Dark Chat

viernes, 25 de febrero de 2011

Corazon de Hierro

Cap. 3 Edward Cullen




—¿Lista para comenzar? —me preguntó el mayordomo al pie de la escalera, mis piernas temblaron un poco, pero tenía la sensación de que éste sería un trabajo genial.

—Sí —le dije, y comenzamos a subir.

La mansión Cullen era extremadamente elegante, su decoración era hermosa, además, tenía un estilo clásico y único. Avanzamos por las enormes escaleras que daban al segundo piso, la mansión tenía en total tres pisos y un ático por lo que William me había dicho, era enorme. Llegamos al segundo piso y fuimos recibidos por un enorme corredor lleno de puertas, él me condujo a través de él, pero cuando llegamos al final descubrí que había otra escalera que teníamos que subir, llegamos al tercer piso y una amplia sala de estar nos recibía, tenía hermosos sillones y cuadros hermosos.

—Llegamos —dijo, deteniéndose ante dos puertas enormes—. Ésta es la habitación del señor Cullen. Espéreme aquí afuera por favor —me pidió gentilmente.

—Claro —respondí con la misma cortesía.

El señor Lickwood entró en la habitación del señor Cullen, retrocedí unos cuantos pasos y admire mi entorno, estaba en un lugar que parecía sacado de un cuento de hadas. La exquisita decoración me hacia transportarme a un mundo de magia y sueños, me sentía como una princesa en un castillo. El mayordomo tardo más de lo que pensaba, debía de estar preparando al señor Cullen, unos minutos más tarde tres mucamas subieron rápidamente las escaleras y se adentraron en la habitación. Me quedé pasmada viéndolas tan atentas y sumisas, cada una subió con la mirada pegada en el suelo y se metió rápidamente a la recamara. Cuando el reloj marcaba las ocho y media la puerta de la habitación se abrió y el señor Lickwood salió, acompañado de las tres mucamas, ellas bajaron con la misma rapidez y gracilidad las escaleras.

—Señorita Swan —me llamó.

—¿Sí?

—El Señor Cullen está listo para recibirla, pase por favor.

—Gracias.

Avancé con nerviosismo los pasos que me distanciaban de la habitación, cuando llegué al umbral de la puerta lo primero que pude ver es que era un cuarto algo sombrío, la decoración que había en él era bastante minimalista y poco acogedora por así decirlo. Lo primero que nos recibió fue nuevamente una pequeña salita de estar, al fondo había un hermoso arco de madera, caminamos por la salita y cuando llegamos a los pilares del arco mis ojos se abrieron de una manera que jamás había ocurrido.

En el medio de la habitación había una enorme cama, en ella, un señor. Fijé mis ojos en su rostro y casi sonreí al darme cuenta de que era más hermoso de lo que se veía en las revistas. Mis piernas me comenzaron a traicionar, puse mi mano en una de las maderas de los arcos, no sabía si el piso se movía o yo no podía mantener el equilibrio.

Edward Cullen estaba recostado en su cama, su brillante y cobrizo cabello estaba despeinado, traía puesta una polera de color blanco muy pegada a su cuerpo. Nuestros ojos se encontraron y sentí la potencia de su mirada, sus ojos de un color verde intenso me penetraron a penas se fijaron en mi. La mirada del señor Cullen me examinó de pies a cabeza. A pensar de que estábamos en presencia de su mayordomo no disimulo en potente escrutinio de su mirada, sus ojos recorrieron cada parte de mi cara y vestimenta, sin duda estaba revisando a una mas de su personal. Sus ojos eran tan poderosos que un ardor se dispersó por mis mejillas, sentía sus ojos en mí, sabía que me estaba examinando y eso me causaba diferente sensaciones. Cuando volvió a mi cara su rostro no mostraba ninguna expresión, sus facciones eran duras y parecía no conocer alguna otra postura, sus ojos denotaban la fuerte personalidad que tenía y el carácter que lo hacia tan famoso.

—Señor Cullen —interrumpió el mayordomo, pero él seguía con sus ojos puestos en mi—, le presento a la señorita Isabella Marie Swan, ella es la nueva enfermera que se hará cargo de su cuidado.

—Buenos días señor Cullen —saludé, con mis nervios a flor de piel, el hombre que seguía mirándome no tuvo ninguna reacción. Sus ojos aún estaban clavados en los míos, bajé mi vista a mis zapatos ya que me sentía cohibida, los siguientes tres segundos se me hicieron eternos. ¡Dios! ¿Cómo podría trabajar si él me miraba de esa manera? Parecía estar buscando algo en mis ojos, pero no podía saber que era.

—William —dijo, y de inmediato levanté la vista para fijarla en su rostro, la voz que salió de sus labios me llamó la atención, era suave y melodiosa.

—¿Sí, señor Cullen?

—¿Le has explicado a la señorita Swan las normas de ésta casa? —preguntó.

—Sí mi señor, ella ya esta al tanto de todo.

—Entonces llama a Emmett para que se entreviste con ella.

—Sí señor —respondió, haciendo una pequeña referencia ante él.

—Ahora déjanos solos —pidió amablemente al mayordomo, éste nuevamente hizo una reverencia y se retiró.

El silencio se hizo incomodo, el señor Cullen estaba recostado en su cama, sus manos descansaban sobre el hermoso edredón de color amarillo, sus ojos se notaban mas verdes ante el contraste de los colores. Su mirada no se suavizó ni un poco, seguía mirándome inquisitoriamente.

—¿Piensa quedarse ahí todo el día o comenzara a trabajar? —me preguntó, con su fría mirada y un tono altivo.

—Claro que no… disculpe.

Me sentí un tanto estúpida, con una torpeza que salía sólo cuando me ponía nerviosa. Mire de reojo hacia donde estaba él, Edward Cullen por primera vez mostró un atisbo de lo que podía ser una sonrisa, su boca se inclinó hacia un lado y me mostró que su cara no estaba congelada como había pensado. Cuando me di cuenta no sabía a donde ir, me paré en seco antes de salir, me giré lentamente y me enfrenté con su rostro nuevamente, el golpe fue durísimo, la intensidad de su cara me dejo perpleja, pero sabía que no podía demostrar que era débil, apreté mis puños y contuve mis nervios.

—¿A dónde debo ir señor Cullen? —pregunté, segura de mi misma.

—¿Dónde? Bueno, si lo dice por sus cosas señorita Swan, podría dejarlas por aquí, en la sala de estar estaría bien.

—Gracias —le dije sin ninguna expresión, si ese hombre quería ser rudo yo también podría serlo.

Dejé mis cosas sobre los cómodos sillones de la pequeña salita, sentía sus ojos fijos en mi espalda, me saqué el abrigo y lo dejé junto a mi bolso, tomé el otro en el que traía los implementos necesarios para trabajar y volví a la habitación. Edward Cullen me esperaba aún en el mismo lugar, pero su rostro había cambiado un poco, una mirada de superioridad fue la que me recibió.

—¿Dónde estudio usted? —preguntó, mientras acomodaba mis implementos en una mesa en donde habían cosas de hospital.

