Dark Chat

jueves, 17 de junio de 2010

Mi Corazon En Tus Manos

CAPÍTULO 21
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-Duque James de Bogen -se levantó Jasper de su silla saludándolo. -¿A qué debemos el honor de tu presencia? -añadió con un toque de ironía y tratando de ocultar su disgusto por la non-grata sorpresa.


-Majestad -hizo una profunda reverencia, con gesto casi teatral. -Quise hacer firme la invitación que muy amablemente vuestra hermana me hizo antes de marcharme de vuestro reino, cuando asistí a vuestro magnífico enlace matrimonial.


Rosalie palideció al instante mientras miraba de reojo a Emmett. Había olvidado por completo aquel episodio con el Duque y, precisamente cuando en su corazón albergaba la felicidad inmensa que otorgan los sueños cumplidos, ese joven venía a ensombrecerla con su inconveniente aparición.


-Cuando partí de aquí viajé hasta el Reino del Sur donde debía resolver ciertos asuntos -les explicó James -y de regreso ahora hacia Bogen he decidido hacer un paro en el camino.


-Más bien un rodeo de varias decenas de millas -susurró Edward por lo bajo.


-Cualquier distancia es ínfima si se trata de volver a contemplar la extraordinaria belleza de la Princesa Rosalie -contestó James con tono mordaz a su comentario.


-Me alagáis, Excelencia -respondió ella simulando complacencia ante sus palabras. James inclinó su cabeza sonriente.


-Debes estar cansado tras un viaje tan largo -aventuró Jasper. -¿Has desayunado ya?


-Ciertamente, no -admitió.


-Entonces, siéntate -le indicó con la mano un lugar frente a Emmett, quien se hallaba al lado de Rosalie. -Acompáñanos.


-Os lo agradezco, Majestad -dijo ocupando su puesto, lanzándole una mirada llena de desprecio al guardia. -Veo que han habido muchos cambios en este tiempo -puntualizó James sin apartar sus ojos lacerantes de Emmett. Rosalie, con su mano oculta bajo la mesa apretó con disimulo la del joven, que ahogó los deseos de hacerle apartar su vista de él con un puñetazo en su refinado mentón.


-No entiendo a que te refieres -apostilló malicioso Jasper, sin querer darse por enterado.


-A la cantidad de soldados y guardias que he visto apostados en la murallas del castillo -se apresuró a responder, obviando el tema en cuestión.


-Eso se debe a un desafortunado episodio que hemos vivido recientemente -le anunció Edward.


-¿Puedo saber que sucedió? -quiso saber lleno de curiosidad.


-Sufrí un pequeño atentado que, como puedes observar, no tuvo grandes consecuencias -le informó, sin querer declarar demasiado.


-Pues nadie mantendría que haya sido de tan insignificante calibre -le rebatió él. -Conforme me adentraba en el castillo tenía la sensación de estar penetrando en una fortaleza infranqueable.


-Cualquier precaución es poca -espetó Emmett quien recibió otra mirada altiva por parte del Duque.


-¿Y cuánto tiempo piensas permanecer con nosotros? -cambió de tema Jasper tratando, sin apenas conseguirlo, de mostrarse amable.


-Quizás abuso de vuestra hospitalidad si os dijera que deseo quedarme todo el tiempo que sea posible -reconoció. -Pero la duración de mi estancia aquí lo dejo en las delicadas manos de Su Alteza -añadió dedicándole a Rosalie un sonrisa deslumbrante, que habría azorado a cualquier muchacha, mas no a ella que maldecía para sus adentros por la inoportuna visita del Duque.


-Por lo pronto ordenaré que os preparen una habitación -dijo Rosalie, aprovechando que Charlotte llegaba al comedor para servir. -Charlotte, que alisten una de las recámaras del Torreón de Invitados -le pidió a la doncella.


-Sí, Alteza -asintió ella.


-Lástima que hayas decidido visitarnos precisamente ahora -comentó Jasper. -Mi hermana no podrá mostrarte las maravillas de este Reino.


-No os entiendo, Majestad -se extrañó James.


-Desde que atentaron contra mi hermano tratamos de no salir de las murallas del castillo -le aclaró Rosalie.


-¿Habéis decretado el estado de sitio? -preguntó con asombro.


-Es una simple medida cautelar –agregó Jasper restándole importancia. -En cualquier caso, no creo que mi agresor tenga nada contra ti así que eso no implica que tú no puedas hacerlo cuando gustes, siempre bajo tu responsabilidad, claro -agregó.


-Sí, es algo lamentable, pero no me cabe duda de que, a pesar de eso, mi estancia aquí será más que satisfactoria, siempre y cuando cuente con la compañía de la princesa -admitió James mientras miraba a Rosalie insinuante.


-Majestad, he de retirarme -anunció Emmett de súbito levantándose de la mesa, bajo la mirada sorprendida de los asistentes. -Debo atender cierto asunto que no puede esperar -se excusó.


-De acuerdo -asintió finalmente Jasper. -Cuando te desocupes me gustaría que vinieras a mi escritorio. Quiero terminar de concretar aquel asunto de las recaudaciones.


-Por supuesto, Majestad -se inclinó. -Con permiso. -Y sin más dilación abandonó la estancia.


-Admirable -murmuró James maravillado.


-¿Cuál es la razón por la que os mostráis tan asombrado? -lo miró Edward con recelo.


-Disculpadme, Alteza, si me inmiscuyo en asuntos que no me conciernen pero, en mi anterior visita, creí que ese muchacho afirmaba que era un simple guardia y, ahora, no sólo se sienta en vuestra mesa sino que se tratan con él temas de estado -apuntó James molesto, sin poder contener más su disgusto al observar la cordialidad y la familiaridad con la que se trataba a aquel burdo plebeyo que había osado a ridiculizarlo frente a todos. Rosalie no pudo evitar tensarse ante su despectivo alegato.


-Como bien has dicho antes -se sonrió Jasper al comprobar que la incomodidad del duque era mayor que su discreción -han habido muchos cambios.


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Emmett caminó rápidamente hacia la que desde ese día era su nueva habitación y se apresuró a entrar. De nuevo se sobrecogió al contemplarla, a la luz de las velas la estancia seguía siendo magnifica. Se quitó la camisa dejándola en la butaca y se tumbó pesadamente sobre la cama mientras se pellizcaba el puente de la nariz. Tanto en un solo día resultaba demasiado. Primero que le invitaran a compartir la mesa de los señores y lo trasladaran a esa habitación y luego...


Giró la vista hacia el centro de la recámara y rememoró en su mente lo que había sucedido esa mañana en aquel preciso lugar haciendo que su cuerpo volviera a estremecerse con el simple pensamiento. Lo había deseado tantas veces... las mismas que había tratado que sacarlo de su cabeza y de su corazón. Sin embargo, por más que intentaba convencerse a sí mismo de que aquello estaba lejos de estar permitido no pudo reprimir por más tiempo todo lo que se agolpaba en su interior y menos después de oír aquellas palabras Tú lo eres todo... Quizás la última brizna de cordura que quedaba en él le habría hecho apartarse de ella si hubiera visto en sus ojos cualquier atisbo de duda, pero esos labios sugerentes ardían deseosos por ser besados, al igual que él moría por hacerlo. Lo que nunca, ni en sus sueños más osados había imaginado era una respuesta tan apasionada por parte de Rosalie, cosa que, lejos de incomodarle, lo atraía más hacia ella. Lo había besado con el mismo incontrolable frenesí que lo había dominado a él, sin reservas ni tapujos. Volvió a sentir escalofríos al recordar sus labios exigentes y su manos cálidas aferradas a él, mas una sombra acechante pronto lo sacó de su ensoñación.


-¡Maldito Duque! -masculló para sus adentros. Había tenido que llegar justo en ese momento para derrumbarlo todo de un sólo plumazo, volatilizando su ilusión como si fuera una efímera burbuja, simplemente con su petulante presencia y su pomposa y casi ridícula grandilocuencia.


Emmett se sentó en la cama apoyando la cabeza en sus manos. Era absurdo engañarse. Él era un hombre pragmático, nada dado a los misticismos pero, sin duda alguna, que aquel pretencioso hubiera vuelto justo ese día le pareció una señal muy difícil de obviar. Le mostraba con claridad que él no era el tipo de hombre que Rosalie merecía y que jamás podría serlo.


Un ruido en el corredor lo sobresaltó y se puso en pie, expectante. Sin tener tiempo apenas para reaccionar, vio a Rosalie entrar a hurtadillas a la recámara y cerrar la puerta tras ella.


-Rosalie...


Mas ya no pudo añadir nada más. Rosalie corrió hacia él, lanzándose contra su pecho y estrellando sus labios contra los suyos besándolo con fervor. Turbado por un instante, la estrechó contra su cuerpo, apretando sus manos entre aquel fino camisón que la cubría mientras ella hundía sus dedos en su torso desnudo, gimiendo en su boca.


-Necesitaba tanto verte -susurró ella contagiándole con su aliento embriagador.


-¿Cómo se te ocurre venir aquí? -musitó él tratando de hacer uso del poco sentido común que aún residía en él.


-Apenas sí te he visto en el día de hoy -dijo elevando otra vez su rostro para volver a besarlo.


-Y ambos sabemos bien la razón -aseveró de repente con tono hiriente, separándose de ella un par de pasos.


-¿Me consideras culpable de que el Duque haya decidido visitarme? -le reprochó Rosalie.


-Desde luego no fui yo quien lo invitó -apuntó con tono mordaz.


-Aquello sucedió bajo otras circunstancias -se defendió ella.


-Sí, puedo recordar perfectamente lo que yo te inspiraba en aquellos días -se volteó tensándose.


-¿Y qué era si tan seguro estás de saberlo? -preguntó con sarcasmo.


-Desprecio -la miró con dureza.


-Más que eso -se mofó ella. -Desprecio y rabia infinita -se acercó a él y tomó sus rostro entre sus manos -por no ser dueña de mis sentidos cada vez que tus ojos se posaban en mí y no poder dominar la reacción de mi cuerpo ante tu cercanía -sentenció con seriedad. -Hace mucho que mi alma dejó de pertenecerme para convertirse en tuya.


Emmett dejó escapar un suspiro que parecía querer oprimirle el pecho y atrapó su estrecha cintura entre sus manos para atraer sus labios hacia los suyos. La besó con lentitud, acariciando cada rincón de su boca muy despacio, memorizando cada milímetro su dulce piel y deleitándose en la exquisitez de su efluvio. Rosalie soltó su rostro y deslizó sus manos hasta su nuca, enredándolas en ella, perdiéndose en la cálida sensación que le producían aquellos labios.


-Perdóname -susurró Emmett con arrepentimiento. -Me enferma verlo cerca de ti.


-Para mí tampoco es agradable aunque reconozco que fue mi error -se disculpó ella. -Pero créeme que me mostraré ante él lo más indiferente posible y que me esforzaré para que se marche de aquí cuanto antes.


-Sí, pero mientras tanto...


-¿No confías en mi amor por ti? -se molestó ella.


-No es eso -respondió angustiado.


-¿Entonces? -quiso saber ella.


-Veros juntos hace que me cuestione...


-¿Qué? -preguntó Rosalie con impaciencia.


-Mi condición -aseveró finalmente.


-¿Acaso el amor que dices tenerme queda medido por tu posición y tu cuna? -inquirió ella airada.


-Por supuesto que no -se molestó él. -No hallarías a nadie en este mundo que pudiera amarte como yo, pero... -vaciló -un hombre como él es lo que te conviene.


-¿Y por qué debería conformarme con un amor incompleto cuando sólo tú podrías dármelo por entero? -exclamó -¿Qué importan el linaje o un título nobiliario si únicamente en tus brazos podré hallar la felicidad? Quizás soy yo quien no sea suficiente para ti.


