Dark Chat

jueves, 10 de junio de 2010

Inmortal

Capítulo15: Falsa Alarma


BELLA POV

Sus manos se mantuvieron apretadas a mi cintura y su boca se movía contra la mía, suave, dulce, refrescante. Dándome, con cada sorbo de su sabor un soplo más de vida. Dejé escapar un suspiro, mientras hilaba mis dedos en sus cabellos y sentía mi cuerpo arquearse hacia atrás, en un intento desesperado por no tener ni la más mínima distancia que nos separara. Su lengua se adentro en mi boca, buscando la mía, en una sutil y tentadora invitación, para que ambas iniciaran una danza armoniosa, sincronizada, perfecta... única... deliciosa...


Una parte demasiado lejana de mi conciencia luchaba por hacerme entrar en razón; pero había algo mucho más fuerte, que comenzaba a inundar mi mente... una serie de imágenes borrosas y poco coherentes llegaron a mí:


–Y... ¿Cómo es que te llamas? – le había preguntado el niño, al encontrarse por tercera vez con ella.


La pequeña castaña sonrió con suficiencia y cierto ego infantil se dibujó en el ligero levantamiento de su barbilla


–¿Y para qué quieres saberlo?


–Simple curiosidad, ¿Qué otra cosa sería si no eso?


–Podría ser que estas interesado en mí


–¡Ba! – exclamó el niño inmortal bajando el rostro


–Yo te gusto


–¡Por supuesto que no!


–Vamos, no seas infantil y acéptalo.


–A mí no me gustan las princesas...


La pequeña se sintió ofendida, pero no lo dio a demostrar. Por el contrario, decidió no inmutarse ante el comentario despectivo y se decidió por poner a prueba sus especulaciones. Se acercó entonces al vampiro que se encontraba sentado, aún mirando hacia abajo, y, sin explicaciones, lo aventó hacia atrás


–¡Ey! ¡¿Pero qué te pasa?... – sus palabras se quedaron atoradas en la garganta al tener a la niña sobre él, con su rostro a escasos centímetros del suyo – Oye... ¿Qué...? ¿Qué haces?...


–Voy a besarte


Él, que desde su nacimiento había carecido de un corazón con palpitares, sintió que en ese momento el pecho le iba a estallar... Los labios de ella se aproximaban lentamente y él no hizo nada más que cerrar los ojos y esperar, con las manos enterradas en el monte, sosegando de esa forma, su inconfesable nerviosismo, por el beso que fue suplantado por una delicada risita que le incitó a despejar su mirada para así encontrarse con la mirada chocolate llena de traviesa burla.


El vampiro se sintió avergonzado. Sabía que había perdido...


–Si no te gustan las princesas, no permitirías, bajo ninguna circunstancia, que una te besara – resolvió ella, con su voz cargada de una vanidad que al niño le resultó tentadora y, tomando como pretexto una revancha, fue esta vez él quien se abalanzó sobre ella...


–¡Te ordeno que te bajes, ahora mismo!


–No lo haré hasta que me digas tu nombre


–Dime el tuyo primero


–De acuerdo – asintió él, con resignación. Sabía que aquella damita era demasiado terca y no ganaría nada con negarse.


–Pero sin mentiras


–Sin mentiras – acordó y, después de esperar unos cuantos segundos para darle emoción al momento, dijo: – Mi nombre es... ¿Y el tuyo?


–...


–Es un nombre demasiado largo – se quejó – ¿Qué te parece si te llamo...? ¿Te gusta?


–Suena bien


–Pero sólo yo tendré el derecho de llamarte así...


–No, me gusta como se oye, así que desde hoy le diré a mi familia que me diga de esa manera...


–Como gustes, pero nunca olvides que fui yo el primero quien lo inventó...


–De acuerdo – accedió la pequeña, aprovechando la distracción del vampiro para aventarlo hacia atrás y retomar su antigua posición en donde ella asumía el poder...


Las imagen que apareció ya no eran de una niña ni de un niño, si no de dos adolescentes de aproximadamente quince o dieciséis años, peleando justamente en el mismo lugar que antes...


–¿En dónde estuviste ayer?


–¿Es necesario que estés arriba de mí para que te responda? – contestó el muchacho con mirada sinuosa, logrando que la princesa se alejara al instante de él, tratando de ocultar el rubor de sus mejillas con su espeso cabello castaño que le había crecido hasta inundar toda su espalda con una hermosa cascada caoba.


Él se acercó por detrás, de manera tan cautelosa que ella ni si quiera se dio cuenta de su cercanía hasta que habló


–Deberías de admitirlo de una vez por todas


–¿Admitir qué?


–Que me quieres...


–No sabía que los vampiros fueran tan vanidosos... – dijo en defensa, concentrándose para que la voz no se le quebrara


–Ni yo tampoco sabía que la Realeza fuera tan obstinada...


–Que yo recuerde, cuando éramos niños, dijiste que no te gustaban las princesas...


Él apareció frente a ella y su dorada mirada se clavó en el café de sus ojos.


–No me gustan las princesas – aseguró, llevando una de sus manos hacia coloreada y delicada mejilla – Me gustas tú...


– Bella – musitó Edward, sin liberar mis labios de los suyos y el sonido de su voz al pronunciar mi nombre me resultó tan familiar como provocativo.


Mis brazos se encontraban completamente enrollados en su cuello y podía sentir mi boca exquisitamente adormecida por la suya, que se fue alejando de manera tortuosa. Me vi obligada a desviar mi mirada hacia otro lado cuando nuestras frentes quedaron unidas y sus ojos intentaron escudriñar en los míos. Sentí su mano posarse en una de mis mejillas, sosegando con la frialdad de su piel el calor de éstas.


–Mírame – pidió, con voz baja y aterciopelada; pero me negué y me deshice de su agarre y caminé lejos de él


–Esto... no está bien – tartamudeé, mirando hacia la espesura del bosque, sin observar nada en realidad


–Ya lo sé – acordó, mientras se acercaba a mí – Un vampiro besándose con una princesa... no es algo que pase todos los días


–Es algo que NUNCA debe pasar – corregí, dando media vuelta para encararlo – Llévame al castillo, ahí es donde debería de estar...


Mis palabras fueron bloqueadas por su propia mano que cubrió mi boca


–Alguien se acerca – susurró – son los licántropos...


Me revolví entre sus brazos, logrando que me soltara, y mi mirada relampagueó en su dirección


–Yo no tengo por qué huir – dije de manera seca – En todo caso, deberías ser tú quien corra. Dudo mucho que quieras morir despedazado mañana en el alba...


Yo misma enmudecí nada más en imaginarme lo posible que se estaba tornando esa posibilidad. La cacería daría comienzo mañana... Y él... él era una de las presas que mi familia deseaba poseer. La realidad me golpeó de manera inesperada, fuerte, como un imperioso martillazo que te estruja el corazón y te lo deja sin latidos durante un momento.


Tanta fue la nacida angustia, que no supe cuál fue el momento en el que yo misma lo tomé de la mano y le hice andar con marchas apresuradas.


–Espera – dijo, mientras frenaba nuestros pasos y, de un solo movimiento, me posicionó sobre su espalda, para echarse a correr como un leopardo. El viento sopló fuertemente mis mejillas, llevándome a hundir mi rostro en el hueco de su hombro y trayendo, con ello, una imperiosa sensación de Deja'vu que se encarnó en mis huesos.


Era como si no fuera la primera vez que había vivido esto...


