Dark Chat

miércoles, 28 de abril de 2010

Mi Corazon En Tus Manos

Hello  mis angeles hermosos , aqui estoy de nuevo con ustedes dejandoles mas vicio
asi q por fiss sean buenas y comenten no les cuesta nada
les mando mil besitos
Angel of the dark
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CAPITULO 3


Apenas estaba amaneciendo, los tenues rayos de sol se reflejaban débilmente en la superficie del lago y el silencio sólo se veía interrumpido por el movimiento de su cuerpo contra el agua. Cuando el día anterior durante su viaje se aproximaban al castillo y Emmett divisó ese magnífico lago, decidió que, en cuanto le fuera posible, le haría una visita. Supuso que su princesita aún tardaría en despertar un tiempo más después de lo agotado del viaje, por lo que probablemente no necesitaría de él hasta unas horas más tarde y, por otro lado, creyó que era demasiado temprano para presentarse ante el rey y poder concretar sus funciones en el castillo. Así que era el momento idóneo para relajar sus músculos después del poco descanso obtenido la noche pasada en su habitación del cuarto de guardias.


Era consciente de que un motivo importante de su desvelo era saber como estaría Alice. Casi no había articulado palabra durante todo el viaje, pero la seriedad de su rostro no daba lugar a dudas de que no había terminado de aceptar el nuevo rumbo de su vida. Además, al haber llegado al castillo ya entrada la noche, la habían llevado directamente a su recámara, apartándola de su vista y de su protección, viéndose él arrastrado a su cuarto por aquella princesa tan altanera y petulante.


No podía llevarse a equívoco, aunque Alice nunca lo había tratado así, él era consecuente con su posición, el hecho de que ella se comportara con él con cariño y confianza no le hacían olvidar jamás cual era su lugar, así que el hecho de que alguien pudiera tratarlo con desdén nunca le había afectado en lo más mínimo, nunca, hasta esa noche. No supo si fue su manera tan altiva de llamarle "muchacho" como si aún fuera un imberbe, el engreimiento de su voz al saberse poderosa, o la vanidad que emanaba de su mirada al saberse hermosa e inalcanzable por cualquiera en centenares de millas a la redonda.


Aún recordaba como se había parado frente a la puerta, alzada su barbilla y con sus brazos en jarra entallando su fina cintura y como, sin apenas mirarlo, la oyó decir "este es el cuarto de guardias, muchacho" e inmediatamente, giró sobre sus talones y se marchó con aquel vaivén de caderas que lo hipnotizaron durante un segundo. Era hermosa, más que hermosa, era una deidad, y de las más peligrosas. Su mirada azul hielo ardía de orgullo y arrogancia formando la más infranqueable de las barreras, mientras su cuerpo voluptuoso incitaban a dejarse llevar y cometer el mayor de los pecados, como una tentación de la que era mejor alejarse cuanto fuera posible.


Sin embargo, es bien sabido que nuestros propósitos no sólo dependen de nuestras acciones. Poco podía imaginarse Emmett que el objeto de sus reflexiones no andaba lejos. Por supuesto que no era premeditado, ella hacía ese mismo recorrido en su paseo a caballo matutino cada día y, cada día ataba las riendas de su yegua a ese árbol, sobre el que ahora había depositada una camisa, para sentarse al borde de ese lago que esa mañana no estaba tan deshabitado como de costumbre.


Había pensado en, simplemente, pasar de largo, cuando se dio cuenta de que el muchacho que se encontraba nadando era el guardia de la Princesa Alice. Sin ni siquiera bajar del caballo se agazapó tras el árbol para observarle.


No es que nunca hubiera visto el torso de un hombre, muchas veces, al ir a las cuadras, había sorprendido a algún muchacho sin camisa tratando de combatir el calor estival, cubriéndose en cuanto se percataban de su presencia. Algo que para los mozos siempre era una lamentable y embarazosa situación, para ella siempre resultaba divertido e incluso entretenido. No sabia si tal apuro era debido a su poder, o a su hermosura o por ambos motivos pero, debía reconocer que ser la causante de ello la llenaban de, digamos, orgullo femenino.


Rosalie vio que el muchacho dejaba de nadar en ese momento, situándose de espaldas a ella, sumergido hasta la cintura. Alzó los brazos para pasar las manos por sus cabellos y dejarlos libres de agua. Con ese movimiento toda la musculatura de su bien definida espalda, de sus moldeados brazos, de sus anchos hombros quedaron perfectamente visibles.


Sin apenas proponérselo recorrió, estudió con su mirada, cada una de las curvas que formaban su cuerpo, desde su cuello a su cintura. Los débiles rayos del sol se reflejaban en las pequeñas gotitas que habían quedado adheridas a su piel y que la recorrían para volverse a perder en la superficie del lago. Durante un instante, imaginó que sus propios dedos eran los que recorrían los surcos con los que aquellas gotas marcaban su espalda y un repentino ardor nació en su interior. Le fue imposible evitar que un pequeño suspiro escapase de su garganta, lo que provocó que Emmett se girara a comprobar de donde venía aquel sonido. Azorada como estaba debido a, por un lado, su pequeña debilidad de hacía un segundo, por aquella sensación que aún hervía en su pecho y por saberse descubierta mientras espiaba al muchacho, apenas acertó a tomar de nuevo las riendas de su caballo. A pesar de ser una experta amazona no fue capaz de dominar a su yegua que se encabritó, lanzándola al suelo y corriendo desbocada hacia el castillo.


En ese momento no supo que le dolía más si su orgullo al verse derribada por su propio caballo ante aquel muchacho o sus posaderas que ahora yacían en el suelo. Al intentar levantarse quedo de manifiesto que, en realidad, su tobillo había sido el peor parado, apenas pudo soportar la punzada de dolor que le recorrió el pie, así que volvió a derrumbarse en el suelo. Para ese entonces, Emmett ya había salido del agua y corría en su dirección para ayudarla.


-No os mováis Alteza, dejadme que os ayude -le pidió -¿Dónde os duele?


-El tobillo -le indicó. Emmett se inclinó y, apartando un poco el borde del vestido se dispuso a palparle.


-¿Qué crees que haces? -inquirió ofendida, alejando su tacto de un manotazo.


-¿Comprobar que tan dañado está el tobillo? -le explicó él sorprendido.


-¿Y tienes que tocarme para eso? -preguntó ella irritada, a la vez que se daba cuenta de su disparatada pregunta.


-¿Conocéis una forma mejor, Alteza? -cuestionó divertido.


-Está bien -accedió a regañadientes. Emmett empezó a palpar su tobillo mientras ella emitía, entre muecas, leves muestras de dolor.


-Sólo es una torcedura -concluyó él -pero no deberíais caminar. Permitidme que os ayude a levantaros -se ofreció alzándose mientras tomaba su mano.


Rosalie se levantó también pero, debido al dolor, perdió un momento el equilibrio yendo a parar directamente sobre el pecho de Emmett. En un intento de no caer de nuevo se apoyó en él, su mano sobre su musculoso brazo, haciendo que aquel ardor que hacía un sólo instante había logrado apaciguar renaciese con más fuerza, alimentado seguramente por el tacto de sus manos varoniles en su cintura al tratar de sostenerla impidiendo su caída. "No, otra vez esa debilidad no", se alentó a sí misma, así que se esforzó por mantener su aplomo.


-¿Podrías cubrirte? -le ordenó ella con su acostumbrada altanería, intentando aparentar una total seguridad, aunque, para Emmett no pasase desapercibido el fulgor en sus ojos.


-¿Acaso os molesta ver el cuerpo de un hombre? -le provocó él aumentando sensiblemente la presión de sus dedos sobre su talle.


-No -negó ella revolviéndose y soltándose de sus manos -simplemente estáis mojando mi vestido -respondió levantando su barbilla de aquella forma en que a Emmett le estaba resultando ya más que familiar.


-Está bien -rió él mientras tomaba la camisa de la rama en la que él la había dejado y se la ponía rápidamente. Tras eso tomó las riendas de su caballo y lo acercó a donde estaba la muchacha. Sin pedirle permiso alguno la tomo de nuevo por la cintura y la alzó sin ningún tipo de esfuerzo, sentándola en la grupa. Luego con un ágil movimiento se montó en el caballo, posicionándose detrás de ella, pasando sus manos cerca de su cintura para tomar las riendas.


-¿Qué estás haciendo? -preguntó Rosalie ante tal atrevimiento.


-¿Os llevo al castillo? -respondió con tono aburrido ante lo absurdo de la cuestión.


-No veo la necesidad de compartir montura -afirmó ella con desdén.


-¿Acaso pretendéis que yo vaya caminando? -rió él. Su soberbia no tenía límites pero él sabía como aplacarla.


-Es lo correcto -aseveró ella casi con furia.


-¿Y es por hacer lo correcto por lo que habéis perdido vuestro caballo? -le sugirió él apenas en un susurro, sintiendo ella su aliento en su mejilla. Supo en ese momento que esa era una batalla perdida, pero sólo una batalla, no la guerra. Y si él quería guerra, la tendría.


Edward se dirigía a la habitación de su primo. Normalmente solían encontrarse en el comedor para desayunar juntos pero ese día se apresuró para encontrarlo en su recámara. Sentía una gran curiosidad sobre que le había parecido su prometida y no creyó prudente el mantener esa conversación al alcance de oídos indiscretos.


-¿Puedo pasar? -preguntó llamando a la puerta.


-Sí claro, pasa -se escuchó la voz de Jasper dentro de la habitación. -Estás muy madrugador hoy -le dijo sorprendido mientras lo veía entrar y cerrar la puerta tras de sí.


-No creo que sea correcto hablar de tu prometida en el comedor donde todos puedan oírnos -contestó mientras le guiñaba un ojo.


-Así que ese es el motivo de tu visita -sonrió tomando la túnica de encima de la silla para ponérsela.


-No pensarás que después de la tortura a la que me has sometido todos estos días con ese asunto no voy a estar interesado en saber tu opinión tras haberla conocido -bromeó Edward sentándose en el diván.


-Y por lo que veo ya te has puesto cómodo -señaló mientras acomodaba su cinturón, terminando así de vestirse.


-Soy todo oídos -le indicó cruzando sus manos sobre su regazo y estirando las piernas sobre el diván. Su primo soltó una carcajada ante su gesto.


-No veo que tanto pueda decirte, apenas estuve con ella. La traje a su recámara y me retiré enseguida, supuse que estaría cansada del viaje -le dijo encogiéndose de hombros tratando de restarle importancia al tema.


-Primo, no utilices tu diplomacia conmigo que no va a funcionar -le avisó con sonrisa pícara -¿acaso no la devorabas con la mirada en cuanto la tuviste ante tus ojos?.


-¿De qué hablas? -cuestionó intentando mostrarse sorprendido. Hubiera funcionado si no hubiera sido por el temblor de su voz. Edward no pudo reprimir una risotada.


-Si no quieres hablar sobre ello me parece bien, pero no intentes tapar el sol con un dedo -le dijo adoptando ahora una postura más seria, retirando los pies del diván -Creo que te conozco lo suficiente como para asegurar que la princesa derrumbó con la primera de sus miradas todo ese halo de calma y seguridad que siempre te rodean -prosiguió.


Jasper se mantuvo en silencio, estudiando una posible respuesta con la que rebatir su afirmación, que tan cerca había estado de la verdad.


-¿Vas a intentar negarlo? -inquirió Edward viendo sus intenciones.


-Está bien, está bien -se rindió. Dio media vuelta y se sentó en la cama mirando a su primo. -Digamos que la princesa me impresionó un poco.


Edward lo miró inquisitivo. Jasper suspiró disconforme.


-De acuerdo -admitió al fin derrotado.-¿Te basta si te digo que no había visto ojos tan bellos en mi vida y que me parece la muchacha más dulce y hermosa que jamás he conocido? -aceptó bajando la mirada, sintiendo cierta vergüenza ante la confesión que le acababa de hacer a su primo. Edward se percató de su turbación y se acercó a él, sentándose a su lado.


-No tiene nada de malo que te guste tu prometida, Jasper, al contrario, seréis mucho más felices si surge el amor entre vosotros -aseguró Edward.


El sonido de esa palabra hizo que Jasper se sobresaltara, volviéndolo a mirar.


-Creo que es muy pronto todavía como para hablar de eso. No pienso forzar la situación en lo más mínimo -negó con un movimiento de cabeza. -Si algo surge entre los dos no voy a evitarlo ni rehuirlo, por supuesto, pero tampoco voy a hostigarla o presionarla en un intento de acelerar las cosas. Para mí, lo primordial ahora es que se sienta cómoda, quiero que sea feliz aquí -declaró Jasper.


Edward le dio un leve golpe en la espalda, asintiendo, haciéndole ver que compartía su opinión. De repente, el eco de la risa de un par de voces femeninas proveniente de la recámara contigua se hizo sentir en la habitación de Jasper. Ambos giraron su rostro dirigiendo su mirada a la pared de donde venía ese sonido.


-Pues no sé si será feliz, pero, de momento, se ha levantado de buen humor -afirmó Edward, sonriendo.


Jasper asintió con una sonrisa en los labios y cierto alivio invadió su corazón al saberla contenta. No había mentido al afirmar que para él lo más importante era su bienestar, pero no sólo eso. Desde la primera vez que posó su mirada en aquellos ojos tuvo la certeza de que, a partir de entonces, haría todo lo que estuviera en su mano por hacerla feliz, incluso si, muy a su pesar, eso suponía mantenerse alejado de ella.


-Será mejor que bajemos a desayunar -dijo Edward al fin sacándolo de sus pensamientos -mis padres no tardarán en llegar -concluyó poniéndose en pie. Jasper asintió y se levantó también, siguiéndolo hacia la puerta, fijando por un momento la mirada en aquella pared que separaba su habitación de la de su prometida.


-Bella, deja ya de reírte y de brincar por la habitación -le pidió Alice que, a su vez, también reía. En ese instante, el golpe de una puerta cerrándose las sobresaltó haciendo que ambas quedasen en silencio. Al momento, Bella rompió a reír de nuevo y corrió para subirse a la cama, sentándose al lado de su prima, ambas con las piernas cruzadas sobre el colchón.


-¿No te resulta un poco extraño dormir al lado de tu prometido? -preguntó Bella.


-Reconozco que me sorprendió al principio, pero luego me explicó los motivos por los que habían decidido que ocupara desde ahora esta habitación y no me pareció tan descabellado -le aclaró Alice.


-Creo que nada de lo que él te proponga te va a parecer descabellado -afirmó su prima con tono travieso.


-¡Bella! -exclamó Alice.


-¿Qué? -se sorprendió Bella -pero si me acabas de decir que Jasper te había parecido muy agradable -se quejó ella.


-No te dirijas a él así -la reprendió en voz baja.


