Dark Chat

sábado, 13 de noviembre de 2010

PARODIAS DE TWILIGHT

HELLO MIS ANGELES HERMOSOS!!!
aqui les dejo estos videos ,q me encontre navegando por youtube , estan buenisimos  y muy divertidos , no se si ya los hayan visto ya .  aqui se los dejo

Twilight





New Moon






Eclipse

 






Destellos de Oscuridad

Capítulo 8

El lobo y el vampiro

Apenas pudo permitirse reaccionar; escudriñar en la mañana fría, el viento húmedo y los alrededores solitarios e inciertos, cuando un rugido resonó en el aire, uno más fuerte que el anterior y, de pronto, una masa gigantesca cubierta de espeso pelo café brincó sobre ella y se situó entre ella y el visitante inesperado.

-¡Jacob!

Su impresión era tal, que ni siquiera había podido darse cuenta del movimiento del licántropo; cómo había pasado, durante un respiro, de sostenerla entre sus brazos a convertirse en un defensor agresivo y mortal.

El vampiro se adelantó unos pasos; su cuerpo estaba completamente rígido, sus manos cerradas en puños y su boca entreabierta dejando al descubierto unos afilados colmillos, los cuales parecían ansiosos por desgarrar una garganta lobuna en cualquier momento.

-Jacob, por favor, tranquilízate –le rogó Bella.

Pero él apenas y la escuchaba, sus ojos se habían oscurecido completamente, cediendo ante el instinto posesivo y protector, el cuerpo estaba agazapado, listo para saltar, y el hocico completamente arrugado en una mueca que hacía lucir una blanca ristra de dientes.

-Edward… Jacob…

La vampiresa tenía serias dificultades para comunicarse con ellos, pues ninguno parecía prestarle atención más que al otro. Los vio dar un paso más cerca y ponerse en posición de ataque…

Tenía que hacer algo.

Bella, con toda la agilidad que poseía, hizo lo único que se le ocurrió para hacerse notar: se puso en medio de los dos.

Los escuchó gruñir en protesta.

-¡No me voy a quitar de aquí! –exclamó. Giró su cabeza de un lado a otro; Edward parecía más calmado, pero no paraba de lanzar miradas hacia el lobo y Jacob había dejado de gruñir a pesar de tener todas las extremidades en tensión.

-Bella…

-¿Qué haces aquí? –cuestionó ella, interrumpiendo al vampiro.

Edward la vio durante unos momentos a los ojos, su mirada dorada se clavó sobre ella con tal fuerza que Bella no pudo evitar sentir algo cálido que la recorría. Se asustó por aquella sensación y desvió la mirada.

-Vine a verte.

El lobo gruñó.

-Jacob –le advirtió Bella, con voz firme, observando al lobo severamente hasta que su protesta se extinguió.

-¿Quién es ése? –exigió Edward, con los ojos sobre el licántropo. Su tono parecía un tanto despectivo e irritado.

-No es "ése" –le corrigió Bella, un tanto molesta- Es él, se llama Jacob y es mi amigo.

-Por lo que observé hace unos minutos él pretende algo más que tu amistad.

Bella se quedó sin habla después de eso; en primera porque aquella afirmación era completamente absurda, sí, Jacob la apreciaba a pesar de ser diferente a él, pero no creía que un licántropo se fijara de aquella manera en un vampiro jamás y, segunda, se extrañó por el sonido molesto en el tono de Edward, casi parecía… celoso. Pero eso era ridículo porque, si bien ella sabía que ese vampiro quería algo de ella, estaba segura que no se trataba de afecto.

-Eso es ridículo –dijo después de un rato-, además eso a ti no debe importarte.

-Sí lo hace y demasiado.

Bella se mordió el labio, repentinamente incómoda. Sin embargo, algo mucho más importante se coló entre sus pensamientos y la hizo hacer todo lo demás a un lado: su hermana. Tenía que ver a Amy y pronto, por supuesto tenía que asegurarse de que el vampiro no la siguiera, no pensaba arriesgarla.

-Creo que debes irte, Edward.

Por unos segundos, la expresión del vampiro trasmitió tal desolación y dolor que Bella tuvo el impulso por confortarlo, pero aquello desapareció muy rápido.

-Bella…

-Vete –le interrumpió ella, negando con la cabeza.

-Lo haré si prometes que accederás a verme pronto –dijo él.

El lobo trotó hasta ella y se situó junto a su pierna, tan cerca que Bella pudo sentir todo el calor que irradiaba el cuerpo de Jacob. Lo escuchó gruñir y tuvo que acariciarlo para silenciarlo.

-Sin mascotas presentes –añadió Edward frunciendo el ceño hacia el licántropo.

Esto sólo hizo que el lobo se molestara más y le enseñara los dientes.

-Jacob, por favor… Edward no debiste llamarlo así –Bella los reprendió, después se encontró con la mirada del vampiro y se dio cuenta que no iba a poder negarse a su petición, así que asintió-. De acuerdo, pero vete ya.

Edward sonrió y desapareció.

-Vamos, Jacob, tenemos que ver a mi hermana.

Cuando Emily abrió la puerta aquel día su expresión sonriente se transfiguró a una de divertida sorpresa cuando notó el gran lobo que se encontraba a unos pasos de Bella.

-Sam tiene ropa arriba, Jake –ofreció ella.

El lobo medio gruñó en respuesta, se escabulló entre las dos mujeres hasta llegar a las escaleras, dónde se perdió de vista.

-Parece que ahora tienes escolta propia, Bella –se rió Emily.

La vampiresa le respondió con una sonrisa.

-Es muy amable Jacob, pero no quiero que pierda su tiempo en estar vigilándome.

-No creo que él lo considere como perder el tiempo –apuntó la mujer-lobo-, es más… después de observarlo por un tiempo he empezado a pensar que…

-¡Bella!

Una hermosa niña corrió hasta la vampiresa y se arrojó a sus brazos en cuanto ella los extendió.

-Vamos, quiero que me leas una historia –Amy agitaba en su brazo un libro viejo-. ¡Por favor!

Bella se rió.

-Pero aún no es de noche –dijo.

La pequeña hizo un mohín con los labios.

-Es que ya no me visitas mas que en la noche –comentó la niña.

-De acuerdo, de acuerdo…

Bella se llevó a su hermana al cuarto que le había cedido Emily y la dejó en la cama.

-¿Cuál quieres que te lea?

-Ya sabes cual –dijo la niña.

Bella puso los ojos en blanco y comenzó a leer. Su voz envolvía la habitación y la trasportaba a otra época, diferentes situaciones y hacia emociones que casi podían sentirse a través del sonido suave de las palabras. Había leído ese cuento demasiadas veces, casi podía decir que ni siquiera tenía que seguir las letras con la vista, solas llegaban hasta sus labios. Sin embargo, ese día en particular experimentó algo extraño cuando avanzaba en la trama, era como si, por primera vez, experimentara todo lo que trasmitía la historia, se sintió… sola.

Cuando iba a la mitad, escuchó una risita y levantó la vista del libro, para encontrarse con el rostro, pequeño y sonriente, de su hermana quien observaba algo atrás de ella.

-¿Qué pasa, Amy?

-Tenemos compañía –respondió su hermana.

