Dark Chat

martes, 31 de agosto de 2010

Te Presento A Mi Amante

hello mis angeles hermosos!! sorry mis niñas se me fue el avion pero aqui ya les dejo es q sigue
mil besitos
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Capitulo 3: ¿Estas casado?



Bella POV


Me parecía estar filmando una secuela de "Rápido y Furioso". Emmett corría por las calles de Forks tras el auto de Edward a una velocidad inhumana, tenia las uñas clavadas en el asiento y solo veía los árboles pasar por la ventana.


Trate de calmarme cuando por fin note que el Jeep se había detenido frente a una hermosa casa de tres pisos en medio del bosque. Esta vez mi hermano me ayudo a bajar, cuando lo hice vi el convertible de Rosalie estacionarse junto al Volvo, Emmett la miro por encima del hombro y alcanzo a Edward quien estaba a punto de entrar a la casa.


Rose, Jasper y yo esperamos a que Alice nos condujera dentro de la casa. Al entrar nos encontramos con una clara y espaciosa sala, con sillones blancos al igual que las paredes y una chimenea, varios cuadros y retratos adornaban las paredes y grandes ventanales dejaban ver la espesura del bosque.


— ¿Qué quieren para comer? —pregunto Alice una vez que nos acomodamos en la sala.


—Lo que sea esta bien —conteste.


—Si, lo que sea —me apoyo Emmett mientras encendía el televisor con el control remoto— mientras sean porciones grandes.


—Emmett compórtate —lo regañe, pero me ignoro y comenzó a pasar por los cientos de canales.


— ¿Tu vas a cocinar? —Edward pregunto y arqueo una ceja, Alice asintió— entonces pediré una pizza, ¿alguien quiere salvarse de una intoxicación y unirse a la pizza?


— ¡Oye! Yo no cocino tan mal.


—Envenenaste a tu ultimo perro con al guisado que accidentalmente se trago —le recordó divertido y ella hizo un puchero.


—Ok, me uno a la pizza —y entonces Emmett comenzó a carcajearse ruidosamente.


—No murió por eso —replico Alice.


— ¿No?


—Bueno, ese no es el punto —grito Alice— además no saques a la luz mis defectos por que entonces yo…


—Si quieren —interrumpí— yo puedo cocinar.


—No, tú eres mi invitada, Edward pide la pizza —ordeno Alice


—A mi me pides un spaghetti sin mantequilla y sin salsa por favor.


— ¿Estas a dieta? —se burlo Emmett


— ¿Te importa? —respondió Rose.


—No —mi hermano se encogió de hombros y continúo cambiando a los canales.


Mientras Edward llamaba a la pizzería, Alice nos dio un tour por la planta baja de la casa, en la cual se encontraba la sala, la cocina, el comedor, bastante grandes por cierto


— ¿La de la foto eres tu? —pregunto Jasper emocionado, nos acercamos y vimos una foto de una mujer joven y hermosa, junto a un hombre de cabellos rubios y bastante apuesto, el sostenía a un niño de aproximadamente 4 años y la mujer a una bebe recién nacida.


—Si —chillo Alice— se notaba desde pequeña que seria hermosa


—Definitivamente —apoyo Jasper.


—Y también insoportable —la voz de Edward detrás de mi me hizo dar un salto por el susto.


—Miren esta de aquí —dijo Alice y nos acercamos, en esa foto se veía a un niño de dos años solo vistiendo unos pañales y comiendo tierra.


— ¿Eres tu Edward? —pregunto Rosalie y la risa de Emmett no se hizo esperar.


Edward no contesto pero un ligero rubor en su rostro lo delato, todos reímos y Alice siguió avergonzándolo.


—Claro que es el, su afición por la tierra siguió hasta los 12 años, aun comía tierra.


—Y lo seguiría haciendo con tal de no ingerir tu comida —contraataco el.


—Yo diría que aun le gusta la tierra —dijo Alice— supongo que ahí encontraste al gusano de Tanya


— ¡Alice! —grito Edward y ella le saco la lengua.


¿Tanya? ¿Acaso Edward tenía novia?


— ¿Quién es Tanya? —pregunto Emmett, lo mismo quería yo preguntar pero no me atreví.


—Es… mi esposa


Al menos no era su novia. Un momento… ¿su esposa? ¿Edward estaba casado? ¿Cómo era eso posible? No debía pasar de los 23 años y ya estaba casado. Sin saber por que mi corazón pareció detenerse al momento en que entendí las palabras "mi esposa" salir de sus perfectos labios. Los ojos se me llenaron de lágrimas y me mordí el labio para evitar que salieran. Le di la espalda a todos con el pretexto de seguir viendo las fotografías, pero atenta a la conversación. Aunque no sabía si quería comprobar lo que había escuchado, tal vez no podría contener por mucho tiempo las lágrimas.


— ¡¿Estas casado? —le pregunto Emmett sorprendido.


—Si, me case hace unos meses


— ¿Y no me invitaste? —la voz de mi hermano sonaba indignada


—No, no sabia donde encontrarte, además nos casamos en Chicago, pero fue solo por lo civil…


—Claro, a la bruja le prohibieron la entrada a la iglesia —se burlo Alice.


—La boda por la iglesia será el próximo año y obvio tu serás el padrino —Edward ignoro el comentario de Alice, que por lo visto no quería nada a su cuñada.


Siguieron conversando y yo logre tranquilizarme un poco, la pizza llego y nos dispusimos a comer, sin embargo el sentimiento de tristeza no se iba y por mas rebanadas de pizza el hueco que sentía en el estomago no desaparecía. De reojo lo miraba conversar con Emmett y Jasper animadamente sobre su esposa y lo bella que era, por lo que escuche tenia un cuerpo muy lindo y era rubia. Todo lo contrario a mí.


Pero eso no debía importarme. No me había podido hacer ilusiones con Edward en tan poco tiempo de conocerlo. En primera: Jamás me había interesado un chico, y mucho menos tan pronto. Segunda: Era mi profesor de literatura, eso lo convertía en algo que no estaba bien visto. Tercera (y mas importante): Esta casado, su mujer es linda y yo… nada podría hacer contra eso.


— ¿Bella? —la voz de Rose me saco de mis pensamientos.


—Si…


—Estas en la luna —me dijo Alice— ¿te sientes bien?


—Si, solo que parece que la pizza no me ha caído bien —espere que me creyeran, siempre había sido mala mintiendo— bueno Rose, ¿Dónde te metiste a la hora del almuerzo? Jasper te trato de localizar y no pudo.


—Ah, me entretuve por ahí—al parecer mi cambio de tema había dado resultado.


—Por ahí ¿Dónde? —pregunto Alice curiosa.


Las mejillas de Rose se tornaron un poco rojas y comprendí todo.


—Estuviste con Emmett —luche por no gritar


— ¡¿Con Emmett? —Alice no se contuvo las ganas de hacerlo, los tres chicos nos miraron atentos— ups, vamos a mi habitación.


Nos levantamos de la mesa y seguimos a Alice al segundo piso, en el cual se encontraba su habitación, la de sus padres, el despacho de su padre y un cuarto de televisión.


— ¿Qué hay en el tercer piso? —tengo que admitirlo la curiosidad de Emmett es herencia del apellido Swan.


—Dos habitaciones de huéspedes y la de Edward.


— ¿Vive aquí con su esposa? —pregunto Rosalie y juro que esa palabra volvió a taladrar mi corazón.


