Dark Chat

jueves, 20 de mayo de 2010

Inmortal

Capítulo 8: Licántropos


BELLA POV
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La música resonaba por todo el salón, provocando que, con sus alegres melodías, los humanos bailaran acorde a ellas. Yo, por mi parte, me encontraba al lado de mi madre, quien aplaudía delicadamente con sus manos al son que agitaba su cabeza, de un lado hacia otro, mientras sus pupilas no se cansaban de ver aquel mortal espectáculo.


La llegada de los licántropos había sido el motivo para que, inmediatamente, mis padres iniciaran los preparativos de una fiesta que duraría toda la noche. Los hombres lobos – como también se les solía llamar – era una especie inmortal casi extinta y, al igual que nosotros, eran respetados por los mortales al ser considerados como seres poderosos y buenos, protectores y cazadores de vampiros…


Me encontraba absorta en mis pensamientos nada coherentes cuando sentí que alguien me miraba. Instintivamente, volví mi rostro hacia la izquierda y me encontré con la negra y profunda mirada del joven Jacob, quien, al saberse acreedor de mi atención, me dedicó una pequeña sonrisa. Bajé mi rostro y me sentí ruborizada. Movida por el nervio, comencé a jugar con la falda de mi vestido y, aunque sentí que se acercaba, intenté simular el no haberme dado cuenta.


"Majestad" – llamó, cuando estuvo frente a mí – "¿Me permite esta pieza?"


Cuando elevé mi vista a la altura de la suya, me arrepentí, pues su blanca sonrisa, en perfecto contraste con su piel cobriza y cabellos azabaches, cayendo sobre sus hombros de manera rebelde, lograron desconcentrarme.


"Lo siento, señor, no bailo" – contesté, lo más claramente posible, para lo que él, sonriendo, se inclinó ante mí.


"Para ser sincero, yo tampoco" – confesó y, a mi lado, escuché la pequeña risita de mi madre y de Alice, así como las miradas de mi padre, de mi hermano y de mi primo. Las mejillas adquirieron un color carmín realmente absurdo. Después, con movimientos elegantes y fluidos, tomó mi mano y depositó un beso sobre ellas, para que, al segundo siguiente, se pusiera de pie y caminara hacia donde sus hombres le esperaban


"¿Por qué lo rechazaste?" – reprochó Alice


"No lo hice" – me defendí – "Solo… le dije la verdad"


"¡Bella! ¿Acaso no te has dado cuenta que, desde que pisó el castillo, no ha hecho otra cosa más que mirarte?"


"En realidad no" – mentí, pues realmente, la intensidad de aquel par de pupilas era demasiada como para poder ignorarse.


"Bella…"


"Alice" – interrumpió Emmett, con voz divertida – "Deja a Bella en paz. Ya bastante bien sabido es que su humor no es muy animoso cuando se encuentra en fiestas, ¿Por qué no mejor le concedes a tu primo un baile?"


Mi pequeña hermana se puso de pie y, al poco tiempo, se encontraba danzando, con la gracia de un hada, al lado de Emmett.


"Esposa mía" – la voz de James llamó mi atención – "¿Me permites esta pieza?"


Victoria sonrió amorosamente, mientras alargaba su mano para entregársela a mi hermano. No tuvo que pasar mucho tiempo para que me quedara sola en el lugar y aquel lacerante e injustificable sentimiento de desierto y apesadumbres acudirían a mi pecho. Mis ojos se viajaron, por última vez, por la alegre e iluminada sala. Emmett no había exagerado al decir que las fiestas no eran de mi agrado; pero esa noche… había algo más…


Decidí salir de ahí, para tomar un poco de aire fresco. Una pequeña llovizna caía sobre Forks y mojó mis atuendos. Inspiré profundamente, pero ni la esencia más pura lograba curar aquel pesar.


"Alteza" – me sentí fatalmente molesta cuando mi cuerpo se giró, de manera automática, al reconocer aquella suave voz…


Tampoco estaba dispuesta a reconocer que cierto placer me comenzaba a inundar cada vez que le veía.


"¿Qué haces aquí?" – pregunté, para intentar disimular mi turbación


"Disfruto de la fiesta" – contestó, con su imborrable sonrisa irónica e, internándose hacia la espesura del jardín, añadió: - "Así que… tenemos como honorables visitas a los licántropos"


"Mi primo ha vivido en alianza con ellos, desde hace una década, aproximadamente"


"Y ahora vienen acá, para acabar con nosotros"


"Si quisieras, podrías intentar hablar con mi padre para crear un tratado de paz…"


"No" – interrumpió


"¡¿Por qué eres tan obstinado?" – reproché – "¡Podrías evitar muchas muertes!"


"Princesa" – se volvió, para verme – "Le pido, por favor, que no hable como si lo supiera todo en este mundo, por que ya le dije que no es así. ¿Acaso cree que si me presento frente a su padre, su hermano, su primo y, ahora, sus aliados, seré bienvenido? Me arrancarían la cabeza antes de permitirme decir la más mínima palabra. Si accedo a sus peticiones, lo único que conseguiría sería catalizar la guerra que se aproxima"


"Entonces… ¿Tú no quieres luchar?" – inquirí, sin poder ocultar la maldita esperanza…


¿Qué me importaba lo que él quisiera o no? Su gesto se suavizó, regalándome una pequeña sonrisa e inclinándose, para depositar un beso sobre mi mano. Sus labios tocaron, exactamente, el mismo lugar que, anteriormente, había sido acariciado por la boca del joven licántropo; sin embargo, lo que sentí, el choque eléctrico que se desbordó por mi piel, no tuvo comparación alguna.


"No quiero luchar contra usted" – aclaro, irguiéndose de nuevo. Le miré a los ojos y me sentí perdida en aquel mar oscuro que se reflejaba en ellos – "Princesa" – susurró, con voz dulce – "Permítame el atrevimiento de decirle que luce hermosa"


Me quedé sin palabras, hechizada ante la poesía que resultaban ser las sencillas y simples palabras expulsadas de su boca. Su cuerpo se fue inclinando, poco a poco, y una vaga parte de mi conciencia sabía lo que probablemente estaba a punto de suceder… Aún así, no fui capaz de girar el rostro o dar un paso hacia atrás. No. Me quedé estática frente a él, con mis labios entreabiertos en una clara invitación a los suyos, mareándome con la gentil caricia de su aliento que ya podía sentir sobre mis pómulos y deleitándome con la cálida descarga eléctrica que sus manos, sobre mi cintura, propinaban.


Bésame…


Como si hubiera deseado todo lo contrario, justo cuando nuestras bocas se encontraban a pocos centímetros, se alejó.


"Alguien viene" – musitó, mientras nuestras miradas se volvían a encontrar – "Tengo que irme"


"Si" – asentí, dando media vuelta para darle la espalda y ocultarle la desilusión pintada en mis pupilas.


Detrás, un aliento helado rozo la piel de mi cuello


"Hasta pronto..."


Cuando lo quise encarar, ya no estaba. Me llevé las manos a mi pecho, en donde el agujero desolador amenazaba con volverse a abrir.


"¡Alteza!" – una voz ronca se escuchó a detrás de mí – "¿Se encuentra bien?"


"Lo estoy" – afirmé, tratando de ocultar mi nerviosismo – "¿Acaso pasa algo?"


"En el viento está impregnado el olor de un vampiro" – informó, mientras viajaba la mirada de un lado a otro – "No debería de salir sola, y mucho menos a estas horas. Es peligroso"


"Me encontraba aburrida allá dentro" – confesé


"¿Y ha encontrado algo con qué distraerse?" - cuestionó, dejando el tema del vampiro por un lado.


Si, pero ya se fue…


"No"


"Entonces, ¿Sería mucho atrevimiento de mi parte si pido su consentimiento para acompañarla?"


"Por supuesto que no" – contesté, respondiendo a la cálida sonrisa que él me otorgaba.


El joven muchacho y yo nos encaminamos hacia una banca de piedra, ubicada a pocos metros de nosotros, y tomamos asiento


"¿Hace cuánto conoce, usted, a mi primo?"


"Tiene cerca de una década" – informó – "En realidad, es mi padre el que ha tenido más contacto con él. Cuando formaron las alianzas, yo me encontraba en otro reino"


"Le agradezco que haya aceptado ofrecernos su ayuda"


"Si en realidad está agradecida, ¿Podría pedirle un favor?" – esperé en silencio a que prosiguiera – "¿Podría dejar las formalidades a un lado? Me daría mucho gusto si de sus labios saliera el sonido de las simples palabras que forman mi nombre"


"De acuerdo" – asentí, huyendo su mirada


EDWARD POV


Sus labios…


Sus ojos…


Me resultaban tan… familiares…


"Edward" – la voz de Rosalie me llamó. Bajé de la elevada rama en la que me encontraba, para hallarme frente a ella – "¿Lograste conseguir alguna información?