–Te quiero mostrar algo


–¿Qué cosa? – le preguntaba la niña, con desconfianza


–Cierra los ojos y lo sabrás. Vamos, ¿no me tendrás miedo o si? – retó el niño, con sonrisa y mirada traviesa.


La pequeña castaña se sintió ofendida, y fue el orgullo lo que disfrazó su temor y la obligó a cerrar sus parpados. Después, sólo sintió cómo el aire se le escapa de su estomago y se azotaba contra sus pómulos. La maravilla que sintió en cuanto despejó su mirada fue sublimemente extraordinaria, y es que él corría con tanta velocidad que parecía como si estuviera volando sobre las alas de un fénix...


Las imágenes se borraron en cuanto él frenó sus pasos para detenerse frente a una barda de espesa y musgosa vegetación.


–¿Dónde estamos? – exigí saber, obteniendo solo como respuesta una sonrisa socarrona


–Acompáñeme – pidió, abriéndose paso entre las verdes estirpes. Mi mirada no pudo dilatarse ante el asombroso espectáculo que se presentó frente a ellos.


Tal vez había muerto y me encontraba en el cielo... o en algo parecido a un edén. Era un prado. Un hermoso prado adornado por un lago de límpidas aguas que parecían cristales. Su pastos parecían más bien un mar verde y los débiles rayos del sol se filtraban por la espesura de las nubes, otorgándole al lugar la luminosidad adecuada como para imaginar que me encontraba sumergida en un escenario digno para un cuento de hadas.


Los pasos de Edward a mi lado me extrajeron de la ensoñación en la que me hallaba.


–¿Qué lugar es este?


–¿Le gusta?


–Es bonito – admití, muy a mi pesar. Una verdad como tal no se podía negar.


Él sonrió satisfecho.


–Apuesto que en sus ostentoso castillo jamás vera algo como esto.


Estúpido vampiro.


–Es un lugar demasiado grande como para ubicarlo en mi hogar – contesté, con la barbilla ligeramente alzada, sin dejarme inmutar bajo ningún momento.


Su sonrisa se ensanchó, dejando a la vista la hilera blanca de sus dientes, adornados por dos pequeñas y delicadas puntas ubicadas en sus colmillos que le daban a su rostro una galantería perversa y perturbadora.


–¿Qué hay de los licántropos? – pregunté, recordando el motivo por el cual, se suponía, estaba ahí.


–¿Licántropos? ¿Qué licántropos? – la exagerada inocencia de su voz y mirada fueron la clara respuesta.


En ningún momento él había estado en peligro. ¡En ningún maldito momento había sido perseguido por hombres lobos!


–Eres un mentiroso sinvergüenza – siseé, con mi ira aumentando conforme su sonrisa se expandía.


ALICE POV


Otro amanecer...


Un día menos que restarle al momento de mi partida. Suspiré melancólicamente mientras miraba por la ventana los campos verdes que se expandían por el bosque. Un toque de nudillos llamó a la puerta, para después abrirse. Era Charlotte, mi doncella, mi amiga.


–Majestad – saludó al verme y se acercó para ayudar a vestirme – ¿Cómo amaneció?


–Bien – mentí, girándome para verla, descubriendo que ella hacía todo lo posible por ocultar su semblante – Charlotte, ¿Qué sucede?


–Nada, su Majestad


Llevé mis manos hacia su rostro, para que pudiera alzarlo, y así encontrarme con su mirada enrojecida.


–Has estado llorando – aseveré – ¿Qué sucede?


–Es algo sin importancia...


–Las lágrimas no se despliegan de los ojos así nada más – interrumpí suavemente – Dime qué ocurre. ¿O es que acaso no me tienes confianza?


–¡Oh, princesa! – Exclamó – ¿cómo puede decir eso?


–Es lo que pienso tras ver tu evasiva.


Ella volvió a bajar el rostro y yo esperé en silencio para que hablara. Era un lástima que nuestros vínculos no fueran tan fuertes como para que alcanzara a ver en su futuro. Aunque, cabe recalcar que mi "don" no se encontraba realizando su tarea de manera efectiva. En los últimos días, solo había logrado ver imágenes borrosas y sin sentido de mi hermano y mis padres... Nada más.


–Se trata de... de un guerrero – comenzó a contar Charlotte – un guerrero al cual he conocido tiene poco, en cuanto llegue al castillo


–¿Qué hay con él? ¿Te ha faltado el respeto...?


–En absoluto, Alteza – dijo, rápidamente – todo lo contrario. Es el hombre más amable que haya podido conocer... yo... estoy enamorada de él


–¿Y lloras por eso? – me asombré, pues la obvia respuesta llegó hasta ya pasados varios segundos: Charlotte tenía que irse conmigo, y esto suponía el aislamiento de aquel hombre al que amaba. Caminé hacia ella y tomé sus manos entre las mías – muchacha tonta – dije, sonriéndole para tranquilizarla – Bien sabes que no estas obligada a acompañarme. Puedes quedarte...


–De ninguna manera, su Majestad. Mi deber es ir con usted


–No, tu deber es quedarte al lado del quien amas. Dime, ¿Te corresponde?


–Eso dice – balbuceó


–Entonces, no se discuta más. Partiré yo sola... Y no me gusta que me contradigan – espeté, cuando vi sus intenciones de protestar...


Después de que Charlotte se fuera, decidí ir hacia un o de los jardines traseros. El atardecer había caído rápido. Era como si las horas estuvieran destinadas en convertirse en segundos... acortando mi estancia en el castillo.


Tomé asiento en una piedra plana, ubicada debajo de un frondoso árbol de manzano. Un viento fresco sopló, agitando mis cabellos y llevando mi vista en dirección hacia la entrada. Mi corazón se detuvo por un instante, solo para retomar su ritmo enloquecido después de verlo. Bajé la mirada y me mordí el labio. Lo que menos quería era encontrarme con él...


Sentí sus pasos acercarse y, conforme más próximo se hallaba, más rápido bailaba mi pecho. Se plantó a un lado de mí, yo seguía incapaz de verle. Me sentí cobarde y absurda, pues, aunque una parte de mí quería salir huyendo, la otra me rogaba por quedarme a su lado.


–Majestad – escuché su dulce voz llamarme – No pensé encontrarla en este lugar


–Yo tampoco – susurré. No hallaba la manera de hablar – ¿Siempre vienes aquí?


–Sólo cuando necesito pensar


–Eso significa que... ahora estas meditando


–Algo así – admitió


No pude reprimir la necesidad de mirarle, así que lo hice. Instintivamente, me llevé las manos a mi pecho, que amenazaba con explotar de un momento a otro, conforme me iba perdiendo en el mar gris de sus pupilas. Entonces fue cuando supe que no había sido buena idea. Volví a bajar la mirada. Aunque aquello tampoco significara que estaría menos nerviosa.


Me puse de pie de manera inesperada. Había sido un acto reflejo que mi subconsciente me había mandado para distanciarme de su persona.


–Que pases buena tarde – deseé a modo de despedida, aún con la mirada fija en mis pies, obligando a éstos moverse para salir del jardín que, repentinamente, se había convertido en un calabozo.


Solamente había avanzado un metro cuando su tacto cálido y gentil me atrapó por el brazo. No fue la fuerza lo que me retuvo, si no el sublime estremecimiento que me recorrió el cuerpo.


–¿Es cierto que se va? – me preguntó con voz suave.


–Si – contesté de manera débil. Y, de nuevo, mis instintos me traicionaron, llevando a mis ojos alzarse para fundirse en los suyos.


¿Era mi imaginación o había dolor en el tórrido océano de sus pupilas?