-¿Cómo se te ocurre semejante estupidez? -la miró mortificado. -No hay ser terrenal o celestial que se te pueda comparar, ni hay mujer en el mundo que pueda obsequiarme con la dicha que siento al tenerte entre mis brazos -la estrechó contra su pecho. -Si supieras todas las veces que deseé que cada una de las palabras que respiraban tus labios, cada una de tus miradas teñidas del azul de tus ojos fueran sólo para mí.


-Del mismo modo deseaba yo sentirme refugiada en el calor de tu pecho -susurró ocultando su rostro entre su cuello, -sentir las caricias de tus manos y el sabor de tus besos.


Emmett bajó su rostro buscando los labios de Rosalie fundiéndolos con los suyos. Inició una danza sinuosa, pausada sobre ellos impregnándose de su dulzor y que para Rosalie pronto se convirtió en tormento, deseosa de embriagarse de él. Con osadía, los entreabrió y acarició suavemente con su lengua su labio inferior, gesto que él no esperaba y que produjo que un gemido escapase de su garganta. Emmett perdió entonces el poco sosiego que aún restaba en su cuerpo y entreabrió los suyos respondiendo a la demanda que ella le hacía y dio comienzo el delirio que embargó a ambos al profundizar su beso, mientras se derretían sus bocas ante el ardor de su aliento. Rosalie separó las manos de su nuca y empezó a recorrer con sus dedos el pecho desnudo de Emmett, contorneando con ellos cada una de las líneas de sus músculos bien formados, sintiendo él como su piel se incendiaba bajo su tacto y como iba perdiendo el control con cada uno de sus roces.


-¿Cómo te hicieron esta herida? -le preguntó Rosalie sin apenas alejarse de sus labios con la voz revestida en sensualidad, trazando con las puntas de sus dedos, como tantas veces había deseado hacer, la larga cicatriz que marcaba su abdomen.


-En... un entrenamiento, hace años -titubeó él.


-¿Te cuesta recordarlo? -sonrió ella con malicia al ver que se tomaba su tiempo para contestar.


-Anulas toda mi voluntad -se apartó Emmett un poco de ella calmando su respiración.


Rosalie no pudo evitar que eso exaltara su vanidad femenina al saber lo que era capaz de producir en él y una sonrisa con pinceladas de orgullo se dibujó en su rostro.


-¿Creí que habíamos acordado ser cautelosos? -inquirió él con fingido reproche.


-Lo estamos siendo ¿no? -dijo con coquetería.


-No creo que el venir a mi recámara vestida con esta prenda que deja adivinar hasta la más minúscula curva de tu cuerpo lo sea -le sugirió él.


-¿Insinúas que trato de tentarte? -le sonrió provocativa.


-No lo insinuó, lo afirmó -aseveró él. -Toda tú eres una tentación.


-No parece que te esfuerces por resistirte -susurró ella en su oído sintiendo él como un escalofrío recorría su espalda.


-Por Dios, Rosalie -blasfemó Emmett. -No soy de piedra -musitó atormentado.


Rosalie hizo caso omiso a sus quejas y posó sus labios en su cuello, depositando besos ardientes en él. Emmett suspiró hondamente, abrumado por la pasión arrolladora de aquella mujer que hacía temblar todo su cuerpo y tuvo que hacer gala de todo su autocontrol para separarse de ella.


-No, Rosalie -la tomó por los hombros apartándola, tratando de escapar del influjo de su boca mientras ella lo miraba confundida. -Sé que he traspasado los límites de lo establecido por todos los cánones humanos o mundanos y abandonado el sendero de la sensatez y el buen juicio al dejarme llevar por mis sentimientos hacia ti, pero ésta es una barrera que no tengo intención de quebrantar.


De repente Rosalie le dio la espalda, con expresión turbada, avergonzada. Había perdido por completo la lucidez, hasta tal punto que había dejado de lado el decoro y el más mínimo intento por salvaguardar su propio honor y su virtud.


-Discúlpame, yo... -vaciló ella. -Me aterra imaginar lo que pensarás de mí en este momento -cruzó los brazos sobre su pecho, afligida.


Emmett se posicionó frente a ella y se inclinó a besarla, levemente y ella bajó su rostro aturdida.


-Creo que eres una mujer muy hermosa, apasionada y fascinante -tomó su barbilla obligándola a mirarle -y te amo aún más por ello.


-Y yo te amo a ti -le respondió con la emoción en sus ojos.


-Ahora, deberías irte a tu recámara -le sugirió.


-Está bien -aceptó ella con una sonrisa, depositando un dulce beso en sus labios. -Te veo mañana en el desayuno -concluyó mientras caminaba hacia la puerta, pero no la hubo alcanzado cuando Emmett la tomó por un brazo para llevarla hacia él y estrecharla de nuevo.


-¿Te sentarás a mi lado? -preguntó él suspicaz.


-Es lo que he hecho durante todo el día de hoy ¿no? -lo miró con aire pícaro.


-Sólo quería asegurarme -bromeó.


-Desde hoy ocupas ese lugar y lo harás siempre, al igual que ocuparás para siempre mi corazón -susurró ella acariciando su rostro.


-Como tú el mío -añadió con seriedad.


-Que descanses -le sonrió ella, separándose de él, dejándola Emmett ir esta vez.


Cuando hubo cerrado la puerta, Emmett se volvió a dejar caer sobre la cama, con una inquietud sobrevolando la estancia. Con seguridad sabía que ella sería por toda la eternidad la dueña de su corazón pero... ¿lo sería él del suyo?


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Ya hacía casi dos semanas del atentado contra Jasper y, por tanto, de que se hubiera decretado el estado de sitio. En ese tiempo, la vida intramuros se había normalizado considerablemente, aunque los portones y puentes levadizos seguían cerrados y se tenía especial precaución a la hora de permitir el paso hacia el castillo. Así que Bella, aunque Edward se mostró reticente, decidió continuar con la escuela.


-¿Qué tal las clases, mi amor? -recibió Edward a su esposa abrazándola, besándola con ternura.


-Agotadoras -suspiró con pesadez dejando que Edward rodeara sus hombros con su brazo y la instara a salir de la sala que hacía las funciones de aula. -Aún tienen dificultades para comprender las operaciones aritméticas un poco más complejas -le explicó.


-Me lo imaginaba -apuntó él. -Por eso, hoy nada de lectura -agregó enseñándole sus manos vacías. -Disfrutarás de una relajante tarde de verano en compañía de tu esposo.


-Eso suena prometedor -sonrió ella mientras se dejaba guiar.


Acababan de adentrarse en uno de los jardines cuando vieron a Angela caminar hacia ellos.


-Estaba buscándoos, Alteza -se detuvo frente a ellos la doncella, con aire de preocupación en su mirada.


-¿Sucede algo? -se interesó Bella.


-Un emisario ha traído esto para vos -le informó alargándole un pliego lacrado.


-Gracias, Angela -le dijo tras lo que la muchacha se retiró. -Edward, es de mi padre -le anunció mostrándole inquieta el sello de Breslau.


-Tranquila, Bella -la calmó él mientras la llevaba hasta uno de los bancos de piedra. -Dámela, yo la leeré para los dos -le pidió sentándose a su lado y tomando la misiva.


Queridísima hija:


Antes que nada quiero expresar mi profundo pesar por el atentado que sufrió el Rey Jasper y quisiera que le hicieras llegar en mi nombre mis más sinceros deseos de recuperación. De más está decir que si precisase de mi ayuda para cualquier tipo de menester, incluido el apoyo de mi ejército, estoy a su entera disposición.


Dicho esto paso al motivo real de esta carta y que tanto me va a costar expresar. Antes de continuar, quiero apelar a vuestro entendimiento y comprensión, tanto tuyos como de tu esposo y, a ti en concreto, al amor de hija que, en el fondo de mi corazón, espero aún me profeses.


La verdad de todo esto es que nada de lo que te escribí en última carta fue dicho desde la sinceridad, no sentí ni una sola de las palabras que plasmé en aquel pliego y si lo hice fue sólo con la esperanza de provocar lo que ha sucedido, que unas tu vida a la del Príncipe Edward.


Imagino vuestro más que comprensible asombro y sin más dilación paso a relatar la inverosímil e incalificable situación que me ha llevado a actuar así.


Bella, como bien sabéis, el Príncipe Jacob viajó conmigo de vuelta a casa después de la boda y durante todo el trayecto no hizo más que sugerirme lo conveniente de una alianza entre nuestros Reinos mediante la unión entre vosotros, además de confesarme sus sentimientos hacia ti y asegurarme que te haría feliz. Yo no dudé de ello, y creí que sus deseos de establecer finalmente un compromiso entre vosotros lo llevó a manifestarlo abiertamente. Hoy por hoy creo que, además de eso, él si percibió, al contrario que yo por desgracia, que algo comenzaba a nacer entre el Príncipe Edward y tú y quiso anticiparse.


Cuando llegamos a Breslau y después de tres jornadas de viaje, expresó sus deseos de hacer noche allí para descansar, antes de partir hacia Dagmar y yo, por supuesto, acepté encantado. Bella, tú sabes que siempre he tenido en gran estima a ese muchacho y muchas veces te hice saber mi preferencia a que te unieras en matrimonio con él y, ahora me doy cuenta de que él también lo sabía. Lo que aconteció después... incluso todavía me avergüenzo al recordarlo y, aunque quisiera justificarme y culparlo a él de que me engatusó vilmente o me engañó con malas artes, sería injusto pues yo mismo, inconscientemente permití que lo hiciera. Nos pasamos la velada brindando, e imaginando en voz alta la dicha que traería para nuestras familias el que se produjera tal unión. Jacob hizo especial hincapié en tu aprecio por él y se mostraba más que convencido de que llegarías a amarle, era una felicidad completa. Entre eso, y el sopor de un par de jarras de vino de más, me convenció de que firmara un acuerdo nupcial entre vosotros... así de sencillo y... bochornoso.


Al día siguiente, con el documento en la mano, partió hacia Dagmar, imagino que lleno de gozo y satisfacción. Sin embargo, yo me angustié al saber que había roto la promesa que te había hecho hacía sólo unos días, pero confié en que fuera cierto ese aprecio que tú sentías por él del que tanto hacía mención Jacob y que, por tanto, no te negaras a aceptar aquel compromiso. Me disponía a escribirte cuando llegó tu carta. Créeme cuando te digo que me sumí en la desesperación al comprobar que en un acto tan irresponsable, insensato e impropio de mí estaba poniendo en juego tu felicidad y, aunque jamás puse en tela de juicio tu amor por el Príncipe Edward o lo apropiado o no de tu elección, no sabía como hacer para asumir la situación que yo mismo había procurado con tanta simpleza y estupidez.


Decidí partir hacia Dagmar. Como era de esperar, William estaba radiante de felicidad ante la perspectiva del matrimonio entre nuestros hijos. Sin embargo, Jacob no entendía el porqué de mi pronta visita y lo noté inquieto, por lo que decidí tantearlo. En lugar de comunicarles claramente tu firme decisión de unirte a Edward, les confesé mi preocupación ante tu reacción al no habértelo consultado primero y fue cuando Jacob me mostró su verdadera cara. No trató como la vez anterior de convencerme alegando que tu afecto por él pasaría rápidamente al amor sino que se mostró del todo ofendido, airado, restregando en mis narices el maldito acuerdo que yo había firmado de mi puño y letra y, me dejó entrever las consecuencias de romper dicho pacto. No habló expresamente de un enfrentamiento pero no hizo falta.


Puedes imaginar primero la decepción que sentí ante aquel muchacho que alguna vez creí que podría ser mi sucesor y luego, la impotencia de no saber como romper ese endemoniado compromiso sin provocar una catástrofe. Para mi fortuna, él mismo me dio la idea. Me propuso que lo mejor era escribirte cuanto antes para poder empezar con los preparativos de la boda... definitivamente ese muchacho temía que surgiera algo entre vosotros dos.


