Dark Chat

martes, 22 de marzo de 2011

En Un Sofa ( One Shot)

Hello mis angeles hermosos!!
Aqui les traigo como ya escostumbre este one shot, chicas mil disculpas por estar subiendo los cap atrazados pero entre la escuela y el gym , no me queda tiempo de nada y si a eso le suman mi bebe ando vuelta loca . saben que las adoro y sin ustedes este sitio no seria nada
Este one shot le pertenece a mi querida TRIANA CULLEN,muechas gracias querida triana por compartir una vez tu trabajo con estas viciosas de fanfics
Asi que chicas a leer y dejen sus comentarios al final, MIL BESITOS A TODAS Y SIENTE COMO ES TU CASA .SI CHICAS TENEMOS A UN ANGEL NUEVO, QUE EMOCION.
Angel of the dark


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En un Sofá

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Me abracé a Edward más fuerte aun entre las mantas de mi cama. Él suspiró en sueños, y me apretó con una poco más de fuerza contra su pecho. Estar entre sus brazos era la gloria, si realmente existía el cielo y el infierno, el cielo seguramente se sentía igual de bien que estar rodeada por sus fuertes brazos, y el infierno… el infierno era estar lejos de él.

Solté un suspiro y hundí la cara en su pecho, deleitándome con el delicioso aroma que desprendía su cuerpo, una sensual mezcla entre tabaco y algún suave perfume varonil que nadie más poseía, además del característico olor a sudor y sexo que emanaba de ambos luego de estar juntos.

Estaba tratando de grabar cada uno de los pequeños detalles que disfrutaba de estar con Edward, después de todo esta sería la última noche que disfrutaría de su compañía, de sus besos, de sus caricias, de las palabras susurradas en mitad del clímax, cuando nuestros cuerpos se demostraban lo que nosotros ya sabíamos, que nos amábamos con una intensidad inhumana.

Era tan difícil decirle adiós. Si había sido difícil cuando lo nuestro sólo se basaba en sexo ahora lo sería mucho más.

Me removí entre las mantas y traté de volver a dormir, pero no lo logré, ya que mi mente se empecinaba en recordar hasta el más insignificante momento vivido con Edward, uno tras otro, quizás en un auto-protector, y a la vez vano, intento de hacerme ver que me iba a ser imposible sobrevivir sin él a mí lado.

Me abandoné a los recuerdos, aun con los ojos cerrados y me dejé empapar de cada dulce memoria. Rememoré cada segundo a su lado, eran esos recuerdos los que me permitirían seguir adelante cuando él se casara con Tanya …

Me esforcé en recordar el matiz exacto de sus ojos verdes cuando lo vi por primera vez; o la textura aterciopelada que poseía su voz la primera vez que oí mi nombre pronunciado por sus labios; nuestro primer beso, apasionado, excitante y el sabor de sus labios entre los míos; la primera vez que hicimos el amor…

Este último recuerdo me hizo volar meses atrás, recordando toda aquella noche con más detalle…

La fiesta estaba en todo su apogeo, veía a todo el mundo bailar animado y lleno de vida, era el final del semestre y todos estábamos de celebración, todos menos yo.

- Alice, Alice ¿Algún día podré decirte que no? – Mascullé, mientras me apoyaba en la barra y pedía una cerveza.

Alice Cullen era mi mejor amiga, y la persona más irritante sobre el planeta. Era increíble lo que una mujer de veinte años con la estatura de una quinceañera era capaz de hacer. Siempre conseguía lo que quería, no importaba si tenía que chantajear, sollozar falsamente, o arrastrarte hasta su objetivo. Por supuesto que ya nadie se resistía a sus deseos, pues todos sabíamos que terminaríamos haciendo lo que ella quería.

Sólo Alice era capaz de hacerme venir a una fiesta universitaria, el mismo día que había terminado con mi novio por estar engañándome. Sólo Alice era capaz de hacer que me levantara de la cama, donde había estado llorando todo el día mientras comía helado y veía películas deprimentes, para arreglarme y venir a una fiesta.

Bebí un trago de la botella que acababan de pasarme y miré la etiqueta como si fuera la cosa más interesante del mundo. Tenía un pequeño escudo en el centro, que representaba un león en dos patas y rugiendo, no estaba segura de los colores por las luces titilantes del lugar, pero podía aventurar que eran de color rojo y dorado…

Un momento… ¿Estaba describiendo la etiqueta de una botella de cerveza? Definitivamente no estaba para fiestas.

- Interesante etiqueta, ¿Cierto? – Una voz burlona me susurró en el oído haciendo que pegara un bote del susto.

- ¡Edward! – Dije al ver de quién se trataba.

Edward Cullen, era el hermano mayor de Alice. Estaba a un año de terminar su carrera en la misma universidad que yo, pero apenas lo veía, pues estábamos en facultades distintas y mientras yo estaba enfrascada en libros de literatura inglesa, él estaba con la nariz enterrada en libros de medicina. Durante un tiempo había estado platónicamente enamorada de él, pero por supuesto él tenía millones de mujeres más hermosas que yo a su alrededor y jamás se fijaría en mí, por lo que no me hice ilusiones y comencé mi relación con Jacob.

Pensar en Jacob trajo consigo una mueca y un pinchazo en el corazón. Bebí de mi cerveza para disimular las lágrimas que comenzaban a formarse en mis ojos.

- ¿Mi hermana te obligó a venir o me equivoco? – Parecía que trataba de hacerme conversación. Pidió una cerveza y cuando se la trajeron le dio un gran sorbo.

- Sólo ella sería capaz de sacarme de la cama después de… - Me callé y él hizo un sonido con la parte baja de la garganta que se asemejó a un pequeño gruñido.

- Alice me dijo lo que sucedió con Jacob….

- Voy a matar a Alice… - Mascullé.

- Podría partirle la cara a ese… por lo que te hizo. – Me ofreció sin enterarse de mis planes homicidas dirigidos contra su hermanita. Le miré intensamente a los ojos, unos ojos verdes que me derretían. Tenía que admitir que por muy superado que estuviera mi tonto enamoramiento, él seguía causando que mis piernas se volvieran gelatina.

- No, gracias. – Rechacé la oferta. – Creo que le bastó con el zapatazo que le pegué.

- Si cambias de opinión, me avisas. – Me guiñó un ojo y tragué en seco.

- ¿Y tu novia? – Pregunté después de un minuto en silencio.

- De compras en París, o en New York, o tal vez en Marruecos, no lo sé. – Acabó su cerveza y pidió otra. Le observé estupefacta. Me miró de reojo y rió. – Para nadie es un secreto que lo nuestro es pura conveniencia, menos para ti, Bella.

Por supuesto que no era un secreto, el padre de Edward le había impuesto a Tanya como futura esposa y él nada podía hacer, el padre de ella, Eleazar Denali es el segundo mayor accionista de la empresa que lideraba Carlisle Cullen. En un principio el noviazgo de Tanya y Edward había sido fortuito, se conocían desde pequeños y decidieron tener algo, pero al ver esto el padre de Edward le exigió que se casara con Tanya, a pesar de que él quería terminar la relación hacia meses. Alice me había dicho que Edward jamás se negaría a una disposición de su padre. Mi amiga me había contado todo en más de una ocasión, siempre rechinando los dientes de ira, pues no soportaba ver como la vida de su hermano servía solamente para mantener un imperio económico.

- Creí que estaban un poco mejor, los vi hace unas semanas en un restaurante y creí que… - Me callé al ver la expresión en el rostro de mi interlocutor. - ¿Qué sucede?

- Nada. – Sonrió con tristeza, y jugó con algo en su mano, dirigí mi vista hasta sus dedos y vi una pequeña alianza entre ellos. – Ilusiones (1*). – Murmuró. – Seguro nos viste el día en que le di las ilusiones.

- Vaya, felicidades. – Le di un pequeño abrazo, algo torpe. Él me rodeó con sus brazos, sentí la fría botella de cerveza pegada a mi espalda, pero esto apenas lo registró mi cerebro, ya que estaba más concentrada en que su pecho se pegaba al mío con sutil sensualidad, enviando pequeñas descargas eléctricas por mi espalda.

Nos separamos con lentitud, y cometí el error de mirarlo a los ojos. Me perdí en ellos con facilidad y a él pareció pasarle lo mismo, porque sus manos bajaron hasta la parte más estrecha de mi espalda, y me pegaron a su anatomía completamente, ahora podía sentir cada músculo de su cuerpo pegado a cada curva del mío.

Entonces, sucedió, sus labios se juntaron con los míos en un beso fuerte y decidido que cambió mi mundo para siempre. Le correspondí con la misma excitante intensidad. Elevé mis brazos, casi olvidando la botella en mi mano derecha, y enredando los dedos de mi mano izquierda en sus cabellos castaños broncíneos.

Sus labios sabían a cerveza, pero a la vez tenían un sabor propio y embriagador, más embriagador que el alcohol que había ingerido. Me hacía desear más, mucho más de lo que era bueno desear.

- Edward…

- Me gustas, Bella. ¿Por qué no puedes ser tú una Denali?

- Soy una Swan, ¿No te basta? – Me mordí el labio inferior antes de que él capturara mis labios nuevamente.

No recuerdo muy bien cómo, sólo sé que de pronto atravesábamos la concurrida pista de baile, tomados fuertemente de la mano, hasta salir al exterior y llegar a su impresionante Volvo plateado. Si alguien nos había visto, no nos importó. No hablamos mucho tampoco, no era necesario, sabíamos que lo que estábamos haciendo estaba mal. Él tenía una prometida y yo no lo amaba. Era simple deseo, nada más, pero esa noche nada de eso interesaba.

Me llevó hasta su departamento, el edificio era muy lujoso, y el interior de su departamento aún más, pero conservaba la elegancia y la austeridad.

Sonreí cuando sus labios atacaron mi cuello llenándolo de besos, y ladeé la cabeza dándole total acceso a mi piel.

Tenía claro que me estaba dejando llevar y que quizás luego me arrepentiría, pero era maravillosa la sensación de sentirme deseaba y guapa, sobretodo después de haber encontrado a mi novio en la cama con otra mujer. Era bueno saber que cualquier otro hombre podía ver en mí a una mujer hermosa y deseable.

Los labios de Edward interrumpieron mis pensamientos y lo agradecí, pues alejó la racionalidad de mi cerebro, y me perdí en las sensaciones que me otorgaban sus besos.

Nos movimos sin despegar nuestros labios, hasta que mis piernas dieron contra un sillón y caí en él con Edward sobre mí. El golpe me dolió un poco, pero lo dejé pasar.

- Lo siento.- Se disculpó elevándose apoyado en uno de sus fuertes brazos.- ¿Estás bien?

- Sí, no fue nada. – Le sonreí. – Ahora ven acá antes de que tenga que ir por ti.

Se rió entre dientes y depositó un suave beso en una de mis mejillas. Le miré con sorpresa ante el gesto, pero él se encogió de hombros y volvió a atacar mi piel con besos apasionados. Comencé a hiperventilar, tratando de concentrarme en sentir la textura de sus cabellos entre mis dedos, y la dulce presión de su cuerpo sobre el mío.

Poco a poco la ropa fue abandonando nuestros cuerpos. Primero fue su camisa negra, con la cual libré una dura batalla hasta lograr desabrochar todos los botones que me impedían tocar la piel de su musculoso pecho. A su camisa, le siguió el ajustado vestido azul que Alice me había obligado a ponerme. Edward tuvo que levantarme del cómodo sofá para poder quitármelo, logrando que me sonrojara furiosamente. Estar parada frente a él en ropa interior no era algo para lo que estaba preparada.

- Hermosa. – Sus labios recorrieron mis hombros, con dulces besos, y sus dientes mordieron, sin causar ningún daño, el hueco entre mi cabeza y mi hombro logrando que mis piernas temblaran y de mi garganta brotara un débil gemido.

Volví a estar recostada sobre el sofá cuando pude deshacerme de su molesto pantalón. Nuestras piernas se enredaron juntas y una corriente eléctrica me estremeció cuando de su boca nació un gemido al aplastar su pecho desnudo contra el mío, que aun estaba cubierto por el sujetador.

No sé en qué momento, pues estaba completamente perdida en las sensaciones intensas que me embargaban, pero de pronto me encontraba completamente desnuda bajo el cuerpo de Edward y él repartía besos por sobre mi busto.

- Eres tan suave, tan hermosa. – Seguramente le había dicho eso mil veces a Tanya, pero en ese momento poco me importó. Él estaba conmigo ahora, él era mío esa noche.

Solté suspiros, y jadeos ante la forma en la que tocaba mi cuerpo, con pasión, pero a la vez con gentileza. Y yo también quise que el jadeara con mis besos y mis caricias, por lo que recorrí todos sus músculos con la punta de los dedos. Le besé en cada parte de su cuerpo que estuviera a mi alcance y tuve la satisfacción de oír como pronunciaba mi nombre en mitad de un jadeo ronco.

Sus dedos expertos recorrieron mi abdomen, hasta llegar a mi intimidad, la cual rozó suavemente, acariciando con lentitud cada pliegue, logrando que jadeara y sintiera cosquillas en la punta de los dedos de los pies. Cuando encontró el punto más sensible de mi cuerpo y lo acarició con movimientos ondulantes creí volverme loca, ningún hombre me había tocado de esa forma ni se había preocupado de darme placer. Edward era distinto. Cuando apartó su mano, llevándose entre sus dedos parte de mi esencia, estaba al borde de alcanzar el clímax, gruñí frustrada y lo miré suplicante y demandante a la vez. Quería seguir sintiendo sus dedos contra mi centro.

Mi miró fijamente a los ojos sin mediar palabra y me sonrojé furiosamente cuando lamió lascivamente sus dedos húmedos de mi esencia y murmuró algo que no llegué a oír, luego se inclinó contra mi oído y allí habló.

