Dark Chat

martes, 22 de junio de 2010

Mi Corazon En Tus Manos

CAPÍTULO 22
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Jasper se apoyó en el alféizar del gran ventanal de su escritorio mientras divisaba el horizonte. La luz de media tarde comenzaba a vestir de tonos melocotón y rosado la verde pradera que se extendía hasta donde se perdía la vista. Desde allí, a un lado se podía ver una porción del vasto bosque que siempre solía recibirlo amablemente en sus partidas de caza, hasta aquel fatídico día. Volvió a su mente de forma dolorosa el recuerdo de lo acontecido en aquel lugar, lo que le hizo recordar la decisión que, muy a su pesar, estaba a punto de tomar. Sólo restaba hacer una cosa más previamente y era consciente de cuan duro iba a ser. Abrió la vidriera y se asomó, dejando que la suave brisa golpeara su rostro y que su frescura mitigara, aunque fuera de forma efímera, su desazón. Entonces escuchó un sonido leve de nudillos y se volteó hacia el escritorio.


-Adelante -exclamó abriéndose la puerta. -Mi amor, ¿desde cuándo llamas antes de entrar? -sonrió él al recordar las ocasionales irrupciones impulsivas de su esposa.


-Sólo intento comportarme apropiadamente -le rebatió Alice con fingido reproche. -¿Puedo pasar, mi señor? -se inclinó ella con solemnidad.


Jasper no pudo reprimir una carcajada y Alice lo acompañó, cerrando la puerta tras ella.


-Déjala abierta -le pidió él. -La brisa es agradable.


Alice caminó hacia él pensativa mientras Jasper le ofrecía su mano incitándola a acercarse hasta él.


-Creo haber vivido ya este momento -sonrió ella con picardía, aceptándola, dejándose conducir hasta sus brazos.


-Yo también lo recuerdo -la miró complacido. -Aunque creo que falta algo para completar la escena.


Se inclinó hacia ella y, rodeándola con sus brazos, la besó. Era una sensación sublime el sentir cada susurro, cada caricia, cada beso con más intensidad que el anterior. Nunca se cansaría de amarla así, de estrechar contra su pecho aquel cuerpo suyo frágil y delicado, de hacerla temblar bajo su tacto, de sentirla vibrar cada noche, abandonándose ambos a aquella pasión que los consumía. Siguió disfrutando de su dulzor mientras pudo, hasta que sus respiraciones entrecortadas les obligaron a separarse.


-Te amo, Alice -musitó gravemente. -Lo sabes ¿verdad?


-¿A qué viene esa pregunta? -le cuestionó ella al ver como una sombra oscurecía el azul de sus ojos. -¿Por qué querías verme?


-Hay algo que debo decirte -le confesó, -pero ¿te parece que vayamos a tu jardín? No hemos vuelto a visitarlo juntos desde antes de nuestra boda -le propuso.


-Sí, claro -aceptó ella sin ocultar cierta preocupación por la actitud de su esposo.


Jasper tomó la mano de su esposa y se encaminaron hacia el lugar. La inquietud de Alice iba en aumento con cada paso, acrecentada por el silencio de él y su expresión sombría. Sin duda, era algo muy importante lo que debía contarle.


-Me alegra comprobar que mantiene su esplendor -dijo con alivio al contemplar aquella belleza floral. -Temo que he descuidado mi deber en este aspecto -se lamentó.


-Dadas las circunstancias eso era inevitable, ¿no crees? -le justificó ella. -Los jardineros hacen un excelente trabajo.


-Ya veo -respondió con satisfacción mientras caminaba hacia un árbol. -Ven -le pidió sentándose a sus pies, apoyando la espalda en su tronco -siéntate aquí conmigo.


Sin cuestionarlo, Alice obedeció, acomodándola Jasper en su regazo y apoyando ella su cabeza en su pecho. Alice lo sintió respirar hondo, como buscando cierto sosiego.


-Jasper, ¿que ocurre? -preguntó ella con cierta impaciencia, alzando su rostro para mirarlo.


El joven lanzó otro suspiro antes de volver a hablar.


-Imagino que eres consciente de que hace casi tres semanas que se declaró el estado de sitio -comenzó a decirle, con gran seriedad en su voz, yendo directo al punto.


Alice asintió con la misma seriedad reflejada en sus facciones.


-Y también sabes que esta situación no puede ser mantenida por mucho más tiempo -continuó él.


-Sí -afirmó ella, -pero si lo levantas ¿no corremos el riesgo de que nos ataquen? -aventuró ella sin tener plena seguridad en su suposición.


-Yo no podría haberlo dicho mejor -concordó él.


-¿Entonces? -quiso saber ella llena de confusión.


-Hace varios días que le estoy dando vueltas al asunto y temo que sólo haya una solución, Alice -sacudió la cabeza contrariado. -Si hubiera alguna otra salida que pudiera evitarlo, por Dios que la tomaría -apretó su mandíbula.


-Me asustas, Jasper -lo miró. -¿De qué estás hablando?


-De atacar nosotros -dijo de súbito.


Alice se mantuvo en silencio durante unos segundos, tratando de asimilar lo que la naturaleza de esa afirmación podría significar.


-Eso supone la guerra -exclamó ella con horror. -No puedes estar hablando en serio -alzó un poco su rostro para enfrentarlo al suyo.


La joven trató de escudriñar en sus facciones, en sus ojos... no podía ser cierto, pero su mutismo y su rictus endurecido no daban lugar a equívocos.


-¿Y si negociaras? -trató de disuadirlo esperanzada.


-¿Cuántas veces intentó negociar tu padre con el Rey Laurent sin conseguirlo? -le rebatió. -Las mismas que tuvo que resistir sus embates -Jasper resopló. -Alice, ¿debo recordarte que intentó asesinarme? ¿Qué tipo de diplomacia funcionaría ante eso?


Alice negó con la cabeza y se abrazó a su esposo. Aquel momento en que Edward y Emmett corrían hacia ella con su cuerpo ensangrentado entre sus brazos todavía la torturaba en su memoria, al igual que aquella agonía que sintió ante la posibilidad de perderlo. Ahora, aquella herida aún sangrante volvía a abrirse, pues era seguro que, si se declaraba la guerra, Jasper encabezaría su ejército.


-Entiéndelo, Alice. No podemos vivir a la defensiva por siempre, atemorizados, nos tendría bajo su yugo igualmente -razonó. -Yo más que nadie deseo la paz, no sólo para nuestro pueblo, también para nosotros -tomó su barbilla y la obligó a mirarle. -Ahora que sé que la felicidad existe, deseo que sea plena, eterna y contigo y no permitiré que las ansias de un rey sanguinario nos arrebate ese derecho.


-No quiero que luches -sollozó ella dejándose llevar por el egoísmo de su amor por él que trataba de retenerlo a su lado a toda costa.


Jasper tomó entre sus dedos una lágrima que surcaba la mejilla de Alice. Habría dado cualquier cosa por evitarle ese dolor, era el mismo que en ese instante le quebraba a él el corazón, pero aquello iba mucho más allá del inmenso amor que sentía por ella.


-Alice, no puedo mandar a mis hombres a la batalla y observarles entregar su vida por mí desde la comodidad de mi trono -alegó él con suavidad, enjugando sus lágrimas. -Me conoces y sabes que ni mi moral ni mis principios me permitirían hacerlo. No podría vivir con ello.


-Pero podrías morir -musitó con apenas un hilo de voz.


-¿Y crees que esa nimiedad me separaría de ti? -aseveró con voz grave, clavando su mirada profunda en la suya.


-Jasper, por favor -le suplicó hundiendo su rostro en su cuello, sin poder impedir el llanto que oprimía su pecho.


-Alice, te lo ruego, no me hagas esto -le pidió él, estrechándola con fuerza.


-¿Y qué más puedo hacer? -inquirió ella llorosa. -Soy tu esposa y te amo. ¿Tan extraño es que no pueda vivir sin ti?.


-¿Y crees que yo si puedo? -se defendió él. -¿Crees que esto no me está desgarrando el alma?


-¿Entonces?


Jasper se separó de ella y con ambas manos volvió a secar sus lágrimas.


-Alice, te lo pido, cálmate y escúchame -le susurró con ternura pero, a su vez, con firmeza, mirándola a los ojos.


Ella suspiró por última vez en busca de sosiego y asintió.


-Sé que me amas -le dijo él -y sí, eres mi esposa, más que eso; eres mi compañera, mi mujer, mi corazón, mi vida entera... eres todo para mí, Alice. Pero hoy más que nunca te imploro que, además, seas mi reina.


Alice intentó desviar la mirada, desolada, mas Jasper se lo impidió tomando su mejilla.


-No estoy anteponiendo nuestro deber a nuestro amor -le aclaró rápidamente. Alice lo miró sin comprender. -Estoy hablando de mi propia integridad, Alice. De ser fiel a mis convicciones y creencias, a mis ideales. Estaría siendo deshonesto conmigo mismo y me sentiría indigno, no sólo de mi corona sino de ti también. No podría amarte libremente, con orgullo, como es debido.


Jasper cerró los ojos y suspiró profundamente.


-Lo siento, Alice. Esto es lo que soy -se lamentó abatido.


-Y yo te amo por ello -declaró ella con la emoción tiñendo sus palabras, lanzándose a los labios de su esposo que recibieron los suyos con apremio, casi con necesidad, sintiendo como Jasper ceñía su cuerpo contra su pecho, como si quisiera fundirla con él.


-Te amo, Alice -musitó casi sin aliento contra su oído, sin dejar de abrazarla. -Más que a nada en este mundo y te juro que si hubiera alguna forma de evitar esto lo haría.


