Dark Chat

lunes, 24 de enero de 2011

Te presento a mi amante

Hello mis ángeles hermosos , buen inicio de semana , aquí les dejo el final de este maravilloso fic ; espero lo hallan disfrutado tanto como yo , también quiero agradecer a mi querida Cinthia Swan por permitirme compartir con ustedes su trabajo , muchas gracias te mando mil besitos 
en fin , no les hecho mas rollo y a disfrutar 
Por fiss dejen sus comentarios al final
Mil besitos a todas
Angel of the dark

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Capitulo 23: Vivieron felices… 


Edward POV

Me quedé sorprendido cuando escuché su propuesta, apenas unos días atrás Bella me había rechazado y ahora de repente me pedía que me casara con ella, algo antinatural en ella, además obviamente estábamos en una época moderna, pero ¿no se seguía usando que fuera el hombre el que propusiera matrimonio? No era machista ni nada por el estilo, solo un poco anticuado.

— No, Bella, digo no es lo que tu quieres, hace días me dijiste que no te quieres casar, seguro Alice habló contigo, ¿o fue mi mamá? — solo eso explicaba su repentina proposición.

— Nadie habló conmigo, solo soy yo, quiero ser tu esposa, que mas da si hay o no un papel firmado — contestó, sus ojos se pusieron vidriosos a causa de las lagrimas — no necesitamos casarnos pero… quiero casarme contigo, quiero envejecer a tu lado y definitivamente quiero caminar por ese pasillo vestida de blanco y que tu me esperes al final y todo ese cuento cursi y ridículo.

— Bella, amor ¿en verdad quieres eso? — con mi mano levanté su rostro para que me mirara a los ojos — yo quiero que tu seas feliz, y no quiero que esto lo hagas ni por mi, ni por mi hermana o mi madre, quiero que tu hagas lo que tu quieras, lo que te haga feliz.

— Que hubieras dicho que si, me habría puesto feliz, te amo y en verdad quería casarme contigo — un par de lagrimas cayeron de sus ojos.

— ¡Oh mi amor!, no llores — la abracé y comenzó a sollozar mas fuerte contra mi pecho, me odié por ser tan estúpido — dije que no por que pensé que alguien te estaba obligando a tomar esta decisión.

— No importa — dijo entre sollozos — olvida lo que dije.

— No, no, pregúntamelo de nuevo — sonreí y la separé para verla a los ojos — esta vez diré que si.

— No te voy a proponer matrimonio dos veces — contestó molesta y se separó de mi — olvida que hice el ridículo de esta forma.

Salió de la cocina y estuve tentado a golpearme la cabeza contra la pared. Pero ¿Cómo demonios iba yo a saber? Había cambiado de opinión tan rápido, y me había propuesto matrimonio. Bien, era un idiota, debí decir que si de inmediato, eso era lo que yo también quería.

Salí de la cocina, pero en la sala solo estaban mis padres y los Hale.

— ¿Dónde esta Bella? — pregunté a todos.

— Ya se fue — contestó Carlisle — ¿pasó algo?

— Soy un idiota — contesté — será mejor que vaya a verla.

— Charlie te correrá pistola en mano — me dijo Alice — además lo que hiciste fue algo realmente estúpido, dale hasta mañana para hablar con ella.

— ¿Lo sabias? — Alice asintió — ¿Por qué no me lo dijiste? No habría hecho tal cosa.

— No vi tu respuesta, solo la pregunta, sé que parece que soy grandiosa, pero a veces no lo puedo acaparar todo, intentaba ver que me regalarías y entonces se me cruzo la visión de ustedes, por cierto Edward no veo mi Porsche en mi futuro.

Rodé los ojos y subí a mi cuarto agarré el teléfono, ignorando la sugerencia de Alice y llamé a Bella al celular, sin embargo no contestó, lo intenté de nuevo pero obtuve la misma respuesta. Me resigné después de tres llamadas más. Quizás Alice tenia razón y debía darle a Bella su espacio. Además estaba el hecho de su embarazo, apenas eran dos meses y medio y las hormonas estaban jugando con Bella de una manera peligrosa.

— Te dije que no la llamaras — Alice estaba de pie en la puerta de mi cuarto, odiaba que hiciera eso, podía deslizarse sin que nadie la escuchara — mañana las cosas serán diferentes.

— ¿Por qué le dije eso? — pregunté mientras me acostaba bocarriba sobre mi cama, mi hermana me imitó, acostándose a mi lado.

— Por que eres medio tonto — sentí la cama moverse junto con su risa burlona — pero aun así ella te ama.

— Increíblemente así es — suspiré — ¿Cómo lo haces?

— ¿Qué?

— Ver las cosas que pasaran.

— No lo sé, desde que tengo memoria se me cruzan esas visiones, siempre sobre la gente que conozco — Alice se quedo callada un momento al igual que yo, solo se escuchaba el viento gélido que chocaba contra los árboles y las ventanas — a veces me da miedo.

Me sorprendió esa confesión, así que dejé de mirar el techo y miré a mi hermana.

— ¿Por qué?

—Tengo miedo de ver algo que no me guste, alguna muerte, no sé, algún día tú, mis papás, mis amigos morirán, si es que no lo hago yo primero, yo los veré morir antes de que suceda — su voz se quebró, así que me senté y la abracé.

— No pienses en eso, piensa en que aun nos queda mucho por vivir, a todos, y mira el lado bueno, moriremos de causa natural algún día, pero si es un accidente nos podrás prevenir — le sonreí y pareció gustarle esa idea — mientras divierte espiando en la vida de los demás.

— Por cierto — dijo sonriendo y limpiando un par de lágrimas de su mejilla — sigo sin ver el Porsche en mi futuro.

— Probablemente por que no te lo voy a regalar.

— Oh, entonces debo vigilar a mi papá — el rostro se le iluminó — si tú no me lo vas a dar, seguro será él.

Dio un par de saltitos, y se levantó de la cama, no sin antes darme un beso en la mejilla.

— Por cierto, el regalo de Bella es grandioso, y… será la mejor manera — me guiñó un ojo y salió del cuarto, dejándome una vez mas sin saber de que estaba hablando. Hasta ahora no había pensado en regalarle nada a Bella, odiaba los regalos y las atenciones. Entonces vino a mi mente algo que podía regalarle y estaba seguro que no podría negarse a recibir. Así que hice un par de llamadas y finalmente llamé a Emmett para mi último regalo de navidad que me faltaba comprar.

— Edward, hermano ¿Qué le hiciste a Bella? Está furiosa y lo he pagado yo con sus cambios de humor, me ha aventado hasta con las cucharas.

— Lo siento Emmett, a pesar de eso… quiero pedirte un favor.

Bella POV

¿Qué tan humillante puede se que le propongas matrimonio a tu novio y te diga que no?

Así de humillada me sentía yo. Claro también me sentía triste, enojada y feliz. Si, feliz de que me haya dicho que no. Por supuesto que quería una vida larga y feliz al lado de Edward y nuestro bebé, y al ver a Esme y Carlisle ser tan felices después de tantos años pensé que lo nuestro podría ser igual. Por otro lado, ahora que pensaba más claramente las cosas, la idea de casarme por todas las leyes era escalofriante. Sin embrago ya no quería estar sin Edward, ya no. Así que decidida a que probablemente Charlie ahora si me corriera de la casa, me levanté de la cama y bajé las escaleras, entré en la cocina y ahí estaba mi hermano hablando por teléfono mientras comía, mi padre leía el periódico.

— Buenos días papá — saludé y abrí el refrigerador para sacar la leche, pero solo verla me dio asco.

— ¿Cómo dormiste Bells? — Charlie preguntó sin despegar los ojos del periódico.

— He tenido mejores noches — Emmett colgó el teléfono y volvió a marcar con desesperación, después salió de la cocina — ¿Qué hace?

— No lo sé — admitió Charlie, tomó un sorbo de su jugo y me miró por encima del diario — ¿qué te pasa?

— Necesito hablar contigo papá — me senté en la silla que mi hermano había desocupado, frente a Charlie.

— Esto no será bueno — dejo el periódico al lado y me prestó atención — la ultima vez que me dijiste eso supe que seria abuelo.

La última palabra la soltó entre dientes, yo inhalé y exhalé varias veces pensando en la mejor manera de comenzar.