Los segundos se me hicieron eternamente bellos mientras nadaba en ellas. Estaba segura que podía pasar gran parte de mi inmortalidad de esa forma. El por qué, no lo sabía (Tal vez me daba miedo admitirlo). Solo estaba consiente de la paz que me transmitía el estar a su lado. La necesidad de él, que iba en aumento conforme el tiempo pasaba. Y de que los latidos de mi corazón se volvían más violentos con cada noche que escuchaba su nombre...


No, no lo admitiría en ese instante. Pero la respuesta estaba más clara que los manantiales del reino.


–¿Tardará mucho en regresar?


–Algunos años más– admití – vendré cuando deba recibir el cristal que marca mi primer siglo vivido.


–¿Por qué se va?


Por ti...


–Yo... quiero disfrutar los años que me quedan de libertad.


–Ya veo – murmuró, desviando el rostro en dirección contraria. Privándome del sosiego de sus ojos – Le pido perdone mi atrevimiento. Usted no debería de darme ningún tipo de explicaciones.


–No te preocupes. Agradezco tu... interés.


–Qué tenga un buen viaje, su Majestad – soltó, de repente, haciéndome una reverencia, para después dar media vuelta y dejarme sola.


Y, mientras le veía marchar, una confusa imagen, a la cual no le encontré forma, se instaló en mi subconsciente, dejándome, como recuerdo, un punzante dolor en el pecho.


Comentarios por fiss...............

miércoles, 9 de junio de 2010

Mi Corazon En Tus Manos

CAPÍTULO 19
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Queridísimo Padre:

Imagino que no esperabas la llegada de esta carta, sino la mía. Siento hacértelo saber de esta forma pero no será así. De hecho, tras haber finalizado la lectura de estas líneas, vas a tener que ser tú quien decida cuando podré volver.

Si piensas que éste es otro de mis actos de rebeldía, tal y como parecer ser que los denominas tú ahora, y que estoy desobedeciendo tus órdenes cual niña malcriada, te diré que esto va mucho más allá.

Tampoco me andaré con rodeos, padre... cuando recibas esto hará al menos una semana que contraje matrimonio con el Príncipe Edward.

Puedo suponer cual será tu reacción ante tal noticia... ira al haberme negado expresamente a cumplir tus deseos, decepción al no cumplir con tus expectativas de hija obediente y abnegada, contrariedad al tener que enfrentarte a tu querido amigo el Rey William y romper el compromiso matrimonial al que accediste sin, te recuerdo, sugerírmelo antes siquiera...

Podría darte miles de justificaciones y excusas ante lo que para ti es un comportamiento completamente reprobable y me pregunto si valdría la pena el esfuerzo. Pero de lo que sí puedo hablarte es de lo que sentí yo cuando leí tu carta. Me sentí engañada, traicionada y muy desilusionada. ¿Cuántas veces te he oído decirme que te sentías orgulloso de tener una hija tan juiciosa y madura? ¿Cuántas veces me dijiste que confiabas en mí y que te sentías tranquilo al tener la suerte de que fuera una muchacha responsable y comedida? ¿Dónde quedó todo eso? ¿Eran únicamente mentiras o era algo convenientemente a olvidar cuando te hablé de mis sentimientos hacia Edward y de cual era mi decisión?

En realidad, ya poco importa todo eso. Soy la esposa de Edward y nuestra unión cuenta con legítima validez pues Jasper y Alice, como Reyes de Los Lagos nos han ofrecido asilo y apoyo. Te ratifico que este tipo de apoyo es en todos los sentidos y no creo necesario tener que hacer hincapié en los tres ejércitos que se sumarían a nuestra causa en caso de que el Príncipe Jacob decidiese tomar represalias. En lo que ti se refiere, me niego a creer que pudieras llegar a tanto y, si, por el contrario, te lo plantearas siquiera, sabe de antemano que, desde ese mismo instante, dejaría de considerarme tu hija.

Me entristece profundamente el haber llegado a esto y que no hayas comprendido cual era mi felicidad, de hecho, confío en que haya sido eso, falta de comprensión por tu parte. Me destrozaría saber que sí eras consciente de ello y, aún así, hubieras decidido sacrificarme a tu conveniencia.

Sólo por si fuera de tu interés, te hago saber que permaneceré en este Reino de forma indefinida. El Rey Jasper sufrió un atentado por parte del Reino de Adamón, del que afortunadamente ha salido bien librado y estamos en estado de sitio, con el ejército dispuesto y preparado para resistir cualquier ataque.

Cuando la situación se estabilice, que con la Gracia de Dios así será, tomaré rumbo hacia mi nueva patria, el Reino de Meissen. Hasta entonces, rogaré para que la benevolencia y la indulgencia que caracterizan tu naturaleza justa toquen tu corazón.

Tu hija que te ama

Alteza Real, Isabella de Meissen.

-Y Princesa Heredera del Reino de Breslau, Bella -exclamó el Rey Charles golpeando con ánimo el brazo de su trono. -Bien hecho, hija -masculló a través de la sonrisa que se asaltaba a sus labios, -no esperaba menos de ti.


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-Esta vez habéis sido vos la artífice de esta exquisita cena -aseveró Jasper con voz firme mientras disfrutaba del último bocado de su plato.


-Estáis muy seguro de eso, mi señor -sonrió ella halagada apartando la bandeja al otro lado de la cama.


-No pretendo desmerecer las habilidades de Charlotte pero la presencia de vuestras manos en este delicioso platillo es inconfundible -se reclinó contra la cabecera de la cama.


-Me complace que os guste -asintió ella.


-Recuerdo que la primera vez que lo hicisteis me asegurasteis que os sentíais dichosa de poder hacerlo -se inclinó ahora acercándose a ella. -¿Aún pensáis igual? -le susurró clavando su mirada en ella. Durante un instante, Alice se perdió en la inmensidad de aquel mar azul de sus ojos.


-Yo... -titubeó. -Voy a buscar las cosas para curar vuestra herida.


-Como gustéis -se volvió a recostar sobre la cama con sonrisa sugerente.


Alice tomó la bandeja con manos temblorosas y se apresuró a salir de la habitación. En cuanto Jasper escuchó los pasos de su esposa alejándose por el pasillo, apartó la sábana y se levantó de la cama. Se regodeó al ver que, de nuevo, volvía a hacerlo sin sufrir ningún atisbo de mareo y, con paso vacilante primero y más seguro después al comprobar la firmeza de su equilibrio, comenzó a pasear por la habitación.


Sabía que su tío no se lo habría permitido y habría insistido en que debía reposar durante más tiempo, pero casi tres días inconsciente y cuatro guardando reposo... eran mucho más de lo que su acostumbrado sosiego podía soportar. Por eso en esos dos últimos días había aprovechado las ocasiones en que Alice lo dejaba a solas para salir de aquella cama.


Con la imagen de su esposa en su mente se dirigió a la ventana, perdiendo su vista entre la oscuridad de la noche. Durante esos cuatro días había intentado acercarse a ella, ganarse su confianza, tratar de derribar ese muro de frialdad que se interponía entre ellos y, como siempre, ella se mostraba a la defensiva, alejándose de él. Sin embargo, él no se rendía, sabía que el momento en que ella bajase la guardia llegaría y él lo esperaba atento, dispuesto a no desaprovecharla cuando se diera la ocasión.


-¿Me podéis explicar por qué motivo estáis levantado? -oyó exclamar a Alice a sus espaldas, sobresaltándolo.


Jasper comenzó a pasarse la mano por el pelo con gesto infantil al verse sorprendido.