—Northwestern —dije con voz seria.

—Buena universidad, ¿la envió Kerry?

—¿La doctora Webber? Sí, ella me envió.

—Entonces usted debe ser una excelente enfermera, sólo me enviaría a la mejor de sus filas.

—Creo que soy buena trabajadora señor Cullen, nada más.

—Modesta también, ¿acaso tiene un ramillete de cualidades escondidas? —preguntó, en un tono que no me agrado mucho.

—Sólo trato de hacer mi trabajo señor Cullen —respondí, dejando escapar un suspiro, éste hombre tenía ínfulas de rey por donde se le mirase.

—Y dígame… ¿qué calificación sacó en la universidad? —dejé caer unas cuantas cosas que sujetaba en mis brazos, no podía creer que mi nuevo jefe se preocupara además por mis calificaciones en la universidad.

—Señor Cullen —le dije, controlando mis ganas de decirle unas cuantas cosas— La doctora Webber me envió porque pensaba que le sería de gran ayuda, lo que yo…

—No le permito que me levante la voz, ésta es mi casa y usted es mi enfermera, ocupe el lugar que le corresponde. Mucho cuidado con que sus insolencias sean diarias porque no lo permitiré —dijo en un tono que me hizo estremecer, Edward Cullen era un hombre muy duro e intransigente, sin duda él no soportaba las personas que lo trataban por igual.

—Disculpe mi atrevimiento, pero usted no…

—Le vuelvo a repetir y espero sea la ultima vez, no permitiré jamás que vuelva a ocupar ese tono en frente mío, mis enfermeras son lo que son, enfermeras y nada mas, ahora le pido de favor que vaya por mis medicamentos, deseo tomármelos —apreté mis puños con fuerza y en lo único que pude pensar fue en los rostros de papá y Kate, «vamos Bella… aguanta», dije para mí. Asentí débilmente y salí de la habitación.

Cuando estuve sola en el corredor parecía que me hubieran echado sal en una herida, la voz de ese hombre retumbaba en mi mente, una rabia incontenible amenazó con salir, la figura de William apareció subiendo las escaleras y evitó que explotara en gritos.

—Señorita Swan ¿algún problema? —me preguntó con un tono preocupado.

—No —le respondí— el señor Cullen quiere tomarse sus medicamentos, pero necesito hablar con su doctor antes de administrárselos.

—Claro, ahora la venía a llamar, el Doctor McCarty está aquí.

—Muchas gracias —le dije, y mordí mi labio inferior, mi estomago se revolvió sólo con el hecho de pesar que tendría que volver a entrar en su habitación.

Me armé de valor y entré nuevamente. Cuando llegué a su habitación Edward me esperaba en la misma posición que antes, pero una sonrisa despectiva y triunfal me esperaba en su rostro, apreté nuevamente los puños al sentir que una avalancha de rabia se venía sobre mí.

—¿Los trajo? —preguntó con soberbia.

—No señor, lo lamento, pero yo no puedo administrarle nada aún —su ceño se frunció.

—¿A caso no es enfermera?

—Sí señor, pero como usted sabe no podemos administrar nada sin la orden de un medico, usted debe saberlo ¿no? —casi solté una risa triunfal.

—Vaya —bufó—, entonces hubiera preferido a un doctor, ellos me habrían servido más —mis puños nuevamente se apretaron y la herida que causaron sus comentarios se llenó nuevamente de sal, apreté mis labios y sólo pude modular un «permiso» antes de salir de su habitación.

Bajé las escaleras rápidamente y fui en busca del doctor de cabecera de Cullen. Iba con mi estomago comprimido por la rabia que sentía, ¿quién demonios se creía ese sujeto para tratar a la gente así? Él no podía ser tan despectivo y soberbio con la gente. ¡Demonios!. Llegué al primer piso y en el recibidor había un hombre que sostenía un maletín, era alto y de cabello rubio, se giró y quedé sorprendida al ver su rostro. Era corpulento y además tenía dos ojos azules que destellaban en la oscuridad, cuando me vio bajar una pequeña sonrisa apareció en su rostro, mis labios se curvaron sin que lo pensara, el solo ver su rostro te hacía sonreír inmediatamente, era un hombre extremadamente apuesto.

—Buenos días —le salude, al tenerlo a sólo unos cuantos pasos.

—Buenos días —me respondió con una voz profunda y varonil—. ¿Es usted la enfermera Swan?

—Sí, lo soy, usted debe ser el doctor MCCarty —él asintió.

—Llámame Emmett por favor.

—Está bien, yo soy Bella entonces —ambos sonreímos.

—Doctor, si gusta puede hablar con la señorita Swan en la biblioteca.

—Claro, sígueme Bella.

—Gracias —le dije a Rachel, la mucama.

Emmett caminó con una gracia poco propia para alguien de su tamaño, llegamos a la biblioteca y el cerró la puerta a sus espaldas.

—Bueno, necesito que me explique la patología del señor Cullen —dije, sentándome en uno de los cómodos sillones.

—Bella, Edward Cullen antes de su enfermedad era el hombre más sano que he conocido, de sangre y cuerpo muy fuertes. Edward jamás se había enfermado antes.

—¿Cómo ocurrió?

—Hace algunos meses viajó a Londres a ver a su familia, su hermana había dado a luz a su primer hijo y Edward era el padrino del niño. Todo marchaba muy bien, cuando regresó fue el problema, en el avión se comenzó a sentir muy mal, tanto fue que cuando desembarco aquí en Chicago tuvo que ser trasladado de inmediato a un hospital. Yo lo recibí en la urgencia y venía bastante mal, en el auto que lo traslado perdió el conocimiento y su presión venía extremadamente alta.

—¿Tuvo un derrame? —pregunté casi en un susurro.

—No, es más que eso, lo que tiene es algo bastante extraño y muy poco común.

—¿En qué consiste?

—Edward puede realizar todo tipo de actividades como caminar, saltar, pensar, pero él tiene como unas crisis de conciencia, en el momento en que menos lo esperamos Edward pierde el conocimiento cayendo en un estado casi de coma.

—¡Dios! —susurré—. ¿Pero cómo puede ser eso?

—No lo sabemos, venimos recién llegando de Houston, se le practicaron exámenes de todos los tipos y ésta semana me llegaran los resultados.

—Es como si su cerebro se desconectara por un tiempo.

—Sí, así es —no podía creer que un hombre que al parecer tenía el control en todo lo que podía, fallaba en lo mas importante, en tener control sobre su propio cuerpo—. Entonces Bella, Edward podría hacer cualquier cosa, pero cuando pasan algunas horas su cerebro parece desconectarse de todo su entorno.

—¿Es por eso que no se levanta?.

—Sí, más o menos. Yo le recomendé hacer reposo ya que nos ha pasado que muchas veces ronda por la casa y pierde el conocimiento, lo que mas nos asusta es que le pase al lado de una escalera o tal vez en el jardín, es muy peligroso que ande por ahí solo.

