será después.

–Por favor, te doy toda mi sangre. Mátame

–Oh, no. Cuánto lamento el no poder complacerla – se lamentó el malévolo vampiro, disfrutando con el dolor de la princesa, que permanecía hincada frente a él.

–¡Por favor!

–¿En realidad quieres morir? – Desafió – Yo te quiero hacer un reto. Me encanta el peligro, ¿sabías? ¿Qué te parece si empezamos un juego en el que tú y yo somos los principales protagonistas? Intenta matarme, Victoria. Intenta cobrar venganza por la muerte de tu esposo. Es lo menos que se merece el desdichado. No sabes cuánto te llamó en sus últimos momentos. No cansaba de decir "Victoria, perdóname, Victoria" Sería una lástima que esa mujer a la que tanto amó se quedará sin hacer nada ¿no crees? Piénsalo, querida. Te estaré esperando, ansioso, para probar tu furia.

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BELLA POV

–¡James! – exclamé, al despertar de mis sueños. Al instante, unas manos acariciaron mi rostro

–Al fin has despertado – dijo Edward, con voz aliviada, mientras yo buscaba el dorado de sus ojos para sosegarme– Has estado demasiado inquieta mientras duermes. ¿Te encuentras bien?

–No – contesté, al sentir un vacío inmenso abriéndose en mi pecho – necesito ir al castillo, Edward. Necesito irme ya.

–Ya casi amanece – anunció – podemos empezar a arreglar todo.

Asentí, mientras me ponía de pie y comenzaba a vestirme

–¿Dónde está Alice?

–En la sala, con Jasper. Aún sigue durmiendo. Bella, ¿qué pasa? –Insistió, buscando la respuesta en mis ojos – estás demasiado pálida.

–No sé – contesté – tengo un mal presentimiento. Tengo la sensación de que algo terrible ha pasado y que cosas peores vendrán con eso.

Sus brazos no tardaron en enrollar mi cuerpo y sus labios besaron mi frente.

–Tengo miedo, Edward – musité

–No lo tengas – dijo, con voz suave – estoy contigo y cuidaré de ti. Jamás dejaría que algo malo te pasara. Estamos juntos, eso basta para que podamos contra todo, ¿no?

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Capitulo 25: Refulgencia.

ALICE POV

–¡James! – grité, despertándome súbitamente de un terrible sueño. Los brazos de Jasper se apretaron más a mí alrededor, recordándome con ello en dónde estaba y todo lo que había pasado.

Me fui relajando poco a poco, hasta que volví a acomodar mi cabeza sobre su pecho.

–¿Estás bien? – preguntó, mientras acomodaba la cobija sobre mis hombros. Asentí, no muy segura si decía o no la verdad – Escucha cómo late tu corazón – señaló, con voz preocupada – ¿Qué pasa, Alice?

–Soñé con mi hermano – confesé, susurrando y haciendo todo lo posible por no recordar la tenebrosa imagen que me mostraba a James totalmente inmóvil y pálido. Un escalofrío recorrió mi cuerpo – Tengo un mal presentimiento.

–Pronto lo verás – dijo Jasper y, repentinamente, sentí que los ojos me pesaban – ahora es demasiado noche, descansa, ha sido un día muy largo.

–No uses tu don conmigo – pedí, con voz apenas y legible. Sus labios se apretaron contra mi frente

–Descansa...

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Para cuando volví a abrir los ojos, el oscuro cielo comenzaba a volverse gris. La pesadilla había insistido en regresar varias veces, pero algo la ahuyentaba. Supuse que había sido Jasper quien había vigilado toda la noche mi sueño. Suspiré, mientras me revolvía en el sofá y alzaba la mirada para ver al vampiro que me acunaba entre sus brazos.

–¿Estás mejor? – preguntó. Asentí – Espero no estés molesta conmigo

–No lo estoy – aseguré – Gracias por preocuparte por mí.

–No agradezcas – besó mi frente – eres lo más valioso que tengo y haré todo lo posible por hacerte feliz.

Una pequeña sonrisa estiró mis labios. Hundí mi rostro en su pecho e inhalé su dulce aroma.

–Bella y Edward están afuera – informó – sólo esperaban a que despertaras. Ya todo está listo para que regresen al Castillo.

Aquello me extrañó demasiado. Hubiera jurado que Bella no querría irse hasta que la madrugada se esfumara del todo. Me puse de pie y, con la mano de Jasper unida a la mía, me dirigí hacia el pequeño jardín frontal.

Ahí hallé a mi hermana, junto con Edward, tomados de las manos y mirándose a los ojos con una escalofriante intensidad.

–Bella – llamé y la castaña reaccionó con un respingo. Había en sus ojos un brillo opaco que volvió a inquietarme.

–Es momento de irnos –anunció

–¿Sucede algo? – pregunté. Ella negó con la cabeza, pero no se atrevió a mirarme a la cara.

–Las acompañaremos hasta el bosque – explicó Edward – después iré con mi padre. Si todo sale bien, estaremos presentándonos frente al castillo mañana al atardecer.

Asentí, intentando no hacer notorio los espasmos que me recorrían. Los brazos de Jasper me tomaron entre ellos, para que quedara acomodada sobre su espalda. Lo mismo hizo Edward con Bella y, después, ambos comenzaron a correr.

La espesa niebla no parecía afectar en nada a su sentido de orientación. Se desplazaban en el bosque en completo silencio y velocidad, atravesando y evitando las ramas como si de una sombra se tratasen.

Fue de un momento a otro que Edward frenó la carrera, de manera tan súbita que a mi hermana se le escapó un pequeño jadeo.

–¿Qué ocurre? – indagó Jasper.

El rostro del vampiro Pura Sangre estaba congelado en una expresión completa de infinito terror. El dorado de sus ojos destilaba una angustia que casi era tangible. Otro escalofrío, mucho más fuerte, recorrió mi espalda.

–Maldito Laurent – siseó, mientras que, con un movimiento borroso, bajaba a Bella y la cubría con su cuerpo. Jasper hizo lo mismo conmigo y, al instante después, un numeroso grupo de vampiros apareció frente a nosotros.