Bella giró su cabeza y se encontró con la alta figura de Jacob apoyada contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre su pecho y los ojos cerrados. Se veía completamente tranquilo.

-Si quieres me voy –le dijo sin abrir los ojos-, pero me gustaría quedarme a escucharte, me encanta el sonido de tu voz.

-Deja que se quede –pidió Amy, con sus ojos brillantes, como si conociera un secreto que ella no.

-Sí –dijo Bella, sintiéndose extraña-, continuaré.

Se introdujo en la historia tan fácilmente que todo a su alrededor volvió a desaparecer debajo de las palabras. Cuando terminó, cerró el libro y se lo entregó a Amy, quien lo abrazó con amor.

-Sabes… esa historia tiene algo de cierto…

-¡Lo sabía! –exclamó la pequeña.

Bella sintió el colchón ceder ante un nuevo peso y supo que Jacob se había sentado a su lado. Ella sonrió y se giró.

-¡Tú también! –resopló medio divertida-. No debes seguirle el juego a mi hermanita…

Pero se calló cuando se dio cuenta que él estaba serio.

-Ehmm… ¿Qué quieres decir?

-Los compañeros –él respondió como si fuera obvio.

Bella hizo una mueca de confusión.

-Cada licántropo y vampiro –hizo un gesto hacia ella al decir la última palabra-, tienen un compañero, sólo que unos tardan más en encontrarlo que otros.

-Y… ¿Ese compañero es como decir la pareja? –cuestionó Bella.

Jacob se rió.

-¿No sabes mucho acerca de ti o no?

Bella se encogió de hombros.

-Cómo puedes imaginarte, no paso mucho tiempo con los de mi raza –dijo ella-, y si lo hago, no es en plan pácifico.

El licántropo no pudo esconder una sonrisa de satisfacción.

-No –contestó, después de un rato-, un compañero no es como una pareja, no como con los humanos, porque un compañero es eterno.

Bella se estremeció, todo ese asunto le resultaba confuso y algo atemorizante, no podía imaginarse queriendo tanto a nadie más que a su hermana.

-¿Tú ya te enamoraste, Jake? –cuestionó Amy, sonriendo.

Jacob observó a Bella por unos instantes y después su mirada se posó en la puerta, como si de pronto la encontrara fascinante, la piel de sus mejillas se ruborizó.

La vampiresa no pudo evitar compartir la diversión de su hermana.

-¿Eso significa que ya tienes compañera? –preguntó Bella-. ¿Es algo como lo que tienen Emily y Sam?

El licántropo negó con la cabeza.

-No, mi caso… es completamente diferente –soltó-. Además, las hembras… no se dan cuenta tan rápido como los machos.

-Jake ¿Crees que un licántropo se puede enamorar de una vampiresa? –cuestionó la niña.

El rostro de él enrojeció más.

-¡Amy! –la regañó Bella, quien ya sospechaba a dónde quería llegar su hermana.

Jacob se disculpó con ambas y salió de la habitación argumentando haber olvidado algo que tenía que hacer.

Al atardecer Bella, pese al dolor de su corazón, tuvo que despedirse de su hermana y se dirigió a su departamento. Sin embargo, estando a unos pasos de llegar, de pronto sintió un cambio en el ambiente, un aroma irresistible se mezclaba en el viento y se dio cuenta que tenía sed.

Tenía que ir al hospital a pedirle un favor a Sam. Debía conseguir sangre y pronto.

Pero mientras avanzaba, una silueta se hizo visible asta adquirir la forma de Edward Cullen.

Bella se detuvo, sorprendida, asustada. Porque el aroma que había detectado venía… de él.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Phonography

Cap . 8 Estas tentándome

No estaba preparado para escuchar esa confesión de sus labios, dolió, se sintió tan doloroso como un puñal en la mitad del corazón, igual que un sable aquellas palabras se adentraron en mi ser llegando hasta medula de mis hueso sin piedad.

En ese minuto me quede sin habla, atónito, sin argumentos, sin nada que reprochar en realidad era incapaz de sacar de mi mente la imagen mental que me había formado producto de aquella confesión a cambio simplemente la observe impertérrito buscando la lógica a todo, a mi vida, a nuestra aventura, a esto.

¿Bella estaba embarazada de él? ¿Se había acostado con los dos? ¿El mismo día?

No podía creerlo, me rehusaba a creer que sus promesas hubieran sido una mentira, me rehusaba a creer que ella, mi ángel personal, la razón de mi existencia me hubiera engañado.

¿Cuándo? ¿Cómo?

Y al segundo de pensar aquello se apoderó de mí una furia indescriptible, asemejada solo al odio profuso que se tiene por un enemigo. Su expresión aterrada y avergonzada me lo estaba gritando todo, lo que por un minuto pensé podría ser una clase de pesadilla, una mentira tonta era una irrefutable y segura verdad.

La mujer frente a mí no tenía idea de quien era el padre de su hijo ¡Insólito! ¡Macabro! ¡Estúpido! ¡Bestial! ¡No podía ser verdad! Ella, no.

El repiqueteo constante y fastidioso de un par de zapatos me hizo regresar a la macabra realidad del momento. Dudé.

Quise acercarme hasta su posición, por un cuarto de segundo mi corazón grito, de manera desgarradora que ese hijo era mío y nubló mi orgullo de hombre traicionado pero esa misma fracción de tiempo hizo surgir al demonio interno que me grito lo contrario y me hizo finalmente dudar.

No tenía que haber sido ni biólogo ni medico para darme cuenta de las probabilidades, eran la mitad que fuera mío y la mitad que fuera de él. Incluso sí él había sido el primero yo contaba con las mismas chances. Macabro juego del destino… ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón… ¡Maldito!

En ese minuto quise indagar por algo demasiado obvio a esa altura pero luego pensé ¿Para qué? ¿Con qué objeto?. Mis pasos me llevaron hacía el lado contrario al que Bella estaba esperando. Huía.

Con un dejo de tristeza noté ahora como su expresión se hacía incluso más aterradora. El miedo la embargó por completo.

¿Acaso yo estaba fallándole? ¿Acaso ella no me había fallado a mí?

Compromiso, solo había pedido compromiso y verdad a cambio había obtenido la más maravillosa y adictiva mentira pero al final y al cabo una simple mentira.

El susto reflejado en aquellos hermosos ojos marrones la delató y al notar como alzó sus cejas sorprendida al verme tomar la cortina que nos cubría era la señal inequívoca de una decisión tacita pero explicita: Me iría.

Ella, en su infinita suspicacia femenina lo había adivinado incluso antes que yo. Me habló enseguida.

— Edward… no… por favor… escúchame… —fueron sus primeros monólogos corrompidos por un llanto que comenzaba a fluir y que extrañamente hoy no me conmovió. Guardé un silencio castigador, una censura a un daño irremediable.

Giré mi cuerpo dándole la espalda apenas la sentí sollozar ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué él? ¡Mierda! ¡Mil veces mierda! ¡Malditas hormonas! ¡Maldito deseo! ¡Maldita humanidad!

— Te lo suplicó… sólo escúchame —balbuceó con la voz ahogada.

Entonces cerré mis ojos aún sin darle la cara y sentí como en mi el orgullo fue más fuerte, no podía, simplemente no podía, no era tan noble como el personaje, jamás lo había sido. Era irremediablemente tan solo un humano, un hombre, uno al cual le habían mancillado el espíritu.