- No quiero que llegues así. Quiero que lleguemos juntos. – Dijo esas palabras en un susurro sensual. Yo sólo pude asentir, aun jadeante.

Cuando la última prenda que cubría su cuerpo fue arrancada, se separó un poco de mí y me miró a los ojos con intensidad. Sus ojos llameaban con deseo, en un fuego verde totalmente devastador.

- Dime que me detenga ahora, y lo haré. – Su voz sonó áspera, llena de excitación, en el silencio de la habitación.

- Si te detienes te juro que te mato. – Traté de sonar sensual, y quizás lo conseguí ya que atrajo mi cuerpo al suyo, y entró en mí lentamente, consiguiendo que mi cabeza cayera vencida hacia atrás.

El placer se extendió por mi cuerpo concentrándose en ciertos lugares de mi anatomía. La sensación de su cuerpo unido al mío era indescriptible, no había adjetivos suficientes para describir la forma en la que él me hacía sentir.

Edward movía sus caderas en un ritmo constante, placentero pero también desesperante. Yo necesitaba más, necesitaba más de él. Necesitaba que se moviera con más rapidez, por lo que elevé las caderas buscando que aumentara la rapidez de sus embestidas. Él al parecer quería torturarme, porque ignoró mis demandantes movimientos y siguió su propio ritmo logrando que soltara un ligero gruñido de inconformidad.

Debía admitir, sin embrago, que a pesar de estar siendo tan malditamente malvado conmigo al moverse tan endemoniadamente lento, estaba logrando lo que con Jacob jamás había logrado: sentir un placer más allá de la razón. Un placer que lograba que sintiera que estaba en una nube, muy, muy alto en el cielo, tocando las estrellas con las puntas de mis dedos.

- Edward, más… más. – No podía hablar, pues estaba ocupada gimiendo contra la piel de su cuello, el cual había perdido la cuenta de las veces que había recorrido con mis labios.

- Vas a lograr volverme loco. – Me dijo jadeando, y luego atrapó el lóbulo de mi oreja entre sus dientes.

Moví en círculos las caderas, al tiempo que él, al fin haciendo caso a mis ruegos, aumentaba la velocidad de sus movimientos, logrando que ambos alcanzásemos el ansiado clímax.

Se derrumbó sobre mí, sin aplastarme, y estuvo así durante varios minutos, recuperando el aliento perdido durante nuestro acto. Cuando su respiración se normalizó hizo unos movimientos algo torpes hasta lograr que mi cuerpo fuera el que estuviera sobre el de él.

- Bella. – Empezó a decir, cuando apoyé mi mentón sobre su pecho y le miré.

- No arruines el momento. – Le di un suave beso en el pecho, antes de que él me alzara en brazos y me llevara hasta su habitación.

Todo había comenzado como una simple noche de sexo, dos jóvenes disfrutando del mayor placer que podía alcanzar el ser humano. Pero poco a poco se fue tornando en algo mucho más serio.

Después de aquella noche, en la que hicimos el amor hasta quedarnos rendidos en los brazos del otro, recuerdo haber salido huyendo de su departamento cuando el primer rayo de sol atravesó el cristal de la ventana. Ninguno de los dos volvió a hablarse ni dirigirse más de una mirada cuando nos encontrábamos. Supongo que la vergüenza nos hizo actuar así.

Pasó un mes, y Jacob no hacia más que perseguirme para pedirme perdón, y yo decidí darle una segunda oportunidad. Por supuesto, fui muy tonta al creer que él cambiaría, volvió a engañarme, aunque esta vez lo encontré besándose con una chica en la salida de su trabajo. Me juró mil veces que la chica se había lanzado sobre él, pero yo le pedí un tiempo, y me fui a buscar a Alice, ella siempre tenía un plan para hacerme sentir mejor, aunque en esta ocasión, aunque no quisiese admitirlo, sentía más herido mi ego que mis sentimientos.

Toqué el timbre de la casa de los Cullen insistentemente. Necesitaba ver a mi amiga, ya le había llamado y se suponía que estaría esperándome.

La puerta se abrió y me encontré frente a Edward, la última persona que quería ver en estos momentos. Verlo frente a frente siempre hacia que mi corazón latiera desbocado y me odiaba por ello.

- Hola, Bella. – Saludó con voz aterciopelada. No me miró en ningún momento a los ojos. – Pasa, Alice está arriba.

- De acuerdo. – Entré y subí las escaleras corriendo, tropezando en más de una ocasión.

Alice pasó la tarde conmigo, vimos películas y conversamos de una y mil cosas, pero jamás me atreví a tocar el tema de su hermano y lo que había pasado hacia más de un mes. No sabía como reaccionaría si supiera que me había acostado con Edward, a Alice jamás le gustaban las novias de su hermano y despotricaba la mitad del tiempo contra Tanya.

- Bella. – Alice chasqueó los dedos delante de mis ojos y salí de mi ensoñación.

- Perdón, ¿Qué?

- Te decía que si no te importaba quedarte sola unas horas. Jasper me acaba de llamar, dice que tiene una sorpresa para mí. – Se movía inquieta esperando mi respuesta.

- No, no te preocupes por mí, me iré a casa.

- ¡No, nada de eso! No te haré conducir con esa cachara vieja que tienes a través del diluvio que hay allá afuera. – Le dediqué una mueca por la forma en la que llamó a mi hermoso monovolumen rojo. – Te quedarás a dormir esta noche.

- De acuerdo, ve con Jasper, yo me quedo aquí.

Alice se había ido hacia menos de media hora y yo estaba enfrascada leyendo un libro que había sacado de su estantería, cuando una suave música de piano llegó hasta mis oídos. Me levanté de la cama de mi amiga, y bajé las escaleras, la música parecía llamarme, era suave y dulce, con el toque justo de melancolía.

Cuando estuve en el primer piso, mis ojos se quedaron clavados en la espalda de Edward, que estaba sentado frente al piano, sobre un banquillo pequeño, forrado en cuero de color negro. Siempre había visto aquel piano pero jamás se me había ocurrido que era de Edward, siempre pensé que la tocaba era Esme, la esposa de Carlisle y madre de Edward y Alice.

Observé como los dedos de Edward revoloteaban sobre las teclas blancas y negras con tal delicadeza que parecía que apenas rozaba la superficie marfileña. Sus dedos eran ágiles y rápidos, casi sensuales en los movimientos que efectuaba. Parecía que le estaba haciendo el amor al piano…

Me sonrojé al recordar lo que era sentir sus dedos sobre mi piel, y la forma en la que me había hecho suya…

- Es hermoso. – Me encontré susurrando. La música paró abruptamente, en medio de una maraña de notas malsonantes. – Lo siento, no quise interrumpirte.

- No, está bien, no te preocupes. – Me seguía dando la espalda, por lo que me envalentoné y subí la tarima en la que estaba el piano, y me senté a su lado en el banquillo.

- Ya no me miras, no me hablas. – Toqué una nota al azar, distraídamente. – Seguramente te arrepientes de lo que pasó aquella noche, pero no te preocupes, yo no diré nada, hagamos como que nada pasó.

- Ese es el problema, Bella. –Murmuró de pronto. Me miró y las joyas esmeraldas que tiene por ojos me atraparon. – No me arrepiento de nada. - Con sus nudillos rozó mi mejilla. – Y no quiero hacer como que nada pasó.

Un silencio tenso nos envolvió. No perdimos el contacto visual en ningún momento, hasta que él suspiró y apartó la vista. Hizo una mueca antes de pararse, dejándome sola y se encaminó hasta las escaleras.

- Espera. – Me paré rápidamente y tomé su brazo. – No quieres hacer como que nada pasó, no crees que haya sido un error. – Lo vi fruncir el ceño. - ¿Por qué?

- ¿Para ti fue un error, Bella? – Vi el dolor pintado en sus facciones.

- No, pero para ti debería serlo. Tienes a tu lado a la mujer más hermosa del mundo, y te vas a casar con ella.

- No me voy a casar con la mujer más hermosa del mundo, porque la tengo frente a mí y es sólo una Swan – No pude evitar esbozar una sonrisa cuando dijo eso, pues significaba que aun recordaba lo que le había dicho aquella noche. - y eso me bastaría a mí, pero no a mi padre.

- ¿Y qué propones que hagamos?

- No puedo pedirte nada, Bella, excepto que dejes de considerar lo que pasó como un error.

- Tengo una propuesta mejor. – Me observó expectante. – Olvidémonos de los apellidos. – Me puse de puntillas hasta alcanzar sus labios. – Quiero que me hagas lo mismo que le hiciste al piano.

Yo misma había empezado con este juego. Yo misma había alcanzado el cielo con la punta de los dedos y luego había caído en el infierno con un solo beso, con una sola decisión.

Mis ojos se cerraron involuntariamente mientras trataba de reprimir las lágrimas fallidamente, estas se derramaron desde la comisura de mis ojos y bajaron lentamente por mis mejillas. Traté de secarlas como pude, pero aún así estas mojaron la almohada.

Dolía mucho saber que esta era la última vez que vería a Edward. Esta sería la última vez que sus brazos me rodearían durante toda una noche después de hacer el amor. De ahora en adelante él le pertenecería a Tanya, su futura esposa, y yo tendría que conformarme con saber que él conservaría las empresas de su padre, y que aquella mujer que me lo estaba robando intentaría hacerlo feliz, le daría los hijos que yo no le daría…

Apreté los dientes, llena de celos cuando esos pensamientos surcaron mi cabeza. ¡Yo quería ser esa mujer! Yo quería ser la mujer que lo vería despertar todas las mañanas y besaría sus labios, la que le daría hijos de cabellos cobrizos y ojos verdes…

Sollocé y apreté la cara contra el pecho de Edward, fingiendo estar tratando de acomodarme en la cama, inquieta.

- Bella, deja de moverte. – Susurró Edward riendo suavemente. Sus dedos se deslizaron por el contorno de mi cintura.

- Lo siento. – Quité el brazo que tenía apoyado en su cadera, e hice ademán de darme la vuelta. Él al ver mis intensiones, por supuesto, no me dejó.

- ¿Qué haces? – Abrió un ojo y me miró. Fue entonces cuando sus ojos se abrieron de golpe al ver mi rostro bañado en lágrimas. - ¿Qué sucede, Bella? ¿Estás bien?

- Tenemos que hablar. – Me limpié las lágrimas como pude y seguí hablando. – Vístete, por favor.

- No, me vas a decir ahora mismo qué sucede.

- Edward, por favor, vístete y hablamos. – Me observó, limpió mis lágrimas con sus dedos y depositó un beso sobre mis labios, y luego otro sobre mi frente, antes de sentarse en la cama y comenzar a vestirse.

Cuando ambos estuvimos vestidos, salí de la habitación sin mirarlo siquiera, esperando que me siguiera, y así lo hizo. Respiré hondo, dándome valor para decir las palabras que lo alejarían de mi lado para siempre.

- Esto se tiene que acabar, Edward. – Le dije lo más seria posible. – No podemos seguir juntos, no podemos seguir con esto, nos estamos haciendo daño. Tú tienes una prometida y te vas a casar con ella, y yo…

- ¿Tú qué, Bella? – Se acercó hasta quedar parado frente a mí, y tomó mi rostro entre sus manos. Traté de apartarme, pero no me me lo permitió.

- Volveré con Jacob. Quizás aun puedo rescatar algo de que lo que tenía con él antes de que…

- Antes de que nos comenzáramos a acostar. – Apretó los dientes con furia. – Volverás con Jacob, el hombre que te engañó dos veces, muy sabia decisión, Isabella. – Soltó una carcajada seca y sin traza de alegría. Me encogí cuando pronunció mi nombre completo con tanta furia.

- Edward, no seas cruel.

- ¡¿Es que acaso lo nuestro no significa nada para ti, Bella? – Soltó mi rostro, súbitamente triste.

- La pasamos bien, Edward. Eres espectacular en la cama, pero yo amo a Jacob y deseo intentarlo con él nuevamente. – Mentí. – Además tú también obtuviste lo que querías de mí. Te acostaste conmigo, te entretuviste y ahora puedes volver con Tanya, yo no diré nada de lo que pasó entre nosotros.

- ¿Qué dices? ¿Crees que estuve contigo por simple entretención? – Se enfureció nuevamente, como yo sabía que sucedería. Apreté los labios y entrecerré los ojos, aguantando las lágrimas que pugnaban por escapar de mis ojos.

- Sé que es así, Edward.

- No sabes nada. – Me espetó.

- Esto tiene que terminar ahora, antes que sea demasiado tarde y ya no podamos dar vuelta atrás. – Le dije al ver que no hablaba.

- Para mí ya es demasiado tarde. – Cuando volvió a enfrentarme sus ojos estaban acuosos, conteniendo las lágrimas. – Te amo, Bella.

Su confesión me dejó sin aliento por un segundo, y quise gritarle que lo amaba con todas las fuerzas de mi corazón, pero no podía. Lo nuestro tenía que terminar antes de que yo aceptara ser su amante, el único puesto que él podía ofrecerme en su vida.

- No mientas, Edward. – Sabía que estaba siendo sincero, pero yo buscaba alejarlo de mí, no darle esperanzas de volver a estar conmigo. – Si me amaras lucharías por mí, y ya no tendrías esa alianza en tu dedo. – Señalé su mano. - Lo único que me puedes ofrecer es ser tu amante.

- Bella, por favor, dame tiempo, puedo encontrar la salida de todo esto, puedo…

- No, Edward, esto es lo mejor. –Le di el último beso en los labios. – Adiós.

Salí de su departamento cerrando la puerta de un portazo. Corrí por las escaleras, sintiendo los golpes que Edward propinaba contra la puerta de su departamento y sus gritos frustrados. Corrí más rápido, queriendo alejarme lo más rápido posible, cayéndome en varias ocasiones, hasta que llegué al primer rellano, donde alcancé la puerta de salida y pronto ya estaba en el lluvioso y frío exterior.

