Dark Chat

miércoles, 17 de febrero de 2010

A piece of your love

Cap.7. Neófita.

Recordar, recordar y sólo recordar. Eso era todo para lo que servía Edward. Cambió su posición y remplazó el estar sentado de rodillas por formar un perfecto capullo con su cuerpo. Escondiendo su cabeza entre las piernas y rodeando estas con sus manos.

Se entregó por completo a las sensaciones que su cuerpo experimentaba. Dejó que el dolor se apoderada de él y que utilizase su cuerpo a su antojo.

Se deleitó con las caricias inexistentes que su ángel le profería. Disfrutó de los besos que jamás llegarías y por sobre todo se dejó llevar por la musical voz de su ángel.

— Edward— llamaba la chica de voz angelical

— Edward, mi vida responde— gritó aterrada la muchacha, mientras su empapado cabello marrón se pegaba a su cuerpo.

Él novato padre se encontraba tan perdido en su burbuja personal. Vislumbrando fantasías y disfrutando de masoquista juego de mentiras del que se había vuelto adicto que no reparó en el fuerte aroma de fresas y lavandas que se encontraba frente a él, claro que mezclado con la esencia propia de la lluvia recién caída y el perfume dulzón propio de los de su especie. No él prefería concentrarse en su dolor. Soñar con un imposible, deleitarse con la tortura de los labios que nunca tocaría y las caricias que le estaban prohibidas recibir.

Tenía a su mujer en frente suyo intentando despertarle y no se daba cuenta. No fue hasta que sintió por vez primera los dulces y ahora fríos labios de su ángel que salió de su trance. Nunca antes sus fantasías fueron tan reales ni tan tortuosas. Ella solía alejarse en cuanto él intentaba acercarse más de lo debido.

¿Podría un vampiro enloquecer? Se preguntó Edward. No esperó por respuestas, simplemente se deleitó ante la suavidad que le proporcionaban los besos de Bella.

Si en verdad había enloquecido quería disfrutar al máximo lo segundos de placer que aquello le proporcionaría.

Se negó a abrir sus ojos e inhaló de su perfume, la esencia de fresias y lavandas permanecía en ella, pero en menor intensidad, ambas habían sido opacadas en conjunto con el perfume de su sangre por un aroma más fuerte, la fragancia propia de los vampiros.

Disfrutó nuevamente del perfume dulzón de Bella y aumentó la pasión en aquel beso. Sus avariciosas manos recorrieron el rostro de su esposa y recién ahí se decidió por abrirlos, aunque le aterrase despertar, no quería llegar más lejos.

Una cosa era alucinar y otra muy distinta hacerle el amor a una fantasía. Porque eso era Bella para él, una fantasía. Sin embargo en cuanto sus ojos se abrieron se encontró con la mujer más gloriosa que pudo alguna vez imaginar.
Su ángel se encontraba frente a él, su fino cabello caía lacio sobre sus hombros, formando en las puntas sensuales ondas que rozaban su cintura. Su rostro dotado de una palidez más intensa de lo habitual contrastaba de forma exquisita con el tono caoba de su melena.

Su vista se desvió hacia sus labios carmesí. Los mismos que hace unos segundos había besado, se veían increíblemente tentadores, tan bien formados, contorneados de forma perfecta y exquisita.

Por inercia su mirada de posó sobre la única parte que continuaba libre ante la presión de sus penetrantes e inquisidores orbes dorados.

— No puede ser— musitó Edward para sí mismo.

— En verdad enloquecí.

Bella tomó el rostro del inexperto padre entre sus manos y juntó ambas frentes. Edward no pudo evitar cerrar con fuerza sus ojos antes el contacto.

Sufría, sí, le dolía de forma desgarradora. Nunca pensó que enloquecer fuese tan dulce y agradable. Sin embargo le dolía haberle fallado su hija. Se dejó hechizar por los luceros de su amada esposa, antes de una hermosa tonalidad chocolate, hoy de una extraña mezcla entre dorado y cobrizo, con finas terminaciones rojizas.

— No has enloquecido Amor. Estoy aquí, abre tus ojos Edward. — al oír esas palabras algo en el interior del chico se encendió. Como si su cerebro hubiese juntado todas las piezas inexistentes, todas las partes del puzzle que faltaban. Entonces abrió sus ojos y clavó su vista en la joven neófita que se encontraba rozando la piel de su frente con una tierna mirada cargada de culpa.

— Soy Yo, Bella— musitó con voz dulce

— ¿Cómo? ¿Cómo es esto posible? ¿Cuándo sucedió? — se cuestionó Edward, sin moverse un centímetro de su posición anterior, la única diferencia era que ahora sus llameantes orbes se encontraban abiertos y con su perspicaz mirada repasaba una y otra vez las facciones de su ángel.
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La observé sentarse a mi lado, ella se tomo más tiempo del necesario en rodear con las manos sus rodillas. Yo por mi parte me debatía entre abrazarla o no ¡Maldición! Si hace tan solo unos minutos la estaba besando.

Esperé paciente a que hablase, aún no lograba dar orden en mi cabeza a los recientes sucesos. ¿En que momento enloquecí?, acaso estaba muerto y esto era el paraíso. Claramente esa opción era la más probable, si no fuese por el hecho de que mi ángel era una neófita.

— Entonces… ¿No estoy loco? — pregunté con terror a oír su respuesta. Sabía que después de escuchar aquellas palabras no habría vuelta atrás.

— No Edward, no lo estás.

— ¿Estoy soñando? ¿Lo vampiros podemos soñar?

Supongo que no debería sorprenderme ¿sabes? El día que me enteré de tu muerte conseguí llorar ¡¿Puedes creerlo?! — mi ángel me observó asombrada. Aún no conseguía acostumbrarme a su nuevo semblante, si antes me perdía en sus luceros achocolatados, ahora con facilidad moriría ahogando en el hechizante mar broncíneo.

— Hay tanto que debes saber, no sé como empezar. — musitó mi ángel, mientras se llevaba una mano a la frente y ejercía presión sobre la misma.

Su actitud me hacía desvariar más aún. Si yo no estaba loco y ella no era un sueño…

— ¿Eres vampira? — Todo en ella indicaba que lo era. Sin embargo a estas alturas yo dudaba de todo. Con cada minuto que pasaba cobraba fuerza la opción de haber enloquecido.

— Sí— musitó bajito mi ángel.

En ese segundo la prisión que llevaba meses cargando sobre mis hombros no era nada en comparación a la sensación que me embargaba en este momento. Todas las horas que me pasé sufriendo por ella, los tormentos recuerdos que evoqué una y otra vez. Yo me lamentaba por haber perdido a mi mujer y ella… Ella jamás lo estuvo.

— ¿Desde hace cuanto?— ¿Cómo fue capaz de dejarnos? Tal vez yo me lo merecía, pero ¿Carlie? ¡Teníamos una hija! Y yo el muy idiota culpándome por un error del pasado, Dios mío… Que idiota me sentía.

— Hoy se cumplen cinco años— su dulce voz interrumpió mis cavilaciones.
Cinco años… la edad de Renesme… Pero es que acaso la tuvo y se marcho o ¿cómo podría ser tan fría?

Que clase de madre abandona a su pequeña recién nacida

¿es que acaso lo hizo por que la niña era hija mía también? ¡Que culpa tenía Carlie!

— ¿Por qué lo hiciste? — era todo cuanto necesitaba saber. Si venía por la niña ya era tarde.

Tenía claro que le había fallado, pero mi pequeña no se merecía esto.

¿En que clase de monstruo se había convertido mi ángel?

— No tuve opción— respondió avergonzada. Lo cual no me sorprendió, era la actitud propia de quien reconoce una falta. ¡Y vaya error el suyo!

Una eternidad no bastaría para que Bella pudiese revindicarse con mi niña. Demonios, Carlie. La había dejado de lado por lamentarme debido a una causa que no valía la pena…

— Ninguno de nosotros la tuvo, Bienvenida al club Bella, debo irme, tengo una mujer que me espera en casa— los ojos de mi esposa se achinaron otorgándole un aspecto aterrador e increíblemente sensual.

— Me imagino, mal que mal en cuatro años era de esperar que me olvidases— siseó encolerizada.

— No ha sido fácil, pero ella es sobrenaturalmente encantadora ¿sabes? No hay quién se le pueda resistir. Incluso Rosalie ha caído a sus pies.

— Siempre tuviste buen gusto— dijo pensativa y yo no pude evitar recordar en la indigna forma en que le fallé. ¿Quién era yo para juzgarla? Tal vez dejó a nuestra pequeña por que le hacía daño verla, quizás tanto como a mí… Ella confió en que estaría en buenas manos y yo… ¡Jesús! Era demasiada información por un día.

— Sí, siempre lo he tenido. Mi hija es el vivo ejemplo de eso, ya sabes… Es idéntica a ti.