-Nadie nos escucha, Alice, jamás se me ocurriría llamarlo por su nombre en presencia de nadie -la tranquilizó.


Alice asintió. -De todas formas creo que deberíamos bajar la voz -le pidió.


-Está bien -protestó Bella bajando el tono. -Pero no me cambies de tema -le advirtió. Me lo acabas de describir como un perfecto caballero, ¿acaso no te agradó?


-Bueno, si -titubeó ella.


-¿Bueno, si? ¿a quién pretendes engañar, Alice?, ¡hacía semanas que no te escuchaba reír! -alegó Bella. -Su "Majestad" -dijo con retintín -pudo mostrarse como todo un gentilhombre ante ti pero, no creo que ese sea un motivo suficiente para que te hayas despertado tan animada esta mañana -le aseguró.


-Alice -insistió Bella ante el silencio de su prima.


-De acuerdo -suspiró Alice -me parece un hombre muy apuesto -aceptó al fin sintiendo como se ruborizaba.


-Entonces ¿te gusta? -preguntó con un tono de complicidad, animando a su prima a proseguir.


Alice afirmó tímidamente con un movimiento de cabeza.


-Me alegro tanto -exclamó Bella abrazándola.


-Pero ¿y si yo no le agrado? -se mostró preocupada Alice.


-¿Cómo puede ser eso posible? -la persuadió agitando las manos.


Justo en ese instante alguien llamó a la puerta.


-¿Puedo pasar, Alteza? -dijo una de las doncellas desde el pasillo.


-Sí, adelante -dijo Alice mientras ambas bajaban de la cama.


La muchacha hizo una leve reverencia al entrar en la habitación.


-Su Majestad quiere haceros saber que os espera junto con el Príncipe Edward para desayunar, tanto a vos como a la Princesa Bella, pero que si gustáis os pueden servir el desayuno aquí en vuestra recámara.


Bella miró sonriente a su prima, que también la miraba sonriendo.


-Dile a su Majestad que bajamos en un momento -confirmó Alice.


-Enseguida, Alteza -dijo la muchacha antes de hacer otra reverencia y salir de la habitación.


-¡Deprisa, Bella, ayúdame a vestirme! -exclamó Alice en cuanto la doncella cerró la puerta.


Rápidamente, Bella abrió el baúl de su prima sacando el primer vestido que encontró mientras Alice se deshacía de su camisón.


-Con que no le agradas ¡eh! -bromeó Bella mientras le abotonaba la parte trasera del vestido.


-Ya te avisé de que era todo un caballero, puede que esperarnos a desayunar sea únicamente como consecuencia de ello, así que no saquemos conclusiones repentinas -le pidió Alice echando un vistazo rápido al espejo de pie que había cerca de la cómoda. Quizás si hubiera tenido más tiempo se habría recogido un poco el cabello pero no quería hacer esperar a Jasper, así que se apresuró a pasarse el cepillo para alisarlo un poco.


Cuando abrieron la puerta para salir al corredor vieron a un par de doncellas que parecían muy inquietas, corriendo por el pasillo. Bella y Alice se miraron preguntándose cual sería el motivo de tal alteración. Justo una tercera pasó por su lado, corriendo al igual que sus dos compañeras.


-¡Muchacha! -la detuvo Alice -¿podrías decirnos que sucede? -pregunto de forma cortés.


-Alteza -dijo inclinándose rápidamente -vuestro guardia acaba de traer en volandas a su Alteza la Princesa Rosalie, parece que ha sufrido un accidente -explicó la joven alarmada que volvió a inclinarse antes de seguir con su carrera.


Ambas volvieron a mirarse de nuevo, estaba vez con el rostro lleno de preocupación para iniciar una marcha apresurada tras las doncellas y comprobar que había sucedido.


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CAPITULO 4

-Bájame ya -exigió en cuanto llegaron a la escalinata de entrada al castillo.


Lejos de acatar la orden, Emmett se bajó del caballo y la tomó en brazos, emprendiendo el camino que recorría la escalera.


-Viendo lo hinchado que está vuestro tobillo tenéis dos opciones: que yo os lleve hasta vuestra recámara o intentar hacerlo vos misma a saltitos como un conejillo del campo ¿Cuál es menos la humillante para vos? -preguntó con ironía.


Rosalie se limitó a apretar su mandíbula, ese guardia insolente estaba consiguiendo acabar con su paciencia.


-Ya me parecía a mí -concluyó por lo bajo en vista de su silencio y esforzándose para no reír. Estaba disfrutando sobremanera la situación, ¿dónde quedaban ahora su orgullo y su soberbia? Sin embargo, sabía que tanto atrevimiento por su parte podría acarrearle serias consecuencias aunque, volver a sentir esas curvas tentadoras cerca de su cuerpo bien lo valían.


-¿Dónde está vuestra habitación? -preguntó en cuanto llegó a la antesala. Rosalie no contestó, ignorándole, intentando mostrarse ofendida.


-Muy bien -dijo Emmett decidido -os llevaré a mi habitación ya que es lo único que conozco de este castillo -afirmó dirigiendo sus pasos hacia el cuartel de guardias.


-Por el corredor de la derecha -le cortó Rosalie secamente. Emmett rió para sus adentros. Era tan fácil provocarla...


No le hizo falta preguntar cual era su recámara. Las doncellas ya estaban esperándolos dentro de la habitación. La depositó lentamente sobre la cama, apartándose de ella y pronto sus manos echaron en falta el contacto de su cuerpo, las apretó contra sí en un intento de calmar ese anhelo repentino. Sus ojos se encontraron por un momento con los de ella que ardían de rabia e impotencia y maldijo por un segundo la eficiencia de las muchachas; le habría encantado prolongar su diversión un minuto más. Viéndola así, con ese aspecto enfurecido y vulnerable a la vez, le pareció aún más hermosa que la noche anterior. Aquella sensación de peligro irresistible volvió a su mente siendo sustituido rápidamente por la cautela y la prudencia; ante un riesgo de tal calibre lo mejor era alejarse.


No había dado aún un paso para marcharse cuando irrumpieron Jasper y Edward en la habitación, ambos con la preocupación reflejada en su rostro. Tanto Emmett como las camareras se inclinaron ante ellos.


-¿Estás bien? -preguntó Jasper a su hermana, tomando su mano. Ella asintió en silencio.


-¿Qué ha sucedido? -interrogó ahora dirigiéndose a Emmett.


-Su Alteza se cayó del caballo -alcanzó a decir él. Debía pensar rápido. No se le había ocurrido una posible excusa a las circunstancias de la caída de la princesa. En aquel lapso que había durado el trayecto de vuelta al castillo su mente había estado ocupada en otros menesteres.


-Un conejillo espantado se cruzó en mi camino y dama se encabritó, lanzándome al suelo. -explicó Rosalie, lo más convincente que pudo.


Emmett la miró disimuladamente, y se encontró con su mirada azul durante un segundo, en la que ahora centelleaba cierto brillo de satisfacción; así que ahora él era el conejillo...


-¿Tú estabas cerca? -preguntó Jasper a Emmett sin ocultar su desconfianza ante tal argumento, la destreza de Rosalie era notable, lo suficiente como para dominar a su yegua en tal situación.


-Sí, Majestad -afirmó Emmett. -Me dirigía...


-¡¡Emmett!! -La voz angustiada de Alice no le permitió proseguir. Alice entró apresuradamente en la habitación con Bella tras ella, y caminó hacia él, tomando una de sus manos entre las suyas.


-¿Estás bien? -Se preocupó ella.


-Tranquila, princesita, estoy bien -afirmó mientras daba golpecitos cariñosos con su mano libre sobre las de Alice.


Tanto Jasper como Rosalie y Edward se miraron durante un momento, sorprendidos, casi incomodados ante aquella muestra de afecto que estaban presenciando y que ninguno de ellos alcanzaba a entender.


-¿Qué os ha sucedido? -se interesó Bella, haciendo que desviasen su atención de ellos por un momento.


-Me he caído del caballo -le informó ella.


-¿Os habéis lastimado? -preguntó Alice que había soltado a Emmett y se acercaba a su cama.


-Me duele mucho el tobillo pero creo que es sólo una torcedura -señaló Rosalie.


-El linimento de laurel podría aliviaros, puedo ir a buscar un pequeño bote que he traído -se ofreció Bella.


-Creo que deberíamos esperar a que llegara mi padre para que te revise y descarte algo más grave antes de aplicarte nada -sugirió él. -Ya deberían haber llegado, pero mejor voy a su encuentro -decidió saliendo de la habitación sin esperar una posible respuesta.


Bella y Alice se miraron confundidas.


-Majestad, ¿vuestro tío entiende de medicina? -preguntó Bella al fin.


-Quizás desconozcáis que mi tío es el Rey Carlisle -les aclaró Jasper.


En ese momento, la expresión confusa del rostro de ambas princesas se tornó en una completa admiración. Era sabido por todos que el Rey de Meissen era un amante de la medicina y que, incluso, tras años de estudio e investigación, había acudido a la Escuela de Salerno a examinarse, como cualquier alumno, para convertirse en el primer médico de la realeza.


Aún no se habían repuesto de la sorpresa de tal información cuando vieron a Edward de nuevo, entrando en la recámara, acompañado esta vez por los que ellas supusieron que eran sus padres.


El Rey Carlisle era un hombre muy atractivo, de la misma estatura que su hijo, aunque un poco más robusto y con el pelo rubio. Su madre por su parte era una mujer muy hermosa, la viva imagen de la elegancia y la distinción, con su bello rostro enmarcado por una larga y brillante melena color miel.


-La Princesa Alice y la Princesa Bella -las señaló Edward, deteniéndose ante ellas. -Él es Emmett, el guardia personal de la Princesa Alice -añadió.


-Y ellos son mis padres, el Rey Carlisle y la Reina Esme -les indicó. Ambas los saludaron con una reverencia.


-Siento que nuestro primer encuentro sea en estas circunstancias -se disculpó el rey con una sonrisa.


-No os preocupéis, Majestad -le pidió Alice -nos hacemos cargo de la situación.


-Oh, queridas, sois preciosas -exclamó Esme con entusiasmo, a lo que ambas respondieron con una sonrisa y un toque de rubor en sus mejillas.


En ese instante, Bella reconoció los hermosos ojos verdes con que las miraba la reina, eran idénticos a los de Edward, igual de penetrantes y enigmáticos. Y también comprendió de quien había heredado su encanto y su sonrisa cautivadora, de su padre.


Carlisle se giró entonces hacia Jasper y Rosalie.


-Hijos, ¿como estáis? -les saludó rápidamente. -Edward nos ha informado por el camino de tu accidente ¿dónde te duele? -le preguntó a Rosalie sin demora.


-En el tobillo -le indicó ella.


Su tío empezó a palparle, tal y como había hecho Emmett hacía sólo un rato, añorando ahora los escalofríos que habían recorrido su piel con el tacto de sus manos. En esta ocasión, sólo el dolor se hizo presente.


-Es sólo una torcedura -pronosticó Carlisle. A Rosalie le molestó, en cierto modo, el hecho de que Emmett hubiera tenido razón, aunque no entendía muy bien el porqué.


-El linimento de laurel es lo más indicado para estos casos -aseguró el rey.


De repente, todas las miradas se centraron en Bella, excepto las de los padres de Edward que no entendían tal reacción.


-La Princesa Bella acaba de ofrecerle ese ungüento a Rosalie -les aclaró Edward, que no ocultaba su asombro. Bella notó como enrojecían sus mejillas al sentir como, ahora todos los presentes la miraban sorprendidos.


-¿Acaso sabéis de medicina, jovencita? -le preguntó el Rey.


-No, Majestad -respondió ella tímidamente -es sólo que suelo necesitarlo a menudo, por eso siempre llevo una botellita en mi equipaje -admitió ella ardiéndole ahora el rostro. El rey la miró confuso.


-Majestad, mi prima es muy dada a los accidentes -le aclaró Alice con una sonrisita. Bella agradeció para sus adentros que se hubiera referido a su declarada torpeza como "accidentes".


-¿Verdad que son encantadoras? -le sugirió la reina a su esposo, a lo que él respondió con una sonrisa.


-Pues en esta ocasión nos va a ser de mucha ayuda que seáis tan precavida -declaró él.


-¿Puedes ir a buscarlo a la recámara de la Princesa? -le pidió Jasper a una de las doncellas.


-Está en el pequeño cofre de encima de la cómoda -le indicó Bella a la muchacha.


-Y trae también unas vendas -añadió Carlisle antes de que la doncella se retirara. -Mucho me temo que hoy vas a necesitar reposo -le informó a su sobrina. -No debes apoyar el pie en absoluto. Con el linimento y un vendaje espero que estés mejor mañana.


-Pero tío -se quejó Rosalie -¡tengo muchas cosas que hacer! ¡No puedo estar en cama con todos los preparativos de la boda pendientes! Sin ir más lejos, esta tarde vienen las costureras ha empezar el vestido de la Princesa -exclamó agitada.


Alice volvió a sentir ese pálpito en su pecho aunque no sabía muy bien si era por la declaración de Rosalie, el volver a pensar en el hecho inminente de su boda o por el par de ojos azules que la observaban en ese momento. Jasper la miraba intensamente, como si intentara leer su pensamiento, su alma. Alice no pudo sostener su mirada por más tiempo, sentía que sus piernas flaqueaban.


Por suerte para Alice, la voz de su tía hizo que Jasper desviara su atención hacia ella.


-Hija, no te preocupes que para eso estoy yo aquí, yo puedo encargarme de todo -le tranquilizó su tía.


De repente, una idea acudió a la mente de Alice.


-Y tal vez las costureras podrían hacerme las pruebas del vestido aquí en vuestra recámara -le sugirió Alice.


-Y yo podría haceros compañía, incluso leeros algo si es de vuestro agrado -se ofreció Bella.


El rostro de Rosalie que se había ensombrecido por un momento al imaginarse en esa cama, postrada durante todo el día, se iluminó ante tales ofrecimientos.


-¿De verdad no os importaría acompañarme? - preguntó mucho más animada. En ese momento, la doncella regresó, entregándole la botellita y las vendas a Carlisle que, con ayuda de su esposa, se dispuso a atender el tobillo de su sobrina.


-Claro que no -le aseguró Alice. -Sólo espero -dijo ahora dirigiéndose a su prometido –que no os moleste si aplazamos nuestro paseo hasta mañana -le pidió tímidamente con miedo de molestarlo.


Jasper sonrió sintiendo como el alivio llenaba su pecho. Por un instante, había creído que Alice buscaba una excusa para anular su paseo con él pero, no sólo le estaba dando a entender lo contrario al querer únicamente posponerlo si no que se mostraba preocupada por que él pudiera sentirse molesto.