No recuerdo muy bien qué sucedió, sólo sé que estuve horas y horas dando vueltas sin ningún rumbo, dando tumbos, cayéndome, sin preocuparme por nada, simplemente saboreando el dolor, la agonía que sentía al estar lejos de Edward y tener la certeza de que ahora me odiaría con todas sus fuerzas.

Los meses pasaron, y no volví a ser la misma. Me enfrasqué en mis estudios y a pesar de eso mis calificaciones bajaron considerablemente. Apenas veía a Alice, pues hablar con ella traía consigo el dolor de recordar a su hermano. Ya nunca pronunciaba su nombre, pues dolía enormemente.

- ¡Bella, te estoy hablando! – Gritó Alice, no la había visto acercarse y mucho menos sentarse frente a mí en la cafetería de la universidad. Dejé de jugar con la comida y la miré. - ¿Qué te pasa, Bella? Hace meses que estás tan rara, me evitas a toda costa y ya no andas sonriendo por todas partes como antes.

- No es nada, Alice. Estoy bien.

- ¿Bien? – Rebuscó en su bolso y sacó un pequeño espejo, el que puso frente a mí. Eché un vistazo a mi cabello desaliñado, mis ojos cansados, con ojeras y mi piel cenicienta - ¡Mírate! Estás hecha un estropajo. ¿Me vas a decir de una vez por todas qué te sucede?

Decidí que era momento de ser sincera con mi amiga. Ella se merecía la verdad.

- Aquí no, Alli. – Le dije parándome y dejando la bandeja vacía sobre la mesa. Me dirigí hasta mi coche y me subí en la parte de atrás, aprovechando que era una camioneta y esperé a que Alice se subiera de un salto.

- ¿Aquí sí me puedes contar?

- Promete no odiarme. – Le dije mirando mis rodillas flectadas y rodeándolas con los brazos.

- ¿Qué podrías hacer para que te odie? – Fruncí el ceño y ella suspiró. – De acuerdo. Lo prometo, prometo no odiarte. – Levantó la mano derecha y la puso sobre su corazón.

- Me acosté con tu hermano, Alice. – Le confesé comenzando a llorar.

- ¿Qué? – Me miró como si me hubiese salido un tentáculo en la frente. - ¿Estás bromeando, cierto?

- Sabía que me odiarías. – Escondí la cara entre las rodillas y lloré con más fuerza. – Lo perdí a él y ahora ti, mi mejor amiga.

- ¿Cuántas veces te acostaste con él? – Sentí un movimiento y el sonido de sus zapatos contra el metal del vehiculo.

- No lo sé. – Me ruboricé y levanté la vista, Alice estaba agachada con sus manos sobre mis rodillas. No parecía enojada, más bien curiosa y había otra emoción más en su rostro que no supe identificar. – Estuvimos juntos durante cinco meses, los mejores cinco meses de mi vida, Alice. Pero no estaba bien, tu hermano se va a casar con Tanya, y yo no puedo ser la amante, no podría soportarlo.

- ¡¿Cinco meses? ¿Cómo no me di cuenta antes? – Se rió pícaramente y alzó las cejas sugestivamente. – Por eso estabas así de contenta después de terminar con Jacob, conociéndote deberías haber estado hundida en la depresión, pero estabas cantando y riendo todo el tiempo. – Entrecerró los ojos. – Y Edward también estaba raro, desaparecía de la nada, y estaba tan contento todo el tiempo. Mamá y papá creían que se debía a que al fin le había tomado cariño a la idea de casarse con Tanya. – De pronto, frunció el ceño. - ¿Terminaron por culpa de Tanya?

- No podía seguir con él, no podía seguir siendo la otra en su vida. Le hice creer que amaba a Jacob y que quería volver con él. Le dije que lo mejor era separarnos.

- Todo tiene sentido ahora. – Frotó mis brazos con sus manos y me hizo mirarla a los ojos. – Hace un mes Edward dejó a Tanya. – Abrí la boca y no supe que decir, por lo que la cerré nuevamente. - Nuestro padre casi lo mata cuando se enteró y lo mandó a estudiar al extranjero, lejos de todos como castigo. Edward ni siquiera rechistó, dijo que necesitaba alejarse de aquí.

- ¿Dejó a Tanya? – Solté el aire de mis pulmones con fuerza.

- Sí. Dijo que ya no valía la pena nada, que si papá quería desheredarlo que lo hiciera. – Miré por sobre la cabeza de Alice y nuevas lágrimas salieron de mis ojos. - ¿Lo amas, Bella?

- Con cada fibra de mi ser. – Sincerarme con Alice fue como sacarme una mochila de gran peso de la espalda. Ella me abrazó fuertemente con sus delgados brazos y luego me obligó a ir hasta el baño para peinarme y arreglarme un poco, mientras murmuraba cosas sin cesar ni un segundo.

- Irás a buscar a Edward. – Concluyó después de estar media hora peinándome. – Te compraré los pasajes y lo traerás de vuelta. Papá ya le ha arruinado lo suficiente la vida a mi hermano.

- ¿Estás loca, Alice? Edward me debe de odiar en estos momentos.

- No seas tonta, Edward es hombre de una sola mujer, créeme. Es tan chapado a la antigua. – Dijo rodando los ojos. Quise rebatir aquello, pues había hecho cosas conmigo que no tenían nada de recatadas o chapadas a la antigua, pero me quedé callada.

Una semana más tarde, estaba montada en un avión rumbo a Inglaterra. No había forma de controlar a Alice cuando algo tramaba, y yo no sabía decirle que no, a pesar de que el miedo al rechazo de Edward me hacía tener ganas de ir al baño y vomitar. Tenía el estomago apretado y revuelto.

Cuando el avión despegó supe que ya no tenía opción, y esperé pacientemente hasta que llegué a mi destino. No pude dormir ni siquiera un mísero minuto y me hallaba agotada cuando el avión aterrizó y pude bajarme al fin.

Con mi maleta en la mano, salí al frío exterior, y comencé a caminar por las heladas calles de Londres. Agradecía a Dios y a mi antiguo colegio el haber realizado una gira de estudios a este país, pues aun podía reconocer las calles principales y ubicarme medianamente bien.

Caminé por dos horas hasta la calle que Alice me había indicado como la calle en la que estaba el edificio donde vivía Edward. No había querido tomar un taxi para retrasar así el momento de la verdad, por eso cuando estuve parada frente a la puerta del departamento de Edward estuve a punto de salir corriendo y tomar el primer avión de vuelta a Estados Unidos…

… Pero no lo hice, sino que me dije a mí misma que debía ser valiente, contar hasta tres y elevar mi mano para golpear con mi puño la puerta. No era tan difícil, después de todo había cruzado el océano para estar parada frente a esta puerta.

Uno… dos… tres… Dije los números en mis pensamientos e inspiré una gran bocanada de aire antes de golpear con mis nudillos la madera color caoba de la puerta.

Escuché un par de maldiciones y los pasos firmes de Edward antes de oír claramente como el pestillo era quitado y de pronto ahí estaba él, el amor de mi vida, parado en el umbral, observándome fijamente, como si fuera una alucinación.

- Hola. – Murmuré. Él no contestó, se dio la media vuelta y entró en el departamento, dejando la puerta abierta.

- Genial, genial, genial. – Masculló. - Ahora alucino y no he fumado nada ilegal.

- ¿Alucinar? – pregunté cerrando la puerta. Un fuerte olor a tabaco y alcohol llenaba el lugar. Había varias botellas de Cerveza, Vino, Ron y Whisky sobre la alfombra.

- Tú no estás acá, tú estás muy lejos de mí, disfrutando de tu amor con ese imbécil de Jacob Black. – Escupió cada palabra llena de rencor. Se dejó caer en el sillón y dio un trago excesivamente largo de una botella cuya etiqueta no podría ver, pero al parecer era Whisky.

- Edward, estás ebrio, dame eso. – Me acerqué a él y le quité la botella de las manos. Nunca lo había visto borracho, por lo que sabía sólo bebía en fiestas y no más de unas cuantas cervezas.

- ¡Hey! ¡Devuélveme eso! – Trató de quitármela, pero estaba tan ebrio que cayó nuevamente en el sofá. – No te basta con haberme enamorado para luego dejarme tirado, ahora también me quitas el único bálsamo que tengo para no pensar en ti, para dejar de sentir… - se paró tambaleante, fue hasta la cocina y sacó una botella de cerveza. - tengo que dejar de sentir…

Lo observé con dolor. Yo le había causado todo esto, aunque él también tenía su parte de culpa, porque jamás había mostrado signos de querer luchar por mí. El amor no bastaba en nuestro caso, por que con el amor sólo nos hubiese alcanzado para seguir amándonos a escondidas.

Un estruendo llamó mi atención y salí corriendo de la cocina, dejando mi maleta, la cual no había soltado aun, en el camino. La botella que Edward llevaba en sus manos estaba ahora rota en el suelo, y su contenido manchando la alfombra.

- Maldita sea. – Se volvió a dejar caer en el sofá y se recostó allí. Al parecer de verdad creía que era algún tipo de alucinación, porque no me hablaba y parecía no recordar que yo estaba ahí.

- Edward. – Susurré. No podía hablar con él en ese estado. – Me tengo que ir, volveré mañana.

- ¡No! – Me suplicó. – No te vayas, quédate conmigo.

Me sorprendió cuando estiró sus brazos y me agarró una mano, jalando de ella hasta dejarme recostada sobre su pecho. Suspiré de placer ante la cercanía de su cuerpo. Había extrañado su contacto. Él por su parte suspiró y me hizo girar en el estrecho mueble, hasta que quedé prisionera entre el respaldo del sofá y su cuerpo.

- No te vayas. – Balbuceó durmiéndose. Cansada como estaba, me fui durmiendo, sin pesadillas, sin sueños, completamente en paz, aunque una vocecita en el fondo de mi cabeza me decía que no me confiara, no sabía cómo reaccionaría Edward con mi presencia al día siguiente, cuando estuviera sobrio.

Levanté los parpados lentamente, encontrándome sola en el sofá. Miré a mí alrededor, y reconocí el departamento de Edward, pero mucho más ordenado, ya no había botellas regadas en el suelo.

- ¿Qué haces aquí, Bella? – La voz de Edward me llamó desde arriba de mi cabeza. Me giré asustada y lo vi apoyado en el respaldo del sofá, mirándome fijamente. Su pelo estaba mojado y se había afeitado.

- Tengo que hablar contigo.

- ¿No podías decirme lo que sea que tengas que decirme por teléfono?

- No es algo para hablar por teléfono. – Me senté y me restregué los ojos. Me picaban un poco y tenía la espalda agarrotada.

- Hay desayuno en la cocina, si quieres. – Sentí el sillón hundirse a mi lado, bajo el peso de Edward.

- No, gracias, no tengo hambre. – Lo cual era verdad, sentía que las mariposas que normalmente revoloteaban en mi estomago cuando estaba en su presencia, estaban siendo atacadas por piedras que chocaban contra mis costillas, causándome dolor.

- ¿Cómo supiste que estaba en Londres y mi dirección? – Preguntó.

- Alice. – Respondí. Él hizo un sonido extraño con la garganta. No me atreví a mirarlo.

- ¿Qué es tan importante como para viajar hasta aquí para hablar conmigo? – Inquirió ansioso después de unos minutos en los que los dos permanecimos callados.

- No sé por dónde empezar. – Dije sinceramente.

- El principio es un buen comienzo.

- Perdóname, por favor. – Fue lo primero que salió de mi boca. - Yo te mentí y lo siento mucho, jamás volví con Jacob, jamás le amé, le quise y mucho, pero jamás con la intensidad con la que te amé, te amo y te amaré a ti.

- ¿Qué estás diciendo? – Su voz sonó atragantada. Al fin, me armé de valor y levanté el rostro hasta trabar mi mirada en sus ojos confundidos.

- Creí que era mejor dejarte, creí que podrías olvidarme, creí que todo lo nuestro era un error, tú te casarías con Tanya y yo no podría soportar saber que yo sólo sería tu amante, que jamás podría tomar tu mano en público o besarte. ¿Y si quedaba embarazada de ti? – Mi voz se quebró en un sollozo. – Nuestros hijos serían unos bastardos y no podría soportar eso. Y maldita sea, Edward todos estos meses me has hecho tanta falta y…

- Yo jamás te hubiera pedido que fueras mi amante. - Interrumpió mi discurso.

- Yo te hubiese rogado porque me dejaras al menos ser tu amante, Edward. – No aguanté más y comencé a llorar.

Sus brazos me rodearon y yo me deslicé entre ellos hasta que mis rodillas dieron con la alfombra.

- Perdóname, por favor, por favor. – Él me levantó del piso y me dejó sentada sobre sus rodillas.

- ¡No vuelvas a hacer eso! – Limpió las lágrimas de mis ojos. – Escúchame bien, Isabella Swan, yo debería ponerme de rodillas frente a ti y rogarte perdón. No debería haberme dejado llevar por mis sentimientos y haberte enamorado. Te he culpado todo este tiempo por dejarme, pero estabas en todo tu derecho de abandonarme, porque jamás te di tu lugar, jamás fui capaz de luchar por ti. Yo debería ponerme de rodillas y rogar porque perdones todos los errores que he cometido.

- No tengo nada que perdonar. – Tomé la mano donde antes había estado su anillo que simbolizaba su futura unión con Tanya y besé sus dedos. – Ya no hay nada ni nadie que nos separe.

- Te he extrañado tanto. – Murmuró hundiendo su rostro en mi pelo.

- ¿Qué has extraño de mi? – Pregunté aun con lágrimas en los ojos.

