Dark Chat

viernes, 29 de enero de 2010

Besos de Sangre ONE SHOT

Hola mis angeles hermosos como les va , en fin como hoy es viernes y ando de buenas aqui les traigo un regalito dedicado a todas ustedes que  siguen fielmente el blog, este es un one shot , escrito por  mi idola CUNNING ANGEL , me da un gusto enorme poder compartir este hermoso relato.asi que mis angeles , ya no les hecho mas rollo y recuerden dejar sus comentarios por fiss este one shot merece muchos
les mando mil besitos
Angel of the dark
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Summary: "Mátame", fue su ruego, Bella se negó ¿Cómo privar al mundo de algo tan hermoso?. “Te propongo un trato, Dame un año para demostrarte que la vida no es tan horrible como te lo piensas” pidió la castaña.
“Mientras me mates no hay problema, haré lo que quieras” Le aceptó Edward. En un año pueden pasar muchas cosas…


Besos de Sangre



El ocaso ya se había posado sobre el glorioso lugar en donde me encontraba, aún así continué dejándome acariciar por las tenues olas que remitía el océano sobre mi cuerpo.



Observé maravillada la exquisita forma en que el crepúsculo se reflejaba en las cristalinas aguas, y pese a que el entorno carecía de completa luz, este se posaba con elegancia entre las olas.


El sitio en verdad era un paraíso.


“Lo es” concordó una voz varonil y despreocupada, con un rastro de sensualidad tan glorioso que en ese instante supe que no podía pertenecer a este mundo, aquello rayaba en los límites de lo sobrenatural.


Decidí ignorar las trampas que yo misma me implantaba por medio de mi rebuscada imaginación, y comencé a penar que tal vez me había entrado un exceso de agua en los oídos.


“No lo creo, de hecho… creo que… este… perdiste algo” nuevamente lo oí, un trino angelical tan atrayente como esclavizante, podría haber pedido mi cabeza y se la hubiera entregado.


“No seas exagerada, me conformo con un pequeño favor” contestó burlón, fuese o no obra de mi mente su actitud comenzaba a molestarme, por lo que me giré en dirección a la costa para hacerle frente, despidiéndome del hermoso horizonte tornasol únicamente para quedarme congelada en mi sitio.


Mis manos se fueron directo hacia mi pecho, cuando observé la parte superior de mi bikini flotando en la orilla de la playa, justo donde un hermoso arcángel se inclinaba para recogerla.


Me hundí lo suficiente para que el agua me cubriese hasta la zona del cuello, entretanto el glorioso modelo se divertí a costa mía, haciendo malabares con mi prenda.


Pasaba mi sostén de una mano hacia la otra, como si se tratase de una cosa carente por completo de importancia.


“Hey” le llamé, mas no se inmutó. No sabía si el motivo era la vergüenza, o quizás simplemente las horas bajo el agua comenzaban a pasarme la cuenta, pero comencé a sentir frío; mucho frío, y estaba convencida de que no podría soportar más tiempo en el agua.


“¡Hey, te estoy hablando!” Demandé. Él sonrió ladino antes de que finalmente me prestase toda su atención.


Reprimí un jadeo cuando su feroces ojos de miel fundida de posaron sobre mi escuálida figura, y como si fuese posible aún, ¡Me hundí más en el mar!, pero esta vez no tuve tanta suerte, porque una repentina ola sepultó mi cuerpo bajo el oscuro océano.


EL agua salada ingresó a mi boca y penetró con brusquedad mi paladar, los ojos comenzaron a arderme y mis pulmones imploraban por una minúscula partícula de oxígeno. Intenté mover mis manos para salir a flote, no era idiota, sabía nadar, no me encontraría en este sitio de no ser así. Pero, sin poder evitarlo comencé desesperarme.


Dos pétreas manos se ciñeron a mi cintura impulsándome hacia arriba. Ipso facto escupí toda el agua que había acumulada sobre su cara.


Me acomodó sobre su espalda y nadó con inhumana rapidez hacia la costa, literalmente.


Algo no andaba bien. Lo sabía, no podía haber tragado tanta agua, pero…ciertos acontecimientos comenzaban a hacerme creer que realmente había perdido la cordura


¡Nadie podría nadar tan rápido!


“Lo siento” confesó casual, desbordando terciopelo en cada nota emitida por sus labios.


Fue exageradamente cuidadoso al recostarme sobre la arena, mientras yo intentaba recuperar el aliento, el en cambio se mantuvo arrodillado frente a mi.


No respondí, me encontraba demasiado ocupada recobrando el aire y admirando la forma en que la tela de su camiseta se añadía con descarada arrogancia a su piel, era blanca. Definitivamente a partir de hoy ese sería mi color favorito.


“Eres graciosa” confesó contrariado. Luchando porque la sonrisa no le ganase, pero lo hizo y terminó regalándome un gesto tan encantador que sabía me tomaría años arrancarlo de mi memoria.


“No seas idiota, después de hoy no me recordarás” declaró de pronto demasiado airado. Pero, yo me encontraba demasiado anonadada recopilando información.


“Volviste a hacerlo…” expresé convencida, mientras hacia torpes esfuerzos por sentarme, no era fácil. Mi cuerpo aún se encontraba débil. Vislumbré caer una pequeña gota desde uno de los mechones de su cabello, tan hermoso e irreal, pero aquello bastó para recordar mis conjeturas.


Llevé una mano a mi pecho para calmar mi respiración y esta vez me fue imposible reprimir mis impulsos. Y grité, estaba aterrada.


“¿Cómo?; ¿Cómo lo hiciste? Lo tenías tú… Estabas lejos, lo había perdido…”


Él sonrió como si lo que yo le preguntase fuese obvio, prácticamente él estaba…


“¡Lees mi mente!”


“¿Y recién lo notas?, Vaya, pensé que eras más lista” por un instante olvidé lo que sucedía al oír su musical risita, baja, grave, y prácticamente en forma de murmullo, pero llamando a gritos por unirme a su canto.


“y si con tu pregunta te referías al momento en que te puse el bikini, pues, fue mientras te sacaba del agua, lo hubiese hecho antes, pero corría riesgo de que te ahogases; por lo tanto actué cuando nos acercábamos a la orilla.”


“¿Por qué no me prestaste atención antes, cuando te llamé?”


“Porque tu me ignoraste cuando te hablé, ¿no lo recuerdas?”


“¡pensé que era mi imaginación, creí que oía voces!” sin darme tiempo a reaccionar él se sentó sobre la arena, dejándome a mi sobre su regazo. Sus manos rodearon mi cintura y me cobijaron inmensurable familiaridad y ternura, como si de una niña pequeña se tratase, segundos más tarde dejé de sentir frío, y comprendí que él le había sumado a la prisión de sus brazos una cazadora que no traía puesta al momento de lanzarse a la mar en mi búsqueda. Asumí que la había mantenido cerca, con esto de su rapidez y misterio ya nada me extrañaba.


“pues ya lo ves, soy real, de carne y hueso” susurró en mi oído y todo mi cuerpo se tensó, él poseía un aroma tan fragante que el olor a mar impregnado en mis cabellos había pasado a un segundo plano, su perfume era tan fresco y sensual que por un momento olvidé el sitio en que me encontraba.


“Bueno, si gustas te lo recuerdo. Estamos en la playa, en donde usted señorita casi muere ahogada, y ahora… me tendrá que devolver el favor por salvarle su vida”.


“Idiota”


“Vaya, ya no soy un hermoso arcángel”


“¡Y además presumido!”


Su gesto se volvió compungido y un tierno puchero se dibujó en la boca del adonis, observé al dueño de esos cincelados labios, eran tan carnosos que con el simple hecho de observar el borgoña que los revestía me vi en la obligación de relamer los míos.


“Hey no te enfades, por favor. Sólo te quería pedir un favor. No conozco a nadie más acá y… necesito tu ayuda”


Sus últimas palabras fueron casi inaudibles, un tenue suspiro, pero estábamos demasiado cerca como para no oírle.


“¿Me dirás como me conseguiste sacarme tan rápido a la superficie?”


“Por supuesto, es necesario para el favor que necesito pedirte” su semblante volvió a recuperar esa jovialidad y picardía, adoraba la sonrisa impresa en sus labios, era tan… deslumbrante.


“¿Hacer que?” Pregunté, mas toda la respuesta que recibí fue su tacto. Dos fríos dedos comenzaron a rozar mi rostro, lentos y tímidos. En un contraste abismal a la actitud de su dueño, quien se había mostrado con exceso de audacia y atrevimiento.