—Se supone —Rose y yo miramos a Alice sin entender— Edward vive aquí, la bruja no se ha parado ni una vez desde que se casaron, se la pasa de viaje, hagan de cuenta su luna de miel sin mi hermano. Es una odiosa, apuesto mis zapatos Prada a que mi hermano tiene unos cuernos del tamaño del país.


—Supongo que quiere su propia casa —dijo Rosalie.


—Si, pero se la pidió a mi hermano en Miami, Tanya ha vivido toda su vida aquí en Forks, pero encontró marido rico y quiere irse. Edward no quiere irse de Forks, y yo no quiero que se vaya, quiero que se de cuenta que Tanya no lo quiere, solo quiere su chequera y tarjetas de crédito. Pero no me escucha.


La mirada alegre de Alice se entristeció, si todo resultaba cierto, en verdad era una bruja. ¿Como era posible que teniendo a un marido como Edward se fuera de viaje sola?


— ¿Cuántos años tiene Edward? —pregunte


—Veintidós —contesto Alice, justo lo que pensé— pero siempre ha sido un cerebrito en sus estudios, por eso ahora es maestro, ¿Por qué tanto interés Bella?


—Cu… curiosidad —tartamudeé— pero estamos aquí para que Rose nos diga que hacia con mi hermano


—Ah, es cierto, detalles Rose —por la confianza de Alice parecía conocerla de años como yo.


—Estuve con Emmett, pero solo platicamos.


— ¡Detalles Rose! —exigió Alice.


—Ok, iba ya camino a la cafetería, pero para eso tenia que pasar junto al gimnasio y un balón me golpeo, sin querer o eso es lo que dice el. Se disculpo y platicamos sobre como estaba el y tu, por que Jasper y yo habíamos decidido venir aquí y fue todo.


— ¿Y por que lo trataste así allá abajo? —pregunte.


— ¿Hubo algo entre tu y Emmett? —pregunto Alice.


—Si, hace años —el rostro de Rose se entristeció y yo sabia por que— éramos novios, pero el se fue a estudiar a Darmouth y decidimos terminar, el amor de lejos nunca resulta bien.


—Pero ahora van a vivir en el mismo lugar y…


—No creo —interrumpió a Alice— no quiero volver a pasar por lo mismo, además ya no siento lo mismo por Emmett. En fin hablemos de otras cosas.


Aunque Rose lo negara era evidente que seguía sintiendo algo por mi hermano, pero ya no quise presionarla con eso y continuamos hablando de lo que habían hecho ella y Jasper en Phoenix, también Alice nos mostró su gran armario y nos invito el fin de semana para ir de compras, no se para que, si parecía tener ropa para vestirse por el resto de su vida.


Edward POV


—Así que Rosalie era esa mujer por la que llorabas todas las noches en la universidad.


—No lloraba Edward —me replico— nunca llore por ella.


—Nunca en publico, pero cuando estabas en el dormitorio…


— ¿Te quieres callar? —me interrumpió, comencé a reírme seguido de Jasper— yo soy hombre, muy hombre y no lloro por una mujer, además como se te ocurre decir eso enfrente de su hermano.


—Oh es verdad… tu Jasper… ¿Qué intenciones tienes con mi hermana? —la sonrisa se le borro y la cara de espanto que puso ante mi pregunta fue impagable.


—Alice es mi amiga solamente, por el momento —parecía sincero después de todo y buen chico.


—Solo quiero advertirte una cosa —puse mi mejor cara de enojado, quería espantarlo un poco mas— mi hermana esta loca.


La risa de Emmett inundo la sala y Jasper se relajo un poco.


—Eso parece, pero no importa, desde que la vi supe que es alguien especial.


—Que cursi —se burlo Emmett— y tu Eddie no seas tan paranoico, acéptalo algún día tu hermanita y Jasper o cualquier otro tendrán un poco de intimidad y…


— ¡Cállate Emmett! Y no me llames por ese estúpido apodo —le grite y después me calme un poco— creo que tengo que aceptar tu consejo, supongo que tu ya estas hecho a la idea de que algún día tu hermana también…


— ¡Hey! Con mi hermana no te metas…


—Cálmense los dos —nos dijo Jasper con una calma que nos contagio.


—Esta bien, pero dime algo Eddie, ¿Qué cosa graciosa hizo mi hermana hoy en clase? ¿Se cayo? ¿Se golpeo? ¿Alguno de sus dos pies izquierdos le hicieron una mala jugada?


—Después de caerse del Jeep… si, en el salón también lo hizo —recordé el momento y sonreí, sopor las caídas, si no por el hermoso rostro sonrojado de Bella— es algo descortinada, y despistada… me insulto.


Emmett comenzó a reírse estrepitosamente y Jasper un poco mas reservado.


— ¿Por qué lo hizo? —pregunto Jasper


—Al parecer mi forma de conducir no le gusto y no encontró otra manera se hacérmelo saber que insultándome, claro no tenia idea de que seria su profesor —la risa de Emmett se detuvo y me miro seriamente.


—A Bella no le gusta la velocidad, nuestra madre tuvo un accidente a causa de otro auto que venia con exceso de velocidad, el conductor de ese auto salio ileso, mamá falleció, a mi trata de controlarme pero no me gusta manejar despacio —entonces comenzó a sonreír— deberías ver la chatarra que tiene por auto, es de los años treintas o menos.


—Deja de hablar de mi señor auto —escuche la suave voz de Bella proveniente de las escaleras, me gire y ahí estaba junto con Rosalie y mi hermana.


—Entonces hablemos de tus agresiones hacia tus nuevos maestros —se burlo Emmett.


El rostro de Bella se sonrojo y me miro.


—Culpable —acepte— vamos Bella, es una anécdota graciosa.


Le sonreí y le guiñe un ojo, ella me sonrió de vuelta.


—Esta bien, pero seria mejor si lo olvidáramos.


—Como tú quieras Bella


—No se de que hablan —dijo Alice


—Luego te cuento, o que te diga Edward, quiero decir ¿el profesor Cullen?


—Edward esta bien Bella, afuera de la universidad no somos nada.


—Bien… Edward —mi nombre sonó tan bien en sus labios que quise que lo repitiera una y otra vez— Emmett nos podemos ir, tengo algo de tarea.


—Si vamonos, gracias por la comida Alice, estuvo deliciosa —se burlo Emmett.


—Esta bien, la cocina no es lo mío, pero cuando quieras podemos ir de compras, eso si me sale bien —contesto mi hermana.


Justo en ese momento apareció mi madre por la puerta principal con algunas bolsas, acudí a ayudarla, tome las bolsas y las lleve a la cocina. Cuando regrese Alice se había encargado de presentarlos a todos.


—Me da mucho gusto conocer a los amigos de mi hija, Emmett un gusto volver a verte.


—El placer es mío Esme, bueno con permiso, Bella y yo nos retiramos


— ¿Tan pronto? ¿Acaso les arruine alguna fiesta clandestina? —pregunto mi madre.


—No señora…


—Llámame Esme cariño —le dijo a Bella.


—Esta bien Esme, lo que sucede es que tengo trabajos de la escuela.


—Comprendo, igual me gustaría que nos visitaran mas seguido, todos son bienvenidos.


—Gracias señora Cullen —dijo Jasper.


—Esme, llámenme Esme.


—Bien Esme, gracias pero mi hermana y yo también nos retiramos.


