Dark Chat

miércoles, 21 de julio de 2010

Mi Corazon En Tus Manos

CAPÍTULO 33
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Nada más despuntar el amanecer habían puesto rumbo hacia el castillo. El nerviosismo en ellos estaba más que presente, así que se limitaron a cabalgar uno al lado del otro, lanzándose miradas de complicidad y sonrisas fugaces infundiéndose ánimo. A pesar de la insistencia de Rosalie, aceptó con reticencia que fuera él quien hablase con su hermano, con ella a su lado, por supuesto, pues Emmett consideraba que era su deber después de toda la confianza y deferencia que había depositado Jasper en él. Ambos sospechaban que, después de la inesperada huida de Rosalie, Jasper estaría al tanto de todo y más estando todos en el castillo enterados de su relación, pero Emmett no pudo evitar pensar que aquello podía jugar en su contra, más que a su favor. Aunque todos intercedieran por ellos, el hecho de haber sido el último en conocer lo sucedido podía empeorar las cosas.






Cruzaban el puente levadizo para dirigirse a las caballerizas cuando Peter y Ben salieron a su encuentro.






-¿Dónde diablos te habías metido? -tomó Peter las riendas de Goliath haciendo Ben lo mismo con las del caballo de Edward.






-¿Qué sucede? -preguntó Emmett desmontando.






-Buenos días, Alteza -la saludó al ver a Rosalie posicionarse junto a Emmett. -Vuestro hermano quiere hablaros, a ambos.






-¿Está en el Torreón Sur? -supuso ella.






-No, Alteza, el Rey no está en su escritorio. Os aguarda en el Salón del Trono.






Rosalie lo miró confundida.






-Tengo órdenes de llevaros ante él en cuanto lleguéis al castillo -añadió preocupado.






-No te inquietes -palmeó Emmett su espalda amistosamente. -No le haremos esperar -instó a Rosalie a caminar a su lado.






-Suerte -les deseó Ben.






Emmett alzó su brazo mientras se alejaban agradeciéndole su buena voluntad. Subieron la escalinata de piedra con paso decidido adentrándose en la antesala. Antes de tomar el corredor que les llevaría al Salón del Trono, Emmett tomó la mano de Rosalie, deteniéndola y colocándola frente a él.






-Suceda lo que suceda ahí dentro, recuerda que eres mi mujer y que te haré mi esposa, a como de lugar -recitó a modo de promesa.






-De eso no te quepa la menor duda -afianzó ella sus palabras y con un último beso sellaron aquel compromiso, tratando de inspirarse confianza mutuamente.






Se dispusieron a recorrer aquel último tramo y Rosalie asió su mano, dispuesta a no ocultarse más, gesto que Emmett secundó sin soltarla. No fue necesario que los anunciaran pues las puertas estaban abiertas, escuchándose desde el corredor un gran bullicio que se apagó súbitamente en cuanto los vieron asomarse.






Ambos quedaron estáticos en el umbral. La estancia se presentaba abarrotada, ocupada en su totalidad, a excepción de un pasillo central. Rosalie no recordaba ninguna ocasión en la que el Salón hubiera albergado a tanta gente, ni siquiera en las audiencias populares en las que los ciudadanos se presentaban ante Jasper para plantearles sus inquietudes y peticiones. Ahora, en ese extremo de la gran sala se agolpaban los aldeanos, seguidos de, así los reconoció Emmett, los guardias de ambos Reinos, a un lado del pasillo los de Asbath y al otro los de Los Lagos y ya, al final de la estancia, se situaba la familia de Rosalie, la Realeza, cercanos a los dos sitiales que ocupaban Jasper y Alice. Ambos repararon en sus vestimentas: ya no sólo iban de gala si no que sus hombros estaban cubiertos por la capa real y portaban su corona. Rosalie dejó en ese instante de ver a su hermano sentado en aquel trono, tenía frente a ella al Rey, así que, antes de adentrarse más en el Salón, se inclinó en una reverencia, imitándola Emmett.






-Acercáos -escucharon a Jasper desde el fondo de la estancia. Aun siendo su gemela, Rosalie no pudo descifrar el sonido de su voz.






Con paso seguro y sin soltar su mano recorrieron aquel pasillo que se abría ante ellos. Rosalie repasaba de reojo los rostros de los presentes, pero aquello tampoco lanzó una mínima luz para aliviar su angustia y sintió como si miles de miradas se dispusieran a juzgarla y condenarla, siendo la de su hermano la más escrutadora. Intentó concentrarse en la calidez de la mano de Emmett y en las palabras que acababan de decirse. Poco le importaba la censura del mundo. Había entrado de la mano de Emmett a aquella sala y del mismo modo la abandonaría.






Se detuvieron a unos pocos pasos de los tronos y aguardaron en silencio, conscientes de que el protocolo los instaba a callar hasta que el Rey así lo deseara.






-Jamás creí que fueras tan irresponsable, Emmett -exclamó Jasper de súbito. No fue necesario que alzara la voz, las grandes dimensiones de la estancia hacían reverberar sus palabras haciéndolas llegar hasta el otro extremo, pero no fue su voz lo que impactó a Emmett si no su acusación tan directa y, dispuesto estaba a explicarse cuando Jasper lo interrumpió.






-Me consta que Edward insistió para que se te revisase tu herida cuanto antes, pero tal parece que tú has preferido hacer caso omiso a su indicación -agregó y Emmett quedó sin palabras.






-Apenas me duele, Majestad -logró decir un tanto confuso, no siendo en absoluto aquel el reproche que esperaba escuchar.






-Majestad -repitió Jasper pensativo. -Mucho me temo que pronto dejarás de dirigirte a mí en esos términos.






Emmett contuvo la respiración, asimilando aquella advertencia que no auguraba nada bueno. Sintió como Rosalie presionaba con fuerza su mano, entrelazando sus dedos con los suyos como muestra de su apoyo, cosa que no le pasó desapercibida a nadie, incluido Jasper.






-Sospecho que tienes algo que decirme -aventuró mirando sus manos unidas. -Así que, adelante.






-Majestad, tal vez recordéis la primera conversación que tuvimos cuando llegue a este Reino, en la que os pedí que no juzgarais un discurso demasiado directo por mi parte -comenzó a decir Emmett.






Jasper asintió rememorando aquel instante.






-En esta ocasión vuelvo a pedíroslo. Creo absurdo adornar con palabras banales lo que puede resumirse en una sola frase.






-De acuerdo -consintió él.






-Entonces os diré que vuestra hermana y yo nos amamos y tenemos el firme propósito de unir nuestras vidas en matrimonio -aseveró con seguridad.






Los cuchicheos y murmullos nos se hicieron esperar entre los presentes, seguramente escandalizados, pensó Rosalie, mas poco le importaba. Alzó su barbilla con seguridad y vio a su hermano alzar las manos, volviendo el silencio a reinar en la sala.






-No es necesario que te recuerde lo insólito e inconveniente de tales intenciones ¿verdad?






-Somos perfectamente conscientes de ello, Majestad -asintió firmemente.






Rosalie estudió el rostro de su hermano, críptico, inexorable e indescifrable. Ni siquiera era capaz de aventurar si estaba molesto o sorprendido al menos y, observar a Alice tampoco la ayudó en nada. Por primera vez desde que la conociera, lo impávido de su semblante era un misterio.






-Déjame dudarlo -escuchó decir a Jasper. -Ella es la Princesa de Los Lagos y tú el Capitán de la Guardia de Asbath.






-A nuestros ojos sólo somos un hombre y una mujer que se aman y que están dispuestos a hacer cualquier cosa para estar juntos - le rebatió con calma, armándose de valor.






El revuelo volvió a alzarse en la sala y Jasper se vio obligado a acallar los ánimos de nuevo.






-Así que cualquier cosa -estudió sus rostros. Rosalie hizo ademán de hablar pero Jasper extendió una de sus manos acallándola. -Veamos si eso es cierto. Arrodíllate, Emmett -le pidió.






Emmett le lanzó una mirada fugaz y confusa a Rosalie pero acató su orden sin dudar, hincando una de sus rodillas en el suelo y bajando su rostro en señal de respeto y obediencia. Tenía ella toda la intención de rebatirle a su hermano cuando le vio guiñarle el ojo con complicidad a Alice sin poder reprimir ella una sonrisa ¿Qué estaba pasando allí?






Entonces Jasper abandonó el Trono y caminó hasta Emmett, colocándose frente a él.






-Gentes de mis dos pueblos están aquí presentes y ellos son testigos de cuanto te debo -le dijo y Emmett alzó su rostro, atónito. -Por todos es sabido que estuvimos a un paso de perder a la Reina -continuó Jasper, -y como soberano que soy, no habría tenido más remedio que seguir adelante si así hubiera sido, pero no me avergüenza reconocer que mi corazón de hombre habría muerto con su pérdida. Nadie puede arrebatarte el mérito de habérnosla devuelto y a mí, con ella, me has devuelto la felicidad. Por desgracia -se lamentó, -yo no puedo hacer lo mismo contigo. Mi corona no me da el poder suficiente para que por tus venas corra Sangre Real, pues viene ligada al linaje, a la herencia, a nuestro legado, aunque sea un don recibido de forma inmerecida. Mas, la nobleza es una cualidad, representa nuestra valía y nuestra esencia y viene reflejada por nuestra lealtad. Tú posees sobradamente dicha cualidad. Por eso, es mi deseo que tu nombre de testimonio de ello.






Entonces, Jasper desenvainó su espada y la colocó en el hombro derecho de Emmett y, trazando un arco por encima de su cabeza lo posó en el izquierdo.






-Por el poder que me confiere mi corona, el mundo te conocerá desde hoy como Emmett, Marqués de Asbath -y dicho eso, volvió a envainar su espada. -En pié -le pidió.






Emmett obedeció, apenas sin aliento, ni palabras que acudieran a su boca, escuchando ausente el clamor y los aplausos de los asistentes, celebrando su nombramiento. Había esperado cualquier tipo de castigo por su osadía y, sin embargo, acababan de hacerle poseedor de un título nobiliario y el más alto al que se podía aspirar si no se pertenecía a la realeza.






-Me temo que poco más puedo hacer -admitió Jasper entonces, lleno de pesadumbre. -A partir de aquí ya no me corresponde a mí actuar.






Y Emmett comprendió al instante a qué se refería. Dio un paso al frente, negando enérgicamente con la cabeza, dispuesto a rechazar su ofrecimiento cuando observó a Rosalie arrodillarse frente a Jasper, decidida a hacer lo que justamente él trataba de evitar.






-Majestad -se dirigió ella a su hermano con voz solemne y mirada gacha. -Os ruego me permitáis renunciar a mi título.






-Rosalie, no -la tomó Emmett por los hombros tratando que ponerla en pié.