—¡Dios!, si que es un problema —susurré, Emmett me dio la razón y asintió.

—Entonces Bella, el tratamiento es el siguiente: Edward sólo está tomando en éste momento unos calmantes y relajantes. Lamentablemente no podemos administrarle nada más hasta que sepamos si esto se genera por alguna enfermedad.

—Entiendo.

—Tu deber en esta casa será acompañar a Edward y observar su condición, quise una enfermera ya que no sé si pueda tener algún tipo de crisis o algo por el estilo, además, necesito alguien experimentado en el caso de que se presente una emergencia.

—Sí, está bien.

—Ahora adminístrale sus medicamentos, en la planilla que está a los pies de su cama está todo su historial medico, ahí sabrás cuanto son los medicamentos y los procedimientos que se le debe hacer. Cada mañana deberás examinarlo completamente y registrar los cambios que tenga.

—Está bien —un escalofrió recorrió mi espalda, ¿tendría que tocarlo? ¡Dios! Tendría que aguantarme a ese hombre… como fuera.

—Entonces Bella, eso sería todo por ahora, cualquier cosa estoy a tu disposición, ahora vamos porque debo examinarlo.

—Vamos.

Salimos de la biblioteca, seguí al doctor por los largos corredores y escaleras de la casa Cullen. Cuando llegamos a su habitación, él, al igual que todos los demás, tocó la puerta y esperó a que se le permitiera pasar desde adentro.

—Adelante —contestó la aterciopelada pero decidida voz de Edward Cullen.

Entramos y él nos esperaba casi en la misma posición pero en su rostro había una sonrisa triunfadora, sin duda pensaba que me había humillado y en parte estaba en lo cierto.

—Buenos días Edward —lo llamó el doctor por su nombre.

—Buenos días Emmett, veo que has conocido a la enfermera Swan —dijo, mostrando esa maquiavélica sonrisa nuevamente—. ¿Qué tal?- preguntó con soltura.

—Es una excelente profesional Edward —respondió, mirándome con una dulce sonrisa la cual yo correspondí.

—Veo hace amigos muy rápido señorita Swan —lo quedé mirando y su semblante había cambiado, su ceño se había fruncido.

—Somos colegas —respondí, me giré y fui a ver el expediente, leí cuidadosamente todos los datos que podrían servirme para mi trabajo.

—Qué fácil es relacionarse —dijo con sarcasmo, lo mire y sus ojos estaban posados en los míos, después de unos segundos quitó su vista y la dirigió al doctor. Apreté el expediente en mis manos casi hasta el punto de estrujarlo, sin querer rechine los dientes—. ¿No has recibido mis exámenes?

—No Edward, estará la próxima semana —respondió muy cortés—. Bueno Bella, ahora examinare a Edward, asísteme por favor.

—Claro —respondí.

La mirada de Edward Cullen no me perdía de su vista, sus ojos los sentía clavados en mis movimientos.

—Acércate —me pidió el doctor, caminé lentamente y sintiendo cosas en todo mi cuerpo. Llegué hasta el borde de la cama, Emmett se subió a ella y se acercó a Edward, yo por el otro lado me quedé parada en la orilla y por primera vez en mi carrera no sabía qué hacer—. Vamos Bella ayúdame a palpar su vientre.

Asentí levemente, Edward tenía su vista fija en un punto, no miraba para ninguno de los dos lados. Se bajo un poco ya que estaba sentado y quedó en posición horizontal, Emmett descubrió su cuerpo y quedó expuesto ante nosotros. Levanté suavemente mis manos y las deposite en vientre.

—Súbele la camiseta, necesito que palpes directamente a la piel —me ordenó el doctor, mis manos se estremecieron.

—¿Te ayudo? —me preguntó esa voz aterciopelada, lo miré y sus ojos estaban un poco mas oscuros que antes. Asentí, él, con sus propias manos se sacó la polera y dejo al descubierto su torso, ¡Dios! Suspiré para mis adentros, ¡que abdomen!. Él se recostó nuevamente en la cama y tenía una extraña sonrisa, miré su delicada piel blanquecina y tuve las mas extrañas alucinaciones, mis dedos nuevamente se posaron en su piel y sentí una corriente de energía recorrer cada parte de mi cuerpo.

La mirada de Edward nuevamente estaba en la nada, mis manos comenzaron a palpar su estomago subiendo por la parte de su esófago hacia su pecho. Cuando llegué allí pude comprobar la dureza de sus pectorales, se sentía sus músculos duros y muy bien torneados. Miré de reojo hacia donde él estaba y sus ojos se habían cerrado, su respiración era acompasada y muy tranquila, parecía estar durmiendo.

—Bella —me dijo con voz alta Emmett, di un pequeño respingo.

—¿Sí?

—¿Cómo está el abdomen?

—Blando —dije apresuradamente.

—Bien, sigue entonces, auscúltalo por favor.

—Sí —respondí en un susurro.

Me giré y fui por el estetoscopio, Emmett hizo a Edward levantarse, se sentó nuevamente en la cama.

—Deje unas cosas en mi maletín, iré por ellas —dijo Emmett, y sentí un vacio en mi estomago, mi torpeza se hizo presente y sin querer deje caer el estetoscopio.

—Cuidado —me recrimino Edward—, ese fue un regalo para Emmett y sale caro.

—Lo siento —le dije levantándolo del suelo, Emmett salió de la habitación dejándonos solos. Sentía un millar de cosas y solamente había tocado su piel, no cabía duda de que mi nuevo jefe hacia perder la razón sólo con el contacto de su piel.

—¿Sabes ocupar eso? —me preguntó cuando me senté en la cama a su lado, por mi imprudencia no me di cuenta que quedamos a sólo centímetros de distancia, levanté mi cara y su rostro quedó a escasa distancia.

—Claro… que sí —respondí entrecortadamente.

—Entonces ocúpalo —me retó, mi ceño se frunció automáticamente y comencé mi labor. Me coloqué el estetoscopio y comencé a escuchar su corazón, por los sonidos que hacia parecía estar normal, me corrí hacia el lado para escuchar sus respiraciones, estuve un minuto haciéndolo cuando su calida mano se posó sobre la mía, levanté rápidamente la vista y sus hermosos y brillantes ojos verdes me miraban atentos.

—Mi corazón está aquí —me dijo en un susurro, su mano llevó la mía hacia el otro lado de su pecho y la presionó suavemente. Mi propio corazón comenzó a bombear muy rápidamente y mi cuerpo reacciono al contacto de su piel. El momento pareció ser eterno, su piel y la mía se sentían suaves, mi mente se puso en blanco y lo único que podía hacer era mirar sus ojos y su mano junto a la mía.

—¿Qué… que…? —intenté preguntar, la puerta se abrió y Edward me soltó de inmediato la mano.

—Lávate mejor tu cara, tienes una basura en tus ojos —me dijo con la misma voz fría que había tenido desde un principio, se separó de inmediato de mi. Emmett entró a la habitación ajeno a lo que había pasado, yo aun seguía ahí con el estetoscopio en mis manos y sin poder reaccionar, el cambio de su humor había sido impresionante.