-¿Cuándo marcharíais? -preguntó ya resignada, separándose de él.


-Imagino que en unos días -se encogió él de hombros. -Me reuniré después con Carlisle, Edward, Emmett y Peter para anunciarles mi decisión y, entonces, concretaremos.


-¿Aún no lo saben? -quiso saber, extrañada.


-Debía informarle a mi soberana primero, ¿no crees? -le sonrió con cierta tristeza.


-Júrame que tratarás de mantenerte a salvo, que no te expondrás inútilmente -le pidió con ojos anhelantes.


-Alice, nada ni nadie podrá separarnos y mucho menos la muerte -le reiteró él.


-¿Cómo estás tan seguro de eso? -cuestionó ella con aflicción.


-Por que necesito vivir, Alice, tengo que vivir -sentenció él, tomando su rostro entre sus manos. -Aún no te he entregado ni una mínima parte de todo lo que tengo para darte y no será la muerte la que me prive de ese privilegio.


-Jasper...


El joven atrapó aquel suspiro que esbozaba su nombre entre sus labios y tomó los de Alice, besándolos con dulzura, con lentitud, pero, a su vez, con vehemencia, queriendo recorrer con su caricia cada milímetro de su piel. Enredó una de sus manos entre su pelo negro mientras la otra bajaba por su espalda hacia su cintura, rodeándola con su brazo. La aferró contra su pecho, corazón con corazón y el mismo latido los hizo palpitar, el mismo amor. Nunca tuvo Jasper mayor certeza sobre sus propias palabras... nada le arrebataría esa sensación tan gloriosa, ni la misma muerte.


-Se ven muy enamorados y... entusiasmados -le apuntó James a Rosalie con cierta sorna, al ver desde lejos la conmovedora escena mientras paseaban.


-Es lo que cabe esperar en una pareja de recién casados, ¿no Excelencia? -le respondió ella sonriendo, sin ocultar el gozo que le producía la felicidad de su hermano.


James se mostró gratamente sorprendido ante aquel detalle.


-¡Por fin os veo sonreír, Alteza! -exclamó con gesto exagerado. -Estaba empezando a temer que aquella deliciosa jovialidad de la que gozabais cuando nos conocimos hubiera sido un mero espejismo.


-Disculpadme, Excelencia -se quiso excusar. -Quizás las circunstancias que estamos viviendo hayan influido en mi ánimo.


-A vuestro hermano no parecen afectarle -apostilló con aire malicioso.


-Excelencia, que seamos gemelos no significa que exterioricemos nuestras emociones del mismo modo -le aclaró. -¿Os importa si vamos a las caballerizas? -quiso cambiar de tema. -Quisiera ver a mi yegua.


-Sí, claro -le indicó con la mano dejándose guiar.


Pero para desgracia de Rosalie, cuando llegaron a las caballerizas se dio cuenta de que no había sido la elección más acertada, pues Emmett estaba atendiendo a Dama en ese momento. Intentaba que la viera con James lo menos posible, sabía que eso alimentaba sus celos y su inseguridad, además de que al joven le reconcomía aquella necedad del Duque de permanecer allí, a pesar de que ella intentara no mostrarse como la más agradable de las compañías. Aún así, James no se daba por enterado, y aquella situación, con el paso de los días estaba llevando a Emmett al límite. Rosalie se lamentó para sus adentros por su ocurrencia, pero ahora era demasiado tarde para cambiar de idea y retroceder. El rostro de Emmett, que se encontraba arrodillado cerca de la yegua revisando sus cascos, se endureció al verlos llegar mientras que, en el de James, se esbozaba una sonrisa malévola.


-Por fin las cosas vuelven a su lugar -se mofó del guardia posicionándose frente a él. -¡Este es el orden natural que rige el mundo! La plebe, arrodillada ante la nobleza, mirando desde abajo la alta esfera a la que nunca debería atreverse a aspirar.


-Excelencia -trató de detenerlo Rosalie.


-No, Alteza, dejadlo -la cortó Emmett con frialdad. -No hay falsedad alguna en vuestra aseveración, Excelencia y os agradezco vuestro interés en querer recordármelo -inclinó su cabeza con fingida cortesía. -¿Algo más sobre lo que deba ser ilustrado, Excelencia? -añadió con ironía.


-Eso será suficiente por hoy -alegó con soberbia, tratando de disfrazar con sus palabras la furia que sus facciones no podían esconder. -Pero podemos seguir mañana con tu instrucción.


-Ya sabéis donde encontrarme, Excelencia -espetó Emmett.


-¿Volvemos al jardín, Excelencia? -intervino Rosalie con una sonrisa, tratando de ocultar lo mortificada que estaba.


-Por supuesto, Alteza -alzó James su mano, ofreciéndosela.


Rosalie posó la suya sobre la del Duque y, lanzándole una disimulada mirada de disculpa a Emmett se alejaron de allí.


-¡Maldita sea! -farfulló él por lo bajo apretando los puños. Aquella situación comenzaba a sobrepasarle. Conforme iban pasando los días más intenciones tenía aquel pusilánime de permanecer en el castillo a pesar de la indiferencia que Rosalie aseguraba mostrarle ¿Por qué no se iba entonces? Rosalie se lamentaba de que aún no se le hubiera declarado, eso le daría la oportunidad de negarse y así deshacerse de él de una vez por todas aunque, había ciertos momentos, como el que acababa de ocurrir, en que Emmett no estaba tan seguro de que esa debería ser la respuesta que ella habría de darle.


No podía llevarse a engaños, no podía continuar negando lo evidente, tratando de tapar el sol con un dedo. Él era un don nadie que había cometido el atrevimiento de ir a posar sus ojos en nada menos que una princesa. La mera sugerencia ya se presentaba ridícula y sabía bien que aquel amor clandestino no les llevaría a ninguna parte ¿o acaso tenía la absurda esperanza de convertirse en príncipe de la noche a la mañana?


Emmett se rió de su propia ingenuidad. Se había dejado llevar demasiado tiempo por aquella ilusión y era el momento de volver a poner los pies en el suelo.


-¿De qué te ríes, Emmett? -lo sorprendió la voz de Peter.


-De la forma tan insospechada en que la vida se nos es mostrada, amigo mío -respondió de forma distraída.


-Anda, levántate -le hizo una mueca de extrañeza. -Su Majestad quiere vernos.


-Hijo, ¿no crees hallar otra opción? -trataba de persuadir Carlisle a su sobrino tras informarles de su decisión.


-Tío, no sé si sepas que ésta no es la primera tentativa del Rey Laurent -comenzó a explicarle Jasper.


-Sí, Edward me puso al tanto del intento de secuestro de tu esposa -se apresuró a confirmarle.


-¿Le has hablado de tus intenciones a Alice? -se interesó Edward.


Jasper asintió.


-Intentó disuadirme pero ha acabado aceptándolo -le respondió. -Creo que, en el fondo, ella también sabe que es la única salida -añadió con pesar.


-Si esa es vuestra decisión, Majestad, os diré que los hombres están cansados de esta situación y están deseosos de luchar -le informó Peter.


-Emmett, ¿qué sabes acerca del ejército de Adamón? -quiso saber Jasper.


Peter le lanzó una rápida pero significativa mirada al guardia.


-Bueno... -titubeó él. -Es bien sabido lo despiadado de sus hombres, y su falta de piedad. La sed de sangre es lo único que parece moverlos, ni planes ni estrategias, sólo el placer de matar.


-¿Es numeroso? -prosiguió. -¿Más que el ejército de Los Lagos?


-Me temo que sí, Majestad.


Jasper quedó pensativo durante unos momentos. Era cierto que quería atajar de raíz con aquella plaga llamada Laurent pero no por eso iba a mandar a sus hombres al suicidio, a no ser que...


-¿Qué tienes en mente, primo? -le preguntó Edward que entendía por su expresión que alguna plausible idea lo asaltaba.


De repente Jasper negó con la cabeza, sin prestarle atención.


-Sería una osadía por mi parte pretender algo así -susurró por lo bajo, ausente, como si olvidara que no se encontraba solo. -Ni siquiera me he presentado ante ellos.


-El ejercito de Asbath es fiel a su Reino -aseveró Emmett, leyendo su pensamiento, sobresaltándolo, -y, por tanto serán leales a su soberano, Majestad.


-No pongo en tela de juicio su lealtad hacia la Reina pero... -vaciló. -Yo no creo ser poseedor aún de ese derecho.


-Es vuestro desde el instante en que os coronasteis como Rey de Asbath, Majestad -rebatió Emmett.


-La confianza y la fidelidad no las otorgan una simple corona, Emmett -discrepó Jasper. -Apenas han oído hablar de mí y ya les estoy mandando a la batalla. Buen soberano he resultado ser.


-Yo mismo me aseguraré de que se unan a la causa -le propuso Emmett.


Jasper lo miró con recelo.


-Creo que soy el más indicado para ello, Majestad -le reiteró. -Nadie mejor que yo para hacerlo que os conozco y cuento, por tanto, con infinidad de argumentos que ofrecerles por los que deberían luchar.


-Pero Emmett...


-Partiré al alba, Majestad -concluyó con seguridad. -En unos días el ejercito de Asbath estará acampado en La Encrucijada a la espera de vuestras órdenes.


-Está bien -aceptó al fin.


-Entonces me retiro, Majestad -le anunció. -He de preparar mi equipaje.


-Majestad, yo también me retiro -dijo Peter con cierta premura mientras Emmett dejaba la estancia. -Hay algo que quiero tratar con él.


Se inclinó rápidamente y salió corriendo tras el guardia.


-Espérate -lo tomó de un brazo haciéndolo detenerse. -¿Qué locura es ésta?


