Dark Chat

domingo, 7 de noviembre de 2010

Esposa de un Jeque

Capítulo 6

Edward salió del cuarto de baño después de darle tiempo a su flamante esposa de que se preparase.

Bella estaba sentada en medio de la cama, ro deada de cojines. Por primera vez tenía el cabello suelto, y la cascada de sus hebras chcoclates oscuras caían sobre sus hombros.

Tenía las piernas dobladas y rodeaba sus rodillas con sus brazos.

—No sabía si tenía que estar de pie o echada—dijo—. Así que he decidido sentarme.

—¿Te da pudor mostrarme tu cuerpo?

Bella agitó la cabeza y su pelo se onduló con el movimiento, produciendo una instantánea reacción en todo su cuerpo viril.

—Estás acurrucada como un gatito pequeño.

—¿Pequeño?—se rió ella—. Tal vez no te has dado cuenta, pero soy bastante más alta que la mayoría de las mujeres.

—No lo creo. Quizás seas un poco más alta que la media, pero para mí, eres bastante pequeña—le ex plicó, para que comprendiera que era absurdo referirse a sí misma como a un gigante.

—Sí, bueno, tú eres bastante alto, ¿no?—respondió Bella, con un tono que parecía traslucir estar com placida con el comentario.

Edward se encogió de hombros.

—Entre mi gente, me consideran alto.

No tenía ganas de hablar de la altura media de su gente, pero al parecer, eso la relajaba. Y él deseaba que estuviera cómoda.

—Los niños solían tomarme el pelo cuando era pe queña. Me llamaban Amazona, o cosas así.

Edward se sentó en la cama y puso una mano encima de las de ella.

—Es bueno que compartas estos recuerdos conmigo. Te ayudaré a borrarlos.

—Tú estás tan seguro de ti mismo...

—Soy un hombre...

Ella agitó la cabeza.

—Te lo aseguro—insistió él.

Ella se rió.

—No lo dudo.

Edward no pudo resistirlo más, y tomó un mechón de cabello entre sus dedos.

—Cuéntame...

—Cuando era pequeña, crecí varios centímetros du rante un verano. Y no dejé de crecer hasta que pasé a todos mis compañeros. Para entonces tenía trece años y algunos de los chicos empezaban a alcanzarme, pero seguí siendo más alta que la mayoría de ellos al menos durante otro año.

—Le ocurre a muchas chicas. No es tan malo.

—Lo era. Supongo que no es fácil de comprender para ti. Yo era tímida y me costaba hacer amigos, y los niños me tomaban el pelo diciéndome que era gigante, y las niñas sentían pena por mí. El haber crecido tan repentinamente empeoró más las cosas.

—Pero como dices tú, los niños crecieron y las ni ñas, muchas de ellas, pueden haberte alcanzado.

—No quiero seguir hablando de esto—Bella ce rró los ojos.

Había algo más. Algo que ella no quería compartir con nadie. Pero Edward quería saberlo todo acerca de aquella mujer con la que se había casado.

—Tu padre comentó algo acerca de un tratamiento de láser. ¿Para qué era?

—¿Cuándo te habló de eso?—preguntó, confusa e in cómoda.

Edward tenía que pensar bien la respuesta como para no revelar el secreto.

—Estábamos hablando de la boda—mintió.

Se trataba de una mentira piadosa.

—¡Oh!—respondió. Una expresión de tristeza inundó su rostro y entonces dijo—: Cuando tenía trece años tuve acné.

—Eso es bastante frecuente en la adolescencia.

—No, pero el mío era terrible. Los médicos me die ron antibióticos, me hicieron tratamientos para la piel... No había manera de quitármelo. Tuve la cara violeta de las marcas de los granos durante cinco años. A los dieciocho años finalmente me dejó de salir. Y empecé un tratamiento con láser para tratar las cicatri ces a los diecinueve años.

Edward le acarició la mejilla y le dijo:

—Eres hermosa.

—No lo creo. Pero al menos ya no soy un estorbo para mis padres y una persona que doy pena a la gente.

—Seguramente a tus padres no les preocupaba tanto tu aspecto— Edward se puso tenso al oírla decir aquello.

—No podían hacer nada. Así que, ignoraron el pro blema.

Edward sintió que había algo más. Se quedó callado para ver si ella lo compartía con él.

Bella lo miró a los ojos durante unos segundos. En ellos había un brillo de dolor.

—Para mis padres la única forma de solucionar el problema era evitarme lo más posible. No hicimos fo tos durante esos cinco años. Con frecuencia mis padres quedaban con sus amigos fuera de casa en lugar de arriesgarse a mostrar a su hija—sus ojos brillaron con lágrimas incipientes.

—A Alice fue a la única que no le importó. Me in vitaba a quedarme con ella y me ayudaba a salir de mi encierro.

—¿Qué sucedió después de los tratamientos de lá ser?

—Intentaron casarme por todos los medios. Creo que pensaron que el tener marido probaría que sus ge nes no estaban dañados.

—Tú te resististe.

Edward recordó que Charlie le había contado que Bella no había querido casarse con ninguno de los hombres que le había presentado.

—No quería salir con hombres por pena, ni el ca sarme como un medio para conseguir un suegro rico.

Edward se puso tenso.

—Yo no quiero la riqueza de tu padre—dijo.

—Lo sé—sonrió ella.

No podía contarle el plan de asociarse con la em presa de su padre. Jamás lo comprendería. Pero podía demostrarle que era una mujer deseable ahora, para que borrase los malos recuerdos del pasado.

Él se puso de pie al lado de la cama.

—Me has dicho que no te importaba mostrarme tu cuerpo.

—Y es así.

—Entonces, ven— Edward extendió la mano.

Bella le dio la mano.

Sintió las manos suaves de Edward envolviéndola, dibujando las curvas de su cuerpo.

Edward hizo un esfuerzo por moverse y fue a servir una copa de champán. Bebió un trago y tiró de ella ha cia él, de manera que la redondez del trasero de Bella presionase contra sus muslos viriles.

Le dio de beber.

—Compártelo conmigo—le dijo.

Bella bebió. La mano de Edward se deslizó desde el hombro hasta su pecho izquierdo. Ella dejó escapar un gemido de placer.

Entonces él volvió a darle de beber mientras seguía atormentándola con sus caricias. Su pezón se puso duro debajo de los dedos de Edward. Luego Edward cambió la copa de mano y le acarició el pecho dere cho. Volvió a repetir la operación y le ofreció cham pán. Ella se abandonó a la sensación de las burbujas en su garganta y al placer de sus caricias.

Finalmente la copa se vació, mientras ella gemía en voz alta. Él dejó caer la copa en la alfombra y le tomó ambos pechos. Jugó con sus pezones. Ella se arqueó ante la exquisita tortura de aquella sensa ción.

—Por favor, Edward... Por favor... Edward...

Pero él no iba a ceder a hacerle el amor aún. Quería darle más placer del que jamás hubiera imaginado. Y ni siquiera iba a abandonarse él mismo a lo que le pe día su cuerpo antes de volverla loca.

La cabeza de Bella se movía de lado a lado mientras él la inundaba de caricias.

—¡No puedo más, no puedo más!

—Sí puedes. Tu cuerpo es capaz de recibir mucho placer—le susurró él al oído.

Edward deslizó una mano por su muslo. El camisón tenía una abertura a los lados. Al sentir la suavidad de su piel Edward sintió una interna satisfacción. Luego se deleitó en jugar con los rizos de su pubis.

—¡Oh!—exclamó ella.

Bella se movió contra su mano, y él le acarició el sexo con su dedo, en el centro mismo de su femini dad. La acarició. Y ella se abrió para él, gimiendo de goce, hasta que su cuerpo se estremeció en el éxtasis de la cima del placer. Pero Edward la siguió acariciando hasta que ella se convulsionó por completo y se de rrumbó.

—¡Oh, Edward!—exclamó ella con voz sensual.

Edward la tenía abrazada, apretada contra su sexo erecto, pero la satisfacción de darle placer era tan pro funda, que no deseaba dejarla escapar.

Bella se dio la vuelta y le dio un beso en el cuello.

—Te amo—le susurró.

Y aquella caricia con su voz fue demasiado para Edward para poder seguir controlándose.

