Dark Chat

lunes, 19 de julio de 2010

Mi Corazon En Tus Manos

Hello mis angeles hermosos!! aqui les dejo mas vicio y aprovecho para avisarles q este hermoso fic le quedan pocos cap ya para el final asi q por fiss dejen sus comentarios al final
mil besitos
Angel of the dark
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Puede que salte del cielo, seguro de ir al infierno,

ceder no es perder...

...juro que eres un milagro.

En donde estés, cuando quiera abrazarte

y como estés ya estoy ahí.

La luna entre tus labios...

...soy la luna.

Doy luz por reflejar...

...soy tú, tú eres yo.

Milagro - Lucybell

CAPÍTULO 32
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Descabalgando al pié de aquel árbol, Rosalie vislumbró a lo lejos el cuerpo sumergido hasta la cintura de Emmett de espaldas a ella. Se habría detenido a recrearse y rememorar aquella vez que lo espiara en esa misma situación tras ese árbol pero la exasperación la superaba. Sin tiempo que perder, aseguró el caballo de Edward a una rama cerca de Goliath y se quitó el vestido, quedando cubierta únicamente por la larga enagua. Fue cuando entró en el lago y comenzó a caminar hasta él cuando Emmett se giró, alertado por el chapoteo del agua. Sorprendido en un primer momento, finalmente fue a su encuentro sonriente y ya iba a alcanzarla para rodearla entre sus brazos cuando ella empuñó sus manos y empezó a golpear su pecho, arrebatada, maldiciendo entre dientes. Emmett no forcejeó con ella, simplemente tomó sus muñecas y la atrajo hasta él, capturando sus labios y besándola con insistencia. Cuando notó sus músculos distenderse, las soltó y sintió las manos de Rosalie viajar hasta su cabello, encerrando entonces su cintura entre sus dedos, aferrándola e intensificando su beso y correspondiendo ella con el mismo fervor.


-¿Qué haces aquí? -le preguntó apartándose de ella, casi sin aliento.


-¡Eso es lo que debería preguntarte yo! -le reprochó indignada. -¿Sabes la angustia que he sentido al no verte llegar con los demás y enterarme de que estabas herido? -señaló su brazo vendado.


-Un simple corte no iba a impedirme cumplir con mi palabra -alegó con un deje de suficiencia.


-No has vuelto todavía por lo que veo -le increpó aún molesta.


-Discúlpame. Sólo necesitaba un momento de reflexión -le explicó. -Pensar en cual es la mejor forma de planteárselo a tu hermano.


-A estas alturas ya debe estar al tanto de todo -se encogió de hombros. -En cuanto he sabido donde estabas, me he escapado de sus brazos para montar el primer caballo que he visto y venir aquí.


Emmett la observó sorprendido de forma casi reprobatoria.


-¿Qué pretendías que hiciera? -se justificó ella, -¿que permaneciera de brazos cruzados a esperarte? En cualquier caso, imagino que con mi arrebato me he descubierto, así que, ya poco queda por hacer.


-Sí, pero que tu hermano lo sepa no hace que lo acepte -hizo un mohín.


-¿Acaso te estás acobardando? -lo acusó. -¿Tienes miedo?


-Claro que no me estoy acobardando -se defendió. -Y por supuesto que tengo miedo -la tomó por los brazos. -Por el amor de Dios, Rosalie, sólo soy un hombre y la mera posibilidad de perderte me hiela la sangre.


Rosalie lo miró durante un segundo y, de pronto, lo besó. Aferró sus manos a su nuca y quiso borrar con sus labios aquel miedo, tratando de convencerlo de ser absurdo.


-No vas a perderme -quiso reiterarle también con palabras.


-Tu hermano bien podría negarse.


-Y con ello me obligaría a abandonarle -lo atajó con firmeza. -No voy a separarme de ti, Emmett. Te seguiré a donde quiera que vayas.


-¿Vas a renunciar a todo por mí? -insistió en su alegato.


-De lo que sí estoy segura es de que no voy a renunciar a ti -continuó sin dejarse llevar por su acérrima negación.


-Tendríamos que abandonar el Reino. Yo me uniría a cualquier ejército que me aceptara cobrando un misero sueldo y tú...


-He dirigido un vasto castillo durante años. Creo que podría arreglármelas perfectamente para dirigir nuestro hogar ¿no crees? -alzó ella su barbilla.


-¿Y eso es lo que quieres? -inquirió secamente. -¿Una vida llena de carencias y necesidades?


-No me importa dormir a la intemperie si voy poder refugiarme entre tus brazos -espetó ella indignada. -¿Cuántas veces he de repetirte que nada de lo que tengo me interesa si no te tengo a ti?


Emmett chasqueó la lengua contrariado sacudiendo la cabeza.


-¿Por qué estamos teniendo esta discusión de nuevo? -preguntó de repente afligida, mirándola él sorprendido ante su cambio. -Te amo, Emmett y lo único que deseo es estar contigo, pero ya no sé que decir o hacer para que me creas, lo que me hace pensar que... -tomó aire en busca de aliento. -Me hace pensar que eres tú quien no desea una vida así, quien no me quiere a mí.


-No te atrevas a dudar de mi amor por ti, Rosalie -agarró su brazo viendo su intención de marcharse.


-Ya veo -bajó su rostro evitando mirarle. -Eres tú el único que tiene derecho a dudar ¿no?


-No es que dude -titubeó -Es sólo que yo... Rosalie, tú eres la que más pierde con todo esto.


-Por supuesto -admitió derrotada. -Lo abandonaría todo para unir mi vida a un hombre que no me ama ¿verdad?.


Emmett la atrajo hacia él casi con rudeza y la sujetó por los hombros.


-No vuelvas a decir eso -masculló entre dientes furibundo, mas toda su ira se diluyó ante la primera lágrima que rodó por la mejilla de Rosalie.


-No, te lo ruego -la llevó hasta su pecho rodeando sus hombros con sus brazos. -¡Maldición! -blasfemó por su torpeza al ver su cuerpo sacudirse por los sollozos. -Por favor, Rosalie -murmuró turbado. -Pídeme lo que quieras pero, te lo suplico, deja de llorar.


-Quiero que me digas de una vez por todas qué es lo que tú deseas, lo que tú quieres -le exigió con la voz tomada por la desesperación.


-Te quiero a ti, Rosalie -la estrechó con más fuerza. -Lo que más deseo es convertirme en tu esposo, unirme a ti, en cuerpo y alma.


-Pues hazlo -separó su rostro humedecido de su pecho para desafiarlo con su mirada, aún llorosa. -¡Hazlo! ¡Ahora, maldita sea!


Emmett contuvo el aliento al escuchar sus palabras, tan inequívocas.


-No sabes lo que me estás pidiendo -enjugó con ternura sus lágrimas.


-Sólo tu amor y tu vida a mi lado -repuso tratando de dominar el temblor de su voz. -Nada que tú no me hayas ofrecido antes.


-Y a cambio tú me ofreces...


-Lo que yo te ofrezco no es nada comparado con todo eso -alegó sabiendo bien a qué se estaba refiriendo.


-Te equivocas -negó con calma tomando sus mejillas con ambas manos. -Me estarías entregando...


-Es todo lo que tengo -susurró como un lamento.


-Tú misma lo has dicho, es todo -suspiró él.


-Y es tuyo -añadió con un hilo de voz. -Tómalo.


Eso fue mucho más de lo que Emmett podía soportar. Cerró los ojos un largo segundo pero al abrirlos aquel resquemor seguía ahí. En la mirada húmeda de Rosalie no había ni el más mínimo atisbo de duda o inseguridad, sólo el anhelo de pertenecerle, de entregarle todo su ser y que mal rayo le partiese si no era eso lo que él más ansiaba. Sin soltar sus mejillas atrajo su rostro al suyo con lentitud, sin separar sus ojos de los suyos y cuanto más se acercaban más se iluminaba el azul de sus pupilas. Una leve brizna lo separaban ya de sus labios cuando se detuvo a observarlos, rojos, deseables y entreabiertos para recibir los de él. Sí, los tomaría, porque eran suyos, así como lo sería ella. Y cuando por fin cubrió su boca con la suya supo que ardería en el infierno por su blasfemia, pero era preferible a salvar su alma y vivir la vida sin ella.


Mas ¿qué importaba todo eso?. Una vez lo hubo embriagado con su intoxicante dulzor, el resto del universo dejó de tener sentido. Se dejó envolver por el calor que desprendía su piel, por su aroma que confundía todos sus sentidos y por el contacto de su cuerpo contra el suyo a través de aquella etérea prenda de lino y cuando ella hundió sus dedos en su espalda desnuda supo que ya no habría redención.


Sin alejarse de sus labios la obligó a caminar hacia la orilla y la tumbó, recostándose él a su lado, quedando su cuerpos sumergidos hasta la cintura debido a la pendiente de la ribera. Sin embargo, la superficie cristalina no ocultaba la visión de aquella prenda casi transparente abrazando cada una de sus perfectas curvas que formaban la figura de Rosalie... parecía una divinidad pagana emergiendo de las aguas y la deseaba, tanto que le dolía.


Hundió su mano bajo el lago hasta el borde de la enagua y la hizo resbalar por su piel, descubriéndola con lentitud. Arrugó el tejido al llegar a su cintura y con ambas manos lo deslizó por encima de su cabeza, alzando ella los brazos facilitando su labor. De la prenda mojada cayeron algunas gotas sobre su clavícula y la parte de su escote que comenzaron a resbalar perezosas entre el valle de sus senos, descendiendo por su abdomen hasta fundirse con el lago. Emmett no pudo reprimir un gemido al observarlas, deseando unirse a ellas.