- Todo. – Suspiró. – He extraño la suavidad de tu piel, el delicioso olor a fresias que desprende tu pelo cuando lo agitas. – Desordenó mi pelo con una mano. – He extrañado verte dormir abrazada a mí, completamente desnuda. – Ronroneó en mi oído. – He extrañado que me mires a los ojos y el sonido de tu voz cuando dices mi nombre.

- Te amo, Edward. – Era la primera vez que se lo decía de frente, y me sonrojé un poco.

- Yo también te amo, Bella.

No sé quien acortó la distancia primero, lo único que sé es que cuando junté mis labios con los de él todo volvió a su lugar. Mi mundo dejó de estar boca abajo, todo estuvo en orden y equilibrado.

- He extrañado hacerte el amor. – Murmuró en mi oído y me estremecí. Necesitaba saber y sentirlo mío, necesita que me hiciera el amor.

Volvimos a besarnos con tanta pasión que la cabeza comenzó a darme vueltas y me mareé teniendo que afirmarme fuertemente de sus hombros.

Me dejó sentada a horcajadas sobre él. En esta posición podía sentir claramente como se iba excitando ante mis caricias, lo cual me hacía sentir hermosa, fuerte y poderosa. Yo causaba esas reacciones en él, después de todos esos meses en los que no lo había visto, aun podía excitarlo, aun podía amarme.

Nos desvestimos con lentitud, no había prisa, ya no había horarios que respetar para estar juntos, ya no teníamos que escondernos, ahora teníamos todo el tiempo del mundo para amarnos sin ningún tipo de tapujo o miedo.

Besé cada parte de su cuerpo, de la misma forma en la que él beso y rindió culto a cada centímetro de mi piel. Sus manos rozaron mi cuerpo, desde el cuello hasta las caderas y sus labios, húmedos y avariciosos, recorrieron mi cuello, mis pechos, mi abdomen, regalándome besos que sabía que buscaban marcarme como suya.

Muy pronto estuve solo en ropa interior sobre él, que se las había arreglado para sacar mi falda y el suéter, así como las botas que llevaba, sin apenas separar nuestros cuerpos.

- Esto no es justo. – Deslicé mis dedos por los botones de su pulcra camisa blanca y comencé a desabrocharlos. - Me tienes semidesnuda sobre ti y tú aun estás vestido. – Besé su cuello y perdí la paciencia con los botones, por lo que tiré de su camisa hacia los lados logrando que los botones salieran volando en distintas direcciones.

- Era nueva, Bella. – Se río mientras se terminaba de quitar la molesta prenda y la aventaba lejos.

- No me importa. – Besé su clavícula y lamí un poco su piel, con cierta vergüenza, nunca me acostumbraría a su sabor.

Me quitó el sujetador y le dedicó mucho tiempo a acariciar mis pechos con sus dedos y con su boca. Gemí y jadeé indicándole que cada una de sus caricias me llevaban un centímetro más cerca del cielo.

Se separó de mí y sus ojos llenos de deseo me observaron. Deslicé mis dedos por su rostro, temiendo que fuera un sueño y él ya no estuviera a mí lado.

Las caricias siguieron su curso, y de pronto ya no había más ropa que quitarnos, estábamos desnudos, uno frente al otro nuevamente. Me mordí el labio inferior ante la anticipación. Era maravilloso sentir su cuerpo desnudo junto al mío, pero también sabía que necesitaba más, necesitaba desesperadamente que me hiciera el amor.

Su miembro rozo suavemente mi sexo y gemí ansiosa. Me apoyé en sus hombros y él puso sus manos en mis caderas, impidiéndome cualquier movimiento.

- Edward. – Reclamé. Él se rió temblorosamente, conteniéndose.

- ¿Qué, mi amor? – Besó mis mejillas, y descendió, dando besos, hasta mi hombro.

Me ayudó a decender lentamente, penetrándome con cuidado, dándose tiempo para besarme largamente mientras iba entrando en mi cuerpo poco a poco.

El mundo entero podría haber explotado y yo no me hubiese enterado. De lo único que estaba conciente era que Edward se movía dentro de mí cada vez con más rapidez, respondiendo a mis movimientos, compaginándonos, complementándonos al mismo ritmo, como dos piezas de un mismo rompecabezas.

Enterré las uñas en su espalda cada vez que sentía el roce tibio de su piel contra la mía. Las corrientes eléctricas que viajaban por todo mi cuerpo eran exquisitas, y me dejaba perder en ellas cada vez más, anhelando llegar a la cima, a la cúspide del placer.

Entonces, Edward me obligó a mover las caderas en círculos, aumentando el placer para ambos, multiplicándolo por mil y supe que no lograría estar moviéndome sobre su cuerpo por mucho más tiempo antes de llegar al orgasmo.

- Te amo, te amo. – Le murmuré enterrando la cabeza en su cuello y moviéndome al ritmo que marcaban sus manos sobre mis caderas.

- No más que yo a ti. – Dijo entre jadeos.

Sus dedos se enterraron en mis caderas y no pude moverme más, pues el clímax me hizo arquear la espalda y soltar un gemido mezclado con su nombre a medio pronunciar. Edward por su parte movió sus caderas un par de veces más, intensificando las fuertes sensaciones que me envolvían, y lo sentí llegar a su propio clímax, compartiendo el paraíso conmigo. Caí sobre su pecho como una muñeca de trapo, y él me recibió envolviéndome en sus brazos.

Recordé vagamente, mientras disfrutaba del sonido atronador de su corazón contra mi oído, que la primera vez que habíamos tenido relaciones también había sido en un sofá.

- ¿Qué es tan gracioso? – No me había dado cuenta, pero estaba riendo sin fuerzas.

- La primera vez que estuvimos juntos también fue en el sofá de tu departamento.

- Pero al otro lado del mundo.

- Deberíamos dejar de hacerlo en los sofás, alrededor del mundo. – Me reí. Era sorprendente lo fácil que era ser yo misma y bromear cuando estaba junto a él.

- Uf, sí. Mi espalda queda hecha polvo. – Dijo socarrón, iba a contestarle, pero me sorprendió cuando me tomó en brazos al igual que aquella primera vez. – Deberíamos ir a probar la cama.

No puse ninguna objeción. Podía hacer el amor en una cama, en el sofá, en el suelo, o donde fuera, mientras estuviera entre los brazos de Edward nada podría preocuparme. Después de todo nuestra historia de amor había comenzado en un sofá.

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(1*) Ilusiones: No sé en otros países, pero aquí en Chile se está popularizando esta costumbre. Cuando una pareja decide casarse se pone unas alianzas, que llaman "ilusiones", simbolizando el compromiso a largo plazo.



lunes, 21 de marzo de 2011

Guerrero del Desierto


Holaa mis niñaas!

aqui les dejo el ultimo capitulo de esta linda historia, solo faltaría el epilogo peroo ese lo publicaré el proximo domingoo :)

esperoo les gustee y porfaa dejen sus comentarioos

las qieroo, besitooos (K)

Anitaa Culleen!

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CAPITULO XI

-A ti se te concedió un visado especial -contestó Edward curvando los labios en una cálida sonrisa.

-Lo sabías. Sabías que venía hacia aquí -dijo ella conteniendo el aliento.

-Soy el jeque de Zulheil. Sí, lo sabía. ¿Por qué viniste si no? -dijo él encogiendo los hombros.

Era la pregunta que él no nunca le había hecho, y la que ella no podía responder sin decirle todo lo demás. Bella le acarició el pelo y supo que le iba a decir la verdad. Cuatro años antes había sido una cobarde y le había costado su amor. Tal vez podría recuperarlo si era valiente. Ya no tendría que seguir ocultando la verdad por miedo a ser rechazada.

-Vine porque me enteré de su muerte y pensé que podrías necesitarme -dijo ella y el cuerpo de Edward se tensó sobre el suyo.

Bella comprendió el rechazo silencioso ante la idea de necesitarla. No estaba preparado para mostrar su vulnerabilidad. Tal vez no lo estuviera nunca, después del duro golpe que se había llevado su orgullo la primera vez. Bella se tragó la desesperación y continuó.

-Pero sobre todo porque yo te necesitaba a ti. Pero hacía mucho tiempo que había decidido volver. Había sentado las bases ya.

-¿Por qué, Mina? -los ojos de Edward eran impenetrables. Hundió los dedos en la tierna carne de sus brazos con fuerza, pero ella había reunido todo el valor. Si Edward se preocupaba por no perder el control de su fuerza, tenía una esperanza.

-Porque no podía seguir viviendo sin ti. No podía soportarlo. Me despertada cada día pensando en ti y me dormía pronunciando tu nombre. Te quiero tanto, Edward, que no puedes ni imaginarlo.

El no respondió con palabras, sólo le dio un tierno beso, un beso de perdón. Bella no forzó la situación. Llevaría tiempo curar las heridas del pasado, pero esperaba tener el valor para lograrlo.

-Los echo de menos -dijo Edward. Bella suspiró y lo dejó hablar

-Me crié sabiendo las responsabilidades que me esperaban pero mis padres se aseguraron de que tuviera una niñez y una adolescencia relativamente libre -la acurrucó con más fuerza contra su cuerpo, como necesitando su calor-. Viajé y aprendí. Me dieron la oportunidad de crecer como un hombre libre al margen del papel que tendría que ocupar en un futuro. Estaré en deuda toda la vida con ellos por haberme dado esa oportunidad. Nuestros hijos tendrán las mismas oportunidades.

-Parece que eran unas personas maravillosas -se atrevió a decir, aunque no quería romper la fragilidad del instante.

-Lo eran -se detuvo, como debatiéndose entre continuar o no. Sus siguientes palabras le llegaron directamente al corazón-. Mi madre se estaba muriendo de cáncer y no me lo dijo.

-¿Muriéndose? -dijo ella conteniendo el aliento.

-Sí, de cáncer -contestó él con voz áspera-. Volvían de la clínica donde estaba recibiendo tratamiento cuando tuvieron el accidente.

Incapaz de imaginar la profundidad de su sufrimiento, Bella parpadeó muy rápidamente para alejar las lágrimas antes de poder hablar.

-¿Le echas a ella la culpa del accidente?

-No, la culpo por no haber confiado en mí, por no haberme dado la oportunidad de ayudarla. Y de decirle adiós.

-Sólo quería proteger a su hijo -dijo Bella comprendiendo los actos de su madre, pero también podía entender el dolor de su guerrero-. No se trataba de confianza. Era el amor de una madre.

-Casi lo he aceptado, pero hay una parte en mí que sigue enfadado con ella por haber tomado la decisión por mí. Tal vez yo podría haber hecho algo. Ahora nunca lo sabré -dijo con un hilo de voz-. Cuando murieron estaba preparado para asumir mis obligaciones, pero no para perder a mis padres. Me sentí perdido, a la deriva emocionalmente. Tienes que entenderlo, era su único hijo, y a pesar de tener grandes amistades, nadie excepto mis padres comprendía la importancia de nuestra posición para el país. Somos los gobernantes y los guardianes de nuestro pueblo. Es un honor y la más pesada de las responsabilidades. Tenía que ser fuerte por mi pueblo pero me sentía como si estuviera encerrado en una caverna de hielo, incapaz de sentir, hasta que...

-¿Hasta que? -preguntó ella conteniendo el aliento una vez más, esperando las palabras que sabía que nunca llegarían pero no podía evitar esperar que ocurriera el milagro.

-Nada -rápido como un rayo Edward cambió las posiciones que estaban ocupando de forma que ella estuviera debajo.

Ella no protestó. Le había dado más de lo que había esperado. El secreto de su madre explicaba muchas cosas. Le dolía pensar en el daño que le debía haber hecho al orgulloso hombre con el que se había casado saber que su madre no le había confiado su verdadero estado de salud. Su madre había tomado esa decisión llevada por el amor hacia su hijo, pero le había hecho mucho daño. Ese fue su último pensamiento antes de que Edward la embriagara con el calor de su pasión hacia ella.

Edward la abrazó después de hacerle el amor, muy afectado tras la confesión de Bella de que lo necesitaba. No podía negar que su mujer había sido sincera con él pero le resultaba difícil confiar en ella por completo. Mientras él había comenzado a bajar los escudos que lo protegían, ella seguía guardándole un secreto y se notaba por la forma en que sus ojos azules se volvían turbios sin previo aviso. Pensaba que se había quedado dormida, pero de pronto lo sorprendió.

-Tengo... tengo que decirte algo.

Conseguir que Bella no notara la súbita tensión que se apoderó de su cuerpo le resultó difícil.

-¿Sí?

Bella fijó la vista en el edredón mientras jugueteaba con las sábanas.

-Cuando nos conocimos... tuve mucho miedo de perderte si te lo contaba. Por eso no te lo dije.

-¿Qué? -preguntó él en una mezcla de esperanza y desilusión. ¿Acaso iba a darle más excusas?

-¿Me prometes algo primero?

Fue el tono vulnerable de su voz lo que hizo que su respuesta fuera gentil.

-¿Qué quieres de mí, Mina?

-Que no me odies -su tono era desesperado, como si ya no tuviera barreras de protección y, de pronto, Edward supo que no sería una nueva excusa.

¿Cómo podría odiarla? Aunque había estado cerca, nunca había odiado a Mina y no podía imaginarse haciéndolo.

-Te doy mi palabra de honor como esposo tuyo -y la abrazó con más fuerza, llenando de ternura el momento. No le gustaba verla sufrir.

-Soy hija ilegítima -confesó ella apretando los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos por la tensión.

-¿Ilegítima? -preguntó él mientras ella temblaba entre sus brazos. Se estiró y tomó la manta para cubrirla con ella, abrazándola más contra sí, consciente de la necesidad que tenía Bella en ese momento de recibir su calor.

-Mis... padres son en realidad mis tíos. Mi madre biológica, Renne, me tuvo cuando era una adolescente -Bella tragó con dificultad-. Cuando era una niña, me enteré de que mis padres sólo me habían adoptado para recibir parte de la herencia que Mary había recibido de su abuelo. Nunca me quisieron. Para ellos era... mala sangre.

