Dark Chat

lunes, 14 de junio de 2010

Mi Corazon En Tus Manos

CAPÍTULO 20
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Los primeros rayos de sol le hicieron abrir los ojos. Jasper notó entonces como un ligero peso descansaba sobre su cuerpo y bajó la mirada para encontrarse con el rostro dormido de Alice sobre su pecho. Uno de sus delgados brazos se enroscaba en su cintura, mientras la negra cascada de su cabello cubría su espalda desnuda. Apartó de su delicado rostro un pequeño mechón que caía sobre su mejilla, acariciándola dulcemente. Era como contemplar a la más bella de las diosas, su diosa, su Náyade resurgida de las aguas para colmar su vida de felicidad.


En ese instante, sintió como el cuerpo de la muchacha se revolvía sobre él, tras lo que abrió los ojos. Por un segundo se mostró desorientada mas, cuando elevó su mirada para encontrarse con la de él, una hermosa sonrisa se dibujó en sus labios.


-Jasper -susurró ella risueña ante el maravilloso hallazgo de sus ojos.


-¿Te había dicho ya que el sonido de tu voz diciendo mi nombre es música que acaricia mi alma? -murmuró él rozando su rostro con dulzura.


-Sí... Jasper -respiró ella en su boca con mirada insinuante. Los labios de Jasper acataron obedientes al arrebatado palpitar que dominó su pecho y buscaron los de Alice con urgencia. Y ella no sólo se dejó besar complacida sino que alzó sus manos para hundirlas en los anillos rubios de su cabello, correspondiendo a ese beso con la misma pasión.


-Vas a conseguir que pierda la razón -le dijo él tratando de recuperar el aliento.


-Entonces será mejor que me aleje de ti -bromeó separándose de él y sentándose en la cama. -Mi conciencia no podría soportar que privase a dos reinos de su soberano.


Jasper se incorporó siguiendo el movimiento de Alice, haciéndola caer de espaldas y posicionándose sobre ella.


-¿Y crees que yo te dejaría escapar tan fácilmente? -musitó él con voz grave. -Bendita locura la que me hace amarte así.


Con el corazón estremecido, Alice levantó su rostro recorriendo la distancia que la separaba de los labios de Jasper. Un suspiró abandonó su pecho ante el inesperado impulso femenino y acarició su mejilla con suavidad, disfrutando del contacto cálido y delicioso que ella le ofrecía.


-Te amo tanto que llega a doler -susurró ella al apartarse de él.


-Es la misma dulce tortura que me consume a mí -le respondió él. -Una necesidad de ti que parece no saciarse jamás.


Jasper volvió a besarla, lentamente ahora, deleitándose en la suavidad de sus labios, sintiendo bajo su cuerpo la piel vibrante de Alice, desnuda y fresca. Sin embargo, ella enredó sus manos en su nuca y su cabello atrayéndolo más a ella, haciendo más profundo su beso y él accedió a su exquisita exigencia saboreándola con avidez. Jasper notó entonces como la boca de Alice abandonaba la suya, posicionándose cerca de su oído, lanzándole su aliento y provocando en él infinidad de descargas a lo largo de su cuerpo. Comenzó a recorrer de forma tortuosa la curva de su cuello con sus labios, marcando senderos de fuego en su piel, inflamándolo por completo. Era un delicioso tormento sentir sus caricias y lo exaltaba sobremanera que ella lo amara así, sin reservas, dejándose llevar por sus propios deseos. Jasper no pudo reprimir un gemido cuando ella se acomodó entre sus brazos y enfrentó sus caderas con las suyas, rozando con su movimiento su excitación.


-Alice... -gimió él casi sin aliento.


Ella se apartó un poco de él, sus labios enrojecidos y entreabiertos eran una incitante insinuación, al igual que su mirada incendiada.


-¿Necesitas que te diga que quiero que me hagas tuya? -susurró irradiando sensualidad.


Aquello desbordó a Jasper y atrapó sus labios lleno de deseo mientras sus manos empezaban a acariciarla. Su propia piel ardía sintiéndola temblar bajo su tacto. Se detuvo en uno de sus pechos, endureciendo su cúspide entre sus dedos y haciéndola gemir, tal y como él pretendía. Alice, en respuesta, rodeó con sus piernas su cintura apretándose más a él, rozando su intimidad, provocando que ambos perdieran el control sobre sus cuerpos, que ahora se buscaban con desesperación.


Jasper entró en ella lo más pausadamente que le permitió aquel ardor que lo anegaba por dentro, quería dilatar al máximo ese fuego que amenazaba con consumirlos a los dos con cada uno de sus movimientos. Notó el cuerpo de Alice curvarse hacia él, fundiéndose con él, entregándose a esa pasión que los derretía. La muchacha inocente y cándida quedaba a un lado, dando paso a una mujer ardiente y deseosa de amar y Jasper gustoso la recibía complaciente y anhelando aquel fervor suyo que lo enardecía. Volvió a besarla sediento de sus labios y sintió como ella se tensaba a su alrededor, sabiendo entonces que su clímax no tardaría en alcanzarla. La acompañó por aquel sendero que prometía conducirlos a los límites de la dicha y pronto el placer esparció su semilla extendiéndose por sus cuerpos, dejándolos sin aliento.


Jasper se derrumbó sobre el busto de Alice, desfallecido mientras ella lo rodeaba con sus brazos temblorosos.


-Me parece estar tocando el cielo con las manos cada vez que te hago el amor -dijo él contra su pecho cuando hubo calmado su respiración. -Te amo tanto, Alice. Te he amado siempre, creo que hasta incluso antes de conocerte.


-Yo temía que no pudieras amarme -le confesó ella. -Me aterraba una vida sin amor llena de infelicidad.


-Sin embargo esa era mi principal inquietud -alzó su rostro para mirarla. -Cuando me vi en tus ojos supe con certeza que haría cualquier cosa con tal de que fueras feliz, incluso si eso suponía mantenerme lejos de ti. Pero tal parece que fracasé en mi empeño -admitió él entristecido.


Alice comprendió al instante a que se refería su esposo. Alargó su mano y acarició su rostro con ternura.


-Nada de eso fue culpa tuya -lo miró dulcemente.


-Yo... -vaciló -necesito que me expliques, Alice.


La joven guardó silencio durante unos segundos tras lo que asintió. Entonces Jasper se incorporó y se sentó recostando su espalda sobre la cabecera de la cama, posicionando a Alice en su regazo, acunándola sobre su pecho.


-La verdad es que no sé por donde empezar -reconoció ella tímidamente. -Ahora que me doy cuenta de todo me avergüenzo al pensar en lo tonta que fui.


Jasper sonrió para sus adentros, aquella muchacha entre sus brazos volvía a ser su Alice ingenua e inocente.


-No debes avergonzarte conmigo -le dijo alzando su delicada barbilla para que lo mirara. -Confía en mí -le pidió.


Alice tomó aire tratando de alentarse.


-Todo comenzó esa mañana que me besaste y me invitaste a dar un paseo -empezó a contarle. -Desbordaba felicidad ante la idea de que pudieras amarme pero la duda seguía instalada en mi corazón. Nos conocíamos tan poco, había pasado tan poco tiempo... una pequeña espina se clavaba en mi pecho diciéndome que aún no era posible que me correspondieras.


Alice hizo una pausa y Jasper besó su frente instándola a continuar, pensando que esa misma duda era la que lo había reprimido a él.


-Fue entonces cuando llegando a la cocina para ir a preparar la comida para nuestro paseo que escuché una conversación entre María y Jessica -continuó. -Al principio hablaban de alguien de modo despectivo y pronto me dí cuenta de que se referían a mí. Ya había notado en ellas, sobre todo en María, cierto comportamiento descortés hacia mí pero no le había dado importancia.


-¿Y no las reprendiste? -se tensó él.


-Debería haberlo hecho pero estaba tan sorprendida que no fui capaz de reaccionar, no entendía el porqué de su mala voluntad para conmigo -le respondió. -Y después, María te incluyó en su alegato contra mí.


-¿En qué forma? -quiso saber él frunciendo el ceño.


-Afirmaba que yo... -titubeó -que yo no era suficiente mujer para ti.


-¿Y tú le creíste? -demandó disgustado.


-¿Por qué no, Jasper? -se defendió ella. -Yo no poseo una belleza voluptuosa o atrayente para los hombres.


-¿Estás segura de eso? -preguntó irritado -¿O es que tengo que recordarte lo que has provocado en mí hace un momento?


-¿Y yo debo recordarte lo que sucedió en nuestra noche de bodas? -argumentó ella. Jasper suspiró pesadamente.


-Ya te expliqué que...


-Ahora lo sé, Jasper -lo excusó ella -mas no aquel día. Y eso no hizo más que acrecentar mis dudas -le confesó.


-¿Y eso fue todo?


-No -negó con la cabeza. -Lo peor vino después, cuando... -se detuvo un instante a tomar aliento, -cuando se jactó de que ella si era capaz de darte lo que necesitabas, lanzando al aire la insinuación de que era tu amante.


-¡Alice, por todos los santos! -exclamó asqueado.


-Si la hubieras escuchado -continuó. -Su seguridad, su suficiencia, hablando con tanta propiedad, como si gozara de legítimo derecho... y tú te mostrabas tan distante. Aquello fue lo que me hundió en la desesperación. No sé cómo conseguí llegar a mi cuarto, a partir de ahí todo se vuelve confuso, se nubla y no recuerdo nada más hasta que desperté dos días después.


-Fueron los días más angustiosos de toda mi vida -la apretó contra su pecho mientras una punzada se clavaba en el suyo al rememorar los momentos en que creyó que podía perderla.


-Hoy sé que debería haberte hablado pero no era capaz de enfrentarte, temía que confirmases mis temores y no creía ser capaz de soportarlo -admitió llena de culpabilidad. -Sin embargo, aquella noche te escuché hablarme.


Jasper la miró confundido.


-Decías algo sobre un cambio en tu vida, algo que yo debía entender -prosiguió ella.


-Tú eras lo que había llegado a mi vida -le aclaró -para iluminarla con el brillo de tus ojos, de tu sonrisa. Ante la agonía que sentí esos días al poder perderte decidí confesarte mis sentimientos, con la esperanza de que me aceptases o, al menos, me comprendieras.


-Yo no alcanzaba a entender tus palabras pero mi propio anhelo me hizo creer por un momento que tu amor por mí era ese cambio al que te referías, incluso que dabas por terminada tu relación con ella y que alegabas a mi comprensión en cuanto a ese asunto.


-Pero tampoco hablaste conmigo entonces -puntualizó pensativo.


-Intenté hacerlo, a la mañana siguiente cuando vine a tu habitación -le explicó. -No obstante...