-Esto...


-No creo que haya ningún tipo de excusa para vuestra irresponsabilidad -espetó enojada, mas guardó silencio por un momento, observándolo. -Si no me equivoco, no es la primera vez que lo hacéis ¿verdad? -aventuró al verlo en postura tan erguida y segura.


-En realidad, me levanté por primera vez ayer por la mañana -reconoció con cierta culpabilidad.


Alice lo miraba con desaprobación.


-Me exasperaba permanecer inmóvil en la cama -agregó Jasper en su defensa. -De hecho mañana saldré a caminar por el jardín -sentenció con firmeza acercándose a ella, con paso decidido, mostrándole que tan recuperado estaba. -¿Me acompañaríais a dar un paseo mañana? -le sonrió insinuante.


Alice apartó la vista de él vacilante.


-Deberíais consultarle primero a vuestro tío -concluyó finalmente. -Ahora si me lo permitís, quisiera revisaros la herida.


Jasper asintió sin perder la sonrisa. Era evidente que cada vez le era más difícil mostrarse indiferente ante a él. El joven obedeció y volvió a sentarse en la cama para que Alice le examinase. Ella se situó cerca de él y comenzó a retirar las vendas. Aún le resultaba inquietante hacerlo, el observar su torso desnudo, tocarlo... debía hacer un esfuerzo sobrehumano para controlar el temblor de sus dedos.


Cuando hubo retirado el vendaje por completo, hizo lo mismo con la gasa que cubría la herida. Ya no tenía tan mal aspecto, de hecho estaba cicatrizando y bastante bien, según Carlisle que, a modo de broma, le decía a su sobrino que pronto pasaría a engrosar su amplia colección de cicatrices. Mientras aplicaba el ungüento cuidadosamente, no pudo evitar que su vista se desviara a aquellas marcas que le resultaban tan fascinantes. A pesar de ser un claro reflejo del dolor que le habría sido infligido al realizarle aquellas heridas, ella sentía un inexplicable deseo de acariciarlas y sentir el tacto de aquellas líneas rosadas.


-¿Os producen aprensión? -preguntó él preocupado al ver como observaba ella aquellos cortes que desfiguraban su cuerpo. -Puedo cubrirme si os incomodan.


-No -se apresuró a corregirle ella. -Disculpadme si os he importunado.


-¿No os inspiran repulsión? -se sorprendió él gratamente.


Alice negó con la cabeza volviendo a vendar su herida.


-¿Os... duelen? -dudó sin poder reprimir su curiosidad.


-Únicamente ésta que es más reciente -le dijo señalándole uno de los cortes que recorría su hombro derecho. -¿Queréis saber algo más? -la alentó, complacido ante el interés que le producían a Alice aquellos desagradables estigmas.


-¿Cuál fue la primera? -se animó a preguntar, mordiéndose el labio, dudosa de si estaría resultando una molestia para Jasper el tratar ese tema.


-Ésta -giró levemente su rostro indicándole una pequeña ramificación que brotaba de su ojo izquierdo llegando casi a su sien. Alice recordaba bien esa cicatriz. También era la primera que ella le había visto.


-¿Fue una dura batalla? -se interesó ella.


-Cruenta -admitió él con seriedad. -Edward con una piedra en la mano, aunque contara con tres años de edad, era mortífero.


Alice no pudo impedir soltar una carcajada.


-Pues no creáis que él salió bien parado de aquella contienda -agregó tratando de mantener seriedad en su expresión, sin apenas conseguirlo. -Preguntadle por su coronilla la próxima vez que lo veáis.


Viendo la naturalidad con la que Alice reía ante su comentario, él no pudo evitar acompañarla y reír también. Cuando ambos pararon, el rostro de Alice se mostraba relajado y resplandeciente.


-Sois preciosa cuando sonreís –le dijo Jasper con suavidad, acercando su mano a su rostro, acariciando su mejilla levemente, produciendo que el rubor maquillara su piel.


Quizás éste era el momento que había estado esperando...


Con lentitud se inclinó hacia ella, deslizando su mano tras su nuca, atrayéndola hacia él, deseoso de volver a probar la dulzura de su labios. El tiempo que había transcurrido desde la última vez que lo hiciera le parecía una eternidad ahora. Se miró un momento en sus ojos grises, que lo miraban con brillo trémulo, instándole a perderse en ellos. Jasper continuó el tumultuoso viaje hacia sus labios y casi podía sentir la frescura de su aliento cuando Alice se separó de él.


-No, os lo ruego -exclamó levantándose de la cama, yendo hacia la cómoda y apoyándose en ella, con una mano en el pecho como si buscase un hálito que le faltara.


-¿Por qué? -preguntó él lleno de frustración.


-Porque no soporto la doble moral -dijo con voz desgarrada. -Es superior a mis fuerzas.


Jasper se incorporó lentamente y caminó hacia ella, despacio y se posicionó unos pasos tras ella, en silencio, expectante. Por fin había llegado el momento en que Alice se abriera a él y aguardaría paciente el tiempo que fuera necesario.


-Soy consciente de que muchos hombres lo hacen y que a nosotras sólo nos queda el vano consuelo de la resignación, mas yo no puedo conformarme -continuó tras unos segundos, haciendo palpable en su voz la gran lucha que se debatía en su interior. -Me repugna el libertinaje, la lujuria que empuja a los hombres a compartir el lecho con su esposa y, como si eso no fuera suficiente, retozar con cuanta mujer se presente para saciar su vicio. Lo considero indigno, sucio.


Jasper apretó los puños contra sus muslos viéndola como las lágrimas comenzaban a surcar sus mejillas y con cada una de ellas la sentía más y más lejana.


-¿Mas qué nombre darle a su pecado cuando un hombre apenas toca a su esposa y prefiere refugiarse en los brazos de otra? -prosiguió con gran dureza en su voz, sus hombros temblando, tratando de dominar los sollozos que invadían su garganta. -¿Es mera indiferencia hacia ella? ¿repulsión? o...


Entonces Alice se volteó a mirarle. Pero su expresión no reflejaba ahora la acritud, la aspereza con la que le había lanzado su alegato hacia un momento, sino que eran los ojos de una mujer que lo observaba derruida, destruida, sin esperanza.


-Decidme -alcanzó a susurrar, con el llanto rompiendo su voz. -¿Tanto la amáis?


Jasper la miraba atónito, incapaz de emitir sonido alguno. Aún siendo consciente de cual era el motivo de su frialdad hacia él, jamás pensó que fuera tanto el rencor, el resentimiento y el dolor que la reconcomían, tanto que a él le acababa de golpear el pecho de forma tan poderosa que le helaba la sangre. Fue al verla encaminarse hacia su habitación, huyendo de él, humillada ante su mutismo, cuando reaccionó y corrió tras ella, tomándola por los hombros, deteniéndola, sabiendo que si no lo hacía la perdería definitivamente.


-No, Alice -aseveró con firmeza notando como sus brazos se tensaban bajo sus manos. -No sin que antes me hayas escuchado.


Tras un momento, el decaimiento de sus músculos dio la señal a Jasper para alivianar su agarre, soltándola. Alice se mantuvo en silencio, de espaldas a él, estática.