-¿Y crees que eso me importa? -preguntó él dolido por la falta de confianza de ella.

-Eres un jeque. Deberías haberte casado con una princesa o al menos con alguien que tuviera sangre real. Yo ni siquiera sé el nombre de mi padre.

-Mírame -dijo él haciendo que lo mirara. Bella levantó la cabeza y se encontró con sus ojos, vulnerable pero deseosa de enfrentarse a lo que tuviera que decirle. Edward se sintió orgulloso del coraje de aquella mujercita.

-Nuestro pueblo tiene raíces bárbaras. La decisión de un hombre del desierto es lo que importa. Y yo te elegí a ti para ser mi esposa.

-¿No estás enfadado porque no te lo hubiera dicho antes? -preguntó ella con los ojos húmedos.

-Claro que no estoy enfadado contigo, esposa mía. Me hubiera gustado que me lo dijeras antes, pero no soy un bárbaro que no pueda comprender tu vacilación -dijo volviendo a besarla sabiendo exactamente que necesitaba sentirse querida en aquel momento.

Le pareció que su cuerpo era increíblemente frágil en sus manos, que necesitaba que lo trataran con sumo cuidado.

-¿Por qué no me lo dijiste cuando nos conocimos? -preguntó él cuando Bella estuvo algo más relajada.

-Yo... sólo quería... no quería... no quería sentirme despreciada -dijo con los ojos relucientes por las lágrimas, pero la valiente Bella no las dejó escapar-. Sólo quería ser aceptada.

Edward era consciente de la importancia que había en aquella confesión.

-Entonces, no sufras. Eres aceptada. Como mi esposa, Bella. Lo que fueras antes sólo importa si tú quieres que importe.

Cualquier resto de dolor o de rabia que pudiera haber sentido Edward desapareció ante la abrumadora necesidad de proteger a su esposa para evitar que sufriera más.

Lentamente, casi con timidez, Bella rodeó la cintura de Edward con sus brazos.

-¿De verdad? -preguntó con suavidad.

-¿Me estás diciendo que el jeque de Zulheil te mentiría? -preguntó él y una temblorosa sonrisa se apoderó de los labios de Bella.

Edward se sintió orgulloso de hacerla reír. Mina era suya y tenía que cuidarla.

-Eres el equivalente de una reina. Nadie tiene derecho a hacer que te sientas despreciada -mataría a quien osara tratar a su Mina como un ser inferior-. Nadie. ¿Lo has comprendido, esposa mía?

Finalmente, Bella asintió, mostrándole una espléndida sonrisa. ¿Cómo podría seguir combatiendo sus sentimientos hacia ella después de su confesión? ¿Cómo podría hacerle el mismo daño que le había hecho su familia, al no mostrarle el amor que ella necesitaba?

Bella cerró la puerta a la última visita del día y se dirigió al despacho de Edward. Desde que había empezado a ayudar a su marido, su autoestima había crecido.

-Pareces contenta contigo misma.

-Edward -Bella se lanzó a sus brazos. Su necesidad de tocarlo aumentaba cada día-. Pensé que estarías en el despacho.

-He terminado por hoy. Tú haces que mis tareas sean mucho más fáciles de sobrellevar -dijo tomándole el rostro entre sus manos. ¿Estás segura de que puedes con tanto? -preguntó mostrándose serio-. No me gustaría que cayeras enferma.

-¿Crees que tengo aspecto de estar enferma o cansada? -preguntó ella girando la cara en su mano.

-Brillas tanto como la roca cristalina de este palacio -dijo él sacudiendo la cabeza.

-Eso es porque he encontrado un lugar en que me siento a gusto, al fin -dijo Bella, y se sorprendió de lo cierto que era.

Edward no la detuvo cuando echó a andar hacia su suite. Deslizó sus dedos entre los suyos y aminoró el paso para acomodarse al de ella, más corto. Así lo condujo hasta el jardín de sus habitaciones.

-Parece como si el sol le sonriera al mundo -dijo ella sin soltar la mano de Edward. En el cielo, una gama de rojos, naranjas y amarillos brillaban sobre el fondo rosa pálido del atardecer. Todo estaba en calma.

-Tú formas parte de ese sol, Mina -dijo él retirándole un mechón de pelo de la cara.

-Yo formo parte de esto -dijo ella mirándolo.

-Sí -contestó él poniéndole el brazo alrededor de la cintura. Bella apoyó la cabeza en su pecho.

-Sé que no te sentías parte de la familia en tu casa, pero ¿había alguna otra razón aparte de que no eras su hija?

La pregunta fue de lo más inesperada, pero aprovechó la oportunidad que le daba Edward para hacerle comprender la niñez que había tenido.

-Sabes que mi hermana Jesica es muy hermosa.

-Es fría. No tiene tu fuego -dijo Edward como si fuera una verdad evidente.

-¿De verdad lo piensas? -dijo ella abriendo mucho los ojos.

-Un hombre sería un necio si se dejara capturar por el brillo del oro falso y pasara por alto la serena belleza del oro puro.

No la estaba mirando y Bella no sabía si sus palabras eran un cumplido para ella o una afirmación general.

-Nunca le gusté a Jesica. y no sé por qué, pero me dolía mucho cuando éramos pequeñas. Es mi hermana mayor y siempre quise que fuéramos amigas.

Edward se vio obligado a tranquilizar el dolor que se dejaba sentir en la voz de Bella.

-Tenía celos de ti. Me di cuenta la primera vez que nos vimos. Cuando crecieras, le harías la competencia, y Jesica no es de las que soportan algo así.

-Gracias por el cumplido, pero no soy ni la mitad de hermosa que ella.

-El fuego que hay en ti no está sólo en tu cuerpo, sino también en tu alma -dijo Edward abrazándola con fuerza-. Tu hermana sabía que ella se haría más y más fría e incapaz de sentir, mientras que tú te harías más y más cálida con los años, y tu belleza se haría más sorprendente -añadió Edward que no había querido decir tanto. No estaba muy seguro de si quería mostrarle que cada vez se estaba haciendo un hueco mayor en su corazón. .

-Es lo más bonito que nadie me ha dicho nunca -dijo ella con los ojos relucientes de alegría y aquello lo tranquilizó.

Si dejar que Mina viera que le importaba la ayudaba a curar sus heridas, se arriesgaría a darle lo que quería.

-¿Qué más, Mina?

Bella continuó porque necesitaba que lo supiera todo, que la amara a pesar de sus imperfecciones.

-Nunca me sentí parte integrante de la familia por culpa de Jesica y de la forma en que mis padres tomaban siempre parte por ella. Luego estaban Seth y Jared.

-¿Te hicieron daño tus hermanos? -preguntó Edward con un tono tan peligrosamente tranquilo que la asustó.

-Oh, no. Seth es un genio que siempre estaba en su laboratorio o estudiando. Era amable conmigo cuando recordaba que existía. Jared acaba de cumplir veintiuno. Nacimos... -se detuvo-. ...con un año de diferencia. Jared es el pequeño de la familia. Es un gran deportista. Lleva tres años estudiando en Estados Unidos con una beca de fútbol.

-No veo lo que tratas de decirme -dijo Edward girándola. Bella vio que Edward estaba frunciendo el ceño y supo que estaba diciendo la verdad.

-Yo era tan normal -dijo Bella. Incluso en ese momento su miedo de la niñez a que él también la tratara como el resto de su familia la atenazaba-. A mí no se me veía entre la brillantez de los tres juntos. Yo sólo era... yo.

-Incluso entre un millón de personas, Mina, sobresaldrías. La primera vez que te vi estabas con tu familia y yo sólo te vi a ti -dijo él con suavidad aunque sus palabras retumbaron en el interior de Bella.

Seducida por la inesperada ternura, casi le dijo de nuevo que lo amaba, pero la parte de ella que necesitaba desesperadamente ser correspondida la detuvo. No podría soportar que la ignorase, o lo que era peor, que la mirara desconcertado, pensando que esa no era la naturaleza de su relación. Allí de pie, mirando atardecer, tuvo la sensación inminente de que algo malo iba a pasar. No lograba quitarse de encima la sensación de que iba a perder a Edward.

Días después, Bella caminaba por los jardines del palacio, entre la gente de Zulheil, bañada por la luz suave del atardecer.

-Como consejera tuya, tengo que informarte –dijo Alice con los ojos divertidos.

-Escupe -dijo Bella, relajada en la presencia de aquella mujer que se había convertido en su mejor amiga.

-No pierdas de vista a esa mujer -dijo Alice asintiendo discretamente hacia una mujer de belleza muy exótica.

-¿Por qué? -dijo Bella. Ella no había hablado con esa mujer, pero admiraba su forma de vestir, re- catada pero sexy.

-La familia de Tanya es la más poderosa de Abraz y deseaban que se casara con Edward. A ella también le agradaba la idea. Entonces llegaste tú. No está de más conocer a quienes te guardan rencor.

«Te olvidará en cuanto se cruce en su camino una bonita princesa».

Como en un mal sueño, la risa despreciable de su hermana retumbó en sus oídos, describiendo a la perfección la sensualidad de Tanya. Bella apretó los dientes y luchó contra sus fantasmas. Edward se había casado con ella, y no era un hombre que hiciera las cosas a la ligera.

Edward miró a Bella moverse por el jardín. Tenía una sonrisa brillante y una gracia única. Se sentía como en casa entre su pueblo, una mujer con confianza en sí misma. Nada quedaba ya de la niña que le había roto el corazón.

Tal vez pudiera confiar en aquella mujer maravillosa. La mujer que podía dejarlo sin respiración con gran facilidad. Planeaba marcharse a Sydney en una semana, y esta vez, no dejaría a Mina en casa. La mujer en la que su Bella se había convertido merecía ser libre. Y merecía su confianza.

Al ver que estaba tranquila junto al lago en una esquina del jardín, se dirigió hacia ella.

-¿Por qué estás tan callada, mi Bella? -le preguntó Edward al oído.

-Me sorprende ver que la gente de Zulheil me haya aceptado -dijo ella, y no era toda la verdad, aunque tampoco era mentira. Las palabras de Alice le habían hecho preguntarse si sería tan obvio el amor que sentía por Edward, porque si su pueblo podía verlo, ¿por qué su marido no?

-Eres mi esposa. Nunca dudaron -le dijo acariciándole la parte baja de la espalda-. Y ahora dime qué es lo que verdaderamente te preocupa.

La capacidad intuitiva de su marido la dejó asombrada.

-Tanya.

-Uno de mis consejeros tiene que aprender a ser más discreto -contestó él alzando una ceja.

-Ahora es mi consejera. Gracias -respondió ella-. Veo que lo sabes.

-Es un cotilleo que todos conocen -dijo él riéndose visiblemente divertido.

-Información esencial diría yo -respondió ella con una sonrisa-. ¿Y bien?

-¿Cómo pueden las mujeres decir tanto con una sola palabra? -dijo Edward abrazándola cuando ella intentó abrir la boca-. La familia de Tanya quería cerrar un trato político. Yo no.

-Es muy hermosa -dijo Bella aunque las palabras de Edward, eminentemente prácticas, la calmaron algo..

-Las mujeres hermosas no hacen sino causar problemas a los hombres -respondió Edward mirándola con detenimiento, aunque fue la ternura de su tono de voz lo que más la impresionó.

Halagada por el sutil comentario, Bella hizo algo que raramente se permitía, insegura de la reacción de Edward. Se puso de puntillas, y le dio un tímido beso en los labios.

-Yo pienso lo mismo de los hombres condenadamente guapos.

La risa de sorpresa que escapó de la garganta de Edward hizo que todo el mundo se diera la vuelta para mirar, y a continuación todos sonrieron. Sin embargo nadie molestó a la pareja real.

-¿Qué significa «Bella al eha Jeque»? -preguntó ya que parecía que podía tenerlo para ella unos minutos.

-No te gustará, mi dulce e independiente mujercita -contestó él con una sonrisa traviesa.

Bella ladeó la cabeza sorprendida del tono de Edward. A menos que ella lo pinchara, su marido no solía mostrarse tan juguetón.

-¿Qué?

-La traducción literal es «Bella la que pertenece al jeque». Saben que eres mía.

-Son tan malvados como tú -dijo ella sacudiendo la cabeza.

Edward se encogió de hombros.

-Es un tratamiento honorífico. Si no les gustaras, te habrían llamado esto -y emitió un sonido que no le resultaba familiar.

-¿Qué significa?

-Significa «la que está casada con el jeque».

-¿Y qué hay de malo en ello? -preguntó Bella frunciendo el ceño.

-En el sentido estricto; es un tratamiento respetuoso, pero si el pueblo se refiere así a la esposa del jeque, es porque no creen que sea la mujer perfecta para gobernar con él.

-Es extraño. Significa eso que tú eres Edward al eha Bella?

Edward se rió pero no tuvo opción de responder porque en ese momento una pareja los interrumpió para despedirse de ellos. Aro y Cayo eran embajadores llegados del otro extremo del reino.

-Os deseo buen viaje -dijo Edward con un tono ligeramente distinto al empleado con Bella.

Aro se inclinó, con un gesto de aprobación en el rostro. Cayo juntó las manos y bajó la cabeza en señal de respeto.

-Regresamos a Razarah con buenas noticias para nuestra tribu -dijo Aro mirando a Bella-. Les hablaremos de las puestas de sol y los cielos azules.

-¿Todo bien en Razarah?

-Todo bien en Razarah -contestó Aro cuyos ojos color avellana se mostraban cálidos.

-Como siempre, estarás en nuestras oraciones -los ojos de Cayo se encontraron con los de Bella-. Cantaré por ti, Bella al eha Jeque.

Sin comprender el significado oculto bajo las palabras de Cayo, Bella supo que acababa de hacerle un cumplido. Bajó la cabeza imitando el gesto real de Edward sin pensar conscientemente lo que hacía.