—Vas a tener que recordarle a ésta señorita como se ocupa esto Emmett —dijo con sarcasmo en sus palabras.

—Edward, dale un respiro, es su primer día —dijo el médico tratando de ayudarme, reaccioné ante sus palabras, me paré rápidamente de la cama y lo miré.

—Su corazón parece estar muy bien al igual que su respiración, doctor —apreté con más fuerza de la necesaria el implemento que tenía entre mis manos. Me giré hacia una ventana y respiré como diez veces antes de volverme a girar, ambos hombres estaban enfrascados en una conversación de la cual yo no era parte.

La revisión siguió sin interrupciones, el doctor McCarty continuo examinando al señor Cullen y yo sólo fui participe en pequeñas cosas, cada vez que me ponía cerca de él recordaba lo que había sucedido, demonios, como odiaba cuando la gente me hacia algo así. Su comportamiento me dejo totalmente desconcertada. El examen físico terminó y el doctor se acerco a mí.

—Bella, adminístrale ahora los medicamentos, cuida muy bien las dosis ya que son bastante potentes.

—Claro que sí, no te preocupes.

—Vaya Emmett —dijo desde su cama—. ¡Que familiaridad!

El doctor se tomó su comentario mejor de lo que esperaba, por mi parte sentí una punzada en mi estomago, el sarcasmo y la altivez con la que decía las cosas me molestaba y bastante. Emmett se despidió del señor Cullen y me hizo acompañarlo hasta la puerta, cuando estuvimos fuera su rostro demostraba la compasión que sentía por mi.

—Siento que se porte así, pero te aseguro que Edward es una buena persona, sólo tienes que conocerlo un poco. Está así de frustrado y de mal genio porque todavía no se puede mejorar.

—¿No le gusta estar en casa? —pregunté, con un leve sarcasmo.

—A decir verdad no, Edward es una persona muy activa, en éste momento tiene a uno de sus hombres de confianza dirigiendo su patrimonio, pero aun así esta intranquilo, además de que él es un hombre de mundo.

—Entiendo —dije rodando los ojos.

—Sé que te parecerá un plomo, pero te aseguro que si llegas a conocerlo tu opinión cambiara.

—Eso espero ya que si no será un infierno estar con él —Emmett rió.

—Tranquila Bella, se paciente y veras como cambiara, mi único consejo es que jamás lo desafíes o desacates una de sus ordenes a menos que sea algo medico, ya que tu sabes mucho mas, pero en lo demás sigue al pie de la letra lo que dice y te aseguro que te evitaras disgustos y malos ratos.

—Está bien, lo intentare.

—Buena chica —sonrió—, ahora debo irme, aquí esta mi teléfono por si necesitas cualquier cosa, me llamas y vendré enseguida —me entregó una tarjeta que tenía su número de celular y el de su consulta.

—Muchas gracias —se la recibí y la puse en mi bolsillo.

Emmett se fue dejándome nuevamente sola con Edward, entré en la habitación y mis ojos se abrieron como platos al ver que no estaba en su cama.

—Señor Cullen —dije, y nadie respondió—, Señor Cullen —volví a llamar, pero nada sucedía, caminé hacia la alcoba y estaba completamente vacía, ahora que lo podía apreciar bien el ambiente estaba lleno de su aroma, era tan particular y tenía algo que me hacia querer olerlo siempre—,. Señor Cullen —llamé cuando estaba cerca de las puertas de lo que me imaginaba era su armario—, Señor Cullen —golpee.

—¡¿Acaso no puedo venir solo al baño?, ¡¿O hasta eso me van a controlar? —me gritó con una voz cargada de molestia y enojo. Di un salto y corrí hacia el final de la habitación. Miré a mi lado y estaba la mesa con las medicinas, comencé a preparar el cóctel de pastillas que tomaba a diario. Llené un vaso de agua y lo deje en su buró—. ¡Dios mío! Te convertirás en mi sombra —salió del baño y su ceño estaba completamente arqueado.

—Lo lamento mu…

—No quiero tus disculpas, remítete a hacer lo que te corresponde. Dame mis medicamentos —asentí sin ganas de volver a discutir algo con él, le pase sus medicamentos y rápidamente se los tomó, el vaso de agua se vació y me pidió un poco mas.

La luz de la ventana pegaba en su perfil, su perfecta nariz parecía destellar ante la luz del sol, sus largas pestañas y cobrizo cabello me alteraban a tal punto que mi corazón parecía salir por mi boca, sin duda las revistas tenían razón, él era todo un dios…. Un Dios Griego.

—Toma —me dijo, sacándome de mis pensamientos, recibí el vaso y lo dejé nuevamente en la mesa—. Guarda silencio, cada vez que tomo esto debo dormir ya que si no estas pastillas me marean.

—Está bien, le cerrare las cortinas.

Espere un «gracias» que nunca llegó. Junté las hermosas cortinas y me senté en uno de los sillones que había al frente de su cama, tomé su expediente y comencé a estudiarlo. A los pocos minutos lo miré y estaba profundamente dormido, sin poder evitarlo me acerqué hacia él y lo observe, su reparación era acompasada, su pecho subía y bajaba mientras de su boca salían pequeños suspiros. Miré sus carnosos labios, relamí los míos ante el impulso que tenía de tocarlos. Estaba completamente confundida, el tipo era un plomo, hace muchos años que no conocía a alguien tan desagradable como él, pero cuando lo mirabas así como yo lo hacía ahora parecías olvidarte de todo lo demás, su rostro angelical, sus carnosos labios o ese cuerpo que te hacia perder la cabeza a cualquiera producía que todos los enojos que él mismo te había provocado desaparecieran.

El señor Cullen paso la mayor parte del día durmiendo, si pudiera decirlo así, disfrute viéndolo dormir, era algo supremo, realmente si estaba tranquilo se veía como un hombre demasiado atractivo, lo malo es que al despertar ya sabía con lo que me iba a encontrar. A las seis de la tarde el mayordomo hizo su entrada.

—Señorita Swan —me llamó, levanté la vista del expediente y le respondí.

—Dígame.

—Su horario ya ha terminado, puede retirarse.

—Está bien —me paré y me fijé nuevamente en el hombre que dormía profundamente, si su belleza equivaliera a su carácter, sin duda sería el hombre mas atractivo en el mundo, por lo menos para mi.

Me levanté y accidentalmente dejé caer la carpeta, Edward se removió en su cama y comenzó a despertar lentamente. Una de sus manos talló uno de sus ojos, cuando su vista se acostumbró a la luz me miro extrañado

—¿Qué hora es? —preguntó con voz ronca y pastosa.

—Las seis en punto.

—¿Ya te vas? —preguntó.

—Sí señor, mi horario terminó —le respondí, él se sentó en la cama y miro el reloj que había encima de su buró.