-Me prendé de ti en el primer instante en que te tuve frente a mis ojos -comenzó a decirle. -Me enamoré del brillo de tu mirada, de tu sonrisa inocente, la delicadeza de tus rasgos, de tu alma cándida. Pero fue la pureza, la calidez de tu corazón lo que hizo que perdiera por completo el control de mis sentidos. Por primera vez en mi vida me supe egoísta, deseando con todas mis fuerzas que tu corazón fuera completamente mío, que latiera por mí, para mí -admitió atormentado. -¿Mas cómo? Se abría ante mí el camino de la felicidad y la posibilidad de recorrerlo de tu mano. ¿Pero de que forma enfrentar, emprender un viaje del todo desconocido para mí?


Jasper se volteó, suspirando pesadamente, en un intento de ordenar las miles de ideas que bombardeaban su mente.


-Nunca había amado a una mujer, Alice -reconoció, asombrando a la joven con tal afirmación. -Me considero un hombre prágmatico, de estrategias, planificaciones y pautas dispuestas a priori. ¿Cómo encajar en todo eso algo tan irracional, impredecible e intempestivo como el amor? -se detuvo dubitativo. -Pero lo que más me angustiaba era no saber cómo llegar hasta ti, cómo conseguir la dicha de tu amor -manifestó abatido. -Temí que, al confesarte mis sentimientos, me rechazaras o que me correspondieras guiada por la obligación, condicionada a hacerlo y, el sólo pensarlo, me ennegrecía el alma.


Ese pensamiento de nuevo cruzó la mente de Jasper y volvió a tensar los puños. Aún ahora la mera idea era más dolorosa que antes.


-Decidí entonces darte tiempo, esperar, no hostigarte o comprometerte con el apremio de mis anhelos, ocultándolos de ti para no forzarte a amarme si no era lo que tú deseabas y ansiando el día en que por fin lo hicieras.


Se giró y la tomó por los brazos obligándola a mirarle, acercándola a él casi con brusquedad, sobresaltándola.


-Sí, soy culpable de cautela, indecisión, inseguridad y estupidez, pero jamás de indiferencia o desinterés hacia ti -sentenció con firmeza. -Y no sé qué maldita burla te ha hecho creer que te he faltado. Es una vil infamia y me enferma, me asquea el sólo pensarlo.


Jasper veía como su serenidad escapaba de su cuerpo con cada una de sus palabras. Cerró los ojos e hizo gala de todo su autocontrol, respirando pausadamente y así sosegándose. Cuando se hubo calmado, volvió a mirarla, soltándola.


-Alice -le dijo ahora con suavidad. -Tú has sido, eres y siempre serás la única mujer en mi vida. Te has convertido en la razón de mi existencia y te amaré hasta mi último aliento -le susurró. -Sólo espero que no sea tarde para nosotros y que si en tu corazón llegó a surgir algún sentimiento hacia mí no haya muerto irremediablemente.


Jasper quedó en silencio, con el alma pendiente de un hilo, observándola, intentando descifrar de entre todas las lágrimas que brotaban de sus ojos algún indicio que le anunciara cual sería su condena. Alice bajó entonces su rostro apartando su mirada de él. Con cada uno de sus segundos silenciosos, Jasper sentía que poco a poco se le escapaba la vida.


-En la infinidad de libros que Bella me ha hecho leer, a menudo trataban el tema del amor -comenzó a hablar finalmente, en un hilo de voz que era casi imperceptible. -Quizás mi ingenuidad me hacía apreciarlo como un sentimiento emocionante, fascinante, pero a la vez desconocido. Nunca había sentido nada igual y soñaba con el día en el que ese sentimiento tocara mi corazón -le confesó. -Mas todavía hoy rememoro sus pasajes y ninguna de sus líneas consigue reflejar o describir algo tan poderoso que pueda elevarme a los cielos y hacerme caer hasta el infierno en un sólo instante, o tan abrumador que consiga obnubilar la consciencia de mis sentidos dejando de pertenecerme, algo que acierte a expresar mínimamente lo que tú provocas en mí -susurró vacilante. -Sólo sé que es la luz de tus ojos la que ilumina mis días y el embrujo de tu sonrisa el que guía mis sueños, mis noches, que es el sonido de tu voz el que marca el ritmo de los latidos de mi corazón y -suspiró temblorosa -y que sería capaz de morir por una caricia tuya.


Obedeciendo un impulso, Jasper entonces alzó su mano y la posó en su mejilla, acariciándola con dulzura, incitándola a mirarle.


-No, Alice -musitó aliviado. -Jamás por algo así, nunca con todo lo que me resta aún por darte.


Y sin esperar a que ella pudiera decir algo más, sin la necesidad de tener que seguir buscando en sus ojos grisáceos lo que ya había escuchado de sus labios, la atrajo hacia él y la besó.


Disfrutar de nuevo de aquella piel suave y tersa llenaba su alma de gozo y, lo que empezó como un beso delicado y lleno de dulzura, pronto se tiñó de pasión. Tanto lo había deseado, tanto lo había soñado que sentir por fin a Alice entre sus brazos con la maravillosa certeza de su amor por él lo cegaba por completo. Necesitaba compensar todos esos besos, todas esas caricias que no le había dado, borrar con sus labios todas esas lágrimas que había derramado de forma absurda por él y mitigar con su calor toda esa soledad que la había acompañado en todo ese tiempo. La sintió estremecerse en su abrazo haciéndole temblar a él, embriagándose de la exquisitez de su boca, sabiendo que jamás conseguiría paliar la sed que tenía de ella. Era tanta...


Alice se separó de él sin aliento, turbada, azorada ante su fervor, pero la mirada azul de Jasper, oscurecida por el deseo, la hechizó sin remedio. Volvió a atrapar la boca femenina con vehemencia, con urgencia y Alice vio como su razón y sus fuerzas huían de ella con la exigencia de sus besos. Rodeó su cuello con sus brazos, hilando entre sus dedos las ondas doradas de su cabello, uniéndose más a él. La entrega de Alice lo enervó, queriendo sentirla con mayor intensidad y, dejándose llevar por el frenesí que producía en él la dulce ambrosía de sus labios, los acarició con su lengua como una clara invitación, a lo que ella respondió separándolos ligeramente, permitiéndole poseer su boca y saborearla por entero.


Cuando Jasper abandonó sus labios y le hizo bajar los brazos para dibujar un hilo ardiente de besos sobre la curva de su cuello, Alice dejó escapar un gemido sobresaltado. Jasper la miró con temor, esperando encontrar en ella alguna señal de rechazo, mas sólo halló una mirada incendiada, reflejo del ardor que lentamente se posicionaba en su interior. Sus labios enrojecidos producto de su propia pasión se mostraban entreabiertos, incitantes, alentándolo a besarlos de nuevo, a lo que él obedeció complaciente.


La vorágine de sensaciones que nacía en sus bocas ahora comenzó a invadir sus cuerpos, iniciando el viaje sin retorno a la locura. Jasper elevó sus manos hacia su nuca y empezó a acariciarla, con tortuosa lentitud, deslizando sus dedos por su cuello, hasta sus hombros mientras su boca se posicionaba cerca de su oído, sintiendo Alice su respiración cerca de su sien.


-Te amo -le susurró él con voz grave, lanzando miles de escalofríos a lo largo de su espalda, recorriendo ahora con sus labios el camino que segundos antes dibujaran sus dedos, mientras sus manos desprendían de sus hombros el vestido de Alice, que caía hasta sus pies, dejando la prenda interior femenina, la piel de sus brazos y el nacimiento de sus senos a la vista.