"Es cierto. Aparte del Rey Emmett, han venido licántropos" – informé


"¡Maldita sea!" – exclamó la rubia muchacha, con la furia embargando sus facciones. La tomé entre mis brazos, para intentar tranquilizarla


"No supondrán ningún problema" – prometí – "Aún así vengan miles de enemigos más, la princesa Isabella no podrá librarse de mí"


"Yo no me siento tan segura como tú" – acusó – "¿Por qué no la matas ya?"


"Ya te conté lo que tengo planeado" – recordé – "¿Acaso no quieres ver como el príncipe James y el Rey Charlie se retuercen de dolor al ver que su hija ha muerto tras haber sido traicionada por el vampiro que tanto amaba? Eso es mucho mejor que una sola y simple muerte…


"Tienes razón" – acordó, con los ojos brillantes de crueldad. Tomó con violencia mi rostro entre sus manos y, con su boca casi rozando la mía, ordenó – "Ese es el motivo de tu existencia, recuérdalo: Tienes que hundir a la Realeza… Tienes que tomar venganza por todo lo que han hecho…"


"¿Por qué habría de olvidarlo?" – contesté, y nuestras bocas se unieron de manera desesperada y violenta.


JASPER POV


Baila, danza, vuela…


Desde mi lugar, mis ojos no podían parar de contemplarla...


Era tan hermosa…


No.


¡Qué vulgar!… Esa palabra no le hacía justicia. Ninguna lo haría… Jamás. ¿Acaso se podía describir la perfección de un ángel sin alas?...


Gira, sonríe, vuelve a girar…


Repentinamente, me sentí celoso de las manos que la tocaban. ¡Vaya tontería desear ser yo aquel joven! ¡Vaya osadía si quiera el imaginarlo! Alguien como yo nunca tendría el derecho de rozar su piel. Es más, ni si quiera debería serme permitido el poder contemplarla; pero lo estaba haciendo. Desde la puerta del castillo, junto a mis compañeros de la guardia, seguía cada paso que daba, cada movimiento de su falda, de sus pies… cada sonrisa de sus labios y cada exquisito brillo de sus ojos y el meneo de su suave y negro cabello cayendo por sus hombros.


Bella… eternamente divina… eternamente prohibida e inalcanzable…


"Jasper" – la voz de Peter llamó mi atención – "¿Qué tienes, hombre? Te he estado hablando desde hace varios minutos y no contestas"


"Me encontraba soñando" – contesté, sinceramente.


"¿Con una linda mujer?"


"Con una hermosa dama" – corregí


"¿Se puede saber quién ha logrado invadir los pensamientos de mi amigo?"


"No"


"¿Por qué no? Tu desconfianza me ofende"


"Por que ella es un sueño…" – respondí, con una triste sonrisa.


BELLA POV


"Es muy temprano para salir" – recordó Alice, sentada sobre su cama y con su mirada puesta fijamente en mí


"En un lindo día" – mi pequeña hermana alzó una de sus delicadas cejas mientras su atención se dirigía hacia la ventana que mostraba el oscuro cielo que comenzaba a mojar la tierra – "Para mí lo es" – aclaré


"Bella… ¿Por qué siento que me estás ocultando algo?" –


"¿Qué podría ocultarle a mi hermana?" – pregunté, esforzándome por esconder el nerviosismo que me invadían


"No lo sé" – admitió, inclinado su rostro hacia abajo – "Sigo sin poder ver tu futuro… Eso me aterra. No sabría qué hacer si algo malo te pasa…"


"Alice" – dije, mientras me acercaba a ella – "Nada me pasará. Todo está bien, ¿Cuántas veces te lo tengo que decir?"


"¿Irás sola?" – inquirió, con sus facciones más relajadas. Asentí – "¿Por qué no le pides al joven Jacob que te acompañe?" – ofreció, de manera sinuosa – "Estoy segura que él estaría encantado de hacerlo"


"Alice…" – reprendí, intentando ocultar una estúpida sonrisita.


Mi hermana se mordió los labios, al mismo tiempo que me miraba de forma significativa


"Ayer te vi platicando con él" – acusó, mientras meneaba su cuerpo de un lado a otro, en una improvisada danza – "Y parecías sentirte muy cómoda a su lado. Y ni qué decir de él, ¡Sus ojos brillaban, literalmente!"


"Creo que mejor me voy" – decidí huir de ella y apresurándome hacia la puerta – "Nos vemos más tarde" – dije, ignorando las risitas que soltaba a mis espaldas.


Llegué hacia el establo aún con las mejillas sonrojadas y las manos un tanto temblorosas. ¡Mi hermana no tenía remedio! Cuando llegué a aquella parte del bosque, mi pequeño nerviosismo, creado por la imagen de Jacob, fue suplantado por uno mucho mayor…


Él no está…


¿Quién? - pregunté, mentalmente.


Él: Edward…


¡¿Y quién ha dicho que he venido a buscarle?


Vamos, Bella… no lo niegues, ¿A qué más has venido, entonces, a este lugar?


¿Acaso no puedo salir a dar un paseo?


Si, claro. Y habiendo tantos lugares que recorrer, vienes justamente aquí…


Resoplé fuertemente, intentando ignorar a mi molesta voz interior, y viajé mi mirada a alrededor


Ya te dije que él no vendrá… Deja de buscarlo


"¡No lo estoy buscando!" – gruñí, exasperándome conmigo mismo… ¡Genial! ¿Qué persona coherente se pelea con su propia conciencia?... Solamente faltaba que me estuviera volviendo loca.


Ante la frustración (y dado que, estaba segura, nadie me veía) decidí desahogarme propinándole una patada enérgica a un grueso árbol. Cuando sentí el punzante dolor llegar a la punta de mis dedos, supe que había sido una muy mala idea.


Comencé a lloriquear, mientras me sentaba debajo del mismo árbol y me alcazaba el pie herido para poderlo sobar. Fue entonces cuando escuché una pequeña risita, justo arriba de mí. Alcé la mirada y el dolor se me olvidó al verlo ahí… con la burla incrustada en su mirada y en sus labios.


Sentí como mi rostro se endurecía y los dientes me rechinaban cuando él se apareció frente a frente.


"¿Le duele mucho, Majestad?"


"No es de tu incumbencia" – contesté, disfrazando lo mejor posible el dolor


Él soltó otra pequeña risita, por lo cual le miré de manera envenenada


"Lo siento" – se disculpó – "Pero se hubiera visto. Parecía una pequeña niña caprichosa"


"¿A ti qué más te da? – inquirí, mientras giraba mi rostro hacia otro lado, de manera indignada, y me abrazaba las piernas, para posar mi quijada en mis rodillas.


Sabía de ante mano que mi actitud era completamente infantil, pero no encontraba algo mejor con lo cuál defenderme…


Estúpido vampiro…


Me abstuve a volver la mirada hacia el frente, así que me sorprendió mucho lo que pasó en ese momento. Mientras, enfurruñada, miraba sin ver el paisaje que se mostraba a mi costado, un aliento fresco llegó a mi mejilla derecha y después… el tacto de unos suaves y fríos labios se posaron sobre ella.


"No tienes idea de cuán adorable te miras cuando te enojas, Bella…"


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Capítulo 9: Rechazo

EDWARD POV





¿Qué estaba haciendo?


Separé mis labios de esa piel sonrojada, suave y delicada…


Debo admitir que eso no estaba en mis planes. Movido por un extraño e incontrolable impulso, la había besado.


Escuché el latido de su corazón acelerarse…


Bueno, tal vez no estaba tan mal después de todo. Si ella había reaccionado de esa manera, se podía deber a solamente dos cosas: O le había causado miedo o… se había emocionado…


Si la segunda opción era la acertada, mi batalla estaba ya casi ganada. Tenía que averiguarlo rápidamente. No había tiempo que perder. Entre más rápido cayera ella en mis redes, entre más rápido pudiera cobrar mi venganza, mucho mejor. Me ahorraría la pena de tener que estar a su lado. Aproveché su inmovilidad y me acerqué otra vez… lenta, pausadamente,… mis labios se entreabrieron, aproximándose, acortando la distancia que cada vez se hacía más extinta. Llevé mis manos a ambos lados de sus brazos y la sentí temblar bajó mi fría piel…


Perfecto… Sólo un poco más…


– ¿Pero qué crees que haces? –


Los papeles cambiaron y, esa vez, fui yo quien se quedó absolutamente quieto ante su inesperado rechazo que vino acompañado de una bofetada – que fuera de lastimarme físicamente, me hirió hasta lo más profundo de mi orgullo – ¿Qué había pasado? ¿Cómo…? Estaba completamente seguro de tenerla a mi merced… yo…


– ¿Qué pensabas hacer? – exigió una explicación que yo no tenía preparada.


