Dark Chat

viernes, 10 de septiembre de 2010

Mascara De Odio

Cap. 4 :16 de julio 2007

Edward Cullen

Bueno ahí estaba. El agua caía sobre mi cuerpo y yo metódicamente me bañaba pensando en lo que tenia propuesto el día de hoy. Ya no había vuelta atrás. Lo que debía hacerse debía hacerse y no me iba a detener por nada. En cierto modo, y debia admitir que lo había pensado desde antes, era una clase de excitante juego no tirarse a una mujer hermosa. Una experiencia nueva siempre era bien recibida, no tenía idea de si esa experiencia iba a ser placentera pero si no lo iba a ser al menos tenía el consuelo de que me iba a reportar beneficios a la larga.


Aun era temprano así que me termine de lavar, Salí de la ducha envuelto en una toalla y me enfrente a mi imagen en el espejo, no era que fuera afeminadamente vanidoso, solo me constataba de que mi apariencia fuera la de siempre, porque esa apariencia me había reportado bastantes benéficos en el campo de las féminas.


Me afeite y aplaque la loción y luego escogí mi ropa de trabajo, la que según Carree, mi última amante, me hacía ver irremediablemente atractivo, entre otras cosas, según ella, decía que verme vestido de ejecutivo era asombrosamente estimulante para ella y si hacia memoria todas mis amantes habían dicho algo similar acerca de mi decencia, limpieza y que siempre lucia como un caballero. Era cosa de los primero 10 años de mi vida y los que siguieron, los cuales fueron estrictamente educados en una escuela privada, de ahí fue en crecimiento hasta ser lo que era hoy, uno de mis mayores atractivos. Apunte la camisa blanca de cuello y procure aplicarme loción también, la cosa era impresionarla. Ese era el plan trazado la noche anterior en medio de la realización de informes y la actualización de cuentas bancarias y alargo en los créditos económicos, debía impresionarla la primera vez así que mi acción de ataque consistía en verla y pretender estar interesado, volvería de vez en cuando para seguirla cortejando y que ella se enamorara de mi. No. No que se enamorara, el amor no existía, que se encaprichara como cualquier jovencita de las que creían que los hombres éramos algo así como principes azules, caballerescos, que solo pertenecían a una mujer.


Cuando estuve correctamente vestido baje a la entrada de la casa – mansión y me encontré con el chofer, le pedí que me dejara en la esquina del café parís y que volviera por mí al cabo de cierto tiempo. El dijo que me iba a esperar, dado que todos mis mensajes habían sido entregados en su totalidad el día anterior, encogí los hombros e ignorando su despedida di los pocos pasos que hacían falta para entrar en el sitio…el lugar donde tendría lugar la ridículamente idílica conquista


El local, debia admitirlo, tenia cierto aire hogareño y el ambiente en el olía cálidamente a pastel…inspire intentando reconocer el olor, tarta de cereza. Sentí que inevitablemente mi memoria retrocedía a la época cuando mi madre aun vivía y yo me atiborraba de todos esos pasteles que ella preparaba, el olor era tan asombrosamente familiar, lo curioso era que las pocas contadas veces que había entrado en ese café, meses antes, jamás había olido de esa manera tan natural y deliciosa.


Mis ojos se conectaron con unos azules de la chica rubia que había visto esporádicamente, ella entreabrió los labios pintarrajeados de rojo intentado que me fijara en ella, mis propios ojos la recorrieron con deseo, a pesar de que la necesidad se notaba en sus pupilas era el tipo de mujer que me atraía, la típica zorra para pasar un buen rato y recompensar al día siguiente con dinero para nunca volver a verla. Pensé que bien podría aprovecharme pero los pensamientos retrocedieron después de un momento…si quería hacer esto bien debía comportarme y si eso implicaba renunciar a mi activa vida sexual por un tiempo pues…que así fuera. No tenía opción


El único consuelo que esta apestosa situación ofrecía era que no iba a durar para siempre.


La mujer bamboleo las caderas y camino hacia mi acortando la distancia que nos separaba llevaba los brazos al frente lo cual hacia empujar sus senos hacia adelante a modo de ofrenda, era una vista tentadora, la piel de sus senos era suave y tenía un tatuaje en una de las protuberancias enfundadas en un provocativo sostén de encaje negro, era partidario de cuerpos como ese mas ahora mi gusto debía dar la impresión de haber cambiado bastante con la anoréxica chica a la que debía enfrentarme.


-que puedo hacer por usted?- me pregunto la rubia frunciendo los labios provocativamente


- por favor tráigame un café capuchino y tal vez una porción de esa torta o lo que sea que haga que el aire huela tan bien.


La sonrisa de ella vacilo un poco como si lo que le preguntara no le gustara en absoluto pero su expresión se compuso rápidamente y se dio media vuelta anotando en una pasta de libreta lo que había ordenado.


Aun a la distancia que impuso, y gracias a que el local estaba vacío, a excepción de mi, escuche que interpelaba a su compañera en la barra de manera ordinaria


- ¡oye!- y también escuche el murmullo inseguro y fallo de fuerza de la muchacha de cabellos oscuros de espaldas a ella.


- ¿qué?-


Vagamente me estaba preguntando a qué hora haría Isabella Swan su aparición, tal vez con una escoba o con un trapero, esto era deprimente.


Vagamente me volví un poco para analizar al personaje de la barra, y al mirar detenidamente sus huesudas curvas casi me caigo de la silla. Si, ahí, en la barra y alistándose para atender mi pedido se hallaba ella. Su cabello ralo y falto de vida caía sobre su delgado cuello y parte de la espalda recogido en una coleta de caballo, su aspecto en la espalda era sencillo, demasiado, y deplorablemente débil, esperaba que se diera la vuelta pronto para verificar si algún aspecto de su físico era rescatable.


Observe sus movimientos a través de la lente oscura de mis gafas, los cuales no tenían nada que ver con la inseguridad de su voz, se movía con habilidad precisa sobre los ítems de la cafetera, tenia los dedos blancos y delgados por lo que pude vislumbrar. Segundos después, al delicioso olor de la tarta se mezclo el olor del café fresco, inhale consciente de lo que hacía y me pregunte brevemente si era ella quien cocinaba en ese lugar. Si no era así me llevaría a la cocinera para que sirviera en mi casa, si las habilidades eran la mitad de lo 1que era ese olor delicioso.


Ella se dio la vuelta sin levantar la mirada y agudizando mi vista me fije en su rostro ceniciento y de facciones salientes, su piel era pálida y blanquecina, aun sin verlos sus ojos eran grandes y marcadas ojeras circulaban por la parte inferior, sus pómulos estiraban la blanca piel y su mentón era puntiagudo. Sirvió la tarta en un plato y puso la taza de café delicadamente sobre la bandeja, en el momento en que dejaba una servilleta de recambio sus ojos, por fin, se volvieron hacia mí.


Ella no podía saber que yo la estaba mirando ya que los lentes me ofrecían protección, sus clavículas se marcaban sobre el vestido de camarera marcándose también en él sus huesudos y estrechos hombros.


Se volvió tan rápido que no me di cuenta lo suficientemente rápido para dejar de analizar su cuerpo tan desprovisto de carne como de curvas, pude ver a través de la tela de su ropa, y tal vez porque en mi amplia experiencia había aprendi8do a leer el lenguaje del cuerpo femenino, que tenia la columna vertebral en tensión, como si tuviera miedo de mi lo cual era absurdo ya que ni siquiera me conocía, no era un buen comienzo así que debía empezar a actuar con prontitud.


La rubia puso la bandeja en la mesa y dejo la apetecible comida en la mesa, el olor era simplemente el paraíso, ella me sonrió provocativamente antes de retirarse, alargue la cuchara y tome un trozo de la esponjosa y tibia pasta, la crema primorosamente preparada hizo contacto con mi lengua que cato la sabrosa preparación con verdadero deleite, algo que definitivamente no pensé encontrar ahí. El estimulo de ese sencillo trozo en mi fue casi sexual. La cocinera de ese local iba a ser mía, le pagaría el doble de lo que le pagaban acá. Después de que el café estuvo tibio lo probé y fue otro placer para mis sentidos, tenía algo…un ingrediente especial que no tenían los otros miles de cafés que había probado a lo largo de mi vida. Volviéndome un poco más inteligente y asociando ideas caí en cuenta de una cosa, las manos autoras de esas preparaciones eran las mismas y caí cuando supe quien era esa persona, quien era la cocinera que iba a robar, ella era la de la exquisita habilidad, por un fugaz momento me pregunte como una huérfana como ella había logrado desarrollar ese tipo de habilidades. Lo averiguaría después, p0or el momento seguí disfrutando de mi desayuno, que comí con un apetito absolutamente voraz, tanto así que me tentaron a pedir una segunda porción pero me contuve con dejar que el sabor quedara grabado en mi lengua para poder repetirlo otra vez, lo cual era seguro que pasaría pronto.


No debía perder más tiempo, que en mi caso, valía oro. Aparte la vajilla vacía y me puse de pie rápidamente con el firme propósito de evitar cualquier contacto con la rubia que pudiera entorpecer mis planes iníciales al entrar a este café.


Me acerque con paso sigiloso al mostrador al lado de la barra en donde ella estaba ahora inclinada recogiendo algo de el suelo. Al mirarla desde arriba pude ver una porción de su pequeño seno izquierdo cubierto por una virginal copa de satén blanco, aquella que la gran camisa no podía ocultar al menos desde mi posición, era un seno demasiado pequeño, casi de niña, aunque según los cálculos contaba con más o menos 18 o 19 años. Su cuello y el hundimiento de su garganta tenían cierto porte artístico o tal vez solo se trataba de mí intentando hallar belleza donde no la había. Ella le3vanto la mirada al mismo tiempo que se erguía cuando encontró lo que buscaba, era por lo menos una cabeza y media más baja que yo, sus rasgos aun eran difusos a través de las gafas pero pude ver que parte de su pequeña y respingada nariz estaba cubierta de leves pecas. Cuando se irguió en su totalidad pude mirar a los ojos por primera vez, aun a través del lente podía ver que eran una extraña mezcla de marrón y gris que hacía pensar en un color chocolatoso, al instante que la mire ella me pregunto tartamudeante, fijando por cerca de dos segundos su mirada a dos centímetros de mi hombro para después volverla hacia mi


- ¿què puedo hacer por usted? – el tono de ella era marcadamente diferente que el de su compañera dado que en el no había nada del sutil matiz de ofrecimiento canino que tenía el de la rubia, aunque claro esta no tendría mucho que ofrecer, vi que esbozaba una sonrisa socarrona por unos segundos.