-Gracias. Os deseo buen viaje.

-Vamos, responderé a tus preguntas en nuestra suite.

-¿Cómo has sabido que quería hacerte una pregunta? -preguntó Bella dejándose guiar por él.

-Tú siempre pones una mirada muy particular, que afea bastante tu rostro. Deberías dejar de hacer preguntas.

-Eres un ser terrible, lo sabes, ¿verdad? -dijo ella riéndose, consciente de que a él le gustaba la curiosidad que mostraba por todo y su deseo de aprender.

-Te tengo a ti para decírmelo -dijo Edward tirando de ella y cerrando la puerta después. La apretó contra la puerta antes de tantear con sus manos por encima del vestido que llevaba puesto.

-¿Dónde están los botones?

La pasión de Edward era tan arrebatadora que la piel de Bella echaba chispas. Llegaron tarde a cenar. Bella se acordó de la pregunta que quería hacerle cuando estaban ya en la cama. Se volvió hacia Edward y se puso encima de él.

-¿Por qué va a cantar Cayo por mí?

Los ojos de Edward eran indescifrables, tenía la expresión de una pantera saciada. Edward le pasó un dedo por el labio inferior.

-El Canto de los Obsequios es único en Zulheil -explicó Edward-. Como ya sabes, nuestro país se rige por las costumbres del pasado. Es lo que nos diferencia de nuestros vecinos.

-El Canto de los Obsequios -murmuró Bella pensando en la información y disfrutando de la exploración que Edward estaba llevando a cabo en su rostro-. ¿Entonces su canto es un obsequio?

-No. Cantará para pedir que te sea concedido un obsequio.

Bella le besó los dedos cuando este los pasó por sus labios. Edward sonrió y continuó con la caricia, trazando un camino por la mejilla hasta llegar a la oreja.

-¿Qué obsequio?

-Un hijo. En las próximas semanas se entonarán en todo Zulheil numerosos cantos para pedir lo mismo -dijo Edward riéndose-. Mi pueblo ha decidido que eres la mujer que deberá dar a luz a la siguiente generación.

-No pierden el tiempo, ¿eh? -dijo ella trepando por su cuerpo hasta que sus labios estuvieron justo encima de los de él.

-Eres joven, Bella, y no estás embarazada pero, si quieres, esperaremos.

Bella pensó con tristeza que habían perdido ya demasiado tiempo.

-Puede que sea joven, pero siempre he sabido que seria la madre de tu hijo.

La expresión de Edward se volvió gris de repente.

-Ve aquí, Mina. Ámame y convénceme de que tus palabras son ciertas.

Le dio todo lo que tenía dentro, pero algo le decía que no era suficiente. Edward necesitaba algo más de ella, algo que nunca le había pedido y que ella no podía adivinar. Se quedó dormida con un nudo en la garganta. El miedo que había estado carcomiéndole las entrañas volvió con más fuerza, persiguiéndola en sueños como una premonición de pérdida y sufrimiento.

-¿No estás emocionada con el viaje, mi Bella?

-Claro. Asistir a la Semana Australiana de la Moda será una magnífica experiencia -dijo Bella retirando la vista de la ventana del avión.

-Aun así estás preocupada -dijo él frunciendo el ceño.

-Supongo que un poco. Es la primera vez que me dejas salir de Zulheil -dijo ella mordiéndose el labio ante lo perceptible que era su esposo cuando se trataba de ella.

-y volverás a Zulheil -dijo él con voz dura, apretando la mano de ella.

-Sí -dijo ella. Iría allí doNde Edward estuviera-. ¿Estarás muy ocupado con la conferencia sobre energía?

-Siento que no puedas participar -dijo él frunciendo los labios en un gesto ácido-. Zulheil permite que sus mujeres tomen parte en sus discusiones, pero la mayoría de los países árabes que tomarán parte en la conferencia no opinan igual. Los que están de acuerdo con la forma de gobierno de Zulheil me están ayudando a cambiar la opinión de los otros, pero los avances son lentos.

-y presionarlos en presencia mía destruiría todo lo que has conseguido hasta ahora.

-Exacto. Aunque en esta conferencia estarán presentes los líderes del mundo occidental también, y sus mujeres, es de nuestros vecinos de los que debemos tener cuidado. No puedo permitirme tomar una posición demasiado radical y separarme del resto de las grandes potencias que rodean nuestro país.

Bella asintió consciente del delicado equilibrio que buscaba conseguir en la conferencia.

-Paso a paso. Tal vez cuando tenga cincuenta años podré presidir la conferencia -bromeó.

Edward no respondió. Cuando ella volvió la cabeza hacia él se lo encontró mirándola fijamente.

-¿Qué?

-Llevaremos casados veintiocho años para entonces.

-Dios mío. No había pensado en ello.

-Entonces quizás deberías hacerlo.

Su enigmática afirmación la acompañó durante todo el viaje. Aterrizaron en el aeropuerto de Sydney a las dos de la mañana. En la aduana, Bella confundió sus dos pasaportes.

-Perdón. Este es el que necesita -dijo dándole el pasaporte expedido recientemente en Zulheil y guardó el otro. Edward no le dijo nada hasta que estuvieron en la limusina camino del hotel.

-¿Por qué has traído los dos pasaportes?

-El pasaporte neozelandés estaba en el bolsillo de la maleta desde que llegué a Zulheil. Lo había olvidado -contestó ella sin darle importancia mientras miraba las luces de la ciudad.

Edwaerd no dijo nada más al respecto y se sentó junto a ella bromeando por su interés en el escenario nocturno. Ella le devolvió las bromas, pero cuando llegaron al hotel, exhaustos después del largo viaje, cayó rendida.

Edward la despertó justo antes del amanecer. No había tenido la intención de darle una mala contestación en el avión, y se había sentido muy mal al hacerlo, y ver el dolor en sus expresivos ojos. No era culpa suya tampoco que él tuviera... miedo. Miedo de que volviera a tomar una decisión que le rompiera el alma. Odiaba esa sensación.

Y aun así no podía dejarla en Zulheil. Se habría sentido rechazada una vez más. Le acarició la mejilla y sintió que algo en su interior suspiraba en señal de rendición.

Aunque ella no lo sabía, Bella tenía una vez más su corazón a su entera disposición.

-Tengo pases para la mayoría de los desfiles -dijo Bella sacudiendo los papeles delante de Edward. Este dejó de abrocharse la camisa blanca y se acercó a ella.

-Emmett te acompañará.

-Se aburrirá mortalmente -dijo ella mientras lo ayudaba a abrocharse la camisa.

Edward se ajustó los puños, e hizo que lo mirara a los ojos, de un color verde intenso.

-No lo hago para vigilarte, Mina. Eres la esposa del Jeque de Zulheil. Hay personas que te harían daño para llegar hasta mí -dijo él con suavidad.

-No lo había pensado. Supongo que sigo sin acostumbrarme a ser tu esposa -contestó ella consciente de que había dicho las palabras incorrectas nada más salieron de su boca.

Edward tensó la mandíbula con determinación en un gesto que ella conocía bien, y sus manos se cerraron sobre sus muñecas como si fueran unas esposas de acero.

-Eso nunca cambiará, así es que será mejor que te acostumbres -y diciendo esto agachó la cabeza y le buscó los labios para sellarlos con un posesivo beso-. Me perteneces.

Bella pensó que Edward iba a marcharse dejándola con esa imagen de desconfianza. En vez de eso, Edward se giró cuando estaba en la puerta y acortando los pasos hasta ella, los hombros rígidos.

-Mina -la mirada se le había vuelto lúgubre y turbulenta, pero le acarició la mejilla con un dedo muy suavemente. Era su forma de pedir disculpas.

Con sumo cuidado, Bella se puso de puntillas y depositó un beso en los labios de Edward.

-Yo sé que soy tu esposa, Edward. Lo sé.

El asintió y la expresión de sus ojos era indescifrable.

-Ten cuidado, esposa. No quiero perderte -y con esas palabras se fue, dejándola temblando ante el poder de la afirmación.

Tanto si tenía lugar en Sydney o en Melboume, la Semana Australiana de la Moda era una de las citas más importantes del mundo. Bella estaba encantada, aunque no podía olvidar las palabras de Edward. Sin embargo, no tenía que preocuparse por Emmett. Su musculoso guardaespaldas estaba disfrutando mucho admirando a las modelos de las pasarelas, y con la moda en sí. Le estaba comentando algo de una espectacular modelo de pelo rubio cuando Bella sintió que alguien le tocaba en el hombro y dio un grito de sorpresa. Emmett se movió tan rápido que Bella no vio lo que hacía. De pronto, estaba delante de ella bloqueándole la visión. En seguida, una carcajada familiar le llegó a través de la barrera humana.

-Está bien, Emmett -dijo Bella saliendo de detrás de su espalda al ver que este no quería echarse a un lado-. Es mi hermana.

-Hola, Bella -dijo Jesica arrastrando las palabras.

-Jesica.

La belleza de su hermana parecía haber aumentado. Jesica curvó los labios en una fría sonrisa.

-Así es que dime, ¿qué se siente siendo parte de un harén?

-Soy la esposa de Edward.

Jesica no ocultó su sorpresa lo suficientemente rápido. Un tono de amargura tiñó sus hermosos ojos durante un segundo.

-Vaya, vaya. Así es que te llevaste el pez gordo; al final -dijo mirando por encima del hombro-. Ha sido un placer, pero ahora debo irme. Mike me estará buscando.

Jesica se giró y desapareció tras las luces de las pasarelas antes de que Bella pudiera decir nada. El encuentro la dejó confusa.

-No os parecéis -dijo Emmett poniéndose a su lado otra vez, con un gesto de desaprobación en la cara.

-No. Ella es muy hermosa.

-Y fría. Helada.

Las palabras de Emmett le recordaron a Bella las de Edward. De pronto, su corazón se sintió más ligero, despreocupado. Su marido la había elegido a ella porque pensaba que era lo suficientemente buena para él como era, y eso era lo que importaba.

-¿Cómo han ido las negociaciones? -preguntó Bella en la cena. Había decidido que comerían en la suite pensando que Edward necesitaría algo de paz y tranquilidad.

Edward se pasó la mano por el pelo mojado, recién duchado.

-Tal como esperaba. Los países que poseen el petróleo quieren seguir disfrutando de su posición de poder y no quieren oír hablar de otras alternativas.

-¿Y no es esa una posición con poca visión de futuro? El petróleo se acabará algún día.

-Exacto -afirmó él, los ojos relucientes de aprobación-. Y no se trata sólo de dinero sino de nuestro mundo.

-En calidad de ex neozelandesa, estoy de acuerdo contigo. Los kiwis son más grandes en una tierra verde y sin contaminación -Bella extendió la mano y acarició la de él.

-¿Lo eres? -preguntó él atrapando su mano.

-¿Soy qué?

-Una ex neozelandesa.

-¿No lo soy? Cuando me casé contigo, adquirí nacionalidad de Zulheil, ¿no?

-Zulheil admite doble nacionalidad -contestó él asintiendo.

-No lo sabía -sonrió-. Mi corazón está contigo y con tu tierra, Edward. Zulheil es mi hogar.

-¿No tienes ganas de volver con tu familia? -Edward comenzó a acariciarle la muñeca en pequeños círculos.

-Vi a Jesica esta tarde -dijo Bella. Sabía que su rostro era triste. A pesar de lo mal que la habían tratado, no dejaban de ser su familia. Una vida entera no podía olvidarse tan rápidamente.

-¿Tu hermana está bien? -preguntó él con despreocupación fingida porque sus ojos estaban alerta.

-Ya conoces a Jesica -contestó Bella encogiendo los hombros.

Edward no dijo nada, sólo la miró y sus ojos parecieron penetrar en su alma. Esa noche, Edward le hizo el amor tierna y cariñosamente, como si tratara de calmarle el dolor. En cuanto la tocó, Bella olvidó los comentarios de Jesica; nada le importaba excepto su guerrero del desierto.

Bella pasó la mayor parte del día siguiente comprando regalos. Emmett era como un cachorro gigante que la acompañaba y le daba sugerencias para las compras.

-Tu hermana se está acercando a nosotros -dijo de repente.

Bella alzó la vista sorprendida.

-¿Quieres que comamos juntas, hermanita?

Por una vez, sus palabras no sonaron sarcásticas ni amargas, y Bella no pudo rechazar la invitación. Era difícil romper los viejos hábitos y que una hermana que siempre se había mostrado inalcanzable se acercara en son de paz era uno demasiado bueno para dejarlo escapar.

.Antes de llegar al coche, Jesica preguntó si podían detenerse en la agencia de viajes.

-Tengo que recoger unos billetes -dijo sonriendo a Jamar.

-Vamos a detenernos en la agencia de viajes a recoger unos billetes. ¿Se lo puedes decir al conductor? -dijo Bella a Emmett con una sonrisa.

Emmett frunció el ceño pero hizo lo que le ordenaban y se sentó en el asiento del copiloto mientras las dos hermanas se sentaban en el asiento trasero. El coche no contaba con cristal divisorio entre el conductor y el asiento de atrás. Consciente de ello, Bella hablaba en voz baja mientras charlaba con Jesica. En un momento dado, Bella admitió que echaba de menos a la familia.

-Entonces, ¿cuándo vuelves a Nueva Zelanda? Te compraré un billete ahora mismo -dijo Jesica en voz alta.

-Veré si Edward tiene algo de tiempo libre después de la conferencia -contestó Bella con tono tranquilo, preguntándose si podría convencer a su marido de que regresaran al lugar en el que tanto daño le había hecho.

Para su sorpresa, la comida fue de lo más agradable. Quería saber cosas de la familia y Jesica no paró de contárselas.

-Gracias -dijo después de pagar la cuenta-. Necesitaba saber de todos vosotros.