Decidí complacerle, y de que manera... era incapaz de ocultar el gozo que le creaba la dureza y firmeza de mis palabras caligrafiadas en ese pliego obligándote a volver y tuvo por seguro que tú no dudarías en acatar mi voluntad. Sin embargo, yo confiaba en que no sería así. Eres mi hija y te conozco y, si tu amor por Edward era tan genuino y verdadero como narrabas en tu carta, no te conformarías tan fácilmente, lucharías por hacerlo valer y recé para que ocurriera lo que justamente ha ocurrido.


Hijos míos, me apena en lo más profundo que las cosas se hayan dado de esta forma, que os haya precipitado a celebrar vuestro matrimonio de un modo furtivo e intempestivo, sin que todos vuestros seres queridos hayan sido testigos y creyendo que contabais con mi profunda desaprobación. Edward, para mí es un verdadero castigo el no haber podido ser yo quien te entregara a mi única hija en el altar, aunque soy consciente de que es muy poco para lo que merezco. Sé que apenas te conozco pero estoy seguro de que tú eres la felicidad de Bella, por algo te ha elegido, y eso hace que te respete y te aprecie, sabiendo con certeza que dejo a mi hija y a mi Reino en las mejores manos. No puedo hacer más que pedirte perdón humildemente. Y a ti, mi querida hija, no sé con que palabras describir el pesar que siento y la vergüenza por haberte decepcionado de esta forma. Sólo espero que algún día puedas, si no perdonarme, tratar de entenderme. Este es tu Reino, Bella y sus puertas, al igual que las de mi corazón siempre estarán abiertas para vosotros. Sólo espero que no me cerréis las vuestras.


Con todo mi amor y arrepentimiento.


Charles, Rey de Breslau.


Cuando Edward concluyó la lectura de la carta desvió su mirada hacia Bella y vio que las lágrimas recorrían sus mejillas. Él mismo se hallaba aturdido, sin habla. La apretó contra su pecho y acarició su cabello, tratando de darle consuelo.


-Edward, no sé que decir -susurró ella.


-No creo que debas decir nada, ya está todo dicho -la calmó él.


-Pero mi padre...


-Cometió un error -atajó él. Bella alzó su rostro sorprendida.


-Es una forma muy sutil de llamarlo ¿no crees? -lo miró confundida. -Es una actuación totalmente deplorable y... ridícula -espetó. -Dejarse manipular así.


-Lo que me lleva a pensar que él no fue el único culpable en esta historia, Bella -aseveró con firmeza.


-Jacob... -agregó ella. -Nunca creí que fuera tan ruin. -La decepción en su voz era más que evidente. -Me preocupa como pueda actuar cuando se entere de todo -dijo con recelo.


-Pues a mí en lo absoluto -sentenció él con seguridad. -Ya eres mi esposa, nada puede hacer para remediarlo -le sonrió mientras secaba suavemente con sus dedos los rastros que había dejado el llanto en su piel -Y dudo que se atreva a provocar un enfrentamiento, sabe que está en desventaja ante nuestros ejércitos.


-¿No estás... molesto? -preguntó vacilante ante su calma. Edward resopló.


-No podría definirlo, Bella -negó con la cabeza. -Me reconcome el dolor que has sentido este tiempo al pensar que tu padre no aprobaba nuestra unión y que te hayas casado conmigo con la certeza de que lo hacías en contra de su voluntad aunque... -dudó durante un momento -llámame egoísta si quieres pero en el fondo me alegro de que estoy haya sucedido -acarició con ternura su rostro. -He disfrutado de la dicha de hacerte mi esposa, de hacerte mía, mucho antes de lo que jamás hubiera imaginado y eso nadie podrá cambiarlo, ni siquiera Jacob lanzando una horda de demonios sobre nosotros -añadió con un susurro, deslizando sus dedos hacia su barbilla e inclinándose sobre ella de forma peligrosa. -Eres mía, Bella, me perteneces, en cuerpo y alma y para siempre.


Y con sus labios rubricó aquella afirmación, besando los suyos con urgente necesidad, tratando de borrar con el dulce sabor que emanaba de Bella esa pequeña punzada que había sentido en su pecho ante la fugaz idea de que aquel príncipe tramposo tratara de recuperarla. Moriría antes que permitir que así fuera.


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Charles bajó con gesto agotado del carruaje, desde Breslau al Reino de Dagmar sólo había dos jornadas de viaje pero el calor veraniego los hacía extenuantes, además de que el motivo de su visita tampoco elevaba su ánimo. Iba a atravesar el pequeño patio que antecedía la puerta principal cuando un linda muchacha de largo y negro cabello, al igual que sus ojos, y piel de un tenue cobrizo salía a su encuentro.


-¡Leah! -exclamó el Rey al verla.


-¡Hola, Majestad! -lo saludó ella con entusiasmo.


-Qué grata sorpresa encontrarte aquí -respondió él animado.


-Llegamos hace unos días -le informó.


-Me alegra enormemente tener la ocasión de encontrarme a tu padre -le sonrió. -¿Ha venido también tu hermano?


-Sí, Seth está con Jacob en las caballerizas y mi padre está en la sala con el Rey William -le respondió.


-¿Me podrías hacer el favor de ir a buscar a Jacob? -le pidió amablemente.


-Claro que sí -asintió antes de ir a cumplir su petición.


Charles la vio por un momento alejarse y volvió a emprender su camino hacia el interior del castillo. Su amistad con William se remontaba a muchos años atrás y su visitas eran asiduas, así que ya no precisaba de ser anunciado, por lo que pasó directamente al salón, encontrando a sus dos amigos riendo, sentados a la mesa con sendas jarras de cerveza.


-¿No es demasiado pronto para empezar con la cerveza? -les dijo a modo de saludo. Ambos hombres se voltearon a mirarlo y se levantaron abandonando la mesa para ir a su encuentro.


-Querido Harry -le palmeó la espalda de su amigo con entusiasmo. -¡Cuánto tiempo sin verte! -exclamó. -Acabo de encontrarme con Leah y casi no la reconocí. Se ha convertido en una jovencita preciosa.


-William me estaba contando sobre Bella y su compromiso con Jacob -le guiñó el ojo.


-Charles, sabes que aprecio cada una de tus visitas pero sólo hace un par de semanas que te marchaste de aquí -le sonrió. -Si lo que quieres es pasar una temporada con nosotros no tienes más que decirlo -bromeó.


-Temo que el motivo de mi visita no sea nada agradable -anunció con seriedad.


-Me alarmas amigo mío, ¿que sucede?


-Deberíamos esperar a Jacob antes de explicar nada -le dijo. -Esto le concierne a él más que a nadie.


-No será necesaria la espera -apreciaron la voz de Jacob en la entrada al salón, que caminaba flanqueado por Seth y Leah. -Ya estoy aquí y dispuesto a escuchar todo lo que tengáis que decir -añadió con gran suficiencia.


Aquella muestra de soberbia molestó a Charles, y aún más al recordar su innoble engaño, así que se limitó a buscar en el bolsillo de su capa la carta de Bella.


-Enterate tú mismo -demandó ofreciéndosela.


Jacob tomó el pliego con desconfianza y comenzó a leerlo. Conforme sus ojos iban recorriendo cada una de sus líneas su expresión se tornaba más y más iracunda.


-¡Esto es una vil calumnia! -le acusó exaltado sin apenas terminar de leerla -¡Una verdadera infamia! ¡No creo ni una sola palabra de este miserable escrito!


-¿Qué está sucediendo? -insistió William molesto.


-Amigo mío, siento comunicarte que el acuerdo matrimonial que firmé, en el que fijaba el compromiso entre nuestros hijos no podrá hacerse efectivo -le informó con solemnidad. -Desobedeciendo mis expresos deseos, Isabella ha contraído matrimonio con el Príncipe Edward de Meissen.


-¡Eso es una completa falsedad! -gritó Jacob, incapaz de creer aquello.


-Tú mismo lo has leído -aseveró Charles.


-Tendré que verlo con mis propios ojos -masculló entre dientes.


-¿Qué piensas hacer, hijo? -se alarmó William.


-Ir al Reino de los Lagos -le aclaró.


-Eso es una necedad -le sugirió Harry, aunque Jacob hizo caso omiso y se dispuso a abandonar la sala.


-¿No has terminado de leer la carta? ¡Están sitiados! -alcanzó a agregar Charles haciendo que Jacob se detuviera.


-¿Sitiados? -se sorprendió William.


-Parece que el Rey Jasper sufrió un atentado -comenzó a explicarse.


-¡Poco me importa! -le interrumpió Jacob. -No podrán negarse a recibirme -le advirtió. -Bella me debe una explicación.


-No Jacob, espera -le sujetó por un brazo Seth.


-¡Suéltame! -se zafó con brusquedad de su agarre y salió a grandes zancadas del salón, yendo Leah tras él.


-¡Muchacho, que ensillen mi caballo! -le ordenó a uno de los mozos que encontró en el corredor mientras se dirigía a su recámara.


-Jacob, estás siendo un inmaduro, actuando de forma tan impulsiva -lo acusó Leah quien casi tenía que correr para poder alcanzar sus pasos. -Párate a pensar por un minuto.


-¡No tengo nada que pensar! -vociferó abriendo con violencia la puerta de su habitación.


-Pero si ya se ha unido a otro hombre es algo que no tiene remedio -trataba ella de hacerlo entrar en razón -¿qué vas a hacer si no? ¿matarlo? -agregó con sorna.


Jacob soltó encima de la cama la muda de ropa que había tomado y la miró con dureza, los ojos inyectados de furia.


-No me des ideas, Leah -farfulló crispado.


-¿Te has vuelto loco? -se alarmó ella. -Manchar tus manos de sangre por una mujer que no te ama y a la que estoy segura que no amas tú tampoco.


-¿Qué sabrás tú de mis sentimientos? -se puso a la defensiva, airado. -Además, esto no es de tu incumbencia.


-Por supuesto que lo es -le gritó ella. -Me duele ver como has hecho el ridículo todo este tiempo, tratando de que ella simplemente te mirara, de ganar su favor, cuando estaba más que claro que a Bella sólo la unía a ti un afecto fraternal. Te viste deslumbrado por su naturaleza tan singular, mezcla de fragilidad y fortaleza, sin ni siquiera plantearte si una mujer como ella te haría feliz -aventuró con voz firme. -Y ahora te has propuesto conseguirla a como de lugar, utilizando incluso argucias indignas de alguien de tu posición, únicamente porque otro hombre ha posado sus ojos en ella.


-No sabes lo que dices -espetó mientras terminaba de acomodar su morral, sin mirarla, tratando de impedir que su subconsciente depurase de aquellas palabras lo que pudieran tener de ciertas, que él bien sabía era mucho.


-Jacob, no es más que un sueño de humo -le dijo ahora con mirada comprensiva, posando una mano sobre su brazo, afablemente. -No sabes el dolor que produce cuando crees que estás a punto de tocarlo y se desvanece entre tus dedos.


-Cualquiera diría que sabes de qué estás hablando -concluyó con cierta sorna en su voz, colgando el morral en su hombro, tras lo que abandonó la recámara.


-Lo sé mejor de lo que tú crees -susurró ante una habitación ya vacía, con el corazón entristecido y anegado por las lágrimas.



martes, 15 de junio de 2010

Inmortal

Capítulo 16: Fracaso.


ROSE POV

Sabía que estaba en un grave error. En uno muy grave. Y es que yo no debería de estar ahí, con ese soberano inmortal a menos de un metro. Tampoco debería de permitir la unión de nuestras manos ni mi corazón debería de estar latiendo a esa velocidad tan impasible y descontrolada mientras mi mirada se perdía en la suya.


Si, definitivamente, me estaba yendo al infierno por esto pero, ¿Qué importaba? Hacía tantas décadas que no me sentía tan... bien.