— No… me dejes —pidió en un grito desgarrador y guardó silencio sorprendida de ella misma. Sentí como respiró hondo y esa petición fue la última que escuche.

Tropecé con todo aquel que se cruzó por mi camino, a tientas logré salir de aquel recinto y para cuando lo hice ya había amanecido. Caminé sin sentido por varias horas hasta que me detuve en un callejón quien sabe donde. Fue a mí ahora a quién le dieron nauseas, nauseas de solo imaginármela en sus brazos y luego ¿en los míos?

— ¡Edward! —sentí un grito en la distancia, fue como si ella estuviera allí junto a mí lo que era imposible, la había dejado sola en aquel hospital hacía horas.

Mi corazón colapso. Una ráfaga de aire se coló por el callejón donde permanecía recargado contra la pared, con mi rostro entre las manos. Estábamos en Hawai y yo sentía frío.

De pronto sentí que no era correcto lo que acaba de hacer, dejarla allí en aquel lugar a su suerte, sola. Completamente abandonada y quise volver. Alce mi cuerpo cargado de arrepentimiento ¿Se suponía que yo la amaba?

Sí era así entonces ¿Por qué mi corazón se desgarraba y colapsaba de rencor? Encaminé mis pasos hacía la salida dispuesto a volver por ella pero aquel intento fugaz se vio apagado por una interrogante ¿Cómo iba a ser capaz de enfrentar que Bella iba a tener un hijo que no era mío? Desistí y volví a maldecirlo a él y a mí mismo por haber caído en el juego mortal de la seducción.

Nuestro amor se había roto como un jarrón en mil pedazos y ella había sido la culpable de aquello pero entonces ¿Por qué me sentía tan mal?

Me lleve las manos a mis bolsillos delanteros y tomé entre mis dedos temblorosos mi celular, el causante de todo, el testigo de mucho. La pregunta era ineludible: ¿A quién debía avisarle? ¿A él?, ¿a sus padres?, ¿a los productores?, ¿tal vez a Rosalie?

La decisión era difícil. Camine en círculos con el pequeño aparto entre mis dedos ¿Le habría avisado ya ella a alguien?

¡Podría ser tu hijo!

Me grito una vocecilla interior y no podía irme sin saberlo. No podía simplemente alejarme y fingir que nada había pasado, eso me convertía en un cretino, uno que no era.

Tenía que encontrarle una explicación lógica a toda esa verdad que me había confesado. Necesitaba acallar este sentimiento de tan confuso que había inundado mi corazón por completo y que a cada segundo seguía nublando mi razón. Caminé hasta la calzada solo para advertir que, extrañamente y contra lo que había pensado, no me encontraba muy lejos del hospital.

Llegue de vuelta y justo en el momento en que iba a preguntar por el medico que había tratado a Bella, le vi.

— ¿Puedo hablar con usted? —le pedí desesperado.

Necesitaba un consejo, necesitaba hablar con alguien, que alguien me dijera si eso era posible, necesitaba aferrarme a algo para volver donde ella.

— Claro —contestó extrañado.

Dejó un block de apuntes y nos apartamos hacía un costado.

— y bien usted dirá —exclamó y se quedo mirándome pensativo.

— ¿Qué era lo que tenía que preguntar? ¿Podría el darme la respuesta que buscaba? ¿Haría la diferencia su respuesta? ¿Qué haría si las probabilidades aumentaban en su favor y no en el mío? ¿Podría vivir con ella y con un hijo que no era mío?

Había una que estaba encabezando la lista pero que no me atrevía a preguntar.

¿Podría ser de ambos?

Pero como iba a revelarle a un médico, a su médico que, quien supuestamente era mi "novia" "mi esposa" a sus ojos se había metido con dos hombres al mismo tiempo. Sonaba extraño, incorrecto, vulgar. Suspiré arrepentido. Miré al horizonte y disfrace la pregunta.

— ¿Hay maneras de saber quién es el padre del bebe? —inquirí mirando literalmente al suelo avergonzado por dudar ¿Acaso no tenía motivos suficientes para hacerlo?

Alce tímidamente mi vista justo cuando termine de formular la pregunta, el médico suspiró poniendo sus manos en los bolsillos.

— ¿Crees que no es tuyo? —cuestionó y mi corazón latió con furia.

¿Lo creía?, me pregunté yo mismo.

— Es complicado —contesté, sus ojos me escrutaron de una manera un tanto reprobatoria ¡Sí él supiera! Pensé.

— Existen pruebas de ADN que son bastante concluyentes… —concluyó directo y certero. Sin anestesia y un tanto molesto. Aún así lo interrumpí.

— ¿Podrían realizarse, esas pruebas, ahora? —averigüé atropelladamente.

— ¿Prenatales? —Exclamó en un balbuceo exagerado, asentí —Podría pero… ¿No sería más fácil que le preguntarás a ella sobre la paternidad? —-comentó.

Era cierto, en cualquier otra circunstancia sería lo correcto. Simple y fácil, tan solo una pregunta y una respuesta pero no estábamos frente a una situación ordinaria ni común. ¡Ella no lo sabía!

— ¿Podrían realizarse ahora? —insistí

— No —contestó y luego agregó — Esas pruebas se realizan desde la décima semana —aclaró aún más ante mi expresión desconcertada, enmudecí ¿Más de un mes con la duda? ¡Castigo y más castigo!

— Hacerlas ahora es riesgoso, podría sufrir una perdida sin considerar que evitamos una hace algunas horas nada más —añadió — Mi sugerencia es que, de insistir en hacerlas, fuera lo más avanzado del embarazo que se pudiera, incluso yo, de manera personal, preferiría que esas pruebas se hicieran después que naciera el bebe —decretó enarcando una ceja mientras lo explicaba.

¿Cómo iba a esperar nueve tortuosos meses haciéndome tal vez falsas ilusiones de un hijo que no era mío?

Era de noche y estaba realmente cansado, tenía unas inmensas ganas de tirarme en la cama por lo que no dude en entrar a pesar que el ascensor venia lleno.

Tenía claro que mi cuerpo se apretujaría contra el de la persona frente a mí pero a esta altura me daba lo mismo. Para mi suerte era una mujer, hubiera sido bastante vergonzoso e incomodo que hubiera sido un hombre. Mi piso era el veintitrés y recién estábamos llegando al tercero.

Un perfume embriagador llego hasta mi nariz cuando el cuerpo, diminuto y frágil, se movió en su posición. De inmediato despertó mis instintos más básicos y el movimiento sutil pero persistente del elevador lo acrecentó.

Su cuerpo se friccionaba contra el mío y era primera vez que me sucedía algo así. Literalmente sentía su trasero acercarse peligrosamente hasta aquella parte más sensible de mi cuerpo y que, aunque yo no quisiera, no tardaría en reaccionar.