—Desperté justo a tiempo —murmuró para él, pero alcance a oírlo. Se sentó en la orilla de la cama, me acerqué a él, pero no parecía necesitar ayuda, cuando se fue a parar todo su cuerpo se tambaleó, una de sus manos se fue involuntariamente a su cabeza, apretó su frente con mucha fuerza—. ¡Maldición! —dijo molesto, lo tomé por la cintura e intenté que se apoyara en mi, levanté mi vista y comprobé que era muchísimo mas alto que yo.

—Tómeselo con calma, debe ponerse de pie lentamente.

—No me dé órdenes —me dijo, y se soltó de mi agarre—. Que tenga buenas noches señorita Swan —dijo.

—Nos vemos mañana señor Cullen, que pase buenas noches —me despedí tomado mis cosas. Colgué mi delantal y comencé a caminar.

—Un momento —me detuvo, me giré y con mucho esfuerzo se agachó y recogió algo del suelo para mí.

—¡Vaya! —dijo mofándose—. Emmett no pierde el tiempo y veo que usted tampoco —mi cara no sé que expresión tomó que él parecía estar mas divertido, una sonrisa burlesca se posó en sus labios. Me extendió la tarjeta y la tomé, cuando vi que era entendí el porque se su comentario, de mis bolsillos se había caído la tarjeta en donde Emmett me dio su teléfono.

—Buenas noches —terminé, y salí de la habitación.

Cerré la puerta a mis espaldas y no pude evitar descansar en ella, se había terminado, mi primer día de trabajo ¡Al fin había acabado!. Casi sentí ganas de saltar porque el día había pasado, Edward Cullen podía ser el hombre más guapo del mundo, pero su temperamento definitivamente jugaba en su contra. Solté la manilla de la puerta y levanté mi vista, mis ojos se abrieron al encontrarme con tamaña sorpresa.

En la orilla de la escalera estaba parada una mujer, debo decir una impresionante mujer, tenía dos largas y enormes piernas que se coronaban con unas torneadas caderas, su cuerpo se veía perfecto a simple vista y que podría decir de su cara, tenía su cabello negro y dos resplandecientes ojos azules. Nuestras miradas se cruzaron, sentí una punzada de envidia al pasar por su lado, me sobrepasaba en muchos centímetros, miré hacia atrás y lo que mas me llamó la atención fue que entró directamente al cuarto de Edward Cullen, cuando la puerta estuvo cerrada el pestillo resonó en la inmensidad de la sala, mi rápida mente comenzó a maquinar diferentes teorías y la única palabra que saque en común fue «amante».

Me despedí del personal y salí de la mansión, afuera hacia un frió de los mil demonios, en las habitaciones tenían calefacción y no había sentido el frió real de las calles. Metí la mano en mi bolso y saqué mi celular.

—¿Cómo te fue? —preguntó la ansiosa voz de Rosalie.

—Necesito un café —le dije, desesperada por poder desahogar las angustias del día.

—Nos vemos donde siempre en treinta minutos.

—Está bien —respondí con la voz que me quedaba aun en mi cuerpo.

Me giré hacia la casa, se veía tan impresionante como siempre, en ella estaba el hombre mas duro del mundo. Edward Cullen tenía un alma de hielo, al parecer no había cosa que lo conmoviera, ni siquiera porque estaba enfermo suavizaba su comportamiento. Me toqué la frente y solté un suspiro, él estaba ahí y necesitaba de mis servicios al igual que yo necesitaba de mi pago, sabía que si aguantaba podría sacar a mi familia de esa mierda y lo iba a hacer.

Respiré profundamente y me encaminé a mi cita con Rose. Hoy podría ahogar todas mis penas y mañana sería un nuevo día, Edward Cullen no me vencería, no me dejaría amedrentar por él, soportaría todo por sacar a mi familia del infierno en el que vivíamos.

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jueves, 24 de febrero de 2011

Pecados Carnales

Capítulo 23

Conociéndonos de nuevo

Tanya V/s Bella

Tanya

Entrar a la casa de los Cullen fue lo más doloroso que podría haber hecho en toda mi vida, si ni siquiera cuando mis padre murieron me sentí así, puede ser, que en aquel instante yo era demasiado pequeña para saber lo que significaba la palabra muerte, pero hoy, al ver el charco de sangre apenas camine para dar con la sala de estar mi cuerpo no resistió y caí al suelo en un grito desgarrador, por suerte venía detrás de mí Alice y por suerte ni Edward ni Bella venían tras nosotros.

— Ya, Tanya, él está descansando —me consoló con su dulce voz cantarina Alice, me abrazó entre sus diminutas manos, en la mitad del pasillo de su hogar, el charco de sangre aún estaba allí, presente, mi pequeño Anthony aún estaba allí presente, su risa angelical, sus hermosos ojos marrones, esas pestañas tan parecidas a Edward, esa sonrisa ladina idéntica a su padre me desgarró en el alma y por primera vez sentí rabia con la vida, con todo, incluso con Bella.

Deslice mi mano hasta el borde del charco de sangre, uno de mis dedos toco la sangre y en ese minuto Alice me quito de entre las manos el pañal que no había soltado de mis manos durante toda la mañana y con ese mismo genero limpio la sangre.

— ¡Basta! ¡Esto es demasiado para soportarlo! —espetó entre dientes mientras yo daba el grito desgarrador, me había arrebatado lo único que yo podría haber conservado de mi hijo… de mi ahijado.

— ¡Noooo! —luche fieramente por quitarle el paño ensangrentado y fue allí cuando alguien me sujeto por la cintura.

— ¡Basta Tanya! —conminó para que entrará en razón y al principio no reconocí la voz.

— ¡No, era lo único que tenía de él! —protesté tratando de separarme de mi opresor, entonces su cuerpo fuerte me giró para dejar de mirar lo que Alice hacía, me giró justo en el momento en que esta corrió hasta la cocina con el paño y en el suelo ya no había nada, nada que pudiera recordarme a mi pequeño risueño.

Era Jasper, el novio de Alice que me sostenía con fuerza tratando de que no impidiera lo que a todas luces era lo lógico, la sangre no podía quedarse allí eternamente. Cuando sentí unos pasos me giré y allí, recargada en el umbral del pasillo que daba a la cocina estaba Alice, que extendió sus brazos, sus ojos estaban humedecidos.

— Tenemos que ser fuertes por Edward, él no puede verte así —me dijo y me abrazó entre sus brazos, Jasper aflojó cuando notó que yo estaba más calmada y que no trataría de luchar por ir a sacar de la basura el "tuto" de Anthony.

— No quiero ser fuerte, no puedo, que no te das cuenta que esto fue mi culpa —le dije y recordé como yo había dejado a Anthony en el suelo luego de darle el desayuno, yo había cedido al llanto profuso de mi ahijado de cuatro años y medio, y lo había dejado andar por allí, por la casa, y me había ido ayudarle a la madre de Edward a preparar el desayuno de navidad para el resto.