Estaba perdiendo la razón, de eso no había ni la menor vacilación. Tenía la oportunidad en mis manos de matarle en ese preciso momento. Solo era cuestión de extraer el puñal que tenía oculto entre las faldas de mi vestido y ensartárselo profundamente en el pecho. No agonizaría. Su muerte sería rápida y yo misma habría cobrado una pequeña parte de mi venganza con mi propia mano...


Vamos, Rosalie. Solo hazlo...


Mi mente me repetía el mismo juego de palabras una y otra y otra vez, pero no conseguía reaccionar. Estaba derrocada. Apresada por cada una de sus palabras, por el cálido roce de sus manos...


¡Basta!


–¿Qué sucede? – preguntó, en cuanto me deshice de su agarre de manera violenta


–Me tengo que ir


–¿Te veré pronto?


–De ninguna manera


–¿Por qué?


Vamos, que esa voz no te idiotice.


–¿Acaso se encuentra usted falto de capacidad mental, Alteza? – Pregunté, con voz afilada – ¿O le tengo que recordar quién es usted y con quién esta hablando?


–Pensé que había quedado claro que no me importaba...


–Pues debería – dije, alcanzado el puñal y pegando el filo a su cuello – Por que somos especies naturalmente enemigas.


Él sonrió de manera confiada, enfureciéndome. Como diciendo que no lo haría, que no era capaz.


¡Hazlo! Solo un movimiento más.


Y, naturalmente, no podía. Lo tenía a mi merced. Completamente para mí y mi venganza... pero no podía.


Maldita cobarde...


Dejé caer el puñal. Me encontraba derrotada. Bajé la mirada hacia mis pies y sentí las mejillas enrojecer por la furia que mi propia humillación me causaba. Sentí la punta de sus dedos alzar mi quijada y, otra vez, me encontré con el calor de sus pupilas mirándome fijamente.


Estúpido príncipe.


Él no tenía derecho alguno de ejercer todo esto en mí. No lo tenía...


–¿Quién eres? – pregunté con recelo.


Seguramente tenía uno de esos extraños poderes que manipulaban las mentes de los demás. Pero entonces recordé que yo me encontraba bebiendo la poción para que Edward jamás pudiera leer mis pensamientos. Debería de tener el mismo efecto con él, si ese fuera el caso... ¿O no?


–¿Quién soy? – Repitió, tomando de nuevo mis manos entre las suyas –¿Qué importa eso si estoy contigo? En el azul de tus ojos da lo mismo si soy un pobre mendigo o un alto veterano. De todas formas me tienes a tus pies.


–¿Viaja por todos los reinos solo para conquistar a las mujeres...? –exigí saber, dando media vuelta y situando mi mirada hacia el horizonte.


No te dejes inmutar...


En eso estaba cuando el corazón se me detuvo al ver a Edward aproximarse en compañía de esa maldita princesa. ¡Maldición! Si Emmett los veía, estaba perdida. Mis planes se vendrían abajo. Todo acabaría en ese instante pues él sabría que su adorada prima estaba interactuando con un vampiro. Dudaba grandemente que lo tomara a bien. Tenía que impedir que los vieran.


–Señor, necesito irme a casa – dije, de manera atropellada, empujándolo hacia el lado opuesto que marcaba esa dirección – ¿Le molestaría si le pido que me acerque a la vereda que me conduce hasta ella?


Sabía que excusa más estúpida no podía haberme inventado, pero era preciso actuar rápidamente. El futuro de mi revancha estaba en ello.


Era una fortuna el tenerlo tan dispuesto que ni si quiera protesto.


–Podemos salir por aquí – indiqué. Jalándolo hacia la salida trasera.


–Pero Rel está por allá – recordó


–Podemos irnos caminando


–Pero dices que está lejos...


–¿O acaso ya le he fastidiado? – interrumpí con persuasión.


–No, claro que no...


–Entonces, vámonos por aquí. Así podemos charlar un poco más.


–Si, como tú digas...


Suspiré con alivio cuando estuvimos fuera del prado y nos encontramos en medio del bosque y sus frondosos arboles que goteaban los últimos rastros de lluvia que había caído en la noche.


–Y bien... ¿De aquí a dónde nos dirigimos?


El dejarlo ir sería exponer demasiado. ¿Quién me aseveraba que no regresaría al prado o, peor aún, en el camino, por algún azar del destino, se topaba con Edward y la mediocre princesa?


–Podemos ir a mi casa, si usted gusta... – ofrecí. Era lo único que podía hacer.


EDWARD POV


Ahhh...


Mira cómo frunce su fino entrecejo y cómo pupilas relampagueaban con su furia.


Hermosa. Única... Toda ella era única.


Una parte de mí sabía que no debería de estar pensando en ello. Me decía que no debería dejarme doblegar por esta atracción indomable. Que, fuera de sentir este cálido sentimiento hacia ella, debería de odiarla cada vez un poco más. Pero me era imposible. ¿Dónde estaba la aberración? A su lado solo podía ser capaz de perderme en el piélago marrón de sus ojos. En el deseo que tenía de probar de nuevo el dulce sabor de su boca. Ese elixir que, de alguna insólita manera, lo creía conocido. Como el recuerdo de una libación exquisita que había probado hacía mucho tiempo atrás para salvar mi vida y no lograba evocar.


–¡Di algo! – Su pequeña mano golpeó mi pecho. Apenas y sentí la fuerza de su agresión. Días atrás, seguramente me hubiera molestado, pero ahora, ahora solo podía ahogarme en mi propia admiración.


En mi vida pensé llegar a conocer a una criatura tan inocentemente salvaje...


–No tienes palabra. No tienes honor. ¡Un hombre nunca debe mentir!


...O tal vez ya había conocido a una igual, pero no lograba dibujar su rostro en mis recuerdos. Cerré los ojos. La lluvia de imágenes venía otra vez. Esas figuras sin forma ni voz. Era demasiado frustrante el no poder diferenciarlas, pero, al mimo tiempo, se sentía bien. Sentía paz... sentía fe.


¡Reacciona!, gritó mi oscura conciencia, Averigua si los rumores de la cacería de mañana son ciertos.


Es verdad. Esa era mi misión. Debía de saberlo para prevenir a mi familia. Para acabar con ella en ese preciso momento y así otorgar mi punición...


–Si no le mentía, usted jamás aceptaría acompañarme. Y hay un par de cosas que me gustaría que platicáramos.


–¿Ah si? Y, dime, ¿Qué es lo que tengo que platicar yo contigo?


Por favor, no me mires de esa manera... No me hagas débil.


–Mis hombres han escuchado los rumores de una cacería que se iniciara mañana en la salida de la alborada.


Su repentino silencio me dio la respuesta. Era cierto.


Eso significaba que no debía perder tiempo. Mi cuerpo acorraló el suyo contra el árbol que había casi detrás. Ella dejó escapar un pequeño jadeo causado por el repentino movimiento. Pero a mí no me debería concernir si le hacía daño o no. Al final de cuentas, el momento había llegado: Debía de matarla ahí mismo. No podía esperar más. Ella no se había enamorado de mí y jamás traicionaría a su familia. Ese maldito licántropo había llegado a estropear mis planes. La sangre me escaldó en solo recordar su nombre, pero hice a un lado ese chocante y lacerante sentimiento y me concentré en mí deber. Debía hacerlo. No había nadie alrededor. Nada lo impediría y mi venganza estaría cobrada. Si la Realeza atacaba a mi raza, yo ya habría dado el primer punto a mi favor. Era solo cuestión de enterrar mis dientes en su sensible piel para inyectar mi ponzoña, que se esparciría por su cálida sangre y frenería su corazón. Sería fácil. Debería de serlo.


Hazlo...


Mis manos se apretaron en sus brazos y clavé mi mirada en la suya. Siempre fue mi deseo el mirar los ojos de mi enemigo mientras este sucumbía entre mis fuerzas. Y ahí estaba otra vez. Ese tórrido océano castaño que me impedía seguir con mi plan y, a cambio, me invitaba a nadar en él para sumergirme en sus pacificas aguas.


–¿Dirás que me quieres? – Insistió él joven vampiro, mientras tomaba a la princesa por el brazo y la hacía volverse para mirarlo – ¿para qué negarlo, si es evidente?


–Pensé que no podías leer mis pensamientos


Él sonrió hacia sus adentros. La respuesta ya la sabía desde hacía mucho, pero quería escucharla. Necesitaba oír su suave voz decirle que lo quería.


–No, no puedo – confirmó, jalándola para que sus cuerpos se pegaran y, sin esperar por más, la besó, acariciando sus labios de manera intensa. No era la primera vez que lo hacía, pero le complacía comprobar que el temblor de su cuerpo bajo sus manos era cada vez más agitado – Dime que me quieres – pidió, con su boca aún danzando frágilmente contra la otra – Acéptalo de una vez por todas...


Sentí la vista nublada cuando todas esas confusas voces desaparecieron. Entonces, me volví a encontrar con su mirada y, fracasando ante los antiguos deseos de mi resarcimiento, la liberé, dejando caer mis manos a mis costados y dando dos pasos hacia atrás. Me llevé la punta de mis dedos hacia el puente de mi nariz. Era tanta frustración... Me encontraba confundido. Nada estaba claro. Nada, más que el simple hecho de que no podía herirle.


–Váyase, su Majestad – logré decir, rompiendo el silencio que se había alzado.


–¿Estarás bien?


Su pregunta me sorprendió. ¿Estaba acaso preocupada?


Me permití mirarla otra vez. Al final de cuentas, ya estaba perdido, ¿Podía suceder algo peor que mi rotundo fracaso? Si. Claro que si: El que la semilla del miedo y la angustia se plantara en mi pecho.


Sabía que las probabilidades de vencer o quebrantar eran las mismas. Pero, al final de cuentas, ambas llevaban a un mismo fin: perderla a ella. De pronto, sentí que mi mundo se volvía muy pequeño y comenzaba a asfixiarme. Mis manos se movieron hacia su cintura y la atraje para que mi boca se uniera a la suya. Fue una forma inconsciente de recuperar el aire que me faltaba. Sus dedos enredándose y jalando mis cabellos. Su pecho junto al mío, tan cerca, que podía sentir su palpitar reviviendo a mi corazón...


–Adiós, princesa. Nuestra alianza ha terminado – dije, cuando nuestros labios se alejaron y nuestras frentes quedaron unidas – A partir de mañana, usted y yo volvemos a ser los mismos enemigos de siempre. Aún así, permítame confesarle algo: Me daría mucho gusto que no se arriesgará y se mantuviera a salvo en el castillo. Quiero ser yo quien la mate algún día... Tenga por seguro que no permitiré que nadie más me robe ese placer. Yo siempre te protegeré...


ROSE POV


El cielo ya se comenzaba a pintar de anaranjado cuando llegamos a mi "casa". Había dudado mucho en dejarle pasar, pero al final, había accedido.


Luché por controlar los retorcijones de mi estomago mientras sentía sus pasos detrás de mí. Estaba nerviosa. El saber que estábamos solos en aquel lugar me descontrolaba. Y no era para menos. Sus manos habían sujetado mi cintura sin aviso previo y la piel se me erizó al sentir su cálido aliento rozar la parte de trasera de mi cuello.


–No le traje a este lugar para que me ofenda con su imprudencia, Señor – expuse, concentrándome para que mi voz no se quebrara.


Él me soltó al momento y fue el vacío que se formó en mi ánimo lo que me dijo que, realmente, no había deseado, en ningún instante, su lejanía.


–Lo siento. No era mi intención...


Parecía sincero. Bajé mi rostro para ocultar la sonrisa que se trazó tenuemente en mis labios.


–Vives... en un lugar muy escondido – señaló, dirigiéndose hacia la ventana y viendo a través de ella (era obvio que lo hacía solo para cambiar el tema)


–¿Qué esperaba? ¿Qué instalara mi hogar a un lado de sus castillos? – inquirí, con amarga ironía. Él se volvió a girar para mirarme


–¿Cómo es que tú...?