-Tú sabes mejor que nadie...


-Sí, lo sé -le cortó. -Aún así creo que te estás precipitando.


-No veo por qué -le contradijo.


-Benjamín aún no regresa de Bogen -le recordó. -¿Ya no sospechas del pelele empolvado?


-Era desconfianza, Peter, ni siquiera sospechas -puntualizó.


-Aún así creo que deberíamos esperar a que el chico regresara -le sugirió.


-Asbath está a tan solo una jornada de aquí -dijo con apatía. -Puedes mandar a buscarme -concluyó iniciando de nuevo su camino hacia su recámara.


-¿Vas a dejarla sola a merced de ese tipo? -inquirió Peter con declarada intención.


Emmett se detuvo en seco y se giró a mirarlo, de un modo casi amenazador.


-Fin de la discusión -sentenció Emmett con dureza antes de marcharse.


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-¡Majestades! -exclamó Emmett sorprendido cuando se abrió la puerta de su habitación y los vio esperando en el umbral. -Pasad -les pidió.


-Te extrañamos en la cena, amigo mío -le reprochó Jasper.


-Lo siento, Majestad -se disculpó. -¿Charlotte no...?


-Sí, ya nos avisó de tu falta de apetito -lo estudió Alice con ojos inquisitivos.


-¿Me necesitaban? -preguntó Emmett sin terminar de entender el motivo de su visita.


-Queríamos desearte buen viaje -le explicó Jasper, -y yo, personalmente, quería pedirte que le entregaras esta misiva al Capitán del ejército y, por tanto, a sus hombres.


-Pero...


-Es lo menos que puedo hacer, Emmett -lo cortó.


-De acuerdo, Majestad -concordó él.


-¿Necesitas algo? -se ofreció Jasper.


-No, Majestad -negó él. -En cuanto estemos apostados en La Encrucijada mandaré a avisaros.


-¿Tú... lucharás? -se atrevió a preguntarle.


-Por supuesto -respondió con firmeza. -Sería un honor luchar a vuestro lado.


Jasper negó con la cabeza.


-El honor es todo mío, Emmett -posó afable su mano sobre su hombro. -Cuídate mucho.


Emmett asintió agradecido.


Jasper hizo ademán de abandonar la habitación y miró a su esposa.


-Yo... -balbuceó ella.


-Te espero en la recámara -la interrumpió, depositando un leve pero dulce beso en sus labios. Alice le respondió con una sonrisa y aguardó hasta que se retiró su esposo.


-Muy bien -espetó ella con seriedad cuando se hubo cerrado la puerta. -Ahora me explicarás que esperas conseguir con tu actitud.


-No os entiendo, Majestad -contestó eludiendo su mirada indagadora.


-¡Estás hablando conmigo, Emmett! -exclamó airada colocándose frente a él. -Puedes obviar el protocolo.


-¿Qué queréis que os diga? -se encogió de hombros.


-Quiero que me expliques por qué huyes -le exigió.


-No estoy huyendo -se defendió, aunque no sabía muy bien de que. -Creo que es lo que debo hacer.


-Entonces, ¿estás convencido de que por el simple hecho de marcharte tu amor por ella morirá, sin más? -agregó Alice, dejándose de rodeos.


Emmett palideció ante sus palabras, comprendiendo al instante. Se sentó, dejándose caer sobre la cama y, avergonzado, bajó su rostro.


-¿Desde cuándo lo sabéis? -preguntó con tono grave.


-Desde el día de la tormenta -le respondió sentándose a su lado. Emmett suspiró recordando aquel momento en que Alice se lo había dado a entender sin que él hubiera querido admitirlo. -En realidad no estaba segura pero no he necesitado mucho para estarlo. Vuestros ojos irradian amor cada vez que se cruzan vuestras miradas.


-Por favor, Majestad -ocultó su rostro entre sus manos, atormentado.


-Emmett, no te estoy juzgando -apartó sus dedos de su cara. -Al contrario, soy feliz por ti.


-¿Os alegráis de mi desdicha? -una triste sonrisa se dibujó en sus labios.


-¿Ella te corresponde?


Emmett asintió con pesadumbre.


-¿Dónde está el problema entonces? -preguntó confundida.


-En mi sangre -le mostró el anverso de su muñeca, -en mi nombre, mi identidad, en que sólo soy...


-Emmett, te vuelvo a recordar que estamos solos -le atajó. -Lo del "simple guardia" te lo puedes ahorrar y dejar de representar ese papel conmigo.


-Aún así no es suficiente, sigo sin merecerla y vos lo sabéis -argumentó él.


-¿Por qué no posees un rancio abolengo? -inquirió Alice. -Creo que Jasper ha dado claras muestras de no ser una persona clasista -alegó. -Eso dejémoselo al Duque James.


Emmett alzó su cara y le miró con las facciones endurecidas y ojos reveladores.


-Así que eso es lo que pretendes -aseveró Alice al entender. -Te estás apartando de su camino, entregándosela a otro hombre.


-¡Es lo mejor para ella! -exclamó poniéndose en pié.


-¿Y con qué derecho te atreves a decidir eso? -le acusó.


-Con el que me otorga el sentido común y la sensatez -se justificó.


-¿Desde cuando el amor es sensato?


-Emmett... -Rosalie irrumpió en la habitación sobresaltándolos a ambos. -Perdón... yo...


-Tranquila, Rosalie, yo ya me iba -se puso Alice en pie. -Sólo espero que cuando te des cuenta de tu error no sea demasiado tarde -le susurró al muchacho. -Buen viaje, Emmett. Manda mi cariño a todos -se despidió de él abrazándolo.


-Gracias, Majestad -respondió con cierta turbación.


Alice se separó de él con pesar y se dirigió hacia la puerta, deteniéndose cerca de Rosalie.


-Ojalá le hagas entrar en razón -le dijo con una sonrisa antes de marcharse, cerrando tras de sí.


-¿Lo sabe? -dudó ella acercándose a él.


Emmett asintió.


-¿Y lo acepta? -le cuestionó entusiasmada. -Podría ayudarnos a interceder ante mi hermano.


-No hay nada por lo que interceder -espetó con sequedad.


-No te entiendo...


-¿Aún no te has enterado de que me marcho? -sonrió con sarcasmo.


-Sí, pero volverás ¿no? -se extrañó ella.


Emmett no respondió, le dio la espalda y se mantuvo en silencio.


Rosalie no tardó en comprender. Ya su hermano había hecho un comentario en la cena sobre lo insistente de su alegato al ofrecerse a ser él mismo quien marchase a Asbath. Para Jasper aquello resultaba digno de admirar, aunque Rosalie se preguntaba el porqué de su actitud tan voluntariosa. Tenía la respuesta frente a sus ojos.


-Entonces ese es el verdadero motivo de tu partida -aventuró ella posicionándose frente a él. -Me estás abandonando.


-No se puede abandonar lo que no se posee -sentenció él con frialdad.


Entonces Rosalie tomó su rostro con ambas manos y unió sus labios con los suyos, besándolo con fervor, aturdiéndolo. Deslizó sus brazos rodeando su cuello y se abrazó a él, arqueando su cuerpo contra el suyo, con la firme intención de que la sintiera, por entero, mientras seguía besándolo ávidamente, continuando con aquella lucha sin cuartel. Por mucho que Emmett intentó no doblegarse, sus deseos de tocarla y abrazarla eran cada vez más poderosos, y se acrecentaban con cada una de las caricias que le dedicaban aquellos deliciosos labios. Finalmente se rindió sin remisión y elevó sus brazos para estrecharla contra su pecho. Sí, la sentiría una vez más, era una justa recompensa por aquel sacrificio que le laceraba el corazón, el alma. Respondió a su beso con el mismo ardor, saboreando su boca hasta la saciedad, queriendo que ese exquisito dulzor impregnara su mente y sus recuerdos donde permanecerían para siempre. Y Rosalie lo comprendió, aquel beso le supo a despedida, a adiós y aunque quiso transmitirle todo su amor, todo sus anhelos y acallar de su mente la estúpida idea de dejarla, con cada instante que pasaba lo notaba más y más lejano. Sus brazos la abrazaban, sus labios la besaban pero su alma se separaba angustiosamente de la suya.


-¿De cuántas formas he de decirte que te pertenezco? -lo miró con ojos suplicantes. -¡Te amo, Emmett!


-¡Y yo a ti! ¡Desesperadamente! -le declaró.


-¿Entonces por qué?


-Por que esto es lo mejor -bajó él su rostro huyendo de su mirada.


-¿Para quién? ¿Para ti? -inquirió con furia, tratando de tragarse las lágrimas que luchaban por liberarse de sus ojos.


-¡No! -se apresuró a negar. -¡Es lo mejor para ti!


-¡Tú eres lo mejor para mí! -dijo exasperada.


-¡Te conviene alguien como James! -exclamó mortificado.


Rosalie se alejó un paso de él y comenzó a reír, una risa falsa, aderezada con la sal de su llanto.


-Eres un iluso -ironizó. -¿Crees que porque te marches me arrojaré a sus brazos? ¿Tan banal piensas que es mi amor por ti? ¿O es que has olvidado lo que me dijiste una vez cuando ocurrió aquel episodio entre Charlotte y Peter? "No hay nada que se pueda hacer si el corazón de la doncella ya pertenece a otro" ¿Lo olvidaste? -insistió -¡¿Lo olvidaste? -golpeó su pecho obligándole a contestar.


-No -masculló entre dientes.