-Tal vez nos veamos de nuevo. Ahora somos personas adultas -contestó Jesica.

Bella asintió. Ya no era la niña ingenua de antes y parecía que su hermana la respetaba. Tal vez después de haberse casado con un miembro de la aristocracia de Boston, Mike Newton, Jesica habría madurado y olvidado el odio que sentía hacia Edward.

Bella no tuvo ni idea de lo equivocada que estaba hasta esa misma noche.

Estaba en la ducha cuando Edward regresó. Cuando Bella entró en el dormitorio envuelta en la toalla se encontró con él que la miraba con unos ojos llenos de pura rabia.

-¿Edward? ¿Qué pasa? -preguntó ella transfigurada por el miedo.

Edward permanecía en el otro extremo de la habitación, controlándose.

-¿Te lo has pasado bien riéndote de mí, Bella? -preguntó él con voz tranquila bajo la que vibraba una furia atronadora.

-¿Qué?

-¡No te hagas la inocente! Y pensar que había creído que habías cambiado.

Arrastró la mirada por el cuerpo de Bella con tal ira que esta no quería que se le acercara. Al mismo tiempo, le dolía que estuviera tan lejos de ella, tan inalcanzable.

-Desafortunadamente para ti, tu hermana me ha contado tus planes.

-¿Qué planes? -preguntó ella poniéndose rígida.

-Tu hermana me dijo cuánto sentía tu deserción. Dijo que tenía que comprender que no podías casarte con un hombre como yo.

Bella no salía de su asombro. Entonces, Edward sacó algo del bolsillo y se lo tiró, pero ella no se movió para ver qué era.

-¡No le dijiste que era tu marido! -continuó Edward-. ¿Qué pensabas hacer cuando me abandonaras? ¿Pedir el divorcio, o simplemente ignorar que te habías casado por el rito de Zulheil? -el dolor que supuraba de esas palabras la hirió como un cuchillo.

Jesica había hecho todo aquello, pero no se saldría con la suya, pensó Bella. Su mentira era enorme, demasiado increíble. Seguramente Edward vería la verdad. Sabía cómo era Jesica.

-No estoy planeando abandonarte. Te ha mentido.

-Lo estás empeorando con más mentiras. El billete de avión que Jesica me pidió que te diera está a tu nombre, y eso no miente.

Con manos temblorosas que apenas podían sostener la toalla, Bella tomó el billete. Estaba a su nombre, y lo que era peor, detallaba los datos de su pasaporte. Era extraño, pero para su marido eran pruebas irrefutables de su traición.

-No -gritó-. Yo nunca haría algo así. Mi familia guardaba todos estos datos.

-¡Ya basta! He sido un idiota al creerte, después de todo, pero Emmett oyó cómo planeabais tu deserción -dijo Edward con una mueca.

Era obvio que Emmett no había oído la respuesta que le había dado a su hermana. Se movió hacia él, olvidando que llevaba puesta la toalla.

-Escucha

-La verdad está clara. Siempre he sabido lo que ibas a elegir. Ni tu cuerpo bastará esta vez para engañarme. Aunque, si quieres, puedo aprovechar la invitación.

La mirada de desprecio que le lanzó rompió el corazón de Bella. Era tan frío y desinteresado...

Muy avergonzada de su desnudez, levantó la toalla con dedos temblorosos y trató de razonar con él.

-Por favor, Edward, escúchame. Te amo... -le dio su corazón en un intento desesperado de conseguir su atención.

-Debes creer que soy tonto, Bella. Tu amor no tiene el menor valor -dijo Edward con una carcajada.

Con el corazón deshecho ante el abierto rechazo, e incapaz de pensar en la manera de convencerlo de su amor y de su lealtad hacia él sin reservas, Bella le tiró el billete de avión a la cara.

-¡Sí, es cierto! -mintió-. ¡Vuelvo a Nueva Zelanda y voy a divorciarme de ti!

Edward no dijo nada. Su cara parecía una máscara de roca. La ira que lo movía se había convertido en furia helada.

-Volveré y me casaré con alguien mejor que tú. ¡No sé en qué estaba pensando al casarme contigo! -continuó Bella. Quería llorar y gritar de dolor, pero aún le quedaba algo de orgullo. Si cedía, LO haría siempre.

-No saldrás de Zulheil.

-¡Ya estoy fuera de Zulheil! ¡No regresaré!

-Regresarás -dijo Edward.

-¡No! -contestó Bella iracunda-. ¡No tienes ningún derecho sobre mí!

-Vístete. Nos vamos hoy -dijo Edward sin emoción en la voz-. Si quieres hacer las cosas más difíciles, me encargaré personalmente de que regreses a Zulheil.

-No irás a hacer una escena -contestó ella, con el corazón destrozado por lo distantes que eran los ojos de Edward.

-Haré lo que tenga que hacer.

Sabía que iba a perder la batalla enfrentándose con el Jeque de Zulheil. Tenía el poder político para hacer lo que quisiera.

-No tengo ningún sitio adonde ir -dijo ella, y sus palabras escaparon de sus labios como unas lágrimas largo tiempo contenidas-. Lo dejé todo por ti. Todo. Todo.

La única respuesta a sus palabras fue el golpe de la puerta al cerrarse tras él.

Fuera del hotel, Edward sintió que perdía el control. Sabía cómo era Jesica, y cuando le había dicho aquello, no la había creído. Incluso ante la prueba del billete de avión, no la había creído. Y entonces fue a ver a Bella. Quería protegerla de la maldad de su hermana. Entonces lo había había visto encaminándose a la suite, y le había preguntado si Bella había hablado con él del viaje a Nueva Zelanda. Su mirada se había vuelto iracunda.

El guardaespaldas le dijo que, de camino a la agencia de viajes, su hermana le había preguntado a su esposa con qué fecha quería el billete. Después iba a decirle algo más pero el sonido de su busca LO detuvo. Se excusó y se marchó.

Edward había creído que se le rompía el corazón con las palabras de Emmett. Había sido una suerte que se hubiera tenido que marchar, porque si no habría visto cómo se deshacía en pedazos la compostura de su jeque.

Emmett era un guardaespaldas fiel, que no tenía ningún motivo para mentir, especialmente cuando adoraba a Bella. Edward se llamó idiota por aceptar la explicación de Bella de haber llevado consigo su pasaporte neozelandés. La había creído cuando le había dicho que había sido un descuido. Incluso después de lo que le había hecho, había vuelto a confiar en ella. Quería protegerla y tenerla siempre entre sus brazos.

De pronto, sintió una navaja afiliada retorciéndose en su interior al recordar a aquella mujercita de pelo rojo rogándole que la creyera, con los hombros y las piernas desnudas. Una mujer avergonzada cuando él se había mofado de su sensualidad innata. La sensualidad que él siempre había considerado un tesoro, que se había preocupado por cuidar y alimentar.

La cuchilla se hundió aún más en su pecho. Se obligó a recordar por qué estaba furioso. No había razón para que se sintiera como si hubiera roto algo de valor incalculable. Sólo que el dolor y la ira no lo dejaban pensar con claridad. La herida que sangraba en su pecho era una eterna agonía pero no quería pensar en ello, se negó a examinarse por creer que aquella traición le dolía tanto como si los rayos de cien soles le quemaran la piel desnuda. Había sobrevivido al rechazo de Bella una vez y lo volvería a hacer.

Aunque lo que sintiera por ella fuera cien veces más fuerte que la vez anterior. Y el dolor amenazara con volverlo loco.

Llegaron a Zulheil a media mañana.

-¿Adónde vas?

-A Abraz -contestó él sin mirarla siquiera.

-¿A qué?

Entonces Edward se volvió y la miró con sus ojos verdes llenos de furia.

-Voy a casarme con mi segunda esposa. Tú ya no me diviertes. Tal vez ella me demuestre más lealtad de la que tú me has demostrado.

-¿Vás a casarte con otra? -dijo Bella con el corazón helado.

-Me casaré con ella en Abraz. Será mejor que vayas acostumbrándote a ser sumisa.

-¿Cómo puedes hacerme esto? -preguntó ella deseando que Edward le estuviera haciendo aquello como venganza ante su supuesta traición. Entonces recordó a la hermosa Tanya, la mujer que había querido casarse con Edward... y que vivía en Abraz. Tanya, la glamourosa princesa de la que le había hablado Jesica muchos años atrás. Su peor pesadilla se había hecho realidad.

El hermoso rostro de Edward se mostraba cruel e inmisericorde con ella.

-Igual que tú al planear tu traición.

-¡No! No lo hice. ¿Por qué no puedes creerme? -dijo ella extendiendo la mano para agarrarle de la chaqueta, pero él se alejó.

-No quiero llegar tarde -dijo lanzándole una nueva mirada de desprecio por encima del hombro.

En ese momento, algo dentro de ella se rompió, pero no podía permitirse sentir dolor porque si lo hacía moriría desangrada. En vez de ello, comenzó a planear escaparse. Estaba preparada para lidiar con la ira de Edward, con su desconfianza, y con su rechazo, pero con aquello...

-Nunca lo compartiré. Nunca.

Había ido demasiado lejos esta vez. No podía huir en coche; los guardias fronterizos estaban bien entrenados. Aparte de eso, su piel era como una bandera que la diferenciaba del resto de los habitantes del desierto.

-El mar.

Bella se detuvo. El corazón le latía desbocado. Zulheil tenía una pequeña costa y un puerto comercial. Sería relativamente fácil colarse en uno de esos barcos extranjeros cuando parasen a repostar. Se dirigió hacia el escritorio y tornó pluma y papel. Los dedos le temblaban bajo la fuerza de la emoción, pero sacó fuerzas de flaqueza:

Edward,

Desde que llegué a Zulheil, has estado esperando que te traicionara y te abandonara. He vivido con tu desconfianza, pero no me iré en silencio como un ladrón. Te quiero tanto que cada vez que respiro, pienso en ti. Desde el momento que nos reunimos, no tuve en ningún momento la intención de separarme de ti. Fuiste mi primer amor; mi único amor: Pensé que podría hacer algo por ti, incluso sobrellevar el castigo por no haberte elegido hace cuatro años, pero hoy he descubierto mis límites. Eres mío y sólo mío. ¿Cómo puedes pedirme que te comparta?

Tu orgullo hará que salgas en mi busca, pero te pido que, si sientes algo por mí, no lo hagas. Nunca podría vivir con un hombre al que amo pero que me odia. Eso me mataría. No sé qué voy a hacer; sólo sé que tengo el corazón roto y tengo que alejarme de aquí. Aunque no vuelva a verte nunca más, quiero que sepas que siempre te amaré.

Bella al eha Jeque

Dejó la carta en el centro del escritorio donde pudiera verla. Acarició la mesa de caoba en un gesto final de despedida. En esa habitación habían aprendido el uno del otro y ella había comenzado a ayudarlo con sus tareas.

Los muelles estaban abarrotados. El conductor aparcó delante del café lleno de gente que ella le indicó. La oportunidad la encontró en la Dama de la Suerte. Un crucero que sobresalía en el muelle, había hecho una parada de tres horas para repostar. Entre la multitud de turistas europeos que habían salido a pasear por el puerto, Bella no tuvo problemas. Las autoridades vigilaban a los pasajeros que salían del barco pero no se dieron cuenta de la pequeña mujer que entraba en él mezclada con el resto de la gente.

La luna brillaba sobre los minaretes de Zulheina, pero Edward no podía encontrar la manera de calmar la sensación de pérdida que le roía el alma y acababa con todas sus esperanzas de felicidad.

A medio camino de Abraz los pensamientos de traición y furia se habían disipado. En su lugar sólo quedaba dolor. Le había dado a Bella su corazón y ella lo había roto en pedazos por segunda vez. Algo desesperado y primitivo dentro de él le decía que había cometido un error y que tenía que volver a casa. En el último momento, se había detenido a pensar en busca de un último rayo de esperanza. Incapaz de creer que la mezcla de desconfianza y angustia habían conseguido que aquel terrible error tuviera lugar, pero consciente de que así había sido, Edward ordenó al conductor que regresase a Zulheina a toda prisa. La parte de sí más salvaje, la que siempre le había pertenecido a Bella, lo sabía. Regresaba a Zulheina.

Muy tarde. Demasiado.

Arrugó la carta que Bella le había escrito. Había golpeado sin piedad su corazón tantas veces, de tantas formas, y ella continuaba amándolo, con un valor sereno y fuerte. Pero ni siquiera su naturaleza generosa había soportado ese último golpe fatal.

La mujer en que se había convertido su Mina lo había cambiado para siempre con su fuerza, su habilidad para permanecer a su lado, su gloriosa sensualidad... Mina era irremplazable. No podía soportar la idea de vivir sin su alma gemela, aunque lo odiara.

-Me perteneces, Mina.

Sólo el desierto oyó sus palabras. Sólo el desierto le envió suspiros solidarios a través del viento helado de la noche. Sólo el desierto comprendió su desolación... y su determinación.

Bella pasó el viaje recluida en su camarote, rechazando los intentos de la tripulación para que se uniese a las actividades de los demás pasajeros. No quería llorar. Las lágrimas se le habían congelado en el corazón junto con el resto de las emociones. Sólo quería olvidar.

El barco hizo una parada de emergencia en una isla griega porque un pasajero se había puesto enfermo. Debilitada por la sensación de perdida y la falta de sueño, Bella bajó del barco y no regresó. Era un lugar tan bueno como cualquier otro para quedarse, pensó sin entusiasmo, y como no era una parada prevista en el trayecto, Edward no podría encontrarla.

Encontró un pequeño apartamento. La noche de su llegada, se metió en la cama y se acurrucó en un rincón.

Una semana después de su llegada, decidió salir de la casa para luchar contra la depresión. Sobreviviría. No importaba que le faltara su alma gemela. Lo había abandonado por decisión propia. Paseando vio por casualidad un cartel en una tienda en el que pedían una costurera. Inspiró hondo y entró.