— Ayer llegó la sentencia de divorcio de Edward — comencé pero él me interrumpió.

— Vaya, fascinante — rodó los ojos.

— Si, así es — estuve de acuerdo — lo que te quiero decir es… papá quiero vivir con Edward.

Ahí está, lo había dicho, y Charlie me miraba fijamente, la vena en su frente estaba hinchada, pero no había explotado aun, eso era bueno ¿no?

— ¿Sin boda? — su voz fue apenas un susurró molesto.

— Claro que no — exclamé — suficiente tuvimos con su matrimonio como para echarnos otro encima tan rápido, además ninguno de los dos quiere matrimonio — o al menos en el momento en que yo lo quise, me rechazaron, pero eso no se lo iba a decir.

— Ajá, entonces solo vivirán juntos.

— Y tendremos un hijo — continué.

— Y tendrán un hijo — repitió con sarcasmo.

— Y nos amamos — completé — ¿no es eso mas que suficiente? Además Edward se está perdiendo parte de mi embarazo, él quiere estar conmigo en todo momento.

— Pues no estoy de acuerdo.

— ¡Pues no te estoy pidiendo permiso! — malditas hormonas, me hacían gritar cuando no debía. — lo siento papá, lo que quise decir es que aunque no estés de acuerdo iré a vivir con Edward. Cuando aceptaste lo mío con Edward, aceptaste que lo amo y que haré todo lo posible por estar con él, casada o no.

— Quiero hablar con ese muchacho — dijo terminando su jugo y poniéndose de pie.

— Claro — mi voz sonó demasiado animada y lo seguí por el pasillo — en un par de días es navidad, ¿Esme no te ha invitado?

— Lo hizo anoche, supongo entonces que allá lo veré — se enfundó su pistola mientras decía eso.

— Papá por favor, ¿podrías esa noche, no comportarte como el padre celoso?

— No prometo nada — besó mi frente y salió rumbo a su trabajo.

— ¡Maldita sea! — gritó Emmett desde la sala.

— ¿Qué haces? — le pregunté mientras marcaba de nuevo.

— Un favor para tu novio, por cierto ¿ya le compraste regalo?

— ¿Regalo? — Alcé la voz — ¿regalo? ¿No tiene suficiente con el hijo que le voy a dar que además tengo que comprarle regalo?

No le di tiempo de contestar, me di la media vuelta y subí a mi cuarto, era increíble que pensara en un regalo más que tener a un niño dentro de mi siete meses más. De hecho la navidad era absurda, solo era un pretexto para regalar a diestra y siniestra cosas materiales que de nada servían. Oh no. Edward me regalaría algo. ¿Algo costoso? ¿O excesivamente vistoso? Agarré mi celular y marqué el número de Edward. Su voz sonó alegre del otro lado de la línea.

— ¡Bella! Que bueno que me llamas amor, perdón por lo de ayer…

— Te perdono, pero no me regalaras nada esta navidad ¿de acuerdo?

— ¿Es una petición o una orden, amor? — sonaba excesivamente burlón del otro lado de la línea.

— Es… una sugerencia — maldije el que no pudiera enojarme demasiado con él, tanto que la sugerencia se convirtió en súplica — por favor, no quiero nada que te cueste mas de dos dólares.

— Bien — fue su respuesta.

— ¿Bien? ¿Eso es todo? — ¿así de fácil seria?

— Sabes que haré lo que tú me pidas ¿no?

— ¿Lo que yo te pida? — una idea pícara cruzó por mi mente — por que estoy teniendo un antojo de ti en este momento.

o.O.o.O.o.O.o.

Navidad llegó con un manto blanco de nieve que cubrió a Forks. Estaba sentada en el jeep de Emmett rumbo a casa de los Cullen, con un par de maletas en la parte trasera, Edward y yo habíamos decidido, después de que cumpliera mis antojos, comenzar una vida juntos a partir de este día, y Charlie iba enfurruñado en el asiento trasero por esta decisión, afortunadamente había visto la pistola colgar del cinturón junto a su placa, en la sala, lejos de Edward.

La enorme casa blanca se distinguió a varios metros de distancia, las luces decoraban la casa como si fuera una mas de Villaquién de la película de "El Grinch" cada serie de luces perfectamente puesta en su lugar, y dentro era un más linda. El enorme pino estaba lleno de luces, esferas y nieve que parecía natural y por lo que no dude que la misma Alice hubiera recogido nieve del patio para ponérsela al pino. El barandal de las escaleras estaba lleno de Nochebuenas así como el resto de la casa; sobre las puertas, lámparas y cualquier cosa que colgara, había muérdago, seguramente también obra de Alice.

— Bienvenidos — saludó Esme desde la puerta, junto con Carlisle — feliz navidad.

— Igual para ti Esme — la abracé e inmediatamente me sentí en casa, y agradecí por que mi suegra fuera tan dulce, esta seria mi casa los próximos seis o siete meses, según Edward, Carlisle quería monitorear mi embarazo de cerca, pero estaba segura que era el paranoico y exagerado de Edward quien quería tenerme con cuatro pares de ojos sobre mi, evitando que me cayera, y pensándolo bien… era mejor así.

— Pasen y siéntanse como en casa — Carlisle también nos abrazó — Charlie, me gustaría hablar contigo.

— Por supuesto — mi padre saludó a mi suegro y juntos desaparecieron por la sala, era al menos buena señal que Charlie se llevara bien con los suegros, no así con el yerno.

Emmett rápidamente fue a la cocina en busca de algo que saciara su hambre de oso, mientras llegaba Rosalie; yo me senté en el sillón más cercano a la chimenea, no vi rastro de Alice o de Edward en ningún lado.

— Alice está terminando sus regalos — Esme me ofreció una taza de chocolate — y Edward, no tarda en llegar.

— Gracias — sorbí un poco de chocolate, calentando mi garganta — está delicioso.

La puerta principal se abrió y apareció mi regalo echo persona, Edward se sacudió la nieve que había caído sobre su cabello, me miró y sonrió, sin embargo no se acercó a mi, saludó a Emmett quien le dio algo que no pude distinguir y subió por las escaleras. Eso por supuesto me molesto, primero por que no había venido a saludarme como se debía, pero sobre todo por que algo tramaba y no me gustaba nada. Minutos después Alice bajó, se acercó a mi y me abrazó, conversamos de todo un poco, pero yo estaba mas preocupada por Edward que aun no bajaba que por Alice.

Los Hale llegaron con montañas de regalos y me sentí aun peor, yo apenas había comprado uno para cada uno de ellos, y temía por lo que pudiera haber ahí para mi.

Finalmente Edward bajo, y saludó a todos incluido mi padre quien solo asintió como saludo y vino a sentarse junto a mi.

— Feliz navidad amor — puso mi sonrisa favorita, esa traviesa de lado que hacia que dejara de respirar por un segundo.

— ¿Qué hacías? — fue mi respuesta, él se rió de mi molestia y besó mi frente, después mi mejilla y finalmente mis labios, no pude resistir, o evadir su beso por mi "intenso" disgusto. En vez de eso, me dediqué a saborear sus labios, y sus brazos alrededor de mí, que hacían que mi cuerpo temblara y esta vez, ya no a causa del frío.

— Preparaba el regalo de Alice — me dijo mientras intentaba recuperar el aliento.

— Bien —dije suspirando — ahora vuelve a besarme.

Sonrió con un poco de prepotencia, sabia que le gustaba sentirse con ese poder sobre mí y a mí no me importaba, mientras toda la vida me besara de esa forma.

— Tu padre habrá dejado la pistola en casa — dijo divertido — pero su mirada es más que suficiente para asesinarme.

Charlie estaba al fondo de la sala, platicando con Carlisle, pero con su atención puesta en nosotros, rodé los ojos y me hundí en los brazos de Edward, intentando demostrarle a Charlie que no importaba que tan mal mirara a Edward, no dejaría de estar con él.

Cenamos en medio de risas y anécdotas, Alice intentaba ridiculizar a Edward con sus historias de cuando eran pequeños y Edward hacia lo mismo, son embrago Carlisle se encargo de ridiculizarlos a los dos. Emmett por su parte contó infinidad de situaciones en las que había terminado yo en el piso, o embarrada en mí pastel de cumpleaños numero siete. Hasta Edward se rió con esa anécdota, pero calló cuando lo miré con desagrado.