-Eres gloriosa, Rosalie. Una diosa -le susurró recorriendo con sus dedos la curva de sus hombros hasta su cuello.


-Tu diosa -musitó ella con mirada seductora.


-Sí, mía... solamente mía -sonrió él complacido mientras alzaba su mano para acariciar sus labios. Rosalie cerró los ojos ante su contacto, estremecida cuando fue sustituido por el calor de su boca. El fuego lento de su beso en forma de suaves caricias se tornó abrasador y exigente. Rozó con su lengua sus labios y ella los entreabrió gustosa de recibirle. Sintió como se deleitaba saboreando toda su boca, devorándola y ella disfrutó de su sabor masculino, tan varonil y embriagador.


Perdida en la sensación, apretó sus dedos contra su espalda aferrándose a él y el cuerpo de Emmett tembló por entero al sentir contra su pecho su desnudez. Liberó su boca para bajar hasta la curva de su cuello, dibujando cada una de las líneas de su contorno, descendiendo hasta el nacimiento de sus senos y esculpiendo su redondez hasta su cúspide, haciendo que Rosalie se arquease contra él al coronarla con su lengua. Emmett gimió al notarla endurecerse entre sus labios, como se tensaba la sensible piel bajo su roce y los sensuales jadeos de Rosalie embotaron su mente enloqueciéndolo.


Su mano siguió modelando su cintura y su cadera adentrándose en la superficie del lago. Alcanzó la parte interna de sus muslos y ella los separó levemente en una más que tentadora invitación, tentación que Emmett no pudo resistir. Sumergió sus dedos en su feminidad, mezclándose la humedad del agua con la de su intimidad de forma exquisita. Los pliegues de su carne fresca y trémula se abrían para él como una flor en primavera y Emmett ardía en el deseo de perderse en ella.


Mas no era él el único que se había perdido en los senderos de la pasión. Las manos de Rosalie quemaban con las ansias de acariciarlo, de tocarlo, traspasando la lámina cristalina para buscar su masculinidad. A pesar de que el contacto fue por encima de su pantalón, todo el cuerpo de Emmett reaccionó, estremeciéndose con violencia. Rosalie era más que una diosa, era un hechicera que lo amarraba a ella con sutil poder, sin posibilidad alguna de escapar de él y pensó que estallaría de placer cuando sus dedos serpentearon por el interior de su prenda tomando entre ellos su inflamada longitud.


-¡Rosalie! -exclamó sobre su pecho creyendo que no lo resistiría más.


-¿Te hago daño? ¿Te duele? -apartó la mano creyéndose culpable por su inexperiencia.


Emmett alzó su vista hasta su rostro aún confuso, y la miró. A pesar de su alarma, sus ojos refulgían con ardor y sus labios turgentes y enrojecidos eran el más infalible objeto de seducción. Era tan deliciosa...


-Emmett...


-Sí, me duele hasta el alma por no tenerte -le susurró con la mirada incendiada.


-Entonces tómame -volvió a tentarlo con voz insinuante. -Hazme tuya.


-Vuestros deseos son órdenes para mí, princesa -musitó contra su cuello, besando su piel conforme se deshacía del molesto pantalón y se posicionó sobre ella con sus contorneadas piernas flanqueando sus caderas, dispuesta a recibirle. Besó sus labios con fervor mientras tanteaba en busca de su entrada. A pesar del deseo urgente de hundirse en su cuerpo, avanzó lentamente de la forma más tortuosa posible para él pero, supuso, la menos dolorosa para ella, queriendo que su estrechez se fuera acostumbrando a su invasión. Rosalie gimió al sentir su carne penetrar en ella y aunque la sensación era muy placentera, sabía que debía haber más, eso no era suficiente en modo alguno. Notó como se detenía e imaginó que había topado con su barrera, confirmándolo él al inspirar hondamente en busca de aire y de sosiego. Tomó ella su rostro entre sus manos y lo miró. Sus facciones estaban endurecidas por la necesidad de control y dominio.


-Quiero que me lo entregues todo -musitó ella, fijando sus ojos en él para que advirtiera la seriedad de su petición. -No dejes nada por darme.


Emmett suspiró pesadamente, liberado.


-Así será -asintió con voz trémula y sus ojos aún más ennegrecidos por la pasión.


Con una última mirada de aceptación por parte de Rosalie, Emmett traspasó con decisión su pureza, sumergiéndose por completo en las aguas de su intimidad. La punzada de dolor que notó Rosalie, pronto quedó sustituida por la plenitud de sentirse llena de él.


-Por fin soy tuya -se escuchó a sí misma decirle mientras una lágrima recorría su mejilla ante aquella nueva realidad.


-Y para siempre -susurró él, captando aquella gota entre sus dedos y llevándola a sus labios, saboreándola.


Rosalie probó su propia sal cuando su boca poseyó la suya. Emmett la rodeó entre sus brazos y comenzó a moverse con lentitud en su interior, lanzándoles a ambos a una vorágine de sensaciones indescriptible. La forma en que encajaban sus cuerpos a la perfección era asombrosa y cada nueva caricia, cada toque, cada roce era una nueva senda que se abría ante ellos despertando hasta el último rincón de su ser. La calidez del lago que los bañaba se fundía con la que irradiaba su piel, las gotas que los cubrían uniéndose con su sudor, bailando el agua al mismo son que danzaban sus cuerpos. La Madre Naturaleza acogió su entrega como el más puro acto de amor y aquello no podía ser censurado bajo la mirada de los hombres. A los ojos de Dios ya eran uno y nada ni nadie podría separarles.


Emmett deslizó sus manos bajo su espalda y acunó sus caderas, guiado por la necesidad de sentirla aún más, la necesidad urgente de fundirse en ella, entregarle todo lo que tenía, lo que era, aunque ya no quedase nada de él después de eso. Sin embargo, y para su dicha, no fue dar lo único que hizo. Respondiendo a su anhelo, Rosalie lo rodeó completamente con sus brazos y sus piernas, moldeando la tensión de sus músculos con sus manos, dispuesta a que Emmett tomara todo lo que ella le ofrecía. En una acción tan desinteresada, donde su máximo afán era darse por entero el uno al otro, lo único que podían obtener era eso mismo, todo... Quedaron saciados de sus besos, sus caricias y su piel, llenos de su alma y su amor.


Y cuando Emmett empezó a sentir en su vientre la presión que anticipaba su inminente éxtasis, se negó a emprender ese viaje solo. Rosalie lo acompañaría, como lo haría a partir de ese momento en todos los aspectos de su vida, incluido ése. Hizo resbalar una de sus manos entre sus cuerpos ligados alcanzando con su dedos su intimidad.


-Ven conmigo -susurró en su oído mientras acariciaba su centro ardiente.


Y tras un simple latido notó el clímax de Rosalie palpitando a su alrededor dejándose él arrastrar por su corriente. Desde su unión comenzó a destilar con violencia como cálido placer líquido, arrastrándolo todo a su paso y flameando por sus venas como fuego demoledor. Se tornó una espiral devastadora, que los aniquilaba y los hacía resurgir cual Ave Fénix, una y otra vez, hasta que las olas de placer los abandonaron, acariciándolos suavemente como el mar a la orilla.


Con la misma suavidad se retiró Emmett de ella, acusando instantáneamente ambos la rotura de su ligazón. Rodó sobre su espalda y la llevó hasta su pecho, abrazándola con ternura. Podrían haberse dicho miles de cosas pero no hacía falta ninguna de ellas. Las palabras se las lleva el viento pero aquella entrega mutua quedaría marcada por siempre en su corazón y su alma.


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Arrodillada fuera de la bañera, Alice rodeó el pecho de su esposo con sus brazos conforme él se introducía en el agua y se sentaba.


-¿Seguro que estás bien? -preguntó mientras su esposa besaba su mejilla. -Quizás deberías recostarte.


-Pues yo pensaba pedirte que hablaras con tu tío para que ya me permitiera levantarme -alegó con expresión infantil.


-Sí, hablaré con él pero no sobre eso precisamente -repuso dejando entrever su malestar.


Alice hizo un mohín y tomó la esponja que flotaba en el agua. Empujó levemente los hombros de Jasper para que le diera acceso y comenzó a frotar su espalda.


-Tuve que insistirle mucho para que me lo contara -lo justificó.


-Debería haber dejado que insistieras más -masculló enjabonándose los brazos enérgicamente.


-Le convencí de que haciéndome ignorante no me protegeréis mejor de lo que esté sucediendo a mi alrededor -argumentó.


-Tampoco entiendo en qué te beneficia que sepas todo lo que te... -titubeó -todo lo que pasó.


-¿Cómo pretendes que sea una buena reina si vivo entre nubes de algodón? -discrepó ella. -He de saber como es el mundo en el que vivo, sus bendiciones y también sus maldades.


Jasper resopló y giró su rostro para ver el de su esposa.