BELLA POV

La forma con la que Edward había posicionado su cuerpo para protegerme dejaba en claro que aquellos seres no eran de su confianza. Llevé mi mirada hacia todos ellos, eran demasiados. Si estaban dispuestos a atacarnos nosotros no tendríamos opción alguna de salir victoriosos. Sin embargo, todo ese miedo se esfumó al ver lo que sus manos llevaban arrastrando.

Eran los licántropos, algunos en su forma humana, otros con su forma aún lobuna. Varios de ellos con heridas profundas, otros solamente inconscientes. ¿Qué era lo que había pasado? Busqué desesperadamente a Jacob, sin éxito alguno. Él no estaba entre ellos y no sabía si sentirme aliviada o más preocupada por ello.

–¡Pero qué tenemos por aquí! – reconocí esa voz a la perfección e, instantáneamente, sentí una oleada de pánico recorrer todo mi cuerpo – ¡Buenos días, sus Majestades!

–Eres un maldito desgraciado –siseó Edward, con el cuerpo tenso como una piedra, como si hubiera algo terrible, que solamente él sabía.

El vampiro soltó una socarrona carcajada. Luego, sus ojos, rojos y brillantes como la sangre misma, se centraron en mí.

–¡No te atrevas! – gruñó Edward

–¿Por qué no? – Desafió Laurent – las señoritas merecen saberlo.

¿Saber qué?

–Princesa Isabella, princesa Alice – llamó el vampiro – permítanme el honor de ser el primero en darles mi más sentido pésame.

–¿Pésame? – repetí, a coro con mi hermana. De pronto, el hueco que había taladrado mi pecho hoy en la mañana volvía a hacer aparición. Volví a fijarme en los licántropos que llevaban como prisioneros.

–¡Calla, Laurent! – bramó Edward, dando un paso hacia el frente, pero retrocediendo inmediatamente, al percatarse del error que cometería al dejarme sin su protección física.

–Estoy seguro que la perdida del príncipe James será un golpe demasiado duro para ustedes – prosiguió el despiadado ser; pero ya de ahí no fui capaz de escuchar nada más.


EDWARD POV

–Maldito – siseé, mientras atraía a Bella hacia mi pecho.

Laurent esbozó una maligna sonrisa, mientras sus pensamientos taladraban mi mente.

Él no tenía planeados matarnos, al menos no en ese instante. Aún no era el momento. Había planeado todo esto cuidadosamente, para disfrutar su fin con deleite. La muerte del príncipe James era el primer paso a su gloria y yo era su siguiente carnada, pero no sería él quien acabaría con mi vida. Sería el mismo destino, los mismos engaños que él había ingeniado lo que harían ese trabajo.

Divisé a mi familia, a mi gente, sometida ante sus mandatos. Fui capaz de distinguir la borrosa figura de mi madre, junto con el resto de las mujeres, servirle día y noche. Vi a mi padre muerto, a los niños ser entrenados como bestias salvajes... El bosque lleno de sangre.

Un nuevo rostro apareció en su mente. Una mujer rubia y de ojos azules. Por un breve instante pensé que se trataba de Rosalie, pero no era ella. Su nombre era Leila, una antigua Hechicera, la nueva y poderosa aliada de Laurent. Ella era un punto clave en todo esto...

Otra serie rápida de imágenes mostrándome a Laurent engullendo una pócima que le permitió tomar mi apariencia. La princesa Victoria llegando al lado del fallecido príncipe James. Laurent apareciendo frente a ella y mofándose de su dolor, después incitándola a cobrar venganza.

Todo tuvo sentido entonces. Los pensamientos desaparecieron súbitamente, haciéndome jadear.

–Espero se divierta, Majestad – dijo Laurent, con maléfico regocijo, dando media vuelta para desaparecer por el bosque.

Mis manos se aferraron al inmóvil cuerpo de Bella, mientras un lúgubre silencio se elevaba entre nosotros. Besé sus cabellos y esperé a que dijera o hiciera algo.

–Bella – susurré.

Ella tembló al escuchar mi voz y sus ojos me miraron, como si la hubiese despertado de la más terrible de las pesadillas, con ese brillo lleno de dolor y angustia que me calcinaba la piel.

–James – musitó y una pequeña lágrima recorrió su mejilla.

La apreté hacia mi pecho, con fuerza, y sus manos se asieron a mi camisa, como si en la tela de ésta encontrara la forma de no caer. Lejanamente, me percaté de que Jasper y Alice estaban en la misma posición. Bella no lloró más que otro par de gotas cristalinas y saladas. Su dolor era tanto que no había forma de desahogo.

Yo no sabía qué hacer. Me estaba consumiendo, tanto por mis propios miedos, como por los suyos. Sólo era capaz de estrecharla y no soltarla. ¿Es que acaso nunca podríamos estar juntos? ¿Tan malo era el amarnos, siendo razas diferentes y enemigas?

El atardecer llegó rápido. Comenzaba ya a oscurecer cuando nos aproximamos al castillo. Habíamos efectuado el recorrido en completo silencio y lentitud, mientras explicaba lo que había podido leer en la mente de Laurent.

No era necesario decirlo, pero los cuatro estábamos aterrados ante la idea de enfrentar lo que se venía.

–Edward – susurró Bella, momentos antes de despedirnos – tengo miedo.

Tomé su rostro entre mis manos y la besé con desesperación.

–Estaremos juntos pronto – prometí, tratándome de convencer más a mí que a ella – verás que todo esto se solucionará...

–¿Cómo? – Exigió saber, con voz quebrada – mi padre querrá matarte. Todos en el castillo piensan que has sido tú.

–No te preocupes por mí – pedí

–Tengo miedo – repitió – no quiero alejarme de ti.

–Yo tampoco, mi amor – admití – Pero no puedo llevarte ahora conmigo. En el castillo estarás más segura. Necesito atrapar a Laurent, para hacerle confesar la verdad y protegerte a ti y a mi gente.

–Pero esa hechicera... pensé que ya no existían.