— Abramos los regalos — salto Alice de la mesa en cuanto terminamos de cenar.

— Antes, vamos a brindar — Carlisle se puso de pie y tomó su copa y como buen patriarca hizo el brindis — brindo por mi familia, y con mi familia me refiero a todos aquí presentes, espero que esta sea la primera de muchas navidades que pasemos juntos. Brindo también por mi primer nieto que viene en camino y la eterna felicidad de los padres — le devolví la sonrisa e instintivamente puse la mano sobre mi vientre un poco abultado — y brindo por Esme, mi mujer, por que a largo de veinticinco años me ha hecho el hombre mas feliz de este planeta. ¡Salud!

— ¡Salud! — coreamos todos, Alice tomó su copa de un solo trago y después salió corriendo a la sala.

— ¡Los regalos! — no nos dio tiempo a nadie de saborear nuestra bebida, aunque a la mía no había mucho que saborearle, tomaba agua, simple agua. Todos la acompañamos a la sala, ya estaba sentada junto al árbol con un regalo en las manos.

— Este primero — se lo ofreció a Edward y este tomó la larga caja envuelta y se la ofreció a Charlie.

— Jefe Swan, espero que sea de su agrado, feliz navidad.

— Si crees que con un simple regalo se me olvidara todo estas muy equivocado — Charlie rasgó el papel y saco una caña de pescar de lo mas moderna — gracias.

El tono de la voz de Charlie se suavizó, e intentó contener el entusiasmo ante la caña de pescar más moderna en el mercado, jamás iba a admitir que Edward había acertado en el regalo, y sobre todo que le había encantado.

— De nada jefe Swan — Edward continuo con su tono respetuoso, y mi padre asintió, aunque esta vez de manera no tan hosca.

— Ahora este — Alice le entregó a Carlisle un regalo pequeño.

— Mi amor — abrazó a Esme y le entrego el regalo, junto con un pequeño beso en los labios — espero que este pequeño detalle te agrade.

Esme sonrió y abrió el papel, era un sobre amarillo y mi suegra lo miró extrañada y sacó del sobre varios papeles. Leyó despacio y palideció de pronto.

— ¡Oh Dios! — Exclamó — ¿una isla?

— Así es amor, una pequeña isla en el Caribe… "Isla Esme"

¿Qué? ¿Una isla de regalo? Eso era demasiado, sabia que los Cullen eran una familia adinerada, pero jamás me imaginé cuanto.

— Esconde el regalo de Esme de mi parte — le susurré a Edward.

— ¿Por que? — se notaba extrañado por mi petición.

— Es un saco, ¡un saco! No puedo darle eso después de que tu padre le regalara una isla. ¡Una isla! ¿Quién regala una isla?

— Un hombre enamorado — sonrió y me temí lo peor de su regalo, aunque me relajé luego de recordar que seria de no más de dos dólares, y una isla, o por lo menos, una casa, costaba bastante mas — además a mi madre le encantará tu regalo.

Entonces, Edward tomó una caja pequeña y se la entregó a su hermana.

— Cuando lo vi, me pregunté quien seria tan tacaño para regalar algo tan pequeño — Alice frunció en entrecejo y le arrebató el regalo a mi novio.

— Feliz navidad para ti también Alice — Edward vio emocionado como su hermana abría la envoltura y se encontró con un llavero con la insignia de la marca Porsche. Alice abrió los ojos y miró a su hermano.

— Nunca lo vi, traté y no lo vi — exclamó poniéndose de pie y abrazando a su hermano — ¿cómo lo hiciste?

— Cuando me dijiste que vigilarías a mi padre, supuse que estarías tan concentrada en él que no fisgonearías en mi futuro, y menos en el de Emmett.

— Así es pequeño duende, yo te lo conseguí.

— ¡Ow! ¿Es amarillo?

— Alice primero agradece — regaño Esme.

— Ah claro — Alice rió y abrazó a Emmett — gracias a los dos, en verdad muchas gracias. ¿Es amarillo?

— Es amarillo — confirmó mi novio.

— ¡Quiero verlo! — Alice salió disparada a la puerta principal, seguida por todos nosotros, llegamos a la cochera y ahí en el fondo, estaba un auto amarillo con un enorme moño rojo.

— Eres el mejor hermano del mundo — Alice subió a su auto nuevo y lo encendió — ¿quién quiere venir?

Miré a Edward, sabia que amaba los coches y la velocidad, pero el negó con la cabeza y fue Rosalie la que subió junto con Alice. Esta arrancó el auto y salieron a dar una vuelta.

— ¡Mucho cuidado! — les grito Esme, pero dudaba que la hubieran escuchado.

— ¿Por qué no fuiste con ella? — pregunté a mi novio mientras entrábamos de nuevo a la casa.

— Por que prefiero darte tu regalo.

— Solo prométeme que no es algún país que compraste y que se llamara "Bella".

El rió con fuerza — Creo que es mejor que eso.

Gemí en voz baja, tomó mi mano y me guío escaleras arriba, en la sala los demás se acomodaron de nuevo junto al árbol para seguir con los regalos. Me llevó hasta el tercer piso, y luego a su recamara, donde había estado una sola vez, y al recordarlo me sonrojé por la forma tan peculiar de haberlo hecho. Edward cerró la puerta y le puso seguro y mi corazón comenzó a palpitar demasiado deprisa.

— ¡Wow! ¿En serio tú serás mi regalo? — me acerqué a él y le quité con desesperación el suéter, lo besé con pasión, hundiendo mis dedos en su pelo, sintiendo su cálido aliento en mis labios, sin embargo él hacia lo posible por no reír.

— Bella — me apartó con delicadeza — eso no es tu regalo, al menos aun no.

Me sonrió de lado y sentí que me ruborizaba de nuevo.

— Hormonas — me justifiqué.

— Y me encantan, amor, pero antes… — me abrazó y me llevo hasta el reproductor de discos — reproduce el CD que está dentro.

Hice lo que me dijo, y una suave melodía comenzó a sonar, era solo música de piano, pero tan hermosa y tranquila, Edward tarareaba en mi oreja, haciendo que la piel se me enchinara de sentirlo tan cerca. A pesar de mi mal gusto por bailar, lo rodeé con los brazos y comenzamos a movernos al ritmo de la lenta melodía. Recosté la cabeza en su pecho, sentí el latir de su corazón, algo acelerado, pero que combinaba con la música.

— Es hermosa — dije en un susurro, sin querer romper el encanto del momento — ¿de quien es?

— Es tuya — me dijo besando mi pelo.

— ¿Mía? — Me reí, entonces este era mi regalo — quiero decir ¿Quién es el artista?

— Oh, bueno no es un artista, es más bien alguien que le gusta tocar el piano como pasatiempo, y que la compuso el primer día que te conoció, mientras pensaba en tus hermosos ojos.

Levanté la mirada para verlo a los ojos, los cuales brillaban con la tenue luz de un par de velas.

— ¿Tu… la compusiste? ¿Para mí? — sentí que el pecho se me hinchaba, que el corazón estaba a punto de explotarme de alegría. Nunca había sido el tipo de persona que se muriera con un detalle como una flor, o por que alguien me dedicara una canción. No era tan… romántica. Pero Edward no me había dedicado una canción. No. Él me había compuesto una melodía tan hermosa, solo para mí. Pensando en mí. Edward se limitó a asentir, mientras la música terminaba armoniosamente.

— Hubiera preferido tocarla en vez de reproducirla, pero hay mucha gente allá abajo.

— Edward, eso es tan… — me mordí el labio, en busca de alguna palabra que describiera lo que me hacia sentir.

— Te amo Bella, eres lo más hermoso que me ha pasado y no me arrepiento de nada de lo que he hecho. Sé que no hice las cosas como debían desde que te conocí, que te di un lugar que no te merecías — su cálida mano trazaba caricias en mi cuello y ascendía por mi mejilla, mientras con el pulgar jugaba con mis labios, mis ojos estaban hipnotizados con los suyos, y yo estaba totalmente seducida por su aterciopelada voz que susurraba las palabras de una forma tan llena de amor — pero a pesar de todo aquí estas, amándome, dispuesta a pasar el resto de tu vida conmigo, me darás un hijo y yo no encuentro la forma de agradecértelo.