- quiero cancelar mi cuenta. – dije. Aquí se daba todo, iniciaba la lucha, me daría cuenta si este saco de huesos tenía la suficiente pasión en la sangre para encontrarme atractivo. Retire con lentitud los lentes de mis ojos y los conecte a los desnudos de ella, claros y espumosos como chocolate, tuve la satisfacción de com0probar que había aprendido a mentir con la mirada, podía mirar su cuerpo sin ningún interés interior y ella podía pensar que evaluaba cada inexistente pedazo de atractivo en ella, con una mirada podía mentir informándole sin palabras que realmente podía llegar a desearla.


Como si eso fuera posible.


Saque la billetera y escogí cualquiera de los billetes al azar para entregárselo sin dejar de mirarla, tomo el billete con lo que pude observar como pulso tembloroso y saco el cambio absorta en los números y no en mi, antes de que dejara caer el cambio sobre mi mano le cogí la muñeca y disimuladamente palpe el pulso en su radio, palpitaba saltón. Con la mano de ella en casi la mía pude ver que sus dedos eran tan delgados y pequeños como los había supuesto desde la distancia, era una mano algo callosa pero que aún conservaba algún dechado de la niñez que una vez había debido tener, sus ojos me miraron otra vez y pude ver que a pesar de ser achocolatados la mitad del iris hacia afuera era de color gris acaramelado.


- guarda el cambio - mi técnica para ganarla, los detalles, debía sentirse halagada


Súbitamente, como si mi contacto le hubiera quemado, o no lo soportara, arranco su mano de la mía con excesiva fuerza para como yo la estaba sosteniendo, las monedas resonaron al caer contra los billetes.


- es demasiado –dijo tragando y negando levemente con la cabeza, como si yo padeciera de locura. Tácticas de conquista al ataque


- no para la dueña de estas manos mágicas


Acerque mi mano otra vez y, a riesgo de que me abofeteara, me escupiera o algo peor, tome su mano en la mía y la acerque con suavidad a mis labios, la piel olía a cereza madura y me sorprendió disfrutar de ese aroma un poco, tuve el impulso de pasarle la lengua a ver si encontraba algún rastro seco del jugo de las cerezas que tan bien aderezo el pastel que hizo antes, pero solo pose mis labios y le bese la mano. El calor de su piel quemo un poco mis labios lo cual fue sorprendente ya que para tratarse de alguien tan delgado suponía que debía estar fría todo el tiempo. Me puse mis anteojos otra vez y mirándola por última vez, como la ética de conquista ordenaba le dije


- nos vemos-


Salí y me direccione hacia el conductor, me esperaba medio largo día en la oficina.


De camino allí me puse a hacer un recuento de mis logros del día. A cambio de tal vez correr con una perra obsesiva rubia calenturienta debía ir a verla días seguidos, hacer que se acostumbrara a mi presencia y a mis elogios, después pedirle salir, después matrimonio y después divorcio con alguna cantidad en una cuenta bancaria.


Mi acto de galantería debió haber tenido algún efecto en ella porque aun a través de la exigua seriedad de su cara sus ojos me habían dicho algo más, mas allá del miedo que parecía tener.


Bueno por lo menos le había dado un poco de caña para que pensara en mi, ya había dicho antes que para las mujeres resultaba irresistible e Isabella Swan no iba a ser la excepción.


En la noche Salí tarde de la oficina pero tenía ganas de irme caminando hacia alguno de los parques para planear mi siguiente paso e incursión a la normal e insípida vida de Isabella. Tome el paraguas y Salí de la oficina dando instrucciones al conductor de que no iría con él.


16 e Julio de 2007


Isabella Swan


Cuando el turno acabo y entregue la caja a mi jefe ella se extraño de que sobrara tanto dinero. Sin que Jessica se enterara de nada le conté que uno de los clientes de la mañana me había halagado y que había dicho que podía tomar el cambio pero le explique qué pensaba que era demasiado y que el había dicho que no para mi, ella se sonrió y saco la cantidad de dinero sobrante


- ¿y qué hace aquí y no en tu bolsillo que es done debe estar?- reía bondadosamente y yo abrí mucho los ojos, podía comprarme una joya barata que había visto en la feria artesanal de los viernes.


Se lo agradecí y Salí de la pequeña oficina con la profunda desgracia de ver a Jessica frente a mí


Me pregunto, como si se tratara de su propiedad por el breve intercambio de palabras que había mantenido con el extraño ángel que me habido dado el dinero pero no le dije nada, tenía muchos problemas con ella y los tendría mas si se enteraba de que el extraño que parecía gustarle tanto había dado una considerable cantidad de dinero a su peor enemiga.


- ¿qué tanto hablabas con ese hombre? – me pregunto con ese tonito que me hacían dar ganas de calzar el cuádruple de lo que calzaba ahora y poder pisarla como el pequeño escorpión que era.


- solo me felicitaba por mi café – explique otra vez yo


- pero cualquiera sabe hacer un café- dijo ella destilando odio por los ojos


- Déjame en paz por favor- le dije haciéndome a un lado para pasarla sin ser maleducada


Volví hacia la barra pensando en que tal vez la aparición de ese hombre debía ser como de ángel o algo así, por que el dinero que me había dado bien me servia para cubrir la mensualidad del departamento donde me hospedaba y me sobraba para algo mas, la joya barata que me había llamado la atención


Horas más tarde, ya de noche y después de haber recorrido la feria y los parques decidí regresar a casa, cuando mire el reloj y vi la hora que era pensé que debía darme prisa, así que tome el camino más corto pero el mas solitario de los alrededores, pero no tenia opción así que decidí caminar rápido, aferrando entre mis manos la cadena de baño de plata con el dije de un cuarzo rosado del que me enamore la primera vez que lo vi, debajo de el colchón de mi cama tenía el dinero que ahorraba para tenerlo algún día, la cantidad era una nada con la valiosa propina recibida .


Cuando di la vuelta por la segunda esquina menos iluminada del resto escuche los pasos de alguien que me seguía. Intente respirar con normalidad y ajuste el paso con tan mala suerte que la persona que me seguía también lo hizo y cuando hablo me di cuenta de lo tonto e inútil de mi situación


- ven aquí hermosura...- dijo la voz tras de mi i mientras yo seguía avanzando y el acercándose mas,


Sabía que de nada iba a servir correr pero aun así lo intente y solo me di cuenta de lo vano de mi fracaso cuando una mano callosa y nada delicada me cogió del brazo y me halo hacia la sombra de un callejón sin salida, intente gritar pero una mano con olor a pegamento y otra cosa narcótica se poso en mi boca, el hombre tras de mi me empujo hacia la pared y quedo detrás mío haciendo fuerza, sentí que las nauseas por miedo y por su olor me hacían querer perder el conocimiento "Dios, ayúdame" pensé. Las manos de el hombre se deslizaron sobre mis piernas y caderas pero su fuerza me impidió moverme para evitarlo, quise gritar pero el pánico había hecho que me quedara petrificada y con la convicción de que si lo hacía nadie iba a hacer nada por impedir que esto volviera a repetirse, como si presintiera algo como eso, me puso una hoja de afilado cuchillo sobre la mejilla y me dijo


- ssshhh amorcito, no querrás hacer eso mientras yo estoy aquí.


No sabía que mas hacer aparte de echarme a llorar, e3se hombre era diez veces más fuerte que yo, estaba segura de que me iba a matar, en cuanto hiciera lo que yo sabía que haría, había vivido situaciones similares en el orfanato donde viví, ellos eran la escoria…la lardad….la deshumanización en físico.


La presión en mi espalda y trasero dejo de existir súbitamente cuando el tipo fue arrancado de allí por alguien más, tenía los ojos y los puños cerrados con fuerza pero tuve que abrirlos cuando escuche que alguien, un hombre decía


- oh no…no lo harás, malnacido.- los tuve que abrir porque no había podido dejar de pensar en esa voz desde que la había escuchado por primera vez.


Escuche golpes y mas pero lo único que quería hacer era salir de allí, encerrarme en mi casa y morirme de una buena vez. Aferre mi ropa que el desgraciado había alcanzado a desgarrar y apreté el collar comprado que según la vendedora traía a la suerte.


Intente dar dos pasos pero las piernas me temblaban terriblemente perdí el equilibrio


Pero jamás llegue a tocar el charco destinado a recibir mi cuerpo de frente por qué un par de brazos se aferraron a mi cintura antes de que callera, pero a cuando es brazos me levantaron del piso como tal pensé que me había desmayado del miedo y que estaba delirando con un absurdo y nada posible héroe salvador.


Pero el miedo tuvo más poder, el, quienquiera que fuera me había ayudado y yo estaba a punto de rajarme así que sin saber ni siquera de quien se trataba abrace el cuello del desconocido y en mudo agradecimiento me apreté de su cuello como un salvavidas.


Solo fui consciente de mi cuando me vi sentada en la silla de detrás de un taxi. Cuando me volví a mirar a mi salvador casi salgo corriendo del auto en movimiento por qué se trataba de el… del hombre que había visto en la mañana n el café parís


- gracias- dije lo primero que se me ocurrió en mi ensoñación.


- ¿estas bien?- pregunto él mientras avanzábamos y él me alargaba el bolso que cargaba antes de que todo pasara.


- no…- dije amargada – no estoy bien…pero no importa.


-no deberías andar sola por las calles a esta hora – me reprendió el como un hermano, yo quería mirarlo para así poder contestarle pero me sentía débil e inútil.


- cómo te llamas - le pregunte después de unos segundos durante los cuales comencé a plantearme la situación.


- Edward…Cullen- me dijo con su varonil timbre de voz, apenas parecía un milagro que él y precisamente el fuera quien me librara de ese matón.


- yo soy Bella…gracias por ayudarme.


No me sentí de mas palabras así que después de otro tiempo le dije que por favor me llevara a mi casa, temí por algún descuido que tal vez el me estuviera secuestrando pero algo me decía, algo en el interior de mi cuerpo me decía que debía confiar en el


Le di a él y al taxista las indicaciones de mi apartamento.


Cuando llegamos allí aferre mis rpas y me baje del auto despidiéndome de la mano de él, pero él se bajo conmigo y le dijo al taxista que esperara.