–Yo sólo conocía a una – confesé – pero esa es otra historia que luego te contaré – agregué, uniendo mí frente a la suya. Era necesario decir adiós y ambos lo sabíamos – Recuerda bien lo que tienes que decir. Tú y Alice lograron escapar mientras peleaban con tu hermano.

Ella asintió, temblando. La besé una vez más, apretando su cuerpo al mío de tal manera que su corazón casi hace palpitar al mío también.

Soltar sus labios trémulos me resultó casi imposible e, instantáneamente, un hueco inundó mi pecho, al tenerla lejos.

Es necesario, me dije, mientras mis ojos la veían perderse en el camino.

–Supongo que esto es parte de la vida – dijo Jasper, sin dejar de mirar a la pequeña silueta de oscuro cabello negro – el amar a alguien, de manera tan profunda y fuerte, no es algo que no requiera sacrificios.

–Laurent pagará por esto – aseguré

–¿Vamos a la guarida?

–Adelante, pero no digas nada hasta que yo llegue – pedí – Tengo algo más que hacer

Él asintió, sin cuestionar más sobre el asunto. La discreción de Jasper era algo digno de admirar.

Corrí por el bosque, con la imagen de Bella presente todo el tiempo en mis pensamientos y con la firme certeza de que Laurent, al igual que el resto de sus hombres, tenía que morir. Pero antes, debía de ver a Rosalie. ¿Cómo estaría? Desde el día en que habíamos atacado al castillo no sabía nada de ella. Sólo esperaba que estuviera bien y a salvo. Si algo le sucedía, no me iba a perdonar su descuido. Al final de todo, era ella quien había estado conmigo todo este tiempo. Había sido mi amante, mi hermana, mi amiga... la querría siempre, de un modo muy especial.

Me acerqué a su cabaña, oculta en lo más profundo del bosque, con pasos precavidos y escaneando si había algún pensamiento rondando el lugar.

Me sorprendió demasiado poder escuchar, precisamente, a ella. Desde que la había encontrado, vagando en el bosque como una diosa solitaria, jamás había permitido, bajo ningún momento, que yo me adentrara a su mente. Y, ahora, ahí estaba: su voz en forma de eco cantando en mi cabeza.

Estuve a punto de bloquearla, pero hubo algo que captó por completo mi atención. Sus pensamientos estaban centrados en un par de ojos castaños a los que yo tan bien conocía. Rosalie estaba pensando en Bella... y en mí.

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BELLA POV

–¡Son las princesas! – exclamó uno de los guardias, al vernos aparecer frente a las puertas del castillo que se abrieron inmediatamente.

Nuestros padres corrieron a nuestro encuentro. Lejanamente, sentí los brazos de mi madre rodearme, al igual que sus labios besar varias partes de mi rostro y su voz dando gracias por permitirle vernos de nuevo. No prestaron demasiada atención al inventado relato que dimos sobre cómo habíamos logrado escapar de los vampiros. Lo importante era que estábamos ahí, justo cuando más se necesitaba nuestra presencia. Justo cuando el funeral de mi hermano estaba a punto de dar inicio.

Las lágrimas de Renne eran devastadoras y se fusionaron con las de Alice. Yo, por mi parte, me encontraba seca. Lo que me llenaba era la impotencia y rabia. Todo esto se había convertido en un caos sin fin. Los siglos de enemistad al fin mostraban sus primeros y amargos frutos. Primero había sido Emmett, luego mi hermano. Posiblemente Jacob también estuviera muerto... ¿Y después quién? ¿Yo? ¿Alice? ¿Edward?

Temblé nada más al imaginármelo y me negué rotundamente a aceptar una realidad como esa. El mundo entero podía perecer, menos él. Todo se podría extinguir, menos la luz dorada de sus ojos...

Dejé que las doncellas me condujeran a mi habitación y me arreglaran con el negro vestido que ya estaba previamente acomodado sobre mi inmensa cama y, luego, salí de mi habitación para enfrentarme con la realidad a la que aún me negaba a creer.

Necesité de la ayuda de mi padre para atreverme a caminar hacia la sala en donde estaban velando el cuerpo de mi hermano. Un doloroso gemido se escapó de mi garganta al verlo, tan pálido e inmóvil, tendido sobre la caja de madera. Paseé la punta de mis dedos por sus anguladas y frías mejillas y una sonrisa triste curvó mis labios. Era difícil contemplarle cuando su rostro estaba abandonado por la sonrisa amable y el brillo cálido en sus ojos, que siempre le caracterizaban.

–Perdóname – supliqué. Tal vez, si no hubiera decidido irme, todo esto no hubiera pasado. Pero ya era demasiado tarde para lamentos. Ya nada se podía hacer para regresar el tiempo y enmendar los errores que hubieran evitado este desastre – Te voy a extraña mucho.

No pude reprimir más mis lágrimas y las gotas saladas comenzaron a bañar mis mejillas de modo casi imposible. Los brazos de mi padre me enrollaron y me atrajeron hacia él. El dolor empeoró al ser testigo de su llanto. Jamás había visto a Charlie tan desconsolado... pero, ¿Quién no lo estaba? Todos los ahí presentes no hacían nada más que deplorar la pérdida de su príncipe. La pérdida de un gran hombre

Sin embargo, el conjunto de todos nuestros llantos no hacía justifica, ni de lejos, al desgarrador lamento de la pelirroja mujer que se negaba a separarse del cuerpo de mi hermano.

–¿Te imaginas? – Preguntó Alice, contemplando el mismo escenario que yo – ¿Eres capaz de imaginarte qué tan profundo ha de ser ese vacío que Victoria siente?

–No

–Yo tampoco – admitió – ¿Qué es lo que pasará, Bella?

–No lo sé – contesté, mirándole a los ojos, viendo en ellos, el mismo reflejo de mi propio miedo.

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EDWARD POV

Jadeé con violencia y apreté mis manos contra mi cabeza, negándome a creer lo que me encontraba "escuchando y viendo" en esos instantes.

Gruñí. Gruñí quedamente. Mis dientes rechinaron y sentí la furia aflorar en mi fría y dura piel de piedra.