-¿Qué? -preguntó confundido al detenerse ella, mas, de repente todo quedó claro en su mente. -Alice...


Una terrible duda se hizo presa de él y tomó el rostro de su esposa, mirándola acongojado y tratando de leer en sus ojos alguna señal, alguna sombra que le indicase que ella aún creía aquella atrocidad.


-Alice, te juro que entre esa mujer y yo nunca ha pasado nada -le aseguró rogando porque creyera en sus palabras. -Esa mañana me había quedado dormido y ella me sorprendió cuando iba a ordenar la recámara.


-Bella ya me explicó eso -lo calmó.


-¿Bella?


-Días después -asintió ella. -Sin embargo, en ese instante... -suspiró. -Jasper, tú no te diste cuenta pero ella sí fue consciente de lo comprometida de la situación y del efecto que había causado en mí. A partir de ese momento su comportamiento hacia mí se volvió más irrespetuoso y hacia ti más... sugerente, casi indecoroso -añadió.


-¿Sugerente? -preguntó con hastío. -Era una completa molestia, me disgustaba su presencia.


-Nunca le reclamaste -aseveró ella.


-No pensé que tuviera que darle importancia -se excusó apenado.


-Y en realidad sí la tenía, con ello trataba de acercarse a ti y de provocarme a mí.


-Conmigo no funcionaron sus malas artes -le reiteró.


-Pero conmigo sí, Jasper -admitió. -Incluso consiguió hacerme dudar de si era a ella a quien le correspondía el derecho de asistirte en tu convalecencia.


-De eso sí me percaté -le dijo, recordando su actitud vacilante cuando él recuperó la consciencia.


Alice lo miró extrañada.


-Justo antes de que me hirieran, Edward me contó que estabas convencida de que tenía amoríos con esa mujer -vistió esa última palabra de sarcasmo, -aunque no sabía ni los motivos ni las circunstancias.


-¿Por qué no me habías dicho nada? -inquirió ella confusa.


Jasper respiró hondo y estrechó a Alice contra su pecho.


-Yo también te escuché mientras despertaba, Alice -admitió. -Y te juro que tu llanto me partió el alma. Creí morir de dolor cuando insinuaste que te marcharías de mi lado -susurró afligido. -Todo ese rencor, todo ese resentimiento... me alcanzó con más violencia incluso que esa maldita flecha envenenada. Temí perderte para siempre y supe que no bastaba sólo con asegurarte que nada era cierto, eso no sería suficiente, así que traté de acercarme a ti primero -le explicó. -Gracias al cielo que se desmoronó ese muro que se interponía entre nosotros.


Alice se separó de él y lo miró a los ojos, suplicante.


-Perdóname, Jasper -le rogó ella.


-¿Por qué, Alice? -tomó su rostro con dulzura.


-Si me hubiera confiado a ti se hubiera aclarado mucho antes este malentendido.


-Y si yo te hubiera confesado desde el primer momento que te amaba como un loco te habría ahorrado todo este sufrimiento -le rebatió torturado. -Además, no creo que a esto se le pueda llamar malentendido, más bien es un acto malintencionado y al que muy pronto voy a poner remedio -añadió separándose de ella y bajando de la cama, tomando su pantalón.


-¿Qué vas a hacer? -se alarmó ella.


-¿Pretendes que deje el asunto correr? -le reprochó. -Esa mujer pagará cada una de las lágrimas que has derramado, cada humillación, cada segundo que permaneciste inconsciente, siendo tu cuerpo incapaz de sobrellevar el calvario que causó en ti su veneno -sentenció. -Cuando pienso en las veces que estuve a un paso de perderte... me invade el deseo de castigarla con mis propias manos -añadió apretando contra sus muslos sus puños llenos de rabia.


-¡No! -exclamó ella.


-Alice, jamás sería capaz de golpear a una mujer -la tranquilizó, -pero entenderás que debo tomar cartas en el asunto, los dos, de hecho.


-Para mí es suficiente con que se vaya de aquí – aseveró ella mientras tomaba su enagua y colocaba la larga prenda sobre su cuerpo.


-Pero Alice...


-No quiero que nada perturbe esta felicidad que siento -se acercó a su esposo. -Además suficiente castigo es el no haber conseguido nada de ti.


Jasper resopló contrariado.


-Merece unos cuantos latigazos -masculló él por lo bajo.


-¿Y crees que eso borrará de mí lo que hizo? -inquirió ella tomando el rostro de su esposo.


-¿Qué lo borrará entonces? -se mostró preocupado.


-Tú, con tus besos y tus caricias -le dijo rodeando su cuello con su finos brazos. -Con tu amor.


-Es todo tuyo, Alice -susurró abrazándola. -Te pertenezco por entero.


Y lo mismo que le aseguraba con palabras se lo demostró besándola apasionadamente, como si le fuera la vida en ello.


-No necesito nada más -musitó ella sobre sus labios. -Por favor...


El sonido de nudillos en la puerta captó su atención.


-Adelante -concedió Jasper, sin separarse de su esposa.


La alegre expresión de Charlotte al entrar en la recámara se turbó al ver la escena.


-Disculpadme la intromisión -se inclinó ella bajando el rostro avergonzada.


-Buenos días -exclamó Alice con entusiasmo.


-No te apures, Charlotte -la tranquilizó Jasper.


-Me alegro mucho de que hayáis recuperado las fuerzas para levantaros -declaró la doncella con una sonrisa.


Alice se soltó de su esposo y se dirigió a ella con mirada de complicidad.


-Veremos que opina el Rey Carlisle por su desobediencia -le dijo por lo bajo, con falso disimulo. -¿Entre reyes están permitidos los azotes?


Alice se echó a reír y Charlotte no pudo evitar acompañarla.


-No olvidéis que estoy aquí, mi señora -bromeó el aludido tomando el brazo de Alice y estirando hacia él. -Me encuentro perfectamente -aseveró rodeando su cintura. -¿O necesitas otra demostración? -susurró quedamente en su oído para que la doncella no le escuchara.


Charlotte los miraba con una gran sonrisa en sus labios, parecía que los problemas por los que la pareja parecieran estar atravesando habían quedado a un lado, su actitud cariñosa bien lo revelaba.


-¿Debo entender entonces que desayunarán en el comedor con su familia? -aventuró la doncella.


-En efecto -le confirmó Jasper. -Pero antes, necesito que me hagas un favor...


Cuando Charlotte le comunicó a María que el Rey reclamaba su presencia en su recámara, sintió que no todo estaba perdido como ella pensaba. Ante la negativa de Jasper de que ella se encargara de sus cuidados creyó que aquella mujercita insulsa la había desplazado del camino, pero, al parecer, se equivocaba. No deberían haber sido muy satisfactorias las atenciones que le había procurado si ahora la hacía llamar y, además, el hecho de que Charlotte le hubiera asegurado que la Reina aún dormía aumentaba aún más sus expectativas. Sin duda al Rey no le habrían pasado desapercibidos sus encantos y lo solícita que se mostraba ella por complacerle, él era un hombre muy apetecible y a ella no iba a suponerle ningún esfuerzo el cumplir todos sus deseos.


Llamó a la puerta despacio.


-Pasa, María -le respondió Jasper. Ella sonrió satisfecha, la estaba esperando... Con la sonrisa aún esbozada en sus labios entró. La sorprendió gratamente verlo levantado y repuesto. Lo recorrió con la mirada con destellos lascivos emanando de sus ojos, sólo llevaba puesto un simple pantalón y el vendaje no alcanzaba a cubrir su torso bien formado y sus músculos tensos. Se alegró de que su esposa lo hubiera estado alimentando bien, lo había dejado preparado para ella.


-Buenos días, Majestad -le saludó ella cerrando la puerta.


-Buenos días -respondió él sonriéndole de modo sugerente.


-¿Me necesitabais? -preguntó ella con cierto toque lujurioso pincelando su voz.


-Acércate -le indicó él con suavidad.


María obedeció complacida, caminando hacia él, contorneando sus caderas de modo sensual, exhibiéndose.


-Detente -le señaló alzando su mano cuando estuvo en el centro de la recámara.


Entonces se acercó a ella mostrando gran interés y comenzó a girar alrededor de ella, observándola, estudiándola. María sonrió llena de gozo, ese hombre conseguía hacerla estremecer con sólo su mirada, tratando de desnudarla con los ojos. Se mordió el labio ante la idea de que fueran sus manos las que la recorrieran... el sólo imaginarlo ya le resultaba placentero.


Jasper siguió mirándola, pero se alejó de ella, dirigiéndose al fondo de la habitación, sin apartar su vista de ella, como si quisiera contemplarla desde lejos.


-¿Sabes por qué te he hecho llamar? -cuestionó él con una clara insinuación.


-Puedo suponerlo, Majestad -respondió ella con tono seductor, posando sus manos en sus caderas de forma provocativa.


De repente, la pequeña puerta que separaba ambas recámaras se abrió y Alice irrumpió en el cuarto, llevando en sus brazos un precioso vestido dorado con filigranas en plata.


-¡Lo encontré! -exclamó alegremente mientras se acercaba a él.


-Déjame ver -dijo tomando la prenda y posicionándola sobre ella. -Lucirás espléndida con él, vida mía.


-Y sé cual de tus túnicas conjuntaría a la perfección -aseguró ella mirándolo de forma traviesa.


-¿Qué tal si me negara a llevarla? -bromeó él arrojando el vestido de forma descuidada sobre la cama -¿Qué harías? -susurró envolviendo la cintura de Alice con sus brazos, aproximándola a él.


-Podría obligarte -le sonrió ella. -Ponértela yo misma.


-¿Y si accediera me privarías del placer del tacto de tus manos acomodando esa prenda sobre mi cuerpo? -musitó sobre sus labios.


-Si es lo que deseas -respondió justo antes de que la boca de Jasper cubriera la suya para besarla con pasión. Alice rodeó su cuello con sus brazos y se unió más a él mientras Jasper hundía sus dedos en su cuerpo a través del blanco tejido de su enagua, al tiempo que devoraba sus labios con afán.


-Amor mío, no estamos solos -puntualizó Alice con falso reproche, separándose un poco de él.


-Tienes razón -suspiró con resignación. -Creo que antes debería explicarle por qué está aquí -agregó volteándose hacia María.


La doncella se hallaba estupefacta con lo que acababa de presenciar. Tenía el rostro desencajado, rojo de ira y cólera y apretaba tanto los puños contra su vestido que sus blancos nudillos llegaban a temblar.


Jasper lanzó una sonora carcajada viéndola en tal estado mientras colocaba a Alice frente a él, haciendo que apoyara la espalda contra su pecho y rodeándola con sus brazos.