No podia creer que él me atuviera acompañando a la puerta de mi apartamento de pordiosera. Me volví para despedirme y él me volvió a tomar la mano para besármela y sin decir nada mas, tan de repente como había aparecido para ayudarme ahora se volvía a ir.


Dio media vuelta y se metio en el taxi. Y se fue… y yo me quede mirando el taxi con la sensación de que había perdido algo mío, sacudí la cabeza intentando olvidarme de todo, toda aquella horrible experiencia.


Al menos algo bueno había salido del extraño día, pensé cuando me recosté en la cama. Algo raro estaba pasando pero no era nada intuitiva así que repase una y mil veces todo lo que había pasado en ese día.


Mirase por donde lo mirase sentía que algo iba a cambiar muy pronto pero no sabia si para bien o para mal



Te Presento A Mi Amante

Hello mis angeles hermosos!!! mil perdones por el atrazo de los fics , ando medio enferma traigo una infeccion muy fuerte asi q tratare de ponerme al corriente lo mas pronto posible, les mando mil besitos a todas
y dejen sus comentarios al final por fiss
Angel of the Dark
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Capitulo 4: De compras


Bella POV

Por fin era viernes. Habían pasado ya cuatro días desde aquel vergonzoso lunes. Desde ese día nos sentábamos Alice, Rose, Angela, Jasper y yo a comer diariamente. Claro Jasper se sentía un poco incomodo, necesitaba un poco de testosterona, pero no podía correr a la sala de maestros para comer con Emmett y Edward. Aun así prefería sentarse con nosotras que con cualquier otro estudiante. La razón: Alice.

Desde que se habían conocido se lanzaban miradas cargadas de alegría cada que se encontraban. Además que caminaban siempre de la mano antes y después de clase de español, la cual compartíamos los tres. Angela estaba encantada con Rose y Alice, esta ultima había prometido llevarnos de compras a Port Angeles al terminar la escuela, cosa que a diferencia mi, a Angela le entusiasmaba, por otro lado Rose se había convertido en su hada madrina. El mismo día que la conoció le hizo una transformación con el maquilla y le soltó el pelo, algo que Ben agradeció con la mirada en cuanto sus ojos se posaron en su novia.

Angela era bonita sin duda, pero con maquillaje se miraba aun más y no paso desapercibido para su novio. Así que hoy iríamos a que las locas de Alice y Rose cambiaran por completo el guardarropa de Angela y también el maquillaje. La idea a mi no me agradaba bastante. Sabia lo que era ir de compras con Rosalie, y si la agregábamos el pequeño detalle de que Alice compraba todo lo que tuviera oportunidad de comprar, seguro estaríamos hasta tarde de tienda en tienda.

Tome las llaves de mi pickup, ya que Emmett se había ido más temprano de lo habitual, y lo agradecía. Subirme sola a su enorme auto me dejaba uno que otro raspón, y he de decir que la caballerosidad no es una virtud de mi gran hermano.

Menaje despacio hasta la universidad, caía una suave brisa sobre Forks, pero por muy suave, si le uníamos mi torpeza y mi mala suerte podía ocasionar un daño que seguro terminaría incendiando Forks para después convertirse en pueblo fantasma. Después de treinta cinco minutos llegue sana y salva al estacionamiento de la escuela. No era una chica popular, pero si sabia que todos se darían cuenta que Bella Swan venia a bordo del enorme pickup.

Faltaban menos de quince minutos para que la clase con Edward comenzara. Me ponía nerviosa nada más de pensar en la clase. El era… ¿Cómo describirlo? Deslumbrante dando clase, se paseaba con su paso firme pero elegante por todo el salón, mientras hablaba con su voz aterciopelada, el cual obviamente no me cautivaba a mí, sino a todo el alumnado femenino del salón. Para el no debía ser nuevo, seguramente desde la universidad y por que no, desde la prepa, escuchaba suspiros cuando el pasaba. Incluso inconscientemente yo lo hacia cuando me encontraba perdida en su atrapante voz, o cuando estaba en casa haciendo algún trabajo o simplemente leyendo, esas pequeñas cosas me recordaban a mi profesor.

Trate de alejar esos pensamientos y recordar que Edward era eso… mi profesor y además era un hombre casado. Algo que lo hacia doblemente imposible para mi, o triplemente si agregábamos el hecho de que un hombre así, jamás se fijaría en alguien como yo. Abrí la puerta de mi auto y baje con mi mochila, entonces un auto plateado se estaciono junto al mío.

Del Volvo bajo Alice con su inigualable sonrisa, del lado del conductor bajo Edward, trate de evitar mirarlo y sonrojarme como era mi costumbre.

—Buenos días Bella —saludo Alice— ¿lista para el día de compras y noche de chicas?

— ¿Noche de chicas? —pregunte confundida— no sabia que…

—No, pero cambie de planes, Rosalie ya acepto y se que Angela también, será en mi casa.

—Pero Alice, no traje ropa y además…

—Por eso vamos a ir de compras, no te apures, la gran Alice piensa en todo, te veo en español, adiós.

Se fue danzando hacia donde se había estacionado el convertible de Rosalie, obviamente a saludar a Jasper.

—Buenos señorita Swan —escuche esa voz aterciopelada, pensé que Edward se había ido hacia el edificio pero no fue así, ahí estaba recargado en su auto— ¿es tuyo?

—S… si —conteste por la forma en que miraba mi pickup— lo siento profesor Cullen, pero no todos tenemos la posibilidad de tener un Volvo.

—No estoy diciendo eso, solo que es un poco… —se detuvo buscando la palabra correcta para describir mi camioneta— vieja. ¿Haz visto alguna vez los Picapiedra?

Rodé los ojos, mientras en sus labios se formaba una sonrisa torcida capaz de robarme la respiración.

—No cabe duda que es amigo del profesor Swan —dije con sarcasmo.

Fuera de la universidad no había problemas con dirigirme a Edward por su nombre y tutearlo, pero en cuanto nos encontrábamos dentro del campus, éramos la "señorita Swan" y el "profesor Cullen", era una especie de juego que ambos disfrutábamos.

La sonrisa aun no se había borrado de su maravilloso rostro y me miraba fijamente. Tuve que poner de toda mi fuerza de voluntad para no perderme en sus ojos verdes.

—Será mejor que vaya a clases, mi maestro de literatura es algo puntual y no quisiera ganarme un castigo por llegar tarde.

—Suena como si fuera un ogro —se burlo.

—Si, algo así, pero que no sepa que se lo dije, ya tuvo bastantes insultos de mi parte esta semana —me reí y no pude evitar sonrojarme.

—Seguro se los merecía, entonces ve a tus clases Swan y pórtate bien —me regalo una vez mas esa sonrisa que cada día me gustaba mas, y empecé a caminar hacia el campus y me dirigí rápidamente a mi salón.

Al entrar me encontré con Mike sentado junto a Angela en mi lugar. Suspire pesadamente y fui a tomar mi lugar.

—Hola Bella —me saludo Mike con demasiado entusiasmo.

— ¿Qué hay Mike? ¿Te dijo Alice sobre la 'noche de chicas'? —le pregunte a Angela tratando de que Mike se sintiera desplazado y se fuera. No me gustaba ser grosera con el, pero a veces no había otra forma de quitármelo de encima.

—Si, acabo de hablar con ella —contesto Angela— me parece genial, Ben me invito mañana al cine así que según Alice esta noche pondremos manos a la obra para que mañana deslumbre a Ben.

—Seguro que ya lo haces Angela, pero con todo lo que Rose y Alice te harán lo dejaras sin respiración —conteste contagiada un poco por el entusiasmo de mi amiga.

—No tienes una idea de las ganas que tengo de... —se detuvo y miro a Mike, el cual seguía en mi asiento— Mike, nos podrías dar un poco de espacio vital, ya sabes, cosas de chicas.

—Ah, claro… uhm Bella… yo —tartamudeo un poco y no era buena señal— bueno Angela ira mañana al cine con Ben y pensaba si… ¿quisieras ir conmigo? podría ser una cita doble.

—No —conteste sin pensarlo un segundo, el rostro de Mike se volvió triste y lamente ser tan cruel— Mike, Angela y Ben querrán estar solos ¿no es así Ang? —Angela me miro pero no dijo nada— ¿ves? No quiero arruinar sus planes.

—Entonces, podemos ir otro día, el domingo…

—Tengo mucha tarea…

—Puedo ayudarte con ella y después nos vamos al cine —acaso Mike no entendía que no quería salir con el.

—Es bastante, demasiada y no creo que…

—Bien, podemos ir otro día, resérvame el próximo sábado ¿si?

Antes de que pudiera contestar una voz ya demasiado familiar me salvo.

—Señor Newton parece que usted no entiende las negativas —dijo mi profesor favorito con un tono algo ¿celoso? ¿O fue mi imaginación? —espero que entienda las ordenes y se vaya a sentar y le deje su lugar a la señorita Swan.

Sonreí sin voltear, Mike se levanto de mi asiento y creí escuchar un "luego hablamos" de su parte. Genial. Ahora tendría que llegar junto con el profesor para evitar hablar con Mike. Eso más bien me sonó a pretexto para caminar con Edward desde el estacionamiento hasta el salón.

En fin. Las clases transcurrieron con normalidad y el final del día de clases llego. Angela y yo nos encontrábamos en el estacionamiento esperando a Alice y Rosalie.

— ¡Bella! —grito Alice junto a mi y yo salte del susto. Alice, Rose y Angela empezaron a reírse. ¿Cómo había llegado hasta nosotras sin que yo lo hubiera notado? —lo siento Bella, es que eres muy distraída.

—Dime algo que no sepa —me burle.

— ¿Ya nos vamos? —pregunto Angela

—No, esperaremos a Edward, nos iremos en el Volvo

— ¿Edward ira con nosotras? —pregunte con demasiado entusiasmo para mi gusto

—No Bella —Rosalie me sonrió maliciosamente— solo que la cajuela del Volvo es mas amplia que la de mi auto.

—Ni lo pienses pequeño demonio —escuche gritar a Edward, parecía que me había perdido de algo pues no escuche que Alice le dijera nada.

—Hermanito, no me has dejado decir nada —Alice contesto poniendo una cara de inocente.

—No necesitas decir nada, te conozco desde que naciste y puedo decir que se lo que piensas, no te llevaras mi auto —el tono de Edward era decidido.

—Edward tienes dos opciones —para ser tan pequeña, parecía realmente aterradora— o me lo llevo por las buenas, o por las malas, y la segunda opción incluye regresártelo con uno o dos rayones, sin contar con que lo podemos estrellar contra algún árbol. Decide y rápido.