“Necesito que le des fin a mi existencia” su expresión no dejó de ser serena, confiada, el murmullo continuaba siendo dulce y atractivo, en absoluto perturbador.


¡Él ni siquiera se inmutaba por sus palabras!Yo me encontraba atónita, perdí la voz, ni siquiera fui capaz de gritar o chillar. Me sentía incapaz de reprenderle por hablar tanta idiotez junta. Simplemente me quedé… muda, analizando toda la información junta, finalmente caí en cuenta de que no era más que una ilusión, lectura de mentes, rapidez sobrenatural y pensamientos suicidas no entraban en mi lista de cosas reales y racionales.


Lo más probable era que hubiese muerto ahogada, o quizás estaba en coma.


“Bella, no estás muerta, ni en coma, aunque probablemente estés un poco loca. Nunca conocí una mente tan… especial.”


“Entonces el demente has de ser tú, ¿Por qué otra razón querías darle fin a tu vida?” respondí harta de que se burlase y también porque me creyese capaz de tal crimen.


“Lo que yo tengo no es vida “ confesó cabizbajo, y sus dedos abandonaron mi mejillas. Y en un impulso que no supe explicar mi cabeza renunció a su torso elevándose unos metros para que mis aún secos labios se posasen sobre la piel de su cuello. Inhalé el aroma a sándalo una última vez y suspiré antes de dejar un último beso en esa zona.


“Espera un momento ¿cómo sabes mi nombre?” un brillo malicioso refulgió en sus ojos.


“Oh, debo asumir que leíste mi pensamientos” bufé con sarcasmo, no podía concebir la idea de que el violase mi privacidad.


“Bueno, ahora que estás más calmada creo que podremos hablar” su voz fue un silbido, una verdadera oda a la sensualidad convertida en sonido. La frialdad de su hálito golpeando contra mis labios fue la clara señal de que él deseaba todo…menos hablar.


Impetuoso su rostro se inclinó hacia el mío, con aura peligrosa y letal, acechándome, cual cazador en busca de su presa. Nunca me sentí tan indefensa ni intimidada como ahora.


Fue delicado, y la delicadeza comparable únicamente con el aletear de una mariposa sus labios se posaron sobre los míos; sutiles, sensuales y certeros. Dueños de una gracia envidiable por cualquier insulso mortal. Él no era humano, ningún hombre podría besar de esta forma tan ardiente y a la vez cortés, haciéndome el amor el más ínfimo de los roces que ejercía su lengua sobre la mía.


“No eres humano” gemí contra sus labios, antes de que su exquisita lengua se adentrase con sensual desenfreno en mi inexperta cavidad.


“No, no lo soy” su voz brotó ronca, cargada de esa fuerza abrasadora que sólo te proporciona un exuberante nivel de deseo.


Él me deseaba…


“Más de lo que te imaginas” respondió a mis cavilaciones, antes de devorar mi cuello con besos tan febriles que deberían estar prohibidos.


“¿Qué eres?” La frialdad de su boca abandonó mi clavícula, sólo para al instante posarse sobre mi oreja, comenzó a succionar el lóbulo de ésta con un frenesí de nivel tan desbordante que mis piernas se cerraron por inercia, intentando contener lo que a estas alturas se me hacía…inevitable.


“Soy un vampiro” susurró en mi oído, pero ya era tarde, él podría ser un caníbal y me hubiese dado igual. ¿Qué mejor forma que morir que en los brazos de un ángel?, lo prefería mil veces a la desastrosa muerte que me esperaba en lo profundo del océano.


“No voy a matarte, serás tú quien le ponga fin a mi tedio” sonrió contra mi piel. Yo a estas alturas ni siquiera le oía, no era conciente de nada. Lo quería entre mis piernas ya.


Un furioso sonrojo se apoderó de mis mejillas ante lo escabroso de mis pensamientos. Esta no era yo.


“Tienes razón, lo siento, te deseo tanto que me cuesta trabajo controlarme, no suelo abusar de mis… dotes”


“¿Qué me hiciste?” inquirí entre jadeos, mientras la fría arena parecía derretirse en contraste con mi piel, la que a estas alturas se encontraba en llamas. Para ese entonces las posiciones habían sido intercambiadas. Estando yo tumbada sobre la playa, mientras el marmóreo cuerpo del vampiro se cernía sobre mí.


“Es increíble, debo estar soñando. Se supone que los vampiros no existen” confesé mientras quitaba su húmeda camiseta.


“Quizás te refieres a que sufres de pesadillas, porque hasta donde yo sé, los monstruos pertenecemos a los cuentos de horror, no a los sueños de una dulce jovencita”.


Antes de que pudiese replicarle sus labios silenciaron los míos, eliminando todo vestigio de razón o cordura.


¡Ni siquiera sabía su nombre!


“Soy Edward” gimió antes de succionar mi labio inferior y morderlo en medio de tortuosas succiones.


“¿Cómo puedes desear eso?” conseguí articular mientras que sus largos dedos se deleitaban arrancando las escasas prendas que yo portaba.


Su cabello todavía humedecido por el episodio en la playa, se adhería a la piel de su frente regalándome un espectáculo comparable sólo con manjar de dioses, aún así, aquello jamás le haría competencia suficiente. Yo estaba a sólo minutos de tocar el cielo. ¡Y ni siquiera lo habíamos hecho!


“Tranquila, una de las cosas que he aprendido sobre la eternidad es que hay que saber ser paciente y sobre lo otro. Ya te lo dije, estoy arto. He vivido demasiado, y con cada día que gano más difícil me resulta adaptarme al entorno, entonces cuando por fin consigo alcanzar el ritmo que me impone este insípido sistema…


“El mundo vuelve a cambiar” respondí por él.


“Ajá” jadeó antes de llevarse mi pezón izquierdo hacia la boca


“Te propongo un trato” mis palabras parecían suplicas, mi boca intentaba decir una cosa, sonar firma y decidida. Pero mis labios no cesaban de gemir ante la pericia con que Edward degustaba mis pechos.


Aferré mis dedos a sus empapados mechones cuando una certera lamida fue seguida por un tenue e inofensivo mordisco.


“Mientras me mates no hay problema, haré lo que quieras” Él clavó sus ojos ahora negros de deseo en los míos, pero lejos de sentir miedo sentí placer de pura anticipación.


Reí nerviosa-y casi histérica- cuando en un solo movimiento el arrancó su pantalón y le sentí.


Punzando con fiereza y pujanza la cara interna de mi muslo. Mis ojos se cerraron, débiles ante la suprema sensación que comenzaba a desbordarme de deseo.


Edward era demasiado para mí, si no moría esta noche siendo destrozada por la bestia que tenía en su entrepierna, moriría de placer, pero fuese como fuese no saldría airosa de tan gloriosa experiencia.


“Hey, mi amigo no te hará daño, además te necesito viva, recuerda que debes matarme”


“Quiero… un… año” jadeé mientras él me torturaba con tenues roces en mi cavidad; sin entrar del todo, rozando, punzando y tentándome.


“Dame un año para demostrarte que la vida no es tan horrible como te lo piensas”


“Hecho, pero al término de ese plazo me tendrás que descuartizar e incinerar cada trozo ¿me oyes?” quedé estática ante sus dichos, acto que Edward aprovechó para enterrarse en mí.


Me arrepentí al instante, rogando en mi interior porque se detuviese y sacase de una maldita vez esa cosa de mí.


Él sonrió compasivo antes de musitar un sexy “te acostumbrarás”


Su lengua, húmeda y fría, acarició mi boca, mientras él terminaba de adentrarse por completo entre mis piernas. O eso pensé.


La forma en que su longitud arrasaba con todo a su paso era soberana, aliviada por que creí que finalmente me había colmado y se había introducido entero acondicionándose a estreches, fui sobrecogida por la suprema experiencia de ser llenada a cabalidad, atiborrada de placer pensé que no soportaría tal vivencia. Creí que enloquecería, pero sus manos delineando mi silueta trabajando a la par de sus caderas me convencieron de lo obvio. Sí me acostumbraría…


Y las dos horas siguientes comprobé que mi nueva misión en la vida sería adaptarme a su envergadura y vigor, a partir de mañana comenzaría a alimentarme mejor para poseer una resistencia de acorde a mi acompañante.


“Tonta Bella, no se trata de tener o no una buena condición física, esto es parte de lo que soy.


Soy un demonio Bella; no me canso, no duermo, no lloro, no como. Mi única misión en esta… existencia es beber sangre; cazar y arrebatar vidas. Para que yo viva otros deben morir. No quiero cargar con esto más, y sólo tu puedes ayudarme”.