Debo admitirlo (y aunque se escuche estúpido, recordando que yo soy un vampiro), me encontraba atónito, ¿Es qué acaso no iba a poder conquistar a esta insignificante muchachita? Mi mirada se encontraba pegada a la suya, expectante, con el chocolate congelado. Era extraño, pero ese gesto endurecido me lastimaba en cierta parte del alma que no lograba descifrar.


– Lo siento – si, lo sé; no encontré nada mejor que decir.


– ¿Me ibas a besar? –


– No – su mirada escéptica me dejó claro que mi mentira no había sido convincente, así que ideé otra manera de liberarme. Al final de cuentas, la persuasión era algo que se me daba fácil (o al menos, eso creía) – ¿Acaso quería que la besara?


– De ninguna manera – contestó, suplantando la frialdad de su rostro por un gesto arrogante y ofendido


– Pues parecía – discutí, con una sonrisa descarada – No se movió ni un solo centímetro, ni hizo nada por rechazarme, hasta el último momento.


– Ahora me hablas de usted – señaló, aceptando mi juego. Lo supe por la mirada que me dedicó – Hace un par de minutos me llamaste por mi nombre y no solo eso, me llamaste Bella. Te estas tomando demasiadas confianzas, ¿no crees?


Tardé más de lo debido en contestar, pues, de nuevo, me había dejado sin palabras. Si, era cierto, me había atrevido a nombrarle… Y eso si que no había sido parte del plan. Simplemente había salido disparado de mis labios con una familiaridad insulsa, pueril…


– Le ofrezco mis disculpas si es que la ofendí con mi atrevimiento – dije – Sé que no es justificación suficiente lo que le voy a decir, pero espero logre comprender que, en su compañía, me es fácil olvidar quién soy.


Intenté tomar su mano entre las mías, para depositar un beso sobre ellas, más sin embargo, ella no tardó en rechazarme.


– No es necesario que me lo dijeras – dijo, poniéndose de pie con la barbilla en alto y alisando la falda de su vestido. Al parecer, aún seguía molesta por que me había burlado de ella. Y es absurdo lo que pasaba conmigo, pero me encontraba fascinado ante su actitud tan orgullosa. Tanto que, cuando ella me dio la espalda y caminó, alejándose, la seguí, a cada paso que dio – Eso está más claro que el agua. Siempre te burlas de mí, ante la más mínima oportunidad que se te dé. No sabes lo que significa la palabra respeto. No existe en tu vocabulario.


– La he hecho enojar – me disculpé, luchando por no soltar la risa que se asomaba a mi garganta – ¿Qué puedo hacer para que su Majestad perdone mi osadía?


– Desaparecer de mi vista – contestó, de manera rápida y volviéndome a encarar, para afirmar con su mirada lo que sus labios habían dicho.


Me dolió.


Si… Así de sencillo…


Esas palabras habían ocasionado que mi pecho se contrajera por la lacerante punzada que sintió recibir e, instintivamente, me pidió buscar un remedio, una cura… La cual, una voz interior me dijo, sólo podía ser ella: la misma que había sembrado ese mal.


Di dos pasos hacia el frente, los mismos que nos separaban, y, sin pensarlo o estar conciente de lo que estaba haciendo, tomé sus brazos entre mis manos y la jalé hacia mí. Fue maravillosa la forma en que mi boca buscó su camino hacia la suya; como si lo supiera de memoria, como si, anteriormente, lo hubiera recorrido una y miles de veces más. Apreté mis dedos sobre su piel al percatarme del pequeño forcejeo con el que pretendía separarnos. No se lo permití. No la iba a dejar ir… Por el contrario, aproveché el pequeño suspiró que emitió para adentrarme más en aquella cueva de dulzura. Mis manos bajaron hacia su cintura cuando su tenacidad se vio doblegada y sus brazos cayeron a sus costados y fue entonces cuando, inquietado por la incertidumbre de saber si se había rendido por resignación o por gusto, la liberé.


Cuando abrí mis ojos, los de ella estaban aún cerrados y tardaron un par de segundos en hacer lo mismo. Nuestras miradas se encontraron y me vi en la obligación de desviar mi atención del tentador rubor de sus mejillas que comenzaba a perturbarme.


En ese instante fue cuando estuve seguro de una cosa: Isabella era peligrosa… demasiado. Sonreí en mis adentros. Jamás imaginé tener como enemigo principal a alguien tan difícil como ella; pero que ni creyera que me iba a rendir tan fácilmente…


– ¿Ve como si quería que la besara? – pregunté, haciendo a un lado a la traicionera voz que me había tentado a actuar de esa manera tan reprobable hacia pocos segundos.


Vi como su quijada se tensaba, al mismo tiempo que su mirada se cristalizaba. Después, sin que yo me lo esperara, me apuntó con un filoso puñal, que traía empuñado en la faja de su vestido. Sentí la afilada punta de acero tocar mi piel…


Qué lastima que no se atrevió a matarme, hubiera sido una oportunidad esplendida, de esas que no se repiten en siglos.


– La próxima vez que te atrevas a besarme, ten por seguro que por muy vampiro que seas, vas a morir.


Me quedé, bastante tiempo, plantado en el mismo lugar después de que ella se fue. Con una serie de imágenes invisibles nadando en mi cabeza, trayendo con ellas demasiada confusión…


EMMETT POV


– Te ves aburrido, primo – señaló James, entrando por la sala y mirándome con gesto divertido


– Lo estoy – admití, con un suspiro pesado y hundiéndome más en el sillón – debo confesarte que esperaba que la cacería de vampiros empezaría rápido.


– No podemos irnos tan deprisa y sin tomar precauciones – dijo, tomando asiento frente a mí y entrelazando sus dedos, con gesto preocupado – La vida de muchos humanos está en juego.


– Lo sé, lo sé – acordé – disculpa. No es que no me importe el bienestar de la gente de tu reino; es sólo que suelo ser demasiado impaciente.


– Eso ya lo sabemos – dijo, con una sonrisa extendiéndose en sus labios – aún no me logro explicar cómo es que tu reino no se ha venido abajo con lo intrépido que eres.


– Es que he aprendido a controlarme


– Pues no lo parece – señaló, poniéndose de pie y pegándome un puñetazo amistoso al pasar a mi lado – Lamento que tengas que esperar más días para que comience la cacería de vampiros – se disculpó – Escuché que Alice quería dar un paseo por el pueblo. Estoy seguro que estaría encantada de que fueras con ella


– No, gracias – me negué con rapidez – A pesar de que han pasado décadas de aquel día, aún puedo recordar con precisión cuando acepté ir con ella a un paseo. Ha sido lo más tortuoso que he pasado en mi vida.


James soltó una carcajada


– Entonces, si gustas, mañana podemos salir a cabalgar – ofreció – Hoy me es imposible. Quedé con Victoria de ir a dar un paseo por los jardines…


– No te preocupes – calmé – Sé lidiar muy bien con el aburrimiento yo sólo…


Permanecí un poco más de tiempo en aquella estancia después de que mi primo se fuera y, tras caminar hacia la ventana y contemplar en nublado paisaje que se pintaba frente a mis ojos, decidí por ir a explorar esas tierras que me invitaban, con sus grandes y frondosos pinos, a sus aposentos.


– Mi Señor – dijo uno de mis hombres, al ver la rapidez y entusiasmo con que montaba mi caballo – ¿Quiere que le acompañe?


– No, gracias – respondí, mientras dominaba las cuerdas que se ataban al hocico del animal – Sólo iré a dar un paseo.


Salí disparado del castillo, en cuanto sus puertas se abrieron, y sonreí al sentir cómo el viento y la brisa fresca alborotaban mis cabellos, al mismo tiempo que unas pequeñas gotas de lluvia mojaban mi ropa…


Libertad, aventura, poder…


Esas tres cosas eran lo más preciado en mi existencia y no me imaginaba, ni si quiera de lejos, que ese paseo traería consigo al único motivo que suplantaría todos mis antiguos anhelos por uno mucho más preciado…


JASPER POV


– Muchacho – llamó el Rey Charles, al entrar a la cocina y ser el primero que sus ojos encontraran


– Me paré de mi asiento rápidamente, para recibirle


– ¿Se le ofrece algo, Mi Señor?