–Golpe de suerte, me imagino – contesté, adivinando el rumbo de sus pensamientos


– ¿Has vivido sola todo este tiempo?


No contesté. Bien podía mentirle acerca de mi vida. Hacerme la víctima para obtener más de su confianza, pero era incapaz de mentirle. Algo en sus ojos me lo prohibía.


–Me es imposible creerlo – Murmuró, posando sus manos en mis mejillas e incitándome a mirarlo. Confesándome con el negro de sus pupilas que no insistiría en saber lo que yo no quisiera contarle


–¿Creer qué?


–Que has existido todo este tiempo y yo no haya estado enterado de ello. Me resulta un sacrilegio. Estoy seguro que, de morir, iré al infierno por eso.


–No se preocupe, señor. Su pase al infierno estuvo pagado desde el día en que corrió en sus venas sangre de Nobles.


Esperé a que se enojara, pero, a cambio, soltó una pequeña risita.


–¿Por qué me odias tanto?


–Dudo que haya necesidad de preguntarlo – contesté, aventando sus manos lejos de mi piel y dando media vuelta – Usted bien lo sabe


–Disculpa mi ignorancia – discrepó, moviendo su cuerpo para que nuestras miradas no se abandonaran – Pero, realmente, no lo sé


–¿Ah, no? – Reté, con la furia que las remembranzas me traían, filtrándose en mi voz – ¿Acaso no lo recuerda o es que usted aún ni nacía? ¡La Realeza acabó con mi raza! ¡Gracias a ustedes he estado sola todo este tiempo! ¿Es eso suficiente para que lo entienda o tengo que agregar que yo lo vi todo, cuando apenas era una niña y me encontraba temblando, escondida detrás de unos arbustos? ¿Tengo que detallar la crueldad con que nos decapitaban e incendiaban? ¿Tengo que hacerlo?


–No, no tienes por qué – contestó, con un murmullo – sé lo terrible que se siente que te arrebaten a tu familia – agregó – Yo pasé por lo mismo e, irónicamente, fue un grupo de hechiceros quien lo hizo. Mataron a mi padre y a mi madre, también cuando yo era apenas un niño


–Mayor razón aún para odiarnos – murmuré fríamente, apretando mis puños para no dejarme doblegar por la tristeza que se reflejaba en sus ojos


–No – discutió, dando dos pasos para acortar la distancia que nos separaba y volviendo a coger mi rostro entre sus manos. No fue hasta que la yema de sus dedos se deslizó por mis pómulos, hasta que me di cuenta que una lágrima se me había escapado – ¿Por qué amargar nuestras existencias cargando con un odio que, fuera de remediar el daño infligido, solo abrirá más grietas en nuestras almas? Yo no te puedo odiar. Aún hayas sido tú quien hubiera acabado con la vida de mis padres, no podría.


–Pues yo si puedo y lo hago – dije, revolviéndome entre sus brazos que se apretaron fuertemente a mí alrededor, desistiendo a soltarme – Le odio. Le aborrezco, y nada me daría más gusto que su muerte. ¡Ojala se muera!


–Mátame entonces... – pidió y sus labios se pegaron a los míos con desesperación. Embriagándome al instante de su cálido sabor que se difundió por mis venas y avivó mi sangre y mis sentidos...


¿Cuántas veces no había hecho Edward lo mismo? Muchas. ¿Y cuántas veces había logrado encender mi piel de esa manera? Jamás.


Y es que, en ese entonces no lo sabía, pero Emmett sería el único capaz de hacerme vibrar de esa manera por que, por toda la eternidad, solo sería suya.


ALICE POV


–Jasper – susurré. La voz se me había escapado al verlo en el jardín, afilando su espada que brillaba bajo los débiles rayos plateados de la luna que se iban desvaneciendo, para dar paso a la luz del alba.


–Alteza – dijo él, poniéndose de pie y dejando su labor a un lado – Es muy de madrugada, ¿Qué se le ofrece?


Caminé hacia él sin contestar. La verdad era que no había podido dormir y toda la noche me la había pasado en vela, viendo el horizonte a través de mi ventana. Y fue ahí mismo donde lo vi ir hacia el mismo jardín de siempre. Sabía que estaba mal en acudir en su búsqueda. Pero no podía luchar ante el deseo que movía mis pies para estar cerca de él.


–Es una mañana muy fría – dije, pasando a su lado y tomando asiento en la roca plana que se había convertido en nuestro escenario de reunión. Sus ojos me siguieron y se fijaron en los míos – No estás cubierto. Podrías enfermarte – señalé, quitándome una de las telas que me abrigaban.


–Alteza, no, por favor. No es necesario...


–Acéptala – interrumpí, apretando mi mano contra la suya, para que dejara de protestar.


El contacto de nuestras pieles fue cálido y reconfortante, así que lo mantuve por otro par de segundos... Ese tipo de sensaciones no se vivían todos los días. Son esos choques electrizantes que exclusivamente te transmite una sola persona. Así que, hay que aprovecharlas, pues no sabes cuando se puede acabar todo...


–Irás a la cacería – solté con voz bañada en angustia.


Él asintió. El pecho se me plisó por completo, a pesar de lo evidente que era. Por algo era un guardia, un guerrero. De ese modo lo había conocido. Cuando me había salvado de esa cacería en la que tantos habían muerto. Pero en ese entonces no me preocupaba nada más que el bienestar de mi familia... Ahora, todo era diferente. Todo se pintaba de un color mucho más amargo.


–¿Acaso no tienes miedo?


–¿Se mantendrá usted, a salvo, en el castillo? – no entendí el sentido de su respuesta, pero asentí. Él sonrió y tomó mis manos entre las suyas.


–Si es así, entonces, no tengo miedo – contestó – Estaré tranquilo si sé que su Majestad se encuentra bien.


El primer llamado de trompetas se escuchó, anunciando el inicio de la persecución.


– ¡No vayas! – supliqué, importándome poco si estaba bien o mal. Sólo siendo llevada por la desenfrenada necesidad de retenerlo a mi lado – no puedo ver tu futuro. No sé si regresarás... Por favor, no lo hagas...


Sentí sus manos atrapar mi rostro y su mirada invadir mis pupilas un momento antes de que sus labios atraparan los míos con ternura y fervor, acariciándolos gentilmente, humedeciéndolos con su sabor dulce y tranquilizante... transportándome a un mundo en donde no existía nada más que él y yo. En ese momento, en el que me había olvidado de todo, hasta de la diferencia de nuestras razas, acepté mi única realidad: Me había enamorado de él. Y este sentimiento era irrevocable.


–No vayas – repetí, musitando y enterrando mis dedos en sus rubios cabellos que caían hasta sus hombros. –Quédate conmigo.


–Es mi deber – susurró, alejándose lentamente, pero manteniendo sus manos sujetando mis mejillas – Es mi deber protegértela. A usted, más que a nadie. Yo...


–¡Alice!


El sonido de la ronca voz se perdió entre los segundos trompetazos. Él y yo nos alejamos al instante. Mi corazón aún latía desbocadamente, pero se detuvo al tener frente a mí a mi hermano.


–James – dije, poniéndome de pie y caminando hacia él lo más rápido posible. Un profundo alivio me invadió cuando sus manos sujetaron las mías y aprecié en su mirada solo preocupación.


No nos había visto


– Hermana, ¿qué haces despierta tan temprano?


–No podía dormir. Salí a caminar por los jardines y me encontré a Jasper. Me acerqué para desearle mis bendiciones en la cacería.


Sus labios besaron fraternalmente mi frente.


–Mujeres. Siempre atormentándose más de lo que deberían.


–¿Lo dices por Victoria?


–Se la pasó llorando toda la noche. – contestó, con gesto sombrío.


–Estoy segura que comprendo el cómo se ha de sentir. Ha de ser un verdadero calvario cargar con el hueco que se forma en tu pecho cuando sabes que el hombre al que amas se va al bosque para arriesgar su vida – mi mirada buscó a Jasper mientras hablaba y se fusionó con la suya, a distancia – por eso, prométeme que volverás.


Y yo quería que esa promesa fuera contestada por dos personas, en lugar de una.



lunes, 14 de junio de 2010

Mi Corazon En Tus Manos

CAPÍTULO 20
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Los primeros rayos de sol le hicieron abrir los ojos. Jasper notó entonces como un ligero peso descansaba sobre su cuerpo y bajó la mirada para encontrarse con el rostro dormido de Alice sobre su pecho. Uno de sus delgados brazos se enroscaba en su cintura, mientras la negra cascada de su cabello cubría su espalda desnuda. Apartó de su delicado rostro un pequeño mechón que caía sobre su mejilla, acariciándola dulcemente. Era como contemplar a la más bella de las diosas, su diosa, su Náyade resurgida de las aguas para colmar su vida de felicidad.


En ese instante, sintió como el cuerpo de la muchacha se revolvía sobre él, tras lo que abrió los ojos. Por un segundo se mostró desorientada mas, cuando elevó su mirada para encontrarse con la de él, una hermosa sonrisa se dibujó en sus labios.


-Jasper -susurró ella risueña ante el maravilloso hallazgo de sus ojos.


-¿Te había dicho ya que el sonido de tu voz diciendo mi nombre es música que acaricia mi alma? -murmuró él rozando su rostro con dulzura.


-Sí... Jasper -respiró ella en su boca con mirada insinuante. Los labios de Jasper acataron obedientes al arrebatado palpitar que dominó su pecho y buscaron los de Alice con urgencia. Y ella no sólo se dejó besar complacida sino que alzó sus manos para hundirlas en los anillos rubios de su cabello, correspondiendo a ese beso con la misma pasión.


-Vas a conseguir que pierda la razón -le dijo él tratando de recuperar el aliento.


-Entonces será mejor que me aleje de ti -bromeó separándose de él y sentándose en la cama. -Mi conciencia no podría soportar que privase a dos reinos de su soberano.


Jasper se incorporó siguiendo el movimiento de Alice, haciéndola caer de espaldas y posicionándose sobre ella.


-¿Y crees que yo te dejaría escapar tan fácilmente? -musitó él con voz grave. -Bendita locura la que me hace amarte así.


Con el corazón estremecido, Alice levantó su rostro recorriendo la distancia que la separaba de los labios de Jasper. Un suspiró abandonó su pecho ante el inesperado impulso femenino y acarició su mejilla con suavidad, disfrutando del contacto cálido y delicioso que ella le ofrecía.


-Te amo tanto que llega a doler -susurró ella al apartarse de él.


-Es la misma dulce tortura que me consume a mí -le respondió él. -Una necesidad de ti que parece no saciarse jamás.


Jasper volvió a besarla, lentamente ahora, deleitándose en la suavidad de sus labios, sintiendo bajo su cuerpo la piel vibrante de Alice, desnuda y fresca. Sin embargo, ella enredó sus manos en su nuca y su cabello atrayéndolo más a ella, haciendo más profundo su beso y él accedió a su exquisita exigencia saboreándola con avidez. Jasper notó entonces como la boca de Alice abandonaba la suya, posicionándose cerca de su oído, lanzándole su aliento y provocando en él infinidad de descargas a lo largo de su cuerpo. Comenzó a recorrer de forma tortuosa la curva de su cuello con sus labios, marcando senderos de fuego en su piel, inflamándolo por completo. Era un delicioso tormento sentir sus caricias y lo exaltaba sobremanera que ella lo amara así, sin reservas, dejándose llevar por sus propios deseos. Jasper no pudo reprimir un gemido cuando ella se acomodó entre sus brazos y enfrentó sus caderas con las suyas, rozando con su movimiento su excitación.


-Alice... -gimió él casi sin aliento.


Ella se apartó un poco de él, sus labios enrojecidos y entreabiertos eran una incitante insinuación, al igual que su mirada incendiada.


-¿Necesitas que te diga que quiero que me hagas tuya? -susurró irradiando sensualidad.