Fue entonces cuando el ambiente se colmó de una extraña esencia despertando mis deseos más libidinosos. Traté y juro que traté de quitar aquellos deseos, incluso busque la gota de aire, inexistente a este punto del trayecto, que pudiera hacerme desistir de tener fantasías sexuales dentro de un ascensor repleto pero no lo logré. Lo más cerca que estuve de apagar ese deseo, ahora creciente, fue ver en el rostro de varios de los pasajeros reprochando ese movimiento, para mi totalmente desesperado, que yo realicé. Mala idea había sido subirse, mala idea buscar la gota de aire. Me fulminó la mirada de una señora que estaba dos cuerpos de distancia, sentí como sus ojos negros se clavaron en los míos mientras enarcaba sus cejas y fruncía el ceño, después de sostener su mirada por unos breves minutos, los suficientes para hacerme sentir miserable, desvió su mirada hacía la puerta despectivamente.

¿Qué se supone tiene que hacer uno?

Pensé enojado mientras le devolvía la mirada molesta de regreso.

Esperar por el siguiente

Me contestó de inmediato la conciencia.

Para el piso séptimo estaba exasperado y aunque se habían bajado un par de personas aún había aglomeración en aquel diminuto espacio. Grande y oportuna fue mi sorpresa cuando las puertas se abrieron por tercera vez en el décimo piso respiré aliviado al advertir que, finalmente y contra todo pronostico, el ascensor quedaría completamente desocupado.

Espere pacientemente por que todos bajaran a un costado, entré de vuelta y justo cuando las puertas se iban a cerrar unos dedos finos se interpusieron. Automáticamente y sin pensarlo, mis manos se fueron al tablero y apreté el botón para que permanecieran abiertas.

Jamás había visto unos ojos marrones como aquellos, ni un cuerpo tan perfectamente delgado que sería la envidia de cualquier mujer al menos cien metros a la redonda. Entro despacio, sin mirarme directamente y se recargo contra la pared opuesta a la mía con la vista al frente.

La miré de reojo solo para darme cuenta que su cuerpo estaba fundado en un precioso y ajustado vestido de verano, tan ceñido al cuerpo que dudaba que fuera legal ponérselo. Cuando miré el tablero de los pisos me percaté que habían aún dos lucecitas encendidas: una era la mía que correspondía al piso donde iba y la otra debía ser de ella, cuando lo analice me percaté de lo impensado, ella había sido el cuerpo que había estado por seis pisos frente a mí y contra el cual el mío había estado friccionando producto del movimiento. Suspiré.

Trece, catorce, quince

Titilaba en el tablero, lento y tortuoso cambiaban los números, uno a uno, suspiré otra vez tratando de contener en mi esa esencia que ahora embriagaba a todo el elevador, miré al techo. Tenia que sobrevivir hasta el veintitrés claro que ella se bajaría en el diecinueve.

Dieciséis

El cuerpo a un costado de mí hizo un movimiento totalmente involuntario pero enteramente provocador. Disparo mi adrenalina al sentir como su cuerpo, más específicamente sus caderas, sin querer rozaron contra mis piernas cuando se puso frente a mí para bajarse

Diecisiete, dieciocho

Mi corazón comenzó a latir furioso y una idea maliciosa cruzo mi mente lujuriosa. Miré el botón rojo característico, ese que nadie quiere apretar a menos que este en una emergencia. Una real emergencia. Cuando el indicador cambio del número mostrando un despampanante diecinueve más luminoso que lo habitual y a segundos que las puertas se abrieran. Di el paso certero y mi dedo apretó aquel indeseable botón.

La luz de un blanco iluminado cambio a un tostado sombrío – luz de emergencia – por fracción de segundos ninguno hizo ningún movimiento, nos quedamos estáticos donde estábamos, solo sentía el repiqueteo de mi corazón en mis oídos

¿Qué estaba haciendo? me grité en mi interior.

Un impulso de arrepentimiento me invadió y justo cuando iba a arrepentirme de haber detenido intencionalmente el ascensor sus delicados dedos me lo impidieron. Basto solo ese roce tan ingenuo e inocente pero tan morbosamente esperado para que el deseo desenfrenado tomara el control.

Se giró sobre su posición encarándome, advertí de inmediato sus labios que ahora estaban teñidos de un rojo topacio. Me quede absorto contemplando aquel par de labios, imaginando como sería besarlos cuando mi fantasía se cumplió. Su rostro se acercó al mío y sin mucho preámbulo me beso. Nuestros labios danzaron ese rito tan viejo y conocido pero tan perversamente exquisito.

La tibieza de su boca contra la humedad de mi lengua era una droga que si volvía a probar me convertiría en un adicto sin posibilidad. Nos invadió la urgencia propia de dos amantes, recargue desesperado su cuerpo contra la pared trasera del vendito elevador.

Sentí como sus manos, tersas y tibias tomaron mi rostro entre ellas acariciándolo mientras aún nos besábamos. Sólo me separé de aquellos labios hechiceros por la necesidad de aire. Su mirada me penetró hasta el último hueso de mi cuerpo, me deseaba y eso me incitó.

Sus mejillas teñidas de un carmesí hermoso producto del encuentro que estábamos teniendo me dio el vamos para hacer lo siguiente. Tome con la fiereza necesaria pero con sutileza extrema su mentón a objeto de girar su rostro. Quería besar cada parte de su cuerpo para intoxícame de ella. Sin pudor alguno mordí lentamente su piel expuesta hasta llegar a la base de su cuello con sutiles besos. Mientras aún saboreaba esa piel exquisita delinee su figura para mí.

Sin romper el contacto hipnotizador de su cuerpo cercano al mío tracé su figura con habilidad. Roce sutilmente sus caderas con la punta de mis dedos que se colaban entre los pliegues de su ropa, cuando llegue hasta el borde interior de su muslo apreté la palma de mi mano contra esté y sentí como brotó de sus labios un jadeo vergonzoso.

Tomé entre mis dedos la tela maldita que retenía a mi presa cautiva y si mucha premeditación la rasgué lo suficiente para abrirme paso entre ella. Sentí como su cuerpo brinco por el sonido que provocó esa acción y miré esos ojos castaños ahora dos luceros encendidos por la llama de la pasión.

Sus dedos temblorosos desabotonaron lo necesario de mi camisa, extasiada observó deseosa mi dorso semidesnudo al tiempo que yo la recargaba contra la baranda que estaba detrás de su cuerpo. Entonces hice lo propio con su ropa interior, la bajé sin despegarle la mirada de encima. No pude evitar, al alzar mi cuerpo, recorrer sus piernas con las yemas de mis dedos. Fui testigo privilegiado de cómo al llegar a su entrepierna, su pecho se contrajo con fiereza. Su respiración se hizo errática y los jadeos no se dejaron esperar.

La miré.

Era exquisito ver como se saboreaba sus labios mientras me daba esa mirada que calaba directo hasta mi alma. Aun apoyada, puse mis manos en sus nalgas y alce en el aire su cuerpo, ella enrolló sus piernas con fuerza alrededor de mi cintura.

Sin pedir permiso y en realidad sin dármelo concreté lo que ambos habíamos estado deseando. Sin quitarle la vista de encima entre y salí de su cuerpo como un esclavo dispuesto a complacer a mi diosa perfecta y que de hoy en adelante se convertiría en mi objeto de adoración.