Me besó, fue un beso lento que me inundo de él, de su calor, su sabor y sobre todo, su amor. Sus labios de movían perfectamente sobre los míos y me perdí completamente, el mundo solo dejo de girar, y ya no importaba nada, mas que sentirlo de esta manera. Ya no existía Tanya, ni Charlie, ni nadie. Solo él y yo.

— Algo debí haber echo en otra vida, para merecerte — susurró contra mi cuello, yo solo gemí, me besó de nuevo en los labios y después se separo, unió su frente con la mía, levantó su mano y ahí estaba un hermoso anillo de raso negro — Isabella Swan, prometo hacerte feliz el resto de mi vida, y juro que todos los días te amaré mas ¿quieres casarte conmigo?

Esta vez no pensé en nada mas, solo estábamos nosotros tres, si, tres. Ahora éramos una familia, seriamos una familia.

— Si Edward, quiero casarme contigo — respondí casi sin aliento, el sonrió ampliamente y puso el anillo en mi dedo para después besarme mientras me recostaba lentamente sobre la cama, con él tiernamente sobre mi.

Así, comenzamos con la primera noche… del resto de nuestras vidas.

FIN

domingo, 23 de enero de 2011

Guerrero del Desierto

CAPÍTULO III

Alice la condujo hasta sus aposentos, una suite en el ala sur del palacio. Mientras una de las habitaciones que le enseñaron tenía un toque muy femenino, las otras dos que conformaban la suite estaban llenas de aderezos masculinos. Bella lo comentó en voz alta.

-Yo... creo que no nos avisaron con mucho tiempo de tu llegada -contestó Alice con acento extraño en su voz.

Bella atribuyó su titubeo al pudor que sentía al hablar de los asuntos de Edward.

-Claro -admitió Bella en un intento de tranquilizar a la mujer-. ¿Adónde llevan estas puertas? -preguntó después de desnudarse en el enorme vestidor.

-Ven. Te gustará -respondió Alice con una vivaz sonrisa, ciertamente contagiosa, al tiempo que abría las puertas.

-¡Un jardín!

Bajo los pies desnudos de Bella, la hierba del jardín era suave y delicada. En el centro, había una fuente de la que salía el agua en forma de arcos chispeantes. Había además unos bancos alrededor de la fuente, que a su vez estaban rodeados de millones de diminutas flores azules. Una fragancia embriagadora la condujo hacia un enorme árbol que había en un extremo cubierto de campanillas azules y blancas.

-Este es el jardín privado de... -Alice se tragó sus palabras-. Lo siento, a veces mi inglés no es muy...

-No pasa nada -dijo Bella haciendo un gesto con la mano-. Yo estoy intentando hablar la lengua de Zulheil, pero no soy muy buena todavía.

-Yo te enseñaré, ¿quieres? -dijo Alice con los ojos relucientes.

-¡Sí, gracias! ¿Y qué me decías del jardín? Alice frunció el ceño.

-Es el jardín privado de las personas que viven tras estas... habitaciones -dijo entonces señalando hacia la puerta de la habitación de Bella y hacia otras dos similares a su izquierda. El círculo se completaba con un alto muro cubierto por una vid trepadora. Bella asintió con la cabeza.

-Ah, quieres decir que es el jardín de invitados.

-¿Te han gustado tus habitaciones y el jardín? -preguntó Alice arrastrando los pies y sonriendo.

-¿Cómo no iban a gustarme? Son increíbles.

-Bien, eso está bien. ¿Te quedarás en Zulheil?

Bella alzó la vista sorprendida ante su tono de voz.

-¿Cómo lo sabes?

Alice suspiró y tomó asiento en un banco cercano a la fuente. Bella fue tras ella.

-Jasper es el mejor amigo de Edward, y como esposa de Jasper yo...

-¿Eres la esposa de Jasper? -a Bella se le atoraron las palabras en la garganta-. Yo pensé que tú... no importa.

-¿Era una sirvienta? -dijo Alice sonriendo sin rencor-. Edward deseaba que estuvieras con alguien que te hiciera sentir cómoda a tu llegada. Trabajo en el palacio y estaré aquí todos los días. Espero que te encuentres a gusto y me pidas todo lo que necesites.

-Oh, sí -contestó Bella sintiendo que una pequeña llama prendía en su interior. Edward se había preocupado de que una mujer tan agradable le diera la bienvenida-. ¿Pero por qué no dijiste nada?

-Tanto él como Jasper son terribles cuando muestran su temperamento. Edward está enfadado contigo y mi marido conmigo.

-¿Por qué está enfadado Jasper contigo? -preguntó Bella haciendo caso a su curiosidad.

-Espera que esté de acuerdo con algo que él y Edward están haciendo aunque ni siquiera él esté de acuerdo con Edward.

Antes de que Bella pudiera preguntarle algo más, Alice continuó.

-Jasper me contó lo que había pasado en tu país, pero es de todos conocido en Zulheil que Edward quedó con el corazón destrozado por una mujer de pelo marrón y ojos como el chocolate.

-¿Cómo? -preguntó Bella pestañeando.

-Jasper se llevaría a la tumba los secretos de Edward, pero otros no fueron tan... leales -explicó Alice-. Eres un misterio, pero es bueno que hayas venido. Después de la muerte de sus padres, Edward te necesita.

-Pero está furioso conmigo -confesó.

-Sí, pero ahora estás en Zulheina. Es mejor estar cerca de él aunque esté enfadado, ¿no crees? Tienes que aprender a manejar a tu m...

La súbita mirada de aflicción que se apoderó del exótico rostro de Alice alarmó a Bella.

-¿Qué te pasa?

-Yo... he olvidado algo. Por favor, entra conmigo. Bella siguió a Alice desconcertada ante su cambió de humor.

-Te hemos preparado un baño relajante. Después, ponte esto -continuó Alice dentro de la habitación señalando las ropas que estaban preparadas sobre la cama.

Bella tocó el tejido suave e increíblemente fino de las prendas. Eran tan ligeras como el aire y del color de la Rosa de Zulheil: blanco puro con un toque rojo fuego. El conjunto estaba compuesto por una larga falda moteada de diminutos cristales que reflejarían la luz a cada uno de sus movimientos, y un corpiño ajustado al cuerpo ribeteado de los mismos cristales relucientes. Tenía unas largas mangas pero la prenda en sí era corta y dejaría a la vista de cintura para abajo. Una fina cadena de oro con colgantes estaba también preparada junto con la ropa. Debía ser para ponérsela alrededor de la cintura.

-Pero esta ropa no es mía -susurró Bella.

-Esta noche se da una... comida especial y tus ropas no son las apropiadas. Estas son para ti como...

-¿Invitada? -sugirió Bella-. Bueno, supongo que si esto es lo normal no habrá problema. Es solo que no me sentiría cómoda llevando algo tan caro.

Tuvo que asegurarle repetidas veces a Alice que estaría bien, antes de que esta se marchara.

-¿Es una cena muy formal la de esta noche? -le preguntó justo antes de que saliera por la puerta.

-Oh, sí. Muy formal. Volveré para arreglarte el pelo y asegurarme de que estás preciosa.

Cuando Alice se marchó, Bella estaba segura de haberla oído murmurar algo en voz baja pero el delicioso olor del baño aromático la distrajo.

-Me siento como una princesa -susurró Bella casi dos horas después de haber llegado al palacio.

-Bueno, yo he hecho mi trabajo -rió Alice.

-Pensé que se suponía que la piel de la mujer no quedaba a la vista -dijo Bella poniéndose la mano en el estómago. Los finos colgantes que caían hasta la cadera eran de lo más provocativo.

-Somos reservadas en público, y Zulheil no tiene unas normas estrictas aunque la mayoría de las mujeres prefieren una forma discreta de vestir. En nuestras casas, con nuestros hombres, es aceptable mostrarse más... -no terminó la frase pero movió las manos señalando sus propias ropas. Se había cambiado ella también de ropa y llevaba unos pantalones de pierna ancha de color amarillo pálido, ceñidos en el tobillo, y una blusa-corpiño de forma muy parecida a la de Bella. Sin embargo, su ropa no estaba cubierta de relucientes cristales.