-Creo que, en realidad, no sabes por qué te he hecho llamar -se mofó de ella. -Es que, verás, me asalta una duda y tú eres la única que puede disiparla -agregó. -¿Estás de acuerdo? -preguntó en vista de su silencio con expresión seria ahora.


-Sí, Majestad -respondió con voz trémula a causa de la rabia contenida.


-Tengo entendido que eres de la opinión de que mi esposa no es la mujer más apropiada para mí -espetó sin rodeos.


El rostro enrojecido de María palideció al instante al verse descubierta, como si toda su sangre hubiera abandonado tu cuerpo y el pavor fue quien sustituyó a la furia.


-¿Quién lo sería? -continuó Jasper con la dureza esculpida en sus facciones. -¿Crees que una ramera como tú? -escupió con desprecio. María seguía sin habla, incapaz de articular palabra alguna.


Entonces Jasper soltó a Alice y se dirigió a ella, tomándola por el brazo con brusquedad y ella bajó su rostro llena de temor.


-Mírala -le ordenó. -¡Te he dicho que la mires! -gritó sobresaltándola, obligándola a mirar a Alice. -¿Acaso una zorra como tú osa a compararse con el ser más maravilloso y extraordinario que hay sobre la tierra? -inquirió con mirada acusadora. -¿Acaso tu aspecto vulgar y soez podrían equipararse a una belleza sin parangón como la suya? ¿Cómo te atreves?


Jasper la soltó violentamente, sacudiéndola y ella se restregó el brazo adolorido por la rudeza de su agarre.


-Y ni siquiera eres capaz de mostrar arrepentimiento alguno -la miró por encima del hombro. -¿Debería yo mostrar alguna clemencia hacia ti?


El temor se instaló en el rostro de la doncella, acompañado de los peores presagios.


-Os lo ruego, Majestad -lloriqueó lastimera temiendo sus represalias acercándose a él, quien le giró el rostro. María entonces caminó hacia Alice con gesto compungido, tratando de apelar a su candidez.


-¡Ni se te ocurra acercarte siquiera! -estiró Jasper de ella, alejándola de Alice, que la miraba con frialdad. -Eres más infame y rastrera de lo que yo creía y siento que no seas hombre para poder castigarte yo mismo -le increpó lleno de odio.


María se llevó las manos a la boca en la que se dibujaba una mueca horrorizada.


-Sabe que deseo con fervor cruzar tu espalda a latigazos hasta que se desgarre tu carne -la amenazó. -Agradécele a la Reina que me haya persuadido con su benevolencia y te permita que te marches sin más -agregó dándole la espalda, mas al momento se volteo de nuevo.


-¡No te escuché! -farfulló entre dientes desafiante.


-Gracias, Majestad -se inclinó con temor en una profunda reverencia ante una Alice impávida.


Jasper chasqueó la lengua riendo con desgana.


-No vale la pena ni el esfuerzo de las palabras -sentenció asqueado. -Vete de aquí -le ordenó abriéndole la puerta. -No vuelvas jamás a este Reino y dile a Jessica que te acompañe. No quiero en este castillo a quien no es capaz de respetar a su soberana.


María bajó la cabeza y se apresuró a salir de la recámara, mientras Jasper cerraba la puerta tras ella. Después se aproximó a Alice ofreciéndole su mano para atraerla hacia su pecho.


-¿Estás bien? -le preguntó estrechándola, depositando un beso en su cabello.


-Sí -asintió ella. -Me alegro de que haya acabado.


-Yo también -concordó él acariciando su espalda, infundiéndole sosiego, reconfortándola.


-Por cierto...


-¿Sí? -quiso saber él.


-Hace un momento me llamaste vida mía -señaló ella con sonrisa pícara.


-Puedo seguir dirigiéndome a ti como mi señora y hablándote de vos si lo prefieres -se rió él.


-Tendría que pensarlo -bromeó ella.


-¿Y qué me dices de ti? -indagó él -¿Escuché mal cuando me dijiste amor mío?


-Eso fue producto del momento -se excusó ella con tono juguetón. -Me dejé llevar por la improvisación.


-¿También improvisaste cuando me propusiste vestirme tú misma? -preguntó divertido.


-Eso lo dejo a tu elección -le dijo ella insinuante mientras acariciaba su nuca.


-Estoy empezando a creer que eres una hechicera -susurró él inclinándose sobre ella. -Me tienes a tu merced bajo tu embrujo.


-¿Eso significa que cumplirás mis deseos? -sugirió ella con una risita.


-Incluso antes de que lo pronuncien tus labios -le aseguró acercándose cada vez más a ella.


-¿Entonces sabes lo que deseo ahora? -musitó Alice entrecerrando sus ojos, sintiendo el aliento embriagador de Jasper mezclándose con el suyo.


Jasper no respondió, mas bien su boca lo hizo por él, atrapando la de Alice y cumpliendo así con el anhelo de ambos.


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-Charlotte, ¿estás segura de eso? -volvió a cuestionar Emmett, caminando en círculos por la cocina.


-¿Quieres que te lo repita de nuevo? -respondió divertida la doncella que se hallaba sentada en el regazo de Peter.


-¿Acaso te disgusta esa deferencia por parte del Rey? -se extrañó el Capitán.


-No -se apresuró a negar. -Es sólo que no creo merecerla.


-Amigo mío, yo sí lo creo y, lo que es más importante, así lo cree Su Majestad -puntualizó Peter.


-Pero yo sólo me he limitado a cumplir con mi deber desde que llegué aquí -alegó Emmett.


-Sí, por eso decidiste encargarte personalmente de la yegua de la Princesa Rosalie o te apresuraste a ir en su búsqueda cuando aquella terrible tormenta la sorprendió -agregó el joven con declarada segunda intención. -Aunque mi parte preferida fue cuando ahuyentaste a aquel zángano refinado sangre azul de un puntapié en el trasero.


-¡Peter! -le palmeó Charlotte en el brazo.


-Con todos mis respetos hacia el Duque James, por supuesto -añadió divertido.


-¿Qué estás insinuando? -lo miró Emmett de modo inquisitivo.


-Nada, Dios me libre -se defendió Peter regodeándose. -Emmett, creo que estás exagerando.


-¿Exagerando? Desde hoy compartiré su mesa cada día y abandonaré el Cuartel de Guardias, pasando a ocupar uno de los aposentos de este castillo, como si fuera uno de ellos -le rebatió con cierto nerviosismo. -¿Qué más resta a partir de esto?


-Que llegues a ser uno de ellos -apostilló con firmeza. -Algo que estoy seguro se dará con el tiempo.


-No digas sandeces...


-¿Vas a tratar de negarlo de nuevo? -se rió Peter.


-¿En qué maldito segundo bajé la guardia y dejé de ser cauteloso? -masculló entre dientes con resignación.


-Alguien tan experimentado como tú debería saber que las "artes militares" están completamente reñidas con los designios del corazón -se mofó Peter. -Además, no hay más que verte cuando la miras.


-¡Cállate, Peter! -exclamó contrariado.


-Y del mismo modo te mira ella a ti -agregó Charlotte por lo bajo mientras se ponía en pié y se dirigía a los fogones. -No imaginarías quien está disponiendo tu habitación en estos momentos.


-María y Jessica se encargaban de eso -razonó Emmett cuando salió de su asombro, -y al haberlas expulsado...


-Y no hay más doncellas en este vasto castillo ¿verdad? -le cortó Charlotte.


-¡Dejadlo de una vez! -les advirtió. -Ambos sabéis que no es posible -dijo con expresión torturada, apoyando sus manos en el respaldo de una silla, cabizbajo.


-Quizás ya no esté en tu mano el evitarlo -le palmeó Peter amistosamente.


-Charlotte, ¿sabes dónde...? -irrumpió Rosalie en la cocina, que se detuvo sorprendida al ver a los dos jóvenes.


-Buenos días, Alteza -la saludaron ambos rápidamente.


-Buenos días -les respondió ella con amabilidad.


-¿Necesitáis ayuda, Alteza? -se ofreció Charlotte. -¿Sus Majestades ya bajaron de sus habitaciones?


-No, Charlotte -la tranquilizó ella gesticulando con sus manos. -De hecho... te estaba buscando a ti -afirmó señalando a Emmett.


-¿En qué puedo serviros, Alteza? -se tensó él, inquieto.


-Relájate -le sonrió ella. -Sólo quería aprovechar para enseñarte tu recámara.


-Yo... -titubeó él. -No deberíais molestaros.


-¿Me acompañas? -insistió haciendo caso omiso a su queja.


-Por favor, después de vos -le indicó con la mano.


Antes de abandonar la cocina, Emmett tuvo que soportar la sonrisa pícara de Charlotte y Peter, a lo que respondió con mirada furibunda. Después aceleró su caminar y se situó un paso por detrás de Rosalie.


-No te quedes atrás -señaló ella. -Pareces un sirviente.


-Pensaba que se me consideraba como tal...


Rosalie se detuvo en seco y se giró a mirarlo.


-La única culpable de eso soy yo -bajó la cabeza. -Te pido perdón por ello.


-Es del todo innecesario, Alteza -le aseguró, colocándose a su lado.


Rosalie elevó sus ojos y se encontró con la mirada oscura de Emmett. Aquella cercanía suya la aturdía al igual que su perfume varonil y él... él moría por estrecharla entre sus brazos.


-Sigamos -desvió ella la vista, turbada.


Continuaron caminando en silencio uno cerca del otro durante unos momentos hasta que se adentraron en uno de los pasillos.


-Creí que nos dirigíamos al torreón de invitados -puntualizó Emmett al percatarse de que corredor tomaban.


-No, en este torreón están las recámaras más luminosas y espaciosas y en ellas suelen alojarse los más allegados, nuestra familia. De hecho, tus aposentos están junto a los míos -se detuvo frente a una de las puertas. -Espero que sea de tu agrado -le dijo abriéndola e instándole a entrar.


Las palabras "luminoso" y "espacioso" no alcanzaban a expresar el esplendor de aquella habitación. Emmett caminó por aquel espacio bañado por la cálida luz del sol con paso vacilante, admirando cada uno de los elementos que la vestían, dándole un aire muy masculino, como si hubieran sido escogidos con gran dedicación, expresamente para él. Se preguntaba como en tan poco tiempo Rosalie había conseguido disponer esa habitación con tan buen gusto y sin que faltase ningún detalle.


-Mandé a traer tus cosas -se defendió ella cuando vio que el muchacho posaba con asombro la mirada en su baúl.


Emmett guardó silencio durante unos segundos, sobrecogido.


-Lo siento si te he importunado -se disculpó Rosalie ante su mutismo.