Jasper tomó su manos y, sin separar sus ojos de los suyos la condujo hasta el lecho, sentándola a su lado, percibiendo en sus mejillas enrojecidas su temor virginal, lo que le daba un aire puro, inocente y encantador. Entonces volvió a besarla con ternura, mostrándose gentil, mitigando así su nerviosismo y tratando de apaciguar su propio anhelo. Las caricias que Alice comenzó a trazar sobre su piel así se lo demostraron. Con la delicadeza de sus dedos comenzó a dibujar las cicatrices que marcaban su cuerpo, una por una, admirando cada uno de aquellos estigmas como si hubieran sido tallados con un cincel de divinidad y transmitiendo a su cuerpo miles de sacudidas con su tacto sobre ellos.


-¿Y tu herida? -musitó preocupada Alice al posar sus dedos sobre el vendaje que la cubría.


Jasper le dedicó una sonrisa sugerente y la tendió con delicadeza sobre la cama, recostándose cerca de ella.


-Ni mil heridas podrían impedirme que te haga mía esta noche -susurró sobre su labios, perdiéndose de nuevo en ellos, hundiendo Alice sus dedos en su cabello y uniéndolo más a ella.


Muy despacio, sin premura, Jasper empezó a deshacer los lazos delanteros de aquella prenda que ocultaba el cuerpo femenino y poco a poco lo dejó al descubierto completamente. Se separó entonces de sus labios para observar su desnudez, extasiado por su belleza, mientras Alice cerraba los ojos llena de pudor, avergonzada.


-Mírame, Alice -le pidió con suavidad. Ella obedeció, reticente para encontrarse entonces con su mirada ardiente y llena de veneración.


-Eres lo más hermoso que he contemplado jamás -murmuró él, acariciando lentamente su boca con la punta de sus dedos.


Jasper atrapó con sus labios un suspiro que Alice dejaba escapar, turbada, sintiendo como los dedos masculinos comenzaban a explorar su piel, contorneando su figura... su cuello, su clavícula, el valle de sus senos, su cintura, la curva de su cadera... Aquel peregrinar se convirtió en un tormento para ella cuando fueron sus labios los que empezaron a surcar su piel, sintiendo como su lengua dejaba ríos de fuego a su paso. Jasper deslizó entonces su mano hacia uno de sus pechos, acariciándolo, sin que Alice pudiera reprimir un gemido que al poco se transformó en un jadeo incontrolado cuando el calor de su boca sustituyó al tacto de sus dedos. Aquel sonido lo hizo estremecer, le enardecía hacerla vibrar así y como respondía ella a sus caricias, como hundía sus dedos en su pelo, arqueándose contra él, incitándole a seguir con las atenciones que su boca le ofrecía. Poco quedaba ya de su inocente timidez, que quedaba arrasada por la entrega de una mujer apasionada.


Sin que su boca abandonase su pecho, Jasper hizo descender de nuevo su mano hacia su cintura, notando como la respiración de Alice se entrecortaba con su tacto, alcanzando de nuevo su cadera y bajando hasta sus piernas. Conforme él deslizaba sus dedos hacia la cara interna de sus muslos, Alice sintió como un ardor sofocante se instalaba en sus entrañas, que la envolvía cada vez más al ir aproximándose sus dedos a su femineidad y haciéndola estallar en llamas cuando por fin alcanzó su centro. Jasper no pudo reprimir un gemido al rozar su humedad, al tocar aquella piel tersa y suave que se abría como una flor para él, elevando hasta el límite su propia excitación. Siguió acariciando con sinuoso tormento el brote que se alzaba entre los pliegues de su carne sin dejar de saborear la cima de su pecho que se endurecía cada vez más en su boca con el roce de su lengua, disfrutando del deleite que le producía escuchar los jadeos de Alice y que se reflejaba en su propio cuerpo inflamado, situándole al borde del abismo.


Se separó entonces de ella, colocando sus manos a ambos lados de su cabeza, sofocadas sus respiraciones y sus ojos fijos en los del otro, con sus miradas llenas de la misma pasión y del mismo anhelo, el de pertenecer el uno al otro. Deshaciéndose él de la última prenda que lo cubría, besó los labios de Alice y se posicionó sobre ella. Cierta sombra de temor ensombreció la mirada de Alice y Jasper acarició su rostro, volviendo a besarla con dulzura, tratando de transmitirle todo el amor que sentía por ella. Cuando notó que su cuerpo se relajaba bajo el suyo, él la miró a los ojos, buscando en ellos una señal que le indicase cuando continuar y siendo su brillo lo que de forma silenciosa lo alentó a continuar.


La hizo suya de la forma más lenta que su propio deseo le permitió, mas no pudo evitar ejercer presión contra la resistencia de su virginidad, rompiendo su barrera. Una pequeña lágrima rodando por su mejilla fue el precio por obsequiarle con su pureza.


-Daría todo lo que soy por ser yo quien padeciese ese dolor -le dijo atormentado, enjugando aquella pequeña gota que escapaba de sus ojos.


-Jasper -susurró ella con el corazón encogido por la emoción que le provocaban esas palabras.


Él cerró los ojos y dejó caer su rostro sobre el cuello de Alice.


-Mi nombre saliendo de tus labios es música celestial para mí -murmuró él turbado. -Dilo otra vez, te lo ruego.


Alice giró su cara, mirándolo.


-Jasper -musitó ella cerca de su oído, arrancándole un suspiro, produciendo en él miles de descargas que recorrieron su cuerpo y haciendo que, de forma inconsciente, se moviera dentro de ella.


Fue entonces cuando la primera oleada de placer los envolvió a los dos, emitiendo ambos sendos gemidos al sentir aquel fuego que empezaba a abrasarles.


Jasper volvió a moverse en ella, lentamente, clavando sus ojos en los suyos y Alice le respondió uniendo sus caderas a él, elevando aquel torbellino un poco más. Él fundió sus labios con los de ella mientras sus cuerpos se fusionaban a la perfección con cada uno de sus movimientos, cada uno de sus suspiros apasionados, al mismo compás y en completa armonía, siendo cada vez mayor el cúmulo de sensaciones que se anudaba dentro de ellos. Poco a poco aquel nudo que los oprimía comenzó a expandirse, penetrando en cada poro, en cada rincón de su ser para volver a contraerse en su interior de forma devastadora, lanzándoles finalmente a un vórtice de éxtasis inconmensurable.


Con los últimos resquicios de placer aún abandonando sus cuerpos, Jasper la rodeó con sus brazos abrazándola, descansando su cabeza sobre su pecho mientras ella acariciaba su cabello, ambos con la respiración entrecortada, mas llenos de dicha y de una plenitud abrumadora. Aquella noche, tras una agonizante espera, por fin habían unido sus cuerpos, sus almas y sus corazones formando uno solo y, a partir de ese momento, compartirían el resto de su vida siendo confidentes, esposos y amantes.


-Te amo, Alice -susurró él contra su piel.


-Y yo a ti -respondió ella con un suspiro. Sintió entonces como él se retiraba de ella con lentitud y, rodando sobre su espalda, la colocó a ella sobre su pecho.


-¿Estás bien? -preguntó él con preocupación, rozando con sus dedos el camino que aquella lágrima había recorrido en su mejilla como muestra de su dolor.


-No podría ser más feliz -le aseguró ella levantando su rostro hacia él, sonriente. -¿Y tú? -quiso saber ella, pasando con delicadeza sus dedos sobre la gasa que cubría su herida.


-Me duele tanto el no estar dentro de ti...


-Eres muy atrevido -golpeó ella su brazo con falso reproche, riendo.


-¿Te molesta? -le insinuó con sonrisa traviesa.


-No, es sólo que no me lo imaginaba así -se apoyó sobre su pecho.