— Edward…Carlie.. ella.. — Bella tartamudeaba, algo inusual en los de nuestra especie. Debía encontrarse muy nerviosa.
— ¿Sí Bella? —

Carlie está en tu casa con … ¿Dejas que esa mujer cuide a nuestra pequeña? — su mirada denotaba culpa, vergüenza y profundo dolor.
Entonces comprendí cuanto le dolía aquello y lo injusto que estaba siendo. Ella no merecía pasar por lo que yo pasé. Nadie merecía aquello, ni la peor de las alimañas.

Sufrir por un imposible, deleitarte en recuerdos que sólo eran eso… recuerdos. Llorar por lo que pudo haber sido y no fue, porque yo había llorado. Mi dolor fue tal que conseguí derramar una lágrima, la primera y última de mi eterna existencia.

— Bella, la mujer que me espera en casa es Carlie. No existe otra persona en mi vida.

Deberías tener claro que nunca hubo ni habrá nadie más que tú. Sé que cometí un error, uno horrible, pero lo he pagado caro. Cada segundo apartado de ti fue una tortura, no existe dolor físico que se pueda comparar a lo que yo he pasado estos últimos cinco años.

Aunque debo agradecerte, este último se hizo un poco más llevadero. Tener a Carlie junto a mí era lo más cercano a estar contigo. Ella era mi trocito de cielo, era como si tuviese un pedacito de ti. No te negaré que aquello me dejaba un sabor agridulce, era la mezcla perfecta entre el más profundo amor y el más hondo de los dolores.

La amo, las amo a las dos, porque a ti te sigo amando mi niña, pese a que hayas huido. Sin embargo debo reconocer que Carlie en algunos momentos sólo conseguía aumentar mi tormento.

No puedes imaginar lo que sentía cada vez que la veía tropezarse, cada una de sus caídas me recordaba tu torpeza. ¡Como si no tuviese ya con su parecido!.

La primera vez que la vi sentí que el corazón, por inerte que permaneciese se desgarraría en mi interior.
Sus preciosos luceritos marrones, era ver tu imagen Bella. Su cabello cobrizo deslizándose en tenues ondas por sus hombros. Su adorable risita, pero lo que casi me lleva al suicido fue ver tu marca personal grabada a fuego en su piel, ver ese deslumbrante rubor en las mejillas de mi hija trajo a mi mente un sinfín de memorias.

Bella yo llevo un año cuestionando mi salud mental, llevo meses viéndote, alucinaba con un reencuentro, pero ahora que te tengo frente a mí simplemente no sé que decirte, no sé que pensar de ti… ¿Tanto fue el daño Amor? ¿Tanto me odiabas para dejar a nuestra hija y huir?

Siempre me aborrecí por fallarte ¿sabes? Nunca he podido perdonarme. Sé que fui un maldito, pero en tu carta tú decías que me perdonabas, nunca olvidaré tus frases

“Te Amo y siempre lo haré, mi corazón nunca latirá por nadie como lo ha hecho por ti”
Decías que me amabas, que el problema radicaba en que no podrías olvidar, que por mucho que deseases perdonarme los recuerdos seguirían ahí, presentes.

¿Por qué Bella? ¿Por qué nos dejaste? Puede que yo lo mereciese, pero ¿No pensaste en que Renesme merecía crecer junto a su madre? —

Un fuerte golpe me impidió seguir hablando, llevé mi mano hacia la zona afectada y recién ahí reparé en la furiosa vampira que se encontraba frente a mí dispuesta a golpearme nuevamente mientras de sus labios brotaba un sonoro gruñido.

Antes de que su mano volase a mi rostro nuevamente afirmé con la mía ambas muñecas suyas y la impulsé hacia el árbol que se encontraba a espaldas nuestras.

— ¿Que pretendes? — pregunté ejerciendo más fuerza en sus manos, puesto que ella intentaba liberarse.

Ella no dijo nada, se removía inquieta contra el árbol, mi mano no aflojó su agarre, por el contrario, tenerla contra el árbol me excitó en demasía. Hace tanto tiempo que había soñado con un momento como este. Mi mujer y yo, solos, en nuestro prado. Alejé ese pensamiento en cuanto recordé que ella había huido, sumándole a eso el hecho de que me acababa de golpear ¡Cielos, no la entendía! ¿Estaba loca acaso?

— ¡Eres un idiota Edward Cullen, Un maldito Idiota! —

— Con que idiota… ¿Y por que sería?

— Y además presumido. Tú no cambias. No has hecho más que decir blasfemias, pero por sobre todo cometiste dos grandes errores, errores que no puedo dejar pasar. — ella jadeaba producto de la ira contenida.

Su voz se volvía a ratos peligrosos bufidos mientras que cada tanto lograba calmarse. Neófitos, siempre tan impulsivos…

— Para comenzar dices que abandoné a mi hija, por todos los cielos es de MI HIJA de quien estamos hablando. ¿En verdad me crees capaz de abandonar a mi pequeña? — sus palabras solo conseguían confundirme más, desvié mi vista hacia el suelo ya que sus hipnotizantes ojos ambarinos me hacían perder el poco sentido común que me quedaba.

— ¡Edward Mírame! Soy yo, soy Bella ¿En serio piensas que abandonaría a mi bebe por un error que tú cometiste? ¿Crees que soy tan egoísta como tú Edward? — en cuanto mis ojos se encontraron con sus brillantes orbes supe que estaba perdido, ella seguía siendo la misma mujer de la cual me enamoré. Sus preciosos luceros tal vez ya no eran de ese tono chocolate que solía enloquecerme y que últimamente me había encargando de rememorar hasta el cansancio, pero seguían cautivándome como el primer día. Destilaban tanta miel y ternura que no supe articular una respuesta coherente.
Ella no sería capaz de una monstruosidad de esa magnitud. Tal vez sí había enloquecido, fuese o no una ilusión mi cabeza estaba mal. Bella me traía loco desde el momento en que la conocí, humana o vampira no había diferencia yo siempre sería una marioneta en sus manos, me tenía a sus pies con un simple batir de pestañas. Ella era única, ella era mi esposa, mi niña, mi ángel mi mujer y ahora se encontraba frente a mí. Y lo más importante es que se encontraba en carne y hueso, sea viva o muerta, tal vez una mezcla de ambas, aquello no interesaba. Sólo me importaba una cosa, ella había vuelto, fuese cual fuese el motivo había regresado a mis brazos, antes me había besado, Bella me había perdonado.

— No Edward, no la abandoné. Al dar a luz a mi pequeña quedé muy débil, fue un día jueves ¿sabes?, nunca lo olvidaré. Solo tenía cuatro meses de embarazo. Sin embargo mi barriga se veía como si tuviese nueve. Ese día decidí venir hacia nuestro claro, inconcientemente tenía la ilusa esperanza de encontrarte ahí.

¿Cómo podría ser aquello posible, si yo misma te había obligado a salir de mi vida? No fue hasta que te fuiste que me enteré de que esperaba un hijo tuyo.

Ese día en el hotel te mentí, dejé una nota donde decía que iría en busca de Charlie, cuando en realidad había casi huido del hotel para que no te preocupases.

La mañana en que te fuiste de caza, me encontraba sola en el hotel y un leve mareo me advirtió que algo no andaba bien conmigo, pero no fue hasta que vomité sangre que decidí hacerle una visita al doctor. Gracias al cielo y alcancé a llegar al baño. Hubiese sido una lástima haber manchado el tapiz de la habitación.

¿Recuerdas lo hermosa que era? Yo aún guardo en mi memoria los recuerdos de esa noche…

La sorpresa en el comedor del hotel, la forma asombrosa en que conseguiste adjudicarlo solo para nosotros, sin interrupciones.

La hermosa laguna que se escondía en el interior de esa cueva. ¡Dios!, mi luna de miel si que fue sobrenatural.

He rememorado esa noche una y otra vez hasta el cansancio, aquello junto con el rostro de mi hija son imágenes que guardo con celo sagrado. No quería olvidar los mejores momentos de mi vida humana, en fin.

El resto ya lo sabes, recobré la memoria, me molesté y me creí incapaz de perdonarte. Y hasta cierto punto lo era, pero Carlie, mi bebita cambió las cosas.

En cuanto supe que tendría una parte de ti creciendo en mi interior todo cambió para mí, vi por vez primera un rayo de esperanza desde que había logrado recobrar la memoria. Ya no me importaba lo tuyo con Tanya, no me interesaba que le hubieses entregado lo que a mi me negaste hasta el cansancio, nada podía ser más importante al hecho de que el fruto de nuestro amor se formase dentro mío.

Ese día jueves me encontraba en este mismo prado, obviamente en una posición más cómoda. ¿Te importaría aflojar tu agarre? Me haces daño. — al instante liberé sus frágiles muñecas. Las que pese a pertenecer a un vampiro, para mi seguían viéndose increíblemente débiles. Tan delgadas y delicadas.
Me odié por haberla tratado con tal brusquedad, mi niña se merecía el más fino de los tratos, si por mi fuera me la pasaría venerando a mi ángel, repartiendo pétalos de rosas por donde sea que ella pisara. Maldito el momento en que la juzgue sin dejarla explicarse.