Era imposible. Todo esto tenía que ser imposible, pero los pensamientos de Rosalie eran claros, transparentes como el agua cristalina corriendo por el río. Había sido ella quien nos había separado, hacía poco más de veinte años. Había sido ella quien nos había tendido una trampa aquella noche, en la que mi familia y yo nos habíamos visto obligados a marchar por segunda vez del bosque de Forks y yo le había ofrecido a Bella marchar conmigo, para no volver a separarnos como anteriormente lo habíamos hecho.

Ahora lo recordaba todo. Yo me encontraba llegando a ese lugar en el bosque en el que habíamos acordado vernos, ideando las mejores palabras para explicarle todo a mi familia. Sabía que ellos lo comprenderían. Si Bella aceptaba acompañarme, estaba seguro que íbamos a ser felices.

Entonces la vi, ya me esperaba, le había llamado por su nombre y "ella" giró su cuerpo, para encararme. Sus brazos me enrollaron por la cintura y sus labios me besaron con pasión, sin darme ni si quiera tiempo de hablar. Recordé también esa extraña sensación de desconcierto al no poder reconocer ese dulce sabor que me embaucaba, pero, antes de darme tiempo a pensar más, "ella" me había tendido un frasco y me había dicho "Demuéstrame tu amor. Toma"

Yo había aceptado, sin más cuestionamientos. La amarga sustancia había entrado a borbotones por mi garganta y, de ahí, todo se volvió oscuridad. No puedo decir que me sumergí en un sueño, pues los sueños sólo se presentan cuando estoy entre sus brazos; pero, de cierto modo, "dormí".

Para cuando desperté, yo ya no recordaba nada, más que el inmenso odio y rencor por la Realeza, por la sed de sangre humana, por la ambición del poder. Había encontrado a Rosalie frente a mí y, al preguntarle quién era, me había dicho "Te acabo de salvar el pellejo. Un grupo de guardias reales te habían acorralado y herido mortalmente. Te he dado a beber una pócima para que expulsaras el veneno, seguramente te has de sentir mareado"

"Y adolorido" – había agregado, llevándome una mano hacia mi pecho, pues sentía un colosal agujero en el sitio donde se encuentra el corazón.

Sabía que era irónico, ya que ese parte de mí, desde un principio, siempre había estado muerta; pero el vacío era extraño, indescriptible... invisiblemente tortuoso. Era como si me hubieran arrancado el corazón de un solo golpe y no hubiera quedado nada. Sentía el pecho deshabitado, totalmente solo, como una oscura y fría cueva sin fin.

Rosalie me había acogido entre sus brazos y su calor y me había susurrado "No es nada. El dolor siempre ha formado parte de ti. El dolor siempre forma parte de todos"

Después de eso, mi familia y yo habíamos partido hacia otras tierras. Rosalie había ido con nosotros, reemplazando el lugar de Bella. Y Rosalie se había convertido en mi amiga, hermana y amante... pero, claro, jamás fuimos capaces de contrarrestar nuestra soledad, pues nunca nos amamos realmente.

Regresamos a Forks después de dos décadas, las mismas que estuve separado de mi verdadera razón de vivir, sin si quiera saberlo. Mi ira y mi odio por la Realeza habían crecido con cada segundo, así que lo primero que hice al pisar ese bosque, del que me había visto obligado a abandonar una y otra vez, fue enfrentar a mi padre y abandonar la guarida, junto con otro grupo de hombres que compartían mi rebeldía. Junto con ellos, cacé en las aldeas sin piedad alguna, matamos a hombres, mujeres, niños, burlamos a la guardia. Lo que yo deseaba era captar la atención de los Reyes; tener una sola oportunidad de encontrarme con alguno de esos bastardos que no merecían el don de la inmortalidad, para extraerle los ojos y beber su sangre.

Y esa oportunidad no tardó mucho en llegar. Y esa oportunidad se me dio con la única persona a la cual, sería incapaz de matar... Su aroma había llegado a mí como un silencioso y dulce llamado, imposible de ignorar. Había corrido hacia ella y, al contemplar la tiara que reposaba sobre su cabeza, una voz interior, que decía "mátala", luchaba incesantemente contra otra que decía "¿Quién eres? Yo te he visto antes"...

Desde ese día, todo había empezado para nosotros. No comprendí, hasta ya mucho después, que esa cueva en la que se había convertido en mi pecho, había sido iluminada desde que sus ojos castaños se habían vuelto a reflejar en los míos...

Abrí la puerta de la cabaña, de un solo golpe, y caminé hacia la rubia mujer que me miraba, inmóvil, con ojos dilatados.

–¿Cómo pudiste? – Exigí saber, mientras la tomaba por el cuello y la acorralaba contra la pared – ¡Dime cómo fuiste capaz de hacerme esto, Rosalie!

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Capítulo 26: Miedo.

EDWARD POV

–¡Habla, Rose! – gruñí, apretando más mi mano contra su cuello. La rubia al fin crispó el rostro, mostrando ligeramente su dolor

–¿Cómo? No puedo hablar si me estás asfixiando – recordó. La solté de inmediato, con agresividad.

–¡Maldita seas, Rosalie! – bramé, fijando mis ojos fieros en los suyos, impávidos y gélidos. Sólo sus pensamientos me aseguraban de que sabía a qué se debía esta repentina furia, más no hallaba indicio alguno de arrepentimiento – ¿Cómo? – Pregunté, pasmado por su crueldad – ¿Por qué lo hiciste?

–Por que yo ya no quiero vivir como un animal, oculta para que la Realeza no nos cace.

–¿Y para esto era necesario que tú...?

–¡Si! – Interrumpió – Era demasiado necesario que olvidarás a esa princesa. Debí de haberla matado en ese preciso instante...

–Calla, Rosalie – advertí, empuñando mis manos para no cometer una estupidez

Ella me dedicó una sonrisa socarrona –No eres capaz de hacerme daño, Edward

Desgraciadamente, estaba en lo cierto.