—Quiero hacerte mi esposa—dijo con voz profunda.

Ella, que estaba envuelta en la satisfacción del pla cer, apenas lo oyó.

Era increíble, pero la pasión de Edward volvió a dar vida al cuerpo de Bella. Volvieron a despertarse los puntos erógenos de su cuerpo. Sus pezones se pu sieron duros. Y sus labios se entreabrieron, esperando que la lengua de Edward la penetrase. Él no la de fraudó. Invadió su boca sensualmente, y ella sintió que se le debilitaban las piernas.

Edward la alzó en el aire y la apretó contra su pe cho. Luego la llevó a la cama de colcha de seda. Dejó de besarla y se puso encima de ella. La miró a los ojos.

—Eres mía.

—Sí—respondió ella con emoción.

Se besaron apasionadamente. Edward se quitó la bata de seda que llevaba puesta y se echó completa mente desnudo al lado de ella. Bella sintió la suave piel en su cuerpo. Empezó a temblar como si acabase de jugar en la nieve. Pero su reacción pare ció no importarle a él. La besó mientras tocaba la tela de su camisón. A ella le pareció que le faltaba el aire.

Bella se separó un momento y dijo:

— Edward —no podía decir nada más.

—Llegó la hora—respondió él, alzándose por encima de ella, con su cuerpo totalmente desnudo.

Le quitó el camisón. Bella se alegró de que la luz no fuera intensa, porque recordó sus imperfeccio nes físicas.

Él intuyó que pasaba algo.

—¿Qué ocurre?

De todos modos lo vería por sí mismo. Quizás si se lo dijera, no le provocase un shock tan fuerte.

—Tengo marcas—no podía decir la palabra «es trías»—. Del verano en que crecí tanto.

Edward le terminó de quitar el camisón. Y luego hizo algo que la tomó totalmente por sorpresa. Se le vantó. Puso un pie en el suelo y una rodilla en la cama. Luego encendió una luz que triplicó la que había en la habitación.

Fue como un cubo de agua helada para ella. Perdió todo deseo.

— Edward, por favor...

En aquel momento su mirada se dirigió al cuerpo desnudo de Edward. Estaba excitado y ella se olvidó de pensar en la reacción que podría tener él frente a sus estrías, y en cambio se concentró en la idea de que ha rían el amor por primera vez.

¿Era tan grande su sexo como le parecía o su apre ciación era debida a su falta de experiencia?

No se lo iba a preguntar.

—Es más grande de lo normal, ¿o son mis nervios?—se le escapó.

Edward la miró, sorprendido. En realidad, ella misma se había sorprendido.

Edward se señaló el sexo.

—No lo sé. No me he comparado con otros hombres—pareció molesto por aquella idea.

Por primera vez en su vida desde los diez años, ella se sintió pequeña. Y no era una sensación completa mente placentera. Edward la miraba como un lobo hambriento. No parecía haber perdido el deseo en ab soluto. Y ella volvió a temblar.

Pero cuando la tocó, lo hizo con mucha delicadeza. Le acarició suavemente las estrías que tenía en un cos tado.

—Creí que serían más grandes. Son muy pequeñas.

—Son horribles.

—No, no lo son.

¿Sería verdad que no le importaban las marcas?

—También las tengo a un lado de las rodillas—no usaba vestidos cortos por esa razón.

Pero él se desentendió de las marcas. Le acarició el pecho. Y ella gimió. Edward se agachó y lo tomó con su boca. La saboreó con increíble placer, y en un momento dado también deslizó la lengua por una de sus marcas. Ella se retorció de placer. La acarició con su lengua hasta que se apoderó de uno de sus pezones. Cerró los ojos para sentirlo más. Primero le aca rició un pecho; luego el otro. Sabía hacerlo muy bien. ¡Era una sensación erótica que jamás habría podido imaginar!

—¿Dices que tus rodillas tienen marcas también?

—¿Qué?

Edward inspeccionó la zona. Tocó las estrías y dijo:

—Realmente en este momento hay cosas más intere santes que tocar que estas pequeñas marcas...

Bella comprendió lo que decía cuando sintió su mano deslizarse por la parte interna de sus muslos. Y ella también se olvidó de sus cicatrices cuando empezó a sentir la caricia de su lengua en esa zona unos minu tos más tarde.

—¿ Edward?

—¿Mmm?—sus dedos estaban tocando la parte más sensible, la zona anterior a la unión de sus piernas.

—¿Puedes quitar un poco de luz?

—¿Es eso lo que quieres, realmente?

En ese momento, Edward le acarició la zona más ín tima. Estaba húmeda, preparada para él.

—¡Oh! ¡Dios!—exclamó ella al sentir que le introdu cía un dedo.

—Eres muy sensible—le dijo Edward.

Él la deleitaba, pero no pudo decírselo.

—Te deseo tanto... Pero tienes que estar preparada...

—Estoy preparada ya—respondió ella.

Pero él jugó con su dedo, entrando y saliendo, exci tándola.

—No, pero lo estarás. Ésa es mi responsabilidad, como esposo y amante.

Ella habría contestado, pero el pulgar de Edward en contró el lugar más dulce y sensible, y ella no fue ca paz más que de gemir.

—Hay una tradición en el pueblo de mi abuelo en que las mujeres preparan a la novia y le quitan el himen. Así no hay dolor en la noche de bodas. No obs tante, debo admitir que me gusta la idea de que me ha yas dejado ese privilegio a mí.

—No creo que lo rompas sólo con la mano.

—¡Ah! Pequeña gatita, eres tan inocente. Podría ha cerlo. Pero prefiero a hacerte mía totalmente.

—¿Vamos a...?

Entonces sintió que otro dedo se deslizaba dentro de ella. Hizo lo mismo con dos dedos. Ella sintió una tensión en su interior. Y el deseo de que la satisfi ciera.

En ese momento Edward hizo algo totalmente ines perado.

Buscó con la boca el centro de su feminidad. Ella instintivamente se quiso apartar. Pero él le sujetó fuer temente las caderas.

— Edward. ¡Oh, Edward! Por favor... Es demasiado. No pares, por favor, no pares.

Era algo indescriptible.

El placer fue en aumento, y aumentó la tensión. Movió las caderas, tensó el cuerpo, y deseó gritar con todas sus fuerzas. Pero no pudo articular sonido al guno. Se aferró a la colcha y estiró las piernas y los pies.

Pero la exquisita tortura continuaba. Fue creciendo hasta que ella dejó escapar un grito de goce y felici dad.

Fue entonces cuando él se puso encima de ella y la penetró. El placer era tan intenso que ella apenas sintió el dolor de la barrera que lo separaba.

Lo miró a los ojos. Ella tenía lágrimas en los suyos

y pronunció las palabras que sabía que Edward estaba pensando.

—Soy tuya.

—Sí.

—Tú eres mío también.

—¿Acaso lo dudas?

Y entonces él empezó a moverse y todo empezó otra vez. Aquella vez, cuando el cuerpo de ella se con vulsionó, él gritó de placer. Y ella gimió, y luego lloró de felicidad.

Edward no pareció sentirse más impresionado ahora de lo que se había sentido anteriormente. La abrazó fuertemente y susurró una mezcla de palabras árabes e inglesas. Pero cada una de ellas parecían ser palabras de halago y orgullo.

Ella por fin dejó de llorar, y él la llevó al cuarto de baño, donde la duchó. Bella quiso devolverle el favor. Y él gruñó de placer ante la perspectiva.

Y ella descubrió que una mano enjabonada y mucha curiosidad podía dar mucha satisfacción a un hombre.

Bella se sorprendió de su atrevimiento.

Cuando terminaron, él la secó con esmero.

—Puedo hacerlo yo, si quieres—le dijo ella.

—Pero me da más placer hacerlo que mirar—respon dió él.

—¿Me vas a dejar secarte?—preguntó ella con picar día.

Él se rió.

—¡Qué atrevida estás después de lo de la ducha, no?

—Es agradable saber que no eres tú sólo el que da el placer.

Edward se puso de pie y puso sus manos en los hom bros de ella.

—Me da mucha felicidad darte placer.

Tendría que acostumbrarse a esos cumplidos, pensó Bella. Al parecer, la pasión le hacía decir esas co sas tan halagadoras.