Suspiro derrotado. — ¿En que me iré yo a casa? —pregunto dándole las llaves de su Volvo a Alice.

—Te vas a llevar el auto de Bella, ella pasara la noche en la casa, así que mañana lo necesitara —la sonrisa de Alice brillaba, realmente lo tenia todo bien planeado.

—Bien —Edward extendió su mano hacia mí—. Señorita Swan las llaves…

Las saque de mi bolsa y se las extendí. Abrió la puerta del conductor y empezó a mirarlo detenidamente, como si estuviera buscando algo.

— ¿Por donde se supone que sacare los pies para empujarlo? —me miro con una sonrisa divertida, mis tres amigas se empezaron a reír de algo que yo no encontré gracioso.

Estúpido propietario de un flamante Volvo

—Cuidado profesor, viejo y todo lo que usted quiera, pero puede hacer puré a su Volvo el día que menos se lo espere.

— ¿Es una amenaza? —arqueo una ceja.

—Advertencia —conteste manteniéndole la mirada a esos penetrantes ojos verdes.

—Bueno luego hacen pedazos sus autos, ¿nos podemos ir ya? Mi paciencia se acaba —nos grito Rosalie subiendo al lado del copiloto, Alice ya había encendido el motor y yo me subí a la parte trasera con Angela.

El viaje hasta Port Angeles fue bastante rápido gracias a que Alice maneja como desquiciada, el velocímetro marco los 145 k/h. Salimos de la primer tienda con 3 bolsas cada una. Por mas que me opuse a que Alice gastara en mi no pude resistirme a la carita que me puso, con los ojitos ligeramente llorosos y el labio inferior temblando.

—Pruébate este, este, este y este —me dijo Alice mientras me daba cuatro pantalones.

— ¿Cómo me queda? —dijo Rosalie al salir de un probador con un pantalón negro ajustado y con corte a la cadera.

—Oh por Dios, acabas de bajarle diez puntos a mi autoestima —bromee, en parte era broma y en parte era verdad.

—Te queda grandioso —dijo Angela.

— ¿Por qué yo no puedo tener un trasero así? —dijo Alice con los brazos cruzados sobre el pecho y el ceño fruncido y una sonrisa divertida en sus labios.

—Creo que me lo llevo —dijo Rose y entro de nuevo al vestidor.

—Estoy esperando que te pruebes eso Bella —Alice golpeaba el suelo con uno de sus pies.

Bufe y me metí al vestidor con los cuatro pantalones, me puse el primero, era azul deslavado con corte a la cadera y muy ajustado. Me mire al espejo, no estaba mal, me puse de perfil y note que mi trasero estaba realmente levantado, casi como el de Rosalie. Mi boca formo una perfecta O y salí del vestidor.

—Estos pantalones… ¿tienen esponja o algo así? —me puse de perfil para que me dieran su punto de vista.

—Yo no pensaba comprar aquí —dijo Alice cuando me vio— pero voy por un par, yo quiero un trasero así.

—Te acompaño —grito Angela mientras salía corriendo tras Alice.

Rose y yo empezamos a reír y entre para probarme los demás pantalones. Salimos con un total de cuatro diferentes pantalones cada una. De ahí fuimos por zapatos, accesorios, Rose estuvo cerca de hora y media eligiendo bolsos. De ahí nos fuimos a comer algo, ya que necesitaba fuerzas para seguirles el ritmo a Alice y Rose.

—Estoy cansada —me queje una vez que terminamos de comer— ¿nos podemos ir ya?

—Nos falta una tienda mas —dijo Rosalie.

—En esta pondremos todo nuestro empeño.

—Realmente están locas —me dirigí a Angela— diles algo Ang, salva a tu amiga de este par.

—Pero si fue Angela quien pidió ir a esa tienda —dijo Rose quien se levanto de la silla— y será mejor que nos apuremos, aun nos queda una larga noche de confesiones de chicas.

Nos levantamos y seguimos a Rosalie por todo el centro comercial, afortunadamente ya habíamos dejado las bolsas en el auto. Yo venia rezagada con Angela conversando, cuando mire a Alice y Rose ambas estaban entrando a Victoria Secret.

—Angela… ¿tú pediste ir a esa tienda? —le pregunte muy sorprendida.

—Bueno Bella es que —bajo la mirada y se sonrojo un poco— creo que la relación con Ben dará el siguiente paso.

—Y para eso no hay como una lencería elegante y sexy —nos dijo Alice desde la puerta.

Bien. Al menos aquí no tendría que pasar horas en el probador. ¡Error!

— ¡No Alice! ¡Eh dicho que no! —dije por décima vez.

—Por favor Bella, míralo es precioso —en sus manos había un conjunto azul de encaje.

—No necesito algo así —negué con la cabeza— ni si quiera tengo novio.

—Bella no necesitas tener novio para lucir bonita —dijo Rosalie— ponte sexy para ti misma, vamos no seas aguafiestas y llévatelo.

—Ándale Bella —esta vez Angela con algunos conjuntos en sus manos me arrastro a la caja— no quiero comprar yo sola.

—Pero si Alice lleva como cinco conjuntos y Rosalie otros diez —mire a mis tres amigas, Angela me miraba con suplica, Alice había puesto esa carita de gato de Shrek de nuevo y Rosalie me fulminaba con la mirada presionándome—. Esta bien, pero solo este.

Edward POV

Estaba sentado en la sala viendo la televisión sin mirarla. Era viernes por la noche y yo estaba en la sala de mi casa sin absolutamente nada que hacer. Mi padre había invitado a mi mamá a cenar así que me encontraba solo. Escuche mi auto estacionarse frente a la casa el claxon sonó desesperadamente, lo ignore. Sonó de nuevo, el sonido era más desesperado y decidí salir antes que ese pequeño monstruo acabara con mis tímpanos.

— ¿Qué quieres? —pregunte.

— ¡Hermanito! Saliste a recibirnos —rodé los ojos— ya que estas aquí ayúdanos con las bolsas.

Se abrió la cajuela y ahí había más de cincuenta bolsas. Hice una nota mental: Nunca ir con mi hermana y tres adictas más a las compras a ningún centro comercial. Ayude con la mayoría de las bolsas y las deje en el segundo piso.

—Eres un encanto Edward —me beso en la mejilla.

—Lo se —le di una sonrisa torcida y baje las escaleras. En la sala Rosalie ya se había apoderado de la televisión.

— ¿Te importa si vemos unas películas? —pregunto más por cortesía que por si le importaba lo que yo pensaba.

—En absoluto —conteste y fui hacia la cocina, ahí estaban Bella y Angela preparando palomitas y refrescos.

—Perdón profesor Cullen —se disculpo Angela sacando la cabeza del refrigerador y mordía una salchicha— es que Alice…

— No te disculpes…

—Angela —contesto

—Angela, ustedes están en su casa y no me digas profesor Cullen, llámame Edward.

—Bien… Edward —me sonrió tímidamente y entonces el grito escandaloso de Alice sonó en toda la casa.

— ¡Angela Weber trae tu trasero a mi recamara inmediatamente!

—Es algo intimidante —dijo Bella.

—Y no la has visto tensa o desesperada, para ser tan pequeña es bastante necia, atemorizante y loca.

— ¡Te escuche Edward Cullen! —el grito de Alice aun provenía del segundo piso.

—Y con buen sentido del oído —Bella se rió y me encanto su sonrisa. Me dio la espalda para sacar las palomitas del microondas.

— ¿Tienes algún tazón?

Me limite a sacar un tazón de una de las puertas de la alacena, Bella vació el contenido del paquete.

—Te ayudo con los refrescos —me ofrecí llevando los cuatro vasos a la sala.

—Bien hermanito, es hora de irse a dormir —Alice venia bajando las escaleras con Angela detrás de ella.

— ¿Qué? —acaso esta enana me estaba ordenando que me fuera a dormir.

—Esta es una noche de chicas, si quieres estar en mi cuarto hay maquillaje y vestidos, el azul te sienta bien y…

—Alice que… demonios piensas…

Las risas de las chicas no se hicieron esperar.

—Me iré a mi cuarto, si ocupan algo me avisan, mis papás llegaran tarde.

—Si es que llegan, escuche a papá hacer una reservación el hotel…

— ¡Alice! Sin detalles —mi hermana era indiscreta hasta con mis padres— buenas noches y hasta mañana.

Subí a mi cuarto y me acosté en mi sofá negro. Pensando. En muchas cosas y ala vez en nada. Pensé en Tanya, en el día que la conocí y como me gusto al instante. No fue amor a primera vista. Había sido atracción, solo eso. Pero la conocí y con el tiempo llegue a quererla hasta que nos casamos. Y hoy, a unos meses de la boda ella se encontraba en algún lugar del mundo sola y yo aquí en mi casa con una pijamada de de mi hermana celebrándose en la sala.

Desee estar con Tanya, en donde quiera que ella estuviera, besarla, hacerla mía una y otra vez. Intente borrar esos pensamientos, me levante y encendí mi aparato de música. Claro de luna de Debussy empezó a sonar y me recosté de nuevo. Esta vez mis pensamientos fueron inconscientemente hacia Bella. Apenas la había conocido esta semana y ya estaba pensando en ella.

Me gustaba, de eso no había duda. Ella también me había gustado desde el primer momento en que la vi. Aunque claro no de la mismo forma. No físicamente. Claro Bella era hermosa, tal vez no tenia el cuerpo de Tanya, Bella era más natural, sus curvas eran menos voluptuosas pero no por eso era menos atractiva. Pero no era eso lo que me gustaba de ella. Había algo en esos ojos cafés que me llamaba demasiado la atención. Y me hacia sentir cosas que no había sentido. Como esta mañana cuando ese chico Newton la invito a salir. Pero no podían ser celos.

Sacudí la cabeza no queriendo seguir pensando en eso tampoco. No podía seguir así. Bella era mi alumna, hermana de mi mejor amigo y además yo amo a Tanya. Me levante y me quite la camisa para tomar una ducha.

Entre al baño y termine de desnudarme, entre a la regadera y deje que el agua caliente golpeara mi cuerpo y se llevara los pensamientos. No quería pensar en nada, ni en mis padres en quienes quería reflejarme y tener un matrimonio igual, aunque sonara cursi, ni en Tanya, y mucho menos en Bella.