-¿Sabes lo que sentí cuando Emmett me explicó lo que habían hecho contigo? -tomó su mejilla con dulzura, tratando de controlar las reminiscencias de la ira que aún habitaban en él. -Por un momento todas mis esperanzas se desvanecieron, era como querer coger agua con los dedos abiertos, resbalándose entre ellos de forma exasperante -le mostró sus manos extendidas, reflejando la impotencia. -Creí enloquecer ante la idea de perderte, pero después hayamos el lugar donde te escondían y no pude evitar preguntarme en que estado te encontraría. Sabía que estabas viva porque mi corazón así me lo decía, pero no sabía cómo.


Jasper giró su cuerpo, encarándola ahora, tomando sus mejillas entre sus manos.


-Alice, un encierro así bien podría haberte hecho perder la razón ¿no lo entiendes? Si no hubiera sido porque estabas narcotizada...


-Eso mismo, no fui consciente de nada así que...


-¿Y crees que me agrada que habiendo sido tu mente afortunadamente liberada de ese suplicio tú te empeñes en saberlo? -le reprochó.


-Creí que buscabas en mí a una compañera, a tu Reina, a una mujer, no una muñequita de adorno -le increpó, y Jasper quedó mudo sin ningún argumento ante su aseveración.


Alice se mordió el labio y bajó el rostro, temerosa de haberse excedido en su alegato.


-Lo siento, yo...


Jasper silenció su disculpa alzando su barbilla para besar sus labios.


-No lo sientas -murmuró él antes de abrazarla. -Tienes razón. Discúlpame si soy sobreprotector pero sabes que eres mi vida entera y no puedo soportar la idea de que algo te suceda o a nuestro hijo.


Esta vez fue ella quien tomó las mejillas de su esposo para besarlo.


-Por supuesto que quiero que me protejas -le sonrió ella. -Pero no puedes mantenerme oculta ante el mundo. Deberé ayudarte a tomar decisiones, en ocasiones duras y difíciles, y no podré hacerlo de forma justa si desconozco la verdad del mundo.


Jasper asintió con reticencia. Alice lo hizo voltearse y comenzó a lavar su cabello.


-Toda mi vida se me ha apartado de la realidad. Primero mi padre, luego Emmett, ahora tú, creyendo que si desconocía lo que iba estallando a mi alrededor sería más feliz. No os culpo, pero ya no más.


Jasper observó a su mujer. Aquellas palabras eran mucho más de lo que parecía.


-Alice, tú...


-Hace tiempo trataron de secuestrarme ¿verdad? -insinuó ella.


-¿Por qué dices eso? -la miró con recelo.


-Creí escucharlo durante mi cautiverio. No sabía si era parte de mi ensoñación, pero ahora veo que fue así -dedujo ella.


Jasper la miró impávido.


-Fue así ¿cierto? -insistió ella. -Por eso Emmett se convirtió en mi guardia personal -concluyó ella. -Ahora que lo pienso, creo que siempre lo supe. Pareciera que la que no quería salir de su burbuja encantada era yo -se lamentó.


-Ya todo eso quedó atrás -acarició la mejilla de Alice con suavidad. -Ese Reino de terror llegó a su fin.


-¿Lo... mataste? -vaciló, no muy segura de si él querría hablar de ello.


-Juré que lo haría, con mis propias manos, y, aunque no me sienta orgulloso, así fue -aseveró con firmeza.


Alice asintió en silencio. Jasper terminó de enjuagarse y, cuando hizo ademán de levantarse, ella tomó una toalla para ayudarlo a secarse. Aún se mostraba pensativo mientras Alice le alcanzaba la ropa limpia y se vestía.


-¿Sabes? -dijo finalmente, -sospecho que Emmett actuó del mismo modo que yo pero con respecto a James, por la forma en que fue en su busca, aunque más que por ti, creo que fue por Rosalie. ¿Crees que aceptarán las condiciones? -preguntó tras una pausa.


-Sin duda es la mejor solución que podrías proponerles dadas las circunstancias -concordó ella. -Y, si quieren estar juntos, lo harán.


De repente la escuchó lanzar una risita.


-¿Qué sucede? -la miró él extrañado sentándose en la cama.


-Jamás creí que aceptaras de tan buena gana su amor -le confesó ella, abrazándolo, de pié frente a él.


-¿Acaso parezco un ogro? -la miró ceñudo. Alice rió con su comparación.


-Eres bastante más apuesto que un ogro -bromeó ella.


-Gracias, me alegra que me tengas en tan buena opinión -ironizó él y Alice volvió a reír. -¿De verdad crees que soy apuesto? -le preguntó con fingida inseguridad.


-El hombre más apuesto que haya visto jamás -depositó ella un sonoro beso en sus labios, divertida. -Espero que nuestro hijo se parezca a ti y sea tan buen Rey como lo eres tú -auguró jugueteando con los húmedos anillos de su cabello.


-Muy segura estás de que será un niño -la miró intrigado.


-Puedes apostar por ello -le sonrió, sentándose a su lado. -Y tendrá tu cabello y el hoyuelo de tu mentón -besó su barbilla.


-¿Tengo alguna posibilidad de opinar ya que soy el padre? -se rió él.


-Claro que sí -asintió ella. -Excepto en lo que te he dicho.


-De acuerdo -aceptó él mientras acariciaba pensativo su vientre. -Tendrá la bondad de tu corazón, tu sonrisa y tus ojos.


-¿Mis ojos? -se sorprendió ella.


-Quiero verte en los ojos de nuestro hijo y recordar lo que sentí al ver los tuyos por primera vez -alzó su mano hasta su mejilla.


-Los tuyos son mucho más bonitos, azules como los lagos de estas tierras -alegó con timidez.


Jasper negó con la cabeza.


-No discutas con tu Rey -bromeó. -Los tuyos son preciosos y muy enigmáticos.


-¿Enigmáticos?


-Aunque ya empiezo a saber leer en ellos -se entretuvo perdiéndose en ellos un instante. -Ahora sus vetas violáceas brillan con luz propia, así que estás feliz.


-No hace falta ver mis ojos para saber eso -lo miró con suspicacia.


-También sé que se convierten en dos frías perlas plateadas cuando estás triste y en ocasiones la plata desaparece y se tiñen completamente de un violeta brillante -recitó él.


-¿Completamente violeta? -preguntó sorprendida.


-Te lo puedo asegurar -le sonrió insinuante. -Igual que te puedo asegurar que soy el único que los ha visto y que los verá.


-¿Qué...?


De súbito, Jasper consumió la poca distancia que lo separaba de sus labios y la hizo caer sobre la cama, sin separarse de ella. Lo que empezó con un beso tierno y delicado pronto se tornó insistente, ávido y lleno de pasión. Alice quedó sin aliento ante su inesperada caricia, viéndose arrastrada por el ardor que desprendían los labios de Jasper y hundió sus dedos en las ondas de su cabello, negándose a que su boca la abandonara.


-Mírame -le escuchó susurrar.


Alice obedeció y se encontró con la mirada de su esposo, llena complacencia y devoción.


-Ahí están -musitó sonriente, maravillado, como si estuviera frente al más hermoso descubrimiento. -Y más bellos que nunca.


-Jasper...


-Espero que no tengas mucha hambre -deseó mientras volvía a atrapar los labios de su esposa, dispuesto a terminar lo que había comenzado...


.


.


.


.


El atardecer comenzaba a teñir el firmamento con sus cálidos tonos melocotón. Ya vestidos, recostado Emmett contra el tronco del árbol mientras Rosalie descansaba en su pecho, observaban como el Astro Sol comenzaba a sumergirse en las calmadas aguas del lago, el que momentos antes había acogido en su seno su entrega de amor. Emmett hubiera querido permanecer así con Rosalie en sus brazos eternamente pero debían enfrentar la realidad y cuanto antes mejor.


-Rosalie, deberíamos volver antes de que anocheciera -susurró contra su cabello.


-Aún no -negó ella con la cabeza hundiéndola en su pecho. -No quiero regresar todavía, no quiero enfrentarme hoy a mi hermano y que se rompa la magia de este día.


-Pero no podemos pasar aquí la noche, al descubierto -discrepó él.


-Ya te dije que no me importa con tal de estar entre tus brazos -insistió ella. -Por favor Emmett, quiero pasar esta noche contigo.


Emmett lanzó un suspiro y la apretó con fuerza.


-Está bien, pero vayámonos antes de que oscurezca -la instó a levantarse.


-¿A dónde? -lo miró con extrañeza.


-No quiero que te enfermes por pasar la noche al raso -desató las riendas de su montura y se las pasó. -Confía en mí -le guiñó el ojo mientras montaba a Goliath. -Veamos que tan buen marido puedo resultar ser.


Rosalie rió y montó también, siguiendo a Emmett quien se dirigió hacia el bosque, que alcanzaron a los pocos minutos. En cuanto se adentraron en él, le hizo una señal para que se detuviera.


-¿Qué hacemos aquí? -quiso saber ella.


-¿Has cazado alguna vez? -le preguntó echándose el carcaj con flechas al hombro y tomando su arco.


-Pues la verdad, no -lo miró con suspicacia.


-Entonces, ahí van las dos reglas básicas que deberás seguir a rajatabla -decretó. -Primero, mantente siempre detrás de mí y, segundo, guarda silencio, desde ahora -le pidió.


-Pero ¿y tu brazo? -se preocupó ella. Emmett posó un dedo en sus labios reiterando su petición.