— Gracias. Como te estaba diciendo, ese día me encontraba en este mismo prado, acariciaba mi vientre con ternura, trasmitiéndole todas mis emociones contenidas por medio de ese roce, le hablaba acerca de lo mucho que la amaba, de las ansias que tenía de verla.

Le explicaba lo felices que esperábamos su llegada yo y mi padre— el rostro de Bella se tensó, era evidente lo mucho que le dolía no solo la muerte de su padre, sino que el hecho de no haber podido asistir a su funeral.

— Inconcientemente deseaba que heredase tus ojos de humano, me imaginaba a un pequeño de cabellos cobrizos y unos ojos verde esmeralda corriendo por el jardín.

— ¡Gracias al cielo salió a su madre! — la interrumpí, no podría sentirme más dichoso de que mi hija fuese el retrato perfecto de Bella.-ahora...- Minutos antes eso representaba un martirio. Un dulce tormento. —

Ella sonrió con nostalgia y su vista se desvió hacia un punto fijo del prado.

— Mientras acariciaba mi abultado vientre por sobre la polera empecé a sentir que me faltaba el aire.

No fue como creí que sería ¿sabes? — Bella sonreía de esa forma tan inocente y angelical que dejaba ver a la misma mujer que había sido cuando humana. Tal vez ahora sus rasgos fuesen más finos y marcados, sus ojos más hipnotizantes, pero seguía siendo la misma muchacha tímida e insegura que me robó el corazón-aunque esté muerto- al momento de verla.

— Tal vez había visto demasiadas películas de terror, pero simplemente comenzó a faltarme el aire y vinieron las contracciones.

En ese instante supe que no alcanzaría a llegar al hospital, en mi fuero interno me pareció que la situación era de lo más irónico, ya sabes. Este había sido el lugar donde casi lo hacemos por primera vez, me parecía risorio que aquí naciese lo que “aquí casi creamos”.

En fin, las contracciones se volvieron cada vez más fuertes. El aire se hizo más pesado y mis pulmones parecían no querer ayudar. Como usaba falda no fue necesario mayor esfuerzo, tomé mi chaleco y lo acomodé bajo mis piernas.

Recuerdo que en ese momento recé por quedar inconciente, te sonará cobarde, pero el miedo sumado al dolor era motivo suficiente para no querer saber que demonios pasaría. Sin embargo pensé en el angelito que estaba peleando por salir al mundo y me dije a mi misma que no sería justo para él que yo no luchase.
En cuanto entreabrí mis piernas una punzada bestial me alarmó. Comencé a pujar como me habían enseñado en el trabajo de pre-parto. No te mentiré, en ese momento te maldije con todos los improperios que puedas imaginar.

Desee con todo mí ser que pudieses estar por un segundo en mi lugar, poco a poco los árboles y el cielo fueron desapareciendo y todo cuanto veía comenzaba a volverse gris, oscureciéndose gradualmente hasta convertirse en un profundo y abismante mar negro.

Lo ultimo de lo cual fui conciente fue que mi pequeña niña lloraba de boca al chaleco que había dejado bajo mis piernas. Me encontraba débil, pero aquello no era suficiente para impedirme cargar a mi pequeño, que resultó ser pequeña.

Estaba anonadada ante la perfección de mi angelito. Después de todo, había valido la pena el suplicio.

¡Quien quería tus ojos verdes cuando tenía a una criatura divina entre mis brazos! con sus deslumbrantes luceritos cafés mirándome curiosos

No puedes siquiera llega a imaginar la emoción que me embargó cuando sentí a sus diminutas manitos buscar mi pecho.

El momento en que le descubrí su fuente de sustento y la sentí presionar en busca de alimento, en ese segundo no tuve dudas de que esto era todo cuanto quería, ya nada importaba Edward. Todo por lo que había pasado había valido la pena con creces. Mi niña valía cada lágrima derramada.

Carlie tomaba leche desesperada, cada minuto que pasaba me sentía más débil. Lo último de lo cual fui conciente fue de que me mordió.

— Entonces… ¿ella fue? Digo Carlie…

— Sí Edward Carlie me transformó— sonrió apenada mi niña, en ese segundo moría por besarla, lo intenté, pero al abalanzarme sobre ella su mano me envió a unos tres metros de distancia como mínimo.

En cuanto me puse de pie, ella ya se encontraba frente a mí con una maligna y sexy sonrisa tatuada en su rostro.

— Como te decía, has dicho muchas blasfemias Edward. La primera te la expliqué en parte. Y la segunda es que yo no he dejado de amarte. Claro que cuando dije que mis latidos no le pertenecerían a nadie como a ti nunca fue más cierto y real que ahora. Ya sabes, mi corazón ya no emite ese “encantador sonido”. Ya no soy tu cantante — musitó bajito mi esposa. Mientras se formaba un adorable y tierno puchero en sus carnosos y encendidos labios.
Ante aquello no pude evitar sonreír, pero no era solo un gesto, no, aquella era una sonrisa real. De esas que no se asomaban en mi rostro desde hace cinco años. Mi ángel me había vuelto a la vida.

Sin dejarla terminar presioné mis labios sobre los suyos y permití a esa nube de pasión y deseo envolvernos de esa forma en que no lo hacía desde hace mucho. Nuestras bocas se rozaban y acariciaban con fervor, reconociéndose, disfrutando del placer que proporcionaba el dulce reencuentro. Permití a su lengua adentrarse en mi cavidad y su humedad y tibieza causaron estragos en mi muerto cuerpo.

Mi boca hambrienta imploraba por más, succioné su labio inferior y me deleité con la dulzura que este me otorgaba. Bella no se quedó atrás y antes de que pudiese replicar por que liberó mis labios, la sentí besar con urgencia mi cuello. Me fascinó no ser el único que extrañase al otro. Bella aferró con sus manos mi cabello y se sujetaba de este mientras yo repetía su labor succionado la zona de su cuello.

Antes de que pudiese replicar sentí como sus colmillos se clavaban en mi piel. La succión que ella ejercía me parecía de lo más satisfactoria, aumentando así el placer del momento.

— No huí de ustedes— jadeó Bella.

— Lo sé mi vida— gemí contra su cuello, mientras me deleitaba al sentirla succionando nuevamente mi sangre.

—No abandoné a mi bebe Edward —

— Tranquila… Ya habrá tiempo para aclarar los malos entendidos— susurré en su oído antes de buscar su boca con hambre animal y devorar sus labios.

— He matado humanos Edward— jadeó mi ángel antes de empujarme con suavidad y dejar que solo nuestras frentes se tocasen. Ella cerró sus ojos mientras recobraba la respiración.

— Tranquila Bella, todos hemos cedido ante la tentación alguna vez amor.

— Por eso me fui Edward. Nunca hubiese abandonado a mi pequeñita si no fuese un motivo de vida o muerte. No podía exponerla, mi etapa de neófita no ha sido fácil. Yo.. yo aún no sé que tan cerca puedo permanecer de ella.

martes, 16 de febrero de 2010

A piece of your love

Cap.6. Fantasía vs Realidad.

Mientras el vampiro se retorcía de dolor aún postrado en el piso una niña le observaba sin que él lo notase. Carlie se sentía culpable, ella estaba conciente del daño que le hacía a su padre sin siquiera intentarlo.

Se sentía orgullosa de parecerse a su madre, puede que no recordase mucho, de hecho todo cuanto recordaba era haberla mordido… Sin embargo por medio de las fotos se podía corroborar lo que para todos era evidente. Ella era el vivo retrato de Bella, pese a que el color se sus rizos fuese de una tonalidad cobriza y que su piel fuese de esa textura más propia de los Cullen que de los Swan, la niña disfrutaba de el dulce rubor que heredó de su hermosa progenitora, adoraba la tonalidad café chocolatosa que caracterizaba a sus ojos, le dolía que su padre sufriese en la misma medida que le enorgullecía heredar la hermosura de ambos. “Los mejor de dos mundos” le había dicho su tía Rose, y vaya que sí.

El tiempo pasa y la gente cambia .Hoy se cumple un año desde que Carlie llegó a la vida de Edward. Aún no lograba acostumbrarse a la cruel confusión que esta le provocaba, amor y tortura, eso era ella. Sin embargo desde aquella noche en que su pequeña lo descubrió inmerso en ese abismo sin fondo, preso de la amargura y la soledad. Edward se había jurado nunca más hacer sufrir a su pequeña. Ya había dañado a un ángel, no podría continuar existiendo con la carga de causarle dolor a otro. Más aún cuando se trataba de su propia hija.

¿Qué clase de monstruo era para haber hecho sentir culpable a su pequeño querubín?