— No Tanya… entonces también sería la mía, yo estaba en la sala de estar, incluso sería la culpa de Jasper que venía llegando… sería la culpa de todos… —me dijo acariciando mis mejillas

— ¿Cómo se lo diré a Edward? —le pregunté aterrada porque él me odiará, porque me recriminará el sufrimiento que estaba pasando y descargará contra mí toda su ira, y si lo hacía sería con justa razón, pero no podía perderlo, no como amigo, yo lo necesitaba como había necesitado de ese pequeño, ambos se habían transformado en mi familia, no podía perderlos a los dos — Me odiará —concluí cerrando mis ojos, sentí como Alice me apretó más fuerte contra su diminuto pecho.

— Edward jamás podría odiarte… Tanya esto no es tu culpa… fue una sucesión de eventos… fue el destino —dijo y yo cerré mis ojos rehuyendo su mirada, me sentía demasiado culpable — Las cosas pasan por algo y ahora debemos ser fuertes por él, por Bella, ambos… —y yo me separé — todos nos necesitamos como una familia, deja de pensar que es tu culpa, Edward te necesita entera no a medias… por favor… —me pidió haciendo que la mirara a los ojos, aquellos ojos pardos tan hermosos que había heredado de Esme, su expresión era dulce, entera ¿Cómo podía ella estar así?, me pregunté, me gustaría tener la mitad de su coraje — por él —insistió y suspiré… yo por él si podía estar entera… ya lo había hecho antes… y lo haría ahora.

Con Edward nos habíamos dejado de ver desde el día de su cumpleaños, no lo había vuelto a ver y había agradecido ese hecho, no sabía si mi corazón iba a ser suficientemente fuerte para verlo en brazos de otra, en brazos de ella. Recordar aquel día de su cumpleaños cuando me había utilizado para sacar celos, había despertado un amor oculto por años, con él habíamos sido compañeros de Instituto y siempre, muy en el fondo, a pesar de que yo lo había acallado mi corazón había gritado por ese chico de misteriosos ojos verdes.

Claro que él jamás me había visto distinto a una amiga, una buena amiga.

Pero el destino se había encargado de darme al menos un pequeño muestreo de cómo era él, como hombre y no como amigo, sin duda sentir sus labios tersos y tibios contra los míos de manera real era una sensación impagable y suficiente para calmar ese corazón roto, ese beso furtivo y poco duradero aquella noche había sido el bálsamo suficiente para poder continuar con mi vida y dar pie atrás a mi amor de niñez.

Claro que no contaba con que el destino otra vez, me lo pondría frente a mis narices… a él y a una pequeñita persona….

— ¿Edward?

— ¿Tanya? — habíamos dicho al unisonó al vernos, él lleno de bolsas listo para bajarse del ascensor y yo, sin nada, lista para subir a el. Me quede observando también que no todo eran bolsas, él traía a un ¿Bebe?

— Vaya… tanto tiempo…

— Así es… desde mi cumpleaños ¿No? —dijo nervioso y yo asentí, mi vista se concentro en unos pequeños orbes marrones chispeantes, y en una sonrisa que me había cautivado años atrás.

— Es hermoso, ¿Cómo estas pequeño? —le dije sin sentido e hipnotizada por el pequeño bebe que él estaba cargando, yo le calculaba unos cuatro meses y medio, tal vez cinco, la pequeña criatura se rió cuando me sintió tomar sus manitas gorditas e hizo un gesto idéntico a Edward, me reí — Veo que hoy te toco ser el tío que consentidor ¿De quién es hijo, de Alice tal vez? —le pregunté aún sin quitar la vista de encima. Rosalie tenía los mismos ojos que Edward pero podría parecerse al padre, aunque algo me dijo que no.

— No —respondió un tanto incomodo — Es mío —concluyó y alce mi vista aún sosteniendo entre mis dedos, los del pequeño.

Edward tenía ¿un hijo?

Nos quedamos mirándonos sin decirnos nada, yo aún estaba procesando esas dos palabras… — ES MÍO —y en que minuto su vida había cambiado tanto ¿Ahora estaba casado?, me pregunté y mi corazón traicionero latió a mil por hora, de pronto sentí un puñal clavarse en la mitad. Trague aire y saliva para poder hablar.

— Felicitaciones — dije un tanto contrariada — No sabía que… ¿Cuándo?

— Mañana cumple seis meses —contestó orgulloso y desvió su mirada varonil hacia su regazo donde traía a su pequeño.

— Wow — fue lo que pude articular, quería preguntar pero no sabía cómo.

— Supongo que se parece a la madre —dije tímidamente y Edward me miró sombrío, un tanto melancólico

— Sí tiene sus mismos ojos —contestó un tanto seco, demasiado para estar felizmente casado, entonces mi corazón dio un brinco pero de ¿Alegría?

— ¿Cómo se llama?

— Bella —contestó sin sentido y entonces recordé ese nombre, era la chica a la cual el trato de sacarle celos aquella noche que me había besado, por la cual mi pequeño príncipe de ensueños se había trastornado de amor.

— Me refería a… el niño — corregí mi pregunta y Edward se sonrojo

— Anthony

— Es un bonito nombre, para un niño tan bonito —dije sin mirarlo, acaricie las mejillas rosadas del pequeño bebe, entonces sentimos que alguien tosio detrás de mí.

— Creo que estamos haciendo embrollo —dijo Edward caminando hacía mí, nuestros cuerpos se juntaron, claro que estamos separados por el diminuto cuerpo de su hijo, me reí, y le di espacio suficiente para que las personas que esperaran entraran al ascensor.

— Ella era la chica con la cual….

— Sí… es una larga historia

— Siempre he sido buena para escuchar largas historias —le dije sin sentido y fueron ahora mis mejillas las que se tiñeron de un rojo profuso producto de la vergüenza. ¡Maldición como tan obvia!, me grité a mi misma, Edward se rió, su sonrisa era tímida pero era igual a las que profería cuando estaba en el instituto, la misma que me había cautivado mi corazón.

— ¿Sí no te molesta que vaya con alguien? —me preguntó acariciando el pelo de su pequeño retoño

— Claro que no, nada que sea tuyo me molesta —le respondí mordiéndome el labio inferior.

Aquel día Edward y yo nos habíamos reencontrado, no sabía si había sido fuerza del destino que yo viviera dos pisos más abajo que su departamento, de hecho, jamás había reparado en aquel detalle, estaba tan concentrada en buscar mi vida, en olvidar recuerdos que, no me había percatado que ese edificio era el mismo donde él vivía.

— Esta un poco desordenado —le dije y corrí unas cajas, tomé entre mis manos las bolsas que él traía para que pudiera sacar a Anthony del cargador que traía puesto, el pequeño parecía demasiado contento, demasiado feliz, Edward lo alzo en el aire y luego junto su nariz con él.

— ¿Te mudaste hace poco? —me preguntó cuando se sentó frente a mi.

— Un par de meses —le respondí un tanto avergonzada, eran bastantes pero mi trabajo me consumía a veces.

— ¿Café?

— Por favor, estoy que muero de sueño —exclamó acomodándose en su regazo al pequeño bebe, lo sentó entre sus piernas y él parecía tan vivo, tan grande, se llevo unos deditos a la boca

— ¿Y para el pequeño gran gigante?