Rosalie obedeció y asintió con la cabeza. Emmett azuzó levemente a Goliath y Rosalie se posicionó tras él, cabalgando ambos muy lentamente. Las agujas de los pinos que cubrían la senda amortiguaban los cascos de los caballos quedando su sonido embebido en los ruidos del bosque. Llevaban caminando algunos minutos cuando, de repente, Emmett alzó su brazo indicándole a Rosalie que se detuviera. Tomó una de las flechas del carcaj y lo colocó en el arco, tensándolo. Un segundo después, un silbido cortó el aire, adentrándose en la espesura del follaje, tras lo que se escuchó un chillido agudo. Emmett había dado en el blanco.


-Espero que te guste la liebre -sonrió satisfecho, desmontando. Rosalie lo vio correr hacia los árboles, desapareciendo tras ellos y saliendo a los pocos segundos.


-¡La cena! -exclamó con su trofeo colgando de su mano, en alto.


-¡Bravo! -aplaudió ella riendo.


-Gracias -le hizo una reverencia grandilocuente bromeando. -Ahora viene la segunda parte de la función -repuso mientras colgaba la liebre de su silla. Luego metió la mano en el morral sacando un cabo de cuerda y comenzó a recoger ramas secas del suelo, haciendo un hatillo. Encontró algunas más gruesas y largas y las partió con ayuda de su espada. Cuando concluyó, lo ató y lo colgó al otro lado de su silla.


-¡Listo! -exclamó, sacudiéndose la tierra de las manos y montando. -¿Preparada para continuar el viaje?


-Preparada, no sé -bromeó ella, -pero sorprendida, mucho. Va a resultar que eres un buen partido -se rió.


-Entonces no me pierdas de vista antes que otra me eche el lazo al cuello -alegó haciéndose el interesante.


-Presuntuoso -sentenció con fingida altivez haciendo que Emmett soltase una carcajada.


-Anda, vamos o al final se nos echará la noche encima.


-Por mucho que te pregunte, no me dirás a donde vamos ¿verdad? -aventuró ella.


-Exactamente -afirmó él, -pero tengo la sospecha de que te gustara.


Emmett picó espuelas con brío y Rosalie galopó tras él, dejándose guiar. Cuando salieron del bosque Rosalie vio que Emmett tenía razón, ya empezaba a oscurecer. Sin embargo, no le preocupó en absoluto, al igual que tampoco le preocupaba no saber a dónde se dirigían; cabalgó a su lado dispuesta a seguirle fuera donde fuera.


Ya se alzaba la luna en lo alto de la noche estrellada cuando vio que se acercaban a una cabaña abandonada y poco tardó en reconocerla Rosalie. Fue la misma en la que fue a resguardarse aquella vez que la sorprendió la tormenta, cuando Emmett acudió en su busca. Rememorar lo que vivió, lo que sintió en aquel lugar hizo palpitar con fuerza su corazón. Emmett desmontó, asegurando a Goliath a un madero y volvió a donde estaba ella, tomándola por la cintura y bajándola del caballo.


-No sé para ti -comenzó a decirle, -pero para mí esté lugar es especial.


Rosalie no contestó, pero asió su mano para colocarla sobre su pecho, haciendo que su corazón aún desbocado lo hiciera por ella. Emmett sonrió comprendiendo y la atrajo hacia sí, besando sus labios con ternura.


-¿Tienes hambre? -le susurró acariciando su mejilla, asintiendo ella sonriente.


Emmett caminó hasta Goliath, cogiendo el hatillo de leña y su morral. Luego tomó la mano de Rosalie y se dirigieron al interior. Sin tiempo que perder fue hasta la ennegrecida chimenea y se arrodilló frente a ella. Sacó de su bota la daga y rebuscó en el morral extrayendo algo de pedernal. Colocó unas ramitas secas en la chimenea y, con maestría, frotó el pedernal contra el metal del filo, saltando chispas y prendiendo las ramas al instante. Tomó un espetón y, cuando se volteó a mirar a Rosalie, la vio sentada en el mismo lugar en el que la encontrara aquella vez, aunque, en esta ocasión lo observaba sonriente, maravillada con cada uno de sus movimientos.


-¿Sucede algo? -la miró él confuso. Ella negó con la cabeza y la sonrisa aún dibujada en sus labios. -Voy a limpiar la liebre, vuelvo en un minuto. Deberías acercarte al fuego.


Lo vio salir por la puerta y se levantó aproximándose a la hoguera; a pesar de ser verano, su calor era bienvenido, pero la alegría que templaba su corazón era mucho más reconfortante. En esos instantes, Emmett se presentaba ante sus ojos como un héroe de leyenda, como un caballero andante capaz de cuidar de una dama. Podría ser un sueño de jovencita ingenua y cándida pero ¿porqué no? Emmett la hacía sentirse protegida y, aunque todo aquello no fuera más que una pequeña aventura que pronto daría a su fin, le halagaba la forma en que Emmett se estaba haciendo cargo de todo, como si quisiera demostrarle que a su lado jamás le haría falta nada. Tonto, podría comer liebre durante toda su vida si con eso conseguía que no se separaran jamás.


A los pocos minutos Emmett regresó, con la liebre limpia y ensartada en el espetón y con un pellejo lleno de agua.


-He usado un poco para lavarme las manos pero bastará para los dos -le dijo dejándola a un lado. Luego colocó la liebre en la hoguera y se acomodó tras de Rosalie a esperar que se asara, apoyando ella su espalda en su pecho. Observó durante unos momentos el crepitar de las llamas, concentrado en la respiración acompasada de Rosalie, aunque preocupado en cierto modo por su silencio. Inclinó su rostro intentando escudriñar sus facciones y, aunque parecía tranquila, no pudo evitar inquietarse y, tras varios minutos no pudo aguantarlo más.


-Rosalie, no has dicho nada desde que llegamos ¿Pasa algo? -le preguntó.


-Qué puedo decir -lanzó un suspiro un tanto exagerado. -Estoy encandilada, fascinada con tus dotes maritales.


Emmett lanzó una sonora carcajada.


-Menos mal, por un momento pensé que te estaba incomodando -rió aliviado.


-En absoluto -giró su rostro para ver el suyo. -Creo que jamás que disfrutado de una velada tan encantadora como ésta.


-Y eso que acaba de empezar -bromeó él.


-Tengo curiosidad por ver que nos depara la noche -susurró ella insinuante.


-Por lo pronto, vamos a cenar -besó su frente. Rosalie hizo un mohín de disgusto y se separó de él.


Emmett apartó la liebre del fuego y, con su daga, cortó un pedazo y se lo entregó a Rosalie, sentándose después, recostado contra la pared.


-Imagino que te gustará más condimentada -supuso él.


-Está deliciosa -le aseguró al dar el primer bocado.


Emmett la miró receloso.


-Seguro que tratas de adularme. Déjame probar -replicó tras lo que empezó a comer. -Pues no está mal -reconoció saboreando la carne.


-Después de esto mi hermano no puede negarse a que me case contigo -añadió con tono despreocupado. -Sólo bromeaba, Emmett -se excusó al verlo tensarse.


-Lo sé -resopló lanzando el hueso a la hoguera. -Es sólo que...


-No, Emmett, por favor -tiró también las sobras y se acercó, colocándose frente a él. -No volvamos a hablar de lo mismo. Pase lo que pase seguiremos juntos.


-Pase lo que pase -aseveró apoyándola en su regazo. Necesitaba sentirla cerca para afianzar esa promesa.


-¿Sabes lo que me recuerda esto? -la escuchó murmurar contra su pecho.


-Claro que lo sé -besó él su cabello. -Por eso te he traído aquí. De haberlo sabido me hubiera gustado disponer de más tiempo para haberlo ordenado un poco -sonrió.


-No -sacudió ella la cabeza. -Así es perfecto, estando como lo estaba en aquella ocasión.


Escuchó a Emmett suspirar y se apretó a él, rodeándola sus brazos con más fuerza.


-Emmett...


-¿Sí?


-¿Qué sentiste tú? -preguntó dudosa. Emmett se tomó unos segundos antes de responder.


-Recuerdo que esa misma mañana había decidido marcharme, incapaz de sostener más la situación -le contó. -Sin embargo, al tenerte entre mis brazos me reí de mi propia necedad. Te amaba como un loco, por mucho que intentara negármelo.


-Yo creía que mi amor por ti no podía ser más profundo hasta que me sentí refugiada en tu pecho -rememoró ella.


-Supuse que no eras muy consciente de lo que estaba sucediendo -la apartó un poco para mirarla, con el ceño fruncido.


-Porque, si no hubiera sido así, jamás te habría abrazado como lo hice ¿verdad? -le lanzó una mirada traviesa. -Tenía la convicción de que ese momento jamás se volvería a repetir, así que quise disfrutarlo, para atesorarlo después.


-Vaya par de tontos -sonrió él. -Amándonos tanto y no hicimos otra cosa que pelear continuamente.


-Eras un vanidoso -le hizo ella un mohín.


-Y tú una altanera -la acusó.


-¿Por eso te enamoraste de mí? -ironizó ella.


-Eras irresistible mostrándote tan altiva, con tu barbilla alzada y tus manos en la cadera, provocativa y orgullosa. La primera vez que me llamaste "muchacho" con tan delicioso desdén caí rendido a tus pies -se rió él.


-Era insoportable ¿verdad? -se disculpó ella.


-Sí, insoportablemente tentadora -besó él la punta de su nariz. -Y tú ¿cuándo empezaste a sentir algo por mí? -quiso continuar él con su juego.