—Gracias.

Volvieron al dormitorio, y él la volvió loca de pla cer tres veces más en que volvieron a hacer el amor, hasta que se durmieron abrazados.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Destellos de Oscuridad

Capítulo 7

Problemas

Oscurecido por la noche y apenas iluminado por luces de tonos fríos, el lugar de la reunión de vampiros se celebraba exitosamente. Era elegante y no cualquier criatura con colmillos podía entrar ahí, sólo los que tenían mayor poder en el mundo de los sanguinarios. Aquellos cómo el vampiro que mantenía su mano aferrada a una hembra, que lo observaba con sincera ira contenida, mientras intentaba soltarse de su agarre.

-No quiero estar aquí.

-Es una verdadera lástima que yo te lo ordene y tengas que hacerlo –replicó Dominic, sonriendo de forma bastante complacida.

Bella resopló, no podía decir nada ante eso, pero luchó aún más fuerte para liberarse de la mano que la retenía con fuerza y lo logró.

-Es sorprendente tu obstinación en permanecer fuera de mi alcance –comentó el vampiro, bastante divertido.

-Detesto que me toques –respondió ella, soltando todo el odio que quemaba en su interior y amenazaba con quemarla viva.

Dominic descubrió un par de colmillos blancos, tan brillantes, que parecían otra luz más en los matices negros, azules y grisáceos que predominaban en el ambiente.

-¿No has pensado que tal vez sea mejor ser un poco más amable? –le cuestionó él. –Complacerme puede resultar muy beneficioso para ti y la pequeña deuda que tienes conmigo.

-La pagaré –aseguró ella-, pero a mi modo.

-Un día –dijo él acercándose despacio, con mucha paciencia, mientras la distraía y molestaba con sus palabras-, encontraré tu debilidad y lograré controlarte de tal forma que te será imposible negarte a ninguna de mis peticiones.

Bella luchó por mostrar un semblante apacible, sin embargo, su interior se estremecía, imaginando posibilidades crueles y llenas de mal augurios para ella; no podía si quiera pensar en que él encontrara a Amy y se la arrebatara o amenazara con hacerlo. No lo soportaría. Mas se tranquilizó pronto, convenciéndose así misma que él no se le ocurriría buscar a una niña humana y menos en casa de un licántropo, jamás podría relacionar a Amy con ella. Y le tranquilizaba saber que estaba perfectamente protegida.

-Cuando ese día llegue, debo admitir, que lo disfrutaré enormemente –finalizó su amenaza, y sus dedos alcanzaron la base de su cuello, haciendo diversas y suaves figuras sobre él.

Bella lo apartó, retirando su mano de un golpe seco el que, por cierto, no pareció causarle algún daño.

Dominic rió, pero no era el único que parecía bastante alegre, Richard los observaba atentamente, haciendo tal gesto perverso con los labios, que descubrían perfectamente un par de colmillos afilados.

-Tienes que decirme más de ella, Dom –dijo el vampiro, quien se había acercado tan sigilosamente, que Bella de pronto lo vio a su lado a muy pocos pasos de ella. -¿Cómo es que la conseguiste?

-Ella vino a mí –respondió él, como si saboreara cada letra. –Necesitaba bastante dinero y ya que soy muy benévolo decidí facilitarle tal cantidad, y para pagarme tiene que trabajar para mí. Debo admitir que es muy buena en lo que hace.

-¿Qué es lo que hace? –cuestionó el vampiro de cabello rojo.

-Todo lo que yo le pida.

Richard se inclinó hacia ella y la observó de pies a cabeza, demorándose en ciertas partes de su cuerpo. Bella intentó apagar su rabia y evitó mirarlo, fingiendo que no existía.

-Tienes que prestármela Dom –pidió-, aunque sea sólo por una noche.

-Si me tocas, lo lamentarás –le advirtió Bella, mordazmente. Había soportado su mirada sobre ella, pero esas palabras habían deshecho todo su autocontrol.

-Me arriesgaré.

-No, no lo harás –dijo Dominic, frunciendo el ceño, con firmeza contundente grabada en cada una de sus palabras.

-¿Por qué no? –insistió Richard. –Si quieres puedo pagarte por ella.

Bella sintió como todo su cuerpo era invadido por una repugnante humillación cada vez que hablaba aquel vampiro y una cólera infame hizo que le temblaran las manos y que sus ojos parecieran encendidos con fuego. Se giró hacia él, dispuesta a hacerlo callar, cuando la siguiente escena se figuró ante sus ojos de tal modo y tan inesperadamente, que la dejó confundida por unos instantes.

Dominic tenía los colmillos al descubierto y sus ojos brillaban con fiereza.

-¡He dicho que no! –le gruñó. –Y si insistes en acercártele le permitiré destrozarte, ya que tiene muchas ganas de hacerlo.

Richard lo observó primero con sorpresa, después con una ligera molestia claramente dibujada y muy mal disimulada en sus facciones. Finalmente asintió, resignado y se alejó de ellos muy apresuradamente.

-Quiero irme de aquí.

-Tranquila, Bella, todavía no se termina la fiesta –dijo Dominic. –No te preocupes nadie más intentará acercarse a ti otra vez.

El vampiro la tomó de la cintura, pese a las protestas de ella.

-Lo mejor para ti es permanecer junto a mí.

-De acuerdo –soltó ella a regañadientes-, pero nada de tocar.

Lo empujó con bastante fuerza lejos de sí y lo fulminó con la mirada, prometiéndole silenciosamente un golpe más fuerte si volvía a intentarlo.

-Tienes suerte, ando de buenas –él comentó-, pero ten en mente, un día se agotará mi paciencia.

El resto de la noche pasó con una lentitud tortuosa; soportaba las miradas hambrientas de los vampiros que la rodeaban, y que su jefe la trajera por todo el lugar como si fuera un bonito accesorio, mientras él se encontraba con otros vampiros y hablaba sobre negocios con ellos, muchos de los cuales tenían que ver con sangre humana y terminar con otros de su misma estirpe que le estorbaban en el camino.

Bella se sofocaba entre tanta perversión y malicia, mientras aborrecía cada minuto que tendría que estar con él, lamentaba haber tenido que pedirle dinero. Pero luego, como una imagen cruel que emergía en sus pensamientos, recordaba a Amy, entonces apretaba los puños y agachaba la mirada, haciendo un esfuerzo mayor por soportar todo lo que estaba viviendo, por ella.

En uno de sus tantos momentos de tortura, una vampiresa se acercó, sugestivamente, hacia Dominic. Llevaba un vestido negro –el que no dejaba mucho a la imaginación- y su cabello era de un rubio resplandeciente, casi perfecto. Por lo que le dijo al vampiro, ella se llamaba Clea y parecía muy interesada en llevárselo a otro lugar. Fulminaba a Bella con la mirada constantemente, pero ella no se sintió molesta por ello, al contrario se sentía agradecida pues eso significaba que podría irse pronto de ahí.

Bella quiso alejarse, pero sintió que era tomada con fuerza por el brazo y de pronto, se encontró entre los brazos de Dominic.

-Lo lamento, Clea, ya tengo muy buena compañía –dijo enterrando su rostro en el cuello de Bella.

-¡No! –ella intentó soltarse, completamente furiosa. –Yo no soy su compañía, puedes quedarte con él, es todo tuyo.

Sin embargo, la vampiresa no pareció escucharla, porque cuando logró liberarse de los brazos de su jefe, Clea se lanzó sobre ella con los colmillos blancos extendidos.

Bella logró esquivar el golpe y la vampiresa aterrizó en el suelo más furiosa que antes por su evidente fracaso. Intentó tranquilizarla, convencerla de que no era una rival, pero Clea no escuchaba, y volvió a atacarla, sólo que en ésta ocasión si consiguió dañarla; sus uñas habían rasgado la piel de su brazo y comenzó a brotar brillante sangre roja de él.

Eso la hizo llegar al límite.

Clea intentó golpear de nuevo, pero Bella ya estaba bastante furiosa y no sólo esquivó el ataque, sino que se giró y derribó a la vampiresa asestándole una patada en el rostro que la dejó en el suelo. Bella se inclinó hacia ella y la amenazó con su cuchillo de plata.