-Pues mi corazón no sólo te pertenece, Emmett -prosiguió entre lágrimas, -lo marcaste a fuego, y es un ardor que me consume dolorosamente cuando no te tengo cerca pero que tu simple contacto mitiga tornándose en embriagador bálsamo. Mis manos sólo reconocen la tuyas, al igual que mis labios, mis ojos, mi aliento, mi esencia... sólo te reconocen a ti.


Rosalie posó su mano en la mejilla de Emmett y captó un lágrima solitaria que la surcaba.


-Dime que volverás a mi lado -le pidió.


Emmett cerró los ojos y tomó aire, tembloroso.


-Adiós, Alteza -suspiró contra su piel.


Tomó sus dedos, apartándolos de su rostro, y se giró dándole la espalda, sin querer ver como se marchaba, evitando así la tentación de detenerla, alejando el deseo de estrecharla de nuevo para no volver a soltarla jamás. Escuchó sus pasos lentos a lo largo de la habitación, el sonido de la puerta al cerrarse y entonces se derrumbó. Cayó sobre sus rodillas con el rostro entre sus manos, ahogando un grito de dolor al sentir su corazón resquebrajarse en miles de pedazos dentro de su pecho. Y lloró como nunca antes lo había hecho al saber que él mismo se había condenado a la más absoluta soledad, a una vida llena de oscuridad y de su ausencia. Sólo le quedaba aquel sabor en sus labios que jamás se borraría de su piel.


Aún no despuntaba el alba cuando se levantó de la cama, con los músculos entumecidos, tras horas de vigilia y aflicción. Se acercó a la cómoda tomando la carta de Jasper y la leyó, guardándola después en el interior de su jubón. Sin duda a los soldados les honrarían las palabras de su Rey pero seguía convencido de que eran innecesarias; el ejército de Asbath lucharía con toda seguridad. Se colgó el morral al hombro y se dirigió a la puerta, despidiéndose de aquel cuarto en el que quedaría encerrado su corazón.


Antes de cruzar el puente levadizo se volteó para echar una última mirada a aquel castillo en el que se había permitido el lujo y la osadía de soñar. Vislumbró una de las ventanas del torreón alumbrada por la luz de las velas y su fulgor desdibujó el rostro de Rosalie. Emmett no pudo evitar que el brillo de sus ojos lo capturaran una vez más y Rosalie sonrió para sus adentros con amargura. Podrían pasar semanas, meses, años, incluso siglos, pero ella siempre estaría allí, esperándolo, hasta que él decidiera volver. Por que él volvería y ella estaba convencida de ello, debía estarlo... esa esperanza era lo único que la mantendría con vida hasta entonces.



sábado, 19 de junio de 2010

Tan lejana como una estrella

Cap.4. Compromiso

EDWARD POV

"¡Alice, date prisa hija!" – exclamaba mi madre yendo de un lado a otro con varias cosas en la cocina – "¡Tenemos solo tres horas y no esta lista la comida ni la mesa!"

"Hola, mamá" – dije en cuanto llegué de la escuela y tomaba las llaves para ir a traer a Bella a la escuela – "¿Por qué tan apurada?"

"¡A la señora se le ocurrió hacer una fiesta de un momento a otro!" –

"¿Una fiesta?" – repetí, confundido.

"El señor viene de su viaje de negocios y la señora quiere recibirlo con una cena" - explicó mi interlocutora

Levanté las cejas por el asombro. Llevaba ya casi tres meses trabajando en ese lugar y, tal parecía, hasta esa noche, iba a tener el gusto de conocer al Sr. Swan

"¿Puedo ayudarlas en algo? Todavía falta media hora para ir a traer a Bella"

"Señorita, Isabella" – corrigió mi madre – "que no se te olvide que a la señora no le gustan ese tipo de confiancitas"

Suspiré mientras ponía mis ojos en blanco. Si la "señora" supiera que tenía pocas semanas su hija y yo nos habíamos besado.

Aun recordaba aquella imagen, tan clara como si hubiera sido ayer.

"¡Esto es injusto!" – entro quejándose Alice – "¿Dónde esta la otra muchacha cuando se le necesita?"

"Ella entra a las cinco" – informé

"No se a que viene, el trabajo es en el día" – volvió a refunfuñar mi hermana

"Calma, Alice" – dijo mi madre "La señora le habló para que viniera, no ha de tardar"

Tanya apareció justo en el momento en el que yo salía de ahí para ir a traer a Bella.

"¡Edward!" – saludó de forma demasiado entusiasta, rodeando mi cuello con sus brazos y besando ligeramente mis labios. Lo primero que hice fue apartarla rápidamente, mientras miraba a mi mamá. Ya me esperaba su mirada desaprobatoria

"Nos vemos, Tanya" – dije secamente – "Tengo que ir por la señorita"

Alice se adelantó a salir y me siguió hasta donde estaba el carro

"¿Otra de tus conquistas?" – preguntó con burlona desaprobación. Le dediqué una sonrisa inocente – "Ay, hermanito. ¿Cuándo vas a cambiar?"

"Vamos, no es nada" – alegué a mi favor – "ella sabe que… solo somos amigos"

"Si, seguramente."- replicó, cruzando sus delgados bracitos sobre su pecho – "Ya la quiero ver llorando el siguiente mes, cuando se te pase el gusto"

"Vamos chaparra, no es para tanto" – tranquilicé –"Hasta ahora ninguna se ha suicidado por mi" – agregué mientras le volvía a sonreír, abriendo la puerta del automóvil.

En cuanto llegué a la escuela, Bella ya me estaba esperando donde usualmente solía estacionar el carro. Desde aquella noche, su mirada era más gélida y su indiferencia más acentuada.

"Buenas tardes" – saludé con un asentimiento mientras subía a la parte trasera del carro. No contestó.

"No vamos a ir a la casa" – dijo ya adentro – "Llévame a Port Angeles, tengo que hacer algunas compras"

La miré por el retrovisor al escuchar extraño el timbre de su voz. Tenía los ojos hinchados y húmedos.

"¿Le pasa algo?" – pregunté en cuanto llegamos a un lujoso departamento de ropa

"No" – contestó. Aunque era obvio que me mentía.

Esperé afuera mientras Bella hacía sus compras. Imaginé que la causa principal era la fiesta que habría en pocas horas. Tras esperar cerca de una hora, Bella salió con dos bolsas en las manos. Me apresuré a ayudarla. Cuando llegamos, aún estaba mi mamá y Alice en la casa

"Alice, ¿Acaso no piensas ir a la escuela" – pregunté molesto

"No puedo dejar a mamá sola"

"Yo la ayudo, vete ya" – indiqué mientras la empujaba hacia la salida de la cocina, me sonrió agradecida y se fue, no sin antes darme un beso en la mejilla

"Gracias" – murmuró mientras se quitaba el mandil

"Alice" – llamó Bella, entrando al lugar.

"¿Si señorita?" – preguntó mi hermana de manera amable. Era claro que ambas se agradaban.

"¿Se te ha hecho tarde para ir a la escuela, verdad?"

"Solo un poco, señorita"

"Si quieres, te puedo llevar" – se ofreció. Mis ojos se abrieron por la sorpresa. Alice ya me había contado que Bella siempre había sido muy amable con ella, pero no podía creer que hasta ese grado.

"No señorita, gracias" – repuso mi hermana con una enorme sonrisa apenada.

"Vamos, Alice…" – insistió la otra muchacha… sin embargo,

"Bella" – la voz de la señora nos hizo saltar a los tres – "Deberías de estar arreglándote, en lugar de estar platicando con la servidumbre" – recomendó, mirándonos, a mi hermana y a mí, con desprecio.

El rostro amable de Bella se descompuso rápidamente en aquella mascara fría y petulante, tan característica de ella.

"Si, mamá" – acordó la muchacha y contemplé, con tristeza, el como se retiraba de mi vista.

"Edward" – llamó la patrona – "A las 7 te quiero listo, iremos a traer a mi esposo" – ordenó.

Ayudé en lo que pude a mi madre y a Tanya (evitando las insinuantes miradas y roces que me brindaba, estando Esme presente)

"Tanya, ¿Podrías hacerme favor de tranquilizarte mientras esta mi madre?" – inquirí molesto. Pero a la chica no parecía afectarle mi tono de voz. Acercó su cuerpo mientras me empujaba hacia la mesa y recorrió mi pecho con una de sus manos

"¿Acaso mamá no te deja tener novia?" –

"Tanya… tu y yo no somos…" –

"Ya lo sé" – interrumpió, sin que mis palabras (o la intención de mis palabras) le afectara - "¿Te veo hoy en la noche? Tiene días que no te visito"

Le sonreí de lado. Era algo que no podía evitar al pensar en la cama y en Tanya al mismo tiempo.

"Claro, pero ahora, compórtate, ¿Si?" – pedí de manera más amable. La chica asintió para después, inclinarse y rozar mis labios, restregando su cuerpo con el mío.

No lo pude evitar y, aprovechando de que no había nadie en la cocina, llevé mis manos hacia la parte más baja de su cintura y la apreté fuertemente contra mí. Sentí como una de sus piernas se comenzaba a entrelazar con una de las mías…

"¿Ustedes no se cansan de andar de calientes, verdad?" – interrumpió aquella voz tan familiar y dolorosa. Me separé bruscamente de mi amante, para verla y un suspiro ahogado se me fue en cuanto la vi.

Estaba hermosa. Su vestido color azul marino resaltaba cada delicada curva de su cuerpo. Solo una belleza de tal magnitud era capaz de dejarme mudo y embobado tanto tiempo.

"¿Qué?" – preguntó tajantemente – "¿La chacha te comió la lengua?"

Aquello me hubiera molestado si no la estuviera viendo con tanta idolatría. (Últimamente se le había dado por tratar más que mal a Tanya cuando estaba yo presente) Pero esa noche solo estaba para ella… para nadie más, así que los insultos quedaron, fácilmente, de lado.