-Es la única forma, Emmett y ya hemos hablado de esto ¿recuerdas? -se zafó ella luchando por permanecer de rodillas, como si le fuera la vida en ello. -Por favor, Majestad -insistió, -solicito vuestra indulgencia.






Esta vez fue Jasper quien la cogió por los codos y la obligó a levantarse.






-Majestad...






-No me llames así, Rosalie -le reprochó él afligido. -Olvida si quieres que una vez fuiste la princesa de estas tierras, pero no olvides nunca que eres mi hermana.






-Jasper -murmuró lanzándose a sus brazos, tratando de reprimir el llanto.






-Siento no poder hacer más por vosotros -volvió a lamentarse acariciando su cabello. -Pero no se me ocurre otra solución.






-No me importa renunciar a mi título si con eso puedo unirme al hombre que amo sin perderos a vosotros -lo miró sonriente.






-Por supuesto que no nos perderás, pero temo que tendrás que alejarte de nosotros -la apartó de él, acercándose Emmett a Rosalie.






-¿Qué quieres decir, Jasper? -se extrañó ella.






-Tengo una petición que hacerte, Emmett -se dirigió a él.






-Vos diréis -concordó él.






-Asbath es un gran Reino y necesita que alguien lo gobierne con dedicación, no desde la distancia, como sólo podría hacerlo yo -comenzó a explicarle. -Debería viajar continuamente para solventar todos los asuntos que se fueran presentando y acabaría por descuidar ambos Reinos. Además -le lanzó una rápida mirada a su esposa, -no sé si Rosalie te habrá informado de ello pero Alice está esperando un hijo.






A pesar de que todos los presentes estaban al tanto de tan feliz acontecimiento, no se hicieron esperar los vítores y buenos deseos hacia la Reina quien asentía con la cabeza sonriente, halagada por las muestras de cariño.






El rostro de Emmett, hasta entonces severo, se endulzó lleno de alegría por la buena nueva, aunque tuvo que reprimirse, dadas las circunstancias.






-No sabéis lo feliz que me hace la noticia, os felicito a ambos -dijo sinceramente.






-También sabes lo que significa para mí después de lo sucedido -reconoció Jasper. -Y comprenderás mejor que nadie que no quisiera ausentarme de aquí si no fuera estrictamente necesario.






-Por supuesto que me hago cargo, Majestad -repuso más confiado, -pero no entiendo en que puedo seros útil.






-Necesito que seas mi ojos, mi voz, mi Mano -hizo hincapié en esto último.






-¿Vuestra Mano? -titubeó sabiendo lo que aquello suponía... la Mano del Rey.






-Necesito alguien leal y común a mis principios y mi forma de gobernar. Alguien en quien confiar el destino del Reino de Asbath sabiendo que impartirá justicia bajo mis mismos ideales y quiero que esa persona seas tú, Emmett -sentenció. -¿Acaso dudas o no te crees capaz? -indagó en vista de su silencio.






-En absoluto, Majestad -dijo tras una pausa. -Si vos me creéis merecedor de dicho cargo, lo desempeñaré con honor -agregó cuadrando sus hombros, henchido de orgullo.






-Entonces, imagino que ahora precisaremos de un nuevo Capitán -asintió complacido. -Y quién mejor que tú para elegir a tu sucesor. Así que, no veo porqué no podemos aprovechar la ocasión para que empieces a llevar a cabo tus funciones.






-De acuerdo, Majestad -se inclinó levemente.






Acto seguido se volteó hacia la zona donde se agrupaban los hombres de Asbath y no tardó en hallar entre sus rostros diligentes al hombre que consideraba más apropiado para ello.






-Francis -exclamó en voz alta.






Jasper sonrió satisfecho ante su elección. El joven se abría paso entre la muchedumbre y, un tanto inquieto, se acercó hasta Emmett, hincando su rodilla en el suelo y listo para su nombramiento.






-Levántate -le pidió Emmett.






Francis obedeció un tanto perplejo.






-No pongo en duda que aceptarías sin dilación este cargo -le aclaró Emmett. -Durante más de dos años has cumplido con ese deber de forma impoluta y desearía que siguieras haciéndolo, pero, únicamente si tú también lo deseas. No quiero que esta responsabilidad pese sobre tus hombros como una impuesta obligación. Deberá formar parte de tu vida, de ti, y deberás honrarla, siendo consecuente con tu elección.






En respuesta, Francis volvió a arrodillarse frente a él e inclinó la cabeza.






-Le haré honor a mi puesto, llevando mi lealtad a nuestros soberanos y el respeto a mis hombres por bandera -recitó con alta voz. -Y encomendaré mi vida por proteger la suya si fuera necesario.






Entonces, Emmett colocó una de sus manos sobre su hombro.






-Francis, en nombre de Su Majestad, te proclamo Capitán de la Guardia de Asbath -decretó con solemnidad. -Que Dios te guíe -le hizo un gesto para que se irguiese.






Aún no lo había hecho cuando los hombres de ambos ejércitos lo vitorearon aclamándolo y, cuando se encaminó de vuelta a su lugar, Peter fue quien primero salió a su encuentro para felicitarlo. Jasper se regocijó al ver que los lazos que habían surgido en aquella batalla no se habían roto con su desenlace.






-Sabía que no erraba en mi elección -le mostró Jasper su aprobación. -Pero, de más esta decir que confío en que no desempeñes solo dicha tarea -miró a su hermana de reojo. -Por lo que, si no me equivoco, aún hay algo que resta por hacer ¿verdad?






Emmett parpadeó tragando saliva y miró a Rosalie con nerviosismo, quien cubría su boca con su mano tratando de ocultar su risa. Entonces, tomó aire y, haciendo acopio de todo su aplomo, volteó hacia Jasper.






-Majestad, quisiera que me concedierais la mano de vuestra hermana en matrimonio -recitó sin apenas respirar.






Jasper le sonrió y se acercó, golpeando amistosamente su hombro.






-Emmett, no sé si sabías que mi querida hermana es mayor que yo por unos cinco minutos -le contó a modo de confidencia.






-Pues no, Majestad -respondió sin estar muy seguro de adonde llevaba aquel comentario.






-Temo que si me niego, me amenace, como acostumbra a hacer, con reclamar el trono y arrebatármelo -bromeó, -así que no tengo más remedio que aceptar -le guiñó el ojo. -Eso sí, tengo dos condiciones.






-Las que digáis -sonrió con alivio.






-Primero, que la hagas feliz y segundo que dejes de llamarme Majestad, desde ya -le advirtió.






-Será un placer, Ma... Jasper -vaciló con media sonrisa dibujada en sus labios.






-En ese caso -se alejó de ellos para dirigirse a los presentes. -Queridos ciudadanos, os informo que esta noche tenéis una nueva cita en este castillo. Celebraremos el matrimonio de los Marqueses de Asbath y brindaremos por el estado de buena esperanza de la Reina y la justa victoria en la batalla contra Adamón.






Y la estancia estalló en aplausos y alabanzas, recitando vítores a sus soberanos y buenos deseos a la futura pareja. Poco a poco, el Salón del Trono fue vaciándose, abandonándola los presentes con gran ánimo y expectación en vista de la próxima celebración.






Alice fue la primera en acercarse a Emmett, abrazándolo con cariño, mientras Jasper volvía a abrazar a su hermana.






-Dios mío, Jasper ¿Esta noche? -exclamaba ella emocionada. -Deberemos apurarnos si queremos que todo esté a punto.






-Ayer empezamos con los preparativos -le informó Bella.






-De hecho la iglesia ya está lista -intervino Leah.






-Y, tus costureras conocen tan bien tus medidas que anoche comenzaron con tu vestido, a pesar de tu ausencia -agregó Alice con aire travieso.






-Nosotros nos encargaremos del novio -afirmó Edward mientras Jacob golpeaba el hombro de un atónito Emmett.






-Pero antes, jovencitos, tengo que echar un vistazo a ese brazo -los interrumpió Carlisle. -¿Me acompañas Charles? Necesito que controles a este par -señaló a los dos muchachos que le hacían un mohín.






Jasper observaba con gran interés la escena. Las muchachas arrastraban a Rosalie hacia la parte trasera de la sala para tomar un atajo hacia las habitaciones, haciendo los hombres lo mismo con Emmett. De repente, sintió una mano posarse en su hombro.






-No esperaba menos de ti.






-Tía -exclamó con sonrisa triste. -No sé si sea suficiente -admitió mirando la puerta por donde se había alejado su hermana.






-Por lo visto es más de lo que ella esperaba -lo alentó. -Emmett la hará feliz.






-Lo sé, pero tal vez sea demasiado duro para ella vivir lejos de nosotros -suspiró pesadamente.






-Pero tienes un motivo para haber tomado dicha decisión ¿verdad? -rodeó su brazo con el suyo y lo instó a caminar con ella y abandonar el Salón.






-Creo que para Rosalie sería más fácil sobrellevar la nostalgia que para Emmett la apatía -aventuró él. -Emmett podría ayudarme en mi tarea viviendo aquí con nosotros, pero no creo que eso sea suficiente para alguien de su temperamento y me sería mucho más útil en Asbath. Por otro lado, Rosalie podría aliviar su añoranza viniendo a visitarnos cuando guste.






-Tú mismo estás respondiendo a tu inquietud -lo miró Esme con aprobación.






-Aún así me gustaría hablar con ella -le confesó. -Con el nombramiento de Emmett necesito concretar algunas cosas así que voy a estar en mi escritorio. Dile que venga a verme cuando pueda -le pidió.






-Muy bien -respondió, despidiéndose de su sobrino, besando su mejilla.






Jasper vio a su tía alejarse y se dirigió al Torreón Sur. Tenía intención de redactarle algunas pautas a seguir a Emmett para la organización de Asbath, aprovechando que todos estarían ocupados con los preparativos de la boda. Aquella celebración le dejaba un sabor agridulce en los labios, pero se convenció de que aquello era lo mejor para Rosalie y decidió concentrarse en aquel laudo.






Absorto en aquel documento, las horas pasaron mucho más rápidas de lo que habría esperado y no fue consciente de ello hasta que vio aparecer a su hermana con una bandeja llena de comida.






-Puedo pasar -le preguntó desde la puerta, haciendo que su hermano levantara la vista de su escritorio por primera vez en mucho tiempo.






-Sí, claro -se apresuró por retirar los pliegos de papel, dejando espacio para la bandeja.






-Con tanto ajetreo, no se servirá la comida en el comedor -le comentó. -Cada uno está acudiendo a la cocina a robarle algo a Charlotte conforme les va asaltando el apetito -bromeó. -Me ha dicho nuestra tía que querías hablarme, así que he decidido que podemos tomarnos un pequeño descanso y aprovechar para comer y conversar.






-¿Cómo está yendo todo? -se interesó él, mientras se servía un poco de carne en un plato.






-Mi vestido ya está casi listo -le contó. -Pero no creo que me hayas llamado para saber eso ¿o sí? -supuso ella.