-Aquella vez que me torcí el tobillo y, al tratar de levantarme, caí sobre tu pecho. Rodeaste mi cintura con tus manos y, si no hubiera sido por eso, habría vuelto a caer al sentirte tan cerca -recordó Rosalie con una sonrisa.


-Te refieres a aquella vez que me estabas espiando detrás del roble del lago -la corrigió Emmett.


-No te estaba espiando -titubeó ella. -Yo sólo...


-Y tampoco me espiabas aquel día que yo estaba entrenando en el patio ¿verdad? -siguió provocándola.


-Serás... -lo miró con fingido molestar, golpeando su hombro. -¿Ves que eres un vanidoso?


-Basta con que aceptes que me veías atractivo -se mofó él.


-No te veía atractivo -sacudió ella la cabeza. -Eres muy atractivo y apuesto y amo como me siento rodeada por tus fuertes brazos -le sonrió sugerente.


-Entonces será fácil complacerte -la apretó más contra su pecho.


-Ojalá siempre fuera así -suspiró ella.


-Sé que no será fácil -admitió. -En todo camino de rosas hay espinas. Lo importante es que estaremos juntos, para quitárnoslas el uno al otro y ayudarnos a que sanen las heridas.


-Juntos -musitó ella.


-Espero que, cuando seamos ancianos y mis brazos ya no sean tan fuertes, aún busques refugio en ellos -tomó su mejilla y la miró a los ojos.


-Siempre -le aseguró ella. -¿O es que tú dejarás de amarme cuando sea una viejecita arrugada?


-Nunca serás una viejecita arrugada -bromeó él. -Siempre serás mi diosa -acarició con suavidad su rostro.


-Antes... me llamaste así -murmuró ella.


-¿Te molesta? -preguntó él aún sabiendo cual era la respuesta.


-No -negó ella. -Me sentí...


-¿Amada, deseada? -su voz se tornó grave mientras sus dedos acudían a sus labios, rozándolos.


Rosalie asintió, cerrando los ojos, sorprendida de la reacción de su cuerpo cada vez que Emmett la tocaba de ese modo.


-¿Y te gusta sentirte así? -le susurró dejándose llevar por la sensación cálida que recorría sus dedos en contacto con la sensualidad de su boca.


-No, me gusta que tú me lo hagas sentir -elevó una de sus manos hasta su nuca, causándole escalofríos su tacto, estremecido por lo que aquella mujer era capaz de provocar en él.


-Rosalie...


-Quiero sentirlo de nuevo, Emmett -alzó su rostro aproximando sus labios a los suyos, cerca, tanto que su aliento se introdujo en él, aturdiéndolo. De nuevo su diosa se transformaba en aquella hechicera que doblegaba su voluntad a su antojo. Rosalie rozó levemente sus labios con los suyos, haciéndolo temblar, haciendo más que firme su petición.


-Pero aquí...


-El lugar más inmundo del mundo se convierte en el paraíso si estoy entre tus brazos -respiró en su boca.


Emmett se dejó vencer. Atrapó sus labios y la besó con ardor. Que Dios lo perdonara si podía, porque él no podía resistirse a sus caricias y sus besos, a su mirada atrayente. Él también se sentía amado, deseado cuando Rosalie lo acariciaba así, cuando lo miraba así y ni haciendo acopio de todas sus fuerzas podría negarse a ella. La amaría en aquella casita maltrecha porque él también necesitaba sentirla en lo más profundo de su ser. Esa noche era de ellos, para amarse sin impedimentos ni apremios. Ya se preocuparían por el futuro cuando amaneciera, aunque si había algo de lo que estaba seguro era de que nada podría separarlo de aquella mujer... de su mujer.




domingo, 18 de julio de 2010

Destellos de Oscuridad

Hello mis angeles hermosos al fin estoy de regreso . y como ando de buenas les traigo un nuevo fic de mi querida Jeanette Yunnuen esta buenisimo . en fin solo les pido mucho comentarios por fiss sean buenas
Mil besitos
Angel of the dark
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Una vez te vi en un sueño,

quieta, observabas la noche sin consuelo,

tu cabello oscuro jugando con el viento,

tus labios rosas sellados a palabras

de amor eterno.

Entonces decidiste verme,

a la luz de la noche tus ojos sostuvieron mi alma,

me habías atrapado,

no lo entendiste, no quisiste aceptarlo.

La realidad volvió a mis sentidos,

no quería despertar,

porque te desvaneciste

y nunca volví a soñar.

Pero tus ojos se quedaron,

como destellos en mi oscuridad,

ellos no me abandonaron.

Ahora camino en una noche infinita,

buscando sin descanso,

y aunque no pueda encontrarte,

viviré con el feliz recuerdo

de que una vez te vi en un sueño"

Jeanette Yunnuen, Una vez te vi en un sueño.


Capítulo 1

Cuentos para dormir


El viento manipulaba la dirección de la lluvia, y ésta se dejaba llevar por sus finas caricias hasta fundirse en la noche, que con promesas frías abrigaba la ciudad.



Una vampiresa caminaba, al parecer ajena a las gotas que le mojaban el pálido rostro, y el cabello largo color chocolate, cuyos mechones prometían destellos rojos en los días soleados. Sus ojos eran oscuros, pero devolvían una mirada inteligente y sincera que los hacía verse únicos, sólo que lo ignoraba. Porque ella era perfecta, como todos los seres inmortales que cruzaban por la tierra, sólo que había algo que la distinguía, una cálida luz que trasmitía, una que no se puede apreciar a simple vista, pero se puede sentir. Pero ella decidió olvidarse de eso, dejó de preocuparse por sí misma, y concentrarse en la única persona que ocupaba su corazón.


Amy. No había espacio para nadie más, que para su humana y frágil hermana.


La joven continuó su camino, hasta llegar a un gran edificio, donde la gente no descansaba, donde lo más importante era cuidar de los demás.


Las luces blancas iluminaban los pasillos, habitaciones y personas, un lugar frío y lleno de ruidosos lamentos.


Ella se dirigió hasta la sala de espera, donde se encontró con una mujer vestida de blanco, que la reconoció inmediatamente.


-Bella –la saludó la enfermera.


La vampiresa le respondió, con un no muy efusivo "hola" a la humana, y giró la cabeza en todas direcciones en busca de un licántropo en particular.


-El doctor Uley vendrá pronto –le dijo la enfermera-. Mientras esperas… ¿Qué tal si vas a verla? Esta despierta y ansiosa porque estés con ella.


Eso captó la atención completa de Bella, y siguió a la enfermera hasta la habitación veintisiete, pero la mujer se detuvo antes de entrar.


-¿Qué pasa? –la urgió Bella, quien ya quería ver a su hermana.


-Te podría ofrecer una bolsa de sangre, si no te has alimentado aún –le sugirió la mujer, quien observaba el semblante de la vampiresa con preocupación.


Bella negó con la cabeza, aún no había tomado nada, pero no podía concentrarse en nada más que en Amy.


-Estoy bien –le aseguró a la enfermera, quien no parecía del todo convencida, pero accedió a dejarla pasar.


-¡Bella! –exclamó la niña, sus ojos brillaron emocionados al ver un rostro familiar.


La vampiresa sonrió, y se sentó en la cama, junto a su hermana.


-¿Cuándo podré volver a casa? Este lugar me aburre –se quejó Amy frunciendo el ceño, que como todos los niños tienen la singularidad de cambiar de emoción rápidamente.


Bella extendió la mano y acarició el cabello dorado de la niña, pero al descender sus dedos entre los hilos que crecían en su cabeza, un mechón se quedó en su mano.


La vampiresa cerró la palma y escondió los hilos dorados de la vista de la niña.


-Ya que el doctor diga que estas bien para irte –le contestó la vampiresa.


-¿Y eso cuando será? –insistió la niña.


-Pronto, ya verás –le aseguró Bella, intentando que su fuera lo más tranquilizadora posible, porque ella tenía que ser fuerte, por las dos.


Se escuchó el ruido de la puerta abrirse. Bella no se molestó en voltear, sabía que se trataba de Sam, y lo confirmó cuando Amy comenzó a hablar.


-¡Ya me siento muy bien! –casi gritó la niña-. Eso significa que ya me puedo ir ¿verdad?


El licántropo se rió, y se acercó a Amy.


-Aún no, pero pronto –le dijo.


La niña se cruzó de brazos y frunció el ceño.


-Todos dicen lo mismo, "pronto, pronto" pero nadie lo cumple –balbuceó.


-Sólo tienes que tener un poco de paciencia, Amy –intervino Bella.


Un pequeño resoplido escapó de los labios de la niña.


-Es hora de que te vayas a dormir –le dijo Sam.


-¡Van a hablar de cosas interesantes y quieren que no escuche! –se quejó Amy-. Por eso quieren que me duerma, para que no escuche.


-Entre más descanses más rápido te curarás y podrás regresar a casa –le dijo Bella.


La niña sonrió y se cubrió con las sábanas.


-¿No me leerás hoy? –le preguntó a su hermana.


-Tengo que irme pronto –le contestó Bella-, pero mañana en la noche te leeré todo lo que quieras.


Una expresión de tristeza apareció en los ojos de Amy, y a Bella se le partió el corazón negarle algo, pero la niña asintió, resignada, y cerró los parpados lentamente.


-Buenas noches, Bella.


-Buenas noches, Amy.


Sam le pidió a la vampiresa que salieran para poder hablar, y Bella accedió pues tenía algunas cosas que discutir con él.