“¿Por qué no lo haces tú?” suspiré, mientras él envolvía mi cuerpo entre sus brazos. No entendía que me había hecho, pero me sentía bajo un hechizo, regida únicamente por sus ojos de oro fundido, cegada por la adicción a sus besos, la bendición de sus caricias.


Me parecía imposible que él pudiese ser un asesino… Con luceros tan similares al almíbar, me costaba verlo como lo que se suponía era. Un asesino.


“Lo he intentado, pero por desgracia no es tan fácil. La primera vez que traté el dolor que sentí al descuartizar mi tobillo fue demasiado insoportable para continuar, fui un cobarde Bella” confesó avergonzado mientras rascaba la parte trasera de su cabeza, en lo que a mi me pareció un gesto muy humano.


“¿Y la segunda?” su vista se desvió hasta el mar, entonces mis manos se sintieron dueñas de una confianza que obviamente no les pertenecían y levantaron la quijada del hermoso vampiro que me cobijaba entre sus brazos.


“Conseguí cortar hasta la zona de mi cadera…. Pero dolía demasiado… decidí prenderme fuego y… Fui débil otra vez, salí a rastras de ese prado, por mi culpa se quemaron casi dos hectáreas de bosque.”


“No podré hacerlo” solté de golpe y escondí mi rostro en su pecho, esquivando a toda costa su mirada. Sus manos no tardaron en acariciar mi cabello. Él podía llegar a ser tan tierno…


“Si no lo haces tú, tendré que pedirle ayuda a otra persona, tarde o temprano encontraré a alguien que desee acabar con mi martirio. Además me diste tu palabra y fue sellada con sangre, por lo que quieras o no estás obligada a cumplirla”


Sin saber bien el porqué mi vista se clavó en mi entrepierna. Edward ha de haber sabido que yo era virgen, no había otra forma de explicar su elección y sobre todo… los recientes acontecimientos.


Sus ojos secundaron a los míos, observando los vestigios de inocencia diseminados entre sus muslos y los míos.


En efecto, nuestro pacto había sido sellado con sangre.


UN AÑO DESPUÉS


Permití a la brisa marina irrumpir en mis pulmones, mientras observaba el paisaje que se mostraba frente a mí, súbitamente una sensación de deja vu me golpeó en señal de advertencia.


Repasé cada tramo que había transitado minutos atrás en su compañía. Las olas estrellándose contra imponentes roqueríos alojados bajo el abrigo del acantilado. El majestuoso crepúsculo imperante sobre el océano, las huellas de mis pies marcadas en la arena, y a su lado otro par, visiblemente más grandes. Suspiré.


Ante la hermosura del entorno una tenue sonrisa se alojó en mis labios, pero fue borrada al instante cuando recordé el motivo de mi presencia en este sitio, en este paraíso.


Hoy se cumplía un año, tragué con fuerza e intenté disimular la forma en que mis pulmones poco a poco se quedaban sin aire.


Él no lo había olvidado…


Mis ojos se posaron en su esbelta figura, Edward se encontraba a unos pocos metros frente a mí, el vampiro que me había arrebatado el corazón, y que aún así se negaba a llevarse mi alma.


Avancé con timidez hacia él, con su vista clavada en el oscuro mar, aun dándome la espalda, imponente, con su metro ochenta y cinco visiblemente llevado, y una espalda que pese a no ser en extremo ancha, armonizaba de forma sublime con el resto de su anatomía. Edward se veía desgarradoramente hermoso, los mitos jamás conseguirían hacerle justicia.


Me grabé su imagen por última vez, sabía que después de hoy no existiría un mañana, y de una forma u otra mi vida se acabaría acá. En este lugar, en esta playa, solitaria y hermosa, pero por sobre todo gloriosa, como él. Un sueño vuelto realidad.


Caminé dos pasos más, quedando de esa forma a su lado, con pocos centímetros de lejanía, los mismos que Edward se encargó de eliminar al tomar mi mano. Mis ojos se cerraron reprimiendo las lágrimas, yo sabía lo que esto significaba, se lo había prometido… pero, no podía.


Su piel bajo el rojizo cielo era un espectáculo que hacía ver al paraíso que nos rodeaba como una cosa vana e insulsa. Él suspiró y avanzó con nuestras manos entrelazadas adentrándose en el mar, el agua estaba fría, pero no tanto como para molestarme, sino que en el punto exacto en que el espíritu y el aliento se entremezclan liberándose del cuerpo por medio de un jadeo.


“¿Demasiado helada?” preguntó enarcando una ceja, su boca esbozaba una sensual curvatura en los labios. Y yo me encontraba irrefutablemente esclava de esa sonrisa.


Mordí mi labio cuando el agua llegó hasta mis rodillas, el pantaloncillo de mi pijama ya se encontraba empapado y agradecí que Edward me hubiese sacado descalza de la cama.


Con delicadeza llevó nuestras manos aún unidas hacia su boca y depositó un cálido beso sobre estas.


“Estás tibio… ¿Cómo es que?”


“Tonta Bella” sonrió sin alegría, observándome con la burla bailando en sus hermosos orbes venturosos.


“No soy yo quien está tibio, sino tú quien está temblando… No tienes porque temer, estás haciendo lo correcto”


No le temía a él, sino a una vida sin su compañía. ¡Quería ser como él, quería que me transformase en vampiro para disfrutar de la eternidad a su lado!


“No puedo, no soy capaz de hacerte parte de esto” contestó hosco, soltando mi mano y alejándose de mí con brusquedad. No tardó en llegar a la orilla, después de todo, era yo la torpe humana que solía retrasarle.


Diez minutos más tarde me hallaba frente a él, con el cuerpo tembloroso y como siempre mis ojos delatores se encontraban al borde de exponerme ante su insensible semblante.


“Pero no me lo estás pidiendo, soy yo quien se ofrece. Quiero hacerlo Edward, quiero unirme a ti en la eternidad.”


“¡Estás loca!” soltó exasperado mientras revolvía con desespero sus finos cabellos.


De un momento a otros sus manos se encontraban firmes sobre mis muñecas, y ejercían tal presión en ellas que verdaderamente empezaba a lastimarme.


“¿Es que no lo ves? Tu vida recién ha comenzado.”


“No me importa, te quiero a ti en mi vida, te quiero junto a mí por siempre” respondí autómata. ¡Se suponía que podía leer mi mente! Como no veía que lo amaba de verdad, de manera profunda e irrevocable.


¡¡TE AMO!!


“No acabaré con tu vida” respondió insensible, haciendo caso omiso a lo que gritaban mis pensamientos.


“No, por supuesto que no lo harás. Seré yo quien lo haga, tú sólo tienes que traerme de vuelta” resolví, mientras recordaba lo fácil que era ponerle fin a mi vida ahora carente de sentido. Edward se vería en la obligación de morderme, él jamás me dejaría morir…


“¿Qué demonios te sucede?, ¿Es que no lo ves?, si yo pudiese morir sin tu ayuda lo haría, pero te necesito a ti para ello. Lo prefiero mil veces antes que condenarte a lo que soy. Si terminas con tu vida ahí acabará todo… No te condenaré Bella, no te convertiré en un monstruo”


“Te amo” mascullé con el aire quemando en mis pulmones, sentía la piel de esa zona ardiendo en carne viva, no podía hacerme la idea de una vida sin él. No le sobreviviría.


Sus manos acunaron mi rostro y Edward depositó un casto beso en mi nariz, la sentía húmeda e irritada, de seguro ya estaba roja, respirar comenzó a dolerme como nunca antes.


Unió nuestras frentes y sus dedos trazaron círculos en mis mejillas. Era tan hermoso que dolía, me obligué a dejar que mis parpados cubriesen mis dilatadas pupilas, estaba muriendo, ¡estaba muriendo por él y se negaba a verlo!


Su sola sonrisa me enviaba el cielo para luego traerme devuelta al infierno que simbolizaba continuar una vida sin él.


“Bella, mi dulce Bella, sólo eres humana… Más temprano que tarde terminarás olvidándome.”


Mis ojos se abrieron en el acto, oí cada palabra con especial interés. Su voz continuaba siendo el canto más hermoso que había oído jamás. Sensual, dulce y atrayente, pero esta vez me sentía inmunizada. Aún con sus precios luceros traspasándome con intensidad, hechizándome a través de las espesas pestañas que enmarcaban sus ojos colmados de dulzura. Aún así, una ira ciega se apoderó de mí…


¿Olvidar? ¿En verdad me creía capaz de olvidar sus besos, sus palabras, su tierna mirada viendo a través de mi, calando mi alma, observándome con tal nivel de devoción que me provocaba deseos de llorar, de verdad pensaba que podría desligarme tan fácilmente de él?