—Que les vaya bien chicos


—Con permiso —dijo Rosalie


—Yo los acompaño —Alice salio junto con Jasper de la casa


—Hasta mañana Eddie —grito Emmett desde la puerta, no me dio tiempo a responderle ya que se apresuro a salir.


Además tenia la mirada fija en Bella quien iba atrás de el.


—Muy buenos chicos, ese Jasper parece muy agradable —dijo mi madre.


—Espero que Carlisle piense lo mismo, creo que pretende a Alice —le dije.


—Sabia que este día llegaría, el padre y el hermano celoso a punto de encerrar a Alice en su cuarto —se burlo Esme.


Clave mi mirada en la enorme ventana donde se veía a Bella intentando subir al Jeep y el solo se reía de su hermana. Suspire. Y Esme pareció darse cuenta.


— ¿Qué ves? —Esme se asomo por la ventana y sonrió— ese Emmett no ha cambiado nada. Pero ese suspiro no fue por eso. ¿Extrañas a Tanya?


Tanya. Era cierto. Pero no, ese suspiro no fue por ella, inconscientemente ese suspiro había volado hasta el Jeep, ahí donde se encontraba Bella. Era estúpido sentirme de esta manera pero me gustaba mirarla. Me gustaba el color de su piel pálida, sus cabellos castaños moviéndose con el viento, y esos labios rojos. Dios. Cada que se mordía al labio inferior parecía estarme incitando a besarla. O al menos yo deseaba hacerlo.


Pase toda la tarde junto a mi piano tocando. A veces tocaba la canción que le había compuesto a Esme hacia unos años atrás. Pero también salían notas de una nueva melodía, estuve componiendo un rato hasta que se hizo tarde.


Tome una larga ducha caliente y me acosté deseando con toda el alma que amaneciera para verla de nuevo.



sábado, 28 de agosto de 2010

Destellos de Oscuridad

Capítulo 4

Entre lobos

Dos vampiros que la seguían en una noche, eso debía ser mala suerte. En definitiva tenía que buscar un hogar alternativo a Amy, y muy pronto.

Bella mantenía el cuchillo apuntando al corazón del vampiro, sus dedos se aferraban fuertemente al arma, y mientras todos sus sentidos estaban pendientes a cualquier movimiento que él hiciera.

Tenía que admitir que estaba nerviosa. Estaba demasiado consiente de que Edward era mucho más fuerte y rápido que ella, y si quería podría matarla.

-¿Qué haces aquí? –le cuestionó bruscamente-. ¿Qué es lo que quieres?

Edward arqueó las cejas, parecía bastante relajado, como si el hecho de que ella le amenazara no le importara en absoluto.

-Lo que quiero es… -su mirada bajó a la de ella, y se detuvo un momento, hasta que finalmente la desvió como si hubiera cambiado de opinión sobre algo-. Quiero saber quien te envió la otra noche a matarme.

A Bella no le importaba dejar que Edward supiera sobre Dominic, o que quisiera cobrar venganza por ello, pero tampoco confiaba en el vampiro que tenía a unos pasos…

-Si te lo digo, me matarás –dijo ella.

Los ojos de Edward bajaron a la hoja afilada, que brillaba en color plata a la luz de las estrellas.

-Creo que aquí él único en peligro, soy yo –dijo sonriendo.

Bella frunció el ceño.

-Intentarás matarme –le acusó-, mi única salida es la información que tengo.

-Creí que la otra noche te había dejado claro que no quería hacerte daño, nunca lo haría.

-No lo creo.

Edward dio un paso adelante, y el cuchillo hizo contacto con su pecho. Las manos de Bella, sin razón alguna, comenzaron a temblar, una parte de ella sabía que le podría hacer daño… y no quería hacerlo.

Terminó por bajar el arma, y guardarla, se había quedado sin su única ventaja. Tal vez había cometido el mayor error de su vida, pero algo en ella, no pensaba que el fuera a lastimarla. Era un sentimiento nuevo y extraño para Bella, y algo que no quería sentir.

Edward se acercó más, pero ella le mostró los colmillos.

-No te lastimaré.

Bella se hizo para atrás, y mantuvo su postura defensiva, no iba a atacarlo, pero tampoco iba a permitirle que acortara la distancia. Aunque una parte de ella gritaba que estaba a salvo, la otra le decía que se mantuviera alerta, por lo menos aún conservaba su lado racional.

-Será mejor que te vayas de aquí –le dijo.

Pero él ni siquiera hizo el intento de moverse, simplemente la observó con atención.

-Veme a los ojos, y dime si en verdad crees que te haría daño.

Bella desvió la mirada, no quería verlo, por alguna razón el hacerlo se sentía como darse por vencida ante algo… y no estaba dispuesta a eso.

-Vete.

-No lo haré hasta que me mires a los ojos.

Bella apretó los puños, y soltó un gran suspiro antes de levantar la vista, y encontrarse con ese profundo color dorado. Entonces sin saber porqué exactamente se relajó por completo, sintiéndose protegida…

¿Por qué?

-Sino viniste a vengarte, entonces… ¿Qué quieres de mí?

-De ti… -una amplia sonrisa apareció en el rostro de Edward, pero otra vez, no dijo todo lo que quería decir, o por lo menos eso le pareció a ella-. Tú nombre, simplemente.

-Bella.

-Yo soy…

-Edward –completó ella.

El se rió y asintió con la cabeza.

-Por supuesto, de seguro quien te envió a matarme debió decirte mi nombre ¿O me equivoco?

Bella no respondió a eso.

-¿Quién quiere matarme, Bella?

Ella no sabía que hacer… ahora que estaba segura que Edward no venía a dañarla estaba muy tentada a decirle el nombre. Quería vengarse de él, darle una lección, pero no sabía lo que ocurriría después… ¿El se enteraría que ella lo delató?

Finalmente, su odio hacia él fue lo que ganó.

-Dominic –dijo.

-Era de esperarse –Edward no parecía sorprendido, seguramente él y Dominic ya habían tenido disputas en el pasado.

Bella deseó que esto le provocara problemas a Dominic, se lo merecía por todo lo que le había hecho.

-¿El fue quien te hizo esa herida?

Bella se sorprendió de la brusquedad e ira que iban con esa pregunta, Edward parecía verdaderamente molesto por ello. Instintivamente se llevó la mano a la espalda, donde había estado lo que había sido una línea roja, y que ahora se había convertido en nada.

-La única culpable de eso soy yo, sólo yo me hice daño –respondió Bella.

Edward no parecía creerle.

-No tienes que mentir… él no debe hacerte daño, sólo porque te da órdenes…

-Ya debes irte.

-Bella, yo puedo protegerte de él…

-No es necesario, se cuidarme sola –le interrumpió por segunda vez-. Ahora, vete.

-Volveré a verte –dijo Edward.

Bella quiso discutir pero ya era tarde, él ya había desaparecido, era muy rápido… incluso para ella.

La mañana en que Amy era dada de alta llegó, y con ella la decisión de Bella. Sólo había un lugar en el que su hermana podría estar a salvo de los vampiros, y ese sería… entre lobos.

Pero primero, tenía que convencer a Sam y explicárselo a su hermana.

Cuando llegó al hospital el licántropo ya la estaba esperando, tenía dibujada una sonrisa amable en el rostro.

-Amy te ha estado esperando con impaciencia –comentó-, ya quiere regresar a su casa.