"Mi mamá no podrá ir, todavía no se termina de arreglar, así que iremos tu y yo por mi papá" – indicó, y, rápidamente, abandonó el lugar.

Yo salí tras de ella como perro faldero, olvidándome de Tanya por completo.

En el viaje pude ver como Bella se secaba en dos ocasiones unas rebeldes lágrimas que caían por sus mejillas.

"No debería de estar llorando" – aconsejé – "tiene mucho que no ve a su padre, debería de estar feliz"

"Debería" – replicó con acritud – "Pero hay algo que me impide disfrutar el regreso de mi padre"

"No le gustan las fiestas" – afirmé

"Y en especial esta" –

"¿Por qué es tan mala?" – quise saber

"No tengo por que contarte mi vida, Edward" – contestó – "Yo no te ando preguntando sobre la chachita" –

"No debería referirse así de ella, se llama Tanya" – le recordé

"Me vale un comino si se llama Tanya o Simiona… no voy a malgastar mis neuronas en recordar a alguien tan insignificante"

"¿Entonces yo no soy insignificante?" – pregunté. Ella me cuestionó con la mirada – "Usted se aprendió mi nombre a la primera" – recordé, provocando que al instante, una delicada risa, seca y afilada, saliera de su pecho

"Vamos, Edward. Ya baja de tu nube" – aconsejó – "¿Acaso crees que tú, un simple chofer, podrías ejercer un poco de atracción en mí?"

Aquel comentario dolió. Pero luché por que no se hiciera evidente en mi rostro

"El beso que me dio hace semanas demostró todo lo contario" – dije a mi favor. Desde lo ocurrido, jamás habíamos tocado el tema. Así que no sabía que esperar de Bella. Esperé por largo rato antes de que ella hablara

"Te puedo besar otra vez, si quiero, y sigue no teniendo significado alguno" – contestó, al fin. Frené el coche

"¿Qué haces?" – preguntó mirando la oscuridad por las ventanillas – "Esto no es el aeropuerto"

"Ya lo se" – admití – "Solo quiero dejar muy en claro que yo también la puedo besar otra vez y seguiría significando absolutamente nada"

Bajé del carro con un movimiento rápido y me adentré a la parte trasera de este. Cerré la puerta y tomé su rostro entre mis manos, sin darle oportunidad a ejercer el más mínimo rechazo. Esta vez fui yo quien comenzó el beso. Bella forcejeó ligeramente durante unos segundos antes de darse por vencida y dejar caer sus manos alrededor de mi cuello. La oscuridad de la noche, y la idea de saber que nadie nos podría ver, mandó a mi mente una señal para intensificar aquel contacto físico.

La besé con más pasión, sintiendo cada parte de su boca contra la mía, apretando su rostro con mis manos. Podía sentir como nuestras respiraciones se volvían mas intensas y en un movimiento automático e inesperado fue guiando su cuerpo para que se acostara completamente y yo quedara encima de ella. Mi boca se separó de la suya y resbaló por su cuello.

Para, Edward me ordenaba la poca conciencia lógica que tenía. Pero mis manos no obedecían en absoluto. Con un temblor, nunca antes sentido, se desplazaron por sus hombros hasta llegar a su cintura, pequeña y frágil. Mi boca seguía saboreando su cuello y comenzó a bajar un poco más. Una de sus manos aferraba mis cabellos y la otra mi espalda.

Comencé a bajar con los labios el fino tirante de su vestido, mientras escuchaba a Bella suspirar profunda y entrecortadamente.

¡DETENTE! Gritó una voz interior. Logrando que me separara de ella entre jadeos. La miré con deseo infrenable, pero sabía que esto no era lo correcto. Yo no merecía a Bella. Estuvimos en silencio mucho tiempo, mirándonos a los ojos con cautela.

Esto… no… significó nada… ¿Entendiste?... – preguntó ella mientras recuperaba la respiración

No significo nada, PARA TI

Me bajé de su cuerpo calido y me puse al volante de nuevo. Manjé con la vista puesta en la carretera pero con los pensamientos en la mujer que se encontraba en el asiento trasero.

Aceleré más. Estaba a punto de fracasar. Faltaba poco para decidirme parar el carro e ir de nuevo a besarla y hacerla mía. (Aunque, muy probablemente, Bella pararía. Seguramente ella me había estado siguiendo el juego todo este tiempo)

Llegamos al aeropuerto justo a tiempo (gracias a que rebase los 135 kilómetros por hora)

"¡Papá!" – exclamo Bella mientras se aventaba a un hombre alto y de aspecto recatado.

"Bella, cariño mío" – el hombre le hablaba con mucho amor a su hija mientras la cubría de besos

"Papi, como te he extrañado" –

"Yo también cariño. Yo también" – tras dos minutos de muestras de afecto, ambos caminaron en mi dirección

"Papá, él es el chofer" – escupió Bella la última palabra mientras me miraba de forma mordaz

"Mucho gusto, muchacho" – el señor me tendió la mano de manera amable. Le correspondí el gesto rápidamente.

"El gusto es mío, Sr. Swan" – dije. Tal parecía que la combinación de ese carácter tan explosivo de Bella se debía a la arrogancia de la madre y la cordialidad del padre

Llegamos a la casa. En el patio había ya varios lujosos carros estacionados. El rostro de Bella volvió a mostrarte triste y molesto

"Te siguen disgustando las fiestas" – comentó el padre divertido

"Esta, sin duda, se lleva el premio"

"¿Jasper Hale esta de regreso?" – inquirió

"Como me conoces, papá" – dijo Bella mientras lo abrazaba.

Entré por la cocina para evitar pasarme por la sala. Encontré a mi mamá aun ahí junto con Tanya que llevaba una charola con suculentas botanas

"Mamá, ya es muy tarde" – dije

"La señora me pegará las horas extras" – contestó con una sonrisa – "no nos caería nada mal el tener un dinerito extra… así podríamos celebrar tu cumpleaños"

"Mamá… no tienes por que preocuparte…"

"Tiene años que no celebramos tu cumpleaños" – interrumpió – "Siempre has sido el que se ha sacrificado para que nada les falte a tus hermanos pero, ¿Y tu qué?"

"Mi mejor regalo son ustedes" –

"Tú eres un regalo para nosotros" – dijo mi madre pellizcando una de mis mejillas – "Aunque seas un todo un Don Juan" – me acusó con su tierna mirada

Le sonreí de la misma forma con la cual le había sonreído a mi hermana

"Te quiero" – confesé

"Si, ya se que me quieres, pero eso no va a lograr que me olvide de sermonearte el día de tu descanso" – sonrió – "Ahora, ¿Podrías ayudarme a repartir todas estas botanas?"

"Claro" – tomé una de las charolas con comida y me dirigí hacia la sala. Varias personas vestidas de forma elegante se encontraban ya. Entre ellas distinguí a Jessica, (quien en cuanto me vio me saludó animadamente desde lejos) y a Rose. Busqué con la mirada a Bella. Se encontraba al lado de su madre y advertí que su mirada se posaba en mí.

La gente se aproximó y acabaron pronto con las botanas que sostenía…

BELLA POV

"¡Por Dios, Bella!" – exclamó una de mis compañeras de clase – "¿Quién es ese bombón?"

Trabé los ojos. Era la cuarta vez (excluyendo a Jessica) que me preguntaban acerca de Edward.

"Es mi chofer" – contesté de manera mucho más cortante

"¡¿Tu chofer? ¡¿A qué agencia vas?" – quiso saber – "Para que le diga a mi mamá que vayamos en seguida"

"No lo contratamos en ninguna agencia, es el hijo de la cocinera" – repuse mientras posaba mis ojos en el susodicho.

Realmente no podía culparlas. Edward era… perfecto. Ninguno de los presentes le hacía justicia. Edward (vistiendo sencillamente el uniforme) superaba por mucho a todos los chicos con lujosos trajes y poses.

Todo lo de él era tan natural: la forma de moverse, la enigmática luz de sus ojos color verde, su cabello cobrizo y despeinado, sus labios al sonreír cordialmente… esos labios que tenía menos de tres horas acababa de saborear…

"¿Bella, me estas escuchando?" – preguntó mi madre rompiendo mis cavilaciones

"Perdón. ¿Qué?" –

"Ya es hora del brindis" – anunció con voz desperada. Caminé con desgana. Mi madre me jaló para que quedara justo al lado de Jasper.

"Hola, Bella" – saludó. Toda la noche no nos habíamos hablado (para gran frustración de Renne)

"Hola" – dije

El brindis comenzó

"Quiero agradecer a todos los presentes por haber venido" – comenzó a decir mi mamá – "Esta fiesta, como ya todos ustedes saben, fue por el regreso de mi esposo de su viaje a Madrid. Pero también hay un segundo motivo: el regreso del joven Jasper Hale" – todos aplaudieron y yo trabé los ojos. Estas cosas me aburrían – "Jasper, cariño, bienvenido" – Jasper asintió. Su rostro mostraba que tampoco le gustaba mucho el detallito de mi madre – "Espero que tu y mi hija sigan con su compromiso… ya sabes que eres como un hijo para nosotros y nada nos haría más feliz que verlos llegar al altar…"

Dejé de escuchar por que la mirada de Edward me había atrapado. ¿Cómo se había atrevido mi madre a mencionar tal blasfemia? ¿Cómo? si todavía Jasper y yo no habíamos vuelto a hablar sobre formalidades en nuestra "relación"

Me encontraba aturdida… mientras una desesperante angustia me llenaba por dentro. ¿Creería Edward aquellas palabras? ¿Debería importarme de esta manera tan absurda lo que él pensara? No. No debería. Pero lo hacía.