Alejé mi rostro del suyo como si este me repeliese, sus manos se quedaron inmóviles en la zona donde apenas escasos segundos atrás se encontraba mi semblante.


“¡No eres nadie para decidir sobre lo que siento!” le enfrenté encolerizada, con una nueva oleada de dolor arremetiendo contra mi cuerpo, débil, era una maldita enferma, una adicta.


“¡No te olvidaré!, ¿Es que no lo ves? no podría aunque lo intentase.” Mordí mi puño silenciando los sollozos que brotaban desbordados de mi pecho, pero aún así los espasmos de dolor eran la cosa más dulce en comparación a su desamor.


Por un ápice de segundo creí haber visto un ápice de emoción en sus ojos, pero al instante se volvieron fríos, lacerando mi alma con desgarradora indiferencia.


Su mano derecha hizo ademán de posarse sobre mi mejilla, pero se quedó inmóvil. Podía ver que en su interior se llevaba a cabo una verdadera batalla entre hacer o no lo que su ser le pedía. Finalmente la dejó caer inmóvil a un costado de su cuerpo.


Conocía a Edward, por mucho que se resistiese, tarde o temprano terminaba cediendo, para todo menos para mi transformación… y nuestro trato.


Harta de que se negase a dar el primer paso caminé el tramo que me separaba se su cuerpo y envolví su cintura con mis brazos.


Estaba desesperada por sentirle una vez más, aunque fuese la última, un solo roce suyo, sólo eso bastaba, yo ya estaba perdida, estaba muerta sin él.


Mis manos se amoldaron entorno a la ajustada cazadora que Edward portaba, la oscura prenda se ceñía a su piel a la perfección. Permitiendo a mis dedos deleitarse en cada centímetro donde el frío cuero se marcaba con soberbia.


Edward se mantuvo rígido, inmóvil, con ambos puños fruncidos a ambos lados de su cuerpo. Yo me concentré en hacerle ver lo mucho que le necesitaba, lo importante que era para mí.


Aumenté la presión en mi agarre, mientras tibios torrentes salinos se escurrían por mis mejillas, delatando lo débil que era.


De pronto su aliento frío golpeó de lleno mi cabeza, alivianando en algo la abrasadora sensación de pérdida que desgarraba mi alma de forma lenta y sinuosa. Lacerando mi corazón de forma despiadada e implacable.


Edward Cullen el vampiro que me había enseñado el significado de la palabra amor, sin siquiera ser conciente de que lo experimentaba a diario… en su compañía, finalmente se había dado por vencido y comenzaba a corresponder a mi gesto.


Con timidez impropia en su persona rodeó mi cintura y me atrajo más hacia él, convirtiendo mi abrazo en un acto recíproco.


“Yo sólo poseo el glorioso arte de mancillar almas, tú en cambio tienes el don de conseguir que el amor y la muerte se unan: por medio de un abrazo, de un beso, contigo la más simple de las caricias puede derretir al hielo…” musitó contra mis cabellos, deteniéndose a ratos para inhalar el aroma de estos.


“Pero yo te necesito, quiero estar contigo… para siempre” sollocé contra su pecho, pero aún cegada por mi propio llanto pude oírle maldecir por lo bajo.


“¿Cómo puedes siquiera pensar que te arriesgaría a ser como yo? Exponerte a la ira de mi corazón, al deseo irrefrenable que se agolpa en mi cuerpo cada vez que oigo tus latidos, el demonio en mí añora en demasía la hora de tu funeral Bella. No podría, no puedo verte morir, y la conversión no es una opción. “


Continué llorando, mientras sus tiernas caricias me reconfortaban, ¿Cómo podía consolarme para enfrentar su muerte futura? ¡Yo lo amaba! ¡Daría mi vida por él!


“No, no morirás por amor. No te obligaré a vagar junto a mi en los terrenos de la muerte”


“Me permitiste conocerte, adentrarme al universo que representabas ¡Alimentaste mis esperanzas! ¿Por qué me haces esto?” conseguí balbucear, mis ojos ardían, mi piel dolía, el aire entraba y salía de mis pulmones, pero no lo apreciaba, me sentía deshecha, me sentía rota.


“Porque hiciste una promesa, y ahora señorita tienes que cumplirla” responsó risueño, su voz se mostraba dulce y serena, pero denotaba un nivel de ansiedad impropia en él.


“Esa promesa fue rota desde el primer momento en que se hizo” mascullé agotada


“Me diste tu palabra Bella, lo sellamos con sangre... no puedes defraudarme ahora, confié en ti.


“Y yo confié en que te haría entrar en razón. No planeaba enamorarme de ti, ¡está bien lo admito! Contaba con que podría ocurrir, demonios era más que evidente que podría suceder, pero mantenía la vaga esperanza de que me correspondieses.


¡Creí que me amarías y olvidarías nuestro estúpido trato!”


“Promesas son promesas, yo te di el año que me pediste, fui paciente y cedí a cada uno de tus caprichos… Ahora es tu turno de cumplir con tu parte del plan.”


Sus palabras fueron letales, crueles y carentes por completo de emoción, intenté deshacer nuestro abrazo, necesitaba alejarme de su cuerpo, pero el mantuvo sus manos en torno a mi cintura. Alcé el rostro y lo que vi me quitó toda fuerza, inclusive de llorar.


Dolía tanto, la situación, su presencia; tenerlo frente a mí a escasos metros, con su apariencia alicaída. Me destrozaba verlo así, desbarataba el casi inexistente autocontrol que poseía, las manchas violáceas alojadas bajo sus ojos, más impresas que nunca, recordándome lo que era.


Quise morir en ese instante, soportaría cualquier infierno antes de presenciar su muerte. Lo amaba tanto, tanto que no solo dolía, esto me mataba, no podría hacerlo.


“Mátame” gimió con sus afiladas facciones ahora estiradas en una desgarradora mueca de dolor. El aire abandonó por completo mis pulmones, mi cerebro colapsó y mis labios despertaron autómatas.


Preferiría mil veces perder la vida entre sus brazos, antes que arrebatar la suya.


“No” respondí tajante, con voz más dura de la que hubiese deseado, pero simulando a la perfección el terror por el que me veía sobrepasada.


No podía perderle, ya no. Sobre todo porque toda mi vida ahora carecía por completo de sentido.


Su agarre continuaba implacable entorno a mi cintura, retándome, sus ojos continuaban expectantes ante cualquier indicio de vacilación o debilidad.


Podría tacharme de cobarde, pero no cumpliría esa promesa. No asesinaría al hombre que amaba.


Temblé sin poder evitarlo, y la temperatura no era la causante de mis espasmos, aquella frialdad me calaba aún bajo la coraza de los huesos. Era pavor, el pánico de vivir una vida sin él.


La sola idea saberlo lejos laceraba mi interior a un nivel tan intenso que por un instante me pregunté si en verdad un drogadicto podría conseguir la rehabilitación en su totalidad, porque irrebatiblemente yo jamás conseguiría resistirme a mi dosis.


No era lo suficientemente fuerte para renunciar a él.


Posé mi mirada sobre su semblante, aún con la petulancia forjada en sus facciones él era divino, tan hermoso que me parecía la encarnación perfecta del ángel de la muerte. Un pobre ser al que le habían arrancado sus alas siendo un apenas un adolescente. Vislumbré el pequeño hilillo de elixir borgoña que surcaba el borde izquierdo de sus labios; y el simple hecho de que su exquisita boca aún contuviese vestigios de sangre mantenía mi piel erizada.


Llevé un dedo a mis labios y comprobé el origen de aquel líquido.


Un súbito rubor bañó mis mejillas al recordar la forma en que sus colmillos habían conseguido adentrarse en mi carne mientras me besaba horas atrás, cuando irrumpió en mi habitación a medianoche para traerme al sitio en donde todo había comenzado… el mismo donde se suponía debíamos darle término.


Incapaz de tener suficiente de él, observé su rostro una última vez, a sabiendas de que no se daría por vencido tan fácilmente con mi respuesta, continué con mi revisión: ojeroso y pálido; hermoso. Sus ojos ahora negros se mostraban como profundas fosas sin fondo, abismos de muerte.


Edward se negaba a desviar la vista, orgulloso y desafiante sostenía mi mirada con petulancia, finalmente cedí, a sabiendas que era inevitable, él siempre sería más fuerte.