-¿No estoy muy arreglada? -preguntó Bella aunque no quería cambiarse. Imaginaba el asombro de Edward cuando apareciera ante él. Tal vez creyera que era hermosa porque, por primera vez en su vida, ella también se lo creía.

-Estás perfecta. Ahora debemos irnos.

Unos minutos más tarde entraban en una sala llena de mujeres, todas vestidas con hermosas ropas de vivos colores. Bella abrió los ojos desmesuradamente. Al entrar, la conversación se detuvo. Un segundo después, comenzó de nuevo y el caos se rehizo. Varias mujeres de más edad se acercaron y la invitaron a sentarse en los cojines con ellas. Con Alice actuando como traductora cuando era necesario, Bella pronto se encontró riendo y hablando con ellas como si fueran viejas amigas. Algo en ellas le resultaba familiar, pero no podría decir qué.

Una súbita tensión la advirtió de que algo extraño estaba a punto de ocurrir. Cuando alzó la vista se encontró con Edward en la puerta. Como si ella no tuviera el control de sus piernas, se puso en pie. El silencio volvió a reinar, pero esta vez lleno de expectación, como si todo el mundo estuviera conteniendo el aliento.

Estaba espléndido, vestido con túnica y pantalones negros y, como único adorno, la pasamanería de oro bordada en el cuello de la túnica. La austeridad de su ropa hacía resaltar la belleza de sus impenetrables rasgos. Caminó hasta el centro de la sala y la tomó de la mano.

-Eres como el corazón mismo de la Rosa de Zulheil-susurró Edward mirando sus mejillas sonrojadas. Retrocedió un paso entonces, pero Bella sentía que estaba en el centro mismo de una hoguera.

-Tengo una pregunta para ti, mi Bella -continuó Edward pero esta vez sus palabras hicieron eco en la sala silenciosa.

-¿Sí? -preguntó ella mirándolo.

-Has venido a Zulheil por deseo propio. ¿Te quedarás aquí por deseo propio? -preguntó Edward mirándola fijamente con sus ojos verdes.

Bella estaba confusa. Edward le había dejado claro que no la dejaría marchar, ¿por qué le preguntaba entonces algo semejante?

-Sí.

La sonrisa de Edward fue rápida y mostraba satisfacción. Le recordó de nuevo a una pantera y sintió de pronto como si la estuviera acechando.

-¿Y te quedarás conmigo por deseo propio?

La pregunta fue el detonante que necesitaba su mente abotargada. Comprendió de pronto lo que estaba ocurriendo pero la conciencia de ello no cambió su respuesta.

-Me quedaré -dijo y así quedó sellado su destino. Un brillo de satisfacción ilimitada ardió en los ojos de Edward durante un segundo. A continuación parpadeó ocultando la llama. Le tomó una mano y se la llevó a los labios para depositar un suave beso en la cara interna de la muñeca, allí donde el pulso corría a toda velocidad.

-Y ahora me despido de ti, mi Bella, solo por... ahora.

Y diciendo esto se marchó dejándola allí de pie sin poder creer lo que acababa de hacer. Un montón de mujeres risueñas se acercaron a ella y la acompañaron de vuelta a los cojines. Bella se fijó en la expresión preocupada de Alice mientras las otras mujeres se iban sentando a su lado.

-¿Bella? -la voz de Alice interrumpió sus pensamientos, recordándole dónde estaban.

-¿Cuando me preguntó todo eso...?

-Yo quería decirte la verdad, pero me lo prohibieron.

-Y tu lealtad es para Edward.-dijo Bella sin poder contenerse. La mujer había hecho todo lo posible por ayudarla-. Pensé que el país estaba de luto.

-Y así ha sido durante un mes pero es parte de la cultura de Zulheil que la vida conquista a la muerte. Nuestro pueblo prefiere vivir y ofrecer su alegría por la vida a los que se han ido que ahogarse en la oscuridad del llanto.

-¿Sabes lo que va a ocurrir ahora? -continuó Alice y al ver que Bella no respondía, continuó-. Las preguntas que te ha hecho son el primer paso de la ceremonia nupcial. A continuación viene la unión que la llevará a cabo uno de nuestros mayores. La parte final es la bendición, que se celebrará fuera de aquí. No volverás a ver a Edward hasta que todo haya terminado.

Bella asintió y sus ojos vagaron hasta posarse en los cortinajes de la ventana que había en la pared divisoria. Su futuro la aguardaba al otro lado de esa pared.

Cuando saliera de esa sala, estaría casada con el jeque de Zulheil.

-Ha llegado el momento de la unión -dijo Alice asintiendo a una mujer de más edad, vestida de arriba abajo de color rojo vibrante, que acababa de entrar en la habitación.

De rodillas junto a Bella, la mujer sonrió y le tomó la mano derecha.

-Con esto yo te uno -dijo atándole alrededor de la muñeca un precioso lazo rojo con delicados bordados.

Al acercarse más, Bella vio que el bordado eran en realidad letras escritas en árabe. Cuando la mujer alzó el arrugado rostro, la miró con unos ojos llenos de fuerza.

-Ahora repetirás mis palabras. Bella asintió.

-Que esta unión sea verdadera. Que nada quiebre esta unión.

-Que esta unión sea verdadera. Que nada quiebre esta unión -repitió Bella en un susurro debido al nudo que se le había formado, consciente de la finalidad de aquel acto.

-Con este lazo, tomo mi vida y la pongo en manos de Edward Cullen al-Huzzein Donovan Zamanat. Desde ahora y hasta la eternidad.

Bella repitió las palabras con cuidado. Había hecho su elección, y lo sabía, pero no podía evitar el dolor porque sus padres no estuvieran presentes. La habían apartado de su lado con una crueldad que seguía sin poder comprender.

Cuando hubo terminado, la anciana tomó el otro extremo del lazo y lo pasó por la ventana. Un minuto, después, Bella notó un tirón en su muñeca.

Acababan de unirla a Edward. «Desde ahora y hasta la eternidad». Fuera, las bendiciones sonaban y hacían eco en su alma.

Edward observó a través de la pequeña abertura que le dejaba ver la habitación en la que estaba Bella.

Su ansia por poseerla clavó sus garras en él, pero bajo el deseo carnal había un anhelo y un dolor más profundo si cabía; sentimientos que se negaba a reconocer. Solo permitió que una pequeña parte de su deseo escapara a su control. Bella siempre le había pertenecido, pero en unos minutos, los lazos de unión entre ellos serían inquebrantables.

Y entonces la haría suya.

Bella no dejaba de pensar en las palabras que Edward le había dicho en el coche. ¿Cómo podría relajarse sabiendo que una pantera hambrienta estaba a punto de entrar para consumar su unión? Dando un gruñido, se sentó en la enorme cama de la habitación contigua a la suya. La presencia masculina de Edward estaba por todas partes.

El vaporoso camisón que había encontrado sobre la cama era, para su opinión, realmente escandaloso. El tejido ultrafino le llegaba hasta los tobillos como un manto de niebla. Tenía unos lazos azules a la altura del ombligo, y unas largas mangas que se ajustaban a las muñecas con el mismo tipo de lazo. Unas aberturas a la altura de los muslos dejaban al descubierto sus piernas a cada movimiento que hacía. Las mangas también tenían unas aberturas longitudinales que iban de la muñeca al hombro dejando a la vista su piel.

Incómoda con aquella prenda tan sensual, atravesó el vestidor con la intención de encontrar una bata que ponerse encima. Encontró una bata larga de seda azul que era de Edward claramente. Tendría que servir, pensó Bella sacándola de la percha.

-Detente.

Sobresaltada, se giró en redondo. No lo había oído entrar, ni tampoco cruzar la habitación. Edward estaba casi a su altura, y la miraba de arriba abajo ardorosamente. Bella se fijó en su torso desnudo. Era magnífico. Los hombros eran más anchos de lo que creía, y tenía unos músculos poderosos pero flexibles que se marcaban cuando se movía. La única prenda que cubría su cuerpo era una pequeña toalla.

-No te he dado permiso para cubrirte.

El cuerpo de Bella se puso tenso al escuchar el tono autoritario de Edward.

-No necesito tu permiso.

Con un rápido movimiento de su muñeca, le quitó la bata de sus débiles dedos y le tomó ambas manos en una suya.