-En realidad no -reconoció él tras lo que hizo una pausa. -¿Por qué no me lo dijiste, Rosalie? ¿No confiabas en mí?






-Yo sí confiaba en ti, pero Emmett no confiaba en sí mismo. Como imagino que ya sabrás, Emmett no creía ser digno de mí y refrenaba continuamente mis intenciones de hacerlo -le confesó. -Aunque, reconozco que hubo ocasiones en las que creí que te negarías.






-Ahora que sé lo que es amar a alguien, no creo posible el haberme negado -le aclaró. -Pero tienes que admitir que es una situación que escapa de todo lo establecido.






-¿Qué te preocupa? -lo miró recelosa, sabiendo que aquellas palabras significaban mucho más de lo que parecían.






-Que no estés de acuerdo con mi proceder -alegó él.






-Jasper, desde el momento en que me enamoré de Emmett supe que mi título iba a ser un obstáculo que solventar y aceptaba ser despojada de todo si con eso podía estar con él.






-Yo nunca te habría despojado de todo -atajó él. -Por eso me angustia que lo que os estoy ofreciendo no sea suficiente.






-Es mucho más de lo que esperaba, Jasper -tomó su mano cariñosamente. -Es cierto que voy a extrañaros, pero voy a tener mi propia familia y mi propio hogar y Emmett sentirá que está pagando con su esfuerzo y dedicación el cargo que le has ofrecido, sintiéndose útil, y no como un simple advenedizo. Disculpa mi franqueza pero creo que no habríamos permanecido aquí ni un mes y Emmett ya se sentiría como un león enjaulado, ocioso e inservible.






-Creo que no lo podrías haber expresado mejor -lanzó una leve risa. -Entonces ¿eres feliz? -quiso asegurarse.






-Mucho -acercó su mano a sus labios para besarla -y es gracias a ti. Pero ahora come -le pidió. -Nos espera un largo día por delante.






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Emmett terminó de abotonarse su jubón frente al espejo de la cómoda. Aún le sorprendía la rapidez con que las costureras habían tomado una de dichas prendas de su baúl y habían trabajado en él, convirtiendo aquel sobrio tejido en un elegante y fino brocado. Observó su imagen mientras abrochaba el cincho de su espada a la cintura y le costó reconocerse en el reflejo que le devolvía el espejo. No estaba acostumbrado a ese tipo de ropajes, siendo un hombre de batalla como había sido hasta entonces, pero debería hacerlo a partir de ese momento, ostentando los cargos que ostentaba. Marqués de Asbath y Mano del Rey. Emmett tembló ante el sonido de esas últimas palabras en su mente y lo que ellas significaban. Desde ese día, Emmett tenía potestad para gobernar Asbath como si del Rey se tratase, siguiendo siempre sus leyes y normas establecidas, claro, aunque eso no lo liberaba de ninguna responsabilidad en caso alguno. Suyas serían las decisiones y debía ser consciente de sus actos.






Volvió a preguntarse, como hubo hecho a lo largo de toda la tarde, si Jasper había sido consecuente con su petición y, al igual que las veces anteriores, se convenció de que sí. Por mucho que Jasper hubiera querido vanagloriarse para con su hermana, jamás le habría entregado el destino de su pueblo a alguien que él no hubiera considerado digno. Volvió repetirse que sería capaz de sobrellevar esa pesada carga, por la confianza de Jasper, por el bienestar de su pueblo, pero, sobre todo, por el amor de Rosalie. Por ella afrontaría ese desafío, siendo el hombre que ella merecía.






-Emmett, ¿puedo pasar? -escuchó de repente la voz de Alice detrás de la puerta.






-Adelante, Majestad -la invitó a entrar, inclinándose en cuanto ella lo hizo.






-Creo que es muy injusto por tu parte y conociéndome a mí desde hace más tiempo que a Jasper lo llames por su nombre y a mí no -le hizo una mueca de disgusto.






-Lo siento, Alice. Aún me cuesta trabajo -se pasó la mano por el pelo con gesto infantil.






-Pues acostúmbrate, cuñadito -se burló ella.






-Entendido, cuñadita -le siguió el juego, haciendo que ella lanzase una risita.






-Esto es para ti -extendió ella sus manos, mostrándole algo en lo que no había reparado hasta entonces. -Ven, déjame que te la coloque -le pidió.






Era una larga capa de terciopelo negro, ribeteada en plata y cuyo tacto era tan suave como los pétalos de una rosa, algo digno de Reyes.






-Listo -le dijo cuando terminó de abrochársela. -Mírate.






Y lo primero en lo que se posaron sus ojos fue en el broche que descansaba sobre su pecho sujetando la capa; una mano extendida de plata.






-No sé que decir -titubeó él.






-Sé que aturde -se mostró comprensiva. -Tu vida ha dado un giro rotundo en cuestión de horas, pero sé que eres muy capaz y que no decepcionarás a Jasper.






-Gracias por todo -le sonrió él.






-Si piensas que yo tuve algo que ver con lo sucedido esta mañana, estás muy equivocado -le aclaró ella. -Es cierto que consultó conmigo sus planes pero fue él quien tomó la decisión. Aunque, si hubiera tenido que intervenir, lo habría hecho. No puedo dejar a mi bebé sin su tío favorito -añadió con aire risueño.






-Favorito y único -apuntó él divertido. -Lo que me recuerda una cosa.






Se acercó a ella y la albergó entre sus brazos, casi perdiéndose su cuerpo menudo entre ellos.






-Muchas felicidades -besó su mejilla.






-Interrumpo -escucharon la voz de Francis en la puerta.






-¡Nuestro querido, Capitán! -exclamó Alice separándose de Emmett y volteando hacia la puerta.






-Majestad -se inclinó él sonriente. -Permitidme que os felicite por vuestro embarazo.






-Muchas gracias -respondió ella animada. -Y yo te felicito por tu cargo. Tu hermana Selene estará loca de contenta cuando se entere.






-Al menos dejará de molestarme diciéndome que soy el eterno sustituto de Emmett -bromeó él.






-Qué diría la cándida y bondadosa Selene si supiera lo que piensas de ella -se rió Emmett.






-Sí, sí, cándida, bondadosa y hasta dulce... pero con los demás -se quejó Francis.






-Bueno, será mejor que me retire -anunció Alice yendo hacia la puerta. -Debo apurar a Rosalie o tendréis que esperar sentados a que llegue la novia.






Francis la cerró cuando se hubo marchado y, con una exagerada reverencia, se dirigió a Emmett.






-Lord Mano -lo saludó con aire solemne. -¿O preferís Excelencia?






-¿En qué momento decidí hacerte Capitán? -elevó la vista al cielo.






-Sospecho que en el mismo que decidiste hacerme tu padrino de bodas -se mofó él.






-Touché -hizo Emmett una mueca.






-Sabes que desempeñaré ambos papeles con orgullo -dijo en tono serio.






-Y lo más importante de todo... lo harás muy bien -palmeó su hombro.






-¿Nervioso? -preguntó con ironía.






-Mucho -admitió Emmett.






-Mira que te lo tenías calladito -le reprochó. -¿De verdad volviste a Asbath huyendo de ella?






-Si hubieras estado en mi lugar...






-Habría luchado hasta el final -lo interrumpió. -Pudiste haberla perdido.






-Si no te conociera diría que estás enamorado, oyéndote hablar con tanta pasión -alegó sorprendido.






-Bien sabes que no, igual que sabes que soy de la opinión de que se puede llegar a desear a muchas mujeres a lo largo de nuestra vida, pero amar, sólo a una -le recordó. -Por eso mismo, el día que la encuentre, no me andaré con reparos y falsos impedimentos. Si ella me corresponde, me enfrentaré al mundo entero si es necesario.






-Que Dios nos encuentre confesados si llega ese día -se burló Emmett.






-Y tú que lo veas -sentenció con sorna. -Pero por ahora, será mejor que vayamos hacia la iglesia o la novia hará que el Rey se quede sin su Mano.






-Tienes razón -concordó Emmett sonriendo.






No había exagerado al decirle a Francis de su nerviosismo. Conforme se adentraron en la abarrotada iglesia, encaminándose hacia el altar, su corazón comenzó a latir enloquecido por la expectación. Quiso concentrarse en la coloreada luz que se filtraba a través de las vidrieras, entregándoles los últimos rayos de la tarde, pero aquella calidez le recordó lo anaranjado del crepúsculo que disfrutara el día anterior con Rosalie en sus brazos. Trató en vano de distraer su mente, posando sus ojos en el centenar de rosas blancas que adornaban las columnatas, pero la suavidad de sus pétalos le hizo rememorar la tersura de su piel bajo sus manos...






Todo le traía la imagen de Rosalie a su mente, desde la cosa más simple hasta la más compleja, todo. Y quiso que el tiempo volara rápido por una vez en la vida para que se consumiera esa espera previa y hacerla su esposa, cuanto antes.






De pronto, el tañido de las campanas le anunció el momento que tanto ansiaba y, al posar la vista en la entrada de la iglesia la encontró, del brazo de su hermano, traspasándolo su imagen como una certera flecha. Aquella deidad del lago volvía a él con un halo de hermosura infinita, rodeándola, y Emmett se sintió el ser más afortunado sobre la faz de la tierra ante la certeza de que aquella belleza personificada en el cuerpo de una mujer iba a ser su esposa. Su cabello dorado caía en ondulante cascada sobre uno de sus hombros, con un medio recogido que liberaba su rostro, mostrando todo su esplendor, sonriente y con la mirada azul brillante. Lo blanco de su vestido le daba un aspecto aún más glorioso. La falda plisada que surgía desde la línea de la cadera que la ribeteaba con diminutas flores, se esparcía con cada uno de sus pasos, convirtiendo su caminar en una danza etérea. El corpiño del vestido abrazaba a la perfección cada una de las líneas de su cuerpo, estilizando de forma exquisita su figura y su escote recto, adornado también con flores, dejaba al descubierto sus hombros, desde los que caían con vaporosa muselina las amplias y transparentes mangas. Rosalie era una aparición, algo propio de un sueño y, cuando la vio sonreír para él, Emmett deseó no despertar jamás.






El sueño se hizo realidad al entregársela Jasper, dejando la mano de su hermana sobre la suya. Ella lo recorrió con la mirada llena de orgullo, fijando su vista en el broche que pendía en su pecho y dibujándose una sonrisa en su rostro.






El obispo alzó los brazos dando comienzo a la ceremonia, entonando el acostumbrado sermón sobre lo que Las Santas Escrituras refieren sobre el matrimonio. Emmett lanzó una fugaz mirada a Rosalie quien respondió de igual modo, compartiendo un momento de complicidad. Aquellas palabras resonaban vacías para ellos en comparación con las miles de promesas que habían intercambiado el día anterior. Eran conscientes de que debían dar ese paso y presentar de ese modo su relación ante el mundo, pero hacía horas que ya eran marido y mujer, aunque sólo lo supieran ellos dos.