–Deberías estarme agradecido. Deberías estar aquí pidiéndome que te de, nuevamente, la poción para que olvides a esa mujer que sólo sirve para volverte cobarde. Edward – se acercó y tomó mi rostro entre sus manos – piénsalo y verás que tengo razón. Date cuenta que al amarla, sufres. Yo puedo hacer que la olvides otra vez...

–No sabes lo que dices – susurré, deshaciéndome de su agarre

–Tú eres el que no sabe nada – acusó – ¡Tuviste la oportunidad de ser el señor de estas tierras y has renunciado a todo por esa simple muchachita!

–Bella es mi vida – le recordé, volviéndola a tomar por el cuello – y por ella daría hasta mi alma, si la tuviera. No te pido que lo comprendas – agregué – sé que jamás lo entenderías, pues en tu vida no ha habido nada más que rencor y amargura. Pedir que alguien como tú comprenda lo que hay entre Bella y yo es pedir lo imposible, puesto que tu no conoces el amor...

Pero estaba equivocado. Lo supe justo en el instante en que su mente se llenó, irremediablemente, de momentos vividos al lado de ese joven inmortal que no era vampiro, tampoco hechicero, mucho menos un licántropo...

Solté una carcajada, carente de humor y repleta de sarcasmo y furia.

–¿Quién lo diría, Rose? – Apreté más su cuello – la vida de verdad que es impredecible.

–Me estás lastimando, Edward...

–¡Tú, que tanto odias a la Realeza, te has enamorado de uno de ellos! – La ignoré

Una sonrisa, producto de su propia ironía, curvó sus labios.

–Si. Me he enamorado del primo de tu "adorada" Isabella – aceptó – Pero no por eso pienso olvidar todo lo que he pasado gracias a su familia. El amor y la sed de venganza, ambos, son sentimientos ardientes. Ni uno de los dos puede deshacer al otro. Deberías de saberlo bien. Así que, si en realidad quieres proteger a esa princesa, mátame. Ésta es tu oportunidad.

Mi mano ejerció más fuerza alrededor de su garganta, mientras emitía un gruñido amenazante. De verdad quería hacerlo. De verdad me hubiera gustado matarla, pero me era imposible. Así que la liberé, como ella ya sabía que lo haría.

–Te quiero demasiado, Rose – confesé, muy a mi pesar, y noté como, por un brevísimo instante, su expresión se mostraba atormentada – Matarte no tiene caso. Eso no me regresará el tiempo que estuve lejos de Bella y, por el contrario, me quitará a una hermana. No te perdono lo que hiciste – aclaré, acercándome para besar su mejilla – que el destino se encargue de cobrarte la factura.

Ella cerró los ojos y aceptó el gesto. Leí en su mente repetir, muy a lo lejos, "Yo también te quiero". Sonreí.

–No eres tan mala como crees – le dije, a modo de secreto – ¿Te doy un último consejo? Tienes todo para ser feliz con el Rey Emmett, aprovéchalo. Estoy seguro que pronto te darás cuenta que de todos los sentimientos habidos y por haber en la Tierra, ninguno es más fuerte que el amor. Adiós, Rose

–Cuídate mucho – sujetó mi mano, impidiéndome marchar y, cuando vi sus ojos, comprobé que éstos estaban llenos de lágrimas – Laurent hará todo por derrotarte...

–Muy bien dicho, preciosa – interfirió una tercera voz, haciéndonos brincar a ambos.

–Laurent – gruñí, cubriendo a Rose con mi cuerpo – ¿Qué haces aquí?

–Tranquilo – contestó – sólo vengo a hacer una breve visita a esta linda hechicera

–Largo de mi casa – siseó ésta, preguntándose mentalmente cómo es que había logrado penetrar la barrera mágica que impedía encontrarle. Y la respuesta vino de inmediato, cuando el vampiro, haciéndose a un lado, dejó ver a la rubia mujer que se encontraba tras él.

El corazón de Rosalie se detuvo por dos segundos.

–¡Pero qué carácter tan descortés para con alguien que solo viene a traerte buenas noticias! – replicó Laurent, con fingida indignación

–¡Rosalie! – Exclamó la hechicera, corriendo hacia ella y envolviéndola entre sus brazos – ¡Oh, mi pequeña sobrina! No sabes cuánto te he buscado

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ROSALIE POV

¿Cuánto tiempo había yo deseado que este momento llegara? Décadas enteras buscando a una sola persona que fuera de mi raza, sin encontrar nunca nada. Y ahora, estaba ahí: en brazos de una mujer que no solamente era de mi misma especie, si no que la misma sangre corría por nuestras venas, aterrada, estupefacta, sin saber qué hacer o decir.

–¿Me recuerdas? Soy Leila, la hermana de tu madre...

Si. Claro que la recordaba. Obviamente no había cambiado en nada desde la última vez. Seguía teniendo esos rasgos que tanto nos caracterizaba y volvía inmortalmente hermosas. Pero era poderosa, extremadamente poderosa.

Mi experiencia, inferior a los cien años, era nada en comparación con los trescientos que ella tenía. Y eso me aterraba. No por mí, si no por Emmett. Sabía que Leila odiaba a la Realeza tanto o más que yo. Y que había venido aquí sólo para acabar con ellos, sin perdonar a nadie.

–¡¿Qué hace este maldito vampiro contigo? – explotó de repente. Me alejé de ella y salí, rápidamente, en defensa de Edward

–Es un amigo – dije

–¡Es un traidor! – Siseó – yo he visto cómo ha enfrentado a su propia raza con tal de proteger a esas asquerosas princesas. Deberíamos de acabar con él de una vez por todas

–Les recuerdo que están en mí cabaña – alcé la voz – y aquí, nadie le hará daño.

Laurent soltó una carcajada

–Claro que no – acordó – la muerte de nuestro "príncipe" llegará a su tiempo

–¡Eres un maldito cobarde! – Bramó Edward – ¿Por qué no peleas conmigo, frente a frente? ¿Tanto miedo tienes de perder?