Esa noche Edward había estado ahogándose en sus propios sollozos, carentes de lágrimas pero desgarradores como ninguno. Se había dedicado a evocar las memorias de Bella.

Releyó su carta setenta veces siete, el número que según la Biblia debías perdonar a la misma persona y Bella sin dudas había excedido su record, con una paciencia infinita otorgándole una oportunidad tras otra.

Nuevamente el vampiro se encontraba destrozado fruto del remordimiento. Era tanto su dolor que él incapaz de perdonarse recurría a lo único que le daría paz. Sus recuerdos, memorias de un amor peligroso, un amor que debía ser imposible y terminó por ser real. Un amor que había logrado traspasar los límites de la muerte aunque fuese por medio de enfermizas fantasías.

Entonces los pensamientos de culpa en su pequeña hija le alertaron.

No era justo, ella era inocente no era su culpa ser el vivo retrato de su madre. Por el contario aquello era una bendición o al menos de eso quería autoconvencerse Edward…

Desde ese día Edward prometió no volver a poner a su hija en una situación igual.

Cada vez que se sentía sobrepasado se excusaba y dejaba a la pequeña bajo el cuidado de sus hermanas o su madre.

Y esta era una de esas ocasiones. Renesme había pedido permiso para dibujar. Obviamente se lo habían concedido, es que era imposible negarle algo a la adorable pequeña. Sus rizos cobrizos formando diminutos espirales se movían al compás de sus inestables pasitos dándole a la niña un aspecto sobrenatural.
Los minutos pasaban y tantos Edward como los Cullen habían dejado a la niña sola en la sala, mientras ellos disfrutaban de una plática de adultos compartiendo las vivencias de los últimos cinco años en los que habían estado separados.

La plática iba bien hasta que Alice alarmada se dirigió al salón principal de la casa de los Cullen, seguida por el resto de la familia. Sólo para encontrarse con la pared de la entrada completamente inservible, rayada a más no poder y con cientos de pequeñas manitos marcadas en ella. La pequeña Renesme había sacado a flote sus dotes de artista.

Al verse sorprendida la pequeña clavó su vista el en el piso. Como si de pronto este le pareciese de lo más interesante. Pero antes de recibir siquiera un reto un hermoso rubor inundo sus mejillas y aquello fue todo cuanto Edward necesitó para retirarse. El resto de los Cullen no dijo nada. Sabían a la perfección el sabor amargo que dejaba Carlie en Edward. La situación era difícil, pero podrían sobrellevarla. Edward saldría adelante, debía hacerlo…

Mientras que su familia se encontraba al cuidado de su hija él había huido como tantas otras veces en dirección a donde reposaban los restos de su ángel. Se deleitaba acariciando el rostro de la frágil humana sus labios se morían por besarla. Esos ojos cafés reflejaban tanta calidez que se le hacía prácticamente imposible no ceder. La deseaba ¡cuanto la deseaba!, pero él sabía que en cuanto se atreviese a hacerlo ella se iría. Como acostumbraba hacerlo en cuanto Edward perdía el control.

No juzgaba la actitud de su mujer. Comprendía a la perfección el porqué de sus constantes rechazos. Ella aún no conseguía perdonarlo y él estaba conciente de eso, se merecía su repulsión y más. Una eternidad no sería suficiente para pagar sus errores. Sin embargo dolía ¡Dios! El ardor en su pecho le desgarraba al pensar que su mayor anhelo se encontraba a solo centímetros de él. Tan cerca de su boca y no podía besarla, moría de ganas de probar su elixir. Ardía de deseos con cada mirada. Sus cuerpos a una distancia imperceptible para el ojo humano tan cerca y a la vez tan lejos, sin poder rozarse.

Tortura… Y en el arte del sufrimiento el vampiro era todo un maestro.

Los días pasaron llegando así el tan ansiado cumpleaños de su pequeña. Edward se disculpó con la familia y pidió unos minutos para salir a tomar aire…

Todos los Cullen entendían a la perfección lo que eso significaba, Edward iría a visitar a su amada.

Se paró frente a su tumba y comenzó a platicarle… Le preguntó como pretendía que viviese sin ella y comenzó con las clásicas interrogantes que se formulaban en su mente.

Llegado a un punto las rodillas de Edward cedieron permitiendo que el joven viudo cállese de rodillas y nuevamente estallase en sollozos.

Sus cavilaciones fueron interrumpidas por una llamada de Alice, demandándole que fuese de inmediato a casa. Que ya estaba bueno de tanto egoísmo que se dignase a volver a casa y compartir este día tan especial con su hija, le recordó que Bella estaba muerta y que si estuviese viva odiaría verle así. Ella le amaba demasiado para soportar verlo sufrir de esta forma. Además su hija estaba comiendo una siesta y tenía por costumbre despertar en los brazos de su padre, pese al agridulce sabor que esto le dejaba ambos habían creado cierta dependencia hacia el otro.
Cariño, era Alice. Ya sabes, ella tiene cierto don para interrumpir en los momentos menos indicados, ni siquiera ahora me permite un momento de intimidad junto a mi mujer, pero debo decir a su favor que la situación lo amerita. Carlie me necesita, si bien nuestra pequeña se siente muy a gusto y en confianza con nuestra familia, ambos hemos desarrollado un lazo muy fuerte y hay ciertas cosas que puede que no te haya contado. Mi niña es un tanto dependiente de mi. La verdad amor es que Alice vio que despertará en siete minutos amor, y si bien es mitad vampiro también es mitad humana, y ya sabes me recuerda a ti cuando no dormías, tenías un humor… El caso es que no quiero enfrentarme a su ira, ya sabes eso haría que los osos hambrientos parecieran oseznos en comparación a lo que me espera en casa.

Carlie es demasiado consentida y tiene la costumbre de despertar en mis brazos, igual a su madre, yo diría que es una muy buena costumbre, que digo buena, una excelente costumbre. Ya ves, ella ha ido desarrollando con el tiempo cada vez más cualidades similares a la de su hermosa madre.

Mi vida, debo irme, sabes que si fuese por mi me pasaría todo el día a tu lado, pero mi otro angelito me necesita, y más el día de hoy, planeamos hacerle una fiesta sorpresa, eso es lo único en lo que no se parecen, ella adora los regalos, no la culpo, con tías como Alice y Rose no se podría esperar otra cosa. Intentaré venir más seguido Bella, Dios sabe que deseos no me faltas, pero cada día que pasa enfrentarme a ti, esto, asumir la situación en la que nos vimos envueltos… A veces simplemente me supera.

Te amo Bella, eres mi único amor, descansa ángel Mío.

Edward se levantó del suelo y procedió a limpiar sus rodillas aún repletas de barro. Caminó con lentitud sin necesitarlo. Esperando que por acto de un milagro la tumba se abriera y la castaña saliese de ese oscuro encierro corriendo en dirección a sus brazos.

Comenzó a patear cada piedra que se le encontraba en el camino. No quería llegar a casa aun, no podía hacerlo, no estaba listo. Tomó el celular y se excusó con Alice. Pidió disculpas aunque estuviesen de más pues su hermana lo había visto todo.

Corrió en dirección al prado, su prado. El lugar en donde estuvo a punto de hacerla suya en más de una ocasión.
—Para, Edward. Detente

—¿Por qué?

—No quiero que hagamos esto ahora.

—¿Ah, no?

—¿Por qué? Te amo. Te deseo. Justo ahora
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Se aferro a un árbol como si en ello se le fuese la vida y gritó. Soltó un gruñido que ahuyento a la toda la fauna cercana en los alrededores. Una fuerte lluvia descendió del cielo. Sin piedad aumentó su furia logrando que Edward quedase empapado.

— ¡¿Por qué?! — gritó el vampiro en dirección hacia el cielo.

— ¡¿Por qué insistes en dejarme?— gimió sin fuerzas

— ¿Por qué me alejas? — preguntó el joven padre a un volumen inaudible

— Sé que te falle, sé muy bien que fui un idiota Bella. Tengo claro que te perdí, pero lo he pagado Amor, me sentenciaste a un dolor desgarrador amor. Ni siquiera en mis visiones me permites besarte amor.

— ¿Tanto asco me tienes?

— ¿Es tan fuerte tu orgullo para opacar nuestro amor?

— ¿De que te sirvió perdonarme si es más débil que el olvido?

— ¡¿En que ayudó el querernos si no lograrías arrancar los malos recuerdos Bella?! — gritó enfurecido el muchacho.

El cielo lloraba sin dar tregua dejando al vampiro cubierto de lodo.

— No amor… No quiero que sufras mi ángel, no tú.

— No llores amor mío, perdóname… No derrames lágrimas por quien no las merece. Sin demasiado valiosas para ser desperdiciadas Bella.

Preso de la ira y una infinita culpa Edward calló de rodillas. Ya sin fuerzas para llorar y empapado de lágrimas se dio cuenta que estaba en el mismo lugar en el que casi hace suya a su mujer.