-Por supuesto que no me importa -afirmó Jasper -al contrario, os agradezco, a ambas la consideración que estáis teniendo para con mi hermana -concluyó él.


-Imagino que vuestra sorpresa también deberá esperar hasta mañana -supuso Edward dirigiéndose a Bella.


-¿No os importa? -le preguntó ella esperando que él tampoco se ofendiese.


-No os preocupéis -negó él.


-Quisiera pediros algo más -añadió Bella dubitativa.


-Lo que deseéis -accedió él sonriendo.


-Se trata del libro del que me hablasteis anoche -continuó Bella tratando de dominar su voz ante aquella sonrisa arrebatadora. -Me preguntaba si éste sería un buen momento para que me lo prestaseis. Será una lectura mucho más amena que Platón -supuso.


-Por supuesto -respondió Edward, inclinando su cabeza servil.


En ese momento, Jasper tiró disimuladamente de su túnica. Así que le había sometido a todo un interrogatorio hacía menos de una hora cuando él se había reservado el contarle sobre su conversación con Bella de la noche anterior y que parecía que había dado frutos. Viendo que Edward tenía toda la intención de evitar su curiosidad le dio un pequeño pisotón, lo que hizo que finalmente su primo acabara mirándolo.


-Luego te explico -le susurró entre labios de modo que resultase imperceptible para todos menos para él.


-Todo resuelto, entonces -exclamó Edward librándose así del acoso al que tenía pensado someterlo su primo.


-Eso parece -le dijo Jasper mirándolo divertido. Si creía que iba a escapar, es que no lo conocía lo suficiente.


-Majestad- le llamó Emmett. Jasper se giró para mirarlo. Le hubiera encantado decir que casi se había olvidado de su presencia pero aún estaban presentes en su oído y en su retina la forma en que él y Alice se habían tratado hacía unos instantes.


-Quisiera presentarme ante vos para discutir cierto asunto -solicitó Emmett mientras se inclinaba como muestra de respeto.


-De acuerdo, pero supongo que querrás hacerlo de un modo algo más presentable -le espetó Jasper recorriéndolo con la mirada de pies a cabeza.


Sintió como se le tensaba la nuca. Podía palpar, saborear su irritación, pero el canalizarlo hacia las ropas húmedas y desaliñadas del guardia estaba siendo infantil y de poca utilidad. A Emmett, por su parte, no le pasó inadvertida la dureza de las facciones del rey, así que se limitó a afirmar con un movimiento de cabeza.


-Estaré en mi escritorio, en el torreón sur -le informó. Emmett se inclinó a modo de despedida, no sin antes girarse para mirar a Alice, en cuyo rostro se reflejaba la incomodidad ante la situación que estaba presenciando.


-Después conversaré contigo, Emmett -le dijo mientras él le dedicaba media sonrisa, antes de que se encaminase a la salida.


Alice no terminaba de entender el tono de hostilidad en la voz de su prometido, hasta ese momento se había mostrado muy amable y cortés. Quería saber en que términos se había llevado a cabo la plática entre ellos, pero, sobre todo, quería asegurarse de que Emmett fuera considerado tal y como ella esperaba, y, si era necesario, trataría ese asunto personalmente con su futuro esposo.


-Esto ya está -informó Carlisle revisando el vendaje. -Y ya sabes, reposo absoluto -le ordenó a su sobrina que lo miraba con una mueca de disconformidad.


-Quizás deberíamos pedir que nos trajeran el desayuno aquí -le sugirió Bella a su prima. Si se proponían acompañar a la princesa en su reclusión podrían empezar ya.


Alice estuvo de acuerdo con ella y decidió dejar de lado, por el momento, su preocupación por Emmett; ya se encargaría de eso después.


-Me parece una gran idea -respondió alegremente. Rosalie les agradeció el gesto con una gran sonrisa.


-En vista de que te dejamos en la mejor de las compañías, nosotros vamos a nuestra recámara a asearnos después del viaje y a comer algo. Luego vendré a ver como sigues -le informó su tío.


-Y no te angusties, yo me encargaré de todo -añadió su tía. Rosalie asintió.


-Confío en que luego tendremos ocasión de conversar, jovencitas -concluyó Carlisle mientras Esme sonreía ampliamente uniéndose a su petición.


-Claro que sí, Majestad -afirmó Alice en nombre de las dos. Tras eso, Carlisle tomó la mano de su esposa y abandonaron la habitación.


-Nosotros también nos retiramos. Espero que paséis un día entretenido -anunció Jasper dirigiéndose a las tres jóvenes. -¿Me acompañas, Edward? -le preguntó.


-Sí -le respondió -Enseguida os haré llegar el libro, Alteza -dijo mientras se inclinaba, despidiéndose. Jasper hizo lo mismo y salió tras él.


-No tan rápido -le advirtió ya en el pasillo, acelerando el paso para alcanzarlo. -¿Qué fue eso de Platón y de una sorpresa? -quiso saber Jasper, yendo directo al tema.


-Su Alteza llevaba anoche consigo "Los Diálogos" de Platón.


Jasper se mostró sorprendido ante tal afirmación.


-Imagino que esa fue la misma expresión de mi cara cuando me confirmó que el tomo era suyo -admitió Edward.


Jasper continuó en silencio, esperando que continuara.


-Me ofrecí a prestarle "La Eliada", eso es todo -le aclaró.


-¿Y la sorpresa? -preguntó maliciosamente.


-Quería mostrarle la biblioteca -le explicó. Jasper paró repentinamente.


-¿La biblioteca? -preguntó lleno de asombro. -Debido a mi falta de experiencia en lo que al cortejo se refiere, quizás, mi concepto del romanticismo pueda estar distorsionado pero... ¿la biblioteca? -se extrañó.


-Es que mis intenciones son del todo inocentes, primo -le informó, instándolo con un movimiento de manos a continuar con su marcha.


-Me duele que tengáis en tan baja estima mi inteligencia, primo -bromeó con sarcasmo, mientras Edward resoplaba sabiendo que estaba lejos de zanjar el tema. -La Princesa Bella es hermosa, a la vista está, e inteligente, tiene que serlo ante tales gustos literarios. No dudo que sea poseedora de muchas más cualidades pero, conociéndote, esa simple combinación es más que suficiente para despertar tu interés -le aseguró con cierta mofa en su voz.


-Por eso nunca te has decidido seriamente por ninguna de las jóvenes que conoces -continuó Jasper en vista de su silencio. -Como la Princesa Tanya -dijo con sonrisa pícara.


-La Princesa Tanya es una frívola, Jasper. Yo busco algo...


-Menos superficial, que no sea una muñeca de porcelana, bonita y frágil por fuera pero hueca por dentro -le interrumpió, transmitiendo el mismo pensamiento que abordaba la mente de Edward.


-Estoy convencido, al igual que tú, de que la Princesa Bella, es mucho más que eso -le aseguró Jasper. -Y creo que, al menos vale el esfuerzo de querer averiguarlo -le animó.


-Es posible -declaró, deteniéndose ante la puerta del escritorio. -Imagino que querrás hablar con él a solas -supuso, cambiando bruscamente de tema, dando por terminado el asunto, al menos de momento. Al instante, el rictus de Jasper se endureció, mientras asentía.


-Te veré luego, entonces -se despidió. -Seguro que hay una buena explicación -le alentó Edward con una pequeña palmada sobre su hombro justo antes de marcharse.


Jasper entró a la dependencia, cerrando la puerta tras de sí. En el corto recorrido hasta el buró repetía en su mente una y otra vez lo que le acababa de decir su primo; seguro que hay una buena explicación. Lejos de sentir alivio, una punzada de dolor enfrió su pecho, dando paso a un resquemor y una angustia desconocidos para él. Respiró hondo, haciendo acopio de toda su entereza para serenarse. Nunca fue dado a dejarse dominar por impulsos y no iba, no debía ser ésta la primera vez. Volvió a inhalar lentamente y por fin, poco a poco, el alivio llenó su interior. Sólo un momento después unos nudillos llamaban a la puerta.


-Adelante -dijo desde su mesa. Emmett, vestido ahora con su pulcro uniforme, se presentó ante él, haciendo una reverencia.


-¿Qué quieres discutir conmigo? -le preguntó.


-Majestad, antes que nada, quisiera pediros disculpas de antemano si en algún momento consideráis mi discurso demasiado directo -le pidió Emmett. Jasper se sorprendió ante tal petición pero, valoró su sinceridad.


-Al contrario, te agradecería que así fuera -le aseguró Jasper.


-Entonces, Majestad, permitidme que os hablé sobre Su Alteza, la Princesa Alice -solicitó Emmett. A pesar de haber sido prevenido por el guardia, Jasper no pudo evitar que de nuevo, esa punzada de dolor invadiera su pecho al escuchar el nombre de su prometida de labios de aquel muchacho.


-¿Hay algo que debería saber? -le interrogó.


-Majestad, entiendo que aún no habéis tratado a Su Alteza lo suficiente como para saberlo pero, en cuanto la conozcáis os daréis cuenta inmediatamente de que es la persona con el alma más pura, limpia y cándida que hay sobre la faz de la tierra -declaró.


Jasper se asombró ante tan apasionada manifestación. Sin embargo, aún sin saber a donde quería llegar con tal afirmación, le dejó continuar.


-Majestad, me siento en la obligación de disipar cualquier duda que haya podido acudir a vuestra mente por lo sucedido hace un momento -dijo en tono firme.


Jasper siguió mudo y más impactado si era posible. Emmett no bromeaba cuando dijo que iba a ser directo.


-Dicha situación sólo es comparable al comportamiento de una muchacha hacia su hermano mayor -le aseguró Emmett.


-¿Podrías explicarte un poco mejor? -habló al fin Jasper, que no lograba entender de que hablaba.


-Dejadme que os ponga en antecedentes de mi relación con Su Alteza -le pidió.


-Por favor -asintió Jasper.


-Como sabéis, el Rey Laurent siempre se ha mostrado hostil, con claras intenciones de invadir el Reino de Asbath, que siempre se ha mantenido firme gracias a su valeroso ejército -le informó.


-Sí, estoy al tanto de las hazañas de sus valientes soldados -afirmó Jasper.


-De lo que quizás no estáis al tanto es de que ese no ha sido el único flanco de ataque del Rey Laurent -le dijo Emmett.


-¿A qué te refieres? -quiso saber.


-Hace un par de años, cuando yo todavía formaba parte de ese ejército y, tras ciertos ataques sorpresa e infructuosos, por supuesto, decidimos infiltrar a uno de nosotros entre sus filas. Fue todo un acierto pues nos fue revelado el malvado plan que estaban urdiendo para asestar un golpe casi mortal al Reino. No es necesario entrar en detalles, sólo os diré que planeaban secuestrar a Su Alteza, no sólo eso, estaban dispuestos a asesinarla si así conseguían doblegar al difunto Rey.


A Jasper se le heló la sangre. En todos sus años al frente de sus tropas, siempre había trazado sus planes y estrategias bajo el noble arte de la guerra pero con aquello, la máxima de "someter al enemigo sin luchar es una muestra de sabiduría" se había convertido en un vil, cruento y desalmado


ultraje.


-Informamos rápidamente a Su Majestad -prosiguió Emmett -y a mí mismo se me asignó la tarea de poner a Su Alteza a buen recaudo. Por supuesto, ella nunca supo que sucedió en realidad. Disfrazamos aquella evasión tras una simple vacación, una visita a su prima, la Princesa Bella, eso sí, intentando que fuera lo más encubierto posible para poder interceptar a sus raptores.


-¿Y eres su guardia personal desde entonces? -le preguntó Jasper.


-Sí, Majestad -afirmó Emmett. -Se me ordenó explícitamente vigilar a Su Alteza en todo momento. Como era de esperar, ella no comprendía a que se debía tal salvaguardia, pero Su Majestad le aseguró que eso otorgaría algo de tranquilidad a su cansada y envejecida mente. Para Su Alteza, ese fue un motivo más que suficiente, su corazón no entienden de maldad, malicia o malas intenciones y nunca sospechó la verdadera naturaleza de mi presencia cerca de ella.


-Entiendo cual ha sido tu cometido hasta ahora, pero eso no explica tu relación con la Princesa -le instigó Jasper.


-Sé que no es una justificación para mi conducta pero, es prácticamente imposible no rendirse ante el espíritu impetuoso, jovial y candoroso de Su Alteza. Todos en el castillo la adoran -admitió con una sonrisa que denotaba devoción. Jasper se maravilló al ver como aquel muchacho de aspecto fuerte y recio, todo un guerrero, se refería a la Princesa con tanta ternura.


-Siempre se ha mostrado amable, cercana con su servidumbre -continuó. -Nunca se ha dirigido a nosotros con prepotencia o soberbia, creo que jamás sería capaz de hacerlo, no está en su esencia.


Jasper sintió por un segundo envidia, rabia tal vez. Se preguntaba cuanto tiempo tendría que pasar para que él pudiera conocer el alma de su prometida tal y como la conocía él.


-Pronto se acostumbró a mi compañía y cada vez mostraba más signos de confianza y cordialidad hacia mí. Por supuesto, yo siempre me mantuve en mi posición, jamás me extralimité y nunca le falté el respeto, aunque ella seguía mostrándose cada vez más afectuosa. Llegó un momento en que era como si estuviera, y perdonad el símil, echando de mi regazo a un gatito que ronroneaba reclamando atención y muchas veces la tristeza asomaba a sus ojos cuando yo me mantenía firme y frío ante sus bromas y sus risas. Hasta que un día, casi al borde de las lágrimas me hizo conocedor de su desilusión ante mi indiferencia, pues, según ella, veía en mí al hermano mayor que siempre quiso tener.


Jasper estudió con atención el rostro de Emmett, ensombrecido ante aquel recuerdo y, pudo adivinar, de que forma le afectó aquella declaración.


-Os juro por mi honor que jamás pensé en ella de otra forma, Su Alteza sólo me inspiraba un gran cariño y afecto fraternal -le aseguró con fervor, intentando ser convincente con palabras. Y no sólo le convenció, Jasper sintió como ese nudo en su pecho se desvanecía y el aire volvía a llenar sus pulmones.


-Decidí comportarme más afable, con ella, sin romper nunca los límites del respeto y ella parecía cada vez más feliz -recordó con una sonrisa de satisfacción.


-Además, debo reconocer que lo inusual de nuestra relación me ayudó en mi cometido -añadió Emmett.


-¿En qué sentido? -preguntó Jasper confuso.


-En estos dos años he alcanzado a comprender el carácter ingenuo y espontáneo de Su Alteza y, aunque no puedo adivinar sus reacciones, puedo intuirlas -le aclaró. -Además, el hecho de que confíe en mí hace que no cuestione mis recomendaciones o indicaciones. Es consciente de que cada una de ellas es por su bien y las sigue sin dudarlo -concluyó.