De repente, ambos vieron a Francis adelantarse, extendiendo una de sus manos, portando las alianzas; el momento de los votos había llegado.






Emmett tomó los anillos y le entregó el suyo a Rosalie, sosteniendo su mano izquierda entre las suyas. Fijó sus ojos en los de ella e, inspirando profundamente, comenzó a recitar sus votos.






-Todo lo que soy y todo lo que tengo, te lo ofrezco con amor y lleno de dicha. De hoy en adelante, te amaré, te reconfortaré y te refugiaré entre mis brazos, anteponiéndote a cualquier cosa y permaneciéndote fiel todos los días de nuestras vidas. Rosalie, se mi compañera y yo seré tuyo por siempre.






Recibiendo una sonrisa de aceptación por parte de Rosalie, Emmett deslizó el anillo por su dedo y, con mirada expectante, mantuvo su mano entre la suya, esperando que ella recitara sus votos. Rosalie presionó levemente sus dedos antes de comenzar.






-Emmett, hoy uno mi vida a la tuya, no simplemente como tu esposa, sino como tu amiga, tu amante y tu confidente. Déjame ser el hombro donde te apoyes, la roca en la que te sientes a descansar y tu compañera de por vida. Contigo, a tu lado, recorreré mi senda, de hoy en adelante.






Sonriéndole Emmett ampliamente, Rosalie colocó el anillo en su dedo y, aún no había terminado el obispo de lanzar sus bendiciones sobre los recién casados que Rosalie ya se había lanzado a los brazos de Emmett que la rodeaban con fuerza, mientras la besaba con fervor, alentados por los silbidos y aplausos que se alzaban a su alrededor, dando así fin a la ceremonia.






Ya en el comedor, todos los comensales comían y bebían en honor a los novios. Se había dispuesto una gran cantidad de mesas sobre caballetes para albergar a los centenares de asistentes que reían y brindaban a la salud de la pareja, presidiendo la estancia toda la Familia Real al completo, reunida en la gran mesa de roble donde solían compartir las comidas. A pesar del acto simbólico donde Rosalie renunciaba a su título, pasando a ser Marquesa de Asbath al unirse en matrimonio a Emmett, no se escatimó en absoluto a la hora de servir el banquete, cosa que a nadie extrañó. Rosalie seguía siendo la hermana del Rey y, para muchos, seguiría siendo por siempre la Princesa de Los Lagos. Tal y como hicieran en la boda de Edward y Bella, algunos sirvientes, de ambos reinos en esta ocasión, tomaron instrumentos y comenzaron a amenizar la velada, con animadas tocatas y alentando a los asistentes a danzar.






Rosalie fue la primera de la mesa que arrastró a Emmett al centro del salón para unirse a la danza, siguiéndoles Leah con Jacob y Alice con un reticente Jasper quien no aceptó hasta que Carlisle le aseguró que un par de bailes no le harían daño al niño. Quien sí se negó en rotundo fue Bella, era de esperarse, así que Edward se adelantó a las intenciones de su padre y le robó las atenciones de su madre, quien reía mientras su hijo la acompañaba a unirse con el resto de bailarines. Carlisle le lanzó una mirada de fingida resignación a Bella conforme se levantaba para ocupar el sitio de su hijo.






-Siento que no puedas disfrutar del baile por mi culpa -se disculpó ella.






-No te preocupes -la tranquilizó. -Es una hermosa visión ver a los dos seres que más amo así, juntos y sonriendo -agregó con la mirada perdida en su mujer y su hijo.






-Debe ser maravilloso -la escuchó murmurar con cierta aflicción, difícil de descifrar.






-Bella, ¿hay algo que te preocupa? -quiso saber él.






Ella lo miró sorprendida, sintiendo sus mejillas arder de forma delatora.






-No me hace falta entender de medicina para saberlo -señaló. -Puedes confiar en mí -trató de alentarla.






-En realidad, hay algo que quisiera preguntarte -aceptó con timidez.






-Tú dirás -la animó sonriente.






Bella asintió aunque vacilante. Hablar de un tema así no le resultaba nada fácil. Sin embargo, tenía la esperanza de que su experiencia le diera algo de claridad a esa duda que la estaba atormentando desde la noche anterior.






-Sé que los síntomas de embarazo en una mujer suelen aparecer a las pocas semanas pero, ¿es posible que aparezcan antes? -le preguntó finalmente.






-¿Qué quieres decir? -inquirió Carlisle sin comprender.






-He leído que, en ocasiones, una mujer puede saber el momento en que concibe -afirmó titubeante.






-Entiendo -respondió pensativo. -Verás -tomó su mano con calidez, -mis conocimientos de medicina me obligarían a decirte que eso no es posible, que el cuerpo de una mujer precisa de esas semanas para empezar a experimentar los cambios que siguen a la concepción. Sin embargo, tenemos justo frente a nosotros la prueba evidente de que ese mito es cierto.






Casi de forma involuntaria, Bella desvió la mirada hacia Edward y Esme quienes, ajenos a su conversación, reían y giraban con las manos entrelazadas.






-Entonces, Esme...






-Desde el mismo instante en que vertí mi semilla en ella.






Bella bajó su rostro enrojecido al escuchar aquella afirmación.






-No te avergüences -le dijo con tono sosegado. -Es algo natural pero entiendo que te incomode hablarlo conmigo. Sería bueno que conversases con Esme, nadie mejor que ella para explicarte lo que sintió, aunque si puedo adelantarte algo. Desde ese mismo día, no fue capaz de probar las manzanas hasta que dio luz a Edward, y te diré que es su fruta favorita.






-Yo... no he podido probar el venado, y eso que me encanta -admitió en un hilo de voz. -Pero, lo más sorprendente de todo es que cada vez que pienso en ello y trato de convencerme de que no es posible, el pensamiento se vuelve irrefutable, incuestionable, como si estuviera intentando negar que el Sol sale por el Este.






-Puedes esperar a tu primera falta si quieres -le sonrió satisfecho. -Pero no sé si podré ocultárselo a Esme.






-¿Ocultarme qué, querido? -la voz de Esme que se hallaba a su lado acompañada de Edward los sorprendió a ambos.






-Que me muero de ganas de bailar contigo -alegó Carlisle con rapidez, levantándose y tomando la mano de su esposa, volviendo a llevarla al centro del salón.






Edward ocupó de nuevo su asiento y le dio un leve beso en los labios a Bella.






-¿De verdad no bailarías conmigo aunque fuera una sola vez? -le pidió con expresión infantil.






Ella negó con la cabeza, bajando su rostro, revoloteando en su mente la conversación que había mantenido con Carlisle. Deseaba con todas sus fuerzas contárselo a Edward pero ¿y si estaba equivocada? Algo en su mente le gritó como un reproche que no lo estaba y suspiró derrotada.






-Bella, ¿qué sucede? -leyó Edward la desazón de su rostro.






-Nada, yo...






-Te conozco mejor de lo que crees, Bella -le aseguró. -Te siento extraña desde anoche, inquieta, incluso más pálida que de costumbre. Apenas has probado el venado con lo que te gusta.






Edward pinchó un pequeño trozo de carne acercándolo a su boca y Bella, inconscientemente, apartó su cara con una mueca asqueada. Alarmado por su reacción, dejó el cubierto sobre el plato y tomó sus mejillas. Edward trató de hacer memoria rápidamente. El día que partieron hacia Adamón, Bella había amanecido indispuesta al llegar su periodo, no era posible que estuviera en estado... ¿Entonces? ¿Le ocurriría algo más grave? ¿Sería eso de lo que estaba hablando con su padre, habiéndolos interrumpido ellos al volver a la mesa?






-Bella, ¿qué te pasa? -le exigió saber. -¿Te ocurre algo? ¿De qué hablabas con mi padre? -indagó angustiado.






Bella apartó las manos de Edward de su rostro y las sostuvo entre las suyas, decidida a contarle sus sospechas.






-Estoy bien -quiso tranquilizarle, -pero anoche...






-¿Anoche qué? -preguntó impaciente.






-Pensarás que estoy loca -espetó de repente sacudiendo su cabeza.






-Quien va a enloquecer soy yo si no me dices que pasa. Por favor, Bella.






-Es que no se cómo hacer para que me entiendas -se lamentó.






-Empieza por contarme a qué te referías con "anoche" -le dijo más calmando, queriendo facilitar su tarea.






-A cuando... estuvimos juntos -titubeó al sentir el rubor de sus mejillas.






-¿Te dañé de algún modo? -preguntó preocupado entendiendo de que momento le hablaba. -¿Te sentiste mal?






-No, Edward -sonrió ella ante su inquietud. -De hecho me sentí muy bien, como si me rociara una lluvia cálida, de pura energía.






Edward la miró confuso.






-Bueno, dadas las circunstancias... ¿o es que tú nunca antes...?






-No seas tonto -acarició ella su cabello sonriendo. -Sabes que siempre es maravilloso, pero anoche fue mucho más que eso. Puede que sea lo más extraño que hayas escuchado jamás pero -hizo una pausa tratando de encontrar las palabras adecuadas, -sentí que mi vientre se llenaba de vida.






Edward sintió como el corazón le daba un vuelco. Acercó una de sus manos, temblorosa, al vientre de su esposa, con su mirada fija en su cuerpo, intentando asimilar lo que acababa de decirle.






-Puede parecer una locura y ojalá supieras como me siento -prosiguió ella. -Todo mi ser reacciona ante ese pensamiento como si se tratase de la verdad más absoluta y cada vez que intento convencerme de que no es posible, siento como si estuviera repudiando la vida que crece dentro de mí, llenándome de culpabilidad. Tu padre me ha contado que tu madre...






Edward no la dejó continuar. La estrechó entre sus brazos y buscó sus labios con urgencia. Bella se sintió turbada ante su intensidad, ante la emoción que le transmitía aquel abrazo y el amor que irradiaba aquel beso. Notó la sal entremezclarse en su bocas y Bella alzó sus manos hasta el rostro de Edward, capturando sus lágrimas entre sus dedos, respondiendo a su beso con el corazón golpeando su pecho estremecido.






Separaron sus labios faltos de aire y Bella se perdió en la esmeraldas de sus ojos que brillaban deslumbrantes. Edward la observó un instante y volvió a abrazarla en un arrebato, embriagado de esa dicha que colmaba sus sentidos.






-No sabes lo feliz que me haces, Bella -susurró con voz trémula contra su cabello. -Me gustaría tanto que entraras en mi alma, y vieras.






-Tu felicidad sólo es comparable a la mía -le aseguró. -Y cuando tu padre me ha contado sobre tu madre me he sentido tan liberada.