Bella hizo una mueca, no sabía como reaccionaría su hermana al decirle que tendría que quedarse con otras personas.

-Ya está lista –siguió Sam-, ya te la puedes llevar, deja le digo a una de las enfermeras que le avise para que…

-Espera –le interrumpió Bella-, primero tengo que hablar contigo, es importante.

La expresión del licántropo se tornó preocupada, pero asintió.

-Vamos.

Entraron a un consultorio vacío, y Sam se sentó en la silla detrás del escritorio, sus ojos permanecían sobre ella.

-Es sobre Amy –dijo Bella sin saber como continuar.

-La última vez que tenías esa expresión en tu rostro, Bella, te hice daño, y no quisiera volver a hacerlo –soltó Sam.

-Eso no fue tu culpa, yo me ofrecí a ser la donante de Amy –le contradijo ella-, además era necesario.

Sam soltó un suspiro cansado.

-Bien, dime de una vez. ¿Qué es lo que ocurre?

-Amy no puede regresar conmigo, el departamento ya no es seguro.

El licántropo se puso de pie y se acercó a ella.

-¿Te han hecho daño?

Bella negó con la cabeza.

-No, pero no quiero arriesgarme con Amy. Tengo algunos enemigos, Sam, y no quisiera que supieran que tengo una hermana.

-Bella… ¿Por qué? ¿En que clase de problemas te has metido para que pase algo como esto? –le cuestionó el licántropo.

-Es en lo que trabajo –admitió-. Pero no puedo dejarlo, necesito el dinero…

-Sabes que Emily y yo…

-Ya han hecho demasiado por mí –lo interrumpió-, además ya es demasiado tarde.

-¿Quién es tu jefe?

-Un vampiro, y no me preguntes más Sam, que ya no diré nada –dijo Bella-. No quiero preocuparte a ti o a Emily.

-Ya lo estamos –dijo él.

-Puedo cuidarme, te lo aseguro, pero no quiero que nada le suceda a Amy. Por eso quiero pedirte que se quede en tu casa, sólo un tiempo.

Sam suspiró.

-Sabes que Emily estaría encantada de cuidar a tu hermana el tiempo que sea Bella, por eso no hay problema.

-¡Gracias!

-También puedes quedarte con nosotros, la manada te protegerá a ti y a tu hermana si es necesario.

Bella negó con la cabeza.

-Eso les causaría problemas –dijo-. No, y no te preocupes, me las he arreglado bien hasta ahora.

El licántropo quiso añadir algo más, pero Bella no lo dejó y se dirigió a la habitación donde se encontraba su hermana.

-¡Bella! –la pequeña ya estaba lista, traía su mochila nueva en la espalda, y su viejo libro de cuentos abrazado-. ¡Ya es hora de irnos!

Se bajó de la cama de un saltito y se dirigió a ella a paso rápido. Bella se alegró de verla tan bien. Extendió sus brazos y recibió a su hermana, quien tarareaba una canción navideña con singular alegría.

-Tranquila, Amy –le dijo Bella después de darle un beso en la frente-. Primero tengo que decirte algo.

-¿Qué es? ¿Qué es?

Bella la abrazó con fuerza.

-No puedes volver al departamento conmigo, pero…

Amy no la dejó continuar.

-¿Por qué? ¿Ya no me quieres?

-¡No! ¡Amy no es eso! –respondió Bella-. Te quiero mucho, es por eso que no puedes vivir conmigo, es peligroso. Pero te quedarás con Emily… ella te también te quiere mucho.

-Pero yo quiero estar contigo –los ojos de Amy se empezaron a inundar con lágrimas.

-No me alejaré –le prometió Bella-, todas las mañanas iré a visitarte.

-No es lo mismo –replicó la niña.

-Lo sé, Amy, lo sé. Pero sólo será por un tiempo, encontraré la forma de solucionar esto.

-¿Lo prometes? –preguntó entre sollozos la niña.

-Lo prometo.

Amy se colgó del cuello de Bella, y la vampiresa la condujo hasta afuera del hospital, donde Sam las estaba esperando. Ambos podían correr grandes distancias en pocos minutos, pero Bella prefería ir en el auto del licántropo, no quería llamar mucho la atención.

Después de unos minutos llegaron a la casa de Sam, a Bella le pareció un poco grande para albergar a sólo dos personas, y se lo comentó a él.

-Es que recibimos muchas visitas –respondió riendo.

Pero Bella no se imaginaba que los huéspedes de Sam, se encontraran en ese momento en la casa, hasta que salió del auto y los sintió.

Había por lo menos otros tres licántropos en esa casa, sin contar a Emily.

Bella abrazó fuertemente a Amy, y le dirigió una mirada insegura a Sam.

-No creo que sea conveniente que me quede aquí mucho tiempo…

-Ni lo pienses, Bella –le dijo Sam-, ya te dije que ellos no te harán daño.

El licántropo ni siquiera tuvo que tocar a la puerta, ya que ésta se abrió mostrando a una sonriente Emily detrás de ella.

-Sam no te esperaba a esta hora –comentó ella, entonces sus ojos se fijaron en Bella y la pequeña niña que cargaba en brazos-. ¡Hola!

Emily los invitó a pasar, pero Bella se retrasó, dejando que el líder de la manada entrara primero.

Los tres licántropos se encontraban en la mesa comiendo, pero cuando ella entró se detuvieron y giraron sus cabezas hacia ella.

-Un vampiro…

-Pero huele distinto…

Bella escuchó sus murmullos, sintiéndose un poco nerviosa, pero cuando reconoció a Jacob entre los tres lobos se tranquilizó un poco.

El se levantó y se dirigió a Bella, los otros dos lo observaron unos instantes y luego su mirada volvió a ella, y creyó ver un destello de aprobación en sus ojos antes que su concentración volviera a la comida.

-Parece que les agradas, Bella –comentó Emily alegremente.

-Bella –la saludó Jacob, parecía bastante alegre de verla.

Lo que ella encontraba gracioso, dado que se trataba de un licántropo que apenas conocía.

-Jacob –dijo ella sonriendo.

-¿A que se debe tu visita, Bella? –preguntó Emily, con el mismo buen humor.

-Quiero pedirte que cuides a Amy un tiempo –dijo Bella.

Emily dirigió la vista a Sam, y cómo si con la simple mirada pudieran comunicarse, ella lo entendió todo.

-Por supuesto –aceptó Emily-, pero tú ¿Estás bien?

Bella asintió.

-No te preocupes –le dijo.

Emily no parecía muy tranquila, pero no insistió más.

-Vendré a verla todas las mañanas –dijo, besó una vez más la frente de su hermana, quien se veía triste, y se la entregó a Emily.

-La cuidaré bien.

Bella asintió, más tranquila.

-Tengo que irme.

-Te quiero, hermana.

-Yo también.

Bella se dirigió a la puerta, pero Jacob la detuvo.

-Déjame acompañarte.

-Yo…

-Creo que es buena idea, Bella –intervino Emily-, me sentiré más tranquila si va él contigo.

Bella suspiró y asintió. Después de haber dejado a Amy se sentía más calmada, así que accedió a ir corriendo hasta su departamento.

Además fue algo divertido ir acompañada de un licántropo, ya que el regreso se convirtió en una carrera.

Que ella ganó, por supuesto, aunque creía que él la había dejado hacerlo.

-Gracias, Jacob –dijo ella a modo de despedida, pero una vez más fue detenida por él.