–Cuida tus palabras, príncipe bastardo – advirtió el vampiro – mi paciencia tiene límites y créeme: Dudo que los últimos momentos de tu vida los quieras pasar viendo cómo le extraigo cada gota de sangre a tu adorada Isabella.

–Ni si quiera lo imagines

Ambos vampiros se agazaparon, listos para atacar, mostrando sus dientes y emitiendo guturales sonidos.

–¡Basta! – interrumpí.

No lo hubiera hecho si hubiera tenido aunque sea la más mínima esperanza de que Edward pudiera vencer, pero allá afuera estaba el resto de los hombres de Laurent y, además, estaba Leila. Por nada del mundo iba a permitir que mi mejor amigo muriera frente a mis ojos.

–Edward, vete –ordené.

Laurent fue el primero que abandonó su posición ofensiva. Su rostro moreno sólo expresaba suficiencia y arrogancia, mientras caminaba hacia la puerta y, con gesto de mofado respeto, la abrió para que Edward saliera.

–Nos veremos pronto, Majestad – se inclinó – más pronto de lo que se imagina.

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–Te has convertido en una mujer extraordinariamente hermosa – susurró Leila, mientras acariciaba mis cabellos – aún recuerdo cómo eras la última vez que te vi. Tan pequeña e inocente... Pero estás tan callada – señaló – pareciera como si no te alegraras de verme.

–Estoy demasiado sorprendida – justifiqué – todo este tiempo pensé que estaba...

–... Sola

Asentí.

Aunque, la verdad, mi silencio se debía al inconstante ruego interior que llenaba mi mente. Lo único que pedía era que Emmett no regresara del Castillo esa noche.

–Entiendo – la mujer besó mi frente – Seguramente fue muy duro para ti. Pero ahora estamos juntas otra vez.

–¿Por qué te uniste a Laurent? – Quise saber – es un bastardo.

Ella soltó una melodiosa risa.

–Si, lo es – acordó – pero también hay que reconocer que es astuto. Necesitamos a personas como él, para acabar con la Realeza de una vez por todas. Con esta alianza, verás que no quedará ni uno solo de ellos.

Solté un incontenible jadeó, al mismo tiempo en que se me formaba un hueco en el estomago.

–Rose, ¿Qué pasa?

–Tía, ¿por qué mejor no nos vamos de estas tierras? – ofrecí. Estaba dispuesta a dejar mi venganza de un lado, si la vida del hombre al que amaba corría peligro

–¿Pero qué tonterías dices...?

–Tú misma lo has dicho – insistí – Ya no estamos solas. Ahora nos tenemos la una a la otra. Podemos recorrer todas las tierras, ser libres...

–Sólo seremos libres hasta que esos inmortales desaparezcan del camino – tajo, con voz cargada de odio. Un odio que superaba diez veces más al mío. Un odio que no sólo recaería en el enemigo, si no también en él, en Emmett – ¿no me digas que ese vampiro te ha convencido de que puede existir la paz entre nosotros?

Negué con la cabeza.

–Él también morirá – añadió – Todos quienes no estén de nuestro lado, morirán.

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BELLA POV

–Dime que me quieres – insistía el joven vampiro, mientras rodeaba a la princesa con sus brazos y la atraía hacia sí.

–No

–¿Por qué no?

–Ya te lo he dicho muchas veces

–No las suficientes para mí

Ella sonrió, mientras él se inclinaba para besarla tiernamente

–Dilo... – pidió otra vez

–Te quiero

–Otra vez

–Te quiero

–Una vez más

–Te vas a aburrir de escucharlo tanto

–No seas tonta. Eso jamás pasará – prometió, mirándola a los ojos – aún así pasen siglos, milenios, no me cansaría de escucharte, ni de verte, ni de amarte... jamás.

–¿Estaremos juntos siempre? –quiso saber ella

–Siempre – acordó él, mientras besaba su frente – Nada podrá separarnos...

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Una lágrima recorrió mi mejilla, mientras los recuerdos se disipaban entre mi memoria. Suspiré con melancolía y limpié la gotita salada que casi se perdía por la entrada de mis labios. Lo extrañaba tanto. Estar lejos de él, ahora resultaba mucho más difícil, mucho más doloroso.

Aunque, en medio de todo esto, había algo que, se podría decir, suavizaba la situación: Emmett había regresado al castillo poco después de nosotras. Mi primo estaba bien, físicamente. La realidad es que todos ahí parecíamos almas en penas y él no era la excepción. Se veía notablemente cambiado, mortificado, tanto por la muerte de James, como por la desaparición de los hombres lobos.

Jacob...

Cerré mis ojos, forzándome a creer en la idea de que él tenía que estar bien.

Caminé hacia la ventana y miré hacia el bosque. ¿Qué estaría haciendo Edward? La pregunta me causó escalofríos. Con Laurent allá afuera, nada era seguro...

–¿Bella? – mi hermana se asomó por la puerta de la habitación

–¿Qué ocurre? – pregunté, al ver su rostro ensombrecido

–Victoria – contestó – está en el patio trasero...

–¿En el patio trasero?

–Acompáñame – pidió, tomándome de la mano y llevándome hacia el lugar antes mencionado.

Comprendí todo cuando al fin vislumbré a mi cuñada, con espada en mano y frente a un guardia. No se percató de nuestra llegada. Su expresión no denotaba más que dolor. La muerte de James había sido difícil para todos, pero para ella era como si el paso de los días, en lugar de curarla, la hiriera mucho más

–Otra vez – dijo, acomodando su cuerpo en posición de ataque.

–Pero, Alteza... – vaciló el guerrero al verla tan agitada.

–¡Otra vez! – alzó la voz.

Alice y yo nos miramos con preocupación. Victoria jamás se alteraba.

El guardia asintió de inmediato y, al segundo siguiente, se encontraba esquivando los ataques de la pelirroja. La espada se movió, ágil, rápida, llena de furia y rencor, por unos cuantos minutos. Después, el arma cayó al suelo, seguida de la mujer que anteriormente la manejaba.