Aquel trozo del prado los había cobijado en ese mágico momento. Los árboles y arbustos fueron silenciosos testigos de ese encuentro. Del momento en que Edward recorrió todo su cuerpo con ávidas caricias. Mientras sus labios devoraban los de Bella. Se deleito rememorando aquel encuentro.
—Vámonos de acá, a pocos kilómetros hay una cabaña que pertenece a mi familia, la noche comienza nublarse y no quiero que te enfermes y pesques un resfriado—

—No Edward, quiero seguir aquí contigo, vivir la adrenalina de que me hagas tuya bajo la lluvia—

—Te Amo. Es una escusa muy pobre para todo le que te he hecho pasar, pero es la pura verdad.

— Yo también te amo Edward, más que a mi propia Vida—
Recordar, recordar y sólo recordar. Eso era todo para lo que servía Edward. Cambió su posición y remplazó el estar sentado de rodillas por formar un perfecto capullo con su cuerpo. Escondiendo su cabeza entre las piernas y rodeando estas con sus manos.

Se entregó por completo a las sensaciones que su cuerpo experimentaba. Dejó que el dolor se apoderada de él y que utilizase su cuerpo a su antojo.

Se deleitó con las caricias inexistentes que su ángel le profería. Disfrutó de los besos que jamás llegarías y por sobre todo se dejó llevar por la musical voz de su ángel.

— Edward— llamaba la chica de voz angelical

— Edward, mi vida responde— gritó aterrada la muchacha, mientras su empapado cabello marrón se pegaba a su cuerpo.

Él novato padre se encontraba tan perdido en su burbuja personal. Vislumbrando fantasías y disfrutando de masoquista juego de mentiras del que se había vuelto adicto que no reparó en el fuerte aroma de fresas y lavandas que se encontraba frente a él, claro que mezclado con la esencia propia de la lluvia recién caída y el perfume dulzón propio de los de su especie. No él prefería concentrarse en su dolor. Soñar con un imposible, deleitarse con la tortura de los labios que nunca tocaría y las caricias que le estaban prohibidas recibir.

Tenía a su mujer en frente suyo intentando despertarle y no se daba cuenta.

A piece of your love

Cap.5. Más presente que nunca.

Mientras Edward se deleitaba observando al resto de su familia caer rendidos bajo la innegable habilidad de su hija por cautivar a todo quien le rodease sonreía para si mismo. Aquella imagen hubiera alegrado en demasía a su mujer.

¿Cómo pudo un ser como yo crear algo tan maravilloso? Una creatura de la oscuridad engendrando vida. Edward reía ante lo lógico de la suposición.

Las horas pasaban y era hora de que la pequeña Carlie descansara.

A los Cullen no les habita tomado mucho tiempo aprender a la perfección cada detalle sobre la niña. Cada una de sus reacciones fue distinta, Carlisle y Esme le dieron todo su apoyo, Alice y Rosalie eran que menos habían logrado disimular su excitación.

Alice tendría una persona más a quien vestir y arreglar, poco le importaba que la niña tuviese apenas cuatro años, siempre era necesario una sesión de belleza. Sin embargo Rose no se preocupaba tanto de los temas materiales. Ella junto a Emmet habían adoptado la faceta de “los tíos encargados de entretener a la pequeña”. Sí, era todo un deleite observarlos en plena sesión de disfraces, y al parecer todos se sentían cómodos con ello. Jasper por su parte se sentía más tranquilo que de costumbre.

Tuvo que admitir que en algún momento se sintió amenazado ante la idea de ser tío, no es que le molestase ni nada por el estilo, por el contrario, le aterraba la sola idea de no ser un buen ejemplo, más aún siendo el eslabón más débil en la familia. Fue por eso que al comprobar el mismo que la sangre de Renesme no lo parecía algo apetitoso su alegría y calma aumentó de forma más que evidente.

Una vez que la pequeña estuvo dormida todos los Cullen se reunieron en la sala principal y lo que ocurrió a continuación el joven padre ni en sus mejores fantasías se lo esperaba.

Edward recibió esta vez disculpas de toda su familia, no fue como cuatro años atrás cuando nadie se dignó a aparecer. No quedaba un ápice del rencor que él esperó demostrasen por su persona. No es que sus errores del pasado hubiesen sido olvidados, pero, al menos estaba perdonado. “Perdónate” le susurró al oído Emmet Antes de retirarse a la abandonada casa cerca del lago junto a su familia.
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El engaño hacia su ángel era una herida que le perseguiría toda la eternidad, aún después de años se sentía sucio al pensar en que le había entregado su pureza a Tanya, demasiado sensitivo para ser un vampiro, pero aquello era verdad y eso le perseguiría por el resto de su vida. Le había entregado lo único que le podría haber hecho merecedor de una diosa como ella, el único modo en el que estarían en igualdad de condiciones.

Aquel nuevo pensamiento removió sus memorias y lo hundió bajo un manto de agonía.

Edward movido por un deseo casi enfermizo y rayando en lo masoquista subió con su velocidad característica hasta su habitación y sin siquiera detenerse un momento a pensar removió los papeles de una caja escondida bajo su cama.

“Fotos de un baile, de una boda, Acta de matrimonio… Una carta”

Las palabras escritas en el papel con esa caligrafía un tanto infantil le desgarraban por dentro, dolían casi tanto como el hecho de ver la tinta teñida por las lágrimas, lágrimas que de seguro brotaron mientras Bella escribía…

“…Dios Edward, te amo tanto, no tienes idea de lo mucho que te amo, pero no puedo amor, no puedo estar contigo, no ahora que recuerdo todo, maldita sea Edward, simplemente no puedo perdonarte.

Cuantas veces me rechazaste maldita sea, Edward, decías cuidar mi virginidad decías cuidar mi alma, y yo también esperé por ti, soporté cada uno de tus rechazos, ¿por que con ella?, por que no te importó en ese momento mantenerte casto... porque con ella debías ser débil...”

Cayó de rodillas sobre el piso, llorando sin llorar, gritando sin hacerlo… Una mezcla extraña entre dolor e ironía se sentía en el aire…

Simplemente postrado, con la vista perdida en un punto determinado, disfrutando de la exquisita magia de la locura. Observando como sus ojos cafés, tan dulces y cálidos como el chocolate le observaban con profundo amor.

Amor mío, nunca dudes de lo mucho que te amo ni de la falta que me harás, soy tu esposa ¿lo recuerdas?, ahora somos uno, te amo, y siempre te amaré, pero en algunas ocasiones el amor no es suficiente, y por mucho me desgarre el alma admitirlo este es uno de esos caso, mi ángel aunque en ello se me vaya la vida seguiré adelante, continuaré mi vida amor y tendré esa vida humana que siempre deseaste para mi, tendré hijos, una mascota, una casa llena de árboles frutales, ¿ no suena tan malo o si?.

Continuaba inmerso en la lectura. Era extraño y lo sabía, pero que más daba. Si con eso conseguía vislumbrarla a ratos pagaría sin trabas el tormentoso costo. Hechizado por esos luceros se dejó seducir una vez más por la hermosa mujer que estaba frente a él, su cabello caoba era asombrosamente brillante y tentador. Él se sentía ahora como la desprotegida oveja. Sin embargo su temor no era ser cazada, no, a Edward solo le aterraba despertar.
Estaba siendo egoísta y lo sabía, tenía una hija por quien luchar, pero aquello era mayor. ¿Acaso alguien podría entenderle? Nadie lograría ponerse en su lugar aunque tratase pues aquello era imposible.
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No puedes simplemente fingir una vez que pierdes el alma. No puedes pretender fingir sin tu otra mitad. Y Bella para él era eso y más, ella lo era todo. Si le acusasen de enfermo y loco lo aceptaría feliz. Si le tildaban de egoísta y depresivo también lo asumiría, si con eso conseguía un segundo en presencia de su esposa, no importaba cuanto tuviese que sufrir, pasar y soportar. No había sacrificio lo suficientemente grande equivalente a la placentera sensación que se apoderaba de él cada vez que la veía. Un momento en presencia de ella era todo cuanto él podía desear, sin importar que esto fuese producto de su imaginación.

“Tú por tu parte debes seguir tu camino, debes continuar sin mi, debes jurarme que no atentarás con tu vida Edward, debes prometérmelo, confiaré en tu palabra, se que no lo harás por ti, sino por mi, porque me amas tanto como yo a ti y harías lo que fuera porque yo fuese feliz, sé que es egoísta de mi parte, pero algún día debía tocarme serlo no crees.

Te Amo y siempre lo haré, mi corazón nunca latirá por nadie como lo ha hecho por ti.