-Mi madre me ha contado esa historia miles de veces -se separó de ella, acariciando su rostro sonriente. -Pero jamás pensé que pudiera ocurrirte a ti lo mismo.






-Siento habérselo contado a él antes que a ti -se disculpó. -Es que, estaba tan llena de dudas.






-No tienes que justificarte -la reconfortó. -Dada la situación es más que comprensible.






Ambos miraron hacia el centro del salón y, sorprendentemente se toparon con las miradas de Carlisle y Esme, que les sonreían con complicidad.






-No sé porqué, tengo la ligera sospecha de que mi madre ya lo sabe -aventuró Edward divertido.






-Eso parece -asintió Bella.






-En ese caso...






-Espera -lo detuvo ella viendo sus intenciones. -¿No deberíamos esperar?






-¿A qué? -se encogió él de hombros. -Si tú estás segura, yo también -le sonrió confidente.






Se puso en pié y, alzando su copa, tomó uno de los cubiertos y lo golpeó repetidas veces contra el metal, llamando la atención de todos, dejando de sonar incluso la música.






-¿Qué sucede, Edward? -preguntó extrañado Jasper, habiendo cesado todos de bailar.






-Tengo algo muy importante que anunciaros -declaró con alta voz. -Amigos, quiero que alcéis vuestras copas y brindéis conmigo -se dirigió a todos los presentes. -La Princesa Bella y yo estamos esperando nuestro primer hijo.






El salón explotó en júbilo y aplausos, mientras sus familias se acercaban para felicitarlos llenos entusiasmo. Charles abrazó a su hija emocionado por la noticia de su primer nieto, con Alice impaciente alrededor deseando felicitarla, mientras los muchachos hacían objeto de sus bromas a un condescenciente Edward. Juntos brindaron por ellos alzando sus copas, por enésima vez, tanto que había que celebrar aquella noche... El retorno de los valientes soldados a casa sanos y salvos y con la victoria en sus manos; el matrimonio de Rosalie y Emmett; la investidura de Emmett como Marqués y Mano del Rey y el nombramiento de Francis como Capitán; el compromiso de Jacob y Leah; el embarazo de Alice y ahora el de Bella.






Sin duda aquel día fue más que memorable y permanecería durante muchísimos años en la memoria de los ciudadanos. La prosperidad y bonanza que auguraban los tiempos venideros era encomiable y difícil de enturbiar y la serenidad y la fortuna reinarían en aquellas tierras...






...a no ser que alguien se empeñara en lo contrario...



lunes, 19 de julio de 2010

Mi Corazon En Tus Manos

Hello mis angeles hermosos!! aqui les dejo mas vicio y aprovecho para avisarles q este hermoso fic le quedan pocos cap ya para el final asi q por fiss dejen sus comentarios al final
mil besitos
Angel of the dark
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Puede que salte del cielo, seguro de ir al infierno,

ceder no es perder...

...juro que eres un milagro.

En donde estés, cuando quiera abrazarte

y como estés ya estoy ahí.

La luna entre tus labios...

...soy la luna.

Doy luz por reflejar...

...soy tú, tú eres yo.

Milagro - Lucybell

CAPÍTULO 32
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Descabalgando al pié de aquel árbol, Rosalie vislumbró a lo lejos el cuerpo sumergido hasta la cintura de Emmett de espaldas a ella. Se habría detenido a recrearse y rememorar aquella vez que lo espiara en esa misma situación tras ese árbol pero la exasperación la superaba. Sin tiempo que perder, aseguró el caballo de Edward a una rama cerca de Goliath y se quitó el vestido, quedando cubierta únicamente por la larga enagua. Fue cuando entró en el lago y comenzó a caminar hasta él cuando Emmett se giró, alertado por el chapoteo del agua. Sorprendido en un primer momento, finalmente fue a su encuentro sonriente y ya iba a alcanzarla para rodearla entre sus brazos cuando ella empuñó sus manos y empezó a golpear su pecho, arrebatada, maldiciendo entre dientes. Emmett no forcejeó con ella, simplemente tomó sus muñecas y la atrajo hasta él, capturando sus labios y besándola con insistencia. Cuando notó sus músculos distenderse, las soltó y sintió las manos de Rosalie viajar hasta su cabello, encerrando entonces su cintura entre sus dedos, aferrándola e intensificando su beso y correspondiendo ella con el mismo fervor.


-¿Qué haces aquí? -le preguntó apartándose de ella, casi sin aliento.


-¡Eso es lo que debería preguntarte yo! -le reprochó indignada. -¿Sabes la angustia que he sentido al no verte llegar con los demás y enterarme de que estabas herido? -señaló su brazo vendado.


-Un simple corte no iba a impedirme cumplir con mi palabra -alegó con un deje de suficiencia.


-No has vuelto todavía por lo que veo -le increpó aún molesta.


-Discúlpame. Sólo necesitaba un momento de reflexión -le explicó. -Pensar en cual es la mejor forma de planteárselo a tu hermano.


-A estas alturas ya debe estar al tanto de todo -se encogió de hombros. -En cuanto he sabido donde estabas, me he escapado de sus brazos para montar el primer caballo que he visto y venir aquí.


Emmett la observó sorprendido de forma casi reprobatoria.


-¿Qué pretendías que hiciera? -se justificó ella, -¿que permaneciera de brazos cruzados a esperarte? En cualquier caso, imagino que con mi arrebato me he descubierto, así que, ya poco queda por hacer.


-Sí, pero que tu hermano lo sepa no hace que lo acepte -hizo un mohín.


-¿Acaso te estás acobardando? -lo acusó. -¿Tienes miedo?


-Claro que no me estoy acobardando -se defendió. -Y por supuesto que tengo miedo -la tomó por los brazos. -Por el amor de Dios, Rosalie, sólo soy un hombre y la mera posibilidad de perderte me hiela la sangre.


Rosalie lo miró durante un segundo y, de pronto, lo besó. Aferró sus manos a su nuca y quiso borrar con sus labios aquel miedo, tratando de convencerlo de ser absurdo.


-No vas a perderme -quiso reiterarle también con palabras.


-Tu hermano bien podría negarse.


-Y con ello me obligaría a abandonarle -lo atajó con firmeza. -No voy a separarme de ti, Emmett. Te seguiré a donde quiera que vayas.


-¿Vas a renunciar a todo por mí? -insistió en su alegato.


-De lo que sí estoy segura es de que no voy a renunciar a ti -continuó sin dejarse llevar por su acérrima negación.


-Tendríamos que abandonar el Reino. Yo me uniría a cualquier ejército que me aceptara cobrando un misero sueldo y tú...


-He dirigido un vasto castillo durante años. Creo que podría arreglármelas perfectamente para dirigir nuestro hogar ¿no crees? -alzó ella su barbilla.


-¿Y eso es lo que quieres? -inquirió secamente. -¿Una vida llena de carencias y necesidades?


-No me importa dormir a la intemperie si voy poder refugiarme entre tus brazos -espetó ella indignada. -¿Cuántas veces he de repetirte que nada de lo que tengo me interesa si no te tengo a ti?


Emmett chasqueó la lengua contrariado sacudiendo la cabeza.


-¿Por qué estamos teniendo esta discusión de nuevo? -preguntó de repente afligida, mirándola él sorprendido ante su cambio. -Te amo, Emmett y lo único que deseo es estar contigo, pero ya no sé que decir o hacer para que me creas, lo que me hace pensar que... -tomó aire en busca de aliento. -Me hace pensar que eres tú quien no desea una vida así, quien no me quiere a mí.


-No te atrevas a dudar de mi amor por ti, Rosalie -agarró su brazo viendo su intención de marcharse.


-Ya veo -bajó su rostro evitando mirarle. -Eres tú el único que tiene derecho a dudar ¿no?


-No es que dude -titubeó -Es sólo que yo... Rosalie, tú eres la que más pierde con todo esto.


-Por supuesto -admitió derrotada. -Lo abandonaría todo para unir mi vida a un hombre que no me ama ¿verdad?.


Emmett la atrajo hacia él casi con rudeza y la sujetó por los hombros.


-No vuelvas a decir eso -masculló entre dientes furibundo, mas toda su ira se diluyó ante la primera lágrima que rodó por la mejilla de Rosalie.


-No, te lo ruego -la llevó hasta su pecho rodeando sus hombros con sus brazos. -¡Maldición! -blasfemó por su torpeza al ver su cuerpo sacudirse por los sollozos. -Por favor, Rosalie -murmuró turbado. -Pídeme lo que quieras pero, te lo suplico, deja de llorar.


-Quiero que me digas de una vez por todas qué es lo que tú deseas, lo que tú quieres -le exigió con la voz tomada por la desesperación.


-Te quiero a ti, Rosalie -la estrechó con más fuerza. -Lo que más deseo es convertirme en tu esposo, unirme a ti, en cuerpo y alma.


-Pues hazlo -separó su rostro humedecido de su pecho para desafiarlo con su mirada, aún llorosa. -¡Hazlo! ¡Ahora, maldita sea!


Emmett contuvo el aliento al escuchar sus palabras, tan inequívocas.


-No sabes lo que me estás pidiendo -enjugó con ternura sus lágrimas.


-Sólo tu amor y tu vida a mi lado -repuso tratando de dominar el temblor de su voz. -Nada que tú no me hayas ofrecido antes.


-Y a cambio tú me ofreces...


-Lo que yo te ofrezco no es nada comparado con todo eso -alegó sabiendo bien a qué se estaba refiriendo.


-Te equivocas -negó con calma tomando sus mejillas con ambas manos. -Me estarías entregando...


-Es todo lo que tengo -susurró como un lamento.


-Tú misma lo has dicho, es todo -suspiró él.


-Y es tuyo -añadió con un hilo de voz. -Tómalo.


Eso fue mucho más de lo que Emmett podía soportar. Cerró los ojos un largo segundo pero al abrirlos aquel resquemor seguía ahí. En la mirada húmeda de Rosalie no había ni el más mínimo atisbo de duda o inseguridad, sólo el anhelo de pertenecerle, de entregarle todo su ser y que mal rayo le partiese si no era eso lo que él más ansiaba. Sin soltar sus mejillas atrajo su rostro al suyo con lentitud, sin separar sus ojos de los suyos y cuanto más se acercaban más se iluminaba el azul de sus pupilas. Una leve brizna lo separaban ya de sus labios cuando se detuvo a observarlos, rojos, deseables y entreabiertos para recibir los de él. Sí, los tomaría, porque eran suyos, así como lo sería ella. Y cuando por fin cubrió su boca con la suya supo que ardería en el infierno por su blasfemia, pero era preferible a salvar su alma y vivir la vida sin ella.


Mas ¿qué importaba todo eso?. Una vez lo hubo embriagado con su intoxicante dulzor, el resto del universo dejó de tener sentido. Se dejó envolver por el calor que desprendía su piel, por su aroma que confundía todos sus sentidos y por el contacto de su cuerpo contra el suyo a través de aquella etérea prenda de lino y cuando ella hundió sus dedos en su espalda desnuda supo que ya no habría redención.