Nuestras respiraciones se hicieron mucho más erráticas y entrecortadas a medida que la fricción de nuestros cuerpos acrecentaba. Cada jadeo que sus labios exclamaban era la paga suficiente para seguir una y otra, sin detenerme jamás. Un escalofrió recorrió mi espalda y una urgencia por gritar se apodero de mi ser. Soltó sus manos de la baranda y las puso alrededor de mis hombros mientras se acercaba a besarme nuevamente. Estaba sintiendo ese placer incalculable cuando ella susurró a mi oído.

¡Este hijo no es tuyo!

Abrí mis ojos solo para encontrarme con nada. Un lado de la cama vacío y frió, los latidos de mi corazón estaban punzando en la entrada de mi garganta y tenía frente a mí el reflejo de la luz del despertador que titilaba la hora

Tres de la madrugada

A esta altura había perdido la cuenta de las veces que había soñado con ella y con aquellas palabras que había sellado el destino de ambos. Habían pasado cuatro semanas y medía desde el día del hospital, un mes completo en que no la veía ni tenía noticias de ella. Las grabaciones se habían pospuesto justamente hasta este fin de semana a causa de ella y se su "problema".

A partir de día lunes no solo volvería a mi tortura personal, sino que justamente ese día por la tarde me iría a realizar la dichosa prueba de paternidad que yo mismo había insistido en realizar.

¿Qué buscaba con ello?

Aún no lo tenía claro, tal vez, consuelo de que diera positivo a favor mío y con eso sentir que había vencido sobre él aunque tenía claro que nada sería igual nunca más. Me giré sobre mi cuerpo para quedar de espaldas contra la cama. Mirando nada más que el techo y recordándola, recordando tantas noches y días completos, recordando momentos de felicidad que ahora eran tristes recuerdos.

Cómo necesitaba fumar un cigarro pero ni para eso tenía cabeza en ese momento, las palabras que ella había pronunciado aquel día en aquel frío hospital se me repetían una y otra vez sin piedad.

Aquel día yo había huido, como un vil y ruin delincuente había marchado sin mirar atrás. La había dejado sola sin importarme su suerte ni el que dirán. Incluso esa misma madrugada cuando ellos me informaron que las grabaciones serían pospuestas había corrido, literalmente, hacía el aeropuerto y me había embarcado en el primer vuelo que encontré de regreso.

Volví a girar mi cuerpo esta vez quede de lado en la cama con la cabeza apoyada en mi palma mirando el teléfono celular en la mesa de noche. Era tentador, demasiado para mantener mi palabra de "no llamarás", apunto de sucumbir me pregunté en mi interior.

¿Llamarla? ¿Para qué?

Estaba frenéticamente dolido. Desde Hawai solo habíamos tenido una breve pero intensa discusión apenas ella piso suelo americano.

¡Quiero esa prueba!

Exigí y ella se negó por supuesto.

¡No necesito ni de ti ni de él!

Contestó.

Me constaba por Emmett que ella se había mudado con Rosalie al día siguiente que piso el país. Ahora tenía cerca de los tres meses de embarazó.

¿Qué haría si era mío? O mejor dicho ¿Qué haría si no lo era?

Eran las interrogantes que me había rondado por todo este tiempo como una sombría realidad. Cada día que pasaba la deseaba con mayores ansias incluso creía que estaba a punto de enloquecer.

Los sueños se hacían repetitivos y cada vez eran más tormentosos. Mi mente me hacía anhelarla con desesperación pero la relación se había roto tal cual como se rompe un jarrón fino cuando cae al suelo, no importa cuanto trates de restaurarlo siempre están las hendiduras como fiel reflejo de aquella caída.

Me levanté, necesitaba una ducha fría para quitarla de mi mente. Entre al baño aun con la esencia de su piel impregnada en la mía. No podía negar que tenía a Bella marcada a fuego.

Para cuando finalice ella no me había abandonado ni un segundo, aún estando sentado en el sofá mirando mí reflejo en la pantalla del televisor seguía pensando en ella.

Otra vez, con el reflejo oscuro de mi silueta, mi mente jugo en contra y las fantasías se sucedieron una a una. Su piel, sus caderas, su tibieza, su sudor, sus pechos, sus jadeos, todo. No había lugar en ese departamento que no me la recordará y a esta altura estaba quebrantando mí voluntad de mantenerme lejos de ella. Dos minutos más con esas imágenes e iría hasta su departamento sin importarme que me aventará la puerta sobre las narices.

¡Vamos Edward hiciste una elección!

Me repetí pero yo la quería a ella. Algo bueno había salido de todo esto, ellos ya no estaban juntos. Al menos tenía el consuelo que si no era mía no era tampoco de él.

Prendí la televisión en un intento desesperado por acallar a Bella. Cambie canal por canal desesperado sin destino y esto no estaba ayudándome. Me lleve las manos a la boca decidiendo si ir por ella o no.

Miré el reloj en mi mano – cuatro de la madrugada – había pasado media hora y yo aún seguía pensando en ella, en su exquisita manera de amar, en cuanto la amaba a pesar de todo. ¡Yo la perdonaba!, en realidad mi alma lo hacía pero era mi orgullo quién gobernaba a la razón.

Como odiaba ser tan predecible, otra vez había perdido la perspectiva y es que lo que sentía por ella era más fuerte.

Estacione fuera del departamento de Rosalie, estaba conciente que ella no estaba, tal vez por ello finalmente me había decido a venir. Otra vez estaba de mi parte el destino, ella junto a Emmett se habían ido de "paseo romántico".

No tuve problemas en burlar al conserje que estaba roncando en su puesto de trabajo. Sin dudar subí hasta el décimo piso y camine el pasillo que mediaba entre el ascensor y la puerta del departamento.

Dude frente a la puerta

¿Qué le diría? ¿Ella quería hablar conmigo? ¿Quería estar conmigo a pesar que la había dejado literalmente votada? ¿Podría perdonar mi tonta inseguridad?

Luche por irme y camine dos veces separándome de la puerta hasta que finalmente me decidí a tocar. Puse mi dedo sobre el timbre y fue entonces cuando me llamo la atención que el junquillo de la puerta estuviera separado.

Puse mi mano en la puerta y se abrió

¿Abierta?

Mala señal, mi corazón se disparó pensando lo peor. Camine resuelto por la sala de estar y no había nada, todo estaba oscuro y en orden. Llamé por su nombre pero nadie contesto. Hasta que una luz al final del pasillo evidencio que había alguien.

¿Podría Bella olvidar cerrar la puerta? ¿Sí se había caído? ¿Si alguien había entrado a robar?

Eran las interrogantes que a medida que caminaba en dirección a la recamara se sucedieron en mi mente. Abrí la puerta que estaba entre abierta. La luz estaba encendida, deslice mi vista hacia la cama y estaba abierta pero no había señales de Bella. Cuando estuve cerca de esas sabanas blancas me golpeo la culpa.

Había una gran mancha de sangre en la mitad y perdí la noción del tiempo y del espacio, camine con el corazón en la mano hasta el baño porque se sentía el agua de la regadera.

Cuando entré al cuarto de baño todo se vino abajo. Un camino de sangre hasta donde se encontraba su cuerpo estaba dibujado en las baldosas, mi corazón latía con fuerza en mi garganta. Abrí la cortina de baño y mi alma se retrajo.

Bella, mi adorada Bella, mi ángel celestial estaba acuclillas sosteniendo el peso de su cuerpo, tenía sus brazos puestos alrededor. Estaba con la vista perdida bajo el agua que escurría hacia el sumidero. Se podía ver de forma sinuosa como escurría la sangre sin control.