-No -negó con premura. -Es sólo que... -dudó. -Esto es demasiado para alguien como yo.


-No es lo que opina mi hermano -se encogió ella de hombros.


-Vuestro hermano se confunde -sacudió él la cabeza.


-Entonces todos aquí nos confundimos porque compartimos su opinión -aseveró ella.


-¿Vos también? -quiso saber.


Rosalie asintió.


-Creo tratáis de hallar en mí alguien que no existe -se lamentó.


-Y yo creo que eres demasiado humilde -objetó ella.


-¿Humilde? -lanzó una carcajada mordaz. -No, Alteza, no es humildad sino la pura realidad. No soy más que un simple guardia.


-¡Deja de decir eso! -exclamó atormentada.


-¿Queréis que niegue mi identidad, Alteza? -se mofó él dándole la espalda. -¡Eso es lo que soy!


-¡Eso no es cierto, Emmett! -le gritó ella. -¡Tú lo eres todo!


Emmett volvió a mirarla completamente desconcertado. Ni siquiera se atrevía a repetir en su mente lo que acababa de escuchar, no era posible, ella debía haber confundido las palabras. Mas los ojos de Rosalie eran claros. No había ni un sólo atisbo de consternación o arrepentimiento por su afirmación, al contrario, lo miraban anhelantes, ansiosos de ver en él alguna señal de respuesta. Emmett se acercó muy despacio a ella, a pesar de ser consciente de que obraba mal y es que, llegados a ese punto, él mismo también necesitaba saber. Fundió su mirada con la suya, sin dejar de aproximarse hasta detenerse justo frente a ella, que seguía sus movimientos con expectación, su respiración entrecortada era buena prueba de ello. Entonces Emmett, guiado por un impulso, alzó una de sus manos y la dirigió hacia su mejilla, lentamente, conteniendo el aliento y, a punto estaba de tocar su suave piel cuando un destello de sensatez lo asaltó, deteniéndolo. Suspiró sonoramente, contrariado y, había comenzado ya a retirar su mano cuando Rosalie la tomó entre las suyas y ella misma la llevó a su mejilla.


-¿Aún no lo comprendes? -lo miró con ojos vidriosos.


Emmett no contestó, sólo obedeció a los instintos que tantas veces había tratado de refrenar y que en ese momento lo desbordaban por completo. Llevó su mano hasta su nuca, rodeando con la otra su cintura mientras la atraía hasta sus labios y tembló al poder saborear al fin aquel dulzor con el que había soñado, poseer esa boca como lo había deseado tantas veces y deleitarse con el calor de ese cuerpo que se estremecía con su tacto. Temió durante un segundo que Rosalie lo rechazara pero, tras un instante de aturdimiento, notó como ella se aferraba a él. Su boca exquisita lo besaba con fervor, sus labios parecían arder bajo los de Emmett y sus dedos se clavaban en su pecho, queriendo fundirse con él. El mismo deseo incontrolable la embargaba a ella, al igual que la misma falta de cordura.


-¡No! -se separó Emmett de ella sin apenas aliento. -Esto es una locura.


Rosalie se apretó contra su pecho, hundiendo su rostro en la curva de su cuello.


-¿Acaso puedes tú luchar contra ella? -susurró sobre su piel haciéndolo estremecer. -Porque yo no -tomó su rostro obligándolo a mirarla, incendiándolo con ojos llenos de anhelo.


Emmett supo entonces que estaba perdido, que cualquier intento por alejarse de ella sería en vano. Volvió a atrapar su boca y la devoró con afán, aprisionándola entre sus manos y su cuerpo, queriéndola sentir por entero mientras Rosalie alzaba sus brazos, mezclando sus dedos con su pelo negro, rendida sin remisión al calor de su piel y de su aliento. Dominado por la pasión, Emmett acarició sus labios con su lengua como demanda y ella lo recibió gustosamente, lanzando ambos sendos gemidos ante la gloriosa sensación. Rosalie arqueó su cuerpo contra el suyo uniéndose más a él y Emmett creyó arder de deseo.


-Rosalie -alcanzó a susurrar apartándose un poco de ella. -Haces que pierda la cabeza... voy a enloquecer.


-¿Y no es lo que quieres? -respiró sobre su boca.


-Sí... no... -titubeó él. -No me refiero a eso.


-¿Es que tú no me...?


Emmett posó sus dedos sobre su labios, callándola.


-Por supuesto que te amo -le aclaró él. -Y te deseo, ardientemente.


-¿Entonces? -quiso saber ella.


-Me siento como un ladrón robando tu cariño, tus besos -se lamentó él.


-No estás tomando nada que yo no te haya ofrecido -lo contradijo.


-Sí, pero bien sabes que no es correcto.


-Mi hermano hoy por hoy ya te tiene en gran estima -le recordó.


-Pero no creo que sea la suficiente como para aceptar algo entre nosotros -le hizo una mueca de disgusto.


-¿Y piensas renunciar antes de empezar a luchar? -inquirió ella molesta.


-Por supuesto que no -se apresuró a negar. -Pero debemos ser precavidos por lo pronto -le dijo. -¿De acuerdo?


-Está bien -asintió Rosalie.


-Será mejor que bajemos -le indicó Emmett.


-Sí, pero antes...


Rosalie rodeó su cuello con sus brazos y se fundió con sus labios y Emmett no habría podido evitar corresponderle aunque lo hubiera intentado. No bromeaba al afirmar que le haría enloquecer, esa mujer deliciosa le nublaba el raciocinio, le robaba el sentido común. Iba a ser muy difícil mantenerse alejado de ella y mostrarse indiferente en presencia de los demás.


Cuando llegaron al comedor, guardando una distancia prudencial entre ellos, Jasper y Alice ya estaban allí, en compañía del resto de sus familiares.


-Debería revisarte esa herida igualmente -le decía Carlisle a su sobrino.


-Alice acaba de hacerlo y yo me siento perfectamente -insistió Jasper.


-Eso se nota, primo -le susurró por lo bajo Edward, bromeando. -Todos tus poros destilan felicidad.


-Entrometido -masculló Jasper riendo.


-¡Emmett! -exclamó Alice en cuanto vio al muchacho, corriendo hacia él y lanzándose a sus brazos. -¿Ya viste tu recámara? ¿Te gusta?


-Por favor, Majestad -trató de retirarla él suavemente, apenado. Todos se echaron a reír ante la escena.


-¿Aún intentas controlarla? -se rió Jasper. -Parece mentira que no la conozcas.


-Majestad, me alegró mucho de vuestra mejoría -caminó hacia él. -Y no sé como agradeceros que...


-Eso no entra en discusión -lo silenció alzando su mano. -Yo también te debo el haber ayudado a salvar mi vida, entre otras cosas.


-Majestad, eso forma parte de mi deber -quiso rebatirle.


-Yo no lo considero así, pero si eso te hace aceptarlo, digamos que es una retribución por tus servicios -insistió. -Aunque, para mí, habiendo estado a un paso de la muerte, es sólo un intento de tener a mis amigos cerca.


Todos miraron a Emmett con aprobación, así que asintió.


-Entonces, a la mesa -le palmeó Edward la espalda. -Charlotte no tarda en servir el desayuno.


Aunque no fue Charlotte la que acudió al comedor, sino Angela y con expresión disgustada.


-¿Sucede algo? -se interesó Jasper al verla así.


-Majestad, acaba de llegar el Duque James de Bogen...


-Buenos días -irrumpió en la sala apartando a Angela de modo desdeñoso y haciendo una reverencia. -Espero no ser inoportuno.


Comentarios chicas son 17 hojas de word por fiss .................

jueves, 10 de junio de 2010

Inmortal

Capítulo15: Falsa Alarma


BELLA POV

Sus manos se mantuvieron apretadas a mi cintura y su boca se movía contra la mía, suave, dulce, refrescante. Dándome, con cada sorbo de su sabor un soplo más de vida. Dejé escapar un suspiro, mientras hilaba mis dedos en sus cabellos y sentía mi cuerpo arquearse hacia atrás, en un intento desesperado por no tener ni la más mínima distancia que nos separara. Su lengua se adentro en mi boca, buscando la mía, en una sutil y tentadora invitación, para que ambas iniciaran una danza armoniosa, sincronizada, perfecta... única... deliciosa...


Una parte demasiado lejana de mi conciencia luchaba por hacerme entrar en razón; pero había algo mucho más fuerte, que comenzaba a inundar mi mente... una serie de imágenes borrosas y poco coherentes llegaron a mí:


–Y... ¿Cómo es que te llamas? – le había preguntado el niño, al encontrarse por tercera vez con ella.


La pequeña castaña sonrió con suficiencia y cierto ego infantil se dibujó en el ligero levantamiento de su barbilla


–¿Y para qué quieres saberlo?


–Simple curiosidad, ¿Qué otra cosa sería si no eso?


–Podría ser que estas interesado en mí


–¡Ba! – exclamó el niño inmortal bajando el rostro


–Yo te gusto


–¡Por supuesto que no!


–Vamos, no seas infantil y acéptalo.


–A mí no me gustan las princesas...


La pequeña se sintió ofendida, pero no lo dio a demostrar. Por el contrario, decidió no inmutarse ante el comentario despectivo y se decidió por poner a prueba sus especulaciones. Se acercó entonces al vampiro que se encontraba sentado, aún mirando hacia abajo, y, sin explicaciones, lo aventó hacia atrás


–¡Ey! ¡¿Pero qué te pasa?... – sus palabras se quedaron atoradas en la garganta al tener a la niña sobre él, con su rostro a escasos centímetros del suyo – Oye... ¿Qué...? ¿Qué haces?...


–Voy a besarte


Él, que desde su nacimiento había carecido de un corazón con palpitares, sintió que en ese momento el pecho le iba a estallar... Los labios de ella se aproximaban lentamente y él no hizo nada más que cerrar los ojos y esperar, con las manos enterradas en el monte, sosegando de esa forma, su inconfesable nerviosismo, por el beso que fue suplantado por una delicada risita que le incitó a despejar su mirada para así encontrarse con la mirada chocolate llena de traviesa burla.


El vampiro se sintió avergonzado. Sabía que había perdido...


–Si no te gustan las princesas, no permitirías, bajo ninguna circunstancia, que una te besara – resolvió ella, con su voz cargada de una vanidad que al niño le resultó tentadora y, tomando como pretexto una revancha, fue esta vez él quien se abalanzó sobre ella...


–¡Te ordeno que te bajes, ahora mismo!


–No lo haré hasta que me digas tu nombre


–Dime el tuyo primero


–De acuerdo – asintió él, con resignación. Sabía que aquella damita era demasiado terca y no ganaría nada con negarse.