-¿Estás seguro de que no puedo convertirla? –le preguntó ella.


El licántropo suspiro, un gesto de cansancio y tristeza.


-Ya hemos discutido esto antes, Bella –le recordó-. Hay humanos que nacen genéticamente preparados para tal cambios, y otros que no. Me temo que Amy no es uno de ellos, y el intentarlo sólo le provocaría la muerte.


Bella apretó los puños, y contuvo sus ganas de llorar.


-Con tratamiento podrá salir de aquí en unos días y estará estable…


-Pero no curada –replicó la vampiresa.


-Lo siento, Bella –Sam le tendió una bolsa llena de líquido rojo-. Creo que lo necesitas.


La joven lo agradeció y le clavó sus colmillos a la bolsa, la verdad es que tenía mucha hambre.


-Bella necesitas tomar sangre caliente, no puedes vivir de esto, pronto no te va a satisfacer.


-Estaré bien –le aseguró una vez que se terminó el contenido.


-No es cierto –replicó el licántropo-. Necesitas comenzar a beber de otros como tú… ¿No has pensado tener un compañero?


-No, gracias.


-Bella…


-En serio, Sam, basta de esta conversación. Sólo quiero concentrarme en mi hermana, y nada más –contestó-. Además tú no deberías estar tan preocupado por mí, de hecho deberías odiarme como todo buen licántropo odia a los vampiros.


-Tal vez –sonrió él-, pero eres diferente Bella.


-Que no te escuchen los de tu manda, porque te destituirían de tu puesto de alfa –bromeó ella, con lo poco que le quedaba de humor.


-Creo que les agradarías –dijo Sam-. Emily te quiere como a una hermana.


Bella se percató de la luz que llenó los ojos de Sam cuando mencionó a su compañera, definitivamente estaba profundamente enamorado.


-Lo sé, yo también la quiero –contestó.


Entonces, el celular de Bella comenzó a sonar, sin pensarlo dos veces, contestó.


-Necesito que vengas –una imperiosa voz masculina le ordenó.


Bella hizo una mueca.


Era Dominic. Sólo el podría provocarle tal malestar sin siquiera verlo.


-Ya voy –fue todo lo que respondió, y colgó.


-¿A dónde vas? –le preguntó el licántropo algo preocupado.


-A trabajar –lo que, en cierta forma, no era mentira.


Sam abrió la boca para decir algo más, pero ella no le dio tiempo, desapareció de su vista en un parpadeo, una ventaja de ser vampiro. Aunque él podía alcanzarla, sabía que no lo intentaría, ya que necesitaba permanecer en el hospital.


No tuvo que correr mucho tiempo para llegar a su destino: una casa moderna, y bastante lujosa en el centro de la ciudad. No se molestó en tocar, ya que la puerta siempre permanecía fácil de abrir, Dominic no parecía preocuparse por su seguridad, ya que era un vampiro muy poderoso.


-Hola Bella –la saludó cordialmente el vampiro, se encontraba en su biblioteca leyendo un viejo libro, cuyo título era desconocido para ella, porque lo tenía cubierto con sus manos.


Dominic era alto, y su cabello rubio platinado caía por sus fuertes hombros como una cortina, sus ojos verdes casi brillaban en la oscuridad de la habitación.


-Necesito un préstamo –le soltó Bella.


Los ojos del vampiro se abrieron desmesuradamente, pero parecía más divertido que sorprendido.


-¿Otro? –cuestionó-. A este paso me deberás toda tu vida eterna.


-Por eso hago cosas por ti, para pagarte –gruñó Bella-, así que déjate de bromas y dime si me lo vas a prestar o no.


-Por supuesto –contestó-, siempre lo hago ¿o no?


Bella tenía ganas de arrancarle la cabeza, pero se contuvo, aunque era bastante difícil hacerlo.


-Justamente, hay un vampiro que me debe una cantidad considerable –comentó-. Cóbrale y si consigues que te pague, todo ese dinero es tuyo. Pero, si se niega, mátalo, y asegúrate de que haya público para que sepan que a mí nadie me engaña.


Dominic le describió al vampiro y le dijo donde podría encontrarlo en las horas nocturnas.


Bella salió corriendo en busca de su víctima.


Encontrar el bar no fue problema, y mucho menos dar con el vampiro, ya que estaba en el centro de la barra, con una vampiresa de cada brazo. Era corpulento y de un cabello negro azabache, pero su musculatura no intimidó a Bella, ya que la joven había tratado con vampiros así mucho antes.


Se dirigió hacia él, y ni siquiera necesito hablarle para llamar su atención, ya que no parecía satisfecho con la compañía que tenía, y cualquier mujer que se atravesara en su camino era digna de una mirada suya.


-Oh, hermosa, desearía tener un tercer brazo para ti, pero puedes sentarte en mis piernas –dijo el vampiro al verla.


Bella reprimió una mueca de repulsión y se concentró en lo que tenía que hacer.


-Vengo de parte de Dominic.


El vampiro arqueó las cejas.


-Me sorprende, normalmente manda a vampiros agresivos para que cobren sus deudas –comentó-. ¿O quizá piensa que tú puedes utilizar un método más efectivo de persuasión?


-Sólo cállate y págame –soltó Bella, enojada.


-Si te portas más amable, tal vez podamos discutir sobre ello…


Pero Bella no le dio tiempo de continuar, porque saltó sobre él, y puso sobre su pecho un afilado cuchillo de plata.


-Te doy la oportunidad que escojas entre el dinero o la vida.


El vampiro intento liberarse, pero todo lo que consiguió fue que Bella le gruñera y le mostrara los colmillos.


-¡De acuerdo, te daré el dinero! –exclamó.


Bella retiró la hoja afilada de su cuerpo, y se alejó un poco, pero no le permitió ponerse de pie.


El vampiro le entregó cinco fajos de billetes, y desapareció, no sin antes darle un patada en la entre pierna.


Eso había sido fácil.


En la mañana, no pudo quedarse en su pequeña casa por mucho tiempo, salió en busca del medicamento que Amy necesitaría para su regreso, y al ver una preciosa mochila color rosa, no pudo resistirse a comprarla. Su hermana estaría encantada cuando la viera.


Pronto se hizo el atardecer, y sin poder esperar más se fue al hospital.


-Ella te está esperando –le aseguró la enfermera cuando la vio llegar.


Antes de llegar a la habitación, Bella pasó a recepción, a liquidar la cuenta del hospital.


Una vez terminado ese asunto, se fue directo a verla.


La hermosa niña sonrió, y sin siquiera saludarla, sacó un viejo y maltratado libro debajo de su almohada.


Bella se sentó a su lado y tomó el libro cuyo título era: Narraciones sobre el inicio del mundo.


La vampiresa, y quizás su hermana también, se preguntaba constantemente quién habría escrito ese libro tan peculiar, ya que el autor aparecía anónimo en la portada.


-¿Cuál quieres que te lea? –le cuestionó la vampiresa, aunque ni siquiera sabía porque hacía esa pregunta, porque ya sabía la respuesta.


-¡La ruptura del reino perfecto! –exclamó la niña.


-Espera, antes de eso –Bella sacó la mochila que le había comprado, lo cual provocó un chillido de felicidad de la niña.


-¡Es muy bonita!


-Para cuando regreses a la escuela –le explicó Bella-, creo que la que tienes ya está muy vieja.


Amy abrazó la mochila.


-Gracias, hermana. ¡Ahora comienza a leer!


Bella se rió, y volvió a tomar el libro, lo abrió en la página quince, y se dio cuenta que las hojas en las que venía el cuento estaban más desgastadas que el resto.


La joven tomó un gran aliento y comenzó a adentrarse en la historia, vio a Amy cerrar los ojos y abrazarse más a su mochila, una pequeña sonrisa se asomó en los labios de su hermana.


La ruptura del reino perfecto


Cuando los cielos, el mar, la luna y el sol eran jóvenes, y su edad apenas se remontaba a algunos siglos, existió un reino perfecto.


Ya nadie recuerda esto, no porque el tiempo haya borrado las memorias de los sucesores, sino que ellos decidieron olvidar. Decidieron fingir que en el inicio de los tiempos eran felices, ya que es más doloroso recordar algo que se perdió y nunca se volvió a tener, a fingir que nunca pasó.


En ese reino, las personas eran cuatro manos, cuatro piernas, dos corazones en un mismo cuerpo. Dos mentes y dos almas, con las mismas emociones y sentimientos, siempre coordinas, siempre de acuerdo. Cada habitante estaba formado por dos mitades, que se complementaban a la perfección.


Pero como en todo el mundo existe la maldad, ésta no tardó en percatarse de la felicidad del reino, y gritó de envidia. Así fue como la maldad tomó forma de una mitad y pidió audiencia con el rey. Todos los habitantes observaban al desconocido, extrañados y horrorizados. "¿Dónde estará su otra mitad?" Se preguntaban y murmuraban por las calles. Algunos hasta se atrevían a preguntarle al desconocido, sin recibir ninguna respuesta de su parte.


Fue tanta la impresión que causó, que el rey no tuvo más que aceptar ver al desconocido.


El ser con una sola mitad, comenzó a hacerse amigo de una sola de las mitades del rey, ya que la otra lo veía con desagrado y desconfianza. Pasaron semanas, y el desconocido logró nublar el juicio de una de las mitades.