— ¡¿Bella? —la llamé.

Pero mi voz pereció sin fuerza y tuve que toser para hacerla más firme y audible. Me acerque pero ella rehuyó.

— ¡No me toques! —pidió en susurró desgarrador.

No sabía qué hacer o qué decir. Mi vista se desvió a la nada con torpeza. Apreté mis ojos mientras tomaba la toalla detrás de la puerta y corté el agua de la regadera, cuando lo hice me percaté que era agua helada.

— Tengo que —exclamé dudoso —… debemos ir a un hospital —susurré mientras ponía la toalla cubriéndola pero ella me sujeto por los brazos.

Sus ojos marrones estaban desorbitados y se notaba que había estado llorado descontroladamente.

— ¡No! —sentenció

— Bella necesitas atención médica —objeté

— ¡Ya murió! —gritó desesperada y me quede helado.

Completamente mudo. Solo atiné a estrechar contra mis brazos, su cuerpo mojado y la culpa me invadió por completo. La había dejado sola provocando esto.

— ¿Qué paso? —le pregunté luego de un rato cuando su cuerpo dejo de temblar.

Aún permanecíamos en el suelo del baño.

— Cuando desperté ya estaba muerto —susurró enterrando su cara contra mi pecho.

La volví apretar contra mí, tratando de reparar en algo la falta y me sentía miserable. Jamás pensé que podría pasar algo así, si lo hubiera sabido hubiera permanecido con ella.

Él

Podría haber sido mío, hoy podría haber muerto mi hijo reflexioné. Tomé aire y la saque de la tina mientras caminaba con ella me percaté que seguía escurriendo la sangre de su cuerpo.

— Tienes que ir a un hospital —insistí y en ese minuto su cuerpo flaqueo, se ladeo inerte, sin vida y la desesperación afloró.

— ¡Bella! Bella! Bella!

Me inundo un sentimiento demasiado fuerte que contrajo mi pecho, de pronto no podía respirar, ni siquiera podía hablar la tenía entre mis brazos completamente indefensa, sin vida bañada en sangre y era mi culpa, yo había sido el culpable.

Abrí mis ojos y me quede helado.

¿Lo había soñado?

Frente a mí las luces del reloj despertador.

Seis y media de la madrugada

Regularice mi respiración mientras una idea cruzo mi mente. Me levanté corriendo, me vestí en dos segundos y salí a su encuentro. Tenía que cerciorarme que había sido un sueño macabro pero eso solo un sueño.

Tenía que cerciorarme que tanto ella como ese bebe estaban bien. Estaba haciéndose habitual esto de pasarse luces rojas y pasar incluso con amarilla. Pare el auto y entré sin detenerme, deje al conserje chillando en la entrada del edificio.

¡Señor! ¡Señor! ¡No puede pasar si no se registra!

Como el ascensor se demoró en llegar tome las escaleras de servicio y subí corriendo. Hice lo propio por los pasillos hasta que llegue a mi objetivo, golpee la puerta con la mano.

— ¡Bella! —la llamé desesperado pero la puerta no se abría.

Entonces ¿no fue un sueño?

Pensé horrorizado porque mi pesadilla se hubiera hecho realidad. Al tercer golpe la puerta se abrió y sus ojos castaños dormidos me recibieron.

— ¿Edward? ¿Qué haces aquí? —me preguntó con la voz suave aún adormilada y me acerque para besarla.

Así de improviso sin pedir permiso, la bese con la urgencia de estar besando un recuerdo. Ella me correspondió el beso y me perdí en sus caricias, en ese ritual tan exquisito y como había necesitado de sus besos, de esa expresión de amor tan simple que alguien podía dar a su ser amado.

¿Era justo que yo volviera a su vida de esa manera y luego de haberla abandonado ante una duda?

Me pregunté acariciando su rostro y supe que no era correcto lo que hacía. Yo la había abandonado y en cierta medida era lógico que ella no me perdonara, no podía jugar con ella, no podía clamar por perdón. Rompí el beso sin quererlo y aún con mi vista perdida en ella y con la necesidad de volver a besarla finalmente hablé.

— Yo lo siento, no debí venir —me disculpé avergonzado por mi arrebato y caminé sobre mis pasos para irme, lo hice luchando por no arrepentirme.

Sentí que corrió al interior del departamento y para cuando iba a tomar el ascensor ella me detuvo. Tenía un papel doblado a la mitad en su mano.

— Edward, este hijo es tuyo —me confesó extendiéndome el papel y la abrace estrechando su cuerpo contra el mío.



Pecados Carnales

Capítulo 8 Ilusiones Quebradas

Desperté atontada y traté de concentrar mi vista en algo para evitar el mareo que estaba sintiendo. Al principio todo era confuso, y casi no recordaba nada con excepción de una palabra – embarazada – apenas lo dimensione, todo se vino como un recuerdo patente. Las palabras de Edward, lo que yo había hecho.

- Por dios, maté a mi hijo

Me grite a mi misma en pánico tratando de levantarme de la cama pero un fuerte dolor me hizo desistirme de aquella idea, en ese minuto advertí que no estaba sola en esa habitación.

- Tranquila, no te agites

Me dijo sonriendo el padre Alfonso quien dejo a un lado el libro que tenía entre sus manos y se acerco hasta mí.

- Padre yo…

Comencé a explicarle pero las lágrimas nublaron mi vista y quebraron la voz, no pude confesarle el asesinato que había cometido.

- Lo siento tanto… perdóneme… yo no quise… yo debería haberme muerto con él… jamás voy a perdonármelo, no importa lo que diga, el castigo no será suficiente.

Agregue esquivando mi vista, tomé entre mis manos las sabanas y traté de ocultarme, estaba tan avergonzada de lo que había hecho, como había sido capaz de hacerlo, ¿cómo?, cuando tenía lo más precioso que una mujer podía querer, tenía a mi lado un hombre que me amaba y el resultado de ese amor creciendo en mi vientre y yo lo había acallado para siempre

- Shhhh – me hizo un gesto con sus dedos tomando mis manos, pero yo no quería darle la cara – Bella, no has hecho nada, tranquilízate – me pidió tratando de calmarme, pero las lagrimas salían sin control, mi cuerpo temblaba.

- Dios no va a perdonármelo ¿verdad?

Pregunté entrecortado mirándolo directo a los ojos, su expresión se hizo más dulce y paternal, me abrazo y yo lo abrace desesperada, desesperada porque con ese abrazo lograra acallar los remordimientos que estaba sintiendo por haber tomado una decisión demasiado precipitada.

- Dios siempre perdona Bella, él no esta castigándote

Me contesto, separando su cuerpo del suyo pero yo quería permanecer así, abrazada a él, sintiendo que había alguien que al menos no me juzgaría.

- Tu hijo esta bien Bella, no tienes que torturarte pensando que lo has matado.

Me confidenció y yo abrí mis ojos de par en par. Paré de llorar y lo mire estudiando sus facciones, para convencerme que era cierto.

- Pero yo…

- Alcanzaron a traerte a tiempo al hospital y lograron evitar que lo abortarás

- OH padre soy un monstruo

Exclame histérica, aunque mi corazón estaba latiendo de felicidad, aún no podía perdonarme haber tratado de asesinar a un ser inocente, todo por una estupidez.