–Pero sin mentiras


–Sin mentiras – acordó y, después de esperar unos cuantos segundos para darle emoción al momento, dijo: – Mi nombre es... ¿Y el tuyo?


–...


–Es un nombre demasiado largo – se quejó – ¿Qué te parece si te llamo...? ¿Te gusta?


–Suena bien


–Pero sólo yo tendré el derecho de llamarte así...


–No, me gusta como se oye, así que desde hoy le diré a mi familia que me diga de esa manera...


–Como gustes, pero nunca olvides que fui yo el primero quien lo inventó...


–De acuerdo – accedió la pequeña, aprovechando la distracción del vampiro para aventarlo hacia atrás y retomar su antigua posición en donde ella asumía el poder...


Las imagen que apareció ya no eran de una niña ni de un niño, si no de dos adolescentes de aproximadamente quince o dieciséis años, peleando justamente en el mismo lugar que antes...


–¿En dónde estuviste ayer?


–¿Es necesario que estés arriba de mí para que te responda? – contestó el muchacho con mirada sinuosa, logrando que la princesa se alejara al instante de él, tratando de ocultar el rubor de sus mejillas con su espeso cabello castaño que le había crecido hasta inundar toda su espalda con una hermosa cascada caoba.


Él se acercó por detrás, de manera tan cautelosa que ella ni si quiera se dio cuenta de su cercanía hasta que habló


–Deberías de admitirlo de una vez por todas


–¿Admitir qué?


–Que me quieres...


–No sabía que los vampiros fueran tan vanidosos... – dijo en defensa, concentrándose para que la voz no se le quebrara


–Ni yo tampoco sabía que la Realeza fuera tan obstinada...


–Que yo recuerde, cuando éramos niños, dijiste que no te gustaban las princesas...


Él apareció frente a ella y su dorada mirada se clavó en el café de sus ojos.


–No me gustan las princesas – aseguró, llevando una de sus manos hacia coloreada y delicada mejilla – Me gustas tú...


– Bella – musitó Edward, sin liberar mis labios de los suyos y el sonido de su voz al pronunciar mi nombre me resultó tan familiar como provocativo.


Mis brazos se encontraban completamente enrollados en su cuello y podía sentir mi boca exquisitamente adormecida por la suya, que se fue alejando de manera tortuosa. Me vi obligada a desviar mi mirada hacia otro lado cuando nuestras frentes quedaron unidas y sus ojos intentaron escudriñar en los míos. Sentí su mano posarse en una de mis mejillas, sosegando con la frialdad de su piel el calor de éstas.


–Mírame – pidió, con voz baja y aterciopelada; pero me negué y me deshice de su agarre y caminé lejos de él


–Esto... no está bien – tartamudeé, mirando hacia la espesura del bosque, sin observar nada en realidad


–Ya lo sé – acordó, mientras se acercaba a mí – Un vampiro besándose con una princesa... no es algo que pase todos los días


–Es algo que NUNCA debe pasar – corregí, dando media vuelta para encararlo – Llévame al castillo, ahí es donde debería de estar...


Mis palabras fueron bloqueadas por su propia mano que cubrió mi boca


–Alguien se acerca – susurró – son los licántropos...


Me revolví entre sus brazos, logrando que me soltara, y mi mirada relampagueó en su dirección


–Yo no tengo por qué huir – dije de manera seca – En todo caso, deberías ser tú quien corra. Dudo mucho que quieras morir despedazado mañana en el alba...


Yo misma enmudecí nada más en imaginarme lo posible que se estaba tornando esa posibilidad. La cacería daría comienzo mañana... Y él... él era una de las presas que mi familia deseaba poseer. La realidad me golpeó de manera inesperada, fuerte, como un imperioso martillazo que te estruja el corazón y te lo deja sin latidos durante un momento.


Tanta fue la nacida angustia, que no supe cuál fue el momento en el que yo misma lo tomé de la mano y le hice andar con marchas apresuradas.


–Espera – dijo, mientras frenaba nuestros pasos y, de un solo movimiento, me posicionó sobre su espalda, para echarse a correr como un leopardo. El viento sopló fuertemente mis mejillas, llevándome a hundir mi rostro en el hueco de su hombro y trayendo, con ello, una imperiosa sensación de Deja'vu que se encarnó en mis huesos.


Era como si no fuera la primera vez que había vivido esto...


–Te quiero mostrar algo


–¿Qué cosa? – le preguntaba la niña, con desconfianza


–Cierra los ojos y lo sabrás. Vamos, ¿no me tendrás miedo o si? – retó el niño, con sonrisa y mirada traviesa.


La pequeña castaña se sintió ofendida, y fue el orgullo lo que disfrazó su temor y la obligó a cerrar sus parpados. Después, sólo sintió cómo el aire se le escapa de su estomago y se azotaba contra sus pómulos. La maravilla que sintió en cuanto despejó su mirada fue sublimemente extraordinaria, y es que él corría con tanta velocidad que parecía como si estuviera volando sobre las alas de un fénix...


Las imágenes se borraron en cuanto él frenó sus pasos para detenerse frente a una barda de espesa y musgosa vegetación.


–¿Dónde estamos? – exigí saber, obteniendo solo como respuesta una sonrisa socarrona


–Acompáñeme – pidió, abriéndose paso entre las verdes estirpes. Mi mirada no pudo dilatarse ante el asombroso espectáculo que se presentó frente a ellos.


Tal vez había muerto y me encontraba en el cielo... o en algo parecido a un edén. Era un prado. Un hermoso prado adornado por un lago de límpidas aguas que parecían cristales. Su pastos parecían más bien un mar verde y los débiles rayos del sol se filtraban por la espesura de las nubes, otorgándole al lugar la luminosidad adecuada como para imaginar que me encontraba sumergida en un escenario digno para un cuento de hadas.


Los pasos de Edward a mi lado me extrajeron de la ensoñación en la que me hallaba.


–¿Qué lugar es este?


–¿Le gusta?


–Es bonito – admití, muy a mi pesar. Una verdad como tal no se podía negar.


Él sonrió satisfecho.


–Apuesto que en sus ostentoso castillo jamás vera algo como esto.


Estúpido vampiro.


–Es un lugar demasiado grande como para ubicarlo en mi hogar – contesté, con la barbilla ligeramente alzada, sin dejarme inmutar bajo ningún momento.


Su sonrisa se ensanchó, dejando a la vista la hilera blanca de sus dientes, adornados por dos pequeñas y delicadas puntas ubicadas en sus colmillos que le daban a su rostro una galantería perversa y perturbadora.


–¿Qué hay de los licántropos? – pregunté, recordando el motivo por el cual, se suponía, estaba ahí.


–¿Licántropos? ¿Qué licántropos? – la exagerada inocencia de su voz y mirada fueron la clara respuesta.


En ningún momento él había estado en peligro. ¡En ningún maldito momento había sido perseguido por hombres lobos!


–Eres un mentiroso sinvergüenza – siseé, con mi ira aumentando conforme su sonrisa se expandía.


ALICE POV


Otro amanecer...


Un día menos que restarle al momento de mi partida. Suspiré melancólicamente mientras miraba por la ventana los campos verdes que se expandían por el bosque. Un toque de nudillos llamó a la puerta, para después abrirse. Era Charlotte, mi doncella, mi amiga.


–Majestad – saludó al verme y se acercó para ayudar a vestirme – ¿Cómo amaneció?


–Bien – mentí, girándome para verla, descubriendo que ella hacía todo lo posible por ocultar su semblante – Charlotte, ¿Qué sucede?


–Nada, su Majestad


Llevé mis manos hacia su rostro, para que pudiera alzarlo, y así encontrarme con su mirada enrojecida.


–Has estado llorando – aseveré – ¿Qué sucede?


–Es algo sin importancia...


–Las lágrimas no se despliegan de los ojos así nada más – interrumpí suavemente – Dime qué ocurre. ¿O es que acaso no me tienes confianza?


–¡Oh, princesa! – Exclamó – ¿cómo puede decir eso?


–Es lo que pienso tras ver tu evasiva.


Ella volvió a bajar el rostro y yo esperé en silencio para que hablara. Era un lástima que nuestros vínculos no fueran tan fuertes como para que alcanzara a ver en su futuro. Aunque, cabe recalcar que mi "don" no se encontraba realizando su tarea de manera efectiva. En los últimos días, solo había logrado ver imágenes borrosas y sin sentido de mi hermano y mis padres... Nada más.


–Se trata de... de un guerrero – comenzó a contar Charlotte – un guerrero al cual he conocido tiene poco, en cuanto llegue al castillo


–¿Qué hay con él? ¿Te ha faltado el respeto...?


–En absoluto, Alteza – dijo, rápidamente – todo lo contrario. Es el hombre más amable que haya podido conocer... yo... estoy enamorada de él


–¿Y lloras por eso? – me asombré, pues la obvia respuesta llegó hasta ya pasados varios segundos: Charlotte tenía que irse conmigo, y esto suponía el aislamiento de aquel hombre al que amaba. Caminé hacia ella y tomé sus manos entre las mías – muchacha tonta – dije, sonriéndole para tranquilizarla – Bien sabes que no estas obligada a acompañarme. Puedes quedarte...


–De ninguna manera, su Majestad. Mi deber es ir con usted


–No, tu deber es quedarte al lado del quien amas. Dime, ¿Te corresponde?


–Eso dice – balbuceó


–Entonces, no se discuta más. Partiré yo sola... Y no me gusta que me contradigan – espeté, cuando vi sus intenciones de protestar...


Después de que Charlotte se fuera, decidí ir hacia un o de los jardines traseros. El atardecer había caído rápido. Era como si las horas estuvieran destinadas en convertirse en segundos... acortando mi estancia en el castillo.


Tomé asiento en una piedra plana, ubicada debajo de un frondoso árbol de manzano. Un viento fresco sopló, agitando mis cabellos y llevando mi vista en dirección hacia la entrada. Mi corazón se detuvo por un instante, solo para retomar su ritmo enloquecido después de verlo. Bajé la mirada y me mordí el labio. Lo que menos quería era encontrarme con él...


Sentí sus pasos acercarse y, conforme más próximo se hallaba, más rápido bailaba mi pecho. Se plantó a un lado de mí, yo seguía incapaz de verle. Me sentí cobarde y absurda, pues, aunque una parte de mí quería salir huyendo, la otra me rogaba por quedarme a su lado.


–Majestad – escuché su dulce voz llamarme – No pensé encontrarla en este lugar


–Yo tampoco – susurré. No hallaba la manera de hablar – ¿Siempre vienes aquí?