Aquello desbordó a Jasper y atrapó sus labios lleno de deseo mientras sus manos empezaban a acariciarla. Su propia piel ardía sintiéndola temblar bajo su tacto. Se detuvo en uno de sus pechos, endureciendo su cúspide entre sus dedos y haciéndola gemir, tal y como él pretendía. Alice, en respuesta, rodeó con sus piernas su cintura apretándose más a él, rozando su intimidad, provocando que ambos perdieran el control sobre sus cuerpos, que ahora se buscaban con desesperación.


Jasper entró en ella lo más pausadamente que le permitió aquel ardor que lo anegaba por dentro, quería dilatar al máximo ese fuego que amenazaba con consumirlos a los dos con cada uno de sus movimientos. Notó el cuerpo de Alice curvarse hacia él, fundiéndose con él, entregándose a esa pasión que los derretía. La muchacha inocente y cándida quedaba a un lado, dando paso a una mujer ardiente y deseosa de amar y Jasper gustoso la recibía complaciente y anhelando aquel fervor suyo que lo enardecía. Volvió a besarla sediento de sus labios y sintió como ella se tensaba a su alrededor, sabiendo entonces que su clímax no tardaría en alcanzarla. La acompañó por aquel sendero que prometía conducirlos a los límites de la dicha y pronto el placer esparció su semilla extendiéndose por sus cuerpos, dejándolos sin aliento.


Jasper se derrumbó sobre el busto de Alice, desfallecido mientras ella lo rodeaba con sus brazos temblorosos.


-Me parece estar tocando el cielo con las manos cada vez que te hago el amor -dijo él contra su pecho cuando hubo calmado su respiración. -Te amo tanto, Alice. Te he amado siempre, creo que hasta incluso antes de conocerte.


-Yo temía que no pudieras amarme -le confesó ella. -Me aterraba una vida sin amor llena de infelicidad.


-Sin embargo esa era mi principal inquietud -alzó su rostro para mirarla. -Cuando me vi en tus ojos supe con certeza que haría cualquier cosa con tal de que fueras feliz, incluso si eso suponía mantenerme lejos de ti. Pero tal parece que fracasé en mi empeño -admitió él entristecido.


Alice comprendió al instante a que se refería su esposo. Alargó su mano y acarició su rostro con ternura.


-Nada de eso fue culpa tuya -lo miró dulcemente.


-Yo... -vaciló -necesito que me expliques, Alice.


La joven guardó silencio durante unos segundos tras lo que asintió. Entonces Jasper se incorporó y se sentó recostando su espalda sobre la cabecera de la cama, posicionando a Alice en su regazo, acunándola sobre su pecho.


-La verdad es que no sé por donde empezar -reconoció ella tímidamente. -Ahora que me doy cuenta de todo me avergüenzo al pensar en lo tonta que fui.


Jasper sonrió para sus adentros, aquella muchacha entre sus brazos volvía a ser su Alice ingenua e inocente.


-No debes avergonzarte conmigo -le dijo alzando su delicada barbilla para que lo mirara. -Confía en mí -le pidió.


Alice tomó aire tratando de alentarse.


-Todo comenzó esa mañana que me besaste y me invitaste a dar un paseo -empezó a contarle. -Desbordaba felicidad ante la idea de que pudieras amarme pero la duda seguía instalada en mi corazón. Nos conocíamos tan poco, había pasado tan poco tiempo... una pequeña espina se clavaba en mi pecho diciéndome que aún no era posible que me correspondieras.


Alice hizo una pausa y Jasper besó su frente instándola a continuar, pensando que esa misma duda era la que lo había reprimido a él.


-Fue entonces cuando llegando a la cocina para ir a preparar la comida para nuestro paseo que escuché una conversación entre María y Jessica -continuó. -Al principio hablaban de alguien de modo despectivo y pronto me dí cuenta de que se referían a mí. Ya había notado en ellas, sobre todo en María, cierto comportamiento descortés hacia mí pero no le había dado importancia.


-¿Y no las reprendiste? -se tensó él.


-Debería haberlo hecho pero estaba tan sorprendida que no fui capaz de reaccionar, no entendía el porqué de su mala voluntad para conmigo -le respondió. -Y después, María te incluyó en su alegato contra mí.


-¿En qué forma? -quiso saber él frunciendo el ceño.


-Afirmaba que yo... -titubeó -que yo no era suficiente mujer para ti.


-¿Y tú le creíste? -demandó disgustado.


-¿Por qué no, Jasper? -se defendió ella. -Yo no poseo una belleza voluptuosa o atrayente para los hombres.


-¿Estás segura de eso? -preguntó irritado -¿O es que tengo que recordarte lo que has provocado en mí hace un momento?


-¿Y yo debo recordarte lo que sucedió en nuestra noche de bodas? -argumentó ella. Jasper suspiró pesadamente.


-Ya te expliqué que...


-Ahora lo sé, Jasper -lo excusó ella -mas no aquel día. Y eso no hizo más que acrecentar mis dudas -le confesó.


-¿Y eso fue todo?


-No -negó con la cabeza. -Lo peor vino después, cuando... -se detuvo un instante a tomar aliento, -cuando se jactó de que ella si era capaz de darte lo que necesitabas, lanzando al aire la insinuación de que era tu amante.


-¡Alice, por todos los santos! -exclamó asqueado.


-Si la hubieras escuchado -continuó. -Su seguridad, su suficiencia, hablando con tanta propiedad, como si gozara de legítimo derecho... y tú te mostrabas tan distante. Aquello fue lo que me hundió en la desesperación. No sé cómo conseguí llegar a mi cuarto, a partir de ahí todo se vuelve confuso, se nubla y no recuerdo nada más hasta que desperté dos días después.


-Fueron los días más angustiosos de toda mi vida -la apretó contra su pecho mientras una punzada se clavaba en el suyo al rememorar los momentos en que creyó que podía perderla.


-Hoy sé que debería haberte hablado pero no era capaz de enfrentarte, temía que confirmases mis temores y no creía ser capaz de soportarlo -admitió llena de culpabilidad. -Sin embargo, aquella noche te escuché hablarme.


Jasper la miró confundido.


-Decías algo sobre un cambio en tu vida, algo que yo debía entender -prosiguió ella.


-Tú eras lo que había llegado a mi vida -le aclaró -para iluminarla con el brillo de tus ojos, de tu sonrisa. Ante la agonía que sentí esos días al poder perderte decidí confesarte mis sentimientos, con la esperanza de que me aceptases o, al menos, me comprendieras.


-Yo no alcanzaba a entender tus palabras pero mi propio anhelo me hizo creer por un momento que tu amor por mí era ese cambio al que te referías, incluso que dabas por terminada tu relación con ella y que alegabas a mi comprensión en cuanto a ese asunto.


-Pero tampoco hablaste conmigo entonces -puntualizó pensativo.


-Intenté hacerlo, a la mañana siguiente cuando vine a tu habitación -le explicó. -No obstante...


-¿Qué? -preguntó confundido al detenerse ella, mas, de repente todo quedó claro en su mente. -Alice...


Una terrible duda se hizo presa de él y tomó el rostro de su esposa, mirándola acongojado y tratando de leer en sus ojos alguna señal, alguna sombra que le indicase que ella aún creía aquella atrocidad.


-Alice, te juro que entre esa mujer y yo nunca ha pasado nada -le aseguró rogando porque creyera en sus palabras. -Esa mañana me había quedado dormido y ella me sorprendió cuando iba a ordenar la recámara.


-Bella ya me explicó eso -lo calmó.


-¿Bella?


-Días después -asintió ella. -Sin embargo, en ese instante... -suspiró. -Jasper, tú no te diste cuenta pero ella sí fue consciente de lo comprometida de la situación y del efecto que había causado en mí. A partir de ese momento su comportamiento hacia mí se volvió más irrespetuoso y hacia ti más... sugerente, casi indecoroso -añadió.


-¿Sugerente? -preguntó con hastío. -Era una completa molestia, me disgustaba su presencia.


-Nunca le reclamaste -aseveró ella.


-No pensé que tuviera que darle importancia -se excusó apenado.


-Y en realidad sí la tenía, con ello trataba de acercarse a ti y de provocarme a mí.


-Conmigo no funcionaron sus malas artes -le reiteró.


-Pero conmigo sí, Jasper -admitió. -Incluso consiguió hacerme dudar de si era a ella a quien le correspondía el derecho de asistirte en tu convalecencia.


-De eso sí me percaté -le dijo, recordando su actitud vacilante cuando él recuperó la consciencia.


Alice lo miró extrañada.


-Justo antes de que me hirieran, Edward me contó que estabas convencida de que tenía amoríos con esa mujer -vistió esa última palabra de sarcasmo, -aunque no sabía ni los motivos ni las circunstancias.


-¿Por qué no me habías dicho nada? -inquirió ella confusa.


Jasper respiró hondo y estrechó a Alice contra su pecho.


-Yo también te escuché mientras despertaba, Alice -admitió. -Y te juro que tu llanto me partió el alma. Creí morir de dolor cuando insinuaste que te marcharías de mi lado -susurró afligido. -Todo ese rencor, todo ese resentimiento... me alcanzó con más violencia incluso que esa maldita flecha envenenada. Temí perderte para siempre y supe que no bastaba sólo con asegurarte que nada era cierto, eso no sería suficiente, así que traté de acercarme a ti primero -le explicó. -Gracias al cielo que se desmoronó ese muro que se interponía entre nosotros.


Alice se separó de él y lo miró a los ojos, suplicante.


-Perdóname, Jasper -le rogó ella.


-¿Por qué, Alice? -tomó su rostro con dulzura.


-Si me hubiera confiado a ti se hubiera aclarado mucho antes este malentendido.


-Y si yo te hubiera confesado desde el primer momento que te amaba como un loco te habría ahorrado todo este sufrimiento -le rebatió torturado. -Además, no creo que a esto se le pueda llamar malentendido, más bien es un acto malintencionado y al que muy pronto voy a poner remedio -añadió separándose de ella y bajando de la cama, tomando su pantalón.


-¿Qué vas a hacer? -se alarmó ella.


-¿Pretendes que deje el asunto correr? -le reprochó. -Esa mujer pagará cada una de las lágrimas que has derramado, cada humillación, cada segundo que permaneciste inconsciente, siendo tu cuerpo incapaz de sobrellevar el calvario que causó en ti su veneno -sentenció. -Cuando pienso en las veces que estuve a un paso de perderte... me invade el deseo de castigarla con mis propias manos -añadió apretando contra sus muslos sus puños llenos de rabia.


-¡No! -exclamó ella.


-Alice, jamás sería capaz de golpear a una mujer -la tranquilizó, -pero entenderás que debo tomar cartas en el asunto, los dos, de hecho.


-Para mí es suficiente con que se vaya de aquí – aseveró ella mientras tomaba su enagua y colocaba la larga prenda sobre su cuerpo.


-Pero Alice...


-No quiero que nada perturbe esta felicidad que siento -se acercó a su esposo. -Además suficiente castigo es el no haber conseguido nada de ti.


Jasper resopló contrariado.


-Merece unos cuantos latigazos -masculló él por lo bajo.


-¿Y crees que eso borrará de mí lo que hizo? -inquirió ella tomando el rostro de su esposo.


-¿Qué lo borrará entonces? -se mostró preocupado.


-Tú, con tus besos y tus caricias -le dijo rodeando su cuello con su finos brazos. -Con tu amor.


-Es todo tuyo, Alice -susurró abrazándola. -Te pertenezco por entero.


Y lo mismo que le aseguraba con palabras se lo demostró besándola apasionadamente, como si le fuera la vida en ello.


-No necesito nada más -musitó ella sobre sus labios. -Por favor...


El sonido de nudillos en la puerta captó su atención.


-Adelante -concedió Jasper, sin separarse de su esposa.


La alegre expresión de Charlotte al entrar en la recámara se turbó al ver la escena.