- No eres un monstruo, solo eres una chiquilla confundida y manipulada por su madre… pero creo que con esto ya has aprendiste de tu error.

Me contestó y yo suspiré, el extendió un pañuelo para que me secará las lágrimas por primera vez desde que había comenzado esto, sentía paz. Una que no pensé posible. Me calmé tratando de seguir los consejos del padre Alfonso, él me explico que aunque mi hijo estaba bien dependía de mí que eso siguiese siendo posible, debía serenarme y tomarme las cosas con calma. Estuvimos hablando un rato hasta que el sonido de la puerta nos interrumpió.

Esta se abrió y mis ojos se abrieron expectantes, la adrenalina se disparó, el latido de mi corazón se hizo más rápido y lo demostraron los pititos de las maquinas que aceleraron el ritmo. Me congelé al ver entrar a mi madre a la habitación.

- Hija

Me llamó y su voz sonaba compasiva, dulce y serena. Me quede así mirándola anonadada.

- Mamá yo... lo sie-nto

Fue todo lo que atiné a decir y ella se acerco abrazándome, como nunca antes lo había hecho. Me miró con una ternura que me sobrecogió el corazón.

- Tontita… cómo… pero no importa, lo importante es que estas bien… tu y mi nieto

Y cuando dijo eso me quede helada, no podía creerlo ni siquiera procesarlo. Ella estaba hablando de mi hijo como su nieto. Ella no estaba enojada, no estaba alterada, me estaba cobijando como tantas veces soñé y que creí imposible. En eso el ruido de unos zapatos hicieron que mi vista se alzara hasta la puerta. Me quede mirando fija al dueño de esos ojos verdes que me habían cautivado desde el primer momento. Su semblante era sereno, pero extraño. Sus ojos no eran transparentes como siempre habían sido, se notaba cansado y pensé entonces que podía deberse a ello.

- Edward

Susurré despacio y tenía tanto que decirle, tanto que explicarle, ¿su amor sería suficiente para perdonarme? Me pregunté aun buscando en su mirada algún indicio que me indicará que aún me quería, que el ofrecimiento hecho en mi dormitorio aún era posible. Se acerco lentamente y en ese minuto mi madre me sorprendió aún más.

- Será mejor que los dejemos solos, tienen mucho que conversar

Le dijo está al padre Alfonso y este arrugo el entrecejo, como si no le creyera tanta preocupación y bondad. Pero yo estaba feliz, era como el sueño hecho realidad mi madre no era tan mala como yo había pensado concluí.

Salieron de la habitación y nos quedamos solos, Edward sentó al borde de la cama y jugo con sus dedos sobre la colcha evitando mi mirada, detuve sus dedos suavemente y nuestras miradas se encontraron. Pero él estaba distinto, sus facciones eran duras y noté como apretó su mandíbula conteniéndose tal vez de recriminarme lo que había hecho.

- Yo lo sien-to

Tartamudee tragando aire para darme el valor suficiente de enfrentarlo. Sabía que tal vez él me estaba odiándome en ese minuto, pero también sabia que me amaba puesto que lo había gritado a todo mundo y contaba con que ese sentimiento fuera más fuerte para perdonar mi debilidad.

Cerró sus ojos y se levanto de la cama abruptamente quitando de entre mis dedos sus manos. Se acerco a la ventana y desde ahí me hablo.

- No tienes nada que sentir, no alcanzo a pasar nada pero ahora debes cuidarte. Ya ves que las cosas no son como tu pensabas

Me contesto y su voz sonaba fría y distante.

- Te amo

Le dije de improviso y quería que él supiera que ahora las cosas habían cambiado que había entendido y que mi decisión era la que él había reclamado tantas veces. Me iría con él y con mi hijo, y mi madre no podría detenerme.

- Yo también

Me respondió girándose para encararme pero la sonrisa que me dio no alcanzo a llegar a sus ojos, de pronto un negro pensamiento cruzo mi mente. Pero no era posible que él estuviera mintiéndome. No, él me amaba, él lo había dicho muchas veces.

Se acerco nuevamente a mí, me abrazo y como desee ese abrazo, me recargue contra su hombro y me quede allí, necesitaba desesperadamente que él me dijera lo mismo que me había susurrado en mi habitación pero no sucedió permaneció en silencio sosteniéndome. Quería ver esa sonrisa de felicidad que noté cuando me había ido a contar sobre la noticia de mi embarazó pero tampoco sucedió. Su sonrisa no llegaba a sus ojos y esa felicidad parecía aparentada, actuada.

Me lo merezco era la conclusión a la que había llegado después que él se había ido, estaba molesto y no lo culpaba. Era lógico después de lo que yo misma había provocado. Me sonreí pensando que tendría todo el tiempo para demostrarme que me había equivocado pero que ahora había cambiado.

Había pasado una semana desde el incidente y hoy sería el día que me darían de alta. Estaba ansiosa de solo pensar que me iría a vivir con Edward, estaríamos lejos de mi madre, del mundo y de las apariencias. Aún encontraba extraño ese ofrecimiento de mi madre de la casa de campo que tanto cuidaba y la cual ofreció casi de inmediato cuando yo le dije que quería irme a vivir con él. Pero me sorprendió más que Edward lo aceptara.

- ¿Estas seguro?

Le pregunté mientras me subía a su auto, este me miró directo a los ojos y había un tejo de rabia que aún persistía nublando esa mirada transparente que usualmente tenía. Pero no me importaba, no mientras él estuviera conmigo.

- Necesitamos donde vivir y que tu estés tranquila, lejos de todo este cuento que tiene tu madre con las apariencias. Además es cerca lo que me permitirá ir y volver al estudio todo los días.

Me contestó frió, Emmett me miró y se despidió de mí. Ángela tampoco estaba demasiado entusiasmada con la idea pero ella aceptaba lo que yo quisiera hacer. Se me encogió el corazón con la actitud que estaba teniendo Edward, su frialdad pero pensé que tal vez cuando estuviéramos solos y con el tiempo él podría perdonarme y seríamos felices.

- ¿a que se debe todo este cambio de actitud… qué te traes?

Alcance a escuchar que le pregunto Emmett a Edward mientras este le pasaba la silla de rueda que me había traído hasta su automóvil.

- No se de que me hablas

Le contestó mientras daba la vuelta para subirse. Emmett se despidió de mi hermana y esta subió al auto, Ángela estaría con nosotros hasta que yo pudiera hacer mis cosas de forma normal.

- Se le pasará, esta molesto eso es todo

Me repetía una y otra vez Ángela por lo bajo mientras yo descansaba mi vista en Edward sentado en el comedor, quien estaba demasiado animado hablando por teléfono. Otra vez saldría conjeturé cuando advertí que tomo nota seguramente de una dirección.