-Es lo que se da entre un hombre y una mujer que se aman ¿no? -levantó la barbilla de Alice con su dedo. -Deseo, entrega mutua, completa unión, confianza... -hizo una pausa. Alice se mordió el labio sabiendo lo que vendría después. -Eso me recuerda, esposa mía, que aún debes explicarme de dónde sacaste la absurda idea de que yo te era infiel -le advirtió.


-No, ahora no -respondió ella con una mueca de disconformidad. -Déjame disfrutar de este momento -suspiró dejándose caer de nuevo sobre su cuerpo empezando a trazar con sus dedos las marcas que adornaban su torso.


-Está bien -concordó él -pero con una condición -le dijo, acariciando con suavidad su largo cabello negro que caía sobre su espalda.


-¿Cuál? -preguntó extrañada.


-Que a mí me dejes disfrutar de ti -le susurró. -Ahora...


Alice rió complacida mientras Jasper volvía a tumbarla sobre la cama, besándola, poniendo otra vez rumbo hacia aquel nuevo paraíso recién descubierto llamado pasión.




Por fiss comentarios ......................

martes, 8 de junio de 2010

Inmortal

Cap. 14: Confesión.

JASPER POV

–¿Seguro que no quieres otra rebanada de pan? – ofreció María, inclinándose más de lo debido hacia mí, mientras tomaba asiento sobre mis piernas, dejando a mi vista el escote de su vestido de donde resaltaban las líneas de sus pechos.


Debo admitir que hubo un momento, demasiado breve, en el que ese recorrido de sensualidad me resultó atractivo; pero, ni bien mis pensamientos se comenzaban a dirigir hacia la senda morbosa, cuando el viento se impregnó de un dulce aroma al que tan bien conocía, sacándome de mis cavilaciones y centrando toda mi atención en la fina figura que pasaba frente a mí, robando, con sus movimientos gráciles y sencillos, cada uno de mis suspiros, cada uno de mis sueños... Sus penetrantes ojos me miraron por un pequeño instante, en el cual recordé que María aún seguía sobre mis piernas.


–No gracias – contesté, levantándome y alejándome de su lado, sintiéndome absurdamente culpable, como si mi vida o mis acciones le importaran a la princesa – Estoy satisfecho y, si su Majestad me permite, me retiro


–Adelante, Jasper – accedió ella, sin si quiera verme.


En cuanto estuve fuera, cerré la puerta y me recargué sobre ella, suspirando largamente. Estaba completamente loco. ¡¿Cómo había sido posible que yo me haya podido enamorar de una Noble? Aquello era la más grande tontería que los dioses hayan podido escribir en el destino de un humano.


–¿Se le ofrece algo, mi niña? – escuché, a través de la madera, que preguntó la anciana cocinera, con voz amorosa


–¿Alguno de ustedes ha visto a Charlotte? – respondió ella, opacando todos los sonidos de la naturaleza con el hermoso sonido de su expresión – Necesito hablar con ella


–Aquí estoy, señorita – contestó la aludida – ¿Le puedo servir en algo?


–Solo quería avisarte que, en pocos días, nos iremos del Castillo...


Dejé de escuchar el resto por que todos mis sentidos se habían hundido en un silencio perpetuo, en donde sólo pude sentir varias punzadas de dolor. Me obligué a caminar lejos de ahí, con pasos inconscientes y sin destino definido, por lo cual me sorprendí cuando, al recobrar un poco de sentido, me encontré en mi habitación, con mi rostro hundido en mis manos.


Se iba...


Debería de alegrarme o, por lo menos, no debería de afectarme tanto. Tal vez su ausencia era mucho mejor que envejecer y morir, sabiéndola nunca mía... Si. Después de todo, no tenía por que ser tan mala su partida. Sólo era una muestra clara y cruel de la realidad en la que me encontraba... Sólo eso; pero, dicen por ahí que nosotros, los humanos, somos criaturas egoístas y cobardes.


Yo tenía miedo de despertar y no verla más. Tenía tan poco de conocerla, pero habían sido sus ojos, desde el primer instante en que los vi iluminar el castillo en cuanto sus pies le pisaron, los que me hipnotizaron por completo. No lograba concebir que, dentro de poco, esa luz se apartara de mí. No era mía, lo sabía, pero me conformaba con estar cerca y protegerla...


La noche cayó sobre Forks y con ella, numerosas pesadillas de una vida vacía inundaron a mis sueños.


EMMETT POV


–¿Saldrá, mi señor? –preguntó uno de mis hombres, mientras alistaba la montura de mi caballo.


–Si – contesté


–Su Majestad parece demasiado apresurado, ¿Ocurre algo?


El que ya no soporto otro día más sin verla, contesté mentalmente.


–No – tranquilicé – Es sólo que, bien sabes, el encierro me asfixia. Me urge ir al bosque y dar un paseo por él.


–La cacería de vampiros empezará en pocos días, me imagino ha de estar ansioso.


–No sabes cuánto – admití, esbozando una ancha sonrisa de emoción y montando en mi caballo – Regreso en la noche.


–Si, señor...


Espoleé las costillas de Rel para que corriera hasta aquella entrada en la que le había dejado la última vez y, así, dirigirme hacia aquel pequeño prado oculto en el que la había visto. Rezando por que ahí estuviera, penetré la espesa hierba y me interné en él, decepcionándome al encontrarle vacío. Caminé hacia el cristalino lago y hundí mis manos en el agua fresca y transparente, remembrando su gloriosa imagen dentro de ellas, envidiándolas por haber tenido la oportunidad de sentir su cálida y suave piel. Tomé asiento en una enorme y plana roca, que se encontraba a pocos metros de ahí, y me dejé caer hacia atrás, con los brazos cruzados detrás de la nuca y los ojos cerrados. Suspiré profundamente, intentando relajar mi memoria con las represalias que ésta tenía por mi actitud. Si. Sabía que mi comportamiento era más que reprobable. Ella era una hechicera, una especie la cual no debería de existir. Una especie la cual yo mismo ayudé a destruir años atrás y a la cual debería de odiar por el simple hecho de ser ellos quienes habían matado a mis padres...


Pero... Ella... a ella no la podía ver más que como la diosa que era...


Un perfume dulce llegó a mi nariz cuando volví a inspirar, logrando que abriera los ojos para encontrarme con la dama que tanto había estado interrumpiendo en mis pensamientos desde hacía días. ¿Había dicho que era una diosa? ¿Qué era una diosa comparada con su perfección? La observé por un momento, parada a menos de tres metros de mí, mientras me erguía, lentamente, para no asustarla.


–No huyas, por favor – supliqué, cuando sus pies desnudos retrocedieron, agitando la falda de su vestido y marcando más sus frágiles curvas – No pienso hacerte daño


Me miró por un momento, con el cuerpo en alerta y el azul endurecido de sus ojos, que opacaban la belleza del lago al instante; pero no se movió. Siguió ahí, frente a mí, y yo aproveché la oportunidad para otros dos pasos más. Me movía con tanta cautela, que sentí como si estuviera tratando de acercarme a una pequeña ave que amenazaba con desplegar sus hermosas alas para echarse a volar.


–Creí que no tendría la oportunidad de verte de nuevo – le dije, cuando la distancia había sido acortada – O lo que era mucho peor, pensé que habías sido sólo una ilusión.


–Yo creí lo mismo, Señor, y me desconsuela el ver que no estaba en lo correcto. Su presencia no es de mi agrado.


–Pensé que era miedo lo que había provocado que salieras corriendo la vez pasada – dije, ignorando la forma tan despectiva con la que su voz vibrante se dirigía hacia mí.