-¿Quieres continuar?

La vampiresa negó vehementemente con la cabeza. Bella le permitió levantarse sin soltar el arma, y la vio alejarse de ellos.

-Eso fue bastante interesante –comentó Dominic.

Bella lo ignoró y volvió a guardarse el cuchillo, aunque eso fue una mala idea cómo comprobó poco después.

-El aroma de tu sangre se ha intensificado –dijo él, tomando su brazo.

La herida había cicatrizado pero su piel había quedado impregnada del líquido rubí.

Dominic se inclinó, pero ella adivinó sus intenciones y tiró de su brazo, retirándolo justo a tiempo.

-Ni lo pienses.

-Tú sangre ya es mía, Bella –le dijo él.

-No lo soporto más, me iré no me importa lo que ordenes –escupió con odio.

Sin embargo, esta vez él no intentó detenerla.

-Terminaré por probarla… -le advirtió, mientras ella le daba la espalda y se alejaba.

Bella no se molestó en contestar, simplemente comenzó a correr para salir de ahí lo más rápido posible.

Sólo pasó una hora en el interior de su departamento, cuando el amanecer comenzó a asomarse por la ventana. Se vistió para ir a ver a su hermana, pero antes de que ella se dirigiera hacia la puerta, ésta se quejó, anunciando la llegada de alguna visita.

Ya que no esperaba a nadie, y estaba un poco nerviosa por todo lo ocurrido la noche anterior, se acercó al umbral con el cuchillo en la mano, lista para defenderse en cualquier momento.

-No vengo a hacerte daño.

-¡Jacob! –ella exclamó antes de guardar el arma. –Lo siento, creí que eras… alguien más.

Una expresión preocupada oscureció la mirada del licántropo.

-Bella si necesitas protección…

-No es necesario –lo interrumpió ella-, pero te lo agradezco.

Él abrió la boca para protestar, pero la vampiresa lo interrumpió.

-¿A que has venido?

-Quería verte… ver como estabas –soltó él. –Además ya que todas las mañanas vas a ver a Amy, pensé… en venir por ti.

Bella le sonrió.

-Gracias –dijo sinceramente, ya que le agradaba mucho ése licántropo.

Una vez que Bella cerró el departamento con llave, ambos bajaron las escaleras del edificio y se encontraron con una mañana fría y azulada, el sol estaba oculto por nubes claras, las cuales dejaban pasar apenas un rastro de su luz.

-No tienes porque preocuparte tanto por mí, Jacob –dijo ella.

El licántropo se detuvo y se puso enfrente de Bella.

-No puedo evitarlo –admitió.

Entonces, sin que Bella pudiera predecirlo, él la tomó entre sus brazos y apoyó su frente contra la de ella.

-Siempre pienso en ti y no puedo estar tranquilo hasta no verte.

Jacob acarició suavemente su cabello y observó con atención todo su rostro, sus labios parecían estar cada vez más cerca de los suyos…

Un gruñido vibró en el aire y Bella se soltó del licántropo para girarse.

-¿Edward, que haces aquí?



viernes, 5 de noviembre de 2010

Phonography

Cap. 7 Hazme tuya

Cuando por fin me había llegado el dichoso periodo respiré aliviada y de ahí para delante no más sustos. Nadie quería tener ese nivel de complicaciones como iba a explicarle que no me había cuidado y cuando lo insinúe fue como "yo pensé que tú" y si una vez más comprobaba con mi mejor susto que el "creí qué y pensé qué" es pariente del "tontequé", cómo tan desprevenida en una situación así, pero ya podría remediarlo. Pero claro cuando uno anda en esos días no ayuda mucho tener un… como llamarlo… compañero tan ávido a socavar mi pudor y mi voluntad a mantener distancia.

Por suerte para mí eso ya había pasado y anoche habíamos retomado y dado rienda suelta a la pasión. Por un lado me había sentido aliviada todos esos días que duró mi periodo porque Jacob no había insistido en algo que me costaba trabajo evitar. Pero claro, mi novio no era muy dado a la sal y al agua como decía Edward.

Sentí cuando se sentó en el borde de la cama y se acerco sigiloso pero la ansiedad lo traicionó, besó mi cuello por la nuca. Cerré mis ojos buscando una alternativa distinta a la jaqueca y es que esa escusa la había utilizado hasta el cansancio.

El fin de semana viajaríamos a Hawai para comenzar con las grabaciones de la última película de la Saga. Así que tenía que "sobrevivir" un par de días más, hoy era jueves tenía que lograrlo si o si hasta el sábado para poder cumplir la promesa a Edward de "no me tocará".

No lo detuve, mal que mal era mi novio y tenía ciertos derechos adquiridos pero cuando lo sentí meter sus manos por debajo de mi polerón me levanté rompiendo nuestra cercanía, aunque no lo logré del todo, Jake fue más rápido que yo, me sujeto por la ropa atrayéndome de vuelta a la cama.

— Mi amor —rezongue y traté de ser sutil pero él me ignoró — ¡Jacob! —insistí tomando sus manos para quitarlas de mi cuerpo.

— ¿Ahora que? —preguntó evidentemente molesto y con justa razón.

Desde que habíamos vuelto de Francia nosotros no habíamos intimido. Eso claro esta, sin contar la pequeña vez que había sucumbido y él había socavado mi fuerza de voluntad, había sucedido mientras me bañaba una semanas antes que me llegará mi período, provocándome la culpa contigua por haber en parte traicionado a Edward pero técnicamente eran meses de abstinencia, para él claro esta.

— No me siento bien… estoy cansada —argüí tan suave como antes, incluso salio como un ronroneo. Uno que él no estaba dispuesto a tolerar. Se sentó en la cama y suspiró evidentemente mal humorado.

— ¿Qué es ahora Bella porque la jaqueca ya supero todo? —atacó

— Nada… simplemente estoy cansada —contesté sin mirarlo a los ojos

— ¿Por qué no quieres que te toque? —preguntó al segundo. Jacob no obviaría el tema estaba claro. Exigiría sus derechos y lo que menos quería era discutir con él, me hacía sentir más culpable.

— No es que no quiera —comencé a explicar pero ¿Qué se suponía iba a decir?.

Lo siento, estoy cansada porque vengo de hacerlo con otro. No, esa no era una excusa valida. No podía hacerlo, sabía que tarde o temprano llegaría esta conversación sólo que no quería que fuera en estos términos.

— ¿Entonces? —inquirió enarcando una ceja

— No me siento bien —insistí tratando de dilatar la verdad lo más que pudiera.

— ¿Qué te duele ahora? ¿El estomago? ¿Un pie? —exclamó irónico.

Y odiaba hacerle esto pero en realidad más que mantener mi palabra, sentir su cuerpo desnudo contra el mío lograba hacerme sentir de sucia. Me sentía traidora al tenerlo tan cerca, después de todo él me lo había pedido. Suspiré sin contestarle, quise escapar de allí y evitar lo inevitable pero Jacob me lo impidió, sus ojos negros como la noche me miró inquisitivamente. Mi novio esperaba una respuesta solo que mi verdad podría dolerle demasiado.

— Habla conmigo dime ¿qué sucede? —me pidió cambiando de táctica.

— No sucede nada —mentí

— Bella, ¿Crees que es normal que una pareja no haga el amor? —preguntó

— El sexo no lo es todo —desmentí

Sorprendiéndome a mi misma, no entendía como me salían las mentiras más garrafales quién iba a creer que una relación solo se basa en besos y abrazos. Nadie, y al parecer Jake no era la excepción, resopló entre dientes y aunque trató de contenerse, de igual forma discutió.

— Estoy harto de que escapes de mí como si tuviera una enfermedad —recriminó en un grito y sabía lo que se venía.

"Una discusión" así que era mejor irme sino tal vez no iba a controlarme y terminaba por gritarle que amaba a otro y él no se me remecía aquello, aunque a esta altura, creo que era mejor gritarlo que seguir viéndole la cara.

— ¿Ahora dónde vas? —inquirió cuando me vio tomando las llaves

— Fuera —anuncié sin mirarlo — la verdad no quiero discutir y evidentemente tú estas empeñado en tener sexo hoy así que te libero de tu fidelidad, búscate a alguien que te satisfaga. Volveré por la mañana —exclamé cerrando la puerta de la recamara tras de mí dejándolo allí, solo.