Sin alejarse de sus labios la obligó a caminar hacia la orilla y la tumbó, recostándose él a su lado, quedando su cuerpos sumergidos hasta la cintura debido a la pendiente de la ribera. Sin embargo, la superficie cristalina no ocultaba la visión de aquella prenda casi transparente abrazando cada una de sus perfectas curvas que formaban la figura de Rosalie... parecía una divinidad pagana emergiendo de las aguas y la deseaba, tanto que le dolía.


Hundió su mano bajo el lago hasta el borde de la enagua y la hizo resbalar por su piel, descubriéndola con lentitud. Arrugó el tejido al llegar a su cintura y con ambas manos lo deslizó por encima de su cabeza, alzando ella los brazos facilitando su labor. De la prenda mojada cayeron algunas gotas sobre su clavícula y la parte de su escote que comenzaron a resbalar perezosas entre el valle de sus senos, descendiendo por su abdomen hasta fundirse con el lago. Emmett no pudo reprimir un gemido al observarlas, deseando unirse a ellas.


-Eres gloriosa, Rosalie. Una diosa -le susurró recorriendo con sus dedos la curva de sus hombros hasta su cuello.


-Tu diosa -musitó ella con mirada seductora.


-Sí, mía... solamente mía -sonrió él complacido mientras alzaba su mano para acariciar sus labios. Rosalie cerró los ojos ante su contacto, estremecida cuando fue sustituido por el calor de su boca. El fuego lento de su beso en forma de suaves caricias se tornó abrasador y exigente. Rozó con su lengua sus labios y ella los entreabrió gustosa de recibirle. Sintió como se deleitaba saboreando toda su boca, devorándola y ella disfrutó de su sabor masculino, tan varonil y embriagador.


Perdida en la sensación, apretó sus dedos contra su espalda aferrándose a él y el cuerpo de Emmett tembló por entero al sentir contra su pecho su desnudez. Liberó su boca para bajar hasta la curva de su cuello, dibujando cada una de las líneas de su contorno, descendiendo hasta el nacimiento de sus senos y esculpiendo su redondez hasta su cúspide, haciendo que Rosalie se arquease contra él al coronarla con su lengua. Emmett gimió al notarla endurecerse entre sus labios, como se tensaba la sensible piel bajo su roce y los sensuales jadeos de Rosalie embotaron su mente enloqueciéndolo.


Su mano siguió modelando su cintura y su cadera adentrándose en la superficie del lago. Alcanzó la parte interna de sus muslos y ella los separó levemente en una más que tentadora invitación, tentación que Emmett no pudo resistir. Sumergió sus dedos en su feminidad, mezclándose la humedad del agua con la de su intimidad de forma exquisita. Los pliegues de su carne fresca y trémula se abrían para él como una flor en primavera y Emmett ardía en el deseo de perderse en ella.


Mas no era él el único que se había perdido en los senderos de la pasión. Las manos de Rosalie quemaban con las ansias de acariciarlo, de tocarlo, traspasando la lámina cristalina para buscar su masculinidad. A pesar de que el contacto fue por encima de su pantalón, todo el cuerpo de Emmett reaccionó, estremeciéndose con violencia. Rosalie era más que una diosa, era un hechicera que lo amarraba a ella con sutil poder, sin posibilidad alguna de escapar de él y pensó que estallaría de placer cuando sus dedos serpentearon por el interior de su prenda tomando entre ellos su inflamada longitud.


-¡Rosalie! -exclamó sobre su pecho creyendo que no lo resistiría más.


-¿Te hago daño? ¿Te duele? -apartó la mano creyéndose culpable por su inexperiencia.


Emmett alzó su vista hasta su rostro aún confuso, y la miró. A pesar de su alarma, sus ojos refulgían con ardor y sus labios turgentes y enrojecidos eran el más infalible objeto de seducción. Era tan deliciosa...


-Emmett...


-Sí, me duele hasta el alma por no tenerte -le susurró con la mirada incendiada.


-Entonces tómame -volvió a tentarlo con voz insinuante. -Hazme tuya.


-Vuestros deseos son órdenes para mí, princesa -musitó contra su cuello, besando su piel conforme se deshacía del molesto pantalón y se posicionó sobre ella con sus contorneadas piernas flanqueando sus caderas, dispuesta a recibirle. Besó sus labios con fervor mientras tanteaba en busca de su entrada. A pesar del deseo urgente de hundirse en su cuerpo, avanzó lentamente de la forma más tortuosa posible para él pero, supuso, la menos dolorosa para ella, queriendo que su estrechez se fuera acostumbrando a su invasión. Rosalie gimió al sentir su carne penetrar en ella y aunque la sensación era muy placentera, sabía que debía haber más, eso no era suficiente en modo alguno. Notó como se detenía e imaginó que había topado con su barrera, confirmándolo él al inspirar hondamente en busca de aire y de sosiego. Tomó ella su rostro entre sus manos y lo miró. Sus facciones estaban endurecidas por la necesidad de control y dominio.


-Quiero que me lo entregues todo -musitó ella, fijando sus ojos en él para que advirtiera la seriedad de su petición. -No dejes nada por darme.


Emmett suspiró pesadamente, liberado.


-Así será -asintió con voz trémula y sus ojos aún más ennegrecidos por la pasión.


Con una última mirada de aceptación por parte de Rosalie, Emmett traspasó con decisión su pureza, sumergiéndose por completo en las aguas de su intimidad. La punzada de dolor que notó Rosalie, pronto quedó sustituida por la plenitud de sentirse llena de él.


-Por fin soy tuya -se escuchó a sí misma decirle mientras una lágrima recorría su mejilla ante aquella nueva realidad.


-Y para siempre -susurró él, captando aquella gota entre sus dedos y llevándola a sus labios, saboreándola.


Rosalie probó su propia sal cuando su boca poseyó la suya. Emmett la rodeó entre sus brazos y comenzó a moverse con lentitud en su interior, lanzándoles a ambos a una vorágine de sensaciones indescriptible. La forma en que encajaban sus cuerpos a la perfección era asombrosa y cada nueva caricia, cada toque, cada roce era una nueva senda que se abría ante ellos despertando hasta el último rincón de su ser. La calidez del lago que los bañaba se fundía con la que irradiaba su piel, las gotas que los cubrían uniéndose con su sudor, bailando el agua al mismo son que danzaban sus cuerpos. La Madre Naturaleza acogió su entrega como el más puro acto de amor y aquello no podía ser censurado bajo la mirada de los hombres. A los ojos de Dios ya eran uno y nada ni nadie podría separarles.


Emmett deslizó sus manos bajo su espalda y acunó sus caderas, guiado por la necesidad de sentirla aún más, la necesidad urgente de fundirse en ella, entregarle todo lo que tenía, lo que era, aunque ya no quedase nada de él después de eso. Sin embargo, y para su dicha, no fue dar lo único que hizo. Respondiendo a su anhelo, Rosalie lo rodeó completamente con sus brazos y sus piernas, moldeando la tensión de sus músculos con sus manos, dispuesta a que Emmett tomara todo lo que ella le ofrecía. En una acción tan desinteresada, donde su máximo afán era darse por entero el uno al otro, lo único que podían obtener era eso mismo, todo... Quedaron saciados de sus besos, sus caricias y su piel, llenos de su alma y su amor.


Y cuando Emmett empezó a sentir en su vientre la presión que anticipaba su inminente éxtasis, se negó a emprender ese viaje solo. Rosalie lo acompañaría, como lo haría a partir de ese momento en todos los aspectos de su vida, incluido ése. Hizo resbalar una de sus manos entre sus cuerpos ligados alcanzando con su dedos su intimidad.


-Ven conmigo -susurró en su oído mientras acariciaba su centro ardiente.


Y tras un simple latido notó el clímax de Rosalie palpitando a su alrededor dejándose él arrastrar por su corriente. Desde su unión comenzó a destilar con violencia como cálido placer líquido, arrastrándolo todo a su paso y flameando por sus venas como fuego demoledor. Se tornó una espiral devastadora, que los aniquilaba y los hacía resurgir cual Ave Fénix, una y otra vez, hasta que las olas de placer los abandonaron, acariciándolos suavemente como el mar a la orilla.


Con la misma suavidad se retiró Emmett de ella, acusando instantáneamente ambos la rotura de su ligazón. Rodó sobre su espalda y la llevó hasta su pecho, abrazándola con ternura. Podrían haberse dicho miles de cosas pero no hacía falta ninguna de ellas. Las palabras se las lleva el viento pero aquella entrega mutua quedaría marcada por siempre en su corazón y su alma.


.


.


.


.


Arrodillada fuera de la bañera, Alice rodeó el pecho de su esposo con sus brazos conforme él se introducía en el agua y se sentaba.


-¿Seguro que estás bien? -preguntó mientras su esposa besaba su mejilla. -Quizás deberías recostarte.


-Pues yo pensaba pedirte que hablaras con tu tío para que ya me permitiera levantarme -alegó con expresión infantil.


-Sí, hablaré con él pero no sobre eso precisamente -repuso dejando entrever su malestar.


Alice hizo un mohín y tomó la esponja que flotaba en el agua. Empujó levemente los hombros de Jasper para que le diera acceso y comenzó a frotar su espalda.


-Tuve que insistirle mucho para que me lo contara -lo justificó.


-Debería haber dejado que insistieras más -masculló enjabonándose los brazos enérgicamente.


-Le convencí de que haciéndome ignorante no me protegeréis mejor de lo que esté sucediendo a mi alrededor -argumentó.


-Tampoco entiendo en qué te beneficia que sepas todo lo que te... -titubeó -todo lo que pasó.


-¿Cómo pretendes que sea una buena reina si vivo entre nubes de algodón? -discrepó ella. -He de saber como es el mundo en el que vivo, sus bendiciones y también sus maldades.


Jasper resopló y giró su rostro para ver el de su esposa.


-¿Sabes lo que sentí cuando Emmett me explicó lo que habían hecho contigo? -tomó su mejilla con dulzura, tratando de controlar las reminiscencias de la ira que aún habitaban en él. -Por un momento todas mis esperanzas se desvanecieron, era como querer coger agua con los dedos abiertos, resbalándose entre ellos de forma exasperante -le mostró sus manos extendidas, reflejando la impotencia. -Creí enloquecer ante la idea de perderte, pero después hayamos el lugar donde te escondían y no pude evitar preguntarme en que estado te encontraría. Sabía que estabas viva porque mi corazón así me lo decía, pero no sabía cómo.


Jasper giró su cuerpo, encarándola ahora, tomando sus mejillas entre sus manos.


-Alice, un encierro así bien podría haberte hecho perder la razón ¿no lo entiendes? Si no hubiera sido porque estabas narcotizada...