-Si necesitas algo –él dijo-, puedes llamarme, cuando quieras.

Bella sonrió.

-De acuerdo –aceptó.

Entonces Jacob la atrajo hacia sus brazos y la besó en la frente, lo que dejó muy sorprendida a Bella. Y así él lobo se fue, dejándola con una extraña y confusa sensación.



jueves, 26 de agosto de 2010

Pecados Carnales

Capítulo 1: Reproche


Deslizo sus dedos delicadamente por mi espalda, y contraje mi cuerpo arqueándome levemente ante su contacto, era la primera vez que alguien iba a tocarme y de esa manera; humedeció sus labios con la punta de su lengua y se acerco hasta los míos, sentí como comenzaba a besarlos despacio y gentil al principio pero a los pocos minutos la urgencia se fue acrecentando y se abrió paso para invadir mi boca con la suya, la abrí lentamente dándole el permiso necesario y que tanto estaba deseando, su halito dulce y tibio me inundó, y nuestro beso se intensifico.


Afuera llovía torrencialmente, y aunque mi cuerpo estaba empapado, las gotas de agua que escurrían por mi piel se evaporaban al instante. Cerré mis ojos lentamente, y deslice mis manos por su pecho hasta su cuello y lo sujete con fuerza atrayendo su rostro hacía mí; sentí como el rompió el beso para morder ligeramente mi cuello; y cuando sentí la humedad de sus dientes en mi piel enterré mis dedos en su cabello, comencé a jugar con ellos al unísono mientras sentía sus delicadas caricias. La sensación de sus labios sobre mi cuerpo era algo demasiado intenso y algo a lo que no podía ni quería resistirme. Él me deseaba tanto como yo a él eso estaba claro y hoy finalmente nos atreveríamos a concretar las fantasías que, sabía ambos, teníamos desde que nos habíamos conocido.


Mi respiración se comenzó a hacer pesada y ruidosa lo que en cualquier circunstancia me hubiera avergonzado pero con él era distinto sentirlo reaccionar de la misma forma me daba el valor suficiente para continuar, miré sus ojos y estos brillaban de una manera enigmática, estaban llenos de deseo y pasión, tanto que el verde característico se había hecho más intenso, se me asemejo al agua del mar, estaban tan profundos que podría haberme perdido en ellos.


Cruce mis piernas sobre su cintura para quedar frente a frente, sin más comencé a desabotonar su camisa y él hizo lo mismo con la mía. Mis dedos temblaban ante la sola idea de que dentro de poco vería su cuerpo completamente desnudo y él el mío. Sentí mis mejillas ardiendo y traté de mantener mis pensamientos alejados de las fantasías poco decorosas que había imaginado, pero estaba claro que, aunque nos conocíamos hace un par de meses, yo para él era un libro abierto. Sus labios se torcieron en una sonrisa cómplice, con su camisa a medio desabotonar tomó entre sus manos las mías y las llevo hasta su boca, beso la palma de una de mis manos y sin quitarme los ojos de encima, introdujo ávidamente por la camisa, su mano libre, y se detuvo en mi pecho, deslizo sus dedos trazando un camino entre ellos hasta llegar al comienzo de mi vientre donde apretó la palma completa, giró su mano tomando el borde de la camisa.


- Pídeme que me detenga


Susurro mientras deslizaba la tela sobre mis hombros, contemplo mi dorso semidesnudo extasiado y en respuesta tome una bocaranada de aire para poder articular las palabras que hace mucho deseaba decirle.


- No quiero que te detengas


Y aquella noche no lo hizo, suspiré mirando la figura de Cristo que tenía frente a mí, apreté mis ojos y tense la mandíbula rezando para que en mi interior aquellos recuerdos se borraran de una vez y para siempre. Sí, me sentía la pecadora más grande del planeta. Jamás debí siquiera pensar en él como hombre, para mí eso estaba prohibido y yo lo había elegido así.


- Perdóname por favor


Susurre a la figura y aparté mi vista de él como si estuviera confesando la infidelidad a mi marido y en cierta medida era así. Sus gemidos estaban tan patentes en mi mente que me sentí sucia de solo recordarlos en su casa frente a él. Me levanté al acto y el ruido que hizo la puerta del confesionario al abrirse me trajo de vuelta al a realidad. Verlo salir presuroso y sentir el eco de sus zapatos contra el suelo de la iglesia disparó el latir de mi corazón, el nudo en la garganta que tenía se apretó aún más y apenas noté que iba a salir por la puerta me abalance sobre él, le grite para atraer su atención llamándolo por su nombre y traté de mantener la calma, pero la angustia me traicionó, mi voz sonó desesperada y todos se habían dado cuenta de aquello.


Sin cavilar siguió avanzando hasta salir por la misma puerta que había entrado sin detenerse, sus pasos estaban demasiado apurados considerando que había venido tan decidido a detenerme, que le habría dicho el Padre Alfonso reflexioné para que su actitud cambiará tanto. En vista que no se iba a detener y que estaba a pocos pasos de llegar hasta su automóvil, corrí hasta sobrepasarlo y sin dudarlo me plante frente a él interponiéndome en su camino. Trató de esquivarme pero fue ahí cuando puse mis manos en su pecho para detenerlo, él quería hablar pues ahora tendría que escucharme él a mí.


- ¿Qué le dijiste?


Demande saber y su rostro se desdibujo consumido por la rabia.


- Esto


Contesto tomando mi rostro con fuerza entre sus manos, estaba besándome a vista y paciencia de todas las personas que estaban esperando a que la misa comenzará. Sentí como sus brazos rodearon mi cintura acercándome peligrosamente y más de lo debido a su cuerpo; al principio me quede petrificada, él tenía ese indeseable efecto en mí: perdía la cabeza y la noción del tiempo cuando estaba cerca y como odiaba que eso me sucediera. Levanté mis manos en un amago vano por separarlo pero al contrario lo único que logré fue que el beso se hiciera más intenso, sentía sus labios calidos y provocadores deslizarse sobre los míos de forma desesperada, podía sentir la urgencia de su lengua luchando con ellos para abrirse paso hasta el interior de mi boca, buscando acariciar la mía, que a esta altura lo estaba pidiendo a gritos. Sentí como el beso se intensifico en una mutua necesidad y de una manera demasiado correcta para algo que estaba mal y prohibido.


Y debía admitir que sí me preguntarán justo ahora que era lo que sentía por Edward Cullen le gritaría al mundo entero que lo amaba con locura. Pero claro, eso era un sentimiento impulsivo, llevado por la situación y como deseaba poder ser una persona de voluntad fuerte. Deseaba con todo mi ser poder practicar lo que tanto me habían enseñado mis padres, lo que tanto me habían recalcado ellos – esta vida implica sacrificios Bella, ¿Estas dispuesta a realizarlos? - me había preguntando en varias ocasiones el Padre Alfonso en el transcurso de mi preparación y respuesta siempre había sido la misma.


Pero también me habían enseñado otra cosa, debía ser honesta no solo con el mundo sino conmigo misma y sentir la humedad y calidez de sus labios sobre los míos me hacía cuestionarme como lo había hecho desde el primer minuto en que había estado segura que mi corazón le pertenecía; esa férrea decisión que había tenido desde que había cumplido dieciséis años estaba socavada en lo más profundo de sus cimientos, ya no sabía si de verdad quería renunciar a este sentimiento que había descubierto gracias a él.