Estuve una hora en la ducha, salí y tome una toalla que envolví en mi cintura. Salí a mi cuarto y busque ropa interior un pantalón para dormir. Puse la ropa sobre mi cama para secarme. Pero justo en el momento en que saque la toalla de mi cintura la puerta de mi cuarto se abrió.



jueves, 9 de septiembre de 2010

Lagrimas de Amor

Capitulo 4

Las oficinas madrileñas del banco de Masen eran muy elegantes, pero Bella se estaba cansando de esperar… por muy lujoso que fuese el entorno.

La señorita Swan desea saber si usted espera que ella se quede sentada aquí en recepción todo el día –le preguntó Ángela a su jefe.

Dígale que tendrá que quedarse ahí hasta que yo termine este informe –espetó Edward, apenas levantando la mirada del ordenador.

El le estaba haciendo un inmenso favor a Bella librando a su padre una sentencia judicial y lo menos que podía hacer ella era mostrar un poco de gratitud. Pero en vez de eso, había estado durante todo el viaje en avión hasta Madrid quejándose de que quería marcharse a su casa con su padre y el estaba comenzando a tener serias dudas de si debía casarse con ella. Bella era una bruja… aunque muy guapa.

Mientras trabajaba en el informe, no podía quitarse de la cabeza los delicados rasgos de ella y sus preciosos ojos. Maldiciendo, se levanto y se acercó a mirar por la ventana.

Le gustaba Madrid en primavera y comercialmente era un acierto tener la principal oficina del Banco de Masen en el centro de la ciudad española más importante. A su vez le encantaba pasar tiempo en su lujoso departamento, situado en uno de los elegantes barrios de la capital. Pero su corazón estaba en Andalucía y su hogar siempre sería el Palacio del León.

Habiendo pasado sus primeros años de vida viviendo en una sucia caravana, al principio le había intimidado el tamaño y la majestuosidad del castillo. Incluso en aquel momento podía recordar lo bien que se había sentido al haberse enterado de que por fin pertenecía a un lugar. El castillo era su hogar, su herencia. Eso le había dicho su abuelo. Ya no había tenido que volver a hacer viajes interminables ni había tenido esperar en las escalerillas de la caravana mientras su madre había entretenido a sus numerosos amantes y su padre había desaparecido durante días.

Se puso tenso al recordar cuando Bella le había dicho que el estaba aislado de la vida real. Ella no sabía nada sobre el; había estado en lugares que ella ni siquiera podía imaginarse.

Durante sus primeros diez años de vida había conocido la pobreza y el hambre, el miedo y la soledad, sensaciones que incluso tras veinticinco años todavía le asaltaban en sueños.

Ángela, dígale a la señorita Swan que entre, por favor.

Edward se sentó tras su escritorio y miró por encima a Bella cuando esta entró, acercándose a el.

¿Qué es lo que pasa? Te dije que tenía que asistir a una importante reunión y que después tenía que preparar un informe –espetó- ¿Eres siempre tan impaciente?

Durante unos segundos, Bella se sintió muy intimidada. Edward era muy arrogante y poderoso, pero a la vez muy sexy. Tenía el bienestar de su padre en sus manos, pero todo le que ella podía hacer era mirarlo como una quinceañera que se acabara de enamorar.

En cuanto habían llegado a las oficinas, el se había introducido en sus dependencias privadas, donde debía haberse duchado y cambiado de ropa. Verlo vestido con un traje de chaqueta le había impresionado ya que le daba un aire de sofisticación urbana.

¿Yo impaciente? –murmuró, indignada- Fuiste tú el que insististe en traerme a rastras a Madrid sin darme la oportunidad de hacer mi maleta con calma. Ni siquiera se por que estoy aquí… a no ser que sea para que me siente y sea decorativa.

En realidad, la razón por la que te he traído aquí es simple –dijo el- Esta noche vamos a asistir a un importante banquete que se ofrece en honor a los empresarios más importantes de Madrid, así como a la elite social. Pero primero tenemos que ir de compras.

Date prisa y baja del coche. Y deja de estar tan malhumorada –le dijo Edward a Bella varias horas después.

No estoy malhumorada –espetó, indignada- Simplemente estaba… aclarándome las ideas –dijo, pensando que era mejor guardarse esas ideas para ella misma- Quizá a ti te guste vivir la vida alocadamente, pero no puedes esperar que yo haga lo mismo.

Lo que espero es que bajes del coche y te montes en el ascensor en cinco segundos… a no ser que quieras que te lleve en brazos –dijo el frunciendo el ceño.

¡No me pongas tus malditas manos encima! –exclamó, Bella enfurecida.

Parecía que Edward Masen le hacía perder el control y sacaba a relucir lo peor de ella.

Abrió la puerta del coche y salió al aparcamiento subterráneo, dirigiéndose hacia el ascensor. Edward le había informado de que el banquete que se iba a celebrar aquella noche sería la ocasión perfecta para anunciar su compromiso. Se casarían en tres semanas, cosa que a ella no le había hecho mucha gracia, pero el, como siempre solía hacer, se saldría con la suya para no perder el control del Banco de Masen.

Habían pasado la tarde de compras por las más exclusivas boutiques de la ciudad, y Edward había elegido personalmente la ropa de la que pronto se convertiría en duquesa de Masen. Había ignorado la negativa inicial de Bella de aceptar nada suyo y había señalado que el precio que iba a pagar por aquella ropa no era, nada comparado con lo que ya había pagado por ella.

Bella se dio cuenta de que había vendido su alma al diablo; su padre quedaría libre de culpa, pero ella sería prisionera de Edward durante todo un año.

No me puedo creer que me hayas comprado tanta ropa –murmuró mientras se dirigían al ascensor- Ya te dije que no la necesitaba, tengo mi propia ropa.

Dejemos una cosa clara, querida. Durante el próximo año serás mi esposa, ¡que Dios me ayude! Cuando estemos en público, esperó que actúes y que vayas vestida como una duquesa más que una colegiala mal vestida… ¿entendido? Lo que hagas en privado es cosa tuya… por lo que a mi respecta puedes pasearte por la casa desnuda ¿Quién sabe? Podría darle un toque picante a nuestra relación –murmuró.

¡Ni lo sueñes! –le dijo Bella mordazmente, ignorando como se le había acelerando el corazón- ¿Y que quieres decir con eso de "mal vestida" ¿Qué hay co mi aspecto? –pregunto. Pero al mirarse en el espejo del ascensor tuvo que reconocer que el vestido que llevaba era bonito, pero no elegante.

Comparada con la sofisticada secretaria de Edward y con las modernas dependientas que le habían ayudado a probarse la ropa, a ella le faltaba mucho estilo.

Cuando llegaron al piso del departamento de Edward, pudo ver que parecía de estilo morisco, pero al entrar en el observó que la decoración era moderna y minimalista. Las habitaciones eran grandes y frescas, con suelos de maderas y enormes ventanas que dejaban pasar la luz.

Era claramente un departamento de soltero; era muy bonito, pero impersonal, como su propietario.

Deseó estar en Littlecote, pero aquella ya no era su casa; estaba en venta y ella ya no tenia ningún lugar que pudiera llamar hogar, aparte de la casa de su tía Esme en Eastbourne, donde se estaba quedando su padre hasta estar lo suficientemente recuperado como para tomar las riendas de su vida.

¿Qué ocurre ahora? Parece que hubieses visto un fantasma –dijo Edward con dureza.

Estaba pensando en mi padre; espero que este bien –dijo ella- ¿Cuándo retirarás los cargos contra el? Espero que pronto.

Mi equipo legal ya está trabajando en ello, pero tienes que entender que su casó esta en manos de la justicia británica. Mis abogados no pueden hacer mucho.

Bueno, pues será mejor que lo hagan rápido, porque a mi no me pones un anillo de boda hasta que mi padre este libre de cualquier procedimiento judicial.

Dios, eres tan irrespetuosa –gruño Edward, quien no estaba acostumbrado a recibir órdenes.

Estuvo a punto de decirle que el acuerdo había terminado. Podría encontrar una esposa en otra parte. Cualquiera sería mejor que aquella endemoniada mujer… aunque tenía que reconocer que tenía la cara de un ángel. Pero ella le debía una cosa; era culpa de Charlie Swan que su abuelo hubiese dudado de sus habilidades para dirigir el banco y era justo que un Swan fuera castigado… ojo por ojo y diente por diente. Un año de la vida de Bella a cambio de la libertad de su padre.

Respeto lo que se merece ser respetado –dijo ella con desdén.

Durante un momento, Edward pensó que no iba a ser capaz de controlar su enfado. Con el tiempo había aprendido a controlar su genio, pero Bella Swan saca a florecer lo peor de el. Al ver miedo reflejado en la cara de ella se preguntó si pensaba que le iba a pegar, cosa que el jamás haría. Abominaba a los hombres que maltrataban a las mujeres.

El caso de Charlie quedara anulado cuando sea posible, desde luego antes de la boda. Tenemos un acuerdo –le recordó con gravedad- Y a ambos nos beneficia que se cumpla.

Gracias –ofreció ella, que repentinamente parecía joven y frágil.

Edward admiro a aquella mujer que tenía delante. No se parecía a ninguna otra mujer que el hubiese conocido. Su matrimonio prometía fuegos artificiales y no podía negar las expectativas que tenía de llevar a la cama a su pequeña arpía inglesa. Debía de haber alguna compensación ante el hecho de tener que estar atrapado durante un año en matrimonio.

Te llevaré a tu habitación –dijo el repentinamente.

Observo la expresión de alivio de la cara de ella y se pregunto si habría estado preocupada por si el insistía en probar la mercancía antes de comprar. Pero tuvo que reconocer que se le había pasado por la mente; parecía que desde que la había tomado en brazos en el castillo, estaba en un estado permanente de excitación y le tentaba explorar la química que ardía entre ambos.

Pero aquel no era el momento ya que el banquete al que iban a asistir se celebraba en menos de dos horas.

Bella siguió a Edward por el pasillo hasta una habitación grande y elegantemente decorada.

El cuarto de baño esta ahí –dijo el señalando una puerta en el extremo de la habitación- Te sugiero que hagas uso de el y que te prepares para esta noche. La ocasión exige ir muy bien vestido y en el futuro, tendremos que comprarte vestidos de noche a medida. Hasta entonces, tendrás que arreglártelas con uno de los vestidos que hemos comprado hoy. El de seda azul estará bien –ordeno arrogantemente.

¡No soy una campesina! Se como vestirme, sabes –espetó Bella.