-Eso mismo, no fui consciente de nada así que...


-¿Y crees que me agrada que habiendo sido tu mente afortunadamente liberada de ese suplicio tú te empeñes en saberlo? -le reprochó.


-Creí que buscabas en mí a una compañera, a tu Reina, a una mujer, no una muñequita de adorno -le increpó, y Jasper quedó mudo sin ningún argumento ante su aseveración.


Alice se mordió el labio y bajó el rostro, temerosa de haberse excedido en su alegato.


-Lo siento, yo...


Jasper silenció su disculpa alzando su barbilla para besar sus labios.


-No lo sientas -murmuró él antes de abrazarla. -Tienes razón. Discúlpame si soy sobreprotector pero sabes que eres mi vida entera y no puedo soportar la idea de que algo te suceda o a nuestro hijo.


Esta vez fue ella quien tomó las mejillas de su esposo para besarlo.


-Por supuesto que quiero que me protejas -le sonrió ella. -Pero no puedes mantenerme oculta ante el mundo. Deberé ayudarte a tomar decisiones, en ocasiones duras y difíciles, y no podré hacerlo de forma justa si desconozco la verdad del mundo.


Jasper asintió con reticencia. Alice lo hizo voltearse y comenzó a lavar su cabello.


-Toda mi vida se me ha apartado de la realidad. Primero mi padre, luego Emmett, ahora tú, creyendo que si desconocía lo que iba estallando a mi alrededor sería más feliz. No os culpo, pero ya no más.


Jasper observó a su mujer. Aquellas palabras eran mucho más de lo que parecía.


-Alice, tú...


-Hace tiempo trataron de secuestrarme ¿verdad? -insinuó ella.


-¿Por qué dices eso? -la miró con recelo.


-Creí escucharlo durante mi cautiverio. No sabía si era parte de mi ensoñación, pero ahora veo que fue así -dedujo ella.


Jasper la miró impávido.


-Fue así ¿cierto? -insistió ella. -Por eso Emmett se convirtió en mi guardia personal -concluyó ella. -Ahora que lo pienso, creo que siempre lo supe. Pareciera que la que no quería salir de su burbuja encantada era yo -se lamentó.


-Ya todo eso quedó atrás -acarició la mejilla de Alice con suavidad. -Ese Reino de terror llegó a su fin.


-¿Lo... mataste? -vaciló, no muy segura de si él querría hablar de ello.


-Juré que lo haría, con mis propias manos, y, aunque no me sienta orgulloso, así fue -aseveró con firmeza.


Alice asintió en silencio. Jasper terminó de enjuagarse y, cuando hizo ademán de levantarse, ella tomó una toalla para ayudarlo a secarse. Aún se mostraba pensativo mientras Alice le alcanzaba la ropa limpia y se vestía.


-¿Sabes? -dijo finalmente, -sospecho que Emmett actuó del mismo modo que yo pero con respecto a James, por la forma en que fue en su busca, aunque más que por ti, creo que fue por Rosalie. ¿Crees que aceptarán las condiciones? -preguntó tras una pausa.


-Sin duda es la mejor solución que podrías proponerles dadas las circunstancias -concordó ella. -Y, si quieren estar juntos, lo harán.


De repente la escuchó lanzar una risita.


-¿Qué sucede? -la miró él extrañado sentándose en la cama.


-Jamás creí que aceptaras de tan buena gana su amor -le confesó ella, abrazándolo, de pié frente a él.


-¿Acaso parezco un ogro? -la miró ceñudo. Alice rió con su comparación.


-Eres bastante más apuesto que un ogro -bromeó ella.


-Gracias, me alegra que me tengas en tan buena opinión -ironizó él y Alice volvió a reír. -¿De verdad crees que soy apuesto? -le preguntó con fingida inseguridad.


-El hombre más apuesto que haya visto jamás -depositó ella un sonoro beso en sus labios, divertida. -Espero que nuestro hijo se parezca a ti y sea tan buen Rey como lo eres tú -auguró jugueteando con los húmedos anillos de su cabello.


-Muy segura estás de que será un niño -la miró intrigado.


-Puedes apostar por ello -le sonrió, sentándose a su lado. -Y tendrá tu cabello y el hoyuelo de tu mentón -besó su barbilla.


-¿Tengo alguna posibilidad de opinar ya que soy el padre? -se rió él.


-Claro que sí -asintió ella. -Excepto en lo que te he dicho.


-De acuerdo -aceptó él mientras acariciaba pensativo su vientre. -Tendrá la bondad de tu corazón, tu sonrisa y tus ojos.


-¿Mis ojos? -se sorprendió ella.


-Quiero verte en los ojos de nuestro hijo y recordar lo que sentí al ver los tuyos por primera vez -alzó su mano hasta su mejilla.


-Los tuyos son mucho más bonitos, azules como los lagos de estas tierras -alegó con timidez.


Jasper negó con la cabeza.


-No discutas con tu Rey -bromeó. -Los tuyos son preciosos y muy enigmáticos.


-¿Enigmáticos?


-Aunque ya empiezo a saber leer en ellos -se entretuvo perdiéndose en ellos un instante. -Ahora sus vetas violáceas brillan con luz propia, así que estás feliz.


-No hace falta ver mis ojos para saber eso -lo miró con suspicacia.


-También sé que se convierten en dos frías perlas plateadas cuando estás triste y en ocasiones la plata desaparece y se tiñen completamente de un violeta brillante -recitó él.


-¿Completamente violeta? -preguntó sorprendida.


-Te lo puedo asegurar -le sonrió insinuante. -Igual que te puedo asegurar que soy el único que los ha visto y que los verá.


-¿Qué...?


De súbito, Jasper consumió la poca distancia que lo separaba de sus labios y la hizo caer sobre la cama, sin separarse de ella. Lo que empezó con un beso tierno y delicado pronto se tornó insistente, ávido y lleno de pasión. Alice quedó sin aliento ante su inesperada caricia, viéndose arrastrada por el ardor que desprendían los labios de Jasper y hundió sus dedos en las ondas de su cabello, negándose a que su boca la abandonara.


-Mírame -le escuchó susurrar.


Alice obedeció y se encontró con la mirada de su esposo, llena complacencia y devoción.


-Ahí están -musitó sonriente, maravillado, como si estuviera frente al más hermoso descubrimiento. -Y más bellos que nunca.


-Jasper...


-Espero que no tengas mucha hambre -deseó mientras volvía a atrapar los labios de su esposa, dispuesto a terminar lo que había comenzado...


.


.


.


.


El atardecer comenzaba a teñir el firmamento con sus cálidos tonos melocotón. Ya vestidos, recostado Emmett contra el tronco del árbol mientras Rosalie descansaba en su pecho, observaban como el Astro Sol comenzaba a sumergirse en las calmadas aguas del lago, el que momentos antes había acogido en su seno su entrega de amor. Emmett hubiera querido permanecer así con Rosalie en sus brazos eternamente pero debían enfrentar la realidad y cuanto antes mejor.


-Rosalie, deberíamos volver antes de que anocheciera -susurró contra su cabello.


-Aún no -negó ella con la cabeza hundiéndola en su pecho. -No quiero regresar todavía, no quiero enfrentarme hoy a mi hermano y que se rompa la magia de este día.


-Pero no podemos pasar aquí la noche, al descubierto -discrepó él.


-Ya te dije que no me importa con tal de estar entre tus brazos -insistió ella. -Por favor Emmett, quiero pasar esta noche contigo.


Emmett lanzó un suspiro y la apretó con fuerza.


-Está bien, pero vayámonos antes de que oscurezca -la instó a levantarse.


-¿A dónde? -lo miró con extrañeza.


-No quiero que te enfermes por pasar la noche al raso -desató las riendas de su montura y se las pasó. -Confía en mí -le guiñó el ojo mientras montaba a Goliath. -Veamos que tan buen marido puedo resultar ser.


Rosalie rió y montó también, siguiendo a Emmett quien se dirigió hacia el bosque, que alcanzaron a los pocos minutos. En cuanto se adentraron en él, le hizo una señal para que se detuviera.


-¿Qué hacemos aquí? -quiso saber ella.


-¿Has cazado alguna vez? -le preguntó echándose el carcaj con flechas al hombro y tomando su arco.


-Pues la verdad, no -lo miró con suspicacia.


-Entonces, ahí van las dos reglas básicas que deberás seguir a rajatabla -decretó. -Primero, mantente siempre detrás de mí y, segundo, guarda silencio, desde ahora -le pidió.


-Pero ¿y tu brazo? -se preocupó ella. Emmett posó un dedo en sus labios reiterando su petición.


Rosalie obedeció y asintió con la cabeza. Emmett azuzó levemente a Goliath y Rosalie se posicionó tras él, cabalgando ambos muy lentamente. Las agujas de los pinos que cubrían la senda amortiguaban los cascos de los caballos quedando su sonido embebido en los ruidos del bosque. Llevaban caminando algunos minutos cuando, de repente, Emmett alzó su brazo indicándole a Rosalie que se detuviera. Tomó una de las flechas del carcaj y lo colocó en el arco, tensándolo. Un segundo después, un silbido cortó el aire, adentrándose en la espesura del follaje, tras lo que se escuchó un chillido agudo. Emmett había dado en el blanco.


-Espero que te guste la liebre -sonrió satisfecho, desmontando. Rosalie lo vio correr hacia los árboles, desapareciendo tras ellos y saliendo a los pocos segundos.


-¡La cena! -exclamó con su trofeo colgando de su mano, en alto.


-¡Bravo! -aplaudió ella riendo.


-Gracias -le hizo una reverencia grandilocuente bromeando. -Ahora viene la segunda parte de la función -repuso mientras colgaba la liebre de su silla. Luego metió la mano en el morral sacando un cabo de cuerda y comenzó a recoger ramas secas del suelo, haciendo un hatillo. Encontró algunas más gruesas y largas y las partió con ayuda de su espada. Cuando concluyó, lo ató y lo colgó al otro lado de su silla.


-¡Listo! -exclamó, sacudiéndose la tierra de las manos y montando. -¿Preparada para continuar el viaje?


-Preparada, no sé -bromeó ella, -pero sorprendida, mucho. Va a resultar que eres un buen partido -se rió.


-Entonces no me pierdas de vista antes que otra me eche el lazo al cuello -alegó haciéndose el interesante.


-Presuntuoso -sentenció con fingida altivez haciendo que Emmett soltase una carcajada.


-Anda, vamos o al final se nos echará la noche encima.


-Por mucho que te pregunte, no me dirás a donde vamos ¿verdad? -aventuró ella.


-Exactamente -afirmó él, -pero tengo la sospecha de que te gustara.


Emmett picó espuelas con brío y Rosalie galopó tras él, dejándose guiar. Cuando salieron del bosque Rosalie vio que Emmett tenía razón, ya empezaba a oscurecer. Sin embargo, no le preocupó en absoluto, al igual que tampoco le preocupaba no saber a dónde se dirigían; cabalgó a su lado dispuesta a seguirle fuera donde fuera.