–Sólo cuando necesito pensar


–Eso significa que... ahora estas meditando


–Algo así – admitió


No pude reprimir la necesidad de mirarle, así que lo hice. Instintivamente, me llevé las manos a mi pecho, que amenazaba con explotar de un momento a otro, conforme me iba perdiendo en el mar gris de sus pupilas. Entonces fue cuando supe que no había sido buena idea. Volví a bajar la mirada. Aunque aquello tampoco significara que estaría menos nerviosa.


Me puse de pie de manera inesperada. Había sido un acto reflejo que mi subconsciente me había mandado para distanciarme de su persona.


–Que pases buena tarde – deseé a modo de despedida, aún con la mirada fija en mis pies, obligando a éstos moverse para salir del jardín que, repentinamente, se había convertido en un calabozo.


Solamente había avanzado un metro cuando su tacto cálido y gentil me atrapó por el brazo. No fue la fuerza lo que me retuvo, si no el sublime estremecimiento que me recorrió el cuerpo.


–¿Es cierto que se va? – me preguntó con voz suave.


–Si – contesté de manera débil. Y, de nuevo, mis instintos me traicionaron, llevando a mis ojos alzarse para fundirse en los suyos.


¿Era mi imaginación o había dolor en el tórrido océano de sus pupilas?


Los segundos se me hicieron eternamente bellos mientras nadaba en ellas. Estaba segura que podía pasar gran parte de mi inmortalidad de esa forma. El por qué, no lo sabía (Tal vez me daba miedo admitirlo). Solo estaba consiente de la paz que me transmitía el estar a su lado. La necesidad de él, que iba en aumento conforme el tiempo pasaba. Y de que los latidos de mi corazón se volvían más violentos con cada noche que escuchaba su nombre...


No, no lo admitiría en ese instante. Pero la respuesta estaba más clara que los manantiales del reino.


–¿Tardará mucho en regresar?


–Algunos años más– admití – vendré cuando deba recibir el cristal que marca mi primer siglo vivido.


–¿Por qué se va?


Por ti...


–Yo... quiero disfrutar los años que me quedan de libertad.


–Ya veo – murmuró, desviando el rostro en dirección contraria. Privándome del sosiego de sus ojos – Le pido perdone mi atrevimiento. Usted no debería de darme ningún tipo de explicaciones.


–No te preocupes. Agradezco tu... interés.


–Qué tenga un buen viaje, su Majestad – soltó, de repente, haciéndome una reverencia, para después dar media vuelta y dejarme sola.


Y, mientras le veía marchar, una confusa imagen, a la cual no le encontré forma, se instaló en mi subconsciente, dejándome, como recuerdo, un punzante dolor en el pecho.


Comentarios por fiss...............

miércoles, 9 de junio de 2010

Mi Corazon En Tus Manos

CAPÍTULO 19
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Queridísimo Padre:

Imagino que no esperabas la llegada de esta carta, sino la mía. Siento hacértelo saber de esta forma pero no será así. De hecho, tras haber finalizado la lectura de estas líneas, vas a tener que ser tú quien decida cuando podré volver.

Si piensas que éste es otro de mis actos de rebeldía, tal y como parecer ser que los denominas tú ahora, y que estoy desobedeciendo tus órdenes cual niña malcriada, te diré que esto va mucho más allá.

Tampoco me andaré con rodeos, padre... cuando recibas esto hará al menos una semana que contraje matrimonio con el Príncipe Edward.

Puedo suponer cual será tu reacción ante tal noticia... ira al haberme negado expresamente a cumplir tus deseos, decepción al no cumplir con tus expectativas de hija obediente y abnegada, contrariedad al tener que enfrentarte a tu querido amigo el Rey William y romper el compromiso matrimonial al que accediste sin, te recuerdo, sugerírmelo antes siquiera...

Podría darte miles de justificaciones y excusas ante lo que para ti es un comportamiento completamente reprobable y me pregunto si valdría la pena el esfuerzo. Pero de lo que sí puedo hablarte es de lo que sentí yo cuando leí tu carta. Me sentí engañada, traicionada y muy desilusionada. ¿Cuántas veces te he oído decirme que te sentías orgulloso de tener una hija tan juiciosa y madura? ¿Cuántas veces me dijiste que confiabas en mí y que te sentías tranquilo al tener la suerte de que fuera una muchacha responsable y comedida? ¿Dónde quedó todo eso? ¿Eran únicamente mentiras o era algo convenientemente a olvidar cuando te hablé de mis sentimientos hacia Edward y de cual era mi decisión?

En realidad, ya poco importa todo eso. Soy la esposa de Edward y nuestra unión cuenta con legítima validez pues Jasper y Alice, como Reyes de Los Lagos nos han ofrecido asilo y apoyo. Te ratifico que este tipo de apoyo es en todos los sentidos y no creo necesario tener que hacer hincapié en los tres ejércitos que se sumarían a nuestra causa en caso de que el Príncipe Jacob decidiese tomar represalias. En lo que ti se refiere, me niego a creer que pudieras llegar a tanto y, si, por el contrario, te lo plantearas siquiera, sabe de antemano que, desde ese mismo instante, dejaría de considerarme tu hija.

Me entristece profundamente el haber llegado a esto y que no hayas comprendido cual era mi felicidad, de hecho, confío en que haya sido eso, falta de comprensión por tu parte. Me destrozaría saber que sí eras consciente de ello y, aún así, hubieras decidido sacrificarme a tu conveniencia.

Sólo por si fuera de tu interés, te hago saber que permaneceré en este Reino de forma indefinida. El Rey Jasper sufrió un atentado por parte del Reino de Adamón, del que afortunadamente ha salido bien librado y estamos en estado de sitio, con el ejército dispuesto y preparado para resistir cualquier ataque.

Cuando la situación se estabilice, que con la Gracia de Dios así será, tomaré rumbo hacia mi nueva patria, el Reino de Meissen. Hasta entonces, rogaré para que la benevolencia y la indulgencia que caracterizan tu naturaleza justa toquen tu corazón.

Tu hija que te ama

Alteza Real, Isabella de Meissen.

-Y Princesa Heredera del Reino de Breslau, Bella -exclamó el Rey Charles golpeando con ánimo el brazo de su trono. -Bien hecho, hija -masculló a través de la sonrisa que se asaltaba a sus labios, -no esperaba menos de ti.


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-Esta vez habéis sido vos la artífice de esta exquisita cena -aseveró Jasper con voz firme mientras disfrutaba del último bocado de su plato.


-Estáis muy seguro de eso, mi señor -sonrió ella halagada apartando la bandeja al otro lado de la cama.


-No pretendo desmerecer las habilidades de Charlotte pero la presencia de vuestras manos en este delicioso platillo es inconfundible -se reclinó contra la cabecera de la cama.


-Me complace que os guste -asintió ella.


-Recuerdo que la primera vez que lo hicisteis me asegurasteis que os sentíais dichosa de poder hacerlo -se inclinó ahora acercándose a ella. -¿Aún pensáis igual? -le susurró clavando su mirada en ella. Durante un instante, Alice se perdió en la inmensidad de aquel mar azul de sus ojos.


-Yo... -titubeó. -Voy a buscar las cosas para curar vuestra herida.


-Como gustéis -se volvió a recostar sobre la cama con sonrisa sugerente.


Alice tomó la bandeja con manos temblorosas y se apresuró a salir de la habitación. En cuanto Jasper escuchó los pasos de su esposa alejándose por el pasillo, apartó la sábana y se levantó de la cama. Se regodeó al ver que, de nuevo, volvía a hacerlo sin sufrir ningún atisbo de mareo y, con paso vacilante primero y más seguro después al comprobar la firmeza de su equilibrio, comenzó a pasear por la habitación.


Sabía que su tío no se lo habría permitido y habría insistido en que debía reposar durante más tiempo, pero casi tres días inconsciente y cuatro guardando reposo... eran mucho más de lo que su acostumbrado sosiego podía soportar. Por eso en esos dos últimos días había aprovechado las ocasiones en que Alice lo dejaba a solas para salir de aquella cama.


Con la imagen de su esposa en su mente se dirigió a la ventana, perdiendo su vista entre la oscuridad de la noche. Durante esos cuatro días había intentado acercarse a ella, ganarse su confianza, tratar de derribar ese muro de frialdad que se interponía entre ellos y, como siempre, ella se mostraba a la defensiva, alejándose de él. Sin embargo, él no se rendía, sabía que el momento en que ella bajase la guardia llegaría y él lo esperaba atento, dispuesto a no desaprovecharla cuando se diera la ocasión.


-¿Me podéis explicar por qué motivo estáis levantado? -oyó exclamar a Alice a sus espaldas, sobresaltándolo.


Jasper comenzó a pasarse la mano por el pelo con gesto infantil al verse sorprendido.


-Esto...


-No creo que haya ningún tipo de excusa para vuestra irresponsabilidad -espetó enojada, mas guardó silencio por un momento, observándolo. -Si no me equivoco, no es la primera vez que lo hacéis ¿verdad? -aventuró al verlo en postura tan erguida y segura.


-En realidad, me levanté por primera vez ayer por la mañana -reconoció con cierta culpabilidad.


Alice lo miraba con desaprobación.


-Me exasperaba permanecer inmóvil en la cama -agregó Jasper en su defensa. -De hecho mañana saldré a caminar por el jardín -sentenció con firmeza acercándose a ella, con paso decidido, mostrándole que tan recuperado estaba. -¿Me acompañaríais a dar un paseo mañana? -le sonrió insinuante.


Alice apartó la vista de él vacilante.


-Deberíais consultarle primero a vuestro tío -concluyó finalmente. -Ahora si me lo permitís, quisiera revisaros la herida.


Jasper asintió sin perder la sonrisa. Era evidente que cada vez le era más difícil mostrarse indiferente ante a él. El joven obedeció y volvió a sentarse en la cama para que Alice le examinase. Ella se situó cerca de él y comenzó a retirar las vendas. Aún le resultaba inquietante hacerlo, el observar su torso desnudo, tocarlo... debía hacer un esfuerzo sobrehumano para controlar el temblor de sus dedos.


Cuando hubo retirado el vendaje por completo, hizo lo mismo con la gasa que cubría la herida. Ya no tenía tan mal aspecto, de hecho estaba cicatrizando y bastante bien, según Carlisle que, a modo de broma, le decía a su sobrino que pronto pasaría a engrosar su amplia colección de cicatrices. Mientras aplicaba el ungüento cuidadosamente, no pudo evitar que su vista se desviara a aquellas marcas que le resultaban tan fascinantes. A pesar de ser un claro reflejo del dolor que le habría sido infligido al realizarle aquellas heridas, ella sentía un inexplicable deseo de acariciarlas y sentir el tacto de aquellas líneas rosadas.