Las rodillas de Victoria tocaron el suelo y sus uñas arrancaron la hierba que había debajo. Gotas cristalinas comenzaron a salir de sus ojos y, lo que comenzó con un acto de furia e impotencia, se transformó en el escenario más desconsolador que haya presenciado en toda mi vida.

Alice y yo nos acercamos y le ayudamos a ponerse de pie. Estaba tan frágil. Apenas y había comido últimamente.

–Victoria, vamos a descansar – dije, mientras ella negaba con la cabeza

–Tengo que seguir practicando...

–Será mañana – prometí – mira cómo estás...

–No. Necesito practicar – insistió – Ese vampiro va a pagar por lo que le hizo a James. Lo voy a matar, Bella. Yo seré quien lo mandé al infierno.

Traté de convencerme que estaba en todo su derecho de odiar tanto a Edward. Al final de cuentas, la mentira de Laurent había sido elaborada cuidadosamente. ¿Cómo iba a saber ella que todo había sido una trampa? No podía juzgarla ¿Cómo?

Sólo me quedaba esperar a que todo se aclarara. Sólo me quedaba confiar en las palabras que Edward me había dicho y creer que, tarde o temprano, estaríamos juntos para ya no separarnos jamás.

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EDWARD POV

–¡Hijo! – Mi madre se lanzó a mis brazos en cuanto me vio llegar – ¡Oh, gracias al Cielo que estás bien! Estaba tan preocupada ¿Dónde estabas?

–Lo siento – besé su frente y evadí su última pregunta. Hacía dos noches que Jasper había llegado a la guarida, sin dar noticias mías. Las mismas noches que yo había estado en la prado, meditando sobre qué era lo que tenía que hacer para mantener a salvo a mi gente y a Bella – han pasado muchas cosas, ¿Dónde está mi padre? Necesito hablar con él

–Aquí estoy – contestó Carlisle.

Lo miré. Él me hizo un gesto con la mano y, juntos, nos dirigimos hacia la profundidad del bosque.

–El príncipe James está muerto – informé, mientras caminábamos – lo ha matado Laurent.

–Si. Ya me había informado uno de los hombres que fue a vigilar los alrededores. Es una lástima. A pesar de nuestras diferencias, debo admitir que era un hombre grandioso.

Asentí. Mi padre acomodó una mano sobre mi hombro, para hacerme frenar y mirarme a los ojos

–¿Ocurre algo más? – Cuestionó – Desde que Jasper regresó, aquella noche, ha estado... muy extraño. Cuando le pregunté de ti, me dijo que no sabía de tu paradero; pero tuve la ligera intuición de que me estaba mintiendo.

Tardé dos segundos más de lo necesario para contestar. No hallaba las palabras para explicarme. Pero, esperar tampoco tenía caso. Tiempo era lo que, irónicamente, menos tenía. Además, la extrañaba, la necesitaba, su lejanía me estaba volviendo loco. El tiempo sin ella era como un río sin corriente, un cielo sin su luna, un hombre sin alma. El tiempo sin ella no era tiempo, si no el más cruel de los infiernos.

Tomé un poco de aire, para adquirir concentración. Luego, miré a Carlisle a los ojos. Él esperaba, con su rostro siempre sereno.

–Padre, ¿Qué tan poderoso crees que sea el amor?

– ¿El Amor? – En su mente había confusión, pero aún así respondió – el amor es muchísimo más fuerte que las raíces del más viejo de los sauces habitando en este bosque. Ni si quiera nuestras manos podrían arrancarlo, si realmente está bien sembrado en el corazón.

–Entonces, si el amor es tan intenso – dije, totalmente de acuerdo – ¿puede éste justificar lo que, probablemente, muchos tomarían como una traición?

–Hace mucho, mucho tiempo, me hiciste la misma pregunta – recordó y recordé.

Si. A mi mente vino esa tarde en la que la noche era fresca y estrellada. Yo apenas era un niño, demasiado pequeño, cobarde e indeciso; me había sentado a su lado y le había preguntado sobre lo mismo. Necesitaba respuestas, puesto que esa chiquilla inmortal, a la cual debía de ver como enemiga, se estaba adentrando en mi ser y en mis pensamientos con fuerza indomable.

Una sonrisa melancólica estiró mis labios. ¿Quién lo diría? Cerca de cien años habían pasado después de ello y había que verme ahí: como si el tiempo no hubiera pasado y siguiera siendo el mismo pequeño niño vampiro que no sabe qué hacer, ni qué pensar.

Volví a mirar a Carlisle. Su expresión era la misma: tranquila, paciente, al igual que sus pensamientos. Hablar con él siempre había sido fácil, ya que no había ni una voz retumbando como un eco, tratando de adivinar lo que está a punto de suceder.

–Estoy enamorado, padre – confesé al fin – estoy enamorado de la princesa Isabella.

Nada. En su subconsciente no había ni una sola imagen que me diera la más mínima anticipación de su reacción. Proseguí.

–La amo desde que soy un niño. Y ella me ama a mí. Sé que esto está mal. Sé que suena casi imposible y hasta un poco ilógico por el comportamiento que he tenido en las últimas dos décadas, pero si te contara todo lo que hemos pasado... No acabaría nunca... Perdóname – le pedí – Perdóname por que muchos de los problemas que han surgido y están por venir es gracias a ese amor; pero no me arrepiento. Llámame inconsciente, egoísta, como quieras, no me arrepiento de amar a Bella. Daría mi vida por ella. Lo daría todo. Es por eso que me atrevo a pedirte, aunque no lo merezca, tu apoyo. En el Castillo creen que he sido yo quien ha matado al príncipe James, más bien sabes tú que no es así. Lo que te quiero pedir son dos cosas. La primera, es que te lleves a mi madre y al resto de la familia lejos de estas tierras y que no regresen hasta que yo haya acabado con Laurent. Y la segunda, que cuando todo esto termine, me acompañes al Castillo para hablar con el Rey Charlie para pedir la mano de Bella. Es mucho, lo sé. Mucho para un hijo que te ha fallado innumerables veces, pero no puedo vivir sin Bella y ya no quiero estar lejos de ella.