Humillada fijé mi atención en el suelo, suave y tibio, sintiendo como pequeños granos de arena iban impregnándose entre los dedos de mis pies. Su gélido toque me trajo a la vida en sólo segundos, era tan injusto, con un solo roce me tenía en sus manos, mi vida; mi ser completo se encontraba a su servicio, a su disposición. No había derecho.


Jadeé cuando los tersos labios del vampiro se acercaron con descaro hasta mi oído, tentándome, aturdiéndome…Torturándome.


“Por favor ángel, sólo tu puedes salvarme” Sus voz impactó de llenó contra mi piel, acariciándome con la gélida brisa de un susurro, mientras sus largos y delgados dedos de pianista se entretenían con los rizos marrones que habitaban en los confines de mis cabellos, justo donde acababa mi cintura y comenzaba mi cadera. Edward adoraba esa zona.


Continuó con su otra mano ceñida a mi baja espalda como un tierno soporte. Yo lo sabía, en cuanto Edward liberase su agarre caería desfallecida sobre el piso. Ningún ser humano podría soportar tal intensidad de placer, no estaba permitido.


“Permíteme despertar, no soporto más esta prisión. Esto es un maldito túnel infernal sé que pertenezco a su encierro, al menos hasta que llegas tú… con tu calor, con tu luz” Los tersos labios continuaron musitando contra mi piel, sensuales, fríos y certeros. Expertos en el arte de amar, poseedores de una experiencia que sólo te otorgarían los siglos.


“Mátame” su lengua acarició mi cuello, tan fría y exquisita que mi boca despertó emitiendo un jadeo.


Aun narcotizada bajo el embrujo de sus besos fui capaz de negar, en parte conciente en parte no. Sólo había un pensamiento en mi interior… Le necesitaba.


“Entonces déjame ir” susurró esa voz: dulce y angelical, su trino sabía a miel y no pude más que asentir embobada ante la ternura y devoción que destilaba esa suplica, mas sin siquiera saberlo yo había renunciado a él.


Cuando abrí los ojos ya era tarde… Edward se había ido.




NO se les olvide dejar sus comentarios por fiss

miércoles, 27 de enero de 2010

El Reinado de la Luna

Capitulo 4 . Lágrimas de Luna

Tal vez, la oscuridad me consumiera y pudiera desaparecer en su velo, tal como ella lo hace cuando los primeros rayos del sol acarician el horizonte.


No, esta era la realidad y tenía que enfrentarla.


Miré fijamente al licántropo y al vampiro.


-Los dos reyes andan tras de ti.


No era una pregunta lo que había salido de los labios de Adam, pero de cualquier forma asentí.


Ambos arquearon las cejas y me miraron sorprendidos.


-Y supongo que ninguno de los dos es consciente de la competencia que tiene ¿o sí? –el licántropo comenzaba a tener dificultades para hablar con calma.


Me mordí el labio. Edward sabía que Jacob se preocupaba por mí, pero no estaba enterado de la proposición que me había hecho el rey de los hijos de la Luna. Jacob, por su parte no tenía ni idea de lo que Edward sentía por mí.


-No –musité.


-Mi señor no va a estar muy contento con esto –comentó Anthony.


-Ni el mío tampoco.


Hice una mueca, parecía que yo era un imán para los líos.


-Pero por ahora, tenemos que resolver el problema inmediato –dijo Adam-. Sólo yo voy a cuidar de ti.


-No –gruño el vampiro-, tengo órdenes y pienso cumplirlas.


Adam estaba a punto de protestar algo pero lo interrumpí.


-¡Los dos o ninguno! –me crucé de brazos. Casi prefería que escogieran la segunda opción, pero sabía que eso no iba a suceder.


-Yo no te voy a abandonar –dijo Anthony firmemente. Sus ojos se quedaron en los míos unos momentos y después de un rato desvió la mirada-. Es mi deber.


-¡Ni yo! –Adam lo fulminó con la mirada-. ¡No la voy a dejar!


Suspiré.


-De acuerdo –dije rendida-. Y no quiero peleas, los dos se van a comportar.


Los escuché gruñir a mis espaldas.


No me importaba caminar hasta el departamento, después de todo, con dos sombras como las que tenía siguiéndome ¿Quién se me iba a acercar?


Estrellas, brillantes astros distantes, crueles, mostrando toda su belleza sin la esperanza de poder alcanzarlas, se amontonaban sobre la capa negra que cubría el cielo. Podía apreciar su belleza sobre el edificio, que se levantaba cansado y viejo, una construcción acabada con el paso de los años.


Me adentré en él, feliz por la promesa de una cama, por un descanso que tanto ansiaba.


-Si hubieras aceptado mi ayuda, no estarías tan cansada, pequeña mía –dijo Adam.


Durante todo el camino había estado insistiendo en llevarme en sus brazos, algo a lo que yo siempre respondía con una negativa.


-Aún puedo llevarte hasta tu cama –siguió Adam, arqueando una ceja de manera provocativa.


Anthony lo observó con desaprobación.


-Si te dije que no antes, no veo porque vaya a cambiar de parecer ahora –contesté.


-No la trates así –intervino el vampiro-, ella no va a ser para ti.


-Bella –dijo Adam devolviéndole un gesto de disgusto-, puede decidir lo que quiera, eso nadie se lo puede impedir.


Puse los ojos en blanco.


-¡Sigo aquí! –exclamé.


Ninguno de los dos me hizo caso, Anthony parecía querer replicar algo, pero lo interrumpí.


-¡Basta! –grité-. ¡Nada de peleas!


Me giré hacia la puerta.


-Ahora si me permiten, voy a dormir –dije antes de cerrarla detrás de mí.


Mis sueños, sin compasión, se transformaron en pesadillas.


La luna triste, lloraba rayos color sangre, mientras observaba la destrucción que había en la tierra.


Sola, en medio de un bosque muerto, me encontraba ataviada con un vestido blanco. Alcé la cabeza y pude ver su dolor, y sentirlo como si fuera mío, me iluminó con sus rayos, tiñendo a mí alrededor de rojo. La luna quería decirme algo.


Escuché un aullido, uno de dolor y una pérdida terrible. Entonces los vi.


Dos lobos de un pelaje hermoso, su cuerpo inerte muy cerca de mí. Asustada, me levante y retrocedí lejos de ellos, pero mi pie tropezó con algo y casi pierdo el equilibrio.


Di la vuelta lentamente, para encontrarme con otro cuerpo. Ahora eran tres lobos asesinados.


¿Quién les había arrebatado sus vidas?


La sombra de un hombre apareció frente a mí, mi mente reconoció la silueta, lo había visto desde mi ventana, vigilándome.


Desperté.


Los primeros y tenues rayos del sol, lograron tranquilizarme un poco.


Nada había sido real.


Detrás de la puerta, me encontré con el licántropo y el vampiro, con las mismas expresiones de desprecio en su rostro. Se mantenían lo más alejados el uno del otro y al mismo tiempo lo más cercanos a mi puerta.


No pude contener la risa que escapó de mí.


-¿Algo gracioso que veas, pequeña mía? –preguntó Adam.


Asentí.


-Ustedes.


Los ojos de Anthony se agrandaron un poco y vislumbré la aparición de media sonrisa en sus labios, que rápidamente borró y reemplazó por su acostumbrada expresión de seriedad.


-Es agradable verte sonreír –comentó Adam.


Abrí la boca para responder algo, pero los pasos de mi vecina me interrumpieron. Subió las escaleras y pasó por el pasillo, se aproximó a su departamento no sin antes de dirigirme una mirada de desaprobación.


-Estás jóvenes de ahora –murmuró la mujer madura, lo suficientemente alto para que el mensaje llegara hasta mis oídos-. ¡No hay pudor! En mis tiempos una muchacha decente no dejaba que dos hombres la buscaran a su casa.


Cuando la mujer desapareció tras su puerta me giré hacia el licántropo.


-¿Adam?


El sonrió.


-Ella pasó hace rato y nos pregunto porque estábamos aquí.


-¿Y qué le respondiste? –pregunté molesta.


-Que esperábamos por la hermosa chica que vivía adentro –dijo mirando hacia mi departamento.


Lo fulminé con la mirada.


-Pasen –musité abriendo completamente la puerta. No quería que nadie más los viera.


-¿Tienes algo de comer? –preguntó Adam al entrar.


-Sí –me dirigí a la pequeña cocina y saqué un plato de lasaña congelada.


-¿Me vas a preparar comida, pequeña mía? –preguntó el licántropo.


-Sólo la voy a calentar –dije metiendo el plato en el microondas-. ¡Y deja de llamarme así!


El sólo sonrió, cuando vio la lasaña caliente enfrente de él.