– Mi hija quiere ir al pueblo – informó – Ve y dile al cochero que aliste el carruaje


– Lo siento, Mi Señor, pero eso será imposible – interrumpió Charlotte, entrando con una cazuela entre sus manos – La persona de la que usted requiere no ha venido a trabajar, su mujer ha venido hoy, muy de mañana, y ha hablado con Mi Señora, para informarle que su esposo se encuentra enfermo.


– Qué pena – se lamentó el Rey, suspirando resignadamente – Mándale, con uno de los criados, una canasta con leche y pan – ordenó a la cocinera – Iré a decirle a mi hija que, por hoy, no podré complacerla…


Justo en ese instante, la Princesa Alice apareció, trayendo consigo un delicioso perfume que me envolvía con su dulce fragancia y me desconectaba del mundo entero.


– Padre, ¿Ya está listo el carruaje?


– No, mi querida niña – contestó el Rey, pasando amorosamente su mano por la pálida mejilla – Lamento decirte que no podré complacerte esta vez. El chofer se encuentra enfermo y no ha venido a trabajar


– La Princesa hizo una pequeña mueca de disgusto, la cual se borró al viajar su mirada alrededor y fijarla en mí.


– Jasper – me sorprendió demasiado que recordara y me llamara por mi nombre - ¿Sabes manejar un carruaje?


– S-si – asentí


– ¿Te molestaría si te pidiera que me lleves al pueblo?


¿Quién podría molestarse en servir a un ángel?


– En absoluto, su Majestad – contesté


– Pero jovencita – terció su padre - ¿Cómo se te ocurre que permitiría yo el que fueras solamente en compañía de este joven guerrero? Es arriesgar tu seguridad solo por un capricho.


– ¿Por qué no? – discutió Alice, amablemente – Iba a ir con el cochero, resulta prácticamente lo mismo. Es más, Jasper sabe dominar a la perfección las riendas de los caballos, ¿no es así?


– Hago lo mejor que puedo – balbuceé


– No es de su poca capacidad para dominar a los caballos de lo que no me fío – volvió a interferir el Rey – si no de la intrepidez que semejante cualidad les otorga. Mucho más si se trata de espíritus jóvenes como el suyo


– Alteza, yo jamás arriesgaría a la Princesa con semejante acción – me defendí, hablando sin pensar, pues el sólo hecho de imaginarla herida, me aterraba.


– ¿Ves padre? – apoyó la pequeña y hermosa muchacha – No hay por qué temer. Jasper es de confianza, lo demostró justo el día en que obedeció las órdenes de mi hermana y me trajo a salvo al castillo.


El Rey Charlie quedó en silencio por un momento más, con la preocupada mirada viajando entre su hija y yo.


– Papá... Por favor… – insistió ella, con un gesto tan tierno y peligrosamente suplicante que, sin necesidad de mucho esfuerzo o inteligencia, supe cuál iba a ser la respuesta.


– Te encargo mucho a mi hija – soltó el Rey, con voz cansada y resignada – Cuídala con tu vida


– Si, Señor – prometí, rápida y automáticamente. Aunque él bien pudo tomarlo como una muestra de compromiso y respeto.


Me adelanté hacia donde el carruaje se encontraba, le até las riendas de los caballos – exagerando en los cuidados – y me quedé inmóvil, sintiendo como los latidos de mi corazón estaban completamente acelerados.


– ¿Nos vamos? – la suavidad de su voz me hizo pegar un brinco – Disculpa, ¿Te asuste? – preguntó, con una sonrisa en sus labios


– No – contesté, mientras le ofrecía mi ayuda para que pudiera subir – Solo me tomó desprevenido.


– El soñar despierto te inhibe del resto de los sentidos y eso, para un guardia, no es bueno – bromeó


Me obligué a retirar mi vista de la forma de sus labios… No podía permitirle a mi mente ir más allá. Tomé las riendas de los caballos y les hice cabalgar hacia el pueblo. El camino transcurrió en completo silencio y eso, de alguna manera, estaba bien… No debía permitir que su belleza me cautivara más de lo que ya lo había hecho. Ella era prohibida, Mi Princesa… y yo… yo sólo era un humano más que se estaba enamorando…


– ¿Siempre eres así de callado? – inquirió, parando de caminar por el mercado en el cual, a cada paso que daba, la saludaban y reverenciaban.


Frené mis pasos y permanecí con mi distancia de un metro, atrás de ella.


– Vamos, acércate – pidió, con gesto entre divertido y consternado – No muerdo. Puedes caminar a mi lado


– No creo que sea lo apropiado, Alteza – dije, con voz baja, para que las personas que se encontraban atentas a la escena no me alcanzaran a escuchar – Mi deber es ir vigilando sus pasos y prevenirla de cualquier peligro que pueda llegar atentar contra usted. Eso no me sería posible si voy a su par.


La Princesa no discutió más al respecto; pero fui conciente de la mirada que me dio, una mirada la cual no supe descifrar. Continuó con su paseo, saludando amablemente a las personas que se le acercaban. Y fui testigo de cómo su rostro se mostraba incomodo por las muestras de respeto que se le rendían.


Volvimos al carruaje con un silencio mucho más penetrante, el cual se hacía más incomodo con la oscuridad que la caída de la noche comenzaba a traer. Tiré más fuerte de las cuerdas para hacer que los caballos aceleraran sus pasos, había algo extraño en el viento que me enchinaba la piel. Giré mi cabeza, solo para ver si la princesa iba igual de inquieta que yo, pero solo fui capaz de comprobar que se encontraba viendo fijamente el paisaje que se materializaba a su costado derecho sin ningún tipo de emoción en su rostro.


– ¡Corran! – grité a los animales, quienes con un relinche accedieron a mi orden.


Me sentí desperado al no visualizar el castillo. Era extraña la facilidad con la que obedecía a aquella voz interior, llena de aflicción, que me gritaba que tenía que apresurarme por que ella podía estar en peligro…


– ¡Jasper, ten cuidado! – su voz llegó al mismo tiempo que sus brazos, los cuales me jalaron hacia adentro del carruaje, el cual perdió el control y se fue a estrellar a una pared de tierra que se despidió de unos pequeños trozos de piedra ante el impacto.


– ¡Princesa! – exclamé, incorporándome rápidamente, para verificar si no había sufrido algún daño – ¿Se encuentra usted bien?


– Silencio – susurró – Estoy bien, no te preocupes


– ¿Qué pasa? ¿Por qué hizo eso? Fue demasiado peli…


– Estás sangrando – señaló, con los ojos bañados de preocupación. Me llevé la mano hacia la parte izquierda de mi frente, en donde pude palpar un cálido y espeso líquido que pintó mis dedos.


– No es nada – calmé, y justo al segundo después, un movimiento salvaje revolvió a la carroza, haciéndonos perder el equilibrio a ambos.


– Son ladrones


Y era cierto, lo dijo como un anuncio ante su llegada, pues los hombres sucios y malolientes aparecieron frente a nosotros al instante.


– ¿Qué es lo que quieren? - exigí saber – No traemos nada de valor, largo de aquí


Sus risas escandalosas se levantaron por el aire


– ¿Qué no traes nada de valor, dices?" – preguntó uno de ellos, clavando su fiera mirada en la mujer que detrás de mí se encontraba – ¿Y ella, Tu Princesa, qué es entonces?


– Nos han estado siguiendo – aventuré, pues se veían demasiado confiados en lo que hacían. Tensé la espalda frente a ellos, cuando se atrevieron a dar un paso hacia el frente, para acercarse.


– Vamos, muchacho. No hagas esto más difícil – trató de persuadir el hombre que había hablado antes – Coopera con nosotros y hasta te puede ir bien. ¿Cuánto crees que estén dispuestos a dar el Rey Charlie y el príncipe James por ella?