- Eso espero

Le susurré de vuelta a mi hermana mientras tomaba entre mis manos unos platos. Inevitablemente sentí un hueco en mi corazón, no sé porque había albergado la ilusión y especialmente de él que todo hubiera sido distinto ahora que estábamos finalmente juntos como tanto él quiso pero su actitud se había mantenido por las dos semanas que habíamos enterado en la casa de campo de mi madre. Seguía frío, distante y sobre todo molesto, era como si quisiera gritarme y recriminarme algo pero se contenía. Y eso estaba matándome por dentro.





miércoles, 10 de noviembre de 2010

Lagrimas de Amor

Capitulo 13

Finalmente Bella se quedó dormida y cuando se despertó, encontró que estaba sola en la inmensa cama. No tenía idea de donde había pasado la noche Edward y cuando tuvo que salir corriendo al cuarto de baño para vomitar, agradeció que el no estuviera allí, preguntándose por que estaría ella enferma.

No podía quedarse en el castillo, sabiendo que la frágil vida que albergaba en su vientre era la última entrega del acuerdo al que había llegado con el. El bienestar y la educación de su hijo no eran negociables y mientras le quedara aliento, lucharía por la custodia del heredero Masen. Su hijo crecería seguro, sintiendo el incondicional amor que su madre le profesaría… no como su padre, a quién se le había negado el afecto durante sus años de juventud.

El mareo se le estaba pasando y metió de sus pertenencias en una bolsa, teniendo mucho cuidado de llevarse sólo lo que ella había traído de Inglaterra. No quería llevarse nada de lo que Edward le había comprado.

Cuando bajó a la planta principal, el castillo estaba inusualmente silencioso, pero al entrar en el comedor se quedó paralizada al ver allí a Tanya Denali.

¿Dónde esta Edward? –preguntó bruscamente.

Fue dolorosamente conciente de su extrema palidez frente a la deslumbrante belleza de la muchacha.

Se ha marchado a algún lugar con Alec… después de haberme regañado –dijo Tanya, enfurruñada-. ¿Por qué tuviste que involucrarme en su estúpida pelea?

-Tú te involucraste sola. Si Edward estaba enfadado contigo, es solo culpa tuya. Ya era hora de que alguien te dijera que crecieras.

Bella dejo de hablar y se mordió el labio cuando Tanya se quedó mirando su bolsa de viaje.

Oh, querida, no iras a marcharte ¿verdad? –preguntó la joven en un tono empalagoso.´

Voy a visitar a mi padre…durante unos días –murmuró Bella, negándose a admitir que no tenía intensión de regresar.

Oh, ¿de verdad? –dijo Tanya-. Contigo fuera de escena, tendré la oportunidad de arreglar las cosas con Edward –añadió echando la cabeza hacía atrás. Sus preciosos rizos cayeron sobre sus hombros-. Hazme un favor y no te apresures en regresar.

Con dignidad, Bella sacó sus laves y salió del castillo, pero mientras bajaba las escaleras, las lágrimas empañaron su mirada. Desesperada por salir de allí antes de que llegara Edward, se montó en el lujoso coche que le había comprado y lo arrancó.

La lluvia que estaba cayendo no le permitía ver con claridad, a pesar de que tenía los limpiaparabrisas a toda velocidad. A los pocos minutos de haber salido del castillo conducía con tensión, tratando desesperadamente de controlar el coche en aquella empinada carretera. Recordó la primera vez que había subido por aquel mismo lugar hacia el Palacio del León. Había estado dispuesta a hacer lo que fuese para ayudar a su padre… pero en aquel momento tenía que proteger a su bebe.

Al conducir con cuidado por una curva, vio un coche que se dirigía hacia ella e, impresionada, se dio cuenta de que era Edward el que lo conducía. El pánico la invadió y pisó el acelerador, pero las ruedas del potente deportivo derraparon sobre el suelo mojado y el coche se dirigió a toda velocidad hacía los árboles que separaban la carretera del barranco que había a un lado.

Iba demasiado rápido… no podía parar… y gritó antes de sumergirse en la oscuridad.

"Isabella, abre los ojos"

Aquella extraña voz incorpórea volvió a sonar y con esfuerzo, Bella levantó los párpados. Lo que vio delante de ella fue una cara que no le era familiar.

¿Quién…? –susurró en voz baja.

La persona que tenía delante de ella sonrió con dulzura.

-Ha sufrido un accidente, pero todo va a salir bien. Su esposo esta aquí.

Bella apenas oía la voz del doctor. Borrosas imágenes salpicaban su mente… árboles acercándose a ella a gran velocidad, el sonido del parabrisas rompiéndose… Entonces la invadió el terror…

-¿Mi bebe…?

Lo siento. Estaba de pocas semanas y me temo que no había nada que pudiéramos hacer. Se que no es consuelo, pero sus heridas son relativamente leves y no hay ninguna razón por la que en un futuro no pueda tener otro bebe –dijo el doctor dándole unas la voy a dejar sola –le dijo a Edward-. Su esposa ha tenido mucha suerte de que los árboles actuaran como barrera y que evitaran que su coche cayera por el precipicio. Sus heridas cicatrizarán, pero haber perdido a su hijo debe de ser devastador para ambos.

Bella cerró los ojos, pero las lágrimas brotaron debajo de sus párpados. Se sentía como si le hubieran destrozado el corazón y solo quería que la dejaran sola.

Se preguntó si Edward se había ido y abrió los ojos, encontrándose con la verde e incomprensible mirada de el.

Lo siento –se disculpó ella, susurrando, sin saber en realidad por que lo hacía. Era por ella misma por quien sentía pena… y por su bebe, a quien le había fallado de una manera terrible.

Continuó llorando y Edward la observó, sin ningún atisbo de emoción en su cara.

No me ibas a decir que estabas embarazada ¿verdad que no? –dijo el con voz ronca.

¿Cómo podría haberlo hecho? –exigió saber ella amargamente-. Me acababa de enterar, por medio de Tanya, de que tú habías planeado deliberadamente dejarme embarazada para luego quitarme el bebe después de que nos divorciáramos –aunque le tembló la voz, se forzó a continuar-. Ahora conozco la cláusula final del testamento de tu abuelo.

Dios, no hay ninguna cláusula final –gruño Edward, haciendo un esfuerzo por mantener la voz calmada-. Lo que has oído y elegiste creer, ha sido el resultado de la maliciosa imaginación de una niña mimada que esta más obsesionada conmigo de lo que yo me había dado cuenta.

Bella se quedó mirándolo con los ojos desorbitados, incapaz de digerir lo que acababa de decirle.

-Pero Tanya…

-Te ha contado una sarta de mentiras. Jamás le dije la razón por la que nos casamos, pero su padre y mi abuelo eran viejos amigos y ella escucho a mi abuelo contándole a su padre todo sobre la estipulación matrimonial que había añadido a su testamento. El resto se lo ha inventado.

Fue tan convincente… -susurró Bella, dándose cuenta de lo que había ocurrido en realidad.

Le había negado a Edward la posibilidad de defenderse y en vez de ello, había creído a una colegiala que estaba muerta de celos. Había pagado el precio de su desconfianza perdiendo a su bebe y juzgando por la expresión en los ojos de Edward, también había perdido cualquier oportunidad de haberse ganado su amor. Darse cuenta de ello era insoportable y apartó la mirada.

-Bella…

La inesperada dulzura del tono de voz de el la deshizo. Se negó a mirarlo, incapaz de soportar el desprecio que estaba segura iba a encontrar en los ojos de el.

Márchate, Edward –dijo entre lágrimas, escondiendo la cara entre sus manos-. Márchate y déjame sola.