Me dejé caer en el sofá de la salita y encendí el televisor. De reojo vi a Anthony apoyado contra la pared, los brazos cruzados sobre el pecho. Vi la mueca de incomodidad atravesar su rostro al ver hacia la ventana. Me di cuenta de que estaba abierta y daba paso a la luz cálida del día.


Tanto licántropos como vampiros se debilitaban un poco en el día, pero los primeros se habían acostumbrado a ello y salían a horas matutinas, pero los vampiros pensaban completamente diferente, evitaban lo posible salir hasta que la oscuridad cubriera el cielo.


-Tengo más hambre –Adam salió de la cocina.


-No tengo más –dije, que era la verdad. Yo casi no comía en casa, y cuando lo hacía no consumía mucho-. Pero no puedes… ¿ir a cazar?


-No puedo dejarte desprotegida –dijo, aún cuando su rostro reflejaba cuanto deseaba comer.


-Aquí está Anthony –contesté-, además no tengo ganas de salir en estos momentos, así que me quedaré.


-¿Dejarte con el chupasangre? –preguntó como si me hubiera vuelto loca.


-Yo nunca te haría daño –intervino Anthony hablándome a mí.


-Adam, no me va a pasar nada –dije-, ahora mejor vete.


-Si regreso y descubro que la has tocado –amenazo-, te despedazo chupasangre.


-Adiós cachorro –se despidió Anthony.


Un gruñido vibró en la garganta de Adam.


Le subí el volumen a la tele, para ahogar su discusión, que por fortuna no duró mucho porque el licántropo me hizo caso y se fue.


Cuando giré la cabeza vi a Anthony con la misma expresión de frustración por la luz. Me levanté y cerré las ventanas, al igual que las cortinas, logré ahogar buena parte de los rayos.


-¿Mejor? –le pregunté.


Se vio aturdido con mi pregunta, después de un rato asintió.


-¿Por qué lo hiciste? –cuestionó.


-Creí que a los vampiros les molestaba el sol –dije insegura-. ¿No te molesta?


-Sí, es sólo que no entiendo porque te preocupas por mí –contestó mirándome a los ojos.


Me encogí de hombros.


-Tú me estas cuidando, tengo que agradecerlo de alguna forma –dije.


-Pero no tenías que hacerlo –insistió-. Es mi deber protegerte…


-Lo sé –lo interrumpí-, pero quise hacerlo.


Sus ojos me estudiaban como si nunca me hubieran visto antes, y como era su costumbre, desvió la mirada.


Confundida por su comportamiento me volví hacia el televisor. Pasé los canales uno por uno buscando algo que llamara mi atención, lo dejé en una película de terror, por el blanco y negro en ella supe que era muy antigua, pero era lo mejor que había.


Sólo unos minutos pasaron y ya estaba más aburrida que asustada, mis párpados pesaban y dejé que mis ojos se cerraran…


Al despertar, supe que ya casi no quedaba tiempo para la noche, porque estaba mucho más oscuro. Me levanté de ¿la cama?


Giré mi cabeza, para descubrir que estaba en mi habitación. Pero yo no recordaba haber llegado a ella.


No le tomé importancia, sobre todo porque había otros asuntos en los que era mejor concentrarse. Como el licántropo que ya había regresado al departamento, y para variar estaba discutiendo con el vampiro.


Adam y Anthony dejaron de gritarse cuando salí del cuarto.


-¡Pequeña mía! –exclamó el licántropo caminando hacia mí con los brazos extendidos.


-Distancia –dije extendiendo un brazo en frente de mí, para evitar su avance.


Adam hizo una mueca de frustración y dejó caer los brazos a los costados. El vampiro apretó los labios, como si quisiera reprimir una sonrisa.


-Esperen a fuera a que me cambie para irnos al Luna Llena –dije.


-No vamos a ir allá –me contradijo Anthony-, vamos al Noche Eterna.


-¿Qué?


-Ahí acordaron reunirse los dos reyes –contestó Adam-, para arreglar unos asuntos que tienen pendientes.


-¿Y por qué voy a ir yo? –les pregunté.


-Porque mi señor quiere que estés ahí junto a él –dijo Anthony.


-Y él rey de los licántropos también desea tu compañía –dijo Adam.




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Capitulo 5 . Reunión


Detrás del cristal, la noche aguardaba envolviendo las calles. Las casas, desaparecían rápido frente a mis ojos, y todo lo que llegaba hasta mis oídos era el motor del auto donde me encontraba.


Anthony, con su velocidad inhumana, se había adelantado y traído un vehículo para trasladarnos hasta el Noche Eterna. Lo que provocó enfado en Adam, pues se negaba a viajar en el carro de un “chupasangre”, el vampiro por su parte no le importaba, ya que, como había dicho sólo era para llevarme a mí, y que no pensaba de ningún modo meter “mascotas” en el.


En ese momento tuve que intervenir.


-Sino suben los dos y se comportan –había dicho, mirándolos fijamente-, yo tampoco lo hago.


Eso puso fin a la discusión, pero para mi dolor de cabeza, dio paso a otra.


Anthony quería que fuera en el asiento de adelante con él, Adam quería que fuera en el asiento de atrás con él. Harta y muy molesta les había gritado que me iba a sentar atrás, pero sola.


Miré al asiento de adelante, observando al licántropo y al vampiro, ambos con la mandíbula apretada y con una expresión de desprecio mutuo.


No sabía si reírme o preocuparme.


Me estremecí cuando sentí el auto detenerse, habías llegado. De los recuerdos que me provocaba ese lugar, en todos, siempre salía algo mal. Esperaba que esta vez fuera la excepción.


Logré salir del vehículo antes que mis dos protectores, así evitaba otra pelea, ellos buscaban cualquier pretexto para reñir y no iba a dejar que el “quien abría mi puerta primero” fuero otro más.


Fui la primera en entrar, seguida del licántropo y el vampiro. Todo estaba igual que en mis recuerdos, las camareras se paseaban por el lugar en busca de un vampiro hambriento que mordiera su cuello, también estaban listas para traer bebidas, por si ellos ya venían con su pareja y preferían abstenerse de enterrar sus colmillos. Lo único que era diferente, era la mesa vacía en al fondo, con cuatro licántropos de pie a pocos metros de ella.


-Están aquí por si los clientes de este lugar se comienzan a portar hostiles con el rey –dijo Adam al seguir la dirección de mi mirada.


-¿Por qué no han llegado?


-Seguramente aún está ocupado –respondió primero el licántropo, hablando por Jacob solamente-, las cosas no han estado muy bien últimamente.


-Mi señor ha tenido complicaciones, debido a su recién adquirido puesto de rey –dijo Anthoy-, por eso aún tiene que arreglar muchas cosas.


Me hubiera gustado que la mesa escogida para la reunión de reyes, no fuera la que estaba hasta el otro extremo del lugar, y así evitarme todo el camino hasta ella, con todas las miradas vampíricas siguiéndonos.


Adam, a pesar de todas las miradas hostiles que recibía a su paso, no parecía importarle, o por lo menos aparentaba completa tranquilidad frente a ellos.


Después de lo que me pareció un camino bastante largo, llegamos hasta el lugar asignado.


-Creo que tendré que esperar a que llegue el rey –dijo Adam observando la puerta por donde habíamos entrado con recelo-, tengo que ponerlo al tanto de la situación.


El licántropo me dirigió una mirada interrogativa.


-Ve –le dije-, voy a estar bien.


Adam llegó hasta la puerta en menos de la mitad del tiempo que nos había tomado en entrar, y supe que era debido a mí, ambos habían ralentizado su paso para caminar a mi lado, me sentí completamente lenta en ese momento.


Sacudiendo mi cabeza, dejé que mi atención volviera a la mesa. Descubrí con horror que en la mesa había cuatro sillas, cada par en extremos opuestos.


-Si aquí se van a sentar Edward y Jacob ¿para qué son las otras dos? –cuestioné. Aunque no necesitaba preguntarlo, lo sabía.


-Para la pareja de los reyes –dijo Anthony-, que resultarse ser tú.


-¿Dos sillas para mí? –una risa nerviosa escapó de mis labios. Intenté pensar en qué hacer, o mejor dicho, en donde sentarme.


Con un suspiro tomé una de las sillas y la arrastré. Anthony se acercó y me lo impidió tomando mi mano.


-Puedo hacerlo yo –dijo, sin soltarme.


-Gracias –dije. Observé su mano en la mía-. Ya puedes liberar mi mano.


Parpadeó y alejó su brazo.


-¿Dónde la pongo? –preguntó mirando a cualquier parte menos a mí.