Jasper asintió, comprendiendo ahora a que se refería.


-Por eso, Majestad, tengo dos peticiones que haceros -anunció Emmett.


-¿Y cuáles serían? -instó Jasper.


-Ante todo, os ruego que no dudéis jamás de su inocencia, Majestad. Su Alteza es una joven dulce, bondadosa que no merece ningún tipo de desconfianza o recelo por vuestra parte -Emmett se tensó por la incertidumbre. No le importaba si reprobaba su actitud o no, pero no podía permitir que la princesa resultase dañada por su causa.


Jasper se sorprendió de nuevo ante tal muestra de lealtad para con su prometida y con que vehemencia defendía la honorabilidad de la joven.


-Te prometo que no la juzgaré -le aseguró, haciendo que Emmett liberara parte de su tensión. -¿Y cuál sería la segunda? -quiso saber.


-Que me permitáis seguir siendo su guardia personal -solicitó Emmett de modo firme. -Estoy seguro de que vuestra guardia desempeña sus funciones de forma infalible pero creo que, tomando como ventajas lo que os acabo de explicar, mi desempeño sería mucho más efectivo -le aclaró.


-¿Acaso crees que Su Alteza va a necesitar protección? -preguntó Jasper con cierta preocupación.


-Majestad, entiendo que sois consciente de que vuestra alianza matrimonial acarrea el lastre de ganar un enemigo -puntualizó Emmett.


Jasper asintió.


-¿Piensas que podrían tratar de atentar contra ella de nuevo? -supuso.


-No puedo asegurarlo, Majestad pero, como buen estratega que sois sabéis que el mejor ataque es una buena defensa -le recordó.


-Tienes razón -admitió Jasper, agradeciendo su cautela. Un escalofrío recorrió su espalda con la sola posibilidad del peligro cerca de Alice.


-Está bien -aceptó finalmente. -No puedo negar que me he sentido molesto hace unos momentos por el comportamiento de ambos, dadas las circunstancias, pero, después de escucharte puedo tratar de entenderlo -reconoció Jasper.


-Si creéis necesario que abandone vuestro Reino y vuelva a Asbath si así os convencéis de su honestidad me marcharé inmediatamente -insinuó Emmett


-Y eso te honra, pero no será necesario -le aseguró. -Puedes seguir a cargo de su protección y siéntete libre de darles nuevas pautas y directrices a mi guardia si con ello podemos prevenir cualquier tentativa por parte del Rey Laurent.


-Os lo agradezco enormemente, Majestad -declaró Emmett.


-No me cabe duda de que cumplirás con tu cometido de forma eficiente -le confirmó. -Además, imagino que mi decisión complacerá a la Princesa -admitió.


Esa afirmación tranquilizó a Emmett, ya no sólo por el hecho de que el rey se preocupara por la seguridad de su prometida si no porque también se preocupaba por su bienestar, casi se atrevía a decir que por su felicidad. Sí, pensó, Alice podría ser feliz allí.


-Estoy convencido de que se alegrará al saberlo -le confirmó. Una pequeña sonrisa asomó a los labios de Jasper, la primera desde que se había presentado ante él.


-Majestad, estoy a vuestras órdenes -se cuadró Emmett.


-Puedes retirarte -le indicó Jasper. Acto seguido Emmett se inclinó y se dispuso a abandonar la dependencia.


Jasper se quedó allí sentado, tratando de asimilar su conversación con el guardia de Alice. Ahora sabía que su malestar había sido innecesario, incluso cierta culpabilidad se hizo presente. Recordó la descripción que Emmett había hecho de su prometida. Sin que hubiera sido consciente al hacerlo, le había dado otro motivo para agradecer su decisión de querer convertirla en su esposa.



martes, 27 de abril de 2010

Nuestra Nueva Familia

Holaa mis niñaas!!

Lo prometido es deudaa aqui tienen el epilogoo, esperoo que les haya gustadoo el fic, les pidoo que dejeen sus comentarios niñaas que es nuestra motivacion para seguir subiendoo fics

besitoos:)

anitaa culleen!

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Cap.32.Epilogo: Eternamente.

ALICE POV

Un año después.

"¿Te gusta?" – me preguntó Jasper, abrazándome por la espalda e inclinado su rostro para reposarlo sobre el hueco de mi hombro izquierdo.

"Es… hermoso" – murmuré, aún sin despegar mi vista de la ventana, por la cual, desde el décimo piso del hotel, obtenía la vista más maravillosa de París – "parece un sueño"

"No es nada, si se compara contigo" – discutió con voz suave. Suspiré profundamente, abusando de la felicidad que se sentía en el aire que respiraba. Cerré mis ojos y dejé caer mi cabeza hacia atrás, recostándola sobre su pecho.

La obra con la que mi novio había ganado, hacía más de un año, aquel concurso de pinturas en la academia de arte al que asistía, se había vuelto la fascinación para un grupo de personas entendidas y manejadoras del tema, las cuales, semanas después de tal evento, lo contactaron para invitarle a una exposición que se llevaría a cabo en el salón Hoche Paris…

A pesar de que la invitación llegó con muchísimos meses de anticipación, sentimos que el tiempo se había pasado volando y, cuando menos lo pensamos, ahí estábamos ya, en las iluminadas calles de aquella ciudad, completamente solos. Nuestros hermanos pusieron pretextos y más pretextos para no acompañarnos. Y nuestros padres, aunque lo hubiesen deseado, simplemente no podían ya que una operación se programaba para esas fechas…

Debo admitir que estaba realmente feliz de poder haber realizado aquel viaje, solos. Y, por la actitud de Jasper, sabía que también a él le agradaba la idea.

"Debes estar cansada" – aventuró, negué con la cabeza, mintiéndole hasta cierto punto.

Realmente, el evento había sido demasiado extenuante pero, a la vez, muy hermoso y satisfactorio. Mi novio había recibido múltiples felicitaciones. Todo el mundo comentaba de lo talentoso que era, pese a su juventud, y es que la imagen de aquella muchacha, la cual tenía mis facciones, danzando en el bosque y bajo la luna llena, había cautivado a la mirada de las decenas de personas que se habían reunido en ese lugar tan recatado. Mis mejillas aún se sonrojaban al recordar el como se me acercaban, para poder saludar a la "modelo" de aquella magnifica pintura…

Perdí la cuenta de las veces en las que mi novio se negó, gentilmente, ante la propuesta de la negociación del cuadro.

"Lo siento, no esta en venta, solamente estoy aquí, aceptando la invitación de unos amigos" decía mi novio una y otra vez…

"El valor de ese cuadro es incalculable, no existe un precio monetario con el cual representar todo mi amor por ti" confesó cuando pose mi confundida mirada sobre él, al no entender el por qué de tan obstinada negación.

"Muchas gracias, Jazz" – le dije, mientras giraba mi cuerpo para encararlo.

"¿Gracias de qué?" – preguntó, frunciendo sus castañas cejas

"Por todo lo que me has dado" – contesté y, soltando sus manos, caminé hacia la pintura en donde me encontraba. Podía mirarla ciento de veces y seguiría sintiendo la misma oleada de fascinación y embelesamiento que me había embargado el día en que la vi por primera vez.

Pasé mis dedos sobre ella, y sonreí.

"En todo caso, el que tiene que agradecer soy yo" – murmuró, cerca de mi oído. Un estremecimiento recorrió mi cuerpo al sentir sus manos deslizarse alrededor de mi cintura – "todo lo que tengo, todo lo bueno que he hecho, ha sido gracias a que te conocí" – continuó hablando – "iluminaste mi vida en cuanto traspasaste la puerta de la casa y clavaste tus ojos en los míos"

Moví mi cuerpo para poder perderme en sus calidos ojos color miel. Levanté mi mano y rocé cada parte de su rostro pálido y angulado. Parecía imposible pero Jasper había cambiado, los rasgos infantiles de su cara habían sido reemplazados completamente por otros más firmes, volviéndolo aún más guapo de lo que ya era.

Me pregunté si también yo había tenido algún cambio y, sobre todo, si él lo había notado…

"Te quiero" – le confesé y, después, solo fui conciente de que sus labios habían capturado los míos.

Mi cuerpo otra vez se estremeció ante el tacto de sus firmes manos deslizándose por mi espalda. Su boca se movió más intensamente contra la mía, encendiendo una llama ardiente que se expandió por cada centímetro de mi piel. Mi mente se nubló por completo al sentir como su aliento llegaba hasta mi garganta, enrollé mis brazos en su cuello y mis dedos se enterraron en sus rubios cabellos.

Nos separamos lentamente, yo me encontraba temblando bajo sus manos, nos miramos a los ojos y, entre respiraciones agitadas, Jasper me tomó de la mano y me llevó lentamente hacia la cama que reposaba en el centro de aquella habitación, preguntándome silenciosamente, a cada paso que dábamos, si era eso lo que quería. Y yo, usando el mismo mutismo, le dije que no solo lo quería, si no que lo deseaba. Él entendió, claro que lo hizo.

Mi corazón comenzó a latir desbocadamente cuando me sentó sobre sus piernas y comenzó a besar mi cuello con labios dulces y gentiles, podía asegurar que mis mejillas estaban completamente rojas debido al pudor que me daba la situación y, sin embargo, la pasión había movido mis manos para que éstas lo despojaran del negro saco que aún portaba, para después continuar con su camisa color vino.

Pausadamente (casi con un poco de vacilación), Jasper fue bajando el cierre de mi vestido, y me fue recostando lentamente sobre la cama, en donde pude sentir la presión de su cuerpo sobre mí. Podía notar que él también se encontraba igual de nervioso que yo. Lo supe ya que pude apreciar el ligero temblor de sus dedos al deslizarse para recorrer mi piel desnuda y, sin embargo, pese a nuestra inexperiencia e ingenuidad, todo fue más que perfecto. Jamás imaginé que nuestra primera vez fuera a ser de una manera tan lenta y suave. Jamás pensé que disfrutaría con cada movimiento cuidadoso que él daba dentro de mí y jamás soñé experimentar tal placer en compañía de mi novio… Los dos aprendiendo, los dos enseñando, los dos siendo solamente uno, para siempre…

Y bien… ¿Qué más podía pedirle a la vida? Los límites de la felicidad para Jasper y para mí, no estaban marcados, y nunca lo estarían…

… Ahora estaba aquí, al lado de mis dos hermanas mayores, las tres vestidas de blanco, completamente nerviosas, pero sobre todo, sintiéndonos muy dichosas.

"Creo que voy a vomitar" – murmuró Rose mientras jugaba con sus propios dedos – "Creo que vomitaré" – volvió a repetir.

"Tranquila, Rose" – dijo Bella – "No hay por qué estar nerviosas…" –

"Bella, tu eres la menos indicada para dar ese tipo de consejos" – comenté al verla. Su lindo rostro estaba completamente distorsionado por la inquietud. No era por nada pero, al parecer, yo era la que más tranquila se encontraba.

El suelo estaba tapizado por pedazos de servilletas que las tres habíamos destrozados, inconcientemente, con nuestras manos.

"Hijas, ya es hora" – anunció Esme, entrando por la puerta y, cuando levantó la mirada para vernos, sus castaños ojos se le llenaron de lagrimas – "oh, mi niñas… ¡Que hermosas se ven!" – exclamó mientras estiraba sus brazos para abrazarnos – "las quiero mucho, hijas" -

"Nosotros también te queremos" – dijimos al unísono, con la voz cortada debido al llanto que se aproximaba. Nos miró detenidamente, una a una, y después, se acercó para besarnos las mejillas y acariciarnos el rostro, de esa forma tan amorosa que solamente ella poseía.

"Vamos, los novios esperan" – informó, regalándonos una mirada alentadora, antes de salir.

Bella, Rose y yo, nos miramos, una a la otra. Era absurdo sentir esa clase de nerviosismo, ¿Cuál era el problema? ¡Nos íbamos a casar con los hombres de nuestra vida! Los cuales ya nos estaban debajo del altar, esperándonos...

"Es hora" – repitió Bella, sustituyendo la intranquilidad de su rostro con una sonrisa y caminó hacia la salida. Nosotras la imitamos. Rose se adelantó, ella sería la primera en entrar, yo era la última y Bella, por consiguiente, la segunda.

Supongo que a mis hermanas les pasó lo mismo que a mí en cuanto vieron a sus respectivos novios parados al otro extremo de la iglesia. Estoy segura que también ellas se sintieron más que bien al sumergirse, a distancia, en sus pupilas, sintiendo como un hormigueó recorría sus estómagos y entorpecía sus pasos. También podría afirmar que, al igual que yo, también ellas tuvieron que concentrarse para no correr y acotar, lo más rápido posible, el espacio del pasillo que las separaba de aquellos anhelantes brazos…

… Cuando las tres estuvimos ya al lado de nuestros novios, la ceremonia comenzó. Fue sencilla, fue perfecta. Las tres parejas dijimos nuestros botos en distintos tiempos. Las tres parejas nos sumergimos y no envolvimos en nuestra burbuja en el momento del juramento, existiendo solo Bella y Edward; Rose y Emmett; Jasper y yo, en la iglesia…

"Los declaro marido y mujer, los novios pueden besar a la novia"

"Te amo" – susurramos todos al mismo tiempo y, en un movimiento sincronizado, los seis juntamos nuestros labios con nuestras respectivas almas gemelas.


EDWARD POV

Dos años después de la boda.

"¡¡Emett!!"

"¡¡Edward!!"

"¡¡Emmett!!"

"¡¡Edward!!"

Mi hermano y yo llegamos corriendo a la sala, de donde provenían los gritos de nuestras esposas, las cuales estaban tiradas sobre el sofá, agarrándose la panza mientras respiraban profundamente.

"Ya viene, Edward… ¡Ya viene!" – anunció Bella en medio del dolor – "Creo que también Rose va a dar a luz"

Vi a mi rubia cuñada y lo dicho por Bella era más que cierto. Giré mi rostro para ver a mi hermano, estaba completamente paralizado, parecía que la respiración se le había extinguido por completo, casi podía jurar que estaba morado.

"Emmett, necesito tu ayuda" – dije mientras caminaba hacia mi esposa y le tentaba el estomago – "Bella, ¿cómo te sientes?" – pregunté

"¿Cómo quieres que me sienta?" – soltó en medio de pujidos… bueno, debo admitir que tenía razón y mi pregunta había sido estupida, no era el primer parto que atendía y, sin embargo, me encontraba muy nervioso. Seguramente se debía a que esta vez era mi bebe el que venía en camino.

"¡Ahh!" –

El grito de Rose empeoró las cosas. Dejé a Bella para examinar a su hermana

"¡Emmett, llama a Jasper y a Alice, toma las maletas y prepara el carro!" – ordené, más no obtuve respuesta alguna – "¿Emmett?" – volví a llamar y…

¡PLOP!