Ahora no tenía nada claro, y aunque mi respuesta aquella vez había sido un sí sin condición, sin un pero, si me volvieran a preguntar ahora, la respuesta sería un silencio porque no estaba segura de que era lo que quería hacer en realidad.


Era una pecadora y de las perversas porque aún cuando sabía perfectamente que para mi estaba prohibido entregarme a los placeres carnales, no solo lo había hecho una vez sino varias y sin remordimientos, incluso ahora a media hora justa de mi supuesta consagración seguía repitiendo la mentira a todo el mundo – sí quiero - se habían transformado en dos grandes mentiras, y como me recriminé estar tan enamorada de él, cómo era posible que no pudiera controlarme, que no pudiera pensar con perspectiva, que no pudiera simplemente decirle que no. Era como si Edward fuera mi diablo personal, la tentación en persona, y ahora aún estando fuera de la casa de Dios, el símbolo más representativo de todo lo que yo creía, mi corazón reclamaba por su dueño.


Vamos Bella esto no es correcto, hiciste una elección grito una vocecilla en mi interior que logró abrirme los ojos ante la verdad. Con pesar comprobé que esa voz tenía razón, y me lo demostraron las miradas furtivas e inquisidoras de las dos señoras que pertenecían al coro de la iglesia, sus expresiones me gritaban que estaba jugando con fuego y me iba a quemar en el infierno si no detenía esta locura, y no lo haría sola sino que arrastraría a todos los que me importaban en el proceso, incluido él.


Mi elección era un pequeño pero gran detalle en todo esto, si tan solo las cosas hubieran sido distintas, pero no, había sucedido así y no había vuelta atrás. Resignada puse mis manos en su pecho, las empuñe y lo empuje con toda la fuerza que logré recabar de la flaqueza que significaban sus besos para mí en ese momento. Cuando finalmente el beso se rompió nos quedamos mirando, tomé aire para repetir lo que ya casi me sabía como un monologo pero esa risa burlona y de suficiencia que me propino, hizo que mi coraje aflorará.


Pero quien se cree que es pensé furibunda, apreté la quijada producto de la rabia y antes que él pudiera siquiera decirme algo, le propine el golpe certero en la mitad de sus hermosas mejillas, el color rosado me confirmo que el golpe había sido lo suficientemente fuerte, al menos ahora entendería el mensaje.


- Eres un imbécil


Fue lo único que se me vino a la mente y que me salió del alma, si me amaba tanto como decía como era posible que se empeñará en mi ruina, en nuestra ruina; me quede callada esperando el contraataque pero lejos de hablarme sobre el libre albedrío y el cinismo de la iglesia católica, se largo a reír en mi cara. No pude evitar abrir mis ojos sorprendida.


- No seré el único que se vaya al infierno por esto Bella, de eso puedes estar segura.


Comentó y un brillo en sus ojos afloró, sentí como resoplo por lo bajo y sin más se fue dejándome parada en la mitad de la calle. Aún anonadada y sin poder hacer nada contemple como se subió a su auto, el rugido del motor y el sonido estrepitoso de la acelerada que propino fue lo único que se sintió.


Inexplicablemente comencé a temblar, aún con la vista perdida en la calle y a pesar que no había nada puesto que él ya se había ido, yo no podía dar los pasos certeros para volver a entrar y hacer lo que había prometido hacer.


- ¿Bella?


Me llamó y su voz no sonaba enojada, al contrario, parecía resignado a escucharme.


- Sí padre


Le conteste con los ojos vidriosos producto de las lágrimas que trataba de contener. Su mirada era severa pero a la vez paternal, y creo que se debía principalmente a que él había sido testigo de toda nuestra tortuosa relación, aún así sabiendo que lo que yo estaba haciendo estaba mal, jamás escuche de sus labios una palabra de desaliento, al contrario, siempre me había hablado con la verdad y sabía que eso justamente era lo que iba a hacer ahora.


- Tenemos que hablar sobre tu consagración


Y el mundo cayo sobre mis hombros, la voz de mi madre retumbo en mi mente con una fuerza impresionante. Sabía que ese día era el comienzo del verdadero tormento, porque después de vivir en el cielo por todas esas semanas junto a él, había caído directo al infierno, uno que se llamaba Renée Swan.



miércoles, 25 de agosto de 2010

Lagrimas de Amor

Capitulo 2

La guía establecía que el Palacio del León era del siglo XII y de estilo morisco, construido en Sierra Nevada. Desde el se veía toda la ciudad de Granada. La carretera que llevaba al castillo era muy empinada, y Bella tuvo que cambiar a una marcha más corta. Pensó que, si seguía subiendo, llegaría a las nubes.

En la distancia, podía ver las montañas que se alzaban aún más. Todavía tenían nieve en las cimas, pero donde estaba ella todo estaba verde. Llovía, lo que acompañaba su humor.

Ha estado lloviendo durante tres días –le había dicho el encargado de su hotel cuando había llegado a Granada- No es muy corriente, teniendo en cuenta que la primavera está terminando… pero espere, mañana saldrá el sol y usted estará feliz.

Pero Bella pensó que aquel hombre no sabía que se requería más que un cambio en el tempo para levantarle el ánimo. Se imaginó a su padre, demacrado, y sin afeitar, desplomado en una silla. El magnífico encargado de banca se había desmoronado ante sus ojos y en su lugar había un hombre completamente destruido.

No puedes hacer nada cariño –le había dicho Charlie- intentando sonreír.

Incluso en aquellos momentos su padre había seguido tratando de proteger a su única hija, lo que había provocado que ella estuviese decidida ha hacer algo.

Su padre era su héroe, el hombre más maravilloso sobre la faz de la tierra, pero la impresión que le había causado la mal versión de fondos que había provocado esté en el banco le había dejado muy impresionada. Había comprendido sus razones, desde luego. Todos aquellos años observando cómo su madre se deterioraba debido a su enfermedad neuronal habían sido devastadores. Charlie había tratado de buscar remedios para lo incurable. Lo que fuese, desde remedios herbales chinos, hasta los costosos tratamientos en los Estados unidos; había merecido la pena haberlo intentado para aliviar el dolor de su adorada esposa.

Pero al final todo había sido inútil, y Renée Swan había fallecido hacía dos años, pocas semanas antes del veintiún cumpleaños de Bella. Ella no había sabido hasta hacía un par de semanas que su padre había financiado los tratamientos de su madre jugando dinero ni que aquella adicción le había llevado a "tomar prestado" dinero del Europa Bank, la filial británica del banco de Masen, para haber pagado sus deudas.

Siempre planeé devolverlo, lo juro –había dicho Charlie ante el espanto de su hija- Un golpe de suerte, eso era todo lo que necesitaba. Hubiese podido devolver el dinero, cerrar las cuentas falsas y nadie se hubiese enterado de nada.

Pero lo habían hecho. Un auditor había visto irregularidades y habían llegado hasta el fondo del asunto. Y ella sólo había podido ver cómo su mundo, más importante aún, su padre, se desmoronaban.

Murmurando, angustiada, volvió a fijar su atención en la carretera, que seguía empinada. En un momento dado agarró el volante con fuerza al ver un despeñadero y darse cuenta que, si hacía un mal movimiento con el coche, podría caer por el barranco. Odiaba las alturas y comenzó a marearse. Se planteó dar la vuelta, pero la carretera era demasiado estrecha. Y además tenía un trabajo que hacer.