— Aún falta para su mamadera —me dijo y verlo así me sorprendió.

Edward se manejaba muy bien para ser hombre, parecía que conocía cada detalle de su hijo, como lo haría una madre, estaba como mimetizado con él de una manera maravillosa, me quede mirando su interacción como una verdadera tonta, revolviendo el café que me había servido hasta que fue el propio Edward que me trajo de regreso a la tierra.

— ¿Vives con tu novio? —me pregunto tomando un sorbo de su café

— No, vivo sola —le contesté

— ¿Tu y la madre… están divorciados? — le pregunté derechamente y la duda me consumía, de hecho incluso había barajado la posibilidad que la madre estuviera muerta, y me había preparado para el…. Cuanto lo siento… pero su respuesta me descoloco

— Sí —exclamó y corrió su vista, me quede examinando sus facciones ¿Sí la madre estaba viva cómo era que Edward lo tenía con él?

— ¿Entonces este fin de semana te toca tenerlo a ti?

— No exactamente —respondió mirando a su pequeño Anthony, guardo silencio por varios minutos, un silencio incomodo nos embargó.

— Si no quieres contarme está bien, yo estoy siendo la entrometida —le dije tomando la taza vacía de café de enfrente de él para llevarla al lavadero, fue allí cuando él me sujeto la mano.

— Yo se lo quité —confesó en un murmullo ahogado — soy el que tiene la custodia completa —concluyó y en su mirada se reflejo algo que jamás creí posible, me había confesado algo con la misma mirada que daba un asesino cuando confiesa el crimen de alguien. Lo miré contrariada — Lo sé… soy un monstruo —agregó levantándose de la mesa, alzo a Anthony en sus brazos.

— ¿Monstruo? —le pregunté sin entenderlo — ¿Crees que eres un monstruo porque tienes la custodia completa de tu hijo? —le contesté y Edward me miró, su mirada era triste, demasiado sombría, demasiado culpable ¿qué le había pasado al niño de la mirada penetrante y dulce? ¿Dónde estaba el Edward del que me había enamorado?, este no era mi Edward, el hombre frente a mí no era él, este hombre tenía una culpa demasiado grande sobre sus hombros, como si hubiera asesinado a alguien y apostaba que no importara lo que él me confesará para haber hecho lo que él había hecho había una buena razón de fondo y así fue… cuando me lo contó había entendido… algo que al parecer nadie había entendido… Edward solo había querido protegerlo… proteger ese maravilloso regalo que la vida le había dado… ese fruto de su amor por aquella mujer… una que no era yo….

— Gracias —me susurró apenas entre a la casa de la hermana de Bella, casi toda la familia de Edward estaba allí, salvo por Carlisle y Rosalie que había ido a hacer los arreglos pertinentes para el entierro. Le entregué ropa limpia a Edward, estábamos abrazados, yo puse mi mano en su barbilla, como lo había hecho por la mañana cuando había entrado demasiado devastado, casi como ahora — No es tu culpa —respeti como si se tratara de un monologo hecho para la ocasión y traté de guardar mis lágrimas — él está en un mejor lugar —agregué y sentí como Edward se apoyó en mi hombro, enterró su rostro en mi cuello y me apretó con fuerza, con la misma fuerza que lo había hecho aquel día que yo había recordado en su casa, aquel día en que él había expiado su culpa conmigo.

— No puedo… simplemente no puedo ser el fuerte de los dos —confesó en un murmullo apenas audible, fue allí cuando mi vista se desvió a los ojos de Alice que nos observaba, sus ojos marrones estaban humedecidos y tenía puesta una mano en su boca, como mordiendo sus nudillos, Jasper se acercó pero aún así pude leer de sus labios su esperanza en mí — Por favor… por él… —gesticuló Alice y me comí mi propia pena, enterré mis manos en su pelo filo y suave, lo acaricie, ladeando mi rostro sobre el suyo….

— Sí puedes… y lo harás —le dije ahora separando mi cuerpo del suyo, lo obligue a mirarme — Bella te necesita… más que nunca te necesita… entero… para ti… para ella —le dije y sus ojos verdes se clavaron en los míos, seque con mis dedos las lágrimas que salían sin control — Ella es tu familia feliz, por la cual tanto luchaste… no la destruyas ahora —le dije y me empiné para besarle la frente mientras mis manos descansaban en sus mejillas, frías lo besé, pose mis labios sobre su frente aún humedecida y lo besé… lo besé tratando de que todo ese amor contenido en mi corazón se transmitiera al suyo para darle paz… la paz necesaria para que pudiera darla a ella….

— Pero yo… —comenzó a decir y puse mis dedos en sus labios para acallarlo.

— Ella necesita al hombre… no al padre de su hijo… necesita al hombre que ella ama, al hombre que la ama a ella —le dije y entonces las facciones de Edward se hicieron duras, como tantas otras veces, cuando él ocultaba su propio dolor, alzo su mirada y me enterró contra su pecho.

— Gracias —murmuró otra vez besándome ahora él a mí en la frente, descanse mis manos contra su pecho fuerte y tibio, sentí como se separó de mí cuando se sintieron unos pasos en la escalera. Ambos desviamos la mirada hacía ella, era Ángela que venía bajando con una bandeja de comida, estaba sin tocar, miró apesadumbrada a Edward.

— No quiere comer… ni siquiera quiere escucharme —le dijo está y él se separó de mí, tomó entre sus manos la bandeja y subió, se perdió en el pasillo, como tantas veces se había perdido de mí.

— Edward ¿Qué haces aquí? —le pregunté al verlo apoyado en el umbral de mi departamento, estaba evidentemente ebrio y apenas podía mantenerse en pie, de pronto, miré bien, y por ¡Madre santísima! ¿Tenía a Anthony entre sus brazos?.

Lo miré alarmada pero antes que yo pudiera hacer o decir algo, fue él quien hablo.

— Ten quédatelo, ya no puedo más, no puedo, no puedo ocupar el lugar de ella, no puedo criarlo solo, me rindo —exclamó entregándome el pequeño, Anthony estaba envuelto en un chal de color marfil, su piel blanca contracto con la luz tenue del pasillo de mi piso y aquellos cabellos miel desordenados se dejaron ver, lo examiné y estaba profundamente dormido, lo que era increíble a pesar de venir con Edward aún dormía como si su padre lo hubiera estado arrullando en vez de zarandeando por el pasillo.

— ¿Qué estás diciendo? —Le pregunté tomándolo del brazo para evitar que se fuera — ¡Espera! —le grité y cuando alce la voz miré al pequeño angelito entre mis brazos quien se movió pero no despertó, aferré mis dedos en la muñeca de Edward que me miró — No puedes irte —susurré en pánico de que estuviera diciendo la verdad.

— Te lo estoy regalando, yo no lo quiero, es un recuerdo tortuoso de ella… de Bella, ya no soportó el dolor… yo quería una familia feliz y mira lo que tengo… nada… un hijo sin su madre… esto no debería ser así… ella debería estar conmigo… no yo solo con él… —balbuceo de manera ininteligible, se notaba que su lengua estaba adormecida producto del alcohol que había ingerido.