-Olvidas que ahora me perteneces. Harás lo que yo desee.

-Tonterías.

-Si te tranquiliza, puedes estar en desacuerdo conmigo -contestó él con tono magnánimo ahora-, pero que sepas que voy a ganar.

Bella lo miró. No era la primera vez en el día que pensaba si no se habría embarcado en una empresa demasiado arriesgada. Tal vez Edward fuera realmente el déspota que se empeñaba en mostrar. Tal vez la consideraba realmente una posesión.

-Quiero verte, Mina -añadió y con un rápido movimiento la hizo girar hasta dejarla de espaldas a él. Edward colocó su otro brazo bajo los pechos de Bella. Cuando esta alzó la vista, se dio cuenta, para su asombro, de que estaban delante de un espejo de cuerpo entero. Su pelo marrón quedaba muy exótico sobre el blanco del camisón, y la pálida piel hacía franco contraste con la piel morena de Edward. La colosal figura de este se curvó sobre el cuerpo femenino.

-Edward, déjame ir -rogó ella, incapaz de admitir la intimidad sexual que implicaba el reflejo en el espejo. Se volvió para mirar a un lado de forma que su mejilla quedó pegada al pecho de él. La preocupación que sentía por la forma de ser de aquel hombre quedó oculta por la riada de deseo que inundó su cuerpo.

-No, Mina. Quiero admirarte -repitió él acariciándole el cuello, apartando los mechones de pelo que lo cubrían-. He fantaseado con esto durante años.

Aquella confesión descarnada la hizo temblar.

-Mírame mientras te amo -añadió mordisqueándole el cuello y chupándolo después.

Ella sacudió fa cabeza a modo de negativa muda. Edward la fue besando hasta llegar a su mandíbula y a la mejilla. El lóbulo de la oreja era un delicado bocado que le apetecía chupar y saborear. El le acariciaba la piel con un leve roce de sus dientes mientras ella se ponía de puntillas en un intento inconsciente por acercarse más a él.

-Mira al espejo -susurró Edward extendiendo los dedos por debajo de los pechos de Bella hasta su estómago-. Por favor, Mina.

Aquel «por favor" con la voz ronca destruyó todas sus defensas. Entonces miró. y se encontró con aquella ardiente mirada de color verde. Sosteniéndole la mirada, Edward subió la mano y le cubrió uno de los pechos. Ella dio un grito ahogado y sostuvo el brazo que la ceñía por la cintura. En respuesta, él la apretó con más fuerza. No era suficiente. Bella necesitaba más.

-Edward -gimió empujando su cuerpo contra él de él sin descanso.

-Mira -ordenó él. Y ella obedeció.

Edward fue deslizando la mano hacia arriba hasta que el pulgar alcanzó el pezón. Ante la atónita mirada de ella, acarició el pezón tembloroso, una y otra vez. Bella dejó escapar un jadeo. Tras ella, muy cerca de su cuerpo, escuchó la respiración de Edward y sintió que el cuerpo de este se endurecía, todos y cada uno de sus músculos y tendones se volvían de acero. Bella protestó cuando Edward dejó de acariciarla, para comenzar a suspirar y a gemir cuando vio que repetía la misma operación con el otro pecho. Tenía unas manos grandes, cubiertas de un bello claro, y Bella deseaba sentirlas por todas partes. Cuando Edward se separó, Bella dejó caer los brazos por los costados.

Edward llevó entonces las manos hacia el estómago de ella y le acarició las caderas. Desde allí, extendió las manos de forma que los dos pulgares se encontraran en el centro del estómago, a la altura del ombligo. Bella clavó los dedos en los muslos rígidos de Edward, que seguía pegado a su espalda y en ese momento vio la forma en que aquel movimiento sutil en marcaba el triángulo oscuro que se adivinaba entre sus piernas. Edward murmuró satisfecho a su oído y la recompensó mordisqueándole de nuevo el lóbulo de la oreja.

Entonces sonrió a través del espejo. Fue una sonrisa de satisfacción, muy masculina. Sin despegar los ojos de los de ella, movió los pulgares. Rozó con ellos el vello púbico. Bella trató de evadirse pero se sintió atrapada frente a Edward y su abrumadora presencia. Observó con impotente fascinación, el corazón a punto de salírsele por la boca y sintiendo las rodillas flaquear, mientras él hacía subir y bajar los pulgares con movimientos deliberadamente lentos. La súbita presión que sintió en el centro de su cuerpo la hizo soltar un grito de placer y enterrar la cara contra el pecho de él. Edward la dejó recuperarse antes de volver a iniciar la íntima caricia, una y otra vez, hasta que el cuerpo de Bella comenzó a arquearse a su contacto, urgiéndolo a entrar en ella.

-¡No! -gritó cuando Edward retiró las manos.

-Paciencia, Mina -contestó él. Su respiración era irregular pero no había perdido el control.

Bella se retorcía en un esfuerzo por hacerle regresar. Pero en vez de hacerlo, Edward apresó el camisón a la altura de las caderas y comenzó a subirlo. Antes de poder protestar, tenía las piernas al descubierto.

-¡No! -Bella trató de levantar los brazos pero pronto quedó inmovilizada. Incapaz de mirar la forma clara en que la estaba tomando, cerró los ojos al tiempo que sentía los labios de él en el cuello, y la sien, y en la mejilla. Entonces dejó de levantar el camisón.

-Mina.

Bella no podía resistirse. Abrió los ojos y lo miró mientras la desnudaba hasta la cintura, fascinada por la rica sensualidad de su voz.

-Oh, Dios -dijo ella. Sentía un poderoso deseo y no lo ocultaba.

Los músculos de los muslos de Edward fluyeron bajo sus manos cuando este cambió de posición. Para su asombro, sintió el muslo fornido abriéndose paso entre sus piernas. A continuación empezó a restregarlo contra la sensible piel de ella, una suave quemazón que le puso los nervios a flor de piel. No había barreras entre la piel caliente de él y la calidez húmeda de ella. Tenía las manos libres, pero ya no deseaba detenerlo.

-Cabalga sobre mí, Mina -dijo él levantándole el camisón con una mano y deslizando la otra entre sus piernas. Bella pensó que iba a perder la cabeza cuando notó los dedos de él abriéndose paso entre los rizos de su pubis. Edward empujó la pierna un poco más, incitándola a hacer lo que él quería. Bella gimió y, sin voluntad alguna, comenzó a mover las caderas. Edward le acarició con sus dedos el íntimo centro, mientras empujaba más y más fuerte con la pierna hasta casi levantarla del suelo.

Perdida en el placer de sus manos, cerró los ojos y cabalgó sobre él. Desesperada por encontrar asidero, cerró las manos sobre los bíceps de él, pero era demasiado tarde. Sintió una presión creciente en su interior y de pronto una explosión. Fue como si todo su cuerpo se hubiera desintegrado para luego volver a unirse. Gimiendo al alcanzar el orgasmo, se apoyó contra Edward, confiando en que él la sostendría.

-Mina, estás muy hermosa -dijo él con tono reverencial.

Bella levantó la cabeza y se miró en el espejo, con las piernas separadas, y el muslo de Edward alzándola. Rebosante de placer no podía sonrojarse, pero alzó la cabeza y lo miró a los ojos.

-Gracias.

Edward se estremeció, a punto de sucumbir también él.

-Todavía no he terminado.

El camisón resbaló de nuevo hasta los tobillos cuando Edward lo soltó. Los ojos enfebrecidos de ella lo observaban mientras le desataba los lazos. Se tomó su tiempo, disfrutando con la culminación del que, durante años, había sido su sueño erótico. Cuando Bella se movió, Edward pudo sentir las ligeras sacudidas que la convulsionaban. Complacido, dobló el muslo contra el interior de ella aún ardiente, consciente de que aquello enviaría oleadas de placer a su cuerpo.

-Edward, no juegues -dijo ella ladeando la cabeza. El la besó en los labios, encantado con aquella queja tan femenina.

-Pero es que es muy fácil jugar contigo –contestó él al tiempo que terminaba de desatar los lazos. Entonces el camisón se abrió y sus pechos quedaron a la vista. Edward sintió el dolor intenso de su erección ante la visión de una realidad que sobrepasaba su fantasía. Cubrió con una mano la carne turgente y apretó ligeramente.