El Palacio del León era la residencia de la familia Masen desde hacía muchas generaciones ye deseó que el duque estuviera en casa. Las cartas que le había mandado no habían obtenido respuesta, y todos los intentos de contactar con el por teléfono habían sido evitados por su eficiente equipo personal. Desesperada, había viajado a las oficinas centrales del banco en Madrid y desde allí había tomado un avión hasta Granada, donde le habían informado de que le presidente estaba en su residencia privada en las montañas.

Para su alivio, la carretera comenzó a hacerse menos empinada y al dar la vuelta a la curva, pudo ver el castillo.

Cuando por fin se bajó del coche, tenía el corazón revolucionado. Le dolían los músculos, aunque no sabía si debido a la difícil conducción o al hacho de que por fin iba a ver a Edward Masen.

El castillo era un ejemplo impresionante de la arquitectura morisca, pero Bella no dejaba de mirar la puerta, que estaba flanqueada por dos leones de piedra. Se estremeció y pensó que no le gustaría estar por allí a obscuras. En realidad no le gustaría estar allí, pero el duque de Masen era el único que podía salvar a su padre y cuanto antes lo viera, mejor.

Se estaba empapando bajo la lluvia y se acercó de nuevo al coche para tomar la pashimina* que había llevado con ella.

Entonces se dirigió a llamar a la puerta, y justo cuando iba ha hacerlo, está se abrió y aparecieron dos figuras. Una de ellas era claramente miembro del personal del castillo y la otra era un hombre mayor.

He venido a ver al duque de Masen –dijo Bella con la voz entrecortada.

Gracias a las vacaciones que había pasado durante años con su tía Esme en Málaga, hablaba español con fluidez.

Si tiene aprecio por su vida, señorita, no se lo recomiendo –dijo el anciano- El duque no está de muy buen humor.

Pero Bella esperanzada, pensó que por los menos estaba en el castillo. Edward Masen estaba allí y todo lo que ella tenía que hacer era convencer al mayordomo de que le permitiera verlo.

Varios minutos después estaba en las escaleras.

Por favor –suplicó por última vez.

Lo siento, pero es imposible. El duque nunca recibe visitas imprevistas, insistió el mayordomo, impaciente.

Pero si le dijera que estoy yo aquí… le prometo que sólo le robaré cinco minutos.

Pero el mayordomo cerró la puerta y ella, en un impulso infantil, le dio una patada.

Maldito seas, Edward Masen –murmuró, parpadeando para apartar las lágrimas.

Parecía que no tenía otra alternativa que conducir de vuelta a Granada, pero no podía soportar pensar que había fallado.

No podía darse por vencida; el duque de Masen estaba allí, al otro lado de aquellas paredes, y debía de haber alguna manera de acercarse a el y hacer que la escuchara.

Recordó de nuevo a su padre, al que la muerte de su madre había afectado muchísimo y que estaba sumido en una profunda depresión. Si pudiera quitarle el miedo que tenía de ir a prisión, una probabilidad muy probable según el señor Félix, el abogado de la familia, quizá el pudiese salir de la terrible situación en la que se encontraba.

Había parado de llover y aunque el cielo estaba todavía gris, tenues rayos de sol trataban de abrirse paso a través de las nubes. Entonces diviso una verja que daba al patio. Se dijo a si misma que seguramente estaba cerrada, pero, para su asombro, al empujarla se abrió y pudo entrar al patio.

El jardín era hermoso; era como un pedazo de cielo que logró calmar sus nervios. Estaba repleto de fuentes y capullos de rosas. En un impulso, arrancó una flor y la olió. Durante unos preciados momentos sintió cómo el peso de sus preocupaciones la abandonaba. Podía haberse quedado allí para siempre, oyendo el dulce cantar de los pájaros.

Pero cuando estaba observando embelesada una de las piscinas, tuvo la sensación de que alguien la observaba. Se dio la vuelta despacio y se quedo sin aliento.

Había un hombre en el extremo opuesto al jardín, pero incluso desde la distancia su altura era notable.

Bella pudo sentir el poder y la fuerza de el, pero llamó más su atención el doberman que éste tenía a su lado. El miedo se apodero de ella. Aquella no era una mascota amigable; sin duda era un perro de defensa, y aquel hombre debía de ser un miembro de seguridad del castillo.

Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que había entrando a una propiedad privada sin autorización. Lo más sensato sería acercarse al hombre y disculparse, pero la expresión de su cara le parecía aterradora. El instinto se apoderó de ella y salió corriendo, pero al mirar hacia atrás por encima de su hombro vio que el hombre había soltado al perro, que corría hacía ella.

Aterrorizada, Bella trató de encontrar una salida, pero el jardín estaba rodeado por cuatro paredes, tres de las cuales eran muy altas, aunque la cuarta era vieja y más baja.

El perro estaba casi sobre ella y pudo imaginarse sus afilados dientes hundiéndose en su carne. Desesperada, comenzó a subir a la vieja pared y utilizando toda su fuerza, logro llegar arriba. Se tranquilizó diciéndose así misma que ya estaba segura. El perro estaba debajo de ella, ladrando furioso, pero con suerte ella lograría pasar al otro lado. Al dirigirse a bajar por la pared por la calle se dio cuenta de que estaba demasiado alta, y que si lo intentaba seguramente moriría en la caída. Su única alternativa era volver a bajar al jardín… donde la esperaba el perro.´

Pero se quedo paralizada por el miedo.

Tranquilo, Alec –dijo Edward, acercándose sin prisa hacia su perro.

No sintió ninguna pena por aquella mujer y pensó que se podía quedar allí arriba todo el día. Estaba más que harto de los paparazzi que le perseguían constantemente. Ya tenía suficiente con aguantarlos en la ciudad y ver a una periodista en su castillo le pareció demasiado.

¿Cómo ha logrado entrar? –exigió saber impacientemente- ¿Y que es lo que quiere?

No podía ver que llevase ninguna cámara pero, mientras ataba al perro, pensó que quizá se le había caído cuando huía de el.

Baje de ahí; el perro está atado y no le hará nada.

Pero Bella no se movió y Edward frunció el seño; no estaba de humor y todo lo que quería era que aquella mujer se marchara de su propiedad. Al mirarla con detenimiento se dio cuenta de que no era española, por lo que repitió lo que había dicho en inglés, ya que solía ser un medio universal de comunicación.

No puedo bajar –dijo por fin Bella, apenas susurrando, estaba paralizada por el miedo debido a la altura de la pared y sintió como le daba vueltas la cabeza.

Señorita debe bajar de ahí –dijo el con cierto toque de apremio.

Pero entonces se dio cuenta de que ella estaba aterrorizada y a punto de desmayarse.

No tiene por que tener miedo –dijo en un tono mas suave- no le haré daño, ni tampoco el perro. Suéltese y yo la agarraré.

Ella siguió paralizada ya Edward se asustó al ver como palidecía y cerraba los ojos. Por más que odiara a los periodistas, no quería ver a aquella chica despeñada.

Señorita, salte a mis brazos; conmigo estará segura. ¿Cómo se llama? –exigió saber.

Mi nombre es… Isabella… Bella Swan –dijo ella mientras se dejaba caer, justo antes de desmayarse.

Cuando Bella abrió los ojos, el terror se apoderó de ella al ver que el la llevaba en brazos.

¿Dónde me lleva? –exigió saber- Déjeme en el suelo.