Caminé hasta la puerta del departamento y me detuve. La abrí y espere, no sé qué pero aún así vacile por unos minutos hasta que finalmente salí cerrando la puerta tras de mí.

Eran las diez de la noche y me dirigía hasta el departamento de Edward, que estaba a escasas cuadras de distancia. En realidad eran como cinco minutos entre mi edificio y el de él pero bueno no podía caminarlos, alguien podría verme. Sin contar que tal vez, Jake me había seguido, miré varias veces por el espejo pero nada. Al parecer se había cansado de rogarme lo que en parte me dolió. En realidad le dolió a mi ego herido pero la sensatez me llamaba a pensar que era mejor así.

Para mi suerte el conserje del edificio me conocía y me ayudaba. Siempre me permitía aparcar en el estacionamiento de residentes. Subí el ascensor con rapidez y digité el número de su piso. Salí al corredor y camine hasta su puerta entusiasmada de verlo, por primera vez, tenía la licencia que me había dado la discusión para buscarlo sin mentir. En parte, obviamente, saque de mi bolsillo la llave y entré. Estaba completamente oscuro

¿Habrá salido? ¿Dónde? ¿Con quién?

Me pregunté en pánico al imaginármelo con alguien más. Iba a digitar su celular cuando la puerta se abrió detrás de mí y era él con dos bolsas de supermercado en la mano. Alzo su vista y se sonrió.

— ¿Qué haces aquí a esta hora? —me preguntó mientras yo me acercaba.

Lo besé en los labios desenfrenadamente. Trató de responderme con la misma intensidad pero las bolsas en sus manos lo impedían, jugó con el peso en ellas hasta que consiguió, no se como, acercar mi cuerpo al suyo abrazándome. Pegó mi cuerpo al suyo mientras me besaba.

— ¿Acaso no puedo venir a verte? —pregunté en un ronroneo seductor y el frunció su ceño.

— Déjame adivinar —me miró pensativo pero risueño — discutiste otra vez con tu adorado novio ¿O me equivoco? —inquirió suspicaz aún con la sonrisa en los labios y me separé de su agarré molesta.

En el minuto que lo hice, soltó el resto de las bolsas que tenía aún sujetas y me apegó a su cuerpo impidiendo que me moviera un centímetro de mi posición actual. Me sonreí vivaz. Mi nariz estaba pegada a su rostro, podía sentir su halito tibio de lleno contra mi rostro.

— La verdad no me importa —confesó en un susurró verdadero — De hecho si lo mandarás al infierno sería el mejor día de mi vida pero como se que no lo harás me conformó con que sus actitudes te hayan traído hoy hasta acá —concluyó besando mi mentón.

Deslizo su mano por mi cuello acariciando con el dorso mis pómulos mientras volvía a besarme tiernamente en los labios. Sentí el agarré de su otra mano en mi cintura, trataba de pegarme más a él lo que evidentemente era imposible.

— ¿Mi princesa se quedará toda la noche o se esfumará a las doce? —cuestionó con el deseo que tanto buscaba yo de él.

— Toda la noche —respondí.

En el minuto que confesé aquello, alzo mi cuerpo entre sus brazos y me cargó hasta su habitación, mientras caminábamos hasta allá no dejo de besarme ni un solo minuto. ¡Lo amaba y con locura! ¿Qué haría sin él?.

— Dejaste las bolsas tiradas en el living —advertí cuando depositó mi cuerpo en la mitad de su gloriosa y enorme cama. Se quitó la camisa sin responderme aún, mis ojos se hicieron fieros cuando noté su dorso desnudo. Noté como subió a mi lado y fue como en cámara lenta.

— No hay nada que no pueda esperar hasta mañana —respondió mordiendo mi cuello y me tumbe sobre él.

Quité mi polera de un solo movimiento y me senté a horcajadas sobre su regazo. Estaba extasiada besando su magnifico dorso desnudo, recorrí cada parte de su piel expuesta provocando en él la reacción que mas me gustaba. Se estremecía al sentir mi lengua succionar su piel, estaba en eso, subiendo de la base de cuello hasta la parte sensible detrás de su oreja cuando de pronto, su perfume, que antes me parecía exquisito y varonil ahora me provocó una nauseas incontrolables. Me levanté justo a tiempo para entrar al baño corriendo y evitar descargar donde no debía.

— ¿Bella que sucede? ¿Te sientes bien? —cuestionó medio atontado por mi reacción.

Tocó caballerosamente la puerta y tomé aire mientras me mojaba la cara.

— Nada… no me sucedió nada… Estoy perfectamente bien —murmuré mirando mi reflejo en el espejo frente a mí. Estaba pálida, mucho más de lo habitual.

Extrañamente ahora sentía que mi cuerpo completo se estremecía, incluso no sentía mis piernas, me concentré y sentí como subió mi cena hasta la garganta. Comencé a respirar con exhalaciones pequeñas, muy despacio hasta que finalmente se aminoraron. Abrí la puerta y allí estaba él, en el umbral, esperando por su respuesta.

— ¿Qué sucede? —inquirió otra vez tomándome entre sus brazos.

Apenas lo sentí cerca las nauseas comenzaron otra vez, su perfume ahora era el invitado de piedra, me estaba arruinando el momento.

— Tú perfume —exclamé sin voz, y ahora sentía que la cena estaba a punto de salírseme por las narices.

— ¿Qué pasa con mi perfume? —preguntó extrañado

— Es muy fuerte —agregué tomando aire. En eso el mundo se me vino encima y alcance a cerrar la puerta en sus narices.

Vomité hasta lo que seguramente había comido la semana pasada. Por otro lado, insistentemente estaba Edward, el golpe de la puerta me ponía incluso cada vez más nerviosa, me lavé la boca, me cepille los dientes y luego de tomar mucha pero mucho agua abrí.

— ¿qué sucede? Y por favor no me mientas es obvio que algo pasa —preguntó impaciente.

— Me cayo mal algo que comí eso es todo —respondí evadiendo su preocupación.

Arrugo el entrecejo un escéptico por mi respuesta, en realidad, no me creía ni media palabra. Yo en cambio trate de cambiar el tema y me acerque a él a pesar que su perfume se colaba por mis narices provocándome arcadas. Deslice mis labios por su cuello entonces sentí sus manos en mis caderas.

— No creas que lograrás distraer mi atención de lo importante, es obvio que algo te pasa —reclamó en un jadeo hermoso mientras yo capturaba el lóbulo de su oreja.

— ¿En serio? —le pregunté interrumpiendo su monologo — entonces creo que estoy perdiendo mi poder, tendré que remediarlo —agregué tirando sutilmente de su lóbulo entre mis dientes.

Exhaló tratando de contener el jadeo que seguro hubiera brotado de sus hermosos labios rubíes. Sentí como el aire se coló entre sus dientes. Sus bellos ojos verdes me miraron con lujuria.

— ya me siento mejor, en serio —traté de parecer convincente, de hecho, ya creí que las nauseas se habían terminado — no desperdiciemos el tiempo en averiguar que fue lo que me cayo mal y aprovechemos ahora que ya me siento mejor —concluí capturando entre mis labios su labio inferior.

Edward sonrió con picardía. Sentí como sus manos volvían, de manera ávida, a recorrer mi cuerpo. Me besó el hombro y luego deslizo sus labios entre abiertos por la base de mi cuello humedeciendo con la punta de su lengua la piel expuesta. Millones de puntadas recorrieron mi columna vertebral cuando lo hizo, sentí un magnetismo inexplicable y una urgencia por concretar lo que venía que se apoderó de mi como un deseo ferviente. Caminamos otra vez, de vuelta a la cama donde se sentó, sus ojos estaban clavados en los míos mientras que con sutileza y una sensualidad desbordante acariciaba mis muslos.