Carlisle escuchó cada palabra con atención. Sus pensamientos no me permitían la menor entrada. Así que la espera por su respuesta se tornó en un segundo infinito. Me dio la espalda y caminó dos pasos hacia el frente. Luego, suspiró.

–Efectivamente, pides demasiado – acordó, mientras se giraba para verme de nuevo – me decepcionas, Edward.

Bajé el rostro, avergonzado. ¿Cuánto más iba a fallarle a mi gente?

–Yo...

–¿Cómo pides que un padre abandone a su hijo en plena guerra? – agregó. Mi expresión no pudo ocultar mi asombro.

Él sonrió y acomodó una mano sobre su hombro

–Si la amas tanto, lucha por ella – aconsejó – pero no quieras hacer a tu familia a un lado. Nosotros no te abandonaríamos nunca, mucho menos en este momento.

–Gracias – musité – pero no puedo dejar que se arriesguen. Créeme que podré estar más seguro si sé que ustedes no están corriendo ningún peligro. Laurent es traicionero y he leído sus pensamientos. Todos están en peligro: mamá, las mujeres, los niños... tú.

–Tenemos tropas fuertes, Edward – recordó – El hecho de que seamos pacifistas no significa que estemos indefensos. ¿Acaso dudas de los dotes de tu padre como luchador?

–Entre ellos hay una hechicera y sus poderes son mortales.

Pensé también en las altas probabilidades que habían de que Rose se uniera a ellos por Leila. Ese sería otro gran problema, pero no lo hice manifiesto.

–Qué hijo tan más obstinado tengo...

–Ve a la guarida – interrumpí, abruptamente, aguantando la respiración por el fuerte impacto que las ideas recién escuchadas me había causado

–¿Qué?

–Los hombres de Laurent se dirigen hacia allá. Tienes que ir y esconder a los niños en algún lugar más seguro, ¡Corre! Yo intentaré distraerlos

Mi padre asintió –Enviaré a Jasper y a Eleazar para tu ayuda. Cuídate mucho, hijo.

–Lo haré – prometí. Después partí hacia el grupo de vampiros que corrían, con la única intención de esclavizar a mi familia.

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–Esme – Carlisle penetró la guarida, con rostro y voz sosegada.

Su esposa se acercó a él. Los siglos que llevaban juntos bastaban para que fuera ella la única capaz de descifrar, en el brillo de sus ojos, que algo andaba mal

–¿Qué sucede? ¿Dónde está Edward?

El vampiro tomó sus manos y la condujo hacia un lugar un poco más apartado, para que nadie le lograra escuchar

–Nuestro hijo está bien...

– Carlisle, no me mientas – pidió Esme. Su instinto maternal le decía todo lo contrario– ¿dónde está Edward?

–Debes de llevarte a los niños fuera de estas tierras – pidió él – Edward ha escuchado los pensamientos de los hombres de Laurent. Vienen hacia acá.

–¿Edward? ¿Edward ha ido solo?

–Acabo de mandar a Jasper y a Eleazar en su ayuda. Estarán bien – prometió – Pero no tenemos mucho tiempo. Debes irte, ya, con los pequeños. Llévate a tres mujeres más para que te ayuden y por nada del mundo frenen, hasta que estés segura hayan encontrado un lugar seguro

–¿Cómo me pides eso? – susurró Esme, aterrorizada.

Carlisle se acercó y besó su frente. Comprendía la preocupación de su esposa. Sabía que era la primera vez que tomaban medidas tan drásticas, pero eran realmente necesarias.

–Es nuestro deber el protegerlos – recordó, con voz tierna – ellos son vulnerables aún. Podremos luchar con más libertad si sabemos que ninguno caerá en manos de Laurent. Y yo... yo me sentiré más tranquilo si sé que estás bien.

–Pero... Carlisle... Cuídate mucho – dijo al fin, con resignación.

–Te veré pronto – prometió él, sonriendo para infundirle confianza – Edward tiene una noticia que darte y sé que te alegrará. Ven – la jaló hacia la guarida y, con la misma calma, hizo conocer al resto del aquelarre la situación.

Los hombres gruñeron bestialmente, formando al instante una barrera protectora, y las hembras comenzaron a despedirse de sus crías: divinos niños de piel pálida y ojos dorados que, de manera organizada y envueltos en oscuras capas, comenzaron a correr por el bosque, custodiados por Esme y otras tres mujeres más.

–Es hora – anunció Carlisle.

Los vampiros asintieron, con los cuerpos tensos, listos para la batalla, listos para defender a su raza y acabar con las amenazas.

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–¡Dónde está! – Exigió saber Edward, azotando la cabeza de uno de los vampiros contra el suelo, agrietándolo por el impacto – ¡¿Dónde está Lauren? ¡¿Por qué no ha venido él también?

Alrededor de él, Jasper y Eleazar combatían contra el resto. Dándole a él tiempo para indagar sobre el principal enemigo.

El vampiro soltó una carcajada seca. Pareciera que el dolor originado por los golpes recibidos, sólo le producía gracia. Edward volvió a azotarlo. ¿Cómo era posible que sus mentes estuviera tan concentradas en no mostrar ese tipo de información?

El desdichado, al igual que los demás, pensaba en todo, menos en la ubicación de su líder. Pero, entonces, debido al cansancio, hubo un pequeño descuido. El paso de las imágenes fue rápido, pero nítido.

–¡Maldición! – bramó Edward, decapitando a su oponente, con un solo y rabioso movimiento de las manos.

–¿Qué sucede? – preguntó Jasper, sin dejar de evadir y propinar golpes.

Edward se unió a la batalla. La angustia que le invadía y le llevaba a pelear y matar, sin compasión alguna, no pasó desapercibida para el rubio.

–Edward, ¿Qué ocurre? – insistió

–Hemos caído otra vez en el juego de Laurent – siseó éste, sin cesar de arrancar cabezas – Necesitamos ir al Castillo. Bella y Alice pueden estar en grave peligro. Laurent y otro de sus hombres han tomado nuestras identidades y se presentaran, bajo nuestros nombres, ante el Rey Charlie.

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