Infinitamente tuya

Tu esposa Isabella Cullen”

Sus últimas palabras habían sido las que habían marcado su “sentencia de muerte”. Pese a lo ilógico que resultase así es como se sentía el joven vampiro. Su vida sin Bella era vacía, podía tener a Carlie y le agradecía por eso ¡Dios y cuanto lo hacía! Si prácticamente idolatraba a su hija. Sin embargo eran amores distintos y por mucho que le doliese admitirlo la pequeña representaba un constante martirio obligándolo a recurrir a su nueva adicción. Era lo más parecido a la “autoflagelación en los humanos”, pero la verdad era que Edward no le veía otra solución. Incapaz de besar otros labios, sin saber cómo olvidarla, sin fuerzas para partir de cero, se conformaba con eso, así fueran migajas de su ángel las aceptaba gustoso. Como el más humilde mendigo rogando por las sobras de su rey se encontraba hoy Edward, rogando por oír nuevamente el latido descontrolado de su corazón, ver por última vez ese glorioso rubor en sus mejillas, disfrutar de tan solo una caricia, un leve roce bastaría, pero no, ya no estaba… Como en tantas ocasiones su Bella había desaparecido dejándolo con el deseo a flor de piel. Con las ansias desesperadas por su mujer.

Mientras el vampiro se retorcía de dolor aún postrado en el piso una niña le observaba sin que él lo notase. Carlie se sentía culpable, ella estaba conciente del daño que le hacía a su padre sin siquiera intentarlo.

Se sentía orgullosa de parecerse a su madre, puede que no recordase mucho, de hecho todo cuanto recordaba era haberla mordido… Sin embargo por medio de las fotos se podía corroborar lo que para todos era evidente. Ella era el vivo retrato de Bella, pese a que el color se sus rizos fuese de una tonalidad cobriza y que su piel fuese de esa textura más propia de los Cullen que de los Swan, la niña disfrutaba de el dulce rubor que heredó de su hermosa progenitora, adoraba la tonalidad café chocolatosa que caracterizaba a sus ojos, le dolía que su padre sufriese en la misma medida que le enorgullecía heredar la hermosura de ambos. “Los mejor de dos mundos” le había dicho su tía Rose, y vaya que sí.

A piece of your love

Cap.4. Tal Vez.

Las semanas pasaban y yo poco a poco iba ganándome la confianza y el cariño de mi hija.
Hoy se cumpliría un mes ya desde que regresé a Fork. Disfrutábamos de la tarde, el clima estaba de nuestro lado. El sol se mostraba distante, no obstante la temperatura era ideal, la calidez se hacía perceptible en el aire.

— ¡Papi! — la oí llamarme. No supe que actitud tomar, obviamente la emoción no cabía en mi pecho, pero me había pillado de imprevisto.

Me giré a observar a mi pequeña que a duras penas corría riendo en mi dirección, sus mejillas sonrosadas producto de su agitación, sus rizos moviéndose al compás de sus torpes y débiles pasitos. En un mal movimiento mi pequeña cayó, provocándose una leve herida.

— ¿Tienes que ir a Seattle este sábado de verdad o es sólo una excusa para no tener que dar una negativa a tus admiradores?

—Todavía no te he perdonado por el asunto de Tyler, ya sabes. Es culpa tuya que se haya engañado hasta creer que le voy a acompañar al baile de gala.

—Oh, hubiera encontrado la ocasión para pedírtelo sin mi ayuda. En realidad, sólo quería ver tu cara. Si te lo hubiera pedido, ¿me hubieras rechazado?

—Probablemente no, pero lo hubiera cancelado después, alegando una enfermedad o un tobillo torcido.

— ¿Por qué?

—Supongo que nunca me has visto en gimnasia, pero creía que tú lo entenderías.

— ¿Te refieres al hecho de que eres incapaz de caminar por una superficie plana y estable sin encontrar algo con lo que tropezar?

—Obviamente.

—Eso no sería un problema. Todo depende de quién te lleve a bailar
Me dediqué a curar su pequeña herida, tan inocente, tan torpe, tan adorable. Tan… Idéntica a su madre.

Dejé de respirar para evitar contratiempos, pero nuevamente la vida me sorprendió con un milagro. Aquella esencia que me confundió la primera vez que la vi ahora no estaba. Carlie sangraba, mas su aroma no se me hacía para nada deseable. ¿Cómo era esto posible? Entonces me percaté de que mi pequeña sonreía, seguramente leyó el desconcierto pintado en mi rostro.
—¡Papi! — repitió tal cual lo había hecho antes de caerse. Solo en ese entonces fui conciente del acontecimiento que se estaba dando. ¡Santo cielo! Ella me llamó papá…
Mi niña me llamó papá.

— Cariño, ¿Qué has dicho?

— Pa-pi — de haber sido humano mis ojos se encontrarían ahora inundados de lágrimas. Mi pequeña no solo me hablaba sino que me había dicho papá y aquello no tenía precio.

No existen palabras suficientes para expresar la sensación que de la que era preso en este instante. Durante todos los años que llevaba vagando solitario por la tierra nunca imaginé que podría experimentar algo así.

— Carlie ¿Amor por que me llamas así?

— Abuelito Charlie me dijo que tu eras mi papi ¿Tú no me quieres?

—Bella, no quiero que me acompañes

—¿Tú... no... me quieres?

—No.

—Bien, eso cambia las cosas

—En cierto modo, te he querido, por supuesto, pero lo que pasó la

otra noche me hizo darme cuenta de que necesito un cambio. Porque me

he cansado de intentar ser lo que no soy. No soy humano

He permitido que esto llegara demasiado lejos y lo lamento

—No. No lo hagas.
— Mi vida claro que te quiero. Nunca dudes de eso ¿me escuchaste? Nunca. Sólo pregunté por que me sorprendió eso es todo.

— Entonces ¿puedo llamarte papi?

— Claro mi vida. De hecho no puedes imaginarte lo feliz que me haces al llamarme así.
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— Papi ¿estás seguro?

— Por supuesto amor

— No lo sé tal vez no sea buena idea

— Carlie Cullen Swan ¿que es exactamente lo que te preocupa?

— Nada papi. Es solo que desde que abuelito Charlie se fue a ver a mamá tu pasas todo el tiempo conmigo y ahora que vendrán mis tíos ya no tendrás tiempo para mí y…— mi pequeña tenía sus ojitos brillante y una pequeña lágrima amenazaba con escaparse. Desde la muerte de Charlie hasta la fecha habían pasado solo tres meses, pero aquello había bastado para que Carlie y yo nos volviésemos dependiente el uno del otro. Tal cual lo había sido Bella para mí, lo más parecido al oxígeno para un humano, una razón de ser. Un motivo para vivir.

— Hija presta mucha atención a lo que te voy a decir: Tu y sólo tu eres mi razón de ser, Renesme tu eres lo que me motiva a permanecer en este mundo. No existe nada ni nadie que pueda hacer que te ame menos o que te deje de lado. Mi vida tú eres todo lo que me queda de tu madre. Eres un pequeño trocito de ella. Un pedacito de Bella. Eres el fruto de nuestro amor bebe.

No porque vengan tus tíos querrá decir que voy a dejarte de lado. Por el contrario, Cariño conocerás a tus abuelos. Amor ellos se mueren por conocerte. ¡Dios! Si hasta en lo insegura te pareces a tu madre!
—Mentí para salvarte, pero no funcionó. Lo siento

»Pero ¿cómo pudiste creerme? Después de las miles de veces que te dije lo mucho que te amaba,
¿cómo pudo una simple palabra romper tu fe

en mí?

—Vi en tus ojos que de verdad creías que ya no te quería. La idea más

absurda, más ridícula, ¡como si hubiera alguna manera de que yo pudiera

existir sin necesitarte!

—Bella ¡Dime de una vez qué es lo que estás pensando!

—Lo sabía .Sabía que estaba soñando...

—Eres imposible. De qué manera te puedo explicar esto para que me creas?

No estás dormida ni muerta. Estoy aquí y te quiero. Siempre te he querido

y siempre te querré. Cada segundo de los que estuve lejos estuve

pensando en ti, viendo tu rostro en mi mente. Cuando te dije que no te

quería… ésa fue la más negra de las blasfemias.

—No me crees, ¿verdad? Puedo verlo incluso con esta luz. ¿Por qué te crees la mentira y no
puedes aceptar la verdad?

—Nunca ha tenido sentido que me quisieras. Siempre lo he sabido.
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Sólo anhelaba su roce. Sus caricias, Dios, como le dolía recordarla, sin embargo se torturaba rememorando cada momento en su compañía. Buenos y malos, aquello no importaba, mientras en ellos estuviese presente el rostro de su ángel a él le bastaba.

No podía continuar así y lo sabía, mas no tenía otra opción ¿a quién acudiría?

Fue por eso que cuando contestó el llamado de Alice lo primero que hizo fue mandar un beso al cielo, simulando que a su mujer le llegaba. Parecía un niño abrazado a su madre, pero no era un niño. Era Edward Cullen, aferrando a la tumba de su amada, agradeciéndole su ayuda divina. Declarándole su infinito amor incondicional. Recordándole que aquel sentimiento era eterno. Lo sería para ambos, él se encargaría de que así fuera.