– Si son estúpidos – me burlé, sin dejar de estar atento a cada uno de sus movimientos – ¿Acaso creen que ellos se doblegan ante nosotros, unos simples humanos? ¿Se les olvida lo que son, el por qué son venerados y respetados? Son inmortales. Lo único que están ocasionado en este momento es su muerte en la hoguera


– Te equivocas – discutió otro de ellos, uno mucho más joven y de aspecto rebelde – "Los únicos inmortales aquí son los vampiros. Ella – señaló a Alice con un movimiento de cabeza – Puede morir tan fácilmente, como nosotros, si no se le es retirada a tiempo. Lo única diferencia entre los mortales y La Realeza es que ellos jamás envejecerán


– Sus heridas también se curan rápido, cosa que nuestro cuerpo no es capaz de hacer


– ¡Ba! – exclamó, en defensa – Para herir a un vampiro se necesitan armas especiales, exclusivamente diseñadas con un filo capaz de penetrar su piel. En cambio ella, al igual que los licántropos, basta con tener al alcance de la mano una daga común y corriente para desangrarlos. El hecho de nunca envejecer – repitió, con exasperación – es solamente esa característica la que les quita el título de humanos. Sin ella, ahora mismo estuvieran postrados ante los pies de quienes, en realidad, deberían ser nuestros Reyes: Los vampiros


– Así que se trata de eso – descifré – Están aquí, recibiendo ordenes por parte de ellos, de los chupasangre


La forma en que sus labios se estiraron y el brillo malévolo de sus ojos me dieron la respuesta.


– Y díganme, si tan fuertes son tus señores, ¿Por qué no vinieron ellos mismos a realizar la tarea que les han demandado?


– ¡Y quién eres tú para pedir explicaciones! – se alteró el primer hombre que se presentó, sacando un puñal y apuntándome con él – ¡Hazte a un lado y coopera con nosotros, si no quieres morir!


El único movimiento que hice fue el de empuñar lo mejor posible la espada para poder defenderla. No sabía cómo lograrlo, pero en mi cabeza sólo había cosa en claro: Bajo ninguna circunstancia dejaría que le hicieran daño. Recibí el primer ataqué justo al segundo siguiente, lo esquivé, sin ninguna complicación, hasta que más danzas punzo cortantes se elevaron por el aire, amenazando con tocar mi piel.



miércoles, 19 de mayo de 2010

Mi Corazon En Tus Manos

CAPITULO 12


Antes de dirigirse a desayunar, Rosalie acudió a la cocina en busca de una de esas tonificantes tisanas. Otra noche más en vela por culpa de aquel hombre que invadía a hurtadillas su mente para atormentarla con sus besos y sus brazos poderosos. Si no fuera porque no creía en hechiceros y brujerías, pensaría que alguien había lanzado un conjuro sobre ella porque el hecho de que durante varias noches seguidas fuera víctima de aquel mismo sueño, una y otra vez, rozaba ya la maldición.


Recordó aquella noche, cuando era una niña, en que tuvo una horrible pesadilla. Tantos años habían pasado que ya no recordaba que o quien había protagonizado aquel mal sueño, lo que si recordaba era que había corrido llorosa a la recámara de sus padres en busca de protección y consuelo. En cuanto la vieron tan agitada, le hicieron un hueco entre ellos y la recibieron en su cama, abrazándola y reconfortándola. Cuando estuvo más calmada, y en su inocencia de niña, le preguntó a su padre a qué se debían los sueños ¿acaso había sido una niña mala y por eso debía soñar cosas feas? Aún recordaba las risas de sus padres.


-No, pequeña -le dijo su padre. -No es porque seamos buenos o malos por lo que soñamos -le explicó. -Se dice que uno sueña por lo que más teme o por lo que más desea.


En aquel entonces, no entendió muy bien a que se refería su padre, pero ese día aquellas palabras volvían a ella como un karma y, verdaderamente temía buscar una respuesta en ellas al porqué de ese sueño que se repetía una y otra vez como un presagio. ¿Temía a ese hombre o lo deseaba?


Por supuesto que era absurdo pensar que lo temía, de ningún modo, aquellos arranques suyos insolentes y descarados podían herirla lo mismo que el roce de una pluma sobre su piel, nada en absoluto, la llenaba de rabia su engreimiento y su osadía, pero nada más. A lo sumo, podía herir su vanidad femenina, mas, aunque nunca lo reconociera frente a nadie, sabia muy bien que siempre era ella quien lo provocaba.


Sin embargo... ¿era igual de absurdo pensar que lo deseaba? Se detuvo sobre sus pasos apretando los puños contra su vestido. No, no podía admitirlo. Si lo hacía estaría admitiendo lo imposible, lo inaceptable, lo prohibido...


Conocía muy bien su naturaleza, su esencia y, por muy independiente y orgullosa que quisiera mostrarse ante el mundo entero, se sabía muy capaz de luchar con todas sus fuerzas por amor. Era consciente de que para muchas mujeres era "inmoral" el simple hecho de mostrar por un hombre más interés del meramente necesario, por lo que era totalmente humillante el luchar por él. Para alboroto de muchas, ella no era de esa opinión. Para Rosalie, eso no era "perseguir" a un hombre, sino la felicidad y, ¡ay de aquel que creyese ser merecedor de tal regalo para que viniese caído del cielo! Ese don divino había que alcanzarlo, ganarlo y bien valía cualquier esfuerzo.


Pero, ¿haría lo mismo por Emmett? Negó con la cabeza mientras retomaba su trayecto hacia la cocina.


Bien sabía que no era por cuestión de orgullo. Lo supo muerto aquel día en las caballerizas cuando pensó que iba a besarla... deseó aquel beso más que nada en el mundo... y aunque trató de cubrirlo con un lienzo de humillación y desaprobación, no podía engañarse a sí misma. No sentía rabia por su osadía, por haber intentado besarla, sino por su propia osadía al desearlo tanto. Y en esos momentos, su bien preciado orgullo no le sirvió de nada...


No, había algo mucho más importante que la haría ocultarlo, evitarlo, negarlo hasta para sí misma... su propio origen la marcaba... ¡Era una princesa y él un simple guardia, por Dios Santo! ¡El mero hecho de pensarlo estaba fuera de los límites de lo permitido! Nadie en el mundo aceptaría una unión tan deshonrosa, la vergüenza caería sobre su familia, sobre todo el reino y ella sí que no era capaz de llevar ese peso sobre su conciencia.


Cuando estaba llegando a la cocina, escuchó voces muy animadas, entre ellas la de Emmett. Respiró hondo ante el escalofrío que recorrió su cuerpo al saber que iba a encontrarlo.


-¡Vamos, Charlotte! No seas malvada -exclamó Emmett provocando una risita en la doncella. Sin embargo, a Rosalie no le pasó inadvertida la mirada iracunda de Peter, que se sentaba frente a él.


-Aún me duele mucho el hombro -aseguró con una mueca. -Seguro que un masaje providente de tus lindas manos me calmarían el dolor.


-Ya te dije que no, Emmett -le respondió Charlotte con falsa indignación en su voz.


Rosalie quedó casi petrificada en el umbral de la puerta al escuchar tal conversación. Fue únicamente el saludo de Peter lo que la hizo reaccionar.


-¡Buenas días, Alteza! -respondió Charlotte azorada. -¿Deseabais algo?


-Una de tus tisanas -balbuceó Rosalie, pálida.


-Un segundo, Alteza. El agua está a punto de hervir -dijo dirigiéndose al fuego.


Rosalie asintió.


-En verdad tenéis mal semblante, Alteza -se preocupó Peter.


-Seguro que la tisana que Charlotte me está preparando me alivia -contestó Rosalie amablemente como agradecimiento a su interés.


-¿Lo ves Charlotte? Tus manos son prodigiosas -añadió Emmett estirando su brazo y agarrando a la doncella por la cintura, acercándola a él. -¿Vienes conmigo al lago esta tarde? -le insinuó.


Charlotte se removió de su abrazo mirando a Rosalie.


-No te preocupes por Su Alteza -le dijo Emmett con tono desenfadado -No tiene porqué escandalizarse, sabe perfectamente lo que ocurre entre un hombre y una mujer -concluyó con ironía.


Todos quedaron perplejos ante tal afirmación y Rosalie tuvo que hacer acopio de toda su voluntad para no salir de allí huyendo, abochornada, humillada. Esta vez no había sido ella la de la afrenta, la de la provocación, esa ofensa había sido del todo gratuita y no se iba a quedar así.


-Estás en lo cierto, muchacho, lo sé perfectamente -le espetó alzando su barbilla y cruzando los brazos sobre el pecho. -Al igual que sé que no se os paga a ninguno por hacerlo en horas de trabajo. Su Majestad quedaría muy decepcionado al saber en que ocupas tu tiempo -le advirtió levantando la voz. -Estás equivocado si piensas que el tener el favor de la reina te da más privilegios que obligaciones.


Dicho esto salió por la puerta hacia el patio. Ni siquiera aceptó la jarra que Charlotte le ofrecía cabizbaja.


Peter le lanzó a Emmett una mirada llena de ira mientras Charlotte continuaba abatida, con la congoja reflejada en su rostro. Inevitablemente, la culpabilidad invadió a Emmett. Su batalla "personal" con la princesa no justificaba que pudiera afectar a otros y, con su actuación, la propia Charlotte había quedado en entredicho frente a Rosalie. Si bien le hería en su amor propio tener que pedirle excusas, si era necesario, lo haría en favor de la doncella. Sin decir una palabra salió en su busca.