-Disculpadme la intromisión -se inclinó ella bajando el rostro avergonzada.


-Buenos días -exclamó Alice con entusiasmo.


-No te apures, Charlotte -la tranquilizó Jasper.


-Me alegro mucho de que hayáis recuperado las fuerzas para levantaros -declaró la doncella con una sonrisa.


Alice se soltó de su esposo y se dirigió a ella con mirada de complicidad.


-Veremos que opina el Rey Carlisle por su desobediencia -le dijo por lo bajo, con falso disimulo. -¿Entre reyes están permitidos los azotes?


Alice se echó a reír y Charlotte no pudo evitar acompañarla.


-No olvidéis que estoy aquí, mi señora -bromeó el aludido tomando el brazo de Alice y estirando hacia él. -Me encuentro perfectamente -aseveró rodeando su cintura. -¿O necesitas otra demostración? -susurró quedamente en su oído para que la doncella no le escuchara.


Charlotte los miraba con una gran sonrisa en sus labios, parecía que los problemas por los que la pareja parecieran estar atravesando habían quedado a un lado, su actitud cariñosa bien lo revelaba.


-¿Debo entender entonces que desayunarán en el comedor con su familia? -aventuró la doncella.


-En efecto -le confirmó Jasper. -Pero antes, necesito que me hagas un favor...


Cuando Charlotte le comunicó a María que el Rey reclamaba su presencia en su recámara, sintió que no todo estaba perdido como ella pensaba. Ante la negativa de Jasper de que ella se encargara de sus cuidados creyó que aquella mujercita insulsa la había desplazado del camino, pero, al parecer, se equivocaba. No deberían haber sido muy satisfactorias las atenciones que le había procurado si ahora la hacía llamar y, además, el hecho de que Charlotte le hubiera asegurado que la Reina aún dormía aumentaba aún más sus expectativas. Sin duda al Rey no le habrían pasado desapercibidos sus encantos y lo solícita que se mostraba ella por complacerle, él era un hombre muy apetecible y a ella no iba a suponerle ningún esfuerzo el cumplir todos sus deseos.


Llamó a la puerta despacio.


-Pasa, María -le respondió Jasper. Ella sonrió satisfecha, la estaba esperando... Con la sonrisa aún esbozada en sus labios entró. La sorprendió gratamente verlo levantado y repuesto. Lo recorrió con la mirada con destellos lascivos emanando de sus ojos, sólo llevaba puesto un simple pantalón y el vendaje no alcanzaba a cubrir su torso bien formado y sus músculos tensos. Se alegró de que su esposa lo hubiera estado alimentando bien, lo había dejado preparado para ella.


-Buenos días, Majestad -le saludó ella cerrando la puerta.


-Buenos días -respondió él sonriéndole de modo sugerente.


-¿Me necesitabais? -preguntó ella con cierto toque lujurioso pincelando su voz.


-Acércate -le indicó él con suavidad.


María obedeció complacida, caminando hacia él, contorneando sus caderas de modo sensual, exhibiéndose.


-Detente -le señaló alzando su mano cuando estuvo en el centro de la recámara.


Entonces se acercó a ella mostrando gran interés y comenzó a girar alrededor de ella, observándola, estudiándola. María sonrió llena de gozo, ese hombre conseguía hacerla estremecer con sólo su mirada, tratando de desnudarla con los ojos. Se mordió el labio ante la idea de que fueran sus manos las que la recorrieran... el sólo imaginarlo ya le resultaba placentero.


Jasper siguió mirándola, pero se alejó de ella, dirigiéndose al fondo de la habitación, sin apartar su vista de ella, como si quisiera contemplarla desde lejos.


-¿Sabes por qué te he hecho llamar? -cuestionó él con una clara insinuación.


-Puedo suponerlo, Majestad -respondió ella con tono seductor, posando sus manos en sus caderas de forma provocativa.


De repente, la pequeña puerta que separaba ambas recámaras se abrió y Alice irrumpió en el cuarto, llevando en sus brazos un precioso vestido dorado con filigranas en plata.


-¡Lo encontré! -exclamó alegremente mientras se acercaba a él.


-Déjame ver -dijo tomando la prenda y posicionándola sobre ella. -Lucirás espléndida con él, vida mía.


-Y sé cual de tus túnicas conjuntaría a la perfección -aseguró ella mirándolo de forma traviesa.


-¿Qué tal si me negara a llevarla? -bromeó él arrojando el vestido de forma descuidada sobre la cama -¿Qué harías? -susurró envolviendo la cintura de Alice con sus brazos, aproximándola a él.


-Podría obligarte -le sonrió ella. -Ponértela yo misma.


-¿Y si accediera me privarías del placer del tacto de tus manos acomodando esa prenda sobre mi cuerpo? -musitó sobre sus labios.


-Si es lo que deseas -respondió justo antes de que la boca de Jasper cubriera la suya para besarla con pasión. Alice rodeó su cuello con sus brazos y se unió más a él mientras Jasper hundía sus dedos en su cuerpo a través del blanco tejido de su enagua, al tiempo que devoraba sus labios con afán.


-Amor mío, no estamos solos -puntualizó Alice con falso reproche, separándose un poco de él.


-Tienes razón -suspiró con resignación. -Creo que antes debería explicarle por qué está aquí -agregó volteándose hacia María.


La doncella se hallaba estupefacta con lo que acababa de presenciar. Tenía el rostro desencajado, rojo de ira y cólera y apretaba tanto los puños contra su vestido que sus blancos nudillos llegaban a temblar.


Jasper lanzó una sonora carcajada viéndola en tal estado mientras colocaba a Alice frente a él, haciendo que apoyara la espalda contra su pecho y rodeándola con sus brazos.


-Creo que, en realidad, no sabes por qué te he hecho llamar -se mofó de ella. -Es que, verás, me asalta una duda y tú eres la única que puede disiparla -agregó. -¿Estás de acuerdo? -preguntó en vista de su silencio con expresión seria ahora.


-Sí, Majestad -respondió con voz trémula a causa de la rabia contenida.


-Tengo entendido que eres de la opinión de que mi esposa no es la mujer más apropiada para mí -espetó sin rodeos.


El rostro enrojecido de María palideció al instante al verse descubierta, como si toda su sangre hubiera abandonado tu cuerpo y el pavor fue quien sustituyó a la furia.


-¿Quién lo sería? -continuó Jasper con la dureza esculpida en sus facciones. -¿Crees que una ramera como tú? -escupió con desprecio. María seguía sin habla, incapaz de articular palabra alguna.


Entonces Jasper soltó a Alice y se dirigió a ella, tomándola por el brazo con brusquedad y ella bajó su rostro llena de temor.


-Mírala -le ordenó. -¡Te he dicho que la mires! -gritó sobresaltándola, obligándola a mirar a Alice. -¿Acaso una zorra como tú osa a compararse con el ser más maravilloso y extraordinario que hay sobre la tierra? -inquirió con mirada acusadora. -¿Acaso tu aspecto vulgar y soez podrían equipararse a una belleza sin parangón como la suya? ¿Cómo te atreves?


Jasper la soltó violentamente, sacudiéndola y ella se restregó el brazo adolorido por la rudeza de su agarre.


-Y ni siquiera eres capaz de mostrar arrepentimiento alguno -la miró por encima del hombro. -¿Debería yo mostrar alguna clemencia hacia ti?


El temor se instaló en el rostro de la doncella, acompañado de los peores presagios.


-Os lo ruego, Majestad -lloriqueó lastimera temiendo sus represalias acercándose a él, quien le giró el rostro. María entonces caminó hacia Alice con gesto compungido, tratando de apelar a su candidez.


-¡Ni se te ocurra acercarte siquiera! -estiró Jasper de ella, alejándola de Alice, que la miraba con frialdad. -Eres más infame y rastrera de lo que yo creía y siento que no seas hombre para poder castigarte yo mismo -le increpó lleno de odio.


María se llevó las manos a la boca en la que se dibujaba una mueca horrorizada.


-Sabe que deseo con fervor cruzar tu espalda a latigazos hasta que se desgarre tu carne -la amenazó. -Agradécele a la Reina que me haya persuadido con su benevolencia y te permita que te marches sin más -agregó dándole la espalda, mas al momento se volteo de nuevo.


-¡No te escuché! -farfulló entre dientes desafiante.


-Gracias, Majestad -se inclinó con temor en una profunda reverencia ante una Alice impávida.


Jasper chasqueó la lengua riendo con desgana.


-No vale la pena ni el esfuerzo de las palabras -sentenció asqueado. -Vete de aquí -le ordenó abriéndole la puerta. -No vuelvas jamás a este Reino y dile a Jessica que te acompañe. No quiero en este castillo a quien no es capaz de respetar a su soberana.


María bajó la cabeza y se apresuró a salir de la recámara, mientras Jasper cerraba la puerta tras ella. Después se aproximó a Alice ofreciéndole su mano para atraerla hacia su pecho.


-¿Estás bien? -le preguntó estrechándola, depositando un beso en su cabello.


-Sí -asintió ella. -Me alegro de que haya acabado.


-Yo también -concordó él acariciando su espalda, infundiéndole sosiego, reconfortándola.


-Por cierto...


-¿Sí? -quiso saber él.


-Hace un momento me llamaste vida mía -señaló ella con sonrisa pícara.


-Puedo seguir dirigiéndome a ti como mi señora y hablándote de vos si lo prefieres -se rió él.


-Tendría que pensarlo -bromeó ella.


-¿Y qué me dices de ti? -indagó él -¿Escuché mal cuando me dijiste amor mío?


-Eso fue producto del momento -se excusó ella con tono juguetón. -Me dejé llevar por la improvisación.


-¿También improvisaste cuando me propusiste vestirme tú misma? -preguntó divertido.


-Eso lo dejo a tu elección -le dijo ella insinuante mientras acariciaba su nuca.


-Estoy empezando a creer que eres una hechicera -susurró él inclinándose sobre ella. -Me tienes a tu merced bajo tu embrujo.


-¿Eso significa que cumplirás mis deseos? -sugirió ella con una risita.


-Incluso antes de que lo pronuncien tus labios -le aseguró acercándose cada vez más a ella.


-¿Entonces sabes lo que deseo ahora? -musitó Alice entrecerrando sus ojos, sintiendo el aliento embriagador de Jasper mezclándose con el suyo.


Jasper no respondió, mas bien su boca lo hizo por él, atrapando la de Alice y cumpliendo así con el anhelo de ambos.


.


.


.


.


-Charlotte, ¿estás segura de eso? -volvió a cuestionar Emmett, caminando en círculos por la cocina.


-¿Quieres que te lo repita de nuevo? -respondió divertida la doncella que se hallaba sentada en el regazo de Peter.


-¿Acaso te disgusta esa deferencia por parte del Rey? -se extrañó el Capitán.


-No -se apresuró a negar. -Es sólo que no creo merecerla.


-Amigo mío, yo sí lo creo y, lo que es más importante, así lo cree Su Majestad -puntualizó Peter.


-Pero yo sólo me he limitado a cumplir con mi deber desde que llegué aquí -alegó Emmett.


-Sí, por eso decidiste encargarte personalmente de la yegua de la Princesa Rosalie o te apresuraste a ir en su búsqueda cuando aquella terrible tormenta la sorprendió -agregó el joven con declarada segunda intención. -Aunque mi parte preferida fue cuando ahuyentaste a aquel zángano refinado sangre azul de un puntapié en el trasero.


-¡Peter! -le palmeó Charlotte en el brazo.


-Con todos mis respetos hacia el Duque James, por supuesto -añadió divertido.


-¿Qué estás insinuando? -lo miró Emmett de modo inquisitivo.


-Nada, Dios me libre -se defendió Peter regodeándose. -Emmett, creo que estás exagerando.