Fue en ese momento, que las dos mitades tuvieron su primera pelea, y fue tanto el desacuerdo entre las dos, que se separaron. Entonces una de las mitades del rey ordenó a todos los habitantes separarse. Y así fue.


La naturaleza se enojó y lanzó una maldición sobre ellos, los esparció por el mundo y borró las memorias de cada una de las mitades. El reino perfecto se rompió y quedó en las profundidades del olvido.


Desde entonces los hombres y mujeres vagan por el mundo en busca de su complemento perfecto, con la sensación de que alguna vez lo perdieron, hace mucho tiempo, y que no pueden descansar hasta encontrarlo.


FIN


-No entiendo porque te gusta este cuento –comentó Bella al cerrar el libro-, no tiene un final feliz.


-Este libro dice que tenemos una mitad perfecta en alguna parte del mundo –soltó la niña-, y creo que es cierto, por eso me gusta.


Bella suspiró y le entregó el libro a la niña, quien lo besó y abrazó, antes de meterlo debajo de su almohada nuevamente.


-Sabes, yo pedí un deseo –comentó su hermana, sonriendo.


-¿Cuál es? –le preguntó Bella con curiosidad.


-Que encontrar tu otra mitad pronto –respondió-. Ya verás estoy segura que hoy lo encontrarás, pero tienes que fijarte bien Bella, tienes que darte cuenta que es él.


La vampiresa puso los ojos en blanco.


-Porque como eres tú lo ignorarás y lo dejarás ir, promete que te fijarás.


-Lo prometo –respondió Bella para tranquilizarla, pero sin fijarse mucho en lo que decía.


-El te va a amar mucho, ya lo verás, y te cuidará por mí, cuando ya no esté.


Eso último si había llegado hasta los oídos de Bella.


-¡No vuelvas a decir eso Amy! –la regañó-. Tú vivirás mucho tiempo.


-Está bien, ya no diré eso –dijo la niña, algo extrañada por la reacción de su hermana.


Bella observó a la pequeña que tenía en frente, y se obligó a olvidarse de todas las cosas que le había dicho Sam, ella viviría, ella tenía que hacerlo.


-También deseé que él fuera muy insistente, y que no descansara hasta obligarte a admitir tu amor por él, porque conociéndote te la pasarás huyendo todo el tiempo –comentó la niña con una risita.


Pero Bella, que pensaba en la situación de Amy, no prestó atención a sus palabras.


-Gracias por leerlo –le dijo Amy después de un rato, sus ojos comenzaron a cerrarse, hasta que finalmente quedo dormida.


Bella se inclinó y besó la frente de la niña, salió de la habitación sin hacer mucho ruido, y se encontró con Sam en el pasillo.


-Bella tengo que hablar contigo –dijo él.


A la joven no le gustó el tono en que las palabras salieron de su boca, pero asintió animándolo a continuar.


-Amy necesita trasplante de médula.


-Yo puedo dársela ¿No? –le preguntó-. Puedo ser su donante…


-Sí, Bella.


-¿Aún siendo vampiro?


-Sí, pero hay otro problema, ningún instrumento que tengo puede atravesar tu piel Bella –comenzó el licántropo, pero fue interrumpido por ella.


-Tengo algo que servirá –Bella sacó su cuchillo de plata y se lo mostró.


Los ojos de Sam se abrieron de par en par.


-No sabes lo que dices, Bella…


-Lo sé perfectamente –lo interrumpió.


Sam la condujo hasta una habitación vacía, y la recostó en una camilla.


-Bella no tendrás anestesia, el cuerpo de los vampiros…


-La rechaza –completó ella-, estoy consciente de ello.


-Esto no es posible, si hago el corte en cuando saque el cuchillo, aunque tarde en sanar, pero se comenzará a cerrar y necesito meter la jeringa…


-Entonces mantén el cuchillo adentro mientras extraes la médula –le sugirió ella.


-Bella, el dolor será…


-Lo soportaré –dijo con firmeza.


-¿Estás segura? –le cuestionó él-. Porque podemos darle a Amy un tratamiento diferente o buscarle un donador compatible.


-Eso se puede tardar –dijo ella-,y Amy lo necesita ahora, no podemos esperar.


Sam no volvió a discutir, simplemente le pidió que se recostara de lado, y le subió la blusa y le bajó un poco el pantalón, para que la parte superior de la cadera quedara al descubierto.


-Lo haré lo más rápido posible –le dijo.


Bella apretó los puños y cerró firmemente los labios, justo antes de que la hoja del cuchillo perforara su piel.


Fue peor de lo que ella había imaginado.


Sentía que la piel ardiendo, como si se estuviera quemando, también pudo sentir como la aguja de la jeringa entraba en la herida, así como las lágrimas que resbalaron por sus mejillas.


Pero la tortura no duró mucho, porque pudo saber cuando la aguja y el cuchillo salieron de su cuerpo, el dolor disminuyó, pero no mucho, la zona en donde se encontraba la herida todavía parecía encontrarse en llamas.


La puerta se abrió y por ella entró otro licántropo, este parecía más alto que Sam, su cabello era negro, brillante, y sus ojos oscuros no parecían entender la escena que tenía en frente.


-La enfermera dijo que te encontrabas por aquí, Sam…


-Jacob sal de aquí.


Pero el licántropo posó los ojos en Bella y después en Sam, y no supo que fue lo que vio en él, pero eso lo enloqueció. Su cara se descompuso en una mueca de furia y saltó… Bella pensó que la atacaría porque era un vampiro, y en esos momentos se sentía completamente vulnerable, no podía defenderse. Jacob se transformó en el aire, fue increíble, y afortunadamente no cayó sobre ella, sino detrás.


El instinto le decía que no era seguro darle la espalda a un licántropo, así que se giró sobre la mesa, lo que le provocó mucho dolor, y no pudo evitar soltar un grito.


Escuchó al enorme lobo gruñir, pero cuando sus ojos enfocaron bien, descubrió que no era a ella a quien amenazaba, sino a Sam.


-¿Qué es lo que te ocurre Jacob? –cuestionó Sam-. ¿No me reconoces? ¡Soy el alfa!


Bella intentó levantarse para ayudar a Sam, pero todo lo que consiguió fue caerse, el dolor había hecho a sus piernas doblarse.


-¡Bella! –exclamó Sam.


Dio un paso hacia ella para ayudarla, pero el lobo se lo impidió, se interpuso entre Bella y Sam. Casi le pareció a la joven que lo hacía protectoramente, pero eso no era posible.


-¡Jacob, te lo ordeno, quítate!


Pero el lobo se tensó y le mostró toda la hilera de dientes en punta.


-Bella, creo que te está… protegiendo, de mí –Sam parecía sorprendido-. No me dejará tocarte, ni acercarme, al parecer… Tienes que decirle que estás bien y que no te hice daño, sino no se tranquilizará.


La vampiresa no podía creer en eso, pero no perdía nada con intentarlo.


-Jacob –recordó como lo había nombrado Sam-, estoy bien, de verdad estoy bien.


Vio como el lomo del lobo se relajó, y su hocico se giró hacia ella, pero ya no gruñía.


-Sam no me hizo daño –continuó ella-, tienes que dejar que me ayude a levantarme.


Un brillo de inteligencia se reflejó en los ojos oscuros del lobo, y Bella supo que lo había comprendido.


El lobo se hizo a un lado, pero se mantuvo cerca de ella.


Sam se aproximó a la vampiresa, con cautela, y la ayudó a levantarse.


-Se curará pronto –dijo él observando la herida-, pero creo que necitas descansar.


-¿Servirá la médula para Amy? –cuestionó Bella, ignorando los consejos del licántropo.


-Sí


Bella suspiró, era todo lo que necesitaba saber. Podía sentir su piel comenzando a regenerarse, pero sabía que tardaría un poco, ya que la plata era muy agresiva en un vampiro. Se bajó la blusa, y se volvió a colocar el pantalón en su lugar.


Sam se giró hacia el lobo.


-¿Qué fue lo que te pasó?


El lobo salió corriendo de la habitación, y regresó poco después con otra ropa y otra vez en forma humana.


-No lo sé –respondió, y dirigió su mirada hacia Bella-, yo sólo quería protegerla.


-Pero ni siquiera la conoces –replicó Sam-, además ellas es… no es de nuestra manada.


Bella se dio cuenta que Sam quería decir "vampiro", pero se contuvo seguramente porque ella estaba presente, pero la joven no se sentía ofendida, era muy bien sabido que a los licántropos normalmente no les agradaban los vampiros, era lógico que él considerara extraño que Jacob la protegiera. Hasta ella misma lo consideraba así.


-Lo sé –respondió Jacob-, pero te vi con el cuchillo y ella estaba sufriendo, entonces me volví loco, nada me importaba más que su seguridad.


Sam se quedó pensando, pero si encontró algo que explicara aquel comportamiento no lo dijo en voz alta.


Bella se sintió mejor, aunque el ardor persistía, pero ya se sentía capaz de caminar.


-Tienes que descansar –le recordó Sam.


Jacob se acercó a ella.


-¿Cómo te sientes?


-Mejor –contestó y luego sonrió-, y gracias por defenderme, aunque no lo necesitara.


Jacob se encogió de hombros, parecía un poco apenado y contrariado por lo sucedido.


-¿A dónde vas? –le preguntó Sam.


-A casa –mintió, en realidad iba con Dominic.


-¿Estás segura que puedes ir sola? –le preguntó Jacob-. Puedo acompañarte…


-No es necesario, pero gracias –dijo Bella.