Rosalie no había ido muy lejos, había salido hacia el corredor exterior para salir al patio, pero se había detenido en la última de las arcadas de piedra, en aquella pilastra en la que se había ocultado justo el día anterior para ver a Emmett entrenando.


Se rió con tristeza para sus adentros de su propia estupidez. Hacía sólo unos minutos se había estado planteando el gran dilema de su vida en la que aquel hombre la había sumido sin tener en cuenta lo esencial, el hecho de que él realmente la despreciaba. La había convertido en el blanco de su desdén y sus exabruptos y ella se lo tenía bien merecido por haberlo incitado.


El sabor amargo de las ilusiones rotas acudió a su boca y se preguntó en que momento su subconsciente la había conducido a aquella situación tan irracional en la que había perdido el control de la realidad y de la lógica. ¿De que forma loca y absurda había llegado a confundirse su raciocinio como para pensar que aquel comportamiento impertinente podía deberse a algo más que a una simple muestra de orgullo masculino? Y ella que se jactaba de su personalidad resuelta y segura, había resultado ser la más ingenua de todas las mujeres. Tan a salvo que se sentía en su "noble" urna de cristal y había ido a romperla dejándola desprotegida el único hombre que hasta ese momento la había hecho sentir como una mujer pero que nunca la consideraría como tal.


Escuchó pasos que se aproximaban y, mirando de reojo, comprobó que se trataba de Emmett. Luchó con todas sus fuerzas para reprimir aquellas lágrimas que amenazaban con escapar de sus ojos, por disipar aquella angustia que le oprimía el pecho. Nunca, jamás le daría la satisfacción de verla llorar, no llegaría el día en el que su debilidad pudiera convertirse en objeto de sus burlas.


-Alteza -lo escuchó titubear tras de sí.


Rosalie se giró para mirarlo.


-¿Vienes a pedirme que no le diga nada a la reina sobre lo que acabo de presenciar? -preguntó con su ya recuperada soberbia.


-¡Me importa muy poco lo que le podáis decir a Su Majestad sobre mí! -exclamó ofendido.


-¡Ah! Vienes a abogar por tu amada ¡qué romántico! -dijo con gran ironía.


-Sí, vengo a interceder por ella -admitió -Charlotte no debe pagar por algo que sólo he propiciado yo -añadió con voz más calmada. -Y para vuestra información no es mi amada.


-Así que su reticencia no era fingida -se rió. -Ya que, según tú, soy tan versada en asuntos amorosos, quizás pueda darte algún consejo sobre como debes tratar a una mujer.


-¿Dudáis de mis habilidades con la mujeres ? -sugirió acercándose a ella.


-No deben ser muy buenas cuando ella ha rechazado tan abiertamente tus más que directas proposiciones -se defendió alejándose de él, manteniéndose altiva, sin que pareciera en ningún momento que estaba huyendo de él, de su cercanía turbadora.


-No hay nada que se pueda hacer si el corazón de la doncella ya pertenece a otro -respondió encogiéndose de hombros.


-No te entiendo -espetó sorprendida.


-Charlotte está enamorada de Peter -le aclaró.


-¡Pensé que Peter era tu amigo! -le inquirió ante tal desvergüenza. ¿Qué tipo de hombre era, robándole las atenciones y el cariño que ella no tenía intención de otorgarle?


-Por que es mi amigo lo hago -dijo cruzándose de brazos.


En ese instante, al otro lado del corredor vieron como Charlotte salía de la cocina apresuradamente, con su expresión llena de indignación y a Peter, tras ella, siguiendo sus pasos.


-¿A qué te refieres? -cuestionó el capitán dando una zancada, tomándola por la muñeca, deteniéndola.


-¡No seré yo quien te lo explique! -le reclamó sin mirarlo.


-¡Habla, mujer! -le exigió con ira mientras la tomaba por los hombros, casi vapuleándola, obligándola a mirarlo.


-Eres un necio, Peter, un ciego que no es capaz de ver lo que tiene frente a sus ojos -respondió con la voz casi quebrada y la desesperanza y la desilusión contenidas en su mirada, tratando de controlar el llanto que ya surcaba sus mejillas.


A Peter no le hizo falta más, la atrajo hacia sí y atrapó sus labios con fervor, con pasión, como si toda su vida dependiera de ello. Sólo se sosegó cuando notó las manos de Charlotte alrededor de su cintura, soltando entonces sus hombros, para, sin dejar de acariciar su boca, encerrarla contra su cuerpo, en un abrazo lleno de promesas.


Cuando por fin, casi sin aliento, se separaron sus labios, él le susurró algo al oído, a lo que ella asintió sonriendo tímidamente. Peter la tomó de la mano y ambos se alejaron de allí corriendo entre risas.


Rosalie palideció ante tal escena. Avergonzada retiró su vista de ellos y de Emmett. Sabía que había emitido un juicio erróneo respecto a él y, por lo poco que conocía de su carácter, estaba segura de que no iba a dejar pasar esa ocasión para reprochárselo.


-De lo único que me puede acusar Peter es de haberle forzado a que reaccione -le escuchó decir. -Si bien es cierto que no ha sido un método muy prolijo, creo que en este caso es posible aplicar aquello de "el fin justifica los medios" -le aclaró. -Sin embargo, ¿de qué me podéis acusar vos?


-De haberme hablado de forma tan insolente -le reprochó.


Emmett lanzó una fuerte carcajada.


-Por Dios, Alteza. Jamás hemos cruzado palabra alguna que no haya ido aderezada con una buena dosis de veneno. ¿Hay alguna ocasión que haya escapado a mi memoria en que nos hayamos tratado con algún tipo de cordialidad?


-No debiste dirigirte a mí en esos términos con otras personas presentes -protestó.


-Ah! Ya entiendo, eso sólo os corresponde a vos -puntualizó con ironía. -Vos sois la única que puede pisotearme en público.


Rosalie no pudo menos que morderse la lengua ante tal alegato. Era cierto que lo había dejado muchas veces en ridículo delante de todos, incluso de Alice, aún sabiendo que eso podría humillarlo más.


-Además, tampoco recuerdo que, en ningún momento me hayáis reprendido por haberos hablado de forma impropia o grosera hace un momento en la cocina -continuó. -Sólo me habéis reprochado el estar cortejando a una mujer en, según vos, horas de trabajo. No sabía que el tiempo de las comidas eran parte de nuestras tareas -dijo con fingida preocupación.


Rosalie apretó su mandíbula mientras su mente viajaba a la velocidad del rayo en busca de algún argumento con el que rebatir su discurso sin que hallara algo lo suficientemente válido.


-¿Queréis saber cual el problema de trasfondo de todo esto? -preguntó Emmett con sorna. -Que creéis que vuestra posición os da derecho a, no sólo emitir juicios, sino dar el veredicto y la condena al resto del mundo. Y los que cometimos el horrible pecado de nacer como plebe debemos aceptarlo sin objeción.


-¡Eso no es cierto! -se defendió ella.


-Por favor, Alteza ¿a quién pretendéis engañar? -prosiguió con el sarcasmo empañando cada una de sus palabras -Creo que hablo con propiedad al afirmar que vuestra soberbia y vanidad no tienen límites. Y no digamos vuestro orgullo femenino, eso es lo único que alimenta vuestros sentidos. Os sabéis hermosa y creéis que el mundo gira alrededor vuestro...


-¡Ahora también soy culpable por mi belleza! -espetó ella sintiendo que la ira iba invadiéndola más y más con cada una de sus ofensas.


-Sois culpable de coquetería y frivolidad y de pensar que vuestra hermosura os servirá para conseguir vuestros fines. ¡Qué ilusa sois! -añadió en tono burlón. -¿De qué sirve una flor de vistosos colores si no tiene fragancia que nadie pueda oler? ¿De qué sirve la más exquisita rosa pero tan llena de espinas que nadie se atrevería a acercarse a tocarla -dijo aproximándose a ella con su mirada acusadora fundida en la de ella. -Que hombre en su sano juicio querría estar con una mujer vacía y sin corazón como vos -sentenció.


Rosalie sintió que aquello atravesaba su pecho como un puñal y fue presa de la impotencia, la frustración y, lo peor de todo, de una tristeza infinita. Hubiera querido abofetearle, como un último resquicio de dignidad herida, pero no tuvo fuerzas para ello. Simplemente se dio media vuelta y se marchó antes de que él viera sus lágrimas correr como ríos desbocados, con un gran pesar en su alma y el corazón hecho pedazos.