-¿Os producen aprensión? -preguntó él preocupado al ver como observaba ella aquellos cortes que desfiguraban su cuerpo. -Puedo cubrirme si os incomodan.


-No -se apresuró a corregirle ella. -Disculpadme si os he importunado.


-¿No os inspiran repulsión? -se sorprendió él gratamente.


Alice negó con la cabeza volviendo a vendar su herida.


-¿Os... duelen? -dudó sin poder reprimir su curiosidad.


-Únicamente ésta que es más reciente -le dijo señalándole uno de los cortes que recorría su hombro derecho. -¿Queréis saber algo más? -la alentó, complacido ante el interés que le producían a Alice aquellos desagradables estigmas.


-¿Cuál fue la primera? -se animó a preguntar, mordiéndose el labio, dudosa de si estaría resultando una molestia para Jasper el tratar ese tema.


-Ésta -giró levemente su rostro indicándole una pequeña ramificación que brotaba de su ojo izquierdo llegando casi a su sien. Alice recordaba bien esa cicatriz. También era la primera que ella le había visto.


-¿Fue una dura batalla? -se interesó ella.


-Cruenta -admitió él con seriedad. -Edward con una piedra en la mano, aunque contara con tres años de edad, era mortífero.


Alice no pudo impedir soltar una carcajada.


-Pues no creáis que él salió bien parado de aquella contienda -agregó tratando de mantener seriedad en su expresión, sin apenas conseguirlo. -Preguntadle por su coronilla la próxima vez que lo veáis.


Viendo la naturalidad con la que Alice reía ante su comentario, él no pudo evitar acompañarla y reír también. Cuando ambos pararon, el rostro de Alice se mostraba relajado y resplandeciente.


-Sois preciosa cuando sonreís –le dijo Jasper con suavidad, acercando su mano a su rostro, acariciando su mejilla levemente, produciendo que el rubor maquillara su piel.


Quizás éste era el momento que había estado esperando...


Con lentitud se inclinó hacia ella, deslizando su mano tras su nuca, atrayéndola hacia él, deseoso de volver a probar la dulzura de su labios. El tiempo que había transcurrido desde la última vez que lo hiciera le parecía una eternidad ahora. Se miró un momento en sus ojos grises, que lo miraban con brillo trémulo, instándole a perderse en ellos. Jasper continuó el tumultuoso viaje hacia sus labios y casi podía sentir la frescura de su aliento cuando Alice se separó de él.


-No, os lo ruego -exclamó levantándose de la cama, yendo hacia la cómoda y apoyándose en ella, con una mano en el pecho como si buscase un hálito que le faltara.


-¿Por qué? -preguntó él lleno de frustración.


-Porque no soporto la doble moral -dijo con voz desgarrada. -Es superior a mis fuerzas.


Jasper se incorporó lentamente y caminó hacia ella, despacio y se posicionó unos pasos tras ella, en silencio, expectante. Por fin había llegado el momento en que Alice se abriera a él y aguardaría paciente el tiempo que fuera necesario.


-Soy consciente de que muchos hombres lo hacen y que a nosotras sólo nos queda el vano consuelo de la resignación, mas yo no puedo conformarme -continuó tras unos segundos, haciendo palpable en su voz la gran lucha que se debatía en su interior. -Me repugna el libertinaje, la lujuria que empuja a los hombres a compartir el lecho con su esposa y, como si eso no fuera suficiente, retozar con cuanta mujer se presente para saciar su vicio. Lo considero indigno, sucio.


Jasper apretó los puños contra sus muslos viéndola como las lágrimas comenzaban a surcar sus mejillas y con cada una de ellas la sentía más y más lejana.


-¿Mas qué nombre darle a su pecado cuando un hombre apenas toca a su esposa y prefiere refugiarse en los brazos de otra? -prosiguió con gran dureza en su voz, sus hombros temblando, tratando de dominar los sollozos que invadían su garganta. -¿Es mera indiferencia hacia ella? ¿repulsión? o...


Entonces Alice se volteó a mirarle. Pero su expresión no reflejaba ahora la acritud, la aspereza con la que le había lanzado su alegato hacia un momento, sino que eran los ojos de una mujer que lo observaba derruida, destruida, sin esperanza.


-Decidme -alcanzó a susurrar, con el llanto rompiendo su voz. -¿Tanto la amáis?


Jasper la miraba atónito, incapaz de emitir sonido alguno. Aún siendo consciente de cual era el motivo de su frialdad hacia él, jamás pensó que fuera tanto el rencor, el resentimiento y el dolor que la reconcomían, tanto que a él le acababa de golpear el pecho de forma tan poderosa que le helaba la sangre. Fue al verla encaminarse hacia su habitación, huyendo de él, humillada ante su mutismo, cuando reaccionó y corrió tras ella, tomándola por los hombros, deteniéndola, sabiendo que si no lo hacía la perdería definitivamente.


-No, Alice -aseveró con firmeza notando como sus brazos se tensaban bajo sus manos. -No sin que antes me hayas escuchado.


Tras un momento, el decaimiento de sus músculos dio la señal a Jasper para alivianar su agarre, soltándola. Alice se mantuvo en silencio, de espaldas a él, estática.


-Me prendé de ti en el primer instante en que te tuve frente a mis ojos -comenzó a decirle. -Me enamoré del brillo de tu mirada, de tu sonrisa inocente, la delicadeza de tus rasgos, de tu alma cándida. Pero fue la pureza, la calidez de tu corazón lo que hizo que perdiera por completo el control de mis sentidos. Por primera vez en mi vida me supe egoísta, deseando con todas mis fuerzas que tu corazón fuera completamente mío, que latiera por mí, para mí -admitió atormentado. -¿Mas cómo? Se abría ante mí el camino de la felicidad y la posibilidad de recorrerlo de tu mano. ¿Pero de que forma enfrentar, emprender un viaje del todo desconocido para mí?


Jasper se volteó, suspirando pesadamente, en un intento de ordenar las miles de ideas que bombardeaban su mente.


-Nunca había amado a una mujer, Alice -reconoció, asombrando a la joven con tal afirmación. -Me considero un hombre prágmatico, de estrategias, planificaciones y pautas dispuestas a priori. ¿Cómo encajar en todo eso algo tan irracional, impredecible e intempestivo como el amor? -se detuvo dubitativo. -Pero lo que más me angustiaba era no saber cómo llegar hasta ti, cómo conseguir la dicha de tu amor -manifestó abatido. -Temí que, al confesarte mis sentimientos, me rechazaras o que me correspondieras guiada por la obligación, condicionada a hacerlo y, el sólo pensarlo, me ennegrecía el alma.


Ese pensamiento de nuevo cruzó la mente de Jasper y volvió a tensar los puños. Aún ahora la mera idea era más dolorosa que antes.


-Decidí entonces darte tiempo, esperar, no hostigarte o comprometerte con el apremio de mis anhelos, ocultándolos de ti para no forzarte a amarme si no era lo que tú deseabas y ansiando el día en que por fin lo hicieras.


Se giró y la tomó por los brazos obligándola a mirarle, acercándola a él casi con brusquedad, sobresaltándola.


-Sí, soy culpable de cautela, indecisión, inseguridad y estupidez, pero jamás de indiferencia o desinterés hacia ti -sentenció con firmeza. -Y no sé qué maldita burla te ha hecho creer que te he faltado. Es una vil infamia y me enferma, me asquea el sólo pensarlo.


Jasper veía como su serenidad escapaba de su cuerpo con cada una de sus palabras. Cerró los ojos e hizo gala de todo su autocontrol, respirando pausadamente y así sosegándose. Cuando se hubo calmado, volvió a mirarla, soltándola.


-Alice -le dijo ahora con suavidad. -Tú has sido, eres y siempre serás la única mujer en mi vida. Te has convertido en la razón de mi existencia y te amaré hasta mi último aliento -le susurró. -Sólo espero que no sea tarde para nosotros y que si en tu corazón llegó a surgir algún sentimiento hacia mí no haya muerto irremediablemente.


Jasper quedó en silencio, con el alma pendiente de un hilo, observándola, intentando descifrar de entre todas las lágrimas que brotaban de sus ojos algún indicio que le anunciara cual sería su condena. Alice bajó entonces su rostro apartando su mirada de él. Con cada uno de sus segundos silenciosos, Jasper sentía que poco a poco se le escapaba la vida.


-En la infinidad de libros que Bella me ha hecho leer, a menudo trataban el tema del amor -comenzó a hablar finalmente, en un hilo de voz que era casi imperceptible. -Quizás mi ingenuidad me hacía apreciarlo como un sentimiento emocionante, fascinante, pero a la vez desconocido. Nunca había sentido nada igual y soñaba con el día en el que ese sentimiento tocara mi corazón -le confesó. -Mas todavía hoy rememoro sus pasajes y ninguna de sus líneas consigue reflejar o describir algo tan poderoso que pueda elevarme a los cielos y hacerme caer hasta el infierno en un sólo instante, o tan abrumador que consiga obnubilar la consciencia de mis sentidos dejando de pertenecerme, algo que acierte a expresar mínimamente lo que tú provocas en mí -susurró vacilante. -Sólo sé que es la luz de tus ojos la que ilumina mis días y el embrujo de tu sonrisa el que guía mis sueños, mis noches, que es el sonido de tu voz el que marca el ritmo de los latidos de mi corazón y -suspiró temblorosa -y que sería capaz de morir por una caricia tuya.


Obedeciendo un impulso, Jasper entonces alzó su mano y la posó en su mejilla, acariciándola con dulzura, incitándola a mirarle.


-No, Alice -musitó aliviado. -Jamás por algo así, nunca con todo lo que me resta aún por darte.


Y sin esperar a que ella pudiera decir algo más, sin la necesidad de tener que seguir buscando en sus ojos grisáceos lo que ya había escuchado de sus labios, la atrajo hacia él y la besó.


Disfrutar de nuevo de aquella piel suave y tersa llenaba su alma de gozo y, lo que empezó como un beso delicado y lleno de dulzura, pronto se tiñó de pasión. Tanto lo había deseado, tanto lo había soñado que sentir por fin a Alice entre sus brazos con la maravillosa certeza de su amor por él lo cegaba por completo. Necesitaba compensar todos esos besos, todas esas caricias que no le había dado, borrar con sus labios todas esas lágrimas que había derramado de forma absurda por él y mitigar con su calor toda esa soledad que la había acompañado en todo ese tiempo. La sintió estremecerse en su abrazo haciéndole temblar a él, embriagándose de la exquisitez de su boca, sabiendo que jamás conseguiría paliar la sed que tenía de ella. Era tanta...