-¿Exagerando? Desde hoy compartiré su mesa cada día y abandonaré el Cuartel de Guardias, pasando a ocupar uno de los aposentos de este castillo, como si fuera uno de ellos -le rebatió con cierto nerviosismo. -¿Qué más resta a partir de esto?


-Que llegues a ser uno de ellos -apostilló con firmeza. -Algo que estoy seguro se dará con el tiempo.


-No digas sandeces...


-¿Vas a tratar de negarlo de nuevo? -se rió Peter.


-¿En qué maldito segundo bajé la guardia y dejé de ser cauteloso? -masculló entre dientes con resignación.


-Alguien tan experimentado como tú debería saber que las "artes militares" están completamente reñidas con los designios del corazón -se mofó Peter. -Además, no hay más que verte cuando la miras.


-¡Cállate, Peter! -exclamó contrariado.


-Y del mismo modo te mira ella a ti -agregó Charlotte por lo bajo mientras se ponía en pié y se dirigía a los fogones. -No imaginarías quien está disponiendo tu habitación en estos momentos.


-María y Jessica se encargaban de eso -razonó Emmett cuando salió de su asombro, -y al haberlas expulsado...


-Y no hay más doncellas en este vasto castillo ¿verdad? -le cortó Charlotte.


-¡Dejadlo de una vez! -les advirtió. -Ambos sabéis que no es posible -dijo con expresión torturada, apoyando sus manos en el respaldo de una silla, cabizbajo.


-Quizás ya no esté en tu mano el evitarlo -le palmeó Peter amistosamente.


-Charlotte, ¿sabes dónde...? -irrumpió Rosalie en la cocina, que se detuvo sorprendida al ver a los dos jóvenes.


-Buenos días, Alteza -la saludaron ambos rápidamente.


-Buenos días -les respondió ella con amabilidad.


-¿Necesitáis ayuda, Alteza? -se ofreció Charlotte. -¿Sus Majestades ya bajaron de sus habitaciones?


-No, Charlotte -la tranquilizó ella gesticulando con sus manos. -De hecho... te estaba buscando a ti -afirmó señalando a Emmett.


-¿En qué puedo serviros, Alteza? -se tensó él, inquieto.


-Relájate -le sonrió ella. -Sólo quería aprovechar para enseñarte tu recámara.


-Yo... -titubeó él. -No deberíais molestaros.


-¿Me acompañas? -insistió haciendo caso omiso a su queja.


-Por favor, después de vos -le indicó con la mano.


Antes de abandonar la cocina, Emmett tuvo que soportar la sonrisa pícara de Charlotte y Peter, a lo que respondió con mirada furibunda. Después aceleró su caminar y se situó un paso por detrás de Rosalie.


-No te quedes atrás -señaló ella. -Pareces un sirviente.


-Pensaba que se me consideraba como tal...


Rosalie se detuvo en seco y se giró a mirarlo.


-La única culpable de eso soy yo -bajó la cabeza. -Te pido perdón por ello.


-Es del todo innecesario, Alteza -le aseguró, colocándose a su lado.


Rosalie elevó sus ojos y se encontró con la mirada oscura de Emmett. Aquella cercanía suya la aturdía al igual que su perfume varonil y él... él moría por estrecharla entre sus brazos.


-Sigamos -desvió ella la vista, turbada.


Continuaron caminando en silencio uno cerca del otro durante unos momentos hasta que se adentraron en uno de los pasillos.


-Creí que nos dirigíamos al torreón de invitados -puntualizó Emmett al percatarse de que corredor tomaban.


-No, en este torreón están las recámaras más luminosas y espaciosas y en ellas suelen alojarse los más allegados, nuestra familia. De hecho, tus aposentos están junto a los míos -se detuvo frente a una de las puertas. -Espero que sea de tu agrado -le dijo abriéndola e instándole a entrar.


Las palabras "luminoso" y "espacioso" no alcanzaban a expresar el esplendor de aquella habitación. Emmett caminó por aquel espacio bañado por la cálida luz del sol con paso vacilante, admirando cada uno de los elementos que la vestían, dándole un aire muy masculino, como si hubieran sido escogidos con gran dedicación, expresamente para él. Se preguntaba como en tan poco tiempo Rosalie había conseguido disponer esa habitación con tan buen gusto y sin que faltase ningún detalle.


-Mandé a traer tus cosas -se defendió ella cuando vio que el muchacho posaba con asombro la mirada en su baúl.


Emmett guardó silencio durante unos segundos, sobrecogido.


-Lo siento si te he importunado -se disculpó Rosalie ante su mutismo.


-No -negó con premura. -Es sólo que... -dudó. -Esto es demasiado para alguien como yo.


-No es lo que opina mi hermano -se encogió ella de hombros.


-Vuestro hermano se confunde -sacudió él la cabeza.


-Entonces todos aquí nos confundimos porque compartimos su opinión -aseveró ella.


-¿Vos también? -quiso saber.


Rosalie asintió.


-Creo tratáis de hallar en mí alguien que no existe -se lamentó.


-Y yo creo que eres demasiado humilde -objetó ella.


-¿Humilde? -lanzó una carcajada mordaz. -No, Alteza, no es humildad sino la pura realidad. No soy más que un simple guardia.


-¡Deja de decir eso! -exclamó atormentada.


-¿Queréis que niegue mi identidad, Alteza? -se mofó él dándole la espalda. -¡Eso es lo que soy!


-¡Eso no es cierto, Emmett! -le gritó ella. -¡Tú lo eres todo!


Emmett volvió a mirarla completamente desconcertado. Ni siquiera se atrevía a repetir en su mente lo que acababa de escuchar, no era posible, ella debía haber confundido las palabras. Mas los ojos de Rosalie eran claros. No había ni un sólo atisbo de consternación o arrepentimiento por su afirmación, al contrario, lo miraban anhelantes, ansiosos de ver en él alguna señal de respuesta. Emmett se acercó muy despacio a ella, a pesar de ser consciente de que obraba mal y es que, llegados a ese punto, él mismo también necesitaba saber. Fundió su mirada con la suya, sin dejar de aproximarse hasta detenerse justo frente a ella, que seguía sus movimientos con expectación, su respiración entrecortada era buena prueba de ello. Entonces Emmett, guiado por un impulso, alzó una de sus manos y la dirigió hacia su mejilla, lentamente, conteniendo el aliento y, a punto estaba de tocar su suave piel cuando un destello de sensatez lo asaltó, deteniéndolo. Suspiró sonoramente, contrariado y, había comenzado ya a retirar su mano cuando Rosalie la tomó entre las suyas y ella misma la llevó a su mejilla.


-¿Aún no lo comprendes? -lo miró con ojos vidriosos.


Emmett no contestó, sólo obedeció a los instintos que tantas veces había tratado de refrenar y que en ese momento lo desbordaban por completo. Llevó su mano hasta su nuca, rodeando con la otra su cintura mientras la atraía hasta sus labios y tembló al poder saborear al fin aquel dulzor con el que había soñado, poseer esa boca como lo había deseado tantas veces y deleitarse con el calor de ese cuerpo que se estremecía con su tacto. Temió durante un segundo que Rosalie lo rechazara pero, tras un instante de aturdimiento, notó como ella se aferraba a él. Su boca exquisita lo besaba con fervor, sus labios parecían arder bajo los de Emmett y sus dedos se clavaban en su pecho, queriendo fundirse con él. El mismo deseo incontrolable la embargaba a ella, al igual que la misma falta de cordura.


-¡No! -se separó Emmett de ella sin apenas aliento. -Esto es una locura.


Rosalie se apretó contra su pecho, hundiendo su rostro en la curva de su cuello.


-¿Acaso puedes tú luchar contra ella? -susurró sobre su piel haciéndolo estremecer. -Porque yo no -tomó su rostro obligándolo a mirarla, incendiándolo con ojos llenos de anhelo.


Emmett supo entonces que estaba perdido, que cualquier intento por alejarse de ella sería en vano. Volvió a atrapar su boca y la devoró con afán, aprisionándola entre sus manos y su cuerpo, queriéndola sentir por entero mientras Rosalie alzaba sus brazos, mezclando sus dedos con su pelo negro, rendida sin remisión al calor de su piel y de su aliento. Dominado por la pasión, Emmett acarició sus labios con su lengua como demanda y ella lo recibió gustosamente, lanzando ambos sendos gemidos ante la gloriosa sensación. Rosalie arqueó su cuerpo contra el suyo uniéndose más a él y Emmett creyó arder de deseo.


-Rosalie -alcanzó a susurrar apartándose un poco de ella. -Haces que pierda la cabeza... voy a enloquecer.


-¿Y no es lo que quieres? -respiró sobre su boca.


-Sí... no... -titubeó él. -No me refiero a eso.


-¿Es que tú no me...?


Emmett posó sus dedos sobre su labios, callándola.


-Por supuesto que te amo -le aclaró él. -Y te deseo, ardientemente.


-¿Entonces? -quiso saber ella.


-Me siento como un ladrón robando tu cariño, tus besos -se lamentó él.


-No estás tomando nada que yo no te haya ofrecido -lo contradijo.


-Sí, pero bien sabes que no es correcto.


-Mi hermano hoy por hoy ya te tiene en gran estima -le recordó.


-Pero no creo que sea la suficiente como para aceptar algo entre nosotros -le hizo una mueca de disgusto.


-¿Y piensas renunciar antes de empezar a luchar? -inquirió ella molesta.


-Por supuesto que no -se apresuró a negar. -Pero debemos ser precavidos por lo pronto -le dijo. -¿De acuerdo?


-Está bien -asintió Rosalie.


-Será mejor que bajemos -le indicó Emmett.


-Sí, pero antes...


Rosalie rodeó su cuello con sus brazos y se fundió con sus labios y Emmett no habría podido evitar corresponderle aunque lo hubiera intentado. No bromeaba al afirmar que le haría enloquecer, esa mujer deliciosa le nublaba el raciocinio, le robaba el sentido común. Iba a ser muy difícil mantenerse alejado de ella y mostrarse indiferente en presencia de los demás.


Cuando llegaron al comedor, guardando una distancia prudencial entre ellos, Jasper y Alice ya estaban allí, en compañía del resto de sus familiares.


-Debería revisarte esa herida igualmente -le decía Carlisle a su sobrino.


-Alice acaba de hacerlo y yo me siento perfectamente -insistió Jasper.


-Eso se nota, primo -le susurró por lo bajo Edward, bromeando. -Todos tus poros destilan felicidad.


-Entrometido -masculló Jasper riendo.


-¡Emmett! -exclamó Alice en cuanto vio al muchacho, corriendo hacia él y lanzándose a sus brazos. -¿Ya viste tu recámara? ¿Te gusta?


-Por favor, Majestad -trató de retirarla él suavemente, apenado. Todos se echaron a reír ante la escena.


-¿Aún intentas controlarla? -se rió Jasper. -Parece mentira que no la conozcas.


-Majestad, me alegró mucho de vuestra mejoría -caminó hacia él. -Y no sé como agradeceros que...


-Eso no entra en discusión -lo silenció alzando su mano. -Yo también te debo el haber ayudado a salvar mi vida, entre otras cosas.


-Majestad, eso forma parte de mi deber -quiso rebatirle.


-Yo no lo considero así, pero si eso te hace aceptarlo, digamos que es una retribución por tus servicios -insistió. -Aunque, para mí, habiendo estado a un paso de la muerte, es sólo un intento de tener a mis amigos cerca.


Todos miraron a Emmett con aprobación, así que asintió.


-Entonces, a la mesa -le palmeó Edward la espalda. -Charlotte no tarda en servir el desayuno.


Aunque no fue Charlotte la que acudió al comedor, sino Angela y con expresión disgustada.


-¿Sucede algo? -se interesó Jasper al verla así.


-Majestad, acaba de llegar el Duque James de Bogen...


-Buenos días -irrumpió en la sala apartando a Angela de modo desdeñoso y haciendo una reverencia. -Espero no ser inoportuno.


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