Siguiendo mis instrucciones, el vampiro retiró la silla y acomodó la otra en medio, de manera que la mesa ahora tenía tres asientos, dos el uno en frente del otro y un tercero a la misma distancia de los otros dos.


Justo cuando me iba a sentar, Edward entró en el bar.


Lo vi sonreír al momento de que su mirada se cruzó con la mía. No tuve tiempo ni de respirar, porque ya me encontraba en sus brazos.


-Bella –dijo lentamente. Sus manos comenzaron a acariciar mi cabello.


-Edward –musité separándome un poco para verlo a los ojos.


Besó mi frente, y después de un rato me soltó por completo.


Miró interrogativamente la silla en la que me senté.


-¿No vas a sentarte junto a mí? –preguntó.


Me encogí de hombro, tomé una bocanada de aire antes de hablar.


-Jacob también me invitó aquí –comencé insegura-, para que estuviera con él.


Edward seguía con la mirada en mí, esperando más explicación.


-El rey licántropo está interesado en ella –intervino Anthony viendo que mi voz se había ido a otro lugar.


Vi las manos de Edward convertirse en puños, así como su expresión se volvió peligrosa.


Pero sus ojos se suavizaron ligeramente al ver mi expresión preocupada.


-Tranquila –me dijo entrelazando sus dedos con los míos-, no va a pasar nada, sólo quiero dejar en claro algunas cosas con él.


No sirvió de nada, sus palabras no lograron calmarme.


Jacob entró poco después, seguido de Adam. Por la expresión de rabia contenida del rey licántropo, supuse, que mi protector ya se había encargado de informarle unas cuantas cosas.


Llegó hasta nosotros, dirigiéndome una sonrisa y una mirada de desprecio a Edward.


Ambos se quedaron de pie, mirándose fijamente.


Pude sentir la tensión en el aire.


Sentí que los minutos se alargaban, mientras los dos reyes se fulminaban con la mirada, pero por fin después de un rato, se sentaron.


-Yo la amo –Edward fue el primero en hablar.


-Yo también –contestó Jacob con firmeza.


Anthony se colocó a mi derecha, y Adam a mi izquierda, ambos parecían listos para sacarme de ahí a cualquier señal de pelea.


-Yo quiero que sea mi reina –dijo Jacob.


-Yo también.


Ambos perdieron el control por un momento, Edward le mostró sus colmillos a Jacob, y él en respuesta gruñó.


-¡Por favor no! –sollocé.


-Lo siento, Bella –Edward intentó tranquilizarse. Después se dirigió a Jacob-. No quiero verla triste, así que intentaré portarme lo más civilizadamente contigo.


Los hombros de Jacob perdieron su tensión lentamente y después asintió.


-De acuerdo –dijo mirándome-. Pero antes de llegar a una solución, necesito hablarte de un problema que ha tenido mi comunidad recientemente.


Después del asentimiento de Edward, Jacob comenzó a contarle sobre los asesinatos de los licántropos. Ahora eran tres.


Con un estremecimiento, recordé mi sueño. Había visto tres cadáveres de lobos… sacudí la cabeza, convenciéndome de que sólo era una coincidencia.


-Eran muy cercanos a mí –dijo Jacob, sus ojos brillando repentinamente con dolor-, y quiero encontrar al culpable.


-Piensas que es un vampiro –dijo Edward.


-Sí –afirmó-, ustedes nos odian.


-El sentimiento es mutuo –replicó Edward-, según tengo entendido.


-Quiero que investigues dentro de los de tu raza –siguió Jacob-, en nombre de la paz entre las dos comunidades.


-Lo haré –dijo Edward-, pero debes considerar la posibilidad que haya sido uno de los tuyos.


Jacob apretó los labios.


-Lo hago –dijo-, he estado buscando al culpable, pero no he conseguido mucho.


-Si es que el asesino es un vampiro –contestó Edward-, lo encontraré y te lo traeré para que seas tú quien le dé su castigo.


Siguieron un rato más con la conversación, Jacob le dio datos de los licántropos muertos y en qué lugar habían sido encontrados cada uno.


Cuando terminaron de hablar, los dos me observaron por un momento.


-Quiero que ella sea feliz –dijo Edward-, así que dejaré que sea ella quien decida, cuando esté lista.


-Sí –coincidió Jacob dirigiéndome una sonrisa-, pero eso no significa que deje de esforzarme, seguiré insistiendo para que sea a mí a quien elija.


-Yo tampoco te lo voy a dejar fácil –dijo Edward-, ni quitaré la protección que he puesto sobre ella.


-Ni yo.


Ambos se levantaron y se inclinaron hacía mí, sus labios presionaron mis mejillas al mismo tiempo.


Jacob se despidió de mí y se fue seguido de los cuatro licántropos que estaban cerca de nosotros.


-Nos vemos Bella –dijo Edward, antes de irse.


Suspiré, y me dirigí a mis protectores.


-Quiero regresar al departamento –musité. Mi mente se había convertido en un sinfín de pensamientos entrelazados, negándose a ser desenredados.


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Capitulo 6  . Contienda


La mañana, normalmente tranquila en mis días de soledad, inició con una discusión, una de la que yo no formaba parte.


Lo peor, era que yo le había abierto la puerta a esa agitación y me había despedido de la paz en mi departamento.


Ni siquiera me prestaron atención al entrar, cansada de tener que intervenir siempre en cada pelea, me dirigí al sillón y encendí el televisor. Era una buena forma de ahogar sus gritos.


-¿Quién más puede ser chupasangre? –preguntó Adam.


-Uno de ustedes.


-¿Matarnos entre nosotros? –gruñó el licántropo-. ¡Van tres asesinatos! ¡Sólo una mente enferma de rabia puede hacer esto!


-Por supuesto, los peores siempre somos nosotros –Anthony dejó al descubierto sus colmillos.


Ni el volumen más alto logró mantenerme ajena a su discusión. Me levanté y salí al pasillo.


-¿A dónde vas? –preguntaron los dos al unísono.


-Tengo que comprar algo de comida –contesté-, ya no me queda nada.


-Voy contigo –dijo Adam.


-Yo también –dijo el vampiro.


-Creo que les haría bien estar separados un rato –comencé-, así que, lo mejor será que te quedes aquí Anthony.


Era más para evitar que el vampiro saliera a la luz del sol, pues sabía la gran incomodidad que le provocaría. Mi expresión debió delatar mis verdaderas intenciones, porque sus ojos brillaron de gratitud.


-Como tú desees –fue su respuesta.


Pronto me arrepentí de dejar al vampiro en el departamento.


-Si querías estar a solas conmigo sólo tenías que pedirlo, pequeña mía –Adam caminaba muy cerca de mí.


Puse los ojos en blanco.


-¡Quiero tener paz aunque sea por cinco minutos! –exclamé, lo que también era verdad. El camino al supermercado me había parecido más silencioso, sin contar con los comentarios que hacía Adam a cada paso, y es que en todo el trayecto no había escuchado ni un solo gruñido o amenaza.


-El chupasangres me provoca –replicó.


-Los dos, tienen la misma culpa –dije-. ¿No pueden intentar llevarse bien?


-Está en nuestra naturaleza pelear –respondió Adam-, no podemos evitarlo.


-Si lo intentaran, podrían –murmuré.


El licántropo me causó muchos problemas en el supermercado.


-¡Adam, no voy a llevar toda esa carne! –observé horrorizada el carrito lleno de carne congelada.


-Si no te gusta, yo me la puedo comer –dijo con una sonrisa que mostraba su dentadura.


Fruncí el ceño.


-Ni siquiera tengo espacio para todo eso –repliqué.


-No hay problema, no va a durar mucho –insistió.


-Tú puedes cazar para alimentarte –me crucé de brazos, no iba a permitirle ganar.


-Pero, de esta forma no estaré tanto tiempo fuera y podre cuidarte mejor –dijo.


-No, y devuelve eso a su lugar.


A regañadientes Adam devolvió la carne al congelador.


Después de todo no había logrado escapar de las discusiones.


Al llegar, descubrí los beneficios de tener protectores, podían cargar las cosas por ti. Miré sobre mi hombro, a un Adam con el ceño mortalmente fruncido y las dos manos ocupadas, con bolsas llenas de comida.


Me reí.


Anthony miró de uno a otro y arqueó las cejas hacia mí.


-No lo dejé comprar carne –contesté a una pregunta que no hizo.


El vampiro sonrió levemente.


-¡Pero tenías que comprar todo esto! –exclamó Adam, observando las verduras como si fueran otro más de sus enemigos mortales.