En medio de los quejidos, Rose bufó y puso los ojos en blanco. Sabía lo que le pasaba por lo cabeza, ya que, apostaba lo que fuera, a que era lo mismo que pasaba por la mía…Genial. Lo que me faltaba (o más bien, lo que nos faltaba)… ¿Era justamente necesario el que Emett de desmayara exactamente en ese instante, cuando más se le necesitaba?

Edward, tranquilo, ¡tranquilo!, piensa bien lo que tienes que hacer… Me repetía una y otra vez tras verme solo en esta situación.

"Ok, Rose, Bella" – llamé, tratando de calmarlas, más mi voz denotaba el mismo nerviosismo que ellas – "tranquilas, llamaré a Jasper y a Alice y…"

"Edward, cariño" – interrumpió mi esposa con…. ¿frustración? – "no nos cuentes tus planes, solo… ¡Hazlo!" - soltó con un gemido y torciendo todo el rostro por la contracción que se había presentado.

"¡Ok, ok!" – dije y, a pesar de que sabía que tenía que sacar mi celular de mi bolsillo, aquella actividad me tomó más tiempo del necesario. Hice la llamada, y Jasper me aseguró que dentro de pocos minutos estarían en la casa. En cuanto terminó la llamada, me apresuré a correr hacia el carro y preparar los asientos.

¿Tenía que ser necesario que mi bebe y mi sobrino hayan querido nacer al mismo tiempo?... volví a correr de vuelta hacia la sala y, valorando que Rose era la que más contracciones estaba teniendo, la tomé primero entre mis brazos

"Edward…" – chilló la muchacha

"Tranquila, Rose…" – comencé a decir, pero ella me interrumpió, agitando su cabeza de derecha a izquierda, indicándome, con ese gesto, que no era eso lo que quería dar a entender. Esperé a que me dijera lo que quería

"¿Podrías…?" – un gemido de dolor interrumpió lo que iba a decir – "¿Serías tan amable de despertar a Emmett?" – propuso un poco alterada…

Oh. Había olvidado que mi hermano aún estaba inconciente, tendido sobre el suelo

"Si, Rose, en seguida lo despierto" – prometí mientras la llevaba al carro. La deposité con cuidado y, regresé rápidamente hacia donde Bella estaba. Casi tropiezo con el cuerpo de mi desfallecido hermano

"Bella, amor, ¿podrías esperar un momento en lo que hago que Emmett reaccione?" – inquirí mientras le tomaba de las manos

"S… si" – soltó mi mujer – "solo… date prisa, por favor"

"Si, amor" – prometí – "recuerda el cómo debes respirar…" – recomendé y ella asintió de manera frenética y comenzó a exhalar ruidosamente mientras yo buscaba en mi maletín un frasco de alcohol con algodón.

Como era de suponerse, Emmett no reaccionaba con nada, así que opté por la violencia, y agradecí que el par de bofetadas dadas sobre su rostro ayudaran.

"¿Qué…?... Qué pasa?" – preguntó en cuanto abrió los ojos y, olvidándome de contemplaciones, dejé de sostener su cuerpo y me erguí rápidamente para llevar a Bella al carro.

"Déjame decirte que este no era el mejor momento para que te desmayaras" – refunfuñé mientras levantaba a Bella entre mis brazos – "¡Tu esposa está en el carro, hay que darnos prisa!" – informé mientras caminaba.

Alice y Jasper hicieron acto de presencia antes de que Emmett arrancara el automóvil. Manejamos rápidamente hacia el hospital en donde nuestros padres y yo trabajábamos. Ambos movieron rápidamente al personal para agilizar dos salas de quirófanos. Me arreglé rápidamente para atender el parto de mi esposa, Carlisle haría lo mismo con Rose.

"Bella, amor, todo saldrá bien" – prometí mientras me acercaba a ella, ya con mi bata y el cubre boca puestos. Sus castaños ojos se clavaron en los míos y pude leer la confianza que en mí tenía. Pase una mano por sus cabellos, empapados por el sudo y me acerqué para depositarle un beso sobre su frente, antes de empezar con la tarea.

El parto no fue complicado, pero si demasiado laborioso.

"Un poco más fuerte, amor" – decía una y otra vez mientras Bella gemía y gemía cada vez más – "Falta poco, Bella, falta poco" – dije con emoción en cuanto vi y tuve la cabecita de mi bebe entre mis manos…

El último gritó de mi esposa trajo consigo lo más maravilloso que el cielo me pudo haber dado. No pude reprimir el pequeño par de lágrimas, que se escaparon de mis ojos, al tener entre mis manos aquel diminuto y calido cuerpecito ensangrentado, el cual también lloraba.

"Renesme" – murmuré y caminé hacia Bella para que la viera.

Las lágrimas también se derramaron de los ojos de mi esposa, que, pese al cansancio, sonrió extensamente con una luz infinita en sus pupilas

"Es hermosa" – señaló mientras pasaba una de sus débiles manos por el cabello cobrizo y ondulado de nuestra hija y depositaba un beso sobre ella.


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"¡Edward!" – exclamó Bella mientras caminaba detrás de mí y yo la evadía – "¡Dame a mi hija!" – ordenó

"No" – dije mientras acunaba a Nessie entre mis brazos – "ella quiere estar conmigo" – aseguré mientras le hacía mimos y pasaba suavemente una de las yemas de mis dedos para rozar su tierna carita

"Edward, tiene que comer" – recordó mi esposa y, suspirando resignadamente, dejé que me la arrebataran de los brazos – "eres un exagerado" – murmuró mientras me veía de manera divertida.

Incliné mi cuerpo para darle un beso sobre sus labios y después, caminé junto a ella hacia el sofá, en donde observé como mi hija tomaba su biberón con gran apetito. Habían pasado ya seis meses desde su nacimiento y aún me resultaba fascinante el verlas juntas, supongo que jamás me cansaría de eso, lo viera las veces que fueran. Con un suspiró de satisfacción, llevé mis manos hacia el rostro de mi esposa y después hacia el rostro de mi Rennesme, la cual, aún con el chupón dentro de su boquita, me sonrió.

"Creo que le agradas" – comentó Bella, mientras giraba su rostro para verme

"Me ama, tanto como yo a ella" – dije con una sonrisa

"¿Ah si?" – inquirió – "¿Cómo puedes estar tan seguro?" – retó juguetonamente.

"Bueno pues… tiene tus mismos ojos" – respondí – "y me mira con el mismo brillo con el que tu lo estas haciendo ahora mismo… al menos que este equivocado y ya no me ames, y la interpretación que le doy a tu mirada sea equivoca" – agregué.

Mi esposa me miró fijamente durante unos cuantos segundos y, después, me sonrió, sin discutir sobre el asunto. Cuando Nessie terminó de beber toda su leche, la llevamos hacia su recamara. Bella la acomodó con delicadeza, para no despertarla y, cuando salimos de aquella habitación, se posicionó frente a mí y enrolló sus brazos alrededor de mi cuello.

"¿Sabes, Edward Cullen?" – me preguntó

"¿Qué?" – cuestioné, siguiéndole el juego. Empujó mi cuerpo hasta que éste topo con la pared y, clavó sus ojos en los míos

"Te quiero como una imbecil" – susurró – "Ya te lo he dicho antes, pero parece que te lo tengo que decir mil veces para que lo entiendas" – sonreí abiertamente al escuchar aquellas palabras, las mismas que yo le había dicho hacía ya varios años.

"Te quiero" – confesé mientras juntaba mi boca con la suya

"Lo sé..." – dijo también ella, musitando contra mis labios.

El timbre rompió nuestro momento. Se nos había olvidado que teníamos visitas. Caminamos hacia la puerta, tomados de las manos y, al abrirla, nos encontramos con nuestros hermanos.

"Hola" – saludaron al unísono mientras pasaban.

Jasper caminaba, con los brazos en la cintura de Alice, la cual ya daba a mostrar los cuatro meses de embarazo que tenía.

"Emmett, ¿por qué no dejas a Jonathan y a Vanesa en el cuarto de Nessie?" – propuse al ver a mi hermano entrar con los gemelos dormidos entre sus brazos.

"Gracias" – dijo Rose mientras tomaba entre sus brazos a Jonathan y ambos se encaminaban hacia la habitación de mi hija.

Los bebes de nuestros hermanos mayores, quienes eran dueños de una red de gimnasios y spas, eran idénticamente hermosos. Sus redondos rostros eran pálidos y estaban adornados con mejillas sonrojadas, en las cuales, al reír, aparecían chistosísimos hoyuelos. La única diferencia que los distinguía era que el castaño cabello de Vanesa era ondulado, como el de mi hermano, y el de Jonathan, era rubio, lacio y sedoso, como el de Rose… también, si se prestaba atención, el azul de los ojos de Vane resultaba un poco más oscuro...

"Carlisle y Esme me hablaron esta mañana" – comentó Alice – "les mandan saludos"

Nuestros padres, por su parte, se encontraban de viaje, disfrutando de una segunda luna de miel… y bueno, doña Choni y don Pancho se habían tomado unas merecidas vacaciones y regresarían en un par de meses…

La cena transcurrió de manera amena, como siempre solía pasar cada fin de semana, en los cuales todos nos reuníamos. Vi con dicha como, con el paso del tiempo, la felicidad solamente se expandía más y más para cada uno de nosotros. Parecía imposible, pero era cierto. Alice y Jasper tuvieron una linda niña, de cabello negro y ojos color miel, a la cual decidieron llamarle Nathaly…

… Y yo, yo solamente puedo dar gracias a la vida por haber puesto en mi camino a cada una de las personas que me rodearon desde el principio hasta el final…

BELLA POV

"¡Edward, ten cuidado, te puedes caer!" – gritaba Nessie mientras corría detrás de nuestro pequeño nieto, que no paraba de ir y venir por todo el jardín.

Mientras, en silencio, Edward y yo contemplábamos fascinados la escena, tomados de la mano. ¿En qué momento el tiempo había pasado de manera tan rápida? ¿En qué momento nuestra hija había crecido y nos había bendecido con la llegada de nuestro primer nieto? Aquel pequeño niño, que reía con voz cantarina, era la perfecta reencarnación del hombre que se encontraba a mi lado. Giré mi cabeza para verlo. Las canas, que comenzaban a reemplazar aquel cabello cobrizo, y las pequeñas arrugas que se asomaban ya a su pálida piel, no contrarrestaban la hermosura de su rostro, para mis ojos. Treinta años habían pasado desde nuestra boda, cerca de treinta y cinco calendarios habían pasado desde que nos habíamos visto por primera vez y…

… cuánto lo seguía amando.

Él también volvió el rostro para verme. El tiempo no había afectado en lo absoluto el brillo y la lava ardiente de sus verdes pupilas, tampoco había borrado el encanto y lo hipnotizante que resultaba aquella sonrisa de lado que me dedicaba cada vez que nuestras miradas se encontraban y, mucho menos, habían disipado la dulce miel de sus labios.

Nuestra hija se fue a las pocas horas, prometiendo visitarnos en pocos días y, en cuanto estuvimos solos, mi esposo y yo nos encaminamos hacia la sala. Sin decir palabra alguna, Edward me jaló de la mano y me guió hacia el piano, en donde me senté a su lado y cerré mis ojos para escuchar la canción que hacía ya tantos años me había compuesto. Recargué mi cabeza sobre su pecho cuando la música cesó, sentí como sus manos se pasearon por mis cabellos canos y suspiré, disfrutando de su perfume inmortal.

"¿En qué piensas?" – quiso saber con aquella voz tan suave y varonil, la cual los años tampoco habían debilitado.

"En que no me había fijado que el tiempo ha pasado demasiado rápido" – contesté.

"Yo tampoco, lo acabo de descubrir hoy" – admitió y sentí como su pecho temblaba por la risita que de sus labios se estaba escapando – "Bella" – llamó cuando el humor pasó – "¿Eres feliz?"

Fruncí el ceño ante tal pregunta, pero dudo que él lo haya visto, puesto que mi rostro aún seguía hundido sobre su pecho… ¿Qué pregunta era esa? ¿Acaso no era notorio que estaba completamente invadida por la plenitud?...

"Claro que soy feliz" – contesté mientras me separaba para mirarle fijamente – "¿Acaso tu no?" – pregunté, un poco temerosa. Él volvió a reír, esa vez, con más fuerza

"¿Feliz?" – repitió la palabra mientras entrecerraba sus ojos – "No" – dijo al fin, tras pensar varios segundos – "No soy feliz" – y, antes de que el corazón se me congelara, agregó, tomando mi rostro entre sus manos – "Felicidad es solamente una palabra, la cual no me ayuda a describir todo lo que siento…" – suspiró, y sentí su fresco y dulce aliento rozar mis parpados – "no existe un término el cual englobe toda la dicha, todo el amor, toda la prosperidad y toda la plenitud que siento de tenerte a mi lado, Bella, y dudo mucho que haya llegado ya a un limite" – añadió – "sé que todavía me faltan muchos más años y muchas más vidas a tu lado…"

"¿Cuántas veces te he dicho que te amo?" – cuestioné mientras pasaba mis dedos por su rostro, hasta llegar a sus cabellos

"No las suficientes" – respondió con una sonrisa y después, tomó mi mano entre las suyas, las cuales se mantuvieron unidas, hasta el ultimo de nuestros segundos juntos.

FIN

lunes, 26 de abril de 2010

Mi Corazon En Tus Manos

Hello mis angeles hermosos !!
Aqui estoy una vez mas con ustedes y como las quiero mucho y es lunes inicio de semana les tengo un estreno. para  mi es un gran honor traerles esta hermosa historia de amor , si bien es diferente a lo q estamos acostumbradas a leer , es buenisima y muy hermosa a mi en lo personal me mantuvo muchas horas sentada frente a mi compu leyendo con emocion cada cap  .
Asi que no les hecho mas rollo , solo me queda darle las gracias a esta maravillosa escritora de fics
RIONNA muchas gracias por permitirme compartir con mis angeles esta tu hermosa historia de amor
**Nota :la historia no me pertenece yo solo tengo permiso de publicacion  solo para este sitio .
el nombre de la dueña del fic es Rionna 25.**

Por fiss mis angeles dejen sus comentarios al final . mil besitos
Angel of the dark
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CAPITULO 1



Érase una vez… así se supone que empiezan los cuentos de hadas ¿no? Sin embargo, para Alice, mejor dicho, para la Princesa Alice, su vida hacía unos días que había dejado de ser una fábula para convertirse en una pesadilla. Desde la ventana de su habitación veía como las nubes viajaban por el firmamento, hacia un destino desconocido, llevándose consigo sus sueños y fantasías. A lo lejos, asomaban nubarrones negros amenazando tormenta, por lo menos, el cielo lloraría con ella, acompañándola en su tristeza. No sólo debía sobrellevar la pena de la muerte de su padre, el Rey, sino que debía aceptar que, al saberse enfermo, hubiese jugado su última baza en un intento de mantener en pié su Reino, sin tomar en cuenta que esa última carta era la vida de su propia hija, su destino.