Dos de sus dedos subieron impacientes hasta la pretina de mi pantalón, en un abrir y cerrar de ojos lo desabotonó y lo tiró, me dejo solo con mi tanga. Me sonreí con picardía y luego de ayudar a quitarlos por completo de mis piernas, me incorporé sentándome sobre su regazo. Sus labios se curvaron aún más magnificando esa sonrisa tan hermosa que estaba dándome a pesar que, estaba completamente concentrado en lo que estábamos haciendo muy en el fondo sabía que su mente aún estaba pendiente de lo que había pasado en el baño. Edward no lo dejaría pasar tan rápido.

— de verdad me siento mucho pero mucho mejor —insistí guiñándole un ojo. Sin despegar sus labios de los míos sentí como sonrió, sus lánguidas y frías manos recorrieron mi espalda hasta llegar al broche del corpiño, el que soltó habilidosamente.

Sus labios bajaron por la base de mi garganta hasta topar con la cúspide de unos de mis pechos el que besó y lamió con dulzura. Su reacción no se dejo esperar, mientras lo hacía sentí como su masculinidad se tensaba con cada rose que el profería. Mi corazón se alegró al corroborar que aún tenía ese efecto en él con solo estar semidesnuda.

La temperatura de mi cuerpo se acrecentó y mi respiración se hizo errática, sentí como una de sus manos bajaban hasta el hueso de mi pelvis, sujetó con fuerza mis caderas acercándome aún más a su cuerpo provocando un rose exquisito entre nuestras partes intimas.

Con urgencia deslizo sus dedos por el pliegue de mi ropa interior dándome una pequeña mirada traviesa de reojo mientras lo hacía noté como mojo sus labios con la punta de su lengua, saboreándose de una manera muy sensual. Un suspiró se escapo de entre mis labios.

Edward sabía como excitarme, y esos movimientos sexys y varoniles estaban rindiendo sus frutos, sentía mi intimidad completamente mojada y lista para recibirlo. El deseo por tenerlo entre mis piernas acrecentó hasta desesperarme la dilatación que él estaba provocando apropósito.

Cuando creí que de mis labios brotarían la petición expresa de que mi hiciera el amor, su cuerpo se alzo conmigo en el aire. Me acomodó en la mitad de su cama, mi espalda se apoyó contra la colcha que estaba fría pero que pronto estaría tibia.

Deslizó sus manos acariciando mi vientre hasta que fue sacando mi ropa interior con pequeños jalones. Se cernió sobre mí y yo acomodé de manera innata mis piernas una a cada costado de su cuerpo, comenzamos a hacer él amor. Estuvimos así gran parte de la noche hasta que desperté como a las seis de la mañana, las nauseas habían vuelto.

Me levanté adormilada aún, tomé de la ropa que estaba a un costado, su polera y me la puse. Prendí la luz del baño y entré entrecerrando la puerta detrás de mí. Dí la llave del agua, llené un vaso que estaba a un costado y tomé un sorbo, estaba fría y sabía mal pero aún así me la tomé toda. Me moje la cara y otra vez estaba pálida, parecía un verdadero muerto, las ojeras bajo mis parpados me asustaron.

Sentía mi estomago completamente apretado, y una sensación de vacío me inundaba. Parecía que todo lo que había comido alguna vez subía y bajaba sin control. Respiré hondo un par de veces hasta que logre controlar las ganas de vomitar. Me miré y arregle un poco mi cabello enmarañado producto de la actividad nocturna y luego de decidir que no podría hacer mucho con mi rostro anémico camine de vuelta a la cama.

Estaba por llegar cuando el mundo se giró en trescientos sesenta grados y caí al suelo de bruces, provocando un fuerte ruido. Me golpee la cabeza y a lo lejos, bastante a lo lejos sentía la voz de Edward que me hablaba visiblemente preocupado.

— ¿Bella? ¿Mi amor? ¡Reacciona!

Me llamaba pero no podía hablarle siquiera, todo me daba vueltas. Las palabras se trababan en mi garganta producto de lo mareada que estaba.

— ¡Mi amor! —insistió ya al borde del pánico y quise levantarme pero el mundo se me vino encima de nuevo.

— Llamaré a una ambulancia —resolvió al verme atontada en el suelo pero lo detuve por la mano impidiendo que se levantará de mi lado. Me miró angustiado.

— ¡No! —Chillé finalmente — espera —balbuceé — ayúdame a levantarme por favor —le pedí y me tomó de la mano.

Con una me sostenía del codo y con la otra me aferró hasta que logró hacer que me sentará aun en el suelo. Todo me daba vueltas y las nauseas volvieron.

— Es mejor que llame a una ambulancia te diste un buen golpe —me dijo mirando a todos lados como examinando si podía tener algo más que nauseas, creo que estaba pendiente si tenía alguna cortadura o algo.

— No… sólo necesito respirar para sentirme mejor, no fue nada —me escudé y me toque la nuca, sentía como si tuviera un Chichón del tamaño de un cráter. Me miró impactado.

— ¿Cómo nada? —contradijo — ¡te golpeaste la cabeza! —advirtió en un gritito un tanto exasperado.

Como si yo no lo hubiera notado, todo mi cuerpo lo había notado, el dolor del golpe era evidente por no decir molesto. Comencé a levantarme del suelo y él se apresuró a ayudarme. Lentamente me alce hasta que me acomodó en el borde de su cama.

— Estoy bien —insistí al notar la mirada de reprobación que estaba dándome.

— No te ves bien, para nada —refutó aún molesto —como puedes decir que estas bien cuando no es así —concluyó suspirando.

— Sólo fue un vahído no exageres —reclamé mirándolo a los ojos

Resopló para nada conforme con mi respuesta ni con mis actitudes. A regañadientes me trajo un paño con hielo y me recosté en la cama.

— No se porque eres tan porfiada y llevada a tus ideas… deberías ir a un hospital, el golpe puede ser peligroso —comentó apenas vio una mueca de dolor en mi rostro, había retirado el paño con el hielo para cambiar de posición. No despego su mirada en todo el rato que estuvimos allí esperando mi "evolución".

No le contesté nada, en realidad tenía mi mente en otra cosa. Una leve sospecha cobraba mayor fuerza y era casi la causa probable a tanto mareo repentino. ¿Acaso podría estar embarazada? Pensar en esa alternativa hizo que mi piel se erizará por completo cuando concluí en las consecuencias de aquello: ¿qué diría o que haría si aquello fuera cierto?

Me tensé mientras esperaba a Rosalie ante la posibilidad de un embarazo, estaba estacionada en la esquina contraria a donde se encontraba la farmacia. Era realmente incomodo hacer que ella fuera a comprar el dichoso test de embarazo pero no tenía muchas alternativas, los paparazzi me acosaban de manera sorprendente y lo que menos quería era un titular de algo que podría no ser cierto.

Claro que mucho más complicado fue contarle y sentir esa mirada de sermón combinada con las preguntas típicas e innecesarias, después de todo la leche ya estaba derramado para que ahondar en aquello.

¿Cómo no te cuidas? ¿Perdiste el juicio? ¿Qué dirá Jacob?

Habían sido alguna de las preguntas que había formulado al aire apenas había confesado mi pequeño y gran detalle, sus labios carnosos se entreabrieron sorprendidos por mi confesión.

— Rose, creo que estoy embarazada —había sido mi confidencia aquella mañana, bastante desesperada debía agregar. Su expresión se tornó reprobatoria en seguida.

Y sin duda que mi dulce amiga tenía razón, mi novio oficial era lo que más me preocupaba en esos momentos. El teatro se me acabaría si ese test salía positivo.

Suspiré al ver a mi rubia amiga cruzar corriendo la vereda en mi dirección. Entró a mi auto, apenas lo hizo me miró pensativa abriendo la bolsa.

— Traje tres, de distintas marcas ¿Hace cuanto fue tu último período? —inquirió

— Hace una semana —e hice la cuenta mental

— Bella si te llego tu período no puedes estar embarazada —notó y yo también lo había notado pero ¿Cómo explicaba las nauseas y ahora lo mareos? Tendría algún desorden hormonal.

— ¿Cómo explicas que me haya desmayado y las nauseas? —refuté pensativa y deseaba de todo corazón que ella tuviera razón.

— No has pensado que tal vez todo esta en tu cabeza —reparó en un murmullo

— Tal vez pero de todas formas no hace daño que me los realicé ¿no? —contesté.