Para la pequeña Renesme fue difícil aceptarlo. Era comprensible, Edward era todo lo que le quedaba, su madre le había dejado, luego Charlie. La pequeña al menos tenía el consuelo de que su padre era un vampiro inmortal, no podría morir. Sin embargo podía dejarlo, sí que podía…Motivos no le faltaban. Tener el cielo y el infierno, Amor y dolor, un sabor agridulce … todo ello en una sola persona era mucho, demasiado incluso para Edward. Por otra parte aquello podría ser un buen indicio. Tener tías y abuela sería lo más cercano a tener una madre, Carlie no tenía una figura femenina a quién seguir y Edward estaba seguro de que su madre y sus hermanas estarías más que dispuestas a ayudarle en la crianza de su pequeña y él les estaría enormemente agradecido, por que les necesitaba, Dios… ¡cuanto les necesitaba!

Mientras la pequeña Renesme dormía en la cama que alguna vez ocupo su mujer, por que aquel cuarto no había sido remodelado, no. Todo en aquel lugar permanecía intacto, le aterraba el hecho de al quitar algo de su lugar se perdiese la esencia de su ángel. Estaba siendo ridículo y lo sabía, pero no le importaba, por eso mismo cuando llegó Carlie a su vida no dudo un segundo en entregarle aquel cuarto. Cómo si de un altar se tratase al entregárselo a Carlie hizo casi un ritual. Para Edward aquel sitio era sagrado. En aquel sitio habían concebido a su hija, en aquel lugar se habían entregado en cuerpo y alma. Y ahora en esa misma cama descansaba su pequeña niña…

Unos suaves golpes a la puerta de su cabaña lo salvaron de caer en aquel tormentoso mar de recuerdos nuevamente.
“No entiendo por que tocamos si no necesitamos la puerta para entrar”

Los pensamientos de Emmet le indicaron quién llamaba. Los Cullen habían vuelto y con ellos tal vez, sólo tal vez un poco de equilibrio a su vida… Por mucho que su pequeña le diese las más grandes alegrías también le hacia rememorar sus más dolorosos y bellos momentos…

No todo debía ser Doloroso, El amor no debía siempre estar atado a la melancolía… Tal vez con ayuda de su familia Edward podría comenzar a vivir el presente y dejar de estar atado a su pasado. Tal vez, sólo tal vez vendrían mejores tiempos.

Tal vez.
Sorry por la demoraa niñaas:)

Corona Escarlata

Capitulo 3. Mudanza

Apenas logré caminar unos pasos lejos del bar, cuando vi a Adam acercarse en mi dirección. Una sonrisa se dibujó en su rostro en cuanto me vio. Su mirada me recorrió lentamente, no dejó ninguna parte de mi cuerpo sin escudriñar.


Puse los ojos en blanco. Ese licántropo nunca cambiaría.


-Te vuelves más hermosa cada día, pequeña mía.


-Creí que no te gustaban los vampiros –me reí.


Adam me miró fijamente, su expresión se volvió más seria.


-Tú eres diferente –dijo lentamente-, siempre lo has sido ¿No lo notas?


Aún cuando su expresión había cambiado drásticamente, decidí tomármelo a broma.


-Espero que con “diferente” te refieras a algo bueno.


El suspiró, me tomó de los hombros y me obligó a que lo viera directamente.


-Siempre que hable de ti, voy a decir algo bueno, pequeña mía –dijo.


No me soltó, en cambio se acercó un poco más.


-Así que –me alejé-, supongo que venías al bar…


Negó con la cabeza, interrumpiéndome.


-¿No?


-No –dijo-. Vine con la esperanza de encontrarte por aquí.


-Pero… ¿cómo sabías que iba a venir? –pregunté.


-He aprendido cosas sobre ti durante el tiempo que pasé a tu lado –contestó sonriente, cómo si eso lo hiciera muy feliz.


Sacudí la cabeza.


-¿Por qué querías verme? –le cuestioné-. Ya no tienes que cuidar de mí.


-No, no tengo que hacerlo –coincidió-. Pero me gusta estar contigo.


-A mí también –contesté, pensando en que él licántropo se había convertido en un gran amigo para mí, con todo y su personalidad de conquistador me caía muy bien.


El me dedicó una sonrisa cansada y sacudió su cabeza.


-No lo entiendes.


Fruncí el ceño, mirándolo confundida.


Adam volvió a acercarse a mí, sus ojos fijos en los míos.


-No importa, pequeña mía –dijo tras un momento-. ¿A dónde te diriges?


-A mi departamento –contesté-, quiero recoger mis cosas.


Quería estar en él un rato, aún se me hacía difícil asimilar la idea de que había dejado de ser humana, sólo quería recordar un poco.


El licántropo frunció el ceño. Me pregunté qué parte de mi respuesta era la que había provocado tal reacción.


-¿Te vas a mudar con él? –preguntó, rígido.


-Si con “él” te refieres a Edward entonces sí –contesté.


Sus ojos se volvieron sombríos al mirarme. Durante un rato estuvo así hasta que su mano tocó mi cabello ligeramente, soltó el mechón casi inmediatamente.


Me rodeó con un brazo.


-Te acompañaré.


Fue difícil para mí volver a ver el edificio en el que tantos años había vivido y decirle adiós, sin más. Respiré profundamente y entré en el departamento. Adam me acompaño y me ayudó a acomodar todas mis cosas y meterlas en una maleta.


Lo vi dirigirse a los cajones.


-De eso me encargo yo –dije antes de que su mano abriera el cajón. De ninguna forma iba a dejar que viera mi ropa interior.


Arqueó una ceja, parecía muy divertido.


-Cómo quieras, pequeña mía –dijo.


Me sorprendió que no hiciera alguna broma al respecto, tal vez se estaba comportando mejor.


-Después de todo no me interesa la ropa interior, a menos que te la vea puesta –añadió.


Le arrojé la mesita de noche, que estaba junto a mi cama. La atrapó fácilmente con una sola mano y la puso cuidadosamente en el suelo.


-Cuidado, pequeña mía, puedes lastimar a alguien con eso –comentó.


-Eso pretendía –contesté.


El se río.


Acabamos muy rápido, así que al final, me senté un rato en mi cama.


-¿Vas a extrañarlo? –cuestionó Adam sentándose junto a mí.


-¿Qué?


-Ser humana –contestó.


Me encogí de hombros.


-Algo


El me abrazó.


-Sólo piensa que eres tú –dijo-, no vampiro, licántropo o humano, sólo Bella, eso no va a cambiar.


Le sonreí.


-Gracias


Salimos del departamento, y cerré con llave, para ya no volver a abrir. Adam llevaba la maleta que tenía todas mis cosas, hubiera estado muy pesada para mí si siguiera siendo humana, pero ahora que ya era vampiro, la maleta podía cargarla hasta con un dedo.


-Puedo cargarla yo –insistí por quinta vez.


-Yo quiero llevarla, además una reina no se vería bien sosteniendo equipaje –respondió.


Resoplé. Para mi mala suerte mi vecina favorita también salía de su departamento.


-¡Oh, señorita Swan! –exclamó acercándose a nosotros-. ¿Ya se va?


-Sí –contesté.


-¿Por cuánto tiempo?


-Siempre.


-¿Con su… novio? –preguntó mirando con desaprobación a Adam.


-No es mí…


-Sí –Adam me rodeó la cintura con el brazo que estaba desocupado-, descubrimos que nos amamos y yo no podía soportar más estar lejos de ella y le pedí que se mudara conmigo.


-¡Oh, Jesús! –exclamó la mujer-. Bueno, espero que les… vaya bien.


Se fue rápidamente, moviendo sus piernas lo más rápido posible.


-¡Bendito sea! –siguió hablando en voz alta-. ¡Por fin tendremos paz en este edificio! Por lo menos se irán a hacer sus inmoralidades en otro lugar.


Fruncí el ceño y el licántropo estalló en carcajadas.


-¿Por qué le dijiste eso? –le cuestioné.


-Le hice un favor –dijo-, esa señora sólo vive de lo que puede contar de otros, sólo le di un poco más de diversión.


-Pero…


-Se va a aburrir mucho cuando ya no estés aquí –me interrumpió-, deja que disfrute por última vez.


La mansión, se extendió frente a nosotros, cubierta de negro, la oscuridad predominaba en el cielo. Tomé mi maleta de los dedos de Adam, el me sonrió.


-Nos vemos pronto, pequeña mía –dijo haciendo una ligera inclinación.


Me despedí de él y me dirigí a la mansión.


Los brazos de Edward me recibieron al llegar, y por primera vez, no extrañé lo que dejaba atrás, me sentía en casa estando junto a él.


El acercó sus labios a los mío y me besó.


-Mañana en la noche hablaré con Jacob.


-¿Qué?


-Sí, el quiere que discutamos nuestra situación –respondió Edward.


-Pero no tienen que discutir nada –repliqué-, yo… quiero estar contigo.