–¿Miedo? – Repitió, levantando la barbilla en una clara señal de altruismo – la única emoción que mis sentidos reconocen es la aberración que siento por la Realeza – soltó, con la mirada congelada.


Sonreí ante su actitud tan arrogante que, fuera de ofenderme, solo iba enganchándome más de aquella belleza.


–Si es eso, creo que tengo una solución – dije, llevando mis manos hacia la joya que colgaba sobre mi frente y removiéndolo de ahí.


–¿Qué es lo que hace?


–Si no fuera por el cristal que marca mis siglos de eternidad, muy probablemente podría pasar como un humano común y corriente, ya que las tierras que gobierno se encuentran tan lejos de aquí, que muy pocos me conocen – expliqué – Hagamos de cuenta, pues, que esta es la primera vez que me ves y olvídate de la raza a la que pertenezco.


–Eso es absurdo – discutió; pero pude notar un pequeño atisbo de diversión en su brillo ocular – Es como si yo, con cubrirme la marca de mi cuello, te pidiera que olvidaras que soy una bruja.


Sonreí y caminé hacia ella, recorriendo el único paso que nos separaba. Con mucho cuidado, me atreví a tomar su fino cabello y moverlo un poco, para que los delicados trazados plateados en su piel se vieran disimulados tras los hilos dorados de su pelo.


–Para mi no era necesario. Seas lo que seas, no cambia el hecho de que eres la criatura más hermosa que ha deleitado mis pupilas – aclaré, mirándole a los ojos – Pero si esto te hace sentir mejor, que así sea.


–¿Cuál es su táctica, señor? – Preguntó, dando media vuelta y rompiendo la unión de nuestras miradas – ¿Le gusta seducir a su presa antes de acabar con ella?


–¿Parece acaso que quiero lastimarte? – Inquirí, tomándola por el brazo y haciéndole girar para que me volviera a mostrar el rostro – Creo que es más probable que este hechizado, sin si quiera saberlo.


Ella me dedicó una sonrisa mordaz.


–Parece que, después de todo, no ha podido olvidarse con quién esta hablando. Y le recomiendo que no lo haga, sus palabras podrían volverse ciertas.


–Entonces, ¿no estoy bajo ningún embrujo?


–Aún no.


–Si es así, dudo que tus pócimas surjan algún efecto sobre mí – declaré – No hay antídoto que cure o mate al amor.


–Yo apesto por todo lo contrario – dijo ella, ignorando la insinuación que había hecho, con cierta maldad en sus expresiones que me resultaron adorables – He sido testigo de amores corrompidos por la magia.


–El mío no sería cualquier clase de amor – me defendí, tomando sus manos entre las mías – El mío desafiaría hasta el más grande y oscuro de los hechizos


–Señor, sus palabras son completas mentiras – discutió, soltándose de mi agarre con un movimiento delicadamente violento – ¿Cómo espera que le crea, si apenas me conoce y ya me está hablando de amor?


–No es culpa mía, si no tuya, el que haya quedado enloquecido con solo mirarte y, que ahora, al hablarte, esta locura crezca como volcán nacido de la tierra sin esperar alcanzar un fin.


Volví a tomar sus manos entre las mías, esta vez apretándolas con un poco más de fuerza para que no pudiera liberarse...


BELLA POV


Me encontraba esperando a Jacob, sentada en un pequeño jardín, cerca de las caballerizas, de donde partiríamos hacia nuestro paseo, cuando una fuerza inesperada me jaló hacia atrás, sacándome todo el aliento a través de un fuerte jadeo. No fui consiente de que me encontraba a varios metros fuera del castillo, hasta que mi vista se aclaró y los injustificables mareos me abandonaron.


Fruncí el ceño al encontrarme rodeada de frondosos arboles y, extrañada, viajé mi mirada alrededor...


¿Qué diablos?...


¡Ah! Todo tuvo explicación en cuanto me encontré con el cobarde vampiro que se había escabullido en mi habitación la noche pasada.


–Buenos días, Alteza – saludó, dando una pequeña reverencia.


Le mutilé con la mirada por un breve instante, para después, sin contestarle, comenzar a caminar lejos de él


–Espere – interrumpió mis pasos – ¿Es que acaso no piensa contestar a mi saludo?


–Hazte a un lado – ordené, con voz contenida.


–Parece que su Majestad ha amanecido de mal humor


–No lo estoy para soportar las malas bromas de un estúpido vampiro – solté


–¿Puedo saber a dónde es que se dirige? – inquirió, caminando detrás de mí e ignorando mi ofensa


–Al castillo – contesté secamente – ¿Acaso no es lógico?


–Si su Majestad me lo permite, le informo que el camino que está tomando es erróneo y se puede perder.


Frené mis pasos y no pude evitar mirarle, para encontrarme con la burla reprimida en su mirada y en la pequeña sonrisa que no podía disimular.


Idiota...


¿Es que acaso tenía falta de memoria? ¡¿Cómo podía actuar de esa manera tan descarada cuando la noche pasada me... me...? Oh, maldición... no podía ni si quiera pensarlo.


–No es de tu incumbencia – contesté, retomando mi marcha – ya encontraré la forma de llegar


No fue necesario que alguien más me dijera que no tenía ni la más mínima idea de dónde me encontraba. Lo supe cuando, después de caminar varios minutos, llegué a un pequeño claro que tenía, como extensiones, cinco veredas más. Giré mi cuerpo, de manera violenta, para encarar al vampiro que había soltado una pequeña risita a mis espaldas.


–¡Te ordeno que me lleves, ahora mismo, de regreso al castillo! – exclamé


–¿Yo?¿Y por qué habría de hacerlo? – inquirió, de manera patéticamente inocente.


–Por que, por si no lo recuerdas, fuiste TÚ quien me sacó de ahí – dije, dando dos pasos hacia él, con la barbilla ligeramente alzada, e intentando que mi mirada le intimidara... Pero todo parecía tener el efecto contrario a lo que yo deseaba, ya que era claro que el fruncimiento de sus labios era solamente para evitar soltar la carcajada que amenazaba con salir.


Cerré los ojos e inspiré profundamente, para intentar tranquilizarme y probar con otro tipo de persuasión


– Oye – dije, con voz mucho más baja – De verdad, no estoy para absurdos juegos en este momento. Jacob me espera y...


–Entonces, ¿Es por ese perro, por lo que esta tan desesperada en regresar? – interrumpió


¿Cómo sabía, con tal perfección, quién era Jacob?


–Deberías de ser más respetuoso al dirigirte al resto de las personas – recomendé, volviéndome a enojar y no dándole importancia a mi cuestionamiento anterior.


–¡Ah! – Exclamó de regreso – Entonces, ¿Cómo debo de decirle? ¿Su Majestad, "El Gran Perro"?


–Al menos él si es un hombre que no sale corriendo después de besar a una mujer – dije, sin poder contenerme. Sin saber muy bien qué tenía que ver ese tema en nuestra discusión.


–¿Acaso ya la ha besado? – exigió saber


–No tengo por que responderte – contesté.


Nuestras miradas relampaguearon en la distancia, mutilándonos, mutuamente, tres segundos antes de que él avanzara hasta mí y tomara mi rostro entres sus manos, para fundir nuestras bocas en un beso gentilmente ansioso, cargado de desesperante dulzura que me desconectó de todo alrededor.


–Esta vez no huiré – musitó, sin soltar mis labios de los suyos, que se movían con suavidad y fervor – Esta vez no, Bella...