Encendí el contacto y partimos rumbo al departamento de Edward, para mi suerte y para la de todo mundo se encontraba fuera, como agradecía que justo hoy estuviera coordinada una sesión de fotografías muy lejos y prácticamente por todo él día.

Entré al baño un poco indecisa, por una parte quería acabar con la incertidumbre y saber la verdad pero por otra no quería enfrentar que tal vez, estaba embarazada. Rosalie se sentó en el borde de la cama, se mordió el labio inferior mientras su mirada trataba de infundarme valor. Uno que a esta altura estaba haciendo gala de ausencia. Suspiré y coloqué el dichoso instrumento en la mitad del lavatorio luego de seguir las instrucciones del envoltorio.

Esperamos juntas a que la muestra de orina repletará el indicador, apenas habían pasado dos segundos y la primera línea se marco inmediatamente. Se me cayo el pelo y sentí un frió recorrer todo mi cuerpo como un meteorito pero al mirar bien la caja y releer las instrucciones me di cuenta que era la indicación de que la prueba estaba funcionando así que respiré aliviada. Se comenzó a hacer completamente rosada la ventanita donde se mostraría el resultado y como que se diviso una línea cruzada pero se disipo de inmediato, lo que me confundió.

— Te lo dije, no estas embarazada —exclamó sonriente Rose y yo respiré mucho más aliviada ante aquella confirmación.

Claro que mi alegría se vio opacada por mi inseguridad, de pronto me puse a pesar ¿Qué tal si me había equivocado al hacerla?, abrí la otra caja y volví a repetir los mismos pasos esperamos los minutos de rigor arrojando el mismo resultado: Negativo. Volví por la tercera y mi amiga a esta altura estaba convencida del diagnostico y un tanto impaciente por mi tesón.

— No estas embarazada, ¿Cuántas pruebas más quieres hacerte? —me preguntó insistente mientras yo aún miraba la tercera prueba que arrojaba el mismo resultado. Sólo había una línea marcada en la mitad de la ventanilla.

Desvié mi vista al reflejo del espejo y lo que advertí me desconcertó. Mi rostro estaba absolutamente decepcionado.

¿Por qué? ¿Realmente quería que hubiera sido positivo?

Eran las preguntas que rondaban mi mente y mi corazoncito salto ante la idea de tener algo que creciera en mi interior y que fuera de él. Claro que me tomó la misma fracción de segundos entender que esa ilusión hubiera sido nefasta de haberse concretado. Sería el hijo de quien no era mi novio, sino que de mi amante y eso sería un poco más que complicado, era mejor esta falta alarma que una alarma constante y sonante más tirada a bomba.

Luego de aquello, Rose me había acompañado unas horas hasta que Emmett la había pasado a buscar, me quede en el departamento a esperarlo y luego de eliminar las pruebas que me incriminaban al delito me senté a revisar correos electrónicos en su notebook. Estaba en eso cuando el sueño me venció y me recosté en la cama.

Unos tibios labios me despertaron, abrí mis ojos como plato cuando noté que era él.

— No ibas —comencé a decirle pero él me interrumpió

— Terminamos antes —comunicó

— Te amo —murmuré de lo más cariñosa y ya había perdido la cuenta de cuantos "te amo" le había dicho durante estos meses.

Me comenzó a besar apasionadamente y pude notar una cierta necesidad en aquella forma de besar. Luché por lograr tumbarlo de espaldas contra la cama y cuando lo logré fue para dar de lleno contra el suelo.

Nos reímos pero eso me incitó más, me quité la blusa en un movimiento audaz y enarque mis cejas sugerentes. Estaba claro que aunque hasta hacía un rato había pasado el susto de mi vida me rehusaba a escarmentar en lo más mínimo.

Contrario a todo, ese susto no aminoro en nada mis ganas de tener relaciones con él y si pudiera tenerlas las veinticuatro horas del día lo haría. Edward era una necesidad demasiado grande para privarme de aquella sensación tan placentera que me causaba su cuerpo. Definitivamente ese hombre era una droga y de las peores, sentía un hambre por sentirlo y aunque ese placer en el fondo me provocaba culpa, su cuerpo tibio y sudoroso friccionarse contra el mío era lo más exquisito que yo haya experimentado hasta ahora.

Sentir su abdomen tonificado acercarse y alejarse de mi mientras me hacía suya era adictivo y casi de una manera enfermiza. Era primera vez que estaba excitada de solo imaginármelo, no necesitaba ningún preámbulo más así que como si mi vida dependiera de ello le baje el cierre del pantalón mientras Edward me besaba un tanto descolocado por mi aparente fogosidad. Se giró en su posición para ponerme bajo él y tomar el control, al parecer se sentía incomodo cuando yo lo hacía. Comenzó a bajar deslizando la punta de su lengua entre mis pechos hasta mi abdomen donde jugo con mi ombligo soplando en lo húmedo y esa sensación me provocó escalofríos que me recorrieron de punta a punta.

Era completamente innecesario todo ese juego de seducción pero no me iba a quejar de llena. Apreté mis ojos mientras ponía mis manos a los lados y tiré levemente de la colcha mientras lo sentía jugar con sus labios y lengua en mi parte más intima. Mi respiración se disparó y los gemidos se sucedieron solos sin yo tener control sobre ellos.

En parte me avergonzaba ser tan chillona pero no podía evitarlo, cuando se detuvo en seco lo miré absorta. Me dejo con la sensación a flor de piel y estaba casi por tocar el hermoso orgasmo que me estaban causando sus caricias cuando él simplemente se detuvo, sus labios se curvaron en una sonrisa cómplice y macabra. Desesperada, porque así me sentía por tenerlo dentro, y haciendo gala de una fuerza que no me conocía lo empuje para que quedará de espaldas y terminé lo que él había dejado inconcluso. Cerré mis ojos cuando su cuerpo estuvo en mi interior y comencé a mover mis caderas ávidas por volver a sentir ese orgasmo tan maravilloso que había comenzado a tocar. Perdí la fuerza cuando llegue a ese punto tan exquisito y tenía claro que él aún no llegaba al clímax y me lo comprobó el hecho que sujeto mis caderas para que siguiera moviéndome. Lo bese mientras era su turno y como amaba su expresión en ese momento de placer máximo. El brillo de esos ojos verdes se intensificaba y se hacían tan profundos que eran capaces de hacer que me perdiera en ellos.

Hawai (1.00 AM)

— ¡Bien eso es todo, terminamos por hoy! —anunció el director.

Y agradecí lo agradecí, ya no sentía mis piernas producto de tantas horas en el agua. Tenía toda mi piel arrugada, si bien, el agua no era helada tampoco era para haber estado casi cuatro horas sumergida en ella con el torso desnudo más considerando que no estábamos solos. Los ojos de Edward se tensaban cada vez que se acercaban los camarógrafos mientras gravábamos la dichosa escena de "de la Isla" y aunque se venía peor porque estar semidesnuda era el pelo de la cola, su "modo celoso" se activaba en piloto automático sin poder controlarlo, sus ojos parecían salirse de sus orbitas cuando mi cabello se movía inconvenientemente de su posición habitual. Tomé la toalla que me ofreció una de las asistentes de vestuario y me cubrí. Me abrigaron con una bata blanca felpuda y salí antes que él de la orilla donde nos encontrábamos. Me reí al ver su expresión cuando me dirigía hacia el tráiler vestida solo con la parte de debajo de un traje de baño color marfil cubierta con la dichosa bata.

— Me encanta cuando te pones celoso —murmuré en la camioneta que nos llevaba de vuelta al hotel.

Le dio una mirada furtiva al conductor y se acerco para besarme con un leve toque en los labios.

— No estoy celoso —se defendió y yo puse mis ojos en blanco

Sí claro como no —insistí de vuelta.

Estaba sonriéndome y disfrutando de su expresión cuando sentí una fuerte punzada en la parte baja de mi abdomen. Se retorcí sin proponérmelo y fue principalmente porque el dolor me había pillado desprevenida. Era como un dolor premenstrual pero intensificado, en realidad, durante todo el transcurso del día las había sentido pero eran bastante menos intensas que ahora, se habían asemejado a calambres en un principio. Claro que, luego de estar parada todo el día este había aumentando considerablemente. Medio sonreí y no quería preocuparlo. Me ayudo caballerosamente a bajarme teniéndome su mano.