-Esto –dije mientras guardaba la lechuga en el refrigerador-, hace mucho bien a la salud, deberías comerlo de vez en cuando.


Hizo una mueca de asco.


-Los licántropos no necesitamos nada más que carne –replicó.


-Ayer comiste pasta –dije.


-No lo necesitamos, pero podemos comer de otras cosas –terminó.


Suspiré.


-Como digas.


La entrada al Luna Llena fue hostil. Los licántropos observaban con odio a Anthony, mientras se desplazaba a una orilla del bar y se recargaba en la pared.


Para Adam y para mí fue completamente opuesto, las miradas que nos dirigían eran admiración, para él, y creí ver algo de respeto y obediencia dirigidos a mí.


Me estremecí, ante la sola idea de convertirme en reina.


-¿Otro amigo? –preguntó Jason poco después de que llegara la medianoche.


-¿Qué?


-El vampiro –dijo serio-, supongo que también es otro de tus amigos. Al igual que el licántropo.


-Ah –balbucí-, pues sí.


Me observó fijamente, sus ojos intentando encontrar la verdad en los míos.


-Espero que sean de fiar –comentó.


-Les confiaría mi vida –contesté, que era de hecho lo que estaba haciendo.


-No creo que haya sido buena idea traerlo aquí, Bella –continuó Jason-, si es tu amigo como dices, debes decirle que se vaya antes de que los licántropos decidan hacer algo más que observarlo con desprecio.


Seguí la mirada de mi amigo, y coincidí con él, un grupo de licántropos hablaban rápidamente entre ellos y le dirigían miradas hostiles.


Me dirigí a él a paso rápido, lo más rápido que podía caminar una humana como yo, que no era mucho.


-Anthony, creo que será mejor que salgas de aquí –murmuré cerca de él.


-¿Por qué? –preguntó como si no notara la tensión que se empezaba formar entre los licántropos.


-¡Porque te pueden hacer daño! –exclamé exasperada.


-¿Otra vez te preocupas por mí?


¿En qué idioma estaba hablando? ¿O quizás Anthony tenía problemas de oído?


-¡Claro que sí! –dije-. Ahora, vete de aquí.


Extendió su brazo hacia mi mejilla, pero antes de que sus dedos rozaran mi piel, parpadeó como si no comprendiera lo que estaba a punto de hacer y volvió a cruzar sus brazos, apretándolo fuertemente contra su pecho.


-No voy a irme –dijo, sus ojos evitando mirarme.


-Tienes que hacerlo –insistí-, estarás mejor afuera.


-Tengo que cuidar de ti.


-¡Yo estoy bien! –dije enojada.


-Aún así, no saldré.


-¡Eres tan obstinado! –resoplé.


-No te preocupes tanto por mí –dijo volviendo los ojos a mi rostro.


Di media vuelta.


-¡Ya no lo hago! –mentí-. ¡No me importa, haz lo que quieras!


Mi tranquilidad llegó junto con la hora de cerrar del bar, la mayoría de los clientes habían salido, sólo era cuestión de minutos para que quedara vacío.


-¡Qué demonios! –Lissa exclamó mientras limpiaba una de las mesas-. ¿Ese vampiro que llegó contigo todavía no se va?


Me giré hacia ella.


-Le dije que lo hiciera –dije.


-Pues hoy tuvo mucha suerte –musitó mi amiga-, estuvo a muy poco en convertirse en cena.


-Lo sé, pero no me escuchó –concedí frunciendo el ceño.


-Pero no me has dicho porque vino contigo –dijo Lissa.


Apreté los labios sin saber que contestar. Mi amiga ya sabía lo de Adam. ¿Estaría bien contarle lo demás? Ella no sabía sobre el rey de los vampiros, y en teoría, no debería enterarse. Sacudí la cabeza, no iba a meterla en problemas por querer desahogarme.


-Sólo dime –musitó-. ¿No estás en problemas o sí? ¿No tienes otra deuda con un vampiro verdad?


Negué con la cabeza.


Lissa abrió la boca, pero en lugar de una pregunta, un gemido escapó de sus labios.


Tres licántropos habían rodeado a Anthony. Los gruñidos vibraron en las tres gargantas, amenazadores. El vampiro, en respuesta, les mostró los colmillos.


Uno de los licántropos saltó sobre él.


Eso fue suficiente para mí, corrí hacia ellos.


-¡Bella, no! –Jason me tomó del brazo-. Si te metes en la pela saldrás lastimada.


-¡Suéltame! –chillé.


No podía zafarme, Jason era mucho más fuerte que yo.


Anthony había logrado lanzar a uno de ellos, el licántropo había caído encima de una mesa, que terminó destrozada por el impacto. Pero los otros dos, no queriendo terminar con la lucha, arremetieron contra él.


Adam se acercó a Jason y a mí, me tomó por los hombros para detener mi forcejeo.


-Tranquila, pequeña mía –dijo Adam-, el es fuerte no le harán daño.


-¡No! –grité furiosa-. ¡Basta! ¡Deténganse ahora mismo!


Los dos licántropos se separaron de Anthony y me observaron fijamente. Adam, aturdido, me soltó. Aproveché el momento para correr y aferrarme a uno de los brazos del vampiro.


Fruncí el ceño y con la mirada reté a los dos licántropos a que siguieran con el ataque.


Retrocedieron.


-Tienes suerte –dijo uno de ellos, el más alto-, ser tan cercano a nuestra futura reina.


Ambos me dirigieron una inclinación de cabeza. Ayudaron al tercer licántropo, que yacía en el suelo entre escombros, a levantarse y se fueron.


-Así que –dijo Anthony tras un largo rato de silencio-, ya no te preocupas por mí… ¿eh?


Le saqué la lengua.


-¡Cállate! –exclamé molesta. Solté su brazo-. ¡Esto también es tu culpa! ¡No quisiste escucharme!


A pesar de que ya me encontraba fuera, junto a mis dos protectores, en la calmada oscuridad de la fría noche, no me sentía tranquila.


Entonces lo vi, y mi corazón reaccionó a él de forma violenta, sus latidos se aceleraron alarmantemente dentro de mi pecho. Edward estaba de pie a sólo unos metros de mí, con los brazos extendidos y una sonrisa invitadora en su rostro.


Sin saber bien lo que hacía, corrí hacia él y me fundí en su abrazo.


Nada malo podía ocurrirme ahora, nada mientras estuviera con él.


Me estremecí ante ese extraño y sorpresivo pensamiento que se había apoderado de mi mente.


-Bella –murmuró. Miró encima de mi hombro y añadió:- Creo que ella puede prescindir de ustedes por ahora.


Giré la cabeza y lo vi. Adam y Anthony no se movieron, me veían con expresiones completamente serias.


-Estaré bien –dije completamente segura-. Espérenme afuera del departamento.


El licántropo y el vampiro me observaron un momento más y desaparecieron en la oscuridad.


-Bella –repitió Edward, pero esta vez cerca de mis labios.


Una mano me tomó de la nuca, enterrándose en mis cabellos, mientras la otra descendía hasta mi cintura.


Su boca descendió sobre la mía, primero lentamente y luego más posesiva. Pero esta vez, fue distinto, me embargó una sensación que no conocía, pero que disfruté estando tan cerca de él. Mis brazos, como si tuvieran vida propia, rodearon su cuello.


El retrocedió un poco, sus ojos dorados, oscurecidos, me miraron fijamente.


-No sabes lo difícil que es para mí, estar lejos de ti –murmuró antes de trazar un camino de besos por mi cuello.


Sentí sus colmillos rozar mi piel.


-Bella, por favor –dijo entre besos-, déjame beber de ti.


-Sí –suspiré.


Sus colmillos atravesaron mi cuello, me estremecí. Su mano, sujeta a mi cabello, se unió a la otra en mi cintura y me estrechó más cerca. Mi corazón seguía con su ritmo acelerado y no parecía querer calmarse.


Su lengua selló la herida cuando terminó, y volvió a besar esa aérea de mi piel.


-Te amo –dijo mirándome a los ojos-, y se cual sea tú decisión siempre lo haré.


Entrelazó sus dedos a los míos, y comenzamos a caminar con la Luna como nuestra guía.


Cuando llegamos al departamento, Anthony y Adam me estaban esperando. Ambos tenían los brazos cruzados sobre el pecho y los labios apretados, parecía que no hubieran hablado en años.


Edward los ignoró y me besó en la frente.


-Te veré pronto –dijo.


-Hasta luego Edward –contesté sonriendo. Mi expresión no se borró hasta que lo vi desaparecer.


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por fis mis angeles dejen sus comentarios mil besitos