Jasper se mostraba tan confundido como yo. Los invitados no se dieron cuenta de nuestros rostros, tomando nuestro mutuo silencio como una afirmativa a la petición de mi madre. Aplaudieron y siguieron entre sus charlas artificiales, mientras yo no hallaba las horas para que todo esto terminara…

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Cap.5. Aceptando la Realidad

EDWARD POV

Gracias al cielo, la maldita fiesta había terminado. ¡Mierda! Las palabras que la señora había dicho aun resonaban una y otra vez en mi mente. ¡Que estupido había sido! ¡Que estupido era! ¿Por qué, maldita sea, me tenía que poner en este estado el saber que Bella estaba comprometida? Era lógico ¿No? ¿Qué esperaba? ¿Qué ella se fijara en mí? ¡Idiota! ¡Mil veces idiota!

Eso era más fuerte que yo y esa noche tenía dos opciones:

La primera: esperar a que viniera Tanya… y la segunda: ir a buscar a Bella a su recamara.

Mi conciencia, mi débil conciencia, sabía que la primera opción era más lógica y audaz… ¿Qué se suponía iba a ser yo en el cuarto de "la señorita"? ¡¿Qué? ¿En que momento, Dios mío? ¿En qué momento fue a nacer en mí todo esto? ¿Y por qué sentir esto justamente por ella? Suspiré profundadamente mientras me cubría los ojos con mis brazos…

Y, aun sin saber muy bien con que objetivo, me paré de la cama y me dirigí hacia su cuarto… todo estaba ya oscuro, eran alrededor de la una de la mañana… seguramente estaba durmiendo ¿Qué iba a ser si estaba dormida? ¿Qué? Estaba completamente loco y aun sabiendo eso mis pies no frenaban.

Llegué a mi objetivo, ¿Qué tenía en especial esta niña que me hacía arriesgar hasta mi propio trabajo, sin el cual, simplemente no podría seguir estudiando? Sollozos, habían sollozos al otro lado de la puerta… ¿Tenía que tocar o me arriesgaría a ver si estaba abierta? Elegí, como siempre, la opción menos apropiada: la segunda. Estaba abierta ¡Maldita suerte! ¿Tan desgraciado era conmigo el destino como para ponerme todo, ante ella, de una manera tan fácil, tan… tentadora?

Ella se percató rápidamente de que su puerta estaba abierta, entre la oscuridad, vi su oscura silueta levantarse rápidamente de la cama. ¿Qué hacer? ¿Qué decir? ¿Irme? Eso sería lo único rescatable

"Edward ¿Qué haces aquí?" – preguntó susurrando con voz entrecortada. Cerré la puerta detrás de mí y le puse seguro, aún sin saber qué estaba haciendo – "Edward… sal de mi cuarto" – ordenó. No obedecí. Caminé hacia ella y en la oscuridad rocé su mejilla. Estaba húmeda y calida

"Esta llorando" – susurré – "¿Por qué?"

"¿Has venido a eso? ¿A preguntarme por qué lloro?" – No. Realmente no.

"Te vas a casar" – dije, ignorando su pregunta. Mi mano aun estaba sobre su mejilla. Ella no la había retirado

"¿Y si me caso qué? ¿Te tengo que pedir permiso?" –

"Por supuesto que no… solo pensé que tu llanto se debía a eso" – falsas esperanzas

"No finjas conocerme" – pidió con voz triste, mientras intentaba inclinar su rostro hacia abajo

"Intento conocerte" – confesé, sin poder contener la adoración que le tenía

"No me tutees" –

"¿Por qué no?" –

"Edward, ya dime que haces aquí" – imploró

"No lo se" – admití. ¿Qué más daba mostrarme débil ante ella? – "disculpe por molestarla…" – retiré mi mano de su mejilla y me di media vuelta, ¿Qué podía seguir haciendo ahí?

"No te vayas" – dijo mientras me jalaba del brazo y sus labios aprisionaban los míos. ¿Por qué hacia eso? ¿Por qué tenía que torturarme de esta manera tan hermosa? ¿Acaso no se daba cuenta de lo débil que era y lo mucho que ambos podíamos perder en este juego?

A mi no me importaba perder. Tome su cintura entre mis manos, solo una ligera blusa la cubría, sus labios se movían insistentes en la oscuridad. Moví una mano hacia sus cabellos, suaves y sedosos. Rocé sus mejillas, rocé su cuello, rocé sus hombros y sus brazos, mientras que a la vez, sentían sus manos moverse en mi espalda, provocando un cosquilleo en ella.

Mi mano se atrevió a descubrir su vientre plano y desnudo, suave y fina piel. ¿Por qué no paras esto Bella? Para, por que yo no podré hacerlo mi boca te desea, mi cuerpo te necesita, mi alma te adora…

Me guías. Irónica situación. Por primera vez tengo miedo. Tal vez es por que te quiero. Ahora nos encontramos en tu cama, mi cuerpo junto al tuyo, ¡Detén esto Bella! Mis manos ya no podrán controlarse más y comenzaran a deshacerse de lo que estorban… Detén esto, Bella y como una orden lo haces. Pones tus manos en mi pecho y me alejas.

Nos miramos con cautela, una vez más… Sentía su respiración entrecortada, una vez más…. Me duele estar tan lejos de ti… una vez más.

"Infiel" – susurré. No por él, si no por mí. Aunque yo no tenía ningún derecho de llamarle así ¿Qué era Bella de mí? Nada, más que la hija de la patrona

"Vete, Edward" – pidió. Obedecí. Obedecía cada palabra y cada mandato que ella me daba. Era un esclavo, un mendigo y ella, era mi diosa. Su peor castigo: provocarme el deseo de un amor que jamás podría tener.

Al llegar a mi recamara me asusté al ver una silueta femenina esperándome.

"¿Dónde estabas?" – preguntó Tanya.

"Fui a tomar un vaso de agua" – ella caminó hacia mi y me rodeó el cuello con sus brazos

"Te encanta hacerme esperar" –

"Claro que no" – susurré – "Ya no te haré esperar"

La rodeé con mis brazos y rápidamente la llevé hacia mi cama, en donde la besé y la desvestí con desesperación salvaje mientras buscaba en ella su calor. Busqué en cada milímetro de piel su piel y no encontré nada de ella…

Y es que nadie era como Bella…

"¡Caray hombre!" – exclamó Emmet mientras me daba un manotazo en la espalda – "Te ves mal"

"No dormí bien anoche" – expliqué sin prestar mucha atención

"Yo te podría ayudar a dormir mejor" – ofreció Victoria mientras se sentaba en mis piernas. Los demás comenzaron aullar. Decidí ignorarla, no estaba de humor para andar con jueguitos seductores.

"¿Me vas a decir qué te pasa?" – pidió Emmet en cuanto estuvimos al fin solos

"Ya te dije que no dormí bien" –

"¡Vamos, Edward!, no soy idiota y soy tu amigo… te conozco. Algo te pasa"

Realmente me conocía bien. Emmet era mi amigo de años, un chico de familia muy acomodada, pero modesta. De las pocas (por no decir la única) que te encuentras en la vida, casi juraba que sus padres no tenían interacción alguna con las demás familias "de sociedad".

"¿Tienes problemas económicos? Ya sabes que si se te ofrece te puedo ayudar…"

"No es eso, Emmet" – interrumpí – "Por ahora estoy bien, en el lugar en el que trabajo me pagan demasiado de manera considerable"

"¿Entonces?" – insistió

"La hija de la patrona" – dije suspirando derrotado. Emmet no lo iba a dejar pasar

"¿Qué tiene la hija de la patrona?" – inquirió sin entender aún. A veces me sorprendía lo poco observador que era para percibir los sentimientos de los demás

"Me estoy enamorando de ella" – confesé de manera atropellada. Mi amigo abrió los ojos, dilatados por la impresión

"¿Has dicho ENAMORANDO?" – asentí muy a mi pesar y él soltó una sonora carcajada – "¡Edward, no bromees! ¡¿Tu? ¡¿Enamorado?

"Si no te vas a tomar esto en serio…" – dije, exasperado, mientras me ponía de pie. La situación no me resultaba nada cómica

"Tranquilo, tranquilo" – Emmet me tomó por el hombro y me hizo retroceder. Me analizó varios segundos con la mirada – "En realidad parece que si estas enamorado"

"En realidad" – repetí

"Pero eso no es tan malo" – objetó y trabé los ojos

"Es la hija de la patrona" – le recordé – "¿Eso no es malo?" – mi amigo se quedó pensando por unos cuantos segundos.

"Dices que trabajas en la casa de los Swan, ¿No?" – asentí – "Tienes razón, es una familia muy conservadora e idealista… sobre todo la señora… a mi mamá le cae como patada de burro" – rió quedamente

"Lo sé…" – comencé a decir – "no me logro explicar por qué esa niñita me ha llegado a… a atrapar de esta manera"

"Es muy linda. La he visto de lejos" – admitió Emmet

"No es solamente su físico, Emmet" – aclaré mientras la recordaba – "Es su personalidad… creo que soy masoquista" – sonreí al acordarme cuando me pegó una cachetada y las humillaciones que había recibido de ella

"Estas enfermo, amigo" –

"No se que hacer"- admití

"¿Has pensado en decirle lo que sientes?"

"No… ¿Para qué? Ella me humillaría y… ¡Es claro que ella se burlaría de mis sentimientos!"

"¿Tan descorazonada es?" –

"No. Solo que… ella esta comprometida y es muy frívola… principalmente conmigo"

"Si esta comprometida, amigo, mejor ya ni luches" – recomendó con voz sabia.