Bien, te veré en una hora –dijo el dirigiéndose hacia la puerta. Entonces se detuvo.- Obviamente comeremos en el banquete, pero no será hasta por lo menos las nueve. Hoy es el día libre de Jessica, mi ama de llaves, pero si tienes hambre, puedo prepararte algo.

Aquel ofrecimiento, sorprendió a Bella.

Por el momento no tengo hambre –contesto- Pero… gracias.

Edward frunció el ceño, pero no dijo nada más. Salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí.

Fue entonces cuando Bella respiró con tranquilidad y se sentó en la cama. Se agobio al pensar en lo que había accedido a hacer; convertirse en la esposa de Edward Masen. Se tapó la cara con las manos y sintió como si hubiese saltado de un avión sin paracaídas.

Se pregunto como iba a ser capaz de vivir con el durante un año. Aquel hombre la intrigaba y la aterrorizaba al mismo tiempo. Quizá el se suavizaría, pero al recordar sus duras facciones su esperanza murió; el no tenía ninguna amabilidad que dar. Seguramente su ofrecimiento de prepararle algo de comer había sido porque no había querido que ella se desmayase de hambre en la fiesta a la que iban a asistir.

Todo lo que hacía Edward tenía un motivo oculto. Como su matrimonio. Con un poco de optimismo pensó que quizá ni siquiera fueran a tener que pasar tiempo juntos. Talvez incluso podría regresar a Inglaterra junto a su padre.

Pero cuando se metió en la ducha y recordó la manera en el que el la había, como desnudándola con la mirada, se pregunto si en tres semanas el podría exigirle que compartiera su cama. Emitió un leve grito y se dijo así misma que el no lo haría… Aunque de todas maneras ella se negaría. Pero podría tener una batalla por delante, si no una guerra, porque ella tenía claro que no se entregaría a un hombre al que no amara y que no la amaba a ella.

Cuando salió de la ducha y se dirigió de nuevo a la habitación, pensó que había estado muy cerca de hacer eso mismo. Había estado perdidamente enamorada de Jacob Black y había pensado que el también la había amado a ella. Nada más haberlo conocido se había enamorado de el. Hasta aquel momento ella había tenido pocos novios. El haberse ocupado de su madre y haber tratado de apoyar moralmente a su padre había acabado con sus energías. Había conocido a Jacob poco después de la muerte de su madre, cuando todavía había estado muy vulnerable.

Tras mirar en las bolsas la ropa que Edward le había comprado, se acerco a la ventana, desde la cual se divisaba el palacio real y los jardines que lo rodeaban, preguntándose que había visto Jacob en ella al haberla conocido en Londres. El nunca había tratado de llevarla a la cama; le había asegurado que no le importaba esperar a que se casaran.

Incluso en aquel momento no entendía por que Jacob había fingido ser el perfecto novio enamorado. Se preguntó si, de no haberlo encontrado en la cama con su ama de llaves polaca, el habría seguido adelante con toda aquella farsa.

Le había dolido tanto haber encontrado a su novio en la cama con otra mujer, que le habían dado igual todas las suplicas de el. Destrozada, había regresado a su casa familiar en Brighton. Y desde entonces, aunque quizá fuese muy anticuado, se había dicho a si misma que no se acostaría con ningún hombre hasta que no encontrara a su alma gemela.

Dejó de pensar en el pasado al darse cuenta de que había transcurrido media hora y que todavía tenía que secarse el pelo y vestirse. Aunque le encantaba la ropa, no se había divertido comprando aquella tarde y había odiado el hecho de que Edward hubiese pagado. Sacó el vestido azul que el había sugerido y de otra bolsa sacó la única prenda que había comprado ella; un vestido negro largo y con cuello alto. A Edward no le había gustado, por lo que ella lo había pagado a sus espaladas.

Se lo puso y se arreglo el pelo en un moño. Era una pena que el color negro la hiciese ver tan pálida, pero ya era tarde para cambiarse y además se negaba a que el le dijese como tenía que vestirse.

Edward estaba esperándola en el salón. Bella se acercó con la cabeza bien alta, negándose a reconocer lo acelerado que tenía el corazón. Pero cuando llegó a la puerta del salón se detuvo y lo miró. Pensó que aquel hombre era guapísimo. Su traje negro acentuaba su altura y la anchura de sus hombros. Pero entonces el se dio la vuelta y la vio, con el enfado reflejado en los ojos.

¿Qué demonios te has puesto? Dios, parece que vayas a ir a un funeral en vez de celebrar nuestro compromiso.

Quizá eso sea por que considero que nuestro compromiso no hay que celebrarlo –contesto ella- El negro refleja mi estado de humor.

Te juro que acabarías con la paciencia de un santo, señorita Swan –gruño Edward mientras se acercaba a ella y la agarraba de los hombros, llevándola de nuevo a la habitación- Y yo soy el hombre menos piadoso de este planeta. Tienes dos minutos para cambiarte y quitarte esa ropa de viuda. Ponte el vestido azul.

¿O…? –le retó Bella, que nunca se había enfadado tanto.

O te lo quitare yo mismo, más rápido de lo que te puedas imaginar –dijo el, esbozando una fría sonrisa- Aunque tengo que admitir que quizá tardará más para vestirte –murmuró- Incluso llegaríamos tarde al banquete, pero nuestros anfitriones seguramente perdonaran nuestra acalorada pasión dado que estamos comprometidos.

Eres despreciable, y no voy a segur adelante con esto –dijo Bella, sintiendo como las lagrimas de furia escocían sus ojos- No podría estar casada contigo ni cinco minutos, por no hablar de un año.

Edward se encogió de hombros con indiferencia y sacó su teléfono móvil de su chaqueta.

Esta bien… cancelaremos todo –hizo una pausa- Pensaba que te importaba tu padre, pero obviamente estaba equivocado. La única persona que te importa eres tú misma, no es así, Bella.

Sabes que haría cualquier cosa por el –susurró ella, que sabía que no tenía otra manera de salvar a su padre que casándose con Edward. Se humedeció los labios.

Tienes dos minutos, Bella –advirtió el, acercándole el vestido azul.

Ella lo tomó y se marcho al cuarto de baño.

Tuvo que reconocer que era un vestido precioso y que el color que tenía le quedaba mucho mejor que el negro. Era elegante y sexy a la vez. Tenía el escote más bajo que ella nunca había llevado. Entonces, respirando profundamente, abrió la puerta que daba a la habitación.

¿Satisfecho? –exigió saber fríamente, incapaz de evitar temblar cuando el la miró.

No completamente… ven aquí.

Bella se sintió como un perro al que llamaba su dueño, pero el brillo que reflejaban los ojos de el le advirtió que mantuviese la boca cerrada. Se acercó a el y emitió un leve grito cuando este le dio la vuelta y pudo ver el reflejo de ambos en el espejo. El, con delicadeza, comenzó a quitarle las horquillas que sujetaban su moño. Entonces cuando ella tuvo todo el pelo suelto, comenzó a cepillarlo.

Aquello era increíblemente íntimo. El calor le recorrió a Bella por las venas y se apartó de el pero Edward le dio un golpe en el trasero con el cepillo para que se estuviera quieta.

No te muevas –dijo, con cierta burla reflejada en los ojos.

A ella le hubiera gustado cometer un asesinato y apretó los puños. Pero entonces el comenzó a masajearle el cuello y ella sintió como toda la tensión abandonaba su cuerpo.

Ahí… ahora estas bien –dijo el, dejando el cepillo sobre el tocador y tomando algo del bolsillo- Aparte de un último toque.

Bella se quedo impresionada al ver el brillante anillo de zafiros y diamantes.

¿Es realmente necesario? –preguntó con la voz ronca.

Sabía que muchas mujeres darían lo que fuera por tener aquel anillo, pero ella se sintió levemente enferma. Era más un anillo… era una declaración de intenciones entre dos personas y símbolo de su amor.

Desde luego que es necesario. En cuando anuncie nuestro compromiso, todos esperan ver el anillo –le dijo Edward con cierto cinismo- Dame tú mano –exigió.

Entonces la tomó el mismo, impaciente ya que ella colocó ambas manos tras su espalda.

Míralo como una inversión. Cuando nuestro matrimonio termine, siempre podrás venderlo.

Cuando nuestro matrimonio termine, te lo devolveré, junto con todo lo demás que me has comprado. Quizá hayas comprado mi presencia en tú vida durante un año, Edward, pero nunca serás dueño de mi alma ni me robaras mi integridad.

¿Integridad? –dijo el, frunciendo el ceño mientras le ponía el anillo.

A Bella le sorprendió que el anillo fuera de su talla. Tuvo que reconocer que era precioso, pero pesaba demasiado y controló el impulso de quitárselo.

Es muy bonito… Espero no perderlo –murmuró mientras levantaba la mano para, a regañadientes, admirando el brillo de los diamantes.

Edward se quedó mirándola, y ella se ruborizó.

No creó que vayas a perderlo. Más o menos adiviné tu tala y le pedí al joyero que lo achicara para ti –dijo tomándole la mano y mirando los delgados dedos de ella- Eres tan pequeña y tan frágil como un pajarillo.

La aterciopelada dulzura de la voz de el provoco que ella sintiera un escalofrío y que apartará rápidamente la mano.

Soy más fuerte de lo que parezco aseguró, levantando la barbilla para mirarlo a los ojos.

La sonrisa que esbozo Edward la dejó sin aliento y no pudo apartar la mirada del bello rostro de el.

Ya es hora de irnos –dijo el duque, ofreciéndole el brazo.

Bella, con el corazón en un puño, lo tomó. Había hecho un pacto con el diablo y ya no tenía otra opción que seguir adelante con ello.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Lagrimas de Amor

CAPITULO 3

Mientras miraba las lágrimas que recorrían la cara de Bella, Edward, pensó que nunca dejaría de sorprenderle cómo las mujeres podían romper a llorar cuando les convenía. Había estado con muchas mujeres y no comprendía por que ver a aquella llorar le hacía sentir como si le clavasen un puñal en la tripa. Le estaba afectando verla llorar… y no le gustaba. Le hacía sentirse incomodo y la necesidad de abrazarla y de acariciarle su sedoso pelo marrón era completamente ridícula.

Se dijo a si mismo que debía echarla en aquel mismo momento, debía entregarla a la policía y no supo por que dudaba. Desde que había sabido quien era ella, se habían apoderado de el la furia y otro impulso más básico que sin duda era el responsable de que no pudiese quitarle los ojos de encima.