Hacía tiempo que el Reino de Ádamon amenazaba con iniciar una guerra para invadir sus tierras, así que, una buena solución era una alianza con el poderoso Reino de Los Lagos, el reino del Rey Jasper, su futuro marido. Una alianza con el reino vecino, basada en lazos matrimoniales e imposible de quebrantar, decidió su padre. A pesar de su juventud, el Rey Jasper tenía fama de buen gobernante, un hombre generoso y carismático al que no le faltaba valentía. Era mil veces preferible dejar el reino en sus manos a que cayera en las garras del Rey Laurent, famoso por sus excesos y por no ser precisamente un hombre justo y de buenas acciones. Además debía pensar en el futuro de su pequeña Alice, con esa alegría y esas ganas de vivir que contagiaban a cualquiera a 5 kilómetros a la redonda, pero tan ingenua e inocente a veces. De esa forma, pensó, tenía su futuro asegurado, dejándola al cuidado del que le parecía un buen hombre, y, con esa prioridad en su mente, se apresuró a presentarse ante él, esperando a que aceptase su propuesta. El joven Rey, además de todas esas virtudes con las que lo describían, era sobradamente inteligente y sensato, así que no tardó en comprender las ventajas de la alianza y aceptó su proposición, llenando al viejo Rey de alivio y felicidad. Sin embargo, ésta le duró bien poco, pues su viaje agravó su afección, por lo que, desde el que sería ya su lecho de muerte tuvo que informar a su dulce hija de la decisión que había tomado, porque él la había tomado por su propia cuenta, sin ni nombrárselo siquiera.


Alice se encontró de repente con la noticia de que su padre estaba gravemente enfermo y además, debía unirse en matrimonio lo antes posible con el Rey Jasper, un auténtico desconocido, a pesar de ser vecinos, y con la total incertidumbre de que iba a ser a partir de entonces su vida. Quizás porque su padre no era tan viejo y aún podía encontrar esposa que le diera heredero, nunca había forzado a Alice a pensar en el matrimonio, así que su corazón era libre para soñar y deleitarse en la ilusión del primer romance o de imaginar su primer beso, el despertar de ese sentimiento tan bello llamado Amor y que parecía ser que para ella estaba vetado. Hacía pocos días que su padre había fallecido, llevándose con él esos sueños e ilusiones que ya no cabían en su corazón y dejando paso a esos nubarrones que amenazaban con descargar su tristeza sobre ella en cualquier momento. Una pequeña lágrima ya recorría su mejilla como presagio de lo que se avecinaba.


-Alice, ¿ya has terminado el equipaje? –La voz de su prima Bella tras de sí la sobresaltó, pero decidió no voltear a mirarla, su mirada seguía fija en ese cielo ya encapotado, no quería que la viera llorar, otra vez.


-Va a haber tormenta –dijo Alice, a modo de respuesta, no sabiendo bien si se refería a la que venía acercándose por el Oeste o a la se abría paso en su corazón.


-Espero que sea pasajera, no me gustaría iniciar el viaje de mañana bajo la lluvia –se quejó Bella mientras se acercaba a la ventana a comprobar por ella misma el desesperanzador panorama que se presentaba acompañando a esas oscuras nubes.


-Hay tormentas que son perpetuas –respondió Alice.


-Nada dura eternamente, Alice –le rebatió su prima, posando su mano sobre su hombro como un gesto alentador. –Además –prosiguió –detrás de la tormenta siempre viene la calma.


Alice no respondió, sabía como seguiría la conversación, quizá evadiendo la respuesta, la evitaría, pero no iba a ser fácil.


-Debes sobreponerte, prima. –parecía más un ruego que una petición.


Alice inhaló lentamente, preparándose para, otra vez, escuchar el discurso con el que Bella, con la mejor de las intenciones, trataba de levantarle el ánimo, a veces, con planteamientos incluso absurdos, simplemente con el propósito de, al menos hacerle sonreír. Nunca lo conseguía, seguramente esta vez no sería diferente.


-Piensa en que vas a ser Reina –continuó Bella. Esa afirmación tomó por sorpresa a Alice ¿a dónde quería llegar con eso?


-Sabes que nunca me han importado los lujos, que me gusten los vestidos bonitos y el que sea para mí una debilidad el combinarlos correctamente con nuestros aderezos no significa que sea una frívola –respondió Alice levantando el tono de su voz y dirigiendo su mirada a su prima por primera vez desde que entrase a su habitación, no era posible que su prima creyera eso de ella.


-Sabes que nunca pensaría eso de ti, jamás podría llamarte frívola siendo tan generosa, desinteresada y de buen corazón como lo eres tú –se defendió Bella.


-Entonces no entiendo a que te refieres –contestó calmando de nuevo el tono de su voz y tornando sus ojos de nuevo al oscurecido cielo.


-Me refiero a que está claro que tu vida va a cambiar por completo. Sé que te aguarda un futuro incierto al lado de un hombre al que no conoces, al que no amas y que tampoco te ama a ti. Sé que es una realidad dura pero no te queda más que esperar y… ver que pasa. Sin embargo, Alice, de lo que sí estamos seguras es de que muy pronto te convertirás en Reina y eso conlleva una gran responsabilidad. Vas a tener que esforzarte para llevar a cabo una ardua labor y has de realizarla la mejor posible por el bien del pueblo. Por eso debes sobreponerte y cumplir con tu deber y reinar al lado de tu esposo de una manera justa y benevolente, como debe ser. Quien sabe, Alice, quizás tus esperanzas no están del todo perdidas. Todo el mundo que conoce al Rey Jasper lo describe como un buen hombre, honrado a pesar de su condición y su reino es cada vez más próspero debido a su buena estrategia como gobernante. No se le conoce ningún tipo de escándalo o falta por la que deba ser tomado en mala consideración, además de que dicen las malas lenguas que es muy apuesto –concluyó Bella con una sonrisa traviesa.


-Bella, por favor –le reprendió Alice con un mohín.


-Vamos, Alice –le cortó su prima –sólo digo que le des tiempo al tiempo, el amor de repente nos puede ofrecer caminos insospechados que recorrer. Además, por todos es sabido que, en ocasiones, los matrimonios concertados dan gratas sorpresas –afirmó Bella esta vez con una leve risita.


-Tú puedes decir eso porque no te vas a casar con un desconocido, te vas a casar enamorada y con alguien que te corresponde, porque, estoy segura de que el día menos pensado el Príncipe Jacob le pide tu mano a tu padre –le reclamó Alice.


-Yo no estoy enamorada del Príncipe Jacob –le rectificó ella.


-Pero él si lo está de ti y no me puedes negar que te gusta ¿verdad? –la miró de frente de nuevo con ojos inquisidores.


-Es de ti y no de mí de quien hablamos –se defendió ella. -No puedes cerrarte en banda y darlo todo por perdido así de entrada. ¡Por el amor de Dios, Alice, ni siquiera lo conoces! Al menos date la oportunidad de conocerlo y de que él te conozca a ti. Y deja ya a un lado ese prejuicio al que te estás aferrando y que, desde luego, no es propio de ti porque lo más probable es que te equivoques y, conociéndote, sé que lo lamentarás.


Alice no le contestó, se limitó perder de nuevo su mirada en el horizonte. Bella sabía que, así, daba por finalizada la conversación, aunque esperaba que al menos considerara sus palabras.


-Voy a hablar con Emmett, quiero ver si está todo listo para partir mañana –le informó Bella rompiendo el silencio que había surgido entre las dos, antes de retirarse. Se le hacían raros e incómodos esos silencios entre ellas. Si algo caracterizaba a Alice no era precisamente el que ella fuera una muchacha callada y tranquila, al contrario, era un torbellino de alegría que arrollaba toda la tristeza a su paso. Así había sido, hasta entonces, pensó con tristeza.


Nada más salir de los aposentos de su prima se encontró con Emmett, por supuesto, en su lugar, fiel y dispuesto, siempre al servicio de Alice. A pesar de ser unos pocos años mayor que ellas, su aspecto fuerte y fornido le hacía parecer mucho mayor. Sin embargo, su aspecto duro no correspondía en absoluto con su personalidad pues era un muchacho entrañable y de buen carácter. Siempre se mostraba afable y educado con todos, pero además, muy sobreprotector en lo que respectaba a Alice; más allá de su deber para con ella, estaba el gran cariño que le tenía, bueno, en realidad, que se tenían porque, si bien era cierto que el status y las normas dejaban unos límites claramente establecidos en la relación entre un noble y su guardia personal, el carácter despreocupado de Alice pasaba por encima de todo eso y pronto pasó a considerar a Emmett como el hermano mayor que nunca tuvo. Para Emmett por su parte, fue difícil el evitar ser conquistado por la simpatía y el entusiasmo de la pequeña Alice, a la que quería como si fuera una hermana, por supuesto, sin faltarle jamás el respeto o a su confianza.


-Emmett –le llamó mientras se acercaba a él.


-Dígame, Princesa –contestó cuadrándose ante ella a modo de saludo.


-Sólo quería saber si está todo listo para partir mañana –preguntó.


-Está todo preparado, Alteza, a falta, únicamente de su equipaje y el de la Princesa Alice. Saldremos al alba –le informó él.


-De acuerdo, voy a terminar de hacer mi equipaje. En cuanto al de la Princesa, por favor, llama a sus camareras para que vengan a ayudarme. Yo misma me encargaré de preparárselo.


-Con todos mis respetos, Alteza, es una suerte que estéis en estos momentos al lado de la Princesa –le dijo Emmett con agradecimiento.


-Es lo menos que podía hacer por mi querida prima –le respondió. –Sólo espero que este arrebato de pena y melancolía se le pase pronto.


-Todos en el castillo echamos de menos su risa y sus cantos –le confesó él con tristeza.


Bella no pudo menos que sonreír ante eso. Alice se ganaba el corazón de cualquiera con una de sus sonrisas. Esperaba que en su nuevo hogar todos llegasen a quererla del mismo modo, no podía ser de otra manera.


-Cumpliré sus órdenes inmediatamente –dijo Emmett, recuperando de nuevo la compostura.


-Gracias, Emmett –concluyó ella, para dirigirse hacia sus aposentos, mientras recordaba la conversación que acababa de tener con su prima. Sabía que en cierto modo Alice tenía razón, ella no estaba en la mejor situación para dar ese tipo de consejos. Era muy poco probable que tuviera que enfrentarse a un matrimonio con un desconocido porque, aunque nunca se había hecho oficial su compromiso con el Príncipe Jacob, su padre, el Rey William, y el padre de Bella, el Rey Charles, eran grandes amigos y prácticamente daban por sentado el matrimonio entre sus hijos.


A Bella no le desagradaba la idea, aunque no creía estar enamorada de él, o, por lo menos, lo que sentía no era lo que expresaban sus libros cuando hablaban del amor. Pero tenía que reconocer que le gustaba, le agradaba su compañía, era un muchacho amable y divertido y siempre fue muy respetuoso con ella. Quizá no le amaba pero creía que podría ser feliz junto a él y aprender a quererlo con el tiempo.


Desde luego su situación era preferible a la de su prima ahora mismo, pero seguía convencida de que Alice estaba llevándolo al extremo. Ella tampoco conocía al Rey Jasper pero toda la nobleza a la que conocía hablaba muy bien de él. Todos coincidían en que era un rey de carácter serio y fuerte, con carisma y valentía, pero además era un hombre culto y de buen corazón. No eran en absoluto malas cualidades para un rey y menos para un hombre. Quizás su corazón de rey estaba endurecido por el difícil rol que supone gobernar, un rey no puede mostrar debilidad pero, quizás, su corazón de hombre sería más fácil de conquistar por un alma tan pura como la de Alice. Pero para ello, debía dejar de lado ese halo de tristeza que la envolvía y abrirle su corazón. Quien sabe, quizás él lo consiga y esta niña tan tozuda vuelva a sonreír –pensó mientras entraba a su habitación para terminar de preparar sus cosas.


Lo que ella no sabía era que en ese preciso momento alguien más se preocupaba por el futuro de la joven pareja. Al otro lado de las montañas, al pie de un precioso lago se erigía un hermoso castillo, donde, en la torre más alta, un joven muchacho miraba con asombro y una pizca de diversión como otro joven caminaba nerviosamente por la habitación, una y otra vez, siempre siguiendo la misma pauta, con sus manos en la espalda y sin levantar la mirada del suelo, como si con esa danza frenética pudiera encontrar ese bálsamo que calmase su agitado estado de ánimo.


-Primo, vas a desgastar las baldosas como sigas así –dijo el muchacho reprimiendo la risa que luchaba por salir de su garganta –y no creo que dibujar un surco en el suelo te ayude.


-Edward, tú tampoco me estás ayudando en nada –le reclamó secamente el otro joven, cesando su deambular para mirarlo de frente con el ceño fruncido por la inquietud. De repente, su mirada se llenó de remordimiento –lo siento mucho, Edward, estoy un poco tenso –se disculpó mientras se pasaba la mano por su ondulado cabello rubio.


-¿Un poco tenso? –contestó dejando escapar la risa que por fin se abría paso. –Jasper, jamás te había visto tan angustiado como esta noche, ni siquiera antes de la peor de las batallas. ¿Dónde están la calma y el temple que siempre te acompañan? Tú siempre te muestras tan sosegado, con nervios de acero. De verdad primo, perdóname, pero no creí que llegaría el día en el que algo te sacara de tus casillas de esta forma, es que no te reconozco –dijo riéndose de nuevo.


-Y por lo visto también te parezco divertido –exclamó con una mueca mientras se cruzaba de brazos.


-Discúlpame –le pidió con tono más serio esta vez. Era verdad que, hasta cierto punto, era sorprendente y hasta gracioso ver Jasper en tal estado de ansiedad pero, el trasfondo era que, en realidad, su primo necesitaba su apoyo. –Me puedo hacer vagamente una idea de que es lo que te preocupa pero, no acabo de comprender cual es el motivo de tal desasosiego.


Jasper respiró hondo en un intento de calmar un poco sus descontrolados nervios y caminó hacia el ventanal para sentarse en el alféizar, era estúpido guardar las formas ante su propio primo.