Emmett la observó alejarse mientras rogaba al cielo perdón por aquella infamia que acababa de cometer, bien se merecía el infierno por haberla herido así, en lo más profundo. De hecho, él mismo terminaba de hundirse en el más mísero abismo al provocar que aquella mujer que se alejaba de él, lo hiciera para siempre.


Bien tarde se había dado cuenta de que Rosalie se había metido en él como una enfermedad que acabaría por consumirle sin remisión. Él había sido el iluso al imaginar que en todo momento podría controlar la situación y jugar aquel juego con la seguridad de proclamarse victorioso, creyendo dominar las reglas que él mismo quería imponer. Y resultó que había obviado lo que supuso que no intervendría jamás, su tramposo corazón, al que sintió palpitar con loco frenesí esa mañana en las caballerizas cuando a punto estuvo de robarle aquella miel que se ocultaba en sus labios.


¿Cómo había osado siquiera a imaginarlo? Era como querer tocar una estrella, inalcanzable o como querer atrapar el viento con las manos, imposible.


La cólera lo cegó por un segundo y sintió deseos de golpear con fuerza aquel sillar de piedra hasta que sangraran sus puños, pero sabía que el posible daño que pudiera infligirse era mínimo en comparación con el que le había causado a ella. Es lo mejor -quiso autoconvencerse. Debía distanciarse de ella cuanto antes, evitando así que lo dominase la falta de cordura llevándolo a la perdición y, si para ello tenía que conseguir que lo aborreciese, así sería.


Tomó la dirección contraria a la que había tomado ella para dirigirse al Patio de Armas. Era de esperarse que Peter acudiese tarde a la instrucción aquella mañana, así que él mismo tomaría su lugar mientras tanto. Al menos alguien podría ser feliz.


.


.


.


.


Jasper caminaba a grandes zancadas alrededor de su escritorio. Con cada minuto que pasaba más se convencía de que había sido un acto infantil el haberle pedido aquello. No era que pusiera en tela de juicio sus cualidades, jamás, ni siquiera se lo había planteado, aunque era cierto que el asunto en cuestión a él mismo le había ocasionado más de un quebradero de cabeza. Sin embargo eso no era lo que le preocupaba, le preocupaba el hecho de que no había sido capaz de encontrar otra excusa aparte de aquella con tal de pasar más tiempo con ella. Debería haberla invitado a dar un paseo a caballo, o a caminar por los jardines... no a asesorarlo en asuntos de estado... ¡era ridículo! ¿Necesitaba una razón, un motivo para querer compartir más tiempo con su esposa?


Abrió el gran ventanal situado tras su escritorio y se asomó, captando una brizna de aire fresco en aquella mañana de verano. En cierto modo le ayudó a serenarse y a convencerse de que poco remedio podía ponerle a aquello ya. Lo importante era que gozaría de su compañía y debía disfrutar de ello.


Un leve toque de nudillos sonó en la puerta.


-¡Adelante! -exclamó volviendo hacia su escritorio. -No cerréis -le pidió -hay una brisa muy agradable.


Alice asintió caminando hacia la mesa.


-Os agradezco que hayáis venido -le dijo.


-Aunque no estoy familiarizada con cierto tipo de asuntos, espero seros de utilidad, de una forma u otra -le advirtió.


-Estoy seguro de ello -aseveró mientras le ofrecía asiento en una silla próxima a la suya. -Aunque he de reconocer que se trata de un tema bastante tedioso.


-¿Hay algo que resulte más tedioso que los libros de filosofía de Bella? -bromeó.


-¿Tal vez la recaudación de impuestos? -respondió Jasper con una pequeña mueca.


-Vos ganáis -suspiró Alice con fingida resignación, provocando la risa en ambos, mientras Jasper le alcanzaba un libro con estados de cuentas.


Alice lo estudió durante unos momentos, viajando por sus páginas como si buscara algo que no lograba hallar en aquellas líneas.


-¿Usáis el mismo sistema que en Asbath? -preguntó extrañada.


-Me temo que sí -admitió él. -Y como podéis imaginar, estoy empezando a detectar ciertos problemas de fraude.


-Sabéis que las finanzas de Asbath están bastante resentidas ¿verdad?


-Sí y me preocupa que esto desemboque en lo mismo -asintió pensativo. -Le pedí consejo a Edward pero, desgraciadamente, ellos también siguen las mismas disposiciones, aunque con más suerte hasta el momento.


Alice guardó silencio por un momento, pensativa.


-Mi tío Charles impuso hace un par de años un nuevo sistema de recaudación de impuestos en Breaslau y parece estar funcionando. De hecho yo lo considero mucho más justo y equitativo. No creo equiparable las posesiones de un feudo comparados con los de un campesino para que se les deba aplicar el mismo porcentaje en lo que a impuestos se refiere. Para un señorío poco es un cofre de oro si nueve más ocupan sus arcas, pero para un pobre campesino, una vaca, aunque tenga nueve más, puede suponer el sustento de su familia.


-Creí que no estabais familiarizada con este tipo de asuntos -bromeó sorprendido citando sus mismas palabras de hacía un momento.


-Justo esta reforma coincidió con una época en la que estuve hospedada por varios meses en su castillo -le informó -Y, podría decirse, que soy un poco curiosa -añadió soltando una risita. Jasper rió con ella.


-Bien, escuchemos pues -dijo mientras se reclinaba contra la silla mostrando todo su interés.


-A grandes rasgos se trata de un sistema de baremos -comenzó. -Cada habitante se sitúa en un intervalo dependiendo de sus posesiones y a cada uno de estos tramos se le aplica su porcentaje correspondiente. No se pretende que el feudo pague mucho más, pero sí que el campesino pague menos. Puede que afecte las Arcas Reales pero opino que no es un gran perjuicio si así se gana en bienestar para el pueblo.


-Sí, por supuesto -se apresuró a afirmar Jasper, completamente anodadado ante el discurso de Alice.


-Ya sé que me vais a preguntar -exclamó sin dejarle apenas reaccionar. -Cómo controlar esas posesiones para que nadie intente defraudar y así situarse en un intervalo más bajo... Con alguaciles.


-¿Alguaciles? -preguntó dubitativo.


-Se encargarían de ir haciendo catálogo de viviendas, tierras, cosechas, ganados y si alguno de ellos no fuera reclamado por nadie pasarían a la corona. De ese modo, si alguien decidiera no declarar alguno de sus bienes buscando pagar menos impuestos, lo conseguiría pero dejaría de disfrutar de los beneficios que ese bien pudiera procurarle.


Jasper asentía una y otra vez con la cabeza, analizando cada uno de los argumentos que Alice lanzaba.


-¿Y qué pasa con bienes que resultan fáciles de eludir, como las joyas o el dinero? -quiso saber. Alice sonrió al tener una clara respuesta para eso.


-Si queréis obtener beneficios de las joyas, tendríais que venderlas, pagando en ese caso el ya implantado impuesto por compraventa. Y si tenéis mucho dinero, deberíais "canjearlo" por bienes para poder disfrutarlo, no sirve de mucho tenerlo guardado en un cofre. El alguacil será el que certifique ese cambio de nombre en el título de propiedad por lo que volvemos a tener catalogado ese bien.


-Lo tenéis todo bien pensado -decidió Jasper viendo como Alice sonreía satisfecha al ver su aprobación.


-Por supuesto -afirmó Alice animada. -Es más, la imagen del alguacil nos servirá también para otorgar al pueblo la tranquilidad, la protección y el amparo que estamos obligados a procurarles.


-Si os referís al pillaje....


-No sólo a eso, mi señor -lo interrumpió provocando la risa en Jasper. Lo que más le maravillaba era ver con que fervor defendía su razonamiento. Si un tema tan monótono podía enfocarlo con tal entusiasmo como sería con las cosas que verdaderamente la apasionaran. De nuevo sintió deseos de conocer hasta el último rincón de su mente, todas sus inquietudes y todos sus anhelos, para poder comprenderla, cuidarla, incluso consentirla. De nuevo daba gracias a la providencia por haber unido su destino al de ella.


-Podrían reportar informes sobre todas las demarcaciones del reino ¿Sabíais que las aldeas situadas más al sur han sufrido graves inundaciones?


Jasper la miró sorprendido.


-Me he enterado por Emmett. Se lo escuchó decir a uno de los guardias cuya familia vive en aquella zona -le explicó al fin Alice.


-¿Y por qué no he sido informado sobre eso? -inquirió molesto.