Esa noche, al tomar las tijeras para hacer un arreglo en una prenda, salió de pronto del letargo en el que había estado sumida. Con el cambio, los pensamientos y el dolor volvieron.

Su primer sentimiento fue el miedo, miedo a no poder olvidar nunca a Edward y, de pronto, la aterrorizó pensar en olvidarlo.

Edward tomó el pincel y estrujó el tubo de color crema. Añadió un poco de rosa pálido para conseguir el tono de la piel de Bella. Con un solo trazo el grácil brazo tomó vida. Aquella creación de color y emoción estaba casi completa. Entonces alguien llamó a la puerta.

-¿Si? -preguntó levantando la vista hacia Jasper.

-Seguimos la pista de algunos pasajeros del barco que la vieron a bordo cuando el barco abandonó Oriente Medio. No recuerdan haberla visto después de Grecia -Jasper se detuvo antes de continuar-. No puedo creer que te haya hecho esto por segunda vez. Déjala ir.

-¡Vigila tus palabras! -exclamó Edward-. Te perdono esta indiscreción porque eres mi amigo pero no quiero que vuelvas a hablar así de Mina. Yo soy el único culpable.

-¿Tú? Si la has tratado como a una princesa -dijo Jasper escéptico.

-Le dije que iba a tomar otra esposa.

Jasper quedó petrificado. De pronto sus rasgos se llenaron de pena, tan honda que sus ojos azules se volvieron casi negros.

-Creo que ni siquiera Alice me perdonaría semejante cosa.

-No importa. Bella es mía y nunca la dejaré ir -Edward tocó la carta que siempre llevaba consigo-. Prepara el avión. Vamos a Grecia. ¿Tienes la lista de las escalas que realizó el barco?

-Sólo hubo dos -asintió Jasper y una llama de esperanza ardió en sus ojos azules.

Edward no tenía esperanza. Tenía certeza.

Bella ignoró el toque impaciente en la puerta todo lo que pudo, pero como no paraba, dejó lo que estaba haciendo y cruzó el apartamento preparada para enfrentarse con el casero.

-¡Tú! -las rodillas le temblaron cuando vio al hombre que bloqueaba la entrada-. Déjame.

-Te vas a caer.

-Estoy bien -contestó ella empujándolo. Llevaba algo de barba y la ropa colgaba de su cuerpo de forma alarmante-. Has adelgazado. ¿Qué ha pasado?

-Que me abandonaste.

Bella no esperaba esa respuesta. Sacudió la cabeza y fue retrocediendo hasta que llegó a la pared.

-¿Cómo me has encontrado?

-Fui primero a Nueva Zelanda -contestó él y el corazón de Bella cayó a los pies-. No me habías dicho que habías vuelto la espalda a tu familia por completo para venir conmigo.

Bella no respondió. Se debatía ante la emoción de ver que al menos se había tomado la molestia de salir en su busca. Una parte de sí le decía que al menos un poco de él era mejor que nada. Pero descartó la idea inmediatamente. No, no, no.

-Me elegiste a mí, Mina -su voz era profunda, consciente de lo que Bella había hecho por él-. Me elegiste por encima de todo lo demás en el mundo. ¿Creías que te iba a dejar escapar una vez que te hice mía?

-No voy a volver -dijo con decisión. Verlo con otra la destrozaría.

-Mina -dijo él extendiendo una mano.

-¡No! No te compartiré -añadió esforzándose por que la oyera.

-Porque me amas y me elegiste a mí.

Bella asintió y no pudo contener más las lágrimas. A esa distancia, sólo quería abrazarlo y olvidar todo el dolor. A juzgar por sus palabras, casi creyó que realmente la amaba.

-Mina, tienes que venir conmigo. No puedo vivir sin ti, mi Bella. Te necesito como el desierto necesita la lluvia -continuó Edward tomándole el rostro en sus manos mientras le secaba las lágrimas con los pulgares.

El dolor que veía en sus ojos verdes era igual que el suyo. Trató de sacudir la cabeza pero no pudo porque él la sostenía con firmeza.

-Te elegí a ti, Bella. Tú eres mi esposa. Entre nosotros existe un lazo imposible de romper -continuó Edward con una fuerza que Bella tuvo que reconocer como cierta-. Te amo. Te adoro.

-Pero has tomado otra... -comenzó Bella.

-Nunca haría tal cosa -murmuró-. Estaba muy enfadado contigo ese día, y muy dolido también. Esperé cuatro años a que crecieras. Permanecí fiel a nuestro amor. ¿Crees que dejaría entrar en mi cama a otra mujer y mucho menos en mi corazón? -sus ojos relucían con la confesión que acababa de hacerle-. Perdona a tu necio marido, Mina. Cuando estás cerca, no puede pensar con claridad -dijo Edward con expresión de súplica, pero la forma en que la había atrapado contra la pared le decía que no iba a marcharse sin convencerla, por mucho que le costara.

-Sólo si él me perdona por la mala decisión que tomé hace cuatro años.

-Te perdoné en el momento en que pusiste el pie en Zulheil, Mina -dijo Edward con una sonrisa de depredador-. Sólo necesitaba tiempo para recuperar mi orgullo.

-¿Y lo has conseguido? ¿Volverás a dudar de mí?

-Lo único que necesitaba era saber que elegirías luchar por mí si te vieras nuevamente en la tesitura de tener que elegir.

Así de simple, y así de imposible de figurar. Bella le acarició el pelo con dedos dubitativos.

-¿Crees... crees que amarme es tu debilidad?

-Amarte es mi fuerza -contestó él después de una pausa-. Con el corazón, puedo alcanzar aquello que se me escaparía de otro modo. Nunca dejé de amarte -sus manos descendieron por el cuerpo de Bella hasta llegar a su trasero y la empujó hacia sí-. ¿Volverás conmigo?

Bella se rió de la forma en que Edward estaba tratando de actuar como si le estuviera dando a elegir, cuando ambos sabían que él no saldría de la habitación sin ella.

-¿Me prometes que serás un marido bueno y ameno, que siempre obedecerá mis órdenes?

-No lo sé -contestó él mirando distraídamente hacia la minúscula cama-. Si esa pequeña cama aguanta nuestro peso, te dejo que te aproveches de mí -dijo con un brillo en los ojos que subrayaba el tono solemne de sus intenciones, pero Bella quería saber otra cosa.

-Te amo. ¿Me crees?

-¡Mina! -exclamó Edward lleno de gozo y la abrazó-. El amor que sientes por mí está en tus ojos, en tus caricias, en cada una de tus palabras. Incluso tu carta de despedida, cuando te sentías abandonada y muy dolida, tenía ecos de la sinceridad de tu amor. No creo ser merecedor de él, pero no renunciaré a ti. Eres mía.

-No quería irme -confesó.,

-Prométeme que nunca te alejarás de mí -dijo Edward que se había vuelto a convertir en la pantera-. Lucha, enfádate, pero no me dejes.

-Te lo prometo, pero tienes que hablar conmigo. Prométemelo.

-Te lo prometo, mi Bella, te prometo que hablaré contigo. No puedo cambiar lo que soy. Soy posesivo y tendrás que acostumbrarte a un marido así.

Su debilidad ante él ya no la aterrorizaba, no cuando él la amaba con toda la pasión de su corazón de guerrero. Se inclinó para besarla, sin poder resistirlo más. Ella se deshizo allí mismo, se entregó a él.

Bella la amaba, con todos sus fallos. El hueco que sentía en el corazón se cerró para siempre. Se apoyó contra él y lo besó, un beso suave, y tierno, que le de- mostraba todo lo que sentía dentro.

-Una vez me hiciste una pregunta. La respuesta es sí: igual que tú eres Bella al eha Jeque, yo soy Edward al eha Bella. Soy todo tuyo.

La sinceridad que revestían aquellas palabras le llegó tan dentro que hizo que su corazón explotara de alegría. Edward era orgulloso y era fuerte.

-¿Me odia tu pueblo? -preguntó ella mordiéndose el labio.

-Nuestro pueblo está acostumbrado a las tempestuosas mujeres de sus jeques -sonrió-. Durante los primeros años de matrimonio de mis padres, mi madre pasó en París dos meses.

-Oh.

Aunque saberlo la hacía feliz, lo que más agradaba a Bella era el cariño que había en el tono de Edward. Parecía que su ira frustrada hacia su madre había terminado por ceder.

-Me considerarían un mal jeque si no hubiera logrado convencerte para que regresaras -dijo él inclinándose más-. Mi honor está en tus manos -añadió con un brillo juguetón en sus ojos.

-Ven aquí, esposo mío. Tu esposa quiere aprovecharse de ti.

-y yo nunca me negaría a los deseos de mi esposa. La cama sí que resistió el peso de los dos.

FIN

Vida : Dulce Inmortalidad

Capítulo Quinto: Eres como una enfermedad


- ¿Que he hecho? Preguntó con un hilo de voz - Su pregunta era retórica, yo solo suspiré. Sus manos estaban a pocos centímetros de mi rostro.

- Nada, tú no has hecho nada - Respondí apartándome de él. Vi como sus manos quisieron tocarme pero las detuvo en el aire.

- ¿Por qué? quiso saber, su voz era temblorosa ante la verdad que yo pudiera decirle.

- Supongo que esa pregunta deberías hacérsela a Victoria - Solté sin pensarlo, y recordé el mensaje que ella había dejado para él conmigo. Agradecí que mi mente estuviera fuera de su alcance.

Cuando escucho el nombre de Victoria, clavo su vista en el suelo, su respiración había comenzado a agitarse y el trataba de mantener la calma sin lograrlo. Cuando levanto la vista nuevamente, fue como un déja vú, recordé la escena del bosque, sus ojos brillaban como topacios duros, claros y muy profundos.

- Bella…Yo… no quería que… - comenzó a decir sacudiendo su cabeza, estaba espantando sus peores demonios.

- ¿Qué es lo que no querías?

Dije con un hilo de voz, de pronto tenia sentimientos encontrados, todo ese amor estaba aflorando nuevamente, pero también estaba aflorando el rencor, la pena. Y no pude contenerme más. No había planeado nada, pero todo comenzó a fluir sin yo tener control sobre el desarrollo de la conversación.

- Que corrieras peligro, claro.

Agrego, pero yo no lo deje continuar, lo interrumpí.

- Bueno Edward, te felicito, porque justamente fue todo lo contrario, fue una pesadilla después que me dejaste sola en aquel bosque, no sabes cuantos días pase sin siquiera poder hablar, sólo tenia tu recuerdo en mi cabeza apareciendo una y otra vez, como cuchillos rasgando mi corazón sin detenerse… pasaron meses Edward, meses, sin comer, sin dormir, sin vivir… mis padres creyeron que estaba loca, me internaron en un Hospital.

Grite agitada, hice una pausa, pude ver su rostro desfigurándose con cada palabra que yo decía, era una sensación rara, pero por alguna extraña y retorcida razón, estaba disfrutándolo, antes que él pudiera decir algo continúe.

- Mi corazón estaba roto en mil pedazos, mi vida estaba rota, sin sentido, cuando te dije que mi alma te pertenecía, no estaba mintiendo, ese día que tu te fuiste, mi alma se fue contigo, incluso ahora ella ya no me pertenece, así que lo que hizo Victoria, sólo fue un acto misericordioso de su parte.

- Calla… te lo suplico… - Balbuceó en un susurro entrecortado, mientras se volteaba, se apoyo sobre el escritorio que estaba a unos pasos de él, enterró su cabeza entre sus brazos, podía sentir su pena y dolor, podía ver cuán débil era, pero eso sólo me hizo enfurecer más.

- No quieres la verdad, pues aquí la tienes pasé meses escuchando tu voz en mi mente, soñando que iba a despertarme de esta pesadilla, pero eso no sucedía, era una agonía lo que estaba viviendo, fue entonces cuando tomé la decisión y fui a la azotea del hospital.

- ¡Bella por favor! - Gruño con voz estrangulada apretando sus puños contra la mesa dando un fuerte golpe sobre esta, abrió sus manos apretando la madera que se destrozaba ante su contacto.

- Pero no pude, no tenía la voluntad, ni la fuerza, fue entonces que constante que yo no era yo nunca más, que tú te habías llevado a Bella contigo, y que mi alma jamás volvería a estar dentro de mí, así que corrí, corrí hasta no detenerme, paradójicamente y debo agradecerle estaba ella ahí.

- ¡Calla! Chillo dolido.

- Estaba amaneciendo, no la sentí venir, pero cuando sentí sus labios fríos y duros contra mi cuello, lo supe y premié que me matará.

Hice una pausa, no estaba segura de decirlo, pero mi corazón debía cerrar la herida, así que continúe

- Ella te dejo un mensaje

Edward levanto su rostro, pero permanecía de espaldas a mí, no noté que su cuerpo comenzó a temblar

- Estamos a mano – dije y sentí un grito ahogado emanar de su pecho y sus ojos centellearon por un instante.

- OH Bella… perdóname te lo suplico. Gimió.

Cuando pude darme cuenta estaba arrodillado ante mis pies, tenia su rostro enterrado en mi cintura abrazándome, su cuerpo temblaba como un niño pequeño, levante mis manos, iba a ponerlas en su pelo para acariciarlo, pero me contuve, maldije que no pudiera llorar porque era justamente lo que más deseaba. Era una extraña sensación, por primera vez mi corazón se calmo, por primera vez en cinco años, el dolor ya no existía, era como si hubiera necesitado hacer esto, hacérselo. Me había convertido en un monstruo reflexioné. Fue entonces cuando sentí la presencia de Alice en un rincón de la habitación, había salido de la oscuridad su mirada estaba absorta en nosotros dos.

- Edwards creo… que ella… te ha perdonado.

Musitó Alice confundida mientras Edward seguía aferrado a mi cuerpo, sin decir nada.