Suspiré

"No es fácil" – discutí con voz apesadumbrada.

La tarde paso sin acontecimiento alguno (si descartamos que fuera por Bella a la escuela y una punzada de dolor me diera al verla)

La tardé pasaba tranquila. Me acomodé en la cocina para comenzar a trabajar en un reporte sobre las células humanas y sus funciones. Llevaba varias horas, ya casi finalizaba el trabajo (Gracias a que Tanya no se había parado por ahí)

"¡Si mamá!" – gritó Bella. Su voz provenía de la sala – "¡Ahorita le hablaré a Jasper para que salgamos!"

Apreté el lapicero con la mano. Traté de concentrarme en mi tarea

"Edward, vamos a salir" – anunció Bella y salió antes de que pudiera responderle. Me levanté, llevé mis cosas a mi recamara, cogí las llaves del carro y me dirigí hacia el.

Lo que me faltaba: tener que ir con Bella a sus citas amorosas. La chica subió al carro con gesto molesto

"¿A dónde?" – pregunté

"A donde tu quieras" – lo miré extrañado a trabes del retrovisor – "Llévame a donde sea, pero que este lejos de mi casa y de mi madre" – exigió.

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Cap.6. La otra cara de la moneda

EDWARD POV

Llevarla a donde yo quisiera…

Esa frase, mencionada por otra mujer, hubiera pegado a mi morbosa mente de manera rápida y tenebrosa… pero ella no era otra mujer… ¿Por qué me resultaba tan diferente esta chiquilla? ¿Por qué no podía verla solo como un cuerpo de deseo y placer? Yo sabía que quería más que eso, mucho más…

La deseaba, no lo iba a negar, pero era un deseo diferente. Un deseo amoroso, lleno de cuidado y miedo por mi parte. No le quería dañar, quería que ella fuera feliz. Desde que la conocí, un deseo infinito de protegerla me nació (no lo quería reconocer, pero así fue) haría todo lo que fuera (y ella me permitiera hacer) con tal de verla feliz. Pise más fuerte el acelerador. ¿A dónde podría llevarla? Por lo que había visto, Bella frecuentaba solo lugares de alta sociedad, lugares lujosos y muy selectos, solo para gente como ella: gente con dinero y status social elevado.

¿Quería Bella ir a algún lugar de aquellos? Jamás la había visto realmente feliz al mencionarlos, ni al salir ni al entrar de ellos… al contrario, siempre salía con su bello rostro cubierto de amargura, de soledad… ¿Entonces a dónde? Tampoco la podía llevar a lugares en los cuales yo frecuentaba: un mundo totalmente paralelo. Un mundo en el cual el contraste se tornaba blanco y negro. Como nuestras vidas. Seguramente se asustaría.

Aún así me arriesgué. ¿Qué podía pasar? Solo que ella viera con sus propios ojos otro tipo de vida, la cual ignoraba (y probablemente, ignoraría) por completo. La llevé a mi casa. La veía por el rabillo del ojo. Su rostro, (antes triste), se veía curioso al recorrer las oscuras y desoladas calles del barrio en donde solía vivir.

"¿Dónde es aquí?" – preguntó con voz baja, sin despegar la vista de la ventanilla. Seguí el rumbo de su mirada: una señora de edad avanzada tirada en el suelo, sin protección alguna de la fría noche

"Este, es el barrio en donde vivo. Espero no le moleste el que la lleve a mi casa. No se me ocurrió otro lugar a donde ir" – no hubo respuesta – "Si gusta, la puedo llevar a otro lugar" – ofrecí. Ella negó con la cabeza

"No" – se limitó a decir y siguió mirando a través de la ventanilla. Pocos minutos después llegamos a mi casa.

Las luces estaban encendidas. Detrás de la desgasta cortina se veía la sombra de mi madre y la de uno de mis hermanos. Seguramente estaban terminando de cenar. Estacioné el carro en un estrecho lugar junto a mi hogar. Ayudé a Bella a bajar del carro, su mirada estaba posada en mi casa.

"¿Tu casa?" – preguntó señalándola

"No esperaba a que fuera una mansión, ¿O si?" – pregunté sonriendo. Estaba seguro que probablemente, mi casa tenía el mismo tamaño que la sala de su mansión.

Ella me miró de forma acusadora, como si mi comentario no le causara gracia alguna. Ignoré su gesto y la guié hacia la única puerta que teníamos por entrada, la abrí y le indiqué con un gesto a que pasara. Ella dudó un segundo en la puerta y sus ojos se posaron en los míos.

"Siéntase en su casa" – indiqué con una sonrisa para infundirle confianza.

"Gracias" – contestó sonriendo levemente, y entró con la cabeza agachada.

"¡Edward!" – exclamó sorprendida mi madre al vernos entrar – "¡Señorita!"

"Buenas noches, Esme" – saludó Bella tímidamente levantando la vista. Analizó mi casa con la mirada

"La señorita comenzó a sentirse mal en el camino – me apresuré a decir - la casa nos quedaba cerca y decidí pasar para que le prepararas un té, de los que solo tu sabes cómo hacer para calmar los nervios" – mentí con convicción.

Había venido pensando en el camino que excusa darle a mi madre. Mi padre apareció en la pequeña sala, trayendo cargado en la espalda a Seth. Jacob aun estaba en la mesa mirando con extrañeza a Bella

"Buenas noches" – saludó mi padre con aquella sonrisa gentil tan suya. Bella volvió a saludar. Mi madre la invitó a sentarse mientras se adentraba en la cocina junto con mi padre, dispuesta a preparar el té. Encendí el viejo televisor

"Siento mucho no tener televisión de paga" – me disculpé en tono bromista.

Realmente quería descubrir en el rostro de Bella algún gesto de apatía o arrogancia, pero nunca fue así. Su mirada viajaba, una y otra vez, (tratando de ser disimulada, pero sus ojos eran demasiado expresivos y fáciles de leer, al menos para mí) y solo se tornaba extraña. Podría jurar que estaba maravillada

"Tu casa es muy bonita, Cullen" – comentó. La miré extrañado. Sabía que mi casa era bonita, toda mi familia estaba orgullosa y feliz de tenerla, puesto que a todos, nos había costado. Pero ni de lejos pensé que Bella podría verla de tal manera

"Gracias" – dije – "No pensé que le fuera parecer así"

"Las cosas no son como parecen" – comentó pero su voz ahora sonaba triste. Instintivamente, le tomé su mano entre las mías. Sus ojos se volvieron a los míos

"No quise ofenderla" –

"Eres afortunado ¿Sabes?" – dijo cambiando de tema y desviando la mirada para posarla en mis hermanos (Jacob y Seth) quienes se encontraban frente a nosotros, jugando. Seth se percató que era observado y le dedicó una calida sonrisa, carente de un diente, a Bella. La muchacha correspondió el gesto de manera automática y se acercó a mi hermano menor para tomarlo en brazos

"Esta pesado" – comentó alegremente mientras adquiría equilibrio para mantenerse de pie

"Es por el que mamá tiene que cocinar al doble" – expliqué. Exagerando un poco.

"¿Tu eres la novia de Ebwar" – preguntó inocentemente mi hermano con sus enormes ojos llenos de curiosidad

"Este… no" – contestó Bella, se escuchaba apenada ya que mi mis padres habían entrando justo en aquel momento – "Edward es solo…"

"Su chofer" – interrumpí para completar la frase – "Trabajo en su casa, es hija de los patrones" – expliqué mientras tendía mis brazos para que Seth viniera conmigo y dejará libre los brazos de Bella.

"Aquí tiene su té, señorita" – dijo mi madre. Bella lo tomó agradeciéndole de manera sincera. Mis padres se sentaron en el sillón de frente. Mientras Bella bebía

"Muchas gracias, estuvo delicioso" – comentó Bella cuando terminó

"Con eso se sentirá mejor" – aseguró mi padre sonriendo mientras su brazo se pasaba por los hombros de mi madre – "Esme tiene un don con los tes, aparte de ser ricos, son milagrosos" – dijo orgulloso y besó coronilla de mi madre como siempre solía hacer.

"¿Y dónde esta Alice?" – preguntó Bella

"Todavía no regresa de la escuela" – contestó mi madre

"¡¿Todavía no?... ¿No es peligroso para ella estar a estas horas aun en la calle? – su voz sonaba preocupada. Mis padres asintieron, dándole la razón.

"Se lo hemos dicho" – explicó mi padre con voz pausada y triste. Reflejo de la impotencia que sentía al tener que soportar el que Alice tuviera que arriesgarse solo por no poder darnos una vida más cómoda (una absurda culpa que él se auto imponía) - "Pero no quiere dejar de trabajar en su casa… dice que en algo es lo que nos ayuda"

"Podemos ir a traerla" – ofreció Bella al instante. Mis padres la miraron asombrada

"No tiene por que molestarse, señorita" – se apresuró a decir mi madre – "mi hija ya ha de venir en camino. Muchas gracias"

"No es ninguna molestia, sabe perfectamente que usted y su hija me agradan" – mi madre sonrió apenada.