-Yo me he enterado casualmente esta mañana -dijo con prudencia. -Me he tomado la libertad de pedirle a Emmett que mandase una partida de hombres para que ayuden a reconstruir las casas -le aclaró tras lo que se mordió tímidamente el labio.


-Habéis procedido correctamente -concordó para disipar su recelo.


-Por eso mantengo que los alguaciles no ayudarían a que el pueblo cumpla sus obligaciones y a que nosotros cumplamos las nuestras -concluyó Alice.


Jasper se levantó y caminó hacia el ventanal. La palabra nosotros resonó en su mente mientras observaba el horizonte. Deseaba tanto que Alice considerara esa palabra en todos los sentidos posibles, con todos sus significados, sobre todo, el de su completa unión...


-¿Qué pensáis, mi señor? - preguntó Alice ante su silencio acercándose a él. -¿No os parece buena idea?


-Me parece magnifica -la contradijo. -Habría que estudiar de que forma implantar este sistema ocasionando el menor disturbio en el pueblo, pero estoy seguro de que con vuestra ayuda pronto quedará resuelto.


-Me alegra haberos sido útil -afirmó ella sonriendo.


-Más que útil -puntualizó. -Le habéis ahorrado a vuestro esposo un terrible dolor de cabeza -dijo devolviéndole la sonrisa. -¿Cómo podría compensaros?


-Eso es absolutamente innecesario, mi señor -lo disuadió. -Me siento muy honrada de poder ayudaros en vuestra labor.


-Entonces digamos que es un pequeño obsequio que vuestro pueblo quiere haceros por haberle prestado un buen servicio hoy -añadió con tono divertido. -¿No necesitáis nada? No sé... ¿Otro jardín quizás? -bromeó.


Alice rompió a reír.


-No, mi señor.


-No me privéis de la satisfacción de hacer algo por vos -insistió ante su negativa. -Os lo ruego -murmuró tomando una de sus manos.


-Quizás... -susurró pensativa mordiéndose el labio.


-Decidme -le pidió. Le resultaba fascinante aquel pequeño gesto suyo.


-Quisiera conocer los lagos que dan nombre a este reino -dijo tímidamente. -Me han asegurado que son espléndidos.


Jasper entonces cayó en la cuenta de que Alice apenas conocía los territorios que gobernaba, sólo los había contemplado en su viaje hacia el castillo aquel maravilloso día en que llegó a su vida. Desde entonces, ni siquiera había salido fuera de las murallas.


-Que mejor guía que su soberano para mostrároslos ¿cierto? -le propuso entonces Jasper.


Alice no pudo ocultar la emoción que sintió en ese momento. Jasper sonrió complacido. Sus ojos, su rostro, toda ella parecían brillar de ilusión.


-¿Cuándo? -preguntó tratando de contener su entusiasmo.


-Ahora mismo si queréis -respondió. -Y os informó que no tengo intención de regresar hasta que oscurezca. Tengo mucho que enseñaros -le insinuó.


-¿Todo el día? -se sorprendió.


-¿No os agrada la idea? -una pequeña sombra de decepción nubló su voz. -¿No queréis que yo...?


-Al contrario, mi señor -se apresuró a aclararle. -Nada me gustaría más -admitió. Rápidamente bajó la cabeza avergonzada ante las palabras que se habían precipitado de su boca.


Jasper suspiró con alivio mientras su corazón comenzaba a golpear su pecho con fuerza alimentado por aquella esperanza que nuevamente asomaba a su alma. Lentamente tomó su barbilla alzando su rostro mientras llevó la pequeña mano que aún sostenía entre la suya hacia su pecho, con la esperanza de que Alice sintiese aquel palpitar y con él, todo lo que ella era capaz de provocar en todo su ser. Con la punta de sus dedos comenzó a acariciar su mejilla. Era tan suave, tan dulce, tan tierna, tan hermosa... Alice cerró los ojos, disfrutando de aquel contacto. Había deseado tantas veces una caricia suya, así. Su corazón repicaba en sus oídos, al unísono, en conjunción con aquel pálpito que resonaba en la palma de su mano, como si fueran uno solo. La mano de Jasper abandonó la tibia mejilla, recorriéndola hasta su nuca, enredándola entre su largo cabello negro mientras afianzaba la mano de Alice contra su pecho antes de soltarla y descender hasta su cintura. Esta vez no hizo su aparición ningún tipo de duda o vacilación, sólo existían Alice y su amor por ella. Poco a poco fue acercándose a su rostro y, durante un segundo, temió que ella lo rechazase. Buscó en sus ojos algún atisbo que lo incitara a detenerse pero se encontró con aquellos ojos violáceos que tanto adoraba llenos de anhelo... nunca los había visto brillar así. Bajó durante un momento la vista hacia sus labios, sonrosados, trémulos, casi expectantes que parecían llamarlo cual canto de sirena. Se inclinó un poco más sobre ellos, ya podía sentir su perfume embriagador aturdiéndole y su cálido aliento sobre su piel. El sabor de aquellos labios vino a su memoria, al igual que esa necesidad por sentirlos de nuevo, era incluso más poderosa que aquella vez cuando la besó en el altar. Finalmente el deseo le venció y no pudo dilatar más aquel momento, posando sus labios sobre los suyos, lo más delicadamente que le permitió ese fervor que turbaba sus sentidos. Los acarició con dulzura, sintiendo como los de Alice se unían a aquella sinuosa danza. Sin embargo, aquello no fue suficiente para Jasper, para sus deseos, para aplacar esa necesidad que tenía de ella. Aferró su cintura y la apretó contra su cuerpo, haciendo que un pequeño gemido escapara de los labios de Alice y aquello fue su perdición. Deslizó la mano desde su nuca hasta su espalda para abrazarla con fuerza a la vez que sus labios se separaron durante un segundo de los de ella para después volver a atraparlos con afán, casi con desesperación. Jasper profundizó el beso mientras Alice entreabría los labios para recibirlo y tuvo que ahogar un gemido al sentir como la dulce boca femenina se entregaba a su caricia sin reservas y como su cuerpo se estremecía entre sus brazos, fundiéndose con el suyo.


Reticente se separó de ella, ambos sin aliento. Jasper apoyó su frente sobre la de ella, disfrutando de aquel pequeño cuerpo que temblaba bajo sus manos, aún turbado por como se había abandonado ella a ese beso, como si también le hubiera impulsado el mismo deseo, el mismo anhelo que lo impulsaban a él. ¿Sería posible? ¿Sería posible que lo que tanto había esperado por fin le fuera concedido? ¿Sería ese el día en que por fin podría decirle, expresar todo lo que en su interior guardaba para ella?


Un carraspeo desde la puerta le obligó a despertar de su ensoñación y tuvo que reprimir aquellas palabras que luchaban por escapar de sus labios.


Tanto Alice como él se giraron tras separarse para comprobar que era Peter. El capitán se inclinó, apabullado por su intromisión.


-¿Sí, Peter? -le saludó Jasper.


-Los muchachos ya están preparados, Majestad -le informó. Jasper asintió.


-Os espero en media hora al pie de la escalinata -le susurró a su esposa.


-Iré a preparar la comida -concordó ella.


-Y yo me encargaré de los caballos.


Alice lo miró con un deje travieso y, poniéndose de puntillas se acercó a su oído.


-Con una montura será suficiente para los dos -susurró. Jasper rió para sí mientras veía a su esposa alejarse de él con su delicado caminar.


-Adiós, Peter -se despidió alegremente antes de retirarse. El capitán, sorprendido, apenas tuvo tiempo de inclinarse. Luego miró de nuevo a Jasper haciendo un esfuerzo casi sobrehumano para no reír.


-Ni se te ocurra -le advirtió apuntándole con el dedo de modo intimidatorio.


-Jamás osaría, Majestad -alcanzó a decir antes de ahogar otra carcajada.


-¿Quieres ser sometido a un consejo de guerra? -insistió Jasper.


Ambos mantuvieron la mirada fija durante un momento y, súbitamente, lanzaron sendas risotadas.


-Siento mucho la interrupción, Majestad -se disculpó.


-¿No tenías nada mejor que hacer? -suspiró resignado Jasper cerrando el ventanal.


-En realidad sí -confirmó -lo mismo que vos -añadió con cierta presunción.


-¿Charlotte? -preguntó -¡Ya era tiempo!


-¿Acaso era yo el único estúpido que no lo sabía? -se molestó.


-Amigo mío -le dijo con una palmada en la espalda -no hay más ciego que el que no quiere ver -concluyó dirigiéndose a la salida.


-¿También vos? -se le oyó decir antes de cerrar la puerta tras de sí.


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