Se despidió de los dos licántropos y salió del hospital, lista para encontrarse con el vampiro que odiaba tanto.


-¿Y a que se debe que tan agradable visita? –le preguntó Dominic, con una sonrisa que mostraba los colmillos-. Normalmente no vienes tan seguido.


-Quiero saber si hay algo que pueda hacer para disminuir la deuda que tengo –soltó Bella. No le gustaba sentirse tan atrapada, tenía que haber alguna forma de pagar todo pronto.


-Como tú misma dijiste anoche, todo lo que te pido es como pago por tu deuda –respondió él.


-Lo sé –dijo Bella, exasperada-, pero tiene que haber una manera más rápida de hacerlo.


Dominic arqueó las cejas.


-No entiendo por qué tanta desesperación por alejarte de mí, he sido generoso contigo Bella y muy tolerante.


Bella tenía ganas de quitarle la tolerancia a golpes, pero desgraciadamente, no podía.


-Quizás puede haber algo –Dominic se paseó por la habitación-, si lo hicieras la mitad de tu deuda quedaría saldada…


-Dime que tengo que hacer.


-No es tan sencillo, de hecho creo que es algo que no puedes hacer –siguió él.


-¡Sólo dilo! –gritó Bella.


-Verás, quiero que mates a un vampiro, que hace siglos he tenido ganas de destruir, pero desgraciadamente, no he podido –dijo Dominic sin inmutarse-. Pero no creo que puedas lograrlo, él te destrozaría en cuestión de segundos…


-Dame su nombre.


-Edward Cullen.


Bella aceptó el trato, pero tendría que esperar unos días, pues la herida todavía le ardía.


-Si estás decidida a hacerlo –prosiguió el vampiro-, quiero que lo mates hoy.


-¿Qué?


-Ya me oíste, esta noche, sino no te perdonaré la mitad de la deuda.


-Eres un maldito…


Dominic estalló en carcajadas.


-Nadie dijo que las cosas fueran sencillas.


Bella se detuvo ante la puerta de la casa, no sabía porque se sentía tan nerviosa. La casa era pequeña pero hermosa y con un toque de antigüedad en ella, no supo porque extraña razón le gustaba tanto.


Se arrancó de la cabeza los pensamientos absurdos, y dio un paso más cerca. Fue entonces cuando escuchó varias voces. Edward no estaba sólo.


Dominic le había dicho que en esa casa sólo vivía él, o bien le había mentido o con la suerte que tenía el tal Edward había decidido hacer una reunión esa noche precisamente.


Pero no había tiempo para pensar tanto, ya que matara a Edward se preocuparía por los otros.


Al principio se le había ocurrido entrar por una ventana, sigilosamente, pero se dio cuenta que al destrozar al dueño de la casa, alguien, sino es que todos, tendrían que notar su presencia, así que no tenía sentido ocultarse.


Bella le dio una patada a la puerta, y la madera se deshizo en un montón de pedazos.


El primer vampiro que acudió a ver la causa de tal estruendo, fue el que ella buscaba.


Bella sabía que era él, porque Dominic se lo había descrito, aunque se había quedado corto. Porque el vampiro que tenía en frente era impresionante, su cabello cobrizo brillaba a la luz eléctrica que emitía la casa, su constitución reflejaba mucho poder, y por un momento Bella dudó en poder vencerlo. Pero sus ojos fue lo que la asustó, porque su color dorado transmitió tantas emociones, que Bella no supo distinguir cuáles eran pero por el brillo de las pupilas, supo que eran muy profundas y cuando se cruzaron con los de ella, la atraparon y no querían dejarla ir.


Para liberarse, Bella se recordé para que estaba ahí, y logró desviar la vista de sus ojos.


¿Qué era lo que Dominic le había pedido que le llevara? Ah, sí, su corazón.


Bella sacó el cuchillo de plata que le había devuelto Sam, y le apuntó al pecho al vampiro, él no se movió.


-He venido a arrancarte el corazón –ni siquiera supo como esas palabras salieron de su boca, pero no pudo evitarlo.


Entonces Edward se rió.


Bella no podía creer que se estuviera burlando de ella, y su enojo inició como una llama dentro de ella. Ya le demostraría, quien era ella. Se preparó para enterrar profundamente el cuchillo, cuando más vampiros aparecieron en el lugar.


-¿Qué demonios? –se escuchó una voz grave, a Bella le pareció que más que sorprendido estaba divertido.


-¿Cómo permites que te amenace con eso? –se escuchó una voz femenina-. ¡Mátala! ¡O yo misma lo haré!


-Cálmate, Rosalie –dijo Edward, con un semblante bastante tranquilo, casi sonriente-. Yo me encargo de esto.


Bella frunció el ceño, maldito arrogante. Ella intentó enterrarle la hoja afilada, pero él, con un movimiento que ni siquiera pudo ver, le sostuvo la muñeca.


Bella soltó el cuchillo, pero no fue por que le provocara algún dolor, al contrario, la mano de él apenas la rozaba como si no quisiera dañarla. Lo que la hizo vacilar, fue la sensación que ese contacto le provocaba, algo cálido y agradable recorrió desde su mano hasta la punta de sus pies. Desconcertada observó la mano de él, que hacía ver las suyas muy pequeñas, y vio como los dedos de Edward parecían adherirse a su piel como si estuvieran hechos para ello. Fue ese pensamiento, más que nada lo que la aterró y saltó lejos de él como si quemara.


-¿Por qué quieres hacer esto? –le preguntó él.


-Yo sólo cumplo órdenes –respondió Bella.


Edward parecía querer hacer otra pregunta, pero ella no se lo permitió, saltó sobre él, con intenciones de darle una patada, pero el detuvo su golpe con la mano. Bella aprovechó esto para impulsarse y lograr golpearlo, pero eso tuvo un precio. El movimiento había hecho que su herida se estirara y le ardió aún más.


Edward cayó al suelo, y ella también.


Un grito de dolor escapó de los labios de Bella.


-Demonios, hermano –se escuchó una voz-, te has vuelto más rápido peleando, porque ni siquiera vi lo que le hiciste.


-Se lo merece –dijo una la misma voz femenina que Bella había escuchado, a la que Edward había nombrado como Rosalie.


Bella intentó levantarse, pero el dolor se lo impidió, debió escuchar a Sam desde un principio.


Entonces el rostro de Edward apareció cerca de ella, seguramente el ya se había recuperado.


-¿Te lastimé? –le preguntó, con lo que le pareció ella que era angustia.


Pero no debía confiarse, Dominic le había enseñado que los vampiros hacían lo que sea para conseguir lo que querían. Ellos traicionaban. No importaba que ella fuera uno de ellos, no se fiaría de ellos, nunca.


-No, Edward –intervino una vampiresa de cabello negro, se arrodilló cerca de Bella-. Creo que está herida, pero ya lo estaba antes de venir.


-¿Cómo se te ocurre venir herida a atacar a un vampiro, acaso querías morir? –le cuestionó Edward, parecía enojado.


¿Ahora la regañaba?


Esto se estaba volviendo demasiado confuso.


Bella vio que la vampiresa se inclinaba y le levantaba la blusa, sus dedos alcanzaron a rozar parte de la herida, ella dejó escapar un gemido de dolor.


Edward escuchó su lamento y la tomó con mucho cuidado entre sus brazos, y la alejaba de la vampiresa.


-No quería hacerle daño –ella se acercó nuevamente a Bella, pero Edward le mostró los colmillos.


-No la toques, Alice –le gruñó.


-¿Qué te ocurre Edward? –otro vampiro surgió en el campo de visión de Bella, tenía un cabello muy rubio-. ¿Por qué le hablas así?


-Jasper, no pasa nada –Alice no parecía afectarle-, su comportamiento es normal.


¿Normal? Bella no podía creer eso.


-¿Quién te hizo esto? –le preguntó Edward, que parecía estar a punto de explotar de furia.


Bella comenzó a temer por su propia seguridad, e intentó liberarse, pero los la brazos de él parecían adheridos a ella.


-¡Suéltame! –exigió.


-Estás herida…


-¡Ese es mi problema, ahora suéltame! –gritó.


El obedeció, y ella giró sobre sí, alcanzó el cuchillo y se levantó de un salto.


Hizo una mueca de dolor.


Edward intentó acercarse, pero ella le apuntó con el arma.


-Si me vuelves a tocar, juro que esta vez no fallaré –le amenazó. Aunque Bella sabía perfectamente que él era mucho más fuerte que ella, aunque estuviera curada completamente no podría causarle daño alguno.


Lo que significaba que tenía que pensar en algo más para saldar su deuda.


-No te haremos daño –intervino Alice.


Sí, claro. En ese momento los ojos de Bella se cruzaron con los de una vampiresa rubia, cuya cara hermosa estaba descompuesta en una mueca de odio. Apostaba que ella sí quería hacerle daño.


Bella dio pasos hacia atrás, y logró salir de la casa. El problema era que Edward, se acercaba a ella peligrosamente.


-Detente –le advirtió.


-Pero…


Entonces Alice salió de la casa, y le puso una mano en el hombro al vampiro.


-Déjala ir –le dijo.


Edward frunció el ceño.


-Está herida.


-Se curará pronto, te lo aseguro –le dijo ella.


Edward se volvió hacia ella, pero Bella se negó a ver sus ojos, simplemente se fue.


No pensaba volver a esa casa, nunca.