— ¿Bella vienes a cenar? —me preguntó el director y Edward me miró expectante.

— No gracias creo que me iré a dormir —contesté con una sonrisa fingida. El dolor era espantoso.

Era increíble que ellos dos cenaran de madrugada. El director miró a Edward y este se fue con él, mientras se alejaba me gesticulo un — no tardaré —dirigí mis pasos hasta el ascensor en el lobby y me fui directo al cuarto.

Literalmente tuve que arrastrarme hacía la cama puesto que ahora el dolor era intenso y no me dejaba ni siquiera caminar correctamente. Dormité gran parte de los minutos siguientes, en realidad, no había tomado el tiempo hasta que no aguante más y me levanté. Edward aún no volvía y eso me tenía un tanto intranquila.

Me acomodé en el borde de la cama mientras trataba de controlar el dolor con exhalaciones, estas parecían aliviar en algo las puntadas que estaba sintiendo. Era increíble la forma en que me había dado el cólico que incluso pensé en un minuto en que tendría que ir a un hospital. De pronto sentí la urgencia por ir al baño, me levanté y entonces sentí que algo escurrió por mi entrepierna, tamaña sorpresa me lleve al descubrir lo que era. Mis ojos se abrieron desmesuradamente cuando vi de lo que se trataba.

— No esto no puede estar pasándome —musité en pánico poniéndome los zapatos.

Camine hasta la puerta de entrada al cuarto estaba a segundos de abrirla cuando Edward se adelantó y entro. Lo miré asustada y él sorprendido por verme de pie a esa altura de la madrugada.

— ¿Dónde ib…. —no alcanzo a finalizar porque yo lo interrumpí

— Tengo que ir a un hospital ahora —demandé histérica

— ¿Qué? ¿Por qué? —cuestionó sobresaltado por mi ansiedad

Porque estoy abortando —confesé con un hilo de voz y él abrió los ojos como platos.

Me bajo en brazos y no sé si alguien se dio cuenta o no pero tomamos el primer taxi que estaba disponible. Entre a emergencias envuelta en una brazada y sentir tantas voces, ver tantas luces y tener en mi cuerpo tantas cosas medicas fue luciente para arrepentirme de todo, me intimidó el hecho de estar allí en un hospital completamente sola.

Me dejaron tendida en una camilla, estaba conectada al suero. Estar esperando el resultado de un vendito examen no era mi forma de pasar una noche tranquila pero en parte agradecía que lo hubieran dejado fuera.

Porque si él estuviera allí no sabría como abordarlo ni siquiera estaba segura de poder enfrentarlo. En este momento me bastaba con mi propio calvario para agregar sus reproches o preguntas. Sentía un frió recorrer mi cuerpo que me hizo castañear los dientes y eso que la calefacción estaba puesta al máximo. De vez en cuando la enfermera me miraba y como odiaba estar completamente recta en una camilla sin almohadas mirando el techo. A lo lejos sentí unos pasos, que se fueron intensificando hasta llegar afuera de donde me encontraba, en eso la cortina se corrió. Me levanté sin pensarlo pero el medico que entro me obligo a recostarme otra vez. A cambio levantó un poco la cabecera para que pudiéramos conversar.

— ¿Aborte? —pregunté tímidamente y lo hice tan atropelladamente que ante aquella palabra mi estomago sufrió una contracción. Perdí el aliento y comencé a temblar mucho más de lo que ya lo hacía. El me miró cariñosamente.

— No —respondió sereno.

Exhale todo el aire que se encontraba en aquel minuto en mis pulmones, el peso de la culpa se quito pero se puso otro directo sobre mis hombros, era una gran sombra mucho peor que el primero: sentí arrepentimiento. El médico se acerco.

— En el primer trimestre es normal que las mujeres primerizas abortes espontáneamente, en tu caso, fue una falsa alarma y alcanzamos a detener que algo más pasara —me explico y yo enmudecí.

Quería preguntarle tantas cosas, como por ejemplo cómo era posible que me hubiera llegado el periodo por siete días y aún así estar embarazada. Suspiré tratando de ordenar las ideas mientras lo contemplaba escribir el informe.

— ¿Se lo dirá? —cuestioné sobresaltada. El médico dejo de escribir, acortó la distancia entre ambos, me miró comprensivamente.

— Eso es algo que tu debes decidir ¿Es tu novio? —preguntó

Y me quede helada ¿qué era a esta altura Edward, el padre de mi hijo, mi amante?

— ¿Cuánto tiempo tengo de embarazo? —cambié el tema radicalmente.

— Cuatro semanas y medía —respondió

— ¿Eso significa? —inquirí y hubiera hecho yo misma el calculo pero mi mente estaba en blanco

— Un poco más de un mes —confirmó

— Podría ser más especifico —le pedí nuevamente

— ¿Quieres saber cuando fue la fecha de concepción? —me preguntó

— Sí —afirmé

— 13 de Junio

Y me quede helada, que no podía haber sido un día antes o incluso un par de días después. ¿Por qué tenía que ser esa fecha? Ahora temblaba pero de miedo, el frio paso a segundo plano, ¿qué le diría? pensé frenética, de pronto el aire me falto y volví a sentirme mareada.

— Siempre hay opciones pero estas deben ser conversadas en pareja —aconsejó el médico.

— ¿Quieres que pase? —preguntó antes de dejarme sola. Asentí torpemente sacudiendo mi cabeza.

Sí hubiera podido evitar que el entrará incluso que me volviera lo habría hecho pero era inevitable. Tarde o temprano tendría que hablar no solo con él sino que además con Jake, esto había sido en parte mi culpa por haber sucumbido en este juego tan mórbido y poco digno. Tontamente y de manera irresponsable me había expuesto a lo que estaba sucediéndome, era tiempo de afrontar mis responsabilidades como una mujer madura. Aunque tener claridad sobre ello no hacía menos dolorosa y apremiante la circunstancia. Sí tan solo hubiera sido un día distinto yo podría sentirme feliz por completo, de hecho pensándolo bien, mi estrés no era causado por estar embarazada.

— Esto es un castigo —me dije a mi misma mientras sentía como se aproximaba. Sus pasos se sentían vacilantes y estaba demorando el encuentro, era lógico después de todo estábamos en la mitad de una sala de hospital. Corrió la cortina con timidez y me quede estática contemplándolo. Sólo se sentía mi respiración frenética contra la nada, yo además podía sentir el latir de mi corazón desbocado en mi garganta. Pasé saliva para armarme de valor porque lo que confesaría me constaría lágrimas de sangre. Sus labios se curvaron en una sonrisa amistosa, se acercó hasta la cama donde estaba, se inclinó con delicadeza y posó sus labios en mi frente. A este punto la similitud con la ficción era macabra.

— ¿Estás bien? —fue la primera pregunta, la hizo pausada.

Volví a tragar saliva apretando mis manos. Edward se acomodó mejor para balancear su peso en la camilla y por un segundo juré que él ya sabía puesto que su mirada no estaba tan asustada como lo estaba la mía.

— No aborte si eso piensas —le contesté con un hilo de voz y esbozo una sonrisa demasiado magnifica. Me odié por tener que arrebatarla con demasiada prontitud. Tomó aire y me habló.

— Tendrás que decírselo —exclamó calmado y perdí el valor.

— No puedo —negué esquivando su mirada

— Bella vas a tener un hijo mío. ¿Qué crees que piense él? —discutió

Enmudecí, atiné solo a bajar la vista. Ahora mi rostro irradiaba una culpa demasiado evidente pero aunque yo deseaba no decirlo, tenía que hacerlo. Edward merecía la verdad.

— Eso no es tan cierto —confesé

— ¿De qué hablas? —preguntó ya sin voz

Levanté la vista y encaré esos ojos verdes que tanto amaba y que ahora me miraban angustiados. Podía sentir que me daría un infarto en cualquier momento a juzgar por el latido que estaba dando mi corazón.

— Este hijo podría ser de él —revelé y su rostro se desfiguró.

— ¿Qué? —exclamó perdiendo el color del rostro, se levanto automáticamente y se separó de mí.

— No se quién es el padre. Ese día lo hice con los dos —aclaré esperando el estallido de su furia.