-Cuando el Rey Alexandre vino a proponerme la alianza entre nuestros reinos -comenzó Jasper -inmediatamente vi grandes ventajas, difíciles de obviar como para no aceptarla. Es un gran Reino, puede que no tan próspero como éste y con algunos problemas internos de mal manejo de impuestos y de influencias, pero nada que un gobierno duro y firme no pueda solucionar. A pesar de ganarnos un enemigo como el Rey Laurent, tiene un gran ejército que unido al nuestro nos haría casi invencibles en cualquier enfrentamiento. Sin lugar a dudas era un trato ventajoso al que nadie medianamente inteligente se negaría. Mi única parte del trato a cumplir era tomar a su hija en matrimonio.


En vista de que Jasper no continuaba su discurso, Edward comprendió que en ese último aspecto era donde residía el mayor problema. Ya que había empezado a hablar, iba a llegar al fondo del asunto en ese mismo momento, aunque tuviera que sonsacarle la información a modo de interrogatorio.


-¿Tu problema es el matrimonio? –le preguntó finalmente.


-No, mi problema es "este" matrimonio –le indicó. Edward dejó entrever la confusión en su rostro. –Sabes que nunca he tenido interés ni por el romance, ni por perseguir mujeres y mucho menos por conseguir esposa –continuó. –Consideraba que siendo tan joven aún quedaba mucho tiempo como para planteármelo siquiera. En el poco tiempo que llevo reinando sólo me he preocupado por volver a componer este reino que, por desgracia, mi padre había dejado tan maltrecho, en un estado deplorable. Todos mis esfuerzos se han basado en intentar gobernar con severidad, pero con benevolencia y justicia, no dejando ninguna de mis acciones al azar, siempre siguiendo un plan establecido, unas pautas, una estrategia. Sabes que siempre me ha gustado controlar la situación con todas sus posibilidades, sin dejar nada por estudiar o considerar.


-No entiendo a donde quieres llegar, Jasper –le interrumpió su primo.


-Ese es el problema, Edward –exclamó mientras bajaba del alféizar para volver de nuevo a su peregrinaje sin destino a lo largo de su habitación. La confusión de Edward se hizo mayor si cabe. –No sé a donde voy a llegar con este matrimonio, que es lo que me espera, que me deparará el futuro. Siento que, de repente, no sé como debo actuar, que debo hacer para que esto funcione. Esto no es una batalla con soldados y órdenes que dar para ganar una guerra. Sólo somos dos completos desconocidos que, de una día para otro se van a convertir en marido y mujer y con el hecho de gobernar nuestros reinos como único punto en común.


-Eso no lo puedes saber porque, como bien has dicho, aún no la conoces –le corrigió Edward –Aunque yo tampoco conozco a la Princesa Alice –prosiguió –he oído decir que es una joven virtuosa, muy generosa y de buen corazón. Además tengo entendido que es muchacha muy hermosa y que su belleza sólo queda igualada por su alegría y encanto.


-Eso es lo que más me preocupa –reconoció más para él que para su primo. Esa confesión tomó por sorpresa a Edward. No consideraba a Jasper superficial en absoluto así que no entendía su afirmación.


-¿Crees que no te va a gustar? –se atrevió finalmente a preguntar.


Jasper se limitó a devolverle una mueca de desacuerdo.


-¿Entonces? -inquirió Edward.


-Le temo más a que yo no le guste a ella –aceptó muy a su pesar, arrepintiéndose inmediatamente de haberlo dicho en voz alta, quizás su primo lo tomara como otra buena excusa para mofarse de él un poco más. Sin embargo, fue todo lo contrario.


Quizás nunca se lo había dicho, pero Edward admiraba profundamente a su primo, por muchísimas razones. El hacerse cargo de un país cuyo estado era lamentable con tan sólo quince años era digno de admirar. Además no había conocido a un estratega mejor que él, ni que decir tenía de su carisma y don de gentes y de su forma de gobernar. Había llevado a su pueblo y al reino de nuevo al máximo esplendor y por ello lo aclamaban. A todo eso había que añadirle que era un hombre honrado y de buenos sentimientos, y en ese mismo momento le estaba dando la mayor de las pruebas. Se preocupaba más por el bienestar de una muchacha, a la que ni siquiera conocía, que por el suyo propio.


-Primo, yo no entiendo de hombres, pero no te ves nada mal –bromeó Edward tratando de poner una nota de humor al cariz tan serio que estaba tomando la conversación. Para regocijo de Edward tuvo el resultado que esperaba y Jasper rompió a reír.


-A veces eres incorregible, Edward –se rió Jasper. –Estoy tratando de hablarte sobre mis inquietudes y tú lo tomas como un juego.


-Es que es muy posible que tú te lo estés tomando muy a pecho. Entiendo perfectamente tu preocupación, vas a iniciar una vida en común con alguien que no conoces, con una muchacha con la que tal vez no tienes nada en común, quizás con un carácter totalmente incompatible al tuyo y a lo mejor, sin que surja ningún tipo de atracción entre ambos.


-¿Lo ves? ¿Te haces cargo ya de la envergadura de mi problema? –dijo con alivio.


-¿Y tú te haces cargo de que no he parado de decir cosas como "tal vez", "quizás", "a lo mejor"? –le rebatió Edward. ¡Por el amor de Dios, Jasper! Tú mismo lo has dicho ¡Ni siquiera la conoces! ¿No crees que al menos deberías dejar de preocuparte por un momento por lo que pueda pasar? ¿Para que regalarte noches de insomnio pensando en que podrías hacer para que lo vuestro funcione cuando a lo mejor mañana, en cuanto os veáis por primera vez os enamoráis irremediablemente el uno del otro?


-Edward… -intentó reprenderle Jasper.


-No Jasper –le cortó, tomándole por el brazo obligándole a parar su transitar para que le prestase la máxima atención -en el fondo, aunque ahora no quieras reconocerlo, sabes que tengo razón. Quizás me he excedido en lo del "amor a primera vista" pero sabes perfectamente a lo que me refiero. Deja de intentar controlar la situación, como siempre haces con todo, porque, al contrario que en el resto de ocasiones, esta vez no te va a salir tan bien como de costumbre. El corazón no entiende ni de estrategias ni de planificaciones y, aunque intentes controlar el tuyo, no vas a poder controlar el de ella. Lo siento primo pero me temo que te va a tocar jugar a un juego al que no estás acostumbrado.


-¿A cuál? –le preguntó si entender muy bien de que le hablaba.


-Al de "dejarse llevar" –le contestó dándole una palmada afectuosa en la espalda. Jasper por su parte agachó la mirada hacia sus pies, en señal de derrota. –Si esta noche eliges desvelarte de nuevo –le dijo mientras se dirigía hacia la puerta de la habitación, -no sería mala idea que tomases en consideración lo que te acabo de decir. Aunque –añadió con una sonrisa pícara mientras tomaba el pomo de la puerta –deberías tratar de descansar si quieres tener un buen aspecto mañana y causarle una buena impresión a tu prometida.


Edward salió riéndose de su propia ocurrencia, cerrando la puerta tras de sí rápidamente, antes de que le alcanzara el primer libro que su primo había tomado para lanzárselo. Jasper no pudo evitar sonreír ante su broma. Tenía a su primo en gran estima a pesar de que su visión de las cosas no siempre coincidiera, como en ese momento. Sin embargo, nunca estaba de más ver el espejo bajo otra mirada, verdaderamente su visión estaba más que borrosa, quizás la de su primo le diera un poco de luz.



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CAPITULO 2

Rosalie avanzaba rápidamente por el corredor hacia los aposentos de su hermano. Aún faltaban algunas horas para que su futura cuñada llegase pero tenía que estar todo dispuesto cuanto antes. A pesar de que le había dado instrucciones precisas a la gobernanta, quería ser ella misma la que supervisase todo, como hacía siempre desde que su hermano accediese al trono seis años atrás. Desde un principio supo que Jasper no iba a precisar de su ayuda para hacer frente a tal responsabilidad por lo que optó por ayudarlo de una forma más práctica, así que era ella la que llevaba el control sobre el funcionamiento del castillo. Jamás se sintió como una simple "ama de llaves", al contrario, tenía la libertad y el poder para manejar todo el castillo y su servidumbre tal y como ella consideraba oportuno y nunca recibió una queja o reclamo por parte de su hermano. Siempre contaba con su apoyo a la hora de tomar de decisiones, y se mostraba agradecido de que le liberase de la responsabilidad de ocuparse de todo ese tipo de "asuntos domésticos".


Por su parte, ella tampoco tenía motivos para estar disconforme. Por un lado esta tarea la mantenía ocupada, no le resultaba nada atractiva la idea de una vida ociosa y despreocupada. Además siempre encontraba tiempo libre para dedicarle a su ocupación favorita, la cría de caballos. Era perfectamente consciente de que ésta no era la afición propia de una "damisela", según muchos debería pasarse la vida bordando o paseando por el jardín. Sin embargo, el qué dirán o la opinión de los demás no eran algo suficiente para ella como para renunciar a su pasión. Se sentía orgullosa de que las cuadras reales contaran con los mejores y más hermosos ejemplares, gracias a su dedicación y cuidados diarios.


Cuando entró en la recámara, las muchachas, al verla, hicieron una rápida reverencia saludándola, volviendo rápidamente a sus quehaceres. Dio una vuelta completa alrededor de la habitación para comprobar que todo estaba quedando perfecto, tal cual lo había ordenado. Se dirigió a una pequeña puerta abierta que había al final de la habitación, que comunicaba con la recámara que iba a ser ocupada por la Princesa Alice. En un principio, su hermano se había mostrado reticente ante la idea de ocupar antes de la boda los que eran los aposentos de sus padres pero, Rosalie, le mostró el lado lógico de su idea y él no tuvo más que aceptar, esperando que su prometida también lo hiciera.


Estaba por entrar a la recámara de la princesa cuando vio aparecer por la puerta de la habitación a Jasper, con un ramo de flores en la mano. Era un bouquet de rosas blancas con pequeñísimas violetas adornándolo, un arreglo hermoso y delicado.


-Qué flores tan bellas, ¿son para mí? -preguntó divertida sabiendo cual era la respuesta.


-Éstas en concreto no son para ti, pero creo que por aquí tengo algo más apropiado con tu encanto -respondió mientras sacaba un rosa roja que llevaba escondida bajo la casaca y se la ofrecía.


-No me digas que entre los asuntos de estado, posibles invasiones y revisiones de impuestos encuentras tiempo para dedicarte a la jardinería. Puedo buscarte trabajo en la cocina si quieres -bromeó mientras olía la flor que le acababa de entregar.


-¿Acaso no te gusta? -le cuestionó sonriendo mientras colocaba el ramo en un jarrón. Ella se acercó para terminar de acomodarlo.


-A las mujeres nos suelen gustar este tipo de lindezas, eso es cierto -afirmó con mirada cómplice.


-Espero que tengas razón -suspiró con preocupación.


-Deja ya de afligirte tanto. Todo va a salir muy bien -le aseguró. -Posiblemente estará agotada tras el viaje pero podría apostar que el detalle de las flores no le pasará desapercibido, al contrario, le va a encantar -concluyó tratando de animar a su hermano mientras él se lo agradecía con una sonrisa. Tras eso, abandonó la habitación para seguir con su tarea y asegurarse de que todo estaba preparado a tiempo.


Efectivamente, para Alice, el viaje estaba resultando tedioso y extenuante. Bella se había pasado todo el trayecto leyendo uno de esos libros sobre filosofía que a ella le costaban tanto leer, así que el silencio reinaba en el carruaje. Seguramente, en otras circunstancias habría sido molesto, incluso poco probable, pero en ese momento no le importaba en absoluto. Con su humor no era buena compañía para nadie y, en realidad, se alegraba de que Bella así lo hubiera entendido.


Miró por enésima vez por la ventanilla, los rosas y anaranjados estaban tiñendo ya el cielo del atardecer, que se fundía con el azul del lago que estaban bordeando en ese momento. Una cosa era cierta, los paisajes del que iba a ser su nuevo reino eran incomparables. Notó como el carruaje giraba en un recodo del camino y la silueta de un gran castillo recortando el horizonte se presentó ante ella. Un escalofrío recorrió su espalda. El viaje estaba a punto de finalizar y con ello daba paso al inicio de otro viaje del que aún no conocía el rumbo y cuyo destino era del todo incierto.


Ya había oscurecido cuando atravesaron las murallas y recorrieron los últimos metros que restaban para alcanzar el portón principal. Por fin, el carruaje se detuvo al pie de una escalinata que se elevaba ante el imponente castillo. Al final de las escaleras pudo ver tres figuras flanqueadas por sendos guardias. En medio se hallaba un muchacho alto y delgado, pero bien formado, de cabello rubio y ondulado, el Rey Jasper, supuso. A su izquierda se encontraba otro muchacho de cabellos cobrizos y un tanto alborotados, casi tan alto como el anterior y de semejante complexión. A su derecha vio una muchacha esbelta, de cabello rubio, que caía en cascada casi hasta su cintura. No percibía del todo sus facciones debido a la distancia pero, parecía muy bella. Su elegancia y distinción eran notorias.


Fijó su vista en los escalones, recorriéndolos despacio. Cuando llegaron a lo alto, escuchó la voz de Emmett, efectuando las presentaciones pertinentes.


-Buenas tardes, Majestad, Altezas -dijo mientras se inclinaba. -Permítanme que les presente a sus Altezas, la Princesa Alice y la Princesa Bella -anunció señalando a cada una de ellas.


Alice, cabizbaja aún, tomó delicadamente su vestido, para, al igual que su prima, inclinarse en una reverencia. Aún no se había incorporado totalmente cuando sintió como una mano tomaba dulcemente la suya.


-Espero que hayáis tenido un buen viaje –dijo Jasper antes de bajar su rostro y posar levemente sus labios en la mano de la muchacha.


Fue un roce suave, pero cálido, lo suficiente como para sacar a Alice de su sopor y hacerle alzar, por fin, la vista del suelo, y ver como el joven besaba suavemente su mano. De repente, sintió como esa calidez se extendía desde sus dedos hacia todo su cuerpo, llenando de esa agradable y desconocida sensación todos los rincones de su ser, mientras el deseo de no dejar de sentir jamás el tacto de esa mano en su piel nacía incomprensible e irrefrenablemente en su corazón. Cuando Jasper levantó el rostro al fin para incorporarse, los ojos de Alice se toparon con una maravillosa mirada azul. En ese preciso instante, la mente de Jasper quedó atravesada por la visión más hermosa que jamás hubiera podido imaginar, la de unos bellos ojos grises que lo miraban llenos de anhelo, quedando irremediablemente prendido de ellos. Se dio cuenta de que quizás estuviese tardando demasiado en liberar la delicada mano de la muchacha y de que, posiblemente, no era apropiado el mantener su mirada fija de esa manera en aquel rostro angelical, pero había quedado atrapado por el embrujo de aquellos ojos y el resto dejó de tener importancia para él. Sólo la necesidad de perderse en ellos, y no regresar hasta haber reconocido cada tonalidad plateada que recorría sus pupilas, hasta no haber memorizado cada uno de sus reflejos violáceos que los adornaban y que los hacían más hermosos si eso era posible. Finalmente y, muy a su pesar, la voz de Edward lo sacó de su ensimismamiento.