El rostro de Edward se iluminó y sus labios volvieron a estar sobre los míos, con más intensidad que antes.


-Me haces muy feliz –dijo sobre mi boca.


Suspiré.


-Así que no tienen de que hablar nada –dije. Estaba preocupada de que se pusieran agresivos por mí.


-Pero no creo que él renuncie a ti fácilmente –replicó Edward frunciendo el ceño-. No te preocupes Bella no pasará nada, sólo tendré que decirle que ahora eres mía.


Me estremecí. No podía permitir que Jacob se enterara de aquel modo, sería aún más doloroso para él. Tenía que hablar con él antes de que Edward lo hiciera.


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Capitulo 4. Verdad


Podía sentir cómo el sol asomaba sus rayos, poco a poco empezando a cubrir de brillo lo que la noche se había encargado de apagar. No quería salir.


-Pronto te acostumbrarás a la sensación –dijo Edward con sus brazos alrededor de mí.


Lo dudaba.


-Sí, Bella –coincidió Alice-, sólo relájate.


Escuché un coche estacionarse enfrente de la puerta, luego unos pasos, que se me hicieron muy lentos, acercándose hasta la entrada. El sonido del golpeteo de un corazón, un ritmo normal y tranquilo.


-Es tu amiga –me dijo Edward.


Sonreí y corrí a la puerta para abrirle.


Me arrepentí de haberlo hecho. Los rayos solares se escabulleron por la abertura de la puerta, llegando hasta mí. Me sentí terriblemente cansada e incómoda con tanta luz. Jalé a Lissa adentro y cerré la puerta rápidamente, la oscuridad me hizo sentir mejor.


La escuché jadear.


-¿La próxima vez podrías esperar a que alcance a tocar? –preguntó-. No sé cómo funcione con los vampiros, pero ¡por dios! Ni siquiera había llegado, cuando una mano sale de la oscuridad y me atrapa.


-Lo siento –me reí-, es que no me gusta mucho la luz.


-Pues tendrás que soportarla, porque hoy vamos a salir –anunció.


Hice una mueca.


-No quiero –dije-. ¿No podemos estar aquí adentro?


-¡Tonterías! –exclamó-. No hay nada cómo salir a tomar un poco de aire, además no es como si al salir comenzaras a humear ¿o sí?


-No, pero…


-¡Bien! –me interrumpió-. Porque ciertamente no me gustaría estar en la calle platicando contigo y que de pronto desaparecieras por combustión espontánea.


Escuché la risa de Alice detrás de mí.


-Además vengo preparada –dijo-, traje esto para ti.


No podía creerlo aún cuando lo estaba viendo, me costó mucho reprimir la risa que amenazaba con salir de mis labios.


-¿Segura que quieres salir? –Edward me preguntó cuando cedí a las peticiones de mi amiga.


-Sí –dije reprimiendo una mueca-, no será tan malo.


Si los licántropos podían salir ¿Por qué yo no? Pero la razón por la que había aceptado era buscar a Jacob y hablar con él lo antes posible.


-Las acompañaré –se ofreció él.


-¡No! –dije demasiado de prisa, intenté corregirlo-. Es decir, no hay problema, estaré bien.


Edward arqueó una ceja, pero no insistió más.


Así que salí al exterior, con la protección que habría traído Lissa para mí: una sombrilla enorme y uno lentes oscuros.


-Entonces –dije mientras me arrastraba hacia su auto-, según tú esto me salvará de los rayos del sol…


-Bueno –contestó encogiéndose de hombros-, hice un esfuerzo, no se mucho sobre vampiros.


-Ya veo –observé. Suspirando me quité la sombrilla y los lentes, me sentía exactamente igual sin ellos, así que no me los volví a poner.


-De acuerdo –dijo cuando llegamos al su cafetería favorita- admito que no fue muy buena idea. Pero mis intenciones eran buenas.


-¿Para que querías verme? –pregunté después de reírme un rato.


-¡Cómo si no supieras! –exclamó entusiasmada-. ¡Quiero muchos detalles sobre lo que pasó aquella noche! Porque casi no entendí nada.


Tras un suspiro, comencé a contarle toda la historia. Lissa me interrumpía a cada rato para hacer todo tipo de preguntas, hasta que por fin terminé con el relato.


-Tú quieres quedarte con el rey de los vampiros –dijo.


-Sí.


-Pero no sabes cómo deshacer la unión que tienes con Jacob –continuó, después de beber un trago de su café.


-Sí –contesté-, y quería pedirte que me llevaras con él, para poder decirle lo que he decidido.


-Claro –accedió-. ¿Pero sabes dónde está?


-No, pero creo que puedo…


-Bella –Jason se acercó a nosotras.


No sabía si estaba más sorprendida de verlo ahí, o de que volviera a dirigirme la palabra.


-¿Qué haces aquí? –le pregunté.


-Quiero hablar contigo


Lissa se levantó.


-Veré si venden… uh, alguna bebida fría –dijo y se fue hacia la caja, el muchacho detrás de ella, parecía muy contento porque mi amiga se hubiera acercado.


-Lo siento –dijimos al unísono.


-No –lo interrumpí-, debí haberte dicho todo desde hace mucho tiempo.


-Pero tenías razón –me concedió-, aunque me lo hubieras dicho desde el principio, aún así mi reacción sería la misma, o quizás peor.


-Sé lo mucho que quieres protegerme –le dije.


Jason me miró fijamente por un momento y suspiró.


-Sólo que pensé –agachó la mirada-, siempre pensé que terminarías junto a… un humano –añadió con dificultad.


Arqueé las cejas.


-¿Por qué? –pregunté-. ¿Los vampiros y licántropos son tan malos para ti? Recuerda que en estos momentos están hablando con una.


-No –negó con la cabeza-, no quise decir eso Bella –añadió viéndose arrepentido, tomó mi mano.


-Lo sé, Jason –lo tranquilicé.


Apretó mi mano.


-¿Cómo se siente?


El cambio de tema me sacó de mis pensamientos.


-¿Qué?


-Ser un vampiro.


-Primero –dije señalando un pequeño menú colocado en el servilletero-, todo lo que ves aquí me provoca nauseas el sólo leerlo.


El sonrió levemente.


-¿Sólo te alimentas de sangre?


Asentí.


-¿Ya te has alimentado? –preguntó un poco más serio.


Otro asentimiento.


-¿De alguna bebida? ¿O directo del envase?


Yo sabía a lo que se refería con la segunda pregunta.


-Del envase –respondí, sabiendo que si fuera humana, en estos momentos mis mejillas estarían completamente ruborizadas.


-¿De quién? –preguntó demasiado curioso.


-Creo que es suficiente de preguntas por hoy –dije incómoda.


-Lo siento –se disculpó-, sólo… ¿es él no? Con quien estás ahora, el rey de los vampiros.


-Sí.


-¿Eres feliz con él?


-Sí.


-Supongo que entonces, está bien.


Sentí una oleada de euforia, la noche se avecinaba.


-Tengo que ir al bar –se inclinó a besarme la frente-, nos vemos.


Me sobresalté, yo aún no había hablado con Jacob.


-¿Qué pasa Bella? –me preguntó Jason.


-Yo… ¡Lissa! –grité.


Ella se giró hacia mi asustada, ya que estaba muy entretenida con el muchacho de la caja registradora.


-¿Qué sucede mi reina? –un licántropo alto, se había acercado a mí.


-Nada, es decir sí –cambié de opinión-. ¿Sabes dónde está Jacob?


-Debe de estar de camino al Luna Llena –contestó él-, donde se reunirá con el rey de los vampiros.


-¿Bella? –Lissa llegó corriendo hasta la mesa.


-Lissa vamos al bar.


Pude sentirlo antes de entrar, Jacob estaba adentro, y él probablemente sabía que yo había llegado. Por eso no me sorprendió verlo de pie, ofreciéndome una sonrisa amable. Una sacudida me recorrió cuando me abrazó.


Me retiré y lo miré a los ojos.


-Jacob, tengo que decirte algo.


El se acercó la distancia que yo puse entre nosotros y tocó mi cabello.


-Estoy a tus órdenes mi reina –contestó.


Tomé su mano y con delicadeza la aparté de mí.


-Yo –comencé insegura-, yo quiero a Edward.


Me mordí el labio, esperando su reacción.


Sus ojos se apagaron, me miró con tristeza.


-Yo respeto cualquier decisión que tomes, Bella –dijo-, pero no puedes impedir que siga luchando por ti. No me voy a rendir, no cuando aún te siento parte de mí.


Sacudí mi cabeza.


-Pero Jacob…


El se inclinó hacia mí, y de pronto un brazo fuerte lo había tomado de la camisa y lo había apartado de mí con brusquedad.


Edward había llegado y se había colocado a mi lado protectoramente.


-Qué bueno que has venido –dijo Jacob-, tenía muchas ganas de hablar contigo.


-Yo también –respondió Edward.