Miró la boca de ella y su cuerpo reacciono al ver lo delicioso que parecía su labio inferior.

A el le gustaban las rubias altas, y elegantes. Bella Swan era bajita, delicada, pálida y su pelo tenía reflejos rojizos que el podía ver eran naturales.

Nunca sobresaldría del montón, pero tenía algo, como un aire de serenidad.

Le doy dos minutos –dijo el fríamente- Aunque debo advertirle que ya tengo una idea de las causas de los problemas económicos de su padre, y no me parece que excusen que el rompiera la confianza que había puesto en el.

¿Sabe que el es adicto al juego? –dijo Bella con urgencia- No puede evitarlo. Es una victima inevitable de las facilidades que suponen las apuestas telefónicas.

Se me rompe el corazón –dijo Edward con un frío sarcasmo.

Aquello irrito a Bella, que se acercó a el.

Mi padre es un buen hombre, una persona honorable –insistió- Hace pocos años realizó unas inversiones poco prudentes, y desafortunadamente, perdió mucho dinero.

No comprendo por que debería sufrir yo por su temeridad –espetó Edward.

El estaba desesperado. Mi madre estaba gravemente enferma y el estaba preparado para hacer lo que fuera… cualquier cosa…para ayudarla. El juego parecía su única salvación –titubeó- Ganó un par de veces y creyó que su suerte continuaría. Pero en vez de eso comenzó a acumular muchas deudas, deudas que no tenía manera de pagar. Tras la muerte de mi madre, creó que el se sintió muy agobiado. La única cosa que tenía valor era nuestra casa. Sus acreedores amenazaban con quitarle Littlecote. Pero estaba desesperado por conservarla… para mí. –explicó, conteniendo las lagrimas- Charlie hizo lo que hizo, tomó el dinero, por que quería la casa que sabía que yo amaba.

Bella se detuvo y se restregó los ojos; no quería llorar, no delante de aquel hombre que parecía que tenía corazón de piedra.

Es una historia muy conmovedora –comentó Edward en un tono aburrido- Y sin duda habrá algo de verdad en ella. Estoy dispuesto a creer que Charlie robó por usted. Señorita Swan, usted tiene gustos muy caros.

¿Cómo puede usted saber que es lo que me gusta? –exigió saber Bella, indignada.

Se ha llevado a cabo una minuciosa investigación de sus vidas. Se todo lo que hay que saber sobre usted… y no es una mujer que salga barata –informo fríamente- La educación privada que recibió en un exclusivo colegio para señoritas, por no mencionar el lujoso piso que ocupó mientras estuvo en la universidad…

Yo pague el alquiler del piso con un dinero que mis abuelos habían dejado para mi –dijo Bella, que estaba empezando a enfurecerse- Y trabaje muy duro para conseguir mi licenciatura.

¿En historia de la Literatura e Historia? –dijo el con desdén- Estoy seguro de que le ha resultado muy útil.

En mi profesión, mucho –dijo ella fríamente- Como parece que sabe tantas cosas de mí, estoy segura que habrá descubierto que tengo mi propio negocio de antigüedades.

Se que le gusta jugar a las tiendas en un pequeño establecimiento en Brighton. Pero The Treasure Trove no es un negoció muy prosperó. ¿Verdad?

Bella frunció el ceño.

Oh, vamos –se burlo el- Apenas gana la suficiente como para pagar sus gastos.

Es cierto que mis ganancias no han sido tan buenas como esperaba, pero lleva tiempo ganar cierta reputación en el mundo de las antigüedades.-farfullo Bella.

Antes de haber abierto su tienda, le había encantado su trabajo como catalogadora en una casa de subastas londinense, pero su vida se había detenido cuando hubo roto su compromiso con Jacob Black. Con el corazón destrozado ante el engaño de éste, había regresado a Brighton y con el apoyo de su padre había abierto The Treasure Trove. Pero durante el primer año de actividad el negocio había marchado despacio. Tras pagar las facturas, le quedaba poco dinero para sus gastos.

Yo debería compartir la culpa por todo este terrible embrollo –dijo con la voz ronca- Tengo que aceptar el hecho de que mi padre robó de su banco, no solo para pagar los gastos médicos de mi madre, sino que quería continuar ofreciéndome el estilo de vida que yo había estado acostumbrada. No sabe lo mal que eso me hace sentir.

Y supongo que estaría enfadada ante el hecho de que su estilo de vida va a tener que cambiar -dijo Edward burlonamente-. Haber perdido su principal fuente de ingresos debe ser muy inconveniente, pero me temo que mi banco, con la ayuda de la mano tan larga que tiene su padre, no está dispuesto a seguir corriendo con sus gastos.

¿Está sugiriendo que yo sabía lo que mi padre estaba haciendo?

¿Espera que crea que no lo sabía? No soy tan tonto señorita Swan. Está bastante claro que tiene mucha influencia sobre su padre –dijo Edward-. Durante toda su vida usted se ha sentado y ha permitido que él la mimara y, ahora que su mundo se está viniendo abajo, le está entrando el pánico.

El duque continuó hablando, mirándola con frialdad.

-¿Qué esperaba conseguir viniendo aquí? –exigió saber-. ¿Realmente pensaba que iba a ser capaz de convencerme de que hiciera la vista gorda ante una malversación de fondos de tal magnitud? Quizás sus lágrimas funcionen con su padre, pero no tienen ningún efecto sobre mí –añadió con severidad. Entonces miró su reloj que había en la pared-. Sus dos minutos han concluido.

-Vine a ofrecerme a pagar el dinero que mi padre tomó de su banco. Ya he fijado un precio de venta de Littlecote y de mi tienda, que junto con las acciones que me dejó mi madre pueden hacer que consiga dos millones de libras.

-¿Y qué pasa con el otro millón? –preguntó Edward fríamente.

-Hablo español. Pensé que quizás pudiera trabajar para el banco hasta que la deuda quedara pagada… Sin que me diera un sueldo, desde luego.

-¡Dios! ¿Cree que le permitiría acercarse a mi banco? Ya hemos tenido suficiente con un Swan metiendo sus manos en la caja. ¿Y cómo iría usted a vivir sin ganar un salario? Se tardaría años en devolver un millón de libras, incluso descontando los intereses. La idea es ridícula. Usted no tiene nada que ofrecer que yo encuentre del mínimo interés.

A pesar de todo, a pesar del hecho de que aquel hombre era el demonio encarnado, Bella no pudo evitar que un temblor le recorriera el cuerpo. Se preguntó qué le ocurría y cómo podía permitir que él tuviera aquel efecto sobre ella.

Él era extremadamente sexy, y ella sintió el salvaje deseo de desabrocharle la camisa y quitársela para así poder acariciarle el pecho. Pero, cercana a la histeria, pensó que no era un buen momento para que su sensualidad aflorara; tenía que concentrarse en salvar a su padre de una sentencia judicial.

-Si mandan a mi padre a la cárcel, quedará destruido –susurró-. La muerte de mi madre le dejó abatido, y no creo que pueda soportar muchos más golpes emocionales. Tengo miedo de que se suicide, y le suplico que muestre indulgencia –imploró, mordiéndose el labio inferior para aguantar las lágrimas-, Si accede a retirar los cargos contra él, haré lo que pida.

-¿Cualquier cosas? ¿Tengo que entender que está ofreciéndome los servicios del oficio más antiguo del mundo? ¿Cuántas noches de pasión cree que me compensará por un millón de libras? –dijo mirándola despacio de la cabeza a los pies.

-¡No quise decir…eso! –Espetó Bella con vehemencia-. Esperaba que pudiéramos llegar a algún tipo de acuerdo… -dejó de hablar al darse cuenta de que poco más que su cuerpo era lo que ella le pedía ofrecer a un duque multimillonario.

Pero se preguntó cómo se había atrevido él a pensar que ella había ido allí a ofrecer sexo. La sola idea era desagradable, y ni por un momento iba a admitir que le tentara. Cerró los ojos cuando él se acercó a ella y pudo oler su fragancia, fresca y exótica, ante lo que la excitación se apoderó de ella.

-¿Quizás compartir mi cama no le parezca algo tan horrible, ¿verdad? –Sugirió Edward con el brillo reflejado en sus verdes ojos-. De hecho, por la invitación que reflejan sus increíblemente expresivos ojos, debería ser usted la que me pagara para complacerla.

-No lo creo –dijo ella entre dientes, muy avergonzada. Entonces se echó para atrás.

Pero él la tomó de la barbilla y le levantó la cara para que lo mirara a los ojos.

-No estoy ciego, señorita Swan. Puedo ver la manera en la que sus ojos se oscurecen cuando me miran y cómo le tiembla la boca, de una manera muy tentadora… suplicando ser besada –murmuró él, utilizando un tono muy delicado-. Ambos nos hemos percatado de la química que hay entre nosotros y, admitámoslo, hay peores maneras de ganarse la vida.

Bella se preguntó si él hablaba en serio al sugerir que ella se convirtiera en su amante durante las noches necesarias hasta que la deuda de su padre estuviese pagada. Y si así era, se preguntó si él esperaría cierto nivel de pericia bajo las sábanas, ya que, con su limitada experiencia, pagarle le podía llevar el resto de su vida. Pero lo que le enfadó fue darse cuenta de que estaba considerando aquello.

-Me temo que convertirme en su mujerzuela no es una opción que yo fuese a considerar –espetó-. Antes preferiría morir.

-Entonces ambos estamos de suerte ante el hecho de que no me gusta sacrificar vírgenes –se mofo él.

Bella se ruborizó y se preguntó cómo lo sabía… si ella lo llevaba tatuado en la frente.

-Nunca he pedido favores sexuales y no voy a comenzar ahora –informó él arrogantemente, poniéndole la mano a ella sobre el hombro y acercándola a la puerta-. Ya me ha hecho perder bastante tiempo. Le sugiero que se marche a casa y que contrate los servicios de un buen abogado. Charlie lo va a necesitar.

El sentido común le advirtió a Bella de que guardar silencio era una opción más digna, pero nunca antes se había sentido tan enfadada como en aquel momento.

-Es usted muy cruel. Sé que mi padre ha actuado mal y, créame, también lo sabe él. Si pudiera verlo, se daría cuenta de que está destruido por la culpabilidad que siente. Pero tomó el dinero por amor y porque no veía otra manera de arreglar las cosas –le tembló la voz de la emoción al recordar las últimas semanas de vida de su madre.