No podía ver claramente la cara de aquel hombre, ya que el gorro le ensombrecía el rostro, pero su cuadrada mandíbula indicaba una gran fortaleza. El se detuvo y la dejó en el suelo, ante lo que ella se tambaleó y cayó de rodillas.

El hombre no hizo ningún intento de ayudarla; en vez de ello se quedó observándola, con el perro a su lado.

No me puedo creer que soltara al perro para que me atacara –dijo de forma acusadora, incapaz de controlar el temblor de su voz.

No me gusta la gente que se mete en propiedad ajena –contestó el hombre con dureza. A pesar de su fuerte acento hablaba perfectamente ingles.

Bella alzo su cabeza para mirarlo; su arrogante postura la irritaba. Seguramente sería un miembro del personal del castillo, pero estaba mirándola como si aquel fuera suyo.

¿Por qué ha entrado aquí? –pregunto el.

He venido a ver al duque de Masen –contesto ella, haciendo un esfuerzo por levantarse. Todavía se sentía débil y desorientada.

¿Para que? –pregunto Edward, sin hacer ningún intento por ayudarla.

Por razones personales –contesto ella, levantando la barbilla y mirando a aquel hombre.

Afortunadamente no recordaba la caída, pero lo que estaba claro era que el la había salvado de romperse algunos huesos. No quería siquiera imaginarse si hubiese caído al otro lado de la pared, por el precipicio de la montaña…

Gracias por tomarme en brazos –murmuró con voz ronca- Entiendo que esto es un jardín privado, pero yo he venido para ver al duque y…

Al duque no le gusta que le moleste gente que no ha sido invitada –informó altaneramente el hombre.

Aquello irritó a Bella, que recordó su propósito de ver al duque, fuese cómo fuese.

Yo no vengo de improviso, tengo… una cita –mintió humedeciéndose los labios.

El hombre no respondió, pero su lenguaje corporal dejó clara incredulidad.

Si. He llegado pronto y antes que quedarme esperando en el coche, decidí explorar el terreno. Lo siento –dijo, mirándolo con sus ojos cafés chocolatados y esbozando una tímida sonrisa- Quizá el duque ya esté preparado para verme. ¿Podría llevarme ante el?

Edward mantuvo silencio durante tanto tiempo, que ella sintió cómo la tensión se apoderaba del ambiente y cuando por fin habló, se sobresaltó.

¿Está segura de que quiere entrar al Palacio del León, señorita Swan?

Desde luego –contestó- Le seguiré, ¿le parece?

Está bien –dijo el hombre, dándose la vuelta y dirigiéndose a toda prisa a entrar al castillo.

Bella tuvo que hacer un esfuerzo para seguirlo. Cuando por fin entraron, le faltaba el aliento. Siguió a su guía por unas escaleras de piedra hasta una gran habitación que supuso debía ser el despacho del duque.

Ante su consternación, el hombre la siguió dentro de la habitación y le dio un vuelco el corazón cuando éste cerró la puerta tras ellos.

Ignorándola, Edward sacó su teléfono móvil y murmuró algunas palabras al aparato.

¿Vendrá el duque? –pregunto ella, mirando su reloj abiertamente.

Le prometo que no tendrá que esperar mucho tiempo, señorita Swan –contestó el suavemente.

Pero Bella se dio cuenta del sarcasmo que desprendía la voz de el y su aprensión aumentó. Observó como el hombre se quitaba el abrigo y le maravillo su formidable físico.

La policía llegara muy pronto –dijo el al quitarse su sombrero, sonriendo.

¿La policía? –dijo ella muy impresionada.

Aquel hosco extraño era más que guapo… le había dejado sin palabras. Su cara era perfecta. Tenía la piel blanca, el pelo de un extraño color cobrizo, y unas facciones duras, complementadas por sus curiosos ojos color verde esmeralda que emitían destellos de fuego.

Bella sintió como si el la estuviese desnudando con la mirada. Se ruborizó y sintió, horrorizada, como un cosquilleo le recorría los pechos.

Usted no es el jardinero ¿Verdad? –espetó ella, desesperada por ocultar su vergüenza ante la reacción de su cuerpo- Supuse que usted era miembro del personal del castillo. ¿No me irá a decir ahora que el duque de Masen es usted? –añadió.

Entonces se dio cuenta de que era cierto y que por eso el tenía aquel aire de superioridad. Humillada, deseó que se la tragara la tierra.

Y usted señorita Swan, aparte de ladrona, es también mentirosa –Edward hizo una pausa- Debe ser cosa de familia –murmuró.

En ese momento Bella se dio cuenta de que el sabía quien era ella. A el no le sería fácil olvidarse de su apellido. Respiró profundamente, tratando de encontrar las palabras para explicar su visita. Pero se había quedado en blanco y no podía dejar de mirar al duque, que era el hombre más guapo que jamás había visto.

Reconozco que dije una pequeña mentira, pero no soy una ladrona –dijo entre dientes, ruborizándole al recordar la historia que se había inventado sobre la cita que tenía con el.

¿Ah no?¿Entonces quién te dio permiso para robar de mi jardín? –dijo el acercándose a ella.

Bella se quedó muy quieta mientras el le acariciaba con un dedo la mandíbula, bajando a continuación hacia su escote. Se quedo sin aliento y se sintió mareada debido a la falta de oxígeno. Se quedó mirándolo y dio un grito ahogado cuando repentinamente el agarró la flor que ella se había colocado en el ojal de su camisa.

Solo es una rosa –susurró.

¿Y que significa una robar una rosa cuando tu padre ya me ha robado tres millones de libra, verdad? –murmuró el sardónicamente.

¡Oh, Dios! –gimió Bella al recordar de nuevo la gravedad del delito que había cometido su padre- Sé que parece mal…

No parece mal, señorita Swan, parece horrible –comentó Edward.

Lo siento –ofreció, consiente de que sonaba muy inapropiado- Se que mi padre ha obrado erróneamente… pero tenía sus razones –comenzó a decir

Estoy seguro que así fue. Y se las podrá explicar todas a un juez –dijo el, interrumpido por la llamada de teléfono de su escritorio.

Bella sabía que aquella llamada telefónica era para informarle de que la policía había llegado, y el pánico se apodero de ella.

Ha sido fascinante conocerla, señorita Swan, pero me temo que ya es hora de que se marche –dijo Edward fríamente.

¡Por favor! Tiene que escucharme. Mi padre…

Se merece todo lo que le va ha ocurrir –dijo el duque desde la puerta. Su lenguaje corporal dejaba claro que se le estaba acabando la paciencia.

El está enfermo. Mentalmente enfermo. No sabía lo que estaba haciendo.

Oh, venga ya, seguro que se puede inventar algo mejor. Charles Swan se aprovechó de su situación y durante los últimos dieciocho meses ha estado transfiriendo dinero a cuentas falsas. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo –dijo Edward, agarrando el picaporte de la puerta.

No veía otra salida. Por favor… concédame cinco minutos de su tiempo –imploro- Permítame explicarle las razones por las que hizo lo que hizo.

Durante un momento, Bella pensó que el duque la iba a sacar de allí a rastras., pero entonces llamaron con fuerza a la puerta.

¿Qué ocurre? –exigió saber el en su propio idioma.

No sabía que ella podía entender y que se enteró de que la policía estaba esperando en el vestíbulo.

Se dio cuenta de que había fallado, y las lágrimas que había estado conteniendo comenzaron a correrle por las mejillas.