-Permitidme que me presente -dijo dirigiéndose a Bella -soy el Príncipe Edward, primo de su Majestad –informó mientras se inclinaba besando su mano.


-Sí –afirmó Jasper recuperando ya su compostura –y esta es mi hermana, la Princesa Rosalie, -añadió mientras soltaba la mano de Alice para tomar la de su gemela. Ella a su vez hizo una reverencia a la que ambas muchachas respondieron de la misma forma.


-Imagino que estaréis agotadas después de una jornada de viaje –supuso la joven -¿por qué mejor no entramos y os mostramos vuestros aposentos? –indicó dirigiendo ya sus pasos al interior del castillo, justo para detenerse en la antesala.


-Por favor, conducirlas a sus recámaras. –le pidió a su hermano y a su primo. -Yo le indicaré al muchacho donde están las habitaciones de la guardia ya que me dirijo a la cocina. Voy a ordenar que os preparen un buen baño y algún refrigerio para que lo toméis en vuestra habitación. Es muy tarde así que dejemos las formalidades para mañana –dijo ahora con una mirada comprensiva hacia las princesas. –Espero que paséis una buena noche –se despidió amablemente. Seguidamente, dirigió sus pasos a la cocina y, sin mirarlo siquiera, exclamó secamente –Muchacho, acompáñame.


Los ojos sorprendidos de Emmett buscaron los de Alice. Ella afirmó levemente con la cabeza, por lo que se limitó a inclinarse y desearles buenas noches a todos para, rápidamente, seguir los pasos de la Princesa Rosalie, que ya casi había llegado al final del corredor.


Tras eso, los cuatro se despidieron para hacer sus respectivos trayectos a sus habitaciones, que se encontraban en direcciones opuestas. Bella advirtió, justo antes de volverse hacia el corredor que conducía a su cuarto, como Jasper alzaba su mano demandando la de su prima, para tomársela suavemente mientras empezaban a caminar. Una sonrisa abordó sus labios ante esa imagen. Empezaba a sospechar que el recelo de Alice era más que infundado, sobre todo, si tenía en cuenta la idílica escena que acababa de presenciar entre ellos dos hacía unos minutos. Nunca había visto una mirada tan intensa en unos simples desconocidos. Quizás, que Alice encontrara la felicidad no iba a ser tan difícil después de todo. La simple idea le hizo emitir una leve risita.


-¿Podría saber qué os complace tanto? –preguntó Edward con curiosidad.


-Oh, no es nada –mintió Bella.


-Parece ser que mi primo es todo un caballero –le confió sonriendo, haciéndole ver que, en realidad, también él se había dado cuenta de ese pequeño detalle. -¿Me permitís? –preguntó divertido al alzar su mano imitando el gesto de su primo de hacía un momento.


-Por supuesto, Alteza –rió Bella mientras posaba su mano sobre la de Edward.


-Además, tengo la ligera sospecha de que todas nuestras preocupaciones van a quedar en nada. –le aseguró Edward. Bella se sorprendió ante tal afirmación.


-¿No estáis de acuerdo, Alteza? –preguntó serio ante el rostro asombrado de la joven.


-Sí, no, no me malinterpretéis – titubeó ella. –Es que precisamente estaba pensando lo mismo que vos –le aclaró.


-Creo que es sólo cuestión de darle tiempo al tiempo –afirmó Edward sonriendo.


-Estoy completamente de acuerdo con vos, otra vez –añadió con alivio, mientras reía tímidamente, ocultando su boca con su otra mano. No se percató hasta ese momento de que se había olvidado por completo de dejar en el equipaje de mano el libro que había venido leyendo. Edward alcanzó a ver el volumen y paró casi en seco al ver de qué se trataba.


-¿Su Alteza está leyendo a Platón? –exclamó el joven con una mezcla de asombro y admiración en su voz.


-Sí –respondió mostrándole orgullosa el libro que le había regalado su padre. -¿Por qué os sorprende tanto? –preguntó ante la expresión del muchacho.


-Disculpadme mi asombro –dijo mientras lo tomaba –pero Platón no es que sea precisamente una lectura "ligera" y menos para una muchacha tan joven como vos –concluyó devolviéndole el tomo.


-¿Acaso por ser mujer no debo estar interesada en Los Clásicos? –cuestionó sin saber muy bien si debía considerarlo una ofensa.


-No pretendo ofenderos en modo alguno, Alteza –le aclaró él rápidamente mientras iniciaban de nuevo su marcha –Es sólo que todas las muchachas que conozco están más interesadas en coleccionar vestidos y joyas que en la literatura.


-Quizás deberíais conocer a otro tipo muchachas –bromeó ella, en señal de que había aceptado sus disculpas.


-Posiblemente tengáis razón –aceptó con una sonrisa. –Tal vez os complazca saber que, casualmente, una copia idéntica a la vuestra descansa sobre mi mesita de noche –dijo señalando el libro que descansaba ahora en el regazo de la joven.


La expresión de la muchacha no le dejó lugar a dudas de que el hecho le sorprendía gratamente por lo que prosiguió. -Y tal vez, si os apetece una lectura un poco más amena, he terminado de leer recientemente "La Eliada", podría prestároslo -le ofreció el joven.


-Pues os lo agradecería enormemente –sonrió Bella ante tal ofrecimiento -Esa obra de Homero aún no la he leído. Sería interesante leer algo nuevo para variar, los pocos libros que he traído conmigo los conozco casi de memoria.


Edward aminoró su paso, pensativo.


-Se me ocurre una idea mejor –dijo al fin. –Me gustaría mucho enseñaros algo, Alteza. ¿Me harías el honor de acompañarme mañana? –preguntó Edward.


-¿Puedo saber a dónde? –quiso saber ella.


-Preferiría no decíroslo, quisiera que fuera una sorpresa –respondió Edward.


-No me gustan las sorpresas –le informó Bella.


El hecho sorprendió a Edward pero insistió. –Os aseguro que valdrá la pena mantener el suspense hasta mañana.


-Está bien –aceptó la joven, casi a regañadientes. –Pero más os vale que realmente valga la pena –amenazó en tono de broma.


-Os prometo que así será. -sonrió él. De repente, Edward dejó escapar una risa.


-¿Podría saber qué os complace tanto? –preguntó Bella divertida al citar sus mismas palabras de hacía sólo un momento.


-Es que muy poca gente logra sorprenderme y vos, en cuestión de minutos lo habéis hecho y no una, sino varias veces –le explicó sonriente, mientras observaba que un leve rubor maquillaba las mejillas de la joven. -¿Podría preguntar vuestra edad?


El rubor en sus mejillas se hizo ahora más evidente.


-Mi curiosidad es del todo inocente, Alteza. Parecéis una muchacha muy madura, para la edad que aparentáis –se apresuró a aclarar.


–Tengo diecinueve años, uno más que Alice –respondió -¿Me devolvéis el favor y me decís vos qué edad tenéis?


-Veintiuno, al igual que Jasper y Rosalie. No sé si sabíais que son mellizos –le informó.


-La verdad es que no –negó ella.


-En realidad Rosalie es mayor que Jasper por cinco minutos. A veces cuando están en desacuerdo por algo le amenaza diciéndole que le va a reclamar el trono por haber nacido primero, pero al momento cambia de opinión. Primero porque nunca le haría eso a su hermano y segundo porque es consciente de que jamás podría empeñar esa labor con la misma destreza que él, además de que son tantas las veces que se lo dice que Jasper ya no la toma en serio, normalmente rompen a reír y… fin de la discusión –le dijo mientras sonreía al evocar uno de esos momentos del que él había sido testigo.


-Todos dicen de él que es un magnífico rey –reconoció ella.


-Y mejor hombre, eso os lo garantizo –afirmó Edward. –Por eso Alteza, os recomiendo que no os preocupéis por vuestra prima. Está en buenas manos –concluyó mientras se detenía.


-Está es vuestra recámara –le informó mientras le abría la puerta. –Inmediatamente os traerán vuestras cosas. Mi habitación está justo al lado, me pongo a vuestra disposición para lo que deseéis –dijo mientras se inclinaba besando su mano. –Espero que descanséis y no olvidéis nuestra cita de mañana.


-No la olvidaré. Buenas noches –contestó sonriendo antes de cerrar la puerta. Durante un momento se quedó apoyada de espaldas a la puerta, con la vista hacia el techo. Su estancia en el castillo se presentaba más que interesante. Llevaba menos de una hora en él y ya había tenido una de las conversaciones más interesantes desde hacía mucho tiempo. El Príncipe Edward era muy agradable y sobre todo, encantador. De nuevo el calor incendió sus mejillas al recordar su sonrisa y sus ojos, unos ojos tan verdes que relucían como las propias esmeraldas.


De repente, llamaron a la puerta. Eran las camareras que venían a prepararle el baño, justo lo que necesitaba para despejar su mente y relajarse después del viaje. Esperaba que Alice se sintiera bien, a pesar de todo no podía dejar de preocuparse. Lo primero que haría al levantarse sería ir a hablar con ella, tenía que averiguar que le había parecido su prometido y si le había gustado, tal y como a ella le había parecido. Pero eso sería mañana, no quería pensar en nada más, ahora iba a disfrutar de ese baño y a descansar. Sin embargo, fue inevitable que un par de ojos verdes se enhebrasen en su mente una vez más.


Mientras caminaba por el corredor, Alice se preguntaba a que se debía ese sentimiento de calma que la embargaba por completo. Quizás se debiera a que estaba agotada del viaje, o la perspectiva de un baño relajante ante su cuerpo entumecido o, tal vez, sentir de nuevo el cálido contacto de esa mano que sostenía con delicadeza la suya. No se habían dicho ni una sola palabra en todo el trayecto, pero en ese momento, para ella las palabras eran innecesarias. Se sentía bien, tranquila, como hacía mucho tiempo no lo hacía. Fue cuando se detuvieron cuando finalmente Jasper le habló.


-Estos son vuestros aposentos, mi señora –indicó Jasper abriéndole la puerta.


Un pequeño pálpito golpeó el corazón de Alice al escuchar las palabras con que Jasper se había referido a ella; "mi señora". Sólo había escuchado esas palabras de labios de su padre, cuando se refería a su madre, a su esposa. La certidumbre de que en unos días iba a unir su vida a la de ese hombre para siempre se hizo tangible ante sus ojos.


De repente, al entrar en la recámara, una ola de esencia de rosas tiznada de violetas embriagó sus sentidos. Dirigió su mirada al bouquet que estaba sobre la cómoda y se aproximó, tomando una de las rosas y llevándola hasta su nariz, con sus ojos cerrados para así percibir mejor su aroma. Tras un instante, abrió los ojos y dirigió su mirada a Jasper. El joven pudo ver como, lentamente se empezaban a curvar los labios de la muchacha hasta que una amplia sonrisa iluminó su rostro mientras los reflejos violáceos de sus ojos se volvían más brillantes y los hacía resplandecer.


-Son mis flores favoritas –dijo con entusiasmo. Jasper se dio cuenta de que aún no había escuchado la voz de su prometida, hasta ese momento. Su delicada voz de niña resultaba ser música para sus oídos.


-Entonces he sido afortunado en mi elección –afirmó él lleno de satisfacción.


-¿Ha sido idea vuestra? –preguntó sorprendida.


-Si, mi señora, y me alegra mucho que os guste –asintió sonriendo.


Alice extendió su mano, ofreciéndole la rosa que había tenido en sus labios hasta hacía sólo un instante y que él tomó sin dudar.


-Muchas gracias –le dijo mientras con la mirada empezó a recorrer la que a partir de entonces sería su habitación. Sus ojos se posaron en la puerta situada al fondo de la habitación.


-¿A dónde conduce esa puerta? –preguntó señalándola.


-Mis aposentos están al lado de los vuestros. Esa puerta comunica vuestra recámara con la mía –le indicó. El rostro de la joven se llenó de confusión.


-Yo en un principio tampoco estaba de acuerdo pero, Rosalie insistió en que era absurdo alojaros en otra habitación y acomodar todas vuestras cosas allí cuando en pocos días estos pasarán a ser vuestros aposentos. Viendo el lado práctico, creí que estaba en lo correcto. Pero si os incomoda puedo ordenar ahora mismo que trasladen vuestro equipaje a otra recámara –dijo con preocupación. Quizás se había dejado llevar por el pragmatismo de Rosalie, dejando de lado el posible malestar de su prometida ante esa situación.


-No –le cortó ella. –No os preocupéis, bien pensado vuestra hermana tiene razón.


-Sí, pero vuestro bienestar es lo primero –insistió. -No quiero que os sintáis incómoda.


-Os agradezco vuestra inquietud, pero es innecesaria –le aseguró calmadamente.


-Está bien –aceptó, dando el tema por concluido. –Imagino que las camareras no tardarán en venir a preparar vuestro baño, así que me retiro. Sin embargo, quería haceros una petición antes -añadió, desviando su mirada de ella.


-Decidme –le dijo, pidiéndole continuar.


-Me complacería mucho si mañana me acompañaseis a dar un paseo. Me gustaría ser yo mismo quien os enseñase vuestro nuevo hogar –afirmó mientras trataba de dominar el nerviosismo de su voz. El temor a que rechazara su compañía se hizo patente.


Alice sonrió tímidamente ante tal proposición.


-Estaría encantada de acompañaros –accedió.


-Muy bien –dijo mientras una sonrisa se dibujaba en sus labios. –Ahora sí me retiro. Que descanséis –se despidió con una leve reverencia para después dirigirse hacia la puerta.


-Mi señor –exclamó Alice. Al parecer su subconsciente había decidido dedicarle la misma cortesía que él había tenido para con ella. Le sorprendió gratamente que no le resultase en absoluto malsonante en sus oídos.


-Decidme, mi señora –respondió deteniéndose en el umbral de la puerta, girándose para verla de frente.


-No veo necesario que tengáis que salir al corredor para ir a vuestros aposentos –dijo mientras señalaba la puerta que había sido el objeto de su conversación un minuto antes.


-Si no os incomoda –dudó.


-Por favor –asintió ella con la cabeza, alentándole.


Jasper asintió a su vez y cerró la puerta tras de sí para dirigirse al fondo de la habitación, no sin antes detenerse ante su prometida y tomar su mano por tercera vez esa noche y besar su dorso de nuevo.


-Que durmáis bien, mi señora –susurró.


Ella no pudo más que asentir mientras sintió un leve ardor en sus mejillas. Para cuando se sobrepuso, Jasper ya había desaparecido tras aquella pequeña puerta.


(Señoritas comentarios pòr favor !!!!!!!)