Mina cerró los ojos y se arqueó ante el contacto. Edward empujó ligeramente las caderas de ella ansioso porque lo sintiera, porque comprendiera que la necesitaba. Quería marcarla tan hondo que nunca deseara alejarse de él. El deseo era primitivo e incivilizado, aunque él nunca había sido desconsiderado con las mujeres.

Bella abrió los ojos y le sonrió a través del espejo, una sonrisa pletórica de sensaciones recién descubiertas, y comenzó a moverse sinuosamente arriba y abajo. La danza lenta era una tentación despiadada, pero sentirla era algo increíble.

-Bruja -gruñó él.

-Provocador -acusó ella.

Edward comenzó a acariciarle el pecho de nuevo, tomando el pezón entre los dedos. Se mostraba exquisitamente sensible al tacto, una tentación irresistible.

-Tal vez, pero soy más fuerte que tú.

Sin dejarla tomar aliento, le levantó el camisón y se lo sacó, por encima de la cabeza. Bella levantó los brazos en acto de rendición. Oyó que lanzaba la prenda lejos al tiempo que retiraba el muslo de entre sus piernas. El único punto de unión entre ellos era el brazo de Edward ciñéndole la cintura.

Bella se retiró el pelo de la cara y dio un grito ahogado al ver que estaba totalmente desnuda ante él.

-Eres mía, Bella.

Esa vez, el tono eminentemente posesivo de sus palabras no la asustó.

-Quiero cabalgar de nuevo.

sábado, 22 de enero de 2011

Destellos de Oscuridad

Buenas noches mi angeles hermosos !! aqui les dejo un capitulo mas de este fic , por fiss dejenle muchos comentarios a nuestra querida escritora , y a leer mis nenas.
les mando mil besitos a todas
Angel of the dark

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Capítulo 13

Lazo de sangre

-Haré todo lo que quieras, Dominic, sólo regrésame a mi hermana –las palabras brotaron pegajosas, llenas de un sonido cortado, emocionado; Bella apenas podía respirar y la sola mención de Amy le provocaba una tortura.

-Debiste decir eso anteriormente, cuando yo no me encontraba tan molesto… Ya ves a lo que he llegado, secuestrar a una simple mortal…

-Por favor… no le hagas daño, te lo suplico.

-…Afortunadamente para ti –el continuó como si no la hubiera escuchado- ya te he perdonado. Ahora todo lo que tienes que hacer es obedecerme en todo lo que yo te diga y cuando esté seguro de que eres completamente mía, entonces liberaré a tu pequeña humana.

-Sí, sí, lo que tú quieras –dijo Bella, su voz ya casi no tenía voluntad, las palabras salían frías; sabía que, de ahora en adelante, todo lo que diría no sería más que por la voluntad de Dominic.

Entraba apenas una brisa, que se asemejaba más a una caricia triste en los pómulos de la vampiresa que algún consuelo perdido en el exterior. Era una habitación destrozada, la cama deshecha rebelaba la lucha y el olor metálico de la sangre subía hasta sus narices. Ella continuaba con el celular pegado a su oreja, la voz grave, sarcástica y satisfecha lograba propagarse poco a poco sobre la destrucción. De aquella escena, sólo se enmarcaba la mirada angustiada de Bella y sus labios temblorosos, que emanaban sonidos resignados, apoyados por asentimientos de cabeza, innecesarios y completamente sumisos. Se hizo un eco de podredumbre deprimente que se expandió con un último sí; Bella destrozó el aparato, ahogando la risa estridente de su manipulador y con la mano en el corazón, se lanzó por la ventana, para encontrarse con él y poder salvarla.

Jamás había experimentado el escozor de su propia sangre en su nariz, en su boca, hasta ese día que se encontraba tendida en el pasillo del hospital, pintando el piso blanco de un escarlata brillante, mientras sentía que toda la energía se le escapaba en un derramar cálido y constante. Quería que el techo se borrara de su visión y reemplazarla por el rostro de Emmett, aunque sabía que su rostro no se vería complacido como ella se lo imaginaba, sino cubierto en angustia… No tardaría en saberlo, no tardaría en llegar hasta ella; estaban unidos por un lazo tan fuerte que sería difícil que él no supiera dónde se encontraba, así como ella sentía su presencia y sabía que se encontraba bien. Eso era lo único que la alegraba, después de todo el dolor y de ese amargo sabor en los labios… el saber que estuvo a punto de traicionar a Bella y, por consiguiente, a muy poco de destrozar el corazón de su hermano. A pesar de todo, en verdad se arrepentía de aquel arrebato de debilidad.

Alice apenas tuvo tiempo de destruir al último vampiro, antes de correr por los pasillos hasta encontrarse con Jasper. Sus brazos lo rodearon, su respiración se relajó enormemente… Lo observó de pies a cabeza, buscando algún daño, mientras los ojos de él hacían lo mismo sobre su cuerpo, nunca se había sentido tan aliviada, ni tan tranquila como cuando sus labios se unieron a los de ella. Tenía que aceptarlo, había algo casi egoísta en la naturaleza de los vampiros que tenían compañeros; ella misma, al sentir el peligro no había hecho otra cosa que asegurarse que él, su otra mitad, estuviera completamente bien y, ahora que lo estaba, su corazón se abrió para preocuparse por su familia.

Por eso, cuando vio a Emmett pasar cerca de ellos, con la cara destrozada en una angustia asfixiante, su interior se colapsó, imaginando el sufrimiento de su hermano. Y el reflejo de su dolor la golpeó con mayor fuerza, cuando lo vio volver con el cuerpo de su amada goteando preciosa y brillante sangre de su abdomen. Lo escuchó llamar con voz rota ha Carlisle, mientras las rodillas de él se doblaban y chocaban con el suelo; tendió a Rosalie en el pasillo y le tomó la mano. Ella ya no abría los ojos.

Alice intentó calmarlo, pero no parecía escuchar a nadie y, cuando Jasper quiso tocarlo para transmitirle tranquilidad, él le mostró los colmillos y le impidió que se acercara.

-Ni siquiera lo intentes, no necesito de tú compasión.

Alice tomó del brazo a su compañero y lo alejó de su hermano, era mejor dejarle su espacio.

-Está sufriendo demasiado –soltó, con su rostro sin emoción.

-Lo sé –Alice acarició su cabello. Ella sabía que Emmett se estaba muriendo junto con Rosalie y, estaba segura, a pesar de que Jasper mantuviera su rostro sin expresión, que él también lo hacía; su habilidad le permitía sentir las emociones ajenas, aunque a veces él no quisiera experimentarlo.

Carlisle llegó pocos segundos después, envuelto en escombros y sangre seca que aún se lucía en su blanca y destrozada bata de hospital. Se acercó con un velo de dolor a Rosalie, pues para él y eso lo sabía con certeza Alice, ella y todos, eran como sus verdaderos hijos.

-Necesita tu sangre, mucha de ella.

-Pero no despierta –salió la voz desollada de Emmett.

Con cuidado, Carlisle le abrió los labios a Rosalie y le pidió a Emmett que se cortara la muñeca. Sin siquiera un segundo de vacilación, el vampiro encajó sus colmillos en sus venas y dejó que la sangre goteara entre la boca de su amada. Carlisle le hizo una señal para que se detuviera y él alejó su brazo un poco.

Los ojos de la vampiresa se abrieron y, a pesar de tener más próximo a ella a Carlisle, el primero que vio fue a su compañero. Una expresión de felicidad iluminó su rostro.

-Emmett necesito hablar con…

Pero él no la permitió continuar, sino que colocó su muñeca sobre sus labios, y la herida debía haberla vuelto hambrienta, porque Rosalie abrió los ojos desmesuradamente y sus colmillos se extendieron, enterrándose en la piel de su compañero.

Mientras se escuchaban los tragos de ella, Carlisle le rompió la parte baja de la blusa, revelando la cantidad de carne abierta, que se iba cerrando lentamente conforme la vampiresa bebía la sangre de Emmett.

Cuando la herida estuvo a muy poco de cerrarse, Carlisle los separó gentilmente, Emmett protestó, a pesar de verse algo cansado.

-Ella necesita…

-Ya no, su cuerpo hará el resto –le aseguró Carlisle-, y es mejor que descanses un poco, porque ella ha tomada demasiada sangre de ti.