Alice se separó de él sin aliento, turbada, azorada ante su fervor, pero la mirada azul de Jasper, oscurecida por el deseo, la hechizó sin remedio. Volvió a atrapar la boca femenina con vehemencia, con urgencia y Alice vio como su razón y sus fuerzas huían de ella con la exigencia de sus besos. Rodeó su cuello con sus brazos, hilando entre sus dedos las ondas doradas de su cabello, uniéndose más a él. La entrega de Alice lo enervó, queriendo sentirla con mayor intensidad y, dejándose llevar por el frenesí que producía en él la dulce ambrosía de sus labios, los acarició con su lengua como una clara invitación, a lo que ella respondió separándolos ligeramente, permitiéndole poseer su boca y saborearla por entero.


Cuando Jasper abandonó sus labios y le hizo bajar los brazos para dibujar un hilo ardiente de besos sobre la curva de su cuello, Alice dejó escapar un gemido sobresaltado. Jasper la miró con temor, esperando encontrar en ella alguna señal de rechazo, mas sólo halló una mirada incendiada, reflejo del ardor que lentamente se posicionaba en su interior. Sus labios enrojecidos producto de su propia pasión se mostraban entreabiertos, incitantes, alentándolo a besarlos de nuevo, a lo que él obedeció complaciente.


La vorágine de sensaciones que nacía en sus bocas ahora comenzó a invadir sus cuerpos, iniciando el viaje sin retorno a la locura. Jasper elevó sus manos hacia su nuca y empezó a acariciarla, con tortuosa lentitud, deslizando sus dedos por su cuello, hasta sus hombros mientras su boca se posicionaba cerca de su oído, sintiendo Alice su respiración cerca de su sien.


-Te amo -le susurró él con voz grave, lanzando miles de escalofríos a lo largo de su espalda, recorriendo ahora con sus labios el camino que segundos antes dibujaran sus dedos, mientras sus manos desprendían de sus hombros el vestido de Alice, que caía hasta sus pies, dejando la prenda interior femenina, la piel de sus brazos y el nacimiento de sus senos a la vista.


Jasper tomó su manos y, sin separar sus ojos de los suyos la condujo hasta el lecho, sentándola a su lado, percibiendo en sus mejillas enrojecidas su temor virginal, lo que le daba un aire puro, inocente y encantador. Entonces volvió a besarla con ternura, mostrándose gentil, mitigando así su nerviosismo y tratando de apaciguar su propio anhelo. Las caricias que Alice comenzó a trazar sobre su piel así se lo demostraron. Con la delicadeza de sus dedos comenzó a dibujar las cicatrices que marcaban su cuerpo, una por una, admirando cada uno de aquellos estigmas como si hubieran sido tallados con un cincel de divinidad y transmitiendo a su cuerpo miles de sacudidas con su tacto sobre ellos.


-¿Y tu herida? -musitó preocupada Alice al posar sus dedos sobre el vendaje que la cubría.


Jasper le dedicó una sonrisa sugerente y la tendió con delicadeza sobre la cama, recostándose cerca de ella.


-Ni mil heridas podrían impedirme que te haga mía esta noche -susurró sobre su labios, perdiéndose de nuevo en ellos, hundiendo Alice sus dedos en su cabello y uniéndolo más a ella.


Muy despacio, sin premura, Jasper empezó a deshacer los lazos delanteros de aquella prenda que ocultaba el cuerpo femenino y poco a poco lo dejó al descubierto completamente. Se separó entonces de sus labios para observar su desnudez, extasiado por su belleza, mientras Alice cerraba los ojos llena de pudor, avergonzada.


-Mírame, Alice -le pidió con suavidad. Ella obedeció, reticente para encontrarse entonces con su mirada ardiente y llena de veneración.


-Eres lo más hermoso que he contemplado jamás -murmuró él, acariciando lentamente su boca con la punta de sus dedos.


Jasper atrapó con sus labios un suspiro que Alice dejaba escapar, turbada, sintiendo como los dedos masculinos comenzaban a explorar su piel, contorneando su figura... su cuello, su clavícula, el valle de sus senos, su cintura, la curva de su cadera... Aquel peregrinar se convirtió en un tormento para ella cuando fueron sus labios los que empezaron a surcar su piel, sintiendo como su lengua dejaba ríos de fuego a su paso. Jasper deslizó entonces su mano hacia uno de sus pechos, acariciándolo, sin que Alice pudiera reprimir un gemido que al poco se transformó en un jadeo incontrolado cuando el calor de su boca sustituyó al tacto de sus dedos. Aquel sonido lo hizo estremecer, le enardecía hacerla vibrar así y como respondía ella a sus caricias, como hundía sus dedos en su pelo, arqueándose contra él, incitándole a seguir con las atenciones que su boca le ofrecía. Poco quedaba ya de su inocente timidez, que quedaba arrasada por la entrega de una mujer apasionada.


Sin que su boca abandonase su pecho, Jasper hizo descender de nuevo su mano hacia su cintura, notando como la respiración de Alice se entrecortaba con su tacto, alcanzando de nuevo su cadera y bajando hasta sus piernas. Conforme él deslizaba sus dedos hacia la cara interna de sus muslos, Alice sintió como un ardor sofocante se instalaba en sus entrañas, que la envolvía cada vez más al ir aproximándose sus dedos a su femineidad y haciéndola estallar en llamas cuando por fin alcanzó su centro. Jasper no pudo reprimir un gemido al rozar su humedad, al tocar aquella piel tersa y suave que se abría como una flor para él, elevando hasta el límite su propia excitación. Siguió acariciando con sinuoso tormento el brote que se alzaba entre los pliegues de su carne sin dejar de saborear la cima de su pecho que se endurecía cada vez más en su boca con el roce de su lengua, disfrutando del deleite que le producía escuchar los jadeos de Alice y que se reflejaba en su propio cuerpo inflamado, situándole al borde del abismo.


Se separó entonces de ella, colocando sus manos a ambos lados de su cabeza, sofocadas sus respiraciones y sus ojos fijos en los del otro, con sus miradas llenas de la misma pasión y del mismo anhelo, el de pertenecer el uno al otro. Deshaciéndose él de la última prenda que lo cubría, besó los labios de Alice y se posicionó sobre ella. Cierta sombra de temor ensombreció la mirada de Alice y Jasper acarició su rostro, volviendo a besarla con dulzura, tratando de transmitirle todo el amor que sentía por ella. Cuando notó que su cuerpo se relajaba bajo el suyo, él la miró a los ojos, buscando en ellos una señal que le indicase cuando continuar y siendo su brillo lo que de forma silenciosa lo alentó a continuar.


La hizo suya de la forma más lenta que su propio deseo le permitió, mas no pudo evitar ejercer presión contra la resistencia de su virginidad, rompiendo su barrera. Una pequeña lágrima rodando por su mejilla fue el precio por obsequiarle con su pureza.


-Daría todo lo que soy por ser yo quien padeciese ese dolor -le dijo atormentado, enjugando aquella pequeña gota que escapaba de sus ojos.


-Jasper -susurró ella con el corazón encogido por la emoción que le provocaban esas palabras.


Él cerró los ojos y dejó caer su rostro sobre el cuello de Alice.


-Mi nombre saliendo de tus labios es música celestial para mí -murmuró él turbado. -Dilo otra vez, te lo ruego.


Alice giró su cara, mirándolo.


-Jasper -musitó ella cerca de su oído, arrancándole un suspiro, produciendo en él miles de descargas que recorrieron su cuerpo y haciendo que, de forma inconsciente, se moviera dentro de ella.


Fue entonces cuando la primera oleada de placer los envolvió a los dos, emitiendo ambos sendos gemidos al sentir aquel fuego que empezaba a abrasarles.


Jasper volvió a moverse en ella, lentamente, clavando sus ojos en los suyos y Alice le respondió uniendo sus caderas a él, elevando aquel torbellino un poco más. Él fundió sus labios con los de ella mientras sus cuerpos se fusionaban a la perfección con cada uno de sus movimientos, cada uno de sus suspiros apasionados, al mismo compás y en completa armonía, siendo cada vez mayor el cúmulo de sensaciones que se anudaba dentro de ellos. Poco a poco aquel nudo que los oprimía comenzó a expandirse, penetrando en cada poro, en cada rincón de su ser para volver a contraerse en su interior de forma devastadora, lanzándoles finalmente a un vórtice de éxtasis inconmensurable.


Con los últimos resquicios de placer aún abandonando sus cuerpos, Jasper la rodeó con sus brazos abrazándola, descansando su cabeza sobre su pecho mientras ella acariciaba su cabello, ambos con la respiración entrecortada, mas llenos de dicha y de una plenitud abrumadora. Aquella noche, tras una agonizante espera, por fin habían unido sus cuerpos, sus almas y sus corazones formando uno solo y, a partir de ese momento, compartirían el resto de su vida siendo confidentes, esposos y amantes.


-Te amo, Alice -susurró él contra su piel.


-Y yo a ti -respondió ella con un suspiro. Sintió entonces como él se retiraba de ella con lentitud y, rodando sobre su espalda, la colocó a ella sobre su pecho.


-¿Estás bien? -preguntó él con preocupación, rozando con sus dedos el camino que aquella lágrima había recorrido en su mejilla como muestra de su dolor.


-No podría ser más feliz -le aseguró ella levantando su rostro hacia él, sonriente. -¿Y tú? -quiso saber ella, pasando con delicadeza sus dedos sobre la gasa que cubría su herida.


-Me duele tanto el no estar dentro de ti...


-Eres muy atrevido -golpeó ella su brazo con falso reproche, riendo.


-¿Te molesta? -le insinuó con sonrisa traviesa.


-No, es sólo que no me lo imaginaba así -se apoyó sobre su pecho.


-Es lo que se da entre un hombre y una mujer que se aman ¿no? -levantó la barbilla de Alice con su dedo. -Deseo, entrega mutua, completa unión, confianza... -hizo una pausa. Alice se mordió el labio sabiendo lo que vendría después. -Eso me recuerda, esposa mía, que aún debes explicarme de dónde sacaste la absurda idea de que yo te era infiel -le advirtió.


-No, ahora no -respondió ella con una mueca de disconformidad. -Déjame disfrutar de este momento -suspiró dejándose caer de nuevo sobre su cuerpo empezando a trazar con sus dedos las marcas que adornaban su torso.


-Está bien -concordó él -pero con una condición -le dijo, acariciando con suavidad su largo cabello negro que caía sobre su espalda.


-¿Cuál? -preguntó extrañada.


-Que a mí me dejes disfrutar de ti -le susurró. -Ahora...


Alice rió complacida mientras Jasper volvía a tumbarla sobre la cama, besándola, poniendo otra vez rumbo hacia aquel nuevo paraíso recién descubierto llamado pasión.




Por fiss comentarios ......................