Ya se alzaba la luna en lo alto de la noche estrellada cuando vio que se acercaban a una cabaña abandonada y poco tardó en reconocerla Rosalie. Fue la misma en la que fue a resguardarse aquella vez que la sorprendió la tormenta, cuando Emmett acudió en su busca. Rememorar lo que vivió, lo que sintió en aquel lugar hizo palpitar con fuerza su corazón. Emmett desmontó, asegurando a Goliath a un madero y volvió a donde estaba ella, tomándola por la cintura y bajándola del caballo.


-No sé para ti -comenzó a decirle, -pero para mí esté lugar es especial.


Rosalie no contestó, pero asió su mano para colocarla sobre su pecho, haciendo que su corazón aún desbocado lo hiciera por ella. Emmett sonrió comprendiendo y la atrajo hacia sí, besando sus labios con ternura.


-¿Tienes hambre? -le susurró acariciando su mejilla, asintiendo ella sonriente.


Emmett caminó hasta Goliath, cogiendo el hatillo de leña y su morral. Luego tomó la mano de Rosalie y se dirigieron al interior. Sin tiempo que perder fue hasta la ennegrecida chimenea y se arrodilló frente a ella. Sacó de su bota la daga y rebuscó en el morral extrayendo algo de pedernal. Colocó unas ramitas secas en la chimenea y, con maestría, frotó el pedernal contra el metal del filo, saltando chispas y prendiendo las ramas al instante. Tomó un espetón y, cuando se volteó a mirar a Rosalie, la vio sentada en el mismo lugar en el que la encontrara aquella vez, aunque, en esta ocasión lo observaba sonriente, maravillada con cada uno de sus movimientos.


-¿Sucede algo? -la miró él confuso. Ella negó con la cabeza y la sonrisa aún dibujada en sus labios. -Voy a limpiar la liebre, vuelvo en un minuto. Deberías acercarte al fuego.


Lo vio salir por la puerta y se levantó aproximándose a la hoguera; a pesar de ser verano, su calor era bienvenido, pero la alegría que templaba su corazón era mucho más reconfortante. En esos instantes, Emmett se presentaba ante sus ojos como un héroe de leyenda, como un caballero andante capaz de cuidar de una dama. Podría ser un sueño de jovencita ingenua y cándida pero ¿porqué no? Emmett la hacía sentirse protegida y, aunque todo aquello no fuera más que una pequeña aventura que pronto daría a su fin, le halagaba la forma en que Emmett se estaba haciendo cargo de todo, como si quisiera demostrarle que a su lado jamás le haría falta nada. Tonto, podría comer liebre durante toda su vida si con eso conseguía que no se separaran jamás.


A los pocos minutos Emmett regresó, con la liebre limpia y ensartada en el espetón y con un pellejo lleno de agua.


-He usado un poco para lavarme las manos pero bastará para los dos -le dijo dejándola a un lado. Luego colocó la liebre en la hoguera y se acomodó tras de Rosalie a esperar que se asara, apoyando ella su espalda en su pecho. Observó durante unos momentos el crepitar de las llamas, concentrado en la respiración acompasada de Rosalie, aunque preocupado en cierto modo por su silencio. Inclinó su rostro intentando escudriñar sus facciones y, aunque parecía tranquila, no pudo evitar inquietarse y, tras varios minutos no pudo aguantarlo más.


-Rosalie, no has dicho nada desde que llegamos ¿Pasa algo? -le preguntó.


-Qué puedo decir -lanzó un suspiro un tanto exagerado. -Estoy encandilada, fascinada con tus dotes maritales.


Emmett lanzó una sonora carcajada.


-Menos mal, por un momento pensé que te estaba incomodando -rió aliviado.


-En absoluto -giró su rostro para ver el suyo. -Creo que jamás que disfrutado de una velada tan encantadora como ésta.


-Y eso que acaba de empezar -bromeó él.


-Tengo curiosidad por ver que nos depara la noche -susurró ella insinuante.


-Por lo pronto, vamos a cenar -besó su frente. Rosalie hizo un mohín de disgusto y se separó de él.


Emmett apartó la liebre del fuego y, con su daga, cortó un pedazo y se lo entregó a Rosalie, sentándose después, recostado contra la pared.


-Imagino que te gustará más condimentada -supuso él.


-Está deliciosa -le aseguró al dar el primer bocado.


Emmett la miró receloso.


-Seguro que tratas de adularme. Déjame probar -replicó tras lo que empezó a comer. -Pues no está mal -reconoció saboreando la carne.


-Después de esto mi hermano no puede negarse a que me case contigo -añadió con tono despreocupado. -Sólo bromeaba, Emmett -se excusó al verlo tensarse.


-Lo sé -resopló lanzando el hueso a la hoguera. -Es sólo que...


-No, Emmett, por favor -tiró también las sobras y se acercó, colocándose frente a él. -No volvamos a hablar de lo mismo. Pase lo que pase seguiremos juntos.


-Pase lo que pase -aseveró apoyándola en su regazo. Necesitaba sentirla cerca para afianzar esa promesa.


-¿Sabes lo que me recuerda esto? -la escuchó murmurar contra su pecho.


-Claro que lo sé -besó él su cabello. -Por eso te he traído aquí. De haberlo sabido me hubiera gustado disponer de más tiempo para haberlo ordenado un poco -sonrió.


-No -sacudió ella la cabeza. -Así es perfecto, estando como lo estaba en aquella ocasión.


Escuchó a Emmett suspirar y se apretó a él, rodeándola sus brazos con más fuerza.


-Emmett...


-¿Sí?


-¿Qué sentiste tú? -preguntó dudosa. Emmett se tomó unos segundos antes de responder.


-Recuerdo que esa misma mañana había decidido marcharme, incapaz de sostener más la situación -le contó. -Sin embargo, al tenerte entre mis brazos me reí de mi propia necedad. Te amaba como un loco, por mucho que intentara negármelo.


-Yo creía que mi amor por ti no podía ser más profundo hasta que me sentí refugiada en tu pecho -rememoró ella.


-Supuse que no eras muy consciente de lo que estaba sucediendo -la apartó un poco para mirarla, con el ceño fruncido.


-Porque, si no hubiera sido así, jamás te habría abrazado como lo hice ¿verdad? -le lanzó una mirada traviesa. -Tenía la convicción de que ese momento jamás se volvería a repetir, así que quise disfrutarlo, para atesorarlo después.


-Vaya par de tontos -sonrió él. -Amándonos tanto y no hicimos otra cosa que pelear continuamente.


-Eras un vanidoso -le hizo ella un mohín.


-Y tú una altanera -la acusó.


-¿Por eso te enamoraste de mí? -ironizó ella.


-Eras irresistible mostrándote tan altiva, con tu barbilla alzada y tus manos en la cadera, provocativa y orgullosa. La primera vez que me llamaste "muchacho" con tan delicioso desdén caí rendido a tus pies -se rió él.


-Era insoportable ¿verdad? -se disculpó ella.


-Sí, insoportablemente tentadora -besó él la punta de su nariz. -Y tú ¿cuándo empezaste a sentir algo por mí? -quiso continuar él con su juego.


-Aquella vez que me torcí el tobillo y, al tratar de levantarme, caí sobre tu pecho. Rodeaste mi cintura con tus manos y, si no hubiera sido por eso, habría vuelto a caer al sentirte tan cerca -recordó Rosalie con una sonrisa.


-Te refieres a aquella vez que me estabas espiando detrás del roble del lago -la corrigió Emmett.


-No te estaba espiando -titubeó ella. -Yo sólo...


-Y tampoco me espiabas aquel día que yo estaba entrenando en el patio ¿verdad? -siguió provocándola.


-Serás... -lo miró con fingido molestar, golpeando su hombro. -¿Ves que eres un vanidoso?


-Basta con que aceptes que me veías atractivo -se mofó él.


-No te veía atractivo -sacudió ella la cabeza. -Eres muy atractivo y apuesto y amo como me siento rodeada por tus fuertes brazos -le sonrió sugerente.


-Entonces será fácil complacerte -la apretó más contra su pecho.


-Ojalá siempre fuera así -suspiró ella.


-Sé que no será fácil -admitió. -En todo camino de rosas hay espinas. Lo importante es que estaremos juntos, para quitárnoslas el uno al otro y ayudarnos a que sanen las heridas.


-Juntos -musitó ella.


-Espero que, cuando seamos ancianos y mis brazos ya no sean tan fuertes, aún busques refugio en ellos -tomó su mejilla y la miró a los ojos.


-Siempre -le aseguró ella. -¿O es que tú dejarás de amarme cuando sea una viejecita arrugada?


-Nunca serás una viejecita arrugada -bromeó él. -Siempre serás mi diosa -acarició con suavidad su rostro.


-Antes... me llamaste así -murmuró ella.


-¿Te molesta? -preguntó él aún sabiendo cual era la respuesta.


-No -negó ella. -Me sentí...


-¿Amada, deseada? -su voz se tornó grave mientras sus dedos acudían a sus labios, rozándolos.


Rosalie asintió, cerrando los ojos, sorprendida de la reacción de su cuerpo cada vez que Emmett la tocaba de ese modo.


-¿Y te gusta sentirte así? -le susurró dejándose llevar por la sensación cálida que recorría sus dedos en contacto con la sensualidad de su boca.


-No, me gusta que tú me lo hagas sentir -elevó una de sus manos hasta su nuca, causándole escalofríos su tacto, estremecido por lo que aquella mujer era capaz de provocar en él.


-Rosalie...


-Quiero sentirlo de nuevo, Emmett -alzó su rostro aproximando sus labios a los suyos, cerca, tanto que su aliento se introdujo en él, aturdiéndolo. De nuevo su diosa se transformaba en aquella hechicera que doblegaba su voluntad a su antojo. Rosalie rozó levemente sus labios con los suyos, haciéndolo temblar, haciendo más que firme su petición.


-Pero aquí...


-El lugar más inmundo del mundo se convierte en el paraíso si estoy entre tus brazos -respiró en su boca.


Emmett se dejó vencer. Atrapó sus labios y la besó con ardor. Que Dios lo perdonara si podía, porque él no podía resistirse a sus caricias y sus besos, a su mirada atrayente. Él también se sentía amado, deseado cuando Rosalie lo acariciaba así, cuando lo miraba así y ni haciendo acopio de todas sus fuerzas podría negarse a ella. La amaría en aquella casita maltrecha porque él también necesitaba sentirla en lo más profundo de su ser. Esa noche era de ellos, para amarse sin impedimentos ni apremios. Ya se preocuparían por el futuro cuando amaneciera, aunque si había algo de lo que estaba seguro era de que nada podría separarlo de aquella mujer... de su mujer.