Pero la expresión de aburrimiento de Edward reflejaba su falta de interés en todo aquello.

-Usted no tiene idea de lo que es la vida real, ¿verdad? Nació entre riquezas y se sienta aquí, en su castillo, tratando a todo el mundo con prepotencia. ¿Sabe una cosa? Siento pena por usted –dijo ella amargadamente-. No creo que nunca haya experimentado el amor ni que nadie lo haya amado.

-Quizás tenga razón –dijo Edward frunciendo el ceño. Abrió la puerta y la sacó al pasillo-. Pero, permítame que le diga una cosa: tener aventuras amorosas es lo que me gusta. Adiós señorita Swan.

-¡Espere! –esclamó Bella, introduciendo el pie para evitar que la puerta se cerrase-. ¿Quiere que le suplique? ¿Es eso? –preguntó, desesperada-. Porque haré lo que sea para salvar a mi padre.

Mientras hablaba se puso de rodillas, dejando a un lado su orgullo.

-No voy a permitir que mi padre vaya a la cárcel. Debe de haber algo en lo que yo le sea útil a usted… cocinaré, limpiaré… fregaré sus suelos. No le temo al trabajo duro y haré lo que sea… siempre y cuando sea moral- dijo, mordiéndose el labio inferior y mirándolo.

Edward la miró y pensó que el aire de inocencia de aquella mujer era muy intrigante, ya que él sabía, debido a la investigación que había realizado, que ella había estado comprometida con un agente de seguros londinense llamado Jacob Black. Se preguntó por qué no se libraba de ella en vez de estar fantaseando con acariciar con sus labios los de ella, que parecían muy suaves y carnosos.

-¿por qué ha venido a verme a mí? –Preguntó con dureza-, ¿Por qué no le ha ofrecido sus… -se detuvo y resueltamente, le miró los pechos- servicios a otro hombre rico?

-No conozco a ninguno –contestó Bella claramente- Y, como Littlecote está a punto de venderse, no tengo nada que ofrecer como garantía para un préstamo bancario. No me quedan más opciones. Señor Masen, hablo en serio cuando digo que quiero devolver el dinero que tomó mi padre… cada penique –añadió al ver que él no parecía impresionado-. Todavía no sé como, pero de alguna manera pagaré la deuda de mi padre. Todo lo que le estoy pidiendo es que me dé tiempo y que acceda a no llevar el caso a los tribunales.

Por alguna razón, el ver a Bella de rodillas hizo que Edward se impacientara y se apartó de ella. El sentido común le decía que ella era una mujerzuela egoísta que había coaccionado a su padre para que abusara de su posición en el banco para así mantener su extravagante estilo de vida. Pero era una mujer encantadora. Apenas podía pensar con claridad cuando ella lo miraba con aquellos enormes y preciosos ojos cafés chocolatosos. Y tenía valor… debía de querer mucho a su padre para haber ido hasta allí a suplicarle. Ella no se merecía ni su respeto ni su compasión pero, ante su enfado, sentía ambas cosas por ella.

Se le había ocurrido algo que no podía ignorar. No necesitaba ni una cocinera ni una mujer de la limpieza, pero supo de una manera en la que ella podía serle de utilidad… y era moral.

-Levántese, señorita Swan –dijo con frialdad-. Ha dicho que está preparada para trabajar para mí si yo retiro los cargos contra su padre, ¿no es así?

-Sí –dijo Bella, esperanzada-. Ya se lo he dicho haré lo que sea –aseguró ella con entusiasmo.

-En ese caso, supongo que no pondrá ninguna objeción a ser mi esposa, ¿no?

Está bromeando, ¿no es así? –dijo ella entre dientes.

-Estoy hablando en serio. Me encuentro en la nada envidiable situación de tener que encontrar una esposa antes de mi próximo cumpleaños…. Y permanecer casado con ella durante un año.

-¿cuándo es su cumpleaños? –pregunto Bella, murmurando.

-Dentro de dos meses.

-Entonces sí que es urgente.

Bella pensó que todo aquello parecía muy surrealista. Edward la estaba mirando, y ella no pudo ignorar la tensión sexual que había entre ambos…

Siéntese, señorita Swan… aunque ahora que estamos comprometidos en matrimonio será mejor que te llame Bella.

-Todavía no he dicho que sí –espetó ella, indignada ante el autoritarismo de él.

-¿No habías dicho que no te queda otra alternativa?

-Así es, pero parece que tú te encuentras en la misma situación –dijo Bella, sentándose en una silla y llamándole a su vez de tú.

Le complació saber que quizás él la necesitara tanto como lo necesitaba ella a él, lo que la colocaba en una situación poderosa para negociar.

-¿Por qué tienes que casarte? –exigió saber.

Por un momento pensó que él no iba a contestar, y pudo ver su enfado reflejado en sus ojos.

-Según las cláusulas establecidas en el testamento de mi abuelo, debo elegir una esposa o perderé el control del Banco de Masen ante mi primo –dijo con cierta amargura.

-Parece que el banco es muy importante para ti.

-Es mió por derecho de nacimiento y es lo único que me importa –le corrigió Edward.

Ya veo –dijo Bella- por lo que he oído, no te faltan mujeres. ¿Por qué no le pides a una de ellas que se case con tigo?

Porque cuando llegara el momento de deshacerme de ellas tendría que pagar muchísimo dinero. El matrimonio será un negocio, nada más, pero menciónale la palabra "boda" a cualquier mujer y parece que la enlazan con la ridícula idea de amor.

¿Tienes miedo de que, si eliges a una de tus novias, se enamore de ti? –dijo Bella- Tu arrogancia me deja sin palabras. ¿Qué te hace pensar que eres tan especial?

Una fortuna multimillonaria –contesto Edward con sequedad- Aprendí rápidamente que, en lo que a las mujeres concierne, el dinero es lo que les exita más… eso y el poder. Después de todo es la razón por la que estás aquí, Bella. Quieres que retire los cargos contra un vulgar ladrón. Un hombre que pagó la confianza que yo había depositado en el traicionándome y abusando de la posición que le había otorgado.

No fue así –insistió ella, ruborizada- Ya te lo he dicho; mi padre se encontraba en una situación desesperada y no tenía otra opción.

Edward se acercó a ella, que inmediatamente se sintió agobiada por el magnetismo de el.

Todos tenemos alternativas, Bella. Tú puedes elegir darme un año de tu vida y a cambio yo te aseguro que tu padre se verá a salvo de un proceso judicial.

No creo que pueda hacerlo –dijo ella, embelesada por los preciosos ojos esmeralda de el- El matrimonio es algo… sacrosanto. Trata de dos personas que se ponen de pie debajo de Dios y se prometen amarse el uno al otro durante el resto de sus vidas. Lo que tu estas sugiriendo es… inmoral.

¿Y robar tres millones de libras no lo es? Creo que deberíamos dejar el tema de la moralidad apartado de todo esto, Bella –murmuro Edward sardónicamente- Tú quieres asegurarte de que a tu padre no lo sentencien, y yo puedo ayudarte. ¿No es mejor convertirte en la duquesa de Masen que fregar mis suelos? –gruño impaciente.

No me gusta la idea de mentir –dijo ella entre dientes, preguntándose que otra opción tenía en realidad. Si no se casaba con el, sin duda su padre iría a prisión.

Tenía que hacerlo.

Está bien –dijo repentinamente- Me casaré contigo. Accederé a tu negocio y me convertiré en tu esposa durante un año, pero a cambio quiero que todas las deudas de mi padre se cancelen, con dinero de tus fondos personales –continuó en un tono frío que esperó camuflara el acelerado ritmo de su corazón.- Y quiero que me asegures por escrito que retirarás cualquier acción legal contra el… Cuando hayas hecho todo eso, me casaré contigo.

Edward puso ambas manos en los reposabrazos de la silla de Bella, enjaulándola en ella.

Tienes mucha autoestima. Quizá demasiada –dijo entre dientes- Parece que te olvidas de que yo soy el que manejo los hilos en esto. ¿Qué harías si te pongo en evidencia y te hecho de aquí sin un penique?

No harías eso –dijo ella con calmada voz que ocultaba su nerviosismo- Tu me necesitas tanto como te necesito yo a ti. Porque te garantizo que desde el primer día de nuestro matrimonio estaré contando las horas hasta que nos divorciemos con tantas ganas como tú. No hay ninguna posibilidad de que me enamore de ti –añadió, levantando la barbilla.

Podía sentir el poder y la necesidad de el de someterla a su voluntad, pero ella se negaba a que la intimidara.

La tensión que había entre ambos era tal que parecía que la situación iba a explotar. Durante un loco momento, ella se preguntó que haría el si lo abrazara y lo besara.

Un calor sensual se apoderó de ella y al mirarlo a los ojos, supo que el también sentía aquel deseo. Contuvo el aliento al observar como el bajaba su cabeza. Cerró los ojos, pero volvió a abrirlos al sentir como, en vez de besarla, la tomó del pelo para que levantara la cabeza.

Edward sonrió al darse cuenta de la decepción de ella.

No eres la frágil flor que al principio pensé que eras ¿Verdad, Bella? Tu delicada belleza oculta una astuta mente que casi se equipara con la mía.

Antes de que ella pudiese reaccionar, Edward la besó, exigiendo que ella le respondiera, como si fuese su derecho divino.

Tenemos un acuerdo, señorita Swan. Nos casaremos en cuanto sea posible. Me da la impresión de que va a ser un año interesante –añadió burlonamente.

El miedo se apoderó de Bella, pero se levantó y lo miró con frialdad.

Pues a mi me parece que va a ser el peor año de mi vida.

Estoy seguro de que encontrarás alguna compensación al ser la esposa de un multimillonario –contestó el- Piensa en todas las compras que podrás realizar.

Entonces se dirigió a su escritorio y tomó el teléfono para dar una serie de órdenes, sin dejar que Bella le dijera que preferiría morirse antes de gastarse un céntimo de su dinero.

Ella se dirigió hacia la puerta, pero la cortante voz de el la detuvo.

¿A dónde crees que vas?

La arrogancia de el provocó que ella se enfureciera, pero no quería poner en peligro la libertad de su padre, sonrío vacilante.

A montarme en mi coche y a marcharme a Granada. ¿Quieres que espere allí durante un par de días o debo volver a Inglaterra y esperar a tener noticias tuyas?

Nada de eso –contestó el con serenidad- Me marcho a Madrid en unos minutos y tu vienes conmigo.