— ¿Hace cuanto estas bebiendo? —le pregunté y el rió pero su risa era triste

— ¿Por qué Tanya? ¿Dime porque duele tanto? —preguntó y se cayó al suelo, se enterró en mis piernas y se me contrajo el corazón y aunque yo feliz me lo hubiera quedado porque era algo de él, debía ser la cuerda de los dos, Edward jamás se perdonaría perder a su hijo también.

— Levántate… Edward, mírame —le pedí y sus ojos verdes se centraron en los míos — Estas borracho, por eso tienes pena pero mañana será distinto — le dije y Edward me interrumpió.

— ¿Lo prometes? —me preguntó con esa mirada de niño dolido.

— Claro… ahora no sabes lo que dices… míralo… Anthony es tu vida… ¿De verdad quieres perderlo?... —le dije sonriendo mientras le mostraba ese dulce rostro angelical que dormía profundamente, miró al pequeño entre mis brazos y luego a mí un tanto confundido — Ven entra, tenemos que acostar a tu hijo, hace frio —le dije y él asintió.

En minutos como hoy, agradecía mi fascinación por los almohadones, tenía muchísimos y aunque a veces los odiaba porque no sabía dónde ponerlos, hoy, me habían venido de perilla para poder hacer una especie de barricada alrededor del pequeño bebe, lo acosté en la cama del cuarto de invitados. Anthony parecía ajeno a todo lo que pudiera estar pasándole, dormía profundamente y no se despertó en ningún minuto, ni cuando lo puse en las frías sabanas ni cuando lo forje con almohadones alrededor — Tendrás que comprar un monitor de bebe —me dije poniéndolo en mi lista mental de prioridades por si a Edward le bajaba otra vez las ganas de regalármelo a la mitad de la madrugada. Me reí.

— Duerme mi pequeño Eddy —le susurré mientras cantaba una pequeña canción que me cantaba mi madre de pequeña. Estaba en eso semi acostada a su lado, acariciando sus dorados cabellos cuando sentí el halito tibio de Edward contra mi oído.

. — Su madre no lo quiso, ¿Por qué tú tampoco lo quieres? —me preguntó con tristeza pero obviamente influenciado por el alcohol, lo aleje y me aleje con él, a pesar que Anthony era un infante no merecía escuchar a su padre hablar así.

— No es que no lo quiera pero a un hijo no se regala, no es un objeto Edward —le contesté juntando la puerta de la habitación de invitados.

En ese minuto quedamos frente a frente, nariz con nariz, su cuerpo se adelanto acorralándome contra la pared a un lado de la puerta del cuarto de invitados, me estremecí al notar el brillo que profirieron sus ojos verdes en los míos. Sus labios se curvaron ahora en una sonrisa ladina.

— Eres tan dulce y hermosa —balbuceó acariciando mis cabellos y entonces un frio recorrió mi cuerpo desde la punta de mis cabellos hasta la punta de mis pies. El frio que sentía se acabo en segundos, ahora sentía un extraño calor ahondar en mi pecho, era como si toda la sangre bombera deliberadamente a cada extremidad de mi cuerpo, lo contemple sin quitarle la vista de encima. Siguió acariciando mis cabellos, enterrando sus manos fuertes y masculinas entre mis largos y ondulados cabellos, hasta que desvió sus mano a la base de mi cuello, apretó firmemente su mano contra mi quijada y se me escapo un quejido involuntario, me estaba traicionando el deseo. ¡Reacciona Tanya, él esta borracho!, me dijo mi yo interior cuando advertí como su rostro se ladeaba y se acercaba aún más al mío, mis ojos se desviaron hacía sus labios que humedeció y entreabrió.

— Edward —balbucee.

Mis manos las tenía prisioneras en sus pecho, pero tenía el espacio suficiente para haberlo alejado sin embargo, me estaba traicionando mi corazón, la ilusión de que tal vez, por algo yo estaba viviendo dos pisos debajo de su departamento, por algo, Anthony parecía congeniar tan bien conmigo ¡Basta estás viendo algo donde no lo hay!, me gritó la conciencia pero por primera vez desde que lo había reencontrado fui egoísta, había consolado tantas veces a Edward hablando bien de alguien que ni siquiera conocía, le había puesto un bálsamo al dolor, había cambiado actitudes egoístas por confusión y tristeza, había modelado a Bella para que él pudiera perdonar a la madre de su hijo cuando en verdad, yo y todo mundo sabía que ella no era una maldita egoísta y manipuladora que hoy, al tener frente a mí al niño, al hombre del cual yo me había enamorado tiempo atrás y del cual me había vuelto a enamorar, por primera vez lo miré y me dije ¡Se egoísta! Y lo hice, lo besé, aun sabiendo que Edward estaba vulnerable, que otra vez, había estado recordando al fantasma de Bella y que dada la cantidad de alcohol ingerido sabía que su corazón estaba débil, falto de amor y que yo era una solución a mano.

— Tanya —balbuceo.

Cuando sus labios se separaron de los míos, y cuando pensé que vendría el arrepentimiento sentí sus labios otra vez hambrientos contra los míos, fue allí cuando correspondí con la misma intensidad el beso, su lengua tibia y húmeda con cierto toque de alcohol se introdujo en mi boca y acarició la mía de manera majestuosa.

Estuvo así por largos minutos, tantos que cuando sentí como se separó de mis labios, estos se sintieron un tanto hinchados pero no me importó, me perdí en las sensación de sentir su lengua recorrer la piel de mi cuello, sentí sus manos como acariciaban mi cuerpo por sobre la ropa y me deje llevar.

Lo acaricie yo de vuelta con la ternura que tantas veces había soñado lo hacía, y entonces, al sentir sus quejidos escapar de sus labios me di cuenta que esa ternura probablemente no la había sentido desde que había estado con Bella.

— Te amo Edward —musité contra sus labios entre abiertos, él se separó de mi rostro, sus ojos verdes se notaban profundos, llenos de deseos y lujuria, pero aún así había un atisbo de arrepentimiento.

— No merezco ese amor Tanya —contestó

— Déjame decidir eso a mí — le contesté volviendo a adueñarme de sus labios, Edward correspondió el beso con tanto o más ahincó que antes. Esa noche habíamos traspasado la barrera de amigos, esa noche por primera vez yo había cumplido mi fantasía, Edward era mío. ¿En verdad lo era?.

Volví a pestañar cuando sentí el golpe de la puerta, Edward había entrado a la habitación de Bella, yo lo había mando allí, lágrimas bajaron por mis mejillas hasta mi boca, las seque con mis labios, al lamerlas sentí la sal en ella y me maldije por ser tan estúpida, yo había creído acallado este sentimiento por él y justo ahora, el día de la muerte de su hijo, lo recordaba con mayor fuerza que nunca, yo lo amaba desgarradoramente, incluso más que antes.