"Gracias" – dijo mi padre. Seth comenzó a llorar. – "Llevaré a la cama a Seth, seguramente ya tiene sueño"

"Te acompaño" – ofreció mi madre – "En seguida volvemos"

"No se preocupe, ya nos vamos" – dijo Bella poniéndose de pie – "Muchas gracias, Esme – su mano se alargó para estrechar la de mi madre - Gracias…" –

"Carlisle" – informó mi padre con una sonrisa ya con Seth en los brazos

"Carlisle" – repitió Bella y, al igual que mi madre, le tendió la mano – "Nos vemos luego"

"Hasta luego" – dijeron mis padres al unísono. Bella y yo salimos de mi casa. Ella se giró hacia mí, antes de entrar al carro

"Muchas gracias, Edward" – me dijo con voz suave – "Mira que el traerme a tu casa, fue el mejor lugar al que hubieras podido traerme"

"Me alegra que así haya sido, dudaba mucho que se sintiera a gusto en un lugar tan distinto de a los que usted esta acostumbrada" –

"Vaya que es realmente distinto" – acordó – "Tu casa es por mucho mejor a todos los lugares que he visitado" – alcé una ceja al oír esto, mirándolo incrédulo ante sus palabras

"Tu casa es… es un hogar" – explicó – "Es demasiado calida… demasiado tranquila y tu familia se ve que es tan unida… me gustaría estar en tu lugar, me gustaría que mi familia fuera así"

"No debe decir eso" – aconsejé tratando de animarla – "Usted tiene una familia…"

"Mi padre todo el tiempo esta de viaje" – interrumpió – "no tengo hermanos y mi madre es… ¡Bueno! Ya te abras dado cuenta del carácter que tiene… - asentí sin decir nada al respecto.

"¿Por eso todo el tiempo llora?" – quise saber.

"¿Te parece exagerado?" – preguntó – "Seguramente piensas que sí. Seguramente has de decir: que niña tan mimada y dramática ¿Qué más le puede pedir si tiene dinero y nunca se le ha negado nada?... – preferí no contestar, puesto que más de alguna vez había pensado de esa manera y no lo quería admitir en esos momentos. Me limité a rozar su mejilla con la yema de mis dedos.

De esta Bella me enamoraba cada vez más. De la Bella que se encontraba escondida detrás de su arrogancia y frivolidad. Lastima que era tan difícil y extrañó encontrarla.

"¿Quiere que la lleve ya a su casa?" – pregunté. Ella asintió. Después sus ojos se posaron en los míos. Y como solía pasar mi mente se sintió aturdida.

Solo pude cerrar mis ojos para sentir el leve y delicado roce de sus labios, sabiendo perfectamente que con cada uno de ellos aseguraba aun más mi entrada a un infierno personal.

JAPER POV

Manejar y manejar. ¿Qué más podía hacer en este pequeño pueblo? Era completamente aburrido, casi patético. Rodeaba las diferentes calles de Forks con mi carro, el parabrisas se movía lentamente de un lado a otro para despejar las pequeñas y breves gotas de lluvia que caían. Mi mente se dirigió por un momento hacia Bella: mi "prometida", sonreí maliciosamente. Su madre estaba completamente loca y obsesionada con un compromiso que jamás se llevaría a cabo. En primera: por que Bella no estaba, ni en lo más mínimo, interesada en mí y en segunda: el sentimiento era reciproco.

No iba a negar que Bella era hermosa, pero chicas hermosas habían un montón; me caía bien, la veía como una amiga, alguien preciado pero hasta ahí.

Mi celular sonó. Era Vanessa.

"¡Hola, bebé!" – saludó la entusiasta voz al otro lado de la línea sin darme tiempo de contestar el típico "Hola"

"¿Qué tal, Vane?" – pregunté – "¿Cómo te va?"

"¡Perfect! – contestó – "Bueno… sería perfecto si tu estuvieras aquí… ¡Te extraño tanto, corazoncito!" – trabé los ojos. Le había dicho miles de veces que no me dijera así, pero parecía que estaba sorda para ese tipo de peticiones – "¿Tu no me extrañas?" – su voz sonaba empalagosa

"Claro…" – contesté. Para ser sincero, casi no me acordaba de ella estando acá.

"¿Estas ocupado, o algo por el estilo?" – inquirió por mi falta de entusiasmo en la charla. Iba a responderle que no, y a disculparme por mi actitud inventando cualquier estupido pretexto cuando la vi caminando sola por una desolada y oscura calle

"¿Sabes, Vane? Tengo un problema aquí en casa…" – me apresuré a mentir – "Te marcó en cuanto me desocupe, ¿Si?" –

"Pero me marcas" – ordenó. Me imaginé su rostro haciendo un puchero, como una niña de cinco años.

"Si" – aseguré e inmediatamente colgué. Pise el acelerador. Estaba seguro que era ella. Una parte inconciente, me decía lo absurdo que era el poder reconocerla a tal distancia y con solo una par de ocasiones de haberla visto. La ignoré fácilmente. La seguí a corta distancia, manejando detrás de ella.

¿Acaso estaba loca? Era demasiado tarde y ella sola, sin compañía ni protección. Sus pasos se tornaron más rápidos al percatarse de la presencia de mi carro a sus espaldas.

Aceleré hasta que mi carro quedo a la par de su cuerpo y su rostro se giró en un movimiento brusco, agresivo. Era claro que ella estaba completamente asustada y sabía al peligro que estaba sometida al caminar sola en aquella situación. Bajé las ventanillas polarizadas del carro para que me viera, antes de que se echara a correr, (podría apostar que estaba a punto de hacerlo). Cuando me vio su rostro se tranquilizó un poco, solo un poco.

"Hola" – saludé un poco divertido por la forma en que me miraba. No era la mirada que me otorgaba en la casa de los Swan: una mirada obediente y tímida. Esta vez, sus pupilas se tornaban cautelosas, precavidas y llenas de una acusación inmerecida

"Me dio un gran susto, joven" – señaló. Su voz igual era demasiado distinta.

"Lo siento" – dije sinceramente – "no fue mi intención… solo es que la calle esta muy desabitada y me pareció raro verte caminar sola, es peligroso"

"Lo se" – admitió aun con voz tajante – "Que tenga buena noche" – dijo mientras comenzaba a caminar, volví a acelerar el auto

"¿Vas a tu casa?" – noté en su rostro un nerviosismo muy parecido al pánico

"Así es" –

"Te puedo llevar, si gustas" - ofrecí

"No, gracias. No esta muy lejos"

"Vamos, ¿No pensarás que quiero hacerte daño, o si? – dejó de caminar al escuchar eso y su rostro se volvió para verme. Su mirada aún seguía siendo calculadora – "Sube" – pedí con sonrisa amable

"Le recuerdo que esta mochila pesa más de lo que aparenta" – amenazó señalando el bulto que traía sobre su espalda – "ya me ha servido anteriormente y no se han quedado con muy buenos recuerdos ni muy buena cara" – me hubiera reído. Si no hubiera sido por que había dicho ya me ha servido anteriormente

"Así que… has tenido malas experiencias" – dije en cuanto ella ya estaba en el asiento del copiloto. Me sorprendió mucho el que no haya hecho comentario alguno sobre lo lujoso que era el auto (como siempre, siempre, solía pasar)

"Unas tres… o cuatro" – contestó despreocupadamente – "me las he podido arreglar bastante bien"

"Te lo tomas demasiado a la ligera" – comenté ligeramente molesto (y sin comprender muy bien la razón… seguramente era por que no me gustaría que a mi hermana, Rosalie, le pasará algo similar) – "un día de estos, la suerte estará de tu lado y te pueden hacer daño"

"¡Ba!" – exclamó de manera despreocupada

"Tal vez eso es lo que buscas" – las palabras salieron cortantes, afiladas. Su mirada flameó en mi dirección

"Usted no tiene ni la más remota idea de lo que busco" – contestó completamente a la defensiva – "¿Usted que sabe de las necesidades que me obligan al estudiar de noche? Le recuerdo que no todos tenemos ni el dinero, ni las comodidades que poseen ustedes… Tampoco tengo un carro, ni siquiera una bicicleta, en la cual trasladarme para llegar más rápido a mi casa y no correr tanto peligro… No es que lo busque, joven, no sea idiota… aquí el caso es que no me queda otro remedio"

Me quedé por varios segundos mudo, sin poder decir algo. ¿Qué le podía decir? Sus palabras habían sido claras, pausadas, sin temor. Con una seguridad que en toda la vida había visto en una chica. Pero fuera de eso, estaba que, por primera vez, alguien me decía la verdad en mis narices… tan sincera, que me había llamado idiota…

"Lo siento joven" – dijo tras mi silencio – "pare el carro, iré caminando"

"¿Doblo hacia la izquierda o hacia la derecha?" – pregunté al llegar al final de aquel camino

"No es necesario…"

"Claro que no" – interrumpí – "Pero quiero hacerlo"

"A la izquierda" – indicó. Pocos metros después llegamos a un callejón, a lo lejos de este, se podían ver varias luces de las pequeñas y humildes casas que en el habían. Alice me indicó que estacionara el carro en la entrada

"Aquí esta bien" – dijo mientras abría la puerta para bajar

"Te llevaré hasta tu casa" – anuncié

"No quiero… no me agrada la idea de llegar a mi casa en esto"

"¿Esto?" – inquirí ofendido. ¡¿A mi carro ultimo modelo le llamaba ESTO?" – creo que no conoces acerca de carros…

"En absoluto" – interrumpió tajantemente (tal parecía, aun seguía ofendida por mi comentario pasado) – "No se nada sobre carros, y ni me interesa saber" – abrió la puerta, bajó del carro y la somató fuertemente al cerrarla. Me quedé como idiota un buen rato

"¿No se piensa ir?" – preguntó tras no haber arrancado el auto

"Esperaba a que me dieras las gracias" – mentí en parte

"No le debo ni un solo agradecimiento… si toma en cuenta que esta noche me impidió encontrar lo que estaba buscando" – me dedicó otra mirada asesina. Estaba claro que mis palabras le habían ofendido de manera exagerada. Alice desapareció en aquel oscuro callejón, cuando ya no pude ver más su silueta, arranqué el carro y fui a casa.