Emmett asintió pero, a pesar de verse un poco agotado, no dejó de apretar la mano de Rosalie ni se movió de su lado.

-Gracias –le dijo ella, acariciando amorosamente su rostro.

-Te amo, Rose.

-Yo también –sonrió ella, antes de que sus ojos vagaran por toda la habitación-. ¿Dónde está Edward?

Como si lo hubiera invocado, el vampiro apareció ante ellos; otra vez Alice pudo ver la pérdida reflejada en los ojos de uno de sus hermanos.

-No la encuentro…

Cerca del centro de la ciudad, había una calle oscura, poco transitada por los humanos; como si hubiera sido olvidada por ellos, las casas eran viejas y con un alama de soledad que apenas se entraba en la calle, se sentía el abandono, pesado sobre el pecho. Ahora sólo se veía una silueta femenina caminando, buscando, desesperada alguna dirección. Por fin, sus ojos encontraron una casa enorme, con una puerta que la esperaba, abierta. Se adentró en la boca negra y se dejó envolver por el ambiente nocturno, mortífero… Sólo se podía apreciar las lenguas de luz plateadas, que emanaban de una boca lunar, adentrándose por la ventana.

Alguien tomó su mano y la besó.

-Otra vez junto a mí –ronroneó Dominic.

-¿Dónde está ella?

El vampiro le señaló una habitación y la condujo hasta la puerta. Por la rendija, se podían ver los cabellos dorados descansar sobre la almohada y, para alivio de Bella, se veía el pequeño pecho subir y bajar, acompañado por el dulce sonido de la respiración infantil.

Bella quiso entrar, pero la mano que la asía poderosamente se lo impidió. Los dos regresaron a la sala.

-Para que te permita verla, necesitas convencerme…

Bella se tragó su odio y su orgullo, enterrándolos y conteniéndolos para proteger a Amy.

-Te lo suplico…

-Me temo que las palabras ya no son suficientes.

Antes que ella pudiera preguntar qué más quería, él se acercó a ella y la besó. Bella cerró los ojos y apretó los puños, esperando, soportando…

Lo escuchó gruñir.

-Creo que si en verdad amas a esa pequeña mortal vas a tener que hacer algo mejor que eso.

Entonces se dio cuenta, había estado apretando los labios con ira. Intentó controlarse y cuando él volvió a posar su boca sobre la de ella, dejó que sus labios se abrieran e hizo un esfuerzo por corresponderle. Dominic soltó un gemido de victoria y metió las manos debajo de su blusa, recorriendo su espalda y su cintura.

-Mucho mejor –dijo intentando sonar indiferente y sin conseguirlo; su voz se había enronquecido y sus ojos ahora estaban completamente oscuros. Se relamió los labios-. Todo lo que hace falta es que te haga mi compañera…

No parecía poder soportarlo más, porque ni siquiera se permitió terminar cuando su lengua ya recorría el cuello de Bella. Sus colmillos se enterraron antes de que ella pudiera prepararse para soportarlo.

-Edward necesito decirte algo –suplicó Rosalie desde el suelo.

Pero él la ignoraba, sus ojos inspeccionaban las habitaciones y después de buscar por un rato, se dispuso a irse, haciendo caso omiso de todas las voces que le pedían que se quedase.

-Es como si ya no estuviera –dijo con voz hueca.

-¡Es sobre Bella! –gritó Rosalie.

-¿Sabes dónde está? –le preguntó él, una parte de su interior lo sabía, pero aún no quería aceptarlo…

-Primero escúchame, por favor –rogó ella.

Edward asintió.

-Dominic… él me pidió que lo ayudara a alejarla de ti…

Rosalie, algo débil, se interrumpió, pero fue un mal momento para hacerlo, porque el rostro de su hermano se cubrió de desprecio. Sus colmillos se extendieron.

-¿Qué hiciste?

Pero justo cuando salió ese rugido, otro emergió de la garganta de Emmett mientras se interponía entre su hermano y su compañera.

-Ni siquiera te atrevas a tocarla, Edward –gruñó.

Él estuvo a muy poco de protestar, pero la voz débil de Rosalie los interrumpió.

-¡No, Emmett! ¡Déjenme terminar! –logró exclamar.

Alice se acercó a Edward y colocó una de sus manos sobre su hombro.

-De acuerdo –soltó éste.

-Yo lo rechacé pero… -Rosalie se cubrió el rostro, algunos sollozos escaparon de sus labios- ¡Por un momento lo consideré…! ¡Lo siento, lo siento tanto! ¡Perdóname…!

-Eso no importa ahora –la interrumpió Edward-, sólo dime todo lo que te dijo Dominic…

Rosalie asintió, entre sollozos.

-Él sabía que era muy difícil acercarse a Bella porque tú y el lobo la cuidaban, pero dijo que si no lograba llevársela él mismo, iría tras la niña y haría que Bella fuera hasta él…

En este punto, la vampiresa no pudo continuar y Emmett la envolvió entre sus brazos, advirtiéndole a Edward con una mirada fulminante, que desistiera del interrogatorio.

Emily y Jacob llegaron en ese momento, angustiados. Ella lloraba profusamente y sólo detuvo sus gemidos para soltar unas débiles palabras:

-Amy no está…

El licántropo estaba furioso y en sus ojos brillaba una tristeza pura y sincera.

-Bella tampoco –completó por Emily, quien seguía ahogándose en sus lágrimas.

Edward soltó un rugido de dolor y de rabia.

-Dominic las tiene.

-Déjame verla –soltó Bella, su cabeza estaba inclinada hacia atrás, las manos de Dominic la sostenían y ella no podía más que soportar el odioso sonido de la succión y la sensación de ser vaciada poco a poco.

-Ya que termine –murmuró él separando sus labios y pasando su lengua por la herida.

Ella se estremeció cuando sintió que Dominic conducía su cabeza hacia la curva de su cuello. Sus labios hicieron contacto con la odiosa piel, no los abrió.

-Muérdeme –dijo él, en lo que parecía más una súplica que una orden.

Bella dudó, pero cuando las manos de Dominic se apretaron en sus caderas, supo que no tenía otra opción.

Y dejó que sus colmillos se extendieran y que la sangre entrara en su boca. Dominic soltó un suspiro y la acercó todo lo que pudo a su cuerpo. El cambio fue instantáneo, algo frío ligaba su interior al de él, ya no podría escapar…

-Quiero verla –le pidió al separarse.

Dominic acarició su cabello.

-Por supuesto.

Dejó que se alejara de él y entrara en la habitación, Bella estaba ansiosa y no se tranquilizó hasta que se sentó a un lado de su hermana, en la cama.

Amy se despertó y le sonrió, abrió sus brazos.

Bella la acercó a su pecho.

-Ya sé quien es tu otra mitad, Bella –le dijo la niña-, es el vampiro, sí, Edward, él te cuidará por mi…

Amy empezó a temblar, Bella se levantó.

-Todo va a estar bien, te llevaré a…

-Te quiero mucho, Bella.

Estaba pálida, fría… no había notado lo mal que se encontraba hasta ese momento…

Amy cerró los ojos y la mano que tenía aferrada al cuello de Bella, cayó, mortalmente pesada… Ya no se escuchaba su pequeño corazón en la habitación, ni la hermosa respiración…

-¡Despierta! –gritó y gritó hasta que ya no le quedó nada más, hasta que se dio cuenta que por más que lo hiciera no podría hacer que abriera los ojos.

-¿Qué ocurre?

Bella dejó el cuerpo de Amy en la cama y lo besó amorosamente en la frente. Después se volvió hacia la voz y hacia el vampiro que más odiaba… La ira bullía, insoportable, en su interior. Se acercó a Dominic, con toda la intención de herirlo pero, en lugar de ello, cayó de rodillas ante él. No podía hacerlo, algo se lo impedía…

-No puedes lastimar a tu compañero, nuestro lazo es muy fuerte –le sonrió él, respiró profundamente-. Era mejor así, mi amor, la niña nos estorbaría en un futuro…

-Te odio –rugió ella.

Dominic se inclinó y la tomó entre sus brazos, Bella ni siquiera pudo rechazarlo, algo le impedía a su cuerpo hacerlo.

-Pronto dejarás de hacerlo